Memoria histórico crítica sobre las riadas, ó grandes avenidas del Guadalquivir en Sevilla, desde principios del siglo XV hasta nuestros dias
Full text
‘i
-
MEMORIA
SOBRE LAS RIADAS, Ó GRANDES AVENIDAS
DEL GUADALQUIVIR EN SEVILLA.
R.4L3ol MEMORIA
HISTÓRICO CFÍTICA
SOBRE LAS RIADAS, Ó GRANDES AVENIDAS
DEL GUADALQUIVIR EN SEVILLA,
DESDE
PRINCIPIOS DEL SIGLO XV
hasta nuestros dias.
POR EL DOCTOR
D. FRANCISCO DE BORJA PALOMO,
Catedrático numerario de la Facultad
de Derecho en e.'-ta Universidad
Literaria.
1877.
SEVILLA.
Redacción de El Español, Zaragoza, SO.
*
ADVERTENCIA.
El contenido de este libro, á
excepción del prólogo, se publicó
en las columnas del periódico de
Sevilla El Español, dando princi-
pio el dia 13 de, diciembre de 1876,
j concluyendo el 5 de mayo de
1877.
— XII —
daciones de Sevilla, ó si hay completa
ignorancia de lo que sucedió en este par-
ticular en los siglos que la precedieron.
Diñeil es la contestación; y sin embar-
go, vamos á darla á riesgo de que se nos
tache de temerarios.
En lo poco que conservamos de lo
que los historiadores griegos y romanos
escribieron de Sevilla, nada encontra-
mos que haga referencia á los desbor-
damientos del Guadalquivir; de la épo-
ca visigoda solo tenemos una leve in-
dicación en la fábula de los palos ó es-
tacas sobre que se fundó Sevilla; y de
la de la dominación árabe y africana,
menos todavía; y eso que se conservan
memorias y noticias de hechos análo-
gos y de menor significación, como son
pestes, sequías, terremotos que derriba-
ron las torres de las mezquitas, hoy
iglesias del Salvador y San Juan de la
Palma; invasión de los Normandos, in-
cendio de la mezquita mayor, motines,
asonadas y pronunciamientos y otros mu-
ciaos hechos de igual ó parecida índole.
En la segunda de las consideracio-
nes aludidas, acaso se encuentre la llave
del enigma; veamos sinó.
Siguiendo atentamente la marcha de
las inundaciones en el órden cronoló'*
— XIII —
jico coa que las enumera el autor, ob-
sérvase que estas aumentan en intensi-
dad á medida que se acercan á los tiem-
pos presentes.
En 1485. vinieron al suelo muchas
casas, y los barrios de la Cestería y Car-
retería sufrieron inmensos daño3.
1545, hundiéronse unas 200 casas.
1626, ó año llamado del Diluvio,
arruináronse 600 casas.
1649, á resultas de la riada, decla-
róse tan espantosa peste en Sevilla, que
se calculan en 200.000 las víctimas que
ocasionó.
1708, arruináronse 500 casas y se
hundieron por medio dos calles.
1709, peste; fué tanta la mortan-
dad, que no podían celebrarse los divi-
nos oficios por falta de personal.
1792, perecen en la lila 5,120 cabe-
zas de ganado.
1796, riada llamada la mas grande.
1800, peste.
1804, vendióse el pan á 9 reales la
hogaza.
1823, subió el rio 8*70 sobre su ni-
vel ordinario,
1856, subió el rio 8 ‘60 y duró la
inundación de la ciudad veinticinco
dias,
— XIV —
1876, subió el rio 10*18 y duró la
inundación siete dias.
De estas observaciones no creemos
temerario deducir, que retrocediendo en
progresión descendente, á partir de la
primera fecha consignada (1485) llega-
ríamos á la época en que los desborda-
mientos del Guadalquivir, poco se de-
jarían sentir dentro del casco de la po-
blación y aun en sus alrededores, á re-
sultas sin duda de la franca salida que
encontraban las aguas por la madre
vieja y de la mayor profundidad del
cáuce actual del rio.
De aquí, pues, tampoco tenemos
por aventurado concluir, que si la aten-
ción de nuestras autoridades y la de los
hombres de la ciencia se fijase en
ellas y pesándolas, estudiándolas y am-
pliándolas, fundasen sobre esta base un
riguroso sistema de defensa de ‘la ciu-
dad, acaso salvásemos el peligro que
nos amenaza de una inmensa catástro-
fe, á seguir en progresión ascendente
la fuerza de las inundaciones, tal cual
viene observándose hace cerca de cua-
trocientos años.
Otra cuestión importantísima trata
el señor don Francisco de B. Palomo
con levantado criterio y exacto conoci-
— XV
miento de causa, como quien intervino
muy directamente en ella, y tuvo y tiene
la triste satisfacción de ver realizados
sus pronósticos calificados en otro tiem-
po de cavilosas conjeturas, y hoy ele-
vados á la categoría de verdades de-
mostradas. Esta cuestión es la que se
refiere al derribo de las murallas y ma-
lecones que en otros tiempos protegie-
ron á Sevilla, sin haber sido sustituidas
con otras, sólidas defensas que la pusie-
sen á cubierto del estrago de los des-
bordamientos del Guadalquivir.
Sus juicios son tan exactos y sus
demostraciones tan concluyentes, que
creeríamos aminorar su interés permi-
tiéndonos el mas lijero comentario. Así,
pues, dejárnosla íntegra al lector, se-
guros de que ha de encontrar en ella la
solución del problema planteado desde
el día que les inundaciones pusieron en
inminente peligro la existencia de Sevi-
lla, y encontrará, además, la verdadera
síntesis del libro del señor don Francis-
co de B. Palomo; libro que, repetimos,
no debiera haberse escrito si ha de con-
tinuar brgo tiempo todavía la incalifi-
cable indolencia é imcomprensible apa-
tía, con que para ruina y vergüenza
nuestra, se mira esta cuestión de vida
— XVÍ -*
Ó muerte, ó que debiera esculpirse eri
piedra ó brocee, si logra ser oido y al-
canza á vencer los obstáculos mas bien
morales que materiales, que se oponen
á que de una vez para siempre se ahu-
yente ó aleje el peligro que nos ame-
naza. y se acometa la meritoria empre-
sa de defender permanentemente á Se-
villa de los perjuicios y áuu desastres
que le originan los frecuentes desbor-
damientos del Guadalquivir.
J. Guichot.
ctúiostem
Sr. Director de El Español.
Muy señor mió y estimado ami-
go: lías oportunas observaciones'
que ha hecho V. en su acreditado
periódico estos dias, indicando sus
temores, desgraciadamente 1 reali-
zados, de que- las consecuencias de j
la avenida dei Guadalquivir que se
esperaba por das abundantes ., fra-v.
vias, fuesen más sensihiéñ quó\ én :
otras ocasiones semeiantesi' cuan-'
do be vi lia contaba con poderosos 1
medios de defensa para resistir el
ímpetu de la desbordada corriente,
trajo á mi memoria algunos de los
datos qué registrando loshisíofia-
2
dores de la gran metrópoli anda-
luza y otras noticias inéditas de
familia, recopilé hace trece años
para sostener en empeñada polémi-
ca, como Síndico del Excmo. Ayun-
tamiento, mis opiniones contrarias
á las reformas, que revocando lo
que antes habia acordado, dispuso
aquella Corporación sóbrelas obras
que debian ejecutarse en la parte
esterior al Oeste y Norte de la Ciu-
dad. Mis esfuerzos de entonces
fueron inútiles, y solo me trajeron
frialdad y disgustos de parte de al-
gunos de mis buenos amigos y
compañeros, que me calificaban de
visionario, y de anticuado mi mo-
do de pensar. Hubo formal propó-
sito de que quedára muerto el
asunto, que mi delicadeza, por el
carácter que se pretendió darle, no
me permitía agitar, y salí del
Ayuntamiento sin que la cuestión
quedara resuelta. Lo fué después,
sin duda en sentido contrario á mis
— 3 —
deseos, porque se demolió la mu-
ralla y no se restablecieron otras
obras de defensa contra el rio. Hoy,
por desgracia, se tocan las conse-
cuencias de aquella impremeditada
medida, ypronto ha venido el tiem-
po á comprobar mis tristes vatici-
nios, con el desastre que nos abru-
ma.
Algunos de mis amigos que re-
cordaban la cuestión que sostuve
en 1863, me han estimulado para
que se publiquen las noticias que
entonces reuní y sirvieron de fun-
damento para formar mi juicio, con
la mocion en que lo expuse al Exce-
lentísimo Ayuntamiento. Allá van,
pues, Señor Director, no con otro
objeto, sinceramente lo digo, que
el de repetir la voz de alerta , para
que los recuerdos del pasado y del
presente, sean eficaz estímulo á
nuestras celosas autoridades, á fin
de que adopten prontas y sérias
medidas, enérgicas precauciones
para el porvenir, contra un enemi-
go que, constantemente amenaza á
esta hermosa población, y que no
porque á veces aparezca dormido
durante largos períodos, deja lue-
go de traer sobre ella de improvi-
so gravísimos conflictos; y cuyas
consecuencias, no debe olvidarse ,
aún después de dominados, han so-
lido ser terribles en varias ocasio-
nes.
Queda de V., Señor Director,
atento amigoy servidor Q.^B. S. M.
Feaciscode B. Palomo.
Sevilla 10 de Diciembre de 1876.
I.
Guadalquivir, ó el gran rio, co-
mo llamaron ios árabes al antiguo
Bethis que dió nombre á esta úl-
tima región de la Península Ibéri-
ca, nace con el Segura en la Sier-
ra que así se denomina entre Que-
sada y Cazorla, provincia de Jaén,
y tomando-ambos direcciones opues-
tas recorren y fertilizan dilatadas
comarcas, hasta morir el uno en el
Océano y el otro en el Mediterrá-
neo. El Guadalquivir en su cur-
so de cien leguas desde sus pri-
meros afluentes, atrayiesa cuatro
de las provincias andaluzas, Jaén,
Córdoba, Sevilla y Cádiz, aumen-
te siglo para estrechar y profun-
dizar el cáuce, y las cortas de al-
gunos de los tornos que en su
marcha describe el rio desde Se-
villa á Sanlúcar, han mejorado,
sin duda en mucho, sus condicio-
nes naturales, y disminuido con-
siderablemente el número de las
riadas que antes se contaban. Pe-
ro pensar que por ello debe per-
derse el temor de que alguna vez
sobrevengan; descuidar en esa fa-
laz confianza las obras de defensa
que Sevilla ha conservado por vein-
te siglos con esmero para evitarla
ruina de sus habitantes; destruir
otras que con la esperiencia del
pasado levantó á costa de enor-
mes sacrificios, y luego sostener
con decisión y tenacidad que tales
actos fueron bien y acertadamen-
te ejecutados, es querer empeñar-
se en dar pruebas de insensatez ó
de demencia. Los que así pien-
sen, que vayan al Blanquillo si
13 —
Dios en su justicia (y confiamos
que no lo permitirá en su miseri-
cordia) manda á los elementos re-
petir la escena que allí se presen-
taba en la mañana del dia ocho
de este mes; y cuando vean y sien-
tan el furioso ímpetu con que allí
rompe la arremolinada corriente
de las embrabecidas ondas, que
semejantes á un inmenso mons-
truo avanzan á devorar á Sevilla,
tal vez varíen de modo de pen-
sar. Si esto no les bastare, me-
diten algún tanto sobre el lúgu-
bre cuadro, que aunque mi pluma
no acierte á trazarlo con su ver-
dadero colorido, paso á poner de-
lante de sus ojos.
— u —
SIGLO XV.
Año 1403.
La primera inundación de que
hace mérito D. Diego Ortiz de Zú-
ñiga en los Anales de Sevilla , des-
pués de la que antes apuntamos,
es la del año 1403 que según el
historiador Mariana fué de abun-
dantísimas lluvias en toda Espa-
ña y causa de grandes desastres.
Los del Guadalquivir fueron ter-
ribles, porque penetrando por la
puerta del Arenal y calle de la
Mar, é inundando la mayor parte
de la ciudad, llegó hasta el tem-
plo de San Miguel, no bastando á
— 13 —
evitarlos, los muchos reparos con
que aquella estaba prevenida. (1)
Años 1434 y 1435.
Mereció ser contado el triste
acontecimiento de estos años, en
el Sumario de las maravillosas y
espantables cosas que en el mundo
han sucedido , libro que escribió
Alvaro G-utierrez de Torres, y se
imprimió en Toledo el año 1524.
«Creció tanto el rio Guadalqui-
vir, dice Barrantes Maldonado en
sus Ilustraciones de la Casa de
Niebla , M. S. que se conserva en
la Biblioteca Colombina,» que cre-
ció dos codos menos junto á las
almenas del adarve de la ciudad,
y el agua la cercó toda á la re-
donda, y la gente se metió en las
naos, y carabelas, y barcos por
mayor seguridad, y se calafatea-
ron las puertas y agujeros de los
(\) Ortiz de Zmign én el año citado ,
— 16 —
muros, y en cuarenta dias no hu-
bo moliendas con la demasiada
agua, sino era de atahonas, por lo
cual murió en el reino mucha gen-
te de hambre.»
Estos hechos están confirmados
en la Crónica del Rei D. Juan
II que escribió Fernán Perez de
Gruzman, que en el capitulo IX del
año trigésimo cuarto desu reinado,
dice lo siguiente:— «Murieron en
este tiempo muchos ganados, é la
tierra quedó tan llena de agua,
que no podian andar los caminos,
é con esto no podian arar ni sem-
brar é fue la carestía tan grande
que los hombres no se podian man-
tener. Y entonce en Sevilla cre-
ció tanto el rio Guadalquivir, que
llegó dos codos menos de junto
con las almenas, é la gente de la
ciudad de dia no entendían en otra
cosa sino en calafatear é reparar
la cerca, é muchos se metían en
las naos é caravelas, ó los que no
-in-
ternan en qué pensaban ser todos
perdidos. Y esta fortuna duró has-
ta el dia de Santa María de Mar-
zo del año de mil é cuatrocientos
treinta é cinco que á Nuestro Se-
ñor plugo que esta tormenta ce-
sase.» (1)
Año 1485.
Véase como refiere el suceso un
testigo presencial que cita nuestro
analista. «A once de noviembre
comenzó de llover hasta el dia de
lanatividad.... que no ovo sino
dos ó tres en que descampase; ó
llovió tan recio é tantas aguas,
que nunca los que eran nacidos
estonces, vieron ni tantas aguas
ni tantas avenidas en tan poco
tiempo. Subió el agua del Guadal-
quivir en las mas Altas señales déla
almenilla de Sevilla ó de la barran-
(V Gutiérrez de Torres . Barrantes Maído-
nado , la Crónica de D. Juan II y Ortiz de Ztí-
ñiga en los lugares citados.
3
18 -
ca de Coria, é duró una vez en
aquel peso, que poco mas ó menos
no abajaba, once dias.... y estu-
vo t la ciudad en muy gran temor
de ser perdida por agua.... é en-
tró por las Atarazanas.... cayé-
ronse infinitas casas: derribó el
rio gran parte de Triana ó bañó
todo el monasterio de las Cuevas
é sacaron los Monjes en barcos, é
recibió muy gran daño el monas-
terio.... Derribó el rio la mayor
parte de los arrabales de Sevilla
que dicen Cesteria ó Carreteria, é
estuvo cercada de agua en todas
partes, de manera que en tres dias
no le entró pan cocido de fuera,
ni otra cosa, nin podian entrar en
ella, nin salir con las muchas
aguas.» (1)
(\ ) Capítulo 78 de la Historia de los Reyes
Católicos por Andrés Bermldez Cura de los
Palacios, publicada por la Sociedad de los Bi-
bliófilos andaluces.
— 19 —
ni.
SIGLO XVI.
Año 1507.
«En 20 de Noviembre, creció el
rio de Sevilla tanto que se llevó
la puente, la cual fué sobre la nao
mediana de Señora Santa Ana, de
que habia sido Maestre Juan de
Urbano vecino de Bilbao, é rompió
los cables é llevó por el rio hasta
cerca de Hernanjarache: é para la
remediar, luego á la hora se equi-
paron dos bajeles con treinta j un
hombres é gastó en este dia lo si-
guiente: 1 538 maravedís.» (1)
(V Libro de Tesorería de la Casa de la
Contratación, de 1503 á 1508 citado en una Ora-
ción de D. Cristóbal Nieto.-— Memorias de la
Real Academia de Medicina de Sevilla To*
mo 3 .°
20 -
AÑOS 1522 Y 1523.
Ni en los Anales de Ortiz de Zú-
ñiga, ni en las obras impresas de
otros historiadores de Sevilla, ni
en los muchos manuscritos que he-
mos examinado sobre sucesos no-
tables de la ciudad, hemos encon-
trado noticias ó relación de la ave-
nida del Guadalquivir en estos años.
El hecho, sin embargo, es induda-
ble; porque el P. Fray Fernando
de Yalderrama, religioso de la or-
den de San Francisco, persona dis-
tinguida por su saber y diligentí-
simo investigador de las cosas de
Sevilla, su patria, en el Apéndice
de la segunda edición de su Com-
pendio histórico descriptivo de la
misma ciudad, impreso en ella en
1789 bajo el anagrama de Fermín
Arana de Valflora, publicó una
larga poesía en dísticos latinos, de
autor desconocido, y que intitula:
Quexas de Sevilla á Guadalquivir
por la inundación que padeció el
— ll-
ano de 1522 y 1 523 , siendo su A sis-
tente el Conde de Osorno. (D. Gar-
ci Fernandez Manrique). Dividi-
da la composición en dos partes,
contiene la primera las quejas en
treinta y cuatro dísticos; y la se-
segunda, la respuesta del Bétis en
treinta y seis. Del contenido de
los versos en que Sevilla se queja
del Guadalquivir, se conoce haber
sido antiguo el pensamiento de
plantar árboles á las márgenes del
rio, como medio útil para resistir
la violencia de sus olas; pero por
desgracia han pasadojtres siglos.sin
que se llevara á efecto este opor-
tuno proyecto, y aun en nuestros
dias no se le dá toda la estension
necesaria.
Año 1544.
Continuándolas lluvias, dice una
fidedigna Memoria que copia Or-
tiz de Zúñiga, eran tantas, que el
31 de Enero llegó el rio Guadal-
— 58 -
Año 1595.
Reparaba Sevilla sus muros,
dice Ortiz de Zúñiga, harto lasti-
mados principalmente por la par-
te del rio de sus invasiones pasa-
das, cuando hubo de sufrir otra
inesperada avenida el 22 de No-
viembre de este año. Dan razón
de ella, ya que no lo haga Zúñi-
ga, otros escritores contemporá-
neos, asegurando que fue tan
grande, que estuvo nueve dias en
su peso el agua llegando á la ma-
yor altura en el de S. Andrés.
Hiciéronse rogativas públicas por
los religiosos Carmelitas descal-
zos del colegio del Angel de la
Guarda, y salió en procesión la
imagen de Señora Santa Ana has-
ta el castillo de la cortina del
Altozano, donde estabael agua del
rio por aquella parte, que se cogia
con la mano desde la torre de la
Almenilla. Creció el Tagarate jun-
to á las puertas de Córdoba y del
~ 29 -
Sol, entrando por la del Osario
hasta media plaza; y no volvió el
rio en sil cauce hasta el 4 de Di-
ciembre. Los monjes cartujos se
marcharon de su monasterio á Es-
tévan de Ronvi, hacienda que es-
tá en el Aljarafe entre San Juan
de Aznalfarache y Tomares, cono-
cida por la Cartujilla. (1)
Año 1596.
Del mismo Francisco Ariño es
la noticia ce otra inundación del
Guadalquivir en Triana, el 14 de
Mayo sigui3nte. Fué el agua por el
Altozano alelante permaneciendo
por cima del postigo del puente del
castillo durante cuatro dias. Rom-
pió el rio d fuerte muro que rodea
el Monasterio
. de la Cartuja, te-
niendo q ui salir los monjes con el
m FrarÁsco Ariño, Sucesos de Sevilla.—
M. S. procedente del Conde del Aguila, en el
Archivo muacipal. y en la Biblioteca Colom-
bina M. S.dl P. Rafael Pereira, jesuíta, cita-
dos por el Swr Palié.
- 30 -
: .
agua á la cintura á tomar los par-
cos que se les enviaron para sali-
varlos. El 31 de Diciembre, según
Ariño, volvió á salir el rio de ma-
dre durante tres dias. (1J
(\) Francisco Ariño, Sucesos le Sevilla.—
Memorias del Monasterio de la Catuja, M. S<
qu pom.
-31 -
iy.
SIGLO XVII.
El 20 de Diciembre de este año,
ségañ Ariño y los otros escritores
citados, hubo otra grande avenida
que llamaron de Santo Tomé, cu-
briendo el agua toda Triana, entre
las cinco y seis do la tarde, sin de-
jar cuatro varas de tierra, y estas
á manchas. Perdiéronse sólo en la
Aduaná mas de cincuenta mil du-
cados: quedaron muchos buques en
seco, costando gran trabajo vol-
verlos al agua.
El ímpetu de la corriente arras-
tró el puente de Barcas, cuyo ca-
— 32 —
pataz ó maestro mayor, Juan de
Lepe, murió el dia 29. Hasta el 4
del inmediato Enero no bajaron
las aguas, ni pudieron recogerse y
volver á su lugar dos de los bar-
cos que habian quedado en la puer-
ta de Jerez. El costo para traer
los demás á su sitio se concertó en
cincuenta ducados por cada uno.
Como documento curiosísimo que
acabará de completar la idea de la
situación del barrio de Triana en
aquella terrible avenida, copiare-
mos una fée de bautismo que exis-
te en el libro 21 de los celebrados
en la Iglesia parroquial de Santa
Ana, al folio 376. Dice así: «El
domingo 21 de Diciembre de 1603
años, que fue el dia que salió el
rio de esta ciudad de Sevilla, de
donde resultó mucha abundancia
de agua, de tal manera que la ave-
nida de San Andrés no fue tanta
con muchas partea, y de tal ma-
nera que llegó el agua á la iglesia
— 33 —
de Señora Santa Ana, y si no se
pusiera remedio á las puertas se
anegara la iglesia, de donde resul-
to hundirse los altares, ahajarse
las sepulturas, caerse muchas ca-
sas, ahogarse muchas personas, v
matarse otras muchas que cogie-
ron las casas, de tal manera que
se llevó la Puente toda', murió mu-
cho ganado que no se pudo contar:
oe tal manera que se salieron los
frailes de la Vitoria: y así en este
día, yo Juan Fernandez, Cura de
esta Iglesia, bautizé á Juan, hijo
de Pedro de Robles y de Catalina
jarcia su mujer: fue su padrino
hrancisco Beltran, todos vecinos
de esta collación, al qual le adver-
tí ia cognación espiritual, y en fée
de verdad lo firmé de mi nombre.
Puro esta tempestad desde sábado
veinte de dicho mes, hasta martes
veinte y tres del dicho: siendo tes-
tigos Juan López Deza, y Juan del
Coto, y Juan Macias, que se le
5
— 34 —
cayó la casa, y Francisco de Guz-
man, y Juan Pacheco todos Pres-
bíteros. Fecho etc. (en el dicho
dia, mes, y año). — Licenciado Juan
Fernandez.» (1)
Año 1608.
No menciona Ortiz de Zúñiga
en los Anales , crecida alguna del
Guadalquivir en este año; pero en
una antigua Memoria de vanos
de estos tristes sucesos que hemos
consultado, consta uno análogo
que no debemos omitir. Dice, pues:
<E1 21 de Marzo á las dos de la
tarde hubo una gran tempestad y
tormenta de viento y agua. Hizo ;
pedazos la puente y arruinó la es-
tacada de ella, y la volvió lo de
abajo arriba, y arrancó del Oas-
tillo de Triana cinco almenas y las
arrojó sobre la puente é hizo otros
destrozos notables, sin llegar al
m Ariño, Sucesos de Sevilla.— M. SS- deJ
Conde dd Aguila y P. Pereira, y el Archivo *
la parroquial de Santa Ana.
i
— 33 —
monton de chamiza que está tan
cerca, ni á los toldos de estera
de las ostioneras, que cualquier
soplo las destroza. Fue breve y co-
sa infernal; es largo contar las par-
ticularidades de muertes, ruinas
de casas, y de árboles y de otras
cosas.» (1)
Año 1618.
Consta en mis apuntes que hay
relación impresa de fá riada de
este año, y aún quiero recordar
haberla visto; pero no es posible
haberla ahora á la mano. Es sin
embargo indudable que ocurrió el
día 12 de Marzo, y que superó á
la de 1603. (2)
Año 1626.
Llegamos al año que registra
sucesos mas terribles de esta espe-
CU Memorias de Sevilla en la Bibltoteca
Colombina y Archivo de la ciudad. Sección espe-
cial, lomo 20. r
( 2 ) Las mismas Memorias antes citadas.
— 36 —
cié, la historia de la capital de An-
dalucía.
Llamóse por antonomásia, no
solo en esta tierra, sino en^ toda
España, el año del diluvio. (2) El
horrendo y á la vez grandioso es-
pectáculo que presentaba el Gua-
dalquivir arrastrando cuanto en-
cuentra en su impetuosa marcha,
llevando por doquiera la desolación
y el exterminio, y convirtiendo en
mar inmenso la llanura donde está
edificada Sevilla, que queda casi
sepultada bajo sus espumosas olas,
de repente confundidas con las del
Océano; inspiró el estro poético de
los ilustres vates sevillanos, cuyos
versos al Guadalquivir son de las
joyas mas preciadas que adornan
m En la comedia La respuesta está en la
mano (Madrid— por un ingenio de esta Corte)
que algunos suponen de Calderón, dice la da
Libró á mi padre la suerte
Bel diluvio de Sevilla:
Dióle vida una barquilla,
Y aquí una pena la muerte.
— 37 —
nuestro Parnaso. (3) Los prosis-
tas también dejaron muestras de
su exactitud, de su concisión y
claridad en la narración de los su-
cesos. Además de lo que con sus
(3) Tales los de Francisco de Rioja en su
Epístola moral á Faiio:
Esta invasión terrible é importuna
be contrarios sucesos, nos espera
Desde el primer sollozo de la cuna.
Dejémosla pasar como á la fiera
Corriente del Gran Betis, cuando airado
Dilata basta los montes su ribera.
Tales también los del famoso Soneto de don
Juan de Arguijo, escrito entonces según cree
. Sr. Fernandez Guerra, ó poco antes en oca-
sión analoga.
AL GUADALQUIVIR.
Tu, a quien ofrece el apartado polo
Hasta donde tu nombre se dilata.
Preciosos dones de luciente plata
Uue envidia el rico Taj'o y el Pactólo;
Para cuya corona, como á solo
Ley de los ríos eníretege y ata
Palas su oliva con la rama ingrata
Due contempla en tus márgenes Apolo;
Claro Guadalquivir, si impetuoso
Con crespas ondas y mayor corriente
Cubrieres nuestros campos mal seguros;
De la mejor ciudad, por quien famoso
Alzas igual al mar la altiva frente.
Respeta humilde los antiguos muros.
— u —
muralla que mira al Oriente, cor-
rió furiosamente, y entrándose
por algunos husillos y puertas mal
prevenidas, anegó las parroquias
de San Julián y Santa Lucía y la
calle del Sol, con todas pus perte-
nencias, en aue inundaría más de
otras dos mil casas. Acometió la
puerta del Sol que aquella hora la
velaban los vecinos, y así no entró.
Salieron los frailes de la Santísima
Trinidad en procesión con el San-
tísimo Sacramento, temiendo que
se anegaba todo el mundo; y refie-
ren los religiosos que respetó el
agua á su Autor y no, entró en el
convento. Mas inundó todos aque-
llos prados de Santa Justa; y jun-
tándose con el arroyo Tagarete,
inundó toda la parroquia de San
Roque extramuros, anegó el con-
vento de San Agustín, barrio de
la Calzada, y parroquia de San
Bernardo, en que hay mas de seis-
cientas casas, hasta volverse á
juntará la puerta de Jerez; dejando
anegados toáoslos estendidos cam-
pos de Tablada, con el convento
de San Diego, San Sebastian, y
barrio de San Telmo.
Por la otra banda del rio quedó
Triana del todo anegada, y en ella
su gran parroquia de Santa Ana, en
cuya iglesia que es lomas alto des-
ta población, llegó el agua hasta
el altar mayor; y se anegaron el
castillo déla Inquisición, las monjas
y frailes de la Vitoria, los Reme-
dios, y otros hospitales é iglesias,
con mas de tres mil casas. No se
vió tierra descubierta desde las
faldas del cerro deCastilleja hasta
la Torre de Cuartos en mas de legua
y media, en que se anegaron muchas
huertas, casas de placer, quintas,
heredades, cortijos, detodo lo cual
no se parecia mas que las cumbres.
Piscinm et snmnta gemi-s Jiasit ulmó
Nota qu(R sedes fuerat columUs-.
Et superjecto pavidez natarnnt
sEquore v acece.
— 46 —
Llegó el agua por la parte del
Almenilla, á un balcón que en
ella está, mas de una vara de me-
dir, de lo que jamás se ha visto; y
aquí dicen estuvo escrito tal vati-
cinio: «Sevilla ¡ay de tí, cuando el
agua llegare aquí!»
Fué terrible la confusión que
amaneció el dia de la conversión
de San Pablo que fue el domingo,
25 déste mes. Porque en las par-
roquias inundadas, se. consumió
el Santísimo Sacramento, despo-
járonse los altares, desocuparon
los religiosos sus conventos, salie-
ron las monjas de sus clausuras,
andaban cuadrillas de gente por
la parte de ciudad que quedó, por
anegar, buscándolos padres a los
hijos, y las mujeres sus maridos y
deudos, que con la turbación y
tinieblas no vieron. Ya habían en-
trado muchos barcos en la ciudad,
y con ellos iban socorriendo á los.
que mas dinero ó mas peligro te?
— 47
j/
a
10 CUal Se vió una , bárbara
crueldad y q Ue solo la codicia pudo
cometer, y yo la refiero aquí por
cosa que se ha dicho pública-
mente en los púlpitos; que algunos
ministros de justicia, concertándo-
se con los barqueros por cien rea-
les en un día, se llevaban ellos to-
do lo demas que se ganaba ó hur-
taba; y asi pedian por una perso-
na cien reales, y poruña familia
quinientos; y en dejando solas los
vecinos las casas, las entraban á
robar, y que los colchones que
sacaban para tapar los husillos se
los llevaron á sus casas, y só color
que eran menester veinte, hurta-
ron y saquearon gran cantidad. Y
esto S tales, que merecían toros de
aíans, pretenderán garnachas.
Pero no querrá Dios niunrey jus-
t° y justiciero, que esto quede sin
debido castigo, sabida la verdad.
Como el caso fue repentino, y
tantas atahonas y hornos se ane-
— 48 —
garon, Y no habia pan prevenido
en la ciudad, llegó este dia a valer
la hogaza á tres y cuatro reales y
no se hallaba. Cayeron con la con-
tinuación del agua muchas casas,
en mas cantidad de seiscientas, en
las cuales perecieron muchas al-
mas cuyo número no se sabe. Lle-
vóse el rio y corrompió la mayor
parte de la mercadería de las in-
dias, que estaba tendida en el are-
nal, desde la torre del Oro ñas,
a
la puerta deTriana, corambre, palo
del Brasil y Campeche, cajones de
añil y azúcar, tablas de Flanees,
maderas de todas suertes ,los al-
macenes de aceite, las bodega, de
vino de Triana y su vega, ahogo
infinito ganado, mayor y ^ e ^ r ’
de las dos islas; muchas cabalga
duras de servicio en las posadas y ^
casas de la ciuaad.
