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Fenicios en el Atlántico. Excavaciones españolas en Lixus: los conjuntos "C. Montalbán" y "Cata Basílica"

Belén Deamos, María; Escacena Carrasco, José Luis; Rodero Riaza, Alicia; López Roa, Carmen

Abstract

Este trabajo aborda el estudio de u nconjunto de materiales arqueológicos procedentes de antiguas excavaciones españolas en Lixus, hoy depositado en el museo de Tetúan. Se trata en gran parte de cerámicas fenicias de barniz rojo, pero también de otros vasos a mano o a torno. El conjunto supone una evidencia más de la ocupación dela colonia en época arcaica, y sugiere estrechos vínculos entre el norte de Africa y el mundo tartésico de Andalucía Occidental.

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Complutun> Extra, 6(I), 1996: 339-357 FENICIOS EN EL ATLÁNTICO EXCAVACIONES ESPAÑOLAS EN LIXUS: LOS CONJUNTOS «C. MONTALBÁN» Y «CATA BASILICA» Maria Belé,,, José Luis Escacena, Carmen López Roa, Al/cia Roderot * RESUMEN.- Este trabajo aborda eí estudio de un conjunto de materiales arqueológicos procedentes de anti - guas excavaciones españolas en LLn¡s. hoy depositado en el Museo de Tetuán. Se trata cuz gran parte de cerá - micas fenicias de barniz rojo, pero también de otros vasos a n,ano o a torno. El conjunto supone una evideuzcia más de la ocupación de la colonia en época arcaica, .í sugiere estrechos vínculos entre el Norte de Africa y el »umdo ¡arzésico de Andalucia occidental. ABSIRAC’T.- This paper discusses tIte studv of a group of archaeologi cal material that proceedsfronz tite for - ¡ner spanish excavations at Lixus, depositecí z¡ow it; the Museum of Tetuan. Consisting níainlv of phoenician red glaze potterv. it includes also other haudmade or wheelmade vessels. Tbk group supposes more evidence for a?: ancicuz: ocupotion of this colonv, aud suggests clase hes betiveeu, Norfiz Africa and Tartessic culture of ¡Fésten¡ Andalucia. l’,uÁag4s ~‘~ív: Colonización fenicia. Cultura tanésica. Edad del Hierro, Ceranuca. ¡Cm’ WQRDS: Pizoenician colonizotion, Tartessic culture, Iran Age, Potteuy. El Programa cíe Cooperación Hispano-Ma - rroqui en Materia de Arqueología ~v Patrimonio2, que dirigía Manuel Fernández-Miranda, incitíía la incor - poración de un equipo español a las excayaciones de Lixus, el más antiguo de los asentamientos fenicios en el extremo Occidente de acuerdo con la tradición (Plinio. AY! XIX. 63) (flg. 1>. Pero antes debía hacer- ¡ os ,se¡’t:,¡nieutos tWiicios tuis totiotios en el \Iediten:irteo occidental. (Adaptación de Ni emeyer 1992: tig. 1). * Dcparttttnento de Prehistoria y Arqueología. Facultad de s/n. 41004 Scvillu. se la documentación gráfica yel estudio de los mate - riales que se conservan de los trabajos realizados por Tarradelí en dicho yacimiento entre 1948 y 1959, no sólo como homenaje y reconocimiento a su labor, si - no también como la forma más adecuada de introdu - cirse en el análisis interno del yacimiento previo a cualquier inlervención de campo. La información que hoy poseemos sobre la presencia fenicia en el ex - tremo occidente, permite una revalorización de esos materiales representativos de la etapa más antigua del asentatuiento colonial. Durante tres semanas entre los meses de Septiembre y Octubre de 1992, Manolo y nosotros ¡n - ventarianios en e] Museo de Tetuán un tota] de 660 fragmentos y dibujamos buen número de ellos3. La mayor parte del material procede de la ampliación que en 1957 se hizo en la “Cata del Algarrobo” (Ta - rradell 1960a: 147), pero hay también conjuntos más pequeños recuperados en distintos sondeos. De ellos llamó nuestra atención, por las características de las cerámicas que lo componian, el etiquetadocomo “C. Montalbán”: de él tratan principalmente estas notas. Ceograña e Historia. Universidad de Sevilla. Maria de Padilla, 340 MARÍA BELÉN, JOSÉ LUIS ESCACENA, CARMEN LÓPEZ ROA Y ALICIA RODERO Hg. 2.- PIano general dc t.,i~us: Sectores de las ~casas prenomalias’ (i) y “basílica” (2). (Adaptación deL¡xus 1992: i47). 