El combate en población en la Castilla bajomedieval
Abstract
La lucha en la Castilla bajomedieval y su espacio fronterizo, implicó el empleo de formas de combate apenas tratadas, como en el caso propuesto. A esto se une lo escaso, escueto y disperso de las fuentes, y la ausencia de trabajos al respecto. El enfrentamiento bajomedieval en población reviste circunstancias singulares que exigen un análisis detallado de la casuística, tácticas y otros factores determinantes. Empleando principalmente fuentes cronísticas castellanas, seguiremos una metodología militar de elaboración propia, integrada en el método historiográfico. También haremos referencia a las luchas urbanas entre bandos, por considerarlas escuelas de formación y campos de experiencia en este tipo de acciones.
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INSTITUTO DE HISTORIA Y CULTURA MILITAR Año LXVII 2023 Núm. 133
Edita: Paseo de la Castellana 109, 28046 Madrid © Autores y editor, 2023 NIPO 083-15-111-0 (edición impresa) NIPO 083-15-112-6 (edición en línea) ISSN 0482-5748 (edición impresa) ISSN 2530-1950 (edición en línea) Depósito legal M 7667-1958 Publicación semestral: primer semestre de 2023 Fecha de edición: mayo de 2023 Maqueta e imprime: Ministerio de Defensa Las opiniones emitidas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de los autores de la misma. Los derechos de explotación de esta obra están amparados por la Ley de Propiedad Intelectual. Ninguna de las partes de la misma puede ser reproducida, almacenada ni transmitida en ninguna forma ni por medio alguno, electrónico, mecánico o de grabación, incluido fotocopias, o por cualquier otra forma, sin permiso previo, expreso y por escrito de los titulares del copyright ©. En esta edición se ha utilizado papel procedente de bosques gestionados de forma sostenible y fuentes controladas. Catálogo de Publicaciones de Defensa https://publicaciones.defensa.gob.es Catálogo de Publicaciones de la Administración General del Estado https://cpage.mpr.gob.es publicaciones.defensa.gob.es cpage.mpr.gob.es
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Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 127-162. ISSN: 0482-5748 EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL Manuel Ángel MARTÍN VERA1 RESUMEN La lucha en la Castilla bajomedieval y su espacio fronterizo, implicó el empleo de formas de combate apenas tratadas, como en el caso propuesto. A esto se une lo escaso, escueto y disperso de las fuentes, y la ausencia de trabajos al respecto. El enfrentamiento bajomedieval en población reviste circunstancias singulares que exigen un análisis detallado de la casuística, tácticas y otros factores determinantes. Empleando principalmente fuentes cronísticas castellanas, seguiremos una metodología militar de elaboración propia, integrada en el método historiográfico. También haremos referencia a las luchas urbanas entre bandos, por considerarlas escuelas de formación y campos de experiencia en este tipo de acciones. PALABRAS CLAVE: Castilla. Baja Edad Media. Combate urbano. Metodología militar. Táctica. Logística. 1 Capitán de Caballería (en reserva). Doctor en Historia Medieval por la Universidad de Sevilla y miembro del grupo HUM-214 del PAIDI de la Junta de Andalucía: El reino de Sevilla en la Baja Edad Media. Correo: [email protected] Revista de Historia Militar Número 133 (2023), pp. 127-162 ISSN: 0482-5748 RHM.04 https://doi.org/10.55553/504jnk13304
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 128 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 128-162. ISSN: 0482-5748 ABSTRACT The combat in the Late medieval Castile and his border area, implied the use of forms of combat that have been barely approached by scholars, as in the case proposed here. As added factors to this issue, we can mention the scarcity, concision and dispersion of the sources, as well as the lack of studies on this subject. The late medieval confrontation of the population shows singular features that require a detailed analysis of casuistry, tactics and other determining factors. By employing mainly Castilian chronicles as sources, we will follow a self–developed military methodology integrated with the historiographic method. We shall also refer to the clashing of rival urban groups, as we consider these as formation schools that provided fields of experience in this type of actions. KEY WORDS: Castile. Late Middle Ages. Urban Combat. Military Methodology. Tactic. Logistic. * * * * * En su momento, nos sorprendió que la historiografía militar medieval, y especialmente la castellana, pasara por alto el estudio de esta modalidad concreta de combate, y así lo manifestamos en nuestros trabajos publicados en 2015 y 2019 –este último, desarrollado y expuesto en 20172–. A nivel urbano, el énfasis de los trabajos publicados, se volcaban en presentar, describir y valorar los enfrentamientos que tenían lugar en el entorno amurallado, pero superadas estas defensas por los atacantes, y en consonancia con la predominante escasez de datos documentales, se hacía el silencio historiográfico, dando sensación de que la lucha había concluido, y que la subsiguiente pugna intramuros no era relevante ni digna de ser analizada. Como hemos adelantado, nuestros planteamientos, enfoques y conclusiones fueron expuestos en dos trabajos: uno de carácter local, que analizaba la lucha de dos bandos nobiliarios por el dominio de Sevilla en 1471, 2 Seminario Internacional: Las fronteras en la Edad Media Hispánica (Siglos XIII–XVI). Revisión historiográfica de un concepto polisémico. Facultad de Geografía e Historia de Sevilla, 24 al 28/10/2017.
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 129 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 129-162. ISSN: 0482-5748 y otro más amplio, que englobaba el espacio fronterizo nazarí3. Y finalmente completamos el proceso, extendiendo la investigación a todo el ámbito castellano4. El medio urbano El medio o espacio físico donde se produce el enfrentamiento bélico impone una serie de condicionantes que atañen directamente a los combatientes, generando diversidad de problemas logísticos y modificando en parte la forma de luchar, las armas y recursos a emplear, los objetivos a alcanzar, los efectos a padecer, etc.; pero este entorno en el que acontece la acción, también puede llegar a afectar a grupos humanos ajenos o no implicados en un primer momento, y que a consecuencia de la misma resulten igualmente comprometidos y, por ende, perjudicados. Todas estas condiciones las vemos reproducidas en los combates en población o núcleos urbanos. No obstante, y a pesar de lo dicho, sería un error entender que la lucha en población implicaba tal cantidad de características propias, que debiéramos considerarla como un tipo de combate específico y singular, al menos durante el periodo histórico que nos ocupa, donde la tecnología no había impuesto cambios tan drásticos –aunque ya se habían introducido novedades, como las piezas de artillería pirobalística y las armas de fuego portátiles como la espingarda, cuyos proyectiles impulsados con pólvora estaban transformando la concepción de la guerra–. Realmente, es la capacidad de adaptación del combatiente a su entorno lo que le permite pasar, sin solución de continuidad, del enfrentamiento en campo abierto a la pugna por ganar un adarve o una torre, y de ahí a encarar los peligros del combate en el entramado urbano. Sin olvidar una fase intermedia fundamental, que también ha pasado por alto la historiografía militar en sus análisis, y que señalamos en nuestros trabajos. 3 Martín Vera, Manuel Ángel: «El combate urbano en la Baja Edad Media: el duque de Medina Sidonia contra el marqués de Cádiz por el dominio de Sevilla», en Roda da Fortuna. Revista Eletrônica sobre Antiguidade e Medievo, vol. IV, n.º 1–1, 2015, pp. 53–77; «El combate urbano en la frontera de Granada. Siglos XIV–XV», en Las fronteras en la Edad Media Hispánica, siglos XIII–XVI. Ed. Universidades de Granada y Sevilla, Granada–Sevilla, 2019, pp. 161–174. 4 Desarrollado para la elaboración de nuestra tesis doctoral, defendida en 2019: Los orígenes del Ejército Moderno en el reino de Castilla, siglos XIV–XV. Para la metodología, vid.: Martín Vera, Manuel Ángel: «Metodología militar aplicada al análisis de la guerra bajomedieval castellana, siglos XIII–XV». Roda da Fortuna. Revista Eletrônica sobre Antiguidade e Medievo, vol. III, n.º 1–1, 2014, pp. 204–224.