Yiéronse casos muy lastimosos
y extraordinarios: parieron dos
mujeres, ó mal parieron, en »
— 49 —
en^f ¿ni 68 -* ¥V° r; 7 otras áos
en ei colegio de los frailes vitorios;
que allí se habían recogido. Pes-
“ ^ DgUÍIlas y albares ^ al-
gunas calles; viéronse los ratones
Jios gatos juntos en los tejados y
oteas, sin ofenderse unos á otros;
fiábanse las señoras y donce-
llas a los barcos desde las venta-
nas y terrados, sin respeto á que
les viesen sus carnes, y otras da-
ban J 0(
í
es P ldi endo de comer, lla-
mando los barcos que las socorrie-
sen.— -Jiira cosa lastimosa mirar
Ja ciudad inundada, desde la mu-
ralla, viendo las casas solas y
abiertas, aullando en ellas los per-
ros tristemente, y otras caídas en-
cima de sus habitadores; por la
ciudad, temblando las que estaban
en pie y amenazando ruina; y así
no hay calle que no esté espesada de
gruesos puntales y no bastan los
materiales ni los oficiales á repa-
rar las que se van cayendo. Los
7
-SO -
navios de la ribera del Guadal-
quivir, vararon lejos de tierra y
allb están»
En tan grande desventura ha
habido algunos alivios, que la
piedad del pueblo sevillano (que es
ejemplo de los siglos en piedad y
magnificencia) ha dado á la mise-
rable plebe. Y así, luego que ama-
neció el domingo, 25 de enero, los
señores prebendados de la santa
iglesia repartidos en barcos, an-
duvieron á todas partes, sacando
gente, y dando pan á los que no
podían salir; y esto continuaron
muchos dias, sosteniendo innume-
rable gente anegada y que sehabia
recojido enla santa iglesia. Y tras
de estos señores, siguiendo su
ejemplo los señores conde de la
Puebla, conde de Palma, marqués
de Molina, marqués de Villar
Manrique, don Lucas Pinedo, don
Francisco de Lugo, don Fernando
Melgarejo, veinticuatros; los pa-
«. m —
dres del colegio de San Hermene-
gildo, los de la casa profesa de la
ompama de Jesús, los señores
Kegente y oidores, y otros muchos
caballeros y mercaderes; y hubo
uno que pidió que le diesen doce
barcos, porque quería gastar trein-
ta mil ducados en dar de comer al
pueblo. Este se dice, Tomás Ma-
nara que bien merece escribirse
su nombre y saberse su piedad.
A o fue menor la de los pueblos
circunvecinos, que sabido el aprieto
y aflicción de la ciudad, enviaron
infinita cantidad de pan; y fué
misericordia de nuestro Señor que
quedase una puente descubierta que
está á la puerta de la Carne, para
que por allí se socorriese y en-
trasen bastimentos: en que se se-
ñalaron Utrera, renovando su an-
tigua panadería; y Alcalá y Car-
mona; de modo que bajó el pan á
real. Luego otro dia siguiente fué
también de mucho consuelo para
-{Ji-
la gente aflijida, que á la misma
hora que sucedió entrar el rio
acudieron á la santa Iglesia el
Dean y muchos prebendados, y
descubrieron el Santísimo Sacra-
mento. Lo mismo se hizo en mu-
chas iglesias, tocando todas á ple-
garia, lo cual no ha cesado en mas
de veinte dias. Han sacado en
Triana la imagen de señora santa
Ana; en la colegial de san Salva-
dor, nuestra señora de las Aguas;
en la santa Iglesia la imagen de
nuestra señora de los Reyes.
Llevóse en procecion á la torre
Mayor el precioso Lignun Cruci
y se mostróen las cuatro ventanas
de la torre; y esto ha sido por dos
veces: en la primera cesó el aire
que furiosamente corrió, y bajó el
rio mas de dos varas, y por luego
serenó el tiempo; en la segunda
vez que le sacaron á la misma
torre, fué cosa también maravillo-
sa, que estando en una ventana
exorcizando la tempestad según el
ritual romano antiguo, llegando el
preste a decir aquellas palabras
Appareat arcus tuns in nubibus
coeli^l punto pareció el arco en
el cielo á la misma parte del exor-
cismo, y por luego serenó; aunque
después acá ha vuelto á llover
porfiadísimamente todos los dias
y salir segunda vez el rio, sin ha-
berse desanegado la ciudad, antes
crece el agua cada dia, y la aflicción
y las plegarias, y todos repiten:
oalvum me fac , Deus, quoniam
i n traverun t aquce usque ad animam
meam. La miserable plebe anda
todavía desalojada y no tiene mas
refugio que los templos y la mise-
ricordia del pueblo.
Muchos echan maldiciones al
Asistente y á los veinticuatros,
pareciéndoles que su descuido ha
causado tanto mal; otros, mas su-
fridos, acreditan con su paciencia
la fábula de Decaulion, mostrando
fio todo el vecindario, escepto los
que vigilaban.
No habia pasado una hora cuan-
do recibió aviso de que el agua del
rio entraba por encima de los ta-
blones de la puerta Nueva (1) si-
(1) Llamábase así en aquel tiempo, ó la de
la Almenilla tantas veces citada en las memo-
rias precedentes, la que en lo antiguo se cono-
ció con el nombre de puerta de Vib-Ragel, en
el sitio donde tuvieron edificado un suntuoso
palacio los reyes moros, que San Fernando
concedió para fundar un monasterio de religio-
sas del orden del Cister con la advocación de San
Clemente, en memoria del dia que entró en Se-
villa como conquistador. — Llamóse también
de la Almenilla por una que remataba su fron-
tispicio y que servia de regulador para mpdir
ta altura que tomaban las aguas del Guadal-
quivir en sus avenidas, por ser su situación en
el ángulo de la muralla mas combatido y que
exigía frecuentes reparaciones. — Ortiz de Zú*
ñiga hace memoria de las que se egecutaron
en 138icomo de grande importancia para la
defensa, terraplenando de fuerte argamasón
entre los murps y el rio, un espacio grande en
que quebrasen las corrientes que aquella par-
te tiene derechas, cuyo espacio á propósito
para pasear y frecuentado por sus hermosas
vistas, tomó el nombre de Patín de las Pamas.
Cuando nuestro analista escribía, después de
mediado el Siglo XVII, ya se habia hecho una
nueva obra, por que la impetuosa corriente
habia socavado por su fundamento las ante-
tuada cerca de la Macarena; y que
habían sido insuficientes los me-
dios adoptados para poner otro ta-
nꡟ ^ l0S
,
que tenia » Por
no haber canal en que encajarlo;
J acudiendo inmediatamente al
sitio comprometido, en fuerza de
sns disposiciones que ejecutó por
si mismo y auxiliado de sus de-
pendientes, se logró echar á plomo
sobre la puerta que penetraba el
agua, otra enorme que mas de
veinte
^ hombres trajeron del mo-
nasterio de San Clemente; con lo
que fue contenido el daño, cesan-
do por completo cuando se relle-
naron los huecos con colchones.
Mientras se egecutaba tan difí-
cil y arriesgada maniobra, mas de
la media noche, recibió aviso el
riores. De ella y de la última y definitiva da
remos razón mas adelante. La puerta Sidos'
sus antiguos nombres, era en ^estros dias co-
nocida con el de la. Marqueta norias que allí
— 62 —
Asistente de qne por la puerta del
Arenal entraba también gran gol-
pe de agua; por lo que en el acto
envió á su Teniente el Doctor Roa-
no Corrionero para que tomase
cuantas medidas fuesen oportunas
á conjurar el peligro. — Según la
relación impresa, cuando el Doctor
Roano llegó á la puerta del Are-
nal, se encontró sólo con dos cria-
dos que le acompañaban. No esta-
ban allí los diputados y operarios
á quienes quedara encomendada la
guarda de aquel importante punto.
Las dos relaciones manuscritas di-
cen, que se habían marchado á sus
casas á dormir, en la confianza de
que aada sucedería; y también el
Asistente , por cuyo motivo en la Fe-
rio, quisieron arremeter contra él y
se quitó de delante . — El agua habia
rebasado los tablones, desquiciando
la puerta á pesar de estar apunta-
lada; y aunque el Doctor Roano
con los suyos mojándose hasta el
— 63 —
pecho intentó reponerla y casi lle-
gó a conseguirlo, de pronto la fu-
ríosa corriente invadió la calle de
a ar dándoles á penas tiempo
para huir y avisar á voces el peli-
gro que amenazaba á todas las ca-
lces y casas de aquel barrio.— Sus
Habitantes, que descuidadamente
dormían, cuando despertaban ater-
rorizados y confundidos, veian un
mar de agua dentro de sus casas,
que la presteza con que fue crecien-
do no les dió lugar poner en salvo
lo mejor de su hacienda, teniéndose
por muy afortunado el que en tal
conflicto librab a la vida. — Crecía
el agua por instantes y con ella
las lágrimas de las mujeres, niños
y ancianos, cuyas voces penetra-
ban los más endurecidos cora-
zones.— Era mucha la oscuridad
de la noche, terrible el viento,
grande la confusión y mayor el
peligro, porque creían todos que
no habría parte en toda la ciu-
— Ci-
clad donde no alcanzase el daño, ni
casa que no cayese con la furia
del agua y el rigor del huracán.
— Salian muchos de sus casas,
y creyendo salvar ya el conflicto,
se encontraban con las calles ane-
gadas sin poder pasar, y con la
dificultad de volver al punto de
su partida. — ¡Noche terrible! No
registran otra ^semejante los fas-
tos déla infortunada Sevilla. Cuan-
do amaneció el dia 25, dos tercios
de ella estaban completamente ane-
gados, y fué la causa no solo el
agua que penetró por la puerta
del Arenal, sino la que habia en-
trado también por la Nueva ó de
la Almenilla, y por los husillos de
la Casa de Moneda y conventos de
Santa Paula, San Clemente y San-
ta Clara, que se dice no estaban
á cargo del Asistente ni de la ciu-
dad, quienes por lo tanto no te-
nian conocimiento de su estado.
—Por la parte del norte Illegó el j
agua á las puertas de las parro-
quiales de San Martin y San An-
drés, y en la de San Juan de la
r^alma no penetró porque la tapa-
ron bien.— En San Gil tampoco
llego a entrar, aunque avanzó has-
ta lapuerta de abajo. Habian terra-
plenado fuertemente la puerta de
la Macarena, y aunque el agua
alcanzaba por defuera más de una
vara, por dentro no hubo. Desde
allí por la banda del rio, todo que-
dó inundado, y los conventos de
esta parte de la población tenían
un estado de agua que seguía has-
ta llegar al barrio del Duque, don-
de se unía con la de la Alameda.
Los barrios de San Julián y Santa
Lucíatambien quedaron completa-
mente anegados y llenos de agua
ambos templos: así el de San Ro-
que; pero por la puerta de Car-
mona entró poca agua por que la
atajaron bien; y mucha por la de
Córdoba, donde andaban los bar-
eos en la parte interior. — Trasla-
dáronse las monjas de Santa Clara
al convento de Santa Inés, las de
Santa Ana al coro alto de la’Casa
grande del Carmen, las de Belen
y Santa María la Real á S. Lean-
dro, las de Jesús á casas particu-
lares, y las de Pasión y Santa
María de Gracia á Madre de
Dios. — Cuanto habia en los con-
ventos de aquellas y en otros de
ornamentos, víveres, etc, se per-
dió, hundiéndose muchos aposen-
tos de ellos y las bóvedas y ser
pulturas: algunos cadáyeres «n
los templos flotaban sobre el agua.
El doctorRoanoCorrionero, que
fué el héroe de Sevilla en esta ter-
rible catástrofe y de quien se ase-
gura que no se desnudó en veinte
y cuatro dias, salvando la vida de
mas de mil personas, logró en
la mañana del 25 que subieran dos
barcos por encima de los tablo-
— él —
ellos con ¿1 Asistente y otras Au-
toridades que se embarcaron en
M ^ ra: fas de la Catedral, fueron
á la puerta Real y con bueyes que
se habian acojído en el alto de
Colon, se sacaron hasta "Veinte y
cuatro barcos, que luego se am-
pliaron á más de ciento en el mis-
mo dia, para repartirlos por la
ciudad en las calles anegadas, y
socorrer y salvar en ellos á las
personas que lo hubiesen menes-
ter. (I)
Contribuían á tan caritativo
objeto, autoridades, corporaciones
y psrsonas particulares, distin-
guiéndose principalmente los dos
Cabildos: el de la ciudad propor-
(I) Tengase presente que en la época de
que se trata, el gran movimiento mercaotil de
Sevilla con la Aduana, sita alij antes, estaba en
el espac.o comprendido entre ías puertas Real
y delaBarqueta Frente á la de San Juan, que
también se llamaba del Ingenio por una máqui-
na allieolocada para sacar de los buques las
mercaderías, estaba el muelle y Ha parada de
los pequeños barcos para su traslación
— 68 —
donando pan y otros manteni-
mientos: el eclesiástico con sns
limosnas y auxilios personales de
sus individuos. — Alquiló muchos
barcos á doscientos y trescientos
reales por cada dia en los que
aquellos llevaban pan y sacaban de
sus casas á las inundados, gas-
tando solo en esto mas de seis mil
ducados.
Si volvemos la vista al barrio de
Triana, el espectáculo que se pre-
senta, es si cabe, aun mas horrible
que el de Sevilla. Cercados los ve-
cinos por una parte con el agua del
rio, y por otra con la que bajaba á
torrentes por las cuestas del lado
occidental, se refugiaron al tem-
plo parroquial de Santa xlna, cre-
yendo que allí como otras veces,
por ser lo mas alto, estarían segu-
ros. — Vana confianza: solo para
los que lograron ampararse en la
torre, fue remedio bastante. De
los demás, unos se subían á los
— 69 —
tejados; descolgábanse otros des-
de los balcones y ventanas á los
barcos, y lasmugeres olvidadas de
si, no reparaban en arrojarse á
ellos con menos decencia que pedia
su natural honestidad, y lo que es
mas; que desamparando las ma-
dres á los hijos y los maridos á sus
mujeres, solo trataba cada uno de
su remedio, sin recordar los bie-
nes ya perdidos ni las afecciones
mas tiernas del alma. Dichosos los
que lograron alcanzar los cerros
mas próximos de Tomares y Cas-
tilleja desde donde, como dice en
las Antigüedades Rodrigo Caro
hasta mas de una legua á Oriente
y por todo el campo de Tablada y
prado de Santa Justa, apenas se
veían los últimos ramos de los ár-
boles y techos de las casas.
De esos pocos afortunados fue-
ron los monges de la Cartuja de
las Cuevas, que pudieron salir del
inundado monasterio y refugiarse
Ápesar de todo, la decidida pro-
tección del valido del monarca,
conservó al Asistente Fariñas en
y protegido del Conde-Duque de Olivares, favo-
rito de Felipe IV, vino de Asistente á esta ciu-
dad á principios de 1623; y cuando en el año
siguiente hizo viaje á la misma el Monarca en
solicitud de que Sevilla le auxiliase con un
cuantioso donativo, el Asistente apoyó con
cuanto pudo su influencia la pretensión en el
Cabildo de la ciudad, á cuyas sesiones asistía
también el mismo Conde-Duque como Veinti-
cuatro nato. Grande fué la oposición, princi-
palmente sostenida por D. Fernando Melgare-
jo, también Veinticuatro: pero al fin Sevilla
concedió al Rey el servicio extraordinario de
doce millones, con general sentimiento del
vecindario. Compusiéronse con tal motivo
varios versos, y entre ellos el soneto, !la déci-
ma y la popular redondilla que siguen.-
SONETO.
La parte de Casaos está pagada.
— ¿Hiníestrosa qué pide? — Señoría.
— ¿Juan Gutiérrez? — Título querría
De una huerta que tiene su cuñada.
Don Fadrique Cerón, barbas, no es nada:
Don Pedro de Pineda ser querría
Pedro Dallo, y dice que tenia
Necesidad de oir, cosa excusada.
—¿Qué piden Don Bernardo y Don Galindo?
— Dos hábitos de pruebas reservados.
— ¿Qué pide Pedro López? — Un gobierno.
— Milagritos me piden; yo me rindo.
Vuexcelencia los deja bien premiados:
Darales Dios el premio eu el infierno.
77 —
su puesto, hasta el 6 de Agosto
que fue reemplazado por D. Loren-
zo de Cá rdenas Conde de la Puebla
DECIMA.
Mil años há que perdió
A España el torpe Rodrigo-
Y boy Fariñas, su enemigo
Segunda vez la vendió.
En un Cabildo se dió
La batalla con afan:
Treinta á treinta se lo han-
Pero venció su injusticia
Vuelta en cabala, codicia
Y el Conde Don Julián
El Presidente Caifas (Fariñas)
Por amor de pretensiones,
Ua concedido millones,
Negándolos Barrabás. ’
etos que compusieron al Asistente v á In«
gobernantes de Sevilla * MSlente Y a ios
'V'"-’ '-uuipusiero
gobernantes de Sevilla
¿Cómo, Betís soberbio, así violaste
iTc u?H ÍU ! ? la ;8' en ? ¿Cómo osado
it tt
d
i
maS in ?'gne has inundado
- ue a tos lo cos cristales hace engaste?
B e hallan en los dos códices ya citado ?
ni Zr° munici P al y Biblioteca ColomU.
m > oon ligeras vanantes. m
— 78 —
del Maestre, quien con gran celo
se dedicó á reparar los gravísimos
daños qne en los muros j puertas
¿Acaso mi Asistencia aquí ignoraste?
—No tal: antes de largo iba enfadado,
A abierta vi la puerta, y heme entrado,
A no he vuelto á salir porque cerraste.
T — Déjanos: baste ya lo sucedido:
\ T uelvete á ir, que la palabra mia
Hacerte dar un hábito promete.
— Ah) Rio soy de fama, y conocido.
No lié menester el hábito: Vuesia
Podrá hacerle merced á Tagarete.
n.
Remonde Tagarete.
Seor Guadalquivir: ¿yo qué pecados
Tengo contra mi patria cometidos?
Los que en Sevilla fueron destruidos.
¿Fueron por mis descuidos anegados?
¿Cuántos templos por mí son profanados?
¿0 errores contra Dios introducidos?
¿Qué heregía admitieron mis oidos?
0 por mi causa, ¿cuántos son casados?
¡Hábito ámi! ¡Hay caso mas extraño!
Aunque fueran tan grandes mis delitos
Nunca esperé rigor tan inclemente.
Otro ha sido el autor de tantos daños;
Y pues son sus errores infinitos.
Dénselo por justicia al Asistente.
III.
Otro de Tagarete.
Seor Guadalquivir, pese á su brío,
¿Es Cagan chas ó Esgueva, Tagarete,
— 19 —
déla cío dad, h a bia causado la ave-
nida del no, logrando en elaño si-
guienfe dejarla en buen estado de
Que el hábito que el otro le promete
Quiere, que sin ser gato, diga S
Aunque pobre nací, también me énnrio
Y encrespo la melena del copet™ g
¿Piensa que por ser charco tan pobrete
He mh-t eP '
tar -° ? ue des echa un rio?
jHabito a mi, sin conceder millones!
jSm vender los lugares de Sevilla
Por un poco de grana al de Olivares'
iSin presentar servicios ni doblones
Sin hacer seis viages á Castilla
Siendo tan conocidos mis solares!
n 0 ^ Manzanares
TTn
a
n;^ rmfJ f^ d ^ struicion de Salamanca
Uno sm calidad, otro sin blanca ’
IV.
Otro soneto al Asistente don Fernando Ramírez
TT ... Fariñas.
Lleno 5" g ° ahor< í ué > y gloríeme dello.
Lleno de cuernos afrenté un buey manso
A un pobrete azoté por un garbanzo
á Salinas saqué sobre un camello
Una muger, con el cuchillo al cuello
A mando quité de! cadahalso: ’
tíl donativo para el Rey alcanzo,
i millones, con solo proponello.
Y a!
Z r 6 JU -
sto Abeí: P ren dí un Teatino
Ya Conde mi señor, di dos lugares ’
p® 1 * P? r UQ mes metí en Sevilla ’
Por gobierno tan bueno v Dereo-Hnn
fe “ me guarda *1 dieres
aubir á Presidente de Castilla. ’
defensa para resistir las que sobre-
vinieran (1).
Cerrare nos el episodio de este
año que ya excede los límites que
nos propusimos al empezarlo, re-
Que es justo que esta silla
Dé Su Excelencia, por su buen gobierno
A un hombre que por él se vá al infierno.
(1) El daño principal era á la parte déla
Almenilla ó de la Barqueta donde siempre es
mayor el combate de las aguas; y estando la
puerta tan baja que casi quedaba inferior á la
madre del rio, siendo allí mayor la ruina, el
nuevo Asistente puso todo su empeño en forta-
lecer aquel punto, y arbitrando medios, como
dice Ortiz de Zúñiga «á que los exahustos pro-
pios de la ciudad no podrán contribuir, hizo en
poco tiempo un importantísimo reparo, leván-
tandose la puerta tanto, que su umbral bajo
quedó donde estaba el alto de la antigua, y por
tanto, no solo superior al rio en su ordinario
curs í \ sino en sus mayores crecientes. — Quedó
ademas embebida la puerta en un alto y ro-
busto torreón escarpado, desde ei cual se corrió
un través de muralla, en parte retirada de la
antigua, con bastante fondo y fuertes cubos
que del todo dejaron segura é incontrastable
aquella parte, y en la torre se puso una gran
tabla de marmol con inscripción latina muy
estensa que daba noticia detallada de las obras. ->
— Existió hasta nuestros dias, y era notable
Í
ior su gran tamaño. —No había otra mayor en
a ciudad é ignoramos su paradero.
— 81 —
cordando que en el verano se es-
perimentaron muchas enfermeda-
des que hasta teman el carácter de
epidémicas, efecto ordinario, según
los facultativos, de las inundacio-
nes j de la prolongada detención de
las aguas. (1)
Año 1633.
De muy molesto de aguas y
enfermedades lo califica Ortiz de
¿umga, pero sin detenerse en nor-
menores. Omite, por tanto, lo más
notable que de él refieren otros
cronistas sevillanos, 6 sea que
principio el otoño con tan fuertes
y repetidas lluvias, que el 22 de
Setiembre trajo el Guadalquivir
grande creciente, saliendo de ma-
dre > CQSa J am ás vista tan tempra-
(1) Ortíz de Zúñiga, Anal rw
Caro, Antigüedades —Memoria, odrt 9°
Tomos Ud! vario¡ en S '
% E-' * “ CoknVA-áZ%
en jo lio, Sección especial del ArnhiL i,°
fad,~y Conceptos y noiiciLvarT^f U Cm ‘
asuntos por el P. p j os ¿ UiMT* d
f/ erente s
mis li iros. Mumna, M, s. de
li
no, y que, cogiendo descuidada á
la ciudad, produjo daños fáciles de
evitar en otro caso. (1)
Año 1642.
Las noticias de nuestro analista
sobre la furiosa avenida del Gua-
dalquivir en el mes ^primero de
este año, al decir que excedió mu-
cho á la de 1626, parecen á pri-
mera vista contradictorias con el
testimonio de dos testigos presen-
ciales de ambos sucesos, y sin em-
bargo, no es difícil demostrar que
es exacto lo que el uno y los otros
afífman.
La crecida del rio fué violenta
en 1642, pero las defensas con
que la ciudad estaba prevenida
hicieron menor el daño, impidien-
do qtie la corriente penetrara den-
tro de ella; y aunque se desbordó
por la parte exterior, siempre el
rio quedó cinco palmos menos de
( 1 ) Ortit de Záñiga, Añales. — Memorias
sevillanas, M, S. de laBiblioteca Colombina.
— 83 —
altu ™i ue < l ue había alcanzado
en 1626. ”
La inundación en el interior de
la ciudad, fué sin embargo más
sensible, por que estuvieron las
aguas constantemente en ún esta-
do durante diez dias desde el 17
al 26 de Enero; y en 1626, al
quinto, pudieron destaparse los
husillos, aunque se cerraron de
nuevo por dos ocasiones. En 1642
no bajaron las aguas del rio,
llovió mucho y sin cesar apenas
en ese perjodo; inundóse por con-
secuencia de ello una gran parte
de la población; no fué posible
destapar los husillos para el des-
bague, y de aquí que sucediera en-
tonces lo que hemos presenciado
encaso semejante el año 1856
Por lo demás no llegó la altura
de las aguas por debiera á la de
aquella famosa avenida, aunque
también Sevilla, á manera de isla
pero dentro de los muros, quedara
— 8-4 —
cercada de agua: ni el barrio de
Triana fue ahora víctima de tan
terribles rigores del Guadalquivir,
que contenido en la parte al no-
roeste de la ciudad por las fuertes
defensas allí levantadas en 1627,
en vez de precipitar su corriente
por la orilla derecha que habría
arrojado un mar sobre Triana,
rompió por la otra, cerca de San
Gerónimo, inundando en la parte
al oriente de la ciudad las huer-
tas, caseríos y barrios allí situa-
dos.
Esto es lo que se infiere de la
relación de un testigo anónimo in-
serta en las Memorias sevillanas
,
cuyo compilador Don Diego Igna-
cio de Góngora, aunque muy jo-
ven, ya asistía en aquel año co-
mo alumno al colegio de Santo
Tomás, dirijido por religiosos do-
minicos, que agrega algunos por-
menores sobre la avenida . Estomis-
mo confirman las noticias que
— 8 j —
reunía para la historia de Sevilla
el sábio jesuíta P. Rafael Perey-
ra maestro á la sazón en el cole-
gio de San Hermenegildo, y que
constan en el M. S. repetidamente
citado, que existe en la Biblioteca
Colombina. Además, entre gran
número (le cartas y otros docu-
mentos importantísimos de perso-
ne 8 de gran valía de aquella
época, que el diligente y enten-
dido jesuíta compilaba como ma-
teriales selectos para la histo-
ria de nuestra pátria en el siglo
^ bsiy nna minuciosa y de-
tallada relación de la avenida
del Guadalquivir, la que conti-
nuando en su laudable y antiguo
propósito de que esos documentos
sean conocidos del público, por lo
mucho que interesan al pueblo es-
pañol, ha dado á la prensa con
otros vanos'dejos mas importantes
de aquellos, nuestro respetable ami-
go don Pascual de Gayangos, en el
— 92 —
que pasaran á toda la gente y cabal-
gaduras á costa de la misma ciudad
por seis d\as. No hubo novedad de
importancia en los husillos, por-
que sus bocas estubieron bien ta-
padas. Solo el cañón de la Casa
de Moneda que sale á Tagarete,
reventó ó inundó un poco, añadien-
do agua á la plazuela de la Uni-
versidad en la que desde el primer
dia no tenían estudios.'Sí los hubo
sin interrupción en el Colegio de
San Hermenegildo, donde penetró
el agua por las bóvedas debajo de
las clases.
Distinguióse por su incansable
celo el Asistente conde de Salva-
tierra. Elógianse sus determina-
ciones acertadas para conjurar el
mal, y la mucha vigilancia y cui-
dado con que procedió constante-
mente de tal modcr, que no cesaba
de visitar los husillos, noche y
dia, y hubo alguno que cansó cua-
tro caballos, lo que no debe estra-
— 93 —
fiarse, por ser grande la ciudad y
estar llenas de agua las calles
contiguas á aquellos recipientes.
La vigilancia de los veinticua-
tros fue también mucha; púsoles el
Asistente pena de dos mil duca-
dos si no asistían, con lo que acu-
dieron valientemente. — En la
puerta del Arenal, se colocaron
cinco tablones por defuera y cinco
por dentro galafeteados y en me-
dio terraplenados, y con torna-
puntas por la parte interior: es-
taban como muralla. No llegó á
cubrir el agua mas que dos tablo-
nes^ sóbrela que ordinariamente
trae el rio subió en esta avenida,
según el parecer de prácticos en
esta materia, siete varas en alto,
que fué gran cosa. Mojáronse en
la Aduana algunos fardos de lien-
zos, por lo que se previno con
tiempo sacar de allí todas las mer-
caderías y trasladarlas á la Casa-
Lonja.
— 94 —
La Audiencia suspendió la sus-
tanciacion dé ;los pleitos allí pen-
dientes, durante oeho dias, de-
clarando que no corrían en ellos
los términos; y envió á uno de los
Oidores á Triana á prestar socor-
ro y dar limosnas, lo que también
ejecutaron otras corporaciones y
personas particulares. — De aque-
llas, el Cabildo eclesiástico repar-
tió, comisionando para ello á va-
rios de sus individuos, dos mil
y quinientos ducados en pan que
se distribuyó en los barrios de
Triana, San Bernardo y San Ro-
que. Y refiere el P. Pereyra,
que confiriendo sobre este asunto
el Cabildo, y sobre la gran nece-
sidad en que la ciudad estaba, y
los medios que para remediarla
en lo posible debían adoptarse,
dijo un prebendado: «Por cierto
que es muy bueno que se esté co-
miendo el Arzobispo la renta, y
que tenga obligación de dar limosa
la* ^'ligadol"» r
‘l.Í!5,’- Í.
eni “ n ' 10 ói
dicho, y además de lotue def ^
gue a los presos v dLVf _ as fue
ra Dios £
que se le esoidBár c !1 es ^° causa
viendo esto eí mortal 01310
repartió á ]os . pob P eg ^PM 7
«tenías»
vido/L°asmoSjas
q Sias d dTT ?1 '
fj’. °? n ac haque de quedarte af 1 ?!
— — ^ * i — Ulia Qo-
laa» ,
dad
r e¿íer
4 M
T^7 0l ’,
ÍS P 0 de SSvilla tra,
*» B ?da "• «¡SjS
jero intimo íía i* n • ,
'
j Orte como rnnol
p^íffi?:?«4S
— 96 —
che rompieron la pared de su casa
y se pasaron á la capilla de la En-
carnación que está en su misma
calle, y se comunica por las cues-
tas; echaron fuera al santero, y
de dos casas que estaban en medio*
de la una y la otra iglesia, tam-
bién lanzaron la gente, y á la ma-
ñana con gran número de oficiales
tenian acomodadala Iglesia, porte-
ría, torno, coro, etc. Dado aviso
al Provisor, las mandó salir pena
de descomunión: no obedecieron,
antes invocaron el auxilio de la
fuerza en la Audiencia, que declaró
no la hacia el Provisor. Lasprovi-
dencias de este no fueron sin em-
bargo obedecidas por las monjas,
hasta que fue preciso que aquella
autoridad, pasando con sus depen-
dientes á la capilla usurpada, des-
pués de intimarles que se retira-
ran á su casa, y negándose re-
sueltamente á hacerlo, tuviera que
ordenar como último medio de
»- 97 —
conseguirlo, que con la mayor
modestia y decencia del mundo las
cogiesen en brazos y las fuesen
entrando en su casa, dejando guar-
das para que no volvieran á salirse
otra vez. Mando después cerrar
las puertas que ellas habian abier-
to y entregó la Capilla y las casas
a sus dueños.
t Todavía dice el P. P ereyra que
a los sucesos referidos de la ave-
nida añade otras cosas una rela-
ción impresa, que al escribir sus
apuntes tenia delante, y que nos-
otros no hemos visto. (1)
Año 1649.
El mas trágico que ha tenido
oevilla desde su restauración, lo
denomina Ortiz y Zúñiga, y cier-
tamente el acontecimiento calami-
Ortn de Zúñiga , Anales .—Memorias
sevillanas, M. S. de la Biblioteca Colombina.
9 c\Ía?°j Municipal, sección especial tomo
2U ’ y uel Memorial histórico español.
13
—US *—
toso de ese año en la capital de
Andalucía, ho tiene otro con que
pueda comparársele por lo terrible
desde quedas historias fabulosas
nos dicen que Hércules sentó la
primera- piedra para edificarla en
las fértiles y floridas márgenes del
manso y caudaloso Betis. Aun mas:
no ha habido pueblo ni ciudad al-
guna en la dilatada Serie de los
tiempos desde la fundación del
mundo, á no cumplirse en ella
especial anatema de la divina jus-
ticia como en las ciudades del
Pentápdlis, ó en Pompeya ó Her-
culano, que presente en sus ana-
les una catástrofe ""semejante á
la de Sevilla, cuya población
acaso la mas numerosa de Es-
paña en la primera mitad del si-
glo XVII, quedó reducida en el
brevísimo período de ochenta dias
á una tercera parte; porque de
trescientos mil habitantes que la
constituían, perecieron casi dos-
— 99
cientos mil, de los que después v
de dos siglos.apenas ha podido re-
'
poner una mínima porcioD.
No so crea que intentarnos pre-
sentar como principal; causa, do
aquel infausto é incomparable se-
ceso la grande inundación del Gua-
dalquivir que sufrió Sevilla en ese
año: pero sí sostendremos con el
común sentir de los cronistas de
aquella época, y con el dictamen
respetabilísimo de los profesores
de ciencias médicas moradores en-
tonces en este suelo,, y otros de
tiempos posteriores, que las conse-
cuencias de la inundación influ-
yeron poderosamente en el desar-
rollo de la enfermedad contagiosa,
y pricipal causa deque sus estragos
fueran aquí tan terribles y supe-
riores en sumo grado á los que es-
perimentaron otras grandes pobla-
ciones de Andalucía y de las pro-
vincias limítrofes. — -Málaga, por
ejemplo, tuvo veinte mil víctima?
— 100 —
y veinte y seis mil Murcia.' — ¿Por
qué sobre estas cifras se eleva á
doscientos mil la de la infortuna-
da Sevilla? Porque aquí por des-
gracia ¡existieron causas especia-
les para que el fuego solo latente
desde el verano de 1648, tomase
de improviso el incremento de un
voraz y asolador incendio. Pero
vengamos á nuestro particular pro-
pósito con la narración de los
hechos referentes á la avenida del
Guadalquivir, que ellos mejor que
otros razonamientos justificarán la
exactitud de nuestras aserciones.
Desde principios del mes de
marzo fueron las lluvias constan-
tes, y á su fin, ya mas recias
y el viento crecido, impidieron
que las solemnes festividades re-
ligiosas de la semana mayor, tu-
vieran el lucimiento acostumbra-
do con las procesiones de cofradías.
