Como los ángeles, con ojo furtivo [Reseña]
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Fed o, Re is a de Es é ica y Teo ía de las A es. Núme o 14, ene o de 2015. ISSN 1697- 8072
RESEÑAS
Como los ángeles, con ojo u i o
po Fede ico L. Sil es e
«Los alo es d amá icos de la aíz se
condensan en es a única con adicción: la aíz
es el mue o i o».
Gas on Bachela d
Reseña del lib o de Albe o Ruiz de Samaniego: Se y no se . Figu as en el dominio
de lo espec al, Edi o ial Mic omegas, Mu cia, 2013, 223 pp.
Es cosa sabida que el diaman e en su du eza pe manece, mien as la ida en su
lige eza camina hacia el p ecipicio en el que pe ece. De modo análogo, el Se es lo
e e no y necesa io, y el no se lo an alible que ine e suspi a en la nada. Aho a bien,
llegados ahí ¿se acaba? Con el es ilo impecable que le ha alido p emios y me ecida
ama, el au o de Se y no se lo niega, apos ando como De ida y Rosse po la
ma e ialidad de los inco po ales. ¿De qué nos habla? O, ¿qué nos es á con ando? Lo que
nos cuen a es que, como el Se siemp e quie e pe manece , en e el Se y el no se
eme ge algo ex año, siendo el doble an asmal lo que ahí se halla. La adición
na u alis a epi ió has a la saciedad que sob e eso me a ísico solo cabía especula y,
en e a la misma, la iloso ía clásica dedujo de lo caduco del mundo la misma al a de
ealidad. Pues bien, aun colocándose muy lejos del pla ónico én asis en lo esencial,
buena pa e del pensamien o con empo áneo occiden al ha insis ido en que el homb e
i e en un espacio in e s icial que no es ni eal ni i ual. Del mismo modo, Ruiz de
Samaniego no epi e los ópicos miedos polí icos que susci a lo simulac al, sino que
apun a con acie o que el i o nello del espec o eclipsa la is e exis encia de la ca ne en
su pa é ica caducidad. Más eales que la ealidad misma, lo que con su lib o nos enseña
el es e a es que los espec os ienen ue za y suponen a la exis encia g an ejemplo de
insis encia, siendo cosa sabida que nos sob e i i án. Luego, los lími es en e lo que
Lacan llamó lo Real y lo imagina io an asmal se diluyen en una esis gene al: que la
ep esen ación nace siemp e en esa misma uen e espec al. G an pa e de la na a i a –
como los clásicos cuen os–, pa a ol ida la mue e, y las a es igu a i as –piénsese en
el kou os–, pa a ela a los inados. Len amen e, 1inoculándole peso al más allá,
Samaniego pe ila oda esa es é ica pe sonal –léase an es Belleza del o o mundo– que
en las p ime as cien páginas de Se y no se coque ea con la me a ísica. Aho a bien, de
acue do con los obje i os de la emp esa, sus pa adójicos apun es de on ología sin
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esencia se u ilizan pa a sen a las bases de una cu iosa enomenología de la c eación
acompañada de o a su il psicología del c eado . Al espec o, ¿acaso no des aca el a is a
po su endencia a negocia con su somb a u o o yo?
Pa iendo de unos depu ados conocimien os sob e a e, iloso ía y li e a u a
con empo áneos, Samaniego lo con i ma y nos ayuda a en ende lo deslizándonos en e
mil ejemplos po ese sigiloso mundo de espec os que suplan a la ca ne de los
ma e ialismos mode nos. Tiene azón el au o cuando a i ma que el poe a cons ui á con
palab as un mundo pa alelo pues, dejando a un lado a Blancho , ya an es que Lacan y
F eud, Nie zsche había insis ido en cómo el lenguaje c eaba o o yo. También el
dague o ipo y la o og a ía da án nue a ida a los «se es espec ales que ci culan en e
noso os». Sea como ue e, en e las más elabo adas mani es aciones de nues a cul u a,
es el cine como « ecnología de espec os» el « eino pu o de los inco po ales» y el medio
más conscien e del desdoblamien o. Como nos ecue da, pocos saben que «la compañía
Wa ne comienza su exhibición de películas u ilizando sillas p es adas de una une a ia
ecina». Mien as, un umo suena de ondo, ese que nos in o ma de que no solo
hablamos de a e y de que nues o Yo además de débil solo es me o es igo de nues a
g an somb a y de sus desmanes. Descendiendo en amplios cí culos, Samaniego nos guía
a las más oscu as simas del inconscien e donde descub imos en el desdoblamien o el
d amá ico o igen de nues o p eca io mundo de espejos. Dios ha mue o y an e su al a
¿nada? No exac amen e: «Mue o Él, ya no ci culan más que an asmas», aga in ini o
de espec os que hablan.
