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Festejos por la canonización de los Mártires del Japón: Carmona, escena de los jesuítas

Méndez Rodríguez, Luis Rafael

Abstract

Se analizan en este trabajo los festejos organizados por los jesuitas de Carmona, con motivo de la canonización de los tres mártires jesuitas del Japón por Urbano VIII. Durante el mes de marzo de 1628 se iniciaron los festejos recogidos en una relación manuscrita, escrita por Tomás López y dirigida al Padre Juan Muñoz de Gálvez, Provincial de la Compañía de Jesús en Andalucía. Se estudian los altares, los juegos y la decoración pictórica de la iglesia de san Teodomiro

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FESTEJOS POR LA CANONIZACIÓN DE LOS MÁRTIRES DEL JAPÓN. CARMONA, ESCENA DE LOS JESUITAS FEASTS AND CANONIZATIONS OF THE MARTYRS OF JAPAN. CARMONA, SCENE OF THE JESUITS LUIS MÉNDEZ RODRÍGUEZ Universidad de Sevilla. España Se analizan en este trabajo los festejos organizados por los jesuitas de Carmona, con motivo de la canonización de los tres mártires jesuitas del Japón por Urbano VIII. Durante el mes de marzo de 1628 se iniciaron los festejos recogidos en una relación manuscrita, escrita por Tomás López y dirigida al Padre Juan Muñoz de Gálvez, Provincial de la Compañía de Jesús en Andalucía. Se estudian los altares, los juegos y la decoración pictórica de la iglesia de san Teodomiro. Palabras claves: Jesuitas. Carmona. Fiesta. Japón. Teatro. The feasts organized by the jesuits of Carmona, with reason for the canonization of the three jesuits martyred in Japan, are analyzed in this work. The celebration started in March of 1628, and was gathered in a manuscript, written by Tomás Lopez and directed to the Father Juan Muñoz de Gálvez, Provincial of the Company of Jesus in Andalusia. In this report its studies the altars, the games and the pictorial decoration of the church of san Teodomiro. Key words: Jesuits. Carmona. Feast. Japan. Theather. Dentro del complejo mundo que conforma el contexto cultural hispano del siglo XVII, hay que destacar, por lo que infl uyó en todos los órdenes de su sociedad, el carácter festivo de su cultura. Cualquier acontecimiento era bueno para organizar un festejo, haciéndose realidad las fantasías festivas mediante arquitecturas efímeras y la cómplice participación de sus ciudadanos. Carmona, una de las grandes ciudades del reino de Sevilla, próspera y opulenta en el siglo XVII, forjó su imagen de ciudad barroca con nuevas edifi caciones. La reforma más destacada dentro del perímetro amurallado afectó a los aledaños de Santa María, junto con la construcción del templo carmelitano de San José y del jesuita de San Teodomiro. Una ciudad de las dimensiones de Carmona, con un caserío de unas mil ochocientas casas, conoció bien lo que fueron los espectáculos teatrales. Del agrado de los carmonenses fueron las compañías cómicas, que ejecutaron representaciones de carácter sacro al tiempo que otras más jocosas. Pero al margen de estas compañías, hubo otras actividades festivas convocadas a lo largo de todo el año, como era el Corpus, que se celebraba con todo lujo de detalles y con un aparato escenográfi co en sus calles donde se levantaban arcos y altares con fi guras alegóricas. Este tipo de festejos sirvieron a LABORATORIO DE ARTE 19 (2006) 483-494 Luis Méndez Rodríguez 484 modo de apuntes rápidos, o de primeras ideas de composición, para transformar de manera efímera la fi sonomía urbana en un auténtico decorado teatral. Ocasionalmente se hicieron otras fi estas en Carmona como homenaje a la Monarquía, en testimonio del regocijo o del luto públicos, o bien para celebrar el ascenso a los altares de algún santo. Así, ocurrió con motivo de la beatifi cación de los veintiséis mártires del Japón, franciscanos y jesuitas, realizada por Urbano VIII. Esta fi esta fue particularmente celebrada en el reino de Sevilla, donde hemos conservado varias relaciones de fi estas que demuestran lo extraordinariamente popular que se hizo esta fi esta. La historia de los acontecimientos se centran en la evangelización del Japón desde Filipinas y remiten al 5 de febrero de 1597, cuando Taycosama mandó crucifi car a seis religiosos de San Francisco, tres