scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Un arte de lo horrible: Intervención fenomenológica sobre lo horrible sin el horror, o sobre arte y distancia

Moreno Márquez, César

Abstract

Partiendo del comentario del film Henry. Retrato de un asesino (J. McNaughton, 1986), el artículo da a pensar la posibilidad de reivindicar, en el horizonte de un arte de lo horrible, la experiencia de sentido de lo horrible evitando supeditar dicha experiencia al horror como efecto psíquico. En la medida en que ello sea posible, la expresión artística de lo horrible quedará no sólo justificada (de cara al consumo más o menos fácil y masivo), sino revalorada/revalorizada, pues aun sin la descarga psíquica, el arte brinda la posibilidad de un acceso meditativo a lo horrible, sin que confundamos psicologistamente el motivo (lo horrible) con el efecto (el horror) ni caigamos en una mera estetización de lo horrible (que no lo tomaría suficientemente en serio).

Full text

UN ARTE DE LO HORRIBLE INTERVENCIÓN FENOMENOLÓGICA SOBRE LO HORRIBLE SIN EL HORROR, O SOBRE ARTE Y DISTANCIA César Moreno-Márquez Universidad de Sevilla Resumen: Partiendo del comentario del film Henry. Retrato de un asesino (J. McNaughton, 1986), el artículo da a pensar la posibilidad de reivindicar, en el horizonte de un arte de lo horrible, la experiencia de sentido de lo horrible evitando supeditar dicha experiencia al horror como efecto psíquico. En la medida en que ello sea posible, la expresión artística de lo horrible quedará no sólo justificada (de cara al consumo más o menos fácil y masivo), sino revalorada/revalorizada, pues aun sin la descarga psíquica, el arte brinda la posibilidad de un acceso meditativo a lo horrible, sin que confundamos psicologistamente el motivo (lo horrible) con el efecto (el horror) ni caigamos en una mera estetización de lo horrible (que no lo tomaría suficientemente en serio). Palabras clave: Arte, horrible, horror, fenomenología, psicologismo, distancia Abstract: Taking a review of the film Henry: Portrait of a Serial Killer (J. McNaughton, 1986) as starting point, this paper aims to think about the possibility of claiming the experience of meaning of horrible on the horizon of an art of the horrible, avoiding to subordinate such experience to horror as a psychic effect. insofar as it is possible, the artistic expression of the horrible will stay not only justified (with a view to a more or less easy and massive consumption), but also revalued, Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 87 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 since the art offers the possibility of a meditative access to horrible, even without the psychic shock, and without the confusion (i.e., without the psychologization) of the horrible as cause with the horror as effect, neither falling in a mere aestheticization of the horrible (that would not take it seriously enough). Keywords: Art, horrible, horror, phenomenology, psychologism, distance I No me resultaría fácil pensar en torno a las expresiones artísticas del horror sin dejar de traer a mi memoria un episodio de mi vida como espectador que quizás pueda ponernos en antecedentes, al menos a título anecdótico, acerca de lo que en esta contribución quisiera indagar, relativo a la diferencia activa que puede surgir –si fuese al caso (la diferencia pasiva de suyo ya se da)- entre lo horrible como motivo y el propio horror como respuesta psíquica a lo horrible, pues dicha diferencia me parece de significativa relevancia de cara a la justificación crítica de la expresión artística del horror o, casi como preferiría decir (según intentaré mostrar), de la expresión artística de lo horrible. Cartel anunciador de Henry. Portrait of a Serial Killer (1986) 88 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 En el episodio/anécdota a que me refiero de inmediato quizás no se trataba del arte, sin más, como solemos entenderlo usualmente, sino del arte anti-arte. Debía ser allá por 1990, con ocasión del estreno en los Cines Alphaville de Madrid de un film que prometía ser interesante, de género policíaco. Me refiero a Henry. Portrait of a Serial Killer, film de muy bajo coste dirigido por John McNaughton en 1986. Si ya su estreno en EE.UU. fue demorado por problemas con la censura debido a su contenido violento, ni que decir tiene que, al menos a la altura de su año de estreno, Henry sorprendió a muchos, entre los que me contaba, en especial porque inesperadamente, sin estar advertido respecto a lo que cabía esperar, Henry viraba de la expectativa de “film policiaco” a casi “film de horror”. No recuerdo en qué momento exacto, pero habiéndose sobrepasado, a partir de ciertas situaciones, el punto crítico de soportabilidad de la trama, buena parte del público asistente –entre la que me encontrabacomenzó a abandonar la sala sin esperar a la conclusión del film. No sé si a fecha de hoy nuestra reacción habría sido la misma, pues la percepción horrorizada (horror) de lo horrible