Manual de Antropología Filosófica (2a ed.)
Full text
MANUAL DE ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
JACINTO CHOZA
MANUAL DE ANTROPOLOGÍA
FILOSÓFICA
(SEGUNDA EDICIÓN)
THÉMA T A
SE VILLA 2016
•
Título: Manual de Antropología Filosófica .
Primera edición: 1988.
Segunda edición: Agosto 2016.
© Jacinto Choza.
© Editorial Thémata 2016.
E ditorial t hémata
C/ Antonio Susillo, 6. Valencina de la Concepción
41907 Sevilla, ESPAÑA
TIf: (34) 955 720 289
E–mail: [email protected]
Web: www.themata.net
Diseño, corrección y maquetación: JACM y JCh.
ISBN: 978-84-943454-7-0 DL: SE 1234-2016
Imprime: masquElibros , S.L. ( J aén )
Impreso en España • Printed in Spain
Reservados todos los derechos exclusivos de edición para Editorial Thémata. El
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juicios a cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública
y transformación, total o parcial, de esta obra sin contar con la autorización
escrita de los titulares del Copyright.
A mis maestros,
a mis colegas,
a mis alumnos
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Índice
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN ............................................................ 15
PRÓLOGO............................................................................................................... 19
Primera Parte
LA CONSTITUCIÓN DEL HOMBRE. BIOS Y PSIQUE
Capítulo I. OBJETO Y MÉTODO DE LA ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA .... 33
l. El objeto de la Antropología filosófica .................................................... 33
2. El método de la Antropología filosófica ................................................ 37
Capítulo II. LA ESCALA DE LA VIDA. EL SISTEMA ECOLÓGICO ............ 43
l. De lo inorgánico a lo orgánico. Exterioridad e interioridad ................ 43
2. La escala de la vida ................................................................................... 53
3. El sistema ecológico .................................................................................. 66
Capítulo III. LA BIOGÉNESIS. MATERIA Y VIDA .......................................... 77
l. Energía, inidentidad y vida ...................................................................... 77
2. Materia y memoria. el código genético .................................................. 89
Capítulo IV. INDIVIDUO. ESPECIE. EVOLUCIÓN ...................................... 105
l. Incremento de la individualidad. El sexo, el cerebro y la muerte .... 105
2. Microevolución y macroevolución ....................................................... 117
Capítulo V. LA NOCIÓN DE PSIQUE. PSIQUE Y CIBERNÉTICA ............. 135
1. Los tipos de formalización. La homeostasis ....................................... 135
2. Lo material y lo inmaterial. La psique ................................................. 141
3. Lo natural y lo artificial. Psique y cibernética ..................................... 155
4. Los binomios alma-cuerpo y mente-cerebro ....................................... 163
Capítulo VI. LA ANTROPOGÉNESIS .............................................................. 175
l. El proceso de hominización ................................................................... 175
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La declaración programática y de intenciones que se expresaba en el
prólogo de la primera edición, a saber, poner a disposición del mundo acadé-
mico una Antropología filosófica a la altura de su tiempo, una Antropología
filosófica que fuera una síntesis de las ciencias naturales, sociales y humanas
con la filosofía, tal como podía llevarse a cabo en la década de los 80, resultó
cumplida según el reconocimiento académico que ha tenido lugar en años
posteriores. De ese reconocimiento basta aducir tres testimonios.
A propósito de ese libro don Sergio Rábade Romeo, que fue uno de mis
maestros en la Universidad Complutense de Madrid, hablando con un grupo
de colegas comentó que el único profesor que en España hacía Antropología
filosófica era Jacinto Choza, pues los demás titulares de la materia hacían his -
toria de la filosofía sobre temas antropológicos, es decir, estudiaban la concep -
ción del hombre de los filósofos más destacables.
También a propósito del Manual , Juan José Padial Benticuaga, de la Uni-
versidad de Málaga, comentó hace pocos años en relación con la posibilidad
de hacer una segunda edición, que el libro no había que tocarlo para nada y
que podía reeditarse tal cual porque ya en la década de los 80 habían hecho
su aparición los grandes descubrimientos científicos y habían tenido lugar los
grandes acontecimientos socioculturales que había que tener en cuenta para
formular una concepción del hombre a la altura de su tiempo adecuada al
siglo XXI.
En tercer lugar, desde hace algunos años, la web de Academia.edu me
informa cada semana de que de los trabajos que figuran en mi pagina el más
visitado y descargado ha sido el Manuel de antropología filosófica.
Después de la muerte de don Sergio han surgido en España académicos
muy buenos que hacen estudios que él sí habría reconocido como Antropo-
logía filosófica. Con todo, el Manual fue el primer tratado que se hizo y cons-
tituye una síntesis que mantiene amplia vigencia porque permite ubicar en
un intento general de orientación los fenómenos que pueden percibirse en la
segunda década del siglo XXI. Por eso no ha dejado de utilizarse, de citarse y
de prestar un servicio de orientación general.
En los últimos 20 años se crearon organismos institucionales para va-
lorar la investigación, fomentarla y premiarla. En el espacio creado por esos
organismos la investigación de síntesis está penalizada a la hora de reconocer
y asignar recursos a los académicos que la practican, en el mundo occidental
y en el oriental. La investigación que se valora, se reconoce y se premia es la
investigación de análisis, la investigación muy especializada. Este proceder
ha suscitado muchas quejas, y dada la comunicación que hay actualmente
entre gobernantes y gobernados, valoradores y valorados, lo más probable
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es
que ese desequilibrio se ajuste bien para beneficio de la tarea académica,
tarde más o menos tiempo. Mientras tanto los trabajos de síntesis siguen
prohibidos, el Manual presta un servicio estimable y por eso es estimado. Y
por eso tiene sentido una segunda edición, sin tocar para nada la primera.
Obviamente, se han producido muchas novedades en los últimos 30
años, en todos los sentidos. Pero no invalidan sino que más bien ratifican la
visión del hombre y de lo humano contenida en el Manual . El título no co-
rresponde realmente al contenido. Como no pocas veces ocurre, es el que le
puso el editor porque estaba convencido de que así vendería más. En cual-
quier caso, ese es el que tiene. Y no resulta tan desafortunado en el fondo.
En el capítulo de agradecimientos que hay que hacer constar aquí, fi -
guran en primer lugar los lectores que me han enviado listas de erratas,
en segundo lugar los colegas y amigos que me han sugerido hacer una se-
gunda edición, y en tercer lugar los colaboradores que me han ayudado a
hacerla.
Entre los lectores que me han enviado relación de erratas figura sobre
todo Jorge Pout Soto, que trabajo conmigo en la Universidad de Navarra
procedente de Chile a comienzo de los 90. Me entregó una amplia relación
de erratas que guardé y que ahora hemos utilizado, al tiempo que me decía,
toma, para sucesivas reediciones, porque este libro se reeditará, puedes es-
tar seguro. Quiero darle las gracias y tributarle mi reconocimiento en cuan-
to hombre de gran pasión y talento filosóficos, que por circunstancias de
la vida tuvo que prescindir del trabajo filosófico académico para atender a
obligaciones familiares más importantes.
Entre los colegas que me han sugerido la reedición figuran en primer
lugar y al mismo tiempo Francisco Rodríguez Valls y Juan José Padial Ben-
ticuaga, de las universidades de Sevilla y Málaga respectivamente. No sé
si son los profesores que más han utilizado el Manual para impartir cursos
regulares de Antropología filosófica a sus alumnos, pero sí lo han utilizado
habitualmente y he comentado con ellos aspectos y temas de Antropología
filosófica, relacionados o no con el Manual, en conversaciones que nos han
resultado muy instructivas. Hay más compañeros de universidades espa-
ñolas y americanas que lo han utilizado y con quienes he comentado tam-
bién, y les doy también las gracias a ellos.
Entre los colaboradores que me han ayudado a preparar esta segunda
edición figura en primer Juan José Padial Benticuaga. Él, que es un maestro
de la informática y del universo digital, fue el primero que empezó a pasar
el texto, de una versión en PDF en la red, a una versión en Word en su or-
denador y me fue pasando los capítulos que hacía. Sobre esa versión ya se
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podían
introducir las correcciones de las erratas y hacer la maqueta con los
procesadores de texto al uso para pasar luego a la impresión.
Han trabajado en la misma tarea otros amigos y colaboradores de la
Editorial Thémata, que pusimos en marcha en Sevilla en 2004. Finalmente el
equipo que ha hecho la corrección y edición en Word del texto completo y ha
realizado la maquetación que se envía a la imprenta ha estado compuesto por
José Antonio Cordovilla, como coordinador, y Delia Muñoz Molero, Carmen
María García Fernández y Marina Mazuelos como colaboradores. Los cuatro
son alumnos de último año del Grado en Estudios de Asia Oriental de la Uni-
versidad de Sevilla, y alumnos en prácticas de empresa en Editorial Thémata
en el curso 2015-2016. Les estoy especialmente agradecido no solo por el tra-
bajo que han hecho, sino también, y no en menor medida, porque trabajar con
ellos ha sido una experiencia muy gratificante.
Hemos corregido todas las erratas y las faltas de ortografía, o al menos
esa ha sido nuestra intención. Las incorrecciones y faltas gramaticales que
me señalaban no las he quitado. Las he mantenido por fidelidad a la primera
edición. Y también porque me parece que el estilo puede prevalecer sobre la
corrección gramatical.
Valencina de la Concepción, Sevilla, jueves 10 de marzo de 2016.
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PRÓLOGO
Escribir un manual casi siempre es un acto temerario, porque cuando se
tienen fuerzas para hacerlo no se dispone todavía de un saber suficientemente
extenso, profundo y, sobre todo, equilibrado, y cuando se tiene ese saber lo
más probable es que ya no se cuente con la fuerza necesaria y, sobre todo,
con la agilidad re-querida para desechar los propios esquemas a beneficio
de planteamientos que van apareciendo y que pueden suministrar mejores
claves explicativas. Es un acto temerario porque lo más probable es no dar en
la diana.
Si además se trata de un manual de Antropología filosófica, la temeri -
dad aparece en algunos sentidos como revestida de caracteres más graves. En
estos años la Antropología filosófica y, en general, la Antropología, aparece
como una especie de hydra de cien cabezas, como una masa m ó vil de saberes
muy heterogéneos. No pocos esfuerzos se han dedicado y se siguen dedican-
do a cuestiones de delimitación conceptual de la materia y de análisis de la
consistencia y adecuación de los métodos. Se van proponiendo programas
para llevar a cabo esa antropología que realice la síntesis entre las ciencias
sociales, las ciencias humanas y la filosofía, esa síntesis que se echa en falta
desde demasiadas perspectivas y desde no pocos ámbitos de conocimiento.
Elaborar esa síntesis entraña además la dificultad de que el “mapa” en
cuestión integra territorios cuyas fronteras son móviles. Los saberes a conec-
tar alteran sus contenidos, sus relaciones con otros, y las características de sus
objetos, con más rapidez de lo que se han alterado los mapas políticos de Eu-
ropa y Á frica en lo que va de siglo. Un manual no tiene por qué ser una obra
perenne, pero sí tiene que ser ú til, que proporcionar una orientación entre los
saberes, y las bases de todo sistema de orientación han de tener una cierta
perennidad. En este sentido la geografía física suministra una cierta base es-
table a la geografía humana, y la Antropología filosófica aspira a cumplir una
función análoga en relación con el conjunto de saberes que versan sobre el
hombre, sobre todo si la demanda de mapas es amplia y perentoria.
Sirva la perentoriedad de la demanda como justificación para la acción
temeraria, y las dificultades apuntadas como atenuante para las deficiencias
que se encuentren.
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Puede decirse que en lo que va de siglo se han levantado demasiadas vo-
ces proclamando la muerte del hombre y su reducción a objeto de las ciencias
naturales formalizables, por una parte, mientras que por otra se ha apelado a
la antropología y a las humanidades como la tabla de salvación en medio de
esa especie de naufragio que se suele denominar crisis de la civilización oc-
cidental, o de otras maneras análogas. Las voces han sido lo suficientemente
numerosas y las proclamas lo suficientemente llamativas, como para justificar
ese intento temerario que se puede enunciar con el famoso “calculemus” leib -
niziano: vamos a hacer inventario y balance, a ajustar las cuentas. Los progra-
mas iconoclastas de los últimos siglos han sido muy aleccionadores. La fiebre
de la praxis suele ser muy aleccionadora, sobre todo cuando ya ha pasado,
porque entonces da tiempo a pensar y hay sobre qué hacerlo. Entonces pensar
puede experimentarse como lo más necesario.
Que la religión y el derecho son el opio del pueblo y el instrumento opre-
sor de la clase dominante, o que la filosofía y la moral son los trucos de los
débiles para arruinar las fuerzas de la vida, son tesis que en un determinado
momento se presentan con una verosimilitud tan diáfana, y llegan a ser enar-
boladas con una autenticidad tan firme, que producen grandes terremotos
socioculturales. Pero después de que las acciones transformadoras han ido
alcanzando sus objetivos, la sospecha de estar incurriendo en una especie de
inocente maniqueísmo llega como un toque de queda al pensamiento.
Esas tesis enuncian hechos tan indignantes y encierran promesas tan
consoladoras, que casi no dejan tiempo para preguntarse cuanta verdad en-
cierran. Pero después de un buen número de transformaciones el pensamien-
to vuelve de nuevo a adoptar la actitud interrogativa. Desde esa actitud del
pensar, la tesis de que determinados factores culturales son represivos y por
lo tanto falsos, levanta una cierta sospecha no solo en el sentido de que resul-
ta demasiado simple para ser verdadera, sino también en el sentido de que
muestra demasiada facilidad para ser interesante.
Sostener, por ejemplo, que la religión es el opio del pueblo y por lo tanto
es falsa suena ahora un tanto ingenuo. Pero si se sostiene que la religión y el
derecho, la filosofía y la moral, son los más contundentes instrumentos de
opresión y de degradación humana, pero precisamente porque son verdade-
ros y valiosos, entonces el asunto empieza a ponerse interesante.
En efecto, si después de un número de experiencias amplio, y lo bastante
fuertes, se acaba comprendiendo que en un sentido u otro todo el mundo
tiene razón, y que en eso estriba precisamente la tragedia de la humanidad,
entonces lo más oportuno, incluso lo más perentorio, es pararse a pensar; in-
tentar trazar un mapa de la existencia humana lo más verdadero posible, que
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permita entender su complejidad con la mayor claridad alcanzable y, consi-
guientemente, orientarse un poco en ella.
El primer problema que aparece entonces es que hay muchas perspec-
tivas, muchas investigaciones realizadas, y un saber acumulado y disponible
que resulta inabarcable. Hay mucho más saber objetivo que capacidad subje-
tiva de asimilarlo, con lo que el ser humano se encuentra en una de las situa-
ciones más paradójicas que le cabe afrontar: encontrarse perdido en el saber,
que es justamente lo que le permite orientarse. Y este problema ya apunta a
un objetivo: se trata de construir un saber a escala humana. Incluso resulta
dudoso que se pueda llamar saber a un conocimiento que excede cuantitativa-
mente la capacidad subjetiva, porque, o se dispone de un “servomecanismo”
que permita manejarlo, o habría que caracterizarlo como lo que se sabe en
general pero que nadie en particular sabe, como un saber al que ningún sujeto
singular tiene acceso. Pero el saber al que no se tiene acceso es también uno de
los modos de definir la ignorancia.
Construir un saber sobre el hombre “a escala humana”, ordenando en
una secuencia articulada y manejable esa pluralidad de saberes inabarcables
en el sentido antedicho, es el objetivo que motivó la composición de este ma-
nual. A tal efecto se han tomado tres ejes como coordenadas fundamentales:
el lenguaje ordinario, las ciencias positivas y la filosofía.
El lenguaje ordinario es el primer punto de partida y el último marco
de referencia en el que se plantean y, en su caso, se resuelven los diversos
problemas científicos y filosóficos, y los variados conflictos existenciales. Es la
expresión más completa con que se cuenta del “ mundo de la vida”, y el ámbi -
to en el que puede acontecer el acuerdo de los espíritus. Si la disociación entre
vida y ciencia ha de ser superada de algún modo, tiene que serlo integrando el
saber científico con el saber común vigente en el medio sociocultural, los len -
guajes científicos especializados con el sentido común propio de cada tiempo
y cada lugar. Por eso he procurado referir los problemas y las formulaciones
científicas y filosóficas, a experiencias y expresiones de la vida diaria real. Por
lo demás, este es un procedimiento bastante común en la docencia y, en gene-
ral, en todo desarrollo que incrementa el saber: explicar lo menos conocido en
términos de lo más conocido.
El segundo eje ha sido el de las ciencias positivas. Hay una considerable
masa de conocimientos sobre el hombre, adquiridos por las ciencias positivas,
tanto naturales (especialmente la biología y la medicina), como humanas y
sociales. Y no es infrecuente encontrar elaboraciones teóricas globales sobre el
hombre llevadas a cabo desde esas diversas ciencias particulares, cuya defi -
ciencia más común es precisamente la particularidad. Se puede construir
una
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teoría completa sobre el hombre a partir de determinados hallazgos científicos,
tomando como eje unas determinadas verdades, pero lo más probable es que re-
sulte en algún sentido parcial, y que deje una insatisfacción de fondo, abierta por la
sospecha o la convicción de que el hombre es algo más complejo de lo que aparece
en ella.
La referencia de los diferentes hallazgos y concepciones antropológicas de
tipo científico a la filosofía, en cuanto que saber máxima amplitud es, en principio,
el modo de superar el particularismo de la ciencia, o sea, los inconvenientes de la
especialización.
El tercer eje ha sido la filosofía. La escisión entre filosofía y ciencia, por una
parte, y entre filosofía y vida diaria, por otra, no es menor que la que se da entre
ciencia y vida. Si la filosofía y la ciencia no tuvieran un sentido preciso para la vida
de los hombres, no merecerían ningún aprecio por su parte, y cuando dicho apre-
cio falta puede tomarse como índice de una cierta alienación entre vida y saber que
resulta nociva para ambos.
Devolver la filosofía a la vida quiere decir mostrar que los problemas y for-
mulaciones filosóficas son, en buena parte, problemas de la vida ordinaria huma-
na, y que sus expresiones técnicas tienen su correlato en expresiones del lenguaje
ordinario.
Por otra parte, articular la ciencia y la filosofía también es, en buena parte,
mostrar la correspondencia entre problemas y formulaciones de la ciencia positiva,
y problemas y formulaciones de la filosofía. Por eso también he procurado señalar
analogías y correspondencias entre términos científicos y la terminología filosófica.
Este procedimiento entraña una dificultad adicional, y es que, así como se
puede hablar de una terminología científica porque, con más o menos acuerdo,
la hay para cada ciencia, no ocurre lo mismo con la terminología filosófica. No se
puede decir que haya una terminología filosófica, y cuando uno se inicia en la filo -
sofía, incluso cuando se concluye la licenciatura en filosofía, se tiene la impresión
de que se han encontrado numerosas concepciones globales de la totalidad de lo
real, pero incomunicables entre sí. Por eso es frecuente tener la impresión de que
mientras que la ciencia, cada ciencia, es una, la filosofía es más bien un mosaico de
concepciones irreductibles a la unidad.
Por supuesto, esto constituye un “escándalo” para los filósofos, y no pocos
de ellos han dedicado sus esfuerzos a neutralizarlo. Un esfuerzo de ese tipo, y la
convicción de que es posible superar esa pluralidad irreductible, ha presidido el
trabajo de elaboración de este manual.
La mayoría de los descubrimientos de la física (la ciencia paradigm ática
durante las últimas centurias), y de las ciencias positivas en general, han sido
realizados por investigadores que los formularon mal, imprecisamente o equi-
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vo
cadamente. Su mérito fue que realmente pusieron el dedo en la llaga, que
apuntaron a fenómenos y a leyes efectivamente reales, y por eso, indagando
sobre esa misma realidad, otros científicos posteriores pudieron corregir sus
formulaciones.
Creo que en la filosofía ocurre lo mismo. Que a lo largo de la historia los
filósofos han ido descubriendo nuevos fenómenos o nuevas leyes de la reali -
dad globalmente considerada, o que la han analizado desde nuevas perspec-
tivas, y que si realmente pusieron el dedo en la llaga, los filósofos posteriores
han retomado y corregido sus planteamientos. Por eso también se puede decir
que la filosofía es una, y puesto que su tema es la totalidad de lo real, se puede
sostener con Leibniz que “todos los filósofos se han hecho siempre las mismas
preguntas y han dado siempre las mismas respuestas”, pero -habría que aña -
dir con Hegel- cada vez desde un nivel nuevo y más alto del desarrollo del
espíritu.
La impresión de que eso no es así proviene de que, también con no poca
frecuencia, los filósofos no tienen la suficiente fuerza para sostenerle la mirada
de un modo nuevo a los fenómenos nuevos, y para examinarlos los extienden
sobre las cuadrículas sistemáticas elaboradas en el pasado. E igualmente con
no poca frecuencia llegan a centrar su atención sólo en la cuadrícula, y se olvi-
dan de la realidad. Entonces la filosofía se convierte en una especie de botánica
de las ideas disecadas, en una especie de museo del pensamiento pensado,
olvidándose de cuál era la realidad a que se refería ese pensamiento, y de cuál
es la realidad a la que ahora cabe referir ese pensamiento ya pensado de un
modo nuevo, fecundo.
A menudo, en tratados de historia de la filosofía, se contraponen unos
filósofos a otros, y se acentúan sus rasgos diferenciales, en parte por razones
didácticas, y en parte también por razones de rigor hermenéutico.
Pero si en vez del punto de vista histórico, se adopta el punto de vista
sistemático, como ha sido el caso en la confección de este manual, entonces
el resultado es otro. Aquí, en lugar de contraponer unos filósofos a otros y de
acentuar sus rasgos diferenciales, se ha hecho lo contrario, y también por razo-
nes didácticas y por razones filosóficas. Por razones didácticas, para poner de
manifiesto que los filósofos no son unos pensadores afectados por el prurito
de la originalidad y de la demolición de las teorías rivales, sino unos seres
humanos que, desde los tiempos de la antigua Grecia, tienen como pasión do-
minante el amor a la sabiduría, la voluntad de verdad. Por razones filosóficas,
porque en un tratado sistemático lo que importa es que la realidad se muestre
lo más completa posible como es, según las diversas exploraciones realizadas,
más que los pormenores de una u otra de las exploraciones llevadas a cabo.
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Desde esta perspectiva, se ha preferido la fidelidad a la realidad descrita
(en referencia a las descripciones de la ciencia positiva y a las del lenguaje or-
dinario) más bien que la exactitud hermenéutica. Es una opción que quizá no
fuera del todo legítima en un tratado histórico, pero que sí lo es en un tratado
sistemático.
Así pues, como uno de los objetivos era mostrar la unidad y la conti-
nuidad del pensamiento filosófico a lo largo de la historia, puesto que no es
posible integrar el lenguaje ordinario, el saber científico y las formulaciones
filosóficas, si éstas no han sido previamente unificadas desde el punto de vis -
ta terminológico, se encontrará que frecuentemente se señalan analogías y
correspondencias entre las diferentes doctrinas y los diversos sistemas filo -
sóficos, para mostrar cómo expresiones conceptuales distintas aluden a un
mismo fenómeno o a una misma cosa real, para poner de manifiesto el modo
en que formulaciones teóricas diversas tienen un mismo referente.
Este procedimiento tiene sus inconvenientes porque puede dar lugar a
no pocas· imprecisiones, que desde el punto de vista historiográfico podrían
resultar escandalosas. Para paliarlo he procurado indicar, en cada momento,
que se trata de analogías, de correspondencias en sentido amplio, y no de
igualdad estricta ni de identidades.
Me parece que este modo de hacer tiene más ventajas que inconvenien-
tes desde el punto de vista sistemático. Pero quizá las tenga también desde
el punto de vista histórico, porque el acercar mediante analogías a pensado-
res muy heterogéneos, puede dar lugar a una mejor comprensión de ellos y,
eventualmente, a investigaciones en que se perfilen mejor su diferencias.
Aparte de eso, he tomado de diferentes filósofos las nociones claves para
una exposición lo más completa posible del ser del hombre y de la dinámica
de su existencia, según me parecían más adecuadas para dar cuenta de un
conjunto de fenómenos desde un punto de vista o desde otro. No se trata de
que haya adoptado una actitud irenista o ecléctica; se trata de que comparto
la tesis leibniziana y hegeliana anteriormente apuntadas. La circunstancia de
que el intento no se haya logrado de un modo suficientemente satisfactorio (lo
cual, naturalmente, es algo que corresponde señalar a la crítica) no anula ni
resta validez a las mencionadas tesis.
En concreto, las nociones claves sobre las que está articulada esta an-
tropología filosófica son: Las nociones platónicas de eros y de belleza; las
nociones aristotélicas de enérgeia, psique, Nous y hábito; la distinción real
tomista entre acto de ser y esencia; la noción de Vico de poíesis; las nociones
kantianas de libertad y de genio; la concepción hegeliana de la dialéctica subs-
tancia- sujeto, del espíritu en sus tres niveles de espíritu subjetivo, objetivo y
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absoluto, y la noción hegeliana de reflexión; la metafísica del arte y del juego
de Nietzsche y su concepto de voluntad; las nociones husserlianas de síntesis
pasiva y de subjetividad empírica; la concepción de Heidegger de la diferen-
cia ontológica y de la verdad como alétheia, y, finalmente, la convicción de
Freud de que el amor y el trabajo constituyen los dos ejes fundamentales de
la existencia humana.
Puede pensarse que la articulación de todas esas nociones en una con-
cepción unitaria y congruente del hombre es inviable. Que es imposible inte-
grar esas nociones sin violentarlas, y que si no se fuerzan la concepción del
hombre resultante puede serlo todo menos unitaria y congruente. A eso se
puede responder, en primer lugar, que todas esas nociones tienen referentes
reales, que están elaboradas para dar cuenta de fenómenos y de cosas real-
mente existentes en el ser humano, y que si se dan conjuntamente en el ser
humano también tiene que ser posible conjuntarías en una descripción con-
ceptual de lo que el hombre es.
En segundo lugar, hay que responder que, como ya se ha dicho, esas
nociones no se toman en su sentido estricto, y ajustadas según la congruencia
que tienen con el conjunto del sistema en que aparecen, sino según se ajustan
al ser y a la existencia humanas reales.
En tercer lugar, hay que hacer notar que el ser y la existencia humanos
tienen una unidad y una congruencia más programática que efectiva, o lo que
es lo mismo, que la unidad y la congruencia del hombre es más bien proble-
mática, y que por consiguiente su descripción conceptual no tiene por qué
serlo menos, aunque en un sentido diferente. Es decir, si la concepción del
hombre que se expone es tan unitaria y congruente que no corresponde con la
realidad del hombre, entonces la descripción teórica es falsa sin más; pero por
otra parte, si esa concepción no es suficientemente explicativa, y no permite
una comprensión de los fenómenos humanos (incluyendo los de desajuste y
desintegración), entonces no es un saber, o no es el saber que se pretendía.
En cualquier caso, la cuestión de si ese es un modo adecuado de dar
cuenta de la realidad humana o no, es algo que deberá juzgarse después de
haber examinado el intento.
Por lo que se refiere a la bibliografía utilizada y al modo de utilizarla, se
han seguido los siguientes criterios. Las obras filosóficas más clásicas, que son
conocidas por los estudiantes de filosofía, se han citado por parágrafos, capí -
tulos, etc., para facilitar su consulta y localización en cualquier edición. Las
monografías y obras menos conocidas se han citado según el procedimiento
normal: autor, título, editorial, ciudad, fecha de edición y página. Siempre
que ha sido posible se han citado ediciones en español, y siempre que me ha
33
Capítulo I
OBJETO Y MÉTODO DE LA ANTROPOLOGÍA
FILOSÓFICA
l. EL OBJETO DE LA ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
Se pueden señalar tres grandes corrientes de la filosofía actual, que coin -
ciden, en líneas generales, con las tres vías filosóficas abiertas a partir de Kant:
1) El movimiento positivista y analítico, 2) La filosofía dialéctica, y 3) El vita-
lismo, el irracionalismo y el existencialismo. La primera se centra preferente-
mente en la filosofía de la ciencia y en la lógica; la segunda en la filosofía social
y política y en la filosofía de la historia, y la tercera en la ética y en la estética.
En las tres hay un replanteamiento de la metafísica y un desarrollo de ella en
líneas diferentes que, en la segunda mitad del siglo XX, parecen converger o
al menos requerir una cierta unificación. Y en las tres hay tematizaciones de
problemas que atañen de un modo particularmente vivo al ser humano, y que
podrían englobarse bajo la denominación de filosofía del hombre 1 .
Puede señalarse, en términos muy generales, una cierta correspondencia
entre esas tres líneas filosóficas y tres planos sociológicos en los que la filo -
sofía se desenvuelve. La filosofía analítica se desarrolla a nivel básicamente
académico; en las universidades y revistas especializadas, y se dirige prefe-
rentemente a la comunidad científica. La filosofía dialéctica se desenvuelve
también en los ámbitos académicos, pero además busca la conexión entre fi -
losofía y sociedad, y en ocasiones tiene su salida propia al foro político. La
filosofía vitalista, teniendo también sede propia en los ámbitos académicos, se
abre al gran público o al hombre de la calle en general, mediante el ensayo o
la reflexión ética y estética, que tiene también como ámbito la prensa, la radio
y la televisión. Esta correspondencia no es del todo exacta, pero a pesar de sus
1 He expuesto de un modo más detallado la emergencia de esas tres corrientes y los aspec-
tos del hombre sobre los que desarrollan su análisis filosófico en Antropologías positivas y Antropo -
logía filosófica , Cenlit, Tafalla, 1985. Para una exposición de la convergencia de esas corrientes en
la segunda mitad del siglo XX, cfr. K.O. Apel, Transformación de la filosofía , 2 vols. Taurus, Madrid,
1983.
34
imprecisiones es ú til para situar la filosofía académica en el contexto de la vida
real de la sociedad. La Antropología filosófica se encuentra distribuida entre
esas tres grandes corrientes. Cuando la filosofía analítica se ocupa de cuestio -
nes de psicología, dedica una atención esmerada al tema de la identidad per-
sonal, y cuando la filosofía de la ciencia se ocupa de algunas relaciones entre
la biología y la técnica, no pocas veces toca cuestiones como la de la relación
entre mente y máquina o entre mente y cerebro, que pertenecen a la Antropo-
logía filosófica (menos veces toca el problema de la relación entre lo natural y
lo artificial, que corresponde más bien a la metafísica).
En el plano de la filosofía dialéctica también aparecen temas de Antropo-
logía filosófica a propósito de los problemas que lleva consigo la articulación
entre individuo y sociedad, o bien cuando se pretende una reivindicación del
humanismo frente al positivismo científico.
Por último, casi todos los temas sobre los que se centra la filosofía vita -
lista, como el deseo, la construcción del sujeto, el sentido o sinsentido de la
existencia, su interpretación, etc., se inscriben en el campo de la Antropología
filosófica.
Pero con todo, no puede decirse que haya, dentro de esas corrientes, una
Antropología filosófica enunciada como tal, un concepto de ella netamente
delimitado o un objeto de ese saber con unos contornos bien definidos en
relación con los saberes afines o limítrofes.
En realidad, el concepto de “Antropología filosófica”, y su correspon -
diente objeto es muy reciente en la historia del pensamiento filosófico. Se re -
monta no más allá de los primeros años del siglo XX, cuando es acuñado en el
seno de la corriente fenomenológica. Desde ella empieza a difundirse a partir,
en concreto, de la obra de Max Scheler, en la que aparece, como título de uno
de sus libros, la Antropología filos6fica 2 , que es asimismo utilizado por algu-
nos filósofos posteriores como Cassirer, Hengstenberg, Landmann y otros 3 .
Buena parte de los contenidos de la Antropología filosófica que surge en
las corrientes fenomenológicas y existencialistas, se corresponden con conte-
nidos de la antigua Psicología racional, tal como la concibieron Wolff y Kant,
y también Hegel, y, anteriormente, la escolástica medieval, cuya Psicología
racional se mantuvo en la enseñanza oficial de las instituciones católicas hasta
hace pocos años. Pero como el método fenomenológico es bastante heterogé-
neo del racionalista y del escolástico, y más afín al de la crítica trascendental y
2 Max Scheler, Philosophische Anthropologie . Pertenece al opus postumum , pero en numerosos
trabajos anteriores a 1929 Scheler la menciona con este título.
3 E. Cassirer, Antropología filosófica , F.C.E., México, 1975. Hengstenberg, Philosophische An-
thropologie , Stuttgart, 1963. M. Landmann, Antropología filosófica , Uteha, México, 1961.
35
al del idealismo trascendental, no pocos de los antiguos temas resultan alum-
brados de modo nuevo.
Por otra parte, a esos contenidos de la antigua Psicología racional, se
añaden temas nuevos como son el de la cultura y la historia, tan ajenos a la
escolástica medieval y el racionalismo moderno, y tan propios de la filosofía
trascendental, del vitalismo y del existencialismo. Así es como se perfila el
objeto de la Antropología filosófica en el área cultural germánica, a partir de
autores como Scheler y Cassirer, y así es como se configura también en el área
cultural hispánica, que tradicionalmente ha prestado una preferente atención
a la filosofía alemana.
Por lo que se refiere al término “Antropología” hay que hacer constar
que es más antiguo que el concepto que se acaba de describir, y que designa
un área de conocimiento coincidente en gran medida con la Etnología. Enten-
dida en este sentido, la Antropología se constituye como ciencia y adquiere
un amplio desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX en el mundo anglo-
sajón, y también en el área cultural francesa desde comienzos del siglo XX.
La filosofía alemana del siglo XIX reserva el término “Antropología”
para los saberes etnológicos o para aquellos saberes de tipo sociológico que
se hacen cuestión de culturas particulares o nacionales. Este es, como es bien
sabido, el caso de Kant, cuya Antropología en sentido pragmático se ocupa de
los caracteres y de las culturas nacionales europeas, de la modulación cultu-
ral del temperamento humano, etc. Ciertamente Kant habla también de una
Antropología trascendental, pero prefiere darle el nombre de Metafísica de
las costumbres, o, desde otra perspectiva, el de Crítica de la razón práctica 4 .
Por su parte, Hegel, en su sistematización más completa de la filosofía, es
decir, en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, agrupa bajo el enunciado
“Antropología” el estudio de las diversas razas humanas y, en general, la ma -
yor parte de lo que actualmente se entiende por Etnología, y bajo el enunciado
“Psicología”, el estudio del alma en su relación con el cuerpo, los deseos, la
afectividad, la conciencia, la voluntad, la muerte, es decir, casi todo lo que
Max Scheler considera como objeto de la Antropología filosófica 5 .
A comienzos del siglo XX Scheler reivindica para la filosofía el término
“Antropología” porque, a esas alturas de la historia cultural de occidente, el
4 Para una exposición más detallada de estas concepciones kantianas de la antropología,
cfr. Antropologías positivas y Antropología filosófica, cit. Cfr. también el estudio introductorio
de M. Foucault a la edición francesa de la Antropología de Kant: Anthropologie du point de vue
prag-matique , Vrin, París, 1979. Hay que advertir que cuando Kant habla de Antropología trascen-
dental no siempre se refiere a las dos obras mencionadas.
5 Cfr. G.W.F. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas , parágrafos 388-412 y 440-482.
36
término “Psicología” se había emancipado de la filosofía y se utilizaba para
designar una ciencia positiva de reciente creación pero que ya tenía bastante
entidad.
En efecto. No sólo la mayor parte de los contenidos de la Antropología
filosófica de Scheler quedan englobados bajo la denominación de Psicología
en las obras de Hegel a comienzos del siglo XIX, sino que también a media-
dos de ese mismo siglo Kierkegaard denomina estudios “psicológicos” a la
mayor parte de sus trabajos, y a finales del XIX Nietzsche continúa usando
la misma denominación para un buen número de los suyos. Pero a partir del
siglo XX la denominación “Psicología” tiene como referente más común el
tipo de ciencia positiva cultivada por Wundt, Watson o incluso por el propio
Freud.
Así pues, el término y el concepto de “Antropología filosófica” emerge
en el área cultural germánica cuando la Antropología y la Psicología habían
adquirido ya el estatuto de saberes positivos y habían alcanzado un grado
de desarrollo y consistencia notable. En el mundo anglosajón, en cambio, el
término “Antropología filosófica” es muy poco utilizado; se usa el término
“Psicología filosófica”, pero designa preferentemente el contenido de la an -
tigua Psicología racional sin acoger los temas de la cultura y de la historia,
que quedan más bien remitidos a la Antropología y Sociología en cuanto que
saberes positivos, o a la Filosofía social y a la Filosofía política.
