scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Memoria de la tierra, tierras de la memoria : los agroecosistemas deTentudía en los años cincuenta

Acosta Naranjo, Rufino

Full text

Memoria de la tierra, tierras de la memoria. Los agroecosistemas de Tentudía en los años cincuenta. Rufino Acosta Naranjo. En Memoria de la tierra, tierras de la memoria. Los agroecosistemas de Tentudía en los años cincuenta. En Actas del I Congreso de la memoria colectiva de Tentudía. Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía. Badajoz. pp. 2001. 191-204. La segunda fase del proyecto La memoria colectiva de Tentudía ha tenido como objeto el estudio de los agroecosistemas tradicionales de esta mancomunidad. El conocimiento de estos sistemas tiene un interés por sí mismo, para el proceso de acumulación de conocimiento científico, antropológico, agronómico e histórico, a la vez que un valor específico para las gentes de la zona. Es tanto una forma de ahondar en la lógica y las técnicas de manejo de los agroecosistemas en diferentes lugares del mundo y en diversas épocas históricas como un medio de conocer y dar a conocer la memoria colectiva de un territorio que lucha por salir de una situación de marginalización y dependencia. En efecto, la unidad de observación de esta investigación es un territorio que hasta ahora no había existido como comarca, pero que en lo últimos tiempos se va dibujando como entidad territorial ante necesidades diversas, como dotar de servicios a los ciudadanos y crear marcos para las iniciativas de desarrollo, para lo cual el ámbito local resulta insuficiente. Más allá de discusiones ontológicas sobre existencia o no de una comarca, de lo que se trata para nosotros es de buscar las vinculaciones entre los pueblos y las gentes de estas tierras, de hacer ver el valioso patrimonio común que constituyen los agroecosistemas creados por sus pobladores y, a través de todo ello, reforzar la autoestima de un territorio y crear vinculaciones y redes sociales que son un elemento esencial para su desarrollo. Si de indagar en la memoria colectiva se trata, nada más pertinente en nuestro caso que hacerlo a través del estudio de las relaciones con el medio natural, del trabajo en la tierra, que ha sido la experiencia histórica más común de todos los pueblos y las gentes de la zona, sobre la que se ha modelado el perfil cultural y la identidad de los grupos sociales y los pueblos. En esta pesquisa hemos buscado los elementos comunes y las diferencias entre las distintas localidades, las relaciones que han mantenido entre sí los pueblos de la que quiere ser comarca y los flujos con otros lugares que, aun quedando fuera de estas nuevas lindes, en bastantes casos han sido y son más fuertes que con los de lindes adentro. Este intento de establecer vinculaciones es tanto sincrónico como diacrónico, buscar unir a las gentes de hoy pero también lo hace a través de la referencia al pasado, a las gentes que generación tras generación hicieron posible la creación y el manejo de los agroecosistemas de la comarca y transmitieron un patrimonio que ha de ser mantenido y acrecentado, como uno de los valores centrales de la riqueza común y la cultura, pues han sido la creación fundamental, la gran obra de ingeniería agronómica y cultural de las gentes de la zona. Ahora bien, no se trata de un canto a un tiempo idílico, de una exaltación aproblemática del trabajo en el campo en los tiempos pasados pues, en gran parte, este magnificente edificio, esta sabia modulación de la naturaleza, se levantaba y se mantenía sobre los cimientos de la dominación social y la explotación de importantes capas de la población y también de ello hay que dar cuenta, no sólo como testimonio del pasado, sino para hacerlo ver como hecho determinante en la dinámica social de la zona que tiene sus consecuencias hoy en día en la conformación de los grupos sociales y en las relaciones entre ellos y sin olvidar que la desigualdad social constituye uno de los principales factores de bloqueo para iniciativas de desarrollo. La crisis de la agricultura tradicional no supuso sólo el ocaso de una forma productiva, sino un trauma descomunal para las culturas rurales y la entrada en el proceso conocido como crisis social rural, que afectó a todos los ámbitos de la vida del campo y los pueblos, a la cultura, la demografía y la psicología. En efecto, por características específicas del proceso de modernización de nuestro país, éste proceso de cambio y los elementos que lo conforman (éxodo rural, crisis agraria, transición demográfica, instauración de la sociedad de consumo de masas, desarrollo de los medios de comunicación de masas) tuvieron lugar en un corto periodo de tiempo, de forma vertiginosa, sin dar tiempo a las comunidades rurales a establecer ajustes y mecanismos de defensa frente a la invasión de las formas urbanas, dejándolas sumidas en el desconcierto y la marginación, llevándolas incluso al autodesprecio ante la hegemonía esplendente de la sociedad urbanoindustrial. No obstante todo ello, a partir de los años setenta, con las diversas crisis (crisis económica, crisis de la ciudad, crisis ecológica, crisis de la agricultura moderna), la situación empieza a tomar otro cariz, comienza a mirarse a otras formas anteriores de producción y vida, aunque desde luego sin pretender volver al pasado y sus aspectos nefastos en tantas vertientes. En todo ello ayuda también la conquista de la democracia, la descentralización, autonómica, comarcal y local y la recuperación de las identidades regionales y locales, con los nuevos ayuntamientos democráticos y las mancomunidades. Hay un proceso de búsqueda de raíces, de referentes, de la memoria colectiva de muchos territorios. Por todo ello el contexto general es hoy más favorable que nunca para la recuperación de esta parte crucial de la memoria colectiva de Tentudía, tan vinculada al mundo agrario y ganadero. La diversificación de las actividades productivas de nuestra comarca es una necesidad ineludible, habida cuenta de las enormes transformaciones que han tenido lugar en la agricultura y la ganadería extremeña, de la crisis estructural del campo y de la incapacidad de éste para ocupar a la población activa, condenada por ello en gran parte al paro y la desasosegante dinámica de los subsidios y la precariedad. Ahora bien, si de desarrollo rural endógeno hablamos, la base del mismo no puede ser otra que el aprovechamiento integral de los recursos endógenos, naturales y humanos, existentes en el propio entorno y que en nuestra zona tienen que ver en gran parte con los usos agrícolas, ganaderos y forestales y con el conocimiento que de los mismos tienen las comunidades rurales. Todos ellos son factores de producción que se localizan en la zona y su aprovechamiento ha de dar lugar a procesos de transformación controlados en su mayor parte dentro del propio territorio y que dejen en él valor añadido. Además, las comunidades rurales han creado los sistemas agrarios locales, a lo largo de siglos de coevolución biótica y social, y en ese proceso de apropiación de los recursos naturales, de trabajo en la tierra, han sido creadas su propia cultura e identidad. Son ya un lugar común en la literatura agronómica, sociológica y antropológica los problemas económicos, sociales, ambientales y de salud generados por la llamada revolución verde y la agricultura moderna, así como la crisis que la asola, asuntos todos ellos de los que nos hemos ocupado en diversos trabajos. Los organismos públicos y privados, centros de investigación y movimientos sociales han acabado tomando conciencia de todas estas consecuencias nefastas y, así, han surgido distintas corrientes, metodologías y enfoques preocupados por intentar superar esta crisis, tales como la Agroecología, la Sociología de la Agricultura, la Agricultura de Bajos Inputs (LEISA Low External Inputs Agriculture), los Sistemas de Investigación en Fincas (FSR, 2 Farming Systems Research), de Diagnóstico Clínico de Fincas, o las distintas modalidades de Agricultura Ecológica, Biológica, Permacultura, etc. En nuestro caso, y desde el punto de vista de la Administración, la sensibilidad por estas cuestiones se sustancia en la nueva Política Agraria Común (PAC) y sus medidas de acompañamiento, que van en la línea de favorecer una agricultura y ganadería que generen beneficios ambientales y primar la extensificación y la calidad sobre la cantidad, habida cuenta, entre otras cosas, de los excedentes comunitarios en producciones agrícolas de diverso tipo. Se contempla así la función de la agricultura más allá de la producción, como medio de fijar población en el territorio, y el papel de los agricultores como preservadores de las culturas locales y cuidadores del medio ambiente. Esta última sería una de esas nuevas actividades en el medio rural de las que hablamos antes, junto con el turismo rural. Algunas actuaciones en este sentido ya se han sustanciado en subvenciones a la extensificación y otro tipo de medidas agroambientales, que