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Memoria histórico crítica sobre las riadas, ó grandes avenidas del Guadalquivir en Sevilla, desde principios del siglo XV hasta nuestros dias

Palomo, Francisco de Borja

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‘i - MEMORIA SOBRE LAS RIADAS, Ó GRANDES AVENIDAS DEL GUADALQUIVIR EN SEVILLA. R.4L3ol MEMORIA HISTÓRICO CFÍTICA SOBRE LAS RIADAS, Ó GRANDES AVENIDAS DEL GUADALQUIVIR EN SEVILLA, DESDE PRINCIPIOS DEL SIGLO XV hasta nuestros dias. POR EL DOCTOR D. FRANCISCO DE BORJA PALOMO, Catedrático numerario de la Facultad de Derecho en e.'-ta Universidad Literaria. 1877. SEVILLA. Redacción de El Español, Zaragoza, SO. * ADVERTENCIA. El contenido de este libro, á excepción del prólogo, se publicó en las columnas del periódico de Sevilla El Español, dando princi- pio el dia 13 de, diciembre de 1876, j concluyendo el 5 de mayo de 1877. — XII — daciones de Sevilla, ó si hay completa ignorancia de lo que sucedió en este par- ticular en los siglos que la precedieron. Diñeil es la contestación; y sin embar- go, vamos á darla á riesgo de que se nos tache de temerarios. En lo poco que conservamos de lo que los historiadores griegos y romanos escribieron de Sevilla, nada encontra- mos que haga referencia á los desbor- damientos del Guadalquivir; de la épo- ca visigoda solo tenemos una leve in- dicación en la fábula de los palos ó es- tacas sobre que se fundó Sevilla; y de la de la dominación árabe y africana, menos todavía; y eso que se conservan memorias y noticias de hechos análo- gos y de menor significación, como son pestes, sequías, terremotos que derriba- ron las torres de las mezquitas, hoy iglesias del Salvador y San Juan de la Palma; invasión de los Normandos, in- cendio de la mezquita mayor, motines, asonadas y pronunciamientos y otros mu- ciaos hechos de igual ó parecida índole. En la segunda de las consideracio- nes aludidas, acaso se encuentre la llave del enigma; veamos sinó. Siguiendo atentamente la marcha de las inundaciones en el órden cronoló'* — XIII — jico coa que las enumera el autor, ob- sérvase que estas aumentan en intensi- dad á medida que se acercan á los tiem- pos presentes. En 1485. vinieron al suelo muchas casas, y los barrios de la Cestería y Car- retería sufrieron inmensos daño3. 1545, hundiéronse unas 200 casas. 1626, ó año llamado del Diluvio, arruináronse 600 casas. 1649, á resultas de la riada, decla- róse tan espantosa peste en Sevilla, que se calculan en 200.000 las víctimas que ocasionó. 1708, arruináronse 500 casas y se hundieron por medio dos calles. 1709, peste; fué tanta la mortan- dad, que no podían celebrarse los divi- nos oficios por falta de personal. 1792, perecen en la lila 5,120 cabe- zas de ganado. 1796, riada llamada la mas grande. 1800, peste. 1804, vendióse el pan á 9 reales la hogaza. 1823, subió el rio 8*70 sobre su ni- vel ordinario, 1856, subió el rio 8 ‘60 y duró la inundación de la ciudad veinticinco dias, — XIV — 1876, subió el rio 10*18 y duró la inundación siete dias. De estas observaciones no creemos temerario deducir, que retrocediendo en progresión descendente, á partir de la primera fecha consignada (1485) llega- ríamos á la época en que los desborda- mientos del Guadalquivir, poco se de- jarían sentir dentro del casco de la po- blación y aun en sus alrededores, á re- sultas sin duda de la franca salida que encontraban las aguas por la madre vieja y de la mayor profundidad del cáuce actual del rio. De aquí, pues, tampoco tenemos por aventurado concluir, que si la aten- ción de nuestras autoridades y la de los hombres de la ciencia se fijase en ellas y pesándolas, estudiándolas y am- pliándolas, fundasen sobre esta base un riguroso sistema de defensa de ‘la ciu- dad, acaso salvásemos el peligro que nos amenaza de una inmensa catástro- fe, á seguir en progresión ascendente la fuerza de las inundaciones, tal cual viene observándose hace cerca de cua- trocientos años. Otra cuestión importantísima trata el señor don Francisco de B. Palomo con levantado criterio y exacto conoci- — XV miento de causa, como quien intervino muy directamente en ella, y tuvo y tiene la triste satisfacción de ver realizados sus pronósticos calificados en otro tiem- po de cavilosas conjeturas, y hoy ele- vados á la categoría de verdades de- mostradas. Esta cuestión es la que se refiere al derribo de las murallas y ma- lecones que en otros tiempos protegie- ron á Sevilla, sin haber sido sustituidas con otras, sólidas defensas que la pusie- sen á cubierto del estrago de los des- bordamientos del Guadalquivir. Sus juicios son tan exactos y sus demostraciones tan concluyentes, que creeríamos aminorar su interés permi- tiéndonos el mas lijero comentario. Así, pues, dejárnosla íntegra al lector, se- guros de que ha de encontrar en ella la solución del problema planteado desde el día que les inundaciones pusieron en inminente peligro la existencia de Sevi- lla, y encontrará, además, la verdadera síntesis del libro del señor don Francis- co de B. Palomo; libro que, repetimos, no debiera haberse escrito si ha de con- tinuar brgo tiempo todavía la incalifi- cable indolencia é imcomprensible apa- tía, con que para ruina y vergüenza nuestra, se mira esta cuestión de vida — XVÍ -* Ó muerte, ó que debiera esculpirse eri piedra ó brocee, si logra ser oido y al- canza á vencer los obstáculos mas bien morales que materiales, que se oponen á que de una vez para siempre se ahu- yente ó aleje el peligro que nos ame- naza. y se acometa la meritoria empre- sa de defender permanentemente á Se- villa de los perjuicios y áuu desastres que le originan los frecuentes desbor- damientos del Guadalquivir. J. Guichot. ctúiostem Sr. Director de El Español. Muy señor mió y estimado ami- go: lías oportunas observaciones' que ha hecho V. en su acreditado periódico estos dias, indicando sus temores, desgraciadamente 1 reali- zados, de que- las consecuencias de j la avenida dei Guadalquivir que se esperaba por das abundantes ., fra-v. vias, fuesen más sensihiéñ quó\ én : otras ocasiones semeiantesi' cuan-' do be vi lia contaba con poderosos 1 medios de defensa para resistir el ímpetu de la desbordada corriente, trajo á mi memoria algunos de los datos qué registrando loshisíofia- 2 dores de la gran metrópoli anda- luza y otras noticias inéditas de familia, recopilé hace trece años para sostener en empeñada polémi- ca, como Síndico del Excmo. Ayun- tamiento, mis opiniones contrarias á las reformas, que revocando lo que antes habia acordado, dispuso aquella Corporación sóbrelas obras que debian ejecutarse en la parte esterior al Oeste y Norte de la Ciu- dad. Mis esfuerzos de entonces fueron inútiles, y solo me trajeron frialdad y disgustos de parte de al- gunos de mis buenos amigos y compañeros, que me calificaban de visionario, y de anticuado mi mo- do de pensar. Hubo formal propó- sito de que quedára muerto el asunto, que mi delicadeza, por el carácter que se pretendió darle, no me permitía agitar, y salí del Ayuntamiento sin que la cuestión quedara resuelta. Lo fué después, sin duda en sentido contrario á mis — 3 — deseos, porque se demolió la mu- ralla y no se restablecieron otras obras de defensa contra el rio. Hoy, por desgracia, se tocan las conse- cuencias de aquella impremeditada medida, ypronto ha venido el tiem- po á comprobar mis tristes vatici- nios, con el desastre que nos abru- ma. Algunos de mis amigos que re- cordaban la cuestión que sostuve en 1863, me han estimulado para que se publiquen las noticias que entonces reuní y sirvieron de fun- damento para formar mi juicio, con la mocion en que lo expuse al Exce- lentísimo Ayuntamiento. Allá van, pues, Señor Director, no con otro objeto, sinceramente lo digo, que el de repetir la voz de alerta , para que los recuerdos del pasado y del presente, sean eficaz estímulo á nuestras celosas autoridades, á fin de que adopten prontas y sérias medidas, enérgicas precauciones para el porvenir, contra un enemi- go que, constantemente amenaza á esta hermosa población, y que no porque á veces aparezca dormido durante largos períodos, deja lue- go de traer sobre ella de improvi- so gravísimos conflictos; y cuyas consecuencias, no debe olvidarse , aún después de dominados, han so- lido ser terribles en varias ocasio- nes. Queda de V., Señor Director, atento amigoy servidor Q.^B. S. M. Feaciscode B. Palomo. Sevilla 10 de Diciembre de 1876. I. Guadalquivir, ó el gran rio, co- mo llamaron ios árabes al antiguo Bethis que dió nombre á esta úl- tima región de la Península Ibéri- ca, nace con el Segura en la Sier- ra que así se denomina entre Que- sada y Cazorla, provincia de Jaén, y tomando-ambos direcciones opues- tas recorren y fertilizan dilatadas comarcas, hasta morir el uno en el Océano y el otro en el Mediterrá- neo. El Guadalquivir en su cur- so de cien leguas desde sus pri- meros afluentes, atrayiesa cuatro de las provincias andaluzas, Jaén, Córdoba, Sevilla y Cádiz, aumen- te siglo para estrechar y profun- dizar el cáuce, y las cortas de al- gunos de los tornos que en su marcha describe el rio desde Se- villa á Sanlúcar, han mejorado, sin duda en mucho, sus condicio- nes naturales, y disminuido con- siderablemente el número de las riadas que antes se contaban. Pe- ro pensar que por ello debe per- derse el temor de que alguna vez sobrevengan; descuidar en esa fa- laz confianza las obras de defensa que Sevilla ha conservado por vein- te siglos con esmero para evitarla ruina de sus habitantes; destruir otras que con la esperiencia del pasado levantó á costa de enor- mes sacrificios, y luego sostener con decisión y tenacidad que tales actos fueron bien y acertadamen- te ejecutados, es querer empeñar- se en dar pruebas de insensatez ó de demencia. Los que así pien- sen, que vayan al Blanquillo si 13 — Dios en su justicia (y confiamos que no lo permitirá en su miseri- cordia) manda á los elementos re- petir la escena que allí se presen- taba en la mañana del dia ocho de este mes; y cuando vean y sien- tan el furioso ímpetu con que allí rompe la arremolinada corriente de las embrabecidas ondas, que semejantes á un inmenso mons- truo avanzan á devorar á Sevilla, tal vez varíen de modo de pen- sar. Si esto no les bastare, me- diten algún tanto sobre el lúgu- bre cuadro, que aunque mi pluma no acierte á trazarlo con su ver- dadero colorido, paso á poner de- lante de sus ojos. — u — SIGLO XV. Año 1403. La primera inundación de que hace mérito D. Diego Ortiz de Zú- ñiga en los Anales de Sevilla , des- pués de la que antes apuntamos, es la del año 1403 que según el historiador Mariana fué de abun- dantísimas lluvias en toda Espa- ña y causa de grandes desastres. Los del Guadalquivir fueron ter- ribles, porque penetrando por la puerta del Arenal y calle de la Mar, é inundando la mayor parte de la ciudad, llegó hasta el tem- plo de San Miguel, no bastando á — 13 — evitarlos, los muchos reparos con que aquella estaba prevenida. (1) Años 1434 y 1435. Mereció ser contado el triste acontecimiento de estos años, en el Sumario de las maravillosas y espantables cosas que en el mundo han sucedido , libro que escribió Alvaro G-utierrez de Torres, y se imprimió en Toledo el año 1524. «Creció tanto el rio Guadalqui- vir, dice Barrantes Maldonado en sus Ilustraciones de la Casa de Niebla , M. S. que se conserva en la Biblioteca Colombina,» que cre- ció dos codos menos junto á las almenas del adarve de la ciudad, y el agua la cercó toda á la re- donda, y la gente se metió en las naos, y carabelas, y barcos por mayor seguridad, y se calafatea- ron las puertas y agujeros de los (\) Ortiz de Zmign én el año citado , — 16 — muros, y en cuarenta dias no hu- bo moliendas con la demasiada agua, sino era de atahonas, por lo cual murió en el reino mucha gen- te de hambre.» Estos hechos están confirmados en la Crónica del Rei D. Juan II que escribió Fernán Perez de Gruzman, que en el capitulo IX del año trigésimo cuarto desu reinado, dice lo siguiente:— «Murieron en este tiempo muchos ganados, é la tierra quedó tan llena de agua, que no podian andar los caminos, é con esto no podian arar ni sem- brar é fue la carestía tan grande que los hombres no se podian man- tener. Y entonce en Sevilla cre- ció tanto el rio Guadalquivir, que llegó dos codos menos de junto con las almenas, é la gente de la ciudad de dia no entendían en otra cosa sino en calafatear é reparar la cerca, é muchos se metían en las naos é caravelas, ó los que no -in- ternan en qué pensaban ser todos perdidos. Y esta fortuna duró has- ta el dia de Santa María de Mar- zo del año de mil é cuatrocientos treinta é cinco que á Nuestro Se- ñor plugo que esta tormenta ce- sase.» (1) Año 1485. Véase como refiere el suceso un testigo presencial que cita nuestro analista. «A once de noviembre comenzó de llover hasta el dia de lanatividad.... que no ovo sino dos ó tres en que descampase; ó llovió tan recio é tantas aguas, que nunca los que eran nacidos estonces, vieron ni tantas aguas ni tantas avenidas en tan poco tiempo. Subió el agua del Guadal- quivir en las mas Altas señales déla almenilla de Sevilla ó de la barran- (V Gutiérrez de Torres . Barrantes Maído- nado , la Crónica de D. Juan II y Ortiz de Ztí- ñiga en los lugares citados. 3 18 - ca de Coria, é duró una vez en aquel peso, que poco mas ó menos no abajaba, once dias.... y estu- vo t la ciudad en muy gran temor de ser perdida por agua.... é en- tró por las Atarazanas.... cayé- ronse infinitas casas: derribó el rio gran parte de Triana ó bañó todo el monasterio de las Cuevas é sacaron los Monjes en barcos, é recibió muy gran daño el monas- terio.... Derribó el rio la mayor parte de los arrabales de Sevilla que dicen Cesteria ó Carreteria, é estuvo cercada de agua en todas partes, de manera que en tres dias no le entró pan cocido de fuera, ni otra cosa, nin podian entrar en ella, nin salir con las muchas aguas.» (1) (\ ) Capítulo 78 de la Historia de los Reyes Católicos por Andrés Bermldez Cura de los Palacios, publicada por la Sociedad de los Bi- bliófilos andaluces. — 19 — ni. SIGLO XVI. Año 1507. «En 20 de Noviembre, creció el rio de Sevilla tanto que se llevó la puente, la cual fué sobre la nao mediana de Señora Santa Ana, de que habia sido Maestre Juan de Urbano vecino de Bilbao, é rompió los cables é llevó por el rio hasta cerca de Hernanjarache: é para la remediar, luego á la hora se equi- paron dos bajeles con treinta j un hombres é gastó en este dia lo si- guiente: 1 538 maravedís.» (1) (V Libro de Tesorería de la Casa de la Contratación, de 1503 á 1508 citado en una Ora- ción de D. Cristóbal Nieto.-— Memorias de la Real Academia de Medicina de Sevilla To* mo 3 .° 20 - AÑOS 1522 Y 1523. Ni en los Anales de Ortiz de Zú- ñiga, ni en las obras impresas de otros historiadores de Sevilla, ni en los muchos manuscritos que he- mos examinado sobre sucesos no- tables de la ciudad, hemos encon- trado noticias ó relación de la ave- nida del Guadalquivir en estos años. El hecho, sin embargo, es induda- ble; porque el P. Fray Fernando de Yalderrama, religioso de la or- den de San Francisco, persona dis- tinguida por su saber y diligentí- simo investigador de las cosas de Sevilla, su patria, en el Apéndice de la segunda edición de su Com- pendio histórico descriptivo de la misma ciudad, impreso en ella en 1789 bajo el anagrama de Fermín Arana de Valflora, publicó una larga poesía en dísticos latinos, de autor desconocido, y que intitula: Quexas de Sevilla á Guadalquivir por la inundación que padeció el — ll- ano de 1522 y 1 523 , siendo su A sis- tente el Conde de Osorno. (D. Gar- ci Fernandez Manrique). Dividi- da la composición en dos partes, contiene la primera las quejas en treinta y cuatro dísticos; y la se- segunda, la respuesta del Bétis en treinta y seis. Del contenido de los versos en que Sevilla se queja del Guadalquivir, se conoce haber sido antiguo el pensamiento de plantar árboles á las márgenes del rio, como medio útil para resistir la violencia de sus olas; pero por desgracia han pasadojtres siglos.sin que se llevara á efecto este opor- tuno proyecto, y aun en nuestros dias no se le dá toda la estension necesaria. Año 1544. Continuándolas lluvias, dice una fidedigna Memoria que copia Or- tiz de Zúñiga, eran tantas, que el 31 de Enero llegó el rio Guadal- — 58 - Año 1595. Reparaba Sevilla sus muros, dice Ortiz de Zúñiga, harto lasti- mados principalmente por la par- te del rio de sus invasiones pasa- das, cuando hubo de sufrir otra inesperada avenida el 22 de No- viembre de este año. Dan razón de ella, ya que no lo haga Zúñi- ga, otros escritores contemporá- neos, asegurando que fue tan grande, que estuvo nueve dias en su peso el agua llegando á la ma- yor altura en el de S. Andrés. Hiciéronse rogativas públicas por los religiosos Carmelitas descal- zos del colegio del Angel de la Guarda, y salió en procesión la imagen de Señora Santa Ana has- ta el castillo de la cortina del Altozano, donde estabael agua del rio por aquella parte, que se cogia con la mano desde la torre de la Almenilla. Creció el Tagarate jun- to á las puertas de Córdoba y del ~ 29 - Sol, entrando por la del Osario hasta media plaza; y no volvió el rio en sil cauce hasta el 4 de Di- ciembre. Los monjes cartujos se marcharon de su monasterio á Es- tévan de Ronvi, hacienda que es- tá en el Aljarafe entre San Juan de Aznalfarache y Tomares, cono- cida por la Cartujilla. (1) Año 1596. Del mismo Francisco Ariño es la noticia ce otra inundación del Guadalquivir en Triana, el 14 de Mayo sigui3nte. Fué el agua por el Altozano alelante permaneciendo por cima del postigo del puente del castillo durante cuatro dias. Rom- pió el rio d fuerte muro que rodea el Monasterio . de la Cartuja, te- niendo q ui salir los monjes con el m FrarÁsco Ariño, Sucesos de Sevilla.— M. S. procedente del Conde del Aguila, en el Archivo muacipal. y en la Biblioteca Colom- bina M. S.dl P. Rafael Pereira, jesuíta, cita- dos por el Swr Palié. - 30 - : . agua á la cintura á tomar los par- cos que se les enviaron para sali- varlos. El 31 de Diciembre, según Ariño, volvió á salir el rio de ma- dre durante tres dias. (1J (\) Francisco Ariño, Sucesos le Sevilla.— Memorias del Monasterio de la Catuja, M. S< qu pom. -31 - iy. SIGLO XVII. El 20 de Diciembre de este año, ségañ Ariño y los otros escritores citados, hubo otra grande avenida que llamaron de Santo Tomé, cu- briendo el agua toda Triana, entre las cinco y seis do la tarde, sin de- jar cuatro varas de tierra, y estas á manchas. Perdiéronse sólo en la Aduaná mas de cincuenta mil du- cados: quedaron muchos buques en seco, costando gran trabajo vol- verlos al agua. El ímpetu de la corriente arras- tró el puente de Barcas, cuyo ca- — 32 — pataz ó maestro mayor, Juan de Lepe, murió el dia 29. Hasta el 4 del inmediato Enero no bajaron las aguas, ni pudieron recogerse y volver á su lugar dos de los bar- cos que habian quedado en la puer- ta de Jerez. El costo para traer los demás á su sitio se concertó en cincuenta ducados por cada uno. Como documento curiosísimo que acabará de completar la idea de la situación del barrio de Triana en aquella terrible avenida, copiare- mos una fée de bautismo que exis- te en el libro 21 de los celebrados en la Iglesia parroquial de Santa Ana, al folio 376. Dice así: «El domingo 21 de Diciembre de 1603 años, que fue el dia que salió el rio de esta ciudad de Sevilla, de donde resultó mucha abundancia de agua, de tal manera que la ave- nida de San Andrés no fue tanta con muchas partea, y de tal ma- nera que llegó el agua á la iglesia — 33 — de Señora Santa Ana, y si no se pusiera remedio á las puertas se anegara la iglesia, de donde resul- to hundirse los altares, ahajarse las sepulturas, caerse muchas ca- sas, ahogarse muchas personas, v matarse otras muchas que cogie- ron las casas, de tal manera que se llevó la Puente toda', murió mu- cho ganado que no se pudo contar: oe tal manera que se salieron los frailes de la Vitoria: y así en este día, yo Juan Fernandez, Cura de esta Iglesia, bautizé á Juan, hijo de Pedro de Robles y de Catalina jarcia su mujer: fue su padrino hrancisco Beltran, todos vecinos de esta collación, al qual le adver- tí ia cognación espiritual, y en fée de verdad lo firmé de mi nombre. Puro esta tempestad desde sábado veinte de dicho mes, hasta martes veinte y tres del dicho: siendo tes- tigos Juan López Deza, y Juan del Coto, y Juan Macias, que se le 5 — 34 — cayó la casa, y Francisco de Guz- man, y Juan Pacheco todos Pres- bíteros. Fecho etc. (en el dicho dia, mes, y año). — Licenciado Juan Fernandez.» (1) Año 1608. No menciona Ortiz de Zúñiga en los Anales , crecida alguna del Guadalquivir en este año; pero en una antigua Memoria de vanos de estos tristes sucesos que hemos consultado, consta uno análogo que no debemos omitir. Dice, pues: <E1 21 de Marzo á las dos de la tarde hubo una gran tempestad y tormenta de viento y agua. Hizo ; pedazos la puente y arruinó la es- tacada de ella, y la volvió lo de abajo arriba, y arrancó del Oas- tillo de Triana cinco almenas y las arrojó sobre la puente é hizo otros destrozos notables, sin llegar al m Ariño, Sucesos de Sevilla.— M. SS- deJ Conde dd Aguila y P. Pereira, y el Archivo * la parroquial de Santa Ana. i — 33 — monton de chamiza que está tan cerca, ni á los toldos de estera de las ostioneras, que cualquier soplo las destroza. Fue breve y co- sa infernal; es largo contar las par- ticularidades de muertes, ruinas de casas, y de árboles y de otras cosas.» (1) Año 1618. Consta en mis apuntes que hay relación impresa de fá riada de este año, y aún quiero recordar haberla visto; pero no es posible haberla ahora á la mano. Es sin embargo indudable que ocurrió el día 12 de Marzo, y que superó á la de 1603. (2) Año 1626. Llegamos al año que registra sucesos mas terribles de esta espe- CU Memorias de Sevilla en la Bibltoteca Colombina y Archivo de la ciudad. Sección espe- cial, lomo 20. r ( 2 ) Las mismas Memorias antes citadas. — 36 — cié, la historia de la capital de An- dalucía. Llamóse por antonomásia, no solo en esta tierra, sino en^ toda España, el año del diluvio. (2) El horrendo y á la vez grandioso es- pectáculo que presentaba el Gua- dalquivir arrastrando cuanto en- cuentra en su impetuosa marcha, llevando por doquiera la desolación y el exterminio, y convirtiendo en mar inmenso la llanura donde está edificada Sevilla, que queda casi sepultada bajo sus espumosas olas, de repente confundidas con las del Océano; inspiró el estro poético de los ilustres vates sevillanos, cuyos versos al Guadalquivir son de las joyas mas preciadas que adornan m En la comedia La respuesta está en la mano (Madrid— por un ingenio de esta Corte) que algunos suponen de Calderón, dice la da Libró á mi padre la suerte Bel diluvio de Sevilla: Dióle vida una barquilla, Y aquí una pena la muerte. — 37 — nuestro Parnaso. (3) Los prosis- tas también dejaron muestras de su exactitud, de su concisión y claridad en la narración de los su- cesos. Además de lo que con sus (3) Tales los de Francisco de Rioja en su Epístola moral á Faiio: Esta invasión terrible é importuna be contrarios sucesos, nos espera Desde el primer sollozo de la cuna. Dejémosla pasar como á la fiera Corriente del Gran Betis, cuando airado Dilata basta los montes su ribera. Tales también los del famoso Soneto de don Juan de Arguijo, escrito entonces según cree . Sr. Fernandez Guerra, ó poco antes en oca- sión analoga. AL GUADALQUIVIR. Tu, a quien ofrece el apartado polo Hasta donde tu nombre se dilata. Preciosos dones de luciente plata Uue envidia el rico Taj'o y el Pactólo; Para cuya corona, como á solo Ley de los ríos eníretege y ata Palas su oliva con la rama ingrata Due contempla en tus márgenes Apolo; Claro Guadalquivir, si impetuoso Con crespas ondas y mayor corriente Cubrieres nuestros campos mal seguros; De la mejor ciudad, por quien famoso Alzas igual al mar la altiva frente. Respeta humilde los antiguos muros. — u — muralla que mira al Oriente, cor- rió furiosamente, y entrándose por algunos husillos y puertas mal prevenidas, anegó las parroquias de San Julián y Santa Lucía y la calle del Sol, con todas pus perte- nencias, en aue inundaría más de otras dos mil casas. Acometió la puerta del Sol que aquella hora la velaban los vecinos, y así no entró. Salieron los frailes de la Santísima Trinidad en procesión con el San- tísimo Sacramento, temiendo que se anegaba todo el mundo; y refie- ren los religiosos que respetó el agua á su Autor y no, entró en el convento. Mas inundó todos aque- llos prados de Santa Justa; y jun- tándose con el arroyo Tagarete, inundó toda la parroquia de San Roque extramuros, anegó el con- vento de San Agustín, barrio de la Calzada, y parroquia de San Bernardo, en que hay mas de seis- cientas casas, hasta volverse á juntará la puerta de Jerez; dejando anegados toáoslos estendidos cam- pos de Tablada, con el convento de San Diego, San Sebastian, y barrio de San Telmo. Por la otra banda del rio quedó Triana del todo anegada, y en ella su gran parroquia de Santa Ana, en cuya iglesia que es lomas alto des- ta población, llegó el agua hasta el altar mayor; y se anegaron el castillo déla Inquisición, las monjas y frailes de la Vitoria, los Reme- dios, y otros hospitales é iglesias, con mas de tres mil casas. No se vió tierra descubierta desde las faldas del cerro deCastilleja hasta la Torre de Cuartos en mas de legua y media, en que se anegaron muchas huertas, casas de placer, quintas, heredades, cortijos, detodo lo cual no se parecia mas que las cumbres. Piscinm et snmnta gemi-s Jiasit ulmó Nota qu(R sedes fuerat columUs-. Et superjecto pavidez natarnnt sEquore v acece. — 46 — Llegó el agua por la parte del Almenilla, á un balcón que en ella está, mas de una vara de me- dir, de lo que jamás se ha visto; y aquí dicen estuvo escrito tal vati- cinio: «Sevilla ¡ay de tí, cuando el agua llegare aquí!» Fué terrible la confusión que amaneció el dia de la conversión de San Pablo que fue el domingo, 25 déste mes. Porque en las par- roquias inundadas, se. consumió el Santísimo Sacramento, despo- járonse los altares, desocuparon los religiosos sus conventos, salie- ron las monjas de sus clausuras, andaban cuadrillas de gente por la parte de ciudad que quedó, por anegar, buscándolos padres a los hijos, y las mujeres sus maridos y deudos, que con la turbación y tinieblas no vieron. Ya habían en- trado muchos barcos en la ciudad, y con ellos iban socorriendo á los. que mas dinero ó mas peligro te? — 47 j/ a 10 CUal Se vió una , bárbara crueldad y q Ue solo la codicia pudo cometer, y yo la refiero aquí por cosa que se ha dicho pública- mente en los púlpitos; que algunos ministros de justicia, concertándo- se con los barqueros por cien rea- les en un día, se llevaban ellos to- do lo demas que se ganaba ó hur- taba; y asi pedian por una perso- na cien reales, y poruña familia quinientos; y en dejando solas los vecinos las casas, las entraban á robar, y que los colchones que sacaban para tapar los husillos se los llevaron á sus casas, y só color que eran menester veinte, hurta- ron y saquearon gran cantidad. Y esto S tales, que merecían toros de aíans, pretenderán garnachas. Pero no querrá Dios niunrey jus- t° y justiciero, que esto quede sin debido castigo, sabida la verdad. Como el caso fue repentino, y tantas atahonas y hornos se ane- — 48 — garon, Y no habia pan prevenido en la ciudad, llegó este dia a valer la hogaza á tres y cuatro reales y no se hallaba. Cayeron con la con- tinuación del agua muchas casas, en mas cantidad de seiscientas, en las cuales perecieron muchas al- mas cuyo número no se sabe. Lle- vóse el rio y corrompió la mayor parte de la mercadería de las in- dias, que estaba tendida en el are- nal, desde la torre del Oro ñas, a la puerta deTriana, corambre, palo del Brasil y Campeche, cajones de añil y azúcar, tablas de Flanees, maderas de todas suertes ,los al- macenes de aceite, las bodega, de vino de Triana y su vega, ahogo infinito ganado, mayor y ^ e ^ r ’ de las dos islas; muchas cabalga duras de servicio en las posadas y ^ casas de la ciuaad. Yiéronse casos muy lastimosos y extraordinarios: parieron dos mujeres, ó mal parieron, en » — 49 — en^f ¿ni 68 -* ¥V° r; 7 otras áos en ei colegio de los frailes vitorios; que allí se habían recogido. Pes- “ ^ DgUÍIlas y albares ^ al- gunas calles; viéronse los ratones Jios gatos juntos en los tejados y oteas, sin ofenderse unos á otros; fiábanse las señoras y donce- llas a los barcos desde las venta- nas y terrados, sin respeto á que les viesen sus carnes, y otras da- ban J 0( í es P ldi endo de comer, lla- mando los barcos que las socorrie- sen.