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 130 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 130-162. ISSN: 0482-5748 Se trata de la necesidad de superar dos espacios intermedios en torno a la villa, antes de alcanzar las murallas: uno de carácter agrario, que hemos venido a denominar «cinturón hortícola», y que en el ámbito medievalista se conoce como «tierras del ruedo» –para el caso castellano, Quintanilla Raso recuerda que esta tierra se encontraba sujeta a vigilancia por personas a sueldo, pagadas con los ingresos concejiles de la «renta del ruedo»5. El otro espacio era más inmediato al núcleo urbano, se trata de los arrabales, Aunque no todas las poblaciones los tenían, cuando existían –como en los grandes núcleos habitados–, se concentraban en las proximidades y a caballo de las vías que conducían a las puertas de acceso, formando agrupaciones residenciales separadas e independientes, sin llegar nunca a circunvalar del todo el exterior del perímetro amurallado. Estos dos obstáculos intermedios eran objetivos previos, sin cuyo dominio resultaba prácticamente imposible plantearse la toma del núcleo habitado principal, mayormente por la necesidad de acercar la artillería a la distancia de alcance eficaz de los lienzos y torres6. Métodos de combate urbano Antes de abordar los desarrollos tácticos en sí mismos, debemos presentar y contextualizar el fenómeno del combate en población dentro del 5 Quintanilla Raso, María Concepción: «Consideraciones sobre la vida en la frontera de Granada», en Actas del III Coloquio de Historia Medieval Andaluza. La sociedad medieval andaluza, grupos no privilegiados. Ed. Diputación Provincial, Jaén, 1984, pág. 519. 6 Datos sobre artillería neurobalística y pirobalística de la época: «El alcance de las máquinas antiguas podía ser hasta de 700 m –escorpión– (…) había algunas, como la ballesta de torno, que podían dar un alcance superior a 800 metros (…) el alcance de las bombardas (…) variaba entre 600 y 1.300 m o más, con lo cual se ve clara la superioridad de la artillería sobre las máquinas balísticas y se comprende su adopción a pesar de su mayor coste». Arántegui y Sanz, José: Apuntes históricos sobre la Artillería española en los siglos XIV y XV. Ed. Establecimiento Tipográfico de Fortanet, Madrid, 1887, pág. 99. Vigón ofrece un cuadro sobre las piezas empleadas en España durante los siglos XIV–XV y sus alcances, confeccionado a partir de varios autores. Vigón, Jorge: Historia de la artillería española. Ed. CSIF. Instituto Jerónimo Zurita, Madrid, 1947, vol. 1, pág. 46. Medina Ávila, recuerda que los alcances máximos para la artillería de pólvora dependían de la fabricación de la pieza, la experiencia de los artilleros, y la calidad y volumen de la carga de pólvora para cada disparo, señalando alcances máximos entre 2.454 y 4.088 pasos –1.963 y 3.270 m–. Luego redondea: 3.300–2.000 m, con alcance eficaz entre 200–400 m También indica que «las bocas de fuego se situaban muy próximas a la obra a batir, a 50 o 60 metros de la misma, lo que explica que, a pesar de la falta de precisión en el tiro, se obtuvieran efectos verdaderamente demoledores». Medina Ávila, Carlos J: «La Artillería Española en el Reinado de los Reyes Católicos. La época de los artilleros empíricos y el despertar de un Arma», en A. Valdés Sánchez y A. Sánchez–Gijón, coords. Artillería y Fortificaciones en la Corona de Castilla durante el reinado de Isabel la Católica 1474–1504. Ed. Ministerio de Defensa y Ediciones del Umbral, [S.l.], 2004, pp. 121, 140.
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 131 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 131-162. ISSN: 0482-5748 ámbito bajomedieval castellano. Como resultado de nuestras investigaciones sobre la lucha urbana en la frontera granadina, constatamos y formulamos un patrón tipológico de operaciones militares, extrapolable al resto de confrontaciones, y basado en los tres grandes focos que originan, o dan pie, al enfrentamiento urbano: el exterior, el interior, y la combinación de ambos. El primer tipo engloba aquellas actividades bélicas que se originan en el exterior de la población. Comenzaremos destacando las acciones ofensivas que tienen por objetivo las entidades habitadas de menor población, o con escasas defensas. El ejemplo más usual nos lo brindan las cabalgadas, en sus diversas formas: la mayoría de ellas se organizan de manera independiente, mientras otras forman parte de un contingente considerable, que penetra en fuerza contra el territorio enemigo –la conocida «entrada»–, y otras emanan del núcleo principal de las huestes reales en sus campañas periódicas de conquista, de las que se separan para realizar operaciones varias: como las de castigo, donde también se llevan a cabo «talas y quemas»; o las de aprovisionamiento logístico –para hacer acopio de suministros y abastecer al contingente propio, depredando la tierra enemiga–. Como constatan las fuentes, no es cometido de la cabalgada la toma y ocupación de poblaciones enemigas, pues su eficacia reside en la inmediatez de sus acciones y el rápido repliegue, por ello no se las dota de logística suficiente ni de equipo de asedio –artillería, mantas, etc.– Por ello, su actuación ante núcleos habitados se ve limitada por la entidad y capacidad de defensa de las mismas: si son aldeas o villas pequeñas y sin apenas obstáculos que se les opongan, las asaltan y queman; si son de mayor envergadura, las eluden o vigilan, mientras asolan el territorio circundante. Si la cabalgada es de entidad considerable, se suele tener prevista la reacción enemiga, y se preparan celadas –emboscadas– contra los lugareños que se «apellidan» para recuperar la presa, con intención de vencerlos, y aumentar el botín con nuevos capturados7. 7 Expondremos tres casos relacionados con la lucha en población. Sobre la primera modalidad: En 1469 los granadinos emprendieron una cabalgada –independiente– con 900 jinetes y 3.000 peones contra las tierras de Úbeda y Baeza, aprovechando la marcha de vuelta para atacar de noche la villa de Quesada, que estaba descercada, pensando que «aumentarían la presa con la de todos sus moradores, y lo arrasarían todo (…) a excepción del castillo», pero alertado de la operación, el adelantado de Cazorla, Lope Vázquez de Acuña, la frustró. Palencia, Alonso de: Crónica de Enrique IV. Ed. Atlas–BAE 257, Madrid, 1973, vol. I, pp. 271–272; Valera, Mosén Diego de: «Memorial de diversas hazañas», en Cayetano Rosell, ed. Crónicas de los reyes de Castilla. Atlas–BAE 70, Madrid, 1953, vol. III, pág. 50. Para el segundo caso, tenemos la «entrada» del condestable Álvaro de Luna en 1431, que destacó un grupo al mando del adelantado Diego de Ribera, para combatir y quemar el arrabal de Íllora –en la crónica no hay referencias al empleo de máquinas de asedio–. Mata Carriazo, Juan de, ed. y est.: Crónica de Don Álvaro de Luna. Condestable de Castilla y maestre de