1. EL CONJUNTO “C. MONTALBÁN” Con la referencia ‘C. Montalbán, 1958’” fi - gura un lote de cerámicas separadas en tres grupos, con indicación de los estratos y de la profitndidad a que se hallaron: Estrato 3: 0,50-0,80 m; Estrato 4, capa 2:0,80-1,20 m; Estrato 5:1,00-1,20 m5. César Montalbán, cuyo nombre aparece en las sencillas etiquetas que identifican estos materia - les, fue encargado oficialutente en 1924 por la Junta Superior de MonumentosHistóricos y Artísticos de las excavaciones en el territorio del Protectorado Español en Marmecos, y cesado en 1937 como resulta - do del dictamen emitido por la Comisión Depuradora de Funcionarios Civiles. Entre 1940 y 1945 fite Di - rector de tas Excavaciones de laRegión Occidental, y Arqueólogo de la Zona Internacional de Tánger, en - tre 1947 y 19596. Dc los trabajos realizados en Lixus a partir de 1923 (Quintero 1941: 30), con más entu - siasmo y buena voluntad que rigor cientifico (Tarra - dell 1949: 80-8 1), el autor entregó a la Alta Comisa - ria de la República de España en Marruecos una Me - moria cuyo original mecanografiado: “Estudios y ex - cavaciones realizados sobre la ciudad de Lixus”, se conserva en la biblioteca del Museo de Tetuán’. FENICIOS EN EL ATLANTICO. EXCAVACIONES ESPAÑOLAS EN LIXIJS 341 Los materiales que presentamos proceden sin duda de alguno de los sondeos realizados por Ta - rradellt, aunque no mencionaninguno con este nom - bre (Tarradelí 1960a: 140-155). Algunos datos nos llevaron a pensar que la “Cata de la Basílica” y la “C. Montalbán” pudieron haber sido denominaciones distintas del mismo sondeo. Durante los meses de abril y mayo de 1924~, C. Montalbán exeavó en la parte alta de la ciudad un edificio que interpretó co - mo una basílica romana construida sobre los restos de un templo fenicio (Quintero 1941: 32-33) hecho con bloques ciclópeostt (cf LenQir 1992: 286). Tarra - dell desescombró este edificio durante sus primeros años como director del Servicio de Arqueología del Protectorado (fig. 2:2); allí encontró una placa de mármol con representación de una esfinge alada (Ta - rradell 1950: 56, 1952). “En la parte Este de la posi - ble basílica pagana, a unos 10 metros de un muro de grandes bloques”, abrió una cata de 6x4 metros, que llamó “Cata de la Basílica”. En ella, señala: “Como el terreno forma un pequeño llano, no ha habido acarreo posterior de tierras en can - tidad importante, de modo que contrariamente a lo visto en sondeos anteriores, se dió a muy poca profundidad con los niveles primitt vos. Casi a ras de tierra un muro basto, al pare - cer mnuv tardío, atraviesa el sondeo en sentido transversaL Bajo él, a medio metro del nivel ac - tual del suelo, empezaron a aparecer con gran abundancia fragmentos de cerámica de barniz rojo, de manera exclusiva. Respecto a tipos yfor - mas poco puede decirse dado su troceamiento, pero la abundancia de bordes permite apreciar que en su mayoría pertenecen a las formas ay b. Ello parece indicar que estamos en una zona que se hab itó intensamente en la época más antigua de Lixus. La arcilla virgen aparece a 1,20 m. de pro - jfrndidad”(Tarradelí 1960a: 153). El hecho de que Montalbán hubiera excava - do con anterioridad las estructuras citadas, podría ex - plicar que en algún momento se identifleara con su nombre el sondeo allí realizado, cambiándolo, des - pués, por el menos equivoco de “Cata Basílica”. A este hecho se añadía la perfecta coincidencia entre las medidas de profundidad de los estratos 3 y 5, y las que el autor da para los dos únicos datos que re - salta de esta intervención: el hallazgo de cerámicas de engobe rojo en cantidad importante a partir de 0,50 metros de la superficie y el final del depósito ar - qucológico a 1,20 metros. Por otra parte, de esta Cata Basilica” no hemos encontrado en cl Museo de Tetuán más que trece fragmentos con una etiqueta que indica “Nivel fondo”, de modo que supusimos que este pequeño lote de materiales hallados en la ca - pa que estaba en contacto con el terreno natural. completada el registro cerámico de esos “niveles prí - m¡tivos” documentados en el sondeo, que serían los estratos 3, 4 y 5 de la “C. Montalbán”. La preocupa - ción de Tarradelí por hallar los vestigios del hori - zonte fundacional de Lixus, podría explicar que hu - biera aislado cuidadosamente esos fragmentos del resto, como también hizo en la Cata del Algarrobo, que excavó con idéntico método, esto es, por estratos artificiales de 200 30 cmstl. Sin embargo nos parece que otros datos contradicen esta hipótesis. Por una parte, aunque Tarradelí (1960a: 153) no lo precisa, debió realizar el sondeo de la ba - silica en el mismo año de 1950 y, en todo caso, antes de 1954t2 Por otra, en el informe de actividades de la campaña de 