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En torno a la conjugación de los nuevos movimientos sociales y la identidad. Explorando las políticas de identidad

Tutor-Antón, Arítz

Abstract

El artículo se aproxima a las políticas de identidad desde la genealogía y paraguas que ofrece la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales. El objetivo es desentrañar de qué modo se relacionan, y eventualmente se articulan, los Nuevos Movimientos Sociales que ponen en el centro cuestiones posmaterialistas como la identidad y los movimientos clásicos que pugnan por cuestiones redistributivas. Este acercamiento se realiza desde una revisión teórica, de modo que la perspectiva planteada se desarrolla en el ámbito epistemológico, desde un punto de vista cualitativo y hermenéutico. El texto explora los vínculos entre estas nuevas formas de acción colectiva y la reivindicación identitaria, actualizando el enfoque sobre una expresión política que está plenamente vigente y en constante auge. Después, se hace un repaso de las críticas que ha recibido, relacionando éstas con el contexto histórico y político. Con un análisis de las rutas críticas que han ahondado en la tensión entre la vindicación de lo particular y lo universal, se busca formular tesis que sirvan para extrapolar y generalizar de situaciones concretas a demandas compartidas. Finalmente, se consideran algunas salidas políticas y epistemológicas que hagan compatible estas luchas con acciones políticas de mayor alcance social e impacto político.

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Revista de Estudios Andaluces (REA) | Núm. 48, julio (2024) | e-ISSN: 2340-2776 https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48 | © Editorial Universidad de Sevilla 2024 https://editorial.us.es/es/revistas/revista-de-estudios-andaluces https://revistascientificas.us.es/index.php/REA CC BY-NC-SA 4.0. 182 En torno a la conjugación de los nuevos movimientos sociales y la identidad. Explorando las políticas de identidad Around the conjunction of new social movements and identity. Exploring identity politics Arítz Tutor-Antón [email protected] 0000-0001-5496-2369 Departamento de Sociología y Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación. Barrio Sarriena, s/n. 48940 Leioa (Bizkaia, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitate), España. INFO ARTÍCULO RESUMEN Recibido: 06-03-2024 Revisado: 21-03-2024 Aceptado: 09-05-2024 PALABRAS CLAVE Reconocimiento Diferencia Materialismo Universalismo Particularismo El artículo se aproxima a las políticas de identidad desde la genealogía y paraguas que ofrece la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales. El objetivo es desentrañar de qué modo se relacionan, y eventualmente se articulan, los Nuevos Movimientos Sociales que ponen en el centro cuestiones posmaterialistas como la identidad y los movimientos clásicos que pugnan por cuestiones redistributivas. Este acercamiento se realiza desde una revisión teórica, de modo que la perspectiva planteada se desarrolla en el ámbito epistemológico, desde un punto de vista cualitativo y hermenéutico. El texto explora los vínculos entre estas nuevas formas de acción colectiva y la reivindicación identitaria, actualizando el enfoque sobre una expresión política que está plenamente vigente y en constante auge. Después, se hace un repaso de las críticas que ha recibido, relacionando éstas con el contexto histórico y político. Con un análisis de las rutas críticas que han ahondado en la tensión entre la vindicación de lo particular y lo universal, se busca formular tesis que sirvan para extrapolar y generalizar de situaciones concretas a demandas compartidas. Finalmente, se consideran algunas salidas políticas y epistemológicas que hagan compatible estas luchas con acciones políticas de mayor alcance social e impacto político. KEYWORDS ABSTRACT Recognition Difference Materialism Universalism Particularism This paper approaches identity politics from the genealogy and umbrella offered by the theory of New Social Movements. The aim is to unravel how New Social Movements that put postmaterialist issues such as identity and classic movements that fight for redistributive issues are related, and eventually articulated. This approach is carried out from a theoretical review, so the proposed perspective is developed in the epistemological field, from a qualitative and hermeneutical point of view. The text explores the links between these new forms of collective action and the claim to identity, updating the focus on a political expression that is fully in force and constantly rising. Afterwards, there is a review of the criticisms it has received, relating these to the historical and political context. With an analysis of the critical routes that have delved into the tension between the vindication of the particular and the universal, it seeks to formulate theses that serve to extrapolate and generalize from concrete situations to shared demands. Finally, some political and epistemological solutions are considered that make these struggles compatible with political actions of greater social scope and political impact. DOI: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 Formato de cita / Citation: Tutor-Antón, A. (2024). Around the conjunction of new social movements and identity. Exploring identity politics. Revista de Estudios Andaluces,(48), 182-201. https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 Correspondencia autores: [email protected] (Arítz Tutor-Antón) Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 