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 138 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 138-162. ISSN: 0482-5748 azudas, etc.–; para separar lindes –muros, tapias, estacadas, vallados, etc.; y edificios diversos –molinos, casas, torres, etc.–. Conformando en su conjunto un entorno enrevesado y laberíntico. El máximo exponente que ilustra lo difícil que resulta combatir en este escenario y ocuparlo, lo encontramos en la toma de Baza: «No podían guardar bandera, ni estar a gobernacion de capitán, porque la disposición de los lugares les constreñía a pelear derramados (…). E ansí (…) andando sueltos (…) turbados de miedo (…) fuian de los suyos mesmos (…) Y el presuroso sonido de los tiros (…) y el alarido de los vencedores, y el gemido de los vencidos é feridos, é la confusión de las voces diversas en lengua (…) ponían tal espanto a todos que ni sabían ni podían ver (…) por la turbación de la batalla, é la grand espesura de los árboles y edificios (…) ni los unos ni los otros podían en aquel peligro socorrer a los suyos por el impedimento de los árboles é barrancos que por todas partes había»23. Como señalamos antes, ocupar los arrabales y el cinturón hortícola son los principales obstáculos que deben salvarse para conquistar de la población. La obligación de controlar ambos ámbitos viene impuesta por dos necesidades ineludibles de carácter ofensivo. La primera es la exigencia de acercar al máximo la artillería neurobalística y pirobalística, a causa de lo limitado de sus alcances. La segunda, por la obligación de consolidar el cerco y no dejar brechas que faciliten las salidas en fuerza de los defensores, o la llegada de refuerzos y abastecimientos que alivien a los cercados. La única forma de conseguirlo es mediante la conquista de esos espacios, para establecer seguidamente sólidas posiciones de cierre, conocidas como «estancias» y «palenques», que constituyen verdaderas fortificaciones24, al combinar fosos con trincheras, estacadas, baluartes, etc. Así se expresa el rey Fernando para explicar la necesidad de combatir los arrabales de Loja en 1486: «porque aquellos tomados, los Cristianos estarían más seguros, é los Moros más retraídos». Y una vez fueron tomados: «mandó poner las estanzas contra la ciudad bien cercanas al muro (…) Otrosí mandó que tirasen las lombardas»25. Similares circunstancias se reproducen contra Íllora: «se pusieron al trabajo de fortificar cada uno sus estanzas de cavas é baluartes é palizadas, é de tales defensas, que podían estar seguros», y el rey: «acordó se debían combatir los arrabales, en los cuales los Moros 23 Toma de Baza por los Reyes Católicos en 1489. Ibídem., vol. III, pág. 485. 24 Fortificación: «mejora y preparación o modificación del terreno para la guerra, que produzca, no solo embarazo, entorpecimiento, retardo y aniquilamiento de la fuerza enemiga, sino ventaja, holgura y acrecentamiento de la propia». Almirante Torroella, José: op. cit., vol. I, pág. 475. 25 Pulgar, Hernando del: op. cit, vol. III, pp. 434–436.
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 139 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 139-162. ISSN: 0482-5748 habían hecho grandes defensas». Y una vez entrados los arrabales: «fueron puestas las estanzas contra la villa (…) é asentáronse diez é ocho lombardas grandes»26. Pese a todo, hay ocasiones en que la disposición y naturaleza del terreno impide asentar este tipo de fortalezas por todo el perímetro exterior de la plaza, como en 1485 durante el cerco a Coín: «por la grand aspereza é dispusicion de los lugares do está asentada». Y en su lugar, el rey: «mandó poner guardas é sobreguardas y escuchas»27. En otros casos, las defensas naturales son hábilmente aprovechadas por los habitantes, que se apoyan en el intrincado trazado interno, con estrechas bocacalles, sinuosas y serpenteantes callejuelas, muchas de ellas sin salida. Y llegado el momento de responder al peligro, complementan esta disposición permanente con obras de circunstancias, que las blindan sólidamente, como la exitosa táctica aplicada por el adelantado de Cazorla en 1469, que consistió en esperar parapetado en silencio tras las defensas naturales de Quesada, y abalanzarse sobre los moros una vez hubieron penetrado por sus estrechas bocacalles. Y así, los que habían descabalgado para poder pasar las angosturas caen en la celada, mientras el resto se desordena, sucumbiendo todos por la estrechez y falta de espacio para pelear o huir28. En 1489 se repite la misma táctica en Baza, ahora por parte del bando musulmán, impidiendo que los castellanos pudieran tomar los arrabales por las muchas cavas y palizadas que frenaban a los de a caballo, y por la estrechez de las entradas que impedía el acceso de grupos númerosos de peones al mismo tiempo29. Restricciones tácticas en el combate urbano La táctica a desarrollar por las fuerzas combatientes guarda estrecha relación con la naturaleza de las armas empleadas, las disposiciones adoptadas por el enemigo, y muy especialmente con las condiciones del terreno. Aquí el terreno es la población, y este entramado urbano conforma un escenario bélico muy singular. La compartimentación de los espacios obliga a entablar múltiples combates, simultáneos o sucesivos, aunque todos de carácter limitado, debido a dos circunstancias que analizamos seguidamente. 26 Ibídem., vol. 3, pág. 438. 27 Ibídem., vol. 3, pág. 413. 28 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. I, pp. 271–272; Valera, Mosén Diego de: op. cit., vol. III, pág. 50. 29 Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pág. 495.