se transforma muy ostensiblemente según la circunstancia cultural y epocal, la edad, el estado de ánimo del momento, etc. El mismo relato o el mismo film pueden repercutir psicológicamente en nosotros de forma diversa, aun pudiéndose reconocer con facilidad la misma carga de sentido de lo horrible en un caso u otro. En buena medida, en los veinticinco años transcurridos, si algo puede decirse del espectador, en general, es que ha sido adiestrado en estar, como suele decirse, curado de espanto (por más que no sé si sería adecuado creer que se trata en verdad de una “cura”). Sin duda, lo que resultaba escandaloso y lacerante en el film no era sin más la cantidad de violencia, pero habría resultado demasiado complicado para la gestión de la censura argumentar que, en efecto, el problema se encontraba no ya o no sólo en el contenido (lo horripilante del tema: las vidas y asesinatos de dos serial killers), sino especialmente en la forma y estilo del film, que resultaba ser demasiado hiperreal, de modo que se impedía al espectador trascender o dialectizar el mal mostrado, fuese con la contraparte de las víctimas, de la policía o el típico detective, o al menos con algún propósito moral o artístico, con lo que lo horrible se incrementaba. Henry parecía desplazarse desde la ficción artística a la “realidad”. Ciertamente, en el film no aparecían (y en cierto momento los espectadores presentían con desasosiego que ya no iban a aparecer) ni figuración alguna de la “parte de bondad”, o al menos 89 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 algo parecido a la “ley y orden”, ni nada que recordase (siquiera a título de vanguardia) a “arte”… ni, especialmente –me gustaría insistir en ello-, distancia alguna. Todos estos “no” y “ni” convertían el relato fílmico en algo muy descarnado y brutal, formando una combinación demasiado perturbadora, justo en la medida en que el rechazo o la repulsión no encontraban compensaciones ni paliativos… La hiperrealidad estaba perfectamente lograda justamente como artefacto, del único modo en que es posible: a pesar de la brutalidad de algunas escenas, sin efectismo ni exotismo alguno 1 , alcanzando una verosimilitud rayana en lo insoportable 2 , hasta el punto de que uno comenzaba a dejar de sentirse “a salvo” en el in crescendo de la desazón. Uno de los momentos culminantes del film es cuando, casi en cumplimiento del efecto “teatro en el teatro” o “cine en el cine”, Henry y Otis se deleitan visionando sus crímenes, que previamente han filmado, siendo nosotros espectadores de tales crímenes justamente a través del mismo medio (video y televisión) que ellos utilizan, recordándonos indirectamente el director que si lo que ellos ven en la televisión es real, nosotros deberíamos tomar lo que vemos como real también –tal como lo ven ellos-, sin que, sin embargo, nosotros debiéramos complacernos, bajo pena de convertirnos en sus cómplices virtuales. No hay casi nada a lo que aferrarse en Henry. No es fácil saber si se trata de horror o de náusea… Nada parecido a sustos ni gritos desgarradores, ni puertas chirriantes ni ventanas entreabiertas, ni pasos en la oscuridad, ni seres de ultratumba, ni mansiones lóbregas, ni paisajes tétricos, ni tormentas a media noche, ni posesiones diabólicas, y muy pronto se nos olvida cualquier aspiración al arte o al argumento moral, donde quiera que pudiera encontrárselos… No hay trascendencia ni poética alguna, ni nada que recordase ni de lejos aquella divisa de una hipotética poética en Jean Genet, cuando éste decía, en su Diario del ladrón, que de lo que se trataba, en el relato de su vida, era de «dar a tan pobre 1 Piénsese, sólo a modo de ejemplo, en el uso de la cámara lenta en escenas muy violentas (por ejemplo, en Grupo salvaje, de Sam Peckinpah, de 1969), o en inequívocas estetizaciones del horror (por ejemplo, en la serie de TV American Horror Story). 2 Henry. Retrato de un asesino depende, por completo, de la perspectiva de los asesinos, no de las víctimas, que no suponen apoyo argumental alguno. Por ejemplo, la efectividad de La matanza de Texas (1974), por citar a un clásico, es muy importante, pero está realizada en gran medida desde la perspectiva de las víctimas, aparte de que el entorno es aunque pudiera haber sido realtraslada a la vida criminal misma de los protagonistas, desde ellos mismos. 