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Testimonios de la violencia de la Corte en el "Aula de cortesanos" y de la violencia de género en la "Farsa de la Costanza" por Cristóbal de Castillejo

Martínez Navarro, María del Rosario

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127 TESTIMONIOS DE LA VIOLENCIA DE LA CORTE EN EL AULA DE CORTESANOS Y DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN LA FARSA DE LA COSTANZA POR CRISTÓBAL DE CASTILLEJO María del Rosario Martínez Navarro [email protected] Universidad de Sevilla 1. Introducción En numerosos testimonios literarios del Siglo de Oro pertenecientes al subgénero de la sátira antiáulica y, dentro de ella, a la llamada literatura de la Corte como mare malorum (mar de males) y lugar de miserias, el ámbito cortesano aparece repetidamente como escenario de la faceta menos racional del hombre y como una especie de coto de caza donde los cortesanos compiten de manera enfermiza y llegan incluso a devorarse entre sí por el ansia compartida de un negro medrar. Periñán señaló que este tema de las miserias de palacio está relacionado con el topos medieval del de contemptu mundi, así como con el tema de la res aulica de los tratados humanísticos y «entronca a la vez con las preocupaciones reformatorias erasmistas que atacaban las falsedades, las violencias, lo irracional en el hombre» (1984: 262). Como ya hemos expuesto en anteriores ocasiones, entre sus representantes más significativos, es sobresaliente la contribución al tema por parte del humanista salmantino Cristóbal de Castillejo (Ciudad Rodrigo, ¿1490?-Viena, 1550), particularmente con su obra Aula de cortesanos (1547), el máximo exponente de esta tópica en su vasta producción. 128 En el presente artículo, además de trazar un panorama de algunas de las manifestaciones de la violencia en la Corte, su simbología y los distintos recursos retórico-estilísticos que utiliza Castillejo en el Aula de cortesanos, se pondrá en relación este diálogo con otras de sus sátiras como La fábula de Acteón y, por último, con su singular obra teatral la Farsa de la Costanza, pues en esta pieza se detecta un uso de un lenguaje irreverente que podríamos insertar dentro de los paradigmas actuales de la violencia sexista. Asimismo, se pondrán en evidencia las concomitancias con otros textos áureos que se insertan también en esa misma tópica y que abordan igualmente este tema. 2. La violencia áulica en la obra de Castillejo y otros testigos cortesanos Las expresiones de la competitividad y del canibalismo áulicos están mayormente presentes en el Aula de cortesanos, diálogo cargado de lugares comunes que resaltan el carácter negativo de la Corte, sobre todo referidos al motivo del «servir a señor» (Rodríguez Cacho, 1989: 481) y a las complejas relaciones entre reyes y servidores y entre estos últimos. Uno de los aspectos más llamativos para el tema que nos ocupa es el repetido asunto del interés y de las amistades de conveniencia entre los cortesanos del Aula. El personaje del magister Prudencio, a la hora de advertir a su sobrino Lucrecio sobre los peligros que entraña la Corte –lugar en el que pretende ingresar el joven–, recurre a metáforas, sentencias bíblicas, proverbios, conocidos refranes y otros elementos paremiológicos que pueden representar de forma gráfica y convincente su crítica. En este contexto, aparece, por ejemplo, el violento refrán de tirar la piedra y esconder la mano [hecho villano], para prevenir de aquellos cortesanos cobardes e hipócritas «que halagan por delante y 129 ofenden por detrás» (Correas, 1967: 500) buscando su provecho. La idea vuelve a repetirla en el v. 897 («y tiran piedras y callan»), pasaje al que nos referiremos más adelante. En una de las fuentes más directas del mirobrigense, el Misaulus sive Aula del alemán Ulrich von Hutten, aparece también recogida la misma idea de la doblez, la hipocresía y de las malas artes e intenciones en su sentencia original «altera manu, fert lapidem, panem ostentat altera» y de manera similar en la Biblia (Mt 