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Arcillas rojas

Llera, Mar

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ANÁLISIS 01 Editorial ■POLÍTICA Y ECONOMÍA 03 España: símbolos religiosos y centros educativos públicos, por Teófilo González Vila ■PENSAMIENTO 07 Romano Guardini: una reflexión sobre el poder, Carmen Herrando ■RELIGIÓN 11 Rovirosa y el dolor , por Carlos Ruiz de Cascos y Eugenio Rodríguez ■TESTIMONIO 14 Pequeñas cosas , por Juan José Heras 15 Fronteras y prisiones , por Esperanza Díaz 16 Arcillas rojas , por Mar Llera 19 Rincón bibliográfico ■BREVE CRÓNICA 23 V Congreso Mundial de las familias , por Pablo López López SECCIONES «El acontecimiento será nuestro maestro interior». Emmanuel Mounier (1905-1950) Revista de pensamiento personalista y comunitario Órgano de expresión del Instituto E. Mounier año xxv número 92 2009 ⁄3www.mounier.org 1. Los derechos humanos son de carácter universal: público y privado. Los derechos humanos comiezan por el reconocimiento de la vida humana. Luego, la defensa de la vida humana es cuestión universal, privada y pública, y no un coto de caza privado. 2. Si hay derechos por un lado hay deberes por otro: si yo tuviese derecho al suicidio y por desgracia lo ejerciese, otros tendrían el deber de recoger mis huesos. Garantizar los derechos vitales de quienes van a nacer y de quienes ya han nacido exige la asunción de deberes. EDITORIAL Continúa en la página siguiente CONSEJO DE REDACCIÓN Director: Luis Ferreiro Secretario: Fernando Soler ([email protected]) Luis Capilla Carlos Díaz José Antonio Fernández Teófilo González Vila Carmen Herrando José M. Linares Poveda Julia Pérez Ramírez PRÓXIMOS NÚMEROS: • N.º 93: Crisis económica, crisis de civilización EDITA: Instituto Emmanuel Mounier c/ Melilla, 10 - 8º D ❚28005 Madrid Tel./Fax: 92 473 16 97 http://www.mounier.org Periodicidad: trimestral. ISSN: 1698-5486 Depósito legal: M-3.949-1986. DISEÑO Y PRODUCCIÓN:La Factoría de Ediciones, SERVICIOS EDITORIALES, tel.: 92 521 32 20 Impresión: Color 2002, S.L. (Getafe) De por mientras, cinco silogismos 26 PRESENTACIÓN 27 Sobre una ética de la vida humana José-Román Flecha Andrés 34 Respuesta a la pregunta: ¿es moral todo lo legal? José Ramón Recuero 39 Manifiesto sobre el aborto Instituto E. Mounier 42 La perversión del lenguaje: manipulación en los comienzos de la vida humana Luis González Morán 47 Las adicciones como síntoma Xosé Manuel Domínguez Prieto 51 SIDA y ética Marisa García de Aguinaga 55 La pena de muerte: una herencia bárbara que hemos de superar Luis Ferreiro 58 De la eugenesia utilitarista a la eutanasia global Pablo López López En defensa de la vida Acont. 92:finales 17/10/09 13:40 Página 1 Por Mar Llera Profesora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (Universidad de Sevilla) Arcillas rojas. Muros rojos. Ropas rojas. El suelo tiene ese color. Todo lo impregna. La tierra africana es así: penetrante, untuosa. Se adhiere a la piel del visitante, tanto en un sentido literal como figurado. Se nos mete dentro. En el alma. ¿Cómo no sentirla, si desgarra? «¡Ó-glasé-ó-glasé-ó-glasé-ó… !». Apenas necesitan dos manos para contar sus años. Y pasan así el día, repitiendo obedientes un estribillo que quizás aprendieron antes de conocer quiénes eran sus padres. Estiran sus delgados brazos hacia el simulacro de ventana que he tenido que manipular tantas veces como acelerones y frenazos han cambiado el ritmo del aire que abofetea nuestro autobús. «Ó-glasé— ó-glasé…». Las bolsitas de agua —supuestamente helada, pero también mojada de sudor— que estos niños sostienen en sus manos valen a la vez mucho y nada: unos céntimos, una vida. Quiero ser presidente. Nunca hasta hoy me interesó la política. Pero después de oler la herrumbre de tantos tejados, de destrozar mis sandalias en sólo dos horas y de fotografiar con mi pupila tantos pies y tantos rostros deambulantes, tantos montones de hacinadas bananas… Quiero poder. Patalear. Mirar. Interrogarme. Rebelarme. Morder. Quiero