La evolución de la concepción de enfermedad en John Lo target="_blank">Modelos cosmológicos: ¿Ficciones útiles o descripciones realistas del universo?
Abstract
Este trabajo ofrece un estudio de la evolución del concepto de enfermedad en el pensamiento de John Locke, tomando como referentes dos de sus escritos: Morbus (1666) y Methodus Medendi (1678). Dicha evolución nos permite estudiar algunos encuentros y desencuentros del pensamiento del empirista con las tesis de Galeno, Paracelso, Willis, Descartes y Boyle. Aunque Locke fue, en el tema concreto de las enfermedades, un ecléctico que supo aunar diversas tradiciones, sin embargo, el peso de las concepciones iatroquímicas fue creciendo con el tiempo. Se ofrece también una traducción al castellano del breve texto Methodus Medendi.
Full text
1 Locke, J. Some Thoughts concerning Education. En The Works of John Locke. London, 1823. Reprinted by Scientia Verlag Aalen. Germany, 1963. Vol. 9, pp. 6 y 7. THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. Núm. 40, 2008. LA EVOLUCIÓN DE LA CONCEPCIÓN DE ENFERMEDAD EN JOHN LOCKE: EL GALENISMO Y LA IATROQUÍMICA Rafael Ángel Rodríguez Sánchez. Universidad Pablo de Olavide. Resumen: Este trabajo ofrece un estudio de la evolución del concepto de enfermedad en el pensamiento de John Locke, tomando como referentes dos de sus escritos: Morbus (1666) y Methodus Medendi (1678). Dicha evolución nos permite estudiar algunos encuentros y desencuentros del pensamiento del empirista con las tesis de Galeno, Paracelso, Willis, Descartes y Boyle. Aunque Locke fue, en el tema concreto de las enfermedades, un ecléctico que supo aunar diversas tradiciones, sin embargo, el peso de las concepciones iatroquímicas fue creciendo con el tiempo. Se ofrece también una traducción al castellano del breve texto Methodus Medendi. Abstract: This paper deals with the development of disease´s conception in John Locke´s thought, studying two works: Morbus (1666) y Methodus Medendi (1678). That evolution lets us examine some resemblances and differences among the empirist´s thought and the ideas of Galen, Paracelsus, Willis, Descartes and Boyle. Although Locke was an eclectic, who managed to join different traditions on the specific subject of diseases, nevertheless, the prominence of his iatrochemical conception was gradually growing. We also offer a translation into Spanish about the short text Methodus Medendi. 1. Introducción Locke era médico. Este hecho, que aparece recogido en todas las biografías del empirista, suele tener sin embargo poca incidencia en lo que se refiere a la interpretación de sus opiniones filosóficas. Cuando se habla, por ejemplo, de Descartes, todos los historiadores del pensamiento se apresuran a vincular el descubrimiento del cogito, del análisis y la síntesis, y, en general, de las diversas facetas del método cartesiano con su sólida formación matemática de La Flèche. Y es lógico pues todo ser humano dedicado a la reflexión sufre a lo largo de su vida una evolución intelectual que es, en parte, heredera de sus estadios anteriores. Sin embargo, este hecho suele ser olvidado en el caso de Locke, siendo no obstante razonable suponer que nuestro autor no fue una excepción en ello. De hecho, él mismo nos habla de su actividad como galeno (que no galenista) ponderando su importancia, y alegando que la salud del cuerpo es una cuestión por la que él ha sentido especial interés1. Vinculados a esta actividad profesional, Locke escribió 5 ensayos de carácter médico-filosófico, entre los años de 1666 y 1678, todos ellos muy breves, pero cuajados de reflexiones, y que son un punto de partida para conocer en qué medida sus opiniones médicas estuvieron en conexión con sus doctrinas consideradas canónicamente como más “filosóficas”. Estas obras son: Morbus, de 1666; Respirationis Usus, de 1666 o 1667; Anatomie, de 1668; De Arte Medica, de 1669; y Methodus Medendi, de 1678.
