Las enfermedades de la voluntad
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Tul. RIBOT LAS Enfermedades de la voluntad TRADUCCIÓN ESPASOLA DE RICARDO RUBIO MADRID LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ 48 - PRECIADOS - 48 1899
LAS ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD INTRODUCCIÓN - Durante estos últimos años, muchos autores, sobre todo en el extranjero, han expuesto al pormenor algunas partes de la psicología, según el principio de la evolución. Me ha parecido que se sacaría algún provecho de tratar estas cuestiones con el mismo espíritu, pero bajo otra forma: la de la disolución. Me propongo, pues, en este trabajo ensayar con respecto á la voluntad lo que hice precedentemente á propósito de la memoria; estudiar sus anomalías y sacar de tal estudio conclusiones sobre su estado normal. Por muchos conceptos, la cuestión es más difícil; el término voluntad designa una cosa más vaga que el término memoria. Que se considere la memoria como una función, una propiedad ó una facul-
1 ENFEB ED s,DES DE LA VOLUNTAD tad, siempre resulta una manera de ser estable, una disposición psíquica sobre la que todo el inundo se entiende. La voluntad, por el contrario, se resuelve en voliciones, cada una de las cuales es un momento, una forma instable de la actividad, una resultante, que varía á merced de las causas que la producen. Aparte de esta primera dificultad, hay otra que puede parecer todavía más grande, pero de la cual no dudamos en desembarazarnos sencillamente. ¿Se puede estudiar la patología de la voluntad sin tocar el intrincado problema del libre albedrío?—Estaabstención nos parece posible y hasta necesaria. Se nos impone, no por timidez, sino por razón de método. Como toda ciencia experimental, la psicología debe abstenerse rigurosamente de toda investigación relativa á las causas primarias. El problema del libre albedrío es de este orden. Uno de los grandes servicios de la crítica de Kant y de los que le han continuado, ha sido demostrar que el problema de la libertad se reduce á saber si es posible emanciparse de la cadena de efectos y causas para fijar un comienzo absoluto. Este poder «que atrae, suspende ó separa», como lo define un co ntemporáneo que lo ha estudiado á fondo (1), no puede ser afirmado sino á condición de entrar en la metafísica. Renouvier, Essai de critique générale, 2 e édition. 1,6540 39.
INTRODUCCIÓN 3 Aquí, nada de esto tenemos que intentar. Nuestro único objeto es la experiencia interna; sus límites son nuestros límites. Tomamos las voliciones á título de hechos, con sus causas inmediatas, es decir, los motivos que las producen, sin investigar si estas causas suponen otras causas hasta el infinito, ó si van acompañadas de cierta espontaneidad. La cuestión se encuentra así puesta bajo una forma igualmente aceptable para los deterministas y para sus adversarios, conciliable con una y otra hipótesis. Además, esperamos dirigir nuestras in- \-estigaciones de tal manera, que la ausencia de toda solución sobre este punto no se eche nunca de menos. Trataré de demostrar, al término de este estudio, que en todo acto voluntario hay dos elementos bien distintos: el estado de conciencia, el «yo quiero», que expresa una situación, pero que no tiene por sí mismo ninguna eficacia; y un mecanismo psicofisiológico muy complejo, en el que únicamente reside el poder de obrar ó de impedirnos obrar. Como esta conclusión general no puede ser más que el resultado de conclusiones parciales aportadas por la patología, evitaré provisionalmente en esta introducción todo punto de vista sistemático; me limitaré á estudiar la vo- 1 untad en su doble mecanismo de impulsión y suspensión y en su fuente el carácter indivi-
4 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD dual, omitiendo todos los pormenores que no importen á nuestro propósito (1). El principio fundamental que domina la psicología de la voluntad, bajo su forma impulsiva, en el estado sano como en el morboso, es que todo estado de conciencia tiene siempre una, tendencia á expresarse, á traducirse por un movimiento, por un acto. Este principio no es más. que un caso particular, propio de la psicología, de esta ley fundamental: que el reflejo es el tipo único de toda acción nerviosa, de toda vida de relación. Propiamente hablando, la actividad en el animal no es un comienzo, sino un fin; no una causa, sino un resultado; no un principio, sino una continuación. Aquí está el punto esencial, que no hay que perder jamás de vista, el único que explica la fisiología y la patología de la voluntad: porque este impulso del estado de conciencia á traducirse en un acto psicológica ó fisiológico, consciente ó inconsciente, es el hecho simple á que se reducen las combinaciones y complicaciones de la actividad voluntaria más elevada. (1) Se encontrará en el reciente libro de Sclmeider Der mensekliche Wille vom Stanpundkte der neueren Entwiekelungstheorie% Berlín, 1882, una buena monografía de la voluntad, en el estado normal y desde el punto cte vista de la evolución. Sentimos no haber tenido conocimiento de ella hasta que nuestro trabajo estaba casi terminado.
INTRODUCCIÓN El recién nacido no es más que «un ser espinal», como lo ha definido Virchow. Su actividad es puramente refleja; se manifiesta por tal profusión de movimientos, que el trabajo de la educación debe consistir durante mucho tiempo en suprimir ó en restringir el mayor número de ellos. Esta difusión de los reflejos que tiene su razón en relaciones anatómicas, traduce en toda su sencillez la trasformación de las excitaciones en movimientos. Que éstos sean cons - cientes ó que despierten un rudimento de conciencia, en ningún caso representan una actividad voluntaria; no expresan propiamente más que la actividadde la especie, lo que se ha adquirido, organizado y fijado por la herencia, pero esos son los materiales con que ha de construirse la voluntad. El deseo señala una etapa ascendente del estado reflejo al estado voluntario. Entendemos por deseo las formas más elementales de la vida afectiva, las únicas que pueden producirse, hasta que nace la inteligencia. Fisiológicamente, no difieren de los reflejos de orden complejo. Psicológicamente, difieren de éstos por el estado de conciencia, frecuentemente muy intenso, que los acompaña. Su tendencia á traducirse en actos es inmediata é irresistible, como la de los reflejos. En el estado natural y mientras se mantiene puro de toda alianza, el deseo tiende á satisfacerse inmediatamente; tal es su ley,
6 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD inscrita en el organismo. Los niños y los salvajes nos ofrecen excelentes ejemplos. En el adul- to, el deseo no se presenta ya en su estado natural; la educación, el hábito, la reflexión, lo mutilan ó refrenan. Pero, con frecuencia, recaba sus derechos, y la historia nos enseña cómo en los déspotas, que en su propia opinión y en la de los demás están por cima de toda ley, los conserva siempre. La patología nos hará ver que esta forma de actividad aumenta cuando la voluntad se debilita y persiste cuando ésta desaparece. Señala,. sin embargo, un progreso sobre el primer período, porque acusa un comienzo de individualidad. Sobre el fondo común de la actividad específica, los deseos dibujan vagamente el carácter individual; reflejan la manera de reaccionar de un organismo determinado. En cuanto una suma suficiente de experiencia permite que nazca la inteligencia, se produce una nueva forma de actividad, á la que conviene el epíteto de ideo-motriz, puesto que las ideas son causa de movimientos. Tiene además la ventaja de señalar su parentesco con los reflejos, de que no es sino- un perfeccionamiento. ¿Cómo puede una idea producir un movimiento? lié aquí una cuestión que embarazaría grandemente á la psicología antigua, pero que aparece sencilla cuando se consideran los he-
INTRODUCCIÓN 7 chos en su verdadera naturaleza. Es hoy una verdad corriente en la fisiología cerebral que la base anatómica de nuestros estados mentales comprende á la vez elementos motores y elementos sensitivos. No insistiré sobre una cuestión que ha sido tratada al por menor en otra parte (1), y que supondría una digresión. Recordare únicamente que nuestras percepciones, en particular las más importantes, las de la vista y el tacto, implican, á título de elementos integrantes, movimientos del ojo y de los miembros; y que si cuando vemos realmente un objeto, el movimiento es un elemento esencial, debe representar el mismo papel cuando vemos el objeto idealmente. Las imágenes y las ideas, aun abstractas, suponen un substrato anatómico, en el que los movimientos están representados en alguna medida. Es cierto que, concretando la cuestión, podría decirse que es preciso distinguir dos especies de elementos motores; los que sirven para constituir un estado de conciencia y los que sirven para traducirlo: los unos intrínsecos, los otros extrínsecos. La idea de una bola, por ejemplo, es la resultante de impresiones de superficies y de adaptación musculares particulares; pero estas últimas son el resultado de la sensibilidad muscular y, por este título, son sensa- (1) lievue philosophique, Octubre 1879, p. 371 y siguientes.
14 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD Sión ó de inhibición consiste en la detención de los movimientos del corazón por la excitación del pneumo-gástrico. Se sabe que el corazón (independientemente de los ganglios intracardiacos) está inervado por filamentos que vienen del gran simpático, que aceleran sus latidos, y por filamentos del nervio vago. La sección de este último aumenta los movimientos; la excitación del extremo central, por el contrario, los suspende por más ó menos tiempo. Es, pues, un nervio de detención y la inhibición es considerada generalmente como resultado de una interferencia. La actividad refleja de los centros cardiacos se hace más lenta ó se suspende por las excitaciones que vienen del bulbo. En otros términos, la acción motora del pneumo-gástrico se traduce en los centros cardiacos por actividad y produce una detención. Todo esto no tiene un alcance psicológico inmediato; pero hé aqui lo que más nos interesa. Es un hecho bien conocido que la excitabilidad refleja de la médula aumenta cuando se sustrae de la acción del cerebro. El estado de los animales decapitados ofrece de ello pruebas excelentes. Sin recurrir á esos casos extremos, se sabe que los reflejos son más intensos durante el sueño que en el estado de vigilia. Para explicar este hecho, algunos autores han admiti- , do en el cerebro centros de suspensión. Setschenow los colocaba en los tálamos ópticos y la re-
INTRODUCCIÓN 15 gión de los tubérculos cu_adrigéminos. Se apoyaba en el hecho de que, excitando por medios químicos, ó por otra clase de medios, las partes precitadas, producía una depresión de los reflejos.—Goltz coloca estos centros de suspensión en el cerebro propiamente dicho. Estas hipótesis y otras análogas (1) han sido muy criticadas, y muchos fisiólogos admiten simplemente que, en el estado normal, las excitaciones se reparten á la vez en el cerebro por una vía ascendente y en la médula por una vía trasversa; que, por el contrario, en los casos en que el cerebro no puede entrar en juego, como las excitaciones no encuentran abierta más que una sola vía, resulta una especie de acumulación, cuyo efecto es una excitabilidad refleja exagerada. En estos últimos tiempos, Ferrier (2), colocándose en un punto de vista cuya importancia psicológica es evidente, ha admitido la existencia, en los lóbulos frontales, de centros moderadores, que 'serían el factor esencial de la atención. Sin entrar en más pormenores, se ve que, para explicar el mecanismo de la inhibición, no (1) Para la historia completa la cuestión, se puede consultar Eckhard, Physiologie des Riiekenmarks en la Physiologie de Hermann, vol. ll, 2. a parte, pág. 33 y siguientes. En ella se encontrarán los experimentos y las interpretaciones de Setschenow, Goltz, Schiff, Herzen, Cyon, etc., etc. (2) Ferrier, Les fonct¿ons dcc cerveau, pág. 103, 101,
16 I NI EltMEDADLS DE LA VOLUNTAD hay ninguna doctrina clara y universalmente aceptada, como para los reflejos. Unos admiten que la suspensión viene de dos tendencias contrarias que se contrarrestan y anulan. Otros admiten centros de suspensión (y aun nervios de suspensión) capaces de detener una acción trasmitida, en lugar de reforzarla. Hay además otras muchas hipótesis, que es inútil mencionar (1). Dado este estado de ignorancia, examinemos corno mejor podamos la cuestión. En toda suspensión voluntaria hay que considerar dos cosas: el mecanismo que la produce, del que acabamos de hablar; y el estado de conciencia que la acompaña, del que hablaremos ahora. Ante todo, hay casos en que no es necesario explicarse la suspensión, aquellos en que la incitación voluntaria cesa por sí misma; cuando arrojamos á un lado, por ejemplo, el libro que decididamente nos aburre. Otros casos parecen explicarse por una de las hipótesis precitadas. Contenemos voluntariamente la risa, el bostezo, la tos, algunos movimientos apasionados, poniendo en acción, á lo que parece, los músculos antagónicos. Para los casos en que se ignora cómo la suspensión se produce, en que el mecanismo fisio- (1) Véase Wundt, Mechanik de y Nerven; Lewes, Physical Basis of Mi g ad, p. 300-301.