poder cambiarlo todo. Poder. Yaoundé me ha saludado con una fina lluvia, un rocío tropical que barniza la piel morena de quienes me rodean: piel de ébano. Recuerdo a Kapucinski, su obra, su eco, e inicio una conversación con él que me ocupará casi cuatro semanas, alcanzando el trasmundo donde hoy viven su espíritu y su letra. Un cartel de cartulina rosa, con garabatos de caligrafía infantil, exhibe mi nombre ante la indiferencia de quienes se precipitan a buscar sus maletas, atestadas de artículos importados. Los han adquirido en los rastrillos de Francia para venderlos en las avenidas de su país natal, duplicando su precio. No pagaron sobre-equipaje porque los transportaron muchas manos de primos, tíos, hijos, madres, padres, abuelos… Las sociedades de consumo realimentan su identidad facilitando las posibilidades de compra-venta; las sociedades sometidas deambulan en cambio por los márgenes del mercado y sus ciudadanos conciben las transacciones mercantiles como operaciones de carácter ocasional, excepcional incluso en muchos casos. Los containers de la cooperación internacional se convierten en grandes almacenes improvisados, contrapunto en el ritmo de las calles o refugio en las aceras de lodo que dibujan la cartografía de los barrios. Todos venden —lo intentan—, mas casi nadie compra. Las jornadas transcurren rutinarias, entre charlas y trozos de jabón, pequeños montones de tomates maduros, cuentas emborronadas en papel usado, papayas y pelucas de melenas lacias, con reflejos dorados, junto a abultados sacos de cereales molidos. Las botellas de agua mineral, reutilizadas tantas veces, contrastan sus tonalidades ocre, rojiza y anaranjada, con el verde intenso de los aguacates. Mi primera parada es una vivienda en la capital de Camerún, donde una familia de clase media entretiene sus noches acumulando agua para la jornada siguiente, duchándose con una palangana y calculando en un vaso la cantidad precisa para enjuagar sus manos. Tras atravesar una verja oxidada, de un tono salmón macilento salpicado de magulladuras, subo las irregulares escaleras que me conducen al apartamento: el suelo de hormigón, barnizado en escarlata, acentúa la calidez del salón principal y sus tapizados multicolores. La cocina, en cambio, es una cueva gris oscuro donde nunca circula el aire y la ebullición de tantos guisos flota sedimentada en una niebla penetrante. Para mi sorpresa, cenamos pollo frito con ensalada mixta. La esposa, bella y estilizada, educó en Europa sus preferencias culinarias, pues allí pasó los primeros años de su vida. «El problema es la mentalidad» —comenta, mientras rocía una vinagreta francesa sobre mi plato. «Mientras la gente de este país continúe pensando y actuando a su manera, proliferarán la corrupción, la desidia y el subdesarrollo. No existe Estado de Derecho, no hay orden ni ley. El victimismo y el egoísmo conforman una fórmula sociopo- ACONTECIMIENTO 92 TESTIMONIO 16 Arcillas rojas Acont. 92:finales 17/10/09 13:27 Página 16 lítica degradante que propicia tanta pasividad como injusticia». Al discurso lo acompañan timbales: son los bajos de los vehículos que rebotan sobre los baches de nuestra calle sin asfaltar. Estamos en el centro de la ciudad. El centro de la capital del país. Al día siguiente, tras un café sin leche —aquí cuesta muy cara— partiremos para Bamenda, en el Noroeste, donde se encuentra el orfanato misspa: una utopía ubicada, hecha lugar y hogar. El sueño de una calurosa noche de verano en Santi-Ponce, un pueblecito a 7kilómetros de Sevilla, desde el cual Amparo y Manuel han desafiado a los agoreros que aseguran que el mundo no puede cambiar. Ellos han pensado que sí. Y han confirmado su intuición, materializándola en cuatro paredes y 120 niños, huérfanos o semi abandonados, que hoy comen todos los días y reciben educación gratis. El capital inicial de este proyecto fue escaso, pero suficiente: dos enamorados y una fe tan grande que ha removido las rocosas montañas de muchos corazones. Para