1958, que es el año que figura en las eti - quetas del conjunto ~SC. Montalbán”. el investigador alude a un sondeo que realizó en el sector de las ca - sas prerromanas situadas entre el foro y la muralla oeste (ftg. 2:1), en una cámara “que había sido ya vaciada por Montalbán” en 1930, con un escueto co - mentario: debajo de los fundamentos de estas ca - sas existe un potente nivel (sin restos de construcción en la zona sondeada), que dió materia - les de época fenicio-púnica, en especial cerámica de barniz rojo. Ello nos indica que este sector fue habitado probableznente desde el siglo IV a. J.C., o quizá desde antes” (Tarradelí 1958a: 372 y 375). La coincidencia de fechas y el hecho de que también existan razones para dar el nombre de Mon - talbán a este sondeo, nos han llevado, finalmente, a identificar ci conjunto de materiales de que tratamos con los recuperados en esta última intervención reali - zada por Tarradelí poco antes de dejar Lixus. Parece extraño que los dos sondeos en cuestión —“C. Mon - talbán” y “Cata Basilica”— pudieran tener idéntica secuencia. de modo que en ambos se hallaran a igual profundidad las primeras cerámicas fenicias y el sue - lo virgen, pero tampoco tenemos constancia de que pueda haberse producido error en la transmisión de los datos de una y otra excavación. Como observare - mos más adelante, hemos comprobado la presencia de fragmentos de un mismo vaso en los distintos es - tratos, quizá esto hizo pensar a Tarradelí que las ca - pas que artificialmente había diferenciado durante el trabajo de campo, formaban parte de un único nivel, como indica en el informe reseñado más arriba. En cualquier caso, nos ha parecido oportuno incluir tam - bién en estas notas una referencia a la cerámica de la tan aludida “Cata Basílica”. 342 MARÍA BELÉN, JOSÉ LUIS ESCACENA. CARMEN LÓPEZ ROA Y ALICIA RODERO 2. LA CERÁMICA DE LA “C. MONTALBÁN” (Figs. 3-8) El conjunto que estudiamos consta de 127 fragmentos que se distribuyen por estratos de la si - guiente forma: Estrato 3 Mano 9 Tomo Total 36 45 % M 20 % T 80 5 5 21 18 19 40 24 42 52,5 42,85 47,5 57.15 TOTAL 48 79 127 37,8 62,2 La que se nos ha conservado constituye una muestra seleccionada de los materiales proporciona - dos por el sondeo, de la cual se excluyeron, al menos, los fragmentos atipicos, de modo que cualquier con - clusión debe tener en cuenta este hecho. Además. la indicación “capa 2” en las etiquetas del estrato 4. pennite suponer la existencia de materiales de una capa 1 no localizados por nosotros, aunque podría ser —y ésta es nuestra impresión— que esas dos capas acabaran designándose como estratos diferentes, esto es. 4 y 5, de 20 cms de potencia cada uno; la etiqueta del estrato 4 (vid. supra). sin embargo, no se modifi - có, por eso la potencia que en ella figura abarca tam - bién la del estrato 5. Como explicaremos más ade - lante, sospechamos que al final, por error, pudieron etiquetarse como estrato 5 los materiales hallados en la capa 1 del estrato 4 de origen. La distorsión que se aprecia en La evolución de los porcentajes de cerámi - ca a tomo y a mano de ambos estratos, es uno de los muchos rasgos anómalos que nos han llevado a tal suposición. 21. La cerámica a mano La cerámica a mano de este conjunto está representada por un lote relativamente monótono, que muestra estrechas semejanzas con la alfarería que en el Sur de la Peninsula Ibérica aparece en los contextos cronológicos y culturales que acompañan a la colonización fenicia arcaica. Los testimonios más recientes aparecen en el estrato 3, en el que abundan los cuencos en forma de casquete esférico de superficies bruñidas y borde engrosado (n.0 1, 3 y 5). Junto a ellos se encuentran platos de fondo plano (n.0 7), que pueden llevar a ve - ces la huella en la parte exterior de haber sido fabri - cados sobre plataformas de trenzado vegetal (ni’ 9). Otros fragmentos formaron parte de recipientes ce - rrados (n.0 2, 4, 6 y 8). Entre los tipos más cuidados destaca un vasito bruñido de perfil en 5. De todos estos testimonios de cerámica a mano, sólo el ni’ 4 lle - va pintura roja. afectando ésta exclusivamente a la superficieexterna yal borde. Tal vez por su mayor antiguedad, el estrato 4 presenta un conjunto más numeroso de fragmentos de cerámica a mano. En cualquier caso, el repertorio de formas y variedades es muy parecido al señalado para el nivel 3. si bien