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 140 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 140-162. ISSN: 0482-5748 La primera circunstancia limitadora afecta al número de efectivos intervinientes en cada acción, que por fuerza han de ser reducidos por lo constreñida de la zona de avance y lucha, al verse circunscrita a un estrecho frente enmarcada por dos planos, el horizontal –el ancho del viario–, y el vertical –los edificios laterales–. La dificultad y el peligro que entraña progresar a «pie de calle» ante un enemigo bien parapetado, que además domina las alturas inmediatas, pudiendo con ello batir por el fuego a cualquiera que intente aproximarse, obliga al atacante a buscar otras formas de avanzar a cubierto –recordemos que en estas situaciones la caballería se ve incapacitada para actuar, por su mayor vulnerabilidad y falta de maniobrabilidad–. La necesidad de anticipación se traduce en una carrera entre ambos bandos, la del atacante por intentar flanquear o envolver las barreras y obstáculos al frente, y la del defensor por impedírselo. Acometer directamente las posiciones enemigas es un recurso extremo para el ofensor, por el alto coste en vidas que supone. La opción más eficaz pasa por buscar un acceso hacia las calles laterales, y la táctica más adecuada consiste en fijar al defensor mediante un nutrido fuego, que lo mantenga embebido en la defensa de sus posiciones, recurriendo a todo tipo de tretas y ardides –incluido el incendio de edificios– para distraerlo y evitar que se descubra la maniobra, y con estas estratagemas poder retrasar parte de los efectivos propios que, o bien puedan buscar el acceso a esas calles paralelas, o entrar en los edificios colindantes y subir a los sobrados para acceder al terrado y avanzar por las alturas, plagadas de ajimeces, aleros y algorfas, atravesando los soberados, azoteas, volados y pasadizos en altura; o mantenerse en la planta baja del edificio para horadar los muros de las fachadas, o excavar el suelo –abrir minas–, y así eludir las barreras del adversario que bloquean los accesos, sorprendiéndolos por la espalda. Incluso aunque las fuentes no lo mencionen expresamente, tampoco se debe descartar el uso de pasajes subterráneos, husillos y cloacas para los desplazamientos. En este sentido, los datos aportados por las fuentes documentales atestiguan la diversidad de obras, tanto opugnadoras como expugnadoras, que se llevan a cabo en el callejero y edificios. La táctica de modificar el «terreno» tiene por finalidad última destruir o forzar la retirada del adversario tras sufrir graves pérdidas, y se consigue diseñando un plan que contemple tres fases sucesivas: en la primera se ha canalizar su avance mediante el empleo de obstáculos naturales, artificiales, o combinando ambos. Seguidamente se le debe detener con barreras, fosos, incendios, etc. Una vez canalizado y posteriormente detenido en el lugar elegido, hay que batirlo, sometiéndolo a un intenso fuego cruzado con todas las armas disponibles. En estos casos, la ventaja siempre la mantendrá el defensor, que conoce el viario «al dedillo», y tendrá previsto evitar posibles
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 141 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 141-162. ISSN: 0482-5748 acciones por sorpresa de sus oponentes, similares a las indicadas –desplazarse por las alturas o abrir portillos o minas–. Ahora bien, debemos matizar esta última afirmación, pues de acuerdo con la tipología que establecimos en un principio, si el foco que origina el combate es de carácter interno, y ambas facciones habitan el mismo núcleo, es evidente que todos conocen la disposición urbanística general30. Y en este caso, antes de producirse los enfrentamientos abiertamente, las primeras acciones de cada bando tienen por finalidad obtener el dominio y control absoluto del mayor número de barrios o collaciones posibles, y para conseguirlo deben asegurarse el apoyo de sus habitantes, desplazando a las familias simpatizantes, favorables o pertenecientes al bando contrario, bien atemorizándolas hasta conseguir que se marchen, o más expeditivamente, expulsándolas por la fuerza. En el caso en que la revuelta se focalice contra las minorías religiosas que habitan barrios concretos –morerías, juderías, aljamas–, las acciones punitivas suelen tener por objetivo el linchamiento, la represalia, el expolio y saqueo de sus propiedades, etc., y en último término, la expulsión de esa minoría de la población. La segunda circunstancia limitadora guarda relación con los efectos que producen ese tipo de combates. Los efectos materiales derivan de las armas utilizadas, por ejemplo, no pueden crearse las densas nubes de flechas o pasadores lanzados por arcos y ballestas respectivamente, o de pelotas disparadas por espingardas, porque los reducidos espacios en los que se produce la acción impiden la concentración de un número suficiente de tiradores. Sin embargo, las piezas de artillería pirobalística más móviles y pequeñas pueden emplazarse muy cerca de los objetivos y causar importantes estragos –aunque ello requiera disponer de mantas y otros sistemas de protección, también móviles–. En cuanto a los efectos a nivel humano, el carácter confinado y próximo de los espacios, permite sorprender al oponente y apuñalarle o dispararle a bocajarro, causándole graves heridas. La lucha es más encarnizada, y el cuerpo a cuerpo pasa a ser la regla general, al no existir posibilidad de luchar en formación –todo lo más en grupos pequeños–. A estos efectos físicos, debemos añadir los de carácter psicológico, que afectan tanto a los combatientes como a los «no combatientes», y con esto último nos referimos a aquellos que son «inhábiles» para luchar por su edad –ancianos o niños–, 30 En las poblaciones musulmanas de la época abundaban las callejas sin salida y los adarves –callejones privados para acceder a las casas–, con puertas o verjas que se cerraban por las noches.
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 142 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 142-162. ISSN: 0482-5748 enfermedad o sexo, que suelen ser evacuados antes de la contienda31, ya que el resto puede armarse y enfrentarse al agresor, como de hecho suele ocurrir, pues en esta época y según el ámbito territorial al que nos refiramos, es difícil separar lo que hoy día se conoce como personal «civil» –ajeno, sin formación, e implicación con la lucha armada–. Incluso en la actualidad se ha vuelto a reconsiderar la situación, y en los conflictos donde no hay ejércitos regulares, ni se puede mantener una guerra de tipo convencional ni se evacúa a la población, entre las directrices impartidas a las tropas, conocidas como reglas de enfrentamiento, se emplea el término «hostil» o «insurgente» para designar a todo aquel –hombre, mujer o niño–, que toma las armas y abre fuego contra las fuerzas propias, habilitando legalmente al militar a responder ofensivamente y «abatir» al agresor. El empleo de estos eufemismos no hace sino encubrir una realidad que se mantiene a través de la historia: toda persona capaz de empuñar un arma lo hará y, por lo tanto, es un combatiente en potencia, aunque esté falto de entrenamiento y formación, pues el instinto de supervivencia y de autodefensa le impulsarán a luchar. La trama urbana: elementos clave y su reflejo en las crónicas Analicemos ahora cada uno de los elementos citados más importantes de estas agrupaciones urbanas bajomedievales, poniendo algunos ejemplos prácticos extraídos de las crónicas, donde aparecen narradas las diversas situaciones hasta aquí hilvanadas. Comenzaremos con Alonso de Palencia, que nos ofrece uno de los relatos más ricos y que más información aporta sobre los procedimientos tácticos en la lucha urbana de la Castilla bajomedieval. Nos referimos a los sucesos que acontecieron en Sevilla, entre los días 29 y 31 de julio de 1471, y que dieron lugar a un cruento enfrentamiento entre partidarios del marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, y del duque de Medina Sidonia, don Enrique de Guzmán. Hacía tiempo que se venían produciendo todo tipo de altercados, y muchos habían cerrado sus casas y buscado cobijo en las de familiares y amigos de las collaciones del bando propio; pero los incidentes más graves tuvieron por escenario la casa del alcalde y alguacil mayor Pedro Núñez, de los Guzmanes de Orgaz32, próxima a la del marqués de Cádiz, 31 Tal es el caso de Lucena, en 1483, donde: «el Alcaide de los Donceles sacó de los arrabales a cuantos por su sexo o edad eran inhábiles para pelear y los internó en lugares seguros». Palencia, Alonso de: op. cit., vol. III, pág. 104; op. cit., [ed. facs.], pp. 72–73. 32 Sánchez Saus, Rafael: Linajes sevillanos medievales. Ed. Guadalquivir, Sevilla, 1991, 2 vols., pp. 114 [vol. I], 369 [vol. II]. A pesar de que en su crónica Palencia lo presente como corregidor.