7: 9), con el quiasmo pan/ piedra, por otra parte, referida también por Plauto en el acto II de la Aulularia (Stone, 2005: XI y 229). Junto a esta, claros contenidos violentos contiene la expresión desollar o despellejar en el sentido de «murmurar muy malamente de alguien» y «acerbamente» (DRAE), así como para definir situaciones figuradas y cruentas de tortura, sacrificio, vejaciones, crueldad, saña, envenenamiento y, por tanto, un marcado sadismo en forma de degollaciones y desuellos que llevan a cabo estos cortesanos convenidos y cotillas para lograr sus malignos objetivos, y con tal de sacar a otros cualquier información privilegiada que puedan usar en su contra para criticar y difamarles. Incluso se podría interpretar esta violencia hacia un animal, pues los cortesanos son entendidos como tales en repetidas ocasiones a lo largo del Aula. Así se expresa: Prudencio.—hasta que camino halla, si en hablar no sois discreto, de descoseros la malla y sacar algún secreto; y sacado, vos pensad que le avéis dado cuchillo con que os degüelle, y después de degollado, aun os abra y os dessuelle; mayormente 130 si del hazello se siente algún provecho cercano, no será más negligente en ganaros por la mano, y escondella después de averos con ella tirado la piedra y hecho todo el daño, estorvo y mella que puede en vuestro derecho y partido. (vv. 3383-3402, pp. 602-603)¹ En la Corte no hay más que manadas de lobos disfrazados de corderos que actúan siguiendo un malévolo papel aprendido por las exigencias de un guión de supervivencia, y, por ello, Prudencio advierte sobre las apariencias de la habitual máscara llevada por estos cortesanos interesados al asaltar a su rival adoptando tácticas propias de la venatus amoris, encubiertas y aderezadas por normas de cortesía y galantería y otros agasajos. Tres peligrosas vías son el reclamo preferido por estos cazadores furtivos y zalameros: los ojos y la boca para adular y el alma con la que disparar flechas emponzoñadas para enamorar a sus víctimas e impregnarles el corazón de falso «amor» o amistad. En los vv. 3927-3928 se reutiliza el motivo de las «saetadas / crüeles, enervoladas» para esos rumores y «malas informaciones» (v. 980) que los rivales agazapados a la caza y captura de los cortesanos hacen llegar a los reyes para perjudicar a aquellos que se interpongan en sus caminos y Prudencio.—que se tiran como flechas y enclavan los coraçones 1. Los textos siguen la edición de la Obra completa (Castillejo, 1998). 131 y sentidos de los más bien entendidos príncipes y recatados. (vv. 981-985, p. 539) La idea nos recuerda a la sentencia de los Salmos de «Solamente consultan para arrojarle de su grandeza. Aman la mentira. Con su boca bendicen, pero maldicen en su corazón. Selah» (Sal 62: 4): Prudencio.—publicarse el bien querer y encubrirse la malicia, componiendo alegre rostro, temiendo, con los ojos halagando, con la boca bendiziendo y con el alma tirando saetadas crüeles, enervoladas, desseando verse allí, las cabeças derribadas, uno a otro cabe sí con rancor. Mas mirad otro primor, que al principio aun avrá alguno que os muestre y tenga amor, y andando el tiempo, ninguno, aunque deis por ello quanto tenéis, y lo ayáis bien merecido; vos tampoco no ternéis amor a nadie cumplido ni de veras; (vv. 3920-3942, p. 617) 132 La dañina amoris vulnus se inflige también mediante un conseguido dominio de la retórica amorosa simulando esa sincera y afectuosa camaradería: Prudencio.