90 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 apariencia un aspecto sublime» 3 . En general, no hay distancia, o ésta está reducida meramente a la que fuese capaz de interponer la conciencia del espectador, que, sin embargo se siente arrastrada por lo que parece estar “casiviviendo” en lo que la pantalla (tendente a cero) le muestra. Verdaderamente, en Henry todo es bajo, cotidiano, sórdido y absurdo. Quizás la única trascendencia estaba en el homenaje encubierto que rendimos al film quienes, horrorizados (aunque no fuese el nuestro un horror de aspavientos ni griterío, sino en verdad un compartido pseudo-horror-verdadero), abandonados la sala de proyección: un gesto honesto, después de todo, y lúcido, respecto a un film de horror –que lo haría triunfar como tal. Verdadera pedagogía del film, así pues: tomar lo horrible en serio debe provocar un horror en serio. Y sin embargo, ¿se los podría confundir?, ¿sería acaso posible lo horrible sin horror (psíquico)? ¿Significaría dicha posibilidad, de ser viable, no tomar lo horrible en serio? Aquella experiencia pudo concluir, hace veinticinco años, en desánimo o decepción ante la expectativa de una experiencia finalmente “gratificante” –a la que sin duda el público espectador adolescente o juvenil es especialmente proclive. Pero, en verdad, ¿cuánto había, cuánto habría habido de falso o al menos mistificador, en principio, en semejante expectativa? Sólo sería posible a cambio de conceder más relevancia al horror que lo horrible, y a un horror, digamos, “amable” a pesar de todo, y a cambio, por supuesto, de pseudo-olvidar que “se trata sólo de un film”. Por eso, en el juego ficcional, nos sumamos a aquel me desharé en lágrimas ante la ficción a que se refiere Lotman 4 …, en la medida en que en el horizonte de la empatía emocional funciona eficazmente lo real irreal(izado) tanto como lo irreal real(izado). En lugar, sin embargo, de permanecer en su neutralidad, nuestro psiquismo aprovecha para “jugar” a emocionarse, si bien reservamos celosamente en la recámara de nuestro 3 Genet, J., Diario del ladrón, Barcelona, Seix Barral, 1988, pp. 37-38. 4 Lotman, Y. Estructura del texto artístico, Barcelona, Itsmo, 1982, p. 89: «Propiedad importante del comportamiento artístico es el hecho de que el que lo practica realiza simultáneamente, por así decirlo, dos conductas: vive todas las emociones que suscitaría una situación práctica análoga y, al mismo tiempo, es claramente consciente de que no se deben llevar a cabo las acciones relacionadas con esta situación (por ejemplo, prestar ayuda al protagonista). La conducta artística supone la síntesis de lo práctico y de lo convencional. Examinemos el verso de Pushkin: Me desharé en lágrimas ante la ficción. Se trata de una brillante caracterización de la doble naturaleza del comportamiento artístico. Aparentemente, la conciencia de que nos hallamos ante una ficción debería excluir las lágrimas. O por el contrario: el sentimiento que suscita las lágrimas nos haría olvidar que nos encontramos ante una ficción. De hecho, ambos tipos opuestosde conducta existen de modo simultáneo ahondándose mutuamente» 91 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 subconsciente el saber que se-trata-de-ficción, de modo que esta distancia nos pone a salvo permitiéndonos, además, “horrorizarnos” con fruición. Sin embargo, al asistir a Henry parecía que uno comenzaba a sentirse atrapado, con lo que esa “defensa” –que es como una distanciade lo real irrealizado parecía quebrarse. II A fecha de hoy diría que, tratándose de lo horrible y del horror, la experiencia de la retirada o del desistimiento respondía honestamente, ante Henry, al contacto con la alteridad de lo horrible tal como y en la medida en que esa alteridad pudiera ser transmitida fílmicamente en la apertura de su propio sentido y a través de la emoción del horror. Despojado de efectismos, pobremente, el horror de Henry casi-realmente responde a lo horrible…, forma una unidad en la que la repercusión psico-emotiva se hace cargo verdaderamente de una situación horrible de desastre humano. Pero no siempre es así. Dijimos que Henry tiene toda la apariencia (nunca mejor dicho) de ser expresión eficaz de un arte anti-arte. La pregunta no se hace esperar: ¿y si se hubiese propuesto y realizado el trabajo fílmico como una mediación genuina y marcadamente artística? Habida cuenta de la progresiva y atenazante disminución de la distancia, que no pudo ser evitada por la consideración del film en cuanto film (a saber, por la distancia entre pantalla y patio de butacas), no se trata únicamente de que nos faltase más “estómago” para digerir ciertas imágenes y situaciones. En verdad nos faltó justamente arte y una tierra firme en la que sentirnos a salvo –simbólica y moralmente-, como el sabio de Lucrecio al contemplar un naufragio 5 , pudiendo esa tierra ser quizás el asidero virtual de la distancia del arte. Si confiásemos mucho en el poder del factor psíquico, diríamos que por fin un film se tomaba en serio lo horrible, 5 Lucrecio, De la naturaleza de las cosas (ed. a cargo de A. García Calvo), Madrid, Cátedra, 1983, vv. 1-22, p. 139): «Revolviendo los vientos las llanuras / del mar, es deleitable desde tierra / contemplar el trabajo grande de otro; / no porque dé contento y alegría / ver a otro trabajando, mas es grato / considerar los males que no tienes: / suave también es sin riesgo tuyo / mirar grandes ejércitos de guerra / en batalla ordenados por los campos: / pero nada hay más grato que ser dueño / de los templos excelsos guarnecidos / por el saber tranquilo de los sabios, / desde do puedas distinguir a otros / y ver cómo confusos se extravían / y buscan el camino de la vida». Cfr. Hans Blumenberg, Naufragio con espectador. Paradigma de una metáfora de la existencia, Madrid, Visor/La Balsa de la Medusa, 1995). 