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 143 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 143-162. ISSN: 0482-5748 al enzarzarse algunos hombres del marqués con los criados de don Pedro en la puerta de su portal, derivando la disputa en pelea armada. El alboroto alerta a muchos vecinos que logran socorrer a los criados. Al día siguiente, a la hora de la siesta, los sicarios del marqués vuelven a atacar la vivienda, cogiendo desprevenidos a los moradores. En este caso pudieron «acudir en su auxilio hombres armados que, penetrando por un postigo y horadando las paredes de las habitaciones contiguas, pudieron oponer seria resistencia»33. El combate se generaliza, y el cronista ofrece una vívida imagen de los sucesos: «Bombardas, espingardas y otras máquinas de guerra lanzan sus proyectiles desde lo alto sobre las bocacalles; horadan unos las paredes y se acometen repentinamente por la espalda; (…) los más esforzados van sembrando las calles con sus cadáveres, y al impulso del nitro y del azufre vuelan como salidas de escondrijos mortales piedras o balas de plomo que traspasan los pechos mal defendidos por las armaduras»34. Este fragmento destaca especialmente los efectos de los proyectiles disparados por las armas de fuego, y la forma de combatir en general –sorprender por la espalda– y la de los espingarderos en particular –disparar desde las alturas y los escondrijos–. Pero esos efectos no solo son materiales –perforar armaduras y protecciones corporales, herir y matar–, también son sensitivos –provocar olor, humo y estruendo– y psicológicos –causar temor y confusión–. La pobre calidad de la pólvora en esa época, cuya ignición provoca un vigoroso estruendo, densa humareda y fuerte olor a sulfhídrico –huevos podridos–35, obligaba a los espingarderos a usar sus armas de tres formas o sistemas de tiro diferentes. Uno móvil, para espacios cerrados, donde cambian de posición tras cada disparo. Otro fijo, desde parapetos en lugares abiertos, donde los gases insalubres se dispersan rápidamente. Un último sistema basado en sorprender al contrario: permanecer oculto, salir para disparar a quemarropa y volver a esconderse. Estas formas de actuar se consideran indignas e impropias de un luchador que se precie como tal, y provocaban fuerte repulsa entre sus contemporáneos. Así expresa Alonso de Palencia su pesar, describiendo la muerte en Carmona de Luis de Pernia, el afamado alcaide de Osuna: 33 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. II, pág. 37. 34 Ibídem., vol. II, pp. 37–38. 35 Borja Pérez, José Nicolás: «Importancia de las armas portátiles de fuego en la conquista de México», en Militaria. Revista de Cultura Militar, n.º 4, 1992, pág. 112.
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 144 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 144-162. ISSN: 0482-5748 «Adelántase Luis de Pernia y se esfuerza por disponer sus escuadrones (…) pero un tiro de espingarda para de pronto el ardor del denodado caudillo. Cae desdichadamente exánime (…). Muy contra su voluntad acudió, llamado, a lo de Carmona, no sin protesta de preferir (…) batallar en campo abierto a luchar en las encrucijadas de las calles, donde el más cobarde, con un tiro de saeta o espingarda, acaba fácilmente con la vida del más esforzado. Tal fue su caso (…) realizado por un mancebo barbero el 26 de marzo de 1472»36. Siguiendo con las disposiciones de orden táctico, una medida básica de índole defensivo consiste en taponar los accesos. La mayor efectividad a la hora de establecer esos puntos de bloqueo se consigue situándolos al inicio de calles, plazas y encrucijadas, mediante la combinación de dos tipos de defensas: unas de carácter fijo, con la colocación de albarradas, y otras de tipo móvil, usando mantas y manteletes. El conjunto de obstáculos debe planificarse de tal manera que se pueda canalizar y detener al contrario, para así batirlo mediante un intenso fuego cruzado, realizado desde todos los puntos posibles y con todas las armas disponibles –tal y como antes comentamos–. Por eso es necesario, y así lo señaló Alonso de Palencia en el texto antes citado, situar tiradores en las partes altas de los edificios laterales, que puedan «lanzar sus proyectiles desde lo alto sobre las bocacalles». Varios ejemplos pueden ilustrar lo que acabamos de expresar, sirviendo como modelo de lo que supone el correcto empleo de este tipo de medidas defensivas. El primero corresponde a la brillante defensa del arrabal de Lucena, llevada a cabo en 1483 por el alcaide de los donceles: «hizo arrancar todas las puertas de las casas del arrabal; rodeó con trincheras los puntos más débiles; dispuso otros baluartes; colocó cerbatanas donde mejor podían rechazar al enemigo; distribuyó los flecheros por los sitios más a propósito, y como núcleo de resistencia puso fuerte retén de hombres de armas»37. El segundo ejemplo lo aporta el bando nazarí, y corresponde a la defensa realizada en 1486 de los arrabales de Íllora: «los moros habían fecho grandes defensas; especialmente habían foradado las casas, para que pudiesen andar ayudándose de unas a otras, é habían fecho en las paredes grandes troneras é saeteras, tantas que ninguno podía 36 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. II, pp. 57–58. 37 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. III, pág. 104; op. cit., [ed. facs.], pág. 73; Valera, Mosén Diego de: Crónica de los Reyes Católicos. J. de m Carriazo, ed. y est. RFE Anejo 8. Impr. José Molina, Madrid, 1927 pp. 166–167.
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 145 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 145-162. ISSN: 0482-5748 entrar en las calles, sino a gran peligro de ser muerto ó ferido. Otrosí quemaron é derribaron algunas casas que pudieran ser defensa a los cercadores, é daño a los cercados (…). Los Moros puestos en los palenques y en las otras defensas que tenían, peleaban e ferían muchos de los del Duque»38. Un nuevo ejemplo de acción defensiva lo tenemos en Cúllar, en 1488, en la que los castellanos: «cavaron en las estrechas calles de la villa fosos protegidos de trecho en trecho por estacadas y trincheras para hacer allí tenaz resistencia al enemigo»39. Y el último, también lo aportan los castellanos, mostrando ahora la lucha desde una óptica ofensiva. La acción se sitúa en Huéscar, en 1434, donde iban: «ganándoles e minándoles las casas, e faciendo varreras por las calles», mientras los nazaríes ponían todo su empeño en ahumarles las minas: «el fumo solo que ellos ponían por las minas para atajar era vastante para matar mil omes»40. En este intrincado tablero urbano, las torres juegan un papel crucial. Dominar puntos en altura permite establecer puestos de vigilancia, alarma y tiro. Y en este particular, las torres de las iglesias parroquiales, con sus campanarios, son ideales para estos fines. No es de extrañar que se empleen todo tipo de recursos para impedir que sus ocupantes den la señal de alarma, tañendo las campanas, o incluso prendiendo fuego al templo del que forma parte, para desalojar al bando contrario. Ambos casos se produjeron en Sevilla, en los sucesos relatados por el cronista Palencia. Para el primero: «la campana de la torre de Santiago empezó a tocar alarma para dar aviso del combate empeñado; pero un tiro de espingarda de los satélites del Marqués dejó sin vida al que tocaba»41. Y para el segundo: «a las órdenes del comendador de Heliche se lanzaron contra los enemigos más próximos, encerrados en la iglesia de San Marcos (…) pues desde aquella torre causaban muchas bajas a los soldados del Marqués. Los cuales, sin el menor respeto al sagrado, amontonaron ante las puertas gran cantidad de leños secos y prendiéndolos fuego, incendiaron toda la techumbre (…). Tan horrenda hazaña irritó los ánimos del pueblo sevillano»42. 38 Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pág. 438. 39 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. III, pp. 211–212; op. cit., [ed. facs.], pág. 370. 40 Carrillo de Huete, Pedro: op. cit., pp. 169–170. Este episodio también se narra en: Pérez de Guzmán, Fernán: op. cit., vol. II, pp. 516–517. 41 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. II, pág. 37. 42 Ibídem., vol. II, pág. 38.