El choque entre la Antropología positiva y la Filosofía, y la gran eclosión
de la Antropología en la Europa continental, se produce tras la segunda gue-
rra, y especialmente en Francia en la década de los 60, con la difusión de las
investigaciones estructuralistas.
El estructuralismo francés recoge, por una parte, la antropología et-
nológica, por otra, el psicoanálisis, y por otra, unos determinados métodos
provenientes de la lingüística, para proponer, con todo ello, una concepción
del hombre que, por apoyarse también en la filosofía trascendental (crítica,
materialista o idealista), tiene alcance filosófico y parece mostrarse como la
vía para la deseada síntesis de todos esos saberes sobre el hombre. Esa sín-
tesis también había sido iniciada por la Antropología filosófica germánica. Y
de manera similar a como ésta tuvo un declive que coincidió con el comien-
zo de la segunda guerra, el estructuralismo francés también experimenta un
declive a finales de los 70, en el sentido de que deja de considerarse como la
gran panacea para la síntesis de los diversos saberes sobre el hombre. Pero de
todas maneras, la aspiración a la síntesis es algo que parece consolidado. El
problema es satisfacer dicha aspiración. La Antropología filosófica tiene por
objeto el hombre, el ser humano, pero como los saberes sobre el hombre se
37
han incrementado mucho en número, y en amplitud y profundidad, han ido
convergiendo y han entrado en conflicto en diferentes niveles.
Parece que la articulación congruente o armónica entre todos esos sabe-
res compete a la Antropología filosófica, que la síntesis compete a la filosofía,
pues la filosofía es el saber más general que, por referirse a las últimas causas
y a los primeros principios, puede y debe integrar los saberes particulares
en un nivel de comprensión más profundo, y más acorde con la exigencia de
saber del espíritu humano, que aspira siempre a la totalidad. La Antropología
filosófica aparece así como un saber que tiene por objeto al hombre, y que, a
tenor del grado actual de desarrollo de los saberes, se constituye como una
síntesis de conocimientos aportados por las ciencias biológicas, las ciencias
humanas y las ciencias sociales, en el plano filosófico, lo que en último térmi -
no significa una comprensión metafísica de cuanto las ciencias positivas han
aportado al conocimiento del ser humano.
La filosofía, las ciencias biológicas, las ciencias humanas y las ciencias
sociales han tenido desarrollos en cierto modo autónomos y heterogéneos en
relación con el tema del hombre. Precisamente por eso dicho tema aparece
como muy fragmentario, amplio, disperso y, consiguientemente, casi como
inabarcable, pero así es, por problemático que aparezca, el objeto de la Antro-
pología filosófica 6 .
2. EL MÉTODO DE LA ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
No pocas veces resulta decepcionante, aburrido y, peor aún que eso, es-
téril, la descripción minuciosa de unos instrumentos y de su correcta utiliza-
ción, en una tarea que no puede comprenderse bien hasta que no se ha empe-
zado a desarrollar y no se han cometido suficiente número de equivocaciones.
Se aprende a hacer algo haciéndolo, también cuando lo que se hace es teoría .
Por otra parte, el detenerse demasiado en el instrumental lleva consigo
el riesgo de quedarse prendado de él, si se experimenta una especial inclina-
ción por la exactitud de los formalismos. Un sector de la epistemología con-
temporánea ha reaccionado contra este “metodologismo” por considerarlo
6 Para una exposición más detallada de la relación de la Antropología filosófica con los
saberes positivos sobre el hombre y con los diferentes campos de la filosofía, y para una visión
más detenida de las dificultades que la síntesis indicada lleva consigo, cfr. Antropologías positivas
y Antropología filosófica , cit. Para una visión panorámica de la Antropología filosófica en el área
cultural española. cfr. J. Choza y J Vicente, La Antropología filosófica en España , en Actas del V Se-
minario de Historia de la Filosofía Española. Universidad de Salamanca. septiembre de 1986. Casi
todo lo expuesto aquí es reproducción de una parte de esa ponencia.
38
precisamente estéril o nocivo para la ciencia, y ha levantado la bandera de un
anarquismo epistemológico: un método es bueno si sirve para obtener un conoci-
miento nuevo, si ayuda a descubrir algo, por consiguiente, si de lo que se trata es
de averiguar o de resolver enigmas, todo vale con tal de que se resuelvan
7
. Y una
vez después de haber resuelto los enigmas, puede contarse a los demás el camino
( el método ) que se siguió para conseguirlo.
Ese camino nuevo descubierto es máximamente útil para resolver proble-
mas pertenecientes al mismo género: ahorra mucho tiempo porque puede evi-
tar extravíos, y hace aumentar el rendimiento del trabajo intelectual, aunque se
aprenda mucho extraviándose, y se aprenda mucho precisamente acerca de los
caminos.
La experiencia del extraviarse está suficientemente asegurada, por otra par -
te, como para tomarse el trabajo de fomentarla. Basta simplemente con no tomar-
se el trabajo de impedirla a toda costa, y eso es el metodologismo. Si se determi-
nan como caminos canónicos unos cuantos y sólo esos, se asegura la eficacia en la
resolución de problemas pertenecientes a esos géneros (e incluso puede confiarse
a las máquinas su resolución), pero se asegura a la vez que no se percibirán y,
sobre todo, no se resolverán, problemas pertenecientes a géneros distintos.
Con eso ya va dicho que hay una correspondencia entre temas o proble-
mas y métodos. Pero también uno de los mayores defensores de la necesidad de
congruencia entre tema y método en toda la historia de la filosofía, Hegel, que
probablemente haya llevado la reflexión sobre el método más lejos que nadie, ha
sostenido muy firmemente que los métodos del pensamiento, los caminos por los
que el pensamiento obtiene sus contenidos y los modos en que el pensamiento
funciona, no pueden determinarse hasta después de que haya funcionado, hasta
después de haber pensado
8
.
Así pues, el anarquismo metodológico también tiene sus límites. Todo mé-
todo es bueno para resolver enigmas con tal de que los resuelva. Efectivamente,
con tal de que los resuelva, pero no si no los resuelve, y resulta que sólo los re-
suelve si hay un ajuste o una congruencia entre el método y el problema. Si no
hay esa congruencia, el metodologismo más totalitario y el más libertario anar-
quismo epistemológico quedan igualados en su punto de partida y, sobre todo,
en su término: no conducen a la solución de los problemas.
La Antropología filosófica, teniendo un objeto con las características que se
han descrito, es un saber cuyo problema consiste en realizar una síntesis, y una
7 Cfr. P Feyerabend, Contra el método . Ariel, Barcelona. 1975.
8 Cfr. G.W.F. Hegel. Enciclopedia de las ciencias filosóficas . § l0 ss. Cfr. H.G Gadamer. La dia -
léctica de Hegel . Cátedra. Madrid. 1980. cap. III.
39
síntesis entre saberes muy heterogéneos, y que por lo tanto están elaborados
según métodos muy heterogéneos.
La síntesis en cuestión requiere por tanto combinar e integrar datos hete-
rogéneos y, precisamente por eso, combinar e integrar métodos heterogéneos.
No existe el método de los métodos. Si acaso, el método de los métodos,
el plano común y el procedimiento común en que los diferentes métodos dia-
logan, se comunican y consiguen o no consiguen un mutuo entendimiento, es
el lenguaje ordinario, el sentido común, pero justamente eso no es un método
y no puede constituirse como método, porque es justamente el suelo del que
todo conocimiento controlado parte y no puede ser controlado desde fuera
de él porque él es la última instancia de control. Por eso la filosofía, en cuanto
saber de ultimidades, no puede perder de vista ese suelo, ese fundamento, y
tiene que tematizarlo si no quiere ella misma ser un saber descontrolado y a
la deriva.
Pues bien, sobre ese suelo se aprende que los modos de funcionar el pen-
samiento son plurales e irreductibles entre sí, que no pueden ser reducidos a
un sólo modo de funcionar, que lo que se aprehende según un determinado
modo de saber se aprehende sólo según ese modo, y que con otros aparecen
otros problemas y se llega a otras soluciones 9 .
El método de la Antropología filosófica, según el carácter de síntesis que
se ha dicho tiene su objeto, es una combinación del método de la ciencia em-
pírico-positiva, que desde el punto de vista de la filosofía se puede considerar
como un método (aunque, por supuesto, desde el punto de vista de la propia
ciencia positiva son muchos), y los tres métodos según los cuales el pensa-
miento filosófico ha logrado sus mayores desarrollos y ha ido dando respues -
ta a los problemas que en su horizonte se presentaban, a saber, el método
inductivo-deductivo de la ontología clásica (antigua y medieval), el método
reflexivo- trascendental de la filosofía moderna y el método analítico-fenome-
nológico de la filosofía contemporánea 10 .
El método empírico-positivo se corresponde con el punto de vista de
la exterioridad objetiva, porque los hechos empíricos no solamente son ex-
teriores al sujeto, sino también recíprocamente exteriores entre sí, y la cien-
cia consiste en encontrar unas leyes objetivas, formuladas objetivamente en
el pensamiento y contrastables con la exterioridad, de forma que lo que era
recíprocamente exterior en la exterioridad resulte objetivamente conectado
9 Cfr. L. Polo, Curso de teoría del conocimiento I , EUNSA, Pamplona, 1984.
10 Para una exposición más detallada de la génesis y características de estos métodos, cfr.
Antropologías positivas y Antropología filosófica , cit
40
según unas leyes que el pensamiento descubre y puede contrastar con la ex-
terioridad.
El método inductivo-deductivo de la ontología clásica se corresponde
con el punto de vista de la interioridad objetiva, porque la ontología clásica,
a partir de hechos empíricos que son recíprocamente exteriores, busca induc-
tivamente la esencia o el ser más interior y unitario de cada tipo de realidad,
para determinar su naturaleza objetivamente, y para deducir, a partir de ella,
otras características y peculiaridades ya sean también empíricas o no. Aquí,
determinar la naturaleza de algo objetivamente quiere decir averiguar cómo
es una realidad en sí misma considerada, independientemente de cualquier
subjetividad.
El método reflexivo- trascendental y el analítico-fenomenológico de la
filosofía moderna y contemporánea se corresponde con el punto de vista de
la interioridad subjetiva, porque analiza, mediante la reflexión, cómo está
constituida la subjetividad para averiguar en qué grado las condiciones de
objetividad o de subjetividad de lo que se conoce las pone la subjetividad o
las pone la realidad extra-subjetiva, y para averiguar qué tipo de armonías y
disarmonías hay entre esas dos realidades, la realidad que no es subjetividad
y la realidad que sí es subjetividad (en concreto, el hombre o el espíritu huma-
no, o el espíritu en general).
Hay un cuarto punto de vista que es el de la exterioridad subjetiva, por-
que las realidades que son subjetividad (los seres humanos) exteriorizan o
expresan en el exterior su propia realidad de un modo en que no lo hacen las
realidades que no son subjetividad: es todo el orden de las realidades artificia -
les o de los entes culturales.
Por una parte, este punto de vista engloba a los otros tres, puesto que la
ciencia positiva, la filosofía objetiva y la filosofía de la subjetividad, son reali-
dades culturales, y pueden ser estudiadas desde este punto de vista.
Pero por otra parte, la exterioridad subjetiva no es solamente un pun-
to de vista sino también un conjunto de realidades ( entes culturales), que
pueden ser estudiadas desde el punto de vista de la exterioridad objetiva y
resulta una ciencia positiva de la cultura (las Antropologías positivas), desde
el punto de vista de interioridad objetiva y resulta una Antropología filosófica
de determinadas características (Antropología metafísica, ontología de la cul-
tura, etc.), y desde el punto de vista de la interioridad subjetiva, y resulta una
Antropología filosófica con otras características (Antropología trascendental,
fenomenología existencial, etc.)
Las ciencias positivas pueden prescindir de las tres perspectivas últi-
mas, o, mejor dicho, tienen que hacerlo, y las diversas ramas de la filosofía
41
(la filosofía de la naturaleza, la lógica, la ética y la metafísica) pueden situarse
en sólo una de esas tres y realizar sus desarrollos en ella sin que resulten ex-
cesivamente parciales. Pero la Antropología filosófica necesita combinar las
cuatro si quiere dar cumplida cuenta de su objeto. Una realidad como el cuer-
po humano ha de ser considerada desde el punto de vista de la exterioridad
objetiva para averiguar aspectos que de otro modo no se conocerían, como
por ejemplo el funcionamiento neurofisiológico, que aporta no pocos conoci -
mientos sobre el hombre y que pertenecen a la ciencia empírico-positiva.
Si el cuerpo, por otra parte, no se analiza desde el punto de vista de la
interioridad objetiva, no se averigua suficientemente qué significa ser cuerpo
en relación con lo que no lo es, qué significa estar vivo en relación con lo que
no lo está, y qué significa muerte en relación con lo que significa inmortalidad.
Desde el punto de vista de la interioridad subjetiva aparece el cuerpo
como un factor constitutivo de la identidad personal, y puede plantearse la
cuestión de qué quiere decir identidad personal, y cómo se realiza y cómo se
descompone.
Finalmente, desde el punto de vista de la exterioridad subjetiva el cuerpo
da lugar a unas manifestaciones del sujeto que sólo existen en esa exterioridad
intersubjetiva y que sólo son posible por el cuerpo, como son los utensilios y
artefactos técnicos, las normas jurídicas y el lenguaje, que condicionan cómo
se vean las cosas desde los otros tres puntos de vista, y que a su vez pueden
ser estudiadas desde ellos poniéndose de manifiesto diferentes dimensiones
de su realidad.
Esto constituye una exposición muy somera del método de la Antropo-
logía filosófica, en relación con la peculiar complejidad de su objeto. Estos
métodos hay que aplicarlos a cada tema o a cada aspecto de la realidad huma-
na que se considere, en mayor o menor medida cada uno o todos en simulta-
neidad según lo requiera la cuestión. Y la cuestión es también la que decide
acerca de la corrección o incorrección con que se haya utilizado el método o
los métodos.
48
en su “interior”) el plan y las estrategias posibles de construcción, y se puede
admitir lo mismo para el hidrógeno y el oxígeno con respecto al agua, o para
la “sopa cósmica” con respecto al universo, aunque en este caso el término
“saber” resulta más chocante. La clave es distinguir entre “cumplir unas le -
yes” y “ser consciente de unas leyes”.
El análisis de esta diferencia servirá para poner en claro qué quiere decir
exterioridad e interioridad y qué es la vida.
La definición más antigua y de más abolengo que se tiene de la vida en
la historia de la filosofía es la que diera Aristóteles como automovimiento. En
primer lugar Aristóteles caracteriza la vida en función de cuatro actividades,
alimentarse, sentir, trasladarse de lugar y entender
8
y en segundo lugar dife-
rencia el vivir de esas actividades considerándolo como una actividad más
radical, pues en efecto un viviente no está más o menos vivo según realice
más o menos actividades de ese tipo. Por eso llamó a las operaciones vitales
actos segundos y al vivir acto primero, señalando que “para los vivientes,
vivir es ser”
9
.
Sentir y nutrirse es algo que el animal hace, pero vivir y ser no es algo
que el animal haga, en el sentido en que el hacer requiere que el que actúe
exista ya antes. Vivir y ser es aquello en virtud de lo cual el viviente ejecuta
acciones o las omite, pero el mismo vivir no es algo ejecutado ni omitido por
el viviente.
Entre las definiciones actuales de ser vivo se puede tomar la de J. May -
nard Smith: “consideraremos como viviente cualquier población de entida -
des que tengan las propiedades de multiplicación, herencia y variación”
10
.
Maynard Smith, que se puede considerar como un neodarwinista estricto,
sugiere que los primeros seres vivos fueron moléculas replicantes de poli-
nucleótidos, es decir, la más elemental entidad que recoge y transmite infor-
mación.
Por dispares que puedan parecer estas dos caracterizaciones de la vida,
ambas pueden quedar acogidas en la noción de información. Un ser vivo es
el que recibe y transmite información, y la vida consiste en eso en cuanto
que el viviente se distingue de la información y permanece en algún sentido
idéntico a sí mismo o en sí mismo mientras la información varía, se recibe y
se transmite. Por supuesto, esta caracterización de la vida no es del todo su-
ficiente y requiere todavía ulteriores precisiones, pero basta ya para señalar
8 Cfr. Aristóteles, Peri psychés , 11, 2; 413 a 22.
9 Aristóteles , Peri psychés , II, 4; 415 b 13.
10 J. Maynard Smith, La teoría de la evolución , Blume, Madrid, 1984, pág. 108.
49
una primera diferencia entre lo inerte y lo vivo, entre exterioridad e interioridad,
entre la materia física
Permanecer en sí el informante mientras el mensaje va y vuelve quiere de-
cir que haya alguna interioridad. Si el informante y el mensaje son lo mismo y
además se extinguen en el trayecto, no se puede decir que haya información ni
comunicación. Si el hombre fuera solamente su voz y tuviera las características
de una voz, no podría recoger ni transmitir información, sino que sería solo un
mensaje que se extingue, pero no un mensaje suyo, puesto que él no queda. Una
voz es pura exterioridad, pura distensión espacio-temporal, algo que no es simul-
táneamente, sino sucesivamente. La simultaneidad de la voz es su significado, su
sentido (puede decirse, su esencia), pero ese sentido no es sentido para ella, sino
para quien la oye, para el que capta el mensaje, pues captar el mensaje significa
transportar lo sucesivo evanescente y extinguido a simultaneidad constante.
Esto también requiere muchas precisiones ulteriores, pero basta para hacer
ver que al universo le ocurre algo semejante. El universo es un sitio que es una
voz. Nosotros oímos o vemos estrellas y otros acontecimientos cósmicos que hace
ya muchos millones de años que dejaron de existir, y que ya no están en el sitio
de entonces porque ni siquiera queda el sitio de entonces.
La Biblia dice que el universo fue hecho por la palabra, algunas mitologías
escandinavas lo explican como un canto, y a partir de Einstein los físicos admiten
comúnmente también eso, que es una emisión de energía, de ondas, respecto
de la cual no tiene sentido la simultaneidad total, porque no la hay, solo hay la
simultaneidad relativa de cada oyente. El universo es una voz que no se oye así
misma.
En una obra de literatura fantástica reciente, muy inspirada en la mitología,
el joven protagonista llega a un sitio que es una voz paulatinamente extinguién-
dose, que habla en verso y con la que sólo puede dialogar si él habla también
en verso
11
. En la moderna teoría de la información y la comunicación, también
se admite que la energía se emite en términos de regularidades y medidas que
hacen posible su captación hasta que se degrada en formas caracterizadas por la
irregularidad y la aleatoriedad, es decir, que se degrada desde el canto y el verso
(regularidad, medida) hasta la prosa y el “ruido”. “El aumento de la entropía
aparece, pues, como la evolución de un orden diferenciado hacia un desorden
indiferenciado o, si se prefiere, de una previsibilidad cuantificada hacia una im -
previsibilidad aleatoria”
12
. Y, finalmente, este es también el punto de vista soste -
11 Cfr. M. Ende, La historia interminable , Alfaguara, Madrid, 1982.
12 R. Escarpit, Teoría general de la informaci6n y la comunicaci6n , Icaria, Barcelona, 1977, pág. 26.
Cfr. cap. 2, passim.
50
nido por los pitagóricos en el comienzo de la historia de la filosofía: el número y
la medida es lo que constituye diferenciadamente la totalidad de lo real.
Pues bien, si en el universo no hay simultaneidad, como no la hay en un
canto ni en un río, entonces no hay una interioridad del universo, y puede
decirse que es exterioridad pura, pura distensión espacio-temporal o mate-
ria.
Interioridad significa simultaneidad constante, y, por consiguiente, su -
peración de la distensión espacio-temporal, del espacio y del tiempo, de la
materia. Y eso es también lo que significa información y comunicación, y lo
que significa vida, inmaterialidad.
Por supuesto, hay diversos niveles y formas de superar el espacio y
el tiempo, y por eso hay diversos tipos de información- comunicación y di-
versos tipos de vida, pero ahora sólo interesa caracterizar la interioridad en
términos generales.
Pues bien la unidad y la diferencia entre el informante y los mensajes o
entre el vivir-ser y las operaciones vitales con sus contenidos, es la unidad y
la diferencia entre interioridad y exterioridad, que se da como característica
esencial de los organismos vivientes y que se considera que aparece por pri-
mera vez en el universo con ellos.
Una de las maneras de comprender y explicar cómo lo exterior, lo dis-
tendido espacio-temporalmente, se hace interior o se escapa o supera el es-
pacio y el tiempo, es lo que se denomina reflexión .
En el lenguaje ordinario reflexionar significa recogerse sobre sí mismo
y darle vueltas a lo que ha pasado o a lo que puede pasar. Pero para reco-
gerse sobre sí mismo hace falta de alguna manera ser sí mismo, tener una
“intimidad”, un “dentro”, o al menos poder tenerlo.
Cómo una colección de mensajes puedan convertirse en receptor-emi-
sor, cómo un conjunto de exterioridades puedan convertirse en una interio-
ridad, cómo lo espacio-temporal puede escaparse del espacio y del tiempo,
es la cuestión de cómo lo inorgánico puede dar lugar a un organismo vivo.
De este problema no nos vamos a ocupar ahora, sino, como es natural, de la
cuestión previa de qué sea vida y qué signifique organismo viviente.
Se ha dicho que es superación del espacio y el tiempo, simultaneidad,
reflexión y recogerse sobre sí mismo, que es tener una “intimidad” o poder
tenerla.
Ahora hay que precisar un poco más estas nociones.
Vida significa capacidad de realizar operaciones por sí mismo y desde sí
mismo, o sea, recoger y transmitir información autónomamente por parte del
emisor-receptor. Esto es lo que en algunas formas del lenguaje filosófico se de -
51
nomina inmanencia. La palabra inmanencia proviene del latín manere in ( = in-ma-
nere) que significa permanecer en . Inmanencia significa que hay un sí mismo en
el ser vivo que permanece siempre y en el cual permanecen también los efectos
de las operaciones realizadas, del recoger y transmitir información. Estar vivo
quiere decir, para un ser, que se le queda “dentro” lo que ha hecho o lo que le ha
pasado, o bien que lo que le pasa o lo que hace le va abriendo un “dentro”, una
hondura, que las cosas que le han pasado o ha hecho no se escapan de él como si
nunca le hubieran pasado, sino que su haber pasado queda dentro del viviente
como queda el alimento, los recuerdos, las destrezas adquiridas, el saber, etc.,
es decir, queda dentro del viviente como información recibida y lomodifican en
su capacidad de recoger y transmitir información precisamente porque quedan
con él. La noción de quedar o quedarse es solidaria de la de sí mismo y mismidad :
quedar quiere decir reflexión. Este es el núcleo de la noción aristotélica de subs-
tancia y, con matices distintos, de la dialéctica substancia-sujeto de Hegel.
Por supuesto, este quedar dentro no es del mismo tipo para el alimento
que para las sensaciones o el saber, porque no es lo mismo recoger-transmitir
una información con un máximo de “mensaje” y un mínimo de energía, como
ocurre con el lenguaje humano, que una información con un mínimo de “men -
saje” y un máximo de energía, como es el caso de la luz solar respecto de los
vegetales.
Lo que llamamos sensación y percepción visual es una información en la
cual el “mensaje” (la cosa vista) es desprendido del “texto” o del medio en que
es transportado (la luz, la energía solar) de forma que el mensaje se utiliza y la
energía no: los animales ven, pero no se alimentan de luz, cosa que sí hacen los
vegetales que, sin embargo, no ven. Por otra parte, los genes, y, en general, los
transmisoresquímicos, constituyen una información de la cual se utiliza tanto
el mensaje como la energía.
Para cada tipo diferente de información hay un “dentro” y un “quedar”
diferente. El “dentro” de un embrión no es lo mismo que el “dentro” de un ani-
mal que ve, imagina y recuerda, ni lo mismo que el “dentro” de la conciencia
humana: el sexo, el cerebro- imaginación y el pensamiento, son tres “interiori -
dades” cuyo modo de recoger y transmitir información es diferente y cuyos
“mensajes” y “textos” son también diferentes. Por supuesto, en el hombre se
dan estos tres tipos de “interioridades” y de información- comunicación, pero
basta que se dé el primer tipo (la interioridad vegetativa) para que pueda ha-
blarse de organismo viviente.
En lo que se llama jerarquización cibernética de funciones, éstas se or-
denan en una escala en la cual el grado más bajo corresponde a las funciones
en que se da un máximo de energía y un mínimo de información, y el grado
52
más alto corresponde a las funciones en que se da un máximo de información
y un mínimo de energía. Esta escala se corresponde también con la escala de
la vida y en cierta medida con la de la distribución de funciones en un sistema
social, de un modo que en capítulos sucesivos se irá explicitando 13 .
Pues bien, aunque el “dentro” vegetativo se diferencia del “dentro” sen -
sitivo-perceptivo y del intelectivo, no se puede decir que el símismode un
viviente dotado con dos o tres de esas “interioridades” o centros de infor-
mación- comunicación sea doble o triple: es siempre uno. Porque si para el
viviente vivir es ser, para el viviente vivir y ser significa ser uno, y esto rige
no sólo en el orden empírico, en el cual poder observar algo significa poder
diferenciarlo de lo demás, es decir, poder considerarlo como uno.
Por supuesto se puede ser más o menos uno, tener una unidad más o
menos débil, lo cual se constata en la escala de la vida, pero el viviente es uno
hasta tal punto que si no lo es no hay vida. Que sea uno no quiere decir que
sea único, que esté solo: no tiene sentido un viviente o un emisor-receptor
solitario; la vida y la información- comunicación se da y tiene sentido en una
población o en una comunidad de individuos, pero no en sí o al margen de
ellos, sino en ellos.
A veces se encuentra, tanto en el pensamiento filosófico como en el es -
pontáneo, una tendencia a considerar la vida como una fuerza difusa y se-
parada, que se manifiesta en los vivientes singulares. Así ocurre en algunos
mitos sobre la vitalidad de la tierra o de las aguas, en algunos cultos dionisia-
cos de la antigüedad, en algunas prácticas y teorías de la alquimia medieval y
renacentista, en el pensamiento de filósofos como Schopenhauer, y en algunos
sectores de movimientos naturalistas y ecologistas contemporáneos.
La mencionada tendencia está motivada por la impresión que produce la
vitalidad de la tierra, los bosques, las aguas, etc. Para denominarla se utiliza
frecuentemente un sustantivo abstracto, que da lugar a metáforas sobre la
vida, las cuales hacen perder de vista en ocasiones que la “vida” y la “vita -
lidad” son abstracciones o sumatorios de procesos concretos que acontecen
13 Esta consideración de la inmanencia y de los grados de vida en función de ella es co-
mún a bastantes filósofos, tanto antiguos como modernos. Puede encontrarse en Aristóteles, Peri
psychés ; Tomás de Aquino, Suma teológica , l, q 18; en Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas ,
parágrafos 343-352; en Max Scheler , El puesto del hombre en el cosmos , caps. 1 y 11. Y de un modo
ampliamente desarrollado en H. Plessner, Die Stufen des Organischenund der Mensch , caps. 5, 6 y 7,
en Gesammelte Shriften , tomo IV, Suhrkamp, Frankfurt, 1981. Las características de la jerarquiza-
ción cibernética pueden verse, además de en la obra citada de R. Escarpit, en N. Wiener, Cibernéti-
ca , Tusquets, Barcelona, 1985. La consideración de la sociedad como un sistema cibernético puede
verse en T. Parsons, El sistema social , Revista de Occidente, Madrid, 1966, y en J. Habermas y N.
Luhmann, Theorie der Gesselschaft oder Sozialtechnologie , Suhrkamp, Frankfurt, 1971.
53
en vivientes singulares. El sistema ecológico no es una abstracción, sino
un minucioso trenzado de singularidades operantes y conectadas entre
sí, y cuya realidad no es una generalidad separada, sino una totalidad
concreta.
Estar vivo significa, pues, ser singularidad y ser sí mismo, ser interio-
ridad. Y ahora, para continuar precisando qué quiere decir interioridad y
sí mismo, hay que analizar si hay varias formas de ser así, pues la caracte-
rización general de algo se prueba o se funda en los casos particulares, o
bien en la confrontación con sus expresiones en el grado mínimo y en los
siguientes hasta el máximo.
2. LA ESCALA DE LA VIDA
La mayoría de los biólogos están de acuerdo en que los primeros
y más simples organismos vivos son las bacterias y las cianofíceas o al-
gas azules. En conjunto se les denomina Procariotas y están constituidos
por una sola célula carente de núcleo, con una agrupación permanente de
cromosomas, de mitocondrias y de ergatoplasma, y se multiplican por bi-
partición, aunque a veces manifiestan una sexualidad parcial, sin mezcla
completa de los patrimonios genéticos.
Las Esquizofitas aparecen en el período de tiempo comprendido en-
tre hace 3.500 millones y 1.000 millones de años, y hace 1.000 millones de
años aparecen los primeros organismos pluricelulares.
Las Esquizofitas están dotadas de clorofila, y producen fotosíntesis,
es decir, usan la energía solar para obtener los compuestos orgánicos de
los cuales se nutren y en cuyo proceso se libera oxígeno que se traspasa
del agua a la atmósfera.
Entre hace 1.000 millones de años y 700 millones se produce la gran
división entre los organismos vivientes que tienen un sistema de nutrición
autónomo por utilizar la energía luminosa para “fabricar” su alimento y
que se llaman autótrofos (casi todos vegetales), y aquellos cuyo alimento
tiene que ser elaborado por otros y que se llaman heterótrofos (casi todos
animales). No está claro, por el momento, si hay organismos vivientes que
sean vegetales y animales a la vez.
En todos los organismos hay funciones metabólicas, digestivas y re-
productores, o sea, de procesamiento de información- energía. En los ani-
males más primitivos (los Espongiarios y los Cnidarios), no hay propia-
mente órganos individualizados correspondientes a esas funciones. En las
especies que constituyen colonias los individuos se especializan en fun
cio-
54
nes diferentes (digestivas, reproductoras, etc.). En algunas ocasiones se les
ha llamado a estos animales apáticos.
Los animales pluricelulares van apareciendo en el proceso evolutivo
en términos de complejidad creciente, que lleva consigo la diferenciación
de órganos especializados y, correlativamente, el desarrollo de unos siste-
mas de comunicación intercelular, conjunto de efectores, etc., cada vez más
complejos. Esto significa mayor capacidad de recoger-transmitir informa-
ción, mayor cantidad de energía acumulada y mayor autonomía respecto
del medio, es decir, mayor capacidad de movimiento, que a su vez está en
correlación con la capacidad de información- comunicación y de acumular
energía.
Las plantas pluricelulares también van apareciendo con creciente com-
plejidad pero no desarrollan un sistema nervioso, ni su correlativo conjunto
de efectores. Pasan del agua a la tierra seca y ahí se desarrollan estáticamen-
te como un eje entre dos polos: el suelo y la luz solar
14
.
Ahora no vamos a entrar en el problema de cómo se constituyen las
esquizofitas a partir de los compuestos orgánicos precedentes. Antes de eso
interesa todavía examinar cómo es el sí mismo y la interioridad o intimidad
del organismo viviente a medida que la capacidad de información-comu-
nicación aumenta.
A medida que el organismo se va haciendo más complejo, se va ha-
ciendo también más unitario. Esto significa que la unidad o la individuali-
dad de un mamífero es más intensa que la de las bacterias, las plantas y las
esponjas. Así, por ejemplo, si una planta se parte en dos cada parte puede
constituir un individuo completo, y lo mismo sucede con la estrella de mar,
alguno tipos de gusanos, y otros animales; si un mamífero se parte en dos,
se muere: mientras mayor es la complejidad, más fuerte es la unidad o la in-
dividualidad de un organismo viviente, más resistente a la división, mejor
se defiende contra lo que amenaza su unidad, y ésta puede ser vulnerada
por más flancos. Mientras más uno es, más uno deja de ser cuando muere.
Así no se puede decir propiamente que una bacteria se muera cuando se
parte en dos: puede ocurrir que así muera si se la mata, pero también así es
su modo de reproducirse. Por eso se puede afirmar que a medida que se as -
ciende en la escala de la vida, a medida que se es más uno “se muere más”
15
.
14 Cfr. P.P. Grassé, La evolución de lo viviente , Blume, Madrid, 1977. Grass é y Maynard Smith
representan dos posiciones bastante alejadas dentro de las corrientes, actuales en la biología y por
eso resulta útil tomarlos a los dos como puntos de referencia.
15 Cfr. J. Vicente, La muerte como acción vital , Revista de Medicina de la Universidad de Na-
varra, vol. 30, n.o 3, 1987, pp. 191-197.
55
La bacteria se considera que es el organismo vivo más elemental y pri -
mitivo que se conoce, y tiene la propiedad de reproducirse por bipartición, es
decir, se trata de una célula replicante, que emite una información que es una
copia estricta de ella misma. Es un viviente que “sabe” informar de sí mismo
con la suficiente precisión como para que el “mensaje” reproduzca de manera
completa al “emisor”. Todos los vivientes “saben” hacer eso, replicarse, aun -
que lo hacen de distinta manera.
Pues bien, volviendo a la metáfora de la voz, puede decirse que si el uni-
verso es una voz que no se oye a sí misma, un organismo vivo, por elemental
que sea -y, en concreto, el más elemental de todos ellos-, es una voz que de
alguna manera se oye a sí misma, y no solamente que se oye sino que, además,
antes de extinguirse se “nombra” o se “dice” otra vez, y ese es su modo de
escaparse del espacio y del tiempo hacia la “inmortalidad” 16 .
Una voz que se oye a sí misma y que se “dice” a sí misma es una voz que
en cierto modo “sabe” su sentido o su significado, que se tiene en simultanei -
dad, o, como anteriormente se apuntó, que posee su esencia. Pues bien, poseer
la propia esencia así es lo que desde Aristóteles a Hegel y hasta nuestros días
se ha llamado ser reflexivamente o ser substancia.
El término reflexión se utiliza en el lenguaje ordinario para referirlo a
operaciones intelectuales, sobre todo a la conciencia, pero en el lenguaje filo -
sófico se utiliza también para designar el saber en general (sin necesidad de
precisar qué tipos de saber), y aquí es pertinente para designar el “saber” que
una bacteria tiene de sí misma y que se pone de manifiesto en el modo en que
se “construye” (se “autorrealiza”), se mantiene y se multiplica.
En efecto, la noción de substancia que Aristóteles construye está elabora-
da tomando como punto de referencia fundamental (como analogado prime-
ro) el intelecto puro, y como punto de referencia secundario los organismos
vivientes 17 , y de modo análogo el carácter de substancia corresponde primor-
dialmente en la filosofía de Hegel al concepto, como se dijo al principio.
Si esto es así, lo que resulta problemático es cómo puede ser substancia
una realidad inerte o un conjunto de ellas, y por eso a lo largo de la historia de
la filosofía lo más frecuente ha sido considerar que el universo no constituye
una substancia.
16 También aquí es pertinente la metáfora de la obra de M. Ende anteriormente citada: el
modo en que el “remo” se salva de la extinción es darle un nuevo nombre a la emperatriz. En tér-
minos igualmente análogos se expresa en la Biblia la “inmortalidad” del cosmos, que se crea al
nombrarlo y se recrea también por el mismo proced1m1ento por el que “se hacen nuevas todas
las cosas”.
17 J. de Garay, Los sentidos de La forma en Aristóteles , EUNSA, Pamplona. 1987. cap. III.
56
Pues bien, volviendo a la bacteria, si se trata de un viviente que se re-
produce retransmitiéndose o repitiéndose completamente a sí mismo, podría
pensarse que se trata de un ser que se comunica plenamente o que dice plena-
mente lo que es, y que logra esa especie de aspiración, tan propia de los seres
humanos y tan inaccesible a ellos, que es la comunicación plena. No es ese el
caso.
En primer lugar las bacterias no tienen mucho que decirse, no han evo-
lucionado o no han variado nada desde que aparecieron, y lo que han hecho
ha sido repetirse. Decirse completamente a sí misma no es decir mucho en el
caso de una bacteria, porque lo que le queda “dentro” de cuanto le ha pasado
o ha hecho es muy poco, en estricta correlación con la amplitud potencial de
ese “dentro”. Pero, en segundo lugar, y sobre todo, cuando se ha dicho a sí
misma, el emisor no queda, porque se ha escindido en el decirse.