98 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 2 Dewhurst, K. John Locke (1632-1704) Physician and Philosopher. London. the Wellcome Historical medical library, 1963, pp. VII-IX. No me detendré ahora sobre la polémica acerca de la autoría de las obras Anatomie y De Arte Médica. Es efectivamente, una cuestión debatida si fueron Locke, Sydenham o ambos, los autores de estos dos breves tratados, aunque me adhiero a la opinión de Sánchez González, Patrick Romanell e incluso Duchesneau (Sánchez González, M. A. La presencia de la medicina en la obra de John Locke (1632-1704). Madrid. Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense de Madrid, 1987, p. 420) quienes sostienen que, en todo caso, no se le debe negar a Locke el carácter de co-autor de estos escritos. 3 El ensayo Morbus puede encontrarse en Romanell, P. John Locke and Medicine. New York, Prometeus Books, 1984, pp. 207-209. Methodus Medendi está en la misma obra de Romanell (p. 139) y en Dewhurst, K. Op. Cit., pp. 136-137. He ofrecido una traducción al castellano de Morbus en Rodríguez Sánchez, R. A. “John Locke. Morbus. Estudio preliminar, traducción y notas a cargo de Rafael Ángel Rodríguez Sánchez”. En Ilustración y Libertades. Revista de Pensamiento e Historia de las Ideas nº 1. En prensa. En relación a Methodus Medendi, en el anexo de este trabajo he añadido también su traducción castellana. 4 Romanell llega a dividir la carrera intelectual de Locke en dos periodos: el anterior a Sydenham, antes de 1667, al que llama “the early theory of disease” y el posterior, tras esa fecha (Romanell, P. Op. Cit., p. 65). Y Jim Walmsey también ha descrito el Morbus en términos similares (Walmsey, J. “Morbus- Locke´s early essay of disease”. Early Sci Med, 2000, 5 (4), 367-393). Bodlein Library, British Library y Public Record Office son las instituciones que han permitido y permiten la conservación y exposición pública (con las debidas restricciones) de estos documentos. Como nos cuenta Kenneth Dewhurst2, estos cinco trabajos no se incluyen en las clásicas ediciones de las Obras Completas de Locke; y es que el empirista dejó al morir sus papeles y cartas a un primo suyo, Lord Peter King, permaneciendo inéditos durante largo tiempo. Poco a poco ha ido saliendo a la luz dicho material, debiéndose destacar con particular importancia la fecha de 1947, año en el que la Bodleian Library de Oxford compra al Conde de Lovelace, descendiente de Lord Peter King, una importante colección de escritos inéditos, comenzando a sacarlos a la luz. Hoy en día, podemos analizar dos textos particularmente relevantes en relación al tema, el concepto de enfermedad, que nos ocupa: Morbus y Methodus Medendi. Morbus fue editado, en lengua inglesa, por Patrick Romanell. Y Methodus Medendi, escrito originariamente en latín, también fue publicado en lengua inglesa, por Kenneth Dewhurst en 1963, aunque Patrick Romanell también lo editó posteriormente3. Se trata, pues, de un valioso material que puede ayudarnos a complementar la imagen que nos han ofrecido de Locke sus intérpretes clásicos. En el caso concreto de Morbus, si tenemos en cuenta que Sydenham fue, para Locke, el gran modelo a seguir en cuestiones médicas, y que el empirista conoció al clínico en 1667, esto significa que dicho tratado, escrito en torno a 1666, nos permite estudiar las primeras opiniones sobre la medicina lockeana, si se nos permite la expresión, todavía no-contaminadas por su gran maestro4. Por otro lado, aunque gran parte de la práctica médica concreta de Locke queda recogida en su escrito Observaciones Medicae y en su correspondencia, que están plagados de referencias a patologías y terapias, sin embargo, la lucha contra esta o aquella dolencia, por medio de tal o cual remedio le llevarán inevitablemente a plantearse cuál es la naturaleza “general” de la enfermedad: y la respuesta a esta pregunta inaugura en Locke la mencionada serie de cinco escritos de carácter “médico-filosófico”, cuya temática es de sesgo más teórico. Morbus es la primera respuesta que ofrece Locke a la pregunta “qué es la enfermedad”. Y en ella, es posible descubrir las vinculaciones del pensamiento lockeano con Galeno, con Paracelso y Helmont y, en menor medida, con Boyle y Descartes. Doce años más tarde, Locke vuelve a ofrecer un texto en el que recoge de nuevo su concepción de enfermedad. Es el Methodus Medendi, y el análisis de este texto nos permite apreciar la evolución del pensamiento lockeano, comprobando cómo el peso de la doctrina iatroquímica se acentúa sensible-
99 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 5 Locke, J. Morbus. Párrafo 1. 6 Locke, J. De Arte Medica. En Dewhurst, K. “Locke´s Essay on respiration” Bulletin of the History of Medicine. 1960, pp. 257-273, p. 272; Locke, J. Methodus Medendi. En Romanell, P., Op. Cit., p. 139. mente, con las consecuencias que ello conlleva de cara a su visión del ser humano y de la naturaleza. Locke había partido en su práctica médica de muchas de las pautas galenistas, y aunque se muestra ya en el Morbus favorable a la prometedora medicina iatroquímica, es en Methodus Medendi donde su defensa del paracelsismo se hace inequívoca. En justicia, debemos decir que no hay en realidad, un cambio drástico de orientación. Locke, tanto por la extensión como por la vehemencia de sus argumentos, ya se había mostrado en Morbus más favorable a los medicamentos “químicos”, pero sí que podemos apreciar en esta segunda obra una seguridad de la que no se había hecho gala hasta ahora. Se trata, pues, de una confirmación en aquello por lo que el empirista se había decantando antes con cierta prudencia. Vamos en todo caso a analizar el peso del galenismo y de la iatroquímica en las concepciones lockeanas, para describir posteriormente las vinculaciones de su doctrina con la de Descartes y Boyle. 