92 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 intensificando el horror de un modo no engañoso ni edulcorado, precisamente en la medida en que respondía a algo horrible sin recurrir a efectos ni a otra retórica que al poder de impacto de “lo real” intrafílmico, sin aderezos ni reelaboraciones formales, discursivas o argumentales. Como expresión de compromiso psíquico, el horror respondía perfectamente a la hondura hiperreal de lo horrible que el film transmite. Henry sería un ejemplo, en este sentido (lo decía hace un momento), de una suerte de anti-arte, o quizás cabría decir que se desenvolvía en el arte de un hiperrealismo anti-artístico…, de una artefactualidad que se niega a la apariencia de artisticidad, abandonando todo recurso (fenomenológico, hermenéutico, semiológico) que nos ayudara a sostener la mirada a lo horrible. III He aquí donde surge el problema del que quisiera que nos ocupásemos –y que me gustaría plantear, precisamente respecto a las expresiones artísticas de lo horrible. Preguntémonos, pues: si propiamente lo horrible fuese elaborado y expresado artísticamente, ¿se daría a pensar como verosímil la posible separación entre lo horrible y su efecto psíquico en el horror 6 ? ¿Podría darse lo horrible sin el horror? ¿Equivaldría esta neutralización del efecto y del efectismo psíquicos a una des-sentimentalización, convirtiéndonos acaso en seres distantes y fríos, carentes, en última instancia, de empatía para con lo horrible? La pregunta genuinamente fenomenológica podría ser afinada: ¿podría reducirse el sentido de lo horrible a la descarga psíquica del horror que lo horrible puede provocar? Y por otra parte: ¿en qué medida la búsqueda del efectismo del horror podría distraernos de la experiencia de sentido de lo horrible? ¿No se propicia escandalosamente, en la rentable mercadotecnia del horror (en el ocio de masas), que mientras haya horror (como descarga psíquica), lo horrible sea en el fondo irrelevante y no requiera que se piense (demasiado) en ello? Y por fin, y sin embargo: ¿no se abren las posibilidades de esta experiencia cuando no dependemos, en ella, de que aun estando abiertos (comprensivamente) a lo 6 Habrá de entenderse que el horror al que me referiré en adelante y me haré pesado recordando al lector este pormenorno es el horror que como respuesta a lo horrible forma una unidad moral con lo horrible, en su propia inmanencia, sino el horror que fuese el complemento psíquico de lo horrible, en el sentido de su descarga psíquica. En lo que sigue, se apreciará un esbozo de propedéutica fenomenológica contra la psicologización de la experiencia de lo horrible. 93 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 horrible, no tengamos que experimentar necesariamente horror?, ¿no supondría la expresión artística una posibilidad de contacto experiencial con lo horrible, libre de la exigencia psíquica (casi a modo de lastre) de caer horrorizados? Demasiadas preguntas. Dije hace un momento que en la medida en que en Henry se dan tanto lo horrible como el horror, su ejemplo no sería aquí pertinente. Sin embargo, nos da a pensar cómo respecto a las expresiones artísticas de lo horrible hay una modalidad (en la proximidad de las posibilidades que brinda el hiperrealismo) que tiende a inmolarse como arte, por así decirlo, y que busca favorecer no la verdad, sino la intensidad que el horror brinda a lo horrible; y otra que tal vez podría neutralizar o inhibir el horror. Lógicamente, nos importa aquí sobre todo esta modalidad (que viene a ser la tradicional o más común respecto a lo que suele entenderse por “arte”), a fin de vislumbrar si es razonable la posibilidad de lo horrible sin el horror. La propuesta a la que nos acogemos es la de que no debemos dejarnos guiar por la presunta obviedad del íntimo vínculo “natural” entre lo horrible y el horror (insisto: como horror psíquico), por más que parezca que lo horrible necesariamente debe horrorizarnos (psíquicamente), y si acaso no lo hiciera, cabría sospechar que la experiencia de lo que creíamos horrible en verdad y al fin no lo fuese, porque no infundiera el horror que psíquicamente esperamos que provoque. Este camino acabaría devaluando la valía de las expresiones artísticas de lo horrible, porque en lugar de atender a lo que pudiesen enseñar, se quedaría con que no-dan-horror. De este modo, confundiéndose el efecto con su causa, o creyendo que aquél está implicado necesariamente en ésta, al no haberse producido el efecto psíquico (horror) no habría propiamente causa. Incluso podría llegarse a creer que sabemos de lo horrible por el horror que provocase, como si el significado de aquél pudiera confundirse con el hecho psíquico de su efecto-horror vivido. De seguirse este argumento, un sujeto que psíquicamente estuviese “curado