haytipos no presentes con an - terioridad. Así, a los cuencos hemiesféricos —sean o no de borde engrosado (n.0 43-44 y 50-51)— y a los vasos de cuello más o menos acampanado (u.0 46- 49), hay que sumar los cuencoscarenados (nY 54 y 56, y tal vez. 52) y los recipientes cerrados con gollete (ni’ 57-60). Estas dos últimas variedades muestran ejemplares de superficies relativamente toscas que re - cibieron decoración incisa y/o impresa (n.0 56 y 57). y a un caso se le soidó un pequeño mamelón sobre el hombro (u0 59). También en esta capa, como en la anterior, hay una vasija con pintura en el exterior y sobre el borde (ni’ 53), además de un plato tosco de fondo plano, ahora con orificos en su base que no lle - gan a perforaría del todo (n.0 45). En relación con la cerámica a mano, debe señalarse. por último, la presencia en el estrato 5, el más antiguo, de un cuenco hemiesférico (nY 83). así como de un pequeño vasito bruñido con silueta de tendencia bicónica (n.0 89), formas no constatadas en los niveles más altos. Por lo dcmás. casi todos los materiales tienen ya representantes en los conjuntos dc las capas 3 y 4. Se trata de vasos de superficies ru - gosas con o sin decoración (n.0 9 1-97), de cuencos de borde engrosado (n.0 85), de vasitos a mano pintados de rojo (n.0 86) y de cazuelas carenadas (n.0 90). De especial mención, por su rareza, es una posible tapa - dera de cerámica a mano sobre la que se aplicó una capa bruñida de engobe rojo, y que constaba de una escotadura en el borde por donde introducir tal vez el mango de un cazo o cucharón (n.0 81). Todos estos materiales a mano presentan, como ya hemos indicado, unos estrechos paralelis - mos con los repertorios formales de la alfareria tarté - sica, o con piezas asociadas a cerámicas fenicias en contextos coloniales de las costas mediterráneas es - pañolas. De ahí que estos dos conjuntos hispanos constituyan los mejores marcos de referencia para el estudio tipológico y cronológico de nuestra documen - tación. De otro lado, como no aportaremos nada nue - yo al conocimiento de la época arcaica de Lixus con el estudio exhaustivo de tales testimonios, nuestro análisis se centrará en aquellas muestras que ofrez - can alguna peculiaridad, sea de orden cronológico o de otro tipo. Podría sugeriruna fecha relativamentevieja para el estrato 5 la presencia del vasito de tendencia FENICIOS EN EL ATLÁNTICO. EXCAVACIONES ESPAÑOLAS EN LIXIJS 343 .1•1 la r 4 o lo 4- ji lo lo y ) 1 o S5 II JI 20 21 Hg. 3.- Lixus. ‘C. Montalbán, 1958”. Estrato 3. 344 MARÍA BELÉN, JOSÉ LUIS ESCACENA, CARMEN LÓPEZ ROA Y ALICIA RODERO 23 28 24 26 26 1~ 34 32 38 a 30 29 39 o 42 22 32 30 49 Fig. 4.- lixus. “C. Montall,án. 1955. Estrato 3. FENICIOS EN EL ATLÁNTICO. EXCAVACIONES ESPAÑOLAS EN LIXUS 345 bicónica n.0 89, porque estos recipientes se han teni - do en el ámbito tartésico como característicos del Bronce Final prefenicio. De hecho, la verticalidad de sus paredes ha sido considerada índice de antigúe - dad, en la idea de que esa tendencia supondría una herencia de las viejas tulipas del Bronce Medio (Pe - llicer 1987-88: 466). Pero muchos ~‘acimentos del Bajo Guadalquivir y de áreas adyacentes han demos - trado la imposibilidad de generalizar esta caracterís - tica, siendo especialmente el entorno de la Bahía de Cádiz. tan íntimamente relacionado con la coloniza - ción fenicia hacia el Atlántico, una de las comarcas donde dicha peculiaridad menos se cumple. Así, no necesariamente tendríamos que dar por arcaico den - tro de la serie conocida este ejemplarde Lixus. En cambio, responden a siluetas de cronolo - gía claramente colonial los cuencos carenados de su - perftcies bruñidas n.0 54 y 90. que cabrían perfecta - mente entre los siglos VIII y VI a.C. A la misma fe - cha podrían atribuirse los vasos a mano pintados (n.0 4, 53 y 86). Según la hipótesis más admitida, éstos constituirían en el Sur de la Península lb¿rica una herencia de la cerámica a la almagra prehistórica (Buero 1987-88: SOL)). Pero son tan poco abundantes los eslabones que enlazarían ambas series durante cl Calcolítico y el Bronce Pleno, que podría sostenerse también la posibilidad de hallarnos ante la imitación del barniz rojo fenicio por alfareros occidentales en sus productos fabricados a mano. No cabe duda, por otra parte. de que se trata de una tradición distinta a la que produjo la típica cerámica pintada