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 146 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 146-162. ISSN: 0482-5748 Realmente, los atentados contra lugares sagrados en plena contienda urbana no son tan excepcionales como pudieran parecer. Recordemos episodios como el asedio a Calatayud en 1362 durante la guerra de los Dos Pedros43, o el suceso acaecido en la guerra castellana contra Aragón y Navarra en 1449, cuando las fuerzas de don Alonso, hijo del rey navarro, en la lucha mantenida en Cuenca: «llegaron a la Iglesia de San Pedro (…) en la qual pusieron fuego por cinco partes (…) é con una lombarda (…) tiraban a la Iglesia»44. O en 1475, cuando el rey Fernando el Católico combatió en Burgos la iglesia de Santa María la Blanca, en la que se habían hecho fuertes los partidarios del rey Alfonso V de Portugal: «fizo aderezar los combates por seis partes con tiros de pólvora, é ballestería»; y lo mismo hizo en 1476 con iglesia mayor de Zamora45. Pero este modo de actuar contra templos del propio credo no es exclusivo de los cristianos, también hay episodios del mismo cariz entre musulmanes, como en la pugna por hacerse con el Albaicín entre los competidores al trono granadino en 1487, donde se llegó a emplear la artillería contra la mezquita mayor, y «se acometieron con gran furia en las estrechas callejuelas»46. Del mismo modo, durante la guerra final contra Granada abundan los episodios en los que la población nazarí se refugia en las mezquitas –las construcciones más sólidas de la medina–, y los castellanos recurren al empleo de todo tipo de medios para desalojarlos. Como sucedió en 1482 con los granadinos de Alhama: «los moros (…) se retaxeron a una mezquita grande, (…) é de allí tiraban tantos tiros (…) que los christianos no podían llegar a los combatir (…) pero (…) con mantas é otras defensas que ficieron, llegaron a poner fuego a las puertas (…). Los moros visto el fuego, como gente desesperada salieron a pelear, é fueron muertos la mayor parte dellos, é los otros fueron captivos»47. Aparte de las torres de templos religiosos, también descubrimos narraciones donde las torres de los arrabales o próximas a ellos son protagonistas de enconados combates, como en 1468 contra la torre–fuerte cercana al arrabal de Loja: 43 Donde los castellanos derriban la iglesia de San Francisco. Gutiérrez de Velasco, Antonio: «Las fortalezas aragonesas ante la gran ofensiva en la Guerra de los Dos Pedros», en Cuadernos de Historia Jerónimo Zurita, n.º 12–13, 1961, pág. 11 [nota n.º 6]. 44 Pérez de Guzmán, Fernán: op. cit., vol. II, pp. 662–663. 45 Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pp. 277 [Burgos], 282 [Zamora]. 46 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. II, pág. 176. 47 Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pág. 367. Suceso que también relatan: Bernáldez, Andrés: «Historia de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel», en Cayetano Rosell, ed. Crónicas de los reyes de Castilla. Atlas–BAE 70, Madrid, 1953, vol. III, pág. 606; Valera, Mosén Diego de: op. cit., pág. 139.
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 147 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 147-162. ISSN: 0482-5748 «E porque estaba una torre fuerte e muy cercana al arrabal, en la que estaban algunos moros que facian grandes feridas a los christianos que peleaban, el Rey mandó a Don Francisco Enríquez (…) este capitán (…) con ciertas mantas é bancos pinjados combatió aquella torre por quatro partes, é a gran peligro llegó a ella é púsole fuego»48. O la gran torre esquinera de la cerca del arrabal, en la toma de Málaga en 1487: «porque ganándose una gran torre que está en el esquina de la cerca, se ganaba gran parte del arrabal, el Rey mandó contra ella ciertas lombardas, las cuales derribaron (…) las almenas é todas las defensas (…) pusieron las escalas. Los moros (…) echaron pez é resina con lino é con cáñamo, é quemaron las escalas»49. Sin olvidar las torres en las huertas de ese cinturón hortícola que reiteradamente hemos mencionado: «algunas peleadas y otras quemadas»50. Pasemos ahora a destacar otro elemento importante. Inmediatos a los templos y puertas de acceso, suelen ubicarse las plazas. En ellas se concentra la población cuando suenan las alarmas, y desde ellas salen repartidos en grupos a defender los lugares asignados. Es el caso de los habitantes de Alhama en 1482, que nuevamente traemos a colación como vívido ejemplo de combate urbano, en un pasaje relatado ahora por el cronista Diego de Valera: «se pusieron todos en la plaça, que serían más de dos mil honbres, e pusiéronse todos enfrente de una calle que yva a la fortaleza [tomada por los cristianos]; e de allí se repartieron a los lugares que les paresçió que les convenía para su defensa»51. Sus accesos suelen estar fuertemente defendidos, y cuando el enemigo consigue penetrar en ellos, el enfrentamiento alcanza su máxima virulencia; como en la feroz lucha intestina en 1487 entre los granadinos –Boabdil y su tío El Zagal– por el trono: «su tío (…) penetró repentinamente en el recinto del Albaicín, y (…) abrió cuatro brechas en los muros y ocupó la plaza (…) delante de la Mezquita principal, donde el espacio era mayor, los dos reyes peleaban con tan feroz encono, que parecían dominados por inextinguible sed de sangre»52. 48 Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pág. 435. 49 Ibídem, vol. III, pp. 458–459. 50 Baza, 1482. Ibídem, vol. III, pág. 485. 51 Valera, Mosén Diego de: op. cit., pág. 138. 52 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. II, pág. 176.