2. El Galenismo Llama la atención el hecho de que Locke comienza Morbus rechazando las dos escuelas médicas imperantes en la época: los galenistas y los paracelsistas. Y como alternativa a ambas escuelas, Locke propone iniciar una tercera vía. “Supongo que una teoría de las enfermedades más racional debe de establecerse sobre otros principios distintos de los paracelsistas y galenistas, teniendo en cuenta que en el gran mundo algunas cosas son producidas por principios y otras por una simple mezcla de partes, con la adecuada ayuda del calor, del frío, etc.”5 Así pues, Locke afirma rechazar tanto las teorías escolásticas como las alquimistas. Sin embargo, acto seguido, sostiene que en el mundo las cosas son producidas, o bien por principios seminales o bien por la mezcla de partes. Pero los principios seminales constituyen cabalmente, uno de los pilares sobre los que se construyen las doctrinas iatroquímicas inauguradas por Paracelso; y la mezcla de sustancias, en concreto de humores, es precisamente el mecanismo galenista de explicación de funcionamiento del cuerpo humano y, por ende, de la aparición de enfermedades. Esto nos lleva a concluir que cuando Locke habla de proponer principios distintos a los galenistas y paracelsistas, está en realidad pensando en utilizar elementos de ambas tradiciones, integrándolos en una unidad, y haciendo así gala del sabio eclecticismo que ha acompañado siempre a todos los innovadores. De hecho, el empirista defenderá los principios clásicos del calor innato y de los espíritus animales en escritos como De Arte Medica; y también hará lo propio en Methodus Medendi con elementos de la iatroquímica6. Este eclecticismo se aplica no sólo al descubrimiento de la “producción” de las cosas (como se muestra en el texto anteriormente citado), sino también a la descripción de las enfermedades, de manera que Locke nos habla en Morbus de dos tipos: las que se producen por una inadecuada combinación de elementos y las que son introducidas en el organismo por algún
100 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 7 Locke, J. Morbus. Párrafo 8. germen. Las primeras recuerdan abiertamente a las concepciones médicas galenistas; las segundas, proceden descaradamente del mundo de la iatroquímica paracelsista. ¿En qué sentido Locke integra en su teoría de las enfermedades los esquemas galénicos? Para entender el escenario del debate es necesario ponerse en antecedentes y recordar brevemente qué era la enfermedad para los galenistas. Éstos sostenían que el ser humano era un conjunto orgánico en el que, bajo la dirección general de la physis o forma sustancial, se organizaban todos los elementos presentes en él. La physis controlaba las llamadas facultades, que gobernaban la nutrición, el crecimiento, la reproducción, el movimiento, etc., del organismo; y en todo este gobierno adquiría especial importancia el hecho de que existía un flujo y reflujo de humores, del que cada una de las partes del cuerpo extraía lo más adecuado para ella. Sin embargo, este frágil equilibrio podía verse afectado por las diversas sustancias que el ser humano ingería o por cualquier cambio en las condiciones de vida. Las facultades debían entonces reaccionar ante estas nuevas circunstancias equilibrando el sistema. Cuando no lo hacían correctamente, se daba un desequilibrio humoral que provocaba la enfermedad. Se consideraba entonces que la principal vía de solución era recuperar el equilibrio interno mediante la expulsión del humor sobrante. Por eso, la farmacopea escolástica estaba plagada de remedios cuya función era equilibrar la balanza, ayudando al cuerpo humano a expulsar hacia fuera los “humores pecantes”, es decir, aplicando sangrías, purgas, diuréticos, vomitivos, etc. De este modo, sangrar, sudar, vomitar, orinar y defecar se convirtieron en métodos conocidos genéricamente como “remedios inespecíficos”, por ser aplicables, en general, a todas las enfermedades, en función de las características concretas del paciente, lugar, estación del año, etc. El catarro, por ejemplo, se ha convertido en un caso “canónico” para ilustrar el modelo galenista de explicación de la enfermedad. Una determinada comida, podía evaporarse en el estómago, ascender hacia el cerebro donde, por el frío, se condensaba y, allí como por un alambique, descendía a través de los agujeros situados en la base del cerebro (fluía hacia abajo: Kátarroos) transformada en un moco que podía llegar hasta los pulmones provocando neumonía; o hasta los huesos y articulaciones, produciendo reumatismo. El calor o el uso de sustancias como el tomillo o el eléboro podían acelerar la expulsión de esa sustancia sobrante, restableciendo el equilibrio perdido. La cuestión era, con esa concepción general, ir poco a poco ampliando los remedios y las condiciones de aplicación, en lo que Kuhn llamaría el desarrollo de la ciencia normal. ¿Podemos encontrar en Morbus ideas procedentes del galenismo? En primer lugar, es necesario decir que Locke habla de temperamentos sanguíneos y melancólicos, atribuyéndoles un protagonismo en el desarrollo de tal y cual enfermedad, y utilizando, pues, una terminología que forma parte de la herencia médica galenista del momento7. Esta presencia galénica se ve complementada por una cuestión de mayor calado: el hecho de que Locke admite dos posibles causas para las enfermedades; y una de ellas es precisamente la inadecuada mezcla de elementos en el organismo: “Otras enfermedades supongo que debemos concebirlas como producto de una simple mezcla de dos ingredientes incompatibles, como cuando el ácido y las sales volátiles se mezclan y en ese momento se produce una