empiezan a ser conocidas en nuestra zona. Por otro lado, tenemos cómo el crecimiento del consumo y la capacidad adquisitiva de algunas capas de la población (al lado, eso sí, de dramas humanos de hambre y miseria), la constatación de algunos efectos perniciosos para la salud en productos de la agricultura convencional y la búsqueda de la calidad, han dado lugar a la aparición de mercados segmentados por la calidad para producciones agropecuarias ecológicas o de sistemas agrarios tradicionales. En este contexto, si las producciones ecológicas o tradicionales sirven al objetivo general de la preservación de los recursos del planeta, las nuevas orientaciones de la política agraria y el mercado pueden ser aprovechadas para el desarrollo de ciertas zonas como la nuestra. El conocimiento y las prácticas de manejo de los recursos generado por las culturas campesinas a lo largo de la historia han demostrado su idoneidad ecológica en gran cantidad de casos, garantizando una producción sostenida y una reproducción de los propios recursos. Del estudio de los sistemas agrarios tradicionales se pueden extraer los principios ecológicos de la renovabilidad y estabilidad para aplicarlos a los sistemas actuales y corregir la tendencia al deterioro ecológico a que lleva la agricultura industrializada. Frente a los problemas que genera la agricultura llamada moderna o convencional la garantía de diversidad que supone el mantenimiento de las culturas campesinas y sus prácticas agrícolas tradicionales se revelan como un hecho de singular importancia, como un medio de encarar futuras y desconocidas demandas de un planeta con graves problemas ecológicos, y todo ello es aceptado desde muy distintas instancias y disciplinas1. Los sistemas agrarios tradicionales son dignos de interés por el mantenimiento y acrecentamiento de la diversidad de especies, por la información que de ellos se puede obtener para el diseño de estrategias de manejo agroecológico y que satisfagan las necesidades de las comunidades campesinas2. Para Altieri, los agricultores tradicionales han cumplido con los requerimientos ambientales de sus sistemas de producción a través de una serie de principios y proceso que serían: a) mantenimiento de la diversidad y la continuidad temporal y espacial; b) utilización óptima de recursos y Para una profundización en los diversos autores que han abordado la relación entre diversidad biológica, cultural y sociedades campesinas y en las instancias preocupadas por el tema cf. Gómez Benito, C. Diversidad biológica, conocimiento local y desarrollo. Comunicación presentada al V Congreso Español de Sociología. Granada, 1995. Sobre agroecología y manejo ecológico de los recursos se recomienda la obra colectiva de Guzmán, G., González de Molina, M. y Sevilla, E. (eds.) Introducción a la agroecología como desarrollo rural sostenible. Mundiprensa. Madrid, 2000. 1. 2. Altieri, M. A. Por qué estudiar la agricultura tradicional, en Agroecología y Desarrollo, Año I, nº 1. 1991, pp. 16-24. 3 espacio; c) reciclaje de nutrientes; d) conservación y/o manejo del agua; y e) control de la sucesión y provisión de protección de cultivos3. Las ventajas ecológicas de los campesinos fueron apuntadas por Ángel Palerm cuando señaló las ventajas de la forma de producción campesina, que hace un “manejo inteligente del suelo y la materia viva por medio del trabajo humano, utilizando poco capital, poca tierra y poca energía inanimada”4 El mantenimiento de la diversidad no es posible sin garantizar la continuidad de los agroecosistemas tradicionales, de los procesos de trabajo a partir de los cuales han surgido formas de relación con el medio y entre las gentes y los grupos que son la base de las culturas locales. Debe hacerse una apuesta por la diversidad tanto biológica como cultural, que contrarreste la simplificación que en ambos campos ha supuesto el proceso de globalización. En este sentido, tanto en el manejo del medio como en la preservación de las culturas e identidades locales tiene una importancia central el conocimiento local. La comprensión y recuperación de este conocimiento es de gran importancia a la hora de diseñar modelos de manejo del agroecosistema adecuadas a las condiciones locales, pues a partir de éstas surgió el conocimiento local y a ellas se adapta. Por todo ello encierra un potencial de desarrollo agroecológico importante y es un referente básico de la identidad social y cultural de las gentes. La recuperación de los agroecosistemas y los saberes