con motivos geométricos de El Caramboloo de Huelva. Supone un indicador cronológico relativa - mente bueno la urna de cuerpo rugoso y cuello acam - panado de amplio desarrollo, una forma a la que po - drían pertenecer los fondos nY 8,61,62,96 y 97. Di - chos recipientes se han tenido a veces por copia de los vasos á chardon fenicios (Pellicer 1968: 66), y por tanto de la rase orientalizante de la cultura tartC sica. En cualquier caso, sin necesidad de admitir esta imitación, su cronología colonial ha sido la más sos - tenida (Aubet 1989: 302; Pellicer 1987-88: 466, 1989: 175; Ruíz Mata y Pérez ¡989: 291). También a esta primera Edad del Hierro de - ben de corresponder las ollas de cocina, en cerámica tosca, que llevan mamelones sobre el hombro, así co - mo las decoradas con líneas incisas inclinadas o digi - taciones impresas (n.0 57. 92 y 94). Sistematizadas en parte recientemente, nuestro fragmento digitado pertenece al motivo IX de Ladrón de Guevara, fecha - do por dicha autora entre fines del siglo VIII y co - mienzos del VI a.C. (Ladrón de Guevara 1994: 228 y 335). Los datos que poseemos hoy de las colonias fenicias del Sur de la Peíiínsula Ibérica deínuestran que este tipo de cerámica convi~’ió con los productos a torno orientales, fuesen o no de barniz rojo. De ahí que discrepemos de la propuesta según la cual refle - jarían la existencia en Lixus de un horizonte preco - lonial (Bokbot y Onrubia-Pintado 1992: 20). Una cuestión es que tales vasijas usadas en los ambientes fenicios se inspiraran en el repertorio indígena de uso culinario, muy parecido a ambos lados del Estre - cho de Gibraltar, yotra muy distinta que demuestren necesariamente ocupaciones anteriores a la expan - sión fenicia. Los platos de fondo plano en cerámica tosca (n.0 7, 9 y 45) tienen paralelos en las colonias coste - ras malagueñas (Schubart 1985: fig. 12), donde se ha señalado la vinculación de la variedad que lleva agu - jerillos en la base a los trabajos metalúrgicos, eíi los que serían hipotéticamente usados para la fabricación de lingotes (Schubart 1985: 162). En algún caso, su fabricación sobre un trozo de estera o superficie de trenzado vegetal (n.0 9) delata una técnica que, si bien tiene en el Mediterráneo oriental raíces prehis - tóricas muy viejas (Theocharis 1973: fig. 122), se usó con relativa frecuencia por los alfareros tartésicos. Así, en el área gaditana se han localizado en Asido (Escacena y (Escacena y testimonios Santiponce otros 1988: metalúrgico (Ruiz Mata otros, e.p.: fig. 6:28) y en el Berrueco otros 1984: fig. 70), mientras que otros proceden del Cerro de las Cabezas de (Sevilla) (Domínguez de la Concha y láms. LII:671 y LIX:791) y del poblado de San Bartolomé de Almonte (Huelva) y Fernández Jurado 1986: láms. LXII: 840, CV: 1336 y 1345). La cronología de tales testi - monios andaluces, coincidente con la obtenida en otros sitios del Sureste español donde se han rescata - do documentos parecidos (Poyato 1976-78: 540. fig. 6, n.0 41 y fig. 7,D). sugiere una especial vigencia de dicha técnica en los siglos VIII y VII a.C.3 Por último, debemos señalar que la existen - cia de tapaderas con agujeros (n.0 81) está constatada en Tiro (Bikai 1978: lám. X:3, 5 y 6), si bien se trata en ese caso de perforaciones circulares situadas a la mitad del cuerpo, y no de escotaduras en el borde, por loque su función pudo ser en parte distinta. 2.2. La cerámica a torno 2.2.1. Cerámica dc engobe rojo Es con diferencia la más abundante de las distintas clases de cerámica a torno: 21 fragmentos en el estrato 3. 16 en el 4 y 19 en cl 5. que represen - tan, respectivamente, algo más del 58%, 84% y 79% del total de la cerámica torneada que se halló en cada uno de ellos y el 70% con relación al lote de frag - mentos a torno de todo el sondeo. 346 MARÍA BELÉN, JOSÉ LUIS ESCACENA, CARMEN LÓPEZ ROA Y ALICIA RODERO 40 NT 00 SI LI Mt’ 04 5. 5. 43 uf 44 37 y 4? ‘‘4. 49 n 52 e a j SS r 1 y A 59 00 02 Fig. 5.