101 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 8 Ibidem. Párrafo 10. 9 Ibidem. Párrafo 12. 10 Ibidem. Párrafo 13. ebullición y entonces las dos diferentes sales se coagulan en una tercera sustancia distinta, con mucho, de cada uno de los ingredientes …”8 Aunque la terminología tiene sin duda un aire alquimista, es innegable que cuando en esta época se habla de enfermedades como mezcla de ingredientes inadecuados, todo parece indicar que se está siguiendo las opiniones mayoritarias procedentes del escolasticismo; y ningún médico de la época utilizaría esta expresión sin saber que con ella se hace referencia a la todopoderosa tradición médica galenista. Resulta, por lo demás, bastante lógico aceptar esa influencia pues, junto a sus defectos, no cabe duda de que la doctrina galenista ha sido uno de los paradigmas médicos más duraderos que han existido. Locke aclara además que en esos casos “…donde los efectos se producen por la mezcla y unión de diferentes cuerpos, ocurre (…) que debe haber una cantidad suficiente y proporcional de ambos ingredientes y ninguno prevalece sobre el otro sino que ambos juntos producen habitualmente un tercero, que no comparte la naturaleza de ninguno ni está en condiciones de producir algo parecido …”9 Así pues, podemos constatar la presencia de elementos galenistas en el modelo de enfermedad planteado por John Locke. Esta presencia, compartida con la iatroquímica, es ilustrada por el propio empirista con dos ejemplos que muestran, respectivamente, qué tipo de enfermedad debe ser explicada por el principio galenista de la “mala mezcla”; y qué mal exige de la causa del “contagio inoculado”: “Es fácil observar la diferencia que hay (en cuanto al modo de producción) entre la ebullición de la sangre producida por beber demasiado vino y la provocada por la mordedura de algún animal venenoso. Aunque el poder de provocar fiebre puede ser exactamente el mismo, el modo de producción y el método de curación son muy Diferentes”.10 3. La Iatroquímica Hemos situado a Locke, en algún aspecto, como cercano a la “doctrina de los cuatro elementos”. Sin embargo, el empirista muestra también su vinculación con la “doctrina de los tres elementos”, es decir, con la iatroquímica paracelsista de los “principios seminales”. ¿En qué medida esta vinculación es real? Para aclarar esta cuestión también debemos recordar brevemente las ideas principales que la iatroquímica tenía acerca de la enfermedad. Se suele citar como figura iniciadora del movimiento iatroquímico a Paracelso (1493-1541). Este autor concibe la naturaleza no tanto como un sistema estructurado de leyes sino más bien como una fuerza vital que se despliega de forma un tanto esotérica, de ahí que se haya caracterizado su pensamiento de “panvitalismo mágico”. La fuerza oculta presente en el mundo, y que incluso se identifica con la naturaleza misma, se desarrolla materializándose en tres elementos, que son los componentes de la realidad: mercurius, sulphur y sal. Todos los seres animados e inanimados son el resultado de la combinación de dichos elementos, gobernada por un principio presente en cada
102 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 11 Koyré, A. Místicos, espirituales y alquimistas del siglo XVI alemán. Madrid. Akal, 1981, p. 74. cuerpo y denominado “arqueo”. Dichos elementos deben ser considerados no tanto como elementos de una futura tabla periódica sino más bien como modos de comportamiento de la materia. Cuando vemos quemarse un cuerpo podemos ver que parte de él se disuelve en el aire en forma de humo. Ese aspecto volátil del cuerpo es el mercurius. El combustible que alimenta a la llama es el suphur. Y las cenizas que resisten al fuego representan la sal.En este panvitalismo en el que todo es entendido como un “despliegue de”, incluso la transformación de los metales es un simple caso particular que ese desarrollo de la fuerza-raíz de la naturaleza. Paracelso había visto cómo los metales “crecen” en los montes, y cómo una pequeña cantidad de metal era capaz de transformar las propiedades de otro convirtiendo el conjunto en una potente aleación. ¿Qué elementos de la doctrina de Paracelso se encuentran presentes en los dos escritos médicos mencionados de Locke? De entrada, debemos decir que la concepción lockeana presenta importantes rasgos comunes a este panvitalismo ya que el empirista nos habla de los principios seminales que se van transformando, de forma un tanto misteriosa, en los diversos aspectos del mundo material, dando lugar, citando sus propios ejemplos, a pollos y plantas, y permitiendo el desarrollo de injertos. Este planteamiento tiene importantes consecuencias de cara a su consideración de la enfermedad. Ya hemos dicho que el galenismo ofrecía una imagen de ésta en términos de desequilibrio humoral. Paracelso había reaccionado contra tales ideas con una radicalidad que se hará famosa, quemando públicamente el día de San Juan de 1527, el Canon de Avicena y proponiendo otra forma de entenderla. Frente a la patología humoral, y como causa de las enfermedades, acepta Paracelso influencias cósmicas, sustancias tóxicas y venenosas, causas naturales o predisposiciones, motivos psíquicos (ens spirituale) e incluso la misma intervención divina, rechazando la patología humoral galénica entonces dominante. Es cierto que todo esto parece un genérico galimatías. Pero el enrevesamiento es la mejor forma de definir la doctrina de Paracelso. En palabras más radicales podemos recordar a un admirador de germano, quien no obstante, dice de él: “… La disolución de la ciencia medieval había provocado en él (Paracelso), más que en cualquier otro de sus contemporáneos, un renacimiento y una revivificación de la supersticiones más primitivas; la mitad de lo que enseña no es otra cosa que folklore ridículamente vestido de nombres extraños que, con una alegría infantil e ingenua, inventa a propósito e incluso fuera de propósito, de nombres a los que da raíces y terminaciones «latinas» y «griegas»: feliz de poder oponer a la terminología sabia de sus contemporáneos y rivales, una terminología más abracadabrante aún” 11. Si desentrañamos su amalgama tormentosa de ideas, nos percataremos de la gran aportación de Paracelso de la medicina: la concepción de enfermedad como resultado de la introducción de un cuerpo extraño en el organismo. Aceptado esto, es decir, localizada ya la causa de la enfermedad, era necesario aplicar el remedio. Y en la aplicación de dicho remedio se mostraba también la distancia que separaba a Paracelso del galenismo pues para