11\TRUDUCCIÓN 17 lógico nos es desconocido, la psicología pura nos enseña aún alguna cosa. Tomemos un ejemplo bien común: un acceso de cólera dominado por la voluntad. Para no exagerar el poder voluntario, notemos desde luego que tal domino está bien lejos de ser la regla general. Algunos individuos parecen incapaces de conseguirlo. Otros lo alcanzan muy desigualmente; su poder de suspensión varía á merced del momento y de las circunstancias. Bien pocos son siempre dueños de sí mismos. Es preciso para que la suspensión se produzca una primera condición: el tiempo. Si la incitación es tan violenta que pasa inmediatamente al acto, todo está concluido; cualquier tontería que haya de seguirse es demasiado tarde para evitarla. Si se llena la condición del tiempo, si el estado de conciencia suscita estados antagónicos, si estos son suficientemente estables, la suspención tiene lugar. El nuevo estado de conciencia tiende á suprimir el anterior y, debilitando la causa, suprime los efectos. Es de una importancia capital para la patología de la voluntad la investigación del fenómeno fisiológico que se produce en semejante caso. No puede dudarse de que la cantidad de influjo nervioso (cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre su naturaleza) varia de un individuo á otro, y de un momento á otro en un
18 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD mismo individuo. No puede dudarse tampoco de que en un momento dado, en un individuo cualquiera, la cantidad disponible puede ser distribuida de una manera variable. Claro está que en el matemático que especula y en el hombre que satisface una pasión física la cantidad de influjo nervioso no se gasta de la misma manera y que una forma de gasto impide la otra, nG pudiendo emplearse el capital disponible en dos fines á la vez. «Vernos, dice un fisiólogo (1), que la excitabilidad de ciertos centros nerviosos se atenúa al ponerse en actividad algunos otros, si las excitaciones que sufren estos últimos tienen cierta intensidad; tal es el hecho. Si consideramos el funcionamiento normal del sistema nervioso, observamos que existe un equilibrio necesario entre los diferentes aparatos de este sistema. Sabemos que tal equilibrio puede romperse por el predominio anormal de ciertos centros, los cuales parece que desvían, en provecho propio, una gran parte de la actividad nerviosa; entonces el funcionamiento de los demás centros aparece perturbado Hay leyes generales que presiden á la repartición de la actividad nerviosa en los diferentes puntos del sistema, como hay leyes mecánicas que gobiernan la circulación de la sangre en el sistema vascular; (1) Frack l Dice. encycl. des seiencies médicales, art. NERVEUX7 pág. 572.
INTRODUCCIÓN 19 si sobreviene una gran perturbación en un departamento vascular importante, no puede menos de sentirse el efecto en todos los demás puntos del sistema. Notamos estas leyes de hidrodinamia porque el fluido en circulación nos es accesible y porque conocemos las propiedades de los vasos que lo contienen, los efectos de la elasticidad, los de la contracción muscular, etc. Pero las leyes de la repartición de la actividad nerviosa, de esa especie de circulación de lo que se ha llamado el fluido nervioso, ¿quién las conoce? Se ven los efecto - s de las rupturas de equilibrio de la actidad nerviosa; pero son estas perturbaciones tan variables, que se escapan aún á toda tentativa de teoría. No podemos hacer más que notar su producción teniendo en cuenta las condiciones que la acompañan». Si aplicamos estas consideraciones generales á nuestro caso particular ¿qué vemos? El estado de conciencia primitivo (cólera) ha evocado estados antagónicos, que varían necesariamente de un hombre á otro: la idea del deber, el temor de Dios, de la opinión, de las leyes, de las funestas consecuencias, etc. Así se produce un segundo centro de acción, es decir, en términos fisiológicos, una derivación del aflujo nervioso, un empobrecimiento del primer estado en provecho del segundo. Esta derivación ¿es suficiente para restablecer el equilibrio? El resultado solamente puede dar la respuesta.
20 ENFEBMEDADES VOLUNTAD . Pero, cuando la suspensión se produce, nunca es más que relativa, y su único resultado el de terminar en una menor acción. Lo que queda de la impulsión primitiva se gasta como es posible, por gestos medio contenidos, por perturbaciones en las vísceras, ó por alguna derivación artificial, como la de aquel soldado que, al ir á ser fusilado, mascaba una bala para no gritar. Hay muy pocos lo suficientemente bien dotados por la naturaleza y acostumbrados por el hábito para reducir los reflejos á movimientos imperceptibles. Esta derivación del influjo nervioso no es, pues, un hecho primitivo, sino un estado de formación secundaria, constituido á expensas del primero por medio de una asociación. Debemos hacer notar también que, además de estos dos centros de acción antagónicos, hay otras causas que tienden á debilitar directamente los impulsos primitivos. Aquí tenemos que examinar la dificultad más de cerca, porque la coexistencia de estos dos estados de conciencia contrarios (1), suficiente para producir la indecisión, la incertidumbre, la inacción, no lo es para producir una suspensión voluntaria, en el sentido real de la palabra, un «yo no quiero» . Hace falta otra condición. Esta se encuentra en un elemento (1) Bien entendido, que no los separamos de sus condiciones fisiológicas, que son el elemento principal.
INTRODUCCIÓN 21 afectivo de la más alta importancia, del que aún no hemos dicho nada. Los sentimientos no son todos estimulantes para la acción. Muchos tienen un carácter deprimente. El terror puede considerarse corno el tipo extremo de éstos; en su más alto grado, anonada.Un hombre bruscamente impresionado por un gran dolor es incapaz de toda reacción voluntaria ó reflejo. La anemia cerebral, la paralización del corazón, que á veces acarrea la muerte por síncope, el sudor con enfriamiento de la piel, el relajamiento de los esfínteres: todo indica que la excitabilidad de los centros musculares, vasomotores, secretores, etc., se suspende momentáneamente. Tal caso es extremo; pero nos lo demuestra con un gran aumento. Por bajo de esto, tenernos todos los grados posibles de temor con todos los grados correspondientes de depresión. Descendamos de este maximum al temor moderado; el efecto deprimente disminuye, pero sin cambiar de naturaleza. Ahora ¿cómo se contienen los movimientos de cólera en el niño? Por las amenazas y las reprimendas; es decir, por la producción de un nuevo estado de conciencia de carácter deprimente, propio para paralizar la acción. «Una niña de tres años y medio, dice M. B. Pérez, comprende por la expresión de la fisonomía, por el tono de la voz, que se le riñe: entonces frunce el ceño, sus
22 ENFERMEDADES DL LA VOLUNTAD labios se crispan convulsivamente, «pone hocico», se humedecen sus ojos y está á pun- to de llorar (1) » . El nuevo estado tiende á suplantar al otro, no solamente por su propia fuerza, sino por la debilitación que infrinje al sér entero. Si, á pesar de las amenazas repetidas, la suspensión no se produce, el niño no es, ó apenas es educable en esta relación. Si se produce, resulta de ello, en virtud de una ley bien conocida, que tiende á establecerse una asociación entre los dos estados; el primero despierta el segundo—su correctivo—y, por hábito, la suspensión se hace cada vez más fácil y rápida. En los que son dueños de sí mismos, tal dominio se produce con aquella seguridad que es la marca de todo hábito perfecto. Claro está, por lo demás, que el temperamento y el carácter importan aquí más que la educación. No es, pues, sorprendente que una tempestad ceda ante frialdad de ideas, ante estados de conciencia, cuya tendencia motora es bastante débil; es que hay detrás una fuerza acumulada, latente, inconsciente, como acabamos de ver. Para comprender este aparente milagro, no es necsario observar el adulto educado, reflexivo, sino el niño. En este (el salvaje, el hombre mal educado ó ineducable se le parecen) la ten- (1) pyehologie de l'enfant, p. 33.