tradicionales es especialmente posible en tierras como muchas de las que conforman nuestra comarca que, debido precisamente al desarrollo del modelo de agricultura capitalista moderna, han caído en la marginalidad al no poder trasformarse sus explotaciones, intensificar la producción y especializarse en unos pocos productos mediante un importante cambio tecnológico. Limitaciones como la pobreza de los suelos, terreno montuoso, falta de agua, etc. han hecho de muchas de las tierras de Extremadura áreas deprimidas. Ahora bien, han conservado así unos agroecosistemas poco transformados, una riqueza natural envidiable y la persistencia de unos sistemas productivos y un conocimiento local ligado a ellos. Recuperar este acervo de conocimientos, esta gran obra de arquitectura agroecosistémica, es tarea ineludible y urgente, tanto desde el punto de vista técnico agronómico como en lo que hace a la identidad y a la memoria colectiva de las gentes de la comarca. Afortunadamente, aun no está tan lejos la época de la agricultura tradicional, que quebró con el referido proceso de modernización, aun viven muchas de las personas que conocieron y vivieron aquella agricultura y son portadoras de aquellos saberes y de la lógica del manejo de los recursos. Pero entrando ya en el desarrollo de la investigación en sí, el objetivo fundamental de la misma ha sido la realización de un inventario sistemático de todos y cada uno de los usos tradicionales de los recursos de los distintos agroecosistemas que se dieron en la comarca, centrado principalmente en los momentos anteriores a la crisis de finales de los años cincuenta, con la cual termina la agricultura tradicional en España. Se ha buscado así la sistematización del conocimiento asociado a estos procesos de apropiación de los ecosistemas y de la lógica interna del mismo. Con el material recogido se ha elaborado un modelo etnográfico del manejo de los distintos agroecosistemas a través de la elección de informantes clave que han dado una visión general y completa de los distintos usos en la época de referencia, así como mediante la elección de otros informantes que conocen de primera mano los distintos usos concretos, diferenciando entre grandes fincas y explotaciones campesinas. Los modelos 3. Ibidem. 4. Palerm, A. Antropólogos y campesinos: los límites del capitalismo, en Antropología y Marxismo. Nueva Imagen. México, 1980. p.169. 4 se han elaborará a través de la contrastación de las informaciones y mediante el método de saturación. La técnica por excelencia que se ha empleado ha sido la entrevista abierta semidirectiva, en este caso muy próxima a las técnicas de la historia oral. Igualmente se han realizado entrevistas informales y observación participante en cuantas actividades han sido necesarias. El trabajo de campo se llevó a cabo entre junio y octubre de 1998, aunque se volvió sobre el terreno en diversas ocasiones para contrastar y completar informaciones. Aunque la financiación mediante beca de los investigadores Santiago Amaya y Antonio Luis Díaz cubrió hasta febrero y junio de 1999 respectivamente, el análisis de la información y la redacción del texto, que se publica en esta misma colección con el título Agroecosistemas tradicionales de Tentudía, prosiguió con enorme dedicación hasta septiembre de 2001. Algunas consideraciones sobre los agroecosistemas tradicionales de Tentudía. Resulta difícil resumir en unas cuantas páginas los resultados de la investigación llevada cabo sobre las dehesas, tierras calmas, melonares, olivares, viñas, higuerales, huertas, castañares, pinares y alamedas en los años cincuenta, pero de la manera más sintética posible intentaremos dar cuenta de sus características más relevantes. Una primera consideración tiene que ver con la pregunta de si un territorio con tan notable diversidad interior puede tener una entidad comarca, de si ha existido como un espacio singular e interrelacionado. Como ya hemos avanzado tal comarca no ha existido nunca pero no a causa de esa diversidad interna. Nos encontramos con un territorio donde claramente se diferencia la penillanura y la sierra, los agroecosistemas más jóvenes y artificializados del llano y los más maduros y complejos de la Sierra Morena. Tenemos desde agroecosistemas genuinamente mediterráneos en la práctica totalidad del área hasta formaciones más propiamente atlánticas como castañares o robledales en algunos puntos. Tenemos tierras por lo general pobres y algunas otras de cierta mayor aptitud agrícola. Pero