— -Jiira cosa lastimosa mirar Ja ciudad inundada, desde la mu- ralla, viendo las casas solas y abiertas, aullando en ellas los per- ros tristemente, y otras caídas en- cima de sus habitadores; por la ciudad, temblando las que estaban en pie y amenazando ruina; y así no hay calle que no esté espesada de gruesos puntales y no bastan los materiales ni los oficiales á repa- rar las que se van cayendo. Los 7 -SO - navios de la ribera del Guadal- quivir, vararon lejos de tierra y allb están» En tan grande desventura ha habido algunos alivios, que la piedad del pueblo sevillano (que es ejemplo de los siglos en piedad y magnificencia) ha dado á la mise- rable plebe. Y así, luego que ama- neció el domingo, 25 de enero, los señores prebendados de la santa iglesia repartidos en barcos, an- duvieron á todas partes, sacando gente, y dando pan á los que no podían salir; y esto continuaron muchos dias, sosteniendo innume- rable gente anegada y que sehabia recojido enla santa iglesia. Y tras de estos señores, siguiendo su ejemplo los señores conde de la Puebla, conde de Palma, marqués de Molina, marqués de Villar Manrique, don Lucas Pinedo, don Francisco de Lugo, don Fernando Melgarejo, veinticuatros; los pa- «. m — dres del colegio de San Hermene- gildo, los de la casa profesa de la ompama de Jesús, los señores Kegente y oidores, y otros muchos caballeros y mercaderes; y hubo uno que pidió que le diesen doce barcos, porque quería gastar trein- ta mil ducados en dar de comer al pueblo. Este se dice, Tomás Ma- nara que bien merece escribirse su nombre y saberse su piedad. A o fue menor la de los pueblos circunvecinos, que sabido el aprieto y aflicción de la ciudad, enviaron infinita cantidad de pan; y fué misericordia de nuestro Señor que quedase una puente descubierta que está á la puerta de la Carne, para que por allí se socorriese y en- trasen bastimentos: en que se se- ñalaron Utrera, renovando su an- tigua panadería; y Alcalá y Car- mona; de modo que bajó el pan á real. Luego otro dia siguiente fué también de mucho consuelo para -{Ji- la gente aflijida, que á la misma hora que sucedió entrar el rio acudieron á la santa Iglesia el Dean y muchos prebendados, y descubrieron el Santísimo Sacra- mento. Lo mismo se hizo en mu- chas iglesias, tocando todas á ple- garia, lo cual no ha cesado en mas de veinte dias. Han sacado en Triana la imagen de señora santa Ana; en la colegial de san Salva- dor, nuestra señora de las Aguas; en la santa Iglesia la imagen de nuestra señora de los Reyes. Llevóse en procecion á la torre Mayor el precioso Lignun Cruci y se mostróen las cuatro ventanas de la torre; y esto ha sido por dos veces: en la primera cesó el aire que furiosamente corrió, y bajó el rio mas de dos varas, y por luego serenó el tiempo; en la segunda vez que le sacaron á la misma torre, fué cosa también maravillo- sa, que estando en una ventana exorcizando la tempestad según el ritual romano antiguo, llegando el preste a decir aquellas palabras Appareat arcus tuns in nubibus coeli^l punto pareció el arco en el cielo á la misma parte del exor- cismo, y por luego serenó; aunque después acá ha vuelto á llover porfiadísimamente todos los dias y salir segunda vez el rio, sin ha- berse desanegado la ciudad, antes crece el agua cada dia, y la aflicción y las plegarias, y todos repiten: oalvum me fac , Deus, quoniam i n traverun t aquce usque ad animam meam. La miserable plebe anda todavía desalojada y no tiene mas refugio que los templos y la mise- ricordia del pueblo. Muchos echan maldiciones al Asistente y á los veinticuatros, pareciéndoles que su descuido ha causado tanto mal; otros, mas su- fridos, acreditan con su paciencia la fábula de Decaulion, mostrando fio todo el vecindario, escepto los que vigilaban. No habia pasado una hora cuan- do recibió aviso de que el agua del rio entraba por encima de los ta- blones de la puerta Nueva (1) si- (1) Llamábase así en aquel tiempo, ó la de la Almenilla tantas veces citada en las memo- rias precedentes, la que en lo antiguo se cono- ció con el nombre de puerta de Vib-Ragel, en el sitio donde tuvieron edificado un suntuoso palacio los reyes moros, que San Fernando concedió para fundar un monasterio de religio- sas del orden del Cister con la advocación de San Clemente, en memoria del dia que entró en Se- villa como conquistador. — Llamóse también de la Almenilla por una que remataba su fron- tispicio y que servia de regulador para mpdir ta altura que tomaban las aguas del Guadal- quivir en sus avenidas, por ser su situación en el ángulo de la muralla mas combatido y que exigía frecuentes reparaciones. — Ortiz de Zú* ñiga hace memoria de las que se egecutaron en 138icomo de grande importancia para la defensa, terraplenando de fuerte argamasón entre los murps y el rio, un espacio grande en que quebrasen las corrientes que aquella par- te tiene derechas, cuyo espacio á propósito para pasear y frecuentado por sus hermosas vistas, tomó el nombre de Patín de las Pamas. Cuando nuestro analista escribía, después de mediado el Siglo XVII, ya se habia hecho una nueva obra, por que la impetuosa corriente habia socavado por su fundamento las ante- tuada cerca de la Macarena; y que habían sido insuficientes los me- dios adoptados para poner otro ta- nͰü ^ l0S , que tenia » Por no haber canal en que encajarlo; J acudiendo inmediatamente al sitio comprometido, en fuerza de sns disposiciones que ejecutó por si mismo y auxiliado de sus de- pendientes, se logró echar á plomo sobre la puerta que penetraba el agua, otra enorme que mas de veinte ^ hombres trajeron del mo- nasterio de San Clemente; con lo que fue contenido el daño, cesan- do por completo cuando se relle- naron los huecos con colchones. Mientras se egecutaba tan difí- cil y arriesgada maniobra, mas de la media noche, recibió aviso el riores. De ella y de la última y definitiva da remos razón mas adelante. La puerta Sidos' sus antiguos nombres, era en ^estros dias co- nocida con el de la. Marqueta norias que allí — 62 — Asistente de qne por la puerta del Arenal entraba también gran gol- pe de agua; por lo que en el acto envió á su Teniente el Doctor Roa- no Corrionero para que tomase cuantas medidas fuesen oportunas á conjurar el peligro. — Según la relación impresa, cuando el Doctor Roano llegó á la puerta del Are- nal, se encontró sólo con dos cria- dos que le acompañaban. No esta- ban allí los diputados y operarios á quienes quedara encomendada la guarda de aquel importante punto. Las dos relaciones manuscritas di- cen, que se habían marchado á sus casas á dormir, en la confianza de que aada sucedería; y también el Asistente , por cuyo motivo en la Fe- rio, quisieron arremeter contra él y se quitó de delante . — El agua habia rebasado los tablones, desquiciando la puerta á pesar de estar apunta- lada; y aunque el Doctor Roano con los suyos mojándose hasta el — 63 — pecho intentó reponerla y casi lle- gó a conseguirlo, de pronto la fu- ríosa corriente invadió la calle de a ar dándoles á penas tiempo para huir y avisar á voces el peli- gro que amenazaba á todas las ca- lces y casas de aquel barrio.— Sus Habitantes, que descuidadamente dormían, cuando despertaban ater- rorizados y confundidos, veian un mar de agua dentro de sus casas, que la presteza con que fue crecien- do no les dió lugar poner en salvo lo mejor de su hacienda, teniéndose por muy afortunado el que en tal conflicto librab a la vida. — Crecía el agua por instantes y con ella las lágrimas de las mujeres, niños y ancianos, cuyas voces penetra- ban los más endurecidos cora- zones.— Era mucha la oscuridad de la noche, terrible el viento, grande la confusión y mayor el peligro, porque creían todos que no habría parte en toda la ciu- — Ci- clad donde no alcanzase el daño, ni casa que no cayese con la furia del agua y el rigor del huracán. — Salian muchos de sus casas, y creyendo salvar ya el conflicto, se encontraban con las calles ane- gadas sin poder pasar, y con la dificultad de volver al punto de su partida. — ¡Noche terrible! No registran otra ^semejante los fas- tos déla infortunada Sevilla. Cuan- do amaneció el dia 25, dos tercios de ella estaban completamente ane- gados, y fué la causa no solo el agua que penetró por la puerta del Arenal, sino la que habia en- trado también por la Nueva ó de la Almenilla, y por los husillos de la Casa de Moneda y conventos de Santa Paula, San Clemente y San- ta Clara, que se dice no estaban á cargo del Asistente ni de la ciu- dad, quienes por lo tanto no te- nian conocimiento de su estado. —Por la parte del norte Illegó el j agua á las puertas de las parro- quiales de San Martin y San An- drés, y en la de San Juan de la r^alma no penetró porque la tapa- ron bien.— En San Gil tampoco llego a entrar, aunque avanzó has- ta lapuerta de abajo. Habian terra- plenado fuertemente la puerta de la Macarena, y aunque el agua alcanzaba por defuera más de una vara, por dentro no hubo. Desde allí por la banda del rio, todo que- dó inundado, y los conventos de esta parte de la población tenían un estado de agua que seguía has- ta llegar al barrio del Duque, don- de se unía con la de la Alameda. Los barrios de San Julián y Santa Lucíatambien quedaron completa- mente anegados y llenos de agua ambos templos: así el de San Ro- que; pero por la puerta de Car- mona entró poca agua por que la atajaron bien; y mucha por la de Córdoba, donde andaban los bar- eos en la parte interior. — Trasla- dáronse las monjas de Santa Clara al convento de Santa Inés, las de Santa Ana al coro alto de la’Casa grande del Carmen, las de Belen y Santa María la Real á S. Lean- dro, las de Jesús á casas particu- lares, y las de Pasión y Santa María de Gracia á Madre de Dios. — Cuanto habia en los con- ventos de aquellas y en otros de ornamentos, víveres, etc, se per- dió, hundiéndose muchos aposen- tos de ellos y las bóvedas y ser pulturas: algunos cadáyeres «n los templos flotaban sobre el agua. El doctorRoanoCorrionero, que fué el héroe de Sevilla en esta ter- rible catástrofe y de quien se ase- gura que no se desnudó en veinte y cuatro dias, salvando la vida de mas de mil personas, logró en la mañana del 25 que subieran dos barcos por encima de los tablo- — él — ellos con ¿1 Asistente y otras Au- toridades que se embarcaron en M ^ ra: fas de la Catedral, fueron á la puerta Real y con bueyes que se habian acojído en el alto de Colon, se sacaron hasta "Veinte y cuatro barcos, que luego se am- pliaron á más de ciento en el mis- mo dia, para repartirlos por la ciudad en las calles anegadas, y socorrer y salvar en ellos á las personas que lo hubiesen menes- ter. (I) Contribuían á tan caritativo objeto, autoridades, corporaciones y psrsonas particulares, distin- guiéndose principalmente los dos Cabildos: el de la ciudad propor- (I) Tengase presente que en la época de que se trata, el gran movimiento mercaotil de Sevilla con la Aduana, sita alij antes, estaba en el espac.o comprendido entre ías puertas Real y delaBarqueta Frente á la de San Juan, que también se llamaba del Ingenio por una máqui- na allieolocada para sacar de los buques las mercaderías, estaba el muelle y Ha parada de los pequeños barcos para su traslación — 68 — donando pan y otros manteni- mientos: el eclesiástico con sns limosnas y auxilios personales de sus individuos. — Alquiló muchos barcos á doscientos y trescientos reales por cada dia en los que aquellos llevaban pan y sacaban de sus casas á las inundados, gas- tando solo en esto mas de seis mil ducados. Si volvemos la vista al barrio de Triana, el espectáculo que se pre- senta, es si cabe, aun mas horrible que el de Sevilla. Cercados los ve- cinos por una parte con el agua del rio, y por otra con la que bajaba á torrentes por las cuestas del lado occidental, se refugiaron al tem- plo parroquial de Santa xlna, cre- yendo que allí como otras veces, por ser lo mas alto, estarían segu- ros. — Vana confianza: solo para los que lograron ampararse en la torre, fue remedio bastante. De los demás, unos se subían á los — 69 — tejados; descolgábanse otros des- de los balcones y ventanas á los barcos, y lasmugeres olvidadas de si, no reparaban en arrojarse á ellos con menos decencia que pedia su natural honestidad, y lo que es mas; que desamparando las ma- dres á los hijos y los maridos á sus mujeres, solo trataba cada uno de su remedio, sin recordar los bie- nes ya perdidos ni las afecciones mas tiernas del alma. Dichosos los que lograron alcanzar los cerros mas próximos de Tomares y Cas- tilleja desde donde, como dice en las Antigüedades Rodrigo Caro hasta mas de una legua á Oriente y por todo el campo de Tablada y prado de Santa Justa, apenas se veían los últimos ramos de los ár- boles y techos de las casas. De esos pocos afortunados fue- ron los monges de la Cartuja de las Cuevas, que pudieron salir del inundado monasterio y refugiarse Ápesar de todo, la decidida pro- tección del valido del monarca, conservó al Asistente Fariñas en y protegido del Conde-Duque de Olivares, favo- rito de Felipe IV, vino de Asistente á esta ciu- dad á principios de 1623; y cuando en el año siguiente hizo viaje á la misma el Monarca en solicitud de que Sevilla le auxiliase con un cuantioso donativo, el Asistente apoyó con cuanto pudo su influencia la pretensión en el Cabildo de la ciudad, á cuyas sesiones asistía también el mismo Conde-Duque como Veinti- cuatro nato. Grande fué la oposición, princi- palmente sostenida por D. Fernando Melgare- jo, también Veinticuatro: pero al fin Sevilla concedió al Rey el servicio extraordinario de doce millones, con general sentimiento del vecindario. Compusiéronse con tal motivo varios versos, y entre ellos el soneto, !la déci- ma y la popular redondilla que siguen.- SONETO. La parte de Casaos está pagada. — ¿Hiníestrosa qué pide? — Señoría. — ¿Juan Gutiérrez? — Título querría De una huerta que tiene su cuñada. Don Fadrique Cerón, barbas, no es nada: Don Pedro de Pineda ser querría Pedro Dallo, y dice que tenia Necesidad de oir, cosa excusada. —¿Qué piden Don Bernardo y Don Galindo? — Dos hábitos de pruebas reservados. — ¿Qué pide Pedro López? — Un gobierno. — Milagritos me piden; yo me rindo. Vuexcelencia los deja bien premiados: Darales Dios el premio eu el infierno. 77 — su puesto, hasta el 6 de Agosto que fue reemplazado por D. Loren- zo de Cá rdenas Conde de la Puebla DECIMA. Mil años há que perdió A España el torpe Rodrigo- Y boy Fariñas, su enemigo Segunda vez la vendió. En un Cabildo se dió La batalla con afan: Treinta á treinta se lo han- Pero venció su injusticia Vuelta en cabala, codicia Y el Conde Don Julián El Presidente Caifas (Fariñas) Por amor de pretensiones, Ua concedido millones, Negándolos Barrabás. ’ etos que compusieron al Asistente v á In« gobernantes de Sevilla * MSlente Y a ios 'V'"-’ '-uuipusiero gobernantes de Sevilla ¿Cómo, Betís soberbio, así violaste iTc u?H ÍU ! ? la ;8' en ? ¿Cómo osado it tt d i maS in ?'gne has inundado - ue a tos lo cos cristales hace engaste? B e hallan en los dos códices ya citado ? ni Zr° munici P al y Biblioteca ColomU. m > oon ligeras vanantes. m — 78 — del Maestre, quien con gran celo se dedicó á reparar los gravísimos daños qne en los muros j puertas ¿Acaso mi Asistencia aquí ignoraste? —No tal: antes de largo iba enfadado, A abierta vi la puerta, y heme entrado, A no he vuelto á salir porque cerraste. T — Déjanos: baste ya lo sucedido: \ T uelvete á ir, que la palabra mia Hacerte dar un hábito promete. — Ah) Rio soy de fama, y conocido. No lié menester el hábito: Vuesia Podrá hacerle merced á Tagarete. n. Remonde Tagarete. Seor Guadalquivir: ¿yo qué pecados Tengo contra mi patria cometidos? Los que en Sevilla fueron destruidos. ¿Fueron por mis descuidos anegados? ¿Cuántos templos por mí son profanados? ¿0 errores contra Dios introducidos? ¿Qué heregía admitieron mis oidos? 0 por mi causa, ¿cuántos son casados? ¡Hábito ámi! ¡Hay caso mas extraño! Aunque fueran tan grandes mis delitos Nunca esperé rigor tan inclemente. Otro ha sido el autor de tantos daños; Y pues son sus errores infinitos. Dénselo por justicia al Asistente. III. Otro de Tagarete. Seor Guadalquivir, pese á su brío, ¿Es Cagan chas ó Esgueva, Tagarete, — 19 — déla cío dad, h a bia causado la ave- nida del no, logrando en elaño si- guienfe dejarla en buen estado de Que el hábito que el otro le promete Quiere, que sin ser gato, diga S Aunque pobre nací, también me énnrio Y encrespo la melena del copet™ g ¿Piensa que por ser charco tan pobrete He mh-t eP ' tar -° ? ue des echa un rio? jHabito a mi, sin conceder millones! jSm vender los lugares de Sevilla Por un poco de grana al de Olivares' iSin presentar servicios ni doblones Sin hacer seis viages á Castilla Siendo tan conocidos mis solares! n 0 ^ Manzanares TTn a n;^ rmfJ f^ d ^ struicion de Salamanca Uno sm calidad, otro sin blanca ’ IV. Otro soneto al Asistente don Fernando Ramírez TT ... Fariñas. Lleno 5" g ° ahor< í ué > y gloríeme dello. Lleno de cuernos afrenté un buey manso A un pobrete azoté por un garbanzo á Salinas saqué sobre un camello Una muger, con el cuchillo al cuello A mando quité de! cadahalso: ’ tíl donativo para el Rey alcanzo, i millones, con solo proponello. Y a! Z r 6 JU - sto Abeí: P ren dí un Teatino Ya Conde mi señor, di dos lugares ’ p® 1 * P? r UQ mes metí en Sevilla ’ Por gobierno tan bueno v Dereo-Hnn fe “ me guarda *1 dieres aubir á Presidente de Castilla. ’ defensa para resistir las que sobre- vinieran (1). Cerrare nos el episodio de este año que ya excede los límites que nos propusimos al empezarlo, re- Que es justo que esta silla Dé Su Excelencia, por su buen gobierno A un hombre que por él se vá al infierno. (1) El daño principal era á la parte déla Almenilla ó de la Barqueta donde siempre es mayor el combate de las aguas; y estando la puerta tan baja que casi quedaba inferior á la madre del rio, siendo allí mayor la ruina, el nuevo Asistente puso todo su empeño en forta- lecer aquel punto, y arbitrando medios, como dice Ortiz de Zúñiga «á que los exahustos pro- pios de la ciudad no podrán contribuir, hizo en poco tiempo un importantísimo reparo, leván- tandose la puerta tanto, que su umbral bajo quedó donde estaba el alto de la antigua, y por tanto, no solo superior al rio en su ordinario curs í \ sino en sus mayores crecientes. — Quedó ademas embebida la puerta en un alto y ro- busto torreón escarpado, desde ei cual se corrió un través de muralla, en parte retirada de la antigua, con bastante fondo y fuertes cubos que del todo dejaron segura é incontrastable aquella parte, y en la torre se puso una gran tabla de marmol con inscripción latina muy estensa que daba noticia detallada de las obras. -> — Existió hasta nuestros dias, y era notable Í ior su gran tamaño. —No había otra mayor en a ciudad é ignoramos su paradero. — 81 — cordando que en el verano se es- perimentaron muchas enfermeda- des que hasta teman el carácter de epidémicas, efecto ordinario, según los facultativos, de las inundacio- nes j de la prolongada detención de las aguas. (1) Año 1633. De muy molesto de aguas y enfermedades lo califica Ortiz de ¿umga, pero sin detenerse en nor- menores. Omite, por tanto, lo más notable que de él refieren otros cronistas sevillanos, 6 sea que principio el otoño con tan fuertes y repetidas lluvias, que el 22 de Setiembre trajo el Guadalquivir grande creciente, saliendo de ma- dre > CQSa J am ás vista tan tempra- (1) Ortíz de Zúñiga, Anal rw Caro, Antigüedades —Memoria, odrt 9° Tomos Ud! vario¡ en S ' % E-' * “ CoknVA-áZ% en jo lio, Sección especial del ArnhiL i,° fad,~y Conceptos y noiiciLvarT^f U Cm ‘ asuntos por el P. p j os ¿ UiMT* d f/ erente s mis li iros. Mumna, M, s. de li no, y que, cogiendo descuidada á la ciudad, produjo daños fáciles de evitar en otro caso. (1) Año 1642. Las noticias de nuestro analista sobre la furiosa avenida del Gua- dalquivir en el mes ^primero de este año, al decir que excedió mu- cho á la de 1626, parecen á pri- mera vista contradictorias con el testimonio de dos testigos presen- ciales de ambos sucesos, y sin em- bargo, no es difícil demostrar que es exacto lo que el uno y los otros afífman. La crecida del rio fué violenta en 1642, pero las defensas con que la ciudad estaba prevenida hicieron menor el daño, impidien- do qtie la corriente penetrara den- tro de ella; y aunque se desbordó por la parte exterior, siempre el rio quedó cinco palmos menos de ( 1 ) Ortit de Záñiga, Añales. — Memorias sevillanas, M, S. de laBiblioteca Colombina. — 83 — altu ™i ue < l ue había alcanzado en 1626. ” La inundación en el interior de la ciudad, fué sin embargo más sensible, por que estuvieron las aguas constantemente en ún esta- do durante diez dias desde el 17 al 26 de Enero; y en 1626, al quinto, pudieron destaparse los husillos, aunque se cerraron de nuevo por dos ocasiones. En 1642 no bajaron las aguas del rio, llovió mucho y sin cesar apenas en ese perjodo; inundóse por con- secuencia de ello una gran parte de la población; no fué posible destapar los husillos para el des- bague, y de aquí que sucediera en- tonces lo que hemos presenciado encaso semejante el año 1856 Por lo demás no llegó la altura de las aguas por debiera á la de aquella famosa avenida, aunque también Sevilla, á manera de isla pero dentro de los muros, quedara — 8-4 — cercada de agua: ni el barrio de Triana fue ahora víctima de tan terribles rigores del Guadalquivir, que contenido en la parte al no- roeste de la ciudad por las fuertes defensas allí levantadas en 1627, en vez de precipitar su corriente por la orilla derecha que habría arrojado un mar sobre Triana, rompió por la otra, cerca de San Gerónimo, inundando en la parte al oriente de la ciudad las huer- tas, caseríos y barrios allí situa- dos. Esto es lo que se infiere de la relación de un testigo anónimo in- serta en las Memorias sevillanas , cuyo compilador Don Diego Igna- cio de Góngora, aunque muy jo- ven, ya asistía en aquel año co- mo alumno al colegio de Santo Tomás, dirijido por religiosos do- minicos, que agrega algunos por- menores sobre la avenida . Estomis- mo confirman las noticias que — 8 j — reunía para la historia de Sevilla el sábio jesuíta P. Rafael Perey- ra maestro á la sazón en el cole- gio de San Hermenegildo, y que constan en el M. S. repetidamente citado, que existe en la Biblioteca Colombina. Además, entre gran número (le cartas y otros docu- mentos importantísimos de perso- ne 8 de gran valía de aquella época, que el diligente y enten- dido jesuíta compilaba como ma- teriales selectos para la histo- ria de nuestra pátria en el siglo ^ bsiy nna minuciosa y de- tallada relación de la avenida del Guadalquivir, la que conti- nuando en su laudable y antiguo propósito de que esos documentos sean conocidos del público, por lo mucho que interesan al pueblo es- pañol, ha dado á la prensa con otros vanos'dejos mas importantes de aquellos, nuestro respetable ami- go don Pascual de Gayangos, en el — 92 — que pasaran á toda la gente y cabal- gaduras á costa de la misma ciudad por seis d\as. No hubo novedad de importancia en los husillos, por- que sus bocas estubieron bien ta- padas. Solo el cañón de la Casa de Moneda que sale á Tagarete, reventó ó inundó un poco, añadien- do agua á la plazuela de la Uni- versidad en la que desde el primer dia no tenían estudios.'Sí los hubo sin interrupción en el Colegio de San Hermenegildo, donde penetró el agua por las bóvedas debajo de las clases. Distinguióse por su incansable celo el Asistente conde de Salva- tierra. Elógianse sus determina- ciones acertadas para conjurar el mal, y la mucha vigilancia y cui- dado con que procedió constante- mente de tal modcr, que no cesaba de visitar los husillos, noche y dia, y hubo alguno que cansó cua- tro caballos, lo que no debe estra- — 93 — fiarse, por ser grande la ciudad y estar llenas de agua las calles contiguas á aquellos recipientes. La vigilancia de los veinticua- tros fue también mucha; púsoles el Asistente pena de dos mil duca- dos si no asistían, con lo que acu- dieron valientemente. — En la puerta del Arenal, se colocaron cinco tablones por defuera y cinco por dentro galafeteados y en me- dio terraplenados, y con torna- puntas por la parte interior: es- taban como muralla. No llegó á cubrir el agua mas que dos tablo- nes^ sóbrela que ordinariamente trae el rio subió en esta avenida, según el parecer de prácticos en esta materia, siete varas en alto, que fué gran cosa. Mojáronse en la Aduana algunos fardos de lien- zos, por lo que se previno con tiempo sacar de allí todas las mer- caderías y trasladarlas á la Casa- Lonja. — 94 — La Audiencia suspendió la sus- tanciacion dé ;los pleitos allí pen- dientes, durante oeho dias, de- clarando que no corrían en ellos los términos; y envió á uno de los Oidores á Triana á prestar socor- ro y dar limosnas, lo que también ejecutaron otras corporaciones y personas particulares. — De aque- llas, el Cabildo eclesiástico repar- tió, comisionando para ello á va- rios de sus individuos, dos mil y quinientos ducados en pan que se distribuyó en los barrios de Triana, San Bernardo y San Ro- que. Y refiere el P. Pereyra, que confiriendo sobre este asunto el Cabildo, y sobre la gran nece- sidad en que la ciudad estaba, y los medios que para remediarla en lo posible debían adoptarse, dijo un prebendado: «Por cierto que es muy bueno que se esté co- miendo el Arzobispo la renta, y que tenga obligación de dar limosa la* ^'ligadol"» r ‘l.Í!5,’- Í. eni “ n ' 10 ói dicho, y además de lotue def ^ gue a los presos v dLVf _ as fue ra Dios £ que se le esoidBár c !1 es ^° causa viendo esto eí mortal 01310 repartió á ]os . pob P eg ^PM 7 «tenías» vido/L°asmoSjas q Sias d dTT ?1 ' fj’. °? n ac haque de quedarte af 1 ?! — — ^ * i — Ulia Qo- laa» , dad r e¿íer 4 M T^7 0l ’, ÍS P 0 de SSvilla tra, *» B ?da "• «¡SjS jero intimo íía i* n • , ' j Orte como rnnol p^íffi?:?«4S — 96 — che rompieron la pared de su casa y se pasaron á la capilla de la En- carnación que está en su misma calle, y se comunica por las cues- tas; echaron fuera al santero, y de dos casas que estaban en medio* de la una y la otra iglesia, tam- bién lanzaron la gente, y á la ma- ñana con gran número de oficiales tenian acomodadala Iglesia, porte- ría, torno, coro, etc. Dado aviso al Provisor, las mandó salir pena de descomunión: no obedecieron, antes invocaron el auxilio de la fuerza en la Audiencia, que declaró no la hacia el Provisor. Lasprovi- dencias de este no fueron sin em- bargo obedecidas por las monjas, hasta que fue preciso que aquella autoridad, pasando con sus depen- dientes á la capilla usurpada, des- pués de intimarles que se retira- ran á su casa, y negándose re- sueltamente á hacerlo, tuviera que ordenar como último medio de »- 97 — conseguirlo, que con la mayor modestia y decencia del mundo las cogiesen en brazos y las fuesen entrando en su casa, dejando guar- das para que no volvieran á salirse otra vez. Mando después cerrar las puertas que ellas habian abier- to y entregó la Capilla y las casas a sus dueños. t Todavía dice el P. P ereyra que a los sucesos referidos de la ave- nida añade otras cosas una rela- ción impresa, que al escribir sus apuntes tenia delante, y que nos- otros no hemos visto. (1) Año 1649. El mas trágico que ha tenido oevilla desde su restauración, lo denomina Ortiz y Zúñiga, y cier- tamente el acontecimiento calami- Ortn de Zúñiga , Anales .—Memorias sevillanas, M. S. de la Biblioteca Colombina. 9 c\Ía?°j Municipal, sección especial tomo 2U ’ y uel Memorial histórico español. 