183 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 1. INTRODUCCIÓN La igualdad de la humanidad está en el respeto a la diferencia. En su diversidad está su semejanza. EZLN, Primero de Enero del año 2021 Las reivindicaciones identitarias como fenómeno social y como explicación de las motivaciones de la acción política, suscitan actualmente una notable atención. Quizá se deba a que parece captar mejor las necesidades, los placeres y obligaciones que realmente persuaden a las personas a movilizarse (Heller, 2003). El marco de la identidad es atractivo como alternativa a los incentivos materiales, respondiendo así a las deficiencias de la racionalidad instrumental como explicación de la elección estratégica (Polletta & Jasper, 2001). Históricamente, la identidad colectiva ha sido una forma de llegar a los impactos de lo cultural en los movimientos sociales (Brown, 2019), pero cuando la identidad (colectiva) se convierte en una razón en sí, hablamos de políticas de identidad. En este trabajo, tomamos los movimientos identitarios como parte de los Nuevos Movimientos Sociales (Plotke, 1995), ya que su operativa coincide y porque la irrupción política de los sujetos que los protagonizan se entiende, en gran medida, bajo este paradigma (Treré, 2013; della Porta, 2015; Ballesté, 2017). Tal como lo afirma Melucci (1999), la propensión de un individuo a implicarse en la acción colectiva de los NMS está así ligada, en parte, a la capacidad diferencial para definir una identidad, esto es, al acceso diferencial a los recursos que le permiten participar en el proceso de construcción de una identidad. A su vez, retomar este tema cuya discusión aparentemente fue superada en la década de los 2000, tiene un gran interés y es insoslayable para los movimientos transformadores, porque es un asunto recurrente. En el Estado español, por ejemplo, la expulsión de Izquierda Unida del Partido Feminista en febrero del año 2020, por discrepancias de cómo regular los derechos de las personas transgénero, así lo ilustra. Lo mismo ocurre con el auge de la denominada derecha identitaria o ultraderecha1 (Almansa, 2019) contra las reivindicaciones LGTIBQ+ en el amplio sentido, contra las personas migrantes o en las diversas formas de islamofobia (Escalona, 2020) a nivel global. Todo ello pone en evidencia que el componente identitario2 juega un papel crucial en el papel político y de movilización social (Inglehart, 1997). Muestra, asimismo, una deriva hacia identidades integristas (Tarrow, 1997) que esencializan y bloquean la idea de alianzas entre diferentes. La vigencia de esta problemática lo demuestran, asimismo, los diferentes ensayos que se han dedicado al tema desde el ámbito periodístico y académico (Bernabé, 2018; Lilla, 2018; Dudda, 2019; Di Cesare, 2021; Serra et al., 2021). En todos estos trabajos se problematizan las llamadas políticas de identidad, políticas de la diversidad, la lucha por el reconocimiento o el derecho a la diferencia (Young, 1990). Tras esas denominaciones se encuentra, con matices, el mismo deseo de reconocimiento. Todo ello da a entender que ha habido un cambio en la correlación de fuerzas en las protestas y que la mentalidad colectiva que antes se materializaba en la clase obrera por su experiencia de unas condiciones materiales similares, ahora se da en torno a temas como la identidad. Para algunos autores como Bernabé (2018), el hincapié en la visibilización de determinados segmentos de la población se percibiría como una injusticia por aquellos sectores que tradicionalmente habrían ostentado el poder, dando lugar a posturas reaccionarias y a la aparición de postulados ultraderechistas. Fraser (2020a) lo llama neoliberalismo “progresista”, porque celebra la diversidad, la meritocracia y la emancipación al tiempo que desmantela las protecciones sociales y vuelve a externalizar la reproducción social. En consonancia con estos debates presentes, esta investigación defiende revisitar la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales para entender el resurgir de las luchas identitarias y la recuperación de un vocabulario de guerra cultural (Rojo-Martínez et al. 2023). La elección del paradigma de los Nuevos Movimientos Sociales 1. La ultraderecha, más que en postulados de la diversidad cultural se basa en la exaltación de un fundamentalismo cultural (Stolcke, 1995). Dejando atrás “las categorías del nazismo universal, los fascistas más intelectualmente exigentes comenzaron a levantar barricadas espirituales y éticas en defensa de la identidad y la cultura contra la tiranía de la democracia “americana” y la sociedad multiétnica” (Griffin, 2021). 2. Las políticas de identidad (identity politics) se refieren a la construcción de identidades políticas y culturales mediante luchas o asociaciones que priorizan los intereses de los grupos con los que se identifican (Best & Kellner, 1997). Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 184 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 antes que otras tendencias dentro del análisis de los movimientos sociales (como la teoría de la movilización de recursos (McCarthy & Zald, 1973, 1977; Zald & McCarthy, 1979, 1987; Jenkins, 1983; Kerbo, 1982) o la teoría de la estructura de oportunidad política (Tarrow, 1989, 1993) se debe a que es un enfoque que abarca y explica mejor los movimientos identitarios y a que es más reciente. Además, y debido a la importancia que esta teoría le da a la cultura como componente fundamental de la novedad de estos movimientos, es más sólida a la hora de ligar lo cultural con lo identitario. Asimismo, la crítica hecha a los Nuevos Movimientos Sociales es extensible a la que se le hace a la fragmentación derivada de una cierta lectura de los movimientos en pos del reconocimiento y la diferencia. Para articular todas estas reflexiones, y por tratarse de un artículo teórico, se han utilizado fuentes bibliográficas y las teorías de autores clave3 para construir la matriz explicativa. El artículo está dividido en cuatro partes. En la primera se explica el aparato metodológico. A continuación, se defiende la pertinencia de la elección de la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales para entender el núcleo de los movimientos de raíz identitaria y se realiza un somero repaso sobre su aparición y evolución. En la tercera parte, se revisan y discuten las críticas hechas a la reivindicación identitaria (con muchos puntos en común con la crítica más amplia a los Nuevos Movimientos Sociales). Finalmente, a modo de conclusión, se esboza una salida epistemológica y práctica a una disyuntiva actual muy presente en el debate político ¿es posible integrar sin costos el paradigma del reconocimiento y el paradigma de la redistribución? ¿Constituyen dos caras equivalentes de la misma moneda? ¿Existe el riesgo de subsumir uno en el otro de modo tal que ciertas demandas queden desperfiladas? 2. METODOLOGÍA Esta investigación explora las perspectivas y teorías que se acercan al paradigma de los Nuevos Movimientos Sociales y los combina con los acercamientos a la problemática de la identidad. Para ello, se ha realizado una lectura de los principales autores y corrientes con tal de tener una visión global sobre el estado de la cuestión. A partir de ahí, se ha desempeñado una labor hermenéutica (Herrera, 2009; Alvarado & Ospina, 2009) que, básicamente, ha consistido en indagar, comprender, traducir e interpretar. La estrategia elegida para el abordaje del material bibliográfico ha sido tomar como base la visión procesual de Buechler (2000) y Melucci (1996; 1999). Este enfoque intenta reconciliar las interpretaciones estructuralista y construccionista, ya que entienden que la identidad, también colectiva, es construida como un continuo, pero, al mismo tiempo, debe entenderse respecto unos términos establecidos histórica y estructuralmente. La identidad colectiva es una construcción social e inventada de lo colectivo (Snow, 2001) a través de la negociación y la renegociación, y que evoca un sentido de nosotros (Melucci, 1989). Ante una visión estática de la identidad, se opta por una visión procesual, dinámica y relacional. Además, para distinguirlo del estudio tradicional de la identidad colectiva en los movimientos sociales, nos hemos fijado en las políticas de identidad en los NMS. La identidad colectiva ha existido siempre en todos los movimientos sociales (Jenson, 1995), también en aquellos de corte (pre)moderna o materialista, pero ahora, los conflictos se desplazan hacia la defensa y la reivindicación de la identidad y, sobre esta premisa, exigen una identificación. Entonces, aparecen demandas que reivindican el derecho de los individuos a ser ellos mismos. El significado de la acción se encuentra en la acción en sí, más que en los objetivos pretendidos; es decir, lo que caracteriza a los movimientos no es lo que hacen, sino lo que son (Melucci, 1999)4. En resumen, las políticas de identidad toman la identidad colectiva como un producto (Flesher, 2010). A partir de estos fundamentos, hemos ordenado los principales aportes y categorías a través de los cuales poder avanzar en el desarrollo conceptual. Estos elementos tomados como categorías analíticas posibilitan hacer un análisis de la identidad aplicada a los Nuevos Movimientos Sociales y ayudan a comprender cómo se enmarca la identidad (y a qué hace referencia) respecto estos ejes (tabla 1). 3. Básicamente, se toman algunos autores de la escuela francesa (Touraine), alemana (Habermas, Offe) e italiana (Melucci). 4. El movimiento de las mujeres proporciona un buen ejemplo de esta situación. El objetivo del movimiento no es sólo la igualdad de derechos, sino el derecho a ser diferentes (Melucci, 1999). Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 185 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 Lo expuesto en la tabla 1 se desarrolla en el artículo. De esta manera, el vínculo comunitario/asociativo lo teorizó Tönnies (1932), el (pos)materialismo lo tratan, entre otros, Johnston y Klandermans (1995), el reconocimiento, Melucci (1999)5, el particularismo, Melucci (1999, p. 103; 1996, p. 105), el campo de acción no institucional, entre otros, Inglehart (1991), la conceptualización en torno a los NMS, entre otros, Offe (1988) y la identificación, Melucci (1995, p. 50). Tabla 1. Esquema de pensamiento sobre la identidad. Identidad desde la configuración (pre)moderna Identidad desde la configuración posmoderna Vínculo comunitario/asociativo Vínculo asociativo Materialismo Posmaterialismo Redistribución Reconocimiento Universalismo Particularismo Campo de acción institucional y parainstitucional (Estado y Sociedad Civil) Campo de acción no institucional Movimiento Social Nuevo Movimiento Social Identidad (colectiva) Identificación Fuente: elaboración propia a partir de diversos autores. En cualquier caso, y a modo de descargo, esta tabla representa posiciones analíticas que en la realidad no siempre juegan de modo estanco. Como advierte Melucci (1996, p. 79) los movimientos sociales contemporáneos de las sociedades complejas (su modo de nombrar los NMS) no son “nuevos” ni “viejos” en sí mismos, sino que comprenden diferentes orientaciones y sus componentes pertenecen a diferentes capas históricas de una sociedad determinada. Las nuevas formas de poder, nuevas formas de dominio están incorporándose, usando de modo instrumental también aquellas precedentes en la estructura social de tipo capitalista (moderno) y del tipo precapitalista (premoderno) (Melucci, 1999, p. 91). La noción de identidad (colectiva) y de lo identitario nos puede ayudar a describir y explicar esta conexión en la unidad aparente que subyace. 