INTRODUCCIÓN 23 dencia al acto es inmediata. La obra de la educación consiste justamente en suscitar estos estados antagónicos: hay que entender por educación lo mismo la que el niño debe á su propia experiencia que la que recibe de otro. Creo, por lo demás, inútil demostrar que todos los sentimientos que producen una suspensión; temor ó respeto á las personas, á las leyes, á los usos, á Dios, han sido en su origen, y continúan siempre siendo, estados deprimentes, que tienden á disminuir la acción. En suma, el fenómeno de suspensión puede explicarse, de un modo suficiente á nuestro intento, por un análisis de las condiciones psicológicas en que se produce, cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre el mecanismo fisiológico. Sin duda sería mejor ver más claro, tener una idea más neta del modus operandi, por el cual dos excitaciones casi simultáneas se neutralizan. Si esta cuestión tan oscura se resolviese, nuestra concepción de la voluntad corno poder inhibitorio se haría más precisa, quizás sería otra. Es preciso resignarse á esperar; encontraremos, por lo demás, bajo otras formas, este difícil problema. III Hemos considerado hasta aquí la actividad voluntaria bajo una forma exclusivamente ana-
30 ENFERMEDADES DE LA. VOLUNTAD cuarenta años, bajo el nombre de etología, no está hecha, ni, á lo que parece, cerca de hacerse. Si lo estuviera habría que aceptar sus resultados, sin intentar una excursión en sus dominios; porque remontar siempre de efectos á causas por una progresión sin fin, seria seguir las desviaciones de la metafísica. Además, en cuanto al objeto que nos ocupa, es el carácter un dato último, una verdadera causa, por más que sea también un efecto para otro orden de investigaciones. Notemos de paso, y sólo á título de observación, que el 'carácter—esto es, el yo, en tanto que reobra—es un producto sumamente complejo, formado por la experiencia, la herencia y las circunstancias fisiológicas anteriores y posteriores al nacimiento. Se puede también afirmar sin temeridad, que lo que le constituye son más bien estados afectivos, una manera propia de sentir, más bien que una actividad intelectual. Esta manera general de sentir, este tono permanente del organismo, es el primero y verdadero motor. Si éste falta, el hombre ya no puede querer; así nos lo demostrará la patología. Por ser este estado fundamental, según la constitución de los individuos, estable ó inseguro, continuo ó variable, enérgico ó débil, es por lo que hay tres tipos principales de voluntad—firme, débil, intermitente con todos los grados y matices que estos tipos llevan consigo. Pero repitámoslo una vez más:
31 INTRODUCCIÓN estas diferencias provienen del carácter del indi viduo, que depende de su constitución propia: nada hay que buscar fuera de él. Estamos, pues, completamente de acuerdo con los que niegan que el predominio de un motivo explique por sí solo la volición. El motivo preponderante no es más que una porción de la causa, y siempre la más débil, aunque la más visible; y no tiene eficacia sino en tanto que está elegido, es decir, que entra á titulo de parte integrante en la suma de los estados que constituyen el yo en un momento dado, y que su tendencia al acto se agregue al grupo de tendencias que provienen del carácter para formar unidad con ellas. Para nada es, pues, necesario hacer del yo una entidad ó colocarle en una región trascendente para reconocerle una causalidad propia. Esto es un hecho de experiencia muy sencillo, muy claro; lo contrario no se comprende. Fisiológicamente, significa esto que el acto voluntario se diferencia, así del reflejo simple, en el cual una sola impresión está seguida de un conjunto de contracciones, como de las formas más complejas, en que una sola impresión va seguida de un conjunto de contracciones; y que es el resultado de la organización nerviosa entera, que refleja por sí misma la naturaleza de todo el organismo y reobra en consecuencia. P sicológicamente significa esto que el acto
32 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD voluntario, bajo su forma completa, no es la simple trasformación de un estado de conciencia en movimiento, sino que supone la participación de todo ese grupo de estados conscientes, ó subconscientes, que constituyen el yo en un momento dado. Tenemos, pues, fundamento para definir la voluntad como una reacción individual y para tenerla por lo que hay en nosotros de más íntimo. El yo aunque un efecto, es una causa. Lo es en el sentido más riguroso, de forma que satisface todas las exigencias. En resumen, hemos visto que, desde el reflejo más bajo hasta la voluntad más alta, es insensible la transición y que es imposible decir exactamente el momento en que comienza la volición propia, es decir, la reacción personal. De un extremo á otro de la serie la diferencia se reduce á dos puntos: de un lado, una extre ma sencillez, del otro, una extrema complejidad,--de un lado, una reacción siempre la misma en todos los individuos de una misma especie; del otro, una reacción que varía según el individuo, esto es, según un organismo particular limitado en el tiempo y en el espacio. Sencillez y permanencia, complejidad y cambio van á la par. Es claro que, desde el punto de vista de la evolución, todas las reacciones han sido en su origen individuales. Se han hecho orgánicas,
N TlioDucct (S N 33 específicas, mediante repeticiones sin número en el individuo y la raza. El origen de la voluntad está en la propiedad que tiene la materia viva de reobrar; su fin está en la propiedad que tiene la materia viva de habituarse, y esta actividad involuntaria, fijada para siempre, es la que sirve de soporte y de instrumento á la actividad individual. Pero, en los animales superiores, el legado hereditario, los azares del nacimiento y la adaptación continua á condiciones que varían á cada instante, no permiten á la reacción individual fijarse ni tomar una misma forma en todos los individuos. La complejidad de su medio es una salvaguardia contra el automatismo. Terminamos aquí estos preliminares recordando que su único objeto era el de preparar á la patología que vamos ahora á estudiar.
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CAPÍTULO PRIMERO DEBILITACIÓN - DE LA VOLUNTAD 1.—La falta de impulso. Acabamos de ver que el término voluntad designa actos bastante diferentes en cuanto á las condiciones de su génesis, pero que todos tienen el carácter común de ser, bajo cualquier forma y en cualquier grado, una reacción del individuo. Sin insistir sobre este análisis, observemos, por razones de claridad y de precisión, los dos caracteres exteriores en que se conoce la volición verdadera: en que es un estado definitivo; y en que se traduce por un acto. La irresolución, que es un comienzo de estado morboso, tiene causas interiores que la patología nos hará comprender: proviene de la, debilidad de las incitaciones ó de su acción di.- 111(1'11. De los caracteres irresolutos, algunos la menor parte—lo son por riqueza de ideas.
ENFEBAIEDik DES DE LA VOLUNTAD La comparación de los motivos, los razonamientos, el calculo de las consue uencias,eons_ tituven un estado cerebral extraordinariamente complejo, en que deshacen las tendencias. al acto. Pero esta riqueza de ideas no es por si sola una causa suficiente de la irresolución; no es más que una causa auxiliar. La verdadera causa, aquí, como en todas partes, está, en el carácter. En los irresolutos, pobres de ideas, esto se ve mejor. Si obran, es siempre en el sentido de la menor acción ó de la más débil resisten cia. La deliberación da lugar difícilmente á una, elección, la elección más difícilmente á un acto. La volición, por el contrario, es un estado definitivo, que cierra el debate. Por ella entra en el yo un nuevo estado de conciencia—el motivo elegido--á título de parte integrante, con exclusión de los demás estados. El yo está así constituído de una manera fija. En las naturalezas variables, este definitivo es siempre provisional, es decir, que el yo que quiere es un compuesto tan inestable, que al surgir el más« insignificante estado de conciencia, le modifica, le hace distinto. El compuesto formado en cada. instante no tiene ninguna fuerza de resistencia. en el instante que sigue. En esta suma de estados conscientes é inconscientes que, en cada momento representan
CAPITULO I 37 las causas de la volición, la parte del carácter. individual es un mínimum, la parte de las circunstancias exteriores un máximum. Volvernos á caer en esa forma inferior de la voluntad, estudiada más arriba, que consiste en un «laisser faire » . No hay que olvidar jamás tampoco, que querer es hacer, que la volición es un paso al acto. Reducir, como se ha hecho algunas veces, la voluntad á la simple resolución, es decir, á la afirmación teórica de que se hará tal cosa, es contentarse con una abstracción. La elección no es más que un momento en el proceso volutivo. Si no se traduce en'acto, inmediatamente ó en tiempo útil, no hay en ella nada que la distinga de una operación lógica del espíritu. Se parece á esas leyes escritas que no se aplican nunca. Hechas estas observaciones, entremos en la patología. Dividiremos las enfermedades de la voluntad en dos grandes clases, según que producen la debilidad ó la abolición de la misma. Las debilidades de la voluntad constituyen la parte más importante de su patología; muestran el mecanismo falseado. Las dividiremos en dos grupos: Debilidades por falta de impulso; 2." Debilidades por exceso de impulso; 3." En razón de su importancia, examinare-
38 ENID EIIINIEDADE-; DE LA VOLUNTAD DIOS aparte las debilidades de la atención voluntaria. 4." Por último, bajo el título «Reinado de los caprichos», estudiaremos un estado particular en el que la voluntad no logra nunca constituirse ó no lo hace más que por accidente. El primer grupo contiene hechos de un carácter sencillo, claro y cuyo examen es instructivo. En el estado normal se encuentra un bosquejo de ellos en los caracteres flojos que tienen necesidad, para actuar, de otra voluntad que se sobreponga á la suya; pero la enfermedad va á. mostrarnos este estado con un prodigioso aumento. Guislain ha descrito en términos generales esa debilidad, que los médicos designan bajo el nombre de abulia. «Los enfermos saben querer interiormente, mentalmente, según las exigencias de la razón. Pueden experimentar el deseo de hacer; pero son impotentes para hacer convenientemente. Hay en el fondo de su entendimiento una imposibilidad. Querrían trabajar y no pueden Su voluntad no puede franquear ciertos límites; se diría que esta fuerza de acción sufre una suspensión: el yo quiero no se trasforma en voluntad impulsiva, en determinación activa. Algunos enfermos se asombran
CAPÍTULO I 39 ellos mismos de la impotencia de que está afectada su voluntad Cuando se les abandona á sí mismos pasan días enteros en la cama ó en una butaca. Cuando se les habla y se les excita, se expresan convenientemente, aunque de una manera breve: juzgan bastante bien de las cosas (1).» Corno los enfermos en que está intacta la inteligencia son los más interesantes, sólo citaremos casos de este género. Una de las más antiguas observaciones, y la más conocida, se debe á Esquirol. «Un magistrado muy distinguido por su saber y el poder de su palabra fué atacado, á con secuencia de disgustos, de un acceso de monomanía Ha recobrado el uso perfecto de su razón; pero no quiere volver á la sociedad, aunque reconoce que no hace bien, ni ocuparse de. sus asuntos, aun cuando confiesa que se resienten del abandono. Su conversación es tan razonable como escogida. Si se le habla de viajar ó de cuidar sus asuntos, responde: sé que debería hacerlo y que no lo puedo hacer. Vuestros consejos son buenos, quisiera seguirlos, me habéis convencido, pero haced de modo que pueda querer, con ese querer que determina y e jecuta. La verdad es, 'me decía un día, que no (1) Guislain, LeÇons orales sur les phrenopathíes, t. 1, i-)gs. 479, 6 y 25(1. Vélse también Griesinger, Trnik, walarlies 1,4but 4 G; Leubuscher, ZeUseltrift fiir Psychialrie, 1817.