es precisamente por esa diversidad, por no ser un territorio marcadamente uniforme por lo que los distintos pueblos se han relacionado entre sí, cubriendo con las producciones de unos las carencias en esos recursos de otros. Salvo en términos municipales vecinos, encontramos menor relación cuanto mayor semejanza se da en el terrazgo y sus aprovechamientos. Así, pueblos de la sierra se relacionan más con otros del llano algo distantes que con otros de la sierra relativamente próximos. Es, por tanto, la diferencia, la diversidad, la que crea interconexiones comarcales, por la lógica de la complementariedad. Ahora bien, esas interrelaciones se dan igualmente con pueblos que no son de la actual Mancomunidad de Tentudía, constatándose además la inexistencia de relación entre algunos pueblos de la comarca Entrando ya de lleno en las características más notables de los agroecosistemas en sí habremos de decir que en la mayoría de los casos eran una solución de compromiso entre producción y conservación del medio, entre madurez y juventud, sobre todo en los más complejos, como la dehesa. Un agroecosistema es el resultado de la transformación de los ecosistemas naturales por los humanos para apropiarse de la naturaleza y obtener constantemente de ella materiales y energía. Hay artificialización en tanto que no se deja que la naturaleza se reproduzca libremente, sino que se seleccionan aquellos elementos, aquel material genético que resulta más interesante desde el punto de vista productivo para los humanos: plantas y animales de unas determinadas características (con unos criterios de selección en que intervienen saberes diversos, incluso la estética), y en unos determinados lugares, con una ubicación 5 espacial concreta ( lugares más adecuados, un marco de plantación determinado) y en un momento preciso (fechas de siembra o apareamiento). Ahora bien, en los agroecosistemas de la comarca en los años cincuenta podemos ver una adaptación del manejo al medio natural, a diferencia de lo que sucede en la agricultura industrializada de hoy en día en que se transforma el medio natural hasta adaptarlo a las exigencias de unas determinadas pautas productivas y formas de manejo que siguen las directrices de la cientifización y racionalización que maximicen la producción de ciertos recursos. Las especies cultivadas o manejadas eran las especies propias de la vegetación mediterránea, la vegetación espontánea del medio, sobre todo en la dehesa. Predominaban las quercíneas y la trilogía mediterránea de trigo, vid y olivo, además de algunos árboles como higueras y otros frutales y diferentes especies herbáceas mediterráneas o aclimatadas. Las grandes diferencias climáticas intracomarcales las encontramos con las zonas de influencia atlántica, sobre todo en torno al macizo de Tentudía, donde se favoreció la expansión del castañar y proliferaron los robles hasta que el Estado decidió la repoblación con pinos en los años cincuenta redujo bastante la importancia de éstos últimos. Más que la temperatura, la pluviosidad es el elemento que marca diferencias entre distintas partes del territorio y, así, vemos cómo era éste un hecho que daba lugar una distinta organización productiva y uso de los recursos. Aparte de la presencia del robledal y el castañar, la más clara diferencia a este respecto estaba en el caso de Fuentes de León, en que el tipo de yerbas a que da lugar la pluviosidad hacía que proliferase la vaca y en función de ella estuviesen otras especies y se modificasen los ciclos ganaderos y los usos agrícolas. Lo mismo podemos decir de las zonas donde se segaba el heno. En cuanto a la adaptación al frío el ejemplo quizás más señero sería el del recio centeno que se prodigaba en torno al macizo de Tentudía principalmente. Pero los parámetros generales del clima son una cosa y otra muy distintas las condiciones específicas de cada lugar, la existencia a diferente escala de microclimas: dentro de cada gran área, dentro de cada término municipal y dentro de cada finca o parte de ésta. En igualdad de condiciones edafológicas, la orografía, sobre todo en la sierra, y la vegetación, además de accidentes particulares como ríos o arroyos, crean microclimas de los que se procura sacar una ventaja productiva o estratégica, articulando sus ventajas y usándolos cuando mejor conviene. Umbrías, solanas, abrigadas y llanuras expuestas tenían su chance en cada momento y, así vemos cómo los alcornoques y los castaños se preferían sembrar en las umbrías y eran éstas