La aparición de órganos reproductores, especializados y diferenciados
respecto de la unidad del organismo, y la aparición de la sexualidad como
procedimiento reproductor, significa la aparición de un nuevo centro de in-
formación- comunicación que recoge y transmite no sólo la información con
la que se construyó el organismo individual al que pertenece, sino también
la correspondiente a los organismos que le preceden genealógicamente y que
son ya bastante más complejos. Y todavía más, ese centro de información-co-
municación funciona en articulación con otro complementario, que acumula
una cantidad indefinida de mensajes, puesto que los mensajes se constituyen
combinando información. Con la reproducción sexual hay más novedades
porque hay más azar: los individuos resultantes son irrepetibles e imprede-
cibles.
Como puede advertirse, el sistema de reproducción sexual corresponde
a organismos que tienen mucho que decir, o que decirse recíprocamente, y
por eso lo más propio de ellos es que digan mucho, y nuevo: la irrepetibilidad
y la novedad están en razón directa a la complejidad del organismo.
Si por una hipótesis fantástica se admitiera que dos organismos reco-
gieran en sí la información correspondiente al cosmos desde el principio, y
pudieran comunicarla o ponerla en común en un solo mensaje, el “hijo” sería
una síntesis absoluta de la totalidad de lo real. Como es lógico, ningún bió-
logo ha propuesto nunca una hipótesis semejante a la comunidad científica,
pero tal hipótesis ha sido propuesta en no pocas culturas en versión mitoló-
gica: de la unión de Urano (el cielo) y Gea (la tierra), nace Zeus, padre de los
dioses y de los hombres.
Desde la perspectiva aquí adoptada, podría decirse que Zeus sería algo
así como la unidad en totalidad simult á nea del cosmos y de la historia, algo
57
así como el “ alma del mundo”, pero aquí se advierte ya el carácter problemá-
tico de una entidad de ese tipo: el sistema de información- comunicación en
que consiste la sexualidad corresponde a vivientes que tienen tanto que decir
o que decirse, y que pueden innovar tanto en la emisión de mensajes, que su
capacidad de expresión llega a ser infinita, es decir, intotalizable. La repro-
ducción de los vivientes en general (no de una u otra especie en particular) es
de suyo interminable. A diferencia de la bacteria, la escala de la vida tomada
en su conjunto tiene mucho que decir 18 .
La sexualidad es un sistema de información- comunicación que se con-
sidera básicamente y en líneas generales el mismo para toda la escala de la
vida, pero hay más centros de información- comunicación especializados y di-
ferenciados respecto de la unidad del organismo, y que sí presentan variación
relevante a lo largo de dicha escala.
Por lo pronto, la aparición de la sexualidad significa la concentración,
en un sólo subsistema, de toda la información con arreglo a la cual está cons-
truido ese individuo y todos los precedentes de la misma especie (que a su
vez sirve para construir otros muchos en el futuro), lo que significa que la
individualidad del viviente puede asumir de un modo más pleno y radical la
autorrealización de sí mismo en tanto que individuo, pues la autorrealización
de la especie queda encomendada a un subsistema que tiene cierta autono-
mía. La autorrealización del individuo se llama proceso ontogenético, y la de
la especie proceso filogenético.
La ontogénesis está programada desde la filogénesis, pero en las líneas
filogenéticas hay discontinuidades en virtud de las cuales aparecen en la escala
de la vida tipos de vivientes (especies) en los cuales la relevancia de la ontogéne-
sis y los procesos de aprendizaje del individuo es cada vez mayor con respecto
a los procesos filogenéticos o de aprendizaje de la especie, hasta llegar al tipo
de vivientes que constituyen la especie humana, en la cual la relevancia de la
autorrealización individual excede de un modo rotundamente pleno al proceso
filogenético.
En último término, la aparición de la sexualidad es correlativa de un in-
cremento de la individualidad articulado con el despliegue de la especie, y que
18 La comparación entre Zeus y el Concepto es del propio Hegel, que toma la versión más
común de la genealogía del Olimpo. Zeus es hijo de Cronos y Gea, y triunfa de su padre, el tiem-
po, precisamente porque representa la interioridad (Cfr. Lecciones sobre la filosofía de la Historia... ,
cit. pág. 145). En t érminos de teoría de la información- comunicación, puede expresarse la ambi-
valencia de Hegel diciendo que unas veces considera a Dios como el “programador” y otras como
el “programa” del cosmos- historia. Obviamente un análisis de este problema requiere adentrarse
en la dogmática cristiana trinitaria, lo que no es del caso.
64
porque tanto el sí mismo como las operaciones quedarían encomendadas
a la tutela del conocimiento. Eso es lo característico de los individuos de
la especie humana.
3) Ahora es cuando propiamente se puede hablar de subjetividad y
de conciencia de sí, de autoconciencia, cuando el sí mismo, la substanciali-
dad del viviente, no es excéntrica respecto del conocimiento y éste se hace
cargo del sí mismo. Esto es lo que propiamente significa autonomía . Nomos
en griego significa ley, norma, y auto-nomos , el que se da a sí mismo la
norma o la ley según la cual se comporta o actúa.
“Por encima de los animales están los seres que se mueven en orden a
un fin que ellos mismos se fijan , cosa imposible de hacer si no es por medio
de la razón y del intelecto, al que corresponde conocer la relación que
hay entre el fin y lo que a su logroconduce y subordinar esto a aquello.
Por tanto, el modo más perfecto de vivir es el de los seres dotados de
intelecto, que son, a su vez, los que con mayor perfección se mueven a sí
mismos”
25
.
Antes se expresó esto diciendo que la conducta humana no está
mediada por el conocimiento, sino principiada por él, de manera que la
programación filogenética no antecede al conocimiento y, por tanto, el
conocimiento es operativamente eficaz en orden a la programación de
los propios fines, es decir, de la propia conducta. Y esto es, en un sentido
propio y estricto, lo que se llama reflexión.
Que el conocimiento pueda alterar la programación genética huma-
na es actualmente una posibilidad técnica que llega a estremecer. Pone
de manifiesto que la “programación” cognoscitiva es más poderosa que
la filogenética, que la supera, y, por tanto, que no puede reducirse a ella:
es una novedad que excede de un modo rotundamente pleno el orden
biológico y que no se deduce de él, como antes se dijo.
Pero no es necesario esperar a los logros técnicos y científicos del
siglo XX para poner de manifiesto la autonomía, la reflexividad o el auto -
movimiento propio delhombre.
El intelecto humano tiene, desde el primer momento en que aparece
sobre el planeta, una capacidad reflexiva tal, una capacidad de aprendi-
zaje tal, que anula o desplaza desde ese momento la programación filoge -
nética, es decir, el instinto, la determinación en concreto de los fines y de
los medios básicos para alcanzarlos.
25 Tomás de Aquino, Suma teológica , 1, q. 18, 3 c.
65
Esto no quiere decir que en el hombre no haya sistema nutritivo ni re-
productor: quiere decir que los objetivos de esas actividades y el modo de
conseguirlos, no vienen dados en concreto en la programación filogenéti -
ca, y corren por cuenta del aprendizaje individual de un modo completo.
El hombre no sabe qué es lo que tiene que comer ni cómo, ni sabe
con qué mujer tiene que establecer la relación de reproducción y cómo.
Tiene que inventarlo, y por eso lo inventa: se da a sí mismo las normas
que regulan tales actividades: sus propias leyes, y eso es lo que se llama
cultura. Y por eso hay tanta diferencia entre unos grupos humanos y otros
respecto de esas funciones tan ele-mentales como son la nutrición y la
reproducción.
Pero el hombre también inventa las formas de usar la naturaleza en
orden a la satisfacción de sus necesidades, las formas de organización y
cooperación de los individuos, y un sistema de información-comunica-
ción, de recoger y transmitir “mensajes”, de una capacidad infinita: el len-
guaje.
Naturalmente, esa capacidad de aprendizaje y de inventiva (de crea-
ción, depoíesis) está en correlación con el desarrollo del cerebro, con el
período prolongado de la gestación y de la infancia, que a su vez está en
correlación con la estabilidad familiar y con la estabilidad social, etc., todo
lo cual está en correlación con una intimidad o con un “mundo interior”
de una profundidad sin precedentes.
Se puede decir, por consiguiente, que porque en el hombre no hay
instintos o porque sus instintos son tan débiles, plásticos y falibles, es por
lo que hay en él tanta capacidad de aprendizaje y de invención, es por lo
que hay en él cultura, y, en último término, historia , es decir, arte.
Entre los seres humanos nutrirse es un conjunto de artes de entre
los cuales no es el menor de ellos el arte culinario, y reproducirse es un
conjunto de artes entre los cuales no es el menor de ellos el arte de amar 26 .
La historia es precisamente el proceso de generación, mantenimiento
y reproducción de lo que nace por obra del arte, que, a diferencia de lo que
nace por obra de la naturaleza, tiene unos ritmos de diversificación y de
innovación que resultan enormemente “rápidos”. Los procesos naturales
tienen como fundamento la physis, la naturaleza, y los procesos históri-
cos, es decir, culturales o artificiales, tienen como fundamento el arte, o
sea, la libertad.
26 Una buena exposición de su complejidad se encuentra en el libro de Erich
Fromm, El arte de amar , Paidos, Barcelona, Buenos Aires, 7ª ed. 1986.
66
Correlativamente, así como los procesos naturales tienen un fin natural o
naturalmente programado, los procesos históricos tienen unos fines que el hom-
bre se da a sí mismo, puesto que el darse a sí mismo los propios fines, en tanto
que característica específica del ser humano, se manifiesta tanto en el plano indi -
vidual como en el plano colectivo.
El sistema periódico y su dinámica, y el código genético con la suya, es
decir, lo inorgánico y lo orgánico, es acogido en lo super-orgánico, en la cultura,
en el lenguaje, es decir, en el intelecto y referido a sus propios fines.
El lenguaje humano es un sistema de información- comunicación que pro-
cesa y crea una cantidad de “mensajes” potencialmente infinita, y una cantidad
de energía nula, pero que desde el saber que contiene reactúa sobre todos los
demás sistemas, también sobre aquellos en que se procesa una energía máxima
y una información mínima. Desde la ciencia, mediante la técnica, los individuos
de la especie humana descifran y recombinan los procesos energéticos del mun-
do físico y del mundo de los vivientes.
Que el intelecto tenga las características de la infinitud y de la reflexividad
no quiere decir que no haya límites para su reflexión y para la determinación de
los propios fines. Volviendo al ejemplo anterior, puede decirse que el límite de
la reflexividad humana en lo que a la ingeniería genética respecta no es esencial -
mente distinto del que opera en lo que se refiere a la nutrición: El hombre es un
animal omnívoro; puede comer de todo y configurar su proceso nutritivo de una
u otra forma, pero no puede emanciparse de él: no puede emanciparse del cuer-
po, dejar de tener un cuerpo, prescindir de las leyes que rigen la actividad “ser
cuerpo”, y “ser este cuerpo”, y ese es uno de los límites de la ingeniería genética.
La capacidad de autodeterminación del hombre no es absoluta porque
aunque el intelecto, la reflexividad cognoscitiva o la libertad, sea en él principial,
no es más principia} que el ser, que el vivir y que el cuerpo.
“Para el viviente vivir es ser” significa, en el caso del hombre, que el cuer-
po, la vida, la libertad y el ser son conjuntamente principiales, lo que a su vez
significa, como se irá viendo, que hay algún tipo de fines para el hombre distin-
tos de los que él se da a sí mismo y que requieren ser articulados entre sí.
Desde esta perspectiva se puede señalar ya que los procesos energéticos
no pueden ser asumidos en los procesos libres y ser referidos a los fines que el
hombre se da a sí mismo de un modo arbitrario.
3. EL SISTEMA ECOLÓGICO
Si, como se ha dicho anteriormente, el sistema periódico con su dinámica
y el código genético con la suya, pueden ser acogidos en el logos autoconsciente
67
y referidos a sus propios fines, cabría hacer, en términos metafóricos y un tanto
fantásticos, la pregunta de si -análogamente a como ocurre en el individuo de la
especie humana- el logos autoconsciente desplaza y anula los “instintos” del cos -
mos (es decir, las leyes físicas) hasta el punto de poder alterar su programación.
Aunque esta pregunta es, en efecto, algo fantástica, hay una ciencia positi-
va que se aventura en ese terreno y brinda algunos elementos para responderla:
la ecología.
En primer lugar, y en orden a una adecuada caracterización, hay que dis-
tinguir entre la ecología y el ecologismo. La ecología es la ciencia positiva que
estudia las relaciones de todos los organismos vivientes entre sí y con el medio
físico, en lo que se refiere a producción e intercambio de materia orgánica. El
ecologismo es una doctrina política y, en cierto modo, también religiosa, en co-
rrelación con una concepción filosófica.
Desde la perspectiva filosófica, o mejor, desde la perspectiva de la historia
de la filosofía, el ecologismo se puede caracterizar como la reivindicación de la
‘’physis” frente a la preponderancia de una consideración trascendental de la acción,
que se manifiesta en el plano científico como “revolución copernicana” y en el plano de
la praxis económica como absolutización del mercado y del valor-trabajo. Tomando a
los filósofos como símbolo de esta contienda, podría considerarse el ecologismo
como una enmienda global dirigida por Heidegger a Kant, Adam Smith y Marx.
En orden a señalar la correspondencia entre ecología y ecologismo, es pre-
ciso pasar revista, aunque sea muy someramente, a los conceptos claves de la
ecología, por una parte, y a las nociones de “physis”, “ revolución copernicana”,
“mercado” y “ valor- trabajo”, por otra.
La ecología describe la naturaleza en términos de materia, energía y orga-
nización, considerando que la organización es organización de materia circulan-
te en un ciclo cerrado cuya dinámica viene posibilitada por un flujo de energía 27 .
La ecología toma, pues, como base, las dos leyes de la termodinámica: que
la energía no se crea ni se destruye sino que se transforma, y que en esa transfor-
mación la energía se va degradando irreversiblemente hasta su forma máxima-
mente degrada que es la de calor.
Ahora hay que añadir a los datos anteriormente señalados sobre la edad
del universo algunos datos sobre su talla.
Se suele admitir que hace 20.000 millones de años el volumen del universo
era casi cero y su energía la misma que ahora, pero que actualmente, 20.000
millones de años después de la “explosión”, tiene un diámetro superior a 10.000
millones de años-luz.
27 Cfr. R. Margalef, Ecología , Planeta, Barcelona, 1983, pág. 17.
68
En ese ámbito, junto con varios miles de millones de galaxias, se en-
cuentra la Vía Láctea, cuyo diámetro se estima en 12.000 años-luz; y en la
periferia del “anillo” se sitúa nuestro sistema solar.
La distancia de la Tierra al Sol es de 150 millones de kilómetros. El
diámetro del globo terráqueo es algo más de 12. 700 kms. (43 kms. más en el
ecuador que en los polos). Y la superficie del planeta es de 510 millones de
kms2, de los cuales 361 corresponden a los océanos y 149 a los continentes.
Pues bien, un planeta con esa masa y a esa distancia del sol, tiene una
fuerza gravitatoria que le permite retener una atmósfera con una densidad
y temperatura determinadas que filtra la energía solar, la luz, también de
una manera determinada, lo que hace posible la existencia de organismos
vivientes. Se denomina biosfera el espacio comprendido entre 7.000 metros
sobre el nivel del mar y 100 metros bajo dicho nivel, porque en esa franja es
donde están situados los seres vivos (a 4.000 metros, que es la profundidad
media de los mares, e incluso a 11.000 metros, que es la profundidad de
las mayores fosas abisales, hay vida bacteriana, pero por debajo de los 100
metros ya no se filtra luz suficiente para que se den los procesos de fotosín -
tesis).
Uno de los temas de la ecología es la historia de la biosfera, es decir,
el proceso por el cual la circulación de agua y aire mediante la transforma-
ción de uno en otro (vapor) o directamente, homogeneiza la temperatura de
superficie, en correlación con el proceso de aparición de organismos capa -
ces de producir materia orgánica suficiente para sustentar a todos los seres
vivos, es decir, en correlación con el proceso de producción de la biomasa.
Y este es el objeto clave de la ecología, la biomasa, cuya cantidad se esti-
ma entre 500.000 y 700.000 teragramos de carbono, siendo un teragramo
1Tg=1012 gramos, es decir, un billón
La biomasa es el total de materia nutritiva potencial para el conjunto
global de los seres vivos, y la ecología la estudia desde el punto de vista
de su producción y consumo. A tal efecto diferencia a los seres vivos entre
productores primarios, que son los vivientes autótrofos (plantas), y produc-
tores secundarios, que son los vivientes heterótrofos (animales).
Como es obvio, el papel fundamental corre aquí a cargo de las plantas,
que son capaces de producir materia orgánica a partir de la energía solar,
es decir, que son capaces de realizar la fotosíntesis. La molécula que lleva
a cabo tal proceso es la clorofila, siendo la reacción fundamental de la foto -
síntesis la siguiente:
Anhídrido carbónico (C02) + agua (H20) + energía (luz) = Carbohidra-
tos: (CH2O) + OXIGENO (O2)
69
Mediante este proceso, que se nutre energéticamente del sol, las plantas
fueron liberando cantidades de oxígeno, que pasaron a la atmósfera dotándo-
la de la proporción de oxígeno que los demás vivientes iban a necesitar para
la respiración o, lo que es equivalente, para la combustión de la energía con
la que se nutren, mientras que, por otra parte, fueron suministrando a esos
vivientes el combustible apropiado, es decir, los compuestos de carbono que
constituyen el alimento de los animales. El oxígeno, el carbono y los demás
elementos alimenticios, son liberados por los animales en forma de excremen-
tos o en otras formas, a partir de las cuales los descomponedores (las bacterias
y los hongos) los resuelven otra vez a sus formas elementales, en las que los
retoman nuevamente los productores primarios. Este es el proceso de la ca-
dena trófica, en el que se repite continuamente el ciclo de la materia, o en el
que se recicla la materia, mediante un flujo abierto de energía que se recibe en
forma de luz y se emite a la atmósfera y al espacio en forma de calor.
Nunca ha habido un equilibrio estático del ecosistema, pero sí un equi-
librio dinámico. La noción de equilibrio ecológico se puede formular como
equivalencia o igualdad entre el consumo de los vivientes heterótrofos y la
productividad neta de los autótrofos. Consumo significa aquí alimentación
de los animales.
Productividad en general es incremento de la biomasa medido por uni-
dad de superficie o volumen y tiempo; productividad primaria (o de los pro-
ductores primarios) es la velocidad de fijación de energía solar como energía
química por las plantas, y productividad neta es la productividad primaria
bruta a la que se resta lo que los propios vegetales consumen en respiración.
La estabilidad de un ecosistema consiste, pues, en que los niveles tróficos
superiores no consuman cantidades que excedan la productividad primaria
neta, o, dicho de otra manera, si se considera la biomasa como capital y la
productividad como renta, el equilibrio consiste en el consumo de la renta
dejando intacto el capital.
Desde el punto de vista de la productividad, los niveles tróficos se super -
ponen en una pirámide perfectamente regular cuya base la ocupan las plan-
tas, con una productividad máxima y un consumo mínimo, y cuyo vértice lo
ocupa el hombre, con una productividad mínima y un consumo máximo.
Puede decirse que el ascenso desde la base hasta el vértice de la pirámide
se corresponde con la aparición de organismos cada vez más complejos en la
escala de la vida, y que el ordenamiento de los vivientes desde el punto de
vista de la reproducción o de su génesis --que es como los estudia el evolucio-
nismo--, tiene una correspondencia con su ordenamiento desde el punto de
vista de la nutrición, que es como los estudia la ecología.
70
Por supuesto, el proceso es mucho más complejo de lo que aquí se deja
entrever, pero estas pocas nociones elementales de la ecología son ya sufi -
cientes para pasar al análisis del ecologismo y exponer la conexión entre am-
bos
28
.
El ecologismo, en su sentido sociológico más común y al margen de sus
significados políticos coyunturales o estratégicos, es una actitud o un movi-
miento de protesta contra el deterioro del medio ambiente o la ruptura del
equilibrio ecológico, provocada por el desarrollo industrial a gran escala. En
un sentido más preciso, es la denuncia de la utilización, como si fuesen “ren -
ta”, de recursos naturales que son “capital” no renovable
29
.
Los procesos de desarrollo industrial requieren unas cantidades de
energía que se han ido extrayendo de fuentes finitas y agotables, puesto que
el hombre no es productor de energía. Ya se dijo que el intelecto humano
tiene una capacidad infinita de procesar y crear mensajes, pero que la ener-
gía que procesa es toda oriunda del cosmos. Al parecer, la única fuente de
energía prácticamente inagotable es el sol, de modo que podría pensarse que
si se inventaran procedimientos para extraer de él energía química y eléctrica
suficientes se habrían resuelto todos los problemas. Es decir, podría pensarse
que si, además de inventar cerebros y animales artificiales (computadoras y
robots) se inventaran plantas artificiales (máquinas que realizaran la fotosín -
tesis) la biomasa podría incrementarse indefinidamente a voluntad.
Por supuesto, sería un gran éxito de la técnica y del hombre. Pero quizá
la mayor parte de los problemas nuevos “no son la consecuencia de fracasos
accidentales sino de los éxitos de la tecnología”
30
, y el éxito tecnológico de los
vegetales artificiales que brindaran energía en cantidades superiores cuatro
o cinco veces a las actualmente disponibles, plantearían, junto con otros pro-
blemas imprevisibles, el de una contaminación térmica que quizá no resulta-
ra fácil de resolver.
Durante trescientos años los hombres se han dedicado a transformar el
mundo, y ahora empieza a entrarles un cierto temor de que, si lo transforman
mucho más, les va a quedar tan solo polvo entre las manos. Desde esta pers-
pectiva es desde la que aparece el ecologismo como una actitud de respeto, y
de búsqueda y comprensión, de las leyes de la naturaleza, lo cual en lengua
28 Para una visión panorámica y completa de la ecología puede acudirse, además de a la
obra de Margalef antes citada, a E.P. Odum, Ecología: el vínculo entre las ciencias naturales y sociales ,
CECSA, Barcelona, 1980, y R. Margalef, Ecología, Omega, Barcelona, 1974.
29 Cfr. E.F. Schumacher, Lo pequeño es hermoso , Blume, Madrid, 1984, Parte I
30 Ibidem, pág, 27.
71
griega se expresaría con las palabras Theorfa de la Physis , esto es, visión,
comprensión, contemplación del cosmos, de la naturaleza.
El desarrollo industrial a gran escala ha tenido como bases, por una par-
te, el desarrollo de la ciencia positiva y, con éste, el de la técnica, y, por otra, el
desencadenamiento del proceso del capitalismo. Pues bien, el desarrollo de
la ciencia positiva se ha basado en lo que Kant llamó la “ revolución coperni-
cana”, y el desarrollo del capitalismo en la absolutización del mercado y del
valor- trabajo. A su vez, ambos acontecimientos se basan en una considera-
ción soberanamente hegemónica de la acción humana o de la libertad huma-
na respecto de la naturaleza, es decir, en una consideración trascendental de
la acción, en una concepción de la acción humana como fundamento no solo
de lo realizable sino, en cierto modo, también de lo real.
Y no es que no hubiera motivos para esa concepción y para esa trans-
formación. El simple crecimiento de la humanidad en tamaño y en densidad
de las interrelaciones, planteaba nuevos problemas cuyas soluciones venían
posibilitadas también por el crecimiento del saber, de la autoconciencia y de
la libertad humana (de lo cual se tratará más adelante). Había motivos para
esa concepción porque, efectivamente, el hombre es superior al cosmos; y ha-
bía motivos éticos e incluso religiosos para esa transformación porque era un
deber moral resolver esos problemas y satisfacer esas necesidades, y porque
la misión de crecer, multiplicarse y sojuzgar la tierra era la que en la Biblia
se encomendaba al hombre desde el principio. Pero, como es patente, las
extralimitaciones y la desmesura de la acción humana tuvieron unos efectos
negativos que han provocado un recelo, a su vez también excesivo en algu-
nos casos, acerca de la acción transformadora del hombre.
Lo que Kant llamó la “revolución copernicana” consiste -visto desde la
perspectiva aquí adoptada- en considerar que no es el conocimiento científi -
co humano el que debe regirse por la realidad, sino, a la inversa, es la reali-
dad la que debe regirse por el conocimiento científico.
El nacimiento de la ciencia positiva, tal como la practicó y concibió Ga-
lileo, supuso, por una parte, la legitimación de un punto de vista particular
sobre la naturaleza independientemente o al margen de un saber global (filo -
sófico), y por otra parte, la referencia a la naturaleza en términos de interro-
gatorio preciso desde ese punto de vista particular, es decir, desde el marco
conceptual construido como conjunto de hipótesis. Pues en eso consiste ca-
balmente lo que se llama “experimento”, en someter a la naturaleza a un inte -
rrogatorio en términos de “limítese a responder sí o no”, donde el sentido de
la respuesta viene dado más en función del marco hipotético que en función
de la unidad global de la “physis”.
72
Desde esta perspectiva, la naturaleza podría ser considerada por Kant y
muchos otros de sus contemporáneos como una cosa en sí incognoscible, que
sólo se manifiesta y tiene sentido en un marco construido por el hombre.
A su vez, la absolutización del mercado, por una parte y, por otra, del
valor- trabajo, significa que el valor de lo real depende de o viene dado por el
sentido que ello tenga dentro de un marco construido por el hombre, con ex-
presiones objetivas de sus necesidades y de su voluntad (que son el dinero y,
correlativamente, el mercado), y que no hay nada que tenga valor en función
de la unidad global de la “ physis ” sino solo en función del trabajo, es decir,
siendo el trabajo la única fuente de valor.
Como es obvio, la ciencia y el mercado son construcciones bastante abs-
tractas, respecto de las cuales la naturaleza resulta algo bastante lejano e igno-
to. Y absolutizar la ciencia y el mercado significa mutilar desconsideradamen -
te la naturaleza: no es que la naturaleza no pueda manifestarse como es en sí,
es que no le deja esa absolutización.
En efecto, cuando a la naturaleza se la contraría, la naturaleza se venga,
o, para expresarlo con el dicho popular “ Dios perdona siempre, los hombres
algunas veces y la naturaleza nunca”. La naturaleza, al parecer, sí se mani-
fiesta como es en sí, y en las situaciones extremas se manifiesta al menos en
la forma de la venganza, dejando entrever como un algo de misterio, que ella
reserva para sí, y a lo cual el hombre no puede acceder por medio de la vio-
lencia sino sólo por medio del respeto.
Por eso el ecologismo tiene afinidades con las religiones. Con el neo-pa -
ganismo, en cuanto que el pagano es el que tiene la religión propia del pagus ,
del campo (pues eso es lo que significa la palabra latina pagus, campo); con la
corriente de espiritualidad franciscana dentro del cristianismo, en la que se
establece una relación religiosa con la naturaleza (“hermano lobo”, “hermano
sol” etc.) y con el budismo y otras religiones orientales en las que la naturale-
za tiene rango de divinidad, aunque las inspiraciones de estas corrientes son
muy distintas.
Por eso la ecología no se presenta a sí misma como una ciencia particu-
lar, sino global; como una ciencia cuyo proceso de gestación histórica es en
cierto modo inverso al de las restantes ciencias positivas: no ha surgido como
afirmación legítima de un punto de vista particular, sino como exigencia de
síntesis global de una pluralidad de puntos de vista particulares 31 .
Y, finalmente, por eso Heidegger es un buen correlato filosófico de lo
que la ecología significa en el ámbito de las ciencias positivas, porque es el
31 Cfr. R. Margalef , Ecología , Planeta, Barcelona, 1983, cap. l.
73
filósofo que en el siglo XX ha proclamado con más fuerza el sentido de la
“physis” como “ser” y el sentido del ser como misterio, a la vez que señalaba
la inadecuación o la estrechez de las construcciones abstractas objetivas en or-
den a la comprensión del ser, a un permitir que el ser se manifieste libremente.
El punto de vista de la nutrición, que es el de la ecología en tanto que
ciencia positiva, es desde luego particular a pesar de la globalidad de su pers-
pectiva; pero si desde el punto de vista de la ontología, se afirma que en y a
través de los compuestos de carbono, el hombre se nutre de ser y de misterio,
y que eso implica preguntarse ¿por qué existe el ente en general y no más
bien la nada? y ¿por qué existe el hombre, un ser que puede preguntarse así?,
entonces el punto de vista de la “nutrición” es el más extenso, radical y pro -
fundo de todos los que caben 32 .
De todas formas, y por mucho que se respete e incluso se venere el miste-
rio del cosmos y de la creación, hay que continuar extrayendo del universo la
energía que sea preciso utilizar. Y es preciso utilizar energía en cualquier caso,
sobre todo si, como parece ser, la humanidad, sus sistemas socioculturales y,
con ello, cada psique individual, tienen también por naturaleza una dinámica
análoga a la del universo en expansión.
Por consiguiente, a la pregunta con que iniciamos este epígrafe sobre si
el saber humano, la ciencia, puede desplazar “los instintos” del cosmos, las
leyes de la naturaleza, y asumirlas en los fines que el logos autoconsciente se
proponga a sí mismo, hay que responder rotundamente que no le cabe otra
alternativa, pero que eso no lo puede hacer arbitrariamente. Que la noción de
arbitrariedad tenga sentido respecto del universo, del logos autoconsciente y
de la relación de éste con aquél, significa que ni el universo es lo absoluto ni lo
es el logos autoconsciente, por muy superior al cosmos que sea.
La aspiración a constituir el absoluto con el binomio universo- ciencia
humana, o con el binomio physis- logos , aparece en la literatura de ciencia-fic -
ción o en la de política-ficción (es decir, en las utopías políticas-económicas)
como expresión de una nostalgia que es genuinamente religiosa, cuyo mejor
cauce y cumplimiento no es el científico o el político, sino precisamente, el
religioso.
El logos autoconsciente ha de acoger en sí a la physis, entre otros motivos
porque no puede desprenderse de ella. Pero precisamente por eso su dominio
no es absoluto, pues también en esa vinculación aparece el problema de “una
eco-organización espontánea , es decir que se auto-produce, se auto-regenera,
se auto-regula de manera extraordinariamente compleja sin tener por ello una
32 Cfr. M. Heidegger, Introducción a la metafísica , Nova, Buenos Aires, 1959, cap. l.
80
no se advertían o se advertían de otro modo, sin que ello signifique que tales
dimensiones carezcan de correlato en la realidad 4.
De todas formas, que las nociones de orden y dirección tengan un co-
rrelato real, que sean algo más que un recurso metodológico para una ex-
plicación cómoda de los hechos, es un asunto que habrá de examinarse en
cada caso. Que la naturaleza se manifieste desde sí como es en sí, sin que los
marcos construidos por el hombre en orden a dicha manifestación anulen el
sentido de ésta en beneficio exclusivo del sentido determinado por esos mis -
mos marcos, es algo que requiere ser dilucidado en función de cada marco y
de las manifestaciones que le corresponden.
Si se considera el universo como una baraja que se baraja sola continua-
mente, los dos principios de la termodinámica podrían formularse diciendo
que, primero, la cantidad de cartas y energía con que se barajan permanece
constante, y, segundo que a partir de un estado inicial de la baraja en que sus
elementos se ligan entre sí de una determinada manera, los sucesivos cambios
tienen como resultado un estado de la baraja en el que sus elementos se ligan
entre sí en configuraciones cada vez menos complejas y menos articulables
con otras. A este proceso se le llama “historia del universo” y se describe
como crecimiento de la entropía (paso de un estado de energía poco degrada-
da a un estado de energía máximamente degradada).
Esta sería la “historia del universo” según la termodinámica del siglo
XIX. La “ historia de la vida” tal como es descrita por el evolucionismo que
opera con los conceptos de orden y dirección, aparecería como un extraño jue-
go en el que una serie de jugadores, reteniendo unas cartas y descartándose
de otras, fueran ligando jugadas en las que cada vez hubiera más elementos
relacionados entre sí formando conjuntos que a su vez se relacionaran entre
sí, y así sucesivamente.
Esos conjuntos de elementos son los que se caracterizan como seres vi-
vos y los que se ordenan en la escala de la vida.
La termodinámica del siglo XIX tendía a considerar el universo como un
sistema aislado, en el cual el incremento de orden y de complejidad es real-
mente difícil de explicar, de manera que la vida aparecía como un fenómeno
de escasísima probabilidad.
La termodinámica del siglo XX ha prestado más atención a los sistemas
no aislados, a los sistemas que intercambian energía con el exterior (sistemas
4 Una visión del punto de vista sociologista puede encontrarse en el trabajo citado de
Lewontim sobre el sociologismo, el psicologismo y el ‘”filosofismo” en las ciencias del hombre.
cfr. J. Choza. Antropología positiva y antropología filosófica . Cenit. Tatalla. 1985. cap ll. 8. pp. 171-180.
81
cerrados) y a los que intercambian energía y materia (sistemas abiertos). Se ha
centrado en el estudio de los sistemas alejados de la situación de equilibrio, y
en su dinámica, para examinar su tendencia a configuraciones estables. Estas
configuraciones, en determinados sistemas abiertos, aparecen en sucesión de
complejidad creciente, particularmente en el ámbito de la química y la bio-
química.
La multiplicación de factores, tanto energéticos como materiales, que
interactúan en el sistema, es tanta que surgen nuevos fenómenos, nuevas le-
yes de la materia y nuevas probabilidades de configuraciones. La naturaleza
aparece entonces como un derroche de imaginación creadora, abriendo con-
tinuamente caminos nuevos a partir de bifurcaciones posibles que se realizan
efectivamente. Retomando el ejemplo de la baraja, sería como si se tratara de
una gran multitud de cartas que dan lugar a nuevas barajas, las cuales dan
lugar a nuevos juegos, en los cuales se producen nuevas jugadas.
El evolucionismo que opera con los conceptos de cambio, orden y direc-
ción, admite que la historia de la vida transcurre desde un orden y diferen-
ciación menores a mayor orden y diferenciación, de menos a más individua-
lidad, unidad, complejidad y capacidad de recibir-emitir información. Esto
no significa rechazar los dos principios centrales de la termodinámica que se
suponen rigen para todo el universo; significa admitir que aunque el universo
se pueda considerar como un sistema aislado, cada galaxia, y cada planeta,
con sus diversos ámbitos, son sistemas no aislados, inestables y alejados de
la situación de equilibrio, de cuyo caos emergen configuraciones nuevas y
complejas 5 . Esto significa suponer que la materia- energía del universo, en su
trayecto hacia el estado de mayor degradación, describe especies de bucles
ascendentes, en el planeta tierra y quizá en otros puntos del universo, sin que
por eso se altere el término de su flujo.
Si la diferencia de “potencial” entre la situación inicial del universo y
su situación terminal es real, entonces podría hablarse de dirección real de
los procesos, y, a la inversa, si la diferencia de “potencial” entre un embrión
de perro y el perro, o entre una bacteria y los insectos, mamíferos, etc. es real,
entonces podría hablarse de orden y dirección en los procesos biológicos. No
obstante, habría que hacer la salvedad de que la situación terminal ( muerte
térmica) es una especie de sistema dado en función del cual podría quizá es-
tablecerse el “potencial” del universo, mientras que respecto de la bacteria
5 Cfr. P.P. Grassé, La evolución de lo viviente , Blume, Madrid, 1977, p. 16. Cfr. N. Wiener,
Cibernética. O el control y comunicación en animales y máquinas , Tusquets, Barcelona, 1985, pp. 62-63.
Cfr. J.P. Cruchtfield et al. Chaos , en Scientific American , dic. 1986 vol. 255 n.º 6. Cfr. I. Prigogine,
¿Tan solo una ilusión? Una exploración del caos al orden , Tusquets, Barcelona, 1983.
82
la escala zoológica entera no se puede admitir como un sistema dado (quizá
el perro fuera más admisible en tales términos respecto de su embrión). Es
como si hubiese una especie de “potencial gravitatorio” de lo inorgánico hacia
“abajo” y de lo orgánico hacia “arriba”: es el debatido tema de la teleología
de la naturaleza.