46 ENFERMEDADES DE LX VOLUNTAD vivo deseo de hacerlo; habría querido, dijo, tener una idea de la fisonomía de la ciudad. Durante cinco días seguidos, se ponía de pie, tornaba el sombrero y se disponía á salir; pero ;vana esperanza!, su voluntad no podía ordenar á sus piernas que se pusieran en marcha para llevarle á la calle. «Soy evidentemente mi propio prisionero, decía el enfermo; no es usted el que me impide salir; no son mis piernas las que se oponen á ello: ¿qué es, pues, entonces? 11. P... se quejaba así de no poder qq,3rrY á pesar de sus deseos. Por último, al cabo de cinco días, haciendo un último esfuerzo, consalir; volvió á entrar cinco minutos después, anhelante y sudando como si hubiese corrido muchos kilómetros y muy asombrado (' , 1 mismo de lo que acababa de hacer. »Los ejemplos de esta imposibilidad se reproducen á cada instante. El enfermo deseaba ir al teatro y no podía querer ir; estaba en la mesa al lado de compañeros amables y hubiera querido tomar Darte en la conversación, pero siempre le perseguía la misma impotencia. Es verdad que frecuentemente tal impotencia no existía, por decirlo así, más que en apariencia; el enfermo temía no poder, v, sin embargo, lo conseguía añil más frecuentemente de lo que se esperaba; pero á menudo también sus aprensiones eran legítimas». Al cabo de seis días pasados en Marsella,
CAPÍTULO 1 47 enfermo y médico se embarcaron para Nápoles, «pero no sin un trabajo inaudito». Durante esos seis días, «el enfermo expresó formalmente su negativa á embarcarse y el deseo de volver á París, asustándose por anticipado con la idea de encontrarse con su voluntad enferma en un país extranjero, y declarando que sería preciso amarrarle para llevarlo. El día de la partida no se decidió á salir del hotel hasta que me creyó decidido á emplear un aparato de fuerza; en cuanto salió del hotel, se plantó en la calle, donde habría permanecido, indudablemente, sin la intervención de cuatro marineros, que no tuvieron, por lo demás, que hacer más que presentarse....» «Otra circunstancia tiende aún á hacer resaltar más la lesión de la voluntad. Llegamos á Roma el día mismo de la elección de Pío IX. Mi enfermo Me dijo: hé aquí una circunstancia que llamaría feliz si yo no estuviese enfermo. Quisiera poder asistir ala coronación, pero no sé si podré: ensayaré». Llegado el día, el enfermo se levantó á las cinco, sacó su frac, se afeitó, etc., etc., y me dijo: «ya véis cuanto hago, no sé todavía 9i podré». En fin, á la hora de la ceremonia hizo un gran esfuerzo y consiguió á duras penas bajar. Pero diez días después, con motivo de la fiesta de San Pedro, los mismos preparativos, los mismos esfuerzos, no dieron resultado. «Ya véis, dijo el enfermo, que
4 S ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD siempre siendo mi prisionero. N O es el de_ ,„¿ lo que me falta, puesto que me estoy preparando hace tres horas; me he vestido, me he hy puesto los guantes yno puedo v a , H lir aquí». En efecto, le fui imposible la ceremonia. Yo había insistido muello, pero no creí deber obligarle. Terminan"' este relato, ya muy largo, con i nu l observación.; y es, que los movimientos instintivos de la naturaleza de los que se escapan :t la voluntad propiamente dicha, no eneontraban obstáculos en nuestro enfermo como los ( l ite se pueden llamar ordenados. Así es que cuando al llegar á Lyon, á la vuelta, nuestro ( . ot . he atropelló á una mujer, que habían derribado los caballos, mi enfermo recobró toda su enería, y sin esperar á que parase el coche evitó á u i lado su manta, abrió la portezuela y Lijó el primero al lado de la mujer.» El autor añade que el viaje no tuvo la t que él se prometía; que el enfermo se encontraba mejor, sin embargo, en el coche, sobre todo cuando el movimiento era duro y malo el (' :11n ino y, qtw en fin, volvió al lado de su famili:t pró ximamente en el mismo estado de enfermedad (I). Los casos precitados representan un grupo {t) llilforl. Anuales médico-psycholoqiques, toro* 1, página y si wtientes. El autor cita otros hechos de . carácter mucho menos claro, que nu re producimos . (Véanse páginas 184, 319 y siguientes). s 11! 7
CAPÍTULO 1 /19 bien definido. Resultan de ellos algunos .hechos muy claros y algunas inducciones muy probables. fié aquí primero los hechos: 1.° El sistema muscular y los órganos del movimiento permanecen intactos. Por este lado ningún impedimento. La actividad automática, la que constituye la rutina de la vida, persiste. 2.° La inteligencia es perfecta' , nada, al menos, autoriza para decir que ha -ya sufrido la menor debilitación. El fin es claramente conce bido, los medios también, pero el paso al acto es imposible. Tenemos aquí, pues, una enfermedad de la voluntad, en el sentido más riguroso. Observemos de paso que la enfermedad constituye para nosotros una experiencia curiosa. Crea condiciones excepcionales, irrealizables por ningún otro medio: escinde el hombre, anula la reacción individual y respeta lo demás; nos produce, en la medida de lo posible, un ser reducido á inteligencia pura. ¿De dónde viene esta impotencia de la voluntad? Aquí comienzan las inducciones. No hay más que dos hipótesis posibles sobre su causa inmediata: consiste en una debilitación ó bien de los centros motores (1), ó bien de las incitaciones que éstos reciben. (1) Observemos que se trata del estado no de los órganos motores, sino de bis centPos, cuaiquiera que sea, por lo demás, la opinión que se leop sobre su naturaleza y su loralizaeión.
50 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD Examinemos ambas hipótesis, comenzando pl)r la segunda, que me parece la más verosímil. Esquirol nos ha conservado la notable respuesta que le dió un enfermo después de su curación. «Esta falta de actividad provenía de que mis sensaciones eran demasiado débiles para ejercer influjo sobre mi voluntad». El mismo autor ha notado también el profundo (.¡Anbio que sus enfermos experimentan en el sentimiento general de la vida. «Mi existencia, le escribe uno de ellos, es incompleta; me quedan las funciones, los actos de la vida ordinaria, pero en cada uno de ellos falta alguna cosa, saber: la senación que le es propia y la satispp . ciói que le sigue... Cada uno de mis sentido. , ;, ('.ada parte de mí mismo está, por decirlo así, separada de mí y no puede procurarme ninguna sensación.» Un psicólogo ¿expresaría nkjor en qué punto está alterada 'la vida afee- i i en lo que tiene de más general?—Billod l'Hiere el caso de una joven italiana, «de una edw . aei(')n brillante», que se volvió loca por t • avie,dades amorosas, y curó; pero para caer en la más profunda apatía Razona sensa- -Lamente sobre todos los asuntos; pero no tiene voluntad propia, ni fuerza de querer, ni de amor, ni aun conciencia de lo que le sucede, de lo que siente ó de lo que hace.. Asegura que se encuentra en el estado de una persona que no
cA p rruLo 1 51 está ni muerta ni viva, que vive en un sueño continuo, á la que los objetos aparecen como envueltos en una nube, á la que las personas le parece que se mueven como sombras y que las palabras vienen de un mundo lej ino» (1). Si, corno más tarde tendremos ocasión de ver extensamente, el acto voluntario está compuesto de, dos elementos bien distintos (un estado de conciencia totalmente impotente para hacer ó para impedir la acción, y otros estados orgánicos, únicos que tienen este poder), hay que admitir que ambos fenómenos, de ordinario simultáneos, porque son efectos de una misma causa, están aquí disociados. La impotencia para la acción es un hecho. La intensidad del estado de conciencia (que, en todo caso, es intermitente) ¿es un hecho? Entonces seria preciso admitir que las condiciones necesarias y suficientes se vuelven á encontrar, pero sólo para este caso. ¿Es una ilusión? Me inclino á .suponerlo. El vehemente deseo de acción que algunos de estos enfermos creen experimentar me parece una simple ilusión de su conciencia. La intensidad del deseo es una cosa completamente relativa. En ese estado de apatía general, el impulso que les parece vivo está, de hecho, por bajo de la intensidad media; y de .aquí la inacción. Estudiando el estado de la vo- (1) Annales ntMico 7 psychologigues, loc. cit., p. 184.
ENFERMEDADES DE L.A. VOLUNTAD luntad en el sonambulismo, veremos más ade_ jam t ( que ciertos sujetos están persuadidos de que sOlo depende de ellos la acción; pero que lue g o la experiencia les . obliga a confesar que se ll ' an equivocado y que su conciencia les engaiy, completamente (1). por ( ' l contrario, cuando una excitación es muyviolenta, brusca, inesperada, es decir, que reune todas las condiciones de intensidad, lo nE't free tiente es que pase á la acción. Ya hemos visto antes que un enfermo encontró energía para salvar a una mujer atropellada. Todos pueden, por lo demás, representarse estado de abulia; porque no hay nadie que ita \ — ei pasado horas de aplanamiento, en que lod:Ls las incitaciones exteriores ó interiores, spitsaciones ó ideas, quedan sin acción, nos ipjan fríos. Esto es un bosquejo de la «abulia, . - No Irty más que la diferencia del más al mynos y de una situación pasajera á un estado cr6nico. Si c es t o ) ee s to)s ettlermos no pueden querer, es que todos los proyectos que conciben no despiertan en ellos más que deseos débiles, insuficientes para llevarlos á la acción. Me expreso así para conformarme con el lenguaje corriente; porqueno es la debilidad de los deseos, á título desimples estados psíquicos, la que produce la. (1) Véase el capítulo V.
CAPÍTULO I 53 inacción. Esto es razonar sobre apariencias. Como hemos visto antes, todo estado del sistema nervioso, correspondiente á una sensación ó á una idea, se traduce tanto mejor en movimiento si va acompañado de aquellos otros estados nerviosos, cualesquiera que sean, que correspondan á sentimientos. De la debilidad de estos estados es de lo que resulta la abulia, no de la debilidad de los deseos, que no es más que un signo. La causa es, pues, una insensibilidad relativa, una debilitación general de la sensibilidad; lo que está atacado es la vida afectiva, la posibilidad de emocionarse. Tal estado morboso mismo ¿de dónde procede? Este es un problema de orden principalmente fisiológico. A BO dudar, hay en estos enfermos una depresión notable de las acciones vitales. Puede ésta al- , canzar un grado tal, que todas las facultades estén afectadas y que el individuo llegue á ser una cosa inerte. Es el estado que los médicos designan con los nombres de melancolía, lipemania, estupor, cuyos síntomas físicos son el retardo de la circulación, la disminución de la temperatura del cuerpo, la inmovilidad casi completa. Estos casos extremos exceden de nuestro asunto; pero nos revelan las causas 1'11- timas de las impotencias de la voluntad. Toda depresión en el tonus vital, ligera ó profunda, fugitiva ó durable, tiene su efecto. La volun-
5 f ENIEBAII:DADLS LE LA VOLUNTAD tad se parece tan poco á una f acultad que reine como dueña, que depende á cada momento de las causas más mezquinas y más ocultas; esta' á merced de ellas. Y, sin embargo, como tiene. su origen en las acciones biológicas que se realizan en la intimidad más profunda de nuestros tejidos, se ve cuán verdad es decir que nosotros mismos somos la voluntad. Puede' arriesgarse otra hipótesis y buscar la explicación de la abulia en el orden de lasmanifestaciones motoras. Entre la resolución que se traduce por un «yo quiero», y que es un acto puramente mental, y la ejecución de los movimientos queridos, que es un acto puramente fisico, hay una etapa intermedia que es (1 despertamiento y la excitación de las imágenes motoras. Todos nuestros movimientos, ejecutados primero á la ventura, dejan tras sí huellas, residuos, que constituyen una memoria motora, gracias á la que, después de un período de tanteos y de aprendizaje, la voluntad, dueña de su instrumento, no tiene más que hablar para ser obedecida. ¿No podríamos suponer (pie estas imágenes motoras se han alterado ó perdid o y que, en consecuencia, la solución queda suspendida en el vacío é impotente P er a pasar al acto? Por especiosa que sea esta hipótesis, no es aceptable. Equivaldría á decir que esas enf ermedades de la voluntad son enf ermedades de la memoria; pero la abulia no es
CAPITULO 1 55 una amnesia. El agráfico que, por pérdida de las imágenes motoras, no sabe escribir, difiere totalmente del enfermo de Billod que, en el momento en que vence su abulia, escribe como todo el mundo. Sería más admisible referir la abulia á las parálisis psíquicas estudiadas por Reynolds, Charcot y otros autores. En los casos de este género el enfermo está paralítico porque se cree paralítico. Toda la terapéutica consiste en desterrar de su espíritu esa imagen debilitante. En cuanto se crea capaz de acción, obra (1). De todos modos, esto ¿no nos lleva de nuevo á la primera hipótesis? Porque la idea de una impotencia motora ¿cómo puede influir sino por el estado de depresión que la acompaña, es decir, por una debilitación de la excitación? El lector elegirá entre las dos hipótesis que acabamos de exponer: nuestras preferencias están por la primera (2). (1) Estas parálisis psíquicas pueden producirse por sugestión, en estado de hipnotismo. Pueden paralizarse los órganos de la palabra, un brazo, una pierna, etc. Una afirmación las crea; la afirmación contraria las. destruye. (2) Para el estudio muy al pormenor de un caso de abulia (enfermedad de la duda) véase el trabajo de M. Pierre Janet, Revue philosophique, Marzo y Abril, 1891. El autor lo exp l ica por una «disgregación psíquica.»