últimas el sitio para ciertas cebadas o avenas. El más tardío agostamiento de las yerbas las hacía interesantes para el ganado a finales de la primavera, evitándolas sin embargo de buena mañana para no perjudicar a las ovejas, por ejemplo. De igual modo son lugar agradecido al que se llevaba al ganado en tiempo o momentos de calor. Las solanas eran preferidas a las umbrías, por la calidad de las hierbas y frutos soleados, de ahí que se prefiriesen las viñas en solana, por madurar mejor la uva. Por las solanas se buscaban los careos del ganado en las mañanas del invierno, cuando la helada. También por ellas se había de principiar la siega. La más pronta maduración de otros frutos hacía también alargar el tiempo de cosecha o aprovechamiento y también en función de ello se organizaban las tareas. Los valles y abrigadas se buscaban los días malos y de mucho aire para apacentar el ganado. De cada singularidad climática se sacaba partido mediante un manejo específico. Especialmente en el caso de la ganadería, encontramos una adaptación de los ciclos de manejo a los ciclos de producción de biomasa y, así, las parideras que organizaban de tal modo que las crías de los rumiantes estuvieran desarrolladas en el momento en que 6 pudieran entrar a aprovechar los momentos punta de producción de hierba en la primavera, vendiéndolas al agostarse la hierba. En el caso de los cochinos se les preparaba para aprovechar el momento de máxima producción de la bellota, la castaña o los higos, según el tipo de economía. Igualmente las ovejas salían de muchas dehesas de la sierra en verano, cuando menguaba la comida que proporcionaban los pastos naturales e iban a aprovechar los agostaderos en las campiñas de Fuente de Cantos, Bienvenida y Montemolín, donde los mismos dueños de fincas de dehesa tenían tierras o bien arrendaban los lotes que se subastaban. Pero dentro de los parámetros climáticos comarcales, la principal adaptación de los usos productivos era al tipo de suelos y, así, será la intensidad de la labor la que nos vaya dando idea de las potencialidades del terreno. En penillanura, donde predominan la sedimentación y suelos de cierto desarrollo, es donde tenemos fundamentalmente las tierras de calma, de cultivos herbáceos recurrentes, con mayor producción a medida que nos alejemos del piedemonte. Aparecen así diferenciadas por la vocación agrícola las dos grandes unidades comarcales, sierra y penillanura, dominio de los bosques la primera (de quercíneas, pinos castaños u olivos, aunque también de higueras), árboles de cierto porte que mediante su sistema de raíces pueden arrostrar las duras condiciones del medio, tratándose en el caso de la dehesa no de plantaciones sino de modulación de la vegetación arbórea original con fines productivos. En la segunda podemos encontrar los cultivos anuales y polianuales, los herbáceos, la vid y el olivo, todos ellos sembrados, no clareados, lo que supone mayor intensificación y artificialización. Ahora bien, vid y olivo se encuentran en todos los pueblos, los de la sierra y los del llano. Dentro de las grandes unidades tenemos significativas diferencias intrazonales a diversa escala, ya que en una y otra área había distintos ecosistemas, como hemos visto, dotando al conjunto de una interesante mosaicidad. En cada término, buscando el óptimo productivo y el abastecimiento local, aparecían sistemas productivos adaptados a características de terrenos muy concretos, a clases de suelo diferentes debido al material geológico sobre el que se levantan, al relieve o a aportes diversos. Así, olivos y viñas se ubicaban preferentemente en terrenos calizos, castaños en tierras flojas y el matorral aparecía en terreno quebrado, en pendientes. Las áreas de cultivo intensivo dentro de la sierra se localizaban en vegas o llanuras, en vegas y navas se ubican las huertas, en las mejores tierras del secano los melonares, las zonas inundables y próximas a cauces se aprovechan con alamedas y chopeas, prefiriendo para las viñas a veces terrenos algo pedregosos, de canchal, o en cualquier caso no los de mayor calidad, porque darían menos grados al vino. En general, los olivares los hallamos en tierras de calidad inferior a las de los cultivos herbáceos, en sierras muchas veces, aunque no siempre. Árboles sueltos como almendros o higueras podían aprovechar los terrenos peores, para no perder espacio y, sin embargo, rendir algún tipo de beneficio. La higuera, si se podía, pegaba mejor en terrenos calizos. También en terrenos malos