- Lixus, “C. Montalbán, ¡958”. Estrato 4, capa 2. FENICIOS EN EL ATLÁNTICO. EXCAVACIONES ESPAÑOLAS EN LIXUS Los platos son la forma más frecuente. Pre - sentan pastas bien depuradas, de color rojo claro o anaranjado, en muchos casos con núcleo grisáceo, y desgrasante micáceo mus’ fino. Tienen las superficies espatuladas y cubiertas de engobe de buena calidad, con más frecuencia rojo (Munselí laR 418, 5/6 y 5/8) que marrón rojizo (Munselí 2.SYR 4/6,4/8 y 5/6). Generalmente el engobe cubre toda la cara interna y la parte superior de la externa, pero algunas piezas sólo tienen por el interior. Los especialistas conside - ran que la anchura del borde de los platos puede ayu - dar a fechar el contexto arqueológico en que se en - cuentran, pero también están de acuerdo en que hay que tener en cuenta la relación que guarda este ele - mento con el diámetro total de las piezas, de ahí que hayamos 4 to recogido ambos datos en el cuadro adjun - Estrato N.0 Diámetro Borde Relación D/B 22 260 37 7,02 25 240 33 7,27 26 250 34 7,35 67 220 20 II 68 280 25 11,2 69 280 34 8,23 70 300 25 [2 71 161 [4 11,5 107 250 25 10 lOS 250 33 7,57 109 270 27 lO líO 280 25 11,2 III 290 34 8,52 En él se observa con claridad que los bordes son más anchos en las piezas del estrato 3. En térint - nos absolutos, han desaparecido los de anchura infe - rior a 33 mm, pero en relación con el tamaño de las piezas, estos bordes son también sensiblemente más anchos que los de su misma dimensión en los estra - tos 4 y 5. Debemos señalar, aunque contituya una ex - cepeión, que el fragmento n.0 29 hallado en este es - trato superior tiene más de 53 mm de ancho. En los niveles inferiores no encontramos bordes de más de 34 mm, y los que sobrepasan los 30 representan me - nos de un tercio del total. Curiosamente, los bordes más estrechos, en términos absolutos y relativos, es - tán en el estrato intermedio. En conjunto los platos de “C. Montalbán” y más exactamente los de los estratos inferiores, pue - den compararse con los de los horizontes más anti - guos de los asentamientos fenicios del litoral anda - litz, con Chorreras. Mezquitilla yToscanos (Aubet, Maass-Lindemann ySchubart 1979: 106 y fig. 3; Schubarl y Maass-Lindemann 1984: 106), y, sobre todo, con los del poblado del Castillo de Qa Blanca que hasta fines del VIII a.C. no sobrepasan los 35 mm de ancho (Ruiz Mata 1993: 49). como ocurre también en Huelva (Rufete 1989: 384) y en los estra - tos inferiores del nivel y de la Cata del Algarrobo (Habibí 1992: 151). el más difundido de los sondeos que Tarradelí hizo en Lixus. Los que superan los 50 mm de anchura, son característicos del siglo VII a. C. en UY Blanca (Ruiz Mata 1993: 49), Toscanos (Schubart y Maass-Lindemann 1984: 106) y Huelva (Rufete 1988-89: 386). Desde el punto de vista técni - co, las piezas que estudiamos presentan estrechas analogías con los del citado yacimiento de D.a Blanca donde asimismo el engobe cubre no sólo el interior, sino también la zona del borde por el exterior, hecho poco frecuente en los platos de las colonias de Mála - ga (Ruiz Mata 1993: 49). Los cuencos carenados con pequeño rebor - de exvasado (n.a 23, 24, 33, 73 y 112) son menos abundantes que los platos y de menor tamaño, pues el mayor de ellos tiene 22.5 cms de diámetro. Presen - tan pastas depuradas de color rojizo con núcleo gris y desgrasante micáceo muy fino. Engobe de color rojo con diversos matices <Munselí IOR: 4/6, 4/8. 5/6 y 5/8) cubre la cara interna y la mitad superior de la externa, salvo en la pieza n.0 112, que sólo tiene por dentro. Esta forma se ha fabricado indistintamente como vajilla de mesa o como cuenco para quemaper - fumes, si bien estos últimos no suelen tener barniz interior (Ruiz Mata 1993: 52; Rufete 1989: 382). Es - tán documentados durante el siglo VIII a.C., por ci - tar algunos ejemplos, en Mezquitilla (Schubart 1985: 153 y fig. 5:b,d) y en D3 Blanca, donde, como en Li - xus, el engobe se aplica en las dos caras (Ruiz Mata 1993: 49 y fig. 7:6 y 7). En Huelva en cambio, sólo están representados a partir del siglo VII a.C. (Rufe - te 1989: 386 y fig. 7:8). Al parecer, el tamaño de las piezas puede tener significación cronológica (Ruíz Mata 1993:49 y 56). En el estrato 5 hemos documentado también otras formas abiertas (nY’ 103-106. 113 y 114). Los cuencos de paredes carenadas y borde simple (n.0 103). con distintas variantes sc conocen en los asen - tamientos fenicios malagueños desde fines del siglo VIII a.C. (Schubart y Maass-Líndemann ¡984: 86 y fig. 4: 125-135), pero en U.3 Blanca son característi - cos de los niveles del VII a.C. (Ruiz Mata 1986: fig. 5:7). Otro tanto ocurre con los cuencos de borde sim - píe exvasado, bien diferenciados de la pared (n.0 114) (Ruiz Mata 1993: fig. 10:5; Rufete 1989: 394). 