de la Compañía, y a otros cristianos japoneses en Nagasaki. Esta escena constituye uno de los más vivos episodios de evangelización en Asia Oriental, paso previo a lo que había sido el establecimiento previo de las grandes órdenes en Filipinas a raíz de la fundación de Manila por Legazpi. El tema de los mártires del Japón fue ampliamente propagado por estampas y narraciones literarias desde la fecha del martirio, y sirvió de fuente de inspiración para numerosas obras en las distintas casas y conventos franciscanos y jesuitas, destacando por ejemplo los frescos de la catedral de Cuernavaca. Las noticias del suceso se difundieron rápidamente y así, en 1599, encontramos publicado en Sevilla un texto sobre lo acontecido, Dos informaciones hechas en Iapon : una de la hazienda que Taycosama, señor del dicho Reyno, mandó tomar de la Nao S. Felipe ..., y otra de la muerte de seys religiosos descalzos de S. Francisco1. Con la llegada de San Francisco Javier a Japón en 1549 se había iniciado el período de evangelización de estas islas, nunca exenta de problemas y persecuciones, instalándose jesuitas, dominicos, agustinos y franciscanos. En 1587 el emperador Hideyoshi publica el primer edicto de prohibición del cristianismo, aunque no se cumplió de forma estricta, hasta que un accidente nimio terminó por desencadenar la tragedia. Se trató de la arribada forzosa del galeón español San Felipe por una fuerte tormenta, cargado de hombres y mercancías. En Japón, desavenencias con el rey de Miaco, precipitaron el martirio, al desencadenarse una corriente imparable de imputaciones a los españoles, acusándoles por ejemplo de querer invadir el país. El emperador apresó el navío y prendió a los religiosos, y a pesar de las iniciativas que se hicieron para conseguir su liberación, las autoridades decidieron acabar con sus vidas. A los frailes se les cortó la oreja izquierda en Meako, se les paseó a pie por un país en pleno invierno, expuestos a pública vergüenza y fi - nalmente fueron crucifi cados de manera sangrienta en Nagasaki. Las víctimas fueron seis franciscanos, tres jesuitas y diecisiete laicos cristianos oriundos de Japón, entre los que había incluso niños que ayudaban a misa a los sacerdotes. Los mártires jesuitas eran tres: San Pablo Miki, un japonés de familia de alta clase social, hijo de un capitán del ejército y muy buen predicador, junto con dos hermanos coadjutores jesuitas: San Juan Goto y San Diego Kisai. En 1597 fueron martirizados junto con seis franciscanos y 16 laicos católicos japoneses, que se habían hecho terciarios franciscanos. Los franciscanos eran San Felipe de Jesús, un mexicano que había ido a misionar a Asia, 1 Dos informaciones hechas en Iapon: una de la hazienda que Taycosama, señor del dicho Reyno, mandó tomar de la Nao S. Felipe ..., y otra de la muerte de seys religiosos descalzos de S. Francisco. Sevilla, 1599. Festejos por la canonización de los Mártires del Japón. Carmona, escena de los jesuitas 485 San Gonzalo García, que era de la India, San Francisco Blanco, San Pedro Bautista, superior de los franciscanos en Japón, y San Francisco de San Miguel. Entre los laicos estaban un soldado, San Cayo Francisco, un médico San Francisco de Miako, un coreano San León Karasuma, y tres muchachos de trece años que ayudaban en misa a los sacerdotes, San Luis Ibarqui, San Antonio Deyman, y San Totomaskasaky, cuyo padre fue también martirizado. Los ataron al madero con cuerdas y argollas de hierro, con una escasa separación entre las cruces, alrededor de un metro y medio. Mientras se producía el martirio se daban muestras alegres de fe, cantando salmos, invocando el Te Deum de acción de gracias, e incluso el jesuita Pablo Miki predicó desde la cruz señalando que era el mejor de los púlpitos posibles (Fig. 1)2. No obstante, al conocerse el reconocimiento del martirio por el Papa Urbano VIII se sucedieron las celebraciones por los nuevos mártires en los conventos franciscanos y jesuitas por toda Andalucía, especialmente en el reino de Sevilla. Una de las más alabadas fue la fi esta realizada en el convento franciscano de la capital hispalense, que conocemos por la relación escrita por Ana Caro, y publicada en 16283. Pero las fi estas celebradas