13 —US *— toso de ese año en la capital de Andalucía, ho tiene otro con que pueda comparársele por lo terrible desde quedas historias fabulosas nos dicen que Hércules sentó la primera- piedra para edificarla en las fértiles y floridas márgenes del manso y caudaloso Betis. Aun mas: no ha habido pueblo ni ciudad al- guna en la dilatada Serie de los tiempos desde la fundación del mundo, á no cumplirse en ella especial anatema de la divina jus- ticia como en las ciudades del Pentápdlis, ó en Pompeya ó Her- culano, que presente en sus ana- les una catástrofe ""semejante á la de Sevilla, cuya población acaso la mas numerosa de Es- paña en la primera mitad del si- glo XVII, quedó reducida en el brevísimo período de ochenta dias á una tercera parte; porque de trescientos mil habitantes que la constituían, perecieron casi dos- — 99 cientos mil, de los que después v de dos siglos.apenas ha podido re- ' poner una mínima porcioD. No so crea que intentarnos pre- sentar como principal; causa, do aquel infausto é incomparable se- ceso la grande inundación del Gua- dalquivir que sufrió Sevilla en ese año: pero sí sostendremos con el común sentir de los cronistas de aquella época, y con el dictamen respetabilísimo de los profesores de ciencias médicas moradores en- tonces en este suelo,, y otros de tiempos posteriores, que las conse- cuencias de la inundación influ- yeron poderosamente en el desar- rollo de la enfermedad contagiosa, y pricipal causa deque sus estragos fueran aquí tan terribles y supe- riores en sumo grado á los que es- perimentaron otras grandes pobla- ciones de Andalucía y de las pro- vincias limítrofes. — -Málaga, por ejemplo, tuvo veinte mil víctima? — 100 — y veinte y seis mil Murcia.' — ¿Por qué sobre estas cifras se eleva á doscientos mil la de la infortuna- da Sevilla? Porque aquí por des- gracia ¡existieron causas especia- les para que el fuego solo latente desde el verano de 1648, tomase de improviso el incremento de un voraz y asolador incendio. Pero vengamos á nuestro particular pro- pósito con la narración de los hechos referentes á la avenida del Guadalquivir, que ellos mejor que otros razonamientos justificarán la exactitud de nuestras aserciones. Desde principios del mes de marzo fueron las lluvias constan- tes, y á su fin, ya mas recias y el viento crecido, impidieron que las solemnes festividades re- ligiosas de la semana mayor, tu- vieran el lucimiento acostumbra- do con las procesiones de cofradías. El dia 28 salió de madre el Gua- dalquivir, y estendiéndose como de — 101 — costumbre, inundó la ciudad por toda su circunferencia, siendo ne- cesario cerrar los husillos, que arreglados al sistema que intro- dujo el famoso ingeniero y jurado del Cabildo Juan de Oviedo, no de- jaban posibilidad para que en ella penetrasen las aguas del rio, si bien al mismo tiempo, no saliendo las que dentro se acumulaban, quedó completamente anegada la ciudad y todas las afueras. — En estos dias dedicados á la medita- ción de los misterios de nuestra Í4 y de general asistencia á los templos en pueblos tan religiosos como el de Sevilla, fue mas sen- sible el suceso para sus habitantes, porque siendo las aguas tan con- tinuas, que no cesaban un momen- to y tan abundantes y recias, que parecia, no ya la estación prima- veral, sino lo mas rígido y tem- pestuoso de un crudo invierno, no permitían salir de sus casas ú — 108 — abandonen los que parecían firmí- simos propósitos y que sean rele- gados al olvido los proyectos sal- vadores que se concibieron en los momentos de angustia. El ilustre médico sevillano vió con dolor desatendidas sus peti- ciones, y pronto realizados sus tristes pronósticos. Desde el 15 de Abril fué creciendo la enfer- medad, cebándose principalmente en Triana y en los demás arraba- les donde había sido mas dura- dero el remanso de las aguas, causa predisponente al contagio levantino. Creció asombrosamen- te la epidemia, pues á los cinco dias, morian ya en cada uno mas de quinientas personas, y á prin- cipios de mayo... toda la ciudad era un hospital. Pero... conten- gamos la pluma, que no es hoy nuestro objeto escribir sobre la Peste de 1649, sino solo sobre inundaciones. Hartos horrores pre- — 108 — abandonen los que parecían firmí- simos propósitos y que sean rele- gados al olvido los proyectos sal- vadores que se concibieron en los momentos de angustia. El ilustre médico sevillano vió con dolor desatendidas sus peti- ciones, y pronto realizados sus tristes pronósticos. Desde el 15 de Abril fué creciendo la enfer- medad, cebándose principalmente en Triana y en los demás arraba- les donde había sido mas dura- dero el remanso de las aguas, causa predisponente al contagio levantino. Creció asombrosamen- te la epidemia, pues á los cinco dias, morían ya en cada uno mas de quinientas personas, y á prin- cipios de mayo... toda la ciudad era un hospital. Pero... conten- gamos la pluma, que no es hoy nuestro objeto escribir sobre la Peste de 1649, sino solo sobre inundaciones. Hartos horrores pre- — 109 — sentan estas para que váyamos á aumentar su negro cuadro con esos otros terribles castigos de la Provi- dencia á la metrópoli andaluza. (1) Año 1684. No hacen memoria los historia- dores de Sevilla de avenida algu- na notable del Guadalquivir en el no corto período de treinta y cinco años: pero la que sobrevino á su término, supera si cabe á las pasadas. — Conocemos dos esten- sas relaciones de la misma que se conservan en el Archivo de la ciudad, y otras dos en la Biblio- teca Colombina: todas están con- testes en los hechos esenciales; pero la mas ordenada y minucio- " 4 ) Zúñiga, Anales — Salado Garcés, Po - lítica contra geste. — Caldera de Heredia, Tri- bunal médico -magicum et politicum. — Alonso de Burgos, Tratado de peste. — Memorias de la Real Academia de medicina de Sevilla, To- mo 3 °. — Memorias Sevillanas, M. S. de la Biblioteca Colombina. — Tomo 20 , Sección es- pecial del Archivo de la ciudad, y Relación de la peste de 1649 , M. S de mis libros. sa, que suponemos de don Diego Ignacio de G-óngora, es la que dos servirá de guia, completando sus noticias con las que las otras contienen, y las auténticas por su carácter oficial que se consig- nan en la exposición que la Ciu- dad elevó al Monarca después de aquel infausto acontecimiento. Fue el año 1683, lo mismo que elprecedente, muy escaso de aguas, y así la cosecha de cereales cor- tísima, escepto en el condado de Niebla y la sierra que llegó á me- diana, y muy penoso para Sevilla el estío por el escesivo calor. Con- tinuó la falta de lluvias en los pri- meros meses del otoño, de forma que los labradores se veian atrasa- dos en disponer los barbechos y la arada de las tierras para la siembra. Así continuó el tiempo hasta el 27 de noviembre en que empezaron las aguas, siguiendo pop tal tesón, que en todo el mes — lli — siguiente y el de enero de 1684^ no hubo dia que dejase de llover casi sin parar, y con tanta fuer- za, que creciendo los rios, arro- yos y demás afluentes de Anda- lucia que derraman en el Guadal- quivir, contenido por los fuertes vientos del sur, lo hicieron salir de su madre hasta diez veces, siendo la primera el 23 de diciem- bre, unas con mas y otras con me- nos ímpetu, pero teniéndolo cons- tantemente fuera del peso en que corre de ordinario, y causando por la permanencia de sus aguas en las vegas y campos que le son mas cercanos grandes estragos en los sembrados ya hechos, por que co- mo de tierras bajas habían podido cultivarse antes. _ El 23 de diciembre la altura del rio fué tan considerable, que obli- gó á las autoridades á tomar las precauciones ordinarias para con- trarrestar el desbordamiento. Lie- - 412 - gó el agua á las puertas del Are- nal y Triana, previniéndose sus entradas con tablones ; pero cedien- do algún tanto las lluvias, volvió- se el rio á su centro. Arreciando aquellas nuevamente á principios de enero y continuando todo el mes, entrado ya febrero, fué tan- to el golpe de agua y la furia del viento, que hizo indispensable pre- venirse con mas cuidado, calafe- teando los husillos porque se re- conocía lo lleno que venia el rio y la rapidez con que corrían las aguas, siendo su ímpetu mayor que hasta entonces. Así continuó hasta el dia 5 del mismo mes, sin que la tormenta del viento amainase, ni disminuye- se la violencia de la corriente; por lo que fué preciso echar tablones en las puertas de la ciudad de or- dinario mas amenazadas, y que hi- ciesen sus diputados las prevencio- nes que solian en estos casos, y — ' Ü3 - debe consignarse el siguiente he- cho. Cuando semtimaba esa preven- ción en la puerta del Arenal ha- bían salido por ella varios panade- ros a hacer prevención de trigo á los almacenes de la Resolana, de- posito del que se había traído por mar para suplir la escasez de la cosecha; siendo por esta causa muy continuos el tránsito y el trabajo’de mucha gente por aquella puerta, nabian demorado echar los tablo- nes afín de facilitar el paso de las caballerías, contentándose con le- vantar una faja de tierra desde un monton alto que estaba á la salida en dirección al Baratillo; por don- de venia el rio, presumiendo que con este reparo se detendría el raudal de agua. Y dio la casuali- dad, á eso de las tres de la tarde que un hombre que desde el mon- . n de tierra estaba mirando el rio, reconociendo que venía muy impetuoso y que crecía demasía- — 114 — damente por instantes, dió aviso á los diputados y calafates para que pusieran los tablones y se estor- base la entrada del agua en la ciu- dad, y atendida la oportuna ad- vertencia de aquel buen hombre por los diputados, los mandaron colocar inmediatamente ; y y a pues- to el primero antes que lo fuera el segundo vino el agua con tal furia, que casi lo superó; y en aquella no- che quedaron cubiertos mas de cua- tro tablones, cuya altura era de tres cuartas cada uno, y llegaron des- pués á colocarse hasta seis. ^De modo que si se hubiese desatendi- do la advertencia, entra en aquella tarde sin poder evitarlo el rio en la ciudad: tal fué la presteza'y furia con que aumentaron las aguas. — Colocados á la misma hora dos ta- blones en el postigo del Carbón antes que oscureciera, ya no esta- ba el paso espedito para que se di- rigiesen á la Caridad los pobres que se recogían en su hospicio, tu- vieron que ser conducidos á hom- bros por sus hermanos, uno de ellos el duque de Veraguas, porque ni en coche ni en caballerías era ja po- sible pasar por las puertas conti- guas, siendo preciso desde las siete j media de la noche hacer uso de lanchas para atravesar desde la Casa de la Moneda hasta la Re- solana. Siguió creciendo el rio toda la noche hasta cubrir el agua seis tablones en la puerta del Arenal á la mañana del siguiente dia 6; j arreciando en ella la tempestad, á las dos de la tarde creía todo el pueblo sevillano que no eran bas- tantes los tablones colocados en las puertas, aunque estaban mas altos que nunca j se habían pues- to en algunas donde jamás lo fue- ron antes; porque las aguas im- pulsadas con el fuertísimo viento del sur iban á rebasar las mura-^ — 116 — lias. — Alcanzó en aquel dia la inundación en la puerta de Jerez, donde habia una herradura que señalaba la altura del 25 de enero de 1626, un pió más según una de las relaciones, y una vara según otra. — En la puerta del Arenal se dice, que los que venian em- barcados por la parte de afuera, puestos de pié al llegar á ella, ro- zaban con el sombrero en la clave del arco. — Inundáronse mas de dos terceras partes de la ciudad, no solo con la muchísima agua llovediza que no podia salir por los husillos cerrados, sino por la que brotaba de el suelo y por los ci- mientos de los edificios. El con- vento de la Merced estuvo inun- dado mas de una vara, solo de la que manaba, y así en los sótanos de muchas casas, aun las situadas en los barrios mas altos. — Anega- da hasta grande altura la Alame- da por ser su sitio el mas bajo de — 123 — tar que el puente de barcas se conservase en su sitio, lo que se debió al cuidado y esquisita vigi- lancia del maestro Gregorio Ñu- ño 2 Salguero á cuyo cargo estaba por la ciudad; porque á pesar de las cadenas y fuertes amarras que lo sujetaban, generalmente se creía por lo que sucediera en otras riadas de menos importancia, que seria arrastrado por la fuerza de las aguas. El feliz resultado de las maniobras del maestro y sus operarios para sujetar el puente, fue celebrado por estos pasada la avenida engalanándolo con mu- chas banderas y gallardetes. Gravísima para la ciudad en es- te caso, como en todos los seme- jantes, la cuestión de subsisten- cias, por fortuna se dominó de una manera satisfactoria, gracias á los esfuerzos del Cabildo secular, y al caritativo celo del Prelado d on Ambrosio Ignacio de Spínola, r — 124 — del Cabildo eclesiástico, de las her- mandades de la Caridad y Miseri- cordia, de los Monjes de la Cartuja que como siempre prodigaron sus caudales en el barrio de Triana, y de otras corporaciones y personas particulares que acudieron con sus auxilios en socorro^ de los inunda- dos, y de los que por falta de tra- bajo y de recursos hubieran pe- recido de hambre.— Rué grande providencia para ello que existiese dentro de la ciudad acopio abun- dante del trigo que por la escasez de las cosechas en los dos años úl- timos habia traido de fuera el Ca- bildo á prevención para aminorar la carestia. Retiróse adentro opor- tunamente todo el que se conser- vaba en los almacenes de la Reso- lana, con lo cual y con la disposi- ción de establecer muchas ataho- nas, no se sintió falta de pan. Pa- ra los que lo compraban, no esce- dió aun en los dos dias primeros de la avenida, de tres reales la hogaza, y después á menor precio; y si hubiera provisión de leña pa- ra cocer en los hornos, no habría escedido del ordinario; con esto el pan destinado para limosnas se pudo prevenir con abundancia y á tiempo, ¡sin encarecerse este artícu- lo tan necesario, como suele, por causa de lo mucho que se consu- me. La ciudad hacia amasar por su cuenta en cada dia veinte fa- negas de trigo, que repartía en los puntos mas necesitados, con lo que, y con los generosos socor- ros del Arzobispo, y del Cabildo eclesiástico y demás corporaciones y obras pías, hubo pan abundante en los mercados y plazas, sintién- dose menos el golpe. La provisión para las carnice- rías por causa de estar intransi- tables los caminos, fué de mayor cuidado; pero la diligencia del Asistente hizo que no faltase, aun- que á precio algo crecido. En las demás cosas que entran de fuera, se padeció el trabajo que es inevi- table en semejantes ocasiones. Dentro de la ciudad, particular- mente de carbón hubo mucha fal- ta; y así los que se hallaron con él lo vendieron á precio muy alto respecto de lo que antes valia. El espíritu de caridad del Ar- zobispo Don Ambrosio Ignacio de Spínola, fomentado antes con el ejemplo de su gran amigo el ve- nerable Don Miguel Mañara, tuvo en esta ocasión mucho en que ejer- citarse dentro y fuera de la ciu- dad, sin que dejase de acudir á todas partes en socorro de los ne- cesitados, con celo verdadera- mente evangélico. Diariamente mandaba repartir con largueza limosnas de pan en los barrios anegados, conforme al número y calidad de las familias, proveyén- dolas también de carne y bacalao para que no perecieran, y con es- pecialidad á algunos conventos de religiosas que carecían por su si- tuación de todo auxilio y á las que socorrió con cuanto fue necesario. Sabiendo el conflicto en que se hallaban los afligidos vecinos del pueblo de la Algaba, completa- mente inundado, que se habían acogido á la torre antigua fortale- za donde estaban espuestos á pe- recer de hambre, hizo que fuera á socorrerlos con abundante provi- sión de pan y otros mantenimien- tos su limosnero Don Juan de Va- do en los dias de temporal mas fuerte, quien, y sus atrevidos com- pañeros, estuvieron á punto de ahogarse, porque el barco se em- barazó en unos árboles que esta- ban cubiertos de agua, y casi lle- gó á sumergirse. Parala administración de los sacramentos en las parroquias donde había inundación, dió tam- — 128 bien providencia el diligentísi- mo Prelado, disponiendo que en barcos á su costa fuesen los pár- rocos á cumplir sus deberes, ex- hortándolos con pías y cariñosas razones, encargándoles que le no- ticiaran de las necesidades de sus feligreses para acudir en su^auxi- lio; y que si algunos morían, tra- jesen el cuerpo á tierra para ha- cerles el funeral y entierro, y di- ce una de las relaciones que á algunos de los que murieron en aquellos dias se les hizo el entier- ro en ios barcos , que daba miedo verlo. Cuando al mediar el. dia seis, después de haberse inundado en la noche antecedente y en la maña- na la mayor parte de la ciudad, sevió la furia con que crecia el rio por momentos; que los agua- ceros eran cada vez mas recios; que el cielo cubierto de negras y densas nubes con estrépito horrí- izy <*» sono ¿e viento, parecía que iba áca^r sobre la tierra; todos, los habitantes de Sevilla creyeron ilegada su últrnp hora, y que do- ininados ios muros por las aguas, ^^ffl^ii^ll^^sepiítados. que para pedirá Dios misericordia, y así acudiéronla tropel á lof templos como último refugio q Reupidos f k ^^iSíimduoade SU Cabildo. deterrmnflrÁTv oicíu canianqo,. las Jeta ios santos se subiese, á la torre v se dijesen los exorcismos y ora- oones que la santa Iglesia catú- ÜC terremotos y tempestades, que se contienen en el ritual romano, acordando al mismo tiempo q Ue se diese aviso al señor Arzobis- po por si — -i-- cürrt S ^F J curnr a tan piadoso y edificante 17 — 430 — acto, como lo ejecutó inmediata- mente. Ordenada la procesión con to- dos los individuos presentes del Cabildo y á su cabeza el Prelado, los ministros de la iglesia y los hermanos de la sacramental del Sagrario á quienes se pudo dar aviso, se entonó en el altar ma- yor la letanía, y llevando en sus manos el Preste la sagrada reli- quia, dirigióse el numeroso con- curso hácia la torre por la puerta contigua á la misma; pero al su- bir al cuerpo donde están las cam- panas, en cuyos ángulos se ha- bían puesto cuatro doseletes de brocado y terciopelo para desde allí leer los evangelios y demás oraciones, la furia del viento no permitió que llegasen encendidos los cirios que llevaban los cole- giales, ni las hachas de los her- manos, siendo preciso traer cua- tro faroles de plata de la referi- — 131 — da hermandad sacramental, en los que se pudieron conservar las lu- ces hasta llegar á los cuatro pun- tos en donde se hicieron los exor- cismos y se cantaron los evange- lios conforme al ritual. Levantando después el Preste la reliquia del santo madero en las esquinas de la torre, rindióle adoración fer- viente desde las gradas, plazas y azoteas de las casas numeroso pueblo ya prevenido del religioso y edificante acto que iba á verifi- carse en el templo Catedral, pa- ra implorar la divina clemen- cia, |por el prolongado toque de sus campanas á plegaria y roga- tiva. Los ruegos de un pueblo que tiene fé y que gime implorando con el corazón contrito y humilla- do misericordia de su Hacedor, no fueron desoídos nunca por el que sopla á los vientos y desata las tempestades, — Al levantar el san- to signo en los balcones de la tor- ré entre las ISgrítiias y sollozos desdé el Prelado hasta él último dé los asistentes, laé negras nú- bes sé apártari fugitivas, la lluvia cede, el viento calma en mucho de su furiosa- violencia. ¡OTi jui- cios de Dios! (dice una de las Re- laciones qtie creemos del canónigo don Juan de Loaysa, uño de los qüe asistían en la procesión;) ape- nas en Tas ventanas que miran A las cuatro partes del mundo, se cantaron los cuatro Evangelios y se hicieron los exorcismos, for- mándolas cruces con la reliquia, cuando el aire se volvió un poco á tierra, y aseguran marineros muy peritos que estaban observando el rio, que de repente lo vieron bajar contra el natural , reparando que en la torre veian sobrepellices. Eran las cuatro y media de la tarde y siguió menguando el rio; y para mayor prodigio , desde el — 533 — lectores, inclusos los arquitectos, ingenieros y demás personas pe- ritas en estos asuntos que se dig- nen favorecernos, cuales fueron los primeros materiales de cons- trucción que aplicó á ella don Pe- dro López de Lerena? Pues fueron los sillares de piedra déla Calza- da de Castilleja que se reputaba por una de las causas de aumentar la inundación de Sevilla, porque detenia las aguas que debían es- tenderse libremente por la Vega hasta desaguar por la que llaman la Madre cerca de San Juan de Aznalfarache. No narramos de memoria: las palabras trascritas son de un escritor contemporáneo del suceso, testigo nada sospecho- so, irrecusable. Don Justino Ma- tute y Gaviria en sus Memorias para la Historia de Sevilla , desde el año 1784 hasta el de 1796. Continuó la obra sin interrupción, y escaseando los recursos, solici- — 236 — tó del Rey el Asistente licencia para dos corridas de toros que se lidiaron en los dias 11 y 13 <j e setiembre, aplicando á aquella sus productos, y al fin quedó termina- da en Febrero del siguiente año 1785. Colocose además como com- plemento de ella, una bomba en el husillo inmediato á la plaza de los toros, para poder desaguar los sitios del interior de la ciudad que á él corresponden cuando es- tuviera cerrado por la subida del rio. No tuvo el Asistente Lerena la grata satisfacción de ver por sí el feliz éxito de su constancia y de sus desvelos por dotar á Se- villa de una obra tan importan- te y útil á su seguridad, por- que la fama de sus actos llegó hasta la Córte, y el Rey esti- mó conveniente llamarlo cerca de sí y recompensar sus servicios, nombrándolo su Secretario en el ministerio de Hacienda, puesto no — 237 — el mas conforme con su instrucción j talento, que tenia sin duda dotes relevantes para asuntos de otra índole en las diferentes esferas de la gobernación délos pueblos. Todavia en la despedida de es- te año quiso el Guadalquivir alar- mar á los habitantes de Sevilla con nueva inundación. A consecuen- cia de las grandes lluvias, el dia veinticinco de diciembre se cer- ró el paso del puente , tapan- do los husillos y las entradas del malecón, cuja obra iba adelanta- da. El 27 llegaron las aguas á una altura considerable, é inundados los barrios esteriores y sitios ba- jos de la ciudad, fue preciso acudir á los anegados con los ordinarios socorros, j adoptar las medidas oportunas para que no escaseáran los mantenimientos en los merca- dos. Al fin el dia 31 bajó el rio seis palmos del nivel que habia tomado, J dió hueco para recibir las nuevas — 238 — aguas con que empezó el año inme- diato, que no tuvieron sin embargo en todo él elevación de importancia. La gran avenida de este año, dió asunto á un poema de D. Cán- dido María Trigueros, intitulado La Riada , apreciable mas que por sus versos, por las muchas notas históricas que contiene, que nos han servido no poco para hacer es- ta ya larga narración. También es- cribió una Elegía D. José de Tena Malfeyto alumno de jurisprudencia deestaUniversidad, jxm&Descrip- cion poética que se publicó anóni- ma por su autor, que fué un monje de San Benito. No podemos decir de su mérito, porque no han llegado á nuestras manos. (1) (i) Espinosa y Cárcel , Continuaeion de los Anales de Ortiz de Zúñiga. — Memorias acadé- micas de la Sociedad, de Medicina de Sevilla , Tomo 3.*. — D. Cándido María Trigueros, Poema de la Riada. — Matute, Memorias para la Bis toña de Sevilla, M. S. de la Biblioteca Ce lora - bina— y tm Relaciones, ¿f. SS. de mis libros. — 239 — Año 1786. Corta fué la tregua concedida á Sevilla por solo un año, después del señaladísimo 1784 en que tan- tas veces la afligió el Guadalquivir con sus avenidas, porque á fines del siguiente levantóse fuerte tem- poral que, al empezar enero, trajo nuevos conflictos: y no los produ- jo á la verdad el gran rio en pri- mer término, sino el despreciado Guadaira, que en la mañana deldia 2 inundó de repente los prados de San Sebastian y Santa Justa, con riesgo y daños de los barrios que le son inmediatos. Subieron luego las aguas del Gua- dalquivir hasta llegar al nue vo ma- lecón que las contuvo, si bien que- dó cerrado el paso en la Torre del Oro, desde donde partian las bar- cas que llevaban el abasto al inco- municado barrio de Triana, que luego tuvieron que suspender sus viajes por la rapidez de la corfien- te. Repitiendo el temporal el dia 7, se inundaron los sitios bajos de la ciudad, por estar cerrados los husillos, que asi permanecieron hasta el 17, en que ya se pudo pa- sar el puente, llegando á él por otro provisional de borriquetes establecido desde el malecón. — Re- produjéronse las lluvias á princi- pios^ marzo, y el dia cinco tan terriblemente durante hora y me- dia, que no pudiendo darles salida los husillos, se anegó la mayor parte de la ciudad. — La plaza del barrio del Duque parecia un golfo, cosa no vista desde 1708, según testimonio de un anciano que allí había vivido; y continuando las aguas, aunque con intermisión, el dia 8 desbordóse el rio hasta <?ran altura, solo un pió menos de la se- ñalada en la Torre del Oro á prin- cipios de 1784. Volvió á su centro el dia 14, y todavía por ser el año muy lluvioso, con mas ó menos sala ? ma y°> sie ndtí eau- aguas eT ^ te t detenóÍoa * W grandes pértfdaí enT b ' ,j ° S dé íob~ Ea pobres y desvalidos tuvieron ef en nan vW" n * as C0 piósas limosnas ron el p ÍÍ ¡ < '* I i 0 ^l 10 ,us sam¡ °istra- -y'S&SSEi dos Cariidos - carifa«r P ° raC10nes y Personas antativas que en casos talos aóff- £Eft fe* á Sr inundación que también interruto- ^ paso por Ja Torre del Oro v res defT ’ visto fii , mismo ’ .^ u ® como se ha comnrnK r °f creci( ^ as » vinieron a Que tato ar la verdad de bis ventajas ?ena h I1° conoeWr eI Asistente I,e- íeeon 1 em P render la obra dol ma- 3. P + ° rqUe ya no tuvo Sevilla mo antes sncedia da ordinario 31 ’ 842 — el agua del rio sobre sus puertas. Sirvió así mismo ese ejemplo para estimular al Ayuntamiento á prevenir proyectos de nuevas obras, que mejorasen la situación de la ciudad y del populoso barrio de Triana en las inundaciones, y que podrían irse realizando á medida que lo permitieran los mermados ingresos de sus arcas. Tooóle tur- no en el verano de este año, como menos costosa que otras también proyectadas, á la de elevar el in- greso del puente por ambos lados, con el fin de que aun viniendo muy crecido el rio en las riadas, levan- tadas las compuertas, por esta banda con el auxilio de borriquetes desde el malecón, y por la otra sa- liendo en la altura que tomaban las barcas á un puente levadizo so- bre el muro del castillo, no que- dase casi nunca interrumpido el tránsito de las gentes á piq* Para Jtii ello se demolió el lienzo esterior — 243 — del mismo castillo, con cuyos es- combros se alzó el terreno de la plaza del Altozano sobre el nivel que el rio señaló en la inundación de 1784, ensanchando la entrada del puente diez varas; y contra el muro interior del castillo que se reservó para fachada, haciéndole nueva puerta, se construyó un ter- rado con verjas de hierro, hasta el cual subía la compuerta del puen- te, dejando paso cómodo y expedi- to para los transeúntes, aun en las grandes crecidas del rio. (1) Año 1787. Solo una avenida sufrió la ciu- dad en este año. Arreciando furio- so temporal el dia 11 de enero, rompió el Guadalquivir las már- genes, ocupando las aguas la mi- tad del paseo alto colindante, y alcanzando su nivel veinte y sie- (V Matute, Memorias -para la Historia de Sevilla, M*. S. de la Biblioteca Colombina. — 144 — áe pulgadas menos que el señalado en la torre del Oro á la grande riada de 1784. La violencia de los vientos del Sur hizo bastantes da- ños en el templo metropolitano y otros edificios de la ciudad, y ma- yores aun en los campos inmedia- tos, principalmente en el arbolado, porque derribó muchos olivos. • Pasada la tempestad acordó el Ayuntamiento emprender otra obra muy importante y necesaria para Triana, encomendándola dirección á su /arquitecto mayor Don Félix Carasa, cuya aptitud, celo é inte- ligencia eran de antemano cono- cidos. El continuo batir de las aguas por la banda de la derecha impulsadas sobre esa parte por el obstáculo que ofrecia á la corrien- te el islote formado junto á losHu-' meros, de que antes hicimos méri- to, dió por resultado que desde el puente en adelante se formara una enorme barranca, que ya deja- — 231 — co, sin que el . vecindario tuviera que hacer sacrificios sobre el gas- to indispensable. La obra quedó terminada en 1787, según la lápi- da que se colocó sobre la puerta principal de entrada al edificio, y la Junta y oficinas del Monte pió del panadeo , fueron de grande uti- lidad para Sevilla en diferentes ocasiones. Una de ellas con especialidad en este año 1792. Visto el abuso de los panaderos de Alcalá con la in- motivada subida del precio del pan que expendian,y que esel que mas consume la clase menesterosa, por considerarlo de mayor rríañte-r nimiento, las autoridades dispusie- ron que inmediatamente se labra- ra en las atahonas de Pumarejo, donde para ello se remitieron dos- cientas fanegas de trigo del Pósi- to, facilitando el marqués de Casa- Mena, Superintendente de la Fá- krica de Tabacos, treinta y dos — 252 — muías con diez y seis operarios para que no se detuviera la mo- lienda. Así se consiguió pan abun- dante, y que el que tenia otra pro- cedencia se mantuviese á módico precio. Mucho se temió que la Aduana quedase inundada por el rio como en el año 1784, y para evitarlo su administrador activó el despa- cho hasta las oraciones del dia 14, en que quedó aligerada de los mu- chos efectos que contenian sus al- macenes, poniéndose otros en si- tios seguros. — El nivel del rio llegó á tocar el 16 al azulejo de la memorable de aquel año, empezan- do después á menguar lentamente hasta el 19, en que quedó en su centro, si bien desde el precedente por la noche se habian destapado los husillos y permitido el paso á Triana. Filé muy notable la canti- dad de agua que tomó la Alameda, en la que crecía, á pesar de haber — 233 — bajado la del rio y concluido las lluvias, lo que muchos atribuian á que por conductos ocultos se tras- colaba á varios sitios del barrio de la Feria, la que estaba detenida en el prado de Santa Justa. — Ello es que en el Caño quebrado se presen- taban en gran número surgideros de agua clarísima que juntos po- dían formar un riachuelo, y que duraron hasta muy entrado el ve- rano. — Hay antigua opinión de que mientras el agua permanez- ca en el prado referido, ha de aparecer en la superficie de al- gunas calles de la Feria; y aun- que el hecho sea cierto, lo es también que el nivel del primero está mas bajo que estas. Asunto es por tanto digno de hacer observa- ciones, por la aparente novedad de este fenómeno, que parece in- dicar que el agua que mana viene de mas lejos, y de mas alto, lo Úúe pudiera dar materia de estudio — 254 — á los entendidos en Física é Hi- drostática. Grandes fueron las pérdidas de ganados en las islas del Guadal- quivir, numeradas en el informe que dió al Gobierno el Asistente en 5,120 cabezas y su valor en 774,000 reales vellón. La grande isleta formada de muchos años antes frente á los Humeros, casi toda desapareció con el espeso ramaje que la cubría. — También en el lado de Cartuja frente al Mo- nasterio, derribó el rio parte del barranco que lo sujetaba, siendo necesario amparar aquella már- gen con multitud de estacas y ca- jones de piedras, entre las que se plantaron mimbres en abundan- cia. — Por la parte de Triana en el sitio donde remataba la obra nueva del murallon y muelles, se llevó así mismo mucho terreno, siendo preciso fortalecer el que quedó con fuerte estacada y pilo- — — taje. — En conclusión diremos, que pedida por el Ayuntamiento ro- gativa para la serenidad, empezó con su asistencia á la Catedral el dia 14, asistiendo también en los tres últimos hasta el 25, y e l ? de Febrero a la función solemne con Te-Deum. (1) Año 1796. En el precedente 1795, á fines de febrero, á consecuencia de fuer- te temporal de aguas, salió el rio de madre, estendiéndose por las orillas, pero por corto tiempo. Su- cedió otro tanto á principios del mismo mes en este año, inutilizan- do las lluvias muchos de los ador- nos con que Sevilla se engalanaba para recibir dignamente á sus Re- yes que se habian propuesto visi- tarla. Preludios eran estos del ter- (1) Matute en las Memorias repetidamente citadas. -Tomo 3.