347 354 MARÍA BELÉN, JOSÉ LUIS ESCACENA, CARMEN LÓPEZ ROA Y ALICIA RODERO anomalías que observamos en la composición de la cerámica de estos dos niveles. De acuerdo con la evo - lución que se admite para los platos de barniz rojo, habria que asignar al estrato 4. que tiene platos de borde más estrecho, fechas más antiguas que al 5. A ésto se añade que la representación porcentual de las distintas clases cerámicas en el estrato 4, rompe la lí - nea evolutiva que cabria esperar desde los niveles in - feriores a los superiores (vid supra). Estos hechos y las incoherencias de los datos reseñados en las eti - quetas, nos han llevado a sospechar que durante la excavación se distinguieron dos capas en el estrato 4, que, posteriormente, se numeraron como estratos di - ferentes: 4 y 5. Al ordenar los materiales, pudo pro - ducirse una confusión en la asignación de las etique - tas de estos niveles, de modo que, en realidad, las ce - rámicas recuperadas en la capa inferior serian las signadas como estrato 4 capa 2. Estas tendrian que haberse etiquetado como estrato 5 y no las de la capa 1, como intuimos que se hizo, aunque nunca podre - mos estar seguros. En cuanto al estrato 3 parece con claridad más reciente que los dos infrapuestos. Los platos con borde superior a los 50 mm de ancho, que aquí están representados por un único ejemplar, no están docu - mentados antes del siglo VII a.C. Por otra parte, las producciones de ánforas etruscas, a cuya familia creemos que pertenece el borde nY 15, no tienen da - taciones precisas; aunque generalmente se fechan a lo largo del siglo VI (Gras 1985: 329-330), podrian iniciarse en el VII a.C. (cf Jodin 1966: fig. 30) dado que los prototipos fenicios que las inspiran se cono - cen va en el Lacio hacia el 700 a.C. (Gras 1985: 310 y fig. 44). La presencia de fragmentos de un mismo “aso en los tres niveles puede estar relacionada con factores deposicionales o postdeposicionales que des - conocemos y que, por lo tanto, no podemos explicar. Las cerámicas de la “C. Montalbán”. junto con las que Tarradelí recuperó en los niveles inferio - res del sondeo de El Algarrobo, constituyen por aho - ra el testimonio material más antiguo sobre la pre - sencia de fenicios en la costa atlántica de Marruecos. Aunque las fechas del siglo VIII a.C.. sobre todo de la segunda mitad, que asignamos a los restos cerámi - cos (cf también: Habibi 1992: 151; López Pardo 1992: 90). hacen más antiguo el primer horizonte po - blacional de Lixus de lo que acabó suponiendo Tanadell (1960b: 252), quedan todavía a mucha distancia de los años de la fundación legendaria. Este mismo investigador (1958b: 87-88) y otros más reciente - mente (Gras 1992: 29), han intentado explicar la ina - decuación entre las tradiciones escritas y la docu - mentación arqueológica. Sin terciar en esta discu - sión. no quisiéramos terminar sin comentar un tema colateral, como es el de si la cerámica a mano puede o no ser indicativa de la existencia en Lixus de un horizonte indígena anterior a la presencia fenicia (Bokbot y Onrubia-Pintado 1992: 20-21). En el caso que hemos estudiado, la coexis - tencia en los mismos estratos de cerámica fenicia a torno y de vasijas elaboradas a mano según las tradi - ciones indigenas, impide atribuir distinta datación a uno y otro gmpo. Los productos fabricados a mano fueron de uso frecuente en las colonias fenicias occi - dentales hispanas y norteafricanas. sin que ello sea indicio necesario de una presencia de población local no fenicia en las nuevas fundaciones (cf Schubart 1986: 78), y mucho menos de una ocupación obliga - da del lugar por esos supuestos grupos autóctonos con anterioridad a la llegada de las primeras comun¡ - dades semitas. No obstante, precisamente los alrede - dores de Lixus han proporcionado otros documentos que hablan con relativa claridad de que esos puntos de comercio constituyeron la residencia de poblacio - nes mixtas. De la ría de Larache procede una espada de tipo atlántico que Ruiz-Gálvez (1983) ha relacio - nado con un intercambio de mercancías y de ideas a lo largo de todo el frente oceánico europeo. Dicho testimonio podría ser indicio sólo de unas relaciones comerciales si no fuera porque el propio acto que hi - zo que el arma se arrojara al estuario del Loukos es una evidencia suficiente de la presencia en la desem - bocadura del río de individuos o de gntpos que prac - ticaban dicho rito y que participaban