Sea como fuere, en todo caso la “diferencia de potencial” se salva siem -
pre consumiendo energía, o, lo que es equivalente, realizando un trabajo. Si
definimos la vida orgánica como automovimiento, como síntesis de exterio-
ridad e interioridad o como constitución y despliegue de la interioridad a
costa de la exterioridad, dicho proceso implica, por una parte, un consumo
de energía, la realización de un trabajo, y, por otra parte, la diferencia o la
distancia entre el punto de partida y el término. En terminología filosófica
esto se expresa diciendo que la vida orgánica implica potencia, dynamis (en su
doble sentido de posibilidad y capacidad), y por eso mismo, inidentidad. Toda
inidentidad implica potencialidad y, a la inversa, toda potencialidad implica
inidentidad, pero el tipo de inidentidad en que consiste la vida es menor que
el tipo de inidentidad del universo. Veámoslo:
Aunque a diferencia de la mecánica newtoniana la termodinámica con-
sidera que el tiempo del cosmos es irreversible, es decir, que el universo tiene
una historia, esta expresión es equívoca en cuanto no puede aplicarse con el
mismo sentido a los organismos vivos. Ha sido Bergson el filósofo que más
ha insistido en la diferencia entre tiempo y duración como diferencia entre pro-
cesos que no implican y no acumulan el pasado (a lo cual llama tiempo) y
procesos que sí lo implican y lo acumulan (a lo cual llama duración) 6 . Y han
sido Norbert Wiener e Ilya Prigogine quienes han caracterizado el universo
de la termodinámica en términos de tiempo bergsoniano para contraponerlo
al universo newtoniano de tiempo irreversible 7 .
Pues bien, si las diversas tesis de la termodinámica son verdaderas, hay
que decir que el universo implica su pasado pero que no lo implica acumulán-
dolo en el sentido de que no retiene en sí lo que ha perdido. En este sentido
puede decirse que el universo no tiene historia, pues si la tiene no la tiene
para él: el universo no “recuerda” lo que le ha pasado, lo que ha perdido: en
la situación de lo que se llama la “muerte térmica” del universo, en la ausen -
cia de fenómenos que se destaquen como diferentes de la situación de equi-
6 Cfr. H. Bergson, La evolución creadora , cap. l.
7 Cfr. N. Wiener, op. cit. , cap. l. Wiener ilustra la diferencia señalando que si se “filmara” el
universo newtoniano y se proyecta la película en sentido inverso los procesos serían idénticos,
mientras que en el universo bergsoniano el mismo experimento daría una película diferente. Cfr.
l. Prigogine. op. cit ., cap. 8. “Exploración del tiempo”.
83
librio terminal, sería imposible reconstruir o “recordar” lo que fue su vida.
Si el universo tiene historia no la tiene para él, sino para el hombre, que sí
puede acumular el pasado. Si, por hipótesis fantástica, el universo pudiera
“recordar” su pasado, si pudiera tener “memoria” o tener “conciencia”, ten -
dría conciencia de que, para los procesos físicos, ser significa no poder retener
acumulativamente el pasado.
Lo que en biología y en teoría de la información se denomina “memoria”
es un cierto correlato de lo que en la filosofía clásica se llama “inmanencia” y
en la filosofía moderna “reflexión”; y lo que en biología y en teoría de la infor-
mación se denomina “programa” es un cierto correlato de lo que en filosofía
se denomina “ esencia o substancia viva” y también “psique”. Pues bien, que
el universo no tiene memoria quiere decir que no tiene un programa que per-
manece constante en un centro de control mientras se desarrolla, y eso quiere
decir que no es una unidad viviente, un organismo vivo que se pueda consi-
derar como un individuo (téngase en cuenta que ser uno es requisito indispen-
sable del recordar, del retener como propio). Así, el grado de inidentidad del
universo es el mayor que pueda concebirse: el universo no puede ser idéntico
a sí mismo porque carece de un sí mismo estable.
A diferencia del universo, un viviente orgánico tiene un grado de iden-
tidad mayor, porque aunque hay diferencia o distancia entre el estado de em-
brión y el de adulto, vivir para el viviente significa salvar esa distancia hasta
llegar a ser idéntico a sí mismo. Esto significa que el sí mismo permanece de
algún modo constante y que lo vivido se acumula a beneficio de ese sí mismo.
Pues bien, la energía que se utiliza en ese proceso que va del embrión al
adulto, en la realización de ese trabajo, es, por una parte, energía física, y, por
otra parte, energía no-física.
Los físicos admiten varios tipos de fuerza o varios tipos de energía. Entre
ellas se encuentran la que llaman energía nuclear, que opera para distancias
inferiores a 10 -15 m. (inferiores a una milbillonésima parte de un metro), que
mantiene unidos los elementos del núcleo atómico, y cuya fisión y fusión se
producen en forma de explosiones como las de la bomba atómica y la bomba
de hidrógeno respectivamente; la fuerza gravitatoria, que opera según la fór-
mula de Newton, en razón directamente proporcional a las masas e inversa-
mente proporcional al cuadrado de las distancias; y la energía electromagné-
tica, que opera también para distancias comprendidas entre 10 -15 m. e infinito.
A este último tipo pertenece la energía físico-química, que se utiliza para la
construcción de los seres vivos, y que forma parte del concepto de biomasa
tal como vimos que lo formula la ecología. Por otra parte, como se vio en el
capítulo anterior, la vida que conocemos se desarrolla en un ámbito cuyos
84
márgenes mínimo y máximo de flujo de energías se mantienen constantes y
son relativamente bajos, pues por encima y por debajo de una determinada
temperatura la biosfera desaparece.
Para dar cuenta de la vida hay que admitir junto a esa energía física, otra
energía no-física:
— Hay que admitir una energía no-física en el viviente para explicar que
su sí mismo, su “interioridad” o su “programa” crezca y se despliegue
a expensas de la energía física.
— Hay que admitir una materia-energía física para explicar que en los se-
res vivos se produzca envejecimiento.
Se puede decir que vivir es la unidad de esos dos tipos de energía, pero
eso todavía no aclara la cuestión de cuáles son sus características y cómo se
articulan.
En el capítulo anterior se dijo que el universo es una voz que no se oye
a sí misma, mientras que un viviente orgánico es una voz que sí se oye a sí
misma, que se “sabe” a sí misma al decirse o que “sabe” decirse. Saber decir -
se, u oírse a sí misma mientras se dice, significa simultaneidad del mensaje al
principio, mientras y al final de la emisión. Así, si pido a alguien que cierre la
puerta que ha dejado abierta, el mensaje está como totalidad simultánea en mi
mente como “programa” al principio, mientras y al terminar de decirlo; en el
espacio y en los nervios acústicos de mi interlocutor está solo sucesivamente;
y cuando ha sido dicho del todo, está como totalidad simultánea en la mente
de mi interlocutor si es que me ha entendido, si ha comprendido el mensaje. Y si
lo ha comprendido y tiene la amabilidad de acceder a mi petición, pone en
marcha otro proceso, también distendido espacio-temporalmente, cuyo resul-
tado final es que la puerta queda cerrada por la acción de su mano sobre el
picaporte.
Aquí se trata del procesamiento de un mensaje que a su vez rige un pro-
cesamiento de energía física que ya existe y que no es producida por el mensa-
je. Si el mensaje produjera inmediatamente y por sí mismo energía física quizá
no necesitaría pedir a nadie que cerrase la puerta, sino que esta se cerraría
probablemente sola con pensar y querer interiormente yo que así sucediese.
Ahora bien, para mantener el mensaje como una totalidad simultánea
que rige un procesamiento de energía físico-química, hace falta también algu-
na energía que no es físico-química y que, provisionalmente, vamos a llamar
“ energía psíquica’’.
85
Y ahora puede decirse que la “energía psíquica” y la físico-química se
articulan de tal manera que la fuente y fundamento suficiente de cada una
nunca es la otra. ¿Significa esto que mientras más reflexiva sea una actividad
más inmediatamente impotente es en el orden físico-material? Efectivamente
significa eso, y con esa tesis se concluyó el capítulo anterior.
Sostener que lo más espiritual es lo máximamente impotente puede re-
sultar chocante cuando la mayoría de las religiones afirman, precisamente,
que Dios es el ser para el cual la fuente de todas sus energías es la misma, y
en virtud precisamente de eso se le atribuye la omnipotencia. La tesis deja de
resultar chocante si se advierte que, justamente en virtud de ella, se puede
afirmar que el logos del cosmos y de la historia no es Dios.
Y es oportuno señalar, en esta perspectiva, que Hegel no dice que el Con -
cepto sea Dios en este sentido. Hegel no dice que la creación sea una espe-
cie de fisión o de fusión del ‘”núcleo atómico” de Dios, y que la historia del
universo culmine con la constitución del Concepto, en un estado en el cual el
Concepto mismo sea la fuente de la energía física con la cual él persiste. Y lo
mismo cabe decir de la noción o las nociones aristotélicas de Acto puro. Ya se
dijo que no íbamos a ocuparnos de la cuestión de si Aristóteles y Hegel son o
no panteístas, pero ahora se puede señalar que, por lo menos, no lo son en el
sentido de que afirman que el logos y la energía física sean cada uno fuente
y fundamento suficiente del otro, y esa tesis es la que tendría que probar una
doctrina para que pudiera considerarse verdaderamente panteísta. Hegel no
se ocupa propiamente de la relación real entre el “soporte físico” y el “ soporte
lógico” del cosmos y de la historia, sino del despliegue del “soporte lógico” 8 .
La mayoría de las religiones pueden sostener que Dios es omnipotente si
sostienen, como en efecto hacen por regla general, que no es un organismo vi-
viente. En efecto, se suele afirmar que es vida en sentido absoluto, automovi-
miento en sentido absoluto, identidad absoluta con su fin desde su principio,
etc., y por eso no se le puede atribuir nada parecido a una especie de “fisión o
fusión del núcleo” en orden a la creación del universo.
Pero obsérvese también, en este sentido, que la “fisión” del núcleo de un
ser vivo, es decir, su muerte o, lo que es lo mismo, su pasar a ser solamente
8 Aristóteles, por su parte, señala que “no es posible, en un tiempo cualquiera, encontrar un
movimiento perfecto en cuanto a la forma, a no ser en la totalidad del tiempo” ( Ética a Nicómaco
1174 a 27-29). A su vez, tanto respecto de Aristóteles como respecto de Hegel, vale la siguiente
tesis: “No hay, por consiguiente, movimientos perfectos. Cualquier examen totalizante del movi-
miento habría de dar cuenta de todos los movimientos pasados, presentes y futuros; se alcanzaría
así un orden global formalizado. Pero esto solo puede hacerse desde fuera del movimiento”. J. de
Garay, La identidad del acto según Aristóteles, en “Anuario Filosófico”, vol. XVIII, n. 2, 1985, pág. 79.
86
exterioridad que ya no acumula nada de lo que le suceda, no libera ningún
tipo de energía física. La muerte de un ser vivo no significa, de suyo, un incre -
mento de la biomasa: la biomasa se mantiene constante mientras se produce
el flujo de energía. Por eso la vida no altera las leyes de la termodinámica,
pero s í implica que la materia- energía describa un bucle ascendente en su
flujo entrópico.
Ahora bien, ese bucle hay que analizarlo y explicarlo. Su explicación es
lo que llevó a los filósofos a hablar de energía no-física y de realidades no-fí-
sicas, es decir, que escapan a la distensión espacio-temporal.
Para designar las diversas formas de energía física y la energía que aquí
estamos llamando “psíquica”, Aristóteles utilizó el término enérgeia, que se
traduce a las lenguas filosóficas modernas como acto, y para designar especí-
ficamente la energía “psíquica” en tanto que simultaneidad del “programa” o
de la voz que se “sabe” a sí misma antes, mientras y después de decirse, uti -
lizó el término entelécheia, y definió la psique como “ acto primero (entelécheia)
del cuerpo físico organizado” 9 .
Obviamente, hay una inidentidad en la entelécheia o en el “programa”
porque el programa no es lo mismo antes, mientras y después de emitirse, aun-
que sí sea siempre el mismo. La diferencia entre antes y después de emitirse
viene dada por la posibilidad-capacidad del programa para ser dicho por sí y
desde sí al principio, y su efectiva realización al final.
Ahora bien, esa posibilidad-capacidad depende para su realización efec-
tiva de lo exterior: la energía física, el medio, las ondas, etc. El ajuste entre el
programa y la exterioridad es tal que si cada uno no está vinculado al otro no
acontece ni el decir ni lo dicho. No se trata de ajuste entre “soporte físico” y
“soporte lógico” en general, sino respecto de cada “programa” en concreto.
Así nadie puede pensar dos mensajes en lenguas distintas a la vez, y
emitirlos a la vez, porque el hombre cuando habla es emisor de un solo canal,
pero incluso cuando piensa un solo mensaje lo piensa como totalidad simul-
tánea pero no puede emitirlo como totalidad simultánea, sino sucesivamente,
y eso ya marca una diferencia entre su ser concebido y su ser emitido.
Lo que más se parece en términos expresivos al modo de ser que, en tan-
to que concebido, tiene el mensaje es lo que se denomina “lenguaje poético”,
que se ha definido --de entre otras maneras-- como expresión total y simultá-
nea, como expresión rápida y esencial, etc.
Pues bien, la constitución y desarrollo de un ser vivo desde el embrión
al adulto presenta, en esta perspectiva, muchas analogías con la elaboración
9 Aristóteles, Peri Psychés , 412 a 27-28.
87
de un poema. Al principio del proceso la totalidad simultánea, el programa,
está dado implícitamente, pero tiene su ley interna según la cual acopia unos
determinados elementos externos y no otros, adopta una estrategia u otra en
función de que se encuentren o no estos o aquellos elementos; si el proceso
tiene éxito el resultado es el poema o el viviente “adultos”, y si no tiene éxito
el poema o embrión quedan abortados.
La constitución y desarrollo de un organismo viviente es la traducción
a sucesividad de lo que es simultáneo posible-capaz para tener lo simultáneo
efectivo-real, y por eso vivir es “ progreso hacia sí mismo y hacia el acto (en -
telécheia)” 10 , o también “es conservación, salvación (sotería) de lo que está en
potencia por lo que está en acto” 11 . Vivir es así alcanzar la mayor identidad
posible consigo mismo, y escaparse o salvarse del tiempo en la medida de lo
posible, que para los organismos vivientes es repetirse (reproducirse) antes de
la extinción (envejecimiento y muerte).
El automovimiento o la síntesis entre exterioridad e interioridad en que
consiste la vida es, pues, posible, si el control está en la simultaneidad, y si
en ella hay energía suficiente como para dar órdenes y procesar energía físi-
co-química, pues esa simultaneidad no se autorrealiza o no se despliega en
una interioridad real y más profunda más que mediante su despliegue en la
exterioridad. El centro de control del programa, del código genético, o si se
quiere, el sexo, cede su posición de control al cerebro, o, mejor dicho, no es
que la ceda, sino que el cerebro aparece como un segundo centro integrador
de la simultaneidad ya realizada sucesivamente.
Las nociones filosóficas de forma y de esencia no discriminan suficiente -
mente entre programa por decir y programa ya dicho, y por eso puede soste-
nerse que la existencia no es un predicado real, que no añade más inteligibi-
lidad al programa. Pero si, en términos hegelianos, se dice que la existencia
es la realización de la esencia y que la esencia es la razón de la existencia,
entonces se tienen nociones que discriminan suficientemente 12 .
Ser es la energía por la que el programa pasa de nada a realidad, y exis-
tencia es la emisión de ese programa mismo en su duración. Esa energía-acti-
vidad llamada ser es constante precisamente en su vinculación con la esencia,
con el programa en cuanto totalidad simult á nea: por eso ser no es solamente
la energía físico-química y por eso se puede hablar de identidad formal en el
sentido de que cada viviente, mientras vive, es lo que es.
10 Aristóteles, Peri Psychés , 417 b ó-7. Citado por J. de Garay, op. cit .
11 Aristóteles, Peri Psychés , 417 b 3-4, cit. por J. de Garay, ibídem .
12 Ese es el tema de la sección segunda de la lógica de Hegel, o doctrina de la esencia . En la
Enciclopedia , puede verse en los parágrafos 115-124.
88
A su vez, desde esta misma perspectiva, también puede decirse que el
viviente es sustancia cuya realidad efectiva es el despliegue de todos sus ac-
cidentes. Que la sustancia es causa de los accidentes quiere decir aquí que el
sí mismo o el centro desde el que se controla y desarrolla el programa, se
realiza articulando elementos de la exterioridad (utilizando elementos del
sistema periódico y energía físico-química), y que según acopie unos u otros
elementos de los disponibles en la exterioridad se da una u otra realización, o
ninguna en absoluto. Desde esta perspectiva, y por la correspondencia entre
accidentes-sustancia por una parte y existencia- esencia por otra, se puede de-
cir que la existencia es un accidente, aunque esa expresión se puede entender
en varios sentidos, no todos igualmente plausibles.
En un sentido algo más preciso, cabe decir que la existencia de un vi-
viente orgánico es accidental, porque puede no darse o frustrarse, y porque
su despliegue se efectúa, por una parte, desarrollando subsistemas que no se
mantienen en y por sí mismos sino desde el centro de control del programa,
como el sistema nervioso, circulatorio, etc. (lo que en terminología escolástica
se llamaban accidentes necesarios o pertenecientes necesariamente a la esen-
cia), y por otra parte, adoptando en ese despliegue una u otras modalidades
en función de las características o posibilidades presentadas por el medio.
Así pues, la esencia de los organismos vivientes consiste en un “ progra-
ma” (dotación genética) que se desarrolla. Que los organismos vivos sean una
sustancia quiere decir que el “programa” tiene un centro de control. Que la
vida sea inmanencia o reflexión significa que el “programa” tiene “memoria”.
Que el ser vivo sea inidéntico expresa que el ser vivo no es lo mismo al comien-
zo, durante y al final de la emisión del programa, lo que a su vez significa que
funciona con una energía intrínseca propia del centro de control y con una
energía que se apropia tomándola de fuera (energía físico-química).
Finalmente, que la dinámica del ser vivo tenga como objetivo realizarse
a sí mismo o alcanzar la identidad consigo mismo, salvar lo que está en po-
tencia mediante lo que está en acto, etc., puede expresarse por referencia a su
correlato informático-biológico diciendo que el “programa” en cuestión es un
sistema abierto de retroalimentación positiva 13 .
Ahora, una vez establecidas las nociones generales en el plano filosófico
y en el científico, y señaladas sus correspondencias, es el momento de pasar al
estudio en concreto de la génesis y desarrollo de las formas vivientes.
13 Para una formulación de las nociones metafísicas de esencia y sustancia en función de la
física y la biología contemporáneas, cfr. X. Zubiri, Sobre la esencia , Sociedad de Estudios y Publi-
caciones, Madrid, 1962.
89
2. MATERIA Y MEMORIA. EL CÓDIGO GENÉTICO
La memoria es la retención del pasado propio. Ahora bien, esta defini -
ción tan obvia para el sentido común y tan evidente en el uso del lenguaje
ordinario, está cuajada de implicaciones asombrosas.
En primer lugar, que el pasado se retenga quiere decir que se tiene, y
que se tiene a disposición. Pero lo que se tiene a disposición se tiene ahora, o
se tiene permanentemente, y ello implica que el pasado que fue sucesivo se
tiene simultáneamente todo en presente. En segundo lugar, retener el pasado
propio implica discriminar de alguna manera entre lo propio y lo ajeno, de
manera que lo propio se retiene y lo ajeno no, o bien, de manera que lo propio
se retiene como propio y lo ajeno se retiene como ajeno. Y en tercer lugar, el
pasado se puede tener ahora como propio si todo él se adscribe a un sí mismo
constante de alguna manera, es decir, que mantiene su identidad.
Así pues, hay vida si hay memoria, hay memoria si hay un sí mismo, y
hay un sí mismo si hay una identidad para sí.
Acaba de decirse en el apartado anterior que para los vivientes orgánicos
vivir tiene como objetivo alcanzar la identidad consigo mismo, realizarla, y
que precisamente por eso la inidentidad es una de sus características funda-
mentales. En efecto, realizar la propia identidad es lo que se logra cuando
el “programa” está emitido del todo. Pero para un ser finito la condición de
posibilidad de la identidad real como realizada es la identidad formal vacía del
programa, es decir, que el programa se mantenga identificable como el mismo
al principio, durante, y al final de la emisión, pues de otro modo no podría
hablarse del programa ya emitido ni de identidad realizada.
En los entes de razón no hay esta diferencia entre identidad formal e
identidad real, porque los entes de razón no se realizan; así, “2 es 2” es una
identidad formal porque el 2 que hace de sujeto y el 2 que hace de predicado
son el mismo, y no media entre ellos ninguna actividad por parte del sujeto
para ser plenamente sí mismo. A su vez, en el acto puro o en el absoluto,
tampoco hay diferencia entre identidad formal e identidad real, porque el
absoluto está ya siempre realizado desde su más radical principio (así es pre-
cisamente como se define el absoluto); así, “ Dios es Dios” es una identidad
real porque la identidad del sujeto con el predicado está realizada desde el
principio en virtud de la actividad del sujeto: el sujeto es plenamente sí mismo
desde siempre.
Como es obvio, ese no es el caso de las realidades inorgánicas ni el de las
orgánicas, pues para que lo fuera habría que eliminar de ellas el tiempo: para
que cualquier viviente fuera idéntico consigo mismo de modo pleno, para que
96
más corta es la molécula informativa I resulta más estable (se rompe o se des-
compone menos), pero tiene menos información. Y mientras más larga es I,
tiene más información, pero es más frágil y se producen más errores en la
replicación. Para constituir moléculas informativas tan resistentes y tan lar-
gas como los genes, había que superar esta “crisis energética” y esta “crisis
informativa”. El modo de superarla pudo ser la articulación funcional o la
formalización de varias cuasiespecies en un hiperciclo.
3) Un ciclo es en el tiempo lo que la circunferencia es en el espacio, o sea,
un circuito temporal cerrado que se repite siempre. Esto no es “memoria”:
ningún tipo de “eterno retomo” es memoria: aquí no estamos llamando me-
moria a la recuperación o a la repetición de lo pasado, sino a la retención en
presente (o sea, fuera del pasar, fuera del tiempo) de lo pasado y de lo futuro.
La constitución de un hiperciclo es la integración de varios circuitos
cerrados en uno de mayor amplitud. Podría esquematizarse así:
La molécula informativa I 1 cifra el enzima E 1 : I 1 ― E 1
El cataliza la replicación de I 2 : E 1 ― I 2
I 2 cifra el enzima E 2 : I 2 ― E 2
E 2 cataliza la replicación de I 1 : E 2 ― I 1
La secuencia se podría representar así:
Un conjunto o un hiperciclo de estas características hace más estable a
cada cuasiespecie, aumenta el contenido de su información y permite una
replicación más rápida. Aquí se trata de una unidad más compleja que sus
componentes y más unitaria. Pero un viviente implica mayor complejidad.
Se puede constituir un hiperciclo de tres cuasiespecies si en el esquema
anterior E 2 , en vez de replicar I 1 , da lugar a un mutante I 3 , que cifra la enzima
E 3 , la cual a su vez replica bien la molécula I 1 . El esquema del hiperciclo sería
entonces:
97
El conjunto o hiperciclo de las tres cuasiespecies se hace más fuerte y
contiene más información que los conjuntos anteriores. Es más complejo y
más unitario 16 . A su vez, la competencia entre hiperciclos da lugar al predomi-
nio de uno solo de ellos. Se puede suponer que así se constituyeron los genes,
y que a la vez apareció el sistema de traducción del mensaje genético. A un hi-
perciclo, por amplio que se le quiera suponer (incluso como el eterno retorno
de la totalidad de lo real), no se le puede llamar “interioridad”.
4) El código genético es el sistema de traducción para que la información
del ARNm y los aminoácidos transportados por el ARNt den lugar a la sínte-
sis de prote í nas. Ahora el proceso es el mismo que el que tiene lugar cuando
los cromosomas del núcleo se desdoblan y se replican.
Es posible hacerse una idea del proceso si suponemos que los cromoso-
mas son escaleras de cuerdas cuyos tramos están separados por puntos en los
que hay una letra. Imaginemos que hay solamente cuatro letras: A, T, G, C, y
que se pueden poner en cualquier orden en uno de los laterales de la escalera
de cuerdas 17 . Pues bien, en el otro lateral no pueden ponerse en cualquier or-
den, porque los peldaños de la escalera, que enlazan cada letra de un lateral
con la correspondiente del otro, es decir, que forman “sílabas”, sólo son de
dos tipos, o bien, sólo hay dos tipos de sílabas: solo son conjugables entre sí
la A y la T, por una parte, y la G y la C, por otra. Pero como las cuatro letras
pueden disponerse en el lateral de la izquierda tanto como en el de la derecha,
leyendo siempre de izquierda a derecha salen como posibles cuatro sílabas:
A-T, T-A, C-G y G-C. Pues bien, solo con estas cuatro sílabas, repetida miles
de veces, están hechas esas peculiares escaleras que son los cromosomas de
cualquier organismo viviente: esa es la estructura de las llamadas moléculas
replicantes.
16 El conjunto o hiperciclo de las tres cuasiespecies 1, 2, y 3, es un sistema fluctuante con
un tipo de interacción dinámica molecular, que se puede analizar topológicamente en un espacio
de tres dimensiones representable mediante un triángulo (si se tratara de 4, 5 ó n especies, se
tendría que utilizar un espacio de 4, 5 ó n dimensiones, representables mediante otras figuras
geométricas). Cuando las fluctuaciones tienen una trayectoria hacia el equilibrio, en el punto
donde convergen las tres dimensiones la conjunción de las tres cuasiespecies aparece como muy
frecuente y estable, y en los tres vértices alejados del punto de convergencia aparece cada una
de las tres cuasiespecies aislada de las otras dos. Cuando la trayectoria no converge en un punto,
puede reflejar las oscilaciones de la población de las cuasiespecies, y otra trayectoria expresa un
comportamiento irregular del sistema, que se denomina caos y que es susceptible de otra mode-
lización matemática. Los hiperciclos se diferencian de los sistemas autorreplicativos darwinianos
en que producen selección “de una vez para siempre”. Cfr. M. Eigen, loc. cit., p. 102.
17 Las cuatro letras corresponden a las iniciales de las bases de moléculas de ADN, Adeni-
na, Timina, Guanina y Citosina.
98
La replicación consiste en que la escalera se escinda en dos, de manera
que cada lateral por separado pudiera recomponer el lateral que le falta. Cada
tres peldaños consecutivos de la escalera, o mejor, cada tres letras escalonadas
en uno u otro lateral, se corresponde con un aminoácido, de manera que el
mensaje emitido porta la orden de escalonar aminoácidos en una determina-
da secuencia.
Como cada tres letras del código significan un aminoácido o componen
una “palabra”, y el código tiene cuatro letras, el total de palabras que se pue -
den formar con cuatro letras agrupándolas de tres en tres es de 64, de manera
que el código podría codificar 64 aminoácidos. Pero como los aminoácidos
con los que se forman las proteínas son solo 20, no hay tal correspondencia
biunívoca: un triplete de ARNm (que también se denomina codon) especifica
un determinado triplete de ARNt (que también se denomina anticodon), que
también puede ser especificado por otro triplete de ARNm diferente. Varios
tripletes de bases pueden especificar, pues, un mismo aminoácido, por lo que
conociendo el aminoácido no es posible saber cuál de los tripletes de bases
que pueden especificarlo lo va a hacer.
Un código de estas características se llama redundante o degenerado
porque puede decir la misma cosa de varias maneras, lo que a su vez signifi -
ca que se puede traducir sin error del ARNm a la proteína, pero no al revés;
el proceso es irreversible, pero “corregible”. Se puede esquematizar en cinco
fases fundamentales:
1. Un operador enzima desarrolla la cadena de ADN en la horquilla de
replicación.
2. Un operador proteína mantiene separadas las cadenas.
3. Otro operador prepara un “lugar de reconocimiento” para el ARN.
4. Un operador ARN acopla los nucleótidos pertinentes.
5. Otro operador ARN comprueba las secuencias acopladas y corrige los
errores sustituyendo los nucleótidos incorrectos por los correctos.
El proceso es realmente bastante más complejo, pues intervienen más de
20 operadores enzimas y numerosos operadores proteínas, pero en nuestro
contexto el esquema proporciona una idea suficientemente aproximada.
Pues bien, la formación de los tipos de aminoácidos que intervienen en
estos procesos, aparecen también con un alto grado de probabilidad en un
medio con las características requeridas para la aparición de los hiperciclos 18 ,
como si se tratara también de poblaciones de compuestos heterogéneos que
tuviesen una trayectoria hacia un punto de equilibrio.
18 Cfr. M. Eigen, loe. cit. in fine.
99
5) La separación de los hiperciclos en compartimentos permite consoli-
dar las cadenas informativas haciéndolas más estables, por una parte, y más
fiables, por otra. En este sentido la compartimentación es la superación de
una segunda “crisis energética” y una segunda “crisis informativa”.
En efecto, si un hiperciclo se escinde en dos “hijos”, de manera que uno
tiene una molécula informativa I mejor, menos falible y con más contenido,
y otro tiene un operador E más eficaz, y los dos hijos se a í slan en compar-
timentos respecto del medio, los dos pueden aumentar en número más rá-
pidamente y articularse de manera que la superioridad informativa de uno
refuerce la maquinaria de traducción del otro, y esta maquinaria a su vez
mejore la exactitud y fiabilidad informativa del primero.
Este es un modelo con el que se puede explicar la selección de los genes
que cifren la maquinaria más eficaz de traducción, y la selección de la exac -
titud informativa.
Si toda la información ya fijada queda resguardada en un comparti -
mento (lo que podría llegar a ser el núcleo celular) y la maquinaria de tra-
ducción queda bien estabilizada fuera (lo que podría llegar a ser el citoplas-
ma celular), y todo el conjunto quedara aislado del medio fluido mediante
una membrana, entonces se tendría una célula viva, la más elemental si se
quiere (una bacteria), capaz de reproducirse. Por el momento este modelo
explicativo parece el más plausible de los propuestos hasta ahora.
Así, independientemente de las variaciones que este modelo sufra en el
futuro, al principio formalizador que unifica y sincroniza todos esos facto -
res, aislándolos respecto del medio y constituyéndolos en un conjunto más
complejo y más unitario, es a lo que hemos llamado “centro de control” y
“memoria”, y a la actividad de ese conjunto como unidad de las diferentes
actividades procesuales y cíclicas, es a lo que hemos llamado vida e interio -
ridad.
Ahora puede decirse que la vida, la “memoria”, es unidad de la materia,
la unidad a simult á neo de numerosos procesos cíclicos sucesivos. Y ahora pue-
de responderse a la pregunta inicial diciendo que un segmento o un ciclo de
memoria es memoria, si esa parte tiene las mismas características del todo,
esa unidad y esa autonomía.
Sin duda se puede pensar que algunas moléculas replicantes en las que
se da herencia, multiplicación y variación, como por ejemplo los virus, son
seres vivos, solo que no tienen el mensaje que se requiere para vivir inde-
pendientemente, y su reproducción es parasitaria.
Al parecer, los virus son productos que surgen tardíamente en el pro-
ceso de la evolución, y según algunas hipótesis, son fragmentos de maqui-
100
narias celulares independizadas, partes de ciclos, o funciones vitales inde-
pendientes. Su funcionamiento también puede ayudar a perfilar la noción de
vida.
Cuando un virus se introduce en una célula, sustituye a los genes de esa
célula de manera que su maquinaria de traducción ya no trabaja siguiendo las
instrucciones de los genes a beneficio del todo celular o del todo del organis-
mo en cuestión, sino a beneficio de los virus, multiplicándolos.
Mediante algunos virus se puede producir la enfermedad y la muerte de
una célula o de un organismo, es decir, la ruptura de su unidad, pues así es
como se puede definir la enfermedad y la muerte 19 . Algunos virus se repro-
ducen a costa de la muerte de un organismo viviente, a costa de romper su
interioridad y de reducirla a ciclos cada vez más desconectados entre sí y más
cortos, o sea, reduciéndola a exterioridad. Por eso, un modo de perfilar más
ajustadamente el tipo de viviente que parecen ser los virus (o algunos virus),
es, además de analizar el modo en que se reproducen, analizar el modo en que
“mueren”.
Desde 1922 en que Oparin propuso su hipótesis sobre el origen de la
vida, hasta el modelo de Eigen de 1981, se han producido muchas novedades
en el campo de la bioquímica y de todas las ciencias, algunas de ellas “revo -
lucionarias”, y sin duda se seguirán produciendo en el futuro. E igualmente a
partir de cada nuevo modelo que se proponga, se volverá a formular la cues-
tión de si se puede obtener vida en un laboratorio.
Buena parte de los científicos piensan que la historia de la vida está com-
puesta de momentos únicos e irrepetibles, y que resulta de la conjunción de
un número tan grande de variables, que es pr á cticamente imposible volverlos
a reproducir. Esa es en cierto sentido la posición de Popper y Grassé.
Popper en concreto, señalaba además que la teoría de la evolución no
es una teoría científica, sino una hipótesis metafísica. Otros autores sostienen
que denominar científica a una teoría si y solo si puede contrastar con los he-
chos sus predicciones y retrodicciones, es mantener la ciencia dentro de unos
límites en cierto modo estrechos. Los sistemas fluctuantes y el caos afectan
a ese concepto de ciencia basado en las predicciones y en los datos, porque
en tales sistemas las predicciones son intrínsecamente imposibles en deter-
19 En concreto, esa es la formulación que propone Hegel: “El organismo se encuentra en
estado de enfermedad en cuanto uno de sus sistemas y órganos, excitado en el conflicto de la po -
tencia orgánica, se fija por sí y se obstina en su actividad particular contra la actividad del todo;
y la fluidez de esta y su proceso, que corre a través de todos los momentos, se encuentra por tal
razón impedidos”. La enfermedad resulta así un fallo de la memoria, de la coordinación, de la
simultaneidad. Cfr. Enciclopedia de las ciencias filosóficas, parágrafo 371.
101
minados sentidos, y la verificación de una teoría tiene que basarse más en la
estadística y en las propiedades geométricas de los microespacios que en las
predicciones detalladas 20 .
Sea como fuere, la pregunta por la posibilidad de “fabricar” un ser vivo
en un laboratorio siempre es legítima y siempre se puede formular. En el pla-
no teórico, la respuesta a esta pregunta es, en principio, afirmativa, Sí. En
principio se podría fabricar un ser vivo en un laboratorio, y el criterio para
saber si efectivamente se ha conseguido es que el control de la articulación
de los ciclos y funciones sea arrebatado al investigador y asumido por un
sí mismo que se haga cargo de la unidad de esos factores. Probablemente así
surgirían los organismos elementales en la “sopa primigenia”, pero probable -
mente no existirían la totalidad de sus funciones antes de que surgieran esos
organismos, aunque sí las moléculas de los que están hechos.
La aparición de un organismo vivo es la aparición de una novedad que
no se deduce de los elementos que la integran, como ya se dijo que ocurría
en el caso de la aparición del agua o los aminoácidos, pero tratándose, en el
caso de la vida, de una novedad mayor: de la aparición de la interioridad, de
la “memoria”.
La interioridad o la “memoria” no es ninguno de los factores o ciclos que
se han descrito, sino la unidad simultánea de todos ellos, de manera que el
antes y el después se contengan en el ahora, en el presente que no pasa. Desde
esta perspectiva se advierte mejor que la memoria es lo otro que la materia, lo
otro que la distensión espacio-temporal, lo otro que la exterioridad, es decir,
que la memoria es interioridad.
Pero si la memoria no es materia, la memoria no es energía, o al menos
no es energía física. La energía física es aquella que, en principio, se convierte
con la materia, y a la inversa, materia es aquello que, en principio, se convierte
con la energía física.
Aquí radica el fundamento del materialismo en sus diversas formas. El
materialismo es una constante histórica y es recurrente en la historia del pen-
samiento, porque la energía eficaz y constatable en el mundo empírico es la
energía que resulta de la materia y que modifica la materia, es decir, la energía
material. Y todavía más, el materialismo metodológico, el que se atiene a lo
que se puede hacer con la materia, ha significado numerosos progresos y be -
neficios para la humanidad, aunque no se pueda decir lo mismo del materia-
20 Cfr. P.P. Grassé, La evolución de lo viviente, cit., cap. l. Cfr. también J.P. Crutchfield et al.
Chaos, Scientific American, dec. 1986, vol. 255, n. 6, p. 56.
102
lismo reduccionista, del materialismo que afirma la inexistencia de cualquier
realidad que no sea la materia 21 .