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 154 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 154-162. ISSN: 0482-5748 «Hasta las mujeres, sin poderse contener dentro de los muros, salen en pos de los hombres y blanden con ánimo varonil las lanzas de los contrarios muertos (…). Es un hecho probado que aquél día una mujer varonil armada de lanza obligó a siete moros metidos en el hueco de una peña a rendirse a discreción, llevándoselos la vencedora heroína atados a su casa»77. En cuanto a los efectos materiales, ya hemos mencionado los daños y las consecuencias que acarrea el empleo de la artillería pirobalística y ciertos proyectiles, como las pellas incendiarias. Las plazas que antes se consideraban inexpugnables, ahora se entregan a los pocos días: «los que antes habían acusado de cobardía a los de Ronda y a los demás defensores de poblaciones por haberse rendido aterrorizados por el estrépito de las lombardas, ya poseídos de igual espanto, solo pensaban en salvarse y salvar a sus mujeres é hijos»78. Perder la estabilidad, el hogar, la forma de vida y los recursos, ver cómo desaparecen los seres queridos, y lo que es peor, perder la libertad y hasta la propia vida, son las consecuencias materiales que ha de soportar y sufrir quien forma parte del bando derrotado en la guerra. La muerte es lo más difícil de sobrellevar. Yacen por doquier hasta que una pausa del combate permite retirarlos. Una opción lógica es llevarlos a lugar sagrado: «fueron descabalgar cerca de la Iglesia, et fallaron que yacían en ella quarenta omes muertos del logar, que en aquel día del combatimiento los avian los Moros muerto»79. Los que toman la población no reparan en los cadáveres de los locales, solo cuando se marchan se les puede inhumar: «y enterraron los muertos Christianos que ende había»80. Pero si los asaltantes han de permanecer más tiempo ocupando la plaza, suelen recurrir a medidas más expeditivas, aunque poco ortodoxas: «Pasados quatro días después que aquella cibdad se tomó [Alhama, 1482], porque los christianos padescían gran pena del mal olor de los moros muertos que estaban por las calles é por las casas, acordaron de echarlos fuera de la cibdad, é allí al campo do estaban salían los perros de la cibdad a los comer (…) El Rey de Granada (…) puso sitio (…). É visto por los moros que los perros los comían (…) la ira fue tan grande (…) que fasta los perros della fueron muertos é captivos»81. 77 Quesada, 1469. Palencia, Alonso de: op. cit., vol. I, pág. 272; Valera, Mosén Diego de: op. cit., vol. III, pág. 50. 78 Loja, 1486. Palencia, Alonso de: op. cit., vol. III, pág. 165; op. cit., [ed. facs.], pág. 242. 79 Castro del Río, 1331. Rosell, Cayetano, ed.: op. cit., vol. I, pág. 242. 80 Zahara, 1410. Pérez de Guzmán, Fernán: op. cit., vol. II, pág. 316. 81 Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pág. 367.
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 155 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 155-162. ISSN: 0482-5748 En otras ocasiones, se les incinera: «é porque el hedor de los muertos era tan grande, fueron echados de la cibdad é quemados en el campo»82. Pero en la guerra contra Granada, en ningún caso se respetan los rituales religiosos del bando contrario, y solo se devuelven a los personajes ilustres, para que los suyos les hagan las exequias. El cautiverio, cuando es fruto de un combate urbano, suele presentar dos caras. Por un lado, el que comienza para los recién capturados: «Fueron allí tomados captivos gran número de moros é moras»; y por otro, el que concluye para los finalmente liberados: «sacaron todos los christianos que los moros tenían captivos, y estaban metidos en mazmorras»83. A veces, el copioso botín obtenido por los vencedores puede llegar a compensar los riesgos asumidos84. El mérito en la lucha proporciona también beneficios materiales, son los galardones cuyo provecho se disfrutan a lo largo del tiempo: honores, privilegios y mercedes. Obtener dicho reconocimiento genera en ocasiones disputas y rivalidades «hubo gran debate entre los hombres darmas, porque cada uno dellos afirmaba haber entrado primero en la torre», pero en estos casos, se impone la generosidad por parte de quien puede otorgar los premios: «el Infante hizo merced a todos los sesenta que fueron en el escala, aunque fue mucho mas crecida la que hizo a los quatro que saltaron primero en la torre»85. Cuando estos héroes son capturados, el precio por su rescate es elevado –salvo cuando no son reconocidos–, como afortunadamente pasó con el veterano adalid Covarrubias, capitán de espingarderos que dirigió la defensa durante cinco días con sus noches, de los portillos abiertos en los muros de Cúllar en 1488. El rey D. Fernando: «oyó con satisfacción suma la hazaña de los heroicos soldados y premió su esfuerzo con recompensas militares, mayores que a los demás al veterano Covarrubias. Poco después (…). Cautivado por los moros en un desfiladero, pudo rescatarse por escaso precio, porque su vejez y el desconocer su valía les hicieron apreciarle en poco»86. Dejando al margen los beneficios individuales, el mayor logro material en el plano colectivo se alcanza con la conquista territorial, una vez tomadas las plazas, villas y fortalezas que dominan el espacio geográfico. 82 Loja, 1486. Ibídem., vol. III, pág. 436. 83 Alhama, 1482. Ibídem., vol. III, pág. 367. 84 Alhama, 1482: «Ovieron en ella (…) infinitas riquezas de oro y plata y aljófar é sedas é (…) tafetán, é alhajas de muchas maneras, é caballos é acémilas, é infinito trigo é cebada, é aceite, é miel, é almendras, é muchas ropas de finos paños, é arreos de casas». Bernáldez, Andrés: op. cit., vol. III, pág. 606. 85 Antequera, 1410. Pérez de Guzmán, Fernán: op. cit., vol. II, pág. 330. 86 Palencia, Alonso de: op. cit., vol. III, pág. 212; op. cit., [ed. facs.], pp. 370–371.
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 156 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 156-162. ISSN: 0482-5748 Pero en ocasiones, esos lugares no pueden ser mantenidos –por proximidad al territorio enemigo, porque no llegan refuerzos propios y se tiene noticia de que fuerzas enemigas superiores se acercan a recuperarlo, etc.–, optando por saquearlos y quemarlos antes de retirarse, sumando mayores daños materiales a los ya producidos durante el combate87. Actividades logísticas relacionadas con la lucha en población Para concluir, es necesario consignar que el combate en población implica tanto a los ofensores como a los defensores, satisfacer una serie de necesidades que abarcan todo el abanico de funciones –actividades, tareas– de apoyo logístico. La de «Personal» es de las más relevantes, sobre todo porque urge reponer bajas, cubriéndolas con nuevos reemplazos o con la llegada de socorros o relevos. Las fuentes están plagadas de pasajes que guardan relación con peticiones de auxilio o ayuda. Destacaremos un singular episodio, en el que la premura de seguir luchando impide a su peticionario, Rodrigo Manrique, detenerse a solicitarla por escrito: «señor, como yo entré en esta villa [Huéscar, 1434], yo envié luego mis mensajeros. E porque no podían escrebir ni estaua en rrazón dexar la pelea por la escriptura, envié vna sortija mía al adelantado, e a Garçía de Cárdenas vna carapuça [caperuza], en señal de creencia, para que biniesen»88. Y este otro caso fue determinante. Los cristianos en 1482 se enfrentaron a la disyuntiva de mantener la recién conquistada Alhama o abandonarla, conscientes de que la inminente llegada del rey de Granada para recuperarla: «El Marqués y el Adelantado, como se vieron puestos en aquella necesidad, escribieron a las ciudades (…) é a los caballeros de las comarcas que les socorriesen é librasen del peligro en que estaban»89. Otra exigencia logística primaria es la del «Abastecimiento» –no confundir con la voz de la época «mantenimientos», que para este caso es 87 Abundan los ejemplos: los granadinos queman Jaén y Úbeda en 1368. López de Ayala, Pero: op. cit., 1997, vol. II, pp. 257–258; Cúllar en 1488. Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pág. 479; las puertas de Zahara en 1410. Y los castellanos el arrabal de Íllora en 1431. Pérez de Guzmán, Fernán: op. cit., vol. II, pp. 315 [Zahara], 495 [Íllora]. 88 Carrillo de Huete, Pedro: op. cit., pág. 171. Para la acepción de «carapuça» como sinónimo de «caperuza», vid.: Real Academia Española. Diccionario de la lengua castellana. Impr. Francisco del Hierro, Madrid, 1729, vol. 2, pág. 162,1. Disponible en: http://ntlle. rae.es/ntlle/SrvltGUILoginNtlle. 89 Alhama, 1482. Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pág. 367.