103 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 el primero la terapia a aplicar no debía ir encaminada a la restitución del equilibrio perdido, sino a la neutralización de la sustancia “invasora”. Si los galenistas solían confiar con frecuencia en los vegetales, Paracelso investiga con ahínco el uso “homeopático” de los metales, descubriendo que la administración de un veneno en pequeñas dosis puede llegar a ser beneficiosa: el antimonio, el arsénico, las sales de plomo, el cloruro de hierro, el sulfato de hierro, el cloruro de oro, el sulfato de potasio, las sales de cobre, el bismuto y el cinc. Junto al uso de las aguas minerales, también recomendó el opio. Sus resultados más conocidos: la acción diurética del mercurio en la hidropesía y los beneficios de las aguas ácidas en los procesos digestivos y en la prevención del cálculo de vesícula. Siguiendo la orientación de Paracelso, Van Helmont (1579-1644) habló también del arqueo. Según Helmont, el organismo era dirigido por un principio rector, el arqueo, del que dependen otros principios secundarios. El proceso principal por el que esos principios gobiernan los procesos fisiológicos del cuerpo es la fermentatio. Así, por ejemplo, la digestión era concebida como un proceso transformador gracias a la virtud del ácido, no del calor innato. Respecto a la cuestión de las enfermedades, Helmont se había expresado también en términos similares a Paracelso ya que sostenía que la enfermedad no era un simple desorden de los humores, sino un “ente” distinto del individuo que se introducía en él en forma de “semilla”. La terapia de cualquier enfermedad no es otra cosa que el intento de hacer recuperar al arqueo el control sobre la situación del organismo, y ello mediante medicaciones químicas. En nuestro ejemplo del catarro antes mencionado, éste no es considerado como un humor (mucus) sobrante sino como una semilla que está produciendo un problema local. Lo importante es la determinación exacta del tipo de semilla, para aplicar entonces una terapia u otra. Se necesitan, pues, tratamientos específicos para cada tipo de enfermedad. Esta es la gran diferencia con el galenismo. Otros iatroquímicos posteriores negaron al arqueo su preponderancia, atribuyendo a la fermentatio un papel principalísimo en la explicación de los procesos fisiológicos. Entre ellos cabe destacar a Franz de le Boe, más conocido como Silvius, y Thomas Willis. Silvius concibió la fermentatio como un proceso de larga duración (que cuando va acompañada de fuertes olores se llama putrefacción) y que, posibilitada por el agua y el calor moderado, sería el responsable de multitud de procesos fisiológicos como la transformación del bolo alimenticio en quimo, del quimo en quilo, y del quilo en alimento orgánico que nutre a los diversos órganos vía circulación sanguínea; incluso la misma contracción cardíaca y la formación de los espíritus animales eran explicados de forma similar. Por otra parte, Thomas Willis (1621-1675) también había expuesto ideas parecidas. Todo compuesto, que es un agregado de spiritus, sulphur, sal, aqua y terra, puede sufrir procesos fermentativos como resultado del movimiento de dichas partículas. La fermentatio explicaría la formación de la sangre, la conversión en el corazón de la sangre venosa en arterial, la aparición de la fiebre, el surgimiento de los espíritus animales o determinados procesos de respiración y combustión. Las enfermedades no son otra cosa que formas de fermentación. Pagel sostuvo que Willis “materializó” los procesos fermentativos descritos por Paracelso y Helmont, defendiendo como hipótesis plausible que todos los cuerpos están integrados por corpúsculos indivisibles de diferentes formas geométricas. El papel de la
104 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 12 Pagel, W. “Van Helmont”. En Laín Entralgo, P. Historia Universal de la Medicina. Tomo IV. Barcelona. Salvat, 1973 p. 288. 13 Locke, J. Morbus. Párrafo 7. 14 Ibidem. Párrafo 2. fermentación seguía siendo capital, pero se hacía compatible, al menos en un plano genérico, con una imagen más atomista de la materia12. Estas son algunas de las ideas clásicas que configuraron la orientación iatroquímica. Podemos preguntarnos, ¿aceptó Locke durante la composición del Morbus ideas provenientes de esta tradición? La respuesta es “sí”. En primer lugar, no cabe duda de que encontramos en Morbus un elemento propio de los iatroquímicos: el concepto de arqueo, que Locke cita expresamente, aunque reconoce que desconoce todavía su funcionamiento interno: “Confieso que no puedo comprender satisfactoriamente el modo en que este potente arqueo transforma esos pequeños e invisibles fermentos, aunque los efectos son evidentes. En todo caso, creo que sería de gran utilidad tenerlos en consideración para descubrir las enfermedades que se derivan de estos fermentos …”13 Esto situaría la posición de Locke