La memoria no es energía física, pero es real. Un mensaje que se trans-
mite oralmente es una articulación de elementos materiales: efectores, ondas
sonoras, receptores, etc., pero la comprensión y el significado del mensaje,
que constituye su unidad, no es un elemento material. De manera análoga,
los elementos y funciones de una célula son tan materiales como los de un
mensaje oral: toda la información genética, el segundo nivel de información,
y los niveles tercero y cuarto si los hubiera y existieran en el espacio, consisten
en distensión espacio-temporal, pero su significado o unidad no, como no
consiste en distensión del significado y la comprensión del mensaje oral. La
diferencia está en que un mensaje oral no se oye a sí mismo y no se comprende
a sí mismo y un ser vivo sí: en un ser vivo la exterioridad reflexiona sobre sí
misma, y eso es ya la interioridad.
El “centro de control” y la programación del viviente no es un ente de
razón, una mera posibilidad, porque asume el control y realiza por sí mismo
y desde sí mismo el programa, por lo que hay que suponer que algún tipo de
energía tiene para realizar esa actividad: es lo que antes habíamos denomina-
do provisionalmente “energía psíquica”.
Pues bien, si la aparición del centro de control y del programa, es lo que
hace que un organismo viviente esté vivo, si es lo que hace que sea lo que es
como una unidad, coincide con lo que en filosofía se denomina esencia y que
se define como aquello que “hace que algo sea lo que es”, y eso lo hace la esen-
cia porque es real, porque es activa, porque es “ enérgeia ” o, mejor, porque es
“ entelécheia ”.
Cada vez que aparece un individuo nuevo, o cada vez que aparece una
especie de individuos nueva, aparece una “entelécheia” nueva. A esa activi-
dad nueva se le puede llamar ser, porque es real: su programa pose í do unita-
riamente a simultaneo es lo que hemos llamado antes esencia ( identidad formal
vacía), y su realización en el tiempo o su emisión es lo que hemos llamado
antes existencia (duración).
Que ese nuevo ser surja por evolución, por un salto cualitativo, por emer -
gencia, por creación, etc., no es del caso ahora. Ahora basta advertir que esos
nombres se emplean a veces como si designaran un proceso bien conocido y
como si contuvieran la clave de lo que se ignora de él, pero realmente no acla-
ran la parte del proceso que ignoramos.
21 Para un balance del materialismo metodológico y su relación con el reduccionista, cfr.
K.R. Popper y J. Eccles, El yo y su cerebro, Labor, Barcelona, 1980, cap. P3.
103
Desde luego todas esas expresiones designan el mismo acontecimiento, y
seguramente no se excluyen entre sí, pues se refieren a él desde una plurali -
dad de perspectivas legítimas. Lo que ahora interesa retener aquí de todo eso
es que el programa y el centro de control no preexisten ni existen separada-
mente de los elementos materiales y de los ciclos funcionales con los que se
realizan. Esto en terminología aristotélica se expresaría diciendo que la forma
“psique” no existe sin la materia “soma”, y en terminología hegeliana dicien -
do que el logos del cosmos y de la historia no existe sin el cosmos y la historia.
105
Capítulo IV
INDIVIDUO. ESPECIE. EVOLUCIÓN
l. INCREMENTO DE LA INDIVIDUALIDAD.
EL SEXO, EL CEREBRO Y LA MUERTE
Una corriente de agua en el mar o una nube en el cielo tormentoso no
constituyen propiamente una individualidad, porque no se sabe dónde em-
piezan y dónde terminan; no tienen unidad y tampoco tienen un sí mismo.
Hay individualidad si hay un sí mismo, y hay un sí mismo si hay interioridad,
es decir, si hay unidad para sí o mantenida activamente por el sí mismo, por
el centro de control. A su vez, mientras más amplio sea el programa mayor
actividad controladora y coordinadora ejerce el sí mismo, por lo que puede
decirse que tiene una interioridad más profunda y más actividad, y también
que tiene una unidad y una individualidad más fuerte.
De un programa se dice que es más o menos amplio, o más o menos lar-
go; de la memoria se dice que es más o menos capaz, que tiene más o menos
unidades; y de la esencia se dice que tiene más o menos notas, que es más o
menos rica.
La esencia se considera frecuentemente como algo universal y abstracto,
y a veces se hace corresponder con la noción de especie biológica, en cuyo
caso ésta aparece también como abstracta y universal. Lo abstracto y univer-
sal difícilmente puede considerarse individual, dotado de un sí mismo, y difí-
cilmente puede considerarse activo, fuerte, eficaz, etc.
Pero la especie también puede definirse en términos de actividad, y, co-
rrelativamente, también la esencia; entonces ambas nociones aparecen des-
de la perspectiva de la individualidad, de la singularidad. La definición de
especie en términos de actividad fue propuesta por John Ray a finales del
siglo XVII y aceptada universalmente hasta hoy: especie es una población de
individuos interfértiles cuya descendencia es interf é rtil (quedan excluidos los
híbridos, que si bien son individuos, no son activos desde el punto de vista de
la reproducción).
112
Hay realmente padre, madre e hijo cuando el hijo surge de un intercam-
bio entre padre y madre que deja intacta la individualidad de ambos, es de-
cir, cuando hay un sistema de reproducción sexual diferenciado y autónomo,
cuando la reproducción es reflexión.
Podría pensarse que en este caso la unión entre padre y madre es menos
real que en el caso de las bacterias, puesto que no hay intercambio de me-
morias. En realidad no es así: cuando el sistema sexual está tan diferenciado
que permite la existencia de padre, madre e hijo, en las especies superiores,
también lo está el sistema nervioso, es decir, el sistema cognoscitivo (desde
su forma más elemental hasta la más compleja), pues precisamente eso es lo
que permite al macho y a la hembra de esas especies reconocerse como tales en
orden al apareamiento 6 .Pero si hay sistema cognoscitivo hay ya sistema ins-
tintivo y afectivo, como más adelante se verá, y entonces la unión de los dos
sí mismos se produce no solo en función de la memoria genética, sino también
en función de la memoria cognoscitivo-afectiva. En este caso, la memoria o
lo recordado de la unión sexual ( deseo, placer, etc.) es estrictamente lo mismo
para los dos sí mismos sin que haya merma de la singularidad de ninguno de
ellos: ahora cada uno forma parte de la individualidad del otro (del desarrollo
de su programa de autorrealización)y hay ganancia o enriquecimiento de la
individualidad neta de cada uno (de la memoria “biográfica”) sin pérdida de
ninguna clase.
Esto es posible por lo que se llama la “inmaterialidad” del conocimiento.
Lo material también se define como aquella realidad que al repartirse dismi -
nuye o que al tenerla uno no puede tenerla otro, como por ejemplo el dinero
o los cromosomas; y lo inmaterial como aquella realidad que al repartirse au-
menta, o que al tenerla uno pueden tenerla también otros, como por ejemplo
el saber o el gozo.
Dos individuos pueden formar parte cada uno del sí mismo del otro sin
merma de la individualidad de ninguno de ellos si la asimilación recípro-
ca de cada uno por el otro es cognoscitivo-afectiva, y no si la asimilación es
material. En el caso de la unión sexual, la unidad de los dos progenitores es
real-material en un tercer individuo subsistente, el hijo, de manera que puede
decirse, en términos hegelianos, que el hijo es el amor del padre y de la madre
pero como existente en sí, y no sólo en ellos 7 .
6 Esto ocurre sólo en las especies superiores, pues entre las inferiores se da fecundación
extracorpórea sin reconocimiento mutuo en algunas de las que viven en un medio acuático.
7 Cfr. G.W.F. Hegel, Filosofía del Derecho , parágrafo 173.
113
Pero, por otra parte, como la memoria genética y la cognoscitivo-afectiva
no son menos reales que los compuestos moleculares, aunque sean físicamen-
te menos energéticas, la unión de los dos sí mismos en el plano de la memoria
cognoscitivo-afectiva es también unión real efectivamente realizada. Y toda-
vía, si cada sí mismo con sus memorias genética y cognoscitivo-afectiva tuvie-
ra un grado suficiente de actividad y autonomía respecto de los compuestos
moleculares, su individualidad no estaría sólo a cubierto de la alteración o
reposición de esos elementos, sino quizá a cubierto de la muerte. El grado de
individualidad sería entonces la inmortalidad, que es lo que se pone de ma-
nifiesto como naturaleza del eros, del amor, en los análisis de Platón y Hegel,
una individualidad- actividad cuya comunicación y fecundidad están radical
y rotundamente emancipadas de la distensión espaciotemporal e incluso de
la duración 8 .
Desde esta perspectiva puede advertirse que una ontología de la sexua-
lidad es una ontología de la comunicación de singularidades o de la interfer-
tilidad de individualidades: por esta vía de la fecundidad y la comunicación
es como la sexualidad y la reproducción quedan acogidas en el plano trascen-
dental 9 .
De todas formas, aunque el análisis de las características del binomio
progenitores-prole suministra claves para comprender más adecuadamente
lo que significa individualidad, es el examen del binomio masculino-femeni-
no lo que mejor permite comprenderla en términos precisamente de comuni-
cación.
8 Cfr. J. Choza, Theia manía. ll compimento dell’eros , en “Il Nuovo Areopago”,(12), 1984. No
se trata de que en el plano afectivo cognoscitivo la reflexión sobre sí mismo mediada por otro en
que consiste el amor, re-produzca el sí mismo en el plano de la eternidad, análogamente a como
en el plano de la vida orgánica la reflexión sobre sí mismo mediada por otro, en que consiste la
sexualidad, reproduce el sí mismo orgánico en el ámbito de la sucesión temporal. Esto quizá
pueda ser así en algún sentido, pero lo que se sostiene en los análisis de Platón y Hegel no es
que el amor produzca la inmortalidad del sí mismo propio o del ajeno, sino que el amor pone de
manifiesto la naturaleza eterna que ya tenía el sí mismo, pero que no se hace patente hasta que
no acontece el amor.
9 Es decir, la clave de la ontología de la sexualidad, tal como la plantea Hegel, es la dogmá-
tica cristiana trinitaria, que Hegel interpreta de un modo muy peculiar. Aunque Feuerbach desa-
rrolló el esbozo hegeliano, con todo, no se puede decir que haya sido elaborada una ontología de
la sexualidad. Un intento llevado a cabo, con independencia de los planteamientos hegelianos,
pero en términos afines a los suyos, es el de Adriana Zarri, lmpazienza di Adamo. Ontología della
sessualitá , Borla ed., Torino, 1964. Otro intento que combina la perspectiva ontológica con la psi-
coanalítica es el de Karl Stern, The Flight from Woman , Ferrar Straus and Giroux, New York, 1965
(trad. esp. Ed. Paulmas, 1971). Debo hacer constar que parte de las ideas apuntadas sobre este
tema han surgido en conversaciones con mi colega el profesor Antonio Ruiz Retegui.
114
En el capítulo anterior, se dijo que la reproducción sexual se da entre
organismos que “tienen mucho que decirse”, que entre ambos esa capacidad
de decir es en principio ilimitada, y que, en principio, podrían estar diciendo
cosas nuevas ilimitadamente.
En el caso de la reproducción asexual, ya tenga lugar por escisión, por
gemación o por gémulas y estoblastos, además de quedar comprometida la
individualidad, como ya se ha señalado, y ser mínima o nula la comunicación
entre individuos, la innovación es también mínima o nula, puesto que no hay
(o hay poca) renovación del juego de cromosomas: la fecundidad es en tales
casos monótona o repetitiva, es decir, pobre desde el punto de vista cualita-
tivo.
Cuando el sistema sexual se ha diferenciado y tiene autonomía, la sexua-
lidad es completa: se intercambian juegos completos de cromosomas comple-
mentarios que provienen de organismos individuales complementarios: uno
masculino y otro femenino. El problema es ahora averiguar cómo se consti-
tuyen esos dos organismos individuales y qué quiere decir en este caso com-
plementariedad.
Cuando los organismos están sexualmente diferenciados la reproduc-
ción no acontece en virtud de la duplicación o el desdoblamiento del juego
de cromosomas (mitosis), sino en virtud de su división o escisión (meiosis).
En el caso del hombre, los gametos (óvulo en la mujer y espermatozoides en
el varón) son células que no tienen el juego de 46 cromosomas como el resto
de las células de su organismo, sino solamente la mitad, 23, a los que se llama
autosomas. De este modo la unión de los gametos da lugar a un cigoto que tiene
sus 46 cromosomas, una célula que ya, a partir de ahí y a lo largo del proceso
embriológico, se multiplica por desdoblamiento, excepto para la producción
de las células del sistema reproductor del nuevo ser (gametos) que son produ-
cidas nuevamente por meiosis.
Como resulta obvio en el caso del hombre y en muchos otros, un orga-
nismo es masculino o femenino no solamente al final sino también desde el
principio del proceso embriológico. Que sea masculino o femenino depende
del par número 23 de cromosomas del zigoto, lo que a su vez depende del
autosoma número 23 del gameto masculino.
Los 46 cromosomas del organismo humano están agrupados de dos en
dos, formando 23 pares. El par número 23 contiene dos cromosomas iguales
en la mujer (llamados XX) y dos diferentes en el hombre (llamados X e Y), de
manera que cada una de los diez billones de células del organismo femenino
son femeninas y las del masculino, masculinas. Como al formarse los gametos
por meiosis se escinden los 23 pares, resulta que en la mujer todos los óvulos
115
tienen el autosoma 23X, pero en el varón unos espermatozoides llevan el au-
tosoma 23X y otros llevan el autosoma 23Y. Si el óvulo resulta fecundado por
un espermatozoide de este segundo tipo, el zigoto resultante desarrolla un
organismo masculino, y femenino en caso contrario.
Así pues, desde el varón se abren las dos posibilidades varón-mujer, y
en la mujer sólo está la posibilidad mujer. Por eso se dice del organismo feme-
nino que es homozigótico y del masculino que es heterozigótico. Y también
que la determinación del sexo de la prole de cada nuevo individuo corre por
cuenta del varón, del espermatozoide. A su vez esto podría significar que,
para organismos de estas características, si se diera en ellos la partenogénesis
( reproducción sin fecundación de la hembra por el macho) daría lugar a orga-
nismos femeninos, pero no a organismos masculinos 10 .
Hay especies en las que la dualidad sexual está constituida según un
modelo inverso, es decir, la hembra porta el par XY y el macho el par XX (las
mariposas nocturnas y diversas aves), de manera que en ellas la partenogé-
nesis –si tuviera lugar- podría producir tanto organismos masculinos como
femeninos(insectos sociales: hormigas, abejas, avispas). Al parecer, el modelo
varón-mujer corresponde a la mayoría de los mamíferos, anfibios y peces y a
algunos insectos (entre otros a la drosophila) 11 .
Por último, la dualidad sexual en algunas especies está representada de
modo completo y diferenciado en cada individuo, y se les llama hermafrodi-
tas. Es lo más frecuente en las plantas, y menos en los animales (algunos pe-
ces, gasterópodos, algunos gusanos), de entre los cuales el caso más conocido
es quizá el caracol. Estos individuos pueden fecundarse a sí mismos, y cuando
lo hacen generan individuos sucesivamente más débiles; por regla general no
se autofecundan, sino que ceden los gametos de un sexo al otro individuo y
toman de éste los del sexo complementario.
Finalmente, hay especies en las que se da un sistema mixto de reproduc-
ción: bien porque alternan la reproducción asexual y la sexual (por ejemplo,
las fresas y los corales), bien porque alternan la reproducción partenogenética
y la sexual (los pulgones) 12 .
10 Cfr. J. Maynard Smith, La teoría de la evolución , cit., pp. 57 ss. Quizá el hecho de que la
dualidad sexual esté constituida de este modo en la especie humana, sea un factor explicativo
de la mayor frecuencia de la inversión sexual en varones que en mujeres, y de las características
diferenciales de la inversión en uno y otro caso.
11 lbidem . La partenogénesis es también un procedimiento de reproducción relativamente
frecuente en los invertebrados.
12 El hermafroditismo aparece en general en especies poco evolucionadas. Cfr. B. Fernán-
dez Ruiz, op. cit. , pp. 30-31.
116
Estos son pues, al parecer, los hechos más relevantes en los que se pre-
senta, de una manera paulatinamente más diferenciada, la dualidad mascu-
lino-femenino.
El tránsito de la reproducción asexual a la sexual es el tránsito a una
mayor diferenciación o riqueza cualitativa de los individuos, como ya se ha
indicado. Ahora se trata de ver qué significa individualidad, actividad y co-
municación en términos de complementariedad sexual.
En primer lugar, puede decirse que complementariedad sexual significa
que ningún organismo individual contiene en sí un programa completo en
orden a su reflexión o retransmisión como programa, o bien que “oírse a sí
mismo ” mientras se dice en tanto que organismo es posible a través de la
mediación de otro organismo de características determinadas, a saber, de ca-
rácter complementario.
La reflexión activa y eficaz del organismo en el orden de la exterioridad,
en que consiste la expresión de sí mismo, está mediada por otro para el cual
el primero es también mediación adecuada en orden a su propia reflexión: la
comunicación es reflexión y viceversa. El incremento o el reforzamiento de la
individualidad que viene dado en función de la reflexión resulta mediado por
la comunicación.
No se trata de una relación del tipo de la dialéctica entre el amo y el
esclavo, que acontece toda en la interioridad, ni tampoco del tipo de la ac-
ción recíproca, que acontece toda en la exterioridad sin que haya reflexión
alguna.
Por supuesto que toda actividad y toda individualidad existen como tal
por referencia a otro, y que eso ocurre en todos los órdenes. Cualquier ente
de razón, cualquier número, incluso el uno, existe como tal por referencia a lo
otro; la luz solamente ilumina si hay lo opaco; las fuerzas solamente se ejercen
si hay distancia o resistencia, etc. El ser respecto de lo otro o la respectividad
(la relación, si se quiere) es un trascendental, pero aquí no se trata de eso, sino
precisamente de ver qué tipo de respectividad hay en el caso concreto de la
sexualidad.
Pues bien, se trata de la respectividad que es reflexión que revierte eficaz -
mente sobre la exterioridad y que acontece en virtud de la mediación de otro,
se trata de la reflexión de dos individuos mediada en cada uno por el otro, en
la frontera estricta en que se articulan interioridad y exterioridad.
Desde esta perspectiva podría decirse que cada individuo en tanto que
viviente orgánico es activo, y es por tanto sí mismo , en virtud del otro, que sólo
así existe la especie como una y como activa sin quedar canceladas las indivi-
dualidades, y que así la reflexión sobre sí que es productiva -siendo dual ese
117
sí mismo de la especie-, o que es expresiva de sí, o sea la reproducción, es de
una riqueza prácticamente inagotable 13 .
Si cada individuo en tanto que viviente orgánico ejerce la reflexión sobre
sí mismo en virtud del otro, la complementariedad no se advierte mientras no
se establezca qué momento de sí mismo o de reflexión corresponde a cada uno.
Aristóteles y Hegel señalan la complementariedad en términos muy pareci-
dos: para el primero el binomio masculino-femenino corresponde al binomio
forma- materia, y para el segundo al binomio espíritu- vida. Materia o vida
significan el sí mismo inmediato y forma o espíritu significan la reflexión o la
salida-retorno.
Si hubiera que expresarlo en términos esquemáticos y abstractos podría
decirse que la mujer es el sí mismo del varón y que el varón es la reflexión
de la mujer, pero la concreción y la verdad de estas formulaciones hay que
buscarlas en la biología por una parte (qué función corresponde al organismo
heterozigótico en relación con el homozigótico, qué funciones corresponden
a la hembra y al macho a lo largo de la escala zoológica), y en la antropolo-
gía cultural por otra(cuales son las funciones del varón y de la mujer en las
diversas culturas, qué rasgos diferenciales tiene el matriarcado respecto del
patriarcado, etc.).
Ahora no es preciso desarrollar más estos análisis 14 . Es suficiente decir
que si “masculino” quiere decir heterozigótico, entonces masculino significa
la totalidad o la dualidad no realizada todavía y significa el principio de la
dispersión y la riqueza, y si “femenino” quiere decir homozigótico, entonces
femenino quiere decir mismidad y significa el principio de la constancia y la
unidad.
2. MICROEVOLUCIÓN Y MACROEVOLUCIÓN
Después de haber intentado una “comprensión” de la génesis de las
formas vivientes y de los niveles de la escala zoológica, corresponde ahora
13 No se trata de que haya más variabilidad individual en las especies superiores que en las
inferiores. La variabilidad individual puede ser la misma, lo que se incrementa es la individuali-
dad de esos individuos tan variados.
14 Por supuesto, estas indicaciones están hechas desde el punto de vista de la genética, por
una parte, y desde el punto de vista de la ontología (de la aristotélica y de la hegeliana) por otra,
y resultan dos perspectivas demasiado alejadas entre sí. La determinación de lo masculino y lo
femenino depende de muchas más variables de tipo fisiológico, psicológico, sociológico, jurídico.
etc., cuyo contenido puede no resultar concordante con la determinación de cada polo establecida
desde el punto de vista de la genética. Por eso la determinación ontológica debe ser contrastada
con la establecida desde los restantes puntos de vista y revalidada en ellos, pues de otro modo
resulta demasiado abstracta y vacía.
118
examinar los puntos claves de la “explicación” de tales fenómenos. A veces,
después de obtener un cierto grado de comprensión, puede parecer que la
explicación resulta innecesaria puesto que ya se sabe en cierto modo lo que
son las cosas y por qué son así. Pero comprender qué es la individualidad, en
tanto que memoria o posesión de sí y en tanto que función de la reproducción,
no es “explicar” la escala de la vida. Que se haya comprendido algo en su
esencia y en su constitución, y que resulte asombroso o maravilloso, no es en
modo alguno explicar por qué existe y cómo ha llegado a ser precisamente así.
Que algo sea maravilloso no es razón suficiente para que exista en la realidad.
Así, por maravilloso que sea el fenómeno de la nutrición cuando se com-
prende como comunicación entre un organismo vivo y fuentes energéticas
externas a él, no por eso lo hemos explicado. Explicar, en este caso, es más
bien mostrarla articulación de las cadenas tróficas. De modo análogo, explicar
la escala de la vida, su génesis, es dar cuenta adecuadamente o en un grado
satisfactorio delo que significa síntesis, tanto en la perspectiva de la exteriori-
dad objetiva (ciencias biológicas positivas) como en la de la interioridad ob-
jetiva (ontología), pues de otro modo la comprensión resulta incompleta. En
efecto, si se dice que vida es la síntesis entre interioridad y exterioridad, y que
para el organismo viviente ser y esencia permanecen en un sentido constan-
te, mientras que en otro sentido se da un crecimiento de ambos a costa de la
exterioridad (es decir, un crecimiento de lo que se es intrínsecamente a costa
de energía extrínseca), entonces habrá que explicar cómo acontece eso, no ya
respecto de un organismo singular a lo largo de su vida (de su existencia o de
su duración), sino también respecto de la secuencia de aparición de nuevos
tipos de organismos vivientes, de nuevas formas de síntesis.
Como ya se ha apuntado anteriormente, síntesis quiere decir aparición de
algo nuevo que no se deduce de lo anterior porque en cierto sentido es “más”
que lo anterior; y en este sentido es en el que se habla de síntesis de proteínas,
de aparición de los mamíferos o también de autorrealización existencial de un
ser humano. En todos esos casos se da la constitución o el incremento de una
interioridad a costa de la exterioridad, o una “traducción” de lo que está en
potencia (programa no emitido) a actualidad efectiva (programa ya emitido),
si se quiere expresar en terminología aristotélica.
Por regla general, la escolástica aristotélico-tomista no utiliza la noción
de síntesis, pues no suele tener cabida dentro de su categorización del cambio.
En efecto, los cambios “substanciales” los divide en dos clases: generación y
corrupción, siguiendo el principio de que de lo que es menos no puede surgir
lo que es más, sino solamente lo que es igual o lo que es menos. Y este prin-
cipio, que es válido en abstracto y formalmente cuando se aplica de modo
119
correcto, en su aplicación indiscriminada y confusa impide la explicación y la
comprensión de la novedad en las secuencias temporales. Si a esto se añade
una frecuente confusión al entender la noción de creación en términos de cau-
salidad predicamental, se explica bien que a la escolástica tomista la resulte
tan incómoda la cuestión de la evolución biológica, sobre todo en su versión
de evolucionismo materialista 15 .
En terminología hegeliana síntesis quiere decir aparición de una nove-
dad que se “deduce dialécticamente” de procesos anteriores. En la “deduc -
ción” dialéctica, tal como Hegel la concibe, lo nuevo no se deduce lógicamente
de lo anterior, sino al revés, lo anterior se justifica retroactivamente desde lo
nuevo y, por otra parte, lo nuevo no constituye una mismidad ontológicamen-
te positiva, y por eso Hegel es también reacio a la utilización de la noción de
síntesis, pues síntesis quiere decir aparición de una mismidad (si se quiere, de
una substancia) que es algo positivo ontológicamente 16 .
Por esta razón, y porque la “deducción” dialéctica explica la constitución
del “soporte lógico” de las formas reales más bien que su constitución real
efectiva, es por lo que aquí tampoco se va utilizar el término síntesis en su
sentido hegeliano.
Por síntesis vamos a entender aquí la aparición de una mismidad (de un sí
mismo) nueva, que tiene una positividad ontológica en sí, y que no se deduce
de lo anterior, o sea, de los elementos sintetizados, los cuales constituyen una
condición necesaria pero no suficiente de la síntesis. Dicho de otra manera,
por síntesis se entiende aquí una nueva positividad ontológica cuya constitu-
ción apela tanto al orden de la causalidad predicamental como al de la causa-
lidad trascendental. Por causalidad trascendental se puede entender aquí la
physis trascendental o el ser trascendental, el logos trascendental y Dios según
sus peculiares relaciones y su incidencia sobre lo fáctico 17 .
15 En realidad la noción de síntesis se abre paso en la filosofía escolástica a través de la
noción de cambio accidental , en sus formas de cambio cuantitativo y cambio cualitativo. Así, se
explica que cuando los “accidentes” cambian tanto que la “substancia” no puede soportarlos, la
substancia cambia. Aquí cambio quiere decir aparición de una nueva mismidad , o sea, lo que en el
pensamiento contemporáneo, tanto científico como filosófico, se denomina síntesis .
16 Hegel prefiere decir “mediación” en lugar de “síntesis” (y Kierkegaard prefiere justa -
mente lo contrario), porque la noción de “mediación” no alude a ninguna positividad ontológica
resultante. Por eso no emplea generalmente la noción de “síntesis” aunque sea la que se haya
impuesto más en la escolástica hegeliana.
17 Aquí physis trascendental se puede entender en sentido de fundamento, de ser trascen-
dental; logos trascendental se puede entender en sentido hegeliano, recordando que el logos del
cosmos y de la historia es -según se ha dicho- “impotente” en el orden de la acción físic a efectiva.
Dios se puede entender en el sentido en que lo entienden Aristóteles, Santo Tomás, Kant, e incluso
el propio Hegel.
120
Pasando ahora al plano de la ciencia positiva, al punto de vista de la exte-
rioridad objetiva, explicar significa inferir de unos hechos una ley a partir de la
cual se deducen otros hechos en tanto que casos particulares de la ley. Dentro de
las explicaciones científicas tiene carácter modélico la mecánica newtoniana, que
unifica en unos pocos principios teóricos la diversidad de fuerzas del universo y
que da razón, desde esos mismos principios, de las leyes de los movimientos de
los cuerpos que Galileo y Copérnico habían formulado con anterioridad.
La mecánica de Newton es, pues, la reducción a unidad de una pluralidad
de dinamismos considerados como heterogéneos hasta entonces, o sea, es el des-
velamiento del logos de las fuerzas físicas en algunos de sus aspectos.
Como ya se ha señalado, logos significa orden, unidad, saber, ciencia, de
manera que cuando se descubre y se pone de manifiesto el orden y la unidad
hay saber, hay ciencia. Por eso se considera que es el trabajo de Newton lo que
consagra como ciencia a lo que ahora llamamos física.
En el ámbito de la química, la consagración como ciencia de este saber tiene
lugar a través de una serie de trabajos, uno de cuyos puntos culminantes es la
elaboración del sistema periódico por parte de Mendeleiev y Meyer. El sistema
periódico es el descubrimiento del orden y de la unidad entre todos los elemen-
tos químicos, el descubrimiento de la ley o de la razón en virtud de la cual la
pluralidad heterogénea e inarticulada de los elementos se toma inteligible en una
determinada perspectiva. Tal ley o tal razón permitió deducir las características
de los elementos, incluso las de algunos cuya existencia no estaba dada, es decir,
permitió la predicción.
Por lo que se refiere a la biología, su consagración como ciencia depende del
establecimiento de unos principios teóricos o de unas leyes generales, que per-
mitan explicar deductivamente los hechos observados e incluso predecir algunos
fenómenos todavía no observados. Ese es el cometido de la teoría de la evolución.
A este respecto, una de las cuestiones en debate es si las leyes de la gené-
tica y los demás principios y factores que se conjugan para elaborarla cumplen,
en orden a la explicación de la génesis y despliegue de los organismos vivos, la
misma función que las leyes de Newton respecto de las fuerzas observadas en el
universo, o la misma función que la legalidad del sistema periódico respecto de
los elementos que están integrados en él. Dicho de otra manera, se trata de ave-
riguar si a partir del código genético se pueden deducir y cómo todas las formas
vivientes, o al menos todos los hechos biológicos observados 18 . Para obtener una
18 La discusión sobre el carácter científico de la teoría de la evolución, en confrontación con
la física y la química, puede verse en M. Ruse, Filosofía de la biología , Alianza, Madrid, 1979. La
tesis de Ruse es que la teoría sintética de la evolución cumple, no menos que la física y la química,
los requisitos exigidos por el empirismo lógico para calificar a un saber como científico.
121
idea algo más precisa del problema, hay que examinar un poco más de cerca cuá-
les son los hechos, por una parte, y cuáles son los principios teóricos con los que
se pretenden explicar, por otra.
Una idea somera de los hechos biológicos a explicar puede obtenerse a
partir de la siguiente tabla cronológica:
Tiempo en millones de años Fenómenos biológicos
Hace unos 4.650 x 10 6 años Se forma la tierra.
Hace unos 3.800 x 10 6 años Las rocas más antiguas.
Hace unos 3.600 x 10 6 años Primeros organismos vivos: proca-
riotas (bacterias y algas azules).
Hace unos 1.500 x 10 6 años Eucariotas (células con núcleo).
Hace unos 1.000 x 10 6 años Primeros organismos pluricelulares
(acuáticos).
Hace unos 700 x 10 6 años Primeros organismos con celoma.
Aparición de la mayoría de los
phyla.
Hace unos 500 x 10 6 años Primeros cordadas (peces).
Hace unos 400 x 10 6 años Peces actuales y anfibios. Plantas.
Hace unos 300 x 10 6 años Reptiles (grandes saurios).
Hace unos 200 x 10 6 años Mamíferos.
Hace unos 150 x 10 6 años Aves.
Entre 100 y 70 x 10 6 años Radiación de los mamíferos (inclui-
dos los primates).
Hace unos 50 x 10 6 años Prosimios.
Hace unos 40 x 10 6 años Monos.
Hace unos 30 x 10 6 años Póngidos.
Hace unos 4,5 x 10 6 años Australopitécidos.
Entre 2,8 y 1,6 x 10 6 años Horno habilis.
Entre 600 y 150 x 10 3 años Horno erectus.
Hace unos 150 x 10 3 años Horno sapiens.
128
Por su parte, la teoría de la evolución por “ortogénesis”, formulada por
Jepson en 1949, sostiene la existencia de unas tendencias en algunas formas
vivas hacia una determinada configuración, más allá incluso de su valor
adaptativo e incluso en contra de la adaptación misma (las denominadas hi -
pertelias) 26 .
En las décadas de los 70 y 80, las teorías más vigentes y enfrentadas han
sido la neutralista propuesta por M. Kimura, y la teoría del equilibrio puntual
propuesta por N. Eldredge y S.J. Gould. La teoría del equilibrio puntual guar-
da analogía con el macromutacionismo, por cuanto sostiene, entre otras cosas,
que el registro paleontológico no manifiesta esa secuencia de cambios imper -
ceptibles que la teoría sintética atribuye al azar, y busca otros factores aparte
del azar y la selección natural para explicar los procesos evolutivos.
La teoría neutralista guarda más analogía con el planteamiento de la or-
togénesis, por cuanto sostiene que las mutaciones se producen a un ritmo
constante y determinado por el “reloj molecular”, independientemente de
que sean ventajosos o adversas respecto del medio, siendo la gran mayoría
de ellas de carácter neutro en orden a la supervivencia, es decir, ni ventajosas
ni letales 27 .
Por su parte, la fuerza de la teoría sintética estriba en que no se ha falsea-
do empíricamente la tesis de las mutaciones al azar, y su debilidad consiste,
por una parte, en que tampoco se ha probado su universalidad de un modo
suficiente, y, por otra, en que la “selección natural” es conservadora de lo que
ya ha aparecido, pero no da cuenta de su aparición, de las innovaciones en el
proceso evolutivo.
A medida que se van conociendo más de cerca los procesos a nivel mo-
lecular, parece que la teoría sintética, la neutralista y la del equilibrio puntual,
se van alterando y convergiendo 28 .
26 Para un análisis del caso de las hipertelias como objeción a la teoría sintética, cfr. P.P.
Grassé, op. cit., pp. 180 ss.
27 Cfr. Motoo Kimura, The neutral theory of molecular evolution, Scientific American , nov. 1979,
vol. 241, n. 5, y G.L. Stebbins y F.J. Ayala, The evolution of darwinism, Scientific American , July 1985,
vol. 253, n. l.
28 “La nueva biología molecular, al poner de manifiesto que el proceso evolutivo a nivel
de DNA es mucho más complejo de lo que se había pensado, elimina las dudas en tomo a an-
tiguas certezas. También ha suministrado, sin embargo, el comienzo de respuestas a cuestiones
fundamentales que los constructores de la teoría sintética no podían encarar: cómo se acumula la
información genética a lo largo de la historia de la evolución. Los neutralistas y los seleccionistas,
curiosamente emparejados a primera vista, pueden ambos mantener sus postulados básicos en la
armonía de una teoría más amplia, que otorga a la suerte ( chance ) una función mayor en el cambio
genético. Algunas afirmaciones de la teoría del equilibrio puntual pueden ser refutadas; otras
son compatibles con una teoría sintética modificada, que conjuga las nociones de “emergencia de
las especies” ( especies stasis ) y la de “evolución en mosaico” ( mosaic evolution ). Cualquier nuevo
129
Se pueden señalar tres grandes rasgos de la evolución que las diversas
teorías tratan de explicar. En primer lugar, en el proceso de despliegue de la
escala zoológica, puede advertirse, según la secuencia cronológica establecida
por la paleontología, que primero han aparecido las formas simples y pos-
teriormente las complejas, con una complejidad creciente a medida que los
organismos son más modernos.
En segundo lugar, las nuevas formas surgen a partir de otras sintéticas o
compuestas y que tienen un alto potencial genético, mientras que las formas
muy especializadas son terminales y no dan lugar a otras nuevas.
En tercer lugar, los grandes tipos de organización pasan por un periodo
de máxima expansión al que sigue otro de decadencia, como si se relevaran
unos a otros a lo largo de la historia de la vida. Hay especies pancrónicas, que
prácticamente no han evolucionado desde su aparición, mientras que otras lo
han hecho con unas velocidades y unos ritmos diferentes entre sí.
Estas observaciones ponen de manifiesto una pluralidad de procesos di -
reccionales en la constitución de la escala zoológica, y el desarrollo de la biolo-
gía molecular parece ir clarificando la integración de azar y necesidad en tales
procesos, en términos de incremento de la probabilidad de lo más complejo.
Por lo que se refiere a la formación de polinucleótidos replicantes, en
primer lugar, y a la completa maquinaria genética, posteriormente, parece
como si los sistemas fluctuantes siguieran la ley de la mejor forma. Esta ley fue
formulada por la psicología de la Gestalt para la percepción, pero parece que
vige igualmente en la matemática del caos, y en la dinámica de los sistemas
fluctuantes en física, química y biología molecular.
Por lo que se refiere a la aparición de los eucariotas y de los veintitantos
tipos de organización (phyla) a partir de los cuales se desarrolla la escala de
la vida, pudiera ser que también fueran aplicables los mismos principios de
combinación de azar y necesidad en dirección a las mejores formas como las
más probables.