Po momen os nos in ade una sensación ex aña, pues lo sinies o se uel e
con o able y cual Gollum en la ca e na insondable nos sen imos desdoblados como en
casa. Y, si ya ap eciamos la somb a, ¿po qué no cedemos del odo y nos ado mecemos
con su oz cla a? ¿No pod ía cons ui la insis encia del e é eo doble un nue o cen o
más sólido que el de la ca ne mag a? An iguo espacio insegu o de ilusión, el i o nello
del an asma pod ía con e i lo i ual en algo dis in o a la nada. Ya He ácli o sos u o
que solo «lo que se opone a sí mismo es lo que es á en a monía consigo mismo»
(F agmen o 51). A lo que Lacan añadi á una so p enden e eo ía sob e la pa anoia: que
sus O os manipulado es ep esen an, más que la en e medad, la «au ocu a». Los
a is as, a menudo, cons i uyen ma a illosos ejemplos de desas es humanos que
cons uyen una sólida iden idad en sus ob as, y un inespe ado Smi hson apela a la
necesidad de limes en el a e en una de sus en e is as. Siendo así, ¿po qué no acep a
la pa adójica «iden idad» que eme ge cuando se sucumbe a la Somb a? Pues po que la
ama de Se y no se no lo pe mi e. Como en un e ible auma, palab as y o og amas
nos hacen más eales que la e íme a ca ne pe o sin deja de eco da nos que i imos
en e un psicó ico osa io de espejismos an asmales en el que écnicas, piezas y a is as
con e gen en el «caosmos» olá il. Y, sub ayando la comunidad de los inco po ales,
esqui amos esos asgos di e enciales de un conjun o de ob as que, po ejemplo, en
Ka ka se ace can a lo iden i icable. Al espec o, el sín oma que Samaniego sub aya pa a
ca ac e iza a los maes os de lo espec al no pa ece asun o apa e. Tal como explica, la
«heau oscopia» es un asomo de esquizo enia que implica que el pacien e, no solo se
sien e desdoblado, sino que pe cibe su Yo como algo insigni ican e en e a su p opia
Sachen [somb a]. Así is o, el desdoblamien o siemp e es el p incipio de esa ausencia y
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esa «melancólica a alidad» que solo da p eca ios u os en esos mundos de espec os
que son el cine, la li e a u a y el a e.
Después de cien inquie an es y cau i ado as páginas en las que ap endemos a
islumb a la mue e as las bambalinas de oda ep esen ación, Samaniego desemboca
en una se ie de es capí ulos sob e o óg a os, c í icos y a is as que concibie on sus
ob as desde la misma in uición. Lo hace con conocimien o, es o es, pa iendo de igu as
singula es que ha es udiado a lo la go de una ca e a plagada de exposiciones y
bienales, así como con no able alen o, a ojando luz sob e Casabe e con Heidegge ,
sob e Molde con Pessoa o sob e Smi hson con Benjamin. El p ime o de esos capí ulos
lo dedica a las «mo adas de eclusión» de James Casabe e. A is a y o óg a o
no eame icano que se hizo amoso po denuncia eladamen e los pode es ep eso es
pa iendo de la suge encia y enunciando al o ope iodismo po nog á ico, Se y no se
mues a del no eame icano una endencia ascenden al que lo con ie e en compañe o
de iaje de mís icos y a ibulados. No se a a solo de que, en las o mas de se ies como
Asylum, se encuen en pa alelismos con los espi i uales espacios de la pin u a de F a
Angelico. Es que ambién en sus signi icados pa ece ac ualiza se la olun a ia y
con adic o ia eclusión de odos aquellos que, como S. Juan de la C uz o Dos oie ski,
pe ciben la soledad angos a con una mezcla de a ición y culpa, como p opia disolución
y p incipio de cu a. La misma desapegada desnudez cues ionando cualquie iden idad es
lo que se espi a al lee el capí ulo ace ca del a is a po ugués Jo ge Molde . Los
pá a os que le dedica e oman el ema del desdoblamien o y ecue dan de a ios modos
la e imología de la palab a «pe sona». Como es sabido, el é mino p ocede del la ín
«pe sona» y del g iego «προσωπον», y en ambas lenguas signi icaba «papel ea al» o
«másca a de ac o ». Pues bien, de acue do con esa e imología, lo que Samaniego
comen a de los au o e a os de Molde es que, a ue za de enmasca a se, es os
« uncionan a modo de una despedida de cualquie segu idad, p opiedad o undamen o
sob e sí mismo» que nos a ec a a odos. Luego, as ese co o paseo po la exis encia
esquizoide, Se y no se desemboca en el manido ema de las uinas. Pe o la
o iginalidad aquí no solo es iba en el modo que iene su au o de compone con
Pi anesi, Benjamin o Smi hson esa « amilia» que con empla el espejismo p esen e como
uina, sino en la hones a decla ación con que a i ma que al complacencia en el
de umbe «se ía el eso e de la p ác ica misma del his o iado y del c í ico».