62 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD Cuas aprensiones. Tal sucedía con el pertiguero de una catedral, de que habla More!, que durante veinte años, atormentado por temores absurdos, no se atrevía á tocar á su alabarda, se hacía reflexiones, se reñía y triunfaba de sí mismo, pero por un sacrificio, que temía no poder repetir al día siguiente (1). Esta enfermedad de la voluntad resulta, en parte, de la debilidad del carácter, en parte, del estado intelectual. Es natural que este flujo de ideas vanas se traduzca por actos vanos, no adaptados á la realidad; pero la impotencia de la reacción individual juega un gran papel. Así, encontramos una depresión del tono vital. 1,0 que lo prueba, son las causas de ese estado morboso (neuropatías hereditarias, enfermeda- (les debilitantes); son las crisis y el síncope que el esfuerzo para la acción pueden producir; son las formas extremas de la enfermedad en que t , os desgraciados, devorados p g r indecisiones jiu tregua, no escriben, no escuchan, no hablan, « sino que se hablan á sí mismos á media voz, despuís en voz baja, y algunos concluyen por mover simplemente los labios expresando sus ideas por una especie de musitación». Para terminar, observemos los casos en que la debilitaci ó n de la voluntad confina con el .anonadamiento. Cuando un estado de concien- (1) A p ehives p ; aérales de mé lecine, 1866.
CAPITULO T 63 cia permanente y que se impone, va acompañado de un sentimiento de terror intenso, se produce una parada casi absoluta y el enfermo parece estúpido, sin sedo. Tal es el caso, referido por Esquirol, de un joven que parecía idiota, al que había que vestir, acostar, dar de comer, y que, después de su curación, confesó que una voz interior le decía: «No te muevas ó mueres» (1). Guislain refiere también un hecho curioso, pero en el que la ausencia de documentos psicológicos deja en cierta confusión y solo permite una interpretación equívoca. «Cierta señorita, cortejada por un joven, fué atacada de una enajenación mental, cuya verdadera causa se ignoraba, y cuyo rasgo distintivo era una fuerte oposición de carácter que no tardó en trasformarse en un mutismo morboso. Durante doce años no respondió más que dos veces á las preguntas: la primera bajo el influjo de palabras imperativas de su padre; la segunda á su entrada en nuestro establecimiento. En ambos casos fué de un laconismo extraño, sorprendente» . Durante dos meses Guislain se entregó á repetidas tentativas para conseguir la curación. «Mis esfuerzos fueron vanos y mis exhortaciones perdidas. Persistí, y no tardé en comprobar (1) Esquirol, tomo II, p. 287.
64 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD un cambio en la fisonomía, una expresión n'As. inteligente en los ojos; un poco más tarde, pero sólo de tiempo en tiempo, frases, explicaciones claras, categóricas, interrumpidas por largos. intervalos de silencio; porque la enferma mostraba una extrema repugnancia á ceder á mis indicaciones Podía observarse bien que su amor propio estaba satisfecho del triunfo obtenido sobre sí misma. En sus respuestas janli'is s(i notó la menor idea delirante; su cuajewn . iOn era exclusivamente una enfermedad de la voluntad impulsiva. De repente una especie (le vergüenza retenía á la enferma, á la que ya comenzaba á considerar, como decididamente, e ni valeciente. Durante dos, tres días dejl') de hablar, después, gracias á nuevas solicitaciones, vol vio la palabra, hasta que al fin espontáneamente tomó parte en las conversaciones q ie se entablaban á su alrededor Esta c uraei:)n es una de las más asombrosas que he visto en níi vida» (1). El autor añade que el restablecimiento fué completo y duradero. Este estado de inercia morbosa, de que es tipo la abulia, en que el «yo quiero» no va nunva seguido de acción, muestra hasta qué plinto la volición, á título de estado de conciencia, y el poder eficaz de obrar, son cosas distintas. Sin insistir sobre este punto por el momen- (1) Guilain, Op. cip., tomo 11, páginas 227 y 228.
CAPITULO Y 65 to, detengámonos sobre ese hecho del esfuerzo, capital en la psicología de la voluntad, y que aqu í falta. El sentimiento del esfuerzo 'muscular ha sido estudiado por M. James (1) de una manera tan profunda y rigurosa, que no hay ya que insistir en ello, y que basta recordar brevemente sus conclusiones. Este fisiólogo ha demostrado que el sentimiento de la energía muscular desplegada en un acto cualquiera es «una sensación afrente, compleja, que viene de músculos contraídos, de ligamentos tensos, de articulaciones comprimidas, de fijar el pecho, de cerrar la glotis, de fruncir las cejas, de apretar las mandíbulas, etc.» Ha discutido paso á paso, apoyándose en la experiencia, la opinión que hace de ello una sensación eferente, ligada á la descarga motora, coincidiendo con la corriente de salida de la energía nerviosa. Ha mostrado claramente, después de Ferrier y otros, que en los casos de parálisis, si se conserva el sentimiento del esfuerzo, aun cuando no se puede en ningún grado mover el miembro paralizado, es porque las condiciones de la conciencia del esfuerzo continúan existiendo y el enfermo mueve el miembro ó el órgano del lado opuesto. Pero M. James distingue con razón el es- (1) The feeli,ng of effort. in-t.°, Boston, 1880.
66 ENFEIIMEDADES DE LA VOLUNTAD w rzo rolitico, el cual no implica en muchos en.o, nin rr i'm movimiento inmediato O nada T' e Hila energía muscular extremadamen- D , dad. Tal es, para usar uno de sus ejemplos, G : I su del hombre que, después de una larga indceisión. tomó el partido de echar arsénico el vaso de su mujer para envenenarla. Todo n i undo conoce, además, de propia experiencia (liste estado de lucha en que el esfuerzo es todo Aluí nos separamos con sentimiento d41 autor, que coloca este esfuerzo en una re- - iOn aparte, supra-sensible. A nosotros nos par 4 '1 • que no difiere del otro sino en un punto: sus ( . 0n(liciones fisiológicas están mal conocidas y no pueden aventurarse más que hipótesis. Hav dos tipos de este esfuerzo volitivo: uno, i lie consiste en suspender los movimientos del in tinto, de la pasión, del hábito; otro, en sobre- ; )Verse a la pereza, á la dejadez, á la timidez; el lino es un esfuerzo de resultado negativo, el ()Iro de resultado positivo; el uno produce una suspensión, el otro una impulsión. Estos dos ¡pus pueden referirse á una fórmula única; hay est . uerzo cuando la volición sigue la línea de la máxima resistencia. Este esfuerzo volitivo no se verifica, nunca cuando la impulsión la suspensión) y la elección coinciden, cuando nuestras tendencias naturales y el «yo quiero» van en el mismo sentido; en términos más claros, cuando lo que es inmediatamente agrada- I N
CAPÍTULO I 67 ble al individuo y lo que elige _son la misma cosa. Tiene lugar siempre que dos grupos (le tendencias antagónicas luchan para suplantarse recíprocamente. En efecto, todo el mundo lo sabe, esta lucha existe entre las tendencias inferiores cuya adaptación es limitada y las tendencias superiores, cuya adaptación es comple- ja. Las primeras son siempre más fuertes por naturaleza; las segundas lo son algunas veces por artificio. Las unas representan una potencia ingénita en el organismo, las otras una adquisición de fecha reciente. ¿Cómo, pues, éstas pueden triunfar á veces? Porque el «yo quiero» es un apoyo en su favor. No, bien entendido, á título de simple estado de conciencia, sino porque bajo esta volición, que es un efecto, hay causas conocidas, semiconocidas y desconocidas, que hemos resumido frecuentemente en una expresión: el carácter individual. Todas estas pequeñas causas actuantes, que resumen el individuo físico y psíquico, no son abstracciones. Son procesos fisiológicos ó psicológicos; suponen un trabajo , en los centros nerviosos, cualquiera que ellos :sean. ¿Seria temerario sostener que el sentimiento del esfuerzo volitivo es también un efecto de esos procesos fisiológicos? No puede objetársenos con la impotencia actual para determinar su mecanismo. Este punto es tanto más oscuro, cuanto que el mecanismo debe di-
(38 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD ferir seu1tá que se trate de producir un impulso O un :L parada; tampoco el sentimiento del esruerzo volitivo es idéntico en ambos casos. La lucha interior va acompaáada de un sentimiento de fatiga frecuentemente intenso. Aun cliaildo nos sepa demasiado sobre la naturaleza y las causas de este estado, se admite en que, aun en el esfuerzo muscular, el asiento de la fatiga está, en los centros nerviosos que ordenan la contracción, no en los músculos: que hay un agotamiento nervioso, no un :L"'I)tamiento muscular. En las contracciones reflejas no se percibe la fatiga. En los histériew, se ve que las contracturas persisten casi indefinidamente, sin que el paciente note el menor sentimiento de cansancio; el esfuerzo vol unkrio es, pues, el que fatiga, y no la contracción del mUsculo (1). Salvo nuestra ignorancia, no tenemos, pues,. a l alguna para atribuir al esfuerzo volitivo uu caracter aparte. En todos los casos en que este esfuerzo debe producirse, los elementosnerviosos; , son capaces de proporcionar un anillenlo de trabajo durante un tiempo dado? O bien, sea por naturaleza, ó por falta de educación de ejercicio, ¿se agotan deprisa y son incapaces de recobrar nuevas fuerzas? ¿Tienen, sí ó nO, una cantidad suficiente de fuerza disponi s- - (1) 1;ichet, Physiologie cies nerfs et des ~eles p. 477-490.— 1 chula, Elude psychophysique p. 951 de psychophysique, 1. 1. 9 siguientes en los Elénzent
CAPITULO 1 69 ble almacenada? El problema de la acción, en el sentido de la mayor resistencia, se reduce aquí á sus últimos términos. Es ese trabajo oculto, casi desconocido, que se traduce por el sentimiento del esfuerzo volitivo. El sentimien- to del esfuerzo, bajo todas sus formas, es, pues, un estado subjetivo que corresponde á ciertos fenómenos realizados en los centros nerviosos y en otras partes del organismo, pero que se asemejan tan poco como las sensaciones de sonido y de luz se asemejan á su causa objetiva. Para ser capaz de grandes esfuerzos musculares es preciso que los centros nerviosos adaptados se encuentren en estado de producir un trabajo considerable y prolongado; lo que depende de su naturaleza y de su rapidez para reparar pérdidas. Para producir un gran esfuerzo moral ó intelectual es preciso, del mismo modo, que los centros nerviosos adaptados (cualesquiera que sean, y nuestra ignorancia, en este respecto. es casi completa) se hallen en estado de producir un trabajo intenso y repetido, en lugar de agotarse en breve plazo y sin reanimación. La posibilidad del esfuerzo es, pues, en último análisis, un don natural. Tomemos, para evitar vaguedades, el ejemplo de un hombre vicioso. Si nunca en su vida, por sí mismo ó por j influo de los demás, ha exp p rimentado alguna veleidad de conversión (suponiendo que este caso se encuentre), es que
ENFI RMEDADES DE LA 1 OLUNTAD los elementos morales, con las condiciones fisiológicas correspondientes, le faltan por completo. Si en una circunstancia cualquiera surge en él la idea de corregirse, notemos desde luego que este fenómeno es involuntario; pero supone la preexistencia y la entrada en actividad de ciertos elementos psico-fisiológicos. Tal propósito, es aceptado, afirmado como debiendo hacerse, querido; si la resolución no dura, es que el individuo es incapaz de esfuerzo, es que no hay en su organización la posibilidad del trabajo repetido de que hemos hablado: si dura, es que se mantiene por el esfuerzo, por ese trabajo interior que produce la suspensión de los estadós contrarios. Todo órgano se desarrolla por el ejercicio; aquí, del mismo modo, la repetición se va haciendo más fácil. Pero si no está dado, por 1.i naturaleza un primer elemento, y con él iun;L energía potencial, nada se consigue. El dogma teológico de la gracia, á titulo de don grat Hito, nos parece, pules, fundado sobre una Psicología mucho más exacta que la opinión contraria (1), y se ve cuán fácil es hacerle sufrir 111111 trasformación fisiológica. Volviendo a los casos morbosos que nos ocupan, habría una imposibilidad de esfuerzo, temporal, accidental, pero que se extiende á casi toda la organización. ( I) La doctrina de la gracia se ern uentra \ a entre los Indos, notablemente en la Rita yavad XJ, 53. Véase Barth, Les reli , qions . de d'Imle, p. 18 y 136.