Se puede hacer la misma observación en lo que respecta a las especies
que se desarrollan dentro de cada phylum, en las que parecen darse fenóme-
nos de preadaptación y de coadaptación.
acuerdo que surja de las investigaciones y controversias en curso, no parece probable que impli-
que el rechazo de los supuestos básicos del darwinismo de mitad de siglo. La teoría sintética del
siglo XXI diferirá considerablemente de la desarrollada hace pocas décadas, pero el proceso por
el cual se configure será evolutivo, y no por erupciones”. G.L. Stebbins y F.J. Ayala, loc. cit., pp
81-82. Quiero agradecer a mi colega la profesora Natalia López Moratalla sus explicaciones sobre
el modelo de Eigen y sobre la complejidad del proceso evolutivo a nivel de DNA.
130
En este sentido, desde una de las posiciones más críticas respecto del
neodarwinismo,
P.P. Grassé sostiene que “la ley de lo viviente puede expresarse con una
fórmula que parece contener una contradicción: ser que fluctúa en el equili -
brio. La paradoja es solo aparente. Todo ser vivo posee conjuntamente un sis-
tema de funcionamiento normal y sistemas de equilibrio, de compensación,
frente a las variaciones del medio”, es decir, sistemas reguladores del equili -
brio interno (homeóstasis), tanto de tipo orgánico (como la regeneración de
un miembro perdido o las respuestas inmunológicas) como de tipo compor-
tamental 29 .
Buena parte de estos sistemas, junto con otras características que resul-
tan indiferentes o incluso perjudiciales para la supervivencia, parecen expli-
carse en términos de articulación simultanea de un conjunto de estructuras y
funciones, es decir, en virtud de unas posibilidades previas del todo sobre las
partes que se van configurando, que resultan más probables que otras posi -
bilidades.
Quizá en esta controversia lo más importante es centrar bien los térmi-
nos del problema, y para ello es preciso aclarar qué quiere decir “pequeña
mutación” y, correlativamente, qué alcance significativo tienen los términos
“grandes mutaciones”.
El neodarwinismo no sostiene que todas las mutaciones tengan valor
adaptativo, sino que todas se producen al azar, y que el entorno elimina las
que son incompatibles con él. Los ejemplos que suele aducir de “pequeñas
mutaciones “son las del tipo de la pigmentación de las alas de las mariposas
o la forma del pico de las palomas, y esas resultan suficientemente explicadas
por la teoría porque no parece que intervengan más variables.
Las restantes teorías, tampoco sostienen que todas las mutaciones ten-
gan valor adaptativo. Sostienen que aquellas que sí presentan ese valor no
pueden explicarse sólo por azar y selección natural. Los ejemplos que suelen
presentar de “grandes mutaciones” son del tipo de la aparición del ojo, o, en el
paso de peces a reptiles, la aparición del pulmón en los anfibios y en los peces
pulmonados, etc.
La controversia, al parecer, se centra en el campo de la genética, y va
resolviéndose a medida que la biología molecular va dando cuenta de la for-
ma en que acontecen las mutaciones genéticas, de la correspondencia entre
29 Cfr. P.P. Grassé, op. cit., pp. 208-209. Cfr. G.R. Taylor, El gran misterio de la evolución ,
Planeta, Barcelona, 1981. Cfr. I. Prigogine, ¿Tan solo una ilusión? , cit., cap. 9, “La evolución de la
complejidad y las leyes de la naturaleza”.
131
estas mutaciones y diversas estructuras funcionales, y de la continuidad y la
discontinuidad del salto (llámesele “pequeño” o “grande”) entre una configu -
ración genética y estructural-funcional y la inmediatamente superior o poste-
rior. Los darwinistas solían tomar ejemplos de microevolución de formas ana-
tómicas o fisiológicas que se podían explicar en el campo de la genética por el
azar, y los transformistas y macromutacionistas, ejemplos de discontinuidad
de formas anatómicas y fisiológicas que no podían probarse en el campo de la
genética por el azar, pero tampoco en virtud de ningún otro principio. Por su-
puesto, podía aducirse el principio de finalidad, pero eso tampoco significaba
una explicación suficiente mientras no pudiera mostrarse en concreto cómo
actuaba ese principio en el plano de la genética en términos de incremento de
la probabilidad.
La discrepancia puede quedar bien ilustrada con el ejemplo frecuente-
mente aducido de la evolución de la pata del caballo. Mientras el neodarwi-
nismo sostenía que un número determinado de pequeñas mutaciones al azar
y la selección natural bastarían para explicar su aparición, un crítico afirma -
ba que “esta pezuña, en armonía con el miembro al que corona a la manera
de un dedal protector de la tercera falange, amortigua sin resortes ni gomas,
choques cuya fuerza puede ser superior a una tonelada. No se ha podido
constituir por casualidad, ya que examinándola, se revela como un museo de
coadaptaciones y de novedades orgánicas. [ ... ], los ligamentos, los tendones
que se deslizan en las vainas, los cojinetes amortiguadores, el hueso navicular,
las glándulas sinoviales y su líquido lubricante seroso, implican una continui-
dad en la construcción que los azares, necesariamente caóticos e incompletos,
no son capaces de mantener” 30 .
Las “pequeñas” mutaciones dentro de una especie ya constituida no al -
teran la formalización en una unidad precisa de todos sus factores estructurales
y funcionales, y podían atribuirse al azar, pero una nueva formalización de esos
y otros factores nuevos no podía atribuirse al azar. Pero si la modelización
matemática de los sistemas caóticos puede mostrar el modo en que las inte-
racciones a escala microscópica dan lugar a cambios en el comportamiento
global del sistema, que no se puede deducir del comportamiento de los com-
ponentes individuales, entonces la distancia entre microevolución y macroe-
volución ya no aparece tan insalvable 31 .
30 Cfr. P.P. Grassé, op. cit., p. 75.
31 “La naturaleza puede, sin embargo, emplear el caos constructivamente. La amplificación
de pequeñas fluctuaciones, puede dotar a la naturaleza con sistemas de acceso a la novedad […].
La evolución biológica requiere variación genética; la matemática del caos proporciona un medio
para estructurar los cambios casuales, y hace posible por tanto situar la variabilidad en el marco
132
En realidad lo que se busca es un principio explicativo que de alguna
manera dé cuenta de la secuencia discontinua de los diversos tipos de forma-
lización que aparecen seriados de menor a mayor complejidad en la escala
de la vida. Obviamente, ese principio no se puede encontrar en el análisis
de fenómenos intraespecíficos, porque, como ya se dijo, mientras que para el
código genético de un perro el adulto opera ya como un sistema dado, para
el código genético de un organismo eucariota, la escala zoológica no puede
tomarse como un sistema ya dado.
El principio explicativo que se busca podría ser el conjunto de la maqui-
naria genética, tal como era en su primera edición al aparecer en el planeta,
considerado como un sistema abierto fluctuante, que va dando lugar a nove -
dades impredecibles en diversas direcciones y que, de un modo u otro, con-
serva en sus ediciones más complejas y recientes los resultados obtenidos en
las ediciones anteriores. Si se considera así el primer sistema genético, enton-
ces aparece como un principio explicativo respecto del cual tiene un sentido
más preciso la noción de potencial genético.
A determinados niveles de complejidad la evolución se acelera, porque
el sistema es más complejo y tiene ya un repertorio más amplio de programas
para desarrollar según las posibilidades que se le ofrezcan. Y en los niveles
más próximos a situaciones de equilibrio (especialización en términos de co-
rrespondencia muy estricta con el medio), la irreversibilidad de los procesos
puede explicar que las alteraciones del medio provoquen la extinción de la
especie.
La noción de potencial genético es análoga a la de plasticidad y en cierto
sentido antitético a la especialización. Por otra parte, guarda también analo-
gía con la noción física de “diferencia de potencial” y con la noción filosófica
de potencia (dynamis). Pero de la misma manera que el universo parece tener
una situación terminal límite, también puede tenerla el incremento de com-
plejidad de la materia (la escala de la vida), en algún sentido, y eso explicaría
la aceleración de los procesos evolutivos y su detención una vez alcanzadas
formas de determinado grado de complejidad.
El principio unitario del cosmos es el logos del cosmos, y el principio
unitario de la escala de la vida es el logos de lo viviente. La legalidad del
cosmos y la de lo viviente constituyen de algún modo una unidad, pero esa
unidad no parece tener tanta fuerza ni un grado de reflexión tan intenso como
de control de los procesos evolutivos”, J.P. Crutchfield et al. Chaos , cit. pp. 56-57. Desde el punto
de vista de la filosofía aristotélica, podría decirse que la matemática del caos aparece como una
“formalización” del proceso según el cual “forma educitur ex potentialitate materiae”.
133
para que se le pueda llamar “ alma del mundo”. Ni el cosmos ni la escala de la
vida parecen estar articulados unitariamente en virtud de una sola forma, o
un solo principio de formalización; lo está en virtud del logos, pero esto a su
vez implica que el logos no está dado de una vez por todas, y que los modos
de tener vigencia son plurales y no todos captables conjuntamente desde una
determinada perspectiva.
Se puede decir que se trata de “una eco-organización espontánea que se
auto-produce, se auto-regenera, se auto-regula de manera extraordinariamen-
te compleja sin tener por ello una memoria propia, un “programa” ecológico,
un dispositivo genético, un centro organizador” 32 . Se trata, pues, no de una
forma, sino de la legalidad de todas las formas y de todas las modalidades de
energía física; o, si se quiere, se trata de la forma formarum, de la forma de las
formas, que es lo que la filosofía denomina ser, y, en sentido más técnico, ser
trascendental.
La diferencia y la articulación entre el orden trascendental y el orden
predicamental en el orden de los seres vivos es algo cuyo tratamiento porme-
norizado compete más bien a la filosofía de la naturaleza y a la metafísica. Lo
que, una vez señalados esos ámbitos y sus características, compete ahora a la
antropología filosófica es el análisis de la constitución y el desarrollo de una
forma viva en particular: la humana.
El logos de lo real y la energía son condiciones de posibilidad de las
síntesis, de las formas que van apareciendo sucesivamente, pero esas nuevas
formas que son los diversos organismos vivientes, constituyen cada uno un
mundo con su propia legalidad y autonomía.
32 E. Morin, El Método II . La vida de la vida , Cátedra, Madrid, 1983, pág. 63.
135
Capítulo V
LA NOCIÓN DE PSIQUE . PSIQUE Y CIBERNÉTICA
1. LOS TIPOS DE FORMALIZACIÓN. LA HOMEOSTASIS
En el lenguaje ordinario los términos “formalizar” y “formalización” se
emplean para designar el ordenamiento de una actividad, o de un conjunto de
elementos, según reglas conocidas y que definen la actividad o la disposición
de los elementos en cuestión; así por ejemplo, en la expresión “formalizar
unas relaciones” de una pareja mediante el matrimonio, o también en expre -
siones del tipo “guardar las formas” o “portarse de un modo formal”.
En el lenguaje de la ciencia, particularmente en el de la lógica o de la
matemática, “formalizar” significa disponer un conjunto de factores según
reglas, de modo que se comprenda la ley o la razón intrínseca que los unifica,
encontrar el esquema que permite articular unitariamente lo que inicialmente
se muestra como heterogéneo y no relacionado. En lenguaje filosófico “for -
malizar” significa encontrar la esencia o la definición de alguna realidad, de
alguna actividad, o de un conjunto de ellas.
En la historia de la filosofía, sobre todo en el período antiguo y medieval,
el término “forma” es de amplio uso. Se acuña en la filosofía griega: morphé
designa la esencia de la cosa; en cuanto que es morphé se define como aquello
que hace que una cosa sea lo que es, y en cuanto que es esencia se define como
el correlato de la definición. En la filosofía moderna y contemporánea el tér -
mino “forma” deja de utilizarse con la profusión que en los dos períodos ante -
riores, y vuelve a reaparecer como un término clave en la psicología alemana
como Gestalt y en la anglosajona como Pattern .
Gestalt significa literalmente configuración , forma , y es el término usado
por la psicología de la forma para describir el fenómeno de la percepción como
captación inmediata de una configuración significativa, de un significado. La
Gestalt es, así, lo que permite reconocer un conjunto de sensaciones como algo
significativo, o, dicho de otra manera, es aquello en virtud de lo cual hay per -
cepción . El ejemplo que más frecuentemente suele utilizarse para ilustrar la
noción de Gestalt es el de la melodía: la melodía es un ordenamiento, una
136
configuración o una estructuración de elementos (sonidos), que permanece
constante y reconocible aunque cambien las características de los elementos:
así, una melodía permanece la misma aunque cambie el timbre de los sonidos,
el tono, el tiempo del ritmo, etc.
El término inglés pattern tiene el mismo significado que Gestalt , pero con
una connotación de actividad o de eficiencia formalizadora. Designa la con -
figuración pero, más que en cuanto reconocible , en cuanto reproducible . Pattern
es la forma inglesa de la palabra española patrón (derivadas ambas de la pa-
labra latina pater ) y designa el modelo a partir del cual se puede producir
o reproducir tantas veces como se quiera la misma configuración. Tiene el
mismo significado que el sustantivo matriz (derivado también del latín mater ).
Lo específico y característico del Pattern es engendrar , o generar mediante la
ordenación de elementos.
Ahora, tras este pequeño recorrido lingüístico, el término griego “ for-
ma” queda incardinado en la biología a través del latín y del inglés moderno,
y, por último, se puede perfilar mejor su significado por referencia al término
antónimo inglés random . Random significa lo contrario de configuración y or -
den, pero no en el sentido de azar ―pues hay un pattern para el azar que es la
probabilidad―, sino en el sentido de caos , de ausencia de orden y de ausencia
de sentido 1 .
En un sentido muy general, puede decirse que lo propio y específico de
una “forma” es “formalizar”, y que formalizar es la actividad de la forma. A
su vez, lo formalizado por la forma es lo que se suele llamar el contenido, y lo
que Aristóteles llamó en términos generales “materia”.
El caso más elemental actualmente admitido por la ciencia de una “ ma-
teria” formalizada por una forma, es el de una onda, el de las partículas ele-
mentales, por ejemplo.
Una onda es la formalización de un medium , el modo según el cuál una
actividad se desplaza. Si el medio no fuera formalizable ninguna actividad se
daría en él, con lo cual no sería médium en absoluto, y a su vez si la actividad
formalizadora no formalizase nada, no podría hablarse de actividad en un
sentido físico ni tampoco de energía en sentido físico.
En la concepción hilemórfica que formulara Aristóteles, la actividad for-
malizadora tiene un doble sentido causal: es a la vez eficiente porque produce
un efecto, y formal porque el efecto es una determinada configuración. Por
1 Cfr. R. Escarpit, Teoría general de la información y la comunicación, Icaria, Barcelona, 1977,
pp. 115-122. En realidad también hay pattern en el random, en el caos, pero en el lenguaje ordinario
estos términos no se usan con el sentido que tienen actualmente en matemática.
137
otra parte, la actividad formalizadora tiene un tercer sentido causal: aquello
a que tiende la actividad es siempre a permanecer como tal, y ese es su para
qué, su telos o, su fin. Cuando una forma suficientemente compleja permanece
constante en su complejidad, se dice que tiene carácter homeostático. Con el
término homeóstasis se designan principalmente los sistemas vivos, pero en
líneas generales puede decirse que la homeóstasis es la vigencia del principio
de identidad (que tiene carácter trascendental) en cada forma (y también la
forma tiene carácter trascendental).
Por supuesto, la actividad formalizadora que llamamos en términos ge-
nerales onda, no puede mantenerse como tal más que pasando de una parte
del medio a otra, en permanente intercambio con el medio, o, más exacta-
mente, cambiando continuamente en el medio. Si el medio desapareciera o
absorbiera completamente la onda, la actividad formalizadora en cuestión se
habría extinguido. Como es sabido, un fotón puede extinguirse fácilmente,
pero también puede mantenerse y ser reconocible en su identidad numérica
desde el comienzo del universo hasta ahora, pero para ello necesita del resto
del universo.
La cuestión de cómo las actividades formalizadoras elementales se arti-
culan entre sí, o bien son a su vez formalizadas en virtud de actividades for-
malizadoras más complejas que las subsumen en sí, es uno de los temas más
nucleares de la metafísica. Ya se ha aludido a ello en los capítulos anteriores
al delimitar la noción de síntesis y al describir el problema de la emergencia
de la novedad, y se ha dicho también que el logos del cosmos y de la historia
no es una forma.
Aristóteles definió el intelecto como “la facultad de captar las formas” 2
, es decir, como una actividad formalizadora que en lugar de formalizar un
medium formaliza a su vez formas, pero el modo en que el intelecto formaliza
formas no es el modo en que las formas formalizan realmente, ni el modo
en que las actividades formalizantes se concatenan entre sí; es decir, el logos
del cosmos y de la historia, que unifica las actividades formales reales, no es
obtenido por el intelecto humano en su propio plano como una copia exacta
e idéntica. Y ello es así porque las actividades formalizadoras son muy di-
versas, porque hay tantos tipos de actividades formalizadoras como tipos de
entes 3 .
2 Cfr. Aristóteles, Peri Psychés, 429a-429b.
3 Cfr. J. de Garay, La identidad del acto en Aristóteles, cit. La diferencia entre el ser real del
universo y ese mismo ser formalizado por el intelecto humano, o sea, la diferencia entre el ser
real y el ser intencional, se aclarará más adelante, al tratar de los sentidos del ser y de la verdad.
144
Aunque el paralelismo entre las nociones de “potencia” y de “ trabajo del
negativo” no es estricto, pueden usarse ambas para caracterizar lo material en
cuanto que están elaboradas desde un rechazo del mecanicismo, y pensar la
materia como aquello que hace posible la distensión espacio-temporal de los
entes reales exige rechazar el mecanicismo, uno de cuyos supuestos básicos
es precisamente el carácter extrínseco del espacio y el tiempo con respecto a
los entes corpóreos.
Pues bien, que haya distensión, o que haya devenir de entes reales, sig-
nifica que haya entes reales que no son todo lo que pueden ser y que puedan
llegar a ser lo que no son. También se puede expresar así: que los entes reales
estén cargados de negatividad o de potencialidad, que sean inidénticos, como
ya se señaló.
Si un ser es ya ab initio , todo lo que puede ser, entonces no hay para él
devenir, distensión, proceso: no hay para él unas partes fuera de otras ni unas
después de otras: no hay para él espacio ni tiempo, o bien el espacio y el tiempo
le serían extrínsecos y no le afectarían, sería, justamente por eso, in-material.
Pero si ese ser, no es en sí mismo todo lo que puede ser, entonces le falta
algo o «algos» para ser todo lo que puede ser. Y eso que le falta es precisamen-
te lo que puede . Hegel se fija más bien en eso que falta y le llama negatividad .
Aristóteles se fija más bien en eso que puede y le llama potencia ( dynamis ). La
distensión y lo logrado con ella se debe, desde luego, a que lo que ya hay y lo
que falta se copertenecen intrínsecamente, pero Aristóteles atribuye el prota-
gonismo principal a lo que ya hay (al acto ) y Hegel más bien a lo que falta (el
negativo).
La funcionalidad de estas nociones se ha ilustrado a veces tomando
como ejemplo una noción de la física clásica: la noción de «vacío».
Si el espacio de una caja hermética se divide por la mitad mediante una
lámina metálica y se hace el vacío en el espacio que queda a la derecha de la
lámina, esta se combará hacia la derecha, y hacia la izquierda si el vacío se
hace en el espacio que queda a la izquierda. En este sentido, podría decirse
que el vacío, la falta o el negativo tiene una fuerza que hace que lo otro se
expansione o se distienda; que la falta, la potencia o lo negativo provocan un
vértigo en lo otro (lo positivo) con lo que está en recíproca copertenencia, en
virtud del cual eso otro es arrastrado hacia eso que todavía no es pero que
puede ser o, dicho de otra manera, se provoca un vértigo que arrastra al ente
real hacia su propia plenitud. (En realidad el «vacío» no ejerce ninguna fuer-
za, sino que es la falta de resistencia a la fuerza de lo “lleno”).
El ejemplo del vacío se ha usado también para ilustrar los fenómenos
biológicos y lógico-gnoseológicos que aquí nos interesan. Repárese en que
145
la propuesta de pensar lo absolutamente indeterminado, la indeterminación
pura ―o sea, la noción de materia―, es en cierto modo un intento de hacer el
vacío en el pensamiento, puesto que es el intento de despojarle de cualquier
“algo” pensado, de cualquier determinación. Podría decirse que ese vacío
o esa negatividad provoca un vértigo en el pensamiento por el cual este es
arrastrado hacia un «algo», en primer lugar, y a descubrir más “algos”, que
también estaban implicados de algún modo con el anterior, después. Esta es-
pecie de vértigo impide que el pensamiento pueda considerar reposadamente
la indeterminación pura, que pueda sostenerse en esa vacuidad, y provoca
que el pensamiento sea arrastrado hacia su propia plenitud: a conocer algo
y a conocerlo todo, lo que constituye cabalmente su telos o fin. También así se
ha pretendido describir y explicar, siquiera metafóricamente, lo que se llama
intencionalidad del conocimiento .
Así pues, si un ser está cargado de potencialidad o de negatividad, en-
tonces deviene ; entonces va siendo todo lo que puede ser por partes , sucesi-
vamente; entonces se distiende y con ello aparece desde su fundamento, el
espacio y el tiempo; y entonces se dice de esos seres que son materiales .
Al margen de tales seres, o sin tenerlos en cuenta, no se ve cómo el es-
pacio y el tiempo puedan ser reales. Solo aparecerían, precisamente, como
proyección en el ámbito extramental de la amplitud y de la extensión del pen-
samiento mismo, y justamente por eso no afectarían intrínsecamente a unos
hipotéticos átomos que, por consiguiente, no tendrían telos ( mecanicismo), no
tendrían extensión y, finalmente, resultaría difícil determinar para ellos qué
significaría “ ser materiales ”.
Pues bien, por lo que se refiere al ejemplo del vacío, hay que decir que
ni en el caso del universo en expansión, ni en el caso del despliegue de la es-
cala zoológica, ni en el del desarrollo de la ciencia por parte del pensamiento
puede hablarse propiamente de una “fuerza” ni de una “eficiencia formaliza -
dora” del “vacío”, ni tampoco del «vértigo».
Si se considera el universo en su conjunto como un sistema (material,
por supuesto), la expansión viene dada en función de la noción de equilibrio
térmico o, más exactamente, en función de un equilibrio “caótico” inicial, que
se rompe en un momento determinado, en virtud de la cual ruptura se produ-
cen una serie de procesos, cuyo término puede ser un nuevo equilibrio en la
muerte térmica, o una vuelta a un estado similar al del primitivo equilibrio 12 .
Como en ambos casos se trataría de un proceso entrópico, no podría hablarse
propiamente de incremento de los niveles de formalización en el universo
12 Cfr. S. Weinberg, Los tres primeros minutos del universo, cit., pág. 43, pp. 129-132.
146
mismo, de manera que dicho incremento tendría que venir dado en un orden
distinto, que no sería el de la materia inerte, sino en el de la materia viva.
Los físicos no suelen considerar la materia ni como una noción ni como
una «realidad» originaria, sino más bien como subsumida en la noción de
masa convertible con la de energía. La energía, en tanto que energía pura , existe
solo y siempre en cantidades discretas ( quanta ) y carece de masa, por ejemplo,
los fotones. Este es uno de los principios centrales de la física cuántica y, si -
como parece- es verdadero, ello significaría que lo radicalmente originario no
es la “materia”, sino la “actividad formalizadora” y esa es la caracter ística de
la no ción física de “campo” y de la noción de “espacio físico” o espacio real 13 .
En el espacio físico, en el universo, todas las actividades son formalizan-
tes y todas son procesos temporales, distendidos; toda forma tiende a mante-
ner su identidad o su estabilidad, formalizando materia y articulándose con
otras formas, de modo que dicha articulación implique mayor estabilidad; su
“reproducción” solo viene asegurada en términos precarios por el principio
de conservación de la energía, pero este principio de ninguna manera asegura
un incremento de los niveles de formalización.
Se puede suponer que la energía en el universo se mantiene constante y
que, desde este punto de vista, al universo no le falta nada para ser plenamen-
te universo; ahora bien, nunca es idéntico a sí mismo y no es a la vez todo lo
que puede ser, ni siquiera lo que ha sido.
Para que pudiera empezar a darse eso, siquiera en grado mínimo, harían
falta formalizaciones de un nivel superior. Y si esas formalizaciones son posi-
bles en el universo, entonces todo lo que el universo puede , o todo lo que en el
universo se puede dar, es del orden de las formalizaciones de un nivel superior
al físico, aunque, por supuesto, implicando el complejo conjunto de las forma-
lizaciones físicas. No hay ninguna actividad formalizadora física, ni tampoco
el universo en todo su conjunto (ya se ha repetido que no es una forma), que
reflexione sobre sí en grado suficiente como para poseerse a sí misma en si -
multaneidad, como para realizar la “acción de poner” su propia estabilidad.
13 El espacio físico se puede ver como diferente del geométrico si, por ejemplo, se advierte
que la noción de temperatura no tiene sentido respecto del espacio geométrico. Esto no quiere
decir que el espacio geométrico no sea formalizante, que también lo es, pero desde luego la tem-
peratura no es uno de sus factores formalizantes. En relación con la “definición” de materia ante-
riormente formulada como aquello que sin ser “algo” tampoco es “nada”, hay que decir ahora que ha
sido construida vaciando mentalmente un campo, sea mental o supuestamente real, y que, por
hipótesis, se ha hecho desaparecer de él todo menos la actividad formalizadora del pensamiento
que realiza las operaciones abstractivas. Por eso lo primero que aparece y lo último que queda
como residuo ineliminable es precisamente la actividad formalizadora. En este sentido, parece
que la física cuántica le da más la razón a los pitagóricos que a los milesios, o a ambos ex aequo.
147
Ya se dijo que eso es la noción de homeóstasis y que corresponde propia
y específicamente a los seres vivos. Pues bien, a tenor de dicha noción, para
llegar finalmente a la de lo inmaterial , señalemos por último una caracteriza-
ción de lo material en la que Aristóteles, Descartes y Hegel quedan en paralelo
con Einstein.
La noción que la física actual tiene de “lo material” (y ahora este término
engloba tanto las nociones de energía pura como la de masa), se corresponde
con lo dicho hasta ahora sobre la materia, lo cual se pone de manifiesto al
considerar la proposición: “la noción de velocidad infinita no tiene sentido
físico” 14 .
Con esta fórmula la ciencia física pretende establecer los límites del mun-
do físico, es decir, el ámbito de lo material. El ámbito de lo físico es aquel en
el que tienen lugar procesos de velocidad finita, y la noción de velocidad finita
es, precisamente, la noción de distensión espacio-temporal, ya que la noción
de velocidad se construye como una síntesis de espacio y tiempo o, desde otro
punto de vista, las nociones de espacio y tiempo se obtienen por descomposi-
ción o por abstracción de la noción de velocidad o de la de movimiento.
Por hipótesis, los físicos señalan unos procesos de velocidad finita máxi -
ma, la velocidad de la luz, por referencia a la cual se establece, además, el
modo en que el movimiento afecta intrínsecamente al móvil, es decir, el modo
en que el espacio y el tiempo son intrínsecamente constitutivos de cualquier
realidad física.
Como es obvio, todos los procesos de velocidad finita se pueden medir:
todos ellos duran o tardan: pertenecen al mundo físico. Pero si hubiera algún
proceso de velocidad infinita no duraría, no tardaría: no habría tiempo desde
que empezara hasta que terminase, sino que su comienzo y su término, la
acción y su resultado, serían estrictamente simultáneas. Para un proceso de
velocidad infinita el tiempo sería cero, y el espacio sería igualmente nulo.
Esto no tiene, en sí mismo, ningún sentido físico. Pues bien, así es como
caracterizan Aristóteles, Descartes y Hegel lo inmaterial , y así es como, en ge-
neral, se forma negativamente la noción de lo in-material: lo que no está dis-
tendido espacio-temporalmente.
Procesos de velocidad infinita y tiempo cero son, precisamente, la cons-
titución de un organismo vivo cualquiera (ya sea el más elemental o el más
complejo) a partir de un conjunto de elementos y procesos materiales; cual-
quier acto de sentir, por ejemplo, ver, y cualquier acto mental, por ejemplo,
pensar. La sensación de ver es el ejemplo que toma Aristóteles para ilustrar lo
14 Cfr. L. Polo. Curso de teoría del conocimiento, EUNSA. Pamplona, 1984, lecciones 2. a y 3. A.
148
que él llama acciones inmanentes , que son propias del ámbito del mundo psíqui-
co , que resulta así heterogéneo del mundo físico , y que requiere una ciencia he-
terogénea de la física, a saber, la psicología : ciencia de la psique , de lo inmaterial
en sí mismo considerado y en su articulación con lo material 15 .
¿Por qué la constitución de un ser vivo, una sensación, y, en general,
cualquier acto cognoscitivo, es un proceso de velocidad infinita y tiempo
cero? Por la sencilla razón de que la acción formalizadora de hacer un vivien-
te y su resultado, que es que el viviente esté vivo, tienen que ser estrictamente
cosimultáneas para que haya tanto acción como resultado, y, paralelamente,
porque para que haya actividad formalizadora de ver y su resultado, que es
tener lo visto, tiene que haber simultaneidad entre la acción y el resultado.
En el capítulo tercero se dijo que un ser vivo cualquiera se constituye
por una coordinación y conjunción simultánea de los factores DNA, RNAm,
RNAt y enzimas en el interior de la célula, y, más aún, que interioridad quiere
decir, precisamente, conjunción simultánea de los procesos sucesivos corres-
pondientes a cada uno de esos factores, es decir, memoria, vida .
Para un viviente, estar vivo quiere decir coordinar todas esas funciones
sucesivas, que son procesos materiales (que tardan, que tienen una velocidad
finita), en virtud de una actividad formalizadora que tiene el suficiente grado
de reflexividad como para realizar la “acción de poner” la propia estabilidad
o de mantener la propia identidad, para realizarla «sabiendo» lo que ya ha
realizado y lo que le falta por realizar (en el proceso de la embriogénesis) y
para reproducirla. Ese «saber», en la constitución y desarrollo del organismo
es, como se dijo, memoria, y esa actividad es la vida. Pues bien, ahora se pue-
de definir la vida como la actividad formalizadora de la psique 16 .
Esa actividad formalizadora es un cierto saber, que formaliza energía
físico-química. La energía de la psique no es energía físico-química, pero algún
tipo de energía ha de tener la psique por mínima que sea para articular pro-
cesos energéticos de ese tipo; en el capítulo anterior se le llamó provisional-
mente “ energía psíquica ” para distinguirla de la energía física. Ahora se puede
establecer con más precisión la diferencia diciendo que la energía física es la
actividad formalizadora de los procesos de velocidad finita, y que la energía
15 Cfr Aristóteles, Peri Psychés, n, 1 y 2. Simultaneidad entre el ver y lo visto no significa
simultaneidad entre estímulo y percepción: esta simultaneidad no la hay en el plano fisiológico
Justamente porque los procesos fisiológicos son materiales: están distendidos espaciotemporalr -
nente, tardan tiempo. Se trata de Simultaneidad cognoscitiva: no puede haber un acto de conocer
(sentir, percibir, etc.) sin que simultáneamente algo esté siendo conocido por ese acto.
16 Si se tiene en cuenta que una de las maneras en que se “define” el ser es como el acto de
la forma o la actividad de la forma, se obtiene así el encuadre metafísico de la física y la biología.
149
psíquica es la actividad formalizadora de los procesos de velocidad infinita,
es decir, de los procesos reflexivos, de aquellas actividades cuyo resultado es
simultáneo con la actividad misma: el resultado de la actividad de vivir es
estar vivo.
Estar vivo es, por otra parte, un acto único, en el sentido de que no con-
siste en la suma de las funciones vitales (que son procesos todos de velocidad
finita), puesto que un viviente no está más vivo cuando está en vigilia que
cuando duerme, ni más vivo cuando come que cuando está en ayunas y siente
hambre. El vivir, en cuanto que actividad de la psique , es una actividad indi-
visible, y esta es otra manera de caracterizar lo inmaterial: lo que no se puede
dividir en partes precisamente porque no tiene partes (porque no tiene unas
partes fuera de otras).
Quizá ahora puede advertirse que la noción de vacío y de vértigo ni
siquiera metafóricamente pueden aplicarse para explicar la aparición de una
psique , de un viviente, y quizá tampoco la noción de “necesidad”. La vida que
conocemos aparece en un ámbito con unos márgenes de umbrales energéti-
cos, densidad, temperatura, etc., muy estrechos, ámbito que además es irrele-
vante en el universo tomado como un conjunto o como un sistema. La noción
de potencia ( dynamis ) es más ajustada en el sentido de que en el cosmos o con el
cosmos puede hacerse eso, más bien que en el sentido de que el cosmos pueda
hacer eso o lo necesite : el cosmos no es una forma a la cual le falten los vivientes
para ser uno. Por otra parte, no le sucedería nada si no existiesen, pues hubo
un tiempo en que no existieron y lo más probable es que llegue un período en
que no existirán.
Sin embargo, la existencia de los vivientes tiene un significado para el
universo, como ya se ha dicho: la existencia de seres que realicen y mantengan
su propia identidad implicando en ello al entero cosmos significa una cierta
unidad, al menos en algún sentido, de todo el universo. Y pudiera ser que
esa unidad se mostrara con un significado más pleno para el cosmos si algún
viviente fuera capaz de captarla: en el universo hay legalidad, hay razón, aun-
que el universo no lo sabe, pero si un viviente lo supiera el conjunto de formas
del universo alcanzaría en él la reflexión que por sí mismo en ningún caso
podría lograr, la unidad consigo mismo que, al parecer, es la suprema forma
de ser. Pues bien, ese viviente es el hombre, y ese saber, la ciencia.
Pero ahora volvamos a la escala de la vida. Aquí las nociones de vacío y
de vértigo son todavía menos aplicables. Tampoco es aplicable, ni metafórica-
mente, la noción de diferencia de potencial, puesto que la aparición de las for-
mas elementales de vida no surge de la ruptura de ningún tipo de equilibrio
en el universo, que luego tienda a restablecerse de otro modo o del mismo, y,
150
mucho menos, de la ruptura del equilibrio del conjunto de las formas vivas,
como si ese conjunto fuese a su vez una unidad viva 17 . Como ya se vio, el siste-
ma ecológico no tiene de ninguna manera ese sentido.
El sistema ecológico tampoco es un conjunto al que le falte o que necesite
en algún sentido talo cual rama de la escala de la vida o, más en concreto, un
conjunto al que le falte o necesite los mamíferos y especialmente el hombre.
También hubo un período en el que no existió ningún mamífero y probable-
mente llegará otro en el que ninguno existirá. Y también aquí la noción de
potencia ( dynamis ) es más ajustada en el mismo sentido que se señaló anterior-
mente: en o con el sistema ecológico se pueden hacer mamíferos y hombres, no
en el sentido de que el sistema pueda hacerlo o lo necesite.
Los tipos de psique van apareciendo en una secuencia cronológica que
va de lo inferior a lo superior, sin que esto segundo pueda inferirse en modo
alguno de aquello primero, contrariamente a lo que sucede con el universo,
donde los estados posteriores sí pueden predecirse desde los anteriores. El
sistema ecológico es, desde luego, antientrópico, pero no lo es más porque
haya mamíferos y coleópteros que si no los hubiera.
La aparición escalonada de diversos tipos de psique cada vez con mayor
capacidad formalizadora, tampoco significa en modo alguno un incremento
de la energía física, sino solo y justamente, un incremento cuantitativo y cua-
litativo de actividades formalizadoras. Significa un incremento de acto , de ser ,
pero no en el orden físico. Dicho incremento viene dado por la aparición de
la intencionalidad y por su desarrollo, es decir, por la aparición de tipos de
psique cada vez con mayor capacidad cognoscitiva.
La aparición de la psique cognoscitiva permite, por contraste, una mejor
comprensión de lo que significa “saber” para una psique no cognoscitiva.
Una planta vive la materia inerte y vive la luz al nutrirse de ella, la vi-
taliza con su propio vivir al asumirla en sus procesos metabólicos. Pero vive
solamente eso, lo que puede ingerir, y, como señala Hegel, al ingerirlo supri-
me la alteridad de la luz y de la materia, que ya dejan de existir como realida-
des autónomas y diferenciadas. Cuando la psique es cognoscitiva y el viviente
puede ver, y, en general, sentir, la luz es vivida por el viviente sin abolirla, y
por ella es vivido, es visto, todo el universo sin abolirlo.