° de las de la Academia de Medicina, y D. Cándido María Trigueros en el poema La Riada. rible drama de que antes que es- pirase el mismo año habia de ser teatro la infortunada ciudad, por una de las mayores inundaciones que registran sus anales. Había sido muy seco el otoño, pero en el último tercio de no- viembre llovió con tal abundan- cia, que á no haber cogido la tierra sedienta, hubiera roto desde lue- go sus márgenes el Guadalquivir. Rompió sin embargo las suyas el Guadaira en la madrugada del dia 29, inundando repentinamente el prado de San Sebastian y sor- prendiendo á los dormidos habi- tantes del barrio de San Bernar- do, que al despertar encontraron inundadas sus casas, si bien á al- tura insignificante, si se compara con la que tuvieron en ellas hace pocos dias. — No habia entónces los obstáculos que hoy existen para que las aguas derramadas por la estensa planicie de las de- — 257 — hesas de Tablada y Tabladilla, en- contraran pronta salida al Guadal- quivir huyendo de la ciudad que es- tá mas elevada, á una legua des- pués de ella frente á Gelves. Con- tribuyó á este feliz resultado una útilísima obra hecha poco antes en el gran rio por aquella parte, que mejorando sns condiciones para la navegación, facilitaría su rápido desagüe en las frecuentes avenidas. Nos referimos al corté hecho en el torno llamado de Merlina junto á Coria, á costa del comercio de esta ciudad, que comprendiendo cuanto importaba á sus intereses tener espedito el curso del rio, cu- yas prolongadas y repetidas vuel- tas eran causa de continuos ries- gos y retardos en el paso de los buques, encomendó la forma- ción del proyecto de tan útil obra al ingeniero hidráulico Don Sci- pion Perosini ? que lo ejecutó satis- factoriamente, mereciendo la apro- — 588 — bacion del Gobierno; y en su vir- tud, á costa del mismo comercio y con los auxilios de la Hacienda pública se llevó á cabo la obra, ba- jóla dirección del mismo ingeniero en el verano del año 1794, hacien- do un corte de setecientas varas lineales cerca de Coria, y debiendo quedar al rio por aquella parte mas de cien varas de anchura por cuatro y media de profundidad. Pasó, pués, el conflicto del 29 de noviembre, merced al pronto de- sagüe del Güadaíra facilitado, por la obra de que hemos hecho lige- ra mención. No cesaron sin em- bargo las lluvias, y el 7 de diciem- bre salió el Guadalquivir de su centro, avanzando sobre la entra- da del puente algunas varas, y continuando aquellas el 11 se es- tendió mucho mas, cubriendo el 13 el primer malecón, y ya el 14 su- bió veinte y siete pulgadas por la Torre del Oro. Desde tres dias an- ' — 259 — tes estaban cerrados los husillos, providencia indispensable para im- pedir que por ellos se introdujese el agua del rio en la ciudad, mas no teniendo salida la llovediza y repitiendo el temporal con fuerza, se inundaron los sitios que les son contiguos, con la - incomodidad y aflicción que esto siempre produce á sus moradores. Bajó el rio el dia 15, cinco pies del nivel que había tomado, y aquella noche pudieron destaparse los husillos, y aunque no del todo, algo se de- sahogó la ciudad, y mucho mas el 16, en que el rio se recogió hasta la glorieta del puente, cuyo trán- sito á Triana no se interrumpió, por haberse puesto borriquetes has- ta cerca del malecón grande. No por eso los vecinos de aquel barrio y los demás en que se al- berga gente pobre y trabajadora, cuya ocupación diaria quedó in- terrumpida, sin poder ganarse el — 260 — i sustento, dejaron de sufrir gran- des necesidades. Para remediarlas algún tanto, el Arzobispo, el Ca- bildo eclesiástico y la hermandad de la Caridad repartieron abun- dantes limosnas, siendo objeto de las bendiciones del pueblo, á la vez que lo era de la general mur- muración la indolente conducta del Asistente D. Manuel Candido Moreno, cuñado del Príncipe de la Paz, D. Manuel Godoy, que en vez de vigilar con celo por la se- guridad de la población y mejorar el estado aflictivo de sus habitan- tes, pensaba mas en divertirse, asistiendo al teatro todas las no- ches, cujas representaciones al fin hubieron de suspenderse, pues aun á los mas despreocupados y afectos á esos espectáculos, impi- dieron las porfiadas lluvias su dis- tracción. El dia 16 había empezado la ro- gativa pública en la iglesia Pa- los corazones de todos, faé el cho- que que hicieron las aguas en la puerta del Sol, causando muchos daños, y dando lugar á presentir otros aun mas terribles. Serian las dos de la madrugada cuando fue acometida esta puerta con tal violencia, que quebran- tado# los ejes y quicios que eran de tortísima piedra, se esperaba que por instantes viniese al suelo al empuje que hacian el viento y un golpe de agua de mas de vara y media de altura contra ella, y que filtrándola por muchas par- tes se introducía en la ciudad en gran abundancia, hasta dar á los caballos por los pechos en dis- tancia de veinte varas por la parte interior de la dicha puerta, y aun llegó el caso de nadar algunos. -Los que acudieron al socorro de aquel comprometidísimo punto, con estremados esfuerzos, y el auxilio de gente, herramientas, — 268 — maderos, tablas, colchones y otros pertrechos, que hubo que buscar en aquella hora, lograron reme- diar algún tanto el daño y conte- ner el ímpetu de las aguas, con una muralla provisional que cons- truyeron por todo el contorno de la puerta. Anegada sin embargo la iglesia parroquial de Santa Lu- cía por el husillo del Sol, que como el inmediato á la puerta de Córdoba, estaba tan descuidado cual si fuese entonces la estación de ve- rano, fue preciso proveer al día siguiente para sacar del Sagrario de aquella iglesia á la Divina Ma- gestad, y se verificó entrando el párroco en una lancha, trasladán- dola á la de San Román. Con s um o trabajo introduciendo mas de cincuenta colchones que se trageron del Beaterío de la San- tísima Trinidad, púdose al fin ta- par la boca de aquel husillo, y de- tener la enorme columna de agua que por él penetraba de la acumu- lada contra la muralla. En los de- más husillos por la parte al po- niente de la ciudad, no hubo ries- go, porque los diputados y veinti- cuatros que tenian el encargo de custodiarlos, lo cumplieron con mucha exactitud, asistidos de cala- fates y otros obreros que reforza- ron el muro en los puntos que por su flaqueza debian inspirar funda- do recelo. Anegados todos los barrios ex- teriores de la ciudad, y también esta por su interior con el agua á una altura que en ocasión alguna llegó ante*, por la mucha que se introdujo del rio sobre la detenida de tantos dias de lluvias, no puede concebir la mente hasta qué estre- mo habida llegado la desventura- da Sevilla, si los clamores y so- llozos de todo el pueblo pidiendo perdón y clemencia, no hubiesen sido escuchados pronta y beni»- A *J — 270 — namente por el Dios de las mise- ricordias. — No eran todavia las cuatro de la mañana cuando cal- mó de pronto la tempestad, ocul- tándose las densas nubes que ja tocaban el suelo, para dejar que apareciera limpia j despejada la luna j claros j brillantes los as- tros que pueblan la inmensa bóve- da del firmamento. — ¡Prodigio! gritaba la voz general: como si se necesitára mas que un fíat del Omnipotente para que cuanto exis- te desaparezca, en menos tiempo que se pronuncia esa palabra. Amaneció el dia 29, j entonces fué posible apreciar en conjunto el cuadro de desolación que presen- taban la ciudad j sus arrabales. Era urgentísimo acudir en auxilio de los muchos vecinos que aislados en sus casas llenas de agua á gran altura, corrían peligro inminente de que se desplomaran sobre sus cabezas. Perentorio también pro- I -S?i — veer de pan, como alimento el maá ustia y expedito, á las innumera- bles familias que faltas de medios e meapacitadas para proporcionár- selos, estaban espuestas á perecer e ambre. Délo apremiante de esos socorros por parte de las auto- dades, sirvió de ejemplo encuan- to a jo primero una casa en la ameda, cuyos moradores notaron que se caia uno de sus corredores, por lo que acudieron á las venta- a¿sy balcones pidiendo á voces que ios favoreciesen. No faltó por fortuna quien pudiera hacerlo al momento, y no bien aquellos ha- bían entrado en una lancha, se hundió toda la casa.— En cuanto a lo segundo, la carestía del pan, pues se vendia en los mercados á veinte y ocho cuartos la hogaza, aumentaba la aflicción envuelta en ma contra la ineptitud y apatía del Asistente Don Manuel Cándido oreno, luego conde de Fuente- — m — blanca, título que mas adelante, cuando la verdadera y única causa fue su próximo parentesco con el valido del Monarca, se quiso pre- sentar como premio de i servicios que no prestó, ya por falta de ta- lento, ó de la actividad y energía tan necesarias á los que en circuns- tancias críticas ejercen la primera autoridad en los pueblos, y de cu- yo desempeño, torpe ó acertado, pende á veces la salvación ó la rui- na de multitud de familias. — Ello es que el Asistente, en vez de ase- sorarse con personas de representa- ción y esperiencia, como los ¡vein- ticuatros y jurados del Cabildo, el síndico y los diputados del común, ya de elección popular, solo consul- taba, descargandoen ellos sus obli- gaciones personales, con cuatro ó cinco individuos de escasa sig- nificación y suficiencia que le ro- deaban á guisa de edecanes, q u3 ni sabian mandar, ni teníanla res- — $73 — petabilidad necesaria para hacer- se obedecer. — Muestras repetidas del general desagrado por parte del pueblo, acreditaron al Asisten- te cómo juzgaba de sus actos, y no estara demás citar alguna de ellas en prueba de nuestros asertos. Ya dijimos que hubo que cubrir pron- tamente con tablas de andamio la puerta de la Macarena, para evitar que el agua penetrase por aquel sitio. Se dió conocimiento del ries- go á aquella primera autoridad, y de que los vecinos de la parte ex- terior, anegadas sus casas, habían tenido que refugiarse al hospital de la Sangre, y que era preciso so- correrlos al instante para que no perecieran. — Pues ninguna provi- encía tomó sobre ello el Asisten- te, y así fué que cuando se presen- o en aquel barrio le silbaron, y queriendo poner preso á uno de los que lo hacían, los demás cla- maron á grandes gritos por su li- 35 — m bertad, y temiendo que aumen- tara el tumulto, mandó soltarle. Al fin, las atahonas de la Ciudad situadas en la casa de Pumarejo se pusieron en uso con caballerías y operarios de la fábrica de Tabacos, y empezó á labrarse pan de toda harina que se vendia á dos reales la hogaza. No de ese precio, sino de una mitad mas de costo, lleva- ba distribuidas hasta el dia 16 so- bre seis mil la hermandad de la Caridad, y otro gran número de li- mosnas en especie y en metálico el Cabildo eclesiástico, el Arzo- bispo, y la comunidad de Cartuja amplia y esclusivamente en el bar- rio de Triana, que ahora el 28 , cre- ciendo el conflicto y á la vez el sentimiento caritativo del Prelado y de aquellas piadosas Corpora- ciones, escepto la última, que tu- vo necesidad de ser también socor- rida, hubieron de reproducirse en mayor escala. Asimismo muchas — 275 — personas particulares acaudaladas acreditaron el amor á sus seme- jantes con generosas dádivas, dis- tinguiéndose entre ellas D. N. Co- larte marqués, del Pedroso, que to- mó solo ásu cargo el socorro de las collaciones de San Julián y Santa Lucia, invirtiendo en ello cerca de tres mil pesos; pero todo era poco, atendida la magnitud del mal. que aumentaban las muchas gentes de la alta Andalucía, prontas siempre a acudir á Sevilla en sus calami- dades. La avenida del Guadalquivir en este triste año, aunque no tan re- nombrada como la de 1784, fué sin duda superior á ella y á todas las precedentes del mismo siglo* porquelas aguas, tanto en la parte esterior como interior de la ciu- dad, alcanzaron mayor altura. Si no fueron tan desastrosos sus efec- tos, debióse al esmero con que se habían conservado las defensas contra el rio, y la constanterepá- racion de sus muros para fortale- cerlos, iniciada por el inolvidable Asistente D. Pedro López de Le- rena (1).— Aun así grandes fueron los daños sufridos, no solo en Se- villa y sus arrabales, sino en los pueblos cercanas á las orillas del rio. — Difícil sería enumerarlos ;pe- (1) Entrelas disposiciones que eontenian los Autos demolida y buen gobierno , que perió- dicamente dictaban los Asistentes de acuerdo con la ciudad, no se encuentra hasta que se publicó el de 6 de febrero de 17S4 la que lleva el número XXIX. que dice así: «Siendo las murallas la mayor defensa de esta ciudad, y la mas grande seguridad y custodia de las vidas y efectos de sus habitantes, se hace preciso asistirá su conservación con un esmero cor- respondiente á su importancia; y uno de los medios de llenar este justo deseo, es preser- varlas de nuevas escabaciones ó agujeros. Se ordena que ninguna persona de cualquier sexo, estado ó calidad que sea. introduzca en ellas clavos, estacas, ni otros cuerpos extra- ños que las debilite ó menoscabe, con hoyos en sus cimientos, ó de otro diverso modo las perjudiquen; pena de diez ducados por la pri- mera vez, doble por la segunda, y la tercera al arbitrio de su señoría, con concepto á la gravedad de la reincidencia.» ~ 283 — También después de esta inun- dación se pusieron en muchas ca- lles de la ciudad y del barrio de | Irían a azulejos que señalaran el nivel que había llevado el rio cu- ya inscripción equívoca daba á en- tender que había llegado hasta - allí; al paso qne torpemente se qui- taban los que mandó poner el Asis- tente Lerena, que señalaban, no el punto á que pudiera haber llegado el Guadalquivir, sino el que toca- ron las aguas detenidas en la ciu- dad. No faltó, dice don Justino Ma- tute en sus Memorias , al Asisten- te D. Manuel Cándido Moreno un cantor que procurase exaltar su mérito, y el de una porción de su- jetos oscuros que le rodeaban, en un poema que escribió el P. Fray Ramón Val vidares, natural de Se- villa, é hijo del monasterio de Rornos del Orden de San Geróni- A la verdad el poema del — 284 — P. Valvidares, mas es una lección de lo que debió hacer el Asistente, que relación de lo que hizo. (1) Año 1800. Quiso despedirse el siglo XVIII dejando á Sevilla el triste recuer- do de dos calamidades: una las re- petidas inundaciones del Guadal- quivir en los primeros meses de este año, cujas consecuencias per- judiciales se sintieron en los si- guientes: otra la terrible epidemia que la devoró en los últimos, lle- vando al sepulcro casi un tercio de sus habitantes. No es de nues- tro propósito ocuparnos de este funesto acontecimiento, y así nos concretaremos á referir lo averi- guado sobre el primero. Después de un fuerte temporal á la entrada del año, empezó á (1 ) Matute, en los M. SS. ya citados de la Biblioteca Colombina , y el P . Fr. Ramón Va vidares, en la Descripción poética de esta vav/n dación. — 285 — crecer el rio, y el dia 15 desborda- do se estendió hasta el primer ma- lecón, tomando altura hasta el 18 en que no fue posible el paso á Triana por la fuerza del viento Sur, que á la vez impedia el des- agüe, continuando por tanto inun- dados los prados y las vegas con- tiguos á la ciudad. Como no ce- saban las lluvias, aunque se mo- derase su violencia, no llegó el caso de que el rio entrara en su cauce, hasta que volviendo á crecer el 22 de febrero, fué preciso cer- rar los husillos de nuevo, sin otras consecuencias inmediatas, que la paralización de operaciones y ejer- cicios, mas sensible para la clase menesterosa que fué socorrida en la forma de costumbre por las cor- poraciones y personas que conta- ban con recursos aplicables á tan santo fin. La continuación de las aguas por el largo período de tres meses ? — 286 — y su estancamiento en los terrenos bajos, fueron causa de que se per- dieran las hortalizas y gran parte de la sementera, muriendo muchos ganados, lo que trajo la carestía de los víveres de mayor consumo, como el pan y la carne, habiendo subido esta á cuarenta y ocho cuar- tos la libra, más del duplo de su precio ordinario. El domingo 9 de marzo empezó la rogativa pública por los buenos temporales en el templo metropolitano, á petición de la Ciudad y con su asistencia, y aun después de los nueve dias ordinarios continuó, porque no ce- saba la causa y antes bien aumen- taba el daño. Siguió el tiempo llu- vioso. toda la primavera, hasta me- diados de junio, en cuyo dia 12, que fue el de la festividad del Cor- pus, salió la procesión de la Cate- dral á la hora de costumbre; pero sobrevino tan furiosatormenta, que ai llegar la custodia al sitio de la 287 — eo" cada la CruzT ^ f " á preciso que eltL°lSS ir B ' ‘ornase en su manos FormaXl^rfl 1 ^^ y cuando pasó la tempestad™ yol-’ tYnnanH 0 T r ®“ '* cu stodia, con- , .““ do la procesión hasta su 00n escas ® número deasis- La constante humedad de las estaciones y 1° mermado de la co- echa, perdida en gran parte por la misma cansa, indujeron sobre- manera para la salud del yecinda- ™J“ e ’ en su mayoría debilitado, utno en marzo una diarrea bilio- I! 16 casi tuvo carácter de epi- demia y que apuraba mucho á los enfermos con inapetencia y sed terminando bien al quinto dia con d el!° l0S áoidos Te getales y nieta. Pero como luego vinieron de pronto fuertes calores, en cuan- to empezó el verano apareció una nueva epidemia de tercia- nas aunque sin malicia, de la que por lo general se libraron los que habian padecido la otra enfer- medad. Ambas, sin embargo, no eran mas que anuncios de otro fu- nesto castigo que en sus altos jui- cios tenia decretado la Justicia Di- vina, como término de aquel cala- mitoso siglo, que empezó con §^‘ ra civil larga y desoladora, y cluyó con un contagio terrible que diezmó la población de las provin- cias del Mediodía. (1) (\) Matute, en los m. ColoMina citados anteriormente ios M. SS. de la Bill — 289 — VI. SIGLO XIX. Al llegar á esta altura en nues- tra ímproba tarea, cumpliremos ante todo con un deber de justicia, consignando aquí nuestra gratitud ? d .°? ,, ei í os a ^igos que nos han laciiitado los medios de poder con- muarla, como deseamos, sin inter- rupción hasta su término. — Dispo- niendo de poco tiempo, porque to^ o lo necesitamos para otras aten- ciones ineludibles que no admiten espera, y teniendo larga esperien- cia de las muchas horas que en asuntos históricos consume á veces el esclarecimiento de un hecho, nos hubiera sido imposible, á pesar de nuestro deseo y no obstante el 37 -le- gran número de noticias compen- diosas y ligeros apuntes que posee- mos sobre la materia de que tra- tamos, continuar sin dilaciones la narración, principalmente en los siglos XVIII J XIX.— ^No nos era dado en está época del año de- dicar diariamente algunas horas á amlipar nuestros apuntes y ¿omar otros nuevos, ya en la Biblioteca Colombina ó bien en el Archivo Municipal, y escribir después con esos seguros datos. — Don José Fer- nandez de Velasco, oficial del cuerpo de Archiveros y Biblióte- carios, que lleva la mayor parte de su vida al frente de aquel rico de- pósito del saber, por nombramien- to del Ilustrísimo Cabildo Ecle- siástico, y qüe nos favorece desde los albores de la juventud con sincera y probada amistad, nos sacó del apuro en cuanto al Si- glo XVIII, tomándose el trába- lo de estractarnos las noticias P; 9 ?xio o n."o: ; — igp — de°íw n r S r áe '^manuscritos de Don Justino Matute y G a vi- ria, que tanto han servido m' hacer publicas importantes Noti- cias, de pocos de los que hoy viven ' hasta ahora conocidas. * No menos nosha favorecido otro muy apreciado amigonuestro Don Antonio Fernando Garcia, antiguo oiicial mayor de la. Secretaria del ' Excmo. Ayuntamiento, hace algni nos anos jubilado, conocedor como pocos, de los asuntos de la Corpo- nmv'N' 1 ‘i” tÍemp0! 1 m P a ® a " one’ f a v e v 6 - ea COmo < J uieQ má s 1 la historia conserve para el porvemr noticia de los LcesOs ñas importantes ocurridos en nues- tra querida Ciudad.— Al alentar- nos e n i a empresa acometida, brin- dónos con los auxilios que nos pu - diera prestar para llevarla á cabo, y aceptanuo su exponía neo ofreci- miento, } e dimos el encargo de es- ía ctar las noticias que sobre las — 192 — avenidas deljGuadalquivir en este siglo, contuviese el Diario de Su- cesos que compiló con admirable constancia dia por dia, Don Félix González de Leos, autor de dos obras históricas y otros opúsculos sobre Sevilla, y cuyo manuscrito que empieza en enero del año 1800 y termina en fin de diciembre de 1853, existe en el Archivo muni- cipal. (1) Nuestro buen amigo ha (2) Ya de bastante edad D. Félix Gonza- lezjde León, perlático y casi ciego,; sin familia ni bienes, y por tanto en la 'indigencia, acu- dió aljExcmo. Ayuntamiento pidiéndole am- paro y al mismo tiempo donándole su obra. La Corporación tuvo á bien oir mi dictamen sobre la instancia, y yo incliné su ánimo en favor del ^desvalido anciano, que ya en los bordes del sepulcro, se desprendía de lo único que le quedaba; su manuscrito formado en fuerza de asidua laboriosidad, y que prescin- diendo de su escaso mérito, considerado como trabajo literario, lo tenia grande, por ser un repertorio de noticias sumamente útiles para quien escribiera la historia de Sevilla en la primera mitad de este siglo. El Ayuntamien- to oyó benignamente mi parecer y señalo á 1). ‘Félix González de León la pensión vi- talicia de cinco reales diarios, que disfruto desde principios de Enero de 1853 hasta fines de Mayo de 1834, en que falleció. — sis- mas ó menos hasta las diez de la mañana del día doce en que empezó a bajar; y no obstante la mucha agua que cayó en la tar- de y prima noche de aquel día, continuo menguando el trece en que el viento se mudó á Oeste: pero hasta el catorce no pudieron pasar caballerías por el puente, y ei quince se desaguó la Alameda. Ü1 día diez y siete, aun conserva- ba el rio seis pies de altura sobre el nivel de sus pleamares indicadas, cuando volvió á crecer en la madru- gada, llegando á montar la glorieta. Continuó aunque con lentitud lñ lluvia todo el dia, por lo que se volvieron á poner guardias en los husillos, y siguió creciendo el rio hasta diez y nueve pies, por lo que se cerraron aquellos, quedando to- da el agua llovediza dentro de la ciudad. Mayor la subida en los días diez y nueve y veinte, y en la madrugada del veintiuno alcanzó — 3C0 — veinte y dos piés sobre el citado ni- vel, montando el muelle por laTor- re del Oro é impidiendo el paso por aquella parte. — Guadaira ya ame- nazaba reventar por Puente hora- dada, y al fin lo verificó el veintidós anegando el prado de San Sebastian y extremos del barrio de San Ber- nardo, estando inundados también los arrabales de la ciudad y los si- tios bajos del interior inmediatos á los husillos, para algunos de los que, como en la Alameda, la Estrella, calle délas Armas y puerta de Tria- na, se mandaron lanchas y víve- res para socorrer á sus vecinos, y también las hubo en la alcantari- lla de las Madejas y en la Calzada de la Cruz del Campo. Todo aquel dia siguió creciendo el Guadalqui- vir, hasta elevarse muy cerca de veinte y cuatro piés; pero á la ma- drugada del siguiente empezó á ceder y continuó hasta desaguar los husillos, y el veinticuatro por — 301 — la noche, aunque con lentitud, el Keal.-— Renovóse la riada en abril por haber llovido mucho en los tres días primeros, saliendo de ¡su cauce el no el cuatro é inundándose la Alameda, la puerta Real y los Humeros por haber sido cerrados los husillos. Hiciéronse otra vez rogativas públicas por la sereni- dad, que se logró desde eldia ocho en que desaguó el rio. Año este de grandes humeda- des, tanto en la primavera como en los meses de verano, hubo además fuertes y repetidas tor- mentas, que como pronto apunta- remos, perjudicaron la cosecha hasta el punto de que fuese esca- sísima. Entró el otoño también con tiempos lluviosos, y arrecian- do el temporal con fuertes ven- davales en el último tercio de di- ciembre, debórdose el rio el veinti- siete, montando la glorieta del puente, y alcanzando poco después — 30 * — hasta el Triunfo, é impidiendo el tránsito, tanto por aquel punto, co- mo por la Torre del Oro. Reventó asimismo elGuadaira, anegando el prado de Sao Sebastian y parte del barrio de San Bernardo. Pron- to por fortuna bajó la inundación, y aunque el dia treinta y uno habia agua sobre la glorieta, se mantuvo poco tiempo fuera de su caja el rio, no habiendo causado notable daño en las vegas y lugares bajos que cubrió. La Alameda tuvo bastante agua; pero se libraron de ella los sitios de la ciudad cercanos á los husillos, por haber dado tiempo el rio en sus menguantes á que de- saguaran diariamente. Dos años seguidos de continuas lluvias y fuertes temporales, ha- blan de influir poderosamente, co- mo en ocasiones semejantes deque habia repetidos ejemplos, en laes- casez de las cosechas y en la cares- tía de los mantenimientos de — 303 — y or consumo parala generalidad de los habitantes de Sevilla. A pesar de los esfuerzos que hi- zo el Ayuntamiento para aminorar el daño, contratando provisiona- mientos con corporaciones y per- sonas particulares, contrayendo empréstitos cuantiosos que luego no pudo satisfacer, y que fueron causa de ruidosos litigios que han durado hasta nuestros dias, los ar- tículos de primera necesidad en aquel año y en el siguiente de 1805 llegaron á unos precios fabulosos, que haeian costosísima la vida pa- ja la clase media y aun la acomo- dada, y que trajeron la miseria ála proletaria y menesterosa. Consig- naremos aquí la noticia de ellos, de los que presentan pocos ejem- plos hasta la época actual los nnales de nuestra ciudad. — No en pocos dias, sino por largas tempo- radas, vendióse el trigo hasta dos- lentos cincuenta reales la fanega, — 304 — y á nueve la hogaza de pan: de to- da harina á cincuenta y seis cuar- tos: otro inferior que el pueblo lla- maba bolero á treinta y seis: la fanega de cebada, á noventa rea- les: la de garbanzos, á doscientos ochenta: la de babas, á.ciento uno. la de maiz, á ciento diez: la arro- ba de aceite, á setenta y ocho rea- les: la carne de vaca, á cuarenta y dos cuartos la libra y la de cerdo á cincuenta y ocho. De estos pre- cios puede inferirse cual serm la situación de Sevilla en esos anos angustiosos, cuyas calamidades te- nían por causa las frecuentes llu- vias y los desbordamientos del Guadalquivir, que hicieron perder las cosechas. Año 1805. Quedó el rio eu su cauce en los principios de enero, maS s contenerse las lluvias que cayer con mucha abundaucia <Jesde dia veinte; y henchido de nue el veintidós, montó la Glorieta, im- pidiendo el derrame de los husi- llos. Eldia veinticuatro no obstan- te lo mucho que llovió, bajó algo; mas el veinticinco volvió á tomar agua, creciendo seis pies por la embocadura del puente, y descen- diendo luego despacio quedó en.su caja el veintisiete y pudo desa- guarse la Alameda. Felicitábanse ya los sevillanos por haber escapa- do bien de esta inundación, cuan- do grandes aguaceros en los dias veintiocho y veinte y nueve y el fuerte vendaval que se desató en el último, hicieron que tornase á salir e J rio con asombroso empuje, y vista la presteza con ¡que crecía el a gua, se taparon inmediatamente ios husillos. En la madrugada del treinta reventó el rio Guadaíra, anegando el prado de San Sebastian y el barrio de San Bernardo, y aun Jttayorfué la altura de las aguas del tagarete en el prado de Santa Justa. 39 — 306 — Las frecuentes inundaciones dél mismo arroyuelo por aquella par- te en años anteriores, á veces muy molestas, porque cubriendo la al- cantarilla de las Madejas, llamada así por las que tenia pintadas en las enjutas de los arcos, hacia pre- ciso el aso de lanchas para atrave- sar al arrabal de la Calzada de la Cruz del Campo, obligaron á la Ciudad á hacer nna importante obra en el año 1799, que consistió en elevar la puente de construciOfi antigua y especial de muchos ojos para dar fácil paso á las aguas cuando hubiese avenidas, sobrepon ñiendo nuevos arcos en la misma forma á los que ya existían, y dán- dole mayores dimensiones en lon- gitud y latitud, por ser á la vez remate de la carretera general re- cientemente construida, que arran- cando desde la córte, termina en esta ciudad.— Pues bien: en la ma- drugada del dia que hemos reler - — 307 — do, las aguas del Tagarete desbor- dadas del prado en el que ordina- riamente quedan contenidas, so- brepujaron la alcantarilla, impi- diendo el tránsito á la Calzada co- mo antes sucedia, estándolo almis- mo tiempo á Triana por el puente, al que no era posible llegar ni aun por borriquetes. Afortunadamente el dia dos de febrero ya empezó á menguar el rio, quedando en su centro el inmediato. Pasaron sin noyedad la prima- vera y el estío; pero no bien se anunció el otoño de aquel año, rompieron fuertes tormentas, una terrible para aquella estación que por sus circunstancias merece que dejemos aquí de ella memoria. El veintitrés de setiembre, acumula- das densas nubes sobre Sevilla, á horade las nueve de la noche empe- zó un furioso huracán que duró has- ta la una. Toda la circunferencia del horizonte aparecía inflamada — 308 — con los relámpagos; sonaban fuer- tes truenos por todas partes, y fue tanta el agua que cayó á torren- tes, que se inundaron las mas de las casas de la ciudad, y todos los parajes cercanos á los husillos, llegando en la plaza de San Fran- cisco la lengüeta del agua con- centrada en tan grande espacio, hasta la puerta de la Audiencia. Mucho fué el susto que sufrió el vecindario con tan inesperado acontecimiento; pero afortunada- mente no trajo desgracias perso- nales, y antes bien disminuyeron las tercianas y se extinguieron otras fiebres malignas de término fatal que se venian padeciendo to- do el verano. Aun mas memorable que ese su- ceso tuvo lugar otro en el siguien- te mes de octubre que. también recordaremos aquí, siquiera ade- más, para dar alguna variedad aj monótono y cansado relato de — 315 — las aguas hasta doblar la punta de los Remedios.