de espanto” no captaría nada horrible. La pregunta se dirige, pues, a la diferencia entre lo horrible como motivocon-sentido y el horror como efecto-psíquico, de modo que la atenuación de éste (que parece ir contra la tendencia empático-natural hacia la unidad entre lo horrible y el horror) no menoscabase la experiencia humana y moral de sentido de lo horrible. Juega a favor de Henry el tomarse lo horrible en serio y gestionar magníficamente, sin estridencias, el horror correspondiente. Sin embargo, sería 94 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 un grave error, en detrimento del arte, considerar que por atenuar el horror psíquico, el arte, como medio expresivo de lo horrible, sería incapaz de abordar lo horrible con la seriedad y dignidad que se merece, como si esa dignidad se concentrase sólo en el horror que pudiera producir empático-naturalmente. Si el arte, o algún otro tipo de distancia, consiguiese el acceso a lo horrible sin el horror, éste se mostraría sólo probable o incluso muy probable (aunque siempre contando con la singularidad del medio artístico en cada caso: no es lo mismo una pintura que un film, por ejemplo), pero no necesario, abriendo esta no-necesidad muchas vías artísticas de acceso distanciado (lo que no significa de poco valor, y menos aún falso) a lo horrible, lo que viene a ser uno de los rasgos esenciales del arte de lo horrible. Si hay que suspender la increencia en la irrealidad de la ficción para “deshacerse en lágrimas ante la ficción”, es decir, “creer” que es “real” lo ficcional, si no sólo esa re-orientación hacia lo ficcional-real puede ser activada, también puede serlo su inversa, por un proceso inverso de neutralización artística, de modo que “deshacerse en lágrimas” ya no sería tan sólo un efecto obvio e incuestionadamente positivo. Por eso Bertolt Brecht habló con insistencia sobre el efecto-extrañamiento 7 , en la medida en que no pensaba que las adhesiones incondicionales empáticas (diversamente mediadas) a lo que ocurría en la escena fuese lo primordial, sino más bien la atención a la “cosa misma” de la escena misma. En ese camino inverso, seguiría teniendo vigencia lo que produce las lágrimas, pero ya éstas no serían fácticamente necesarias. * * * Ciertamente, lo decisivo es articular una distancia, una diferencia, una demora… En este aspecto, la distancia que opera el arte supone una oportunidad muy valiosa, siempre expuesta a ser banalizada. Sin embargo, quizás se trate de la oportunidad que nos es concedida quizás menos expuesta a ser malversada o malinterpretada, precisamente porque ya la hemos codificado como la oportunidad de una trascendencia. Se me permitirá un inciso. Respecto a la posible diferenciación entre lo horrible y el horror, con vistas a pensar hipotéticamente (pues se trata de forzar la situación experiencial “natural”), creo 7 Brecht, B. Escritos sobre teatro. Barcelona, Alba editorial, 2010, pp. 82-83, 200, passim. 101 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 para que los vinculemos, sino quizás, sobre todo, para que nos sea dado el privilegio de poderlos disociar y encontrar en ello una oportunidad de lucidez. Ahora bien: el arte no persigue necesariamente ni sobre todo la neutralización del horror, sino la produce simplemente. No es eso propiamente una tarea que se le imponga ni se autoimponga a sí mismo, salvo si el arte es pseudo-arte. Más bien alcanza esa neutralización espontáneamente en su propia obra/artificio. No es presumible que Caravaggio hubiera querido hacer más amable un motivo horrible, sino más bien brindárnoslo… evitando con ello que apartásemos la mirada. En cierto modo, en lugar de dulcificar, habría en este sentido en el arte de lo horrible una suerte de voluntad de crueldad, o al menos de cruel lucidez, pues su distancia nos aproxima lo que de otro modo no sería “mirable” (y menos ad-mirable). La estampa de Goya no busca ni banalizar el mal horrible ni hacerlo bello, sino más bien, al contrario, que nos atrevamos a mirar y a demorarnos pensativamente en lo horrible. El arte se pone al servicio de todo aquel, artista o espectador, que piensa que el arte es un recurso válido en la escuela de lo horrible, en la que hay, como en la de lo trágico, más de una lección –y muy decisivaque aprender, frente a la que debemos demorarnos meditativamente, sin que la repercusión psíquica del horror nos distraiga de ello. Por tanto, ni se trata de sustituir la experiencia vital-natural plena, en toda su complejidad, en la que el vínculo entre lo horrible y el horror es más indisoluble, ni se trata de pensar que por no darse el horror no se daría la experiencia de lo horrible. En buena medida, Henry nos sirvió para esta experiencia vivida, ya no meramente contemplada, del rechazo que constituye la verdad de lo horrible y su horror (más que meramente nuestro horror), cuyo efecto de hiperrealidad estaba completamente logrado, a pesar de (o tal vez gracias a) su precariedad de medios. La sensación no nos permitió