llegar a Bamenda, tomaremos un autobús que recorrerá unos 350 kilómetros en siete horas y media. Antes, habremos de remontar una empinada e interminable calle con las dos mochilas y la maleta que integran mi equipaje —una sofisticada amalgama de botas de agua y tecnología, DVDS, camisetas viejas y medicamentos anti malaria—, sostenidos a pulso o transportados en la cabeza, porque sobre un suelo de polvo y piedras las ruedecillas son inútiles. Entre empujones subimos al primer taxi que nos abre un hueco entre los muelles rotos de los asientos traseros y el pasajero copiloto, que se inclina sobre el conductor para dejar sitio a otra persona junto a la ventanilla. Cada frenazo es un intercambio de indicaciones sobre la ruta que seguimos nosotros y la que siguen los peatones que desean incorporarse al vehículo, sin reparar que se encuentra atestado. El asiento de atrás ha conseguido encajar los volúmenes de tres personas, incluida una señora obesa con su bolso, varios paraguas, una caja de «cosas» y mi equipaje. El maletero, una cavidad de acero abollado sin ningún tipo de revestimiento, acomoda sacos de tubérculos junto a un neceser y a un ordenador portátil. Inmediatamente percibo el drama. El drama de una sociedad que no es lo que era, ni puede ser lo que querría. El drama de los parches, del abigarrado collage de pedazos de diversas culturas, dispares estratos sociales, incongruentes retazos de modernización, cacharrería indígena y averiados desechos industriales. El drama de los pollos, que viven bocabajo el trajín de los tenderetes, asidos por las patas y bamboleados al son de las ofertas, mientras los ciudadanos se amontonan como bananas con no se sabe qué motivo. Hacemos cola sumergidos en un mar de cabezas adornadas con bandejas de cacahuetes. Y sin saber si venimos o vamos, si el autocar se fue o si todavía no ha salido, si está adelantado o retrasado, empujamos el equipaje —ya bastante destartalado, embarrado y abollado— hacia el interior de un contenedor que parece una protuberancia cancerígena en el abdomen del vehículo. Subimos agotados, mojados por el sudor propio y el ajeno. El autocar huele a la acidez herrumbrosa de los vertederos europeos: cinco asientos de plástico y mugre por cada fila; un estrecho pasillo central; tantas filas como sardinas caben en una lata de conservas. Calor, mucho calor. Gritos, risas, insultos. Protestas y saludos. Bultos de todo tipo: barras de pan, revoltijos de ropa, bolas de water-fufú y puñados de plomb. Encajo mi ordenador portátil entre las dos piernas, sitúo encima una mochila y la cámara de alta definición con que pretendo inmortalizar mi experiencia. Junto a mí, una ventana —mejor dicho, un falso cristal de metacrilato rayado sin cierre. Comienza el trayecto y trato de respirar un poco, pero el polvo me asfixia. Veo entre nubarrones láminas de latón, puertas desvencijadas, motocicletas viejas y borbotones de una jungla de antaño, de un verde lujurioso, que aún pervive y que enseña feroz sus dientes. África me contagia de esa inquietante sensación de normalidad con que los pobres gritan su miseria cada jornada. Cualquier material parece válido para la promoción inmobiliaria: planchas de metal, madera o cartón; restos de pintura de diversos colores, que se mezclan sin hacerse ascos; jirones de lonas, de toldos; argamasas de desconocidos orígenes… El resultado es un patchwork digno de las más apreciadas vanguardias, que combina con todo sin proponérselo. Las viviendas se TESTIMONIO ACONTECIMIENTO 92 17 Acont. 