3. MARCO TEÓRICO: EL PARAGUAS TEÓRICO DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES En las últimas décadas, la teoría social, y más específicamente la sociología de la acción colectiva, han venido estudiando los movimientos identitarios, englobados bajo la categoría de Nuevos Movimientos Sociales (Dalton & Kuechler, 1992; Gusfield & Laraña, 1994). El apelativo de ‘nuevo’ no se refiere a la novedad, pues ya se documentan movimientos parecidos en el siglo XIX (Calhoun, 1995), sino a una organización y fines particulares. En concreto, los denominados movimientos identitarios se fundan en la construcción simbólica de identidades a través de estrategias y repertorios de acción que difieren de los grandes momentos de movilización anteriores (Chihu, 1999). Por tanto, la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales agrupa a aquellos movimientos sociales que irrumpieron la linealidad moderna y destronaron la explicación marxista de matriz productivista como único marco para entender la acción colectiva. En este sentido, este paradigma permite explicar la génesis y funcionamiento de los movimientos sociales que tienen como meta el reconocimiento de alguna identidad. En efecto, la estructura de los Nuevos Movimientos Sociales presenta algunas novedades respecto los movimientos anteriores. Entre otras, la crítica hacia la ideología del modernismo y progreso, las estructuras 5. “Estos sujetos no se identifican sólo porque pertenecen a una categoría social, sino también por su oposición al sistema, en cuanto red informativa. Al hacer un análisis empírico se establecen vínculos y se pueden reintroducir categorías sociológicas de reconocimiento y de identificación” (Melucci, 1999). Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 186 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 organizacionales descentralizadas y participatorias, la solidaridad interpersonal versus la burocracia tradicional, la lucha por el espacio autónomo contra la ventaja material, los temas de índole cultural y moral, la organización abierta y fluida, la participación inclusiva y no ideológica, y la mayor importancia de lo “social” frente a lo económico (Vargas, 2008). En consecuencia, cambia también la definición sociopolítica de clase. Las nuevas movilizaciones ya no se autodefinen como expresión de clase o de categorías socioprofesionales. La identidad no se construye respecto a la clase, respecto a una relación de producción o una relación social ligada al trabajo (Neveu, 2002). Por contra, la identidad se construye en términos de vivencias y de parámetros socioculturales (Melucci, 1996, p. 6), como una conexión cognitiva, moral y emocional de un individuo con una comunidad, categoría, práctica o institución más amplia. Es una percepción de un estado o relación compartida, que se puede imaginar en lugar de experimentar directamente, y es distinta de las identidades personales, aunque puede formar parte de ella (Polletta & Jasper, 2001). La memoria cultural compartida es imprescindible para construir la identidad (Heller, 2003). En esta línea, los grupos de identidad se pueden definir en contra de otro grupo, como pertenencia y permanencia a un proyecto compartido o como una construcción desde fuera6 (generalmente se combinan). Ello demuestra cómo la identidad se va conformando en relación con los demás. Sin embargo, la identidad también puede construirse en base a una opresión sentida de manera común. Para el marxismo, la explotación por el capital fue lo que dotó a la clase obrera de una comprensión privilegiada del capitalismo y de una unidad interna. Lo mismo ocurre con la identidad oprimida que sufren las mujeres o colectivos señalados como étnicos o racializados. Esta identidad se adquiere a fuerza de descubrir (y describir política y culturalmente) una discriminación. En este caso, los colectivos se ven afectados (Garcés, 2008), se perciben como agraviados y eso los lleva a que muchas veces acaben relacionando el racismo o la violencia de género que sufren con otras explotaciones, como la explotación de clase. No obstante, para Melucci (1996), estos movimientos sociales desplazan sus objetivos de lo político hacia las necesidades de autorrealización de los actores en su vida cotidiana. La acción colectiva se ubica en el ámbito cultural, y en un mundo regido por el dominio de la información, los movimientos sociales tienden a cumplir la función de cuestionar los códigos simbólicos dominantes introduciendo nuevos significados sociales (Chihu, 1999). La expansión de la sociedad de consumo y la aparente abundancia material7, junto con un gran porcentaje de población con altos niveles educativos y la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo asalariado (Robles, 2007), hicieron que las condiciones subjetivas asociadas a la toma de conciencia política cambiaran. A un nivel macrohistórico lo que ocurría era la crisis y cuestionamiento de los postulados de la modernidad (Pastor, 2006), que se agudizaron con la entrada de corrientes teóricas que desplazaban la primacía del conflicto capital-trabajo asalariado como marco explicativo. Así, a finales de los años 60 cobran importancia los movimientos feminista, ecologista/pacifista, que sitúan en el centro del debate político y epistemológico el antagonismo capital - trabajo reproductivo y el conflicto entre el capital y la vida, respectivamente. Estas protestas estaban fuertemente tematizadas, por lo que se considera que llevan una fuerte carga de identidad colectiva como cohesionador de grupo. 