El dia 28 salió de madre el Gua-
dalquivir, y estendiéndose como de
— 101 —
costumbre, inundó la ciudad por
toda su circunferencia, siendo ne-
cesario cerrar los husillos, que
arreglados al sistema que intro-
dujo el famoso ingeniero y jurado
del Cabildo Juan de Oviedo, no de-
jaban posibilidad para que en ella
penetrasen las aguas del rio, si
bien al mismo tiempo, no saliendo
las que dentro se acumulaban,
quedó completamente anegada la
ciudad y todas las afueras. — En
estos dias dedicados á la medita-
ción de los misterios de nuestra
Í4 y de general asistencia á los
templos en pueblos tan religiosos
como el de Sevilla, fue mas sen-
sible el suceso para sus habitantes,
porque siendo las aguas tan con-
tinuas, que no cesaban un momen-
to y tan abundantes y recias, que
parecia, no ya la estación prima-
veral, sino lo mas rígido y tem-
pestuoso de un crudo invierno, no
permitían salir de sus casas ú
— 108 —
abandonen los que parecían firmí-
simos propósitos y que sean rele-
gados al olvido los proyectos sal-
vadores que se concibieron en los
momentos de angustia.
El ilustre médico sevillano vió
con dolor desatendidas sus peti-
ciones, y pronto realizados sus
tristes pronósticos. Desde el 15
de Abril fué creciendo la enfer-
medad, cebándose principalmente
en Triana y en los demás arraba-
les donde había sido mas dura-
dero el remanso de las aguas,
causa predisponente al contagio
levantino. Creció asombrosamen-
te la epidemia, pues á los cinco
dias, morian ya en cada uno mas
de quinientas personas, y á prin-
cipios de mayo... toda la ciudad
era un hospital. Pero... conten-
gamos la pluma, que no es hoy
nuestro objeto escribir sobre la
Peste de 1649, sino solo sobre
inundaciones. Hartos horrores pre-
— 108 —
abandonen los que parecían firmí-
simos propósitos y que sean rele-
gados al olvido los proyectos sal-
vadores que se concibieron en los
momentos de angustia.
El ilustre médico sevillano vió
con dolor desatendidas sus peti-
ciones, y pronto realizados sus
tristes pronósticos. Desde el 15
de Abril fué creciendo la enfer-
medad, cebándose principalmente
en Triana y en los demás arraba-
les donde había sido mas dura-
dero el remanso de las aguas,
causa predisponente al contagio
levantino. Creció asombrosamen-
te la epidemia, pues á los cinco
dias, morían ya en cada uno mas
de quinientas personas, y á prin-
cipios de mayo... toda la ciudad
era un hospital. Pero... conten-
gamos la pluma, que no es hoy
nuestro objeto escribir sobre la
Peste de 1649, sino solo sobre
inundaciones. Hartos horrores pre-
— 109 —
sentan estas para que váyamos á
aumentar su negro cuadro con esos
otros terribles castigos de la Provi-
dencia á la metrópoli andaluza. (1)
Año 1684.
No hacen memoria los historia-
dores de Sevilla de avenida algu-
na notable del Guadalquivir en
el no corto período de treinta y
cinco años: pero la que sobrevino
á su término, supera si cabe á las
pasadas. — Conocemos dos esten-
sas relaciones de la misma que se
conservan en el Archivo de la
ciudad, y otras dos en la Biblio-
teca Colombina: todas están con-
testes en los hechos esenciales;
pero la mas ordenada y minucio-
" 4 ) Zúñiga, Anales — Salado Garcés, Po -
lítica contra geste. — Caldera de Heredia, Tri-
bunal médico -magicum et politicum. — Alonso
de Burgos, Tratado de peste. — Memorias de
la Real Academia de medicina de Sevilla, To-
mo 3 °. — Memorias Sevillanas, M. S. de la
Biblioteca Colombina. — Tomo 20 , Sección es-
pecial del Archivo de la ciudad, y Relación
de la peste de 1649 , M. S de mis libros.
sa, que suponemos de don Diego
Ignacio de G-óngora, es la que
dos servirá de guia, completando
sus noticias con las que las otras
contienen, y las auténticas por
su carácter oficial que se consig-
nan en la exposición que la Ciu-
dad elevó al Monarca después de
aquel infausto acontecimiento.
Fue el año 1683, lo mismo que
elprecedente, muy escaso de aguas,
y así la cosecha de cereales cor-
tísima, escepto en el condado de
Niebla y la sierra que llegó á me-
diana, y muy penoso para Sevilla
el estío por el escesivo calor. Con-
tinuó la falta de lluvias en los pri-
meros meses del otoño, de forma
que los labradores se veian atrasa-
dos en disponer los barbechos y
la arada de las tierras para la
siembra. Así continuó el tiempo
hasta el 27 de noviembre en que
empezaron las aguas, siguiendo
pop tal tesón, que en todo el mes
— lli —
siguiente y el de enero de 1684^
no hubo dia que dejase de llover
casi sin parar, y con tanta fuer-
za, que creciendo los rios, arro-
yos y demás afluentes de Anda-
lucia que derraman en el Guadal-
quivir, contenido por los fuertes
vientos del sur, lo hicieron salir
de su madre hasta diez veces,
siendo la primera el 23 de diciem-
bre, unas con mas y otras con me-
nos ímpetu, pero teniéndolo cons-
tantemente fuera del peso en que
corre de ordinario, y causando por
la permanencia de sus aguas en las
vegas y campos que le son mas
cercanos grandes estragos en los
sembrados ya hechos, por que co-
mo de tierras bajas habían podido
cultivarse antes.
_ El 23 de diciembre la altura del
rio fué tan considerable, que obli-
gó á las autoridades á tomar las
precauciones ordinarias para con-
trarrestar el desbordamiento. Lie-
- 412 -
gó el agua á las puertas del Are-
nal y Triana, previniéndose sus
entradas con tablones ; pero cedien-
do algún tanto las lluvias, volvió-
se el rio á su centro. Arreciando
aquellas nuevamente á principios
de enero y continuando todo el
mes, entrado ya febrero, fué tan-
to el golpe de agua y la furia del
viento, que hizo indispensable pre-
venirse con mas cuidado, calafe-
teando los husillos porque se re-
conocía lo lleno que venia el rio y
la rapidez con que corrían las aguas,
siendo su ímpetu mayor que hasta
entonces.
Así continuó hasta el dia 5 del
mismo mes, sin que la tormenta
del viento amainase, ni disminuye-
se la violencia de la corriente; por
lo que fué preciso echar tablones
en las puertas de la ciudad de or-
dinario mas amenazadas, y que hi-
ciesen sus diputados las prevencio-
nes que solian en estos casos, y
— ' Ü3 -
debe consignarse el siguiente he-
cho. Cuando semtimaba esa preven-
ción en la puerta del Arenal ha-
bían salido por ella varios panade-
ros a hacer prevención de trigo á
los almacenes de la Resolana, de-
posito del que se había traído por
mar para suplir la escasez de la
cosecha; siendo por esta causa muy
continuos el tránsito y el trabajo’de
mucha gente por aquella puerta,
nabian demorado echar los tablo-
nes afín de facilitar el paso de las
caballerías, contentándose con le-
vantar una faja de tierra desde un
monton alto que estaba á la salida
en dirección al Baratillo; por don-
de venia el rio, presumiendo que
con este reparo se detendría el
raudal de agua. Y dio la casuali-
dad, á eso de las tres de la tarde
que un hombre que desde el mon-
. n de tierra estaba mirando el
rio, reconociendo que venía muy
impetuoso y que crecía demasía-
— 114 —
damente por instantes, dió aviso á
los diputados y calafates para que
pusieran los tablones y se estor-
base la entrada del agua en la ciu-
dad, y atendida la oportuna ad-
vertencia de aquel buen hombre
por los diputados, los mandaron
colocar inmediatamente ; y y a pues-
to el primero antes que lo fuera el
segundo vino el agua con tal furia,
que casi lo superó; y en aquella no-
che quedaron cubiertos mas de cua-
tro tablones, cuya altura era de tres
cuartas cada uno, y llegaron des-
pués á colocarse hasta seis. ^De
modo que si se hubiese desatendi-
do la advertencia, entra en aquella
tarde sin poder evitarlo el rio en
la ciudad: tal fué la presteza'y furia
con que aumentaron las aguas.
—
Colocados á la misma hora dos ta-
blones en el postigo del Carbón
antes que oscureciera, ya no esta-
ba el paso espedito para que se di-
rigiesen á la Caridad los pobres
que se recogían en su hospicio, tu-
vieron que ser conducidos á hom-
bros por sus hermanos, uno de ellos
el duque de Veraguas, porque ni en
coche ni en caballerías era ja po-
sible pasar por las puertas conti-
guas, siendo preciso desde las siete
j media de la noche hacer uso de
lanchas para atravesar desde la
Casa de la Moneda hasta la Re-
solana.
Siguió creciendo el rio toda la
noche hasta cubrir el agua seis
tablones en la puerta del Arenal
á la mañana del siguiente dia 6;
j arreciando en ella la tempestad,
á las dos de la tarde creía todo el
pueblo sevillano que no eran bas-
tantes los tablones colocados en
las puertas, aunque estaban mas
altos que nunca j se habían pues-
to en algunas donde jamás lo fue-
ron antes; porque las aguas im-
pulsadas con el fuertísimo viento
del sur iban á rebasar las mura-^
— 116 —
lias. — Alcanzó en aquel dia la
inundación en la puerta de Jerez,
donde habia una herradura que
señalaba la altura del 25 de enero
de 1626, un pió más según una de
las relaciones, y una vara según
otra. — En la puerta del Arenal
se dice, que los que venian em-
barcados por la parte de afuera,
puestos de pié al llegar á ella, ro-
zaban con el sombrero en la clave
del arco. — Inundáronse mas de
dos terceras partes de la ciudad,
no solo con la muchísima agua
llovediza que no podia salir por los
husillos cerrados, sino por la que
brotaba de el suelo y por los ci-
mientos de los edificios. El con-
vento de la Merced estuvo inun-
dado mas de una vara, solo de la
que manaba, y así en los sótanos
de muchas casas, aun las situadas
en los barrios mas altos. — Anega-
da hasta grande altura la Alame-
da por ser su sitio el mas bajo de
— 123 —
tar que el puente de barcas se
conservase en su sitio, lo que se
debió al cuidado y esquisita vigi-
lancia del maestro Gregorio Ñu-
ño 2 Salguero á cuyo cargo estaba
por la ciudad; porque á pesar de
las cadenas y fuertes amarras
que lo sujetaban, generalmente se
creía por lo que sucediera en otras
riadas de menos importancia, que
seria arrastrado por la fuerza de
las aguas. El feliz resultado de
las maniobras del maestro y sus
operarios para sujetar el puente,
fue celebrado por estos pasada la
avenida engalanándolo con mu-
chas banderas y gallardetes.
Gravísima para la ciudad en es-
te caso, como en todos los seme-
jantes, la cuestión de subsisten-
cias, por fortuna se dominó de
una manera satisfactoria, gracias
á los esfuerzos del Cabildo secular,
y al caritativo celo del Prelado
d on Ambrosio Ignacio de Spínola,
r — 124 —
del Cabildo eclesiástico, de las her-
mandades de la Caridad y Miseri-
cordia, de los Monjes de la Cartuja
que como siempre prodigaron sus
caudales en el barrio de Triana, y
de otras corporaciones y personas
particulares que acudieron con sus
auxilios en socorro^ de los inunda-
dos, y de los que por falta de tra-
bajo y de recursos hubieran pe-
recido de hambre.— Rué grande
providencia para ello que existiese
dentro de la ciudad acopio abun-
dante del trigo que por la escasez
de las cosechas en los dos años úl-
timos habia traido de fuera el Ca-
bildo á prevención para aminorar
la carestia. Retiróse adentro opor-
tunamente todo el que se conser-
vaba en los almacenes de la Reso-
lana, con lo cual y con la disposi-
ción de establecer muchas ataho-
nas, no se sintió falta de pan. Pa-
ra los que lo compraban, no esce-
dió aun en los dos dias primeros
de la avenida, de tres reales la
hogaza, y después á menor precio;
y si hubiera provisión de leña pa-
ra cocer en los hornos, no habría
escedido del ordinario; con esto el
pan destinado para limosnas se
pudo prevenir con abundancia y á
tiempo, ¡sin encarecerse este artícu-
lo tan necesario, como suele, por
causa de lo mucho que se consu-
me. La ciudad hacia amasar por
su cuenta en cada dia veinte fa-
negas de trigo, que repartía en
los puntos mas necesitados, con
lo que, y con los generosos socor-
ros del Arzobispo, y del Cabildo
eclesiástico y demás corporaciones
y obras pías, hubo pan abundante
en los mercados y plazas, sintién-
dose menos el golpe.
La provisión para las carnice-
rías por causa de estar intransi-
tables los caminos, fué de mayor
cuidado; pero la diligencia del
Asistente hizo que no faltase, aun-
que á precio algo crecido. En las
demás cosas que entran de fuera,
se padeció el trabajo que es inevi-
table en semejantes ocasiones.
Dentro de la ciudad, particular-
mente de carbón hubo mucha fal-
ta; y así los que se hallaron con
él lo vendieron á precio muy alto
respecto de lo que antes valia.
El espíritu de caridad del Ar-
zobispo Don Ambrosio Ignacio de
Spínola, fomentado antes con el
ejemplo de su gran amigo el ve-
nerable Don Miguel Mañara, tuvo
en esta ocasión mucho en que ejer-
citarse dentro y fuera de la ciu-
dad, sin que dejase de acudir á
todas partes en socorro de los ne-
cesitados, con celo verdadera-
mente evangélico. Diariamente
mandaba repartir con largueza
limosnas de pan en los barrios
anegados, conforme al número y
calidad de las familias, proveyén-
dolas también de carne y bacalao
para que no perecieran, y con es-
pecialidad á algunos conventos de
religiosas que carecían por su si-
tuación de todo auxilio y á las que
socorrió con cuanto fue necesario.
Sabiendo el conflicto en que se
hallaban los afligidos vecinos del
pueblo de la Algaba, completa-
mente inundado, que se habían
acogido á la torre antigua fortale-
za donde estaban espuestos á pe-
recer de hambre, hizo que fuera á
socorrerlos con abundante provi-
sión de pan y otros mantenimien-
tos su limosnero Don Juan de Va-
do en los dias de temporal mas
fuerte, quien, y sus atrevidos com-
pañeros, estuvieron á punto de
ahogarse, porque el barco se em-
barazó en unos árboles que esta-
ban cubiertos de agua, y casi lle-
gó á sumergirse.
Parala administración de los
sacramentos en las parroquias
donde había inundación, dió tam-
— 128
bien providencia el diligentísi-
mo Prelado, disponiendo que en
barcos á su costa fuesen los pár-
rocos á cumplir sus deberes, ex-
hortándolos con pías y cariñosas
razones, encargándoles que le no-
ticiaran de las necesidades de sus
feligreses para acudir en su^auxi-
lio; y que si algunos morían, tra-
jesen el cuerpo á tierra para ha-
cerles el funeral y entierro, y di-
ce una de las relaciones que á
algunos de los que murieron en
aquellos dias se les hizo el entier-
ro en ios barcos , que daba miedo
verlo.
Cuando al mediar el. dia seis,
después de haberse inundado en la
noche antecedente y en la maña-
na la mayor parte de la ciudad,
sevió la furia con que crecia el
rio por momentos; que los agua-
ceros eran cada vez mas recios;
que el cielo cubierto de negras y
densas nubes con estrépito horrí-
izy <*»
sono ¿e viento, parecía que iba
áca^r sobre la tierra; todos, los
habitantes de Sevilla creyeron
ilegada su últrnp hora, y que do-
ininados ios muros por las aguas,
^^ffl^ii^ll^^sepiítados.
que para
pedirá Dios misericordia, y así
acudiéronla tropel á lof templos
como último refugio q Reupidos
f k ^^iSíimduoade
SU Cabildo. deterrmnflrÁTv
oicíu canianqo,. las Jeta
ios santos se subiese, á la torre v
se dijesen los exorcismos y ora-
oones que la santa Iglesia catú-
ÜC terremotos y tempestades, que
se contienen en el ritual romano,
acordando al mismo tiempo q Ue
se diese aviso al señor Arzobis-
po por si — -i--
cürrt S ^F J
curnr a tan piadoso y edificante
17
— 430 —
acto, como lo ejecutó inmediata-
mente.
Ordenada la procesión con to-
dos los individuos presentes del
Cabildo y á su cabeza el Prelado,
los ministros de la iglesia y los
hermanos de la sacramental del
Sagrario á quienes se pudo dar
aviso, se entonó en el altar ma-
yor la letanía, y llevando en sus
manos el Preste la sagrada reli-
quia, dirigióse el numeroso con-
curso hácia la torre por la puerta
contigua á la misma; pero al su-
bir al cuerpo donde están las cam-
panas, en cuyos ángulos se ha-
bían puesto cuatro doseletes de
brocado y terciopelo para desde
allí leer los evangelios y demás
oraciones, la furia del viento no
permitió que llegasen encendidos
los cirios que llevaban los cole-
giales, ni las hachas de los her-
manos, siendo preciso traer cua-
tro faroles de plata de la referi-
— 131 —
da hermandad sacramental, en los
que se pudieron conservar las lu-
ces hasta llegar á los cuatro pun-
tos en donde se hicieron los exor-
cismos y se cantaron los evange-
lios conforme al ritual. Levantando
después el Preste la reliquia del
santo madero en las esquinas de
la torre, rindióle adoración fer-
viente desde las gradas, plazas y
azoteas de las casas numeroso
pueblo ya prevenido del religioso
y edificante acto que iba á verifi-
carse en el templo Catedral, pa-
ra implorar la divina clemen-
cia, |por el prolongado toque de
sus campanas á plegaria y roga-
tiva.
Los ruegos de un pueblo que
tiene fé y que gime implorando
con el corazón contrito y humilla-
do misericordia de su Hacedor, no
fueron desoídos nunca por el que
sopla á los vientos y desata las
tempestades, — Al levantar el san-
to signo en los balcones de la tor-
ré entre las ISgrítiias y sollozos
desdé el Prelado hasta él último
dé los asistentes, laé negras nú-
bes sé apártari fugitivas, la lluvia
cede, el viento calma en mucho
de su furiosa- violencia. ¡OTi jui-
cios de Dios! (dice una de las Re-
laciones qtie creemos del canónigo
don Juan de Loaysa, uño de los
qüe asistían en la procesión;) ape-
nas en Tas ventanas que miran A
las cuatro partes del mundo, se
cantaron los cuatro Evangelios y
se hicieron los exorcismos, for-
mándolas cruces con la reliquia,
cuando el aire se volvió un poco á
tierra, y aseguran marineros muy
peritos que estaban observando el
rio, que de repente lo vieron bajar
contra el natural , reparando que
en la torre veian sobrepellices.
Eran las cuatro y media de la
tarde y siguió menguando el rio;
y para mayor prodigio , desde el
— 533 —
lectores, inclusos los arquitectos,
ingenieros y demás personas pe-
ritas en estos asuntos que se dig-
nen favorecernos, cuales fueron
los primeros materiales de cons-
trucción que aplicó á ella don Pe-
dro López de Lerena? Pues fueron
los sillares de piedra déla Calza-
da de Castilleja que se reputaba
por una de las causas de aumentar
la inundación de Sevilla, porque
detenia las aguas que debían es-
tenderse libremente por la Vega
hasta desaguar por la que llaman
la Madre cerca de San Juan de
Aznalfarache. No narramos de
memoria: las palabras trascritas
son de un escritor contemporáneo
del suceso, testigo nada sospecho-
so, irrecusable. Don Justino Ma-
tute y Gaviria en sus Memorias
para la Historia de Sevilla , desde
el año 1784 hasta el de 1796.
Continuó la obra sin interrupción,
y escaseando los recursos, solici-
— 236 —
tó del Rey el Asistente licencia
para dos corridas de toros que se
lidiaron en los dias 11 y 13 <j e
setiembre, aplicando á aquella sus
productos, y al fin quedó termina-
da en Febrero del siguiente año
1785. Colocose además como com-
plemento de ella, una bomba en
el husillo inmediato á la plaza de
los toros, para poder desaguar los
sitios del interior de la ciudad
que á él corresponden cuando es-
tuviera cerrado por la subida del
rio. No tuvo el Asistente Lerena
la grata satisfacción de ver por sí
el feliz éxito de su constancia y
de sus desvelos por dotar á Se-
villa de una obra tan importan-
te y útil á su seguridad, por-
que la fama de sus actos llegó
hasta la Córte, y el Rey esti-
mó conveniente llamarlo cerca de
sí y recompensar sus servicios,
nombrándolo su Secretario en el
ministerio de Hacienda, puesto no
— 237 —
el mas conforme con su instrucción
j talento, que tenia sin duda dotes
relevantes para asuntos de otra
índole en las diferentes esferas de
la gobernación délos pueblos.
Todavia en la despedida de es-
te año quiso el Guadalquivir alar-
mar á los habitantes de Sevilla con
nueva inundación. A consecuen-
cia de las grandes lluvias, el dia
veinticinco de diciembre se cer-
ró el paso del puente , tapan-
do los husillos y las entradas del
malecón, cuja obra iba adelanta-
da. El 27 llegaron las aguas á una
altura considerable, é inundados
los barrios esteriores y sitios ba-
jos de la ciudad, fue preciso acudir
á los anegados con los ordinarios
socorros, j adoptar las medidas
oportunas para que no escaseáran
los mantenimientos en los merca-
dos. Al fin el dia 31 bajó el rio seis
palmos del nivel que habia tomado,
J dió hueco para recibir las nuevas
— 238 —
aguas con que empezó el año inme-
diato, que no tuvieron sin embargo
en todo él elevación de importancia.
La gran avenida de este año,
dió asunto á un poema de D. Cán-
dido María Trigueros, intitulado
La Riada , apreciable mas que por
sus versos, por las muchas notas
históricas que contiene, que nos
han servido no poco para hacer es-
ta ya larga narración. También es-
cribió una Elegía D. José de Tena
Malfeyto alumno de jurisprudencia
deestaUniversidad, jxm&Descrip-
cion poética que se publicó anóni-
ma por su autor, que fué un monje
de San Benito. No podemos decir
de su mérito, porque no han llegado
á nuestras manos. (1)
(i) Espinosa y Cárcel , Continuaeion de los
Anales de Ortiz de Zúñiga. — Memorias acadé-
micas de la Sociedad, de Medicina de Sevilla
,
Tomo 3.*.
—
D. Cándido María Trigueros, Poema
de la Riada. — Matute, Memorias para la Bis
toña de Sevilla, M. S. de la Biblioteca Ce lora -
bina— y tm Relaciones, ¿f. SS. de mis libros.
— 239 —
Año 1786.
Corta fué la tregua concedida
á Sevilla por solo un año, después
del señaladísimo 1784 en que tan-
tas veces la afligió el Guadalquivir
con sus avenidas, porque á fines
del siguiente levantóse fuerte tem-
poral que, al empezar enero, trajo
nuevos conflictos: y no los produ-
jo á la verdad el gran rio en pri-
mer término, sino el despreciado
Guadaira, que en la mañana deldia
2 inundó de repente los prados
de San Sebastian y Santa Justa,
con riesgo y daños de los barrios
que le son inmediatos.
Subieron luego las aguas del Gua-
dalquivir hasta llegar al nue vo ma-
lecón que las contuvo, si bien que-
dó cerrado el paso en la Torre del
Oro, desde donde partian las bar-
cas que llevaban el abasto al inco-
municado barrio de Triana, que
luego tuvieron que suspender sus
viajes por la rapidez de la corfien-
te. Repitiendo el temporal el dia
7, se inundaron los sitios bajos de
la ciudad, por estar cerrados los
husillos, que asi permanecieron
hasta el 17, en que ya se pudo pa-
sar el puente, llegando á él por
otro provisional de borriquetes
establecido desde el malecón. — Re-
produjéronse las lluvias á princi-
pios^ marzo, y el dia cinco tan
terriblemente durante hora y me-
dia, que no pudiendo darles salida
los husillos, se anegó la mayor
parte de la ciudad. — La plaza del
barrio del Duque parecia un golfo,
cosa no vista desde 1708, según
testimonio de un anciano que allí
había vivido; y continuando las
aguas, aunque con intermisión, el
dia 8 desbordóse el rio hasta <?ran
altura, solo un pió menos de la se-
ñalada en la Torre del Oro á prin-
cipios de 1784. Volvió á su centro
el dia 14, y todavía por ser el año
muy lluvioso, con mas ó menos
sala ? ma y°> sie ndtí eau-
aguas eT ^ te
t detenóÍoa * W
grandes pértfdaí enT b ' ,j ° S dé
íob~ Ea
pobres y desvalidos tuvieron ef
en nan vW" n * as C0 piósas limosnas
ron el p ÍÍ
¡
< '* I
i
0 ^l 10 ,us sam¡ °istra-
-y'S&SSEi dos Cariidos -
carifa«r P ° raC10nes y Personas
antativas que en casos talos aóff-
£Eft fe* á Sr
inundación que también interruto-
^ paso por Ja Torre del Oro v
res defT ’
visto fii ,
mismo ’ .^ u ® como se ha
comnrnK r °f creci( ^ as » vinieron a
Que tato
ar la verdad de bis ventajas
?ena h
I1° conoeWr eI Asistente I,e-
íeeon
1 em P render la obra dol ma-
3. P +
° rqUe ya no tuvo Sevilla
mo antes sncedia da ordinario
31 ’
842 —
el agua del rio sobre sus puertas.
Sirvió así mismo ese ejemplo
para estimular al Ayuntamiento á
prevenir proyectos de nuevas obras,
que mejorasen la situación de la
ciudad y del populoso barrio de
Triana en las inundaciones, y que
podrían irse realizando á medida
que lo permitieran los mermados
ingresos de sus arcas. Tooóle tur-
no en el verano de este año, como
menos costosa que otras también
proyectadas, á la de elevar el in-
greso del puente por ambos lados,
con el fin de que aun viniendo muy
crecido el rio en las riadas, levan-
tadas las compuertas, por esta
banda con el auxilio de borriquetes
desde el malecón, y por la otra sa-
liendo en la altura que tomaban
las barcas á un puente levadizo so-
bre el muro del castillo, no que-
dase casi nunca interrumpido el
tránsito de las gentes á piq* Para
Jtii
ello se demolió el lienzo esterior
— 243 —
del mismo castillo, con cuyos es-
combros se alzó el terreno de la
plaza del Altozano sobre el nivel
que el rio señaló en la inundación
de 1784, ensanchando la entrada
del puente diez varas; y contra el
muro interior del castillo que se
reservó para fachada, haciéndole
nueva puerta, se construyó un ter-
rado con verjas de hierro, hasta el
cual subía la compuerta del puen-
te, dejando paso cómodo y expedi-
to para los transeúntes, aun en las
grandes crecidas del rio. (1)
Año 1787.
Solo una avenida sufrió la ciu-
dad en este año. Arreciando furio-
so temporal el dia 11 de enero,
rompió el Guadalquivir las már-
genes, ocupando las aguas la mi-
tad del paseo alto colindante, y
alcanzando su nivel veinte y sie-
(V Matute, Memorias -para la Historia de
Sevilla, M*. S. de la Biblioteca Colombina.
— 144 —
áe pulgadas menos que el señalado
en la torre del Oro á la grande
riada de 1784. La violencia de los
vientos del Sur hizo bastantes da-
ños en el templo metropolitano y
otros edificios de la ciudad, y ma-
yores aun en los campos inmedia-
tos, principalmente en el arbolado,
porque derribó muchos olivos. •
Pasada la tempestad acordó el
Ayuntamiento emprender otra obra
muy importante y necesaria para
Triana, encomendándola dirección
á su /arquitecto mayor Don Félix
Carasa, cuya aptitud, celo é inte-
ligencia eran de antemano cono-
cidos. El continuo batir de las
aguas por la banda de la derecha
impulsadas sobre esa parte por el
obstáculo que ofrecia á la corrien-
te el islote formado junto á losHu-'
meros, de que antes hicimos méri-
to, dió por resultado que desde
el puente en adelante se formara
una enorme barranca, que ya deja-
— 231 —
co, sin que el
. vecindario tuviera
que hacer sacrificios sobre el gas-
to indispensable. La obra quedó
terminada en 1787, según la lápi-
da que se colocó sobre la puerta
principal de entrada al edificio, y
la Junta y oficinas del Monte pió
del panadeo , fueron de grande uti-
lidad para Sevilla en diferentes
ocasiones.
Una de ellas con especialidad en
este año 1792. Visto el abuso de
los panaderos de Alcalá con la in-
motivada subida del precio del pan
que expendian,y que esel que mas
consume la clase menesterosa,
por considerarlo de mayor rríañte-r
nimiento, las autoridades dispusie-
ron que inmediatamente se labra-
ra en las atahonas de Pumarejo,
donde para ello se remitieron dos-
cientas fanegas de trigo del Pósi-
to, facilitando el marqués de Casa-
Mena, Superintendente de la Fá-
krica de Tabacos, treinta y dos
— 252 —
muías con diez y seis operarios
para que no se detuviera la mo-
lienda. Así se consiguió pan abun-
dante, y que el que tenia otra pro-
cedencia se mantuviese á módico
precio.
Mucho se temió que la Aduana
quedase inundada por el rio como
en el año 1784, y para evitarlo
su administrador activó el despa-
cho hasta las oraciones del dia 14,
en que quedó aligerada de los mu-
chos efectos que contenian sus al-
macenes, poniéndose otros en si-
tios seguros. — El nivel del rio
llegó á tocar el 16 al azulejo de la
memorable de aquel año, empezan-
do después á menguar lentamente
hasta el 19, en que quedó en su
centro, si bien desde el precedente
por la noche se habian destapado
los husillos y permitido el paso á
Triana. Filé muy notable la canti-
dad de agua que tomó la Alameda,
en la que crecía, á pesar de haber
— 233 —
bajado la del rio y concluido las
lluvias, lo que muchos atribuian á
que por conductos ocultos se tras-
colaba á varios sitios del barrio de
la Feria, la que estaba detenida en
el prado de Santa Justa. — Ello es
que en el Caño quebrado se presen-
taban en gran número surgideros
de agua clarísima que juntos po-
dían formar un riachuelo, y que
duraron hasta muy entrado el ve-
rano. — Hay antigua opinión de
que mientras el agua permanez-
ca en el prado referido, ha de
aparecer en la superficie de al-
gunas calles de la Feria; y aun-
que el hecho sea cierto, lo es
también que el nivel del primero
está mas bajo que estas. Asunto es
por tanto digno de hacer observa-
ciones, por la aparente novedad
de este fenómeno, que parece in-
dicar que el agua que mana viene
de mas lejos, y de mas alto, lo
Úúe pudiera dar materia de estudio
— 254 —
á los entendidos en Física é Hi-
drostática.
Grandes fueron las pérdidas de
ganados en las islas del Guadal-
quivir, numeradas en el informe
que dió al Gobierno el Asistente
en 5,120 cabezas y su valor en
774,000 reales vellón. La grande
isleta formada de muchos años
antes frente á los Humeros, casi
toda desapareció con el espeso
ramaje que la cubría. — También
en el lado de Cartuja frente al Mo-
nasterio, derribó el rio parte del
barranco que lo sujetaba, siendo
necesario amparar aquella már-
gen con multitud de estacas y ca-
jones de piedras, entre las que se
plantaron mimbres en abundan-
cia. — Por la parte de Triana en
el sitio donde remataba la obra
nueva del murallon y muelles, se
llevó así mismo mucho terreno,
siendo preciso fortalecer el que
quedó con fuerte estacada y pilo-
— —
taje. — En conclusión diremos, que
pedida por el Ayuntamiento ro-
gativa para la serenidad, empezó
con su asistencia á la Catedral el
dia 14, asistiendo también en los
tres últimos hasta el 25, y e l ?
de Febrero a la función solemne
con Te-Deum. (1)
Año 1796.
En el precedente 1795, á fines
de febrero, á consecuencia de fuer-
te temporal de aguas, salió el rio
de madre, estendiéndose por las
orillas, pero por corto tiempo. Su-
cedió otro tanto á principios del
mismo mes en este año, inutilizan-
do las lluvias muchos de los ador-
nos con que Sevilla se engalanaba
para recibir dignamente á sus Re-
yes que se habian propuesto visi-
tarla. Preludios eran estos del ter-
(1) Matute en las Memorias repetidamente
citadas. -Tomo 3.° de las de la Academia de
Medicina, y D. Cándido María Trigueros en el
poema La Riada.
rible drama de que antes que es-
pirase el mismo año habia de ser
teatro la infortunada ciudad, por
una de las mayores inundaciones
que registran sus anales.