92:finales 17/10/09 13:27 Página 17 alzan con la frágil agilidad de las bailarinas, levantando al aire sus piernas, como si nunca fueran a caer. No temen ni el reflejo del sol incandescente ni la precipitación abundante de la época de lluvias, con su cascada torrencial. Podríamos pensar que los ciudadanos están acostumbrados a ello y que no pasa nada: que el agua sale de las casas por el mismo sitio por donde entró, pero no estoy segura de que sea así. Si paseamos la mirada por las avenidas de cualquier población veremos cómo los chabolistas exhiben sillones tapizados de un terciopelo que intenta resistir los embates del clima y del polverío: ¿alguien quiere comprarlos? Quizá pase un mes, dos o cinco. Tal vez años. Pero algún día alguien los adquirirá. Quizá pague entonces por ellos menos de lo que costó fabricarlos, pero no importa, porque ninguno tendrá memoria para recordarlo. En aquel momento, a quienes luchen por sobrevivir cualquier moneda les parecerá aceptable. Hoy se habla del libremercado como solución al subdesarrollo sin considerar que antes de ser libre, debe existir, debe de haber mercado. ¿Qué se puede comprar si la cuenta del supermercado, con los víveres para dos personas durante cinco días, cuesta lo equivalente al salario de un mes? ¿Si llenar un tanque de gasolina vale exactamente lo mismo y se agota en una semana porque el vehículo sufre de incontinencia —¡y es que son muchos años… !? He cambiado mi ruta y ahora sólo compro en los mercadillos, pero cuatro barras de pan valen aproximadamente dos euros. El salario mensual para la media de la población —que no es precisamente clase media—, cincuenta euros, lo cual significa tres barras al día y ningún gasto más. Mi balance contable: 400 euros de gasto en 15 días. No entiendo nada. Será por eso que aquí la gente no compra, cultiva. Cualquier rincón es bueno para sembrar. Todo crece, todo se desarrolla, aunque de manera desordenada. En un trozo de tierra viven muchos vecinos: una cabra, un matojo de tomates, un vertedero, una familia, un tenedor. Literal. Y todo se aprovecha. Los botellones viejos de agua mineral —quizás importada— que un día acompañaron las colaciones de una familia rica, son hoy —desfigurados por los bollos— contenedores de una salsa espesa, generosa en grasas, que supongo tomate pero que venden como aceite de palma. «Sabrosísimo» —dicen. Mi arcada no sabe ni qué responder. En esta otra parte del mundo las proezas se hacen cotidianas. Conseguir agua limpia, eliminar los bichos que lamen… hasta la pastilla de jabón. Tirar la basura —sí, pero ¿dónde? No es fácil organizar la jornada en torno a obligaciones tan simples como tediosas, enjugando el goteo permanente de una cisterna que ya fue reparada y quedó peor que al principio, hasta volver de nuevo a la situación inicial, después de llamar por tercera vez al ¿fontanero? Aquí las inundaciones son frecuentes. Pero quisiera no perderme con tantos detalles que salpican mis días de nuevos colores y me hacen olvidar la tristeza… No la he visto, pero debe existir. Enterrada entre recortes de latón. Entre los niños que mueren de malaria porque no tienen dinero para medicinas. Entre aquellos que buscan a sus madres y no las encuentran. Los abandonados en las letrinas —que no es metáfora, que es verdad—, los que se mecen solos en las calles, los que ya no saben llorar. Yo no los he visto, pero me lo contaron. Yo sólo veo… risas y mucha hambre. Niños chicos que comen como mayores. Todo les gusta: ese engrudo grisáceo que sabe a moho, ese trozo de pez anciano, quebrado por una debilidad que llena de espinas la boca, ese mordisco de pan seco. Quisiera saber lo que late en el alma de quienes se levantan por la mañana a pasear sus motocicletas camino de ninguna parte. Y se matriculan en ese instituto que hay al lado de casa, donde nunca preguntan la edad a los estudiantes y donde los diplomas parecen pintados con acuarela por el encargado de curso. Esos que van y vienen tiñendo de azul la bruma del amanecer y desafiando a la vegetación para que se trague su plomo. Nunca vi tanto ajetreo en un camino campesino; nunca respiré tanto humo como en el valle de Bamenda. ¿Modernidad? ¿Progreso? ¿O tradición? Yo no encuentro tejados de palma ni paredes de adobe. Sólo las huellas de una industrialización que parece obsoleta sin haber siquiera despegado. Un aborto con demasiadas arrugas ya para ser joven. ACONTECIMIENTO 92 TESTIMONIO 18 Acont. 92:finales 17/10/09 13:27 Página 18