CAPIT UL O II DEBILITACIÓN DE LA VOLUNTAD H. Exceso de impulso. Acabamos de ver casos en que, siendo normal la adaptación intelectual, es decir, la correspondencia entre el sér inteligente y el medio, el impulso á obrar es nulo, muy débil ó al menos insuficiente. En términos fisiológicos, las acciones cerebrales, que son la base de la actividad intelectual (concepción de un fin y de los medios, elección, etc.), permanecen intactas; pero les faltan esos estados concomitantes que son los equivalentes fisiológicos de los sentimientos y cuya ausencia lleva consigo la falta de acción. Vamos á ver casos contrarios, en cierto modo, á los anteriores. La adaptación intelcc-
"2"5 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD mi alma; sin embargo, hace algunos días que ,a ria idea incesante me impulsoá ma taros.1mpe- djd que, vencido al fin, pueda ocurrir una desc rrieia tan grande: permitidme sentar plaza. A pesar de apremiantes instancias, fué inquebrantable en su resolución: partió, y fué sol_ ¡lado. Sin embargo, una voluntad secreta le impelía ; 1 L d(_!sertar, para ir á su país y matar ,t su madre. Al terminar el servicio la idea era (11 fuerte como el primer día. Se reengachó. El into homicida, persistía, pero aceptando el {: ti nbiu por otra, víctima. Ya no sueña con ma- i:Ir á su madre: la espantosa impulsión le desigiia de día y de noche á su cuñada. Para resistir esta segunda impulsión se condenó á un des- 1 ierro prepetuo. Poco después llega al regimiento un compatriota suyo y Glénadel le confin su pena: Tranquilizate,--le dijo el otro,—el crimen es imposible, tu cuñada aca - ba de morir. Al oir estas palabras Glénadel se levanta como un cautivo libertado, le embarga la alegría, parte p:ixa su tierra, donde no había vuelto desde su infancia. Al llegar ve á su cuñada viva, da un grito y la impulsión terrible se apodera de ( , 1 nuevamente.» « Aquella misma noche, se hizo atar por su h ermano•-----Coge una cuerda fuerte, átame como un lobo en la troje y ve á avisar á M. Calmen.....» Obtuvo de él su admisión en un asilo
CAPÍTULO II 79 de locos. La víspera de su entrada escribió al director del establecimiento: «Señor, quiero entrar en vuestra casa; me conduciré en ella como en el regimiento. Me creerán curado; en algunos momentos fingiré estarlo. No me creáis nunca; no debo salir jamás, bajo ningún pretex- to. Cuando yo solicite mi salida doblad la vigilancia; no usaré de esta libertad más que para cometer un crimen que horroriza.» No hay que pensar que este ejemplo sea único ni aun raro; entre los locos se encuentran muchos casos de individuos que, atormentados del deseo de matar á personas que les son queridas, huyen á un asilo para constituirse en presos. Los impulsos irresistibles, y sin embargo conscientes, á robar, incendiar, destruirse por excesos alcohólicos, entran en la misma categoría (1). Maudsley en su Patología del espíritu (cap. VII, págs. 330 y siguientes) ha recogido una colección tal de ejemplos, que lo mejor es recomendar la obra á nuestros lectores. Todas estas tendencias fatales, clasificadas bajo los nombres de dipsomanía, kleptomania, piromanía, erotomanía, monomanía homicida y suicidio, no son ya consideradas hoy como formas morbosas distintas, sino como las diversas manifestaciones de una sola y única causa: la degeneración, es decir, la inestabilidad é in- (i) Véase Trélat, Folie lucirle. Maudsley, crime et hr fol;e parí., pág. 188.
SO FERMEDXDES DE LA V OLUNTAD coordinación psicológicas. - Nada 1411 ' tS frecuente que ( ' 1 cambio de 1111 impulso á otro, del homicidio en suicidio ó viceversa. Un notable caso, Citado por MoreI (Enferoiedades me'ntales, na -PO), es el de un (1euenerado que, alterna '- ti- ' :miente, se ve impulsado al suicidio, al liomiejdif ), los excesos sexuales, al alcoholismo v lis tentativas incendiarias. Sería curioso para 1,,i(.610..» saber por qué una sola causa se ma il iHesta por tan distintos efectos, aquí de 1 111 i ncylo y allí de otro; por qué el epiléptico es nu'Is bien ladrón, el imbécil incendiario, etc. Parece que la razón última de estas diversidad(•s encuentra en la idiosincrasia del degenerado, en su constitución física y mental (1). No importa aquí la solución de este problema: basta fijar que todos los impulsivos tienen los mIsmos caracteres: son conscientes, incoordin:1110s, incapaces de lucha. II 1 [a y que notar ante todo que existe una transición casi insensible entre el estado sano y estas formas patológicas. Las personas más razonables tienen el cerebro lleno de impulsiones locas; pero estos estados de conciencia repentinos é inestables quedan sin efecto, no pasan á (t) Véase soluc este punto Simio, Maladies mentales, traducción fume., tomo II, pítg. 423.
CAPÍTULO II 81 la acción porque fuerzas contrarias, el hábito general del espíritu, las destruyen; porque entre ese estado aislado y sus contrarios es tal la desproporción que ni siquiera hay lucha. En otros casos, á que de ordinario se da poca importancia, hay actos muy extraños, aunque en sí no tengan nada de reprensible ni de peligrosos; pueden constituir una especie de tic, de capricho, de manía si se emplea esta palabra en su sentido usual y vulgar. «Otras veces, sin llegar á ser los actos muy comprometedores, son ya más graves: consisten en destruir, golpear sin motivo un objeto inanimado, en romper los vestidos. Observamos en este momento una joven que se come toda su ropa. Se cita el ejemplo de un aficionado que, encontrándose en un museo delante de un cuadro caro, siente un deseo instintivo de romper la tela. A menudo estas impulsiones pasan inadvertidas y no tienen más confidente que la conciencia que las experimenta» (1). Ciertas ideas fijas, de naturaleza fútil ó irrazonables, se imponen al espíritu que las juzga absurdas, aunque sin poder impedir que se traduzcan en acciones. En un trabajo de Westphal se encontrarán hechos curiosos de este género. Por ejemplo: á un hombre le persigue la idea de que podría confiar al papel la (1) obra cit., p. 341. fi
82 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD confesión de que él es el autor de un crimen cualquiera y perder ese papel: en consecuencia conser v a cuidadosamente todos los papeles que encuentra, recoge los recortes que ve por la calle, se asegura de que no tienen nada escrito, se los lleva á su casa y los colecciona. Tiene, por lo demás, plena conciencia de la puerilidad de tal idea, que le persigue á todas horas; no cree en ella, y no puede, sin embargo, des- e ' lib r ara zar se de ella (1). Entre lus actos más pueriles y los más peligrosos no hay más que una diferencia de cantidad; lo que unos nos ofrecen en pequeño, los otros lo muestran agrandado. Tratemos de entender el mecanismo de esta desorganización de la voluntad. En el estado anormal hay un fin escogido, afirmulo, realizado: es decir, que los elementos del yo, en totalidad ó en mayoría, concurren al fin: los estados de conciencia (sentimientos, ideas con sus tendencias motrices), y los movimientos de nuestros miembros forman un consensus y convergen al fin con más ó menos est uerzo, por un mecanismo complejo, compues- to á la vez de (1) Westphal, Ueber Zwarigsvorsiellungen, Berlin,1877. Se puede notar que en algunos casos el terror de producir una acción conduce inevitahlemeode á ella; efectos de vértigo, gentes que se tiran á la calle por miedo de c:Ier á ella, que sc hieren por miedo á herirse, etc. Todos estos hechos se explican por la naturaleza de la representación. impulsos y paradas.