Había sido muy seco el otoño,
pero en el último tercio de no-
viembre llovió con tal abundan-
cia, que á no haber cogido la tierra
sedienta, hubiera roto desde lue-
go sus márgenes el Guadalquivir.
Rompió sin embargo las suyas el
Guadaira en la madrugada del
dia 29, inundando repentinamente
el prado de San Sebastian y sor-
prendiendo á los dormidos habi-
tantes del barrio de San Bernar-
do, que al despertar encontraron
inundadas sus casas, si bien á al-
tura insignificante, si se compara
con la que tuvieron en ellas hace
pocos dias. — No habia entónces
los obstáculos que hoy existen
para que las aguas derramadas
por la estensa planicie de las de-
— 257 —
hesas de Tablada y Tabladilla, en-
contraran pronta salida al Guadal-
quivir huyendo de la ciudad que es-
tá mas elevada, á una legua des-
pués de ella frente á Gelves. Con-
tribuyó á este feliz resultado una
útilísima obra hecha poco antes en
el gran rio por aquella parte, que
mejorando sns condiciones para la
navegación, facilitaría su rápido
desagüe en las frecuentes avenidas.
Nos referimos al corté hecho en
el torno llamado de Merlina junto
á Coria, á costa del comercio de
esta ciudad, que comprendiendo
cuanto importaba á sus intereses
tener espedito el curso del rio, cu-
yas prolongadas y repetidas vuel-
tas eran causa de continuos ries-
gos y retardos en el paso de
los buques, encomendó la forma-
ción del proyecto de tan útil obra
al ingeniero hidráulico Don Sci-
pion Perosini ? que lo ejecutó satis-
factoriamente, mereciendo la apro-
— 588 —
bacion del Gobierno; y en su vir-
tud, á costa del mismo comercio
y con los auxilios de la Hacienda
pública se llevó á cabo la obra, ba-
jóla dirección del mismo ingeniero
en el verano del año 1794, hacien-
do un corte de setecientas varas
lineales cerca de Coria, y debiendo
quedar al rio por aquella parte
mas de cien varas de anchura por
cuatro y media de profundidad.
Pasó, pués, el conflicto del 29 de
noviembre, merced al pronto de-
sagüe del Güadaíra facilitado, por
la obra de que hemos hecho lige-
ra mención. No cesaron sin em-
bargo las lluvias, y el 7 de diciem-
bre salió el Guadalquivir de su
centro, avanzando sobre la entra-
da del puente algunas varas, y
continuando aquellas el 11 se es-
tendió mucho mas, cubriendo el 13
el primer malecón, y ya el 14 su-
bió veinte y siete pulgadas por la
Torre del Oro. Desde tres dias an-
' — 259 —
tes estaban cerrados los husillos,
providencia indispensable para im-
pedir que por ellos se introdujese
el agua del rio en la ciudad, mas
no teniendo salida la llovediza y
repitiendo el temporal con fuerza,
se inundaron los sitios que les son
contiguos, con la - incomodidad y
aflicción que esto siempre produce
á sus moradores. Bajó el rio el
dia 15, cinco pies del nivel que
había tomado, y aquella noche
pudieron destaparse los husillos,
y aunque no del todo, algo se de-
sahogó la ciudad, y mucho mas el
16, en que el rio se recogió hasta
la glorieta del puente, cuyo trán-
sito á Triana no se interrumpió,
por haberse puesto borriquetes has-
ta cerca del malecón grande.
No por eso los vecinos de aquel
barrio y los demás en que se al-
berga gente pobre y trabajadora,
cuya ocupación diaria quedó in-
terrumpida, sin poder ganarse el
— 260 —
i
sustento, dejaron de sufrir gran-
des necesidades. Para remediarlas
algún tanto, el Arzobispo, el Ca-
bildo eclesiástico y la hermandad
de la Caridad repartieron abun-
dantes limosnas, siendo objeto de
las bendiciones del pueblo, á la
vez que lo era de la general mur-
muración la indolente conducta
del Asistente D. Manuel Candido
Moreno, cuñado del Príncipe de
la Paz, D. Manuel Godoy, que en
vez de vigilar con celo por la se-
guridad de la población y mejorar
el estado aflictivo de sus habitan-
tes, pensaba mas en divertirse,
asistiendo al teatro todas las no-
ches, cujas representaciones al
fin hubieron de suspenderse, pues
aun á los mas despreocupados y
afectos á esos espectáculos, impi-
dieron las porfiadas lluvias su dis-
tracción.
El dia 16 había empezado la ro-
gativa pública en la iglesia Pa-
los corazones de todos, faé el cho-
que que hicieron las aguas en la
puerta del Sol, causando muchos
daños, y dando lugar á presentir
otros aun mas terribles.
Serian las dos de la madrugada
cuando fue acometida esta puerta
con tal violencia, que quebran-
tado# los ejes y quicios que eran
de tortísima piedra, se esperaba
que por instantes viniese al suelo
al empuje que hacian el viento y
un golpe de agua de mas de vara y
media de altura contra ella, y
que filtrándola por muchas par-
tes se introducía en la ciudad
en gran abundancia, hasta dar á
los caballos por los pechos en dis-
tancia de veinte varas por la parte
interior de la dicha puerta, y aun
llegó el caso de nadar algunos.
-Los que acudieron al socorro de
aquel comprometidísimo punto,
con estremados esfuerzos, y el
auxilio de gente, herramientas,
— 268 —
maderos, tablas, colchones y otros
pertrechos, que hubo que buscar
en aquella hora, lograron reme-
diar algún tanto el daño y conte-
ner el ímpetu de las aguas, con
una muralla provisional que cons-
truyeron por todo el contorno de
la puerta. Anegada sin embargo
la iglesia parroquial de Santa Lu-
cía por el husillo del Sol, que como
el inmediato á la puerta de Córdoba,
estaba tan descuidado cual si
fuese entonces la estación de ve-
rano, fue preciso proveer al día
siguiente para sacar del Sagrario
de aquella iglesia á la Divina Ma-
gestad, y se verificó entrando el
párroco en una lancha, trasladán-
dola á la de San Román. Con
s um o trabajo introduciendo mas
de cincuenta colchones que se
trageron del Beaterío de la San-
tísima Trinidad, púdose al fin ta-
par la boca de aquel husillo, y de-
tener la enorme columna de agua
que por él penetraba de la acumu-
lada contra la muralla. En los de-
más husillos por la parte al po-
niente de la ciudad, no hubo ries-
go, porque los diputados y veinti-
cuatros que tenian el encargo de
custodiarlos, lo cumplieron con
mucha exactitud, asistidos de cala-
fates y otros obreros que reforza-
ron el muro en los puntos que por
su flaqueza debian inspirar funda-
do recelo.
Anegados todos los barrios ex-
teriores de la ciudad, y también
esta por su interior con el agua á
una altura que en ocasión alguna
llegó ante*, por la mucha que se
introdujo del rio sobre la detenida
de tantos dias de lluvias, no puede
concebir la mente hasta qué estre-
mo habida llegado la desventura-
da Sevilla, si los clamores y so-
llozos de todo el pueblo pidiendo
perdón y clemencia, no hubiesen
sido escuchados pronta y beni»-
A *J
— 270 —
namente por el Dios de las mise-
ricordias. — No eran todavia las
cuatro de la mañana cuando cal-
mó de pronto la tempestad, ocul-
tándose las densas nubes que ja
tocaban el suelo, para dejar que
apareciera limpia j despejada la
luna j claros j brillantes los as-
tros que pueblan la inmensa bóve-
da del firmamento. — ¡Prodigio!
gritaba la voz general: como si se
necesitára mas que un fíat del
Omnipotente para que cuanto exis-
te desaparezca, en menos tiempo
que se pronuncia esa palabra.
Amaneció el dia 29, j entonces
fué posible apreciar en conjunto el
cuadro de desolación que presen-
taban la ciudad j sus arrabales.
Era urgentísimo acudir en auxilio
de los muchos vecinos que aislados
en sus casas llenas de agua á gran
altura, corrían peligro inminente
de que se desplomaran sobre sus
cabezas. Perentorio también pro-
I -S?i —
veer de pan, como alimento el maá
ustia y expedito, á las innumera-
bles familias que faltas de medios
e meapacitadas para proporcionár-
selos, estaban espuestas á perecer
e ambre. Délo apremiante de
esos socorros por parte de las auto-
dades, sirvió de ejemplo encuan-
to a jo primero una casa en la
ameda, cuyos moradores notaron
que se caia uno de sus corredores,
por lo que acudieron á las venta-
a¿sy balcones pidiendo á voces
que ios favoreciesen. No faltó por
fortuna quien pudiera hacerlo al
momento, y no bien aquellos ha-
bían entrado en una lancha, se
hundió toda la casa.— En cuanto
a lo segundo, la carestía del pan,
pues se vendia en los mercados á
veinte y ocho cuartos la hogaza,
aumentaba la aflicción envuelta en
ma contra la ineptitud y apatía del
Asistente Don Manuel Cándido
oreno, luego conde de Fuente-
— m —
blanca, título que mas adelante,
cuando la verdadera y única causa
fue su próximo parentesco con el
valido del Monarca, se quiso pre-
sentar como premio de i servicios
que no prestó, ya por falta de ta-
lento, ó de la actividad y energía
tan necesarias á los que en circuns-
tancias críticas ejercen la primera
autoridad en los pueblos, y de cu-
yo desempeño, torpe ó acertado,
pende á veces la salvación ó la rui-
na de multitud de familias. — Ello
es que el Asistente, en vez de ase-
sorarse con personas de representa-
ción y esperiencia, como los ¡vein-
ticuatros y jurados del Cabildo, el
síndico y los diputados del común,
ya de elección popular, solo consul-
taba, descargandoen ellos sus obli-
gaciones personales, con cuatro
ó cinco individuos de escasa sig-
nificación y suficiencia que le ro-
deaban á guisa de edecanes, q u3
ni sabian mandar, ni teníanla res-
— $73 —
petabilidad necesaria para hacer-
se obedecer. — Muestras repetidas
del general desagrado por parte
del pueblo, acreditaron al Asisten-
te cómo juzgaba de sus actos, y no
estara demás citar alguna de ellas
en prueba de nuestros asertos. Ya
dijimos que hubo que cubrir pron-
tamente con tablas de andamio la
puerta de la Macarena, para evitar
que el agua penetrase por aquel
sitio. Se dió conocimiento del ries-
go á aquella primera autoridad, y
de que los vecinos de la parte ex-
terior, anegadas sus casas, habían
tenido que refugiarse al hospital
de la Sangre, y que era preciso so-
correrlos al instante para que no
perecieran. — Pues ninguna provi-
encía tomó sobre ello el Asisten-
te, y así fué que cuando se presen-
o en aquel barrio le silbaron, y
queriendo poner preso á uno de
los que lo hacían, los demás cla-
maron á grandes gritos por su li-
35
— m
bertad, y temiendo que aumen-
tara el tumulto, mandó soltarle.
Al fin, las atahonas de la Ciudad
situadas en la casa de Pumarejo se
pusieron en uso con caballerías y
operarios de la fábrica de Tabacos,
y empezó á labrarse pan de toda
harina que se vendia á dos reales
la hogaza. No de ese precio, sino
de una mitad mas de costo, lleva-
ba distribuidas hasta el dia 16 so-
bre seis mil la hermandad de la
Caridad, y otro gran número de li-
mosnas en especie y en metálico
el Cabildo eclesiástico, el Arzo-
bispo, y la comunidad de Cartuja
amplia y esclusivamente en el bar-
rio de Triana, que ahora el 28 , cre-
ciendo el conflicto y á la vez el
sentimiento caritativo del Prelado
y de aquellas piadosas Corpora-
ciones, escepto la última, que tu-
vo necesidad de ser también socor-
rida, hubieron de reproducirse en
mayor escala. Asimismo muchas
— 275 —
personas particulares acaudaladas
acreditaron el amor á sus seme-
jantes con generosas dádivas, dis-
tinguiéndose entre ellas D. N. Co-
larte marqués, del Pedroso, que to-
mó solo ásu cargo el socorro de las
collaciones de San Julián y Santa
Lucia, invirtiendo en ello cerca de
tres mil pesos; pero todo era poco,
atendida la magnitud del mal. que
aumentaban las muchas gentes de
la alta Andalucía, prontas siempre
a acudir á Sevilla en sus calami-
dades.
La avenida del Guadalquivir en
este triste año, aunque no tan re-
nombrada como la de 1784, fué
sin duda superior á ella y á todas
las precedentes del mismo siglo*
porquelas aguas, tanto en la parte
esterior como interior de la ciu-
dad, alcanzaron mayor altura. Si
no fueron tan desastrosos sus efec-
tos, debióse al esmero con que se
habían conservado las defensas
contra el rio, y la constanterepá-
racion de sus muros para fortale-
cerlos, iniciada por el inolvidable
Asistente D. Pedro López de Le-
rena (1).— Aun así grandes fueron
los daños sufridos, no solo en Se-
villa y sus arrabales, sino en los
pueblos cercanas á las orillas del
rio. — Difícil sería enumerarlos ;pe-
(1) Entrelas disposiciones que eontenian
los Autos demolida y buen gobierno , que perió-
dicamente dictaban los Asistentes de acuerdo
con la ciudad, no se encuentra hasta que se
publicó el de 6 de febrero de 17S4 la que lleva
el número XXIX. que dice así: «Siendo las
murallas la mayor defensa de esta ciudad, y la
mas grande seguridad y custodia de las vidas
y efectos de sus habitantes, se hace preciso
asistirá su conservación con un esmero cor-
respondiente á su importancia; y uno de los
medios de llenar este justo deseo, es preser-
varlas de nuevas escabaciones ó agujeros. Se
ordena que ninguna persona de cualquier
sexo, estado ó calidad que sea. introduzca en
ellas clavos, estacas, ni otros cuerpos extra-
ños que las debilite ó menoscabe, con hoyos
en sus cimientos, ó de otro diverso modo las
perjudiquen; pena de diez ducados por la pri-
mera vez, doble por la segunda, y la tercera
al arbitrio de su señoría, con concepto á la
gravedad de la reincidencia.»
~ 283 —
También después de esta inun-
dación se pusieron en muchas ca-
lles de la ciudad y del barrio de
|
Irían a azulejos que señalaran el
nivel que había llevado el rio cu-
ya inscripción equívoca daba á en-
tender que había llegado hasta
- allí; al paso qne torpemente se qui-
taban los que mandó poner el Asis-
tente Lerena, que señalaban, no el
punto á que pudiera haber llegado
el Guadalquivir, sino el que toca-
ron las aguas detenidas en la ciu-
dad.
No faltó, dice don Justino Ma-
tute en sus Memorias , al Asisten-
te D. Manuel Cándido Moreno un
cantor que procurase exaltar su
mérito, y el de una porción de su-
jetos oscuros que le rodeaban, en
un poema que escribió el P. Fray
Ramón Val vidares, natural de Se-
villa, é hijo del monasterio de
Rornos del Orden de San Geróni-
A la verdad el poema del
— 284 —
P. Valvidares, mas es una lección
de lo que debió hacer el Asistente,
que relación de lo que hizo. (1)
Año 1800.
Quiso despedirse el siglo XVIII
dejando á Sevilla el triste recuer-
do de dos calamidades: una las re-
petidas inundaciones del Guadal-
quivir en los primeros meses de
este año, cujas consecuencias per-
judiciales se sintieron en los si-
guientes: otra la terrible epidemia
que la devoró en los últimos, lle-
vando al sepulcro casi un tercio
de sus habitantes. No es de nues-
tro propósito ocuparnos de este
funesto acontecimiento, y así nos
concretaremos á referir lo averi-
guado sobre el primero.
Después de un fuerte temporal
á la entrada del año, empezó á
(1 ) Matute, en los M. SS. ya citados de la
Biblioteca Colombina , y el P . Fr. Ramón Va
vidares, en la Descripción poética de esta vav/n
dación.
— 285 —
crecer el rio, y el dia 15 desborda-
do se estendió hasta el primer ma-
lecón, tomando altura hasta el 18
en que no fue posible el paso á
Triana por la fuerza del viento
Sur, que á la vez impedia el des-
agüe, continuando por tanto inun-
dados los prados y las vegas con-
tiguos á la ciudad. Como no ce-
saban las lluvias, aunque se mo-
derase su violencia, no llegó el
caso de que el rio entrara en su
cauce, hasta que volviendo á crecer
el 22 de febrero, fué preciso cer-
rar los husillos de nuevo, sin otras
consecuencias inmediatas, que la
paralización de operaciones y ejer-
cicios, mas sensible para la clase
menesterosa que fué socorrida en
la forma de costumbre por las cor-
poraciones y personas que conta-
ban con recursos aplicables á tan
santo fin.
La continuación de las aguas
por el largo período de tres meses ?
— 286 —
y su estancamiento en los terrenos
bajos, fueron causa de que se per-
dieran las hortalizas y gran parte
de la sementera, muriendo muchos
ganados, lo que trajo la carestía
de los víveres de mayor consumo,
como el pan y la carne, habiendo
subido esta á cuarenta y ocho cuar-
tos la libra, más del duplo de su
precio ordinario. El domingo 9 de
marzo empezó la rogativa pública
por los buenos temporales en el
templo metropolitano, á petición
de la Ciudad y con su asistencia,
y aun después de los nueve dias
ordinarios continuó, porque no ce-
saba la causa y antes bien aumen-
taba el daño. Siguió el tiempo llu-
vioso. toda la primavera, hasta me-
diados de junio, en cuyo dia 12,
que fue el de la festividad del Cor-
pus, salió la procesión de la Cate-
dral á la hora de costumbre; pero
sobrevino tan furiosatormenta, que
ai llegar la custodia al sitio de la
287 —
eo" cada la CruzT ^
f " á preciso que eltL°lSS
ir B ' ‘ornase en su manos
FormaXl^rfl 1 ^^
y cuando pasó la tempestad™ yol-’
tYnnanH 0 T r ®“ '* cu stodia, con-
,
.““ do la procesión hasta su
00n escas ® número deasis-
La constante humedad de las
estaciones y 1° mermado de la co-
echa, perdida en gran parte por
la misma cansa, indujeron sobre-
manera para la salud del yecinda-
™J“ e ’ en su mayoría debilitado,
utno en marzo una diarrea bilio-
I! 16 casi tuvo carácter de epi-
demia y que apuraba mucho á los
enfermos con inapetencia y sed
terminando bien al quinto dia con
d el!° l0S áoidos Te getales y
nieta. Pero como luego vinieron
de pronto fuertes calores, en cuan-
to empezó el verano apareció
una nueva epidemia de tercia-
nas aunque sin malicia, de la
que por lo general se libraron los
que habian padecido la otra enfer-
medad. Ambas, sin embargo, no
eran mas que anuncios de otro fu-
nesto castigo que en sus altos jui-
cios tenia decretado la Justicia Di-
vina, como término de aquel cala-
mitoso siglo, que empezó con §^‘
ra civil larga y desoladora, y
cluyó con un contagio terrible que
diezmó la población de las provin-
cias del Mediodía. (1)
(\) Matute, en los m.
ColoMina citados anteriormente
ios M. SS. de la Bill
— 289 —
VI.
SIGLO XIX.
Al llegar á esta altura en nues-
tra ímproba tarea, cumpliremos
ante todo con un deber de justicia,
consignando aquí nuestra gratitud
? d .°? ,, ei í os a ^igos que nos han
laciiitado los medios de poder con-
muarla, como deseamos, sin inter-
rupción hasta su término. — Dispo-
niendo de poco tiempo, porque to^
o lo necesitamos para otras aten-
ciones ineludibles que no admiten
espera, y teniendo larga esperien-
cia de las muchas horas que en
asuntos históricos consume á veces
el esclarecimiento de un hecho,
nos hubiera sido imposible, á pesar
de nuestro deseo y no obstante el
37
-le-
gran número de noticias compen-
diosas y ligeros apuntes que posee-
mos sobre la materia de que tra-
tamos, continuar sin dilaciones la
narración, principalmente en los
siglos XVIII J XIX.— ^No nos era
dado en está época del año de-
dicar diariamente algunas horas á
amlipar nuestros apuntes y ¿omar
otros nuevos, ya en la Biblioteca
Colombina ó bien en el Archivo
Municipal, y escribir después con
esos seguros datos. — Don José Fer-
nandez de Velasco, oficial del
cuerpo de Archiveros y Biblióte-
carios, que lleva la mayor parte de
su vida al frente de aquel rico de-
pósito del saber, por nombramien-
to del Ilustrísimo Cabildo Ecle-
siástico, y qüe nos favorece desde
los albores de la juventud con
sincera y probada amistad, nos
sacó del apuro en cuanto al Si-
glo XVIII, tomándose el trába-
lo de estractarnos las noticias
P; 9 ?xio o n."o:
; — igp
—
de°íw n r S r áe '^manuscritos
de Don Justino Matute y G a vi-
ria, que tanto han servido m'
hacer publicas importantes Noti-
cias, de pocos de los que hoy viven
' hasta ahora conocidas. *
No menos nosha favorecido otro
muy apreciado amigonuestro Don
Antonio Fernando Garcia, antiguo
oiicial mayor de la. Secretaria del
'
Excmo. Ayuntamiento, hace algni
nos anos jubilado, conocedor como
pocos, de los asuntos de la Corpo-
nmv'N' 1
‘i” tÍemp0! 1 m P a ® a "
one’
f
a v e v 6 - ea COmo < J uieQ má s
1 la historia conserve para el
porvemr noticia de los LcesOs
ñas importantes ocurridos en nues-
tra querida Ciudad.— Al alentar-
nos e n i a empresa acometida, brin-
dónos con los auxilios que nos pu -
diera prestar para llevarla á cabo,
y aceptanuo su exponía neo ofreci-
miento, } e dimos el encargo de es-
ía ctar las noticias que sobre las
— 192 —
avenidas deljGuadalquivir en este
siglo, contuviese el Diario de Su-
cesos que compiló con admirable
constancia dia por dia, Don Félix
González de Leos, autor de dos
obras históricas y otros opúsculos
sobre Sevilla, y cuyo manuscrito
que empieza en enero del año 1800
y termina en fin de diciembre de
1853, existe en el Archivo muni-
cipal. (1) Nuestro buen amigo ha
(2) Ya de bastante edad D. Félix Gonza-
lezjde León, perlático y casi ciego,; sin familia
ni bienes, y por tanto en la 'indigencia, acu-
dió aljExcmo. Ayuntamiento pidiéndole am-
paro y al mismo tiempo donándole su obra.
La Corporación tuvo á bien oir mi dictamen
sobre la instancia, y yo incliné su ánimo en
favor del ^desvalido anciano, que ya en los
bordes del sepulcro, se desprendía de lo único
que le quedaba; su manuscrito formado en
fuerza de asidua laboriosidad, y que prescin-
diendo de su escaso mérito, considerado como
trabajo literario, lo tenia grande, por ser un
repertorio de noticias sumamente útiles para
quien escribiera la historia de Sevilla en la
primera mitad de este siglo. El Ayuntamien-
to oyó benignamente mi parecer y señalo
á 1). ‘Félix González de León la pensión vi-
talicia de cinco reales diarios, que disfruto
desde principios de Enero de 1853 hasta fines
de Mayo de 1834, en que falleció.
— sis-
mas ó menos hasta las diez de
la mañana del día doce en que
empezó a bajar; y no obstante
la mucha agua que cayó en la tar-
de y prima noche de aquel día,
continuo menguando el trece en
que el viento se mudó á Oeste:
pero hasta el catorce no pudieron
pasar caballerías por el puente, y
ei quince se desaguó la Alameda.
Ü1 día diez y siete, aun conserva-
ba el rio seis pies de altura sobre el
nivel de sus pleamares indicadas,
cuando volvió á crecer en la madru-
gada, llegando á montar la glorieta.
Continuó aunque con lentitud lñ
lluvia todo el dia, por lo que se
volvieron á poner guardias en los
husillos, y siguió creciendo el rio
hasta diez y nueve pies, por lo que
se cerraron aquellos, quedando to-
da el agua llovediza dentro de la
ciudad. Mayor la subida en los
días diez y nueve y veinte, y en la
madrugada del veintiuno alcanzó
— 3C0 —
veinte y dos piés sobre el citado ni-
vel, montando el muelle por laTor-
re del Oro é impidiendo el paso por
aquella parte. — Guadaira ya ame-
nazaba reventar por Puente hora-
dada, y al fin lo verificó el veintidós
anegando el prado de San Sebastian
y extremos del barrio de San Ber-
nardo, estando inundados también
los arrabales de la ciudad y los si-
tios bajos del interior inmediatos á
los husillos, para algunos de los que,
como en la Alameda, la Estrella,
calle délas Armas y puerta de Tria-
na, se mandaron lanchas y víve-
res para socorrer á sus vecinos, y
también las hubo en la alcantari-
lla de las Madejas y en la Calzada
de la Cruz del Campo. Todo aquel
dia siguió creciendo el Guadalqui-
vir, hasta elevarse muy cerca de
veinte y cuatro piés; pero á la ma-
drugada del siguiente empezó á
ceder y continuó hasta desaguar
los husillos, y el veinticuatro por
— 301 —
la noche, aunque con lentitud, el
Keal.-— Renovóse la riada en abril
por haber llovido mucho en los
tres días primeros, saliendo de ¡su
cauce el no el cuatro é inundándose
la Alameda, la puerta Real y los
Humeros por haber sido cerrados
los husillos. Hiciéronse otra vez
rogativas públicas por la sereni-
dad, que se logró desde eldia ocho
en que desaguó el rio.
Año este de grandes humeda-
des, tanto en la primavera como
en los meses de verano, hubo
además fuertes y repetidas tor-
mentas, que como pronto apunta-
remos, perjudicaron la cosecha
hasta el punto de que fuese esca-
sísima. Entró el otoño también
con tiempos lluviosos, y arrecian-
do el temporal con fuertes ven-
davales en el último tercio de di-
ciembre, debórdose el rio el veinti-
siete, montando la glorieta del
puente, y alcanzando poco después
— 30 * —
hasta el Triunfo, é impidiendo el
tránsito, tanto por aquel punto, co-
mo por la Torre del Oro. Reventó
asimismo elGuadaira, anegando el
prado de Sao Sebastian y parte
del barrio de San Bernardo. Pron-
to por fortuna bajó la inundación,
y aunque el dia treinta y uno habia
agua sobre la glorieta, se mantuvo
poco tiempo fuera de su caja el rio,
no habiendo causado notable daño
en las vegas y lugares bajos que
cubrió. La Alameda tuvo bastante
agua; pero se libraron de ella los
sitios de la ciudad cercanos á los
husillos, por haber dado tiempo el
rio en sus menguantes á que de-
saguaran diariamente.
Dos años seguidos de continuas
lluvias y fuertes temporales, ha-
blan de influir poderosamente, co-
mo en ocasiones semejantes deque
habia repetidos ejemplos, en laes-
casez de las cosechas y en la cares-
tía de los mantenimientos de
— 303 —
y or consumo parala generalidad de
los habitantes de Sevilla.
A pesar de los esfuerzos que hi-
zo el Ayuntamiento para aminorar
el daño, contratando provisiona-
mientos con corporaciones y per-
sonas particulares, contrayendo
empréstitos cuantiosos que luego
no pudo satisfacer, y que fueron
causa de ruidosos litigios que han
durado hasta nuestros dias, los ar-
tículos de primera necesidad en
aquel año y en el siguiente de 1805
llegaron á unos precios fabulosos,
que haeian costosísima la vida pa-
ja la clase media y aun la acomo-
dada, y que trajeron la miseria ála
proletaria y menesterosa. Consig-
naremos aquí la noticia de ellos,
de los que presentan pocos ejem-
plos hasta la época actual los
nnales de nuestra ciudad. — No en
pocos dias, sino por largas tempo-
radas, vendióse el trigo hasta dos-
lentos cincuenta reales la fanega,
— 304 —
y á nueve la hogaza de pan: de to-
da harina á cincuenta y seis cuar-
tos: otro inferior que el pueblo lla-
maba bolero á treinta y seis: la
fanega de cebada, á noventa rea-
les: la de garbanzos, á doscientos
ochenta: la de babas, á.ciento uno.
la de maiz, á ciento diez: la arro-
ba de aceite, á setenta y ocho rea-
les: la carne de vaca, á cuarenta y
dos cuartos la libra y la de cerdo
á cincuenta y ocho. De estos pre-
cios puede inferirse cual serm la
situación de Sevilla en esos anos
angustiosos, cuyas calamidades te-
nían por causa las frecuentes llu-
vias y los desbordamientos del
Guadalquivir, que hicieron perder
las cosechas.
Año 1805.
Quedó el rio eu su cauce en
los principios de enero, maS s
contenerse las lluvias que cayer
con mucha abundaucia <Jesde
dia veinte; y henchido de nue
el veintidós, montó la Glorieta, im-
pidiendo el derrame de los husi-
llos. Eldia veinticuatro no obstan-
te lo mucho que llovió, bajó algo;
mas el veinticinco volvió á tomar
agua, creciendo seis pies por la
embocadura del puente, y descen-
diendo luego despacio quedó en.su
caja el veintisiete y pudo desa-
guarse la Alameda. Felicitábanse
ya los sevillanos por haber escapa-
do bien de esta inundación, cuan-
do grandes aguaceros en los dias
veintiocho y veinte y nueve y el
fuerte vendaval que se desató en el
último, hicieron que tornase á salir
e J rio con asombroso empuje, y
vista la presteza con ¡que crecía el
a gua, se taparon inmediatamente
ios husillos. En la madrugada del
treinta reventó el rio Guadaíra,
anegando el prado de San Sebastian
y el barrio de San Bernardo, y aun
Jttayorfué la altura de las aguas del
tagarete en el prado de Santa Justa.
39
— 306 —
Las frecuentes inundaciones dél
mismo arroyuelo por aquella par-
te en años anteriores, á veces muy
molestas, porque cubriendo la al-
cantarilla de las Madejas, llamada
así por las que tenia pintadas en
las enjutas de los arcos, hacia pre-
ciso el aso de lanchas para atrave-
sar al arrabal de la Calzada de la
Cruz del Campo, obligaron á la
Ciudad á hacer nna importante
obra en el año 1799, que consistió
en elevar la puente de construciOfi
antigua y especial de muchos ojos
para dar fácil paso á las aguas
cuando hubiese avenidas, sobrepon
ñiendo nuevos arcos en la misma
forma á los que ya existían, y dán-
dole mayores dimensiones en lon-
gitud y latitud, por ser á la vez
remate de la carretera general re-
cientemente construida, que arran-
cando desde la córte, termina en
esta ciudad.— Pues bien: en la ma-
drugada del dia que hemos reler -
— 307 —
do, las aguas del Tagarete desbor-
dadas del prado en el que ordina-
riamente quedan contenidas, so-
brepujaron la alcantarilla, impi-
diendo el tránsito á la Calzada co-
mo antes sucedia, estándolo almis-
mo tiempo á Triana por el puente,
al que no era posible llegar ni aun
por borriquetes. Afortunadamente
el dia dos de febrero ya empezó á
menguar el rio, quedando en su
centro el inmediato.
Pasaron sin noyedad la prima-
vera y el estío; pero no bien se
anunció el otoño de aquel año,
rompieron fuertes tormentas, una
terrible para aquella estación que
por sus circunstancias merece que
dejemos aquí de ella memoria. El
veintitrés de setiembre, acumula-
das densas nubes sobre Sevilla, á
horade las nueve de la noche empe-
zó un furioso huracán que duró has-
ta la una. Toda la circunferencia
del horizonte aparecía inflamada
— 308 —
con los relámpagos; sonaban fuer-
tes truenos por todas partes, y fue
tanta el agua que cayó á torren-
tes, que se inundaron las mas de
las casas de la ciudad, y todos los
parajes cercanos á los husillos,
llegando en la plaza de San Fran-
cisco la lengüeta del agua con-
centrada en tan grande espacio,
hasta la puerta de la Audiencia.
Mucho fué el susto que sufrió el
vecindario con tan inesperado
acontecimiento; pero afortunada-
mente no trajo desgracias perso-
nales, y antes bien disminuyeron
las tercianas y se extinguieron
otras fiebres malignas de término
fatal que se venian padeciendo to-
do el verano.
Aun mas memorable que ese su-
ceso tuvo lugar otro en el siguien-
te mes de octubre que. también
recordaremos aquí, siquiera ade-
más, para dar alguna variedad aj
monótono y cansado relato de
— 315 —
las aguas hasta doblar la punta de
los Remedios.— En el dia 12 aún
subió el rio pié y medio más; pero
la velocidad se redujo á nueve mil
varas por hora. Se anegaron al-
gunos puntos de la ciudad, como la
entrada de la calle de Cantarranas
y la Alameda de Hércules, siendo
. necesario para llegar á Triana pa-
sar por borriquetes. Al siguiente
dia trece, como no continuaron
las lluvias, empezó á bajar el rio,
y el quince desaguó por completo.