F en e a los mismos, Samaniego apun a con azón que el neu ó ico a qui ec o
clasicis a ep ime los miedos del inconscien e y solo mi a al u u o a ando de ol ida
la caducidad de las cosas. Y c eo yo que a eso pod ía añadi se que no solo se a a del
Renacimien o. En el ondo, los alo es ul ap og esis as que cues ionan odo lo pasado
y p ohiben lo aná ico, ambién in o man nues a polí ica y la men alidad cien í ica de
nues o iempo, uncionando la « amilia» de Samaniego como un compensado ejé ci o
de his o iado es y a is as que esponde con psicosis y espec ales pa anoias a las muy
ex endidas neu osis ac uales. Al in y al cabo, ¿no se sa is acen con sus an asmas las
nos álgicas demandas de aquel A iès que sos u o que en el p esen e habíamos
«des e ado a la mue e»? Así, no cabe duda de que Se y no se a i ma la mo bidez, la
en opía y la pos umidad como ca ego ías cen ales del a e y de la exis encia, como
ampoco cabe duda de que, an e la ei e ación, los hab á que lo conside en decaden e.
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Pe o lo cie o es que si se a a de hace balance sob e buena pa e de las a es ac uales
la esis es álida, esul ando además necesa ia y alien e en es e e i o io enemigo de la
mue e que habi amos en el p esen e. De hecho, en e a los muy ex endidos miedos
ep esi os y neu ó icos, hab ía que insis i en que cuando las pe sonas hablamos de la
mue e a menudo hablamos de la ida. De ahí, el alo que le concedía Bachela d a la
pa adoja de la aíz. «La aíz –decía– es el mue o i o» de esa ida sub e ánea
ín imamen e sen ida y de esa mue e ol idada pe o p o undamen e ap ehendida. Del
mismo modo, al como apun a Samaniego nada eclama más la ida que la insis encia
an asma.
Valo especial, de pied a de oque, iene pa a acaba el úl imo capí ulo del
abajo. Se a a de comp oba , con la ayuda de esa c ia u a enida del silencio que ue
Kaspa Hause , has a qué pun o los espí i us i en en noso os. Jo en apa ecido en
1828 en Nu embe g, la his o ia de es e pob e alemán suele se eco dada pa a a a el
p oblema de la elación en e el se y la palab a. Al cuidado de A. on Feue bach, es e
es ableció el pasado enclaus ado del niño en absolu a soledad y sin con ac o alguno con
humanos, su pésima alimen ación y su posible o igen nobilia io. De hecho, eniendo
Hause unos dieciséis años, no sabía habla po que no se le había enseñado. Luego
ap ende ía las palab as, pe o su pasado lo deja ía incomple o al usa las a ojando su
sinies a biog a ía mo ecina luz sob e una esis cla e: «que lejos del lenguaje acaso no
somos humanos». Po que el jo en nunca cap o el p o undo «sen ido» de las ases,
ap endió a balbucea las y a señala , pe o no a ado na las de emoción, siendo is e
ejemplo de un «suje o sin yo», sin ese «sí mismo» que se o ma cuando a lo la go de la
in ancia nos educa alguien que con su ac o, su mi ada y su palab a nos enseña a
« econoce nos». Aho a bien, ¿po qué debe ía esul a es o impo an e pa a el ema del
espec o? Po que con Hause descub imos en nega i o que, en ese p oceso o ma i o
que nos uel e an sen idos, se o ja sigilosamen e el cu ioso uni e sal desdoblamien o
en e un «yo» lingüís ico emo i o y el «o o» que se ocul a an e el e lejo. Dos ca as de
la misma moneda: si Hause no enía «yo», ca ecía ambién de espec os.