EL COMBATE EN POBLACIÓN EN LA CASTILLA BAJOMEDIEVAL 157 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 157-162. ISSN: 0482-5748 sinónimo de suministros, y equivale a abastecimiento de recursos–. Durante el periodo histórico que analizamos, la capacidad para obtener, acumular, almacenar y trasladar víveres, material y equipo en las fases previas a la acción militar, es muy limitada. Para abastecerse de suministros, lo habitual es que cada combatiente se pertreche de vituallas para un número concre- to de días, fijado por quien dirige la operación bélica90 –acción que en las fuentes aparece bajo la expresión «llevar talegas»–. Estas vituallas se agotan rápidamente, y es necesario recurrir a «sacar viandas» por la fuerza, de las zonas por donde se desplaza y actúa el contingente armado. Para cumplir esta misión se destacan corredores o cabalgadores, que saquean y esquilman todos los recursos que pueden ser transportados, quemando y talando lo que no. La ocupación de núcleos habitados, principalmente los que han sido tomados por sorpresa, sin dar tiempo a sus habitantes a poner a buen recaudo el ganado y los víveres almacenados, permite a los ocupantes disponer de suministros adicionales; aunque a veces se producen situaciones que luego se han de lamentar, tal y como pasó durante la toma de Alhama en 1482 por los castellanos: «algunos caballeros é peones pensando que no se podrían sostener en la cibdad, é que la habían de desamparar, quebraron muchas vasijas que fallaron llenas de aceite, é derramaron el trigo que el Rey de Granada allegaba de sus rentas en aquella cibdad»91. Al consumo diario de víveres por parte de los combatientes, ahora se debe añadir el de los cautivos recién liberados y el de los enemigos que acaban de ser apresados con intención de esclavizarlos u obtener rescate, como también pasó en Alhama. Afianzar una plaza tras su conquista conlleva abastecerla y dotarla de personal. Volvemos al ejemplo de Alhama por su singular localización –en pleno corazón del reino granadino, y cercana a la capital–, cuyo sostenimien- to la convertía en un auténtico reto logístico para la época: «E decían que era necesario juntar cinco mil rocines é muchos peones cinco ó seis veces en el año, para meter la recua de los mantenimientos para los que la guardasen». En mayo, el rey: «bastecióla é fortalecióla de todas las cosas necesarias (…) é dexó en ella (…) quatrocientas lanzas de las hermandades (…) con ellos fasta mil peones (…). E con quarenta mil bestias (…) cargadas de mantenimientos basteció la cibdad por tres meses92. En la Junta de Hermandad de 90 Esta era una de las misiones asignadas a los adalides: «Et una de las cosas que mucho deben catar es que sepan qué vianda han de llevar los que fueren en las huestes et en las cabalgadas, et para quantos días, et que la sepan facer alongar si meester fuere». Real Academia de la Historia, ed.: Las Siete Partidas del rey Don Alfonso el Sabio, cotejadas con varios códices antiguos por la Real Academia de la Historia. Impr. Real, Madrid, 1807, vol. II, pág. 220. 91 Pulgar, Hernando del: op. cit., vol. III, pág. 367. 92 Ibídem., vol. III, pp. 370–371.
MANUEL ÁNGEL MARTÍN VERA 158 Revista de Historia Militar, 133 (2023), pp. 158-162. ISSN: 0482-5748 Pinto de 1483 los reyes demandaron 16.000 bestias y 8.000 hombres que llevaran las dichas recuas para abastecer Alhama93. Y para la entrada contra Granada de 1484, el reino asignó expresamente 13.000 bestias «para meter los bastimentos necesarios a la gente que estaba en Alhama»94. Todos estos datos sirven para hacernos una idea del tremendo esfuerzo que requiere desarrollar la función logística de «Transporte», a base de recuas y carros, conducidos por recueros, arrieros y carreteros, que han de atravesar parajes agrestes, por vías difícilmente transitables, y que requieren de grandes contingentes armados que les escolten para su seguridad. Otra función logística que no debemos soslayar es la «Sanitaria». Sabemos por las fuentes que entre los componentes de las cabalgadas se encontraba el maestro de llagas o físico, que percibía un salario o remuneración fija en base al nivel de complejidad de cada uno de los tipos de heridas que trataba95. Los monarcas y poderosos disponían de sus propios físicos, de los que recibían quitaciones anuales96. También había personas, muchos de ellos herreros, especializadas en la albeitería97 –prevención y cura de animales, principalmente en el cuidado de equinos–, actividad desarrollada hoy día por los veterinarios. Para concluir, nos queda una última actividad por destacar. Una fortaleza o población que acaba de sufrir un fuerte asedio o un asalto, requiere la realización de obras de rehabilitación; aquí es donde entra en juego la denominada actualmente función logística de «Obras y Trabajos», que cubre este tipo de actividades: «é luego pusieron en obra de reparar todos los muros, é hicieron puertas nuevas a la villa»98. 93 Ibídem., vol. III, pág. 376. 94 Ibídem., vol. III, pág. 401. 95 Fuero sobre el fecho de las cabalgadas, en Memorial Histórico Español, Impr. de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1851, vol. II, pp. 453, 485. 96 Vilaplana Montes, María Asunción: «Un ajuste de cuentas del alcabalero mayor de Sevilla Pedro Ortiz (1420)», en Historia, Instituciones, Documentos, n.º 1, 1974, pág. 451. 97 Un análisis codicológico y paleográfico de tres manuscritos de la época puede consultarse en: Rodríguez Garrido, Noelle: «El libro manuscrito de la albeitería medieval», en Documenta & Instrumenta, n.º 8, 2010, pp. 67–86. También es interesante el trabajo: VV.AA.: «La medicina animal en la organización militar en los siglos XV y XVI», en E. Cruces Blanco, coord. La organización militar en los siglos XV y XVI. Actas de las II Jornadas Nacionales de Historia Militar. Ed. Cátedra General Castaños, Málaga, 1993, pp. 73–77. 98 Zahara, 1410. Pérez de Guzmán, Fernán: op. cit., vol. II, pág. 316. Sueldos a herreros, carpinteros y albañiles, pago del transporte de material, etc. Vilaplana Montes, María Asunción: op. cit., pp. 475–476.
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