En los años sucesivos hasta el
de 1810, no hacen mérito las me-
morias de avenida alguna del Gua-
dalquivir, constando solo que en
el referido, á mediados de mayo;
en el de 1811, á principios de fe-
brero; en el de 1812, desde el dia
diez y siete al veintidós de di-
ciembre; en el de 1813, desde el
treinta de abril hasta el tres de
ma yo; en el de 1814, del nueve al
— 316 —
trece de enero; en el de 1815, por
dos ocasiones en el mismo mes; en
el de 1816, desde el cinco al trece
de febrero; y por último, del cinco
al siete y del veintitrés al vein-
ticinco de noviembre, hubo des-
bordamientos del Guadalquivir,
que hicieron necesario el uso de
los borriquetes para atravesar por
el puente hasta Triana. Sin dúdalas
inundaciones en esos años fueron
de escasa importancia, ó por ser
sucesos frecuentes y ordinarios en
Sevilla, no se la daban las perso-
nas que recogian sus memorias,
como no ocurriera algo extraordi-
nario ó superior, digno en su con-
cepto de ser conservado para la
historia. Además, desdela época a
que hemos llegado, ya las avenidas
del Guadalquivir fueron de menos
duración, merced á una obra im-
portantísima en él ejecutada,
la que daremos conocimiento a
nuestros lectores.
— 317 —
Estaba considerada por los mas
célebres ingenieros desde el siglo
XVII, como la primera y de mejo-
res resultados para la navegación
del rio y para disminuir las inun-
daciones en Sevilla, porque facili-
taría su rápido desagüe, la de ha-
cer el famoso corte de la punta y
torno llamado del Borrego, no em-
prendida antes, aunque general-
mente se estimase convenientísima,
por los crecidos gastos que habia
de ofrecer su ejecución, calculados
por algunos facultativos en diez
millones de reales. — La Compañía
creada á fines de 1815 por privile-
gio especial para la navegación del
Guadalquivir, entre otras obliga-
ciones para llevar á efecto el es-
tenso y útilísimo plan que se pro-
puso, contrajo como la primera la
de ejecutar aquella obra; y no
bien quedó constituida, en 1816
acometió la empresa de la apertu-
ra del canal que se denominó Fer-
— 318 —
nandino, mejora deseada de famo-
sos hidráulicos, que reduciendo tres
leguas de camino por un torno del
rio lleno de bajos y peligros en
que varaban dias enteros los bu-
ques, á un tránsito de dos mil va-
ras en línea recta que se atrave-
saría en pocos minutos, habria de
facilitar • extraordinariamente la
navegación á Sanlúcar, dando pron-
ta y velocísima salida á las aguas,
evitando los estragos de las gran-
des avenidas ó riadas que tantos y
tan repetidos males causaban á Se-
villa y pueblos situados á las már-
genes del Guadalquivir, con in-
calculable pérdida de gentes, se-
menteras, ganados y edificios, y
con las demás desastrosas conse-
cuencias que se esperirnentaron en
los siglos, precedentes.
La Compañía emprendió la obra
resueltamente el dia primero de
junio de 1816, y continuando con
constancia, tuvo la satisfaccio nde
¿-319 —
que dirigida por dos individuos de
su seno, activos é inteligentes,
quedase acabada, y de que las aguas
del caudaloso Betis corriesen por
el nuevo canal el seis de noviem-
bre del mismo año. Solo en cinco
meses se ejecutó aquella obra co-
losal calculada de mucho antes,
y sin mas defecto que algunas
pequeñas imperfecciones en sus
bocas que se corrigieron á poco
tiempo. — Se le dió de longitud
seis mil y quinientos piés castella-
nos: de latitud seiscientos en la
boca del Norte; de ciento ochenta
á ciento cincuenta en disminución
en el resto del canal, y veinte y
cuatro de profundidad, si bien la
de las entradas no fué igual al
principio á la del centro, lo que
hizo necesarios algunos trabajos
para rebajarlas suficientemente; y
la anchura de todo él, que fué
cuando se construyó la espresada,
después se ha ido ampliando á be-
— 340 —
nefício de lo que la velocidad de la
corriente ha escabado por uno y
otro margen, como sucede en los
canales de esta especie. La obra
quedó tan bien concluida, que á
las veinte y cuatro horas de correr
las aguas por el canal, empezaron
á pasar barcos por él; y en el año
siguiente 1817 lo atravesó el
Betis, primer barco de vapor que
se construyó en España por la
misma Compañía de navegación
del Guadalquivir, cumpliendo con
otra de sus obligaciones.
Año 1821.
Secos y de escasas lluvias los
que siguieron al de 1816, anun-
cióse la variación atmosférica en
sentido contrario desde el otono,
el año 1821. En sus primeros dias
reinó fuerte temporal de aguas y
vientos, y el cinco á las dos de la
tarde sobrevino furioso huracán,
que puso en alarma toda la pobla-
ción, cuyos habitantes recordaban
“321 —
,
lo ocurrido. en 1805. Afortunada-
mente la manga de aire que cruzó
por la parte de Poniente en di-
rección al Levante, hizo sentir su
ímpetu ya fuera de los extremos
de la ciudad sobre el prado de San
Sebastian y aceras al mismo del
barrio de San Bernardo frente á
la Enramadilla, arrancando de
cuajo árboles del arrecife, volcan-
do carros y galeras, y derribando
varias casas, entre cuyas ruinas
quedaron sepultadas algunas per-
sonas á quienes lo súbito del caso
no dió tiempo para precaverse con-
tra el desatado huracán. Conti-
nuando después las lluvias, el si-
guiente dia seis estaba inundada
por el Guadalquivir la vega de
Triana, extendiéndose por el lado
de Sevilla hasta el segundo male-
c °n, y haciendo necesario levantar
borriquetes y demás costosas pre-
venciones contra las avenidas, no
la menor ciertamente proyeer de
41
324 —
mantenimientos á los habitantes
de los sitios de la ciudad y de sus
afueras, que por muchos dias estu-
vieron inundados, porque la cala-
midad inmediata duró hasta el diez
y seis. Recordamos entre ellas,
haber oidoá nuestro amado é inol-
vidable maestro Don José López
Rubio, á la sazón Secretario de la
corporación municipal, que se obli-
gó durante aquellos dias á los pa-
naderos, cuyos hornos en sitios al-
tos no se inhabilitaron con las
aguas interiores, á que labrasen
doble número de hogazas del que
tenian de costumbre, y así se lo-
gró que no subiera el precio del
pan, y que hubiese en los merca-
dos públicos abundancia de ese ar-
tículo, tan indispensable para el
alimento general.
Al finalizar el año volvió elGnia-
dalquivir á desbordarse de sus
márgenes, haciendo indispensable
el uso de borriquetes para eltrán-
— 323 —
sito á Triana desde el veintiséis de
diciembre; y aunque la creciente
tomó la misma altura que en el
mes de enero, por la parte inte-
rior de la ciudad fue corta la inun-
dación, por el poco tiempo que es-
tuvieron cerrados los husillos, su-
puesto que antes de espirar el año
había vuelto el rio á su centro.
Año 1823 .
Los que aun viven y pueden dar
cuenta de los sucesos de aquel año,
afirman que la avenida del Gua-
dalquivir y la inundación que por
consecuencia de ella sufrió Sevilla,
fué de las mayores de este siglo.
Y sin que abriguemos la m^nor
duda sobre su verídico testimonio,
cúmplenos decir en obsequio de la
verdad, lo que parecerá mentira
a nuestros lectores: que han sido
mutiles cuantas investigaciones
hemos hecho por descubrir algún
documento impreso ó manuscrito
que nos proporcionara detalles con-
cretos del suceso, par a formar una
relación mas ó menos completa, co-
mo nosha sido dado verificarlo de
otros análogos de épocas muy dis-
tantes de la presente. Ni en el Ar-
chivo municipal, ni en las Biblio-
tecas Provincial y Colombina, ni
en las particulares de nuestros
amigos y aficionados á los estudios
de historia, se conserva colección
alguna de los muchos periódicos
que veian la luz en Sevilla enaque
período de publicidad y de liber-
tad de imprenta; ni aun las actas
capitulares, álas que hemos recur
rido, contienen mas que acuerdos
generales con motivo de la cala-
midad, sin referir hechos detalla-
dos, siquiera los mas culminan e
Esto nos prueba cuan difícil s
escribir en sudia con conciencia
historia del siglo de la ilustración J
déla prensa, y ya se convencería
ello los que con sana intención y
píritu desapasionado lo inten a
— 331 —
circunstancias especiales quedase
libre del ataque de las corrientes y
se salvara de la inundación. Lo su-
cedido en el año á que nos referi-
mos, justifica nuestra opinión so-
bradamente. — El seis de enero cre-
ció el Guadalquivir, pero sin ex-
tenderse fuera del primer malecón
y entradas del puente; y á la vez
por el lado de levante, reventando
el despreciado Guadaira con fuerza
y rapidez inesperadas, se derramó
por todos los campos sus colindan-
tes, inundando los barrios de San
Bernardo, la CalzadaySan Roque;
y subiendo con violencia extraor-
dinaria las aguas aglomeradas en
el prado bajo de Santa Justa, cu-
brieron toda la alcantarilla de las
Madejas, penetrando en la iglesia
y convento de San Agustin, edifi-
cio que hoy sirve de presidio, sor-
prendiendo á la desprevenida co-
munidad, que no recordaba hecho
semejante desde su fundación. To-
— 332 —
marón las aguas por aquella parte
mas de nueve pies de altura, y si
no se ocurre con prontitud á cu-
brir con fuertes tablones la puerta
de Carmona, hubieran sin remedio
penetrado en la ciudad.
Los representantes de esta, reu-
nidos en Cabildo extraordinario
bajo la presidencia del Asistente,
que expuso la urgencia con que era
preciso acudir para evitar los gra-
ves daños que debian temerse de
avenida tan pronta como imprevis-
ta, que aumentaria con el fuerte
temporal que se esperimentaba
desde la noche anterior, nombra-
ron una Comisión de su seno que
constituida en sesión permanente,
acudiera con cuantos recursos con-
taba el Ayuntamiento en auxilio de
los afligidos moradores délos bar-
rios inundados, y en la seguridad
de que sus actos serian dirigidos a
salvar al vecindario de la terrible
catástrofe que podria sobreve-
— 333 —
nir, si las aguas tomaban mayor ele-
vación. También se adoptaron seve-
ras providencias para evitar que los
panaderos aumentaran el precio del
artículo de sutrádco, obligándoles
á que amasasen diariamente mayor
cantidad de hogazas mientras du-
rara aquella apurada situación, fa-
cilitándoseles para ello trigo de la
Alhondiga ó de almacenes de perso -
nas particulares existentes en [la
ciudad, y arbitrando otros muchos
recursos para que no faltaran ni en-
carecieran las subsistencias. Todos
estos acuerdos fueron aprobados en
el acto por el Asistente, y la Co-
misión entró desde luego á desem-
peñar su cometido, egecutándolo
con discreción y acierto, mere-
ciendo un voto de gracias que
acordó el Ayuntamiento en Ca-
bildo de trece del mismo mes, por
que el conflicto habia cesado eldia
ocho en que entró el rio en su
cauce.
— 334 —
Af?o 1831.
Medidas semejantes á las que
dejamos reseñadas, tuvo que acor-
dar el Ayuntamiento con motivo
de mayor y mas prolongada ave-
nida en enero del año siguiente.
Desde el dia doce se pasó á Triana
por borriquetes, á consecuencia
del desborde del rio, después de
muchos dias de lluvias, las que
continuando sin intermisión hasta
el veinticuatro, cerrados los hu-
sillos, produjeren grande inunda-
ción en el interior de la ciudad,
además de la que sufrían los bar-
rios exteriores. La Comisión que
el Ayuntamiento nombró con am-
plias facultades y á cuya discre-
ción y celo antes probado, come-
tió cuantas medidas estímase opor-
tunas, tanto para socorrer á los
vecinos de los sitios anegados,
como para evitar que los agiotis-
tas, prevaliéndose de la ocasión,
encarecieran los artículos alimenti-
r — 333 —
cios de mayor consumo aumen-
tando con ello el conflicto, hizo
acertado uso de aquellas faculta-
des, llenando cumplidamente los
deseos de la Corporación munici-
pal, á la que daba conocimiento
de ellas tan luego como las decre-
taba, mereciendo que con repeti-
ción se le acordase voto de gra-
cias. . La inundación esterior cu-
brió los muelles, avanzando por el
Arenal hasta el maleeon grande,
llenando la Vega y mucha parte
del arrabal de Triana: por el in-
terior de la ciudad estuvieron
inundadas hasta el dia veinticinco
en que desaguó el rio, la Alameda
de Hércules y hasta mas de un
tercio de las calles de las Palmas
y del Amor de Dios: toda la del
Puerco, (hoy de Trajano) hasta
llegara! templo parroquial de San
Miguel, é igualmente las de las
Armas, de Cantarranas y Paje-
ría, ahora denominadas de Gra-
— 336 —
vina y Zaragoza, por su procsimi-
dad á los husillos de las puertas
Real y de Triana.
Pasó el conflicto, y asegurado
el buen tiempo á fines de enero,
procedióse á la reparación de las
averias de la riada, y á sufragar
los crecidos costos de reforzar el
puente de barcas, reponer los bor-
riquetes que facilitaban el tránsito
al mismo, y habilitar de otros úti-
les deteriorados, en previsión cau-
telosa de futuros siniestros que no
se hicieron esperar mucho tiempo;
porque el dia cinco de abril sepre-
sentó fuerte temporal que desbordó
al Guadalquivir de sus márgenes
el once, llenándose de agua la Ala-
meda, hasta el diez y siete en que
ya quedó en seco. Repitióse la
avenida el primero de mayo, reco-
giéndose el rio á su lecho el dia
cinco; y para que se contasen has-
ta cuatro en aquel lluvioso año,
todavía en el mes de diciembre,
— 337 —
desde el trece al diez y geis, fue
necesario para atravesar al puente
usar de borriquetes.
Años 1832 y 1834 .
Aunque de corta duración y no
muy crecidas hubo riadas en ambos
años, según el Diaria áe Don Félix
González de León. En el primero
del tres al seis de enero, y al prin-
cipiar abril, pero volvió el rio á
su centro sin causar grave daño.
En el segundo del veintiséis al
treinta de noviembre, que tampoco
tuvo ulteriores consecuencias, por
mas que fueron temidas del Ayun-
amiento, en vista del fuerte tem-
poral que reinaba, y que le obliga-
ron á proveer con urgencia la pla-
za de maestro mayor del puente
que había quedado vacante.
Año 1838 .
La avenida del Guadalquirir en
este año, que empezó el trece de
febrero y no terminó hasta el ocho
de marzo, con el sólo intérvalo de
43
— 338 —
seis dias desde el diez y siete al
veintitrés en que estuvo encerrado
en sus márgenes, presenta una faz
nueva en la série de los diversos
conflictos que siempre traen á Se-
villa esos tristes acontecimientos.
Lluvioso el invierno desde su prin-
cipio, y paralizadas por esa causa
las faenas agrícolas, refugióse á la
capital multitud de trabajadores
que no tenian en qué ocuparse, y
que carecian por otra parte de
recursos para sostener á sus fami-
lias, los que no contentándose con
la limosna que obtenian imploran-
do la caridad pública, tomando una
actitud hostil y amenazadora, qui-
sieron conseguir por la violencia
lo que no lograban con el ruego.
Así fue que en el primer peno ®
de la inundación, y cuando el (? ua
dalquivir daba aquella pequeña tre-
gua, los llamados trabajadores c
metieron algunos desmanes, 7
asaltando á los panaderos de Ale
— 339 —
y Mairena cerca déla Cruz del Cam-
po cuando se dirigían á la ciudad
con sus cargas, ya quitando á viva
fuerza el pan que de esta se re-
mitía á San Gerónimo para los al-
bergados en el Hospicio. En el dia
diez y siete subió de punto la auda-
cia, presentándose en son de tumul-
to delante de la Casa Consistorial,
pidiendo pan y trabajo con desa-
forados gritos, dirigiéndose después
en grandes turbas á la Plaza prin-
cipal de abastos, revelando con sus
ademanes y sus palabras la inten-
ción de apoderarse de las sustan-
cias alimenticias acumuladas en
aquel centro. Afortunadamente las
enérgicas medidas que con pronti-
tud adoptaron las autoridades, es-
tableciendo retenes en varios pun-
tos y enviando al mas comprome-
tido gran número de individuos del
.cuerpo de protección y vigilancia,
dirigidos por sus expertos Jefes
Campa y Galvez, fueron bastantes
— 340 —
para impedir que los amotinados
consumaran sus atentatorios pro-
pósitos. Esa perentorio medida no
era sin embargo suficiente para
evitar el mal que amenazaba
mientras subsistiese la causa prin-
cipal que lo producía. Era indis-
pensable adoptar otras de diversa
índole que facilitaran á la clase
indigente medios para vivir, sin
llevarla al extremo de la desespe-
ración; y á este fin dirigió todos
sus esfuerzos la municipalidad,
única corporación que había de
proporcionar los medios de conse-
guirlo, porque ya no habia que
contar con los auxilios que con
largueza en casos semejantes pro-
digaban el Cabildo eclesiástico J
los monasterios de la Cartuja, San
Gerónimo y San Isidro del Campo,
entre cuyos bienes algunos habían
sido adquiridos con la obligación
de destinar sus rentas en casos de
inundaciones, al socorro de los
— 347 —
ASo. 1839.
Repetidas veces en este año sa-
lió el fio de sus márgenes, pero
recogiéndose pronto á su centro,
solo estuvieron inundadas las Ve-
gas. No por eso en una de aque-
llas, á principios de noviembre, dejó
de causar graves daños la furia del
temporal que arrancó muchos ár-
boles del paseo junto á la Torre
del Oro y Cruz de la Charanga,
uno de ellos muy corpulento y an-
tíguo,que cayendo sobre una casi-
lla de madera que estaba inmediata,
la hundió lastimando gravemente
á cinco personas que se habian
refugiado en ella. En el siguiente
mes de diciembre, todo élvário de
vientos y lluvias, sin que se viese
el cielo despejado un solo dia, des-
de el once hasta el quince estuvo
desbordado el Guadalquivir á bas-
tante altura, causando daños con-
siderables en la banda izquierda
desde el puente. Mayor en la calle
— 348 —
del paseo á las Delicias que llaman
de las moreras, á la que traía di-
rección recta la voluble corriente
de las aguas, destruyó por aquella
pártela barranca, dejando el paso
intransitable, y amenazando, en
nueva avenida extenderse al jar-
din inmediato. — Por eso fue pre-
ciso que el Ayuntamiento se ocu-
pase inmediatamente de la necesi-
dad de remediar aquel daño y
precaver otros mas graves y tras-
cedentales para lo sucesivo; y en
su virtud, acordó y se llevó á cabo
sin interrupción la obra de colocar
en aquel sitio una fuerte estacada,
plantándose después muchos árbo-
les de condiciones especiales ai
intento, con lo que se remedió e
daño, ofreciendo la seguridad ne-
cesaria de que allí en mucho ae
po no se repetiría el mal, atendí
la extensión y solidez de la obr •
Arios 1840 y 1841.
.
Al mediar el mes de dieiem
— 349 —
del primero, sobrevino fuerte tem-
poral de aguas con vientos del Su-
doeste, que deteniendo la marcha
del, Guadalquivir produjo desde el
di a diez y nueve, como de ordina-
rio en tales casos, el desborda-
miento de su cauce, permitiendo
sólo á pié por borriquetes el paso
por el puente. Aunque recogido el
veintitrés, no por eso cesaron las
lluvias, que paralizando los traba-
jos de la clase jornalera, especial-
mente en Triana, pusieron á mu-
chas familias faltas de todo recur-
so á punto de perecer de miseria;
por lo que ya entrado el nuevo
año, los Alcaldes de aquel barrio
con otros vecinos acomodados, acu-
dieron á la autoridad superior de
la provincia en solicitud de que
para evitar el mal que amenaza-
ba, se adoptasen prontas y salva-
doras providencias. Reunióse en
su virtud el Ayuntamiento en se-
sión extraordinaria el dia seis, en
— 350 f-
que por haber crecido el rio, se
habían, cerrado los husillos é inun-
dádose las calles contiguas al de
la puerta de Triana, y se nombró
una Comisión especial de riada que
recaudara limosnas de las Corpo-
raciones y personas pudientes, y
que, en nombre de la municipali-
dad, autorizada por la Diputación
provincial, para sufragar con los
fondos de propios los gastos que
fuesen indispensables, proveyese
con ámplias facultades á los ser-
vicios de diferente índole que ta-
les sucesos ocasionan, cuidando
ante todo como el mas urgente de
que en aquella misma noche se
amasaran panes por cuenta, del
Ayuntamiento, para distribuir en
Triana mientras durase él conflic-
to, de libra y media para los adul-
tos y de una páralos individuos
de menor edad de las familias
desvalidas.- — Cesó aquel por e.
pronto pasados algunos dias, pe*
-^351 —
*°' p Analizar el lirismo mes de
enero, se reprodujo el temporal y
la aglomeración de las aguas del
Guadalquivir y Guadaira sobre los
barrios de Trianay San Bernardo,
que hicieron en este necesario el
uso de lanchas para que pudieran
atravesar sus calles los vecinos en
los días siete y siguientes hasta
el quince en el que, aunque conti-
nuó la riada del diez y siete al
veinte, pudo dar cuenta al Ayun-
tamiento su Comisión especial del
resultado de sus tareas, de las li-
mosnas qué se recaudaron y de su
inversión, mereciendo por el ex-
traordinario eelo y actividad eon
que desempeñó su cometido que se
aéordara un voto de gracias á los
individuos que la compusieron.
—
Entre las personas que acredita-
ron sus sentimientos caritativos y
su desprendimiento generoso, dis-
tinguióse en esta ocasión y tam-
bién en otras posteriores aunque
S — 382 —
por causa diversa, el comercian-
te DonJuan Murphi, que suminis-
tró por muchos días un quintal de
bacalao para los pobres de Triana,
y otro quintal y ochenta medias de
pan para los de los barrios de la
Cestería y Baratillo. Dios le ha-
brá pagado con usura el bieu que
siempre procuró hacer á sus se-
mejantes. Año 1843.
Parece que en este siglo es el
mes de febrero el destinado con
preferencia para traer á Sevilla
ios conflictos de las inundaciones.
Desde el dia diez y siete hasta el
primero de marzo estuvo el Gua-
dalquivir fuera de su madre, y
aunque no tomó en tanto tiempo
altura extraordinaria, si bien
bastante para que estuvieran inun-
dadas las vegas, como estaban cei
rados los husillos la inundacio
terior de la ciudad fue muy
derable. Así es que las aguas
— 3S3
la Alameda de Hércules alcanza-
ron hasta la mitad de las calles del
Puerco y de las Palmas, y en las
puertas Real y de Triana y el es-
pació que mediaba entre ambas
no podía atravesarse sino en car-
ros ó lanchas y por pasaderas fi-
jas en algunos sitios. Consiguien-
te a este estado, la paralización
de los trabajos de la clase jornale-
ra, y el ordinario apuro de escasez
de medios para sostenerla y evitar
ios escesos á que el hambre la
precipitarla, de los que va dio
muestras, según manifestó'el Al-
calde al Ayuntamiento en la sesión
extraordinaria que se celebró el
día diez y seis con asistencia de
muchos vecinos acomodados de la
población, cuyos consejos y auxi-
lios era oportuno tener en cuenta.
Como^resultado del amplio debate
que ofreció el asunto de la reunión,
se acordó aplicar desde luego una
corta cantidad que existia en ar-
43
cas disponible, y, luego recaudar
otras mayores, ya de las oferta
que hicieron generosamente mu-
chos de los que asistían y de otras
personas y corporaciones que se-
rian invitadas, ya ; también la su-
ma de ochenta mil reales que, pre-
via la autorización necesaria, se es-
peraba obtener de los fondos del
acueducto, y que no solo se invir-
tió, sino cuarenta mil mas de la
misma procedencia con calidad de
reintegro. Con estos recursos se
dió ocupación por muchos días a
los jornaleros, allanando el ter
reno en las puertas de Gamona y
San Fernando, rellenando hoyos
en el Perneo y Monterey^ reíor^
zando los malecones de la Barqu
ta y la Macarena, y baciendo^a ^
gunos otros trabajos en diferen
sitios de las afueras de ia cmd^
El jornal que se
los operarios era de cu ^r J e
á los que traían pico o azada,
á los de espuerta y dos á los de-
más. Aun así el dia veintiuno, ago-
tados los recursos, se acordó por
el Ayuntamiento, á propuesta del
Alcalde, que en el siguiente apare-
ciera fijado un edicto reduciendo
el jornal á dos reales si traían los
braceros instrumento útil para las
faenas: que no se abonara en Tria-
na por no haber allí en qué ocu-
parlos, y que en cuanto el tem-
poral cesase concluyesen los so-
corros. — Puede considerarse cuán
apurada seria la situación del
Ayuntamiento, teniendo en cuenta
que el rio no bajó hasta el prime-
ro de marzo, y que luego el veinti-
dós, con nuevo temporal, volvió á
desbordarse, no desaguando hasta
el veintinueve. Pasó al fin aquel
año sin otras avenidas, y para
contener algún tanto los da-
ños que las pasadas habían causa-
do en la*banda de Triana junto al
edificio de Cartuja, acordó el
— 356 —
Ayuntamiento, á petición de uno
de sus individuos, que como ha-
blan hecho algunos propietarios
de aquel sitio para que sus fincas
no corriesen la suerte de otras que
estaban ya en el fondo de las aguas,
se extendiese por aquella parte la
plantación de mimbres, arbusto de
condiciones especiales para forta-
lecer el suelo y presentar mayor
resistencia al combate constante
de las corrientes del rio.
Años 1844 y 1845.
Pasó sin novedad el primero de
estos años hasta mediados de di-
ciembre, en que tomando incremen-
to el temporal que reinaba desde
su principio, hasta un extremo a ar
mánte, desbordó el Guadalquivir
el dia diez y siete, continuando o
do aquel mes y parte del siguien
con alternativas de recogerse a
cauce y de repetir la salida, P
sin tomar altura notaom.
zadas sin embargo las faenas agr-
— 371 —
y principalmente una obra de
mucha importancia eii la orilla
izquierda del rio, desde San Telmo
á las Delicias, por haber tenido el
terreno tres grandes hundimientos
que dejaron en malísimo estado
toda la línea del paseo. Los gastos
que en ella se causaron fueron sa-
tisfechos, una mitad por el Gobier-
no, considerándola de utilidad ge-
neral por ser á la entrada del
puerto, y la otra con los fondos
municipales.
Llegado el mes de setiembre,
inicióse la temprana otoñada, con
una furiosa tormenta el dia quin-
ce, á la que siguió fuerte temporal
de aguas, que no cedió sino para
dar entrada á otro nuevo, y así
sucesivamente en el resto del año,
que bien puede decirse fue en más
de cuatro meses un temporal con-
tinuado, pues apenas hubo dia en
que no lloviese con más ó menos
fuerza. El diez de octubre fué tan
— 372 —
copiosamente, con particularidad
sobre Triana, que muchos vecinos
de Barrionuevo tuvieron que su-
birse álos pisos altos de las casas,
por estar los bajos completamente
Fnundados. Continuaron las lluvias
todo aquel mes, cediendo al
tanto al mediar el siguiente, pero
el veintitrés de éste empezó nuevo
temporal, que duró Basta el vel °
t
cinco de diciembre con muy cortas
corrid^de^toro^, varamente desea-
tencia dos célebres m
arte tauromáquico, hubo quej ^
pendería .hasta desistan 1
realizarla.— El trece
_ már -
mes se desbordo el ri
_ p r ja-
genes, cubriendo la V<W»
na; y cerrados los husillos de‘
] a
Lior de la ciudad, se mundo
— 373 —
Alameda de Hércules. — Así conti-
nuó los dias siguientes hasta el
diez y siete en que desaguó.— To-
mó el rio otra vez altura el dia
veinticinco, subiendo mas de nue-
ve piés sobre su nivel ordinario, y
por consecuencia se inundaron de
nuevo la Vega, la dehesa de Ta-
blada y la Alameda, sin alcanzar á
otros puntos por haber cedido el
temporal, aunque sin dejar de llo-
ver. Todos estos eran anuncios de
una grande avenida del Guadal-
quivir que por su larga duración,
aun mas que por la altura de las
corientes, habia de traer graves
conflictos á Sevilla.
Año 1856.
Con lluvias empezó enero, y el
dia seis, fuera ya el Guadalquivir
de su cauce, se inundaron las Ve-
gas á la vez que en la ciudad los
sitios bajos, consiguiente á las me-
didas que se adoptan para impe-
dir que aquel penetre á su interior.
— 374 —
Desbordado también el Guadaira
interceptaron sus aguas los ca-
minos de Alcalá, y no pudieron ve-
nir con sus cargas los panaderos
que surten en gran parte los mer-
cados. En todo aquel dia y en el
siguiente, no era llover, sino que
las nubes arrojaban un diluvio,
con viento fuertísimo del Sudoes-
te y terribles tormentas que des-
uidieron vanas chispas eléctricas,
una de las cuales cayó en la Gi-
ralda. Contenidos dentro de la
ciudad los torrentes de agua que
caian, llegaron las de la Alameda
en el mismo dia seis hasta la. Igle-
sia parroquial de San Miguel,
avaozando en aumento progresi-
vo en su dirección por esa parte,
hasta pasar el dia nueve mas aca
del buzón de la casa Correos si-
tuada en la calle de las Sierpes.
—Entre tanto el no seguía ere
ciendo, con alarma de todós
habitante? de Sevilla; y aunq
— 375 —
cedió un poco el temporal en
la tarde del ocho, en la mañana
del nueve perdióse la esperanza
de que bajase, con el anuncio de
las autoridades de Córdoba, de que
por allí tomaba crecimiento con
la mucha agua que traian sus
afluentes. Sintióse aquí en efecto
desde el dia diez la subida que
continuó basta el once, sin que
empezara á menguar hasta hora
de las nueve del dia doce; pero
entre tanto, la inundación de la
ciudad por el interior aumentaba,
llevando nueve dias el quince de
estar cubierta por las aguas mas
de su tercera parte, é incomuni-
cada, faltando ya siete correos ge-
nerales.
El diez y siete habia bajado el
rio bastante, y sin embargo la
inundación por dentro de la ciudad,
lejos de disminuir, aumentaba,
principalmente en los dias diez y
ocho y diez y nueve que llovió sin
— 3Í6 «-
cesar un momento, volviendo con
esto en el último á subir el rio a la
altura máxima que antes tuyo, o sea
ocho metros sesenta centímetros,
que comparada con la á que se e evo
en la avenida de 1823 y la ultima
de 1876, las mayores de este siglo,
resulta que fué inferior 4 'a pri-
mera en veinte y ocho centímetro
v á la segunda en cuarenta y dos.
—Tres dias después, durante t
cuales apenas había ten ' do ,
el J
variación, y á las doce de > la m
ñaña del veiutidos, se no o
descenso de un metro vemta^
centímetros, que continuo
la misma proporción en las ^
menguantes siguientes- A
‘
lejos de disminuir la altura n
aguas por el lntsrl ° r ® s U P
u? ias,
cion, como no cesaban la
seguía en aumento, y asi fu i
avanzando las acumuladasaU^ ^
lio de la puerta del Sol, P de
ron en la iglesia parroquial
r
— 361 —
ciones atmosféricas y señales me-
teorológicas, que el invierno se-
ria muy lluvioso; y diérase po-
co ó mocho valor á sus pronós-
jicos, por aquello de que el mentir
de las estrellas , es muy donoso
mentir , ello es que la autoridad
superior política de la provincia
dirigió comunicación ál Ayunta-
miento á principios de octubre,
excitándolo para que adoptara
precauciones de todo género, algo
descuidadas en su concepto, y te-
nia razón para asegurarlo, por el
largo tiempo en que no se esperi-
mentaban crecidas inundaciones, y
que reorganizándose los servicios
de muy antiguo establecidos para
casos tales, se evitaran los graves
daños que un descuido pudiera
ocasionar. Secundando el Ayunta-
miento las intenciones de la celosa
J previsora autoridad, pidió infor-
me ala Comisión de obras públicas,
que dispuso se reconocieran por los
46
.
— 36 ?