durante aquel año de 1628 recorrieron toda la geografía andaluza, destacando por ejemplo la que se hizo en el convento franciscano de Ronda, cuyo texto se imprimió en Sevilla en 16284. De las fi estas que se hicieron a los mártires jesuitas destaca la realizada en Carmona, cuyo texto se ha conservado en una relación manuscrita que uno de los padres envió al Superior de Sevilla, dándole cuenta de lo que había acontecido. Bajo el título de “Relación de la fi esta (...) a los tres mártires jesuitas del Japón”, se describen los festejos y altares que la Compañía de Jesús levantó en el mes de marzo de 1628 para honrar a los tres mártires jesuitas, crucifi cados durante su misión evangelizadora en Japón, que habían sido canonizados por Urbano VIII en 1627. Esta relación manuscrita e inédita, que ahora damos a conocer, es una auténtica crónica de la fi esta, reproduciendo en sus páginas con increíble precisión la variopinta y múltiple cara del festejo. Los jesuitas se habían instalado en Carmona erigiendo la iglesia de San Teodomiro en 1619. La relación fue escrita por Tomás López con un tono elogioso y superlativo, como por 2 Un lienzo que representa a los Mártires del Japón se conserva en el Monasterio de Santa María de Jesús. Es una obra anónima, perteneciente a la escuela sevillana, cuyo autor se revela con dotes de talento discreto, pudiendo fecharse a mediados del siglo XVII. Aunque el cuadro se encuentra en el convento de Santa María de Jesús, debió pertenecer a la orden tercera si atendemos a la inscripción que figura en su dorso. La pintura es más interesante por su contenido iconográfico que por sus méritos artísticos. El pintor ha representado la escena después de que los verdugos atraviesen los costados de los mártires con su lanzas. La composición tiene en primer plano a los japoneses Miguel Cosaquin y su hijo Tomás, realizados con mayor atención y calidad artística que el resto de mártires, situados en planos posteriores. A pesar de que se trata de dos mártires nipones, el artista no los ha representado con rasgos orientales, destacando sus semblantes de resignación ante el martirio. El resto de franciscanos presentan unos rostros de rasgos muy repetitivos, donde se aprecian algunas expresiones conseguidas de dolor, fervor y entereza. MÉNDEZ, L. “Mártires del Japón”. Cat. Exp. Filipinas. Puerta de Oriente. De Legazpi a Malaspina. San Sebastián, 2003, pp. 257-258. 3 Relacion en que se da cuenta de las grandiosas fiestas, que en el Conuento de N.P.S. Francisco de la Ciudad de Seuilla se an hecho a los Santos Martires del Iapon / compuesta en octauas por Doña Ana Caro. En Sevilla : por Pedro Gómez, 1628. 4 TORRES, Fray Pedro de. Sermon predicado en el convento de San Francisco de la ciudad de Ronda, en la solemnissima fiesta que hizieron a sus veynte y tres Sanctos Martyres del Iapon, Domingo despues de la Circuncision, y dia octauo de S. Esteuan / por ... Fr. Pedro de Torres, del Orden de la Sanctissima Trinidad. En Sevilla: Por Pedro Gómez de Pastrana, 1628. Luis Méndez Rodríguez 486 otra parte es característico de este tipo de literatura, máxime cuando el manuscrito iba dirigido al Padre Juan Muñoz de Gálvez, Provincial de la Compañía de Jesús en Andalucía5. Así, está presente su deseo de maravillar y de mostrar el orgullo de un festejo que con tono hiperbólico decía que poco tenía que envidiar, en palabras de su autor, a los realizados en Madrid o Roma. Según se desprende del texto, la fi esta fue organizada sin atender a gastos ni cuidados, pues no en balde estaba en juego el triunfo y el prestigio de los jesuitas en la villa, adonde habían llegado en la primera década del siglo XVII. El viernes 3 de marzo de 1628 se inauguró el festejo con la lidia de cuatro toros. Este festejo era muy del agrado de los carmonenses, pues era habitual en estas celebraciones correr toros por las calles, contando con un equipo de carpinteros locales que construían la corraleja y cegaba las bocacalles. A este “espectáculo acudió lo noble y lo plebeyo con que se regocijó mucho el pueblo y la víspera de nuestra fi esta que fue a cuatro del mismo hizo segunda demostración de alegría haciendo poner número de antorchas, en las ventanas y balcones de cabildo, y