— En el dia 12 aún subió el rio pié y medio más; pero la velocidad se redujo á nueve mil varas por hora. Se anegaron al- gunos puntos de la ciudad, como la entrada de la calle de Cantarranas y la Alameda de Hércules, siendo . necesario para llegar á Triana pa- sar por borriquetes. Al siguiente dia trece, como no continuaron las lluvias, empezó á bajar el rio, y el quince desaguó por completo. En los años sucesivos hasta el de 1810, no hacen mérito las me- morias de avenida alguna del Gua- dalquivir, constando solo que en el referido, á mediados de mayo; en el de 1811, á principios de fe- brero; en el de 1812, desde el dia diez y siete al veintidós de di- ciembre; en el de 1813, desde el treinta de abril hasta el tres de ma yo; en el de 1814, del nueve al — 316 — trece de enero; en el de 1815, por dos ocasiones en el mismo mes; en el de 1816, desde el cinco al trece de febrero; y por último, del cinco al siete y del veintitrés al vein- ticinco de noviembre, hubo des- bordamientos del Guadalquivir, que hicieron necesario el uso de los borriquetes para atravesar por el puente hasta Triana. Sin dúdalas inundaciones en esos años fueron de escasa importancia, ó por ser sucesos frecuentes y ordinarios en Sevilla, no se la daban las perso- nas que recogian sus memorias, como no ocurriera algo extraordi- nario ó superior, digno en su con- cepto de ser conservado para la historia. Además, desdela época a que hemos llegado, ya las avenidas del Guadalquivir fueron de menos duración, merced á una obra im- portantísima en él ejecutada, la que daremos conocimiento a nuestros lectores. — 317 — Estaba considerada por los mas célebres ingenieros desde el siglo XVII, como la primera y de mejo- res resultados para la navegación del rio y para disminuir las inun- daciones en Sevilla, porque facili- taría su rápido desagüe, la de ha- cer el famoso corte de la punta y torno llamado del Borrego, no em- prendida antes, aunque general- mente se estimase convenientísima, por los crecidos gastos que habia de ofrecer su ejecución, calculados por algunos facultativos en diez millones de reales. — La Compañía creada á fines de 1815 por privile- gio especial para la navegación del Guadalquivir, entre otras obliga- ciones para llevar á efecto el es- tenso y útilísimo plan que se pro- puso, contrajo como la primera la de ejecutar aquella obra; y no bien quedó constituida, en 1816 acometió la empresa de la apertu- ra del canal que se denominó Fer- — 318 — nandino, mejora deseada de famo- sos hidráulicos, que reduciendo tres leguas de camino por un torno del rio lleno de bajos y peligros en que varaban dias enteros los bu- ques, á un tránsito de dos mil va- ras en línea recta que se atrave- saría en pocos minutos, habria de facilitar • extraordinariamente la navegación á Sanlúcar, dando pron- ta y velocísima salida á las aguas, evitando los estragos de las gran- des avenidas ó riadas que tantos y tan repetidos males causaban á Se- villa y pueblos situados á las már- genes del Guadalquivir, con in- calculable pérdida de gentes, se- menteras, ganados y edificios, y con las demás desastrosas conse- cuencias que se esperirnentaron en los siglos, precedentes. La Compañía emprendió la obra resueltamente el dia primero de junio de 1816, y continuando con constancia, tuvo la satisfaccio nde ¿-319 — que dirigida por dos individuos de su seno, activos é inteligentes, quedase acabada, y de que las aguas del caudaloso Betis corriesen por el nuevo canal el seis de noviem- bre del mismo año. Solo en cinco meses se ejecutó aquella obra co- losal calculada de mucho antes, y sin mas defecto que algunas pequeñas imperfecciones en sus bocas que se corrigieron á poco tiempo. — Se le dió de longitud seis mil y quinientos piés castella- nos: de latitud seiscientos en la boca del Norte; de ciento ochenta á ciento cincuenta en disminución en el resto del canal, y veinte y cuatro de profundidad, si bien la de las entradas no fué igual al principio á la del centro, lo que hizo necesarios algunos trabajos para rebajarlas suficientemente; y la anchura de todo él, que fué cuando se construyó la espresada, después se ha ido ampliando á be- — 340 — nefício de lo que la velocidad de la corriente ha escabado por uno y otro margen, como sucede en los canales de esta especie. La obra quedó tan bien concluida, que á las veinte y cuatro horas de correr las aguas por el canal, empezaron á pasar barcos por él; y en el año siguiente 1817 lo atravesó el Betis, primer barco de vapor que se construyó en España por la misma Compañía de navegación del Guadalquivir, cumpliendo con otra de sus obligaciones. Año 1821. Secos y de escasas lluvias los que siguieron al de 1816, anun- cióse la variación atmosférica en sentido contrario desde el otono, el año 1821. En sus primeros dias reinó fuerte temporal de aguas y vientos, y el cinco á las dos de la tarde sobrevino furioso huracán, que puso en alarma toda la pobla- ción, cuyos habitantes recordaban “321 — , lo ocurrido. en 1805. Afortunada- mente la manga de aire que cruzó por la parte de Poniente en di- rección al Levante, hizo sentir su ímpetu ya fuera de los extremos de la ciudad sobre el prado de San Sebastian y aceras al mismo del barrio de San Bernardo frente á la Enramadilla, arrancando de cuajo árboles del arrecife, volcan- do carros y galeras, y derribando varias casas, entre cuyas ruinas quedaron sepultadas algunas per- sonas á quienes lo súbito del caso no dió tiempo para precaverse con- tra el desatado huracán. Conti- nuando después las lluvias, el si- guiente dia seis estaba inundada por el Guadalquivir la vega de Triana, extendiéndose por el lado de Sevilla hasta el segundo male- c °n, y haciendo necesario levantar borriquetes y demás costosas pre- venciones contra las avenidas, no la menor ciertamente proyeer de 41 324 — mantenimientos á los habitantes de los sitios de la ciudad y de sus afueras, que por muchos dias estu- vieron inundados, porque la cala- midad inmediata duró hasta el diez y seis. Recordamos entre ellas, haber oidoá nuestro amado é inol- vidable maestro Don José López Rubio, á la sazón Secretario de la corporación municipal, que se obli- gó durante aquellos dias á los pa- naderos, cuyos hornos en sitios al- tos no se inhabilitaron con las aguas interiores, á que labrasen doble número de hogazas del que tenian de costumbre, y así se lo- gró que no subiera el precio del pan, y que hubiese en los merca- dos públicos abundancia de ese ar- tículo, tan indispensable para el alimento general. Al finalizar el año volvió elGnia- dalquivir á desbordarse de sus márgenes, haciendo indispensable el uso de borriquetes para eltrán- — 323 — sito á Triana desde el veintiséis de diciembre; y aunque la creciente tomó la misma altura que en el mes de enero, por la parte inte- rior de la ciudad fue corta la inun- dación, por el poco tiempo que es- tuvieron cerrados los husillos, su- puesto que antes de espirar el año había vuelto el rio á su centro. Año 1823 . Los que aun viven y pueden dar cuenta de los sucesos de aquel año, afirman que la avenida del Gua- dalquivir y la inundación que por consecuencia de ella sufrió Sevilla, fué de las mayores de este siglo. Y sin que abriguemos la m^nor duda sobre su verídico testimonio, cúmplenos decir en obsequio de la verdad, lo que parecerá mentira a nuestros lectores: que han sido mutiles cuantas investigaciones hemos hecho por descubrir algún documento impreso ó manuscrito que nos proporcionara detalles con- cretos del suceso, par a formar una relación mas ó menos completa, co- mo nosha sido dado verificarlo de otros análogos de épocas muy dis- tantes de la presente. Ni en el Ar- chivo municipal, ni en las Biblio- tecas Provincial y Colombina, ni en las particulares de nuestros amigos y aficionados á los estudios de historia, se conserva colección alguna de los muchos periódicos que veian la luz en Sevilla enaque período de publicidad y de liber- tad de imprenta; ni aun las actas capitulares, álas que hemos recur rido, contienen mas que acuerdos generales con motivo de la cala- midad, sin referir hechos detalla- dos, siquiera los mas culminan e Esto nos prueba cuan difícil s escribir en sudia con conciencia historia del siglo de la ilustración J déla prensa, y ya se convencería ello los que con sana intención y píritu desapasionado lo inten a — 331 — circunstancias especiales quedase libre del ataque de las corrientes y se salvara de la inundación. Lo su- cedido en el año á que nos referi- mos, justifica nuestra opinión so- bradamente. — El seis de enero cre- ció el Guadalquivir, pero sin ex- tenderse fuera del primer malecón y entradas del puente; y á la vez por el lado de levante, reventando el despreciado Guadaira con fuerza y rapidez inesperadas, se derramó por todos los campos sus colindan- tes, inundando los barrios de San Bernardo, la CalzadaySan Roque; y subiendo con violencia extraor- dinaria las aguas aglomeradas en el prado bajo de Santa Justa, cu- brieron toda la alcantarilla de las Madejas, penetrando en la iglesia y convento de San Agustin, edifi- cio que hoy sirve de presidio, sor- prendiendo á la desprevenida co- munidad, que no recordaba hecho semejante desde su fundación. To- — 332 — marón las aguas por aquella parte mas de nueve pies de altura, y si no se ocurre con prontitud á cu- brir con fuertes tablones la puerta de Carmona, hubieran sin remedio penetrado en la ciudad. Los representantes de esta, reu- nidos en Cabildo extraordinario bajo la presidencia del Asistente, que expuso la urgencia con que era preciso acudir para evitar los gra- ves daños que debian temerse de avenida tan pronta como imprevis- ta, que aumentaria con el fuerte temporal que se esperimentaba desde la noche anterior, nombra- ron una Comisión de su seno que constituida en sesión permanente, acudiera con cuantos recursos con- taba el Ayuntamiento en auxilio de los afligidos moradores délos bar- rios inundados, y en la seguridad de que sus actos serian dirigidos a salvar al vecindario de la terrible catástrofe que podria sobreve- — 333 — nir, si las aguas tomaban mayor ele- vación. También se adoptaron seve- ras providencias para evitar que los panaderos aumentaran el precio del artículo de sutrádco, obligándoles á que amasasen diariamente mayor cantidad de hogazas mientras du- rara aquella apurada situación, fa- cilitándoseles para ello trigo de la Alhondiga ó de almacenes de perso - nas particulares existentes en [la ciudad, y arbitrando otros muchos recursos para que no faltaran ni en- carecieran las subsistencias. Todos estos acuerdos fueron aprobados en el acto por el Asistente, y la Co- misión entró desde luego á desem- peñar su cometido, egecutándolo con discreción y acierto, mere- ciendo un voto de gracias que acordó el Ayuntamiento en Ca- bildo de trece del mismo mes, por que el conflicto habia cesado eldia ocho en que entró el rio en su cauce. — 334 — Af?o 1831. Medidas semejantes á las que dejamos reseñadas, tuvo que acor- dar el Ayuntamiento con motivo de mayor y mas prolongada ave- nida en enero del año siguiente. Desde el dia doce se pasó á Triana por borriquetes, á consecuencia del desborde del rio, después de muchos dias de lluvias, las que continuando sin intermisión hasta el veinticuatro, cerrados los hu- sillos, produjeren grande inunda- ción en el interior de la ciudad, además de la que sufrían los bar- rios exteriores. La Comisión que el Ayuntamiento nombró con am- plias facultades y á cuya discre- ción y celo antes probado, come- tió cuantas medidas estímase opor- tunas, tanto para socorrer á los vecinos de los sitios anegados, como para evitar que los agiotis- tas, prevaliéndose de la ocasión, encarecieran los artículos alimenti- r — 333 — cios de mayor consumo aumen- tando con ello el conflicto, hizo acertado uso de aquellas faculta- des, llenando cumplidamente los deseos de la Corporación munici- pal, á la que daba conocimiento de ellas tan luego como las decre- taba, mereciendo que con repeti- ción se le acordase voto de gra- cias. . La inundación esterior cu- brió los muelles, avanzando por el Arenal hasta el maleeon grande, llenando la Vega y mucha parte del arrabal de Triana: por el in- terior de la ciudad estuvieron inundadas hasta el dia veinticinco en que desaguó el rio, la Alameda de Hércules y hasta mas de un tercio de las calles de las Palmas y del Amor de Dios: toda la del Puerco, (hoy de Trajano) hasta llegara! templo parroquial de San Miguel, é igualmente las de las Armas, de Cantarranas y Paje- ría, ahora denominadas de Gra- — 336 — vina y Zaragoza, por su procsimi- dad á los husillos de las puertas Real y de Triana. Pasó el conflicto, y asegurado el buen tiempo á fines de enero, procedióse á la reparación de las averias de la riada, y á sufragar los crecidos costos de reforzar el puente de barcas, reponer los bor- riquetes que facilitaban el tránsito al mismo, y habilitar de otros úti- les deteriorados, en previsión cau- telosa de futuros siniestros que no se hicieron esperar mucho tiempo; porque el dia cinco de abril sepre- sentó fuerte temporal que desbordó al Guadalquivir de sus márgenes el once, llenándose de agua la Ala- meda, hasta el diez y siete en que ya quedó en seco. Repitióse la avenida el primero de mayo, reco- giéndose el rio á su lecho el dia cinco; y para que se contasen has- ta cuatro en aquel lluvioso año, todavía en el mes de diciembre, — 337 — desde el trece al diez y geis, fue necesario para atravesar al puente usar de borriquetes. Años 1832 y 1834 . Aunque de corta duración y no muy crecidas hubo riadas en ambos años, según el Diaria áe Don Félix González de León. En el primero del tres al seis de enero, y al prin- cipiar abril, pero volvió el rio á su centro sin causar grave daño. En el segundo del veintiséis al treinta de noviembre, que tampoco tuvo ulteriores consecuencias, por mas que fueron temidas del Ayun- amiento, en vista del fuerte tem- poral que reinaba, y que le obliga- ron á proveer con urgencia la pla- za de maestro mayor del puente que había quedado vacante. Año 1838 . La avenida del Guadalquirir en este año, que empezó el trece de febrero y no terminó hasta el ocho de marzo, con el sólo intérvalo de 43 — 338 — seis dias desde el diez y siete al veintitrés en que estuvo encerrado en sus márgenes, presenta una faz nueva en la série de los diversos conflictos que siempre traen á Se- villa esos tristes acontecimientos. Lluvioso el invierno desde su prin- cipio, y paralizadas por esa causa las faenas agrícolas, refugióse á la capital multitud de trabajadores que no tenian en qué ocuparse, y que carecian por otra parte de recursos para sostener á sus fami- lias, los que no contentándose con la limosna que obtenian imploran- do la caridad pública, tomando una actitud hostil y amenazadora, qui- sieron conseguir por la violencia lo que no lograban con el ruego. Así fue que en el primer peno ® de la inundación, y cuando el (? ua dalquivir daba aquella pequeña tre- gua, los llamados trabajadores c metieron algunos desmanes, 7 asaltando á los panaderos de Ale — 339 — y Mairena cerca déla Cruz del Cam- po cuando se dirigían á la ciudad con sus cargas, ya quitando á viva fuerza el pan que de esta se re- mitía á San Gerónimo para los al- bergados en el Hospicio. En el dia diez y siete subió de punto la auda- cia, presentándose en son de tumul- to delante de la Casa Consistorial, pidiendo pan y trabajo con desa- forados gritos, dirigiéndose después en grandes turbas á la Plaza prin- cipal de abastos, revelando con sus ademanes y sus palabras la inten- ción de apoderarse de las sustan- cias alimenticias acumuladas en aquel centro. Afortunadamente las enérgicas medidas que con pronti- tud adoptaron las autoridades, es- tableciendo retenes en varios pun- tos y enviando al mas comprome- tido gran número de individuos del .cuerpo de protección y vigilancia, dirigidos por sus expertos Jefes Campa y Galvez, fueron bastantes — 340 — para impedir que los amotinados consumaran sus atentatorios pro- pósitos. Esa perentorio medida no era sin embargo suficiente para evitar el mal que amenazaba mientras subsistiese la causa prin- cipal que lo producía. Era indis- pensable adoptar otras de diversa índole que facilitaran á la clase indigente medios para vivir, sin llevarla al extremo de la desespe- ración; y á este fin dirigió todos sus esfuerzos la municipalidad, única corporación que había de proporcionar los medios de conse- guirlo, porque ya no habia que contar con los auxilios que con largueza en casos semejantes pro- digaban el Cabildo eclesiástico J los monasterios de la Cartuja, San Gerónimo y San Isidro del Campo, entre cuyos bienes algunos habían sido adquiridos con la obligación de destinar sus rentas en casos de inundaciones, al socorro de los — 347 — ASo. 1839. Repetidas veces en este año sa- lió el fio de sus márgenes, pero recogiéndose pronto á su centro, solo estuvieron inundadas las Ve- gas. No por eso en una de aque- llas, á principios de noviembre, dejó de causar graves daños la furia del temporal que arrancó muchos ár- boles del paseo junto á la Torre del Oro y Cruz de la Charanga, uno de ellos muy corpulento y an- tíguo,que cayendo sobre una casi- lla de madera que estaba inmediata, la hundió lastimando gravemente á cinco personas que se habian refugiado en ella. En el siguiente mes de diciembre, todo élvário de vientos y lluvias, sin que se viese el cielo despejado un solo dia, des- de el once hasta el quince estuvo desbordado el Guadalquivir á bas- tante altura, causando daños con- siderables en la banda izquierda desde el puente. Mayor en la calle — 348 — del paseo á las Delicias que llaman de las moreras, á la que traía di- rección recta la voluble corriente de las aguas, destruyó por aquella pártela barranca, dejando el paso intransitable, y amenazando, en nueva avenida extenderse al jar- din inmediato. — Por eso fue pre- ciso que el Ayuntamiento se ocu- pase inmediatamente de la necesi- dad de remediar aquel daño y precaver otros mas graves y tras- cedentales para lo sucesivo; y en su virtud, acordó y se llevó á cabo sin interrupción la obra de colocar en aquel sitio una fuerte estacada, plantándose después muchos árbo- les de condiciones especiales ai intento, con lo que se remedió e daño, ofreciendo la seguridad ne- cesaria de que allí en mucho ae po no se repetiría el mal, atendí la extensión y solidez de la obr • Arios 1840 y 1841. . Al mediar el mes de dieiem — 349 — del primero, sobrevino fuerte tem- poral de aguas con vientos del Su- doeste, que deteniendo la marcha del, Guadalquivir produjo desde el di a diez y nueve, como de ordina- rio en tales casos, el desborda- miento de su cauce, permitiendo sólo á pié por borriquetes el paso por el puente. Aunque recogido el veintitrés, no por eso cesaron las lluvias, que paralizando los traba- jos de la clase jornalera, especial- mente en Triana, pusieron á mu- chas familias faltas de todo recur- so á punto de perecer de miseria; por lo que ya entrado el nuevo año, los Alcaldes de aquel barrio con otros vecinos acomodados, acu- dieron á la autoridad superior de la provincia en solicitud de que para evitar el mal que amenaza- ba, se adoptasen prontas y salva- doras providencias. Reunióse en su virtud el Ayuntamiento en se- sión extraordinaria el dia seis, en — 350 f- que por haber crecido el rio, se habían, cerrado los husillos é inun- dádose las calles contiguas al de la puerta de Triana, y se nombró una Comisión especial de riada que recaudara limosnas de las Corpo- raciones y personas pudientes, y que, en nombre de la municipali- dad, autorizada por la Diputación provincial, para sufragar con los fondos de propios los gastos que fuesen indispensables, proveyese con ámplias facultades á los ser- vicios de diferente índole que ta- les sucesos ocasionan, cuidando ante todo como el mas urgente de que en aquella misma noche se amasaran panes por cuenta, del Ayuntamiento, para distribuir en Triana mientras durase él conflic- to, de libra y media para los adul- tos y de una páralos individuos de menor edad de las familias desvalidas.- — Cesó aquel por e. pronto pasados algunos dias, pe* -^351 — *°' p Analizar el lirismo mes de enero, se reprodujo el temporal y la aglomeración de las aguas del Guadalquivir y Guadaira sobre los barrios de Trianay San Bernardo, que hicieron en este necesario el uso de lanchas para que pudieran atravesar sus calles los vecinos en los días siete y siguientes hasta el quince en el que, aunque conti- nuó la riada del diez y siete al veinte, pudo dar cuenta al Ayun- tamiento su Comisión especial del resultado de sus tareas, de las li- mosnas qué se recaudaron y de su inversión, mereciendo por el ex- traordinario eelo y actividad eon que desempeñó su cometido que se aéordara un voto de gracias á los individuos que la compusieron. — Entre las personas que acredita- ron sus sentimientos caritativos y su desprendimiento generoso, dis- tinguióse en esta ocasión y tam- bién en otras posteriores aunque S — 382 — por causa diversa, el comercian- te DonJuan Murphi, que suminis- tró por muchos días un quintal de bacalao para los pobres de Triana, y otro quintal y ochenta medias de pan para los de los barrios de la Cestería y Baratillo. Dios le ha- brá pagado con usura el bieu que siempre procuró hacer á sus se- mejantes. Año 1843. Parece que en este siglo es el mes de febrero el destinado con preferencia para traer á Sevilla ios conflictos de las inundaciones. Desde el dia diez y siete hasta el primero de marzo estuvo el Gua- dalquivir fuera de su madre, y aunque no tomó en tanto tiempo altura extraordinaria, si bien bastante para que estuvieran inun- dadas las vegas, como estaban cei rados los husillos la inundacio terior de la ciudad fue muy derable. Así es que las aguas — 3S3 la Alameda de Hércules alcanza- ron hasta la mitad de las calles del Puerco y de las Palmas, y en las puertas Real y de Triana y el es- pació que mediaba entre ambas no podía atravesarse sino en car- ros ó lanchas y por pasaderas fi- jas en algunos sitios. Consiguien- te a este estado, la paralización de los trabajos de la clase jornale- ra, y el ordinario apuro de escasez de medios para sostenerla y evitar ios escesos á que el hambre la precipitarla, de los que va dio muestras, según manifestó'el Al- calde al Ayuntamiento en la sesión extraordinaria que se celebró el día diez y seis con asistencia de muchos vecinos acomodados de la población, cuyos consejos y auxi- lios era oportuno tener en cuenta. Como^resultado del amplio debate que ofreció el asunto de la reunión, se acordó aplicar desde luego una corta cantidad que existia en ar- 43 cas disponible, y, luego recaudar otras mayores, ya de las oferta que hicieron generosamente mu- chos de los que asistían y de otras personas y corporaciones que se- rian invitadas, ya ; también la su- ma de ochenta mil reales que, pre- via la autorización necesaria, se es- peraba obtener de los fondos del acueducto, y que no solo se invir- tió, sino cuarenta mil mas de la misma procedencia con calidad de reintegro. Con estos recursos se dió ocupación por muchos días a los jornaleros, allanando el ter reno en las puertas de Gamona y San Fernando, rellenando hoyos en el Perneo y Monterey^ reíor^ zando los malecones de la Barqu ta y la Macarena, y baciendo^a ^ gunos otros trabajos en diferen sitios de las afueras de ia cmd^ El jornal que se los operarios era de cu ^r J e á los que traían pico o azada, á los de espuerta y dos á los de- más. Aun así el dia veintiuno, ago- tados los recursos, se acordó por el Ayuntamiento, á propuesta del Alcalde, que en el siguiente apare- ciera fijado un edicto reduciendo el jornal á dos reales si traían los braceros instrumento útil para las faenas: que no se abonara en Tria- na por no haber allí en qué ocu- parlos, y que en cuanto el tem- poral cesase concluyesen los so- corros. — Puede considerarse cuán apurada seria la situación del Ayuntamiento, teniendo en cuenta que el rio no bajó hasta el prime- ro de marzo, y que luego el veinti- dós, con nuevo temporal, volvió á desbordarse, no desaguando hasta el veintinueve. Pasó al fin aquel año sin otras avenidas, y para contener algún tanto los da- ños que las pasadas habían causa- do en la*banda de Triana junto al edificio de Cartuja, acordó el — 356 — Ayuntamiento, á petición de uno de sus individuos, que como ha- blan hecho algunos propietarios de aquel sitio para que sus fincas no corriesen la suerte de otras que estaban ya en el fondo de las aguas, se extendiese por aquella parte la plantación de mimbres, arbusto de condiciones especiales para forta- lecer el suelo y presentar mayor resistencia al combate constante de las corrientes del rio. Años 1844 y 1845. Pasó sin novedad el primero de estos años hasta mediados de di- ciembre, en que tomando incremen- to el temporal que reinaba desde su principio, hasta un extremo a ar mánte, desbordó el Guadalquivir el dia diez y siete, continuando o do aquel mes y parte del siguien con alternativas de recogerse a cauce y de repetir la salida, P sin tomar altura notaom. zadas sin embargo las faenas agr- — 371 — y principalmente una obra de mucha importancia eii la orilla izquierda del rio, desde San Telmo á las Delicias, por haber tenido el terreno tres grandes hundimientos que dejaron en malísimo estado toda la línea del paseo. Los gastos que en ella se causaron fueron sa- tisfechos, una mitad por el Gobier- no, considerándola de utilidad ge- neral por ser á la entrada del puerto, y la otra con los fondos municipales. Llegado el mes de setiembre, inicióse la temprana otoñada, con una furiosa tormenta el dia quin- ce, á la que siguió fuerte temporal de aguas, que no cedió sino para dar entrada á otro nuevo, y así sucesivamente en el resto del año, que bien puede decirse fue en más de cuatro meses un temporal con- tinuado, pues apenas hubo dia en que no lloviese con más ó menos fuerza. El diez de octubre fué tan — 372 — copiosamente, con particularidad sobre Triana, que muchos vecinos de Barrionuevo tuvieron que su- birse álos pisos altos de las casas, por estar los bajos completamente Fnundados. Continuaron las lluvias todo aquel mes, cediendo al tanto al mediar el siguiente, pero el veintitrés de éste empezó nuevo temporal, que duró Basta el vel ° t cinco de diciembre con muy cortas corrid^de^toro^, varamente desea- tencia dos célebres m arte tauromáquico, hubo quej ^ pendería .hasta desistan 1 realizarla.— El trece _ már - mes se desbordo el ri _ p r ja- genes, cubriendo la V<W» na; y cerrados los husillos de‘ ] a Lior de la ciudad, se mundo — 373 — Alameda de Hércules. — Así conti- nuó los dias siguientes hasta el diez y siete en que desaguó.— To- mó el rio otra vez altura el dia veinticinco, subiendo mas de nue- ve piés sobre su nivel ordinario, y por consecuencia se inundaron de nuevo la Vega, la dehesa de Ta- blada y la Alameda, sin alcanzar á otros puntos por haber cedido el temporal, aunque sin dejar de llo- ver. Todos estos eran anuncios de una grande avenida del Guadal- quivir que por su larga duración, aun mas que por la altura de las corientes, habia de traer graves conflictos á Sevilla. Año 1856. Con lluvias empezó enero, y el dia seis, fuera ya el Guadalquivir de su cauce, se inundaron las Ve- gas á la vez que en la ciudad los sitios bajos, consiguiente á las me- didas que se adoptan para impe- dir que aquel penetre á su interior. — 374 — Desbordado también el Guadaira interceptaron sus aguas los ca- minos de Alcalá, y no pudieron ve- nir con sus cargas los panaderos que surten en gran parte los mer- cados. En todo aquel dia y en el siguiente, no era llover, sino que las nubes arrojaban un diluvio, con viento fuertísimo del Sudoes- te y terribles tormentas que des- uidieron vanas chispas eléctricas, una de las cuales cayó en la Gi- ralda. Contenidos dentro de la ciudad los torrentes de agua que caian, llegaron las de la Alameda en el mismo dia seis hasta la. Igle- sia parroquial de San Miguel, avaozando en aumento progresi- vo en su dirección por esa parte, hasta pasar el dia nueve mas aca del buzón de la casa Correos si- tuada en la calle de las Sierpes. —Entre tanto el no seguía ere ciendo, con alarma de todós habitante? de Sevilla; y aunq — 375 — cedió un poco el temporal en la tarde del ocho, en la mañana del nueve perdióse la esperanza de que bajase, con el anuncio de las autoridades de Córdoba, de que por allí tomaba crecimiento con la mucha agua que traian sus afluentes. Sintióse aquí en efecto desde el dia diez la subida que continuó basta el once, sin que empezara á menguar hasta hora de las nueve del dia doce; pero entre tanto, la inundación de la ciudad por el interior aumentaba, llevando nueve dias el quince de estar cubierta por las aguas mas de su tercera parte, é incomuni- cada, faltando ya siete correos ge- nerales. El diez y siete habia bajado el rio bastante, y sin embargo la inundación por dentro de la ciudad, lejos de disminuir, aumentaba, principalmente en los dias diez y ocho y diez y nueve que llovió sin — 3Í6 «- cesar un momento, volviendo con esto en el último á subir el rio a la altura máxima que antes tuyo, o sea ocho metros sesenta centímetros, que comparada con la á que se e evo en la avenida de 1823 y la ultima de 1876, las mayores de este siglo, resulta que fué inferior 4 'a pri- mera en veinte y ocho centímetro v á la segunda en cuarenta y dos. —Tres dias después, durante t cuales apenas había ten ' do , el J variación, y á las doce de > la m ñaña del veiutidos, se no o descenso de un metro vemta^ centímetros, que continuo la misma proporción en las ^ menguantes siguientes- A ‘ lejos de disminuir la altura n aguas por el lntsrl ° r ® s U P u? ias, cion, como no cesaban la seguía en aumento, y asi fu i avanzando las acumuladasaU^ ^ lio de la puerta del Sol, P de ron en la iglesia parroquial r — 361 — ciones atmosféricas y señales me- teorológicas, que el invierno se- ria muy lluvioso; y diérase po- co ó mocho valor á sus pronós- jicos, por aquello de que el mentir de las estrellas , es muy donoso mentir , ello es que la autoridad superior política de la provincia dirigió comunicación ál Ayunta- miento á principios de octubre, excitándolo para que adoptara precauciones de todo género, algo descuidadas en su concepto, y te- nia razón para asegurarlo, por el largo tiempo en que no se esperi- mentaban crecidas inundaciones, y que reorganizándose los servicios de muy antiguo establecidos para casos tales, se evitaran los graves daños que un descuido pudiera ocasionar. Secundando el Ayunta- miento las intenciones de la celosa J previsora autoridad, pidió infor- me ala Comisión de obras públicas, que dispuso se reconocieran por los 46 . — 36 ? Arquitectos titulares los puntos or- dinariamente amenazados en caso de riadas; y de acuerdo con lo que propusieron estos peritos y lo de- más que estimó conveniente, dió- se cuenta en sesión de su dictámen de diez y seis de diciembre, en el qüe proponia que inmediatamente se procediera á reponer y reforzar el malecón de tierra desde el Blanquillo al Hospital Central por la espalda de las huertas; que se reformara interiormente la tapia del mismo Hospital, punto por donde en 1823 rompió el agua que se introdujo por la puerta del bol; que se construyeran tablones nue- vos para las cajuelas de la puerta de Jerez, y entradas que después de año 1844 se habian abierto en el ma- Wnn el almacén de madera — 3Ó3 — husillos que carecían de reserva, cuyas cajas estaban en el interior de las casas sobre el de la calle de Cantar ranas, de otra de la ca- lle de la Laguna y en el Postigo del Aceite: que se tomara de nue- vo la zapata construida en 1823 , en la muralla, desde la puerta Real á la de San Juan, reforzando la misma muralla, cuyas obras en totalidad, según el presupuesto formado, no pasarían de cuatro mil quinientos reales, siendo suficiente garantía para evitar daños de im- portancia, en la riada que ya se estaba sufriendo. Además de estas medidas que debian considerarse como genera- les y comunes, no podía la Comi- sión pasar en silencio otras que aunque costosas, las consideraba esenciales y urgentes para evitar graves daños en lo futuro. Expu- so, pues, que la ribera llamada de Buerba en su dirección á desaguar — 364 — en el Guadalquivir por el cortijo de Quijano, cuando