Arquitectos titulares los puntos or-
dinariamente amenazados en caso
de riadas; y de acuerdo con lo que
propusieron estos peritos y lo de-
más que estimó conveniente, dió-
se cuenta en sesión de su dictámen
de diez y seis de diciembre, en el
qüe proponia que inmediatamente
se procediera á reponer y reforzar
el malecón de tierra desde el
Blanquillo al Hospital Central por
la espalda de las huertas; que se
reformara interiormente la tapia
del mismo Hospital, punto por
donde en 1823 rompió el agua que
se introdujo por la puerta del bol;
que se construyeran tablones nue-
vos para las cajuelas de la puerta
de Jerez, y entradas que después de
año 1844 se habian abierto en el ma-
Wnn el almacén de madera
— 3Ó3 —
husillos que carecían de reserva,
cuyas cajas estaban en el interior
de las casas sobre el de la calle
de Cantar ranas, de otra de la ca-
lle de la Laguna y en el Postigo
del Aceite: que se tomara de nue-
vo la zapata construida en 1823 ,
en la muralla, desde la puerta
Real á la de San Juan, reforzando
la misma muralla, cuyas obras en
totalidad, según el presupuesto
formado, no pasarían de cuatro mil
quinientos reales, siendo suficiente
garantía para evitar daños de im-
portancia, en la riada que ya se
estaba sufriendo.
Además de estas medidas que
debian considerarse como genera-
les y comunes, no podía la Comi-
sión pasar en silencio otras que
aunque costosas, las consideraba
esenciales y urgentes para evitar
graves daños en lo futuro. Expu-
so, pues, que la ribera llamada de
Buerba en su dirección á desaguar
— 364 —
en el Guadalquivir por el cortijo
de Quijano, cuando venia acrecen-
tada con las'lluvias en cauce muy
estrecho, se desbordaba por la
Vega de Triana, para buscar sali-
da á la antigua madre por detrás
de la Cartuja, atravesando el ar-
recife á Extremadura, el que ele-
vado recientemente, olvidando que
á fines del último siglo hubo que re-
bajarlo, á pesar de estar sostenido
sobre alcantarillado, y que sus ma-
teriales hablan servido para levan-
tar los malecones de esta ban-
da, oponia ahora fuerte resisten-
cia al desagüe, y rechazando la
corriente sobre el barrio de Tria-
na, lo ponia en grave peligro como
también á la ciudad, sobre cuyas
murallas se estrellaba la gran
masa de las aguas. Que había sido
otro grave malpara el mismo bar-
rio la rampa de entrada al nuevo
puente que debió formarse^ sobre
alcantarillado, como se indicó en
— 379 —
para que en clase de préstamo rein-
tegrable, le anticipasen las canti-
dades que su fortuna y patriotis-
mo les permitieran; y aunque la
situación general era apuradísima,
por estar enteramente paralizados
el comercio y la industria en sus
diversos ramos, y la escasez y ca-
restía de los mantenimientos in-
fluían para que muchos no corres-
pondieran con la largueza que en
otras ocasiones semejantes, al fln
se reunió una suma respetable, con
la que la municipalidad pudo ha-
cer frente á sus múltiples atencio-
nes, hasta que terminó aquel tan
prolongado conflicto. No nos es
posible dar mas detalles sobre este
punto por carecer de ellos, y en
verdad que para adquirirlos, no se
ha omitido diligencia por nuestra
parte. Nos consta, sin embar-
go, de ciencia propia, que el pago
de la cantidad reunida en préstamo
de los vecinos, se trasmitió como le-
— 380 —
gadoá las administraciones de los
años sucesivos, que la abonaron ie-
li ojosamente, quedando extinguida
la deuda en el año 1 859 . —Nos cons-
ta también, aunque tal vez no nos
correspondiera decirlo, que el
Ayuntamiento, parala distribución
de socorros, tuvo celosísimos auxi-
liares en los hermanos de la cari-
dad, que expontáneamente se ofre-
cieron á llevarlos por su mano, si
la Corporación se prestaba a pa
2 ar cantidades por cuenta de ere-
oído crédito, procedente deatrasos
de censos, que deba satisfacer
dos Patronatos que la Herm “
administra, y cuyas rentas tie
aplicación preferente en cas
inundaciones al socorro délas
“ s polares de losbarrios anegados.
Accedió á ello la Oorporacron
nicipal, por serle en dos con
ventajosísima la P r0 P u ® s y e dé su
por que asi extinguía p . _
deuda, y lo otro porque al
mo tiempo se favorecía á mu-
chos vecinos sin gravámen del
fondo destinado á este objeto, y
por personas á quienes no había
que remunerar por sus servicios,
ni eran llevadas á prestarlos por
otro móvil que el de cumplir los
fines de su santa institución. La
Hermandad, en su virtud, distribu-
yó en limosnas de pan y metálico,
hasta la cantidad de sesenta y cin-
co mil quinientos veinticuatro rea-
les con treinta céntimos: lo habia
hecho en la avenida del año pre-
cedente 1855, do quince mil cua-
trocientos cinco con cuarenta y
uno, y Sevilla entonces como siem-
pre, supo apreciar en lo que valen
3a conducta y los desvelos de los
infatigables hijos de Manara, cuan-
do se trata de hacer bien, de enju-
gar las lágrimas de sus semejan-
tes.
Los estragos que las desborda-
das aguas del Guadalquivir cau-
— 332 —
saron en la ciudad y sus campi-
ñas este año, fueron tan conside-
rables, como abundante y durade-
ra fué la avenida. No siéndonos po-
sible detallarlos en su mayor parte
por carecer de datos exactos, que
hemos procurado aunque sin éxito,
lo haremos sin embargo de algu-
nos que nos constan de una mane-
ra indudable.
El paseo de la orilla del rio tuvo
con la riada grande deterioro, por
varios hundimientos del terreno,
que amenazaban con la inhabilita-
ción del tránsito por algunos si-
tios, y en el año siguiente, se eje-
cutaron las obras necesarias, para
que quedara seguro y expedito.
Otro daño que podría ser de
gravísimas consecuencias,, produjo
la avenida del Guadalquivir, ario
liando su impetuosa corriente en
mucha parte el terraplén ó rampa
levantada para subir al
puente por el lado de la ciudad, o
— 383 —
jando desamparado el arco de si-
llería sobre la orillad continuación
del primer estribo, que según pa-
recer de personas inteligentes, en
una nueva inundación podía ser
destruido por completo, con grave
riesgo del resto de tan grandiosa
obra, llevada á término á costa de
tantos y tan grandes sacrificios.
—
Debía, pues, ser objeto preferente
de la atención del Ayuntamiento
la de construir dos fuertes mu-
ros de sostenimiento del terraplén,
que en todo caso resistieran el
choque de las aguas evitando el
peligro que se temía, y con ma-
yor motivo desde que la empresa
constructora del puente declinó la
responsabilidad de su conserva-
ción durante el tiempo fijado en
el contrato, por no haberse levan-
tado los muros.
No podía por tanto diferirse es-
ta obra, aunque costosa indispen-
sable, pero tampoco el Ayunta-
miento teñía medios para empren-
derla por administración, después
de intentar su remate en
.
subasta
publica, por que no acudió al acto
licitador alguno. Al fin, redoblan-
do su diligencia, consiguió contra-
tarla con la Sociedad del crédito
movili.ario por la cantidad presu-
puesta de seiscientos, treinta y
ocho mil quinientos veinte y^ocno
reales, mereciendo el contrato a
aprobación del gobierno que relevo
á la municipalidad de las for-ma
dados establecidas para concerta
servicios de esta clase por lo apr
miante de las circunstancias,
obra se emprendió desde iu o
en agosto de 1857, y continuada
sin demora hasta su terminó se
tuvo la seguridad deda^conser
cion del
con que se u»
en nuestros dias. T
Mayor desastre, aunque de
diversa índole, de suma tra
¡eguridad de la conseu»
puente, preciosa albaj^
se ha engalanado oe
f— 38o —
dencia, había traído la inundación
de 1856, cuyo recuerdo, por estar
grabado en nuestra memoria de tal
modo, que no se borrará mientras
nos dure la vida, merece le dedi-
quemos algunas líneas. Las aguas
del Guadaira acumuladas sobre
los ^últimos patios del cementerio
de S. Sebastian, propios del Ayun-
tamiento, tuvieron fuerza bastante
para derribar por su basa los mu-
ros del ángulo al Sudeste, y como
consecuencia de esto, muchas filas
de nichos adosadas á aquellos,
construi das principalmente con
jeso, se habían desplomado, vi-
viendo al suelo confundidos con los
materiales los restos venerandos
que contenían. Como medida tran-
sitoria, y bajo todos conceptos
urgentísima, la Comisión municipal
que tenia su á cargo cuidar de los
enterramientos, habia dispuesto
fiue aquellos restos se depositaran
ea Ja contigua ermita de S. Se-
49
— 386 —
bastían, y luego promovió un ex-
pediente para su inhumación de-
finitiva. Había otro en la Secre-
taría de la Corporación formado
en 1853, porque esta, desde que
se puso al servicio del público el
cementerio de San Fernando, te-
nia acordado que se demoliera el
de San Sebastian, y que los restos
de los cadáveres en este existentes
fueran trasladados á un grande osa-
rio que debería construirse en el
primero, cuyo proyecto se aprobó,
y hasta quedó rematada la obra en
el verano del mismo año. Otras
atenciones preferentes y los suce-
sos que después sobrevinieron in *~
pedirían sin duda su ejecución; 0
cierto es que la riada de 1856 vino
á demostrar que eraineonvenien
llevarla á cabo en la forma an e
proyectada, por la elevación -9.®
habían tomado las aguas, q ue \
terrenos bajos como el del eem.
terio de San Fernando, no p e
ti a profundizar ni aun la mitad de
los veintiún pies que debía tener
el osario contratado. Por eso la
Comisión de Cementerios acordó en
treinta de enero que el arquitecto
titular formara el proyecto de otro
nuevo, dándole mayor extensión y
menos profundidad, y lo verificó
calculando en sesenta y ocho mil
seiscientos ochenta y cinco reales
la obra, que fue aprobada por el
Ayuntamiento en cabildo de once
de marzo. Mereció serlo también
por la Diputación provincial, y en
su virtud, previas las formalidades
prescitas, se anunció la subasta, y
llegado el dia del remate, diez y
seis de agosto, no hubo postor; y
repetido el acto el treinta del mis-
mo mes, tampoco se presentó pro-
posición alguna, porto que el Ayun-
tamiento, en sesión de doce de oc-
tubre, acordó volviera el proyecto
al arquitecto para su reforma, en
cuyo estado se hallaba elespedien-
— 388 —
te, cuando á fines del mismo mes
fué renovada aquella Corpora-
ción.
Tocónos también entonces for-
mar parte de la nueva, y entre
otras comisiones con que se sirvió
honrarnos, formamos parte de la
de Cementerios. A la vez el Alcal-
de tuvo á bien delegar en nosotros
la vigilancia de la ejecución de los
acuerdos concernientes á tan im-
portante ramo, con especial en-
cargo de que le propusiéramos
cuantas determinaciones creyéra-
mos oportunas para el mejor ser-
vicio del público. Aceptamos nues-
tro cometido con satisfacción, por-
que nos considerábamos por él
muy honrados, y deseosos de de-
sempeñarlo con todo el acierto
que nos fuese posible, examinamos
todos los expedientes que en la
Comisión existían, y fijándonos en
el de que hemos hecho mérito, y pa-
reciéndonos por instinto, que era
— 482 *—
»á'bieñ : aprobar él proyecto, que
» iniciado por la Academia de Be-
llas Artes, desarrolló' con toda
» claridad é inteligencia el 1 arqui-
»tecto vocal de la Comisión de
» obras de la Municipalidad Don
»Edüardo Gárciá Pérez; emplean-
»dóse en su ejecución la cornbi-
>nación dé los dós pensamientos
>que propusieron los arquitectos
>municipales, y que admitió' lá
» mencionada Comisión de obras
>etéi ! ...> i
Las palabras que he transcrito
de la Real orden de trece de se-
tiembre de mil ochocientos sesen-
ta' -y dós, qué acompañó al devol-
ver el expediente el Excelentísi-
mo señor Ministro de la Gober-
nación, después de quedar en- la
Junta consultiva de Policía urba-
na copia délos planos de la obra
y de su Memoria descriptiva, de-
muestran mejor que pudieran ha-
cerlo mis débiles razonamientos,
— 483 —
que V. E. no puede innova r nada
que afecte en lo mas mínimo á lo
esencial del proyecto, sin obtener
previamente por los mismos trá-
mites la Real aprobación, y que
de lo contrario, incurre en grave
responsabilidad. Por eso be dicho
antes, que la egecucion del acuer-
do de veinte y ocho de agosto, que
en todas sus partos y con pasmo-
sa rapidez se está llevando 1 á efec-
to, traspasa de las atribuciones
de Y. E. ; y por eso tafnbien y
sin perjuicio de otras, observacio-
nes que la angustia del tiempo no
me permite exponer, reservándo-
me hacerlo de palabra, me atrevo
á rogar á V. E., que tomando en
consideración mis reverentes sú-
plicas, acuerde:
Primero. Que desde luego se
suspenda la demolición de la mu-
ralla desde el límite que se señaló
en ella á la altura del terraplén
del ferro-carril, conforme al pro-
yecto que está aprobado de Real
orden; comunicándose inmediata-
mente las que sean oportunas á
los arquitectos de la Ciudad y al Se-
ñor Concejal encargado de la vi-
gilancia de las obras.
Segundo. Que se cite á Ca-
bildo con la cualidad de revocar
el acuerdo mencionado de veinte y
ocho de agosto; y que en el que se
celebre, se acuerde cumplir extric-
tamente lo que se dispuso en el
de diez y nueve de mayo, dando
la dirección mediata de todas las
obras, al entendido autor de su
proyecto Don Eduardo Oarcia Pé-
rez, vocal de la Comisión de obras
públicas, y con quien se pongan de
acuerdo los arquitectos titulares,
que son los inmediatamente encar-
gados de la egecucion de aquellas.
Sala Capitular á nueve de oc-
tubre de mil ochocientos sesenta y
y tres . — El Regidor Síndico , Fran-
cisco de B. Palomo.»
— 485 —
La casualidad ha hecho que en-
tre multitud de papeles de nuestra
revuelta mesa de estudio, se con-
servara el borrador del preinserto
documento, cuyo original, con el
expediente en que se presentó, ha
padecido extravio. Consta sí en las
actas Capitulares el acuerdo del
Ayuntamiento, después de la empe-
ñada discusión que sostuvimos con
la energía que nos prestaban nues-
tras firmes y antiguas conviccio-
nes en el asunto, contra los demás
individuos que opinaban de otro
modo, por creer que soñábamos
cuando suponíamos que después de
las obras hechas para que sea más
corta hasta Sanlúcar la dirección
del Guadalquivir desde esta ciu-
dad, y más rápida la corriente de
sus aguas, todavía podían temerse
avenidas, que alguna vez|superaran
el terraplén de la vía férrea, vi-
niendo á chocar eontra las mura-
llas. — Los que aun viven de los
— 486 —
que contradecían nuestra opinión,
ya habrán reconocido con senti-
miento que no era tan desacerta-
da; que no era efecto de una preo-
cupación de nuestro ánimo, sino
hija del convencimiento íntimo que
adquiriéramos por el estudio dete-
nido de los antecedentes históricos,
y por algunas nociones sobre la
geografía y la geología de esta
parte de la Península Ibérica.
Al fin el acuerdo del Ayunta-
miento se redujo á aprobar el pri-
mer extremo con que concluía la
proposición, quedando encargado
de su cumplimiento el Concejal
que tenia bajo su dirección las
obras; disponiendo además que se
sometieran las indicaciones del
Síndico á informe de la Comisión
del ramo, sin perjuicio de parti-
ciparlo á los Señores Concejales,
cuando tuviese formulado su dic-,
támen, á fin de que pudieran con-
sultarlo y examinar ocularmente
— 487 —
el terreno, antes de emitir sn vo-
to.-— En cuanto á lo primero, le-
jos de suspenderse los derribos en
a muralla, ó de limitarlos hasta
cierta altura, continuaron con ae-
I
1V] dad incansable hasta nivelar
con el suelo. En cuanto á lo se-
P as ^ res tante del año
ooá, y todo el siguiente, sin que
a Oomision diese dictámen ni in-
dujera la mas leve gestión en el
asunto, que nuestra delicadeza,
despees de lo pasado no nos per-
mitía agitar, estando ja, yeso era
io mas. importante para nosotros,
tranquila nuestra conciencia, por
9 u e habíamos hecho todo lo que
según ella era de nuestro deber y
este no llegaba hasta el punto de
empeñar contienda diaria con quie-
nes por ser de otra opinión, no te-
nían voluntad de hacer lo que de-
seábamos.
Dejamos, pues, en ese estado el
asunto al finalizar el año 1864, des-
— 488 —
nudándonos de la toga popular y
retirándonos tranquilos al hogar
doméstico, con el firme propósito
de no volver á vestirla ni de pisar
con carácter oficial los umbrales
del Consistorio. — Pronto, sin em-
bargo, lo quebrantamos; porque en
el verano del año siguiente, con
motivo de la cruel epidemia que
afligió á Sevilla, se nos llamó para
formar parte de la Junta de Sani-
dad, y allí acudimos al punto para
prestar los desinteresados auxilios
que estuvieran á nuestro alcance,
sin otro deseo que el de satisfacer
las más nobles y dulces aspiracio-
nes del alma: contribuir al bien de
nuestros semejantes en la medida
que nos cupiese, que con lograrlo,
ó con el convencimiento al menos
de haber hecho todo lo posible para
conseguirlo, se obtiene la mayor
recompensa; superior á cuantas
pueden conceder los hombres.—
En ocasión reciente, y por una
— 489 —
causa análoga, hemos vuelto á que-
brantar aquel propósito; v léjos de
arrepentimos de ello, siempre ha-
remos lo mismo, dadas iguales cir-
cunstancias.
Tampoco en los dos primeros
meses del año 1865, cujas actas
Capitulares ahora hemos exami-
nado, se encuentra acuerdoalguno
sobre el asunto, que á consecuencia
de nuestra mocion quedó pendiente
desde nueve de octubre de 1863.
Pero en la de veintiuno de marzo
de aquel año, resulta, que habiendo
solicitado la Empresa del ferro-
carril de Córdoba j los señores
Pikman j Compañía que se seña-
lase la altura definitiva del arrecife
J andenes inmediatos á los Hume-
ros, se ojó sobre ello á la Comisión
de obras públicas, la que con este
motivo declaró no haberse cumplido
acuerdo de nueve de octubre de
li>63 sobre nuestra proposición,
«y que consideraba de resolución
62
— 490 —
precisa^ opinando que se dejara
sin efecto la deliberación combatida
por el entonces Síndico, constru-
yendo el trozo de ronda con entera
sujeción al proyecto aprobado por
el Gobierno, para eximirse de toda
responsabilidad, sujetando á una
base fija los puntos de nivel, cuyo
señalamiento reclamaban otras
partes interesadas en la termina-
ción decisiva de este negocio. — El
Municipio se conformó con el
dictámen relacionado, estimando
innecesarias otras formalidades
para aprobarlo .desde luego, por
encaminarse á obtener la obser-
vancia de un plano autorizado por
la corona.»
Era ya tardío el remedio; y no
diremos mas sobre este punto, que
no sabemos volviera á ser materia
de exámen de la Corporación mu-
nicipal: queden al acertado crite-
rio del discreto lector, los co-
mentarios á que se prestan sus
— m —
volvió á crecer el Guadalquivir, sin
que durante diez dias dejara de te-
ner alarmados á los habitantes de
bevilla, y en incesante ocupación á
las autoridades para prevenir ó
aminorar los males conocidos por
larga esperiencia en tales casos,
hlegó en altura el rio el dia veinte
á veintiocho pies, y á catorce el
arroyo de Miradores en el prado
de Santa Justa. — Desbordado aquel
por las inmediaciones de Cartuia
sobre la Vega de Triana, se unie-
ron sus aguas con las de la ribera
de Buerba. A la vez el Tamargui-
do había subido en términos de
invadir el sitio de Eritaña, alcan-
zando parte del jardin de las Deli-
cias, y uniéndose por otro lado con
e í Guadaira.— Por el interior de la
ciudad se inundaron los mismos
puntos que en los primeros dias
el mes, y además las calles de la
Dársena, Dos de Mayo, Maese Ro-
ri o° > del Carbón, de las Armas y
— 498 —
toda la acera del Campo de los
Mártires, hasta llegar á la iglesia
de San Benito desde la alcanta-
rilla de las Madejas; de donde
hubo que trasladar á otros sitios
sobre veinte y siete familias.
A fin de precaver las lamenta-
bles consecuencias de esta aveni-
da para las clases pobres, aun no
repuestas de los perjuicios de las
pasadas, el Ayuntamiento propor-
cionó trabajo en servicios públicos
á_ muchos jornaleros que no tenían
ocupación, y que carecían por tan-
to de recursos para sostener sus
familias. Influyó también con los
dueños de las grandes fábricas para
que no interrumpieran sus tareas,
y excitó á los propietarios de fin-
cas para que continuaran las obras
que en ellas tenían emprendidas.
Con estas providencias, la gestión
constante para que no escasearan
los mantenimientos de mayor consu-
mo en los mercados, y con los recur-
— 499 —
sos propios de la Corporación, y
los que pudo facilitar el Goberna-
dor de Cuenta del Gobierno del ca-
pítulo del presupuesto general del
Estado aplicable á calamidades pú-
blicas, pudo salvarse la situación
aflictiva en que se vió Sevilla, sin
mayores sacrificios. El rio volvió
á su centro el veinticuatro, proce-
diéndose en seguida á limpiar con
esmero la parte de la ciudad que es-
tuvo inundada, de los sedimentos
que quedaron, cuyas emanaciones
podian ser muy nocivas á la salud
pública, principalmente estando ya
en la estación primaveral.
Año 1867.
Desde el once de enero empezó
á crecer el rio con lentitud hasta
elevarse á quince pies sobre su
nivel en la mañana del dia quince.
Cediendo algún tanto el temporal
en los inmediatos, bajó progresiva-
mente hasta quedar solo en ocho
piés y medio en la tarde del diez
— 500 —
y ocho. Creció de pronto en la
mañana siguiente elevándose otra
vez á quince pies, conociéndose
en seguida la causa por aviso de
P efíaflor de que por aquel punto
habia tomado el Guadalquivir
cuatro metros de altura sobre su
nivel, esperándose que aumentara
según la abundancia délas lluvias.
Tan alarmantes nuevas confir-
madas por el hecho de haber su-
bido aquí en la tarde del mismo
día diez y nueve á veintiún pies el
rio, fueron causas bastantes para
que el Alcalde Corregidor, Gober-
nador á la vez de la Provincia
asesorándose en Junta con los
tenientes de Alcalde adoptase
con prudente discreción medidas
preventivas de toda clase, para
conjurar los males de diferen-
te índole que amenazaban á Se-
villa.
Estableciéronse en su. virtud co-
municaciones telegráficas con Cor-
doba yPeñaflor de donde se reci-
bían dos partes diarios sobre la al-
teración de las corrientes: se pre-
vino al Alcalde de Alcalá de G-ua-
daira que por ningún motivo, remo-
viendo cualquier obstáculo que lo
'impidiese, suspendieran sus viajes
los panaderos con el número debo-
gazas que traen de ordinario á Se-
villa, calculado en la sexta parte
del que sus vecinos consumen,
que no baja de treinta mil hoga-
zas diarias: se concertó con los
panaderos de la ciudad que au-
mentarían en lo posible la elabo-
ración, que podría llegar en caso
necesario á una tercera parte mas
de lo acostumbrado, siempre que
no les faltasen harinas y leña; y
para tranquilizarse sobre lo pri-
mero, se depuró que, existían al-
macenadas dentro de la población
sobre trescientas diez y seis mil
fanegas de trigo, y que no pasando
de mil y doscientas, equivalentes
— 502 —
á tres mil y trescientas arrobas, el
consumo de cada dia, no era posi-
ble que se concluyeran, por mu-
cho que la inundación durara. Pa-
ra facilitar las comunicaciones en
los sitios de la ciudad que gene-
ralmente se anegan cuando cer-
rados los husillos no tienen salida
las aguas, se convino con los al-
macenistas de madera el alquiler
de las tablas que fuesen necesarias
para establecer puentes que atra-
vesáran las calles y facilitasen á
los vecinos la entrada en las ca-
sas, además de tener disponibles
en considerable número carros y
lanchas con diestros y experimen-
tados conductores: se solicitó tam-
bién del Gobernador de la Provin-
eia y de la Diputación provincial
auxilios en metálico de los fondos
consignados para calamidades pú-
blicas, y por último; teniendo muy
en cuenta las necesidades de las
clases jornaleras principalmente
— m
la que libra su subsistencia en las
faenas agrícolas, paralizadas á cau-
sa de las incesantes lluvias, te-
ndiéndose además que de un mo-
mento á otro la inundación cubrie-
ra los barrios de Triana* San Ro-
que, los Humeros y otros habita-
dos por gente pobre, se acordó
como preferible á repartir socor-
ros á domicilio, dar ocupación á
los trabajadores en varias obras
públicas, sin perjuicio de rogar á
los dueños ó encargados de las
particulares en ejecución, y álos
directores de grandes fábricas que
no suspendieran sus tareas para
evitar que aquellos aumentaran
hasta un número excesivo.
Cumpliéndose ja estas oportu-
nas medidas, j en solícita vigilan-
cia de los concejales j dependien-
tes del Ayuntamiento todos los hu-
sillos j puntos de débil defensa, el
rio desde el dia veinte había toma-
do considerable altura, teniendo
— 504 —
cubierta la Vega de Triaua las
aguas de la Ribera, el Prado de
Santa Justa ias de Miradores,
Tablada, Eritaña y las Delicias
las del Tamarguillo, estando tam-
bién inundadas varias casas en el
Campo de los Mártires y la Calza-
da de la Gruz del Campo, y algu-
nas calles de las feligresías de San
Julián y Santa Lucia. — Llegó en
la madrugada del dia veintiuno
el rio á la mayor altura de veinte
y ocho pies y medio, permanecien-
do en ella durante veinticuatro ho-
ras, y empezando luego el descen-
so lentamente.
Desde el mismo dia fué preciso
socorrer coa abundante limosna de
pan y otros auxilios las familias
pobres que habitaban en los sitios
inundados, que según manifesta-
ción al Ayuntamiento por el Pre-
sidente en el cabildo celebrado el
veintidós, fueron los barrios de
Triana, losHumeros, Cestería, Car-
reteria, San Bernardo, la Calzada,
la Alameda de Hércules y sus in-
mediaciones, las puertas de San
Juan y Real con las calles conti-
guas, las de Cantarranas, San Pa-
blo, del Carbón, Maese Rodrigo y
otras. — Además los prados y pa-
seos próximos á la ciudad alcan-
zando en el de la orilla del rio
hasta las inmediaciones del male-
cón.
Emprendiéronse por los traba-
jadores á quienes el Ayuntamien-
to proporcionaba jornal, las obras
que estaban acordadas, y entre
ellas, por una de esas aberraciones
del ^entendimiento que no tienen
explicación, como la más urgente,
como la más importante, la de de-
uioler la muralla desde la Macare-
na al Blanquillo y los Humeros; y
no estimando bastante prácticos
para dirigir con prontitud y gran-
des resultados la operación de pri-
var á Sevilla de sus probadas de-
— 506 —
fensas contra el peligro que amena-
zaba, álos aparejadores délas obras
de la Ciudad, hasta se buscó con
afan, ofreciéndole remuneración ex-
traordinaria, á un perito ántes acre-
ditado en eso de destruirla obra de
Julio César, que respetaron las ge-
neraciones de veinte siglos, consi-
derando que sin ella quedaba la ciu-
dad á merced de su mas cruel ene-
migo. — También la manía vertigi-
nosa por derribar murallas em-
pezó á cebarse en otro trozo de
ellas desde la puerta del Sol á la
de Córdoba, lo que suscitó recla-
maciones por parte de la Comisión
de monumentos históricos y ar-
tísticos, que fueron bastantes para
que por entonces se susdendiera la
empresa acometida, hasta tanto que
en reunión que se celebrase con sus
individuos se fijara lo que debía
salvarse de la piqueta destructora,
evitando así nuevas reclamaciones
de los que tenian el capricho de
— 513 —
exteriores el noveno, con aviso de
Peñaflor de que allí traia siete
metros de altura sobre su nivel el
Guadalquivir, no sorprendió que
en esta ciudad se elevara en aquella
tarde hasta veinte y seis pies, y
que aumentara cerca de dos en el
dia siguiente. Empezó á bajar el
once, pero con alternativas de
crecer de nuevo, disminuyendo
después en los sucesivos, hasta el
veinticuatro en que ya quedó en su
centro. Si bienios gastos no fueron
tantos como en la inundación pre-
cedente, porque no fué preciso
proporcionar jornal á los trabaja-
dores* ni socorros de importancia
á las familias inundadas, siempre
los de ahora aumentarían bastante
la cifra de los que tuvo que hacer
el Ayuntamiento enla primera, que
habian ascendido á cuarenta y un
mil cuatrocientos diez reales, sólo
en aquellas atenciones.
65
Año 1869, 1871 y 1872.
Pasó el resto de 1867 y los dos
años siguientes sin novedad; pero
entrado ya el mes de diciembre
del último, empezó á tomar incre-
mento el Guadalquivir, por lo que
en la tarde del día ocho dirigió el
arquitecto titular parte á la Alcaldía
para advertir, que teniendo ya aquel
rio mas de ocho piés sobre su nivel
y estando por esta causa impedido
el derrame de las aguas de la ciu-
dad, era preciso adoptar medidas
de precaución. — -En su virtud, se
establecieron las guardias en los
husillos encargando su vigilancia á
los Concejales de turno, quedando
las autoridades en espeGtativa
cautelosa. Afortunadamente no
aumentó la subida de las aguas, y
anunciando en la mañana del dia
doce un telégrama de Córdoba que
allí bajaban con rapidez, cesó aquí
en el inmediato el temor de que se
formalizara la avenida, siguién-
dose el desagüe hasta quedar el
rio en su normal estado.
Dos años justos duró la tregua •
concedida á Sevillapor su constante
enemigo, porque al entrar diciem-
bre de 1871 , hizo alarde de nue-
vo ataque, hasta elevar diez piés
sus revueltas aguas el día primero,
á consecuencia de fuertes lluvias
en la parte altado Andalucia, según
aviso de las autoridades de Córdoba,
que esperaban mayor crecimiento,
atendido lo recio del temporal. Las
de aquí tomaron las debidas pre-
cauciones, por lo que pudiera so-
brevenir; y con efecto, en los días
tres y cuatro siguió subiendo el
rio hasta llegar á veinte y dos
piés No pasó de esa altura; y
como el descenso fué rápido desde
el dia cinco, no hubo tiempo para
que se inundara punto alguno
interior de la ciudad, excepto el
centro de la Alameda de Hércules,
receptáculo de laslluvías de extenso
— í!16
ámbito en la parte al Norte, donde
quedan detenidas tan luego como
se cierra el husillo Real, por el que
tienen salida solamente.
Entró el año inmediato 1872cón
fuerte temporal, que produjo el
dia veinte y uno la subida del rio
sobre su nivel á nueve pies, con-
tinuando el aumento hasta alcanzar
el veinte y seis veintidós piés, y
doce las aguas estancadas en el
Prado de Santa Justa. Luego
empezó el descenso; pero tanlenta-
mente, que conservando todavia el
rio el cinco de febr ero doce piés de
altura, reproduciéndose las lluvias
se elevó ádiezyochoenel sucesivo,
y aumentando y decreciendo con
alternativas, llegó el dia quincehas-
ta veintiún piés, siguiendo luego el
descenso paulatino hasta quedar
en caja el veintitrés. Año de tem-
porales pertinaces el que dejamos
examinado, preludios de inmediata
sequia, dos veces mas volvió el
— 517 —
Guadalquivir i tomar incremento,
el siete de marzo y el veintiuno d
abril; peroen ambas no f ce f o ae
¿nce piés sobre su nivel, ni por
fortuna para la ciuuad, trajo con-
secuencias lamentables.
Año 1876.
Parcos hemos de er en el relato
de la riada mas terrible dé la edad
presente que formara época em
historia de los infortunios
esnecie que ha experimentado S~
villa. Al tomar la pluma P»apro-
se^uir en la tarea que solo poramoi
Titra querida ciudad empre-
dimos hace tres meses, llevados
del noble y vehemente anhelo
contribuir en cuanto nos sea po-
blé á precaverla de gravísimos -
£o s, de evitar acaso su total ruma,
lleo-a á nuestras manos la i em
riawe con carácter oficial y por
acuerdo del Exorno. Ayuntamien-
to ha escrito nuestro amigo Don
Joa^uin Duichot, su cronista, con
— 818 —
los copiosos y verídicos datos que
se le han facilitado, con la conci-
sión y claridad propias de su esti-
lo, y con las oportunas observa-
ciones y acertados juicios que so-
bre los precedentes y causas de ese
triste suceso le permiten sus vas-
tos conocimientos históricos. Nada,
pues, tenemos que agregar de nues-
tra parte, porque hasta los mas
mínimos detalles son ya conocidos
del público, por estar allí consig-
nados, ó bien en los periódicos,
que en esta capital se publican y
que hicieron de ellos referencia en
aquellos dias memorables de au-
gustiosa tribulación. Sin embargo^
como se dió el caso que fatídica-
mente habíamos previsto trece años
antes, sin que nuestras inspiradas
palabras produjesen mas que el
asomo de la risa en los labios, ya
que no el desprecio, de los que las
escucnaron, suponiendo que domi-
naba en nuestra inteligencia una
— m -
idea hasta la exageración del fa-
natismo: como se repitió después
de doscientos cincuenta años el he-
cho sin otro precedente en la his-
toria, de haber anegado mas de la
mitad de las casas de Sevilla las
turbias aguasdél Guadalquivir, qué
con la misma desvergüenza qne en
1626 al Asistente Fariñas, podría
contestar ahora á la pregunta so-
bre si esa había sido su premedita-
da intención:
No tal: antes de largo
Y abierta vi la puerta, y heme entraao,
como, por último, nuestro trabajo
monográfico sobre las inundacio-
nes del Guadalquivir en Sevilla,
tocando yaá su término en la par-
te histórica, sobre otros defectos
que nos han sido inevitables, que-
daría incompleto si nada digeramos
de nuestras impresiones en las dos
últimas, algo diremos, remitiendo
á los lectores que deseen mas deta-
lles á la Memoria de que hemos
— 520 —
hecho mérito, que se los facilitará
cumplidamente.