3.1 Resultados: Nuevas atalayas socio-organizativas Un movimiento social es una institución en la medida que está conformado por un conjunto de normas preestablecidas, provenientes de la sedimentación de una memoria y práctica histórica, y que formal o informalmente 6. Este construir desde fuera incluye desde el etiquetado neoliberal que produce identidades como nichos de mercado, hasta las categorías legales que diferentes instituciones asignan a los colectivos y que les presupone unos atributos. 7. Una de las críticas realizadas a este paradigma es su excesivo eurocentrismo (Santamarina, 2008). En efecto, las condiciones en las cuales se generaliza el Estado del bienestar y una abundancia de los bienes de consumos únicamente se dan en el contexto temporal de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial y el contexto espacial occidental. Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 187 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 constituye una guía para la acción colectiva. Son espacios-marcos delimitados en los que se desarrolla una forma de entender e interpretar el mundo y actuar en él, o sea, es un sistema de narraciones y un sistema de registros culturales (Ibarra & Tejerina, 1998) y de pertenencia, además de una historicidad autoproducida y autocontrolada. La naturaleza de los movimientos de raíz identitaria está ligada a los Nuevos Movimientos Sociales, que aparecen a raíz de la transformación de la estructura de los conflictos en la sociedad durante el proceso macrohistórico de modernización. Esta transformación implica que las personas se liberan de los amarres de clase, religión y familia (Ortiz, 2006). En este sentido, la modernidad originó el paso de una formación comunitaria a una asociativa. Ferdinand Tönnies (1932) lo teorizó como el pasaje de una organización tipo comunidad a una organización tipo sociedad. Con la emergencia de la modernidad y la sociedad industrial los lazos comunitarios se debilitan y la autoconstrucción del yo se individualiza. Las comunidades de origen dejan de ser el presupuesto sobre el que se erige el relato personal, la narrativa sobre uno mismo. Así, la asociación sería la construcción artificial, en sociedad8, con la que las personas establecen uniones a través del contrato y el acuerdo, basados en el interés individual. Este nuevo sujeto se relaciona con los otros a través de lazos de carácter racional-instrumental y se organiza mediante instituciones como el mercado y el Estado (Marcet, 2015). El resultado es un grado de individualización sin precedentes (Taylor, 2010), pero no de la disolución total de los lazos estructurales y culturales. De este modo, se da una mutación del sujeto, de su papel en la sociedad y de los mecanismos que constituyen su identidad. Para Touraine (1990, p. 27): Después de una larga historia en la que el actor ha sido definido por su privación de sentido –era el pecador, el proletario, el explotado-, aparecen actores sobrecargados de sentido en los que crítica cultural y crítica social se manifiestan a la vez (...) Su objetivo de autogestión indica, sobre todo, su voluntad de dejar de ser una materia prima para la acción política o ideológica; de ser productores de su propio sentido. Si hasta ahora su sentido era producido como objeto, desde fuera, por la intelectualidad, ahora aparece una voluntad de autodeterminación, de (auto)referenciarse9 potenciando la propia subjetividad y un camino personalizado para lograrlo. La conformación del nuevo sujeto se basa en productos individualizados que proyectan la ilusión de unicidad (desde la compra de un objeto distinguido hasta el consumo de una experiencia auténtica e intransferible). Prevalece la generación de narrativas del yo (Quessada, 2006) frente a atributos estructurantes clásicos (el nivel educativo o la organización familiar tradicional), que pierden importancia. Tal como destaca Inglehart (1991, p. 487): En la sociedad industrial avanzada, el determinismo económico es cada vez menos creíble a causa del (...) rendimiento decreciente y (...) la población no crece hasta agotar los límites de alimento disponible (...) en la sociedad industrial avanzada la economía sigue siendo importante, pero ya no es el factor crítico. Las motivaciones, como el prestigio y la autorrealización, se han hecho mucho más importantes. Y puesto que tanto el prestigio como la autorrealización están culturalmente definidas, los factores culturales se han convertido en una influencia crucial sobre el comportamiento humano. Así pues, el lugar central de las relaciones y de los conflictos sociales se desplaza del campo del trabajo hacia el campo más amplio de la cultura (Touraine, 1990, p. 28). Este nuevo enfoque de los movimientos sociales, reintegra y rehabilita el análisis de las dimensiones culturales, identitarias e ideológicas de la movilización, y también de su contexto político, pues las estructuras sociales y los marcos culturales son inseparables (Neveu, 2002, p. 117). Estos movimientos retornan a la defensa del sujeto y exponen la subjetivación frente a la racionalización, ya que mientras el sujeto se funda en sus derechos naturales, el ciudadano lo hace en la razón. Ante el universalismo moderno que se funda en una razón uniforme, debe haber pluralismo de valores, ya que al fin y al cabo, los juicios morales y sociales son medios de mantenimiento y reproducción de 8. Curiosamente, la palabra ‘societario’ es un adjetivo relativo a las asociaciones, especialmente a las obreras. 