muy cercana a la de Paracelso y Helmont, y no tanto a la de Silvius y Willis, ya que el empirista parece conceder al arqueo un papel central. Sin embargo, también Locke toma elementos de la concepción de Willis pues describe, como veremos, los principios seminales no como fuerzas de carácter tan espiritual como lo había hecho Paracelso y Helmont sino como “pequeñas y sutiles unidades de materia”. Por otra parte, cuando Locke se pregunta en Morbus cómo es posible que semillas distintas, plantadas en la misma parcela de tierra, y utilizando el mismo agua, vayan nutriéndose y creciendo para terminar dando lugar a plantas completamente distintas entre sí, su respuesta contiene una crítica a las posiciones iatromecánicas de Descartes (cuestión que trataré más adelante) y una adhesión a las tesis iatroquímicas: “Creo que eso no se realiza por una simple filtración del nutriente a través de sus poros”. ¿Y cómo es posible que las partes líquidas de un huevo den lugar a un pollo? Dice Locke que “yo no puedo concebir cómo es posible que por filtración, las duras y consistentes partes se produzcan de lo blando y líquido”. La única solución que permite explicar tan misteriosos eventos es la aceptación de principios seminales que van desplegándose de forma un tanto misteriosa para dar lugar a la pluralidad de formas que observamos en la naturaleza: “Por principios seminales o fermentos entiendo aquellas pequeñas y sutiles unidades de materia que permiten transmutar hasta grandes porciones de materia en una nueva naturaleza y nuevas cualidades. Este cambio, puede no provenir de ninguna causa conocida sino que parece depender totalmente de la operación o actividad de ese principio seminal, y no de la diferente materia que en sí misma se transforma”.14 Esta concepción de la realidad recuerda, incluso en su lenguaje un tanto críptico, a la tradición iatroquímica inaugurada por Paracelso. Pero, además, aunque Locke, ya lo hemos visto, había aceptado en Morbus que algunas enfermedades tienen su origen en el desequilibrio
105 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 15 Ibidem. Párrafo 9. 16 Sánchez González, M. A. La presencia de la medicina en la obra de John Locke (1632-1704). Op. Cit., pp. 270-289. humoral al estilo galenista; sin embargo, y siguiendo en esto las orientaciones de Paracelso y muchos iatroquímicos, también afirma en este texto que existen otra clase de enfermedades que difícilmente puede ser explicadas en términos de desequilibrio de humores. Así, por ejemplo, dado que algunas úlceras corrosivas de la sarna se circunscriben a una zona determinada de la piel, ¿cómo explicar este fenómeno como un desequilibrio humoral cuando Locke aceptaba plenamente la doctrina de la circulación de la sangre y, por ella, tendría que propagarse el mal? Parecía más lógico suponer, dice Locke, que los fermentos de las costras se han trasmitido por contacto; y que la medicina debe buscar la forma de eliminar esos fermentos o de fortalecer la zona concreta afectada por ellos. Nada tiene que ver aquí el exceso de “humores coléricos”. “En algunas úlceras agresivas, si estas partículas corrosivas [las cuales con demasiada rapidez y vigor destruyen no solo la carne sino también los huesos y las partes más duras del cuerpo] se generaran en la sangre por alguna corrupción inherente a ella originalmente, y si la sangre fuera en su propia sustancia lo bastante depravada y corrosiva como para devorar el interior de muchos huesos en una parte del cuerpo, nosotros no podemos concebir racionalmente como (la sangre) podría circular tan inocuamente a través de otras (partes), navegando tan delicada y sensible; y menos cómo algunos humores corroerán cosas más duras y respetarán inocuamente otras de una textura más fina”.15 Debió de parecerle a Locke más eficaz este estilo de medicina, cuando de lo que se trataba es de combatir, no una mezcla perjudicial para el organismo sino un fermento venenoso introducido en él. Por eso, propone Locke como segundo ejemplo el de la “ebullición” de la sangre producida por una mordedura venenosa. Por otra parte, si nos centramos no ya en Morbus sino en su posterior obra Essay, el profesor Sánchez González16, ha encontrado ciertas coincidencias que podríamos llamar “de estilo” entre las ideas iatroquímicas y las de Locke, en lo que se refiere al tema concreto de las interacciones entre los cuerpos. Dichas coincidencias pueden destacarse en cuatro aspectos. En primer lugar, porque Paracelso habla de “simpatía” y de “antipatía” para describir las influencias de los astros sobre determinados procesos de la naturaleza, recurriendo a las “emanaciones astrales” que explicarían la relación entre el mundo de los astros y el nuestro. Esa concepción estaría en consonancia con el apoyo expreso que Locke dio al principio anticartesiano de la acción a distancia, y no sólo porque Locke aceptara la existencia de fuerzas gravitatorias al estilo newtoniano sino, además, porque él manifestó en repetidas ocasiones que los fenómenos que observamos son sólo la punta de un iceberg formado por complejos movimientos y operaciones que se dan entre los cuerpos, que están fuera de las cosas mismas y de los que nunca tendremos completa noticia. En segundo lugar, argumenta Sánchez González, porque Locke, siguiendo en esto a Sydenham, sintió durante muchos años un cierto desprecio por la anatomía, lo que estaría en sintonía con el hecho de que para conocer el mundo es necesario desentrañar las mutuas y complejas influencias entre los cuerpos, y no centrarse en la determinación