Después de tres años de esca-
sas lluvias en toda la baja Anda-
lucia, que disminuyeron de un mo-
do extraordinario las corrientes de
los rios que la fertilizan, los rigo-
res del último estío llevaron el
mal hasta el extremo de que mu-
chos de aquellos de escaso cau-
dal quedasen en seco, que se ago-
taran los veneros de manantiales
ordinariamente abundantísimos, y
que los labradores tuvieran que
recorrer largas distancias para
proporcionar abrevadero á sus
sedientos ganados. — El mal tam-
bién se dejó sentir en Sevilla, don-
de rara fué la casa cuyo pozo
diera agua potable en los meses
de agosto y setiembre; y aumen-
tando cada dia el conflicto, todos
sus habitantes ansiaban el mo-
mento de que las lluvias otoña-
les vinieran á salvarlos de aque-
— 824 —
lia apurada situación. Llovió al
fin, y con abundancia en el mes
de noviembre, pero sin que es-
te acontecimiento natural y or-
dinario en esta estación, y enton-
ces muy deseado, ni aun remota-
mente suscitase los temores de
una próxima y terrible avenida
del Guadalquivir. Así es que por
mas que la autoridad municipal
tuviese tomadas las medidas que
por tradición inmemorial son en
Sevilla necesarias á la entrada
del invierno; aunque hubiese he-
cho reconocer por los arquitectos
titulares los husillos para cercio-
rarse de su buen estado; aunque
se encomendara determinadamen-
te por turno especial la vigilan-
cia de los mismos a los conceja-
les; aunque se recibieran dos par-
tes en cada dia sobre el estado del
rio desde que se notó alteración
en su ordinario curso; todo esto
no era bastante para conjurar el
vO
peligro de la ciudad en un mo-
mento crítico, atendida la falta
actual de defensas de la misma y
la magnitud que pudiera tomar
aquel, superior á cuantas previsio-
nes y recursos en lo humano, con
mucha antelación hubieran podido
adoptarse.
Comprendemos, por tanto, per-
fectamente el sobresalto de las au-
toridades, cuando se les comunicó
por telegrama desde Peñaflor en la
noche del cuatro de diciembre, que
de súbito habia crecido por allí el
rio cinco metros sobre su nivel, dos
mas en la mañana siguiente y otros
dos por la noche, según nuevos
avisos, y que continuaba el ascenso
de las aguas. — No habia que perder
momento en acordar y egecutar me-
didas que aminorasen los efectos
de un mal ya inevitable, que podia
llegar hasta el extremo de una hor-
rible catástrofe; y esas medidas
fueron acordadas prontamente y
— S29=-
estrépito de la lluvia que se des-
gajaba á torrentes de las apiñadas
nubes. Vino á aumentar el gene-
ral espanto la oscuridad completa
en que quedó la población á hora
de las once, porque penetrando
agua en las cañerías del gas, que-
daron en pocos momentos apaga-
dos los millares de luces que la
alumbran. Por otra parte, las de-
mandas de socorro de los que te-
man ya inundados sus hogares, ó
que refugiándose á sitio mas ele-
vado huyendo del peligró, veian
Grecer por momentos las aguas
quelos cercaban, anunciándoles una
muerte próxima, sin mas esperanza
de salvación que la generosa au-
dacia de alguno que acudiera en su
auxilio; y la dificultad de socorrer
á tantos en aquella hora en que
dominando el poder de las tinie-
blas, era casi imposible propor-
cionar los medios para ello in-
dispensables; completaban el oua-
— ;m —
dro aterrador que presentaba Se-
villa.
¡Noche terrible! nosotros que en
momentos de excitación por con-
tradecirse nuestras opiniones, nos
la hablamos figurado en nuestra
mente acalorada, estuvimos enton-
ces muy distantes de la realidad
que ahora ya casi se tocaba. . . . ¡No-
che terrible! ni esa ni otras dos,
que una inmediata y otra mas
tarde siguieron, podemos recor-
darlas por un solo instante, sin que
involuntariamente se conmuevan
todas las fibras de nuestro cuerpo:
sin que dejemos de sentir una sen-
sación angustiosa en nuestro espí-
ritu.
Amaneció al fin el dia ocho con
el sol brillante, despejado cielo
y suave ambiente, peculiares en
muchos del invierno de la ca-
pital de Andalucía; y después
de dar gracias al Altísimo que
en su misericordia nos habia de-
— 531 —
jado ver de nuevo la luz, dirigi-
mos nuestros pasos hácia el rio.
Estaba este en su mayor altura,
cerca de treinta y tres .
piés sobre
su nivel, y ensoberbecida la impe-
tuosa corriente con la resistencia
al desagüe, porque en aquella hora
estaba subiendo la marea, se arre-
molinaba en varios puntos toman-
do inversas direcciones en retro-
ceso. Por esa causa en algunos
sitios llegó á cubrir la rasante
de la línea férrea en la dirección
desde la plaza de Armas á la Bar-
queta, con asombro y esnanto de
los que lo presenciaban. Para no-
sotros el suceso estaba de mucho
antes previsto: y nos tranquilizo
algún tanto sobre sus consecuen-
cias, la consideración de que ei
motivo accidental que lo producía,
debia desaparecer dentro de breve
rato, f ó sea en cuanto llegara la
hora de la menguante; porque ha-
biendo cesado del todo el temporal,
— 532 —
efca probable que la tregua diera
tiempo para que bajaran las aguas
lo bastante á salvar aquel primero
yamenazador peligro. Por fortuna,
nuestro aventurado y problemático
juicio se confirmó en cuanto llegó
la hoFa de bajar la marea, porque
quedó, libre de agua la vía-férrea,
pasados treinta minutos.
Atravesamos luego el puente
con intención de penetrar en el
barrio de Triana; pero tuvimos
que desistir, porque todas sus ca-
lles, todas sus casas, excepto solo
dos, estaban inundadas, no con
aguas aunque turbias mansas co-
mo habíamos visto en muchas oca-
siones; sino revueltas y agitadas
en rapidísimas corrientes que ar-
rastraban consigo cuanto se opo-
nía á su paso con tanta violencia
como las del centro del rio, y que
impedían, sin exposición á grave
riesgo, que se dirigieran botes á
socorrer á las afligidas familias,
unas amparadas en lo mas alta
de sus hogares, fugitivas otra»
después de abandonar cuanto por
seian, en busca de sitios mas ele-
vados que les ofrecieran alguna
seguridad, y expuestas las mas á
perecer ahogadas, ó de hambre ó
entre ruinas, si hombres de esfor-,
zado ánimo que estimaran en po-
co el sacrificio de sus vidas ppr
salvar las de sus semejantes, no
daban el ejemplo de saltar á las
lanchas j coger los remos para
alentar á los marineros de profe-
sión encargados de conducirlas,
remisos muchos ante el peligro-,
que mejor que los otros podían
apreciar en toda su extensión.
Las calles de Triana, repetire-
mos, en la dirección de Noroeste á
Sudeste, que es igual á la del Gua-
dalquivir, estaban convertidas en
otros tantos rios que era muy di-
fícil atravesar, sin que hubiese
memoria entre los vecinos mas
— 834 —
ándanos de aquel barrio, de suce-
so semejante, aun en las mayores
riadas que habían conocido. — ¿ Có-
mo se explicaba este fenómeno? —
Si prescindíamos de la ciencia, á
la que éramos enteramente agenos,
limitándonos al sentido común del
qüe nos creemos partícipes, podía-
mos dar una respuesta satisfacto-
ria. en nuestro juicio concluyente.
— Las aguas del Guadalquivir, una
vez fuera de su cauce por conse-
cuencia de grandes lluvias, que á
veces desde su origen vienen á au-
mentar su caudal de improviso, al
llegar cerca de Sevilla se extien-
den en dirección á los sitios mas
bajos, para bríscar la salida que no
tienen expedita por su via ordina-
ria, é inundan por tanto la Vega
hasta el arranque de los cerros
que dominan por la derecha, pre-
cipitándose poco después con la
velocidad de un torrente en el mis-
mo rio junto á San Juan de Aznal-
m -
farache. Esto ha sucedido siempre:
esto es lo que en casos tales hemos
visto repetidísimas veces desde que
tenemos uso de razón, según la
qué nunca debe haber allí el menor
obstáculo que impida el natural
desagüe; y esto es también lo que
desgraciadamente pretende negar
con sus actos la ciencia moderna,
olvidando, comodigimosen otro lu-
gar, las lecciones de la experiencia
ti la enseñanza de los siglos . Se
han creado en la Vega dos formi-
dables valladares que estorban el
libre curso de las aguas, con el al-
to arrecife desde el Patrocinio
hasta el pié de la cuesta de Casti-
lleja, y con el terraplén para la
via-fórrea en proyecto á la pro-
vincia de Huelva: y en verdad que
el Ingeniero que formó el proyecto
de la primera de dichas obras, y la
dirigió después y llevó á cabo, no
debia ignorar lo que ha sido, es y
será el Guadalquivir en casos do
— ܧ6 —
avenidas, ya porque há
muchos años qué hizo sobre él de-
tenidos estadios desde Córdoba, al
lado- de un célebre maestro, cuya
reputación de muy entendido era
general, no solo en nuestro país,
sino fuera de él; ya también por-
que hasta en los momentos de dar
posesión del suelo la autoridad
municipal* para que se emprendie-
ran laS obras del arrecife, se lla-
mó su atención con insistencia que
sé ereia exagerada, sobre los pe-
ligros que podrían seguirse á Se-
villa y principalmente al arrabal
de Triana* de realizar el proyecto
en los términos aprobados. (1) Y no
(i) Diálogo en la Sala capitular en una
ñocha de marzo ó abril del año 1862, entre el '
Teniente de Alcalde del distrito de Tríana y
otro individuo déi Ayuntamiento.
El Regidor .Muy pensativo lo veo á V. es-
tá ñocñé, compañero, — Él T. de A. Me tiene
itttiy preocupado el proyecto de uaa obra
pública que vá á emprenderse, y que al ente-
rarme tíoy eñ el acto dé dar posesión del suélo
W Ingeniero para comenzarla, me he conven*
bastaba entonces, ni basta tampo-
co ahora, que también hemos oido
repetir el argumento por lábios
autorizados, decir que según los
cálculos de la ciencia que los que A
cid<3 de que si se ejecuta tal como está apro-
bada, ua «le traer muchos perjuicios^ lágri-
mas á Sevilla y priaeipatmente á mi qhá«do
barrio.— El Reg.— ¿Qué obra es esa?— El T. de
j^ m La de ua arreeiíe aito desde el Patrocinio
basta la cuesta.dejCastiíleja.Es casi todo un ter-
rapleu y Reva muy pocos arcos, euando.debiera
ser si es que puede hacerse ea alto arrecife en-
aqúei sitio, una arcada no interrumpida en to-
da la anchura deia Vega, desagüe natural del
rio en casos de riadas, y que si ealo mas míni-
mo se diúeuita, ias aguas vieuen de rechazo so-
bre Triana, coa perjuicio d ^. t
los
.
inter |p ( fi/
riesgo de las vidas de sus habitan te-v.-— El Reg.^
= Pues yo, amigo mió, en el caso de V., tenien-
do allí mi casa, mi familia, miuaudal y mis
mas caras afecciones, lejos de dar posesión
del suelo, hubiera protestado en el acto esten «
dieado de ello diligencia, y asociándome con
las personas mas notables de aquella teli-
gresia, habría recurrido con enérgica exposi-
ción al Ayuntamiento, ó ea su caso directa-
mente al Gobierno de S. ¿1., en solicitud de re-
forma de tan perjudicial proyecto; y creo que
ao seria desatendida, estando tan evidentemen-
te la razón de parte de los reclamantes. ¿Pues
qué, habrían de ser despreciados los intereses
ue Triana que contribuye coa gruesas canti-
— líase-
la profesan reputan infalibles, el
obstáculo á las aguas que pueda
elevarlas solo un decímetro, debe
producir como único resultado su
mayor extensión en una superficie
dades al presupuesto general, y cuya pobla-
ción es superior á la de muchas capitales de
provincia? — El T. de A.=No adelantaríamos
nada, ^compañero; porque de la conversación
que üe tenido con el ingeniero jete, autor üei
proyecto, deduzco que está muy pagado de su
obra, y se me echó a reir ai manifestarle mis
temores por lo que pudiese acontecer si se rea-
lizaba. tía tal coacepto inüera V. cual seria su
informe sohre nuestra solicitud: él no ha po-
dido negar que seria mejor fuese todo el arre-
cife sohre arcos, y así dice que se propuso an-
tes; pero como seria doble el costo, que no ba-
jaría de einco millones de reales, la Dirección
general aispuso se reformara el proyecto, y
ahora sólo lleva nueve grupos de alcantarillas
con cinco arcos de medio punto de tres metros
de luz en la longitud de unos mil y ochocien-
tos metros, hasta el arranque de la carretera
general á Estremadura; suücientes en concep-
to del Ingeniero para el desagüe, y ahorrán-
dose así mas de la mitad del gasto que se cal-
culó al principio, pues las obras han sido re-
matadas en menos de dos millones cuatrocien -
tos mil reales.— El fíeg. — Esa razón no me
convence; porque obras de esa clase, si siquie-
ra se sospecha que sus consecueucias pueaen
ser funestas, ó se hacen bien desde luego, ó so
—títs —
des perjuicios á la ciudad y éh sh-
mo grado al referido barrio, de lo
que [hay repetidísimos ejemplos.
Pero ¿á qué buscarlos en tiem-
pos que pasaron, cuando lo tene-
mos tan palpable, tan evidente en
la avenida del año último, objeto
de nuestro estudio en este momen-
to? Ahora ha sucedido lo mismo
que en 1784 y en 1796; lo que ^e
deseaba precaver en 1803; lo que
lamentaba, reclamando préñtore*-
medio, la Comisión de Obras pú-
blicas en 1853; lo que haáta la
Dirección general de Obras públi-
cas que tanto pudo hacer, qne pudo
hacerlo todo para evitar el mal,
consideraba indispensable y 'Ur-
gentísimo en 1866. — -Ahora, cémb
en los casos que hemos citado, sien-
do enorme la cantidad de
acumuladas por la subida dél Gúa-
dalquir én la Vega, ya por las del
mismo rio , ya por las de la ribera de
Buerba; tomaron su acostumbrada
69
—' 846 ;—
dirección desde el cortijo de Qui-
jano hácia la antigua madre por
detrás de la Cartuja eDtre la Er-
mita del Patrocinio y la Cuesta de
Castilleja, y encontrando obstáculo
á su libre paso en los dos fuertes
diques, primero el terraplén de la
vía férrea en proyecto, y después
el alto arrecife desde el parador de
los Angeles hasta la Cuesta, no
teniendo salida las aguas en su ma-
yor parte por los reducidos arcos
de las alcantarillas, retrocedieron
con furioso ímpetu, viniendo á cho-
car en primer término con el ce-
menterio de S. José, destruyendo
gran parte de su fuerte tapia en el
ángulo al Sudoeste, derribando se-
tenta y dos columnas de siete ni-
chos cada una y dando lugar al es-
pectáculo repugnante y conmove-
dor de que quedaran al descubier-
to mas de quinientos cadáveres, flo-
tando unos sobre las aguas, mezcla-
dosy confundidos otros entre los es-
— 547
combros, sin que fuera posible iden-
tificarlos en su mayoría, ni que los
recogiesen sus allegados por no
ser fácil trasladarlos ni proceder
de nuevo á su inhumación en la
fosa común, por estar cubierto el
suelo con mas de metro y medio de
agua. jQué cuadro tan horrible!
Rechazadas las aguas por la
causa expuesta en dirección as-
cendente, mucho más allá de la
Cartuja, engrosado el caudal del
ya desbordado rio con esa inmensa
mole que necesariamente tenía que
recibir, y tomando por tanto ma-
yor altura y extensión que antes
desde el torno que está mas arriba,
vino una parte de esas aguas á
aumentar la fuerza y velocidad de
la corriente extraordinaria, .
esta-
blecida de antemano por el incre-
mento del rio hácia su margen
izquierda, chocando en el terra-
plén del ferro-carril cerca de San
Gerónimo; y otra parte siguió con
la coméate ordinaria basta preci-
pitarse; sobre el barrio de Triana,
y. superando la débil defensa en
el sitio de la Chapina donde exis-
tió la alcantarilla de los Ciegos, in-
vadió la. calle de Castilla y sus ad-
yacentes. Gomo no fuesen aguas
que rebosaban del lecho del rio, se-
gún sucediera en otras ocasiones,
sino que eran la misma corriente
quese introducía por las calles, por
ser tal su forzada dirección, de
ahí el fenómeno ahora notado con
asombro de los vecinos de aquel
barrio, que en cada una de las de
Noroeste á Sudeste tenian otros
tantos ríos. Tales las de Castilla,
Alfarería, la Cava, San Jorje y el
Betis, y las transversales de las
mismas, en las que chocaban en
revuelto remolino las de unas y
otras corrientes, hasta hacer casi
imposible el curso del anchas di-
rigidas por robustos brazos, con
peligro inminente de zozobrar.
— 549 —
¿Qué remedia había para esto»
y otros gravísimos daños? — A núes-?
tro modo de ver sólo uno acredi-
tado de tiempo inmemorial en oca-
siones semejantes: retirar en gran
parte las corrientes del rio de su
cauce ordinario, dirigiéndolas á la
antigua madre libre de obstáculos,
y en donde con anchura diez veces
mayor que este y debiendo recor-
rer aquellas dos tercios menos de
distancia, seria incomparablemen-
te mas rápido y abundante el de-
sagüe. Pero según la ciencia....
(retiremos la palabra porque hemos
dicho mal: la ciencia- no puede re-
ñir nunca con el sentido común:)
según el modo de entenderla^ algu-
nos de los encargados de aplicar
sus teorías, cuyas opiniones respe-
tamos, pero con quienes hasta el
presente no podemos estar confor-
mes porque nuestra razón lo resis-
te, contando con el apoyo de otros
hombres también acreditados en la
S30 —
ciencia que opinan como nosotros;
según aquellos, repetimos, el re-
medio no estaba en facilitar el de-
sagüe por la Vega, allanando cuan-
to antes y en lo mas indispensable
los dos fuertes diques que lo impe-
dían; sino en fortalecer la defensa
de Triana en el punto por donde
las corrientes penetraban, que to-
marían otra dirección dejando el
barrio libre. — Pero en la hipótesis
de lo primero, que en aquellas cir-
cunstancias habría sido dincilísi-
mo, y de todos modos falsa la con-
secuencia, como en seguida demos-
traremos, ¿cuál seria esa nueva
dirección que tomarían las cor-
rientes, rechazadas en el sitio de la
Chapina? No podría ser otra que
para ir á aumentar el ímpetu de
las de la banda opuesta que ba-
tían sobre el terraplén de la via-
férrea á Córdoba, para que se
abriese en -mas extensión y an-
tes del momento en que estaba
— 531 —
decretado, la ancha brecha por
donde penetrase el Guadalquivir, y
que en sus turbias aguas queda-
se sumergida Sevilla, falta de to-
da otra defensa después de la do-
minada. — Mas hemos dicho que
suponiendo, sin concederlo en ab-
soluto, fuera posible ya desborda-
do el rio á grande altura, forta-
lecer y elevar la defensa de la
Chapina, no por eso se libraría
Triana de la inundación. Baste
como prueba recordar, que no so-
lo por aquel punto, sino por todas
las ventanas, balcones y azoteas de
las casas que caen al rio se introdu-
jeron las aguas: que en la calle del
Bétis, además de sobreponerse
al alto paredón de los dos mue-
lles, abatieron al suelo el fuerte
antepecho de piedra que lo co-
rona, lanzándose la corriente has-
ta el interior de las casas. — Co-
mo no se cercara con sólida mu-
ralla el barrio de Triana, (¡qué
— 352 —
horror!... ¡poner allí el círculo
de hierro que encadenaba á Se-
villa y que tanto trabajo costó
arrancar á los amantes de su li-
bertad, y celosos como ningunos
por su engrandecimiento!) como
no se acudiera á ese medio, re-
metimos, no alcanzamos sea po-
sible librar de inundaciones á
Triana, mientras no haya franca
y expedita salida para el desa-
güe' por la Vega. No siendo pro-
bable la ejecución de lo primero,
y no concediéndose lo segun-
do, resulta un dilema ineludible
que no admite término medio.
En las grandes inundaciones, da-
da la situación actual, las aguas
en su mayor parte han de caer
sobre Triana: si allí se logra re-
sistirlas, sin que por eso dejen de
penetrar algunas, las mas ven-
drán de rechazo sobre Sevilla, cau-
sando daños inmensamente supe-
riores
.
— á& —
Dejemos ya á Triana qtiehdrtó
nos hemos detenido contemplando
su triste situación en la mañana
del ocho de diciembre. Contristado
nuestro espíritu al ver el apuro de
tantas familias aisladas en sus casas,
queen confuso clamor pedian pronto
socorro y con los signos mas expre-
sivos, ya disparando armas de
fuego, ya colocando banderas ne-
gras en las azoteas y balcones, y
á quienes era dificilísimo acudir,
porque la corriente volcaba los
carros, ó abogaba las béstias que
lós arrastraban y casi sumergía
los botes que intentaban atrave-
sarla; retrocedimos desde el final
del puente adonde solo pudimos
llegar, y nosáirigimos á examinar
los restos del antiguo malecón,
ahora provisionalmente restable-
cido desde la plaza de Toros en su
dirección hacia San Telmo, obra
de defensalamas importante contra
el río, que debió Sevilla á áu inol-
viciable y celosísimo Asistente, Don
Pedro López de Lerena, y también
como las murallas, casi destruida
en nuestros dias.
Ya lamentó este hecho impre-
meditado y de evidente perjuicio
para la ciudad, por el riesgo á que
la dej abaexpuesta, un concej al celo-
so, el Sr. Herrera, en la sesión que
celebrára el Ayuntamiento el cinco
de febrero de mil ochocientos sesen-
tay siete, por haber notado 1 opoco
que faltó en los dias precedentes
para que las aguas del Guadalqui-
vir se entraran en la ciudad por
los portillos abiertos en el male-
cón desde frente á la calle del An-
cora, hasta la Torre del Oro. El
concejal clamó para que se pusiera
pronto remedio, para que se repu-
siese á su antiguo estado aquella
defensa, y la Corporación acordó
pedir informe á la Comisión de
Obras públicas. — Reproducida la
riada á principios de marzo, y te-
otras hácia el Prado de San Se-
bastian, haciendo que brotasen
por la servidumbre de la casa que
hemos mencionado, y también por
los agujeros que incautamente se
dejaron en la calle de San Fer-
nando cuando á manera de arre-
cife se reformó su pavimento para
dar salida á las lluvias; inconve-
niente grave que pudo evitarse, diri-
giéndolas por los costados á la pla-
za de Maese Rodrigo. Y si adverti-
do el peligro en aquella misma ma-
ñana por una causa semejante en
el husillo del Cármen, hubo allí un
Regidor diligente que ayudado por
los ingenieros militares después de
extraordinarios esfuerzos pudo al
fin contenerlo, aquí, ó no se consi-
guió si es que se intentó, ó nadie se
cuidó de ello ; y pronto la mayor par-
te de las casas de aquella plaza hasta
la de Santo Tomás, y el Seminario
Conciliar se inundaron á bastante
altura. n
— 562 —
Logramos salir por la calle de
San Fernando para ver cercados los
barrios de San Bernardo y la Calza-
da, con las aguas detenidas en los
egidos de San Sebastian y Santa
Justa transformados en dos exten-
sos. lagos, si bien sus aguas eran
mansas, porque el Guadaira habia
dirigido sus corrientes hácia otros
pu ntos, por fortuna lejanos esta vez
de la ciudad. Mas allá frente á la
puerta del Sol, no dejó de inspirar-
nos recelo el estado del malecón an-
tiguo que empieza j unto al ex-con-
vento déla Trinidad. Estaba suma-
mente débil por varios sitios y se ha-
bian abierto sin precaución alguna
varias entradas desde el arrecife á
las fincas rústicas lindantes de aquel
pago. Si las aguas del Miradores ó
del Guadalquivir se aglomeraban
hácia allí como muchas veces habia
sucedido, (y recordábamos el año
1796 en que casi derribáronla puer-
ta del Sol, siendo necesarios esfuer-
«*» 563 —
zos sobre-humanos para contener-
las) ahora que ni había puerta nimu-
ralla ¿qué sucedería?
—
Llegamos
poco mas arribaá la huerta de Ca-
puchinos, y haciendo memoria de
que en el mismo año gran parte de su
fuerte tápia fue abatida por las
aguas , tuvimos la curiosidad de ver
suactual estado. — 'Ni esta ni la del
huerto contiguo altemplo, carecían
en nuestro juicio de solidez bastante
para resistir un gran golpe: pero
con asombro notamos que los
muros de ambos predios estaban
agugereados en toda su extensión,
á la altura de un metro, con las
mirillas ó troneras que se abrieron
para la defensa de la ciudad en el
asedio de 1843. — Parecíanos in-
creíble descuido semejante. Por
allí en cuanto crecieran las aguas
un poco, se habían de introducir
necesariamente.- — ¿Cómo no habían
advertido este peligro los muchos
arquitectos y demás inspectores, en
— 566 —
en toda su bravura. Semejantes sus
olas á las del Océano en medio de
tempestad furiosa, se precipitaban
y retrocedían con horrísono es-
truendo al chocar en los ángulo»
salientes de la márgen izquierda,
repitiendo en seguida el ataque con
redoblado ímpetu. Las agua?, sin
embargo, según nos informaron
observadores inteligentes, habian
bajado medio pié desde que empe-
zó la menguante, siendo probable
que continuara hasta otro tanto
antes de la nueva creciente, que no
era ja presumible las elevara á
mavor altura, habiendo cesado el
temporal y el viento que impidie-
sen el rápido descenso del rio. En
esta confianza, y esperándolo todo
de la misericordia divina, y poco
de los recursos humanos tan mi-
serables é impotentes, como aca-
bábamos de ver, tomamos la vuel-
ta á nuestra casa domicilio.
Corto rato permanecimos en ella,
— 567 —
porque nuestro intranquilo espíritu
en parte alguna hallaba reposo,
dominado por tristes presentimien-
tos, y ansiaba conocer por instan-
tes las alteraciones que se notaran
en el rio. Volvimos, pues, á la
orilla, y nos aseguran personas
peritas, que poco habia variado la
situación general desde la mañana,
si bien las aguas decrecian ya cerca
de un pié, y habia desaparecido el
peligro que amenazaba de que
chocara con el puente la inmensa
mole de madera del de la via-férrea
á Mérida arrancado de sus estribos,
y arrastrado dos noches antes
íntegro por el furioso Guadalquivir
en su dirección natural. Hombres
expertos y valerosos enviados por
las autoridades marítimas, habían
conseguido detenerlo cerca de la
Algaba, evitando con ello á Sevilla
los gravísimos daños que hubieran
seguido, á mas la destrucción de
su magnífico puente. Consoladoras
— m -
éran ambas noticias, pero no
bastantes ácaimar nuestra ansiedad
sobreexcitada á cada paso que
dábamos, por el rumor confuso que
corría entre las gentes del pueblo,
de que el rióse entraba sin remedio
en la ciudad. Y el rumor, por des-
gracia, era el eco déla verdad que
al visitar cerca de las cuatro de la
tarde la casa de un querido compa-
ñero nuestro, nos íué confirmada
por testigo de entero crédito, que
desde el Hospital de la Sangre habia
visto hacia poco rato, que se abrió
un boquete de una media vara de
diámetro en el terraplén de la
via-férrea, y que por él entraba
gran chorro de agua .que iba
aumentando rápidamente, sin que
hubieran logrado contenerlo las
personas que con tal proposito
aeudieroninmediatamente. No qui-
simos fiir más, nHampoco asustar
con nuestros temores á nuestro
bueno y descuidado amigo, que no
— 569 —
dió mucha importancia al suceso,
y que á pesar de vivir en el sitio
mas céntrico de la población y
bastante elevado, vió su casa inun-
dada en aquella tristísima noche.
Habia llegado el terrible mo-
mento para Sevilla, que fundándo-
nos en su historia, vaticinamos tre-
ce años antes. Nuestros pronósti-
cos, calificados de visionarias con-
geturas, de ensueños de una ima-
ginación vivamente dominada por
una idea quimérica y errónea á to-
das luces, en concepto de muchos
que los escucharon con fria indi-
ferencia, ya que no con desprecio,
estaban ápuntode cumplirse, repi-
tiéndose después de doscientos cin-
cuenta años el horrendo espectácu-
lo del infaustísimo dia veinticinco
de enerode 1626 , memorado, por lo
funesto cual ninguno, en los anales
de esta antiquísima metrópoli.—
Sl entonces tan solo la poca vigi-
lancia de una de las puertas fué
— S70 —
bastante para que el Guadalquivir
penetrara en ella y la tuviese mu-
chos dias sumergida en sus tur-
bias ondas, ¿qué sucederia ahora
que merced á la soberbia de nues-
tro siglo no habia puertas ni mu-
rallas que la defendieran, porque
se habian abatido para allanarle el
paso, á pesar de las reiteradas ad-
vertencias de algunos pocos ilusos,
cegados en su modo de ver, según
la común opinión, por añejas preo-
cupaciones? — Si como habia dado
corta tregua, el temporal recrude-
cía de nuevo, y detenida la cor-
riente del Guadalquivir por los
vientos se elevaba siquiera un me-
tro más, ¿qué vendria después?
—
¿Habría sonado la hora en que
el constante enemigo de esta ciu-
dad pudiera realizar su propósito
de reducirla á escombros , perecien-
do entre ellos las ciento veinte y
ocho mil almas que la pueblan ?
—
¿Seria elochode diciembre de 1876
— ÍS7i —
para la metrópoli andaluza el tre-
mendo dia de una de esas catástro-
fes que hacen época en la historia
del mundo ? — No se crea que exa-
geramos: porque las frases subra-
yadas están escritas en la Relación
oficial del suceso; en documentos
auténticos de las primeras autori-
dades que por razón de sus cargos
podían mejor que nosotros apre-
ciar las circunstancias inevitables
que en él concurrían. La vida de
todos estuvo muy amenazada
ni precauciones, ni trabados, ni
auxilios y rasgos heroicos habrían
bastado , si las aguas se hubieran
elevado dos ó tres pies de altura ...
porque la verdad es que el peligro
ha existido en tan pavorosa pro-
porción; y no es menos verdad que
amenaza hoy en la misma forma
que siempre.— En balde hubieran
sido el exquisito celo, la suma dili-
gencia, los extremados esfuerzos de
aquellas dignas autoridades, de los
— 572 —
demás representantes de la ciudad
y' de muchos individuos particula-
res, que por salvar á sus mora-
dores practicaron actos de abne-
gación sublime, exponiendo sus
vidas; rayando algunos en el he-
roísmo; y nos complacemos en con-
signarlo aquí en honra de los que
solo de ese modo estimaban cum-
plidos sus deberes, ó satisfechos
los sentimientos de sus generosos
corazones. Pero la escasez de los
recursos por las causas antes ex-
puestas, y la inmensidad del ries-
go, siempre superior á cuantas pre-
visiones en lo humano hubieran
podido adoptarse, no contando con
puertas bien cerradas y fuerte mu-
ro que resistiese el choque de las
aguas; habría hecho inevitable una
terrible catástrofe. No sucedió así
porque la misericordia infinita di-
jo al Guadalquivir, como otras mil
veces antes: «Hasta aquí, y no más
allá» : cesando enseguida el peligro
— 379 —
venir á las múltiples atenciones
que siempre ofrece una riada en
Sevilla, es cuanto podían hacer, es
cuanto podia exigirse de las auto-
ridades á quienes por razón del
cargo que desempeñan con arreglo
á las leyes, incumbe velar por su
seguridad y porque se aminoren
daños inevitables; y esos deberes,
en nuestro concepto, los llenaron
cumplidamente en la medida que
lo permitían aquellas críticas y
apuradísimas circunstancias.