y rocosos se localizaban algunas coníferas. Igualmente, en ciertos casos podía ser más importante el valor estratégico de una determinado recurso que su producción por unidad de espacio. Dentro de los cultivos anuales también encontramos un gran conocimiento de los tipos de suelos para su utilización según su capacidad productiva, de retención de agua o de estiércol y sus ventajas para ciertas especies. El trigo en los mejores suelos, pero también con distintas variedades del cereal rey según las diversas clases de suelo. En la gradación de calidad edáfica le seguirían la cebada, la avena, el centeno y la leguminosas, con los chochos y algarrobos en los terrenos más pobres. Las tierras sepultureras eran buenas para garbanzos y, en los melonares, para las sandías se buscaban los suelos arenosos, sueltos y de lama. 7 La disponibilidad de un tipo de biomasa u otro orientaba la presencia de las diferentes especies ganaderas. La localización de las diversas cabañas tenía una lógica ecológica, a diferencia de lo que hoy sucede en que la presencia de una u otra especie viene dada por el abaratamiento del coste de mano de obra principalmente, de ahí la ominipresencia de la vaca, antes restringida a ciertos ámbitos. En la época que hemos estudiado, los cochinos se asentaban en las dehesas, castañares e higuerales, aunque el cerdo estuviera presente en casi todos los agroecosistemas y fincas, las vacas se hallaban en la zona oriental y en las riveras de cauces de agua, buscando las yerbas altas, las cabradas se hallaban en las áreas de matorral y las ovejas gustaban de zonas más bien llanas aprovechando hierbas cortas, aunque aquí un factor importante era el tamaño de la explotación. Podemos constatar también cómo se articulaban las diferencias temporales de suministro de material vegetal de cada uno de lo agroecosistema, o a veces de los distintos componentes de un mismo agroecosistema, para garantizar un suministro sostenido de alimentos, para consumo humano o ganadero. Así, la primavera era el momento de máxima producción de las praderas, en el verano tenemos la recolección del grano, la disponibilidad de las rastrojeras, el grueso de la producción hortofrutícola y del higueral, en otoño llegaba la producción de algunos frutales, las yerbas tempranas de los majadales, la cosecha de las viñas, castaños, quercíneas y olivos, que se iba metiendo hasta el invierno, en que tenemos el ramón y algunas hortalizas de invierno. Esta articulación de sistemas y subsistemas tenía como una de sus finalidades amortiguar las grandes fluctuaciones propias de une entorno mediterráneo como éste. La gestión de la diversidad productiva se daba dentro y entre las distintas escalas, en las fincas, en los agroecosistemas, entre los distintos agroecosistema, entre los diferentes espacios comarcales e incluso entre grandes unidades geográficas, como la Sierra Morena, la penillanura extremeña y el valle del Guadalquivir. Para ello nos resulta interesante la diferenciación entre geofacies y geosistema, entre distintas unidades fisiográficas, diversos paisajes o agroecosistemas si queremos, que sin embargo, o por eso mismo, conforman un solo conjunto funcional y complejo que se articula a través de múltiples interrelaciones, dentro del cual hay un flujo de materiales y energía, de intercambios ecológicos y económicos de diverso tipo. Todo ello tiene que ver con un modelo de territorialidad precapitalista, en que primaba la diversificación y complementariedad, no la maximización y especialización productiva, la movilización separada de recursos. Así, las ovejas de las dehesas iban a los agostaderos de las campiñas, aprovechando el pasto y abonando las hojas de cultivo. Los cochinos entraban en los olivares y a otros animales como cabras y ovejas, si no entraban, se les sacaban los ramones fuera. El orujo de olivares y viñas servía de alimento a ganados de otros agroecosistemas. A veces sucedía lo mismo con los animales que entraban en viñas o castañares, y con los cochinos que estando en espacios diversos se engordaban con higos. Los guarros criados en campiñas salían de ellas al final de las espigas para continuar su ciclo en las dehesas o, al revés, de la zona de dehesa se proveían de su cochino algunos pequeños labradores de la penillanura. De las tierras de calma se llevaba paja y grano a las dehesas de la sierra y de los encinares y alamedas salían cisco, carbón o madera para aperos y otros utensilios en las tierras de labor, estacas y tranquillas de viñas. Varas