CAPÍTULO II 83 Tal es la voluntad en su forma más acabada, típica; pero esto no es un producto natural; es el resultado del arte, de la educación, de la experiencia. Es un edificio construido pieza por pieza. La observación objetiva y subjetiva demuestra que cada forma de la actividad voluntaria es fruto de una conquista. La naturaleza solo proporciona los materiales, algunos movimientos simples en el orden fisiológico, algunas asociaciones simples en el orden psicológico. Es necesario que, con ayuda de estas adaptaciones simples y casi invariables, se formen adaptaciones cada vez más complejas y variables. Es preciso, por ejemplo, que el niño adquiera poder sobre sus piernas, sus brazos, y todas las partes movibles de su cuerpo, á fuerza de tanteos y de ensayos, combinando los movimientos apropiados y suprimiendo los movimientos inútiles. Es preciso que los grupos simples así formados se combinen en grupos complejos, éstos en grupos aún más complejos y así sucesivamente. En el orden psicológico es necesaria una operación análoga. Nada complejo se adquiere de repente. Pero, claro es, que en el edificio así construido, poco á poco, sólo son estables los materiales primitivos, y á medida que la complejidad aumenta, decrece la estabilidad. Las acciones más sencillas son las más estables—por razones anatómicas, porque son congénitas,
84 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD inscritas en el organismo; por razones fisiológicas, porque están perpetuamente repetidas en la experiencia del individuo y, si se quiere hacer intervenir la herencia, que abre un campo ilimitado, en las experiencias sin número' de la especie y de las especies (1). En suma, lo que es sorprendente es que la voluntad, la actividad de orden complejo y superior pueda llegar á ser dominadora. Las. causas que la elevan y la mantienen en este rawro son las mismas que en el hombre educado elevan y mantienen la inteligencia por encima de las sensaciones y de los instintos: tornando la humanidad en conjunto, los hechos prueban que el dominio de uno es tan precario como el del otro. El gran desarrollo de la masa cerebral en el hombre civilizado y el influjo de la educaciOn y de los hábitos que ella impone \plican como, á pesar de tantos motivos cont r los, la actividad razonable queda á menudo (1) 1 . 1andli el poder voluntario Constituid() según une ciertos estados de conciencia obedecen á ciertos grullos de movimientos, se puede citar, á tí/ de caso pa lológico, el hecho citado por Jlescliede ((:'ill'esPifildenz 1:1;111, 1" . ; II) de un hombre «se encontraba en esta sinular condición, (n i e cuando (piala hacer una cosa su y a (5 relativa á los demás, él, á más bien ,lis ninsculos, hacían precisamente lo contrario. Quería mirar hacia I;t derecha: sus ojos se volvían á la izquierda; y esta anomalía se extendía á sus demás movimientos. Era una simple contradicción del movimien- to, pero sin 1 1 ' 1 1 )11 ' i n desarre l .do mental, y que difiere de los movimientos involuntarios en esto: que no producía jamás un movimiento, sino cuando quería, pero /pie este movimiento era siempre el contrario del que quería.»
CAPITULO 11 85 Los hechos patológicos que preceden muestran bien que la voluntad no es una entidad que reina por derecho de naturaleza, á veces desobedecida, sino una resultante siempre inestable, siempre pronta á descomponerse y, en suma, un accidente feliz. Estos hechos, que son innumerables, representan un estado, que lo mismo puede decirse una dislocación de la voluntad, que una forma retrógrada de la actividad. Si consideramos los casos de impulsiones irresistibles con plena conciencia, veremos que esta subordinación jerárquica de las tendencias (que es la voluntad), se divide en dos ramas: al consensus, único que la constituye, se ha sustituído una lucha entre dos grupos de tendencias contrarias y casi iguales, de suerte, que puede decirse que está dislocada (1). Si consideramos la voluntad, no como un todo constituido, sino corno el punto culminante de una evolución, diremos que las formas inferiores de la actividad le arrastran y la, actividad humana retrocede. Notemos, por otra parte, que el término «inferiores» no implica (1) Podría demostrarse, si fuera este el momento, cómo la unidad del yo es frágil y necesita garantía. En estos casos de lucha, ¿cuál es el verdadero yo, el que obra ó el que resiste? Si no se escoge, hay en él, dos. .Si se escoge, hay que confesar que el grupo preferido representa el yo, con igual título que en política una pequeña mayoría obtenida con mucho trabajo representa al Estado. Pero estas cuestiones no pueden tratarso ¡le paso, y espero consagrarles más tarde una monografía.
811 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD preocupación ninguna de moral. Es una inferioridad de naturaleza, porque es evidente que una actividad que se gasta por entero en satisfacer una idea fija ó una impulsión ciega, es por naturaleza limitada, adaptada sólo al presente y á un pequeño número de circunstancias, mientras que la actividad razonable excede del presente y está adaptada á un número grande de circunstancias. Hay que admitir, aunque choque el lenguaje, que la voluntad, como la inteligencia, tiene sus idiotas y sus genios; con todos los grados intermedios posibles. Desde este punto de vista, los casos citados en el primer grupo (impulsiones sin conciencia), representan el idiotismo de la voluntad, ó más bien su demencia; y los del segundo grupo, ciertos casos de debilidad voluntaria, análogos á los de las debilidades intelectuales. Prosiguiendo nuestro estudio, hay que pasa • del análisis de los hechos á la determinación de su causa. j'uede decirse á qué condiciones esta unida esta debilidad de la actividad superior? Desde luego, debe uno preguntarse si su degeneración es un efecto del predominio de los reflejos, ó si, por el contrario, es la causa, ó en otros términos, si la debilidad de la voluntad es el hecho primitivo ó el secundario. Esta cuestión no admite respuesta general. La observación muestra que ambos casos se encuera--
CAPÍTULO 11 87 trae, y por consiguiente, no puede darse sino una respuesta particular para un caso particular cuyas circunstancias son bien conocidas. Es indudable que á menudo la impulsión irresistible es el origo mali; constituye un estado patológico permanente. Entonces se produce en el orden psicológico un fenómeno análogo á la hipertrofia de un órgano ó al incremento exagerado de un tejido en una parte del cuerpo, como sucede, por ejemplo, en la formación de ciertos cánceres. En los dos casos, físico y psíquico, este desorden local se trasmite á todo el organismo. Los casos en que la actividad voluntaria está afectada directamente, no por rechazo, son los más interesantes para nosotros. ¿Qué ocurre entonces? es el poder de coordinación el que está atacado, ó el poder de suspensión, ó ambos? Punto oscuro es este, sobre el que no hay más que conjeturas. Para buscar alguna luz, veamos dos grupos nuevos de hechos: las debilidades artificiales 6 momentáneas por intoxicación, y las crónicas, por lesión cerebral. Todo el mundo sabe que la embriaguez por los licores alcohólicos, el haschich, el opio, después de un primer período de sobrexcitación, lleva consigo una debilidad notable de la voluntad. El individuo tiene más ó menos conciencia de ello; los demás lo ven mejor. Bien
94 ENFERMEDADES DE Lk VOLUNTAD que el contraste entre el pensar y el querer sea completo. Tenemos de ello un ejemplo en Coleridge. «Ningi'm hombre de su tiempo, ni quizás de tiempo alguno, dice Carpenter (1), ha reunido en más alto grado que Coleridge la potencia de razonamiento del filósofo, la imaginación del poeta y la inspiración del vidente. Nadie quizás en la anterior generación ha producido impresión más viva sobre los espíritus entregalos z't las más altas especulaciones. Y, sin embar u o, no hay probablemente persona que, eslan j o dotada de tan relevantes talentos, haya sacado de ellos tan poco partido por el gran 11(Tecto de su carácter, la falta de voluntad para aprovechar tantos dones naturales, hasta el punto de que, flotando siempre en su espíritu numerosos y gigantescos proyectos, no ensayó nunca formalmente la ejecución de uno sólo. Así, desde el comienzo de su carrera encontró un editor generoso que le prometió treinta guineas por algunos poemas que había recitado, haci611dole el pago íntegro al recibir el manuscrito. Coleridge prefirió ir todas las semanas á mendigar de la manera más humillante la suma prometida, para atender á sus diarias necesidades, sin entregar una sola línea del poema, que con haberlo escrito le habría sacado de (1) Mental physiolog y, p. 260 y siguientes.
CAPITULO III 95 tales apuros. El hábito que adquirió desde temprano, y del que jamás se emancipó, de acudir á los estimulantes nerviosos (alcohol, opio), debilitó aún más su poder voluntario, de modo que llegó á ser preciso gobernarlo». La composición de su fragmento poético Kubla-Khan, que ha contado en su Biografía literaria, es un ejemplo típico de acción mental automática. Se durmió leyendo. Al despertar tuvo la sensación de que había compuesto algo así como doscientos ó trescientos versos, y que no tenía que hacer más que escribirlos. «Las imágenes nacían como realidades, con las expresiones correspondientes , sin ninguna sensación ó conciencia de esfuerzo». El conjunto de este singular fragmento, tal como existe, comprende cincuenta y cuatro líneas, que fueron escritas con la mayor rapidez que pudo dar á la pluma; pero habiéndole interrumpido para un asunto, una persona que le entretuvo cerca de una hora, Coleridge, con gran sorpresa y mortificación propias, se encontró con que «aun cuando tuviese aún un vago y oscuro recuerdo del conjunto general de su visión, á excepción de ocho ó diez versos sueltos, todo el resto había desaparecido completamente». Las referencias de sus contemporáneos sobre su conversación inagotable, su hábito de soñar en voz alta, su perfecto olvido de los interlocutores, dejan la impresión de una inteligencia
96 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD exuberante, entregada á un automatismo sin freno. Las anécdotas curiosas ó burlonas son abundantísimas. No citaré ninguna; prefiero dejar á un maestro el cuidado de pintar al hombre. «La figura de Coleridge y su exterior, por lo demás bueno y amable, tenía algo de flojo y d( , irresoluto, expresando la debilidad con la po s ibilidad de la fuerza. Oscilaba sobre las piernas, dobladas las rodillas, en una actitud encorvada. En su modo de andar había algo de con tuso de irregular, y cuando se paseaba en avenida de su jardín, no se decidía á seguir la de las orillas, yendo haciendo eses de la una a la otra. »Nada más abundante que su conversación, ; s iempre en forma de monólogo, sin consentir iliterrupciOn alguna, ni aun respetuosa, y aparta IP 10 inmediatamente toda adición ó anotación ex_ - tralla , aun los más sinceros deseos de aclara- 4,•ión, como superfluidades que jamás debieron pr( tic irse. Ademas, su conversación no se deslizaba en un sentido, como un río, sino en todos sent id " en corrientes inextricables ó en remolinos cuino los de un lago ó los del mar; terriblemente desprovista de objeto definido, y aun Frecuentemente de inteligibilidad lógica; lo que había que hacer ó que creer se negaba obstina( lamente á salir de aquella oleada de palabras;- modo que con la mayor frecuencia os
CAPÍTULO 11I 97 sentíais lógicamente perdido, engolfado y á punto de ahogaros por aquella marea de frases ingeniosas, desbordándose sin límite como para sumergir al mundo. »Comenzaba de cualquier modo. Le poníais una cuestión, ó le hacíais una observación sugestiva. En lugar de responder, comenzaba por acumular un aparato formidable de vejigas natatorias lógicas , de preservativos trascendentales, de otros artefactos de precaución y de trasporte. Quizás al fin sucumbía á tanto peso; pero bien pronto se encontraba solicitado por nueva caza que seguir de un lado á otro, por una nueva persecución, y de carrera en carrera á través del mundo, indeciso de la caza que cogería y de si la cogería. Su conversación se caracterizaba como él mismo, por la irresolución; no podía plegarse á condiciones, á abstenciones, á su objeto definido; vagaba á su monte, ha ciendo del auditorio, con sus deseos y sus humildes aspiraciones, un botador puramente pasivo. Orillantes islotes embalsamados, soleados y benditos islotes de la inteligencia!: yo los lie visto salir de la niebla, pero siempre raros y para englobarse inmediatamente en el elemento general. »Tenia siempre frases elocuentes, artísticamente expresivas; rara vez le faltaba el tono de una simpatía noble, aunque extrañamente il u-
ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD minada; pero en general, esta conversación objeto, hecha de nubes, sentada sobre nubes, vagando sin ley razonable, no podía llamarse excelente, sino sólo sorprendente; recordaba la expresión amarga de Hazlitt; excelente hablador, en verdad, si se le deja no partir de ninguna premisa para no llegar á ninguna conclusión (1)». Descendamos ahora á los vulgares ejemplos de debilitamiento adquirido de la atención voluntaria. Se presenta en dos formas: A. La primera está caracterizada por una actividad intelectual exagerada , una superabundancia de estados de conciencia, una producción anormal de sentimientos y de ideas en un tiempo dado. Hemos hecho ya mención de ella á propósito de la embriaguez alcohólica. Esta exuberancia cerebral se manifiesta aún más exageradamente en la embriaguez, más inteligente, del haschisch y del opio. El individuo siente desbordarse flujo incoercible de sus ideas, y el lenguaje no e l s bastante rápido para traducir la velocidad del pensamiento; pero al mismo tiempo el poder de dirigir las ideas se hace cada vez más débil, los momentos I(icidos cada vez más cortos (2). Tal estado de (1) Carlyle, The 1 - »*le of Sterling, cap. VIII. (2) N'orean, haehieh el mentale, p. f0. Richet, 1,es poisons de r intelligenee, p. 71.