luminarias en toda la plaza, hubo chirimías, repique de campanas en la matriz, voláronse muchos cohetes, hubo bombas con otras invenciones lo qual duro grande espacio de tiempo”. Al sermón que se hizo en el colegio de los jesuitas vino el cabildo con sus maceros y chirimías delante, siendo recibidos por los jesuitas y acompañados posteriormente por la Compañía tocando “los clarines que en casa teníamos prevenidos agradecidos a la merced y favor que su señoría nos había hecho”. Al mediodía del sábado, el festejo continuó con un repique general de todas las campanas de la villa, que se intercaló con la música de cuatro clarines desde la torre de la Iglesia de la Compañía, “con que todos se alborozaron (...) y fue de mayor consuelo esto porque nadie sabía esta prevención traída de fuera”. El festejo estaba siendo muy semejante al que por aquel entonces estaban celebrando los franciscanos de Ronda, como homenaje a sus propios mártires: “Déseles toda la suma honra que merecen sus obras, déseles a nuestros gloriosísimos Sanctos toda la gloria, fi esta y honra, que oy vemos asistiendo los dos ilustrísimos Cabildos a celebrar este día con sus asistencia, como lo hazen; vengan las Religiones todas, y honren esta fi esta, haziendo junto con el Clero una tan illustre Processión como se a hecho, repíquense las campanas, y a su estruendo y música suenen las herraduras de los cavallos en sus carreras, juegos, y alcanzias”6. 5 “Relación de la fiesta que la Compañía de Jesús de Carmona hizo a los tres mártires que el Papa Urbano VIII puso en el número de los santos este año de mil y seiscientos y veintiocho”. British Library, Londres. Aditional Ms. 20.915, Fols. 559-563. 6 TORRES, Fray Pedro de. Sermon predicado en el convento de San Francisco de la ciudad de Ronda, en la solemnissima fiesta que hizieron a sus veynte y tres Sanctos Martyres del Iapon, Domingo despues de la Circuncision, y dia octauo de S. Esteuan. Sevilla. Pedro Gómez de Pastrana, 1628, fols. 57-58. Festejos por la canonización de los Mártires del Japón. Carmona, escena de los jesuitas 487 Durante la noche se hizo una mascarada con gran lustre, donde concurrieron ciento cinco personajes que desfi laron por las principales calles. El cortejo comenzó con una persona vestida a lo “ridículo” tocando los atabales, seguido de cuatro músicos en mula con clarines. Estos precedían a cuatro cuadrillas de portugueses que llevaban el estandarte, comendadores, turcos que simbolizaban “las gentes con quien San Francisco Javier trató antes de entrar en Japón y China”. La última cuadrilla era la de japoneses, convertidos por el santo, “a quien el apóstol seguía en carro triunfal excelentemente aderezado con ángeles a los lados y música dentro de instrumentos y voces”. Después de este carro seguía otra cuadrilla de japoneses rebeldes, y a continuación los reyes de Japón con su emperador Taycosama rodeado de alabarderos. Detrás de estos, venía la Iglesia representada por clérigos, obispos y cardenales, precediendo a una cuadrilla de ángeles que llevaban los instrumentos de martirio con que los santos jesuitas fueron martirizados. El cortejo continuaba con las chirimías de Carmona. Y, por último, el carro triunfal que llevaba las imágenes de los tres mártires “muy bien aderezados”, con ángeles y música de voces e instrumentos. El cortejo concluía con el corregidor y los nobles de la villa, que portaban el estandarte del Nombre de Jesús que el señor don Tomás Mata y Linares, hijo del señor corregidor llevó acompañado de algunas varas de justicia y de muchos nobles de esta villa, con ricos vestidos y a caballo, ricamente enjaezado. El señor don Tomás hizo grande ostentación y mostró mucha gravedad en la acción que ejercitó. La mascarada pasó por delante del colegio jesuita y se encaminó desde allí a Santa Catalina, descendiendo por el arrabal hasta llegar al Convento de la Concepción, que habían colaborado en la fi esta con los jesuitas. Desde allí, el cortejo se encaminó hasta la plaza de la villa “donde entró con gran bizarría, despacio y con buen orden, donde dio dos vueltas con mucha majestad con que la villa toda se alegró muy mucho haciendo grande aplauso desde las torres, azoteas, terrazas, ventanas, balcones, tiendas