de castaño se empleaban en el vareo de olivares y dehesas. El monte, los encinares, robledales y alamedas suministraban también elementos constructivos diversos para los otros agroecosistemas. Una característica destacable de la agricultura tradicional era la eficiencia energética, al menos en términos de comparación con la actual, y el carácter renovable de la misma. La inmensa mayor parte de la energía empleada en los procesos de trabajo era la 8 humana y la de los animales de labor. En general, los materiales empleados en los procesos productivos se generaban en las propias fincas, especialmente el alimento del ganado, que procedía de la biomasa generada espontáneamente o por cultivo en la finca. Igualmente sucedía con gran parte de los elementos constructivos y no pocos de los aperos o utensilios. Lo mismo cabe decir del abono. El reempleo garantizaba no sólo autonomía energética y productiva sino un aprovechamiento exhaustivo de los materiales y su energía. La regeneración de los nutrientes se conseguía fundamentalmente con el estiércol que proporcionaba el ganado y, de manera casi anecdótica, con la cal para algunas higueras. No obstante, en aquellos años ya empezaron a usarse abonos químicos y nitrato. Otro medio de regenerar nutrientes era la alternancia de cultivos, principalmente cultivar leguminosa al año siguiente del cereal, con lo que se aportaba nitrógeno al suelo. Existía también una adaptación a los ciclos del agua, de las lluvias, y por ello los cultivos eran extensivos de secano en general. En el caso del regadío había toda una arquitectura del agua. Para optimizar el recurso, al arrimo de las huertas y su humedad, medraban frutales que si bien también se daba en secano, podían dar mayor rendimiento en las huertas. Pero aparte del mundo del agua y su manejo en el regadío existía toda una cultura de la humedad, que las necesidades de un medio árido hicieron nacer. En algunos casos se trataba de crear condiciones de mantenimiento de la humedad del suelo en aquellas especies de secano que precisaban de ella para prosperar, cual era el caso de melones y sandías de secano, olivos y viñas. En todos estos casos existía un conocimiento preciso de los procesos de pérdida hídrica del suelo por capilaridad y evaporación que prescribía el laboreo, por ejemplo los pases de rodo y rastrillo en el verano. Asunto de gran importancia, que se acrecienta hoy día habida cuenta de la crisis ecológica, era el de la biodiversidad. En todos los agroecosistemas había diversidad de especies, ayudada por la asociación de cultivos, el uso múltiple o a la rotación. Además, dentro de cada especie arbórea o arbustiva había variedades, con diferentes características en cuanto a su fruto y época de cosecha, como vemos con las aceitunas, los higos, las uvas, las castañas o diversas hortalizas. En cuanto a los animales, una cuestión que hay que destacar es la importancia de las razas autóctonas, las más adaptadas a las condiciones del medio, con distintas variantes dentro de ellas. Algo similar sucedía con los cultivos, en los que la mayor diversidad existía en las huertas, con árboles frutales diversos en torno a los cuales se sembraba toda una amplia cohorte de especies hortícolas, de invierno y verano, con sus respectivas variedades también. Entre los cereales y leguminosas extensivos de secano tenemos además de diferentes especies, diversas variedades dentro de ellos, sobre todo en el caso del trigo. Aunque se traían algunas semillas foráneas, y esto era especialmente importante en el caso del trigo, parece ser que se utilizaba fundamentalmente germoplasma autóctono y en la mayoría de los casos los propios agricultores, sobre todo los pequeños, conservaban y producían la semilla, aunque la intercambiaran con otros campesinos En cuanto a los problemas ambientales, existían serios riesgos de erosión, especialmente importante en la zona de la sierra. En el caso de sistemas arbolados, los árboles amortiguan esos efectos. En el olivar el fenómeno del arrastre de suelo era especialmente problemático. Para evitar la erosión de los terrenos se utilizaban las calzadas, las paredes o los árboles. El nivel de patologías parece ser inferior al actual en algunos agroecosistemas, por ejemplo el higueral, el castañar, el olivar o incluso la viña. En la dehesa no existía el enorme problema actual de los ataques del cerambix cerdo a las quercíneas, pero eran un azote las plagas de lagarta, cuyo control se debió al uso de plaguicidas desde mediados de 9