9. Todos los movimientos sociales tienen carácter reflexivo, pues se articulan en torno a normas y significados socialmente compartidos (Gusfield, 1994), pero en este caso también entra en juego decisivamente la autonomía, un marco reflexivo producido autóctonamente. Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 188 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 los valores culturales, de las normas sociales y de los mecanismos de socialización (Touraine, 1990, p. 428). La pérdida de validez de los metarelatos como marcos de referencia, interpretación e identidad hace que el sujeto se inserte en una red de relaciones complejas y móviles, en la que se valorizan los atributos diferenciales. En esta línea, los movimientos que priorizan cuestiones identitarias destacan por anteponer la diferencia, en contraste con los movimientos universalistas y totalizadores típicos de la modernidad (Alguacil, 2007). Estos movimientos se apoyan en una comunidad de intereses que traduce el movimiento potencial en acción y que se articula alrededor de un objetivo común, de un desafío identificable y de una identidad de grupo y colectiva (Tarrow, 1997). La unión a un movimiento (a un Nuevo Movimiento Social, por caso) no se puede pensar únicamente como una acción de puro raciocinio; antes bien, se debe incorporar la percepción y la comprensión de la identidad a la caracterización de la preferencia y la conducta del sujeto (Sen, 2011). El sujeto, entonces, es reexplorado poniendo al frente sus necesidades, concediéndole un nuevo pedestal autónomo y autointerrogante que aflore sus potencialidades, alejándolo de un universalismo que busca equivalencias uniformizadoras e imposibles en una sociedad concebida como unidad homogénea y vista como una totalidad (Gledhill, 1990). Por lo tanto, cuando hablamos de Nuevos Movimientos Sociales, hablamos de nuevos sujetos políticos que se posicionan desde una episteme renovada. Este nuevo paradigma bajo el cual se articularía el sujeto sería el posmaterialismo. Este nuevo registro de la acción colectiva se imbrica en lo que Daniel Bell (2006) ha denominado sociedad postindustrial y en un entorno de economía flexible, típica organización atribuida al posmodernismo. Siguiendo esta lógica, ya no hay un sujeto material compacto obrero, sino un líquido-he- terogéneo-múltiple posmaterialista. Según Inglehart (1991) las prioridades valorativas básicas de las poblaciones occidentales se transformaron desde el materialismo hacia el posmaterialismo, desde la prioridad de la seguridad física –ligada a las necesidades materiales: mantenimiento del orden, crecimiento económico, lucha contra el crimenhacia un mayor énfasis en la autoexpresión y la identidad, el sentimiento de pertenencia a la comunidad y la calidad de vida –ligado a las necesidades no fisiológicas: deseo de mayor participación en política, libertad de expresión, importancia de las ideas-. Los niveles sin precedentes de seguridad económica y física adquiridos en la posguerra pudieron hacer que la preocupación por estas cuestiones se diera por hecho o por derecho y que se desarrollaran nuevos valores a partir de estas certidumbres. No obstante, el mismo Inglehart (1991: 173) advierte que, aunque la hipótesis de la escasez implica que la prosperidad lleva a la difusión de valores posmaterialistas, a su vez, la hipótesis de socialización implica que ni los valores de un individuo ni los de una sociedad en su conjunto cambian de la noche a la mañana, es decir que “existiría un desajuste temporal apreciable entre los cambios económicos y los cambios políticos”. Por tanto, la oposición materialista/posmaterialista va más allá de la dimensión temporal y se convierte en un eje central de polarización entre las poblaciones occidentales, reflejando el contraste entre dos formas de ver el mundo fundamentalmente distintas. Los valores materialistas/posmaterialistas formarían parte de un síndrome más amplio que engloba las motivaciones que se tienen para trabajar, las ideas políticas, las actitudes ante el ecologismo y la energía nuclear, el papel que juega la religión en la propia vida o las luchas de expresión de la diferencia. En cierta manera, el posmaterialismo10 es también el resultado de la evolución del relato en los movimientos contestatarios a partir de los años 70, que se alejan de unas metas centradas en el crecimiento económico y el progreso técnico, y superan al homo economicus y sus metas exclusivamente materialistas. Así, desde el campo de la cultura y lo cultural, los Nuevos Movimientos Sociales pudieron constituir tanto una crítica de la regulación social capitalista, como una crítica de la emancipación social socialista tal como fue definida por el marxismo estatal de las Repúblicas Populares de corte soviético. El eje de comprensión se desplaza desde la lucha de clases hacia la identificación de nuevas formas de opresión, siempre desde un prisma que mira más allá del bienestar material, incardinado por reivindicaciones de raíz cultural y po- 10. Para Fernández (1994) sería más acertado hablar de valores posconsumistas o posadquisitivos, ya que los intereses por la democratización de la vida social, por el control del proceso de trabajo o por la preservación de un medio ambiente habitable son nítidamente materialistas. Para el autor lo que está en juego es la disyuntiva expresada en el título del conocido libro de Erich Fromm ‘¿Tener o ser?’ (1978), entre una decidida opción por el ser (la identidad) y contra el tener. Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 189 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 niendo el énfasis en la calidad de vida (Sousa, 2001). Uno los resultados palpables del marco posmodernista y la orientación cultural de lo posmaterial ha sido la pródiga irrupción de lógicas identitarias en las luchas sociales y en las concepciones sobre la subjetividad y su inserción en el mundo. El eje se traslada de la demanda de redistribución a la demanda de reconocimiento. La lucha por el reconocimiento de la diferencia se convirtió en la forma paradigmática del conflicto político. En estos conflictos ‘postsocialistas’, la identidad de grupo reemplaza al interés de clase como motivo principal de movilización política. El reconocimiento cultural reemplaza a la redistribución socioeconómica como remedio contra la injusticia y objetivo de la lucha política (Fraser, 2011; Butler & Fraser, 2017). Debido a la emergencia de estas nuevas prioridades, el análisis social comenzó a hacer mayor hincapié en las condiciones de reproducción y en los valores asociados a ello. Bajo este prisma se examina la interacción del trabajo remunerado y las tareas no remuneradas en la reproducción de cuerpos, hogares, comunidades, sociedades y entornos, y las formas en que estas actividades se organizan para apoyar –o socavarel desarrollo humano. Ello facilita la exploración tanto del trabajo precario como de la vida precaria, como condiciones mutuamente constitutivas de subordinación y opresión (Meehan & Strauss, 2015). Estos nuevos movimientos se movilizarían, entonces, por nuevos tipos de amenazas a la autonomía individual ejercido por actores corporativos, lo que Habermas (1981) llamó la colonización del mundo de la vida. Los conflictos se desarrollarían en torno y enmarcados en las esferas de vida, aquellas que permiten el cuidado y el progreso personal, tras el necesario velo del ámbito productivo. Las esferas de la vida se reivindican frente a lo público producido por lo estatal y lo productivo emanado de lo laboral. La politización de lo social, abre un campo para el ejercicio del sujeto (individual y colectivo) y revela, al mismo tiempo, las limitaciones de la ciudadanía de extracción liberal (Sousa, 2001). La acción de estos movimientos no se orienta preferentemente hacia el Estado, sino que privilegia la democratización del acceso a lo político desde componentes subjetivos y culturales. La politización de lo cotidiano, de la vida cotidiana, comporta uno de los pilares de esta apertura sociopolítica: lo personal es político (D’Anieri et al., 1990). En efecto, es la afirmación misma de la vida cotidiana (Taylor, 2010; Heller, 1987), recentrar la vida política alrededor de las cuestiones inmediatas, así como la constatación de la relación entre socialidad y subjetividad, entre lenguaje y conciencia o entre instituciones e individuos (Brah, 2011). El definirse por una fuerte carga cultural y afirmar que todo es político, liquida la disociación entre lo público y lo privado (Melucci, 1996, p. 102), haciendo que relaciones de poder que antes no eran cuestionadas por ser privadas, se expongan, se debatan y se combatan (Wieviorka, 2009). Se inventan nuevas maneras de vivir juntos, pues politizan cuestiones que no pueden ser fácilmente codificadas bajo el código binario del universo de acción social que subyace a la teoría política liberal (Offe, 1988), que categorizaba cualquier acción política como privada o pública. La mutación del sujeto se realiza pasando de una matriz productivista, a ser comprendido por molduras culturales y morales (Díaz-Parra, 2013) y a buscar marcos de reconocimiento. Esta mutación no afecta a la totalidad del cuerpo social o de sus reivindicaciones, pero sí que marca un cambio en las prioridades de las protestas que llevan ciertos sectores de la población (capitaneados por los estratos medios bienestantes) que se identifican como actores emergentes. Estos desplazamientos de los marcos de sentido también se notaron en las maneras de organizarse políticamente. No se trata de un rechazo de la política, sino, al contrario, de la ampliación de la política hasta más allá del marco liberal de la distinción entre Estado y sociedad civil (Sousa, 2001). La acción política pasó al campo no institucional, cuya existencia no está, de nuevo, prevista en las doctrinas de la democracia liberal y del Estado del Bienestar (Offe, 1988: 174). Estos nuevos movimientos desbordaron el horizonte de la representatividad democrática institucionalizada y convocaron a pensar en la estrechez de tal representatividad parlamentaria (Entel, 1996, p. 43). En este terreno, desarrollan un sentido de identidad colectiva en el que no exigen representación, sino autonomía. La lógica que les subyace consistiría en la defensa de un territorio físico y/o moral (Ibarra et al., 2002, pp. 67-68), que no es negociable en términos de canjearlo por delegación representativa o contrapartidas materiales, ya que es un feudo básicamente identitario. Al respecto, Neveu (2002) identifica nuevos valores y reivindicaciones que acompañan a la movilización. Los movimientos sociales clásicos trataban sobre todo la redistribución de las riquezas y el acceso a las sedes de decisión. Los