y con tanto extremo que era notable cosa, y fuera de la nobleza que concurrió, y fuera de los mercaderes y ofi ciales, hubo tantos de pardillo en la plaza y por todas las calles, que parece que no quedó pastor en la dehesa, ni porquerizo en las zahurdas, ni gañán en la vesana, ni casero en el acarafe, ni boyero en los cortijos, ni manadero en el hato, ni vaquero en la montaña, ni cabrerizo en la sierra, ni ropero en la cabaña, ni molinero en Corbones, ni zagalero en la Vega, ni que[-roto] en los montes y sotos que no concurriese a la celebridad de los gloriosos mártires san Diego, san Pablo y san Juan y era gusto oírles las discreciones que decían y alcaldadas que daban sobre la fi esta y algunos se les caía la baba mirando a los de la máscara como si fuera cosa de la otra vida; y de cuando en cuando daban un pellizco a la hogaza que algunos traían debajo del brazo y no tenían empacho de comer delante de tanto número de gentes”. Después de dos vueltas, la máscara recorrió las calles del Orden, Santa Clara y Santiago, para volver de nuevo a la plaza, “donde se jugó a la sortija y hubo caracol y carrera que duró más de una hora, tocando ya las trompetas, ya las chirimías y a veces los instrumentos que iban en los carros de arpas, guitarras, violines, etcétera, todo era alegría, gusto, fi esta, regocijo, contento y gozo. De suerte que ha muchos Luis Méndez Rodríguez 488 años que Carmona no ha tenido día más festivo ni de mayor entretenimiento”. Una vez que se acabaron estos juegos, la máscara de tropa se retiró al colegio jesuita, donde se dejaron el estandarte y los carros, juntándose en cuadrillas los integrantes del cortejo, quienes continuaron alegres recorriendo la villa. A las pocas horas, comenzaron los fuegos artifi ciales. Para ello, se adornó la torre de la iglesia de San Teodomiro “con luminarias, faroles y cazuelas que daban muy copiosa luz”, quedando en el campanario los cuatro clarines que alternaban su música con el repique de las campanas. En la plaza, frente a la iglesia, se colocaron también más de diez palos sobre los que se pusieron cazuelas “para que diesen luz a todo aquel hemisferio”. En la plaza se dispuso además un árbol artifi cial de arrayán, romero y mirto, de la altura del templo. Este árbol tenía muchas invenciones de fuego, ruedas, voladuras, minas, contraminas, bombas y cohetes de obra: “En las esquinas de la barrera se pusieron dos ruedas, y en medio de la plazoleta cuerda comenzaron los cohetes en número, juntamente con toque de chirimías que se habían quedado abajo; a veces eran de trueno, a veces eran de lamparillas y a veces tan ligeros que se hacían vecinos a las estrellas”. A estos fuegos les siguieron “los de la cuerda, luego las ruedas y últimamente el árbol que cierto fue de ver, no sabré yo explicar el gusto que había por que la alegría era común a todos, el estruendo de los muchachos era notable: los silbidos, voces, ruido, marabunta, y más si algún cohete se pegaba a los mostachos de algún patán, o sotanilla de estudiante, manto o cabellera de alguna dama, o ferreruelo de algún galán, mantellina de alguna negra.... allí era la risa, allí era el algazara, allí era el patear, y consuelo mayor que los rapacillos tenían”. La fortuna de esta fi esta dependía en gran medida de la decoración de los principales edifi cios, que iban desde la iluminación del cabildo desde sus ventanas y balcones, hasta la construcción de un árbol artifi cial, frente a la Compañía, compuesto de mirto, romero y arrayán, y que casi igualaba la altura de su torre. Pero sin duda el esplendor se concentraba en el interior de la Iglesia de San Teodomiro. Para la fi esta, los jesuitas no sólo adornaron los muros de las naves con seda y bordados, sino que también aderezaron los tres altares “permanentes” que por entonces se encontraban en la iglesia. Junto estos se ejecutaron otros, siendo el principal y de mayor tamaño el dedicado a la “Reina del Cielo”, cuyas dimensiones eran de “siete varas de largo, y mas de dos y media de ancho”. Según el autor de este memorial, dicho altar tenía “mucho que ver en el, cuyo arreo, pintura y ornato no me atreveré a decir, sin confusión mía, porque querer yo poner mi lengua en pensamiento tan alto será