Arbitraron recursos levantan-
do un empréstito con la garantía
de los ingresos municipales: in-
vitaron al vecindario para que
contribuyese con sus voluntarios
donativos al remedio de la cala-
midad común: organizaron Juntas
parroquiales para la acertada dis-
tribución de los socorros: tam-
bién el de carros y lanchas para
facilitar el tránsito á los vecinos
por las calles inundadas; abaste.-!
— ’ 580 —
cieron copiosamente los merca-
dos de los principales manteni-
mientos, sin que en un solo dia
encarecieran el pan y la carne, y
solo escaseára pocas horas en al-
gunos sitios de la ciudad el prime-
ro de estos artículos, por faltas de
servidores torpes ó descuidados,
inevitables en aquellos prime-
ros momentos de confusión:
dividieron en distritos el ex-
tenso ámbito de la población,
encomendándolos á personas pe-
ritas con numerosos auxiliares
para que vigilaran y acudieran
con oportuno remedio dondela ne-
cesidad lo exigiese: por último: se
nombró una Junta de personas
acreditadas por su ciencia, ó por
sus conocimientos prácticos de ca-
sos anteriores, cuyo parecer tu-
viese . en cuenta la Corporación
municipal, como garantía del me-
jor acierto en sus deliberaciones.
No creemos por tanto en nuestra
— 581 —
imparcialidad, que pudieran hacer
mas las autoridades para conse-
guir el laudable fin que debían pro-
ponerse, en el desempeño de sus
carg-os.
Tuvimos la honra de ser desig-
nados entre los individuos de la
expresada Junta consultiva, y de
asistir á sus pací deas y luminosas
deliberaciones. Ante todo nombró-
se una subcomisión facultativa, com-
puesta de ingenieros civiles y mi-
litares y de arquitectos, bajo la
presidencia del Excmo. Sr. Don
Joaquín Terrer y Ruiz, General
Subinspector de ingenieros en este
distrito militar, encomendándose á
aquella que f con toda urgencia re-
conociese él estado del rio por los
puntos que había dominado los di-
ques que impedían antes su des-
bordamiento hácia la ciudad; los
husillos de desagüe de esta para re-
mediar cualquier defecto en su sis-
tema que lo entorpeciese, y que
— 38 ? —
propusiera las medidas que con
carácter de provisionales pudieran
desde luego adoptarse, por si em-
peoraba la situación, sin perjuicio
de estudiar mas adelante con de-
tenimiento un plan general de de-
fensas definitivas, para que Sevilla
quede á cubierto contra las avenidas
del Guadalquivir. Entre tanto este
seguia descendiendo, habiendo de-
jado desde el dia diez libre de sus
aguas los arrabales de la Calzada,
San Bernardo y Triana; y aunque
el once amaneció cubierto el hori-
zonte de espesa niebla, que suscitó
temores de que el temporal volvie-
se, despejó el sol á las diez, y ya
no se dudó que pronto volvería el
rio á su estado normal, cesando la
inundación interior. No pudo, sin
embargo, hasta el inmediato dia
doce abrirse en totalidad el husillo
Real, al que acumulan las aguas de
los sitios mas bajos en grande es-
pacio, y que vierte mayor cantil
-:583 -
dad, calculada, por tanto, en diez y
ocho mil metros cúbicos por hora,
por lo que sin un suceso extraordi-
nario, dentro de pocas debia, y
así fué, completarse el desagüe;
porque en la noche del dia trece,
solo una enorme masa de fango
habia quedado en las calles y casas
de la ciudad, que estuvieron inun-
dadas desde la tarde del ocho.
A la vez la subcomisión fa-
cultativa, con vivo interés y acti-
vidad digna de todo elogio, formó
su juicio sobre el importantísimo
asunto que le estaba cometido, dis-
cutiendo el dia quince detenida-
mente el dictámen, que según lo
acordado, extendieron tres desús in-
dividuos, y mereciendo aprobación
unánime, se citó el dia inmediato á
la Junta general para que lo oyese.
No es del caso que nos detengamos
ahora á referir las medidas d3 di-
ferente índole, que para precaver
nuevos daños, si se repetía la ave-
-a. 584 —
tí ida del Guadalquivir, proponían
los entendidos miembros de la Sub-
comisión facultativa, que todas
fueron aceptadas, como convenien-
tísimas por la Junta consultiva.
Aguataremos, sin embargo, que
haciendo uso de la palabra, aunque
nuestra débil voz era allí bajo to-
dos conceptos la menos autorizada,
nos permitimos la observación, que
reiteramos en otra sesión poste-
rior, de que si bien en aquel docu-
mento estaban consideradas como
bastantes, aunque solo provisiona-
les, las defensas en la parte al Nor-
te y Oeste de la ciudad, ni aun así
eran suficientes en nuestro jui-
cio las de la del Este, que á ve-
ces estaba en tanto peligro como
la otra; haciendo memoria ie al-
gún caso en que las aguas habian
penetrado hasta el interior de la
puerta del Osario, sitio mas al-
to que todos los que le son con-
tiguos, que con suma frecuencia
— 383 ’—
sufrían aquel quebranto, como po-
dían recordar por haberlo visto
con nosotros alguna vez, muchos
de los que nos oían y que contaban
mas años.
Contestóse á nuestra observa-
ción que ese peligro era mas re-
moto, por que casi siempre el Gua-
dalquivir se desbordaba por la par-
te al Oeste, y que el de la otra, ya
lo estudiaría la comisión de vigi-
lancia de aquel distrito, uno de los
ocho en que debería dividirse el
perímetro de la ciudad y sus ar-
rabales, que oportunamente cuida-
ría de proponer el remedio. Por
no parecer temerarios en el sos-
tenimiento de nuestras opiniones,
callamos sin insistir en la idea
apuntada y poco atendida, conside-
rándola acaso una cavilosidad sin-
fundamento; pero quedó en nues-
tro ánimo un vago temor de que
estuviese próximo lo que se nreia
tan lejano, y pocos dias después
— — -£586J—
-
vino la reáliáád á «oúfirmarlo, 00-
mo recordarándos que^ escucharon
nuestras palabras.
Recrudecido el temporal desde
el dia quince con incesantes lluvias
que trageron de nuevo la alarma á
los intr anquilos ¿espíritus de los se-
villanos . mayor aun para j ¡los que
moran en el arrabal deTnana,mas
: amenazado de -inmediato daño si
elGuadalquivirsedesbordaba-otra
vez por la Vega, según lo Sucedido
pocos dias antes, y á su modo de
"ver por las causas ya expuestas;
acudió en estedia diez y seis ? mna
comisión de los mismos -al señor
Alcalde en soiieitüdde que inme-
diatamente se egecutaran < las obras
oportunas en el arrecife y terra-
plén de la vía férrea áHuelva*pa-
ra que rebajados según la necesi-
dad lo exigía en los puntos de ma-
'yor acumulación de las aguas, se
j facilitara á estas pronta salida.
Ei ‘ flAfift f- Alcalde que conocía ue
-* m ~
antemano la excitación de jos áni-r
mos en Triaüa con ese motivo; que
le constaba pon informes fidedig-
nos ¡que la mayoría de aquellos ve,-?
cinos antes de ver de nuevo inun-
dados sus hogares estaba resuelta
á tomarse la justicia por su mano,
porque en último extremo conside-
raba preferible sufrir las conse-
cuencias de ese hecho, mas remo-
tas que perecer desde luego aho-
gados si volvía á entrarse el rio por
las calles; que apreciando en to-
do lo que merecía ese'estado violen-
to, revestido con los caracteres de
cuestión de ór den público , h abi a di rí-
gido atentas y verídicas comunica-
ciones, presentándola gravedad del
caso al señor Gobernador de la
provincia, paraqne adoptase pron-
tas y eficaces resoluciones que sal-
vando el barrio de Triana del pe-
ligro que amenazaba, evitasen
también un conflicto; reprodujo
ahora ¡ con mayor energía sus re-
— 588 —
elam aciones á aquella autoridad
superior, que penetrada de su im-
portancia, y obrando con suma
presteza y vivo interés de acier-
to, dignos de completa alabanza;
después de consultar con el Inge-
niero Jefe y otros destinados en
esta provincia, y de oir el dic-
támen pericial de otras personas
muy respetables, tuvo que man-
dar al primero que se procediera
al instante á abrir dos anchos ba-
denes en el trozo del arrecife hasta
la Cuesta de Castilleja, en el pri-
mero y último tercio de su tra-
yecto, para cuyos gastos ofreció
desde luego las sumas necesarias
la Corporación municipal, sin per-
juicio del reintegro.
Con aplauso general y gran
contento de los vecinos de Triana
se emprendieron las obras en el
mismo dia, ocupando en ellas gran
número de trabajadores, que asi
tenian también jornal seguro en
— 893 —
«tío más que el dos dé febrero dé
1823, y uno y medio que el diez y
nueve de enero de 1856.
Por el contrario en 1823, es-
tablecida una gran corriente en
dirección á la Torre del Oro,
tuvieron en esta banda mayor
altura las asmas que en la de
Triana. La misma causa influyó
para que dentro del barrio, á la
vez que abora como nunca quedó
inundado, porque solo en dos de
sus casas deiaron de entrar las
asmas, no tuvieron sin embargo en
algunos sitios la altura que en los
años referidos. Por ejemplo, en la
iglesia parroquial de Santa Ana,
seemn nos fue posible averiguaren
1823 llegónordentrola inundación
hasta dos pies: en 1856 apenas se
cubrió el navimento medio pié, y
en 1876 alcanzó pié y medio; y en
muchas de las casas aue conservan
señales del año 1823, aseguran
sus dueños, que ahora quedaron en
-i. 8963—
ellas mas bajas catorce pulgadas,
y entonces muchas, lo menos una
tercera parte, se libraron de la
inundación, cuando ahora solo dos.
Vease,pues, si tuvimos fundamento
para calificar de voluble la corriente
del Guadalquivir, que en sus ave-
nidas ofrece tan vários fenóme-
nos.
En el interior de Sevilla, si bien
por mucho menos tiempo, pues no
pasó de cuarenta y ocho horas, to-
dos los sitios bajos que se inundan
generalmente lo estuvieron de cua-
renta á cincuenta centímetros mas
que en 1856; v nada digamos de
1823, en que el mal por esta parte
fue pasagero y menos sensible en
sus consecuencias. Concluyamos,
pues, que el riesgo ahora ha sido
inmensamente mayor que en todos
los casos de que hay memoria, y
demos gracias á la Misericordia
Divina que nos ha permitido refe-
rirlo.
Aüo 1877.
Vivo el recuerdo de las angus-
tias del precedente, y aun no repa-
rados en su mayor parte los de-
sastres de la inundación pasada,
otra nueva que en algún dia pre-
sentó caracteres mas alarmantes,
vino á poner en congojosa ansie-
dad el espíritu de los sevillanos.
Si antes la creciente del Gua-
dalquivir hastauna altura extraor-
dinaria fué producida ñor las aguas
que de pocos dias de lluvias en la
parte del Norte habia recibido,
abora que recios temporales du-
rante muchos, no solo en aquella
sino en la del Este, babian en-
grosado su caudal, ¿adónde subiría
la inundación en los vallesque ro-
dean á Sevilla, asentada en lo mas
bajo de los mismos, y donde en
esos casos basta brotan copiosos
manantiales de su suelo? Si á la
furia del desbordado rio se agre-
gaba un nuevo torrente por las
— 898 —
muchas aguas que recocen en su
largo curso desde Granada, el
Barro y el Gañil, reunidos junto á
Palma, ¿no sería ahora mayor el
riesgo de nuestra ciudad querida,
y mas fundados los temores de sns
afligidos habitantes? Rason sobra-
da" tenían cara esperar de presente
mayores desastres que los pasados,
asi como la tuvieron pronto para
dar gracias sin fln á la bondad
divina, que no consintió se reali-
zaran.
El dia cuatro de enero, después
d® /'mrtes lluvias en los anteriores,
se inició el conflicto con un suceso,
poco común en verdad, pero no
nuevo, ni mucho menos imprevisto.
Se había anunciado hacia poco,
no solo como posible, sino como
probable, en reunión solemne y
compuesta de personas respetabi-
lísimas por su carácter, por su
posición social y por sus cono-
cimientos, Alguna de ellas que
-asas-
venia ocupando el primer puesto
de la Corporación municipal duran-
te el viaje del señor Alcaide á la
Córte, nos decia en aquella ma-
ñana ai dirigise al barrio de San
Bernardo para prestar auxilios,
recordando las dos discusiones de
los dias precedentes: — ¿i/a tomado
usted apuntes de lo sucedido? — No
nos hacen falta , le contestamos
;
porque parece que Dios se ha pro-
puesto confirmar con hechos nues-
tros desatendidospr onósticos. — Así
habia sido la verdad: una hora antes
de que amaneciera, cuando casi todos
ios vecinos de aquel arrabal, j los
muchos que habitan en los caserios
de ios predios que lo rodean dor-
mían tranquilamente, un ruido
estrepitoso ó inusitado, semejante,
según la frase de los dos serenos
que vigilan de noche aquella de-
marcación, al que producen tres ó
mas carruajes que marchañ á todo
correr f vino aponerlos en zozobra j
por ignorar la causa que lo pro-
ducía, que fue maniíiesta á los
pocos momentos con el avance de
una inmensa montaña de agua, que
arrollando cuantos objetos se opo-
nían á su paso, arrastrando en su
furia almiares, chozas, carretas,
anímales, y derribando vallados y
tápias y hasta fuertes paredes de
material, venia como vencedor
tnfunfante á tomar posesión del
barrio, ocupando todas sus calles y
penetrando en la mayor parte de
sus casas á grande altura, para
despertar á sus desprevenidos mo-
radores, cuyo espanto y conster-
nación, al ver sobre sí la muerte de
improviso, mas fácil que expresar-
lo con palabras, lo concibe la ima-
ginación.
El suceso, repetimos, no era
nuevo: tenía muchos precedentes,
de ios que como habrán advertido
nuestros lectores, hemos hecho me-
moria en esta ya larga narración»
— 601 —
Convengamos de buen grado en qué
nunca alcanzó las proporciones que
ahora; pero forzoso será también
se nos conceda, que jamás exis-
tieron en lo pasado las causas que
lo han traido á tan grande magni-
tud. Esas causas son semejantes
á las que han sido materia de nues-
tros raciocinios el hablar de los
obstáculos en la antigua madre del
Guadalquivir por la Vega do Tria-
na, que sería impertinente repetir
de nuevo, j dándolo por hecho en
este lugar, nos limitaremos á lige-
ras indicaciones, bastantes en nues-
tro juicio para que se reconozca
la analogía de las causas y la con-
siguiente identidad de los efectos.
Corre el Guadaíra desde las
montañas de Alcalá por un plano
inclinado en una llanura de tres
leguas hasta desembocar en el
Guadalquivir, frente al pinto-
resco pueblecito de Gelves. Ape-
nas tienen movimiento sus aguas
_ 602 —
en los tiempos bonancibles ; pero
cuando hay fuertes lluvias que
buscan salidaal mar por el gran no,
aumenta la corriente del primero
con velocidad, y contenida porque
la altura del otro la rechaza, se
desborda inundando las denesas da
Tablada, y retrocediendo á los si-
tios mas bajos y láciles ai desagüe,
vienen á de positar se en San idernar-
doy prado de San Sebastian, donde
hemos conocido una elevada alcan-
tarilla, mejor diremos puente, que
siempre, como no hubiera inunda-
ciones, estaba en seco; como que su
objeto soio era dar paso á las
aguas cuando era necesario, y que
no se interrumpiera el de las per-
sonas que teman que dirigirse ha-
cia Emana. Construidas hace po-
cos años dos vias férreas en di-
rección al Este y Sudeste, se han
levantado dos grandes terraple-
nos, el de la primera casi paralelo
al (ioadaira que contiene sus
— 603 —
aguas cuando se elevan por el cos-
tado; y el otro, que es lo mas gra-
ve, sugeta el rio por el frente,
en su dirección recta cuando se
desborda, dejándole solo un paso
estrecho, miserable, en sumo gra-
do insuficiente para la gran masa
de agua que ha de atravesar por
allí precisamente, y que sí nó, ha de
venir á precipitarse cual torrente
impetuoso sobre el barrio de San
Bernardo y Prado de San Sebas-
tian, con grave daño de los due-
ños de las muchas fincas rústicas
de aquel extenso pago, de la gran
Fábrica Pirotecnia militar, de las
demás casas y edificios que allí
existen, y cqn riesgo inminente
de cuantos habiten en esa grande
llanura. Esa fue la causa de lo
sucedido en la madrugada del
cuatro de enero, que se repetirá
con mas ó menos frecuencia y con
mayor ó menor intensidad, en ca-
sos de avenidas, según sean mu-
— Mi-
chas 6 excesivas las aguas que
acumule el Guadaira, mientras
aquella subsista. No seria difícil
evitar algún tanto los dafíos, obli-
gandoá las Compañías délas vías
férreas á que construyeran alcan-
tarillas en número suficiente á fa-
cilitar el desagüe, que no porque
se consulten sus intereses parti-
culares, han de quedar desatendi-
dos los del pro-comunque son mas
respetables.
Con la inundación del barrio de
San Bernardo por el Guadaira
en la madrugada del cuatro de
enero, había coincidido la de todas
las huertas y caseríos contiguos á
la Trinidad por el arroyo de la
Florida ó Miraflores, que exten-
diéndose desde la Fuente del Ar-
zobispo hácia la parte de la dere-
cha en que forma declive el terreno
en dirección al Prado de Santa
Justayála ronda de la ciudad,
puso 3n grave conflicto á cuantas
611 —
aguas sin penetrarlo lo superaran;
J ssto último acontecía en me-
diana longitud, á pesar del gran
número de operarios disponibles, y
del esmerado servicio establecido,
nada podría contenerlas al preci-
pitarse sobre la ciudad, mucho mas
baja que el rio, y que carece hoy
de murallas que antes en tales ca-
sos, oponían insuperable resisten-
cia. El problema, por tanto, que-
daba sin resolver, y todo dependía
del incremento que tomara la cor-
riente, que por instantes aumenta-
ba, llegando en aquella tarde hasta
diez centímetros por hora y sin
señales de disminuir.
En vista de esto,crecia la ansie-
dad en los corazones de los vecinos,
sobre todo de la clase pobre, que
habitan en los arrabales y sitios
bajos extremos que mas padecen
de ordinario, v temiendo fundada-
mente muy cercano el momento de
ver la inundación en sus reducidas
— 612 —
' >-c"
moradas, acudieron muchos al
Ayuntamiento en solicitud de asilo
mas seguro, proporcionándoseles
inmediatamente en la Casa-Lonja,
en la Albóndiga ven otros edificios
que con previsión estaban prepara-
dos para ello. Por la misma causa
se trasladaron doscientos presidia-
rios del correccional de S. Agun-
tin á la Fábrica de Tabacos.
—
Entrada ya la noche, recibieron
las autoridades dos telegramas ofi-
ciales que llevaron hasta el colmo
sus temores, de que el Guadalqui-
vir tragese á Sevilla una catás-
trofe, superior á cuantas refiere
su historia en la larga série de
los tiempos. — Procedia el uno de
el Alcalde de Andájar, partici-
pando que aquel rio crecia extra-
ordinariamente, y que era de es-
perar que por la noche llegára á
mayor altura que en la avenida
de diciembre: era el otro directo
del Alcalde de Ecija, anunciando
que el Genil desbordado inundaba
aquella ciudad. ¡Terrible coinci-
dencia! Si ahora traía el Guadal-
quivir mas aguas que cuando cau-
só tan graves conflictos, y antes
de llegar á Sevilla las aumen-
taba á sumo grado con las del
crecido Genil que en aquella oca-
sión se negó á ayudarle en su em-
presa destructora, ¿qué iba á ser
de esta ciudad? — «Ante la inmi-
nencia de la agravación del con-
flicto (dice la Memoria oficial re-
cientemente publicada) el Ayun-
tamiento reiteró sus órdenes de
exquisita vigilancia en los husi-
llos y malecones; ordenó que las
cuadrillas de trabajadores estu-
viesen dispuestas para acudir con
celeridad á cualquier punto donde
fuera necesario, y circuló á los
serenos la de que avisasen casa
por casa á los vecinos de los bar-
rios más inmediatamente expues-
tos á los riesgos de la inundación,
— 614 —
para que tomasen providencias y
desalojasen las habitaciones bajas
de sus respectivos domicilios. » Bas-
tante dicen estas determinaciones y
otras análogas puestas en ejecución
instantáneamente, conespantodela
mayoría de los vecinos á quienes
los serenos despertaban para pre-
venirles que vigilasen, porque po-
día venir la muerte de improviso;
bastante acreditan el fundado te-
mor de las autoridades de que eso
sucediera; y sin embargo, no es
esa toda la verdad acerca de ello,
que hoy no hay inconveniente en
que sea de todos conocida. — Las
autoridades civiles, según los partes
que habían recibido, el último de
Penaflor á las diez de la noche se-
ñalando al rio la altura de diez me-
tros sobre su nivel, y que seguía
creciendo, temieron hasta el ex-
tremo de que sobreviniera una
inundación, que alcanzando á to-
íte la ciudad, sumergiera por
— 615 —
completo algunos de sus barrio*
los mas bajos: y por si este caso
llegaba, rogaron á la autoridad
eclesiástica diese las órdenes opor-
tunas, á fin de que los templos pu-
diesen servir de alberge á l as
personas que por aquella causa
quedaran á la inclemencia de los
elementos. Esa orden se circuló
en altas horas de la noche; y tuvi-
mos ocasión de verla en manos de
uno de los párrocos, que pruden-
te como todos, calló y previno
cuanto era necesario por si llegaba
el fatal momento. Aunque muy
cercano, no llegó éste, gracias en
primer término á la misericordia
divina, y en segundo al badén
abierto para facilitar el desagüe
por la madre vieja del rio en la
vega de Triana, contra el dictá—
men pericial que se fundaba en
teorías deslumbradoras, desaten-
didas en su acertado criterio por
el Gobernador de la provincia, que
— 616 —
al mandar se ejecutase aquella
obra, estimó de mas valor lo que
aconseja el sentido común y acre-
dita como bueno una larguísima
experiencia.
Ello es que á las once de aquella
pavorosa noche empezó el creci-
miento que se esperaba en las aguas
del Guadalquivir, ya á la altura de
veinticuatro pies desde el dia ante-
rior, y subieron hasta mas de veinte
y siete, en la que permanecieron
once horas, alcanzando solo un
metro menos que el ocho de
diciembre, en el puente y en los
muelles. En aquella ocasión bas-
taron los veinticuatro pies de al-
tura en las aguas, aunque después
llegaron hasta treinta y dos y me-
dio, para que la corriente se intro-
dujese en el barrio de Triana; aho-
ra con tres piésynueve pulgadas
mas, noentróen esaformauna sola
gota. Y no se crea que la única
causa que lo impidiera fuese la
- eir—
fortaleza dada al terraplén en el
sitio de la Chapina; porque si las
aguas en un metro mas de altura
que entonces por la Vega, hubieran
venido por la corriente ordinaria,
ó habrian superado la defensa de la
Chapina, ó penetrado como aquella
vez por las ventanas y azoteas que
en toda la orilla caen al rio. — El
metro cúbico de agua en toda la
anchura de la Vega, que tuvo mas
de alto el ocho de enero que en
igual dia del pasado diciembre,
fué equivalente, según cálculos de
personas entendidas, al incremento
del Guadalquivir desde que tenian
solo veinticuatro pies sobre su
nivel: si no hubiera hallado esa
enorme cantidad de aguas fácil
salida por el badén abierto en el
arrecife, que ensancharon grande-
mente, sin remedio, como suce-
dió antes, hubieran venido por la
corriente ordinaria de rechazo (y
ya lo demostramos en otro lugar)
ó sobre el arrabal de Triana, ó so-
bre la orilla izquierda si era allí la
resistencia insuperable. Y en la
alternativa ineludible de este dile-
ma, ¿qué hubiera sido de Sevilla,
ó qué hubiera sido de Triana? De-
dúzcanlo nuestros lectores con re-
cuerdo de lo pasado.
Gracias á aquella obra que sal-
vó á los habitantes de esta ciudad
de un terrible conflicto, acaso su-
perior á todos los anteriores: gra-
cias sin fin á las autoridades que
la llevaron á término, arrostran-
do todo linaje de compromisos, y
por cuyo comportamiento gene-
roso y conducta decidida debe Se-
villa guardarles gratitud eterna-
mente. — La desembocadura al rio
de la madre vieja junto áSan Juan
de Aznalfarache, era al mediar el
dia ocho semejante á una inmensa
catarata que se despeñaba en agi-
tado mar, cuyas rugientes olas re-
chazaban las aguas á grande altura.
— 619 —
¡Qué espectáculo tan grandioso y
á la vez tan imponente! Mas de
un metro por este sitio de salida
habian subido aquellas que en la
riada última, y precisamente eso
tenian de menos por el puente á
Triana. Hé ahí la razón del cálcu-
lo de que antes hicimos mérito.
Por lo demás, aunque hubo dentro
del barrio alguna inundación en
la calle de Castilla, procedía de
filtraciones del subsuelo, de todo
punto inevitables, ínterin el rio no
descendiera á su nivel ordinario*
y nunca tuvo importancia ni im-
pidió el tránsito mas que en corto
trecho déla citada calle, ni ménos
fuó necesario usar de lanchas ni
de las grandes maromas que hasta
en número de ocho estaban pre-
venidas, escarmentados por lo que
antes sucediera si por desgracia
penetraba el rio, y se establecían
sus corrientes en las calles.
Fué si indispensable en auxilio
— 620 —
de muchas familias pobres, así
como en Sevilla en los edificios de
la Casa-Lonja y la Albóndiga, dar
asilo en Trianaen el ex-con vento de
San Jacinto á cerca de doscientas
personas, y que otras caritativas
les proporcionasen alimentos por-
que carecían absolutamente de re-
cursos. Dos pobres mujeres dieron
allí á luz, y otra, ya enferma de
inanición, y en tal estado de de-
bilidad que no podía digerir las
sustancias mas sencillas, sucumbió
al fin; única víctima, aunque indi-
recta, de la inundación en Triana.
Desde la noche del siete al ocho
habian cesado las lluvias, amane-
ciendo el último con horizontes des-
pejados. Por otra parte, los tele-
gramas de Peñafior anunciaban el
descenso del rio, ya iniciado desde
Córdoba y Andujar. Notóse aquí
en efecto desde las tres de la tar-
de, pero tan lentamente, que en
las seis horas de la menguante no
— 627 —
rísimas en lo antiguo; ¿qué remedios
se han prevenido en tan dilatado
periodo para contenerlas? ¿Qué
planes se han propuesto para evitar
siquiera sus efectos mas desastrosos,
y para que, por el contrario, me-
jorándose por el arte las condicio-
nes naturales del gran rio, coad-
yuve como primera fuente de riqueza
á la prosperidad y engrandecimien-
to del extenso territorio que bañan
sus aguas, los Campos Elíseos en las
edades que pasaron? ¿Hasta qué pun-
to se han llevado á efecto esos planes,
hijos de los profundos estudios de
hombres eminentes en la ciencia,
que se desvelaron para proponerlo
mas conveniente y oportuno, sin
contar con la apatía, con el descui-
dado abandono de los andaluces, que
solo se mueven con actividadverti-
ginosa en los momentos del peligro,
para quedar después en la inercia
y en el mas perezoso y abandona-
do descuido? ¿De esos diferentes
— 630 —
vido para empeorar la situación
de Sevilla y toda la comarca que
la rodea, porque al hacer inno-
vaciones se ha prescindido de las
enseñanzas de lo pasado, destru-
yendo lo que la experiencia acre-
ditó que era necesario ó conve-
niente. Y viene de molde, para que
no se crea que nuestro juicio nace
de la presunción arrogante ó la atre-
vida ignorancia de quien carece de
conocimientos científicos en estos
asuntos, y que ha estado y está
pronto á rectificar cualquier error
involuntario en que haya incur-
rido, repetir aquí las palabras de
un sábio y eminente ingeniero, el
Excelentísimo señor D. Tomás Mu-
ñoz, Teniente general de la Ar-
mada, en un informe sobre estas
materias al Ayuntamiento de Se-
villa á principios de este siglo.
—
iVo nay duda que las ciencias
exactas han adelantado mucho en
nuestros dias ; mas no por eso de *
— 631 —
unos suponemos de mayores al-
nces y talento que los antiguos.
fZ e
T°rl ¿
7
raba
J° s han Progresado
Por el adelantamiento de nuestros
antepasados ; y si las verdades que
eUos han demostrado, hubiésemos
lenicLo que demostrarlas nosotros ,
acaso en la misma época no hubié-
amos dado tantos progresos. Esta
es una verdad que para convencer-
sede ella^ no se necesita más que
echar
'
la vista sobre la historia de las
ciencias ; así es menester mirar con
mucho respeto las obras . antiguas
p>ara repudiarlas. Por lo común
,
llevados de nuestro amor propio ,
atribuimos los efectos á causas que
no los producen, y estos regularmen-
tel ° s °np° r ignorar los principios.
No hay, pues, que titubear, pue-
blo sevillano: cuanto gastes, por
más que sean grandes los sacri fí-
elos, es poquísimo comparado con
*o que pierdes en cualquier media-
na inundación; y lo que inviertas
para evitarlas, pronto te será in-
demnizado superabundantemente.
Considera que sólo en la última ha
gastado eL Ayuntamiento, aparte
de los quebrantos y desastres que
experimentaron la propiedad , el co-
mercio y la industria, que ascien-
den á millones, la suma de treinta y
cineo mil duros. ¿Qué no hubiera po-
dido hacerse con ella, bien inverti-
da, para la defensadela ciudad? Y
después de todo, amados compatri-
cios, lograreis con vuestros actos
una cosa que aun tiene mas valor y
que os repetiré con el mismo sábio
ingeniero antes citado: al paso que
conelloslibrareis de tantos males á
vuestra, patria* ÓS llenarán de ho-
\ ñor y gloria enlos siglos venideros ,
perpetuando la memoria de los bien -
hechores que con tanioempeño troM-
quili zar on á sus conciudadanos de
los temores que hoy en el di a con
justo motivo agitan sus espíritus.
Sevilla 30 de Abril de 1877.
ÍNDICE
Próiogo. í
Co«iuni<’ario.
I. Introducción.
II. SIGLO XV.
Años i í' 3 .
« 1434 y 1433.
« 148o . •
III SIGLO XVI.
« 4507 .
« 1522 y 4523.
« 1514 .
« 1545 .
« 1554 .
« 1590 .
« 1592 y 1593.
« 1595 ..
« 1596 .
IV. SIGLO XVII
« 1603 .
< 1608 .
Pogs.
. VII
1
5
14
15
17
19
20
21
22
23
24
26
28
29
. 31
. 34
%0
— 63 i —
JíTí>í. Pégs.
a : 6!8 .... . 35
« 1026 .... 35
« 1833 .... . 8!
a 1612 . . ~~ , S2
« 1 6-49 . . 97
a 1684 ... . 109
« 1691 . . 138
1692 .... . 139
« •ií)97 ....
V. SIGLO XVIII.
. 141
« 17 r 7 y 17<'8.
173! ... . 143
« . 164
a 1736 .... . 166
« 1739 . . 169
« 174 » . . 171
a 1745 . . 172
« 1750 y 1 7o!
.
. 173
a 1752 . . 178
« 175* .... . 179
« 1777 y 1778. , 184
a 1783 y 1784. . 193
« 1786 . . 239
« 17.87 . . 243
« 1789 . . 246
a 1792 . . 248
« 1796 . , 255
a 1800 ...
VI. SIGLO XIX,
. 284
a 1802 y 1803. .
- . 293
« 1804 .... 296
a 1865 .... . 304
« 1806 .... . 313
63o —
Años. Págs.
€ 1310 y siguientes. . 315
« 1821 . . 329
« 1823 . 3 ¿'3
« 1*29 . . . . 32*
« 1830 . . 330
« 1831 . • . 334
a 18.-2 . . 337
<z J 834 • . id.
1838 . f id.
a 18 9 . • • - 347
« 3 8 i < y 1811. • 3 58
ce 1843 . . 352
« 1844 v 1845, • 3 6
a 1853“. , 360
« 1853 . . 366
« 1836 . . 373
« 18 8 . . 403
« 1860 . • 428
a 1 ; 61 v 1832. . 430
a 1863“. . ; 491
« 1866 . . 493
« 1867 . . 499
« 1869 1871 y 1872. . 514
« 1876 . . 517
* 1877 . . : . Sil
ílnrudiision. . 623