Nuevos Movimientos Sociales inciden en la autonomía y contienen una importante Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 190 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 dimensión expresiva, de afirmación de estilos de vida o identidades (el orgullo gay, por ejemplo). Se ve la valorización del cuerpo, del deseo y la naturaleza, reivindicación de las relaciones que escapan a la racionalidad calculadora y cuantitativa del capitalismo moderno. Del mismo modo, cambia la relación con lo político. A partir de este momento ya no se trataría tanto de desafiar al Estado o de apropiarse de él, como de construir espacios de autonomía contra él, de reafirmar la independencia de formas de sociabilidad privadas en contra de su impronta. Los conflictos y contradicciones ya no pueden resolverse con la perspectiva prometedora y coherente de la sociedad industrial avanzada por medio del estatismo (Donaldson et al., 2002) que subsume bajo su lógica uniformizadora a todo el pluriverso de identidades. 4. DISCUSIÓN: LOS LÍMITES DE LA PRAXIS DE LOS MOVIMIENTOS IDENTITARIOS La caracterización de los Nuevos Movimientos Sociales como una emergencia que representa la totalidad de la acción social contemporánea y sus valores como hegemónicos dentro de las motivaciones de los actores ha sido, empero, rebatida. Varios autores (Mees, 1998; Melucci, 1994; Cohen, 1985; Amin, 1989; Tucker, 1991) inciden en la idea de que no es sencillo establecer una transformación tan uniforme y lineal en/de los movimientos sociales, dando el salto hacia otros parámetros de organización, o delimitar claramente lo significativamente nuevo o novedoso. Los propios movimientos identitarios no son exclusivos del siglo XX. La identidad nacional, por ejemplo, ha sido un agente movilizador a lo largo de la historia. Igualmente, en la investigación de E.P. Thompson sobre la formación de la clase obrera inglesa en el siglo XVIII, el componente identitario tiene una importancia fundamental para entender el devenir de este sujeto histórico. Para el autor la formación de la clase obrera es un hecho de historia política y cultural tanto como económica (Díez Rodríguez, 2013). Al igual que el ludismo, la conciencia de clase nació al calor de reivindicaciones laborales y en contra de la competencia desleal de las máquinas, pero al mismo tiempo alrededor de la defensa de un conjunto de normas y obligaciones morales. Lo mismo ocurre con las luchas ocurridas en EE. UU. entre los siglos XVIII y XX, en los que los conflictos culturales jugaron un papel central: desde las luchas de religión o la definición adecuada de la cultura estadounidense con respecto a los grupos de inmigrantes, hasta conflictos raciales durante todo el siglo pasado (Plotke, 1995). En la segunda mitad del siglo XX, se indagó sobre cómo afectaba la llegada del espacio de los flujos (global y opuesto al espacio de los lugares, que es local) a las identidades, sobre las cuales planeaban temores de pérdida o disolución, y, en consecuencia, aumentaban las proclamas nacionalistas, religiosas o fundamentales (Castells, 2001). La manera en que la cultura actúa sobre los Nuevos Movimientos Sociales sí que es destacable respecto a movimientos anteriores, porque no solo establece valores sociales o normas, sino también como definición y mantenimiento de identidades. Para Melucci, estos movimientos sociales desarrollan la dimensión de la identidad y su base social trasciende la estructura de clases, ya que no se definen por la pertenencia a una clase, sino por la pertenencia a una generación, la pertenencia de género o la orientación sexual (Chihu & López, 2007). Efectivamente, la acción colectiva puede surgir a partir de una lógica distinta a la de la estructura económica: la política, la cultural, la de las relaciones étnicas, la de las relaciones entre géneros o la de las relaciones con la naturaleza (Chihu, 2000). El eclipse del materialismo en la teoría social reciente puede asociarse con esta nueva orientación. El agotamiento de enfoques materialistas, como la fenomenología existencial o el marxismo estructural, desafía las presunciones ontológicas y epistemológicas que han apoyado los enfoques modernos (Coole & Frost, 2010). El giro cultural que privilegió el lenguaje, la cultura, la identidad o los valores apartó la preocupación por las cuestiones materiales. Pero no se puede dar la espalda a estas cuestiones, que siguen estando de plena actualidad. Una señal del interés en estos horizontes es el llamado nuevo materialismo11, un campo de estudio que somete la 11. Este nuevo materialismo (new materialism) se inspira en tradiciones materialistas desarrolladas antes de la modernidad o en filosofías que hasta hace poco tiempo seguían siendo corrientes desatendidas o marginadas dentro del pensamiento moderno, y desde esta perspectiva sus intervenciones podrían categorizarse como materialismos renovados. No tratan únicamente la inmediata Arítz Tutor-Antón / REA N. 48 (2024) 182-201 197 © Editorial Universidad de Sevilla 2024 | Sevilla, España| CC BY-NC-SA 4.0. | e-ISSN: 2340-2776 | doi: https://dx.doi.org/10.12795/rea.2024.i48.09 Amin, S. (1989). Las nuevas formas del movimiento social. Estudios sociológicos, 7(20), 223-228. Arditi, B. (Ed.) (2000). El reverso de la diferencia. Identidad y política. Nueva Sociedad. Ballesté, E. (2017). Espacios migrantes y nuevos movimientos sociales: el caso de Marea Granate. Disparidades. Revista de Antropología, 72(1). https://doi.org/10.3989/rdtp.2017.01.001.06 Bell, D. (2006). 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