demorarnos… y justamente de eso se trataría. Respecto a lo horrible, el horror es el aviso psíquico, evolutivamente elaborado, de que en medio de lo real, es preciso huir de lo horrible. Y sin embargo, lo horrible enseña mucho más (en concreto, respecto a su alteridad) de lo que enseña el horror, no se agota en expulsarnos de su lado por medio de la vivencia del horror. No, no se trata de combatir el tedio, desde luego, ni de devolvernos la sensación, que creemos perder cada día, de creernos a salvo… Si el arte estuviera 102 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 ahí para solamente eso, sería demasiado poco. Apenas nos ofrecería verdad alguna. Y es cierto que es mucha verdad lo que nos brinda. No es un lenitivo ni un estimulante psicológicos. Que la distancia entre lo horrible y el horror sea mínima en lo que llamamos realidad no va en detrimento del arte, sino a su favor. La génesis del arte no es, desde luego, ¡ni siquiera en la más inequívoca expresión mimética!, la de una reproducción tout court de la vida y lo real. Lo que se persigue con él no es, en el fondo, sino su propio aparte, su “marco”, su islote de inverosimilitud, como decía Ortega y Gasset en su Meditación del marco… de la que formaría parte esta suerte de distancia que permite, en el arte, separar la contemplación de lo horrible de la vivencia del horror. Si esta separación puede resultarnos inverosímil, quizás se deba a que no hemos ingresado completamente en ese “islote” o en el marco, y seguimos midiendo el arte por lo real y sus deudas y compromisos. VII Es desde la filosofía, sobre todo, en nuestro caso, desde donde viene esta apelación, respecto a lo horrible, a su lucidez de sentido y, junto con el arte de lo horrible, contra su habituación, rutinización, anecdotización y mercadotecnia. Asistir a lo horrible sin (la descarga psíquica d)el horror no significa simplemente la oportunidad de encontrar una paz y seguridad en las que el disfrute proceda especialmente de una sensación de estar-a-salvo en la tierra firme de la mera representación, sino más bien de saber a lo que estamos expuestos y frente a lo que, por tanto, debemos estar vigilantes, que en el fondo –lo sabe la Filosofíaes la posibilidad misma del acontecimiento de lo horrible. Quizás lo que quiso enseñarnos John McNaughton es que con lo horrible no se juega. Y podríamos estar perfectamente de acuerdo al respecto. Podemos hiperrealizar el arte de lo horrible, sacrificando el arte “bello” al empeño por desestimar ese horror adulterado, adocenado, adolescentizado, que en verdad dificulta o al menos distrae de la experiencia de sentido de lo horrible, porque acaba por complacer, y de una experiencia de sentido que no nos iba a ofrecer la suerte del consuelo de, después de todo, poder refugiarnos en un delicioso 103 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 horror 11 . El camino que siguió McNaughton fue el de agravar, por la vía de un malestar creciente, el compromiso psíquico del espectador. El otro camino no sigue el “método” de este agravamiento, sino que se confía al arte…, pero no en lo que tiene de lenitivo y anestesiante (en una de las líneas de interpretación del arte en Schopenhauer), sino en lo que aporta con vistas a situarnos-frente-a-la- intimidad-de-sentido-de-lo-horrible. Bertolt Brecht –al que nombraba antesaspiraba a que en el teatro los espectadores comprendieran lo que la escena misma quería decirles, y para ello no hacía falta imitar la realidad comprometiéndose emocionalmente con lo que ocurría en la escena. Para comprender lo que Shakespeare quiso decirnos con su Hamlet, no es necesario que los escenarios, los personajes, etc., parezcan diseñados de acuerdo a la época histórica en que se entiende que transcurre la obra, ni que empaticemos emocionalmente con la trama (lo que, por cierto, “desvirtúa” la asistencia al teatro en el manipulador Hamlet y en su tío Claudio, cuando el primero manipula cierto significativo pasaje de El asesinato de Gonzago para que su tío “se identifique”) 12 . En nuestro caso, para comprender la experiencia de sentido de lo horrible no serían necesarias –salvo en un estrato genuinamente psicológicolas “emociones fuertes” que nos adhieran a lo representado. Es pues, en este sentido –ya se lo habrá comprendido-, en el que el arte ayuda a ese distanciamiento respecto al horror, atenuando la simpatía o antipatía emocionales. Quizás podríamos decir que la expresión artística pone en obra la trascendencia de lo horrible, ofreciéndonos con ello una clave de nuestra experiencia cuando, en la proximidad de lo trágico, lo horrible nos enseña, por el rechazo (con más o menos horror psíquico) que suscita, que lo que se ha de pensar es lo-que-menos-desearíamos-que-aconteciera. A su modo, lo horrible es expresión de cierta irrupción o sobrevenida de la presencia, un envío excepcional donde comparece humanamente un mal capaz de adoptar mil rostros y formas, y 11 Burke, E., Indagacion