112 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 32 Ibidem, p. 273. 33 Lorenzo, A. M. “La influencia de la física corpuscular en la filosofía de Locke”. En Arana, J. (Ed.). Thémata. Revista de Filosofía. La ciencia de los filósofos. Sevilla. Número 17, 1996, pp. 107-125. “Dado que una gran parte de esas personas doctas, especialmente médicos, que han visto los defectos de la filosofía vulgar sin alcanzar aún a comprender y apreciar la corpuscular, se han inclinado hacia la doctrina de los químicos, y dado que los espagíricos acostumbran a pretender construir todas las cualidades de los cuerpos a partir del predominio de alguno de sus tres principios hipostáticos, supongo que podré (…) promover la más feliz recepción de la hipótesis mecánica sobre las cualidades, exponiendo aquí (…) algunos de aquellos defectos que he observado en la explicación química de las propiedades”32. Boyle alega diversas razones en contra la iatroquímica, pero la cuestión que nos interesa señalar aquí es que su propuesta considera a la explicación mecanicista como una hipótesis que supera tanto al galenismo como a los espagíricos. Locke, en cambio, no manifiesta ni en Morbus ni en Methodus Medendi ninguna declaración favorable a las ideas de Boyle. Es cierto que el empirista habla de algunas enfermedades como resultado de un desequilibrio y que ello no es incompatible a priori con la idea de considerar que los elementos de la mezcla no son otra cosa que átomos. Y también es cierto, que cuando Locke habla de los principios seminales los describe, ya lo hemos dicho, como “pequeñas y sutiles unidades de materia”, lo que podría también interpretarse como un acercamiento al corpuscularismo. Sin embargo, al margen de estas disquisiciones, creo que lo que podemos decir con seguridad es que en 1678, Locke defendió explícitamente la concepción iatroquímica de la enfermedad. Con el tiempo, sí que surgirá en el pensamiento de Locke, una aproximación creciente al mecanicismo y, en ese sentido, Willis defendió un planteamiento (dicho esto con sus matizaciones) a medio camino entre la iatroquímica y el mecanicismo, que debió de resultarle atractivo a Locke. En todo caso, el acercamiento de las posiciones lockeanas a las de Boyle es algo que tendrá lugar con posterioridad a las fechas que nos ocupan33. La vinculación de Boyle con Locke, en lo que al tratado Morbus y Methodus Medendi, se refiere, creo que puede darse por concluida aquí. 5.- Conclusión Hemos visto las primeras opiniones de Locke sobre las enfermedades, expuestas en el escrito Morbus. En la fecha de composición de esta obra, puede observarse una coincidencia inicial, si se nos permite hablar así, “de estilos” entre Locke y Boyle, una coincidencia que situaría al empirista en la búsqueda de una teoría alternativa al galenismo y a la iatroquímica. Con este punto de partida, ¿podemos decir que las ideas expuestas por Locke acerca de la enfermedad fueron revolucionarias? ¿Podemos decir que sostuvo en Morbus y en Methodus Medendi una teoría diferente de las dos mencionadas? Creo que no. Fue revolucionario el hecho de que, en el siglo XVI y bajo el dominio aplastante del modelo galenista, alguien propusiera concebir la enfermedad no como un desorden interno sino como un agente externo introducido en el organismo: y eso lo hizo Paracelso; y el espectacular desarrollo de la bacteriología, que tendrá lugar en el XIX, confirmará esta concepción de la enfermedad como resultado de la introducción de un
113 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 34 Locke, J. Methodus Medendi. Párrafo 2. 35 Sánchez González, M. A. Op. Cit., pp. 72-78. cuerpo extraño. Pero Locke se encontró ya en el XVII con dos tradiciones claramente enfrentadas y desarrolladas. Y en nuestro autor lo que hay es una sabia combinación, en las proporciones adecuadas a los conocimientos médicos del momento, de esos elementos provenientes de distintas tradiciones. Hay en la concepción lockeana de la enfermedad en Morbus parte de galenismo, en tanto que considera el desequilibrio en la mezcla como una de las dos causas productoras de males. Hay, sobre todo, una buena dosis de elementos iatroquímicos cuando habla de la enfermedad concebida como un principio seminal introducido en el organismo. Por eso, la “ebullición” de la sangre producida por beber demasiado vino, es considerada por Locke un ejemplo de enfermedad explicable como desequilibrio humoral; y la mordedura de un animal venenoso es, por el contrario, ejemplo de enfermedad como resultado de un germen inoculado. Esta defensa de la iatroquímica se hace más patente en Methodus Medendi: “… no tengo duda de que para curar cada tipo de enfermedad se necesita o bien un método concreto o bien remedios concretos”34. Incluso podríamos decir que, analizando ambos textos, parece que la concepción de Locke presenta más puntos en común con las ideas de Thomas Willis que con el misticismo de Paracelso, cosa que parece bastante lógica si tenemos en cuenta que el empirista fue alumno de Willis. No obstante, la brevedad de dichos textos no permite hacernos una idea más clara del asunto. Sin embargo, sí que es seguro el hecho de que el empirista rechazó el iatromecanismo cartesiano, pues le resultó insuficiente para explicar la complejidad de los fenómenos biológicos. Con todo este planteamiento podemos decir, con sus matizaciones, que en el pensamiento de Locke hay una evolución que va del galenismo a la iatroquímica, otorgando un mayor peso a esta última escuela en su segundo escrito. Locke expone en el Morbus una concepción ecléctica que comparte las tesis de Galeno y las de los iatroquímicos. Es cierto que, ya en esta obra, la extensión y vehemencia que Locke le dedica a los “alquimistas” es mayor. Pero también es cierto, como ha señalado Sánchez González35, que en sus Observaciones Médicas, escritas entre 1666 y 1670, Locke utiliza básicamente la terapéutica galénica