venia acrecen- tada con las'lluvias en cauce muy estrecho, se desbordaba por la Vega de Triana, para buscar sali- da á la antigua madre por detrás de la Cartuja, atravesando el ar- recife á Extremadura, el que ele- vado recientemente, olvidando que á fines del último siglo hubo que re- bajarlo, á pesar de estar sostenido sobre alcantarillado, y que sus ma- teriales hablan servido para levan- tar los malecones de esta ban- da, oponia ahora fuerte resisten- cia al desagüe, y rechazando la corriente sobre el barrio de Tria- na, lo ponia en grave peligro como también á la ciudad, sobre cuyas murallas se estrellaba la gran masa de las aguas. Que había sido otro grave malpara el mismo bar- rio la rampa de entrada al nuevo puente que debió formarse^ sobre alcantarillado, como se indicó en — 379 — para que en clase de préstamo rein- tegrable, le anticipasen las canti- dades que su fortuna y patriotis- mo les permitieran; y aunque la situación general era apuradísima, por estar enteramente paralizados el comercio y la industria en sus diversos ramos, y la escasez y ca- restía de los mantenimientos in- fluían para que muchos no corres- pondieran con la largueza que en otras ocasiones semejantes, al fln se reunió una suma respetable, con la que la municipalidad pudo ha- cer frente á sus múltiples atencio- nes, hasta que terminó aquel tan prolongado conflicto. No nos es posible dar mas detalles sobre este punto por carecer de ellos, y en verdad que para adquirirlos, no se ha omitido diligencia por nuestra parte. Nos consta, sin embar- go, de ciencia propia, que el pago de la cantidad reunida en préstamo de los vecinos, se trasmitió como le- — 380 — gadoá las administraciones de los años sucesivos, que la abonaron ie- li ojosamente, quedando extinguida la deuda en el año 1 859 . —Nos cons- ta también, aunque tal vez no nos correspondiera decirlo, que el Ayuntamiento, parala distribución de socorros, tuvo celosísimos auxi- liares en los hermanos de la cari- dad, que expontáneamente se ofre- cieron á llevarlos por su mano, si la Corporación se prestaba a pa 2 ar cantidades por cuenta de ere- oído crédito, procedente deatrasos de censos, que deba satisfacer dos Patronatos que la Herm “ administra, y cuyas rentas tie aplicación preferente en cas inundaciones al socorro délas “ s polares de losbarrios anegados. Accedió á ello la Oorporacron nicipal, por serle en dos con ventajosísima la P r0 P u ® s y e dé su por que asi extinguía p . _ deuda, y lo otro porque al mo tiempo se favorecía á mu- chos vecinos sin gravámen del fondo destinado á este objeto, y por personas á quienes no había que remunerar por sus servicios, ni eran llevadas á prestarlos por otro móvil que el de cumplir los fines de su santa institución. La Hermandad, en su virtud, distribu- yó en limosnas de pan y metálico, hasta la cantidad de sesenta y cin- co mil quinientos veinticuatro rea- les con treinta céntimos: lo habia hecho en la avenida del año pre- cedente 1855, do quince mil cua- trocientos cinco con cuarenta y uno, y Sevilla entonces como siem- pre, supo apreciar en lo que valen 3a conducta y los desvelos de los infatigables hijos de Manara, cuan- do se trata de hacer bien, de enju- gar las lágrimas de sus semejan- tes. Los estragos que las desborda- das aguas del Guadalquivir cau- — 332 — saron en la ciudad y sus campi- ñas este año, fueron tan conside- rables, como abundante y durade- ra fué la avenida. No siéndonos po- sible detallarlos en su mayor parte por carecer de datos exactos, que hemos procurado aunque sin éxito, lo haremos sin embargo de algu- nos que nos constan de una mane- ra indudable. El paseo de la orilla del rio tuvo con la riada grande deterioro, por varios hundimientos del terreno, que amenazaban con la inhabilita- ción del tránsito por algunos si- tios, y en el año siguiente, se eje- cutaron las obras necesarias, para que quedara seguro y expedito. Otro daño que podría ser de gravísimas consecuencias,, produjo la avenida del Guadalquivir, ario liando su impetuosa corriente en mucha parte el terraplén ó rampa levantada para subir al puente por el lado de la ciudad, o — 383 — jando desamparado el arco de si- llería sobre la orillad continuación del primer estribo, que según pa- recer de personas inteligentes, en una nueva inundación podía ser destruido por completo, con grave riesgo del resto de tan grandiosa obra, llevada á término á costa de tantos y tan grandes sacrificios. — Debía, pues, ser objeto preferente de la atención del Ayuntamiento la de construir dos fuertes mu- ros de sostenimiento del terraplén, que en todo caso resistieran el choque de las aguas evitando el peligro que se temía, y con ma- yor motivo desde que la empresa constructora del puente declinó la responsabilidad de su conserva- ción durante el tiempo fijado en el contrato, por no haberse levan- tado los muros. No podía por tanto diferirse es- ta obra, aunque costosa indispen- sable, pero tampoco el Ayunta- miento teñía medios para empren- derla por administración, después de intentar su remate en . subasta publica, por que no acudió al acto licitador alguno. Al fin, redoblan- do su diligencia, consiguió contra- tarla con la Sociedad del crédito movili.ario por la cantidad presu- puesta de seiscientos, treinta y ocho mil quinientos veinte y^ocno reales, mereciendo el contrato a aprobación del gobierno que relevo á la municipalidad de las for-ma dados establecidas para concerta servicios de esta clase por lo apr miante de las circunstancias, obra se emprendió desde iu o en agosto de 1857, y continuada sin demora hasta su terminó se tuvo la seguridad deda^conser cion del con que se u» en nuestros dias. T Mayor desastre, aunque de diversa índole, de suma tra ¡eguridad de la conseu» puente, preciosa albaj^ se ha engalanado oe f— 38o — dencia, había traído la inundación de 1856, cuyo recuerdo, por estar grabado en nuestra memoria de tal modo, que no se borrará mientras nos dure la vida, merece le dedi- quemos algunas líneas. Las aguas del Guadaira acumuladas sobre los ^últimos patios del cementerio de S. Sebastian, propios del Ayun- tamiento, tuvieron fuerza bastante para derribar por su basa los mu- ros del ángulo al Sudeste, y como consecuencia de esto, muchas filas de nichos adosadas á aquellos, construi das principalmente con jeso, se habían desplomado, vi- viendo al suelo confundidos con los materiales los restos venerandos que contenían. Como medida tran- sitoria, y bajo todos conceptos urgentísima, la Comisión municipal que tenia su á cargo cuidar de los enterramientos, habia dispuesto fiue aquellos restos se depositaran ea Ja contigua ermita de S. Se- 49 — 386 — bastían, y luego promovió un ex- pediente para su inhumación de- finitiva. Había otro en la Secre- taría de la Corporación formado en 1853, porque esta, desde que se puso al servicio del público el cementerio de San Fernando, te- nia acordado que se demoliera el de San Sebastian, y que los restos de los cadáveres en este existentes fueran trasladados á un grande osa- rio que debería construirse en el primero, cuyo proyecto se aprobó, y hasta quedó rematada la obra en el verano del mismo año. Otras atenciones preferentes y los suce- sos que después sobrevinieron in *~ pedirían sin duda su ejecución; 0 cierto es que la riada de 1856 vino á demostrar que eraineonvenien llevarla á cabo en la forma an e proyectada, por la elevación -9.® habían tomado las aguas, q ue \ terrenos bajos como el del eem. terio de San Fernando, no p e ti a profundizar ni aun la mitad de los veintiún pies que debía tener el osario contratado. Por eso la Comisión de Cementerios acordó en treinta de enero que el arquitecto titular formara el proyecto de otro nuevo, dándole mayor extensión y menos profundidad, y lo verificó calculando en sesenta y ocho mil seiscientos ochenta y cinco reales la obra, que fue aprobada por el Ayuntamiento en cabildo de once de marzo. Mereció serlo también por la Diputación provincial, y en su virtud, previas las formalidades prescitas, se anunció la subasta, y llegado el dia del remate, diez y seis de agosto, no hubo postor; y repetido el acto el treinta del mis- mo mes, tampoco se presentó pro- posición alguna, porto que el Ayun- tamiento, en sesión de doce de oc- tubre, acordó volviera el proyecto al arquitecto para su reforma, en cuyo estado se hallaba elespedien- — 388 — te, cuando á fines del mismo mes fué renovada aquella Corpora- ción. Tocónos también entonces for- mar parte de la nueva, y entre otras comisiones con que se sirvió honrarnos, formamos parte de la de Cementerios. A la vez el Alcal- de tuvo á bien delegar en nosotros la vigilancia de la ejecución de los acuerdos concernientes á tan im- portante ramo, con especial en- cargo de que le propusiéramos cuantas determinaciones creyéra- mos oportunas para el mejor ser- vicio del público. Aceptamos nues- tro cometido con satisfacción, por- que nos considerábamos por él muy honrados, y deseosos de de- sempeñarlo con todo el acierto que nos fuese posible, examinamos todos los expedientes que en la Comisión existían, y fijándonos en el de que hemos hecho mérito, y pa- reciéndonos por instinto, que era — 482 *— »á'bieñ : aprobar él proyecto, que » iniciado por la Academia de Be- llas Artes, desarrolló' con toda » claridad é inteligencia el 1 arqui- »tecto vocal de la Comisión de » obras de la Municipalidad Don »Edüardo Gárciá Pérez; emplean- »dóse en su ejecución la cornbi- >nación dé los dós pensamientos >que propusieron los arquitectos >municipales, y que admitió' lá » mencionada Comisión de obras >etéi ! ...> i Las palabras que he transcrito de la Real orden de trece de se- tiembre de mil ochocientos sesen- ta' -y dós, qué acompañó al devol- ver el expediente el Excelentísi- mo señor Ministro de la Gober- nación, después de quedar en- la Junta consultiva de Policía urba- na copia délos planos de la obra y de su Memoria descriptiva, de- muestran mejor que pudieran ha- cerlo mis débiles razonamientos, — 483 — que V. E. no puede innova r nada que afecte en lo mas mínimo á lo esencial del proyecto, sin obtener previamente por los mismos trá- mites la Real aprobación, y que de lo contrario, incurre en grave responsabilidad. Por eso be dicho antes, que la egecucion del acuer- do de veinte y ocho de agosto, que en todas sus partos y con pasmo- sa rapidez se está llevando 1 á efec- to, traspasa de las atribuciones de Y. E. ; y por eso tafnbien y sin perjuicio de otras, observacio- nes que la angustia del tiempo no me permite exponer, reservándo- me hacerlo de palabra, me atrevo á rogar á V. E., que tomando en consideración mis reverentes sú- plicas, acuerde: Primero. Que desde luego se suspenda la demolición de la mu- ralla desde el límite que se señaló en ella á la altura del terraplén del ferro-carril, conforme al pro- yecto que está aprobado de Real orden; comunicándose inmediata- mente las que sean oportunas á los arquitectos de la Ciudad y al Se- ñor Concejal encargado de la vi- gilancia de las obras. Segundo. Que se cite á Ca- bildo con la cualidad de revocar el acuerdo mencionado de veinte y ocho de agosto; y que en el que se celebre, se acuerde cumplir extric- tamente lo que se dispuso en el de diez y nueve de mayo, dando la dirección mediata de todas las obras, al entendido autor de su proyecto Don Eduardo Oarcia Pé- rez, vocal de la Comisión de obras públicas, y con quien se pongan de acuerdo los arquitectos titulares, que son los inmediatamente encar- gados de la egecucion de aquellas. Sala Capitular á nueve de oc- tubre de mil ochocientos sesenta y y tres . — El Regidor Síndico , Fran- cisco de B. Palomo.» — 485 — La casualidad ha hecho que en- tre multitud de papeles de nuestra revuelta mesa de estudio, se con- servara el borrador del preinserto documento, cuyo original, con el expediente en que se presentó, ha padecido extravio. Consta sí en las actas Capitulares el acuerdo del Ayuntamiento, después de la empe- ñada discusión que sostuvimos con la energía que nos prestaban nues- tras firmes y antiguas conviccio- nes en el asunto, contra los demás individuos que opinaban de otro modo, por creer que soñábamos cuando suponíamos que después de las obras hechas para que sea más corta hasta Sanlúcar la dirección del Guadalquivir desde esta ciu- dad, y más rápida la corriente de sus aguas, todavía podían temerse avenidas, que alguna vez|superaran el terraplén de la vía férrea, vi- niendo á chocar eontra las mura- llas. — Los que aun viven de los — 486 — que contradecían nuestra opinión, ya habrán reconocido con senti- miento que no era tan desacerta- da; que no era efecto de una preo- cupación de nuestro ánimo, sino hija del convencimiento íntimo que adquiriéramos por el estudio dete- nido de los antecedentes históricos, y por algunas nociones sobre la geografía y la geología de esta parte de la Península Ibérica. Al fin el acuerdo del Ayunta- miento se redujo á aprobar el pri- mer extremo con que concluía la proposición, quedando encargado de su cumplimiento el Concejal que tenia bajo su dirección las obras; disponiendo además que se sometieran las indicaciones del Síndico á informe de la Comisión del ramo, sin perjuicio de parti- ciparlo á los Señores Concejales, cuando tuviese formulado su dic-, támen, á fin de que pudieran con- sultarlo y examinar ocularmente — 487 — el terreno, antes de emitir sn vo- to.-— En cuanto á lo primero, le- jos de suspenderse los derribos en a muralla, ó de limitarlos hasta cierta altura, continuaron con ae- I 1V] dad incansable hasta nivelar con el suelo. En cuanto á lo se- P as ^ res tante del año ooá, y todo el siguiente, sin que a Oomision diese dictámen ni in- dujera la mas leve gestión en el asunto, que nuestra delicadeza, despees de lo pasado no nos per- mitía agitar, estando ja, yeso era io mas. importante para nosotros, tranquila nuestra conciencia, por 9 u e habíamos hecho todo lo que según ella era de nuestro deber y este no llegaba hasta el punto de empeñar contienda diaria con quie- nes por ser de otra opinión, no te- nían voluntad de hacer lo que de- seábamos. Dejamos, pues, en ese estado el asunto al finalizar el año 1864, des- — 488 — nudándonos de la toga popular y retirándonos tranquilos al hogar doméstico, con el firme propósito de no volver á vestirla ni de pisar con carácter oficial los umbrales del Consistorio. — Pronto, sin em- bargo, lo quebrantamos; porque en el verano del año siguiente, con motivo de la cruel epidemia que afligió á Sevilla, se nos llamó para formar parte de la Junta de Sani- dad, y allí acudimos al punto para prestar los desinteresados auxilios que estuvieran á nuestro alcance, sin otro deseo que el de satisfacer las más nobles y dulces aspiracio- nes del alma: contribuir al bien de nuestros semejantes en la medida que nos cupiese, que con lograrlo, ó con el convencimiento al menos de haber hecho todo lo posible para conseguirlo, se obtiene la mayor recompensa; superior á cuantas pueden conceder los hombres.— En ocasión reciente, y por una — 489 — causa análoga, hemos vuelto á que- brantar aquel propósito; v léjos de arrepentimos de ello, siempre ha- remos lo mismo, dadas iguales cir- cunstancias. Tampoco en los dos primeros meses del año 1865, cujas actas Capitulares ahora hemos exami- nado, se encuentra acuerdoalguno sobre el asunto, que á consecuencia de nuestra mocion quedó pendiente desde nueve de octubre de 1863. Pero en la de veintiuno de marzo de aquel año, resulta, que habiendo solicitado la Empresa del ferro- carril de Córdoba j los señores Pikman j Compañía que se seña- lase la altura definitiva del arrecife J andenes inmediatos á los Hume- ros, se ojó sobre ello á la Comisión de obras públicas, la que con este motivo declaró no haberse cumplido acuerdo de nueve de octubre de li>63 sobre nuestra proposición, «y que consideraba de resolución 62 — 490 — precisa^ opinando que se dejara sin efecto la deliberación combatida por el entonces Síndico, constru- yendo el trozo de ronda con entera sujeción al proyecto aprobado por el Gobierno, para eximirse de toda responsabilidad, sujetando á una base fija los puntos de nivel, cuyo señalamiento reclamaban otras partes interesadas en la termina- ción decisiva de este negocio. — El Municipio se conformó con el dictámen relacionado, estimando innecesarias otras formalidades para aprobarlo .desde luego, por encaminarse á obtener la obser- vancia de un plano autorizado por la corona.» Era ya tardío el remedio; y no diremos mas sobre este punto, que no sabemos volviera á ser materia de exámen de la Corporación mu- nicipal: queden al acertado crite- rio del discreto lector, los co- mentarios á que se prestan sus — m — volvió á crecer el Guadalquivir, sin que durante diez dias dejara de te- ner alarmados á los habitantes de bevilla, y en incesante ocupación á las autoridades para prevenir ó aminorar los males conocidos por larga esperiencia en tales casos, hlegó en altura el rio el dia veinte á veintiocho pies, y á catorce el arroyo de Miradores en el prado de Santa Justa. — Desbordado aquel por las inmediaciones de Cartuia sobre la Vega de Triana, se unie- ron sus aguas con las de la ribera de Buerba. A la vez el Tamargui- do había subido en términos de invadir el sitio de Eritaña, alcan- zando parte del jardin de las Deli- cias, y uniéndose por otro lado con e í Guadaira.— Por el interior de la ciudad se inundaron los mismos puntos que en los primeros dias el mes, y además las calles de la Dársena, Dos de Mayo, Maese Ro- ri o° > del Carbón, de las Armas y — 498 — toda la acera del Campo de los Mártires, hasta llegar á la iglesia de San Benito desde la alcanta- rilla de las Madejas; de donde hubo que trasladar á otros sitios sobre veinte y siete familias. A fin de precaver las lamenta- bles consecuencias de esta aveni- da para las clases pobres, aun no repuestas de los perjuicios de las pasadas, el Ayuntamiento propor- cionó trabajo en servicios públicos á_ muchos jornaleros que no tenían ocupación, y que carecían por tan- to de recursos para sostener sus familias. Influyó también con los dueños de las grandes fábricas para que no interrumpieran sus tareas, y excitó á los propietarios de fin- cas para que continuaran las obras que en ellas tenían emprendidas. Con estas providencias, la gestión constante para que no escasearan los mantenimientos de mayor consu- mo en los mercados, y con los recur- — 499 — sos propios de la Corporación, y los que pudo facilitar el Goberna- dor de Cuenta del Gobierno del ca- pítulo del presupuesto general del Estado aplicable á calamidades pú- blicas, pudo salvarse la situación aflictiva en que se vió Sevilla, sin mayores sacrificios. El rio volvió á su centro el veinticuatro, proce- diéndose en seguida á limpiar con esmero la parte de la ciudad que es- tuvo inundada, de los sedimentos que quedaron, cuyas emanaciones podian ser muy nocivas á la salud pública, principalmente estando ya en la estación primaveral. Año 1867. Desde el once de enero empezó á crecer el rio con lentitud hasta elevarse á quince pies sobre su nivel en la mañana del dia quince. Cediendo algún tanto el temporal en los inmediatos, bajó progresiva- mente hasta quedar solo en ocho piés y medio en la tarde del diez — 500 — y ocho. Creció de pronto en la mañana siguiente elevándose otra vez á quince pies, conociéndose en seguida la causa por aviso de P efíaflor de que por aquel punto habia tomado el Guadalquivir cuatro metros de altura sobre su nivel, esperándose que aumentara según la abundancia délas lluvias. Tan alarmantes nuevas confir- madas por el hecho de haber su- bido aquí en la tarde del mismo día diez y nueve á veintiún pies el rio, fueron causas bastantes para que el Alcalde Corregidor, Gober- nador á la vez de la Provincia asesorándose en Junta con los tenientes de Alcalde adoptase con prudente discreción medidas preventivas de toda clase, para conjurar los males de diferen- te índole que amenazaban á Se- villa. Estableciéronse en su. virtud co- municaciones telegráficas con Cor- doba yPeñaflor de donde se reci- bían dos partes diarios sobre la al- teración de las corrientes: se pre- vino al Alcalde de Alcalá de G-ua- daira que por ningún motivo, remo- viendo cualquier obstáculo que lo 'impidiese, suspendieran sus viajes los panaderos con el número debo- gazas que traen de ordinario á Se- villa, calculado en la sexta parte del que sus vecinos consumen, que no baja de treinta mil hoga- zas diarias: se concertó con los panaderos de la ciudad que au- mentarían en lo posible la elabo- ración, que podría llegar en caso necesario á una tercera parte mas de lo acostumbrado, siempre que no les faltasen harinas y leña; y para tranquilizarse sobre lo pri- mero, se depuró que, existían al- macenadas dentro de la población sobre trescientas diez y seis mil fanegas de trigo, y que no pasando de mil y doscientas, equivalentes — 502 — á tres mil y trescientas arrobas, el consumo de cada dia, no era posi- ble que se concluyeran, por mu- cho que la inundación durara. Pa- ra facilitar las comunicaciones en los sitios de la ciudad que gene- ralmente se anegan cuando cer- rados los husillos no tienen salida las aguas, se convino con los al- macenistas de madera el alquiler de las tablas que fuesen necesarias para establecer puentes que atra- vesáran las calles y facilitasen á los vecinos la entrada en las ca- sas, además de tener disponibles en considerable número carros y lanchas con diestros y experimen- tados conductores: se solicitó tam- bién del Gobernador de la Provin- eia y de la Diputación provincial auxilios en metálico de los fondos consignados para calamidades pú- blicas, y por último; teniendo muy en cuenta las necesidades de las clases jornaleras principalmente — m la que libra su subsistencia en las faenas agrícolas, paralizadas á cau- sa de las incesantes lluvias, te- ndiéndose además que de un mo- mento á otro la inundación cubrie- ra los barrios de Triana* San Ro- que, los Humeros y otros habita- dos por gente pobre, se acordó como preferible á repartir socor- ros á domicilio, dar ocupación á los trabajadores en varias obras públicas, sin perjuicio de rogar á los dueños ó encargados de las particulares en ejecución, y álos directores de grandes fábricas que no suspendieran sus tareas para evitar que aquellos aumentaran hasta un número excesivo. Cumpliéndose ja estas oportu- nas medidas, j en solícita vigilan- cia de los concejales j dependien- tes del Ayuntamiento todos los hu- sillos j puntos de débil defensa, el rio desde el dia veinte había toma- do considerable altura, teniendo — 504 — cubierta la Vega de Triaua las aguas de la Ribera, el Prado de Santa Justa ias de Miradores, Tablada, Eritaña y las Delicias las del Tamarguillo, estando tam- bién inundadas varias casas en el Campo de los Mártires y la Calza- da de la Gruz del Campo, y algu- nas calles de las feligresías de San Julián y Santa Lucia. — Llegó en la madrugada del dia veintiuno el rio á la mayor altura de veinte y ocho pies y medio, permanecien- do en ella durante veinticuatro ho- ras, y empezando luego el descen- so lentamente. Desde el mismo dia fué preciso socorrer coa abundante limosna de pan y otros auxilios las familias pobres que habitaban en los sitios inundados, que según manifesta- ción al Ayuntamiento por el Pre- sidente en el cabildo celebrado el veintidós, fueron los barrios de Triana, losHumeros, Cestería, Car- reteria, San Bernardo, la Calzada, la Alameda de Hércules y sus in- mediaciones, las puertas de San Juan y Real con las calles conti- guas, las de Cantarranas, San Pa- blo, del Carbón, Maese Rodrigo y otras. — Además los prados y pa- seos próximos á la ciudad alcan- zando en el de la orilla del rio hasta las inmediaciones del male- cón. Emprendiéronse por los traba- jadores á quienes el Ayuntamien- to proporcionaba jornal, las obras que estaban acordadas, y entre ellas, por una de esas aberraciones del ^entendimiento que no tienen explicación, como la más urgente, como la más importante, la de de- uioler la muralla desde la Macare- na al Blanquillo y los Humeros; y no estimando bastante prácticos para dirigir con prontitud y gran- des resultados la operación de pri- var á Sevilla de sus probadas de- — 506 — fensas contra el peligro que amena- zaba, álos aparejadores délas obras de la Ciudad, hasta se buscó con afan, ofreciéndole remuneración ex- traordinaria, á un perito ántes acre- ditado en eso de destruirla obra de Julio César, que respetaron las ge- neraciones de veinte siglos, consi- derando que sin ella quedaba la ciu- dad á merced de su mas cruel ene- migo. — También la manía vertigi- nosa por derribar murallas em- pezó á cebarse en otro trozo de ellas desde la puerta del Sol á la de Córdoba, lo que suscitó recla- maciones por parte de la Comisión de monumentos históricos y ar- tísticos, que fueron bastantes para que por entonces se susdendiera la empresa acometida, hasta tanto que en reunión que se celebrase con sus individuos se fijara lo que debía salvarse de la piqueta destructora, evitando así nuevas reclamaciones de los que tenian el capricho de — 513 — exteriores el noveno, con aviso de Peñaflor de que allí traia siete metros de altura sobre su nivel el Guadalquivir, no sorprendió que en esta ciudad se elevara en aquella tarde hasta veinte y seis pies, y que aumentara cerca de dos en el dia siguiente. Empezó á bajar el once, pero con alternativas de crecer de nuevo, disminuyendo después en los sucesivos, hasta el veinticuatro en que ya quedó en su centro. Si bienios gastos no fueron tantos como en la inundación pre- cedente, porque no fué preciso proporcionar jornal á los trabaja- dores* ni socorros de importancia á las familias inundadas, siempre los de ahora aumentarían bastante la cifra de los que tuvo que hacer el Ayuntamiento enla primera, que habian ascendido á cuarenta y un mil cuatrocientos diez reales, sólo en aquellas atenciones. 