—y el primor de hablarse con amor son armas con que se hieren, que a vezes los que mejor se hablan peor se quieren. (vv. 3427-3431, p. 604) Teniendo presente que Castillejo cita en los vv. 4007-4016 la epístola 32 (lib. I) de las Epístolas familiares de fray Antonio de Guevara, una de sus fuentes compositivas para los trabajos de la Corte, y que luego la reelabora y amplifica en los vv. 4057-4155 (Castillejo, 1958: 204; Beccaria, 1997: 500), podemos extraer cómo el libro primero de las Cartas, tal y como el autor las refiere (v. 4015), vuelve a estar nuevamente presente en los últimos versos del pasaje anterior: concretamente la 14 («Letra para don Enrique Enríquez, en la cual el autor le responde a muchas demandas graciosas»), de la que Castillejo comparte esa idea de Guevara de que «es de tal condición la Corte, que los que más se visitan peor se tratan, y los que mejor se hablan, peor se quieren» (Guevara, 1782: 77). Esta técnica de parodiar motivos tradicionales amorosos remite a otras composiciones antiáulicas de Castillejo donde, de la misma forma, imperan la violencia extrema y la voracidad de los cortesanos, ya que el protagonista convertido en ciervo y devorado por sus perros del célebre mito de Acteón es un cazador cazado y comido por sus propios servidores metamorfoseados en esa jauría en la versión del salmantino de La fábula de Acteón, en alusión a la perniciosa afición a la caza y a la ingratitud de su señor don Fernando. Este canibalismo salvaje del mito representaría, 133 en opinión de Periñán: «luchas intestinas de los altos cortesanos, tal y como se interpreta en la General Estoria» (Castillejo, 1999: 30-31)². Dado que esas seductoras miradas y todas las conversaciones están intoxicadas en el Aula, el personaje atestigua que para lograr sobrevivir en este selvático hábitat se debe desconfiar totalmente de aquellos que se acercan por simple interés. En su parlamento incluso recurre doblemente al polípote y al pleonasmo en los vv. 3962-3963 («verdad verdadera»), uno de los rasgos de estilo más característicos del autor: Prudencio.—más estudian qu’enriquecen en huir de inconveniente y mirar de quién se deven guardar, sabiendo aver enemigos con quien han de conversar, y que aquéllos son testigos avisados que andan dellos rodeados, y qu’el tiempo y seso apenas bastan para estar guardados de las maldades agenas; pues verdad, verdadera caridad, en pocos VI que cupiesse, salvo con necesidad o con polvo de interesse; de lo qual la causa más esencial es la falta de virtud. (vv. 3950-3969, pp. 617-618) 2. Para un análisis del texto en comparación con otros de Francisco de Quevedo, remito a Martínez, 2015. 134 En el texto tienen una fuerte presencia las metáforas de animales para representar el lado más irracional e instintivo de sus inquilinos, como aquella de los peces que, como en el ciclo de la vida, son devorados por sus depredadores. El Aula es, en este sentido, ese mare malorum infestado de grandes cetáceos («ballenas») que se alimentan de sus correspondientes pelágicos menores («sardinas»). Los versos descubren la existencia de «bancos» de pequeños servidores, entendidos como esas multitudes de aspirantes que acuden a la Corte y que, si no saben moverse dentro de ella, son cazados y aniquilados por aquellos más poderosos, favorecidos o, simplemente, avispados: Prudencio.—Pues mirados, demás desto, los estados de los que tras cortes guían, bien pueden ser comparados a los peces que se crían en las mares: tantos qüentos y millares, formas y suertes de gentes, d’estados particulares y entre sí tan diferentes, ay continas en la corte por vezinas, como están las mares llenas, desde muy chicas sardinas hasta muy grandes vallenas. (vv. 793-807, p. 534) A la deriva a la que van los cortesanos que naufragan por ese peligroso mare malorum se añaden diversos obstáculos meteorológicos que les impiden llegar a buen puerto y que traslucen, una vez más, la violencia y la brutalidad del espacio en el que viven. Así, fuertes 135 vientos como la ambición, la envidia o la maldad y otros vendavales, entre los que se encuentran el favor, la pobreza, la costumbre, el robo, la pompa, los excesos o la superfluidad, soplan constantemente entorno a estos desdichados, produciendo en sus vidas efectos devastadores, así como daños materiales e irreversibles en la figurada embarcación. Los signa naufragii también se determinan por la existencia de otros elementos perturbadores como peñas, rocas y escollos representados por la indignación, la ira, la saña y el disfavor del rey que se cruzan en la travesía cortesana, trastocando el rumbo del que allí entra, que acaba siendo uno más de esos «mil perdidos» (v. 928). De nuevo, aparecen ideas relacionadas con los ataques de bestias como aquellos «leones/ mordedores» de los vv. 892-893. La gran extensión del pasaje, con una amplia enumeratio dedicada a describir estos fenómenos naturales marinos y, con claras concomitancias con otros textos (De miseriis curialium, Misaulus, Menosprecio de corte y Alabanza de aldea, Crotalón…), determina la importancia que alcanza este tópico en el diálogo y en el conjunto de la obra del poeta mirobrigense: Prudencio.