Por supuesto la acción de ver y su resultado, que es tener lo visto, son
estrictamente simultáneos y como en virtud de su velocidad la luz presenta,
17 Como es obvio, una ruptura de ese tipo es solamente la muerte, la cual no da lugar a
nada. Es decir, la muerte reintegra a niveles de formalización inferior lo que estaba formalizado a
niveles superiores, pero no da lugar, de suyo, a la aparición de tipos superiores de formalización.
151
a la vez y como simultaneo para una subjetividad, lo que está muy distante y
separado realmente, gracias a ella la visión realiza la primera formalización
simultánea del universo distendido y esto es también saber, vida, inmanencia,
reflexión, etc.
Ahora bien, cuando la psique cognoscitiva formaliza en simultáneo el
universo al verlo, al universo mismo no le sucede nada, contrariamente a lo
que sucede con los ácidos nucléicos, las proteínas, etc., al ser formalizadas
por la psique vegetativa. El saber formalizar de la psique vegetativa configura
la materia de una manera determinada y la transforma para constituir el or-
ganismo.
La psique cognoscitiva tiene tal capacidad formalizadora que, además
de formalizar materia para constituir un órgano cognoscitivo, tiene todavía
capacidad para formalizar formas ―del resto del universo― de tal manera que
las asume en su propio vivir sin suprimir o sin abolir el ser físico que tienen
en la materia.
A esa síntesis entre interioridad y exterioridad que no anula a ninguna
de las dos, sino que enriquece a la primera y le hace existir en una intimidad
a la segunda, se le llama conocer , y se diferencia de la actividad formalizadora
de la psique vegetativa respecto de la materia orgánica en que es completa-
mente ineficaz.
La ineficacia física del conocer resulta “provechosa” para el universo,
que alcanza así una cierta unificación y, eventualmente, la posibilidad de dar
más de sí mediante nuevas combinaciones (formalizaciones) de su materia y
su energía, pero sobre todo resulta provechosa para el viviente mismo, por-
que, precisamente en virtud de esa ineficacia, si se produce un error en el
conocer, al universo no le pasa nada y al viviente tampoco.
Si la psique vegetativa se equivoca al formalizar la materia orgánica el
resultado puede ser un aborto o un monstruo inviable, lo que significa la inca -
pacidad de la forma para mantener su propia identidad, para realizarla, y la
disgregación de la materia orgánica. Pero a la psique cognoscitiva no le ocurre
eso, cuando lo que formaliza son formas. Su actividad formalizadora no va a
los compuestos orgánicos (materiales) fundiéndose con ellos, sino que extrae
u obtiene de ellos un “duplicado” de solamente sus formas y las configura en
el propio plano formal del conocer: por eso ahí los procesos de formalización
son reversibles, y si hay errores se pueden volver a repetir hasta hallar la so-
lución, la cual, una vez obtenida en el plano intencional (ficticio, imaginativo,
intelectivo o de otros tipos) se puede hacer valer en el plano físico.
Pues bien, la diferencia entre el “saber” de la psique en tanto que no-cog-
noscitiva (de la psique en tanto que constructora del organismo, en tanto que
152
vegetativa) y el “saber” de la psique cognoscitiva (y solo a este segundo se le
llama en sentido propio conocer o saber ), consiste en que el primer saber es a
la vez , inmediata e indiscerniblemente un hacerse y el segundo saber no, sino
que, al estar disociado del hacerse, el hacerse puede encauzarse entre las di-
versas posibilidades que el conocer muestra en su plano ineficaz. Esto, por
supuesto, significa un mayor grado de libertad en el ser, de actividad forma-
lizadora, de vida, de memoria, de reflexión, etc.
A la actividad formalizadora de la psique vegetativa se le llama metafóri-
camente “saber” porque es reflexión, memoria, y el saber siempre es eso, pero
la denominación es metafórica porque saber o conocer es el tipo de reflexión
que opera con formas puras y no con procesos materiales.
Si llamamos psique vegetativa a la actividad formalizadora que configura
unitariamente al DNA, RNAm, RNAtyenzimas, es decir, a la actividad forma-
lizadora que formaliza materia, resulta manifiesto que la adaptación a priori
o la preadaptación no puede atribuirse a esa psique ni a nada parecido a ella,
porque precisamente esa psique no sabe antes de hacer , puesto que su hacer y su
saber son la misma actividad .
Si el saber y el hacerse son la misma actividad, vivir es una reflexión in -
consciente , actividad fisiológica opaca para el viviente mismo, pero si se trata
de dos actividades diferenciadas, además de actividad fisiológica opaca ( cre-
cimiento y, en general, metabolismo), hay conducta, es decir, vivir es una re-
flexión consciente y la “acción de poner” la propia estabilidad, no tiene como
centro de gravedad la psique vegetativa o la intimidad substancial , sino la psique
cognoscitiva o la intimidad subjetiva 18 .
Pues bien, si la escala zoológica no puede ser considerada en su conjunto
como una formalización con las características de la psique vegetativa, mucho
menos puede considerarse como un sistema con las características de la psique
cognoscitiva, ni siquiera como una psique cognoscitiva de máximo alcance o
de máximo poder formalizador.
Se ha dicho ya que el intelecto es una actividad formalizadora capaz de
formalizarlo todo. Ahora se trata de ver en qué sentido puede hacer eso, y qué
significado tiene eso para la escala zoológica y para el universo entero.
La psique cognoscitiva que formaliza formas lo hace en base a los pro-
cesos materiales del sistema nervioso (no importa ahora cuál sea el grado de
desarrollo de ese sistema): el medio extrasomático hace posible que las acti-
18 La denominación intimidad substancial e intimidad subjetiva, o, más en general, substancia y
sujeto, está tomada de Hegel, y se utiliza aquí y en el resto de los capítulos en un sentido análogo
aunque no idéntico al suyo.
153
vidades formales del cosmos lleguen de un modo u otro al organismo, el cual
es a su vez un medio material formalizado de tal manera que es capaz de fun-
cionar como receptor de determinadas actividades formales externas, en tales
condiciones que la actividad formalizante del organismo al final del proceso
formalice solo formas, es decir, en tales condiciones que se recoja solo formas,
es decir, en tales condiciones que se recoja solo la información del exterior, y
se prescinda de la energía que cumple la función de medio transportador o
transmisor del mensaje solamente. Eso es conocer, y no es un proceso , sino un
acto , de velocidad infinita y tiempo cero, como, por ejemplo, ver. Pues bien, la
psique cognoscitiva de máximo alcance, a saber, la psique intelectiva, formaliza
todo lo que ha sido formalizado en los niveles cognoscitivos inferiores, lo cual
es posible si el modo en que el intelecto supera la distensión espacio-temporal
es, a su vez, el máximo.
De modo análogo a como sucede con el acto de vivir, el acto de ver es
también simultáneo con su resultado desde el punto de vista gnoseológico,
no desde el fisiológico, de modo que el tiempo no es constitutivamente intrín-
seco de ninguno de ellos. Por supuesto que el tiempo de estar vivo o de estar
viendo un viviente cualquiera se puede medir, pero el tiempo que dura así es
el tiempo extrínseco de la escala métrica que utilizamos para medirlo, y no el
tiempo que tarda desde que empieza a estar vivo hasta que ya lo está, o desde
que empieza a ver hasta que ya está viendo.
Pues bien, esto se verá con mayor claridad en relación con la inteligencia
o en relación con la conciencia. No hay un tiempo desde que la conciencia
empieza a ser conciencia hasta que ya lo es: porque antes de ese ya no hay con-
ciencia. Tampoco se puede decir que la conciencia esté espacio-temporalmen-
te distendida: la conciencia no pasa. Desde luego, por la conciencia “pasan”
sensaciones, representaciones, y se dice que unas son más “claras” que otras,
más “lejanas”, etc., pero ella misma no es más clara o más lejana y, desde lue -
go, ella misma no “pasa”. Para la conciencia “pasar” significaría dejar de ser
conciencia, cesar como tal, y ello solo ocurre en el sueño ―y no siempre―, y
podría pensarse también, como hipótesis, que en la muerte 19 .
Como es obvio, en la conciencia se da expectativa del futuro y recuerdo
del pasado, pero la expectativa y el recuerdo se dan siempre en la conciencia
ahora . Si yo espero o recuerdo, espero o recuerdo ahora , y no la semana que
viene o el mes pasado. Por eso se puede decir que el tiempo de la conciencia
19 Hay que decir como hipótesis porque no es imposible de suyo para la conciencia asistir en
acto al tránsito de la muerte, y no hay para nosotros experiencia alguna al respecto si se prescinde
de los fenómenos parapsico1ógicos.
256
siti
vo o negativo. Es decir, la actuación de los deseos e impulsos sensibles
-como veremos-se desencadena a partir de la estimativa.
Por otra parte, como la estimativa es la facultad por la que se conoce
de modo pleno el singular en sí, es la facultad de la experiencia, porque es la
facultad de la acción práctica, que es siempre una acción singular que versa
sobre lo singular. Es decir, la facultad que estima el valor de una realidad
singular externa respecto de la propia singularidad orgánica, es también la
facultad que rige el comportamiento propio respecto de cada realidad sin-
gular externa. Cuando un león ha devorado varias veces a varios antílopes
singulares, tiene ya experiencia de cazar y devorar. La experiencia se suma así
al instinto y lo refuerza, lo perfecciona.
Este reforzamiento o perfeccionamiento del instinto por el aprendizaje
en los animales es el punto privilegiado de las investigaciones conductistas,
reflexológicas y etológicas, y es el campo de batalla en el que tiene lugar la
polémica sobre lo innato y lo adquirido o, lo que es lo mismo, entre lo bioló-
gico y lo “sociológico” en el comportamiento animal.
El automatismo o rigidez del instinto varía de más a menos a medida
que se asciende en la escala zoológica -muy perceptiblemente en la rama
de los cordados, todavía más en el grupo de los mamíferos y máximamen-
te entre los grandes simios-, lo que hace posible condicionamientos de la
conducta cada vez más complejos, tal como han puesto de manifiesto la es -
cuela reflexológica y la conductista. Por su parte, la etología ha puesto de
relieve que los instintos se consolidan y desarrollan a partir de una o varias
primeras experiencias cognoscitivo-motoras (fenómeno del imprinting), sin
las cuales los comportamientos instintivos se manifiestan como altamente
imprecisos 16 .
La estimativa animal tiene, pues, estas 3 funciones: 1) Estimar o valorar
lo singular, 2) Dirigir la acción práctica respecto de lo valorado, y 3) Adqui-
rir experiencia sobre lo singular externo y sobre la propia acción práctica
que se refiere a lo singular externo.
En el hombre la cogitativa tiene las mismas funciones que la estimativa
en los animales, pero como está inmediatamente conectada con el intelecto,
dichas funciones se dan con mucha más complejidad y amplitud.
16 Cfr. B.F. Skinner, Ciencia y conducta humana, Fontanella, Barcelona, 1974, caps. 4 a 14. Cfr.
I. Eibl-Eibesfeldt, Etología, Omega, Barcelona, 1974, cap. 13. La amplia atención dedicada por estas
escuelas a los mencionados fenómenos, tanto en animales como en el hombre, es la causa de la
enorme amplitud que hoy tiene la psicología del aprendizaje. Una buena panorámica de ella puede
verse en J.L. Pinillos, Principios de psicología, cit., cap 5, pp. 217-404, donde se matizan los excesos
del conductismo reduccionista de Skinner y otros.
257
1) Por lo que se refiere a la estimación o valoración del singular externo,
dicha función en el hombre se cumple como comprensión de su significado, es
decir, como percepción plena y en sentido estricto de lo real externo. La deno-
minación de organización secundaria de la percepción con que se expresa esta
función de la cogitativa se basa en la distinción entre figura, estructura o forma,
por una parte, y significado por otra, distinción que viene dada por el hecho
de que no es lo mismo percibir una forma que saber lo que es, lo que acontece
de diversas maneras en algunas situaciones normales y en los casos en que
hay algunas lesiones cerebrales. La incapacidad de comprender o reconocer
los significados de las formas que se perciben entra dentro del capítulo de las
agnosias 17 .
Pues bien, lo que se ha dicho anteriormente sobre la configuración per -
ceptiva y la “categorización” que se lleva a cabo en la fantasía alcanza su sig -
nificado ahora en la organización secundaria de la cogitativa.
La cogitativa “categoriza” con arreglo a un “sistema categorial”, a una
serie de esquemas y generalizaciones más abstractas y comprehensivas que
las “categorías” o imágenes de la fantasía, lo que hace que la constancia per -
ceptiva sea mayor. Donde la fantasía opera con una imagen de «antí lope”, por
ejemplo, la estimativa opera con una categoría de “comestible” y la cogitativa
con la de “animal comestible”. Esta categoría es ya un género abstracto que
permite un tipo de “juicio” o de “cuasi juicio”.
Así, la percepción del continuo y del movimiento, la de contenidos ab-
solutos y relaciones (substancia, causalidad, etc.) que antes se señalaron como
función de la imaginación, son ahora percepciones cuyo significado se compren-
de. Y esto es posible porque la cogitativa es la vía por la que el intelecto asiste
o tutela la función imaginativa.
La función de valorar implica, pues, la percepción plena de los “sensibles
per accidens” y la realización de un juicio particular sobre los singulares (por esta
función judicativa se llamó a la cogitativa razón particular).
2) Por lo que se refiere a dirigir la acción práctica respecto de lo valorado,
la función de la cogitativa implica la realización de un silogismo práctico , cuya
condición de posibilidad viene dada por un conocimiento comprensivo de lo
singular externo y de las propias capacidades motoras respecto de ello.
Aquí, el conocimiento de lo singular externo es reflexivo, porque, según
el ejemplo anterior, este antílope es captado aquí y ahora como comestible, como
17 Uno de los mejores análisis filosóficos de la percepci ón, basado en buena medida en los
datos sobre las agnosias proporcionados por la psicopatología, sigue siendo el de M. Merleau-
Ponty, Fenomenología de la percepción. Península, Barcelona, 1975.
258
animal, etc., lo cual supone que las síntesis sensoriales, son subsumidas en
una configuración perceptiva (un esquema de la imaginación); que, a su vez, las
configuraciones perceptivas del mismo tipo son subsumidas en un significado
(un esquema o categoría de la cogitativa o razón particular), y que, a su vez,
los significados del mismo tipo son subsumidos en un concepto universal (una
categoría o concepto del intelecto), realizado lo cual se requiere efectuar el re-
corrido inverso desde el intelecto a la síntesis sensorial para que pueda reali-
zarse un silogismo práctico del tipo “esto aquí ahora es un antílope, un animal
comestible, que yo puedo cazar (que es término de una acción práctica mía)”.
Esta reflexión o trayecto de ida y vuelta del singular externo al mismo sin -
gular externo a través del intelecto, en virtud del cual el mismo singular externo
aparece como un caso concreto de un concepto abstracto y como término de una
acción práctica, es lo que en la psicología filosófica escolástica se denomina
conversio ad phantasmata (conversión a los fantasmas), y lo que constituye el
nudo gordiano de la gnoseología o teoría del conocimiento.
Desde esta perspectiva, la psicología filosófica no se diferencia realmente
de la teoría del conocimiento. En efecto, la articulación de todas estas funcio-
nes cognoscitivas es el contenido de la Crítica de la razón pura de Kant. Lo que
aquí se ha llamado síntesis sensorial, y configuración perceptiva, es lo que Kant
describe en su teoría de las formas a priori de la sensibilidad ( espacio y tiempo);
lo que aquí se ha llamado comprensión del significado se corresponde, en cierto
modo, con el esquematismo transcendental de la imaginación, y lo que aquí se
ha llamado subsunción de un significado en un concepto universal guarda
analogía con la relación que Kant establece entre esquemas de la imaginación y
categorías del entendimiento.
El estudio más completo que se ha realizado sobre estos procesos en el
ámbito de la psicología contemporánea, quizá sea la epistemología genética
de Piaget, que parece estar más cerca del “experiencialismo” tomista que del
apriorismo constructivista de Kant 18 .
3) En lo que se atañe a la adquisición de experiencia sobre lo singular ex-
terno y sobre la propia acción práctica que se refiere a lo singular externo, hay
que señalar que un silogismo práctico o una dirección prudencial, es posible
si, y solamente si, la acción práctica es captada como posible, como realizable.
Esto supone que, en ese trayecto de ida y vuelta por el que se capta lo
singular como perteneciente a un género común, a un universal abstracto,
18 Una exposición detallada de la teoría tomista de la cogitativa en confrontación con la
teoría de Kant, con la de Piaget y con otros planteamientos de la psicología filosófica y de la psi-
cología científica puede verse en C. Fabro, Percepción y pensamiento, cit. caps. IV y V, pp. 191-291.
259
en esa “vuelta” (en la reflexión), es asumido el “saber” sobre la dinámica del
propio cuerpo en un sentido muy amplio y difuso pero no completo. No se
trata de un “saber” en sentido propio porque no hay un conocimiento objeti-
vo, pero sí de otros tipos.
3. l.) Por una parte, ninguna acción práctica puede ser captada como po-
sible sin un conocimiento de las propias capacidades motoras, o sea, de lo que
uno puede hacer realmente. Este conocimiento no es un conocimiento objeti-
vo o actual, sino inobjetivo o habitual, o sea inconsciente, y de un tipo similar
(no igual) es el que se tiene de las propias capacidades técnicas.
Lo que uno se puede mover físicamente (hábitos corporales motores)
y lo que puede y sabe hacer mediante unos movimientos (hábitos verbales
y técnicos) tiene que ser sabido y tenido en cuenta (no de modo actual sino
habitual o inconsciente) para que sea posible formular silogismos prácticos.
A su vez, la ejecución de lo proyectado refuerza y perfecciona los hábitos
correspondientes. Este proceso cognoscitivo-operativo es el que tiene lugar
cuando el niño aprende a comer, a caminar y a hablar. La comprensión del
significado de las configuraciones perceptivas, es solidaria de la comprensión
de cómo es posible actuar respecto de las realidades correspondientes y de la
comprensión del lenguaje con que se designan y describen. Y esto, además, es
solidario de la comprensión del lenguaje mismo, puesto que el lenguaje es lo
que mejor permite la anticipación representativa de las propias acciones y, en
general, de todo lo real 19 .
3.2.) Por otra parte, las valoraciones implican un conocimiento, también
inobjetivo, de la corporeidad subjetiva en el que va comprendido también el
propio pasado corporal. Es decir, la cogitativa al emitir su “juicios de valor”
no compara la realidad exterior con la interior como si fueran dos elementos
objetivos, porque el segundo no lo es. La valoración se efectúa como capta-
ción de la congruencia o conveniencia entre un elemento extrasubjetivo y la
subjetividad misma, pero sin que ésta esté “objetivamente dada”, pues no
puede estarlo de ninguna manera. La corporalidad propia está dada a o apa-
rece en la intimidad subjetiva, aparte de como capacidad de movimientos,
como conjunto de sensaciones, sentimientos e impulsos, o, si se quiere, como
temperamento. Y de la misma manera que hay un aprendizaje de las capaci-
19 Comprende esto otro amplio capítulo de la psicología actual, constituido como discipli-
na autónoma con la denominación de Psicolingüística, que además de estar muy relacionada con
la psicología del aprendizaje lo está igualmente con la lingüística general y con la filosofía del lenguaje,
tanto la desarrollada en el ámbito de la filosofía analítica como en el de la filosofía fenomeno -
lógica. Para una visión panorámica de todo este campo, cfr. J.P. Bronckart, Teorías del lenguaje,
Herder, Barcelona, 1980.
260
dades motoras y verbales, que quedan integradas inconscientemente (como
hábitos) en la subjetividad, también hay un aprendizaje a cerca de qué son los
sentimientos e impulsos y sobre cómo actuar respecto de ellos, a medida que
van apareciendo, reforzándose, complicándose o debilitándose, a lo largo de
la vida individual. Y este aprendizaje también queda integrado inconsciente-
mente (como hábitos) en la subjetividad personal.
Como la valoración y la comprensión depende en gran medida de esa
configuración psicosomática, resulta que las configuraciones imaginativas y
la emergencia de lo inteligible viene también posibilitada, a través de la cogi-
tativa, por toda la unidad psicosomática 20 .
3.3.) Por otra parte, la adquisición de experiencia sobre lo singular ex-
terno y sobre la propia acción práctica que se refiere a lo singular externo,
comprende la experiencia de la relación con otras personas, experiencia que
implica la captación de las demás personas en tanto que tales, del propio yo
en tanto que tal y en sus relaciones con las demás personas.
En la adquisición de esta experiencia influyen decisivamente los proce -
sos que se acaban de señalar de comprensión de las capacidades motoras, del
lenguaje, de las realidades externas y de la propia corporalidad subjetiva, a la
vez que, recíprocamente, estos procesos son también decisivamente influidos
por la experiencia de la intersubjetividad. Este campo temático de la inter-
subjetividad y la sociabilidad es el específicamente propio de la psicología
filosófica fenomenológica y de la psicología social 21 .
3.4.) Finalmente, lo que se dijo anteriormente sobre la pluralidad de di-
recciones en que se ejerce la actividad imaginativa se completa ahora, pues-
to que todas esas actividades imaginativas están asistidas o tuteladas por la
cogitativa, o sea, por la inteligencia a través de la cogitativa. De otra manera,
las representaciones en cuestión no tendrían significado para el hombre, en-
tendiendo “significado” como “sentido”, como lo que dice algo tanto a su
inteligencia como a su voluntad, interés, afectos, gustos, etc.
La cogitativa, en tanto que centro de la acción prudencial y de la acción
práctica, es el centro de la poiesis cultural, de la creación de los diversos pro-
20 En esta articulación a que se acaba de aludir entre actividad intelectiva y actividad psi-
cosomática, se encuentra la frontera entre la conciencia y el inconsciente. Este es el campo pri-
vilegiado de investigación de las escuelas de psicología profunda (Freud, Jung, etc.) y de las
psicologías fenomenológicas: los estudios sobre el “encontrarse ya constituidos corporalmente”
(Befindlichkeit) de Heidegger, sobre la emergencia de Jo inteligible de Merleau-Ponty, o sobre el
origen del significado de Paul Ricoeur, se sitúan precisamente aquí.
21 Unas buenas muestras de estos estudios pueden verse en M. Scheler, Esencia y formas de
la simpatía, Losada, Buenos Aires, 1950, W. Luypen, Fenomenología existencial, C. Lohlé, Buenos
Aires, 1968, y G.H. Mead, Mind, Self and Society, University of Chicago Press, Chicago, 1970.
261
ductos culturales, rigiendo la actividad imaginativa en todas las direcciones
en que se ejerce (especulativa, científica, técnica, artística, lingüística, jurídica,
moral, política, religiosa, lúdica, etc.). Y al igual que las funciones imaginati-
vas, las comprensivas y valorativas tienen también la característica de la histo -
ricidad, cuyo estudio corresponde a la antropología socio-cultural y a la filoso -
fía de la historia. El término “sentido común”, tal como se usa en el lenguaje
ordinario, designa precisamente el sentir común de una sociedad determinada
en una época determinada respecto de la totalidad de lo real, y fueron los filó -
sofos del s. XVIII quienes dieron al término “sentido común” ese significado
con el que se utiliza actualmente 22 .
Como se habrá advertido, todo lo que se ha dicho sobre la cogitativa co-
rresponde más bien a la antropología filosófica que a la psicología filosófica,
pues se trata de actividades propias de la pisque humana, de actividades de
una “estimativa” que no es la última instancia cognoscitiva y operativa, sino
que es precisamente la instancia última en la que el organismo se abre a las
instancias espirituales, y aquella a través de la cual el espíritu se despliega en
la propia vida y la configura. Se trata, por lo tanto, del campo privilegiado
para el estudio de la copertenencia recíprocamente intrínseca de la anima-
lidad y la racionalidad del hombre, para la comprensión del hombre como
unidad substancia- sujeto, porque la valoración y la comprensión del signifi -
cado constituyen “la actualidad inmediata, y continua de la conciencia en su
« actividad de presencia» del mundo al yo y del yo al mundo: acto inmediato
como “ forma de presencia”, pero operación muy compleja y enigmática como
« presencia de contenido»” 23 .
6. LA MEMORIA. LA IDENTIDAD SUBJETIVA
Así como hay una pareja de sentidos formales, de tal manera que uno
de ellos recibe y el otro conserva (sentido común e imaginación respectiva-
mente), así también hay una pareja de sentidos intencionales: uno que capta
y juzga sobrevalores (la estimativa), y otro que conserva las valoraciones y
comparaciones efectuadas: la memoria.
Este es uno de los puntos en que se diferencian la imaginación de la
memoria, pero el más importante de todos es que la imaginación no capta el
pasado como tal, y la memoria sí. La imaginación archiva los objetos de los
22 El estudio reciente más completo sobre la historicidad de la cultura y del sentido común,
realizado desde la perspectiva filosófica, quizá sea el de H.G. Gadamer, Verdad y método, Sígueme,
Salamanca, 1977.
23 C. Fabro, Introducción al problema del hombre, Rialp, Madrid, 1982, p. 54.
262
sentidos externos, lo que significa que todo lo que acumula pertenece a la
exterioridad. Las valoraciones en cambio son actos del sujeto, y no pueden
hacerse sin referencia a él, son actos internos del viviente singular. Por eso,
lo que la memoria conserva es la actividad interior vivida por el viviente, el
pasado que pertenece a él, lo que ha hecho y lo que ha sentido: la memoria es
así lo que da continuidad a la intimidad subjetiva, porque hace posible que
los actos vividos cognoscitivamente se conecten unos con otros. La memoria
retiene la sucesión temporal del propio vivir: y por eso, gracias a la memoria,
el viviente puede disponer de su pasado y experimentar la continuidad de su
vivir, tiene dada para sí su propia identidad subjetiva.
Como puede advertirse, buena parte de lo que se ha dicho al establecer
las funciones de la cogitativa corresponde a la memoria; en concreto, todo lo
relativo a la conservación de valoraciones y acciones propias. En realidad, las
funciones de la cogitativa y de la memoria no pueden entenderse por separa-
do, como tampoco las de la imaginación, por eso es frecuente, en la psicología
científica contemporánea, más que su consideración como facultades diferen -
ciadas con funciones específicas, sin inclusión en los procesos de aprendizaje,
que a su vez son estudiados según su secuencia cronológica, su complejidad,
etc. 24
Esto no quiere decir que la psicología científica contemporánea no preste
atención alguna a la memoria en su especificidad. Sí que lo hace, y entonces
se refiere a ella como la actividad vital de la que depende la vivencia de la
identidad propia y de la continuidad del propio vivir 25 . La psicología científica se -
ñala, pues, la especificidad de la memoria del mismo modo que la psicología
filosófica, tanto la antigua y medieval como la moderna y contemporánea,
especialmente Hegel y Bergson, aunque en ambos casos con características
muy peculiares y diferenciables en algunos aspectos 26 . En concreto, el punto
en que convergen las polémicas es el de la distinción entre memoria y hábito.
La memoria es también, como todas las anteriores, una facultad orgánica
(por consiguiente, susceptible de lesión y de localización cerebral), porque
su objeto es particular, a saber lo pretérito en tanto que pretérito, en tanto
que perteneciente a un tiempo particular 27 . Este carácter orgánico de la memo-
ria, unido al hecho de que ella sea la que permite la vivencia de la identidad
personal, es lo que ha dado lugar recientemente a algunas teorías sobre la
“localización cerebral del yo”. Esta expresión no tiene estrictamente sentido, ni
24 Cfr J.L. Pinillos, Principios de psicología, cit. cap. 5, pp. 217-404.
25 Cfr. Ibidem, p. 386.
26 Cfr Hegel, Enciclopedia ... , parágrafos 461-464; H. Bergson. Materia y memoria, cap. III.
27 Cfr. Sto.Tomás, S. Th. , I, q. 79, a. 6, c.
263
siquiera neurofisiológicamente considerada, pues como ya se dijo las teorías
localistas son cada vez más desechadas por la neurofisiología 28 . Tiene sentido,
sin embargo, en el plano de la patología y de la psiquiatría: como la patología
de la memoria lleva consigo alteraciones de la vivencia de la identidad per-
sonal, las lesiones orgánicas tienen que ver, efectivamente, con la identidad
personal. Esto constituye una especie de verificación experimental de la tesis,
tan característica de la psicología filosófica tomista, de que la persona es cor-
pórea, o sea, de la tesis de la unión substancial alma-cuerpo.
En el hombre, además de una memoria sensible, se suele admitir tam-
bién una memoria intelectual, que se caracteriza como una función de la in-
teligencia.
La memoria sensible del hombre no funciona como la animal, por adve-
nimiento súbito del recuerdo, sino que por tratarse de un ser que se posee a
sí mismo intelectivamente, inquiere activamente sobre lo pasado con razo-
namientos concretos, de manera que por esta actividad directiva el hombre
dispone más activamente de su vivir pasado.
La memoria intelectual, sin embargo, no parece ser distinta de la inte-
ligencia, sino que es la inteligencia misma en cuanto que realiza estas dos
funciones: conservar habitualmente los contenidos intelectuales que no está
considerando en acto, y reconocer como pasados los actos espirituales, pues
aunque son objetos particulares no son sensibles. (Desde este punto de vista
la memoria intelectual no sería susceptible de lesión ni de localización en sí
misma, como no lo es la inteligencia, pero como la inteligencia no funciona sin
apoyarse en la imaginación y en la cogitativa, y éstas sí son potencias orgáni-
cas, las lesiones en ellas pueden impedir el funcionamiento de la inteligencia).
Esta dimensión o función memorativa de la inteligencia en cuanto tal,
es tenida muy en cuenta por Tomás de Aquino y por Hegel 29 , pero el análisis
más minucioso de ella es quizá el realizado por San Agustín, que establece
una correlación entre el carácter trinitario de Dios y la estructura triádica de
la subjetividad humana (memoria, entendimiento y voluntad) 30 .
28 Cfr K. Popper y J. Eccles, El yo y su cerebro, Labor, Barcelona, 1980, caps. P4 y E7.
29 Cfr. Sto. Tomás, S. Th. I, q. 79, a 6 y 7 y Hegel, Enciclopedia ... , parágrafos 409-410.
30 Cfr. S. Agustín, Confesiones, libro X y De trinitate, libros IX, X y XIV.
265
Capítulo IX
INSTINTOS Y TENDENCIAS.
BASES DE LA ÉTICA
1. LOS TIPOS DE DINÁMICA TENDENCIAL
a) Consideración metodológica e histórica
Al hablar en los capítulos anteriores de grados de vida, de tipos de psique
y de modalidades de la actividad cognoscitiva, se ha analizado, en función de
esos tres grupos de temas, el de la articulación entre psique y soma .
Como se recordará, en esos tres casos la unidad psicosomática se ha abor-
dado desde tres perspectivas metodológicas diversas. En efecto, hay al menos
tres modos de considerar un organismo viviente. En primer lugar , la perspec-
tiva de la exterioridad objetiva , desde la cual el cuerpo vivo aparece como un
sistema de funciones observables y medibles y que es la propia de las ciencias
biológicas y de la psicología científica.
En segundo lugar , la perspectiva de lo que podríamos llamar la interiori -
dad objetiva , desde la cual el cuerpo vivo aparece como inmanencia vital, como
intimidad substancial o como unidad substancial orgánica y que es la propia de
la psicología filosófica clásica.
En tercer lugar , la perspectiva de lo que podríamos llamar la interioridad
subjetiva , desde la cual el cuerpo vivo aparece como intimidad subjetiva , como
capacidades motoras y técnicas, como recursos de vitalidad, como tempera-
mento sabido, etc. y que es la propia de la psicología filosófica fenomenoló -
gica.
Todavía cabría señalar, en cuarto lugar , la perspectiva de lo que podría-
mos llamar la exterioridad subjetiva , según la cual la subjetividad aparece exte-
riorizada en su cuerpo y en sus expresiones exteriores en general. Es el tema
de la intersubjetividad y la comunicación interpersonal, pero de ello no nos
hemos ocupado por el momento.
Pues bien, de la misma manera que al estudiar la vida, la psique y el cono-
cimiento lo hemos hecho aludiendo a estas tres perspectivas metodológicas,
272
titivas orgánicas) con una pluralidad de actos correspondientes a cada una,
denominados pasiones (emociones o sentimientos).
El fundamento de la distinción entre las dos facultades ha sido, nueva-
mente, un hecho observable y un proceso deductivo que parte de lo observado.
El hecho observable era el conflicto afectivo o el enfrentamiento de tendencias:
ocuparse o persistir en lo penoso a despecho de lo apetecible o deseable aquí y
ahora. Pero si hay una inclinación enfrentada con otra, de forma que una de las
dos vence, eso significa que no hay un solo principio apetitivo, sino por lo me -
nos dos. Ahora bien ¿qué tiene que ocurrir para que en un mismo sujeto haya
dos deseos enfrentados?, ¿cómo tiene que estar constituido tal sujeto?
Ha quedado ya establecido que el punto de arranque de un deseo cual-
quiera es el conocimiento. Es la percepción actual de algo agradable , o su represen -
tación imaginativa , lo que en la “estimativa” se conecta con el instinto para desen -
cadenar el deseo . Pues bien, para que haya dos principios desiderativos tiene
que haber dos tipos de percepción de lo agradable, a saber, la captación de lo
agradable sin más y la captación de lo agradable arduo. La diferencia entre lo
agradable sin más y lo agradable arduo consiste en que lo agradable arduo es
lo agradable después de superar un obstáculo. La dualidad de facultades apeti-
tivas se funda, pues, en dos tipos distintos de captación de valores en el tiempo :
la captación de los valores dados en el presente inmediato de la sensibilidad
funda el deseo ( epithymia , apetito concupiscible , etc.) y la captación de los valores
en el pasado y en el futuro según los articula la sensibilidad interna funda el
impulso ( thymos , apetito irascible, etc.) y permite referir el deseo a valores que
están más allá del presente inmediato de la sensibilidad.
Deseo pueden ya tener todos los animales con solo que estén dotados de
sensibilidad cenestésica-cinestésica, pues, si la hay, hay ya conocimiento de
lo agradable y lo desagradable y se desea lo uno y se rehúye lo otro, con lo
cual las funciones vegetativas de autoconservación pueden aparecer ya como
instinto de fuga y de nutrición y las reproductivas como instinto sexual, por
rudimentarios que sean 8 .
En cambio, para que haya agresividad y un animal realice operacio-
nes complejas y de larga duración, se requiere que tenga un equipamiento
8 Cfr In II De ánima. lect. 5. n. 291. La definición de instinto como la mediación cognoscitiva
de una función vital vegetativa, con la consiguiente ejecución de esta desde el conocimiento de su
objetivo, es útil para recorrer toda la gama de los instintos animales desde los más rígidos hasta
los más plásticos, pero no permite fijar exactamente el límite inferior: los tropismos, las taxias y
algunos reflejos sí quedan bien diferenciados, pero algunos reflejos de tipo más complicado tal
vez no quedan suficientemente diferenciados del instinto con esta definición, que necesitaría ser
completada con una definición fisiológica.
273
completo de la sensibilidad interna. Y ello porque la agresividad tiene como
condición de posibilidad la integración del futuro y del pasado (función que
realizan la conciencia vital y la memoria), es decir, porque las operaciones tra-
bajosas, complejas y de larga duración requieren una cierta experiencia , capa-
cidad de aprendizaje y de resolución de problemas, cosas ambas que ―como
se dijo― competen también a la conciencia vital, que, precisamente por eso,
conlleva una mayor plasticidad de los instintos.
Hay un acuerdo casi general en que los impulsos agresivos referidos a lo
arduo arrancan del deseo de lo agradable y terminan en él. La razón es que los
primeros son procesos que se despliegan en el tiempo y tienen por eso carác-
ter medial, procesual, mientras que los actos del deseo se refieren a lo presente
y tienen carácter terminal, de fin (como ocurre con el placer y el gozo). Los
actos impulsivo-agresivos se refieren a lo ingrato o a lo obstaculizante que se
interpone entre el viviente y su objetivo, por eso dichos actos tienen carácter
medial, de tal manera que la duración, el tiempo y el movimiento son cons-
titutivos de su misma estructura. Los actos que consisten en satisfacción del
deseo son todos inmanentes, mientras que los actos impulsivo-agresivos, aun
siendo desde luego inmanentes por tratarse de operaciones vitales, implican
también acciones transeúntes, sobre otros seres.