filosofica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello. Madrid, Tecnos, 1987, p. 29 12 Cfr. Moreno, « », en Philologia Hispalensis 27/3-4 (2013) 51-82. (http://institucional.us.es/revistas/philologia/27_3_4/03_MorenoMarquez_Vol%2027_3_4%20(2013).pdf) 104 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 en el que podemos creer encontrar –en el mal, sí, no nos equivocamos, en lo Otro que es el Mal- un baluarte exterior de nuestro Mundo-Hogar. VIII Excepto cuando fuésemos protagonistas directos o testigos próximos, como lo es el sabio de Lucrecio, nuestro contacto con lo horrible-horrible, lo horrible en serio, lo verdaderamente horrible, suele ser muy escaso e indirecto (por fortuna). Somos casi siempre espectadores por medio de un Otro, que hace las veces de mediador, mensajero, o artista tal vez (aunque el artista también es, a su modo, un mensajero), que no nos grita pasen y vean, sino que más próxima e íntimamente, a cada uno de nosotros, y casi al oído, nos susurra: ven y mira. A diferencia del espectáculo o show a los que aquel que grita nos invita, este mediador, el que susurra, nos propone una escena. No nos empuja a una atracción de feria de horrores ni monstruos, sino a penetrar casi, a veces, cuando se trata del gran arte, en un extraño santuario o en un Fondo insondable y conmovedor ya con la sola fuerza de lo horrible mismo. Léolo (Jean-Claude Lauzon, 1992) Fotograma de Léolo 105 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 Fotograma de La cabina (A. Mercero, 1972) La demora meditativa que la expresión artística de lo horrible hace posible puede contribuir al aprendizaje en torno a lo horrible como tal, más allá del horror, si bien, ciertamente -¡cómo despreciar esta circunstancia!-, en la medida en que una expresión artística puede brindarnos acceso a ello, inconmensurable con la dureza de lo horrible mismo acontecido en medio de lo real. Contactar con lo horrible… Antes apelamos a Caravaggio, Bourgeois o Goya. Desplacémonos por un instante. Por ejemplo, a la pregunta de si Léolo, de Jean-Claude Lauzon (1992), es un film de horror o más bien sobre lo horrible, en forma de locura y destino, respondería, desde mi punto de vista, que inequívocamente lo es, aunque en buena medida carezca de esos rasgos que suelen caracterizar el “cine de terror”. Tras su visionado –en el que somos zarandeados a dosis similares por la crudeza, la belleza, lo horrible y la poesía-, al mismo tiempo que sabemos que es un film sobre lo horrible de la vida, la infancia, la locura, etc., la trascendencia poética ha alcanzado unas cotas tales, poquísimas veces igualadas en la historia del –en pocas ocasiones mejor dichoséptimo arte, que lejos de ser ocultado o eclipsado, lo horrible ha sido afirmado sin ambages y, al mismo tiempo, trascendido hasta casi lucir. Algo parecido me atrevería a decir –ahora me viene a la memoriade La cabina, de Antonio Mercero/J.L. Garci (1972), obra maestra de lo horrible sin el horror, en cuyo visionado se nos fuerza a pensar simbólicamente… sin que por ello hayamos podido dejar de reconocer que verdaderamente el suceso que se aborda en la trama es horrible… IX 106 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 La apelación al mediador de la emoción (mensajero o artista) no es baladí, y no quisiera dejar de llamar la atención sobre la responsabilidad de quien, en general, brinda la noticia o media artísticamente la experiencia de lo horrible. Ofrecer lo horrible no es, no puede ser fácil. Se requiere sensibilidad y cuidado para con el espectador. Y en ese mismo cuidado, también el cuidado por lo horrible mismo, cuando involuntariamente la expresión artística pudiese intervenir como tergiversación y distorsión. La grandeza de la expresión artística exige su propia autocrítica, en el sentido de reconocer que no siempre se requieren sus recursos habituales, ni que se deba a toda costa redimir o “salvar” artísticamente lo irredimible e insalvable, ni perseguir un sentido sublime para lograr algo parecido a un delicioso horror 13 . En el fondo, lejos de despreciar al espectador, el film de McNaughton encubría en su hiperrealidad este cuidado para con el espectador a la vez como un homenaje honesto a lo horrible como tal. Tanto lo cuida, que le devuelve la verdad de un horror sin trampa ni cartón, logrando que se retire del espectáculo. Cuidado por el espectador, también, en la medida en que la común pasión delirante por la transparencia supone hoy un incontrolado vértigo de lo horrible y el horror, habiéndose tornado todo increíblemente más crudo, visceral, terrible y –creo que es así como mejor se lo caracterizasin concesiones ni piedad. Cuando era niño (si se me permite), en los documentales sobre la vida salvaje, el momento en que el león se abalanzaba sobre la gacela, mordiéndola en el cuello hasta asfixiarla, o aquel otro en que las hienas rodeaban al búfalo, para luego abalanzarse sobre en él en la noche… eso no se mostraba. Bastaba imaginarlo. Hoy, sin embargo, no se escatima a la “verdad” el más mínimo ápice de la posibilidad de que pueda provocar horror convocando lo horrible –que en el caso de la vida animal verdaderamente no ha lugar. En buena medida, el horror se ha hecho popular –como la pornografíaquizás porque también le es necesario a la maquinaria de la transparencia para demostrar ostentosamente sus poderes. 