65 Año 1869, 1871 y 1872. Pasó el resto de 1867 y los dos años siguientes sin novedad; pero entrado ya el mes de diciembre del último, empezó á tomar incre- mento el Guadalquivir, por lo que en la tarde del día ocho dirigió el arquitecto titular parte á la Alcaldía para advertir, que teniendo ya aquel rio mas de ocho piés sobre su nivel y estando por esta causa impedido el derrame de las aguas de la ciu- dad, era preciso adoptar medidas de precaución. — -En su virtud, se establecieron las guardias en los husillos encargando su vigilancia á los Concejales de turno, quedando las autoridades en espeGtativa cautelosa. Afortunadamente no aumentó la subida de las aguas, y anunciando en la mañana del dia doce un telégrama de Córdoba que allí bajaban con rapidez, cesó aquí en el inmediato el temor de que se formalizara la avenida, siguién- dose el desagüe hasta quedar el rio en su normal estado. Dos años justos duró la tregua • concedida á Sevillapor su constante enemigo, porque al entrar diciem- bre de 1871 , hizo alarde de nue- vo ataque, hasta elevar diez piés sus revueltas aguas el día primero, á consecuencia de fuertes lluvias en la parte altado Andalucia, según aviso de las autoridades de Córdoba, que esperaban mayor crecimiento, atendido lo recio del temporal. Las de aquí tomaron las debidas pre- cauciones, por lo que pudiera so- brevenir; y con efecto, en los días tres y cuatro siguió subiendo el rio hasta llegar á veinte y dos piés No pasó de esa altura; y como el descenso fué rápido desde el dia cinco, no hubo tiempo para que se inundara punto alguno interior de la ciudad, excepto el centro de la Alameda de Hércules, receptáculo de laslluvías de extenso — í!16 ámbito en la parte al Norte, donde quedan detenidas tan luego como se cierra el husillo Real, por el que tienen salida solamente. Entró el año inmediato 1872cón fuerte temporal, que produjo el dia veinte y uno la subida del rio sobre su nivel á nueve pies, con- tinuando el aumento hasta alcanzar el veinte y seis veintidós piés, y doce las aguas estancadas en el Prado de Santa Justa. Luego empezó el descenso; pero tanlenta- mente, que conservando todavia el rio el cinco de febr ero doce piés de altura, reproduciéndose las lluvias se elevó ádiezyochoenel sucesivo, y aumentando y decreciendo con alternativas, llegó el dia quincehas- ta veintiún piés, siguiendo luego el descenso paulatino hasta quedar en caja el veintitrés. Año de tem- porales pertinaces el que dejamos examinado, preludios de inmediata sequia, dos veces mas volvió el — 517 — Guadalquivir i tomar incremento, el siete de marzo y el veintiuno d abril; peroen ambas no f ce f o ae ¿nce piés sobre su nivel, ni por fortuna para la ciuuad, trajo con- secuencias lamentables. Año 1876. Parcos hemos de er en el relato de la riada mas terrible dé la edad presente que formara época em historia de los infortunios esnecie que ha experimentado S~ villa. Al tomar la pluma P»apro- se^uir en la tarea que solo poramoi Titra querida ciudad empre- dimos hace tres meses, llevados del noble y vehemente anhelo contribuir en cuanto nos sea po- blé á precaverla de gravísimos - £o s, de evitar acaso su total ruma, lleo-a á nuestras manos la i em riawe con carácter oficial y por acuerdo del Exorno. Ayuntamien- to ha escrito nuestro amigo Don Joa^uin Duichot, su cronista, con — 818 — los copiosos y verídicos datos que se le han facilitado, con la conci- sión y claridad propias de su esti- lo, y con las oportunas observa- ciones y acertados juicios que so- bre los precedentes y causas de ese triste suceso le permiten sus vas- tos conocimientos históricos. Nada, pues, tenemos que agregar de nues- tra parte, porque hasta los mas mínimos detalles son ya conocidos del público, por estar allí consig- nados, ó bien en los periódicos, que en esta capital se publican y que hicieron de ellos referencia en aquellos dias memorables de au- gustiosa tribulación. Sin embargo^ como se dió el caso que fatídica- mente habíamos previsto trece años antes, sin que nuestras inspiradas palabras produjesen mas que el asomo de la risa en los labios, ya que no el desprecio, de los que las escucnaron, suponiendo que domi- naba en nuestra inteligencia una — m - idea hasta la exageración del fa- natismo: como se repitió después de doscientos cincuenta años el he- cho sin otro precedente en la his- toria, de haber anegado mas de la mitad de las casas de Sevilla las turbias aguasdél Guadalquivir, qué con la misma desvergüenza qne en 1626 al Asistente Fariñas, podría contestar ahora á la pregunta so- bre si esa había sido su premedita- da intención: No tal: antes de largo Y abierta vi la puerta, y heme entraao, como, por último, nuestro trabajo monográfico sobre las inundacio- nes del Guadalquivir en Sevilla, tocando yaá su término en la par- te histórica, sobre otros defectos que nos han sido inevitables, que- daría incompleto si nada digeramos de nuestras impresiones en las dos últimas, algo diremos, remitiendo á los lectores que deseen mas deta- lles á la Memoria de que hemos — 520 — hecho mérito, que se los facilitará cumplidamente. Después de tres años de esca- sas lluvias en toda la baja Anda- lucia, que disminuyeron de un mo- do extraordinario las corrientes de los rios que la fertilizan, los rigo- res del último estío llevaron el mal hasta el extremo de que mu- chos de aquellos de escaso cau- dal quedasen en seco, que se ago- taran los veneros de manantiales ordinariamente abundantísimos, y que los labradores tuvieran que recorrer largas distancias para proporcionar abrevadero á sus sedientos ganados. — El mal tam- bién se dejó sentir en Sevilla, don- de rara fué la casa cuyo pozo diera agua potable en los meses de agosto y setiembre; y aumen- tando cada dia el conflicto, todos sus habitantes ansiaban el mo- mento de que las lluvias otoña- les vinieran á salvarlos de aque- — 824 — lia apurada situación. Llovió al fin, y con abundancia en el mes de noviembre, pero sin que es- te acontecimiento natural y or- dinario en esta estación, y enton- ces muy deseado, ni aun remota- mente suscitase los temores de una próxima y terrible avenida del Guadalquivir. Así es que por mas que la autoridad municipal tuviese tomadas las medidas que por tradición inmemorial son en Sevilla necesarias á la entrada del invierno; aunque hubiese he- cho reconocer por los arquitectos titulares los husillos para cercio- rarse de su buen estado; aunque se encomendara determinadamen- te por turno especial la vigilan- cia de los mismos a los conceja- les; aunque se recibieran dos par- tes en cada dia sobre el estado del rio desde que se notó alteración en su ordinario curso; todo esto no era bastante para conjurar el vO peligro de la ciudad en un mo- mento crítico, atendida la falta actual de defensas de la misma y la magnitud que pudiera tomar aquel, superior á cuantas previsio- nes y recursos en lo humano, con mucha antelación hubieran podido adoptarse. Comprendemos, por tanto, per- fectamente el sobresalto de las au- toridades, cuando se les comunicó por telegrama desde Peñaflor en la noche del cuatro de diciembre, que de súbito habia crecido por allí el rio cinco metros sobre su nivel, dos mas en la mañana siguiente y otros dos por la noche, según nuevos avisos, y que continuaba el ascenso de las aguas. — No habia que perder momento en acordar y egecutar me- didas que aminorasen los efectos de un mal ya inevitable, que podia llegar hasta el extremo de una hor- rible catástrofe; y esas medidas fueron acordadas prontamente y — S29=- estrépito de la lluvia que se des- gajaba á torrentes de las apiñadas nubes. Vino á aumentar el gene- ral espanto la oscuridad completa en que quedó la población á hora de las once, porque penetrando agua en las cañerías del gas, que- daron en pocos momentos apaga- dos los millares de luces que la alumbran. Por otra parte, las de- mandas de socorro de los que te- man ya inundados sus hogares, ó que refugiándose á sitio mas ele- vado huyendo del peligró, veian Grecer por momentos las aguas quelos cercaban, anunciándoles una muerte próxima, sin mas esperanza de salvación que la generosa au- dacia de alguno que acudiera en su auxilio; y la dificultad de socorrer á tantos en aquella hora en que dominando el poder de las tinie- blas, era casi imposible propor- cionar los medios para ello in- dispensables; completaban el oua- — ;m — dro aterrador que presentaba Se- villa. ¡Noche terrible! nosotros que en momentos de excitación por con- tradecirse nuestras opiniones, nos la hablamos figurado en nuestra mente acalorada, estuvimos enton- ces muy distantes de la realidad que ahora ya casi se tocaba. . . . ¡No- che terrible! ni esa ni otras dos, que una inmediata y otra mas tarde siguieron, podemos recor- darlas por un solo instante, sin que involuntariamente se conmuevan todas las fibras de nuestro cuerpo: sin que dejemos de sentir una sen- sación angustiosa en nuestro espí- ritu. Amaneció al fin el dia ocho con el sol brillante, despejado cielo y suave ambiente, peculiares en muchos del invierno de la ca- pital de Andalucía; y después de dar gracias al Altísimo que en su misericordia nos habia de- — 531 — jado ver de nuevo la luz, dirigi- mos nuestros pasos hácia el rio. Estaba este en su mayor altura, cerca de treinta y tres . piés sobre su nivel, y ensoberbecida la impe- tuosa corriente con la resistencia al desagüe, porque en aquella hora estaba subiendo la marea, se arre- molinaba en varios puntos toman- do inversas direcciones en retro- ceso. Por esa causa en algunos sitios llegó á cubrir la rasante de la línea férrea en la dirección desde la plaza de Armas á la Bar- queta, con asombro y esnanto de los que lo presenciaban. Para no- sotros el suceso estaba de mucho antes previsto: y nos tranquilizo algún tanto sobre sus consecuen- cias, la consideración de que ei motivo accidental que lo producía, debia desaparecer dentro de breve rato, f ó sea en cuanto llegara la hora de la menguante; porque ha- biendo cesado del todo el temporal, — 532 — efca probable que la tregua diera tiempo para que bajaran las aguas lo bastante á salvar aquel primero yamenazador peligro. Por fortuna, nuestro aventurado y problemático juicio se confirmó en cuanto llegó la hoFa de bajar la marea, porque quedó, libre de agua la vía-férrea, pasados treinta minutos. Atravesamos luego el puente con intención de penetrar en el barrio de Triana; pero tuvimos que desistir, porque todas sus ca- lles, todas sus casas, excepto solo dos, estaban inundadas, no con aguas aunque turbias mansas co- mo habíamos visto en muchas oca- siones; sino revueltas y agitadas en rapidísimas corrientes que ar- rastraban consigo cuanto se opo- nía á su paso con tanta violencia como las del centro del rio, y que impedían, sin exposición á grave riesgo, que se dirigieran botes á socorrer á las afligidas familias, unas amparadas en lo mas alta de sus hogares, fugitivas otra» después de abandonar cuanto por seian, en busca de sitios mas ele- vados que les ofrecieran alguna seguridad, y expuestas las mas á perecer ahogadas, ó de hambre ó entre ruinas, si hombres de esfor-, zado ánimo que estimaran en po- co el sacrificio de sus vidas ppr salvar las de sus semejantes, no daban el ejemplo de saltar á las lanchas j coger los remos para alentar á los marineros de profe- sión encargados de conducirlas, remisos muchos ante el peligro-, que mejor que los otros podían apreciar en toda su extensión. Las calles de Triana, repetire- mos, en la dirección de Noroeste á Sudeste, que es igual á la del Gua- dalquivir, estaban convertidas en otros tantos rios que era muy di- fícil atravesar, sin que hubiese memoria entre los vecinos mas — 834 — ándanos de aquel barrio, de suce- so semejante, aun en las mayores riadas que habían conocido. — ¿ Có- mo se explicaba este fenómeno? — Si prescindíamos de la ciencia, á la que éramos enteramente agenos, limitándonos al sentido común del qüe nos creemos partícipes, podía- mos dar una respuesta satisfacto- ria. en nuestro juicio concluyente. — Las aguas del Guadalquivir, una vez fuera de su cauce por conse- cuencia de grandes lluvias, que á veces desde su origen vienen á au- mentar su caudal de improviso, al llegar cerca de Sevilla se extien- den en dirección á los sitios mas bajos, para bríscar la salida que no tienen expedita por su via ordina- ria, é inundan por tanto la Vega hasta el arranque de los cerros que dominan por la derecha, pre- cipitándose poco después con la velocidad de un torrente en el mis- mo rio junto á San Juan de Aznal- m - farache. Esto ha sucedido siempre: esto es lo que en casos tales hemos visto repetidísimas veces desde que tenemos uso de razón, según la qué nunca debe haber allí el menor obstáculo que impida el natural desagüe; y esto es también lo que desgraciadamente pretende negar con sus actos la ciencia moderna, olvidando, comodigimosen otro lu- gar, las lecciones de la experiencia ti la enseñanza de los siglos . Se han creado en la Vega dos formi- dables valladares que estorban el libre curso de las aguas, con el al- to arrecife desde el Patrocinio hasta el pié de la cuesta de Casti- lleja, y con el terraplén para la via-fórrea en proyecto á la pro- vincia de Huelva: y en verdad que el Ingeniero que formó el proyecto de la primera de dichas obras, y la dirigió después y llevó á cabo, no debia ignorar lo que ha sido, es y será el Guadalquivir en casos do — ܧ6 — avenidas, ya porque há muchos años qué hizo sobre él de- tenidos estadios desde Córdoba, al lado- de un célebre maestro, cuya reputación de muy entendido era general, no solo en nuestro país, sino fuera de él; ya también por- que hasta en los momentos de dar posesión del suelo la autoridad municipal* para que se emprendie- ran laS obras del arrecife, se lla- mó su atención con insistencia que sé ereia exagerada, sobre los pe- ligros que podrían seguirse á Se- villa y principalmente al arrabal de Triana* de realizar el proyecto en los términos aprobados. (1) Y no (i) Diálogo en la Sala capitular en una ñocha de marzo ó abril del año 1862, entre el ' Teniente de Alcalde del distrito de Tríana y otro individuo déi Ayuntamiento. El Regidor .Muy pensativo lo veo á V. es- tá ñocñé, compañero, — Él T. de A. Me tiene itttiy preocupado el proyecto de uaa obra pública que vá á emprenderse, y que al ente- rarme tíoy eñ el acto dé dar posesión del suélo W Ingeniero para comenzarla, me he conven* bastaba entonces, ni basta tampo- co ahora, que también hemos oido repetir el argumento por lábios autorizados, decir que según los cálculos de la ciencia que los que A cid<3 de que si se ejecuta tal como está apro- bada, ua «le traer muchos perjuicios^ lágri- mas á Sevilla y priaeipatmente á mi qhá«do barrio.— El Reg.— ¿Qué obra es esa?— El T. de j^ m La de ua arreeiíe aito desde el Patrocinio basta la cuesta.dejCastiíleja.Es casi todo un ter- rapleu y Reva muy pocos arcos, euando.debiera ser si es que puede hacerse ea alto arrecife en- aqúei sitio, una arcada no interrumpida en to- da la anchura deia Vega, desagüe natural del rio en casos de riadas, y que si ealo mas míni- mo se diúeuita, ias aguas vieuen de rechazo so- bre Triana, coa perjuicio d ^. t los . inter |p ( fi/ riesgo de las vidas de sus habitan te-v.-— El Reg.^ = Pues yo, amigo mió, en el caso de V., tenien- do allí mi casa, mi familia, miuaudal y mis mas caras afecciones, lejos de dar posesión del suelo, hubiera protestado en el acto esten « dieado de ello diligencia, y asociándome con las personas mas notables de aquella teli- gresia, habría recurrido con enérgica exposi- ción al Ayuntamiento, ó ea su caso directa- mente al Gobierno de S. ¿1., en solicitud de re- forma de tan perjudicial proyecto; y creo que ao seria desatendida, estando tan evidentemen- te la razón de parte de los reclamantes. ¿Pues qué, habrían de ser despreciados los intereses ue Triana que contribuye coa gruesas canti- — líase- la profesan reputan infalibles, el obstáculo á las aguas que pueda elevarlas solo un decímetro, debe producir como único resultado su mayor extensión en una superficie dades al presupuesto general, y cuya pobla- ción es superior á la de muchas capitales de provincia? — El T. de A.=No adelantaríamos nada, ^compañero; porque de la conversación que üe tenido con el ingeniero jete, autor üei proyecto, deduzco que está muy pagado de su obra, y se me echó a reir ai manifestarle mis temores por lo que pudiese acontecer si se rea- lizaba. tía tal coacepto inüera V. cual seria su informe sohre nuestra solicitud: él no ha po- dido negar que seria mejor fuese todo el arre- cife sohre arcos, y así dice que se propuso an- tes; pero como seria doble el costo, que no ba- jaría de einco millones de reales, la Dirección general aispuso se reformara el proyecto, y ahora sólo lleva nueve grupos de alcantarillas con cinco arcos de medio punto de tres metros de luz en la longitud de unos mil y ochocien- tos metros, hasta el arranque de la carretera general á Estremadura; suücientes en concep- to del Ingeniero para el desagüe, y ahorrán- dose así mas de la mitad del gasto que se cal- culó al principio, pues las obras han sido re- matadas en menos de dos millones cuatrocien - tos mil reales.— El fíeg. — Esa razón no me convence; porque obras de esa clase, si siquie- ra se sospecha que sus consecueucias pueaen ser funestas, ó se hacen bien desde luego, ó so —títs — des perjuicios á la ciudad y éh sh- mo grado al referido barrio, de lo que [hay repetidísimos ejemplos. Pero ¿á qué buscarlos en tiem- pos que pasaron, cuando lo tene- mos tan palpable, tan evidente en la avenida del año último, objeto de nuestro estudio en este momen- to? Ahora ha sucedido lo mismo que en 1784 y en 1796; lo que ^e deseaba precaver en 1803; lo que lamentaba, reclamando préñtore*- medio, la Comisión de Obras pú- blicas en 1853; lo que haáta la Dirección general de Obras públi- cas que tanto pudo hacer, qne pudo hacerlo todo para evitar el mal, consideraba indispensable y 'Ur- gentísimo en 1866. — -Ahora, cémb en los casos que hemos citado, sien- do enorme la cantidad de acumuladas por la subida dél Gúa- dalquir én la Vega, ya por las del mismo rio , ya por las de la ribera de Buerba; tomaron su acostumbrada 69 —' 846 ;— dirección desde el cortijo de Qui- jano hácia la antigua madre por detrás de la Cartuja eDtre la Er- mita del Patrocinio y la Cuesta de Castilleja, y encontrando obstáculo á su libre paso en los dos fuertes diques, primero el terraplén de la vía férrea en proyecto, y después el alto arrecife desde el parador de los Angeles hasta la Cuesta, no teniendo salida las aguas en su ma- yor parte por los reducidos arcos de las alcantarillas, retrocedieron con furioso ímpetu, viniendo á cho- car en primer término con el ce- menterio de S. José, destruyendo gran parte de su fuerte tapia en el ángulo al Sudoeste, derribando se- tenta y dos columnas de siete ni- chos cada una y dando lugar al es- pectáculo repugnante y conmove- dor de que quedaran al descubier- to mas de quinientos cadáveres, flo- tando unos sobre las aguas, mezcla- dosy confundidos otros entre los es- — 547 combros, sin que fuera posible iden- tificarlos en su mayoría, ni que los recogiesen sus allegados por no ser fácil trasladarlos ni proceder de nuevo á su inhumación en la fosa común, por estar cubierto el suelo con mas de metro y medio de agua. jQué cuadro tan horrible! Rechazadas las aguas por la causa expuesta en dirección as- cendente, mucho más allá de la Cartuja, engrosado el caudal del ya desbordado rio con esa inmensa mole que necesariamente tenía que recibir, y tomando por tanto ma- yor altura y extensión que antes desde el torno que está mas arriba, vino una parte de esas aguas á aumentar la fuerza y velocidad de la corriente extraordinaria, . esta- blecida de antemano por el incre- mento del rio hácia su margen izquierda, chocando en el terra- plén del ferro-carril cerca de San Gerónimo; y otra parte siguió con la coméate ordinaria basta preci- pitarse; sobre el barrio de Triana, y. superando la débil defensa en el sitio de la Chapina donde exis- tió la alcantarilla de los Ciegos, in- vadió la. calle de Castilla y sus ad- yacentes. Gomo no fuesen aguas que rebosaban del lecho del rio, se- gún sucediera en otras ocasiones, sino que eran la misma corriente quese introducía por las calles, por ser tal su forzada dirección, de ahí el fenómeno ahora notado con asombro de los vecinos de aquel barrio, que en cada una de las de Noroeste á Sudeste tenian otros tantos ríos. Tales las de Castilla, Alfarería, la Cava, San Jorje y el Betis, y las transversales de las mismas, en las que chocaban en revuelto remolino las de unas y otras corrientes, hasta hacer casi imposible el curso del anchas di- rigidas por robustos brazos, con peligro inminente de zozobrar. — 549 — ¿Qué remedia había para esto» y otros gravísimos daños? — A núes-? tro modo de ver sólo uno acredi- tado de tiempo inmemorial en oca- siones semejantes: retirar en gran parte las corrientes del rio de su cauce ordinario, dirigiéndolas á la antigua madre libre de obstáculos, y en donde con anchura diez veces mayor que este y debiendo recor- rer aquellas dos tercios menos de distancia, seria incomparablemen- te mas rápido y abundante el de- sagüe. Pero según la ciencia.... (retiremos la palabra porque hemos dicho mal: la ciencia- no puede re- ñir nunca con el sentido común:) según el modo de entenderla^ algu- nos de los encargados de aplicar sus teorías, cuyas opiniones respe- tamos, pero con quienes hasta el presente no podemos estar confor- mes porque nuestra razón lo resis- te, contando con el apoyo de otros hombres también acreditados en la S30 — ciencia que opinan como nosotros; según aquellos, repetimos, el re- medio no estaba en facilitar el de- sagüe por la Vega, allanando cuan- to antes y en lo mas indispensable los dos fuertes diques que lo impe- dían; sino en fortalecer la defensa de Triana en el punto por donde las corrientes penetraban, que to- marían otra dirección dejando el barrio libre. — Pero en la hipótesis de lo primero, que en aquellas cir- cunstancias habría sido dincilísi- mo, y de todos modos falsa la con- secuencia, como en seguida demos- traremos, ¿cuál seria esa nueva dirección que tomarían las cor- rientes, rechazadas en el sitio de la Chapina? No podría ser otra que para ir á aumentar el ímpetu de las de la banda opuesta que ba- tían sobre el terraplén de la via- férrea á Córdoba, para que se abriese en -mas extensión y an- tes del momento en que estaba — 531 — decretado, la ancha brecha por donde penetrase el Guadalquivir, y que en sus turbias aguas queda- se sumergida Sevilla, falta de to- da otra defensa después de la do- minada. — Mas hemos dicho que suponiendo, sin concederlo en ab- soluto, fuera posible ya desborda- do el rio á grande altura, forta- lecer y elevar la defensa de la Chapina, no por eso se libraría Triana de la inundación. Baste como prueba recordar, que no so- lo por aquel punto, sino por todas las ventanas, balcones y azoteas de las casas que caen al rio se introdu- jeron las aguas: que en la calle del Bétis, además de sobreponerse al alto paredón de los dos mue- lles, abatieron al suelo el fuerte antepecho de piedra que lo co- rona, lanzándose la corriente has- ta el interior de las casas. — Co- mo no se cercara con sólida mu- ralla el barrio de Triana, (¡qué — 352 — horror!... ¡poner allí el círculo de hierro que encadenaba á Se- villa y que tanto trabajo costó arrancar á los amantes de su li- bertad, y celosos como ningunos por su engrandecimiento!) como no se acudiera á ese medio, re- metimos, no alcanzamos sea po- sible librar de inundaciones á Triana, mientras no haya franca y expedita salida para el desa- güe' por la Vega. No siendo pro- bable la ejecución de lo primero, y no concediéndose lo segun- do, resulta un dilema ineludible que no admite término medio. En las grandes inundaciones, da- da la situación actual, las aguas en su mayor parte han de caer sobre Triana: si allí se logra re- sistirlas, sin que por eso dejen de penetrar algunas, las mas ven- drán de rechazo sobre Sevilla, cau- sando daños inmensamente supe- riores . — á& — Dejemos ya á Triana qtiehdrtó nos hemos detenido contemplando su triste situación en la mañana del ocho de diciembre. Contristado nuestro espíritu al ver el apuro de tantas familias aisladas en sus casas, queen confuso clamor pedian pronto socorro y con los signos mas expre- sivos, ya disparando armas de fuego, ya colocando banderas ne- gras en las azoteas y balcones, y á quienes era dificilísimo acudir, porque la corriente volcaba los carros, ó abogaba las béstias que lós arrastraban y casi sumergía los botes que intentaban atrave- sarla; retrocedimos desde el final del puente adonde solo pudimos llegar, y nosáirigimos á examinar los restos del antiguo malecón, ahora provisionalmente restable- cido desde la plaza de Toros en su dirección hacia San Telmo, obra de defensalamas importante contra el río, que debió Sevilla á áu inol- viciable y celosísimo Asistente, Don Pedro López de Lerena, y también como las murallas, casi destruida en nuestros dias. Ya lamentó este hecho impre- meditado y de evidente perjuicio para la ciudad, por el riesgo á que la dej abaexpuesta, un concej al celo- so, el Sr. Herrera, en la sesión que celebrára el Ayuntamiento el cinco de febrero de mil ochocientos sesen- tay siete, por haber notado 1 opoco que faltó en los dias precedentes para que las aguas del Guadalqui- vir se entraran en la ciudad por los portillos abiertos en el male- cón desde frente á la calle del An- cora, hasta la Torre del Oro. El concejal clamó para que se pusiera pronto remedio, para que se repu- siese á su antiguo estado aquella defensa, y la Corporación acordó pedir informe á la Comisión de Obras públicas. — Reproducida la riada á principios de marzo, y te- otras hácia el Prado de San Se- bastian, haciendo que brotasen por la servidumbre de la casa que hemos mencionado, y también por los agujeros que incautamente se dejaron en la calle de San Fer- nando cuando á manera de arre- cife se reformó su pavimento para dar salida á las lluvias; inconve- niente grave que pudo evitarse, diri- giéndolas por los costados á la pla- za de Maese Rodrigo. Y si adverti- do el peligro en aquella misma ma- ñana por una causa semejante en el husillo del Cármen, hubo allí un Regidor diligente que ayudado por los ingenieros militares después de extraordinarios esfuerzos pudo al fin contenerlo, aquí, ó no se consi- guió si es que se intentó, ó nadie se cuidó de ello ; y pronto la mayor par- te de las casas de aquella plaza hasta la de Santo Tomás, y el Seminario Conciliar se inundaron á bastante altura. n — 562 — Logramos salir por la calle de San Fernando para ver cercados los barrios de San Bernardo y la Calza- da, con las aguas detenidas en los egidos de San Sebastian y Santa Justa transformados en dos exten- sos. lagos, si bien sus aguas eran mansas, porque el Guadaira habia dirigido sus corrientes hácia otros pu ntos, por fortuna lejanos esta vez de la ciudad. Mas allá frente á la puerta del Sol, no dejó de inspirar- nos recelo el estado del malecón an- tiguo que empieza j unto al ex-con- vento déla Trinidad. Estaba suma- mente débil por varios sitios y se ha- bian abierto sin precaución alguna varias entradas desde el arrecife á las fincas rústicas lindantes de aquel pago. Si las aguas del Miradores ó del Guadalquivir se aglomeraban hácia allí como muchas veces habia sucedido, (y recordábamos el año 1796 en que casi derribáronla puer- ta del Sol, siendo necesarios esfuer- «*» 563 — zos sobre-humanos para contener- las) ahora que ni había puerta nimu- ralla ¿qué sucedería? — Llegamos poco mas arribaá la huerta de Ca- puchinos, y haciendo memoria de que en el mismo año gran parte de su fuerte tápia fue abatida por las aguas , tuvimos la curiosidad de ver suactual estado. — 'Ni esta ni la del huerto contiguo altemplo, carecían en nuestro juicio de solidez bastante para resistir un gran golpe: pero con asombro notamos que los muros de ambos predios estaban agugereados en toda su extensión, á la altura de un metro, con las mirillas ó troneras que se abrieron para la defensa de la ciudad en el asedio de 1843. — Parecíanos in- creíble descuido semejante. Por allí en cuanto crecieran las aguas un poco, se habían de introducir necesariamente.- — ¿Cómo no habían advertido este peligro los muchos arquitectos y demás inspectores, en — 566 — en toda su bravura. Semejantes sus olas á las del Océano en medio de tempestad furiosa, se precipitaban y retrocedían con horrísono es- truendo al chocar en los ángulo» salientes de la márgen izquierda, repitiendo en seguida el ataque con redoblado ímpetu. Las agua?, sin embargo, según nos informaron observadores inteligentes, habian bajado medio pié desde que empe- zó la menguante, siendo probable que continuara hasta otro tanto antes de la nueva creciente, que no era ja presumible las elevara á mavor altura, habiendo cesado el temporal y el viento que impidie- sen el rápido descenso del rio. En esta confianza, y esperándolo todo de la misericordia divina, y poco de los recursos humanos tan mi- serables é impotentes, como aca- bábamos de ver, tomamos la vuel- ta á nuestra casa domicilio. Corto rato permanecimos en ella, — 567 — porque nuestro intranquilo espíritu en parte alguna hallaba reposo, dominado por tristes presentimien- tos, y ansiaba conocer por instan- tes las alteraciones que se notaran en el rio. Volvimos, pues, á la orilla, y nos aseguran personas peritas, que poco habia variado la situación general desde la mañana, si bien las aguas decrecian ya cerca de un pié, y habia desaparecido el peligro que amenazaba de que chocara con el puente la inmensa mole de madera del de la via-férrea á Mérida arrancado de sus estribos, y arrastrado dos noches antes íntegro por el furioso Guadalquivir en su dirección natural. Hombres expertos y valerosos enviados por las autoridades marítimas, habían conseguido detenerlo cerca de la Algaba, evitando con ello á Sevilla los gravísimos daños que hubieran seguido, á mas la destrucción de su magnífico puente. Consoladoras — m - éran ambas noticias, pero no bastantes ácaimar nuestra ansiedad sobreexcitada á cada paso que dábamos, por el rumor confuso que corría entre las gentes del pueblo, de que el rióse entraba sin remedio en la ciudad. Y el rumor, por des- gracia, era el eco déla verdad que al visitar cerca de las cuatro de la tarde la casa de un querido compa- ñero nuestro, nos íué confirmada por testigo de entero crédito, que desde el Hospital de la Sangre habia visto hacia poco rato, que se abrió un boquete de una media vara de diámetro en el terraplén de la via-férrea, y que por él entraba gran chorro de agua .que iba aumentando rápidamente, sin que hubieran logrado contenerlo las personas que con tal proposito aeudieroninmediatamente. No qui- simos fiir más, nHampoco asustar con nuestros temores á nuestro bueno y descuidado amigo, que no — 569 — dió mucha importancia al suceso, y que á pesar de vivir en el sitio mas céntrico de la población y bastante elevado, vió su casa inun- dada en aquella tristísima noche. Habia llegado el terrible mo- mento para Sevilla, que fundándo- nos en su historia, vaticinamos tre- ce años antes. Nuestros pronósti- cos, calificados de visionarias con- geturas, de ensueños de una ima- ginación vivamente dominada por una idea quimérica y errónea á to- das luces, en concepto de muchos que los escucharon con fria indi- ferencia, ya que no con desprecio, estaban ápuntode cumplirse, repi- tiéndose después de doscientos cin- cuenta años el horrendo espectácu- lo del infaustísimo dia veinticinco de enerode 1626 , memorado, por lo funesto cual ninguno, en los anales de esta antiquísima metrópoli.— Sl entonces tan solo la poca vigi- lancia de una de las puertas fué — S70 — bastante para que el Guadalquivir penetrara en ella y la tuviese mu- chos dias sumergida en sus tur- bias ondas, ¿qué sucederia ahora que merced á la soberbia de nues- tro siglo no habia puertas ni mu- rallas que la defendieran, porque se habian abatido para allanarle el paso, á pesar de las reiteradas ad- vertencias de algunos pocos ilusos, cegados en su modo de ver, según la común opinión, por añejas preo- cupaciones? — Si como habia dado corta tregua, el temporal recrude- cía de nuevo, y detenida la cor- riente del Guadalquivir por los vientos se elevaba siquiera un me- tro más, ¿qué vendria después? — ¿Habría sonado la hora en que el constante enemigo de esta ciu- dad pudiera realizar su propósito de reducirla á escombros , perecien- do entre ellos las ciento veinte y ocho mil almas que la pueblan ? — ¿Seria elochode diciembre de 1876 — ÍS7i — para la metrópoli andaluza el tre- mendo dia de una de esas catástro- fes que hacen época en la historia del mundo ? — No se crea que exa- geramos: porque las frases subra- yadas están escritas en la Relación oficial del suceso; en documentos auténticos de las primeras autori- dades que por razón de sus cargos podían mejor que nosotros apre- ciar las circunstancias inevitables que en él concurrían. La vida de todos estuvo muy amenazada ni precauciones, ni trabados, ni auxilios y rasgos heroicos habrían bastado , si las aguas se hubieran elevado dos ó tres pies de altura ... porque la verdad es que el peligro ha existido en tan pavorosa pro- porción; y no es menos verdad que amenaza hoy en la misma forma que siempre.— En balde hubieran sido el exquisito celo, la suma dili- gencia, los extremados esfuerzos de aquellas dignas autoridades, de los — 572 — demás representantes de la ciudad y' de muchos individuos particula- res, que por salvar á sus mora- dores practicaron actos de abne- gación sublime, exponiendo sus vidas; rayando algunos en el he- roísmo; y nos complacemos en con- signarlo aquí en honra de los que solo de ese modo estimaban cum- plidos sus deberes, ó satisfechos los sentimientos de sus generosos corazones. Pero la escasez de los recursos por las causas antes ex- puestas, y la inmensidad del ries- go, siempre superior á cuantas pre- visiones en lo humano hubieran podido adoptarse, no contando con puertas bien cerradas y fuerte mu- ro que resistiese el choque de las aguas; habría hecho inevitable una terrible catástrofe. No sucedió así porque la misericordia infinita di- jo al Guadalquivir, como otras mil veces antes: «Hasta aquí, y no más allá» : cesando enseguida el peligro — 379 — venir á las múltiples atenciones que siempre ofrece una riada en Sevilla, es cuanto podían hacer, es cuanto podia exigirse de las auto- ridades á quienes por razón del cargo que desempeñan con arreglo á las leyes, incumbe velar por su seguridad y porque se aminoren daños inevitables; y esos deberes, en nuestro concepto, los llenaron cumplidamente en la medida que lo permitían aquellas críticas y apuradísimas circunstancias. Arbitraron recursos levantan- do un empréstito con la garantía de los ingresos municipales: in- vitaron al vecindario para que contribuyese con sus voluntarios donativos al remedio de la cala- midad común: organizaron Juntas parroquiales para la acertada dis- tribución de los socorros: tam- bién el de carros y lanchas para facilitar el tránsito á los vecinos por las calles inundadas; abaste.