A primera vista podría parecer que la impulsividad implica un grado
de vida inferior al de la mera sensualidad, puesto que la primera comporta
un desperdigarse en el tiempo y en una pluralidad de operaciones, mientras
que la sensualidad se cumple en un reposo o quiescencia placentera de la
subjetividad animal sobre sí misma. En realidad, es todo lo contrario, porque,
mientras mayor sea la dotación cognoscitiva y apetitivo-motora de un animal,
más mundo externo interioriza y más intimidad substancial suya interioriza,
es decir, más amplia y profunda es su intimidad subjetiva, más “se posee” a sí
mismo, con lo cual más amplia y profunda es la placentera quiescencia de la
intimidad subjetiva sobre sí misma.
Dicho de otra manera, si solo existe la primera instancia apetitiva (lo
que es correlativo de la existencia de funciones cognoscitivas referidas solo al
presente inmediato e incapaces de articular presente y futuro), solo existe una
conducta instintiva muy simple y una quiescencia placentera muy efímera,
que consiste en el agrado producido por sensaciones intermitentes.
En cambio, si existen las dos instancias apetitivas antedichas es porque
existen funciones cognoscitivas capaces de articular pasado y futuro en un
presente interior (intimidad subjetiva) más estable, que acoge en sí mucho
mejor las fuerzas orgánicas radicadas en la intimidad substancial (que pre-
cisamente por eso son ahora más intensas y “profundas”) y más amplitud
274
del mundo interior. Esto lleva consigo que los instintos pertenecientes a la
primera instancia, los de autoconservación (nutritivo, de fuga, gregario, etc.)
y de reproducción (instinto sexual), son ahora más complejos, como antes se
dijo, más amplios y profundos, porque están mediados por los instintos de
la segunda instancia.
Esto significa que los animales superiores viven de un modo más radi -
cal e íntimo su nutrición, su “colaboración” con sus congéneres, su sexua-
lidad, su “maternidad-paternidad”, su agresividad, etc. con expresiones de
lo que podríamos llamar altruismo, generosidad, amor, coquetería, celos,
ternura, rencor, etc. Se trata de comportamientos que frecuentemente se ob-
servan en algunos animales domésticos (asno, perro, caballo, etc.) y en otros
animales en estado natural 9 .
Toda esa gama desiderativa e impulsiva se da también en el hombre,
puesto que también en él las funciones vegetativas de autoconservación y
reproducción están mediadas por el conocimiento, pero como se trata de
un conocimiento mucho más amplio y profundo la gama es bastante más
compleja.
3. LA DINÁMICA TENDENCIAL HUMANA
Si el tema de la definición y clasificación de los instintos era polémico
en el ámbito de la psicología animal, no lo es menos en el de la psicología
humana, en el cual el debate afecta a la cuestión previa de si se puede o no
hablar de instintos en el hombre.
En el campo de la psicología científica, el enfrentamiento entre el ins -
tintivismo de McDougall y el conductismo de Watson al que aludimos antes
estaba referido también a la conducta humana, al igual que lo está en nues-
tros días el enfrentamiento entre neoconductismo y etología, solo que, como
dijimos, esa polémica es una parte de otra más amplia acerca de lo innato y
lo adquirido.
Esa amplia polémica enfrenta, en términos generales, a las ciencias bio-
lógicas con las ciencias sociales y, más en concreto, a la antropología física
y biológica con la antropología social y cultural. En el medio de ese “campo
de batalla”, las ciencias humanas (la psicología filosófica y la científica, la
antropología filosófica y la ética) buscan la articulación precisa o se inclinan
a un lado o al otro.
9 Cfr. I Eibl-Eibesfeldt, Etolog ía , cit. cap. 15, pp 327-429.
275
Como exponente de la primacía de lo adquirido puede considerarse
a B.F. Skinner, quien sostiene que mediante un sistema de premios y cas-
tigos podría configurarse la conducta humana en cualquier dirección, en-
cauzándola en circuitos estables (del tipo de condicionamientos complejos)
que determinaran el comportamiento del hombre según lo que se le hubiera
acostumbrado a desear ya rehuirlo 10 . Como exponente de una posición con-
traria puede considerarse a K. Lorenz, quien sostiene que mediante un sis -
tema de premios y castigos controlado desde el medio externo no es posible
configurar de modo estable y predeterminado el comportamiento humano,
pues los comportamientos de ese tipo (y, en concreto, los agresivos) están
determinados por la programación genética del hombre, de manera que solo
se pueden alterar modificando esa programación 11 .
Desde luego, el comportamiento humano está condicionado por lo que
se le ofrezca como castigo y recompensa desde fuera, es decir, desde el me-
dio sociocultural en el que nace y vive y también por el conjunto de fuerzas
vitales internas que constituyen su temperamento. La cuestión ahora es la
diferencia que hay entre el modo en que eso se da en el hombre y el modo
en que se da en los animales.
a) Plasticidad de la dinámica tendencial humana
Por supuesto, las funciones vitales vegetativas de autoconservación y
reproducción existen también en el hombre y, como en el caso de los ani-
males, están mediadas por el conocimiento, pero por un conocimiento de
bastante más alcance, lo que hace que los deseos e impulsos sean bastante
más complejos y más plásticos.
Nos encontramos así con tres tipos de mediación cognoscitiva de las
funciones vegetativas: la mediación del conocimiento sensorial (animales
inferiores), la mediación de la conciencia vital (animales superiores) y la me-
diación de la conciencia vital humana. Estos tres tipos de mediación dan
lugar a tres tipos de comportamiento que se pueden representar gráfica -
mente a partir del esquema de Jakob von Uexküll del “c írculo funcional de
la vivencia” , ampliamente usado por la antropobiología alemana contem-
poránea 12 .
10 Cfr . B.F. Skinner, Más allá de la liberta y la dignidad . Fontanella, Barcelona, 1973.
11 K. Lorenz, Sobre la agresión , Siglo xxi ,Madrid, 1976.
12 Cfr. J. von Uexküll, Mondes animaux et monde humain , Gonthier, París, 1965. Cfr. A. Ge-
hlen , El hombre , Sígueme, Salamanca, 1980. Cfr. A. Llano , Para una antropología de la objetividad , en
“Estudios de Metafísica”, nº 3, Valencia, 1973, pp. 65-96.
276
Los tres esquemas serían los siguientes:
En los esquemas A y B, S es el sistema de estímulos (desencadenadores del
comportamiento) que constituyen el medio en que vive el animal; R es el conjunto
de receptores que forman su dotación cognoscitiva; E, los efectores de que consta su
equipamiento motor; y S’ designa la parte del medio exterior interiorizada cognos-
citivamente.
En el esquema A , el circuito estímulo-respuesta es automático. Los elementos
del medio externo que el animal capta como relevantes para su autoconservación
y reproducción son muy pocos, en correlación con una dotación cognoscitiva rudi-
mentaria, y el sistema impulsivo-motor (instintos) está constituido también por un
número escaso de pautas de comportamiento muy rígidas, que se ejecutan desde
el conocimiento del objetivo (estímulo) correspondiente. La correspondencia estí-
mulo-respuesta es biunívoca y la intimidad subjetiva no tiene más amplitud que la
que viene dada por la intermitencia de las sensaciones.
En el esquema B, S’ designa más elementos del medio exterior S interiorizados
cognoscitivamente y valorados; R’ y E’ designan los aspectos de la intimidad subs-
tancial orgánica interiorizados o acogidos en la intimidad subjetiva, es decir, en la
“ autoconciencia vital animal”. Ahora el circuito estímulo-respuesta es menos auto -
mático y no hay en él una correspondencia biunívoca estricta, sino un número fini -
to de pautas de conducta (cada una de ellas con un numero de alternativas variable
pero finito), en correspondencia con un número variable pero finito de aspectos del
medio exterior (percepciones). Se trata de pautas de conducta (instintos) menos
rígidas y más flexibles, más mediadas por el conocimiento, por el aprendizaje ( há-
bitos), en virtud del cual las actividades de autoconservación y reproducción son
vividas subjetivamente de un modo más amplio y profundo, como ya se indicó.
En el esquema C, W designa el mundo ( Welt ) y W’ el mundo interiorizado en
contraposición al medio en que vive el animal. Lo que del medio exterior puede re-
sultar de interés para el hombre es todo . La totalidad de lo real, de lo posible, etc. R’,
E’ y C’ designan todo aquello que de la intimidad sustancial orgánica es acogido en
277
la intimidad subjetiva humana y la línea que es común a C y C’ indica la dimensión
o el aspecto del cuerpo propio ―de la intimidad substancial― que no es acogido
por la autoconciencia humana.
Las diferencias básicas entre la conducta animal y la humana, entre el esque-
ma A-B y el C, son:
El número de percepciones de realidades que pueden tener interés para el
hombre es indefinido ( infinito ).
Percibido algo de interés, no por eso se produce automáticamente una res-
puesta (ni simple ni compleja). La conciencia vital, que valora respecto del propio
organismo y con vistas a una acción que satisfaga una necesidad orgánica, resulta
que ahora está en inmediata conexión con el intelecto y la voluntad y por eso, ade-
más de valorar con respecto a la propia situación orgánica (lo que algo es para mí ),
capta el significado de lo real en sí , que en cuanto tal ya no está necesariamente refe-
rido a una acción ni a una necesidad del organismo.
Una vez decidido realizar una acción en orden a la realidad percibida, la
forma de realizar dicha acción tiene que ser inventada por el hombre, puesto que
la suya no es propiamente una conducta mediada por el conocimiento de manera
que su principio y su término estén fuera de o allende el conocimiento, que entonces
sería, justamente por eso, medio entre el principio ( fuerzas de la intimidad substan-
cial) y el término (necesidades de la intimidad substancial satisfechas ). Al quedar la
intimidad substancial acogida en una intimidad subjetiva tan amplia y profunda
que es conocimiento del mundo y autoconciencia del yo, en una intimidad subjetiva
que es espiritual , el conocimiento no es solamente una mediación, un medio , sino
que es principio y en un principio tan radical como la intimidad substancial mis-
ma. Esta radicalidad y principalidad de la intimidad subjetiva a simultáneo con la
intimidad substancial hace que, por una parte, las tendencias naturales del hom-
bre (orgánicas o espirituales) hayan de ser dirigidas desde su principio hasta su
fin por el conocimiento y, por otra, que haya actividades cuyo principio y cuyo
término dependan solo del conocimiento. Lo primero significa que en el hombre
las tendencias naturales no son instintos y no se cumplen instintivamente (con la
mediación de una inteligencia inconsciente ); lo segundo significa que el hombre se
propone fines a sí mismo, que pertenece a lo que antes se llamó tipo intelectivo
de vida y que puede ser definido por las características de ese tipo de vida, según
las definiciones de Protágoras, Tomás de Aquino, Kant y Nietzsche que anterior -
mente se citaron 13 .
13 La cuestión que desde este planteamiento ha sido suscitada acerca de si la “voluntas ut
natura” o la tendencia natural del hombre a la felicidad es o no un “instinto”, o sea, si es o no on -
tológicamente anterior al conocimiento, recorre toda la historia de la filosofía. Ahora no entramos
en su consideración porque pertenece de lleno a otro tema de la antropología filosófica.
278
Así pues, el hombre no tiene propiamente instintos y, en lugar de una
inalterable constancia de los factores percepción-comportamiento o una limi-
tada variación en ellos, tiene una variabilidad indefinida para el comporta -
miento, es decir, su dinámica tendencial es sumamente plástica en correlación
con la capacidad de aprendizaje de cada una de sus instancias operativas o, lo
que es lo mismo, con la capacidad de hábitos de cada una de ellas.
Como es lógico, la radicalidad de la intimidad subjetiva no desplaza a la
de las fuerzas ínsitas en la intimidad substancial orgánica y que cumplen las
funciones vegetativas; ya se ha dicho a propósito del esquema C que el cuerpo
propio marca un límite irrebasable a la autoconciencia. La radicalidad de las
funciones vegetativas no queda rebasada en ningún caso, pero sí queda más
“ profundizada ” al coincidir con ella la radicalidad subjetiva. Esto significa
que las tendencias a la autoconservación y reproducción (nutritivas, sexuales,
agresivas, etc.) no radican exclusivamente en lo biológico y no consisten sub-
jetivamente en la pura intermitencia de las sensaciones o en un presente inte-
rior con un espectro vivencial que va desde formas del altruismo y la genero-
sidad a formas del rencor y la ternura, que hace poco se mencionaron como
mediadas por el conocimiento y que ―precisamente por eso― ahora se pueden
calificar de rudimentarias. Esas tendencias ahora radican también en la inti-
midad subjetiva en cuanto que es un yo capaz de autoconciencia y, por tanto,
los deseos y los impulsos, al principiar en esa intimidad subjetiva, pueden
terminar también en ella, es decir, pueden ser vividos autoconscientemente o,
lo que es lo mismo, personalmente , espiritualmente .
Para eso, puesto que la radicalidad substancial-orgánica ―hay que in -
sistir en ello― no queda desplazada, tiene que quedar conducida y asumida
por la intimidad subjetiva, para lo cual las funciones nutritivas, sexuales, per-
ceptivas, valorativas, motoras, etc. tienen que ser aprendidas , o sea, quedan
desarrolladas y consolidadas como tales funciones en virtud de hábitos (co-
nocimientos o capacidades que se adquieren conscientemente, que una vez
aprendidos pasan al plano de lo inconsciente y que una vez ahí quedan más
o menos disponibles para ser “expresados” más o menos voluntariamente).
La articulación entre deseos e impulsos y razón y voluntad es del tipo
de lo que Aristóteles llamó dominio “político” en contraposición al domi -
nio “despótico” 14 . Dominio “despótico” es el de la voluntad sobre el sistema
muscular-motor ya consolidado por hábitos: cuando quiero mover un brazo
lo muevo inmediatamente, sin que ―en circunstancias normales― el sistema
muscular ofrezca la menor resistencia. No ocurre lo mismo con los deseos e im -
14 Cfr. Aristóteles, Política, I, 5; 1254 a 34 - b9.
279
pulsos : cuando se sienten, no porque se quiera dejar de sentirlos desaparecen.
Esto quiere decir que las relaciones de los deseos e impulsos con las facultades
superiores son muy peculiares, pues tienen una cierta autonomía con respecto
a ellas. Tal autonomía es, precisamente, la manifestación de que la radicalidad
substancial no ha sido desplazada 15 .
Que la intimidad subjetiva ejerce un dominio “político” quiere decir que
“educa” a las tendencias, que las modula según sus propios criterios. De esta
acción moduladora o educadora, que se ejerce siempre en un medio socio-
cultural determinado, resulta el carácter de un hombre o su falta de carácter
si tal acción ha sido débil, insuficiente o nula. Entonces la base biológica y la
inclinación espontánea de los deseos (lo que en la psicología científica y en el
lenguaje ordinario se llama “temperamento”) pueden evolucionar selvática -
mente, al azar, sin suficiente cultivo moral o intelectual.
La cierta autonomía de las tendencias (su radicalidad substancial) y el
medio sociocultural es lo que determina el temperamento de cada uno y la
radicalidad subjetiva es lo que hace que el hombre sea tarea para sí mismo,
tanto en lo que se refiere al desarrollo y formación de su personalidad (la per-
sonalidad es, precisamente, el conjunto de hábitos que la educación recibida
y las propias decisiones logran configurar sobre la base biopsíquica), como en
lo que se refiere a la constitución de las relaciones intersubjetivas, a la configu -
ración de la sociedad y la cultura y al desarrollo de la historia.
Ahora aparece claro que la diferencia entre el animal y el hombre estriba
precisamente en los hábitos. En virtud de ellos, el comportamiento humano
no es un sistema más o menos amplio pero cerrado, sino un sistema abierto con
posibilidades estrictamente infinitas .
Que el hombre no tiene instintos en sentido propio (esquemas A y B)
quiere decir que tiene hábitos y, por ello, en él hay trabajo, técnica, arte, len-
guaje, ciencia, derecho, moral, religión, es decir, cultura e historia, y por ello
se dice que es espíritu, que trasciende la historia porque es más radical (más
principal) que ella en cuanto que la fundamenta.
b) Dinámica biológica y eticidad
Cuando se dice que los instintos son la mediación cognoscitiva e impul-
sivo-motora de las funciones vegetativas, se significa con ello que los dina -
mismos que ponen en marcha tales funciones se encauzan mediante el cono-
15 Hay que señalar, que dicha autonomía es de orden esencial y no fáctica. Lo que sí tiene
carácter fáctico es la contraposición o el enfrentamiento con la razón.
280
cimiento a través del sistema impulsivo-motor de manera que alcanzan sus
objetivos certeramente (con más o menos aprendizaje). Esto significa que el
viviente logra sus fines de desarrollarse, autoconservarse y reproducirse.
Como quiera que la ética es la ciencia de los fines y de los medios que
a ellos conducen, se puede hablar de una ética animal y de los fundamentos
biológicos o genéticos de la ética humana. Y, efectivamente, así lo han he-
cho Dobzhansky y Ayala en el campo de la genética 16 , K. Lorenz en el de la
etología 17 y E. O. Wilson en el de la sociobiología 18 , aunque frecuentemente
incurren en reduccionismos biologistas. En los tres casos, la pregunta acerca
de cómo y por qué surgen y se consolidan, a lo largo del proceso evolutivo,
lo que conocemos como normas éticas humanas es respondida de la misma
manera: surgen porque tienen ventajas adaptivas y se consolidan porque solo
los animales que las cumplen sobreviven y dejan descendencia (o sea, solo
los animales que cumplen las funciones de autoconservación y reproducción
perduran como especie). Así pues, según K. Lorenz, el decálogo está inscrito
en el código genético de los animales, que lo observan escrupulosamente, y
según E.O. Wilson, está en la base de las sociedades animales, cuya estabili-
dad viene precisamente de la observancia de tales normas. El problema de la
inmoralidad humana surge porque la programación genética que regula el
comportamiento animal está rota en el hombre, de manera que su compor-
tamiento puede ser y es depravado: en concreto, con excepción de algunos
roedores que se aniquilan masivamente entre ellos, el hombre parece ser el
único animal que manifiesta una agresividad intraespecífica incontrolable y
devastadora 19 . En relación con esta tesis etológica, los estudios y symposia bio-
lógicos realizados en los últimos años en búsqueda de las bases genéticas y
neurofisiológicas que hay que encontrar y corregir para reducir la agresividad
humana, han sido muy numerosos.
Desde el lado de las ciencias sociales, más concretamente desde el de la
antropología sociocultural, se sostiene que las configuraciones sociocultura -
les humanas surgen en virtud de normas que no tienen ni pueden tener una
base biológica y cuya función es, precisamente, reprimir los instintos incon-
trolados y organizar la vida culturalmente , lo que equivale a organizar la vida
16 Cfr. J. Ayala, Origen y evolución del hombre, Alianza editorial, Madrid, 1980
17 Cfr. K. Lorenz, Sobre la agresión , Siglo XXI, Madrid, 1976.
18 Cfr. E.O. Wilson, Sociobiología . Omega, Barcelona, 1980.
19 Cfr. K. Lorenz, op. cit., cap. XIII, pp. 260-310. En este punto, las mayores críticas que
la etología ha recibido provienen de una sociología elaborada desde algunas perspectivas mar-
xistas, según las cuales el mal no puede tener su origen en ninguna dimensión de la naturaleza
individual , sino en las formas de la organización social.
281
humanamente . Desde esta perspectiva, la aparición de la norma ética marca
justamente la frontera entre el animal y el hombre, considerándose la primera
de todas esas normas la prohibición del incesto, que constituye la familia hu-
mana como tal, base de la sociedad humana. Con matizaciones diversas, esta
es la tesis de Lowie, B. Malinowski y C. Lévi-Strauss 20 , entre otros.
En realidad, como frecuentemente sucede, ambas posiciones tienen su
parte de razón, pero la polémica no está de ninguna manera resuelta.
Por lo que respecta a la tesis de la etología, se puede decir que, en efecto,
a pesar de los comportamientos aberrantes de los animales en estado de cau-
tividad o incluso en estado natural (por lo demás, bien conocidos por los pro-
pios etólogos), en términos generales el comportamiento de los animales en
estado natural se puede decir que es, desde el punto de vista “ético”, correc -
to 21 y que, del mismo modo que es inconscientemente inteligente , es, también,
inconscientemente bueno . Asimismo hay que decir que existe esa base biológica
de la ética humana, puesto que, como la naturaleza humana es también una
naturaleza animal, los fines de su autorrealización son también los de la auto-
rrealización de una naturaleza meramente animal. Pero, por otra parte, hay
que decir que la “ruptura” del dispositivo genético que regula automática -
mente la conducta humana no es una deficiencia o un error de descodificación
genética, sino más bien un “acierto”: es la radicalización de la intimidad sub-
jetiva al mismo nivel que la substancial, en virtud de la cual el conocimiento
es también principio rector de todo dinamismo tendencial. La inteligencia y la
bondad dejan así de ser inconscientes para pasar a ser responsables , entendien-
do por responsabilidad la peculiaridad por la cual algunas actividades son
puestas bajo el control autoconsciente del sujeto, de manera que lo mismo
podían ser puestas que no puestas, o sea, la peculiaridad por la cual algunas
actividades dependen del control autoconsciente del sujeto. Esta dependencia
de la actividad respecto del control autoconsciente o esta autonomía del con-
trol autoconsciente se llama también libertad.
La “ruptura” del regulador automático es, pues, la libertad, por razón
de la cual los deseos e impulsos son tan plásticos e indeterminados (tan abier-
tos a la infinitud, según el carácter que la racionalidad les confiere al incidir
20 Cfr. C. Levi-Strauss, Las estructuras elementales del parentesco , Paidós, Buenos Aires, 1969.
La principialidad de la prohibición del incesto es comúnmente aceptada por toda la antropología
sociocultural contemporánea y, sin embargo, es problemática, según se señaló en el capítulo VI,
2. b).
21 Hay que recordar aquí que una de las acepciones del término “derecho natural” en el
medioevo es, precisamente, el comportamiento animal (correcto). Cfr. F. Carpintero , El derecho
natural laico de la Edad Media. Observaciones sobre su metodología y concepto , en “Persona y Derecho”,
vol. 8, EUNSA, Pamplona, 1981, pp. 33-100.
288
casos, como el fundamento de todas las funciones cognoscitivas (por ejemplo
Nietzsche)
En el siglo XX, las diversas corrientes del pensamiento fenomenológico
y existencialista mantienen y desarrollan con distintas modalidades el mismo
planteamiento básico. La afectividad se considera como el a priori de todo
conocimiento (Max Scheler), como su punto de partida o como su condición
de posibilidad(por ejemplo Heidegger, Merleau-Ponty, Paul Ricoeur). Se trata
de análisis de la emergencia del conocimiento teórico y de la acción práctica,
que se llevan a cabo rastreando el suelo de la autoconciencia vital, que ya
describimos anteriormente 10 .
Este pequeño recorrido histórico es útil para someter a prueba la carac-
terización y definición del afecto que antes se propuso. En realidad, cada una
de las mencionadas concepciones se centra en unos u otros aspectos de las de-
finiciones dadas. Ahora la clasificación de los afectos permitirá, por una parte,
desplegar la definición, y, por otra, advertir en qué aspectos o en qué formas
de la afectividad, centran más su atención las diversas concepciones de ella.
b) Clasificación de los afectos
Anteriormente, al abordar el tema de los instintos animales básicos, se
aludió a la diversidad de clasificaciones de los instintos que se han propues -
to, tanto en el campo psicológico como en el filosófico, y a las dificultades
para llegar a una clasificación óptima, dificultades que tienen como una de
sus fuentes el hecho de que no se cuente con una inequívoca definición de
instinto.
Pues bien, algo parecido ocurre con el tema de los afectos. Por una par-
te, su definición no es inequívoca, como ya se ha apuntado, y por otra parte,
la pluralidad de criterios hace que tampoco se cuente con una clasificación
óptima.
No obstante, como sí hay una cierta unanimidad acerca de la relación
entre los afectos y la dinámica tendencial, y como la dinámica tendencia} la
hemos reducido a dos series básicas (a tres, si se tiene también en cuenta la
voluntad), se puede intentar una clasificación de los afectos en función de la
dinámica tendencial, integrando las propuestas de la psicología de las faculta-
des clásica con la de la psicología de los estratos contemporánea.
10 Una buena panorámica de los planteamientos contemporáneos sobre la afectividad pue-
de encontrarse en M. Scheler, Ética , Revista de Occidente, Madrid, 1941; P. Ricoeur, Finitud y cul-
pabilidad , Taurus, Madrid, 1970 y S. Langer, Mind. An Essay on human feeling , 2 vols. John Hopkins
University Press, Baltimore 1967 y 1972.
289
En realidad, ni en Platón ni en Aristóteles, los creadores de la psicología
de las facultades, hay propiamente una clasificación de los afectos, aunque sí
estudios detallados, y más aún entre los estoicos. La más conocida y difun-
dida delas clasificaciones elaboradas en el seno de la tradición aristotélica es
la de Tomás de Aquino. Está realizada tomando cada una de las dos series
de tendencias básicas en relación con sus objetivos, considerados estos del
modo más abstracto posible. Los criterios son, por una parte, el tiempo, y, por
otra, el objetivo en abstracto. Los afectos que resultan son, en el primer nivel
tendencial ( appetitusconcupiscibiles ), el amor como inclinación, aptitud o con
naturalidad con el bien, y el odio en relación con su contrario (el mal). Si se
tiene en cuenta el factor tiempo, el afecto respecto del bien futuro es el deseo ,
y respecto del bien presente el placer o el gozo . Por lo que se refiere al objeto
contrario, el afecto respecto del mal futuro es la aversión y respecto del mal
presente el dolor o la tristeza .
En el segundo nivel tendencial ( appetitus irascibilis ) cuyo objeto es la con-
secución de un bien obstaculizado (bien arduo) o la evitación de un mal, los
afectos son: respecto de un bien futuro que se considera alcanzable, la esperan -
za , y si se considera inalcanzable la desesperación ; respecto de un mal futuro
que se considera inevitable, el afecto es el temor , y sí se considera superable, el
afecto es la audacia ; si se trata de un mal presente, el afecto es la ira o cólera 11 .
Se obtienen de esta manera, seis tipos de afectos fundamentales en el
primer nivel tendencial y cinco en el segundo, en base a cada uno de los cuales
se puede obtener una pluralidad de afectos derivados y explicar las formas de
la dinámica afectiva 12 .
En la filosofía moderna, los tratados de las pasiones más sistemáticos son
los de Descartes, Spinoza y Hume, y en la filosofía contemporánea, el estudio
más amplio y detallado de la afectividad es el realizado por Max Scheler, aun-
que, como se dijo, el existencialismo y la fenomenología han dedicado una
esmerada atención a los sentimientos.
En el ámbito de la psicología de los estratos, los sentimientos suelen cla-
sificarse según su mayor o menor profundidad, entendiendo por profundi -
dad la mayor connotación de la radicalidad personal. Siguiendo este criterio,
y mediante análisis fenomenológicos muy minuciosos, Max Scheler distingue
cuatro tipos de sentimientos: 1º) Sentimientos sensoriales, pertenecientes al
estrato somático. 2º) Sentimientos corporales, y vitales, pertenecientes al es -
11 Cfr. S. Th. I-11, q. 23, a. 4, c.
12 Todo ello constituye el “tratado de las pasiones”, uno de los de mayor extensión de cuan -
tos integran la Summa Theologiae , y uno de los más amplios entre los que en el mundo antiguo y
medieval se han dedicado al tema de los afectos.
290
trato somático-vital. 3º) Sentimientos del yo, correspondientes al estrato psí-
quico. 4º) Sentimientos de la persona, correspondientes al estrato espiritual 13 .
Esta clasificación, como puede advertirse, está elaborada no por refe -
rencia a los objetivos de la dinámica tendencial humana, sino por referencia
a la subjetividad, pero como la subjetividad es tendencial, los afectos quedan
mejor caracterizados si se estudian teniendo también en cuenta los objetivos
de las tendencias 14 .
Teniendo en cuenta la dinámica tendencial (según la psicología de las
facultades) y sus objetivos, a la vez que la psicología de los estratos, puede
intentarse una clasificación más completa.
En el capítulo anterior se han definido los instintos como mediación cog-
noscitiva de las funciones vegetativas, y, en general, como mediación cognos-
citiva del proceso de autorrealización. A su vez, los afectos se han definido
como índices de la autorrealización. La clasificación de tendencias y afectos
que se puede obtener según esto es la siguiente:
0) Para el caso en que la mediación cognoscitiva de las funciones vege-
tativas (autodesarrollo, autoconservación y reproducción) sea cero, no hay
ningún instinto ni ningún sentimiento, solo hay tropismos y taxias.
1) Para el caso en que la mediación cognoscitiva sea mínima, la corres-
pondencia sería:
Funciones vegetativas Conocimiento Instintos Sentimientos
Autoconservación Sensaciones Nutritivo de Fuga Deseo/placer
Miedo/dolor
Reproducción ― ― ―
Sería el caso de los animales inferiores, para los cuales se podrían señalar
dos instintos (el nutritivo y el de huida) en correlación con sentimientos muy
elementales de hambre y sed (displacer) o saciedad (placer) y de miedo y
dolor. En este caso la reproducción puede realizarse por simple división sin
estar mediada cognoscitivamente y, por tanto, sin dar lugar ni a un instinto
ni a uno o varios sentimientos. A su vez, los sentimientos resultan apenas
discernibles de las sensaciones, constituyendo la autoconciencia animal en su
grado mínimo, o lo que se llamó umbral mínimo de la autoconciencia animal.
13 Cfr. M. Scheler, El formalismo en la ética y la ética material de los valores , Revista de Occiden-
te, Madrid, 1941, tomo 11, pp. 110-119.
14 Una clasificación bastante completa que combina ambos criterios es la de Philip Lersch,
Estructura de la personalidad , Scientia, Barcelona, 1971.
291
2) Para el caso en que la mediación cognoscitiva sea más compleja, y
exista imaginación y memoria en cierto grado, la correspondencia sería:
Funciones vegetativas Conocimiento Instintos Sentimientos
Autoconservación Representación
imaginativa
Nutritivo
Agresivo
Gregario
Deseo/placer
Miedo/dolor
Inseguridad/seguridad
Reproducción ― Sexual Deseo/placer
Sería el caso de animales para los que se podrían quizá señalar cuatro ins-
tintos básicos , tres correspondientes a la autoconservación y uno a la reproduc-
ción, con una gama más amplia de sentimientos en correlación con ellos. Si el
tipo de reproducción es sexual y está mediada por el conocimiento, se podría
hablar del instinto sexual y de sentimientos en estricta correspondencia con él.
Así mismo, si la relación con los congéneres está mediada cognoscitivamente,
se podría hablar también de instinto gregario con sus sentimientos propios.
En estos vivientes los sentimientos y las sensaciones serían más discerni-
bles; la autoconciencia animal es más amplia y el comportamiento más rico. Se
podrían incluir en este nivel diversos tipos de peces y quizá algunos reptiles.
3) Para el caso en que la mediación cognoscitiva sea la de complejidad
mayor, y exista un equipamiento cognoscitivo completo, la correspondencia
sería:
Funciones vegetativas Conocimiento Instintos Sentimientos
Autoconservación
Representación
imaginativa
Valoraciones
Memoria
Experiencia
Nutritivo
Agresivo
Gregario
Insatisfacción/
satisfacción
Miedo, ira, feroci-
dad, rencor...
Altruísmo, poder,
responsabilidad,
gratitud...
Reproducción ― Sexual
Maternal
Deseo, amor, celos,
fidelidad
Ternura
Sería el caso de los animales superiores (diversas especies de aves y de
mamíferos), para los que cabría señalar cinco instintos básicos , con una gama
292
amplia de sentimientos en correspondencia con ellos. Ahora la reproducción
sexual implica un cuidado de la prole más o menos prolongado, que, al estar
mediado por el conocimiento, da lugar al instinto maternal o paternal, que no
se da en muchos peces y reptiles, pues en la mayoría de los casos son ovípa-
ros, la función de desovar es relativamente instantánea y no requiere ulterio-
res cuidados como ocurre con muchas aves 15 .
En estos animales las sensaciones y los sentimientos son claramente dis-
cernibles a tenor de la diferencia de las funciones de imaginar, valorar y re-
cordar, los instintos son los de mayor plasticidad entre los animales, así como
la capacidad de aprendizaje y de movimientos. La conducta es la más rica y
la autoconciencia animal alcanza su grado máximo (umbral máximo de la
autoconciencia animal).
Los cinco instintos básicos enumerados se articulan entre sí en los diver-
sos comportamientos, dando lugar a otras muchas formas de conducta que
podrían llamarse también instintivas si la definición de instinto tuviera un
perfil ajustado a ellas. Por lo que se refiere a los sentimientos la gama es am -
plísima, pues además de los específicamente correspondientes a los instintos
básicos aparecen muchos otros en correlación con la articulación de diversos
instintos en las formas más complejas de comportamiento. Así, junto a los
que se han enumerado en el esquema, también se pueden observar en algu-
nos animales sentimientos que podrían llamarse, sin grave antropomorfismo,
culpa, pudor, nostalgia, compasión, soledad, amistad, etc.
En general, los once grandes géneros de sentimientos de la clasificación
tomista se dan en los animales superiores, unas veces en relación con un solo
instinto y otras en la combinación de dos (por ejemplo, en la articulación de la
agresividad con la sexualidad o con el instinto nutritivo).
En todos estos tres tipos de comportamiento animal, los instintos son las
fuerzas que tienen como objetivo la autorrealización en tanto que mediadas
cognoscitivamente, y los afectos son los índices de la autorrealización efectiva
o posible, es decir, la connotación en la autoconciencia animal de que se ha
logrado o no, de que se puede lograr o no, una meta secundaria o una meta
fundamental en el proceso de la autorrealización.
4) Para el caso en que no se trate de una mediación cognoscitiva de las
funciones vegetativas, sino de una principiación cognoscitiva a simultaneo con
su principiación orgánica, es decir, para el caso del hombre, las funciones vege-
15 Una sugerente exposición del modo en que se complican los instintos en la función re-
productora a lo largo de la escala zoológica puede verse en C.O. Lovejoy, “Hominid Origins:
Their Role of Bipedalism”, Am. Journal Phys. Anthrop., febrero 1980, n. 0 52. Recogido en D. Johan-
son y M. Edey, El primer antepasado del hombre , Planeta, Barcelona, 1982, cap. 16.
293
tativas de los esquemas 0-1-2-3 se mantienen iguales. A las funciones cognos-
citivas habría que añadirle el intelecto, con la característica de principialidad
antedicha. Los cinco instintos del esquema 3 habría que llamarlos tendencias,
con la plasticidad que se indicó anteriormente, y añadir las tendencias propias
de la voluntad humana.
Por último, los sentimientos serían los ya mencionados para los animales
superiores con una complejidad mayor y una gama más amplia, y los corres-
pondientes a las tendencias y aspiraciones de la voluntad humana o del espí-
ritu humano en general. Si a esta clasificación de los sentimientos, realizada
según el criterio de las facultades (de las facultades apetitivas, es decir, de los
instintos y de sus objetivos correspondientes), se aplica el criterio de la mayor
o menor profundidad de la psicología de los estratos, la clasificación de los
sentimientos sería la siguiente:
a) Los llamados sentimientos sensoriales pertenecientes al estrato somático ,
serían los correspondientes al esquema 1), que en el hombre son los de
placer y dolor sensorial somático.
b) Los llamados sentimientos corporales y vitales del estrato somático vital , se-
rían los correspondientes al esquema 2) y 3), o sea, al grado máximo de
autoconciencia animal, que es conocimiento (sentimiento) de la propia
fuerza, vitalidad, bienestar o malestar general, etc. En el hombre corres-
ponden a sentimientos del mismo tipo, que connotan la radicalidad or-
gánica.
c) Los llamados sentimientos del yo , del estrato psíquico , corresponden a to-
dos los sentimientos del esquema 3) pero en tanto que connotan a la
vez la radicalidad orgánica y la radicalidad subjetiva, o si se quiere, la
unidad psicosomática.
d) Finalmente, los sentimientos de la persona del estrato espiritual , serían los
sentimientos exclusivamente espirituales que, según Scheler, son sola-
mente dos: beatitud y desesperación.
Estas y otras clasificaciones son útiles en su esquematización y en su
excesiva “compartimentación” porque, precisamente por ser la afectividad
humana un continuo vivencial de una complejidad extraordinaria, ofrecen
la posibilidad de analizar algunos afectos en sí mismos, según su propia di-
námica y en su relación con otros, lo que además de revestir interés para la
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