tradicional, basada en remedios inespecíficos. En 1678 nuestro empirista es ya un convencido iatroquímico, en lo que a la concepción de la enfermedad de refiere, aunque, en esa línea ecléctica que caracteriza a todos los grandes, nos habla también de la utilidad de ciertas reglas galenistas que ser tenidas también en consideración a la hora de aplicar los remedios específicos a cada tipo de enfermedad. En esta orientación de pensamiento, ¿por qué no defiende Locke el proceso de la fermentatio, otro de los grandes pilares (junto al concepto de enfermedad) de la escuela iatroquímica? Posiblemente, porque no creía en él, quedándose, cada vez con mayor convencimiento, con la tesis central de la enfermedad como germen. Esta progresiva adhesión a la escuela iatroquímica en este punto es importante pues, si se acepta la imagen de la enfermedad como resultado de la irrupción de un microorganismo en el cuerpo, los tipos de enfermedades dependerán de los tipos de microorganismos. Entonces, conocer los criterios que permiten identificar y distinguir claramente una especie de microorganismo de otra diferente se convierte en un problema médico y filosófico de primera magnitud. Es el problema de las especies que tan profusamente
114 Thémata. Revista de Filosofía, 40, 2008 36 Rodríguez Sánchez, R. A. “Medicina y Filosofía: una perspectiva empirista”. En Antón Pacheco, J. A.; Hernández, C; Ordóñez, J. (Eds.) Medicina y Filosofía. Edita Departamento de Lógica, Filosofía y Filosofía de la Ciencia de Universidad de Sevilla y Kronos Editorial. Sevilla, 2001. Páginas 331-350. aparecerá en la gran obra de Locke: el Essay, pero esta es ya otra cuestión que es objeto de un análisis por Separado36. Anexo. Methodus Medendi Todos los médicos hasta el presente siglo parecen haber fracasado porque en la curación de las enfermedades ellos le han otorgado poco o ningún interés a la naturaleza específica, fermento peculiar o problema (lo que, de hecho, sea) de cada enfermedad y han considerado únicamente la bilis, la flema o la sangre, que son sólo síntomas externos de las enfermedades y no están más relacionados con sus naturalezas específicas más de lo que el tipo y riqueza de la tierra lo está con las especies de plantas que crecen en ella. Ya que, aunque la naturaleza del terreno parece más adecuada para producir un tipo de planta sobre otra (de igual forma ciertos tipos de constituciones corporales parecen contener en sí mismos las semillas de ciertas enfermedades, o ser más propensos a producirlas) y para cultivar mejor algunas plantas, la tierra en la que ellas crecen debe mejorarse; sin embargo, no tengo duda de que para curar cada tipo de enfermedad se necesita o bien un método concreto o bien remedios concretos. Cuando estos se conocen con seguridad, entonces las Reglas, que los filósofos han construido desde sus hipótesis de humores, plétora, etc., pueden ser sumamente útiles para aplicar el método o remedios y para modificarlos de acuerdo con la particular constitución del paciente. Pero estas Reglas y Axiomas médicos, separados de este conocimiento sobre la captación de la esencia de una enfermedad y sobre la destrucción y eliminación del fermento parecen ser más útiles para evitar tratamientos erróneos y nuevas enfermedades que pudieran provocarse, que para curar enfermedades realmente. Bibliografía citada BOYLE, R. On the Imperfection of the Chemist´s Doctrine of Qualities. The Works of Honourable Robert Boyle. Vol. IV. Edited by Thomas Birch. Geory Olms Verlagsbuchhandlung. Hildesheim, 1966. BUSACCHI, V. “La iatromecánica”. En Laín Entralgo, P. Historia Universal de la Medicina. Tomo IV. Barcelona. Salvat, 1973. DESCARTES, R. El tratado del hombre. Trad. Guillermo Quintás. Madrid, Alianza, 1990. DEWHURST, K. “Dr. William Cole´s (1635-1716) letters to Locke”. Centaurus 1963; 8: 147-173. - “Locke´s Essay on respiration” Bulletin of the History of Medicine. 1960, pp. 257-273. - John Locke (1632-1704) Physician and Philosopher. London. the Wellcome Historical medical library, 1963. KOYRÉ, A. Místicos, espirituales y alquimistas del siglo XVI alemán. Madrid. Akal, 1981. LOCKE, J. Some Thoughts concerning Education. En The Works of John Locke. London, 1823. Reprinted by Scientia Verlag Aalen. Germany, 1963. Vol. 9. LORENZO, A. M. “La influencia de la física corpuscular en la filosofía de Locke”. En Arana, J. (Ed.). Thémata. Revista de Filosofía. La ciencia de los filósofos. Sevilla. Número 17, 1996, pp. 107-125. PAGEL, W. “Van Helmont”. En Laín Entralgo, P. Historia Universal de la Medicina. Tomo IV. Barcelona. Salvat, 1973. RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, R. A. “John Locke. Morbus. Estudio preliminar, traducción y notas a cargo de Rafael Ángel Rodríguez Sánchez”. En Ilustración y Libertades. Revista de Pensamiento e Historia de las Ideas nº 1. En prensa. - “Medicina y Filosofía: una perspectiva empirista”. En Antón Pacheco, J. A.; Hernández,
115 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 C; Ordóñez, J. (Eds.) Medicina y Filosofía. Edita Departamento de Lógica, Filosofía y Filosofía de la Ciencia de Universidad de Sevilla y Kronos Editorial. Sevilla, 2001. Páginas 331-350. ROMANELL, P. John Locke and Medicine. New York, Prometeus Books, 1984. SÁNCHEZ GONZÁLEZ, M. A. La presencia de la medicina en la obra de John Locke (1632-1704). Madrid. Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense de Madrid, 1987. SINGER, C; UNDERWOOD, E. A. Breve historia de la medicina. Madrid. Guadarrama, 1966. WALMSEY, J. “Morbus-Locke´s early essay of disease”. Early Sci Med, 2000, 5 (4), 367- 393. * * * Rafaael Rodríguez Sánchez Universidad Pablo de Olavide Facultad de Humanidades Departamento de Geografía, Historia y Filosofía