—y en la mar suelen los vientos soplar, dando pesar o plazer, y unas vezes ayudar y otras echar a perder; y éstos son, en las cortes, el ambición, favor, embidia, maldad, pobreza y uso ladrón, viciosa superfluidad, y otros tales nordestes y vendavales 142 animalizadas a estas y a otras mujeres –materializadas incluso en la propuesta de trueque que se plantea–, pero, especialmente, en aquellos momentos tensos y carnavalescos cargados de soeces, virulentas y obscenas palabras que la primera pareja intercambia en el acto inicial, acompañadas de amenazas y maltrato en escena, recurso propiamente farsesco (Hendrix, 1924: 95-102). Ambas partes se lanzan injurias e improperios relacionados con el campo semántico de la impotencia, la insatisfacción y la lujuria sexuales, la prostitución, la locura, la infidelidad, los achaques de la vejez, la escatología y el Diablo, junto a expresiones que encierran violencia emocional hacia la mujer: «¡Ya el diabro te arrebiente!» (v. 11), «que muerte de landre caias» (v. 176)4. Por poner otros ejemplos, en los vv. 60-62 Antón ultraja a su joven esposa con graves insultos como los de «puta», calientapollas («rabicallente»), «desoluta» y perra salida («cachonda»)5 o los de «lloca, currona, parlera» en el v. 131. Además, el marido desde el comienzo amenaza con agredir a su cónyuge si ella no se calla (y Gil con coger un palo en el v. 243 del acto segundo), paliza que llega a escenificarse, según el v. 135 («¡Toma, toma!»)6: Antón.—Si te calço una por(r)ada, quiçás te faré callar, doña mona. Eres una caballona // col. B que non sé quién te contente: en la cama deligente y en la façienda farona. (vv. 28-34, p. 88) 4. Las citas siguen la edición de la Farsa de la Costanza (Castillejo, 2012). 5. Véase Castillejo, 2012: 89, en nota 11. 6. Véase Castillejo, 2012: 92, en nota 29. 143 No falta tampoco la amenaza de muerte: Antón.—Anda, bate, són, juriadiós que te mate si otra bez te pujo ençima. (vv. 165-167, p. 93) De hecho, el viejo hasta tendrá declaradas intenciones de acabar con la vida de Marina, aunque el miedo a ser descubierto y ajusticiado le frene: Antón.—¿Qué faré? Soncas, si la mataré de noche estando dormida, que no le dando ferida no abrá quien sepa quién fue. Dios en ajotorio entiende, tal tentación no me caya, qu’el diabro que lo ensaya después lo descubre y bende por malliçia, riedro baia tal codiçia, tal antoxo d’esta bez en poder de la jostiçia (…) o en la ygresa. (vv. 220-235, p. 96) 3. Conclusiones A la Corte se acude por esa ambición casi patológica de ascender, pero en ese duro camino del medro los cortesanos se encuentran atrapados entre otros competidores más feroces y «hambrientos» (v. 3556). 144 Castillejo y los autores aquí seleccionados nos dan excelentes muestras de esa otra cara del día a día de las cortes y de los negocios que allí se cuecen, con una perspectiva personal desengañada, fruto de su propia experiencia por la propia función que desempeñaron en ellas. Bajo ese halo idealizado y positivo de la Corte late otra triste y escalofriante realidad, en mayor o menor medida veraz, junto a otra, por desgracia, de vigente actualidad como es la de la violencia de género, que han quedado plasmadas en magistrales textos teñidos de modernidad. Referencias bibliográficas Beccaria Lago, María Dolores (1997): Vida y obra de Cristóbal de Castillejo, Madrid, Anejos del Boletín de la Real Academia Española, Anejo LV. Castillejo, Cristóbal de (1958): Obras, ed. J. 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