-! — ’ 580 — cieron copiosamente los merca- dos de los principales manteni- mientos, sin que en un solo dia encarecieran el pan y la carne, y solo escaseára pocas horas en al- gunos sitios de la ciudad el prime- ro de estos artículos, por faltas de servidores torpes ó descuidados, inevitables en aquellos prime- ros momentos de confusión: dividieron en distritos el ex- tenso ámbito de la población, encomendándolos á personas pe- ritas con numerosos auxiliares para que vigilaran y acudieran con oportuno remedio dondela ne- cesidad lo exigiese: por último: se nombró una Junta de personas acreditadas por su ciencia, ó por sus conocimientos prácticos de ca- sos anteriores, cuyo parecer tu- viese . en cuenta la Corporación municipal, como garantía del me- jor acierto en sus deliberaciones. No creemos por tanto en nuestra — 581 — imparcialidad, que pudieran hacer mas las autoridades para conse- guir el laudable fin que debían pro- ponerse, en el desempeño de sus carg-os. Tuvimos la honra de ser desig- nados entre los individuos de la expresada Junta consultiva, y de asistir á sus pací deas y luminosas deliberaciones. Ante todo nombró- se una subcomisión facultativa, com- puesta de ingenieros civiles y mi- litares y de arquitectos, bajo la presidencia del Excmo. Sr. Don Joaquín Terrer y Ruiz, General Subinspector de ingenieros en este distrito militar, encomendándose á aquella que f con toda urgencia re- conociese él estado del rio por los puntos que había dominado los di- ques que impedían antes su des- bordamiento hácia la ciudad; los husillos de desagüe de esta para re- mediar cualquier defecto en su sis- tema que lo entorpeciese, y que — 38 ? — propusiera las medidas que con carácter de provisionales pudieran desde luego adoptarse, por si em- peoraba la situación, sin perjuicio de estudiar mas adelante con de- tenimiento un plan general de de- fensas definitivas, para que Sevilla quede á cubierto contra las avenidas del Guadalquivir. Entre tanto este seguia descendiendo, habiendo de- jado desde el dia diez libre de sus aguas los arrabales de la Calzada, San Bernardo y Triana; y aunque el once amaneció cubierto el hori- zonte de espesa niebla, que suscitó temores de que el temporal volvie- se, despejó el sol á las diez, y ya no se dudó que pronto volvería el rio á su estado normal, cesando la inundación interior. No pudo, sin embargo, hasta el inmediato dia doce abrirse en totalidad el husillo Real, al que acumulan las aguas de los sitios mas bajos en grande es- pacio, y que vierte mayor cantil -:583 - dad, calculada, por tanto, en diez y ocho mil metros cúbicos por hora, por lo que sin un suceso extraordi- nario, dentro de pocas debia, y así fué, completarse el desagüe; porque en la noche del dia trece, solo una enorme masa de fango habia quedado en las calles y casas de la ciudad, que estuvieron inun- dadas desde la tarde del ocho. A la vez la subcomisión fa- cultativa, con vivo interés y acti- vidad digna de todo elogio, formó su juicio sobre el importantísimo asunto que le estaba cometido, dis- cutiendo el dia quince detenida- mente el dictámen, que según lo acordado, extendieron tres desús in- dividuos, y mereciendo aprobación unánime, se citó el dia inmediato á la Junta general para que lo oyese. No es del caso que nos detengamos ahora á referir las medidas d3 di- ferente índole, que para precaver nuevos daños, si se repetía la ave- -a. 584 — tí ida del Guadalquivir, proponían los entendidos miembros de la Sub- comisión facultativa, que todas fueron aceptadas, como convenien- tísimas por la Junta consultiva. Aguataremos, sin embargo, que haciendo uso de la palabra, aunque nuestra débil voz era allí bajo to- dos conceptos la menos autorizada, nos permitimos la observación, que reiteramos en otra sesión poste- rior, de que si bien en aquel docu- mento estaban consideradas como bastantes, aunque solo provisiona- les, las defensas en la parte al Nor- te y Oeste de la ciudad, ni aun así eran suficientes en nuestro jui- cio las de la del Este, que á ve- ces estaba en tanto peligro como la otra; haciendo memoria ie al- gún caso en que las aguas habian penetrado hasta el interior de la puerta del Osario, sitio mas al- to que todos los que le son con- tiguos, que con suma frecuencia — 383 ’— sufrían aquel quebranto, como po- dían recordar por haberlo visto con nosotros alguna vez, muchos de los que nos oían y que contaban mas años. Contestóse á nuestra observa- ción que ese peligro era mas re- moto, por que casi siempre el Gua- dalquivir se desbordaba por la par- te al Oeste, y que el de la otra, ya lo estudiaría la comisión de vigi- lancia de aquel distrito, uno de los ocho en que debería dividirse el perímetro de la ciudad y sus ar- rabales, que oportunamente cuida- ría de proponer el remedio. Por no parecer temerarios en el sos- tenimiento de nuestras opiniones, callamos sin insistir en la idea apuntada y poco atendida, conside- rándola acaso una cavilosidad sin- fundamento; pero quedó en nues- tro ánimo un vago temor de que estuviese próximo lo que se nreia tan lejano, y pocos dias después — — -£586J— - vino la reáliáád á «oúfirmarlo, 00- mo recordarándos que^ escucharon nuestras palabras. Recrudecido el temporal desde el dia quince con incesantes lluvias que trageron de nuevo la alarma á los intr anquilos ¿espíritus de los se- villanos . mayor aun para j ¡los que moran en el arrabal deTnana,mas : amenazado de -inmediato daño si elGuadalquivirsedesbordaba-otra vez por la Vega, según lo Sucedido pocos dias antes, y á su modo de "ver por las causas ya expuestas; acudió en estedia diez y seis ? mna comisión de los mismos -al señor Alcalde en soiieitüdde que inme- diatamente se egecutaran < las obras oportunas en el arrecife y terra- plén de la vía férrea áHuelva*pa- ra que rebajados según la necesi- dad lo exigía en los puntos de ma- 'yor acumulación de las aguas, se j facilitara á estas pronta salida. Ei ‘ flAfift f- Alcalde que conocía ue -* m ~ antemano la excitación de jos áni-r mos en Triaüa con ese motivo; que le constaba pon informes fidedig- nos ¡que la mayoría de aquellos ve,-? cinos antes de ver de nuevo inun- dados sus hogares estaba resuelta á tomarse la justicia por su mano, porque en último extremo conside- raba preferible sufrir las conse- cuencias de ese hecho, mas remo- tas que perecer desde luego aho- gados si volvía á entrarse el rio por las calles; que apreciando en to- do lo que merecía ese'estado violen- to, revestido con los caracteres de cuestión de ór den público , h abi a di rí- gido atentas y verídicas comunica- ciones, presentándola gravedad del caso al señor Gobernador de la provincia, paraqne adoptase pron- tas y eficaces resoluciones que sal- vando el barrio de Triana del pe- ligro que amenazaba, evitasen también un conflicto; reprodujo ahora ¡ con mayor energía sus re- — 588 — elam aciones á aquella autoridad superior, que penetrada de su im- portancia, y obrando con suma presteza y vivo interés de acier- to, dignos de completa alabanza; después de consultar con el Inge- niero Jefe y otros destinados en esta provincia, y de oir el dic- támen pericial de otras personas muy respetables, tuvo que man- dar al primero que se procediera al instante á abrir dos anchos ba- denes en el trozo del arrecife hasta la Cuesta de Castilleja, en el pri- mero y último tercio de su tra- yecto, para cuyos gastos ofreció desde luego las sumas necesarias la Corporación municipal, sin per- juicio del reintegro. Con aplauso general y gran contento de los vecinos de Triana se emprendieron las obras en el mismo dia, ocupando en ellas gran número de trabajadores, que asi tenian también jornal seguro en — 893 — «tío más que el dos dé febrero dé 1823, y uno y medio que el diez y nueve de enero de 1856. Por el contrario en 1823, es- tablecida una gran corriente en dirección á la Torre del Oro, tuvieron en esta banda mayor altura las asmas que en la de Triana. La misma causa influyó para que dentro del barrio, á la vez que abora como nunca quedó inundado, porque solo en dos de sus casas deiaron de entrar las asmas, no tuvieron sin embargo en algunos sitios la altura que en los años referidos. Por ejemplo, en la iglesia parroquial de Santa Ana, seemn nos fue posible averiguaren 1823 llegónordentrola inundación hasta dos pies: en 1856 apenas se cubrió el navimento medio pié, y en 1876 alcanzó pié y medio; y en muchas de las casas aue conservan señales del año 1823, aseguran sus dueños, que ahora quedaron en -i. 8963— ellas mas bajas catorce pulgadas, y entonces muchas, lo menos una tercera parte, se libraron de la inundación, cuando ahora solo dos. Vease,pues, si tuvimos fundamento para calificar de voluble la corriente del Guadalquivir, que en sus ave- nidas ofrece tan vários fenóme- nos. En el interior de Sevilla, si bien por mucho menos tiempo, pues no pasó de cuarenta y ocho horas, to- dos los sitios bajos que se inundan generalmente lo estuvieron de cua- renta á cincuenta centímetros mas que en 1856; v nada digamos de 1823, en que el mal por esta parte fue pasagero y menos sensible en sus consecuencias. Concluyamos, pues, que el riesgo ahora ha sido inmensamente mayor que en todos los casos de que hay memoria, y demos gracias á la Misericordia Divina que nos ha permitido refe- rirlo. Aüo 1877. Vivo el recuerdo de las angus- tias del precedente, y aun no repa- rados en su mayor parte los de- sastres de la inundación pasada, otra nueva que en algún dia pre- sentó caracteres mas alarmantes, vino á poner en congojosa ansie- dad el espíritu de los sevillanos. Si antes la creciente del Gua- dalquivir hastauna altura extraor- dinaria fué producida ñor las aguas que de pocos dias de lluvias en la parte del Norte habia recibido, abora que recios temporales du- rante muchos, no solo en aquella sino en la del Este, babian en- grosado su caudal, ¿adónde subiría la inundación en los vallesque ro- dean á Sevilla, asentada en lo mas bajo de los mismos, y donde en esos casos basta brotan copiosos manantiales de su suelo? Si á la furia del desbordado rio se agre- gaba un nuevo torrente por las — 898 — muchas aguas que recocen en su largo curso desde Granada, el Barro y el Gañil, reunidos junto á Palma, ¿no sería ahora mayor el riesgo de nuestra ciudad querida, y mas fundados los temores de sns afligidos habitantes? Rason sobra- da" tenían cara esperar de presente mayores desastres que los pasados, asi como la tuvieron pronto para dar gracias sin fln á la bondad divina, que no consintió se reali- zaran. El dia cuatro de enero, después d® /'mrtes lluvias en los anteriores, se inició el conflicto con un suceso, poco común en verdad, pero no nuevo, ni mucho menos imprevisto. Se había anunciado hacia poco, no solo como posible, sino como probable, en reunión solemne y compuesta de personas respetabi- lísimas por su carácter, por su posición social y por sus cono- cimientos, Alguna de ellas que -asas- venia ocupando el primer puesto de la Corporación municipal duran- te el viaje del señor Alcaide á la Córte, nos decia en aquella ma- ñana ai dirigise al barrio de San Bernardo para prestar auxilios, recordando las dos discusiones de los dias precedentes: — ¿i/a tomado usted apuntes de lo sucedido? — No nos hacen falta , le contestamos ; porque parece que Dios se ha pro- puesto confirmar con hechos nues- tros desatendidospr onósticos. — Así habia sido la verdad: una hora antes de que amaneciera, cuando casi todos ios vecinos de aquel arrabal, j los muchos que habitan en los caserios de ios predios que lo rodean dor- mían tranquilamente, un ruido estrepitoso ó inusitado, semejante, según la frase de los dos serenos que vigilan de noche aquella de- marcación, al que producen tres ó mas carruajes que marchañ á todo correr f vino aponerlos en zozobra j por ignorar la causa que lo pro- ducía, que fue maniíiesta á los pocos momentos con el avance de una inmensa montaña de agua, que arrollando cuantos objetos se opo- nían á su paso, arrastrando en su furia almiares, chozas, carretas, anímales, y derribando vallados y tápias y hasta fuertes paredes de material, venia como vencedor tnfunfante á tomar posesión del barrio, ocupando todas sus calles y penetrando en la mayor parte de sus casas á grande altura, para despertar á sus desprevenidos mo- radores, cuyo espanto y conster- nación, al ver sobre sí la muerte de improviso, mas fácil que expresar- lo con palabras, lo concibe la ima- ginación. El suceso, repetimos, no era nuevo: tenía muchos precedentes, de ios que como habrán advertido nuestros lectores, hemos hecho me- moria en esta ya larga narración» — 601 — Convengamos de buen grado en qué nunca alcanzó las proporciones que ahora; pero forzoso será también se nos conceda, que jamás exis- tieron en lo pasado las causas que lo han traido á tan grande magni- tud. Esas causas son semejantes á las que han sido materia de nues- tros raciocinios el hablar de los obstáculos en la antigua madre del Guadalquivir por la Vega do Tria- na, que sería impertinente repetir de nuevo, j dándolo por hecho en este lugar, nos limitaremos á lige- ras indicaciones, bastantes en nues- tro juicio para que se reconozca la analogía de las causas y la con- siguiente identidad de los efectos. Corre el Guadaíra desde las montañas de Alcalá por un plano inclinado en una llanura de tres leguas hasta desembocar en el Guadalquivir, frente al pinto- resco pueblecito de Gelves. Ape- nas tienen movimiento sus aguas _ 602 — en los tiempos bonancibles ; pero cuando hay fuertes lluvias que buscan salidaal mar por el gran no, aumenta la corriente del primero con velocidad, y contenida porque la altura del otro la rechaza, se desborda inundando las denesas da Tablada, y retrocediendo á los si- tios mas bajos y láciles ai desagüe, vienen á de positar se en San idernar- doy prado de San Sebastian, donde hemos conocido una elevada alcan- tarilla, mejor diremos puente, que siempre, como no hubiera inunda- ciones, estaba en seco; como que su objeto soio era dar paso á las aguas cuando era necesario, y que no se interrumpiera el de las per- sonas que teman que dirigirse ha- cia Emana. Construidas hace po- cos años dos vias férreas en di- rección al Este y Sudeste, se han levantado dos grandes terraple- nos, el de la primera casi paralelo al (ioadaira que contiene sus — 603 — aguas cuando se elevan por el cos- tado; y el otro, que es lo mas gra- ve, sugeta el rio por el frente, en su dirección recta cuando se desborda, dejándole solo un paso estrecho, miserable, en sumo gra- do insuficiente para la gran masa de agua que ha de atravesar por allí precisamente, y que sí nó, ha de venir á precipitarse cual torrente impetuoso sobre el barrio de San Bernardo y Prado de San Sebas- tian, con grave daño de los due- ños de las muchas fincas rústicas de aquel extenso pago, de la gran Fábrica Pirotecnia militar, de las demás casas y edificios que allí existen, y cqn riesgo inminente de cuantos habiten en esa grande llanura. Esa fue la causa de lo sucedido en la madrugada del cuatro de enero, que se repetirá con mas ó menos frecuencia y con mayor ó menor intensidad, en ca- sos de avenidas, según sean mu- — Mi- chas 6 excesivas las aguas que acumule el Guadaira, mientras aquella subsista. No seria difícil evitar algún tanto los dafíos, obli- gandoá las Compañías délas vías férreas á que construyeran alcan- tarillas en número suficiente á fa- cilitar el desagüe, que no porque se consulten sus intereses parti- culares, han de quedar desatendi- dos los del pro-comunque son mas respetables. Con la inundación del barrio de San Bernardo por el Guadaira en la madrugada del cuatro de enero, había coincidido la de todas las huertas y caseríos contiguos á la Trinidad por el arroyo de la Florida ó Miraflores, que exten- diéndose desde la Fuente del Ar- zobispo hácia la parte de la dere- cha en que forma declive el terreno en dirección al Prado de Santa Justayála ronda de la ciudad, puso 3n grave conflicto á cuantas 611 — aguas sin penetrarlo lo superaran; J ssto último acontecía en me- diana longitud, á pesar del gran número de operarios disponibles, y del esmerado servicio establecido, nada podría contenerlas al preci- pitarse sobre la ciudad, mucho mas baja que el rio, y que carece hoy de murallas que antes en tales ca- sos, oponían insuperable resisten- cia. El problema, por tanto, que- daba sin resolver, y todo dependía del incremento que tomara la cor- riente, que por instantes aumenta- ba, llegando en aquella tarde hasta diez centímetros por hora y sin señales de disminuir. En vista de esto,crecia la ansie- dad en los corazones de los vecinos, sobre todo de la clase pobre, que habitan en los arrabales y sitios bajos extremos que mas padecen de ordinario, v temiendo fundada- mente muy cercano el momento de ver la inundación en sus reducidas — 612 — ' >-c" moradas, acudieron muchos al Ayuntamiento en solicitud de asilo mas seguro, proporcionándoseles inmediatamente en la Casa-Lonja, en la Albóndiga ven otros edificios que con previsión estaban prepara- dos para ello. Por la misma causa se trasladaron doscientos presidia- rios del correccional de S. Agun- tin á la Fábrica de Tabacos. — Entrada ya la noche, recibieron las autoridades dos telegramas ofi- ciales que llevaron hasta el colmo sus temores, de que el Guadalqui- vir tragese á Sevilla una catás- trofe, superior á cuantas refiere su historia en la larga série de los tiempos. — Procedia el uno de el Alcalde de Andájar, partici- pando que aquel rio crecia extra- ordinariamente, y que era de es- perar que por la noche llegára á mayor altura que en la avenida de diciembre: era el otro directo del Alcalde de Ecija, anunciando que el Genil desbordado inundaba aquella ciudad. ¡Terrible coinci- dencia! Si ahora traía el Guadal- quivir mas aguas que cuando cau- só tan graves conflictos, y antes de llegar á Sevilla las aumen- taba á sumo grado con las del crecido Genil que en aquella oca- sión se negó á ayudarle en su em- presa destructora, ¿qué iba á ser de esta ciudad? — «Ante la inmi- nencia de la agravación del con- flicto (dice la Memoria oficial re- cientemente publicada) el Ayun- tamiento reiteró sus órdenes de exquisita vigilancia en los husi- llos y malecones; ordenó que las cuadrillas de trabajadores estu- viesen dispuestas para acudir con celeridad á cualquier punto donde fuera necesario, y circuló á los serenos la de que avisasen casa por casa á los vecinos de los bar- rios más inmediatamente expues- tos á los riesgos de la inundación, — 614 — para que tomasen providencias y desalojasen las habitaciones bajas de sus respectivos domicilios. » Bas- tante dicen estas determinaciones y otras análogas puestas en ejecución instantáneamente, conespantodela mayoría de los vecinos á quienes los serenos despertaban para pre- venirles que vigilasen, porque po- día venir la muerte de improviso; bastante acreditan el fundado te- mor de las autoridades de que eso sucediera; y sin embargo, no es esa toda la verdad acerca de ello, que hoy no hay inconveniente en que sea de todos conocida. — Las autoridades civiles, según los partes que habían recibido, el último de Penaflor á las diez de la noche se- ñalando al rio la altura de diez me- tros sobre su nivel, y que seguía creciendo, temieron hasta el ex- tremo de que sobreviniera una inundación, que alcanzando á to- íte la ciudad, sumergiera por — 615 — completo algunos de sus barrio* los mas bajos: y por si este caso llegaba, rogaron á la autoridad eclesiástica diese las órdenes opor- tunas, á fin de que los templos pu- diesen servir de alberge á l as personas que por aquella causa quedaran á la inclemencia de los elementos. Esa orden se circuló en altas horas de la noche; y tuvi- mos ocasión de verla en manos de uno de los párrocos, que pruden- te como todos, calló y previno cuanto era necesario por si llegaba el fatal momento. Aunque muy cercano, no llegó éste, gracias en primer término á la misericordia divina, y en segundo al badén abierto para facilitar el desagüe por la madre vieja del rio en la vega de Triana, contra el dictá— men pericial que se fundaba en teorías deslumbradoras, desaten- didas en su acertado criterio por el Gobernador de la provincia, que — 616 — al mandar se ejecutase aquella obra, estimó de mas valor lo que aconseja el sentido común y acre- dita como bueno una larguísima experiencia. Ello es que á las once de aquella pavorosa noche empezó el creci- miento que se esperaba en las aguas del Guadalquivir, ya á la altura de veinticuatro pies desde el dia ante- rior, y subieron hasta mas de veinte y siete, en la que permanecieron once horas, alcanzando solo un metro menos que el ocho de diciembre, en el puente y en los muelles. En aquella ocasión bas- taron los veinticuatro pies de al- tura en las aguas, aunque después llegaron hasta treinta y dos y me- dio, para que la corriente se intro- dujese en el barrio de Triana; aho- ra con tres piésynueve pulgadas mas, noentróen esaformauna sola gota. Y no se crea que la única causa que lo impidiera fuese la - eir— fortaleza dada al terraplén en el sitio de la Chapina; porque si las aguas en un metro mas de altura que entonces por la Vega, hubieran venido por la corriente ordinaria, ó habrian superado la defensa de la Chapina, ó penetrado como aquella vez por las ventanas y azoteas que en toda la orilla caen al rio. — El metro cúbico de agua en toda la anchura de la Vega, que tuvo mas de alto el ocho de enero que en igual dia del pasado diciembre, fué equivalente, según cálculos de personas entendidas, al incremento del Guadalquivir desde que tenian solo veinticuatro pies sobre su nivel: si no hubiera hallado esa enorme cantidad de aguas fácil salida por el badén abierto en el arrecife, que ensancharon grande- mente, sin remedio, como suce- dió antes, hubieran venido por la corriente ordinaria de rechazo (y ya lo demostramos en otro lugar) ó sobre el arrabal de Triana, ó so- bre la orilla izquierda si era allí la resistencia insuperable. Y en la alternativa ineludible de este dile- ma, ¿qué hubiera sido de Sevilla, ó qué hubiera sido de Triana? De- dúzcanlo nuestros lectores con re- cuerdo de lo pasado. Gracias á aquella obra que sal- vó á los habitantes de esta ciudad de un terrible conflicto, acaso su- perior á todos los anteriores: gra- cias sin fin á las autoridades que la llevaron á término, arrostran- do todo linaje de compromisos, y por cuyo comportamiento gene- roso y conducta decidida debe Se- villa guardarles gratitud eterna- mente. — La desembocadura al rio de la madre vieja junto áSan Juan de Aznalfarache, era al mediar el dia ocho semejante á una inmensa catarata que se despeñaba en agi- tado mar, cuyas rugientes olas re- chazaban las aguas á grande altura. — 619 — ¡Qué espectáculo tan grandioso y á la vez tan imponente! Mas de un metro por este sitio de salida habian subido aquellas que en la riada última, y precisamente eso tenian de menos por el puente á Triana. Hé ahí la razón del cálcu- lo de que antes hicimos mérito. Por lo demás, aunque hubo dentro del barrio alguna inundación en la calle de Castilla, procedía de filtraciones del subsuelo, de todo punto inevitables, ínterin el rio no descendiera á su nivel ordinario* y nunca tuvo importancia ni im- pidió el tránsito mas que en corto trecho déla citada calle, ni ménos fuó necesario usar de lanchas ni de las grandes maromas que hasta en número de ocho estaban pre- venidas, escarmentados por lo que antes sucediera si por desgracia penetraba el rio, y se establecían sus corrientes en las calles. Fué si indispensable en auxilio — 620 — de muchas familias pobres, así como en Sevilla en los edificios de la Casa-Lonja y la Albóndiga, dar asilo en Trianaen el ex-con vento de San Jacinto á cerca de doscientas personas, y que otras caritativas les proporcionasen alimentos por- que carecían absolutamente de re- cursos. Dos pobres mujeres dieron allí á luz, y otra, ya enferma de inanición, y en tal estado de de- bilidad que no podía digerir las sustancias mas sencillas, sucumbió al fin; única víctima, aunque indi- recta, de la inundación en Triana. Desde la noche del siete al ocho habian cesado las lluvias, amane- ciendo el último con horizontes des- pejados. Por otra parte, los tele- gramas de Peñafior anunciaban el descenso del rio, ya iniciado desde Córdoba y Andujar. Notóse aquí en efecto desde las tres de la tar- de, pero tan lentamente, que en las seis horas de la menguante no — 627 — rísimas en lo antiguo; ¿qué remedios se han prevenido en tan dilatado periodo para contenerlas? ¿Qué planes se han propuesto para evitar siquiera sus efectos mas desastrosos, y para que, por el contrario, me- jorándose por el arte las condicio- nes naturales del gran rio, coad- yuve como primera fuente de riqueza á la prosperidad y engrandecimien- to del extenso territorio que bañan sus aguas, los Campos Elíseos en las edades que pasaron? ¿Hasta qué pun- to se han llevado á efecto esos planes, hijos de los profundos estudios de hombres eminentes en la ciencia, que se desvelaron para proponerlo mas conveniente y oportuno, sin contar con la apatía, con el descui- dado abandono de los andaluces, que solo se mueven con actividadverti- ginosa en los momentos del peligro, para quedar después en la inercia y en el mas perezoso y abandona- do descuido? ¿De esos diferentes — 630 — vido para empeorar la situación de Sevilla y toda la comarca que la rodea, porque al hacer inno- vaciones se ha prescindido de las enseñanzas de lo pasado, destru- yendo lo que la experiencia acre- ditó que era necesario ó conve- niente. Y viene de molde, para que no se crea que nuestro juicio nace de la presunción arrogante ó la atre- vida ignorancia de quien carece de conocimientos científicos en estos asuntos, y que ha estado y está pronto á rectificar cualquier error involuntario en que haya incur- rido, repetir aquí las palabras de un sábio y eminente ingeniero, el Excelentísimo señor D. Tomás Mu- ñoz, Teniente general de la Ar- mada, en un informe sobre estas materias al Ayuntamiento de Se- villa á principios de este siglo. — iVo nay duda que las ciencias exactas han adelantado mucho en nuestros dias ; mas no por eso de * — 631 — unos suponemos de mayores al- nces y talento que los antiguos. fZ e T°rl ¿ 7 raba J° s han Progresado Por el adelantamiento de nuestros antepasados ; y si las verdades que eUos han demostrado, hubiésemos lenicLo que demostrarlas nosotros , acaso en la misma época no hubié- amos dado tantos progresos. Esta es una verdad que para convencer- sede ella^ no se necesita más que echar ' la vista sobre la historia de las ciencias ; así es menester mirar con mucho respeto las obras . antiguas p>ara repudiarlas. Por lo común , llevados de nuestro amor propio , atribuimos los efectos á causas que no los producen, y estos regularmen- tel ° s °np° r ignorar los principios. No hay, pues, que titubear, pue- blo sevillano: cuanto gastes, por más que sean grandes los sacri fí- elos, es poquísimo comparado con *o que pierdes en cualquier media- na inundación; y lo que inviertas para evitarlas, pronto te será in- demnizado superabundantemente. Considera que sólo en la última ha gastado eL Ayuntamiento, aparte de los quebrantos y desastres que experimentaron la propiedad , el co- mercio y la industria, que ascien- den á millones, la suma de treinta y cineo mil duros. ¿Qué no hubiera po- dido hacerse con ella, bien inverti- da, para la defensadela ciudad? Y después de todo, amados compatri- cios, lograreis con vuestros actos una cosa que aun tiene mas valor y que os repetiré con el mismo sábio ingeniero antes citado: al paso que conelloslibrareis de tantos males á vuestra, patria* ÓS llenarán de ho- \ ñor y gloria enlos siglos venideros , perpetuando la memoria de los bien - hechores que con tanioempeño troM- quili zar on á sus conciudadanos de los temores que hoy en el di a con justo motivo agitan sus espíritus. Sevilla 30 de Abril de 1877. ÍNDICE Próiogo. í Co«iuni<’ario. I. Introducción. II. SIGLO XV. Años i í' 3 . « 1434 y 1433. « 148o . • III SIGLO XVI. « 4507 . « 1522 y 4523. « 1514 . « 1545 . « 1554 . « 1590 . « 1592 y 1593. « 1595 .. « 1596 . IV. SIGLO XVII « 1603 . < 1608 . Pogs. . VII 1 5 14 15 17 19 20 21 22 23 24 26 28 29 . 31 . 34 %0 — 63 i — JíTí>í. Pégs. a : 6!8 .... . 35 « 1026 .... 35 « 1833 .... . 8! a 1612 . . ~~ , S2 « 1 6-49 . . 97 a 1684 ... . 109 « 1691 . . 138 1692 .... . 139 « •ií)97 .... V. SIGLO XVIII. . 141 « 17 r 7 y 17<'8. 173! ... . 143 « . 164 a 1736 .... . 166 « 1739 . . 169 « 174 » . . 171 a 1745 . . 172 « 1750 y 1 7o! . . 173 a 1752 . . 178 « 175* .... . 179 « 1777 y 1778. , 184 a 1783 y 1784. . 193 « 1786 . . 239 « 17.87 . . 243 « 1789 . . 246 a 1792 . . 248 « 1796 . , 255 a 1800 ... VI. SIGLO XIX, . 284 a 1802 y 1803. . - . 293 « 1804 .... 296 a 1865 .... . 304 « 1806 .... . 313 63o — Años. Págs. € 1310 y siguientes. . 315 « 1821 . . 329 « 1823 . 3 ¿'3 « 1*29 . . . . 32* « 1830 . . 330 « 1831 . • . 334 a 18.-2 . . 337 <z J 834 • . id. 1838 . f id. a 18 9 . • • - 347 « 3 8 i < y 1811. • 3 58 ce 1843 . . 352 « 1844 v 1845, • 3 6 a 1853“. , 360 « 1853 . . 366 « 1836 . . 373 « 18 8 . . 403 « 1860 . • 428 a 1 ; 61 v 1832. . 430 a 1863“. . ; 491 « 1866 . . 493 « 1867 . . 499 « 1869 1871 y 1872. . 514 « 1876 . . 517 * 1877 . . : . Sil ílnrudiision. . 623