del cuerpo de creencias que lo sostenía. Así, como otros muchos enclaves coloniales de Occidente. Lixus pudo alber - gar una comunidad multiétnica en la que desde luego debió tener primacía la fenicia. Todos los datos que hemos analizado, y otros muchos recogidos por diversos autores, apuntan en fin a tomar en consideración los fitertes vínculos de Lixusv de su entorno colonial con el ámbito tarté - sico. Estas conexiones se observan en los conjuntos cerámicos de las producciones fenicias de barniz ro - jo. que relacionan dichas comarcas tingitanas con el círculo de Gadir, pero también en la propia tipología de algunas cerámicas a mano, cuyos paralelos más estrechos conducen al mediodia ibérico. Se trata, en definitiva, de una vinculación que ya en época de la colonización fenicia arcaica tenía carácter milenario y que venia impuesta de alguna forma por las cir - cunstancias geográficas de esta zona del Atlántico, toda vez que los hallazgos de cerámica campanifor - me revelan la existencia de estos contactos al menos desde época calcolítica (Poyato y Hernando 1988). Una ruta que, por lo demás, seguirían usando los na - vegantes gaditatios todavía en época helenística a de- FENICIOS EN EL ATLÁNTICO. EXCAVACIONES ESPAÑOLAS EN LIXUS 355 cir del episodio narrado por Estrabón sobre la expecanas los restos del naufragio de un hippos de Gades dición de Eudoxos, quien encontró en lascostas afri- (Luzón 1988: 445). NOTAS Mienibros del equipo español en el Programa de Cooperación Hispano-Marroquí en materia de Arqueología y Patrimonio, que dirigía Manuet Fernández-Miranda, El protocolo de este Programa Ñe suscrito en Rabat en ¡988 y rene - gociado en 1991. Recordamos con afecto a Maimón, conse.je del Museo ya Reme, su esposa, que se afanaron por hacer agradable nuestra estancia en Te. tiián. Nuestro agradecimiento también al director del centro, porque nos atendió con cortesía y facilitó et trabajo. Posiblemente “Cata Montalbán”, dado que Tarradetí denomina “cala” a los distintos sondeos que hizo, pero podría sigaiiflcar también Cámara o, simplemente, César Montalbán. Probablemente, en su día, se cometió un error al anotar la máxima profi.tndidad del estrato 4, o bien las distintas capas det mismo, al menos 2 según las etiquetas, finalmente se consideraron estratos dijeren - tes. o Datos extraídos de un escrito dirigido por su viuda D.’ tsabe¡ Diaz Garcia a su Majestad el Rey de España, con fecha 2 de Marzo de 1980. E¡ documento se consena en el Archivo General de la Admi - nístración. Quintero Atauri 1941: 30. M. Fernández-Miranda debió consultar esta Memoria, según las notas que tomó en un cuaderno que nos dejó, pero quizá no Tarradelí. porque al referirse a los trabajos de Montalbán señala: ( Ade,nás presentan la desgraciadaparticularidad de que es imposible seguir con detalle sus resultados, pues no fue - ron publicados ni el autor dejódiario de excavaciones o docunien - fo análogo en el Museo Arqueológica de Tetuán, donde se reu - mero» las minería/es aparecidos” (1 960a: 139). ‘Más de veinte en 1959: Tarradell 1959: 27. ‘Según se desprende de Quintero Atauri 1941: 32. “En la Memoria citada, Montalbán bahía de un edificio “níicéni - co”. “Un ¡ote de fraguientos con engobe rojo de las excavaciones de 1951 (Tanadelí ¡ 960a: 147), tiene una etiqueta qtoc indica “Fondo ,náxi - <no. D”. 2En un piano publicado ese año: Tarradetí 1954: f.g. 3, aparece ya reflejado este sondeo; cf conTanadetí 1960a: flg. 33, n.’ it. “ En el caso onubense citado, la impronta no cs de cestería. sino de hojas vegetales (¿vid?, ¿higuera?); pero se trata sin duda de la misma costumbre. “La numeración de las piezas corresponde a la de las figuras. Las di - mensiones se expresan en milímetros. La relación es el resultado de dividir D:B. “Uno en el estrato 3. uno en el 4 y dos en el 5. “Et fragmento de la boca tiene una coloración algo diferente del res- to, pero el engobe es idéntico. “Con todo parece una característica que distingue a las piezas que se han encontrado en el entorno de Cádiz y en e¡ Bajo Guadalquivir. en concreto en El Carambo¡o, pero que no tienen las de ¡os yacimientos matagueiios: cf Negueruela 1983: hg. 2 y Schubart 1985: flg. Sg. ‘Pensamos que se trata del mismo fragmento. BIBLIOGRAFiA AUBET, M.5 E. (1989): La Mesa de Setefilla: la se- BELÉN, M.; PEREIRA, J. 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