manifi esto agravio. Con todo eso para cumplir con mi deseo que es de servir a V.I. haré aquí un rasguño y malformadas líneas al modo que los noveles aprendices lo hacen cuando al principio les instruyen en el arte”. El altar se dedicaba a los tres mártires jesuitas, “crucifi cados y alanceados en tres cruces de a çinco varas en alto debaxo de dosel ricamente adereçados con vestidos de terciopelo bordados, estaban encima de cada uno un ángel bellísimo que baxaba del cielo con corona y palma, por premio Iesu trofeo”. Los mártires llevaban el siguiente letrero: “Aestimate sumus sicut oves iccissiones”. Su iconografía era similar a cómo se Festejos por la canonización de los Mártires del Japón. Carmona, escena de los jesuitas 489 representaban a los mártires franciscanos que fueron crucifi cados y alanceados junto a San Pablo Miki, San Diego Kisau y San Diego Goto. En este sentido, sabemos que de esta forma salieron en otras fi estas celebradas en Andalucía, caso por ejemplo de las celebradas en 1628 en el convento franciscano de Ronda, cuyo texto se publicó en Sevilla. Así, sabemos que los santos salieron en procesión: “van al vivo retratados, / Como el tirano los llevó al suplicio, / A las robustas Cruzes enclavados, / Mansos corderos, duro el sacrifi cio: / De unas fornidas lanças van passados, / y vestidos de un áspero cilicio, / Detrás Francisco, y el Guzmán hispano, / Contento va del triumpho del hermano” 7. La vigencia de esta iconografía fue extensa, pues todavía a fi nales del siglo XVIII se les representaba de esta forma, como se puede ver en la estampa de los Protomártires del Japón diseñada por el pintor José Camarón, y grabada por Manuel Peleguer y Tossar en Valencia en 1794 (Fig. 3). No obstante, otras veces las fi guras de los mártires han llegado hasta nosotros como esculturas de vestir, que en su momento, ostentarían los símbolos de su martirio. Es el caso por ejemplo de las tres esculturas que se vinculan con la celebración que se hizo en el Colegio de la Compañía de Jesús de Sevilla, donde se han conservado tres imágenes de vestir que representan a San Pablo Miki, San Juan Goto y San Diego Kisai, atribuidas durante algún tiempo tanto a Juan Martínez Montañés como a Juan de Mesa. Estas obras se conservan en la actualidad en el Museo hispalense de Bellas Artes, donde llegaron procedentes de la Casa Profesa de los Jesuitas de Sevilla a través de la colección González Abreu de 1928. Volviendo al gran altar levantado en la iglesia de San Teodomiro de Carmona, el proyecto se debía a la diligencia que había puesto el Sr. Juan Ramírez, a quien se le nombra como “los pies y manos de este colegio, no perderá su galardón que por buen señor lo ha hecho, y más por el buen exemplo que nos ha dado mirando siempre por la edifi cación”. Este altar tenía un buen conjunto de fi guras, hasta llegar a diecisiete personajes que se repartían por su estructura. De todos ellos, debemos destacar a San Francisco Javier, ubicado en uno de los lados. Iba vestido con una túnica bordada y tenía la idolatría y algunos ídolos a sus pies. La idolatría se representaba como un monstruo deforme, al cual el santo tenía atravesada su garganta con una espada y presa con una cadena, que a su vez ofrecía a la fi gura de la Iglesia militante. Dicha escultura estaba a su lado, representada en pie y ataviada con una armadura. A sus pies sobre un bufete de plata se encontraba la tiara pontifi cal, las llaves de San Pedro y un libro con siete sellos de oro. Para que mejor se comprendiese el discurso jesuita, san Francisco Javier tenía el siguiente letrero: “vidi mulierem sedentem superbestiam habentem capisa septem ebriam de sanguine martyrum Iesu”, junto con otro cartel en la garganta del monstruo que decía: “gladiusi quid est verbum dei”. Por su parte, la Idolatría tenía esta quintilla: “Si quieres saber quien soy: Soy la idolatria infi el: que presa a la iglesia boy: por el apóstol Xavier: a quien ya rendida estoy”. 