Ve dad que el én asis con que Samaniego equipa a ausencia de yo y ausencia de
palab a pod ía se mo i o de un in ini o deba e inal sob e el luga en el que con iene
coloca se pa a empeza a habla del es adio del espejo de Lacan –al espec o, léase a
Dol o–. Pe o, desbo dando al asun o el espacio de una simple eseña, cabe deja eso
pa a o o momen o usando el que es a pa a a a o o aspec o. Me e ie o a aquel que
eme ge al compa a el « ono» de g andes ana ólogos como Rosse o Deleuze con el de
Se y no se . Con oz in eligen e de gen e que no cie a los ojos y comp ende, an o
Samaniego como los anceses hablan de la mue e y de la necesidad de ene la
p esen e. Así pues, ¿en qué me pa ece que, po momen os, di ie en? Pensando en la
película de M. Shyamalan, pod íamos llama «sínd ome del sex o sen ido» a aquel que
a ec a a las pe sonas que, no solo es án dispues as a habla de y a acep a la mue e, sino
que p e ie en habla con an asmas an es que con colegas p esen es. Lo cie o es que
odos los que habi amos en e lib os padecemos es e sínd ome. Sin emba go, no hace
al a se psicólogo pa a en ende que, cons i uyendo una p eciosa me á o a sob e la
e dade a mili ancia a a o de las le as y las a es, semejan e sus i ución de la neu osis
i alis a po la psicosis aná ica iene sus lími es pa a la ida. El ascinan e canon que
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p esen a Samaniego nos coloca necesa iamen e y desde el comienzo en ese mundo de
espec os an impo an e pa a ap ende a alo a el papel del a e en el mundo
con empo áneo. Las ob as en que se demo a nacen pa a ace ca los o man ene los a
lo e. Aho a bien, las p egun as nada capciosas que en e lib os-amigos de homb es ya
mue os me hago son las siguien es. P ime a, ¿es siemp e el a e aná ico a alis a y
melancólico? Al conside a las soledades de Casabe e «pu i icado as», has a Samaniego
pa ece duda lo. De hecho, un ex o poco conocido de Deleuze i ulado «Ren e se le
Pla onisme» exigía apos a po los a is as, los an asmas y los simulac os pe o, en e a
cualquie egus o nos álgico, eco daba que esa apues a po el ondo i ual debía se
en endida en cla e nie zscheana, no como nihilis a deposición de las a mas an e el
inminen e inal, sino «como acon ecimien o posi i o y gozoso» po que «en el e e no
e o no es donde se decide la in e sión de los iconos o la sub e sión del mundo
ep esen a i o». La p egun a, en onces, que plan eo es la siguien e: ¿no implica la ase
la ina Fia a s, pe ea mundus la acep ación de la caó ica mue e como gozosa po encia
a i ma i a que con iene ambién mucha ida y pone a buen ecaudo la huída y la
melancolía? Y, segunda cues ión, pa iendo de que esa idea del a e en conni encia con
la mue e nos coloca en un espacio de Reales y singula es p esencias que desbo dan las
ep esen aciones, ¿son siemp e las a es espec ales? Es deci , ¿no hay en el aná ico
caos que p o ocan mucha singula idad y en el juego de lo aza oso que las inci a algo
Real? Al espec o, has a Rosse eco dó (en El obje o singula ) que cuando
inespe adamen e lo Real asoma as el Doble es uen e de e o y d ama, pe o ambién
de cie a con adic o ia emb iaguez dionisíaca pues, como es sabido, «lo ágico de la
mue e eside menos en su p opio hecho que en la e icencia de odos los que mue en».
Po an o, ¿no cabe conside a el «ins in o de mue e» como o o nomb e del «cue po
sin ó ganos» y del muy i al «e e no e o no» de la di e encia? Ni que deci iene que
solo los buenos lib os pueden susci a an as p egun as y en un país paupé imo –en el
que caspa e hipe especialismo des uyen cualquie apues a de al os uelos– los de
Samaniego se cuen an en e ellos.
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