13 Esta problemática se desarrolló especialmente a raíz de la polémica acerca de cómo mostrar o narrar lo acontecido en los campos de exterminio. « », en (M. Cruz y D. Brauer, comps.). Barcelona, Herder, 2005, pp.: 111 132. 107 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 X Hay, sin duda, una poderosa pulsión hacia la expectación de lo horrible y hacia la descarga emocional en el horror, es cierto, a cambio de distraernos del tedio y sentirnos a salvo. Quedaría a la responsabilidad siquiera parcial del mediador de lo horrible –y esto es lo que me parece decisivoel que los espectadores no quedasen adocenados al ser desplazada y marginada la pregunta por lo horrible. Estaría uno tentado de pensar que así como, por ejemplo, en la moda (y no es un ejemplo baladí) se nos habitúa a una productivísima y sistemática ausencia de sentido, por el horror se nos podría adocenar o domar por el disfrute con lo que nos espanta, en el espanto. En esta medida, neutralizar el impacto de la descarga psíquica tendría un sentido eminentemente crítico y terapéutico. Parece como si nuestra sociedad persiguiera sistemáticamente curarse de espanto, llevar a gala que nada le infundiera temor, como si se tratara de “estar preparado para todo”. Pero eso provoca continuamente al terror, que busca siempre su incremento (generando siempre un nuevo tedio) y al mismo tiempo su superación hacia una “nueva cota”. A la vez habituado a horrores (mediáticos), el espectador aprende y se curte en la indiferencia, requiriendo cada vez de más elevadas e intensas dosis de horror. Insensibilizarse, conjurar los miedos, los pánicos nocturnos, las zonas de amenaza… después de todo, ¿no suponía un progreso superar todo el infantilismo del horror? ¿No es por ello que los adolescentes, buscando dejar atrás la infancia, aman el terror (en el cine)? Sin embargo, el aprendizaje de lo horrible en el seno de lo trágico tiene un fin eminentemente moral, cuyo centro se encuentra en el reconocimiento, eternamente dialéctico, del Mal que el Bien necesita. Lo horrible y el horror suponen el rechazo máximo, el rechazo más intenso que el cual ningún otro sería concebible. La cuestión abierta, inquietante, es la posibilidad de que el Mal que el Bien necesita dialécticamente, y que por tanto confirma a éste, ese Mal, por haberse consumado en lo Peor, requiriendo todas las energías de lo horrible y del horror, simplemente hubiese dejado atrás la referencia al Bien, cuestionando incluso su memoria. Frente a lo horrible, lo meramente malo podría aparecer como bueno. ¿Queda en el deseo de horror –aunque fuese como un juego y sólo para ser sus espectadoresespacio de inspiración del Bien? ¿No sería entonces cierto que por ese deseo de horror se nos recuerda aquel tedio monstruoso que 108 Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 15, julio de 2015. ISSN 1697- 8072 anunciaba Baudelaire ya desde mediados del XIX, y del que decía que sueña cadalsos? Uno de los grandes valores de la expresión artística en general, y del horror en particular, dependerá de en qué medida el arte consiga devolver su dignidad a lo horrible y al horror, liberándolo de su banalización. Es preciso que el destino de lo horrible y del horror no se resuelva, en el in crescendo que resulta de la pérdida del rival (el Bien), en su propio incremento. Pensar lo horrible sin (apenas) el horror –como hemos intentadoresulta, sin duda, un esfuerzo costoso, porque nos obliga a una seriedad y sobriedad insólitas. Si el discípulo de la escuela de lo Posible en que pensaba Soren Kierkegaard no requiere no ya grandes acontecimientos históricos, decía Kierkegaard, sino prestar su atención al acontecimiento posible que supondría que un urogallo levantase el vuelo en las desérticas playas de Jutlandia, quizás el mejor discípulo en la escuela de lo horrible no necesitase tampoco (o no tan abundantemente) aspavientos, ni gritos, sangre ni vísceras. Pero lo horrible no tanto sin, cuanto más allá del horror, eso es “harina de otro costal”. Ya hemos realizado civilizatoriamente, a nuestro modo, nuestras 100 Jornadas del horror, del mismo modo que Sade quiso convertir todas las perversiones sexuales en una especie de enciclopedia, con la excusa –después de todo, razonablede que hasta que no se las conociera todas y cada una no estaríamos en condiciones de elegir el camino de nuestro placer. El terreno del horror, como tantos otros (pienso eminentemente en el del sexo) está siendo explotado/devastado a un ritmo vertiginoso, lo que quizás nos conduciría a la pregunta –que aplazaremospor el futuro de las representaciones de lo horrible en su trascendencia, o tal vez en su tedio infinito.