7 TORRES, Fray Pedro de. Sermon predicado en el convento de San Francisco de la ciudad de Ronda, en la solemnissima fiesta que hizieron a sus veynte y tres Sanctos Martyres del Iapon, Domingo despues de la Circuncision, y dia octauo de S. Esteuan. Sevilla. Pedro Gómez de Pastrana, 1628, fol. 15. Luis Méndez Rodríguez 490 Frontero a San Francisco, se había dispuesto a San Ignacio con un vestido también bordado, portando una cruz en la mano derecha con tres claveles que ofrecía a la Iglesia triunfante que estaba sentada en silla de majestad, “con tan lindo adereço, gravedad, majestad, devoción, y hermosura que cautivaba a todos quantos la miraban, en orden a amar la virtud y aborrecer el pecado”. San Ignacio tenía una cartela con el siguiente poema: “Me [madre] mía iglesia santa Del xardín que yo cultibo Ofrezco estos tres clabeles En su púrpura tenidos. Es primicia de los muchos Que por bos an padecido En varias partes del orbe Con martirios exquisitos. Y quando el pastor de Roma Es sustituto de Cristo Quisiere yo le daré Otros ciento y veinticinco. Y demás desto le ofrezco Un ramillete de lirios Que adornan este vergel Que yo planté para Cristo”. A los pies se encontraba la Iglesia triunfante, con un letrero que decía: “ecce rosa in quibq. Gaudio un plebo fi lios suos”. Dispuestos sobre un bufete de plata, estaban dos ángeles que abrazaban una hermosa corona con varias palmas que llevaban el título de: “non coro nabitus nisi qui legitime carta veris”. Por otra parte, la mano izquierda de S. Ignacio sujetaba otra cartela, cuyo texto estaba referido a los tres mártires jesuitas del Japón: “fi lis sicut socii passionum estiis sic eritis et curso lationis”. En uno de los lados del altar se había dispuesto la fi gura del emperador Taycosama, quien iba acompañado por dos personajes “rica y gravemente adereçados a la usança del Xapón, enbrabeçiéndose contra los mártires y mirándoles de mala guisa”. Del emperador colgaba el siguiente letrero que hablaba en contra suya: “i nos insensato vitam illores estimabamus insaniam, ecce quo modo computati sunt inter fi lios dei”. En un extremo del altar había un pobre muy mísero, “que si ubieramos de hacer un tanto monta de los parches de la cabeza, menxurges de las papadas, trapillos de las heridas, envoltorios de la pierna, pudre de las llagas, hilachas de los fuertes remiendos de la capa, chafallos de los calzones, lacería de la persona, de la calabaça para baco escudilla para brodio, bordón para arrimo, con los demás harapos que en sí tenía era menester si en este otro pliego de papel, este representaba en este acto la pobreça del xaponés quando no conocía al verdadero dios”. Por si la imagen no era lo sufi cientemente explícita, se acompañaba del siguiente letrero: Festejos por la canonización de los Mártires del Japón. Carmona, escena de los jesuitas 491 “La pobreça del Xapon Representa mi miseria Quantos dioses adoraba Y los hacía reverencia . Pero después que la luz Deshiço tantas tinieblas Se mexoraron los reinos Como estos mártires representan. Todo se debe a Xavier Pues la plantó tan de veras Que la fe no faltará Aun que falte çielo y tierra”. Fue quizás este altar el mejor de cuantos se levantaron con motivo de la beatifi cación de los mártires del Japón. De hecho, algún padre compuso un soneto con el que pretendía resumir la idea principal de su iconografía: “Los que en las cruces miras levantados Soldados son de aquesta compañía Que ostentan el morir con gallardía Con que alcanzan el nombre de cruçados. A los protervos vanos y arriscados Vencida ya la inculta idolatría Xavier postrada tiene con porfía Y a la iglesia guerrera los da atados. A la iglesia que triunfa tan ufana Con sangre tan ilustre Ignacio ofrece Estas tres rosas o mexor clabeles. Puestos en cruz que siempre triunfos gana De berlos Taycosama se enbrabeçe I los ministros todos infi eles Repiten O nobeles Que al fi n vençido aveis mi braço fuerte Vida os darán y a mí tormento y muerte”. El resto de la Iglesia quedó adornada primorosamente con otros diez y seis altares. El programa iconográfi co se completaba con la instalación de sesenta cuadros, realizados para dicho festejo, cuya calidad, hiperbólicamente, se defi nía como no “inferior a la de Apeles”. De todos ellos destacó un cuadro de los tres mártires, rodeados de bordados y penachos de varios colores en el frontispicio del altar mayor. El resto de los cuadros se repartió de dos en dos por la iglesia, en correspondencia unos de otros. Cada lienzo