CAPITULO in 99 exuberancia psíquica, cualquiera que sea la causa (fiebre, anemia cerebral, emoción), conduce siempre al mismo resultado. Entre tal estado y la atención hay, pues, un antagonismo completo; el uno excluye á la otra. Esto no es más que un caso particular de la exageración de los reflejos; solamente que aquí se trata de los reflejos psíquicos; en otros términos, todo estado de conciencia actual tiende á resolverse, y no puede hacerlo más que de dos maneras: produciendo un movimiento, un acto, ó bien despertando otros estados de conciencia según las leyes de la asociación. Este último caso es un reflejo de un orden más complicado, un reflejo psíquico, pero no es más, como el otro, que una forma de automatismo. 13. La segunda forma nos conduce al tipo de la abulia; consiste en una disminución progresiva del poder director y en una imposibilidad final del esfuerzo de la inteligencia. «En el período inicial de ciertas enfermedades del cerebro y del espíritu, el enfermo se queja de incapacidad para gobernar y dirigir la facult: I d de la atención. Encuentra que le es imposible, sin un esfuerzo manifiesto y penoso, ‹lunplir su trabajo mental acostumbrado, leer ó comprender el contenido de una carta, de un periódico y aun una ó dos páginas de algún libro favorito; el espíritu cae en nn esta/lo de vacila-
I 00 ENFERMEDADES DI, LA VOLUNTAD ción, incapaz de continuidad en el pensamiento. »Consciente de esta debilitación de energía, el enfermo intenta recuperarla; toma un libro, resuelto a no ceder á las sensaciones de incapa,- eidad intelectual, de languidez psíquica, de debi l idad cerebral; pero frecuentemente descubre que ha perdido todo poder de equilibrio ment,t 1, de concentración y de coordinación de sus ideas. En sus tentativas por comprender el sentido de lo que tiene bajo los ojos, lee y vuelve leer con resolución, con una apariencia de energía victoriosa ciertos pasajes llamativos, pen) sin ser capaz de sorprender un conjunto i ideas muy sencillas, ó de proseguir con éxi- to un razonamiento elemental. Esta tentativa,. sobre todo si es sostenida, hace converger la. atención sobre un punto, acrece con frecuencia la confusión del espíritu y produce una sensaciOn física de laxitud cerebral y de cefalalgia (I)». Muchos enfermos de parálisis general, despu(is de haber atravesado el período de sobreacti \ idad intelectual, el de los proyectos gigantescos, de las compras inmoderadas, de los viajes sin motivo, de la locuacidad incesante, en que la voluntad esta dominada por los reflejos, llegan al período en que queda impotente por (1. ' 1 Forb es 1\ in O the obseure Disecases of the Brin, etc.,' piigitnt 9.16.
CAPÍTULO HI 101 atonía; el esfuerzo no dura más que un momento, hasta que esa pasividad siempre creciente concluye en la demencia (1). El lector ve, sin comentarios, que las enfermedades de la atención voluntaria son reductibles á los tipos ya estudiados. Es, pues, más fructuoso, sin multiplicar los ejemplos, buscar lo que ese estado del espíritu, que se llama la atención, puede indicarnos sobre la naturaleza de la voluntad y sugerirnos para las conclusiones de este trabajo. No tengo que estudiar ahora la atención, por interesante y mal conocida que sea. La cuestión no puede tomarse aquí más que de soslayo, es decir, en cuanto que toca á la voluntad. Reduciré mis conclusiones sobre este punto á las proposiciones siguientes: 1. a La atención voluntaria, cuyas maravillas se celebran de ordinario, no es más que una imitación artificial, inestable y precaria de la atención espontánea. (1) Entre tales enfermos, algunos, bastante raros, atraviesan un período de lucha que demuestra bien en qué medida la voluntad es directora y cómo concluye, por sucumbir. e'l - o he visto en Bid4re, dice Billod (loco citato), á un paralítico general, cuyo delirio de grandezas era lo más acentuado posible, escaparse, irse con los pies descalzos, con una lluvia torrencial y de noche desde Biatre á Batignolles. El enfermo permaneció un año entero entre los suyos, luchando con toda su voluntad contra el delirio intelectual, sintiendo muy bien que á la primera idea falsa le volverían á Bicetre. Allá volvió sin embargo. — Ile encontrado otros mualis ejemplos de esta integridad de la voluntad conservada mucho tiento i;t1 paralíticos generales.
102 ENFEBM ED.; DES DE LA VOLUNTAD 2. a Esta sola es natural y eficaz. 3. a Depende, en cuanto á su origen y á su duración, de ciertos estados afectivos, de la presencia de sentimientos agradables ó desagradables; en una palabra, es sensitiva en su origen,. lo que la asemeja á los reflejos. Las anciones de suspensión parece que. representan un papel importante, pero mal conocido en el mecanismo de la atención. Para justificar estas proposiciones será bueno examinar, ante todo, la atención espontánea tomándola bajo sus más diversas formas. El animal en acecho, esperando su presa, el niña que contempla con ardor algún espectáculo trivial, el asesino que espera á su víctima en el rineém de un bosque (aquí la imagen reemplaza la percepción del objeto real), el poeta poseída por una visión interior, el matemático que per-- sigue la solución de un problema (1), todos presentan esencialmente los mismos caracteres externos é internos. El estado de atención intensa y espontánea yo lo definiría de buen grado, corno Sergi, diciendo que es una diferenciación de la percepción, que produce mayor energía psíquica en ciertos centros nerviosos con una especie de catalepsia temporal de los otros centros (2)• 0) Bien entendido que no se trata más que de aquellos que son poe-- 14(s ó matemáticos Por naturaleza, no por educación. (2) «El proceso tan complejo de la atención se determina por las..
CAPITULO II' 103 Pero no tengo que estudiar la atención en sí misma; lo que nos importa es determinar su origen, su causa. Claro es que, en los estados arriba enumerados y sus análogos, la verdadera causa es un estado afectivo, un sentimiento de placer, de amor, de odio, de curiosidad; en una palabra, un estado más ó menos complejo, agradable, desagradable ó mixto. Porque la presa, el espectáculo, la idea de la víctima, el problema, producen en el animal, el niño, el asesino, el matemático, una emoción intensa y suficientemente durable, es por lo que están atentos. Quitad la emoción, y todo desaparece. Mientras aquélla dura, dura la atención. Todo se desenvuelve, pues, aquí, á la manera de esos reflejos que parecen continuos, porque una excitación, sin cesar repetida y siempre la misma, les mismas condiciones anátomo-fisiológicas de los órganos encefálicos que se. presentan más sencillas, en la excitación sensitiva. Estas condiciones dependen del proceso continuo de diferenciación que sufren los elementos, nerviosos. Hemos visto va un primer proceso de diferenciación en el paso de la onda (nerviosa) difusa á la onda restringida, es decir, en el paso de la sensación á la percepción distinta; lo que implica una localización cerebral. Lo que llamamos atención es un proceso de diferenciación todavía mayor: la onda excitadora se hace más restringida y más intensa, más localizada y más directa; por consecuencia, el fenómeno entero toma una forma clara y distinta. (Sergi, Teoria fisiologica della percezione, cap. XII, p. 216. Además de este sustancial capítulo, podrá consultarse sobre la atención, estudiada desde el punto de vista de la nueva psicología: Lewes, Problem s of Ife and Mind., 3.' serie, p. 184; Maudsley, Ph,ysiol. de l'espra, traducción fduicesa, p. 45'7; Wundt. Grundziige der Psycho- Logic, 2." ed., p. 391; Ferrier, Les fonctions dzc cerveau, párrafo 102).
1 I O E.•FEHMEDADES DE LA VOLUNTAD susceptible de una demostración experimental (1)». Agreguemos que lo que, precede no pretende ser más que una aproximación, no una explicación. (1) Para un estudio más detallado de esta cuestión, aconsejamos nuestra 1),9zrhologie l'attention. E
CAPITULO IV REINADO DE LOS CAPRICHOS Querer, es escoger para obrar; tal es para nosotros la fórmula de la voluntad normal. Las anomalías estudiadas hasta aquí se reducen á dos grandes grupos: la impulsión falta, y nin guna tendencia á obrar se produce (abulia); la impulsión muy rápida ó muy intensa impide la, elección. Antes de examinar los casos de aniquilamiento de la voluntad, es decir, aquellos donde no hay elección ni actos, estudiemos un tipo de carácter en el cual la , voluntad no se constituye, ó no lo hace más que bajo una forma oscilante, inestable y sin eficacia. El mejor ejemplo que se puede dar de ello, es el carácter histérico. Hablando con propiedad, encontramos aquí menos un desorden que un estado constitucional. El impulso irresistible simple es como una enfermedad aguda; los impulsos permanentes invencibles se asemejan á una enfermedad
112 ENFERAII DADES DE LA VOLUNTAD crOnica, el carácter histérico es una diátesis. Es un estado en que las condiciones de existencia de la voluntad faltan casi siempre. Tomo del retrato que el Dr. Huchard ha trazado recientemente del carácter de las histéricas, los rasgos que se relacionan con nuestro objeto. Un primer rasgo de su carácter es la movilidad. Pasan de un día, de una hora, de un minuto á otro con una increible rapidez; de la alegría á la tristeza, de la risa al llanto; versátiles, fantásticas ó caprichosas, hablan en ciertos momentos con una locuacidad asombrosa, mientras que en otros llegan á ser sombrías y taciturnas, guardan un mutismo absoluto ó quedan sumidas en un estado de somnolencia ó de depresiOn mental; tienen entonces un sentimiento, vago, indefinible de tristeza, con sensación de opresi(')n en la garganta, de bola ascendente, de opresión epigástrica; rompen en sollozos, ó van á ocultar sus lágrimas en la soledad, que reclaman y que buscan; otras veces, al contrario, se ríen de una manera inmoderada, sin motivo serio. Se conducen, dice Ch. Richet, como los niños, á los que se hace reir á carcajadas cuando tienen todavía sobre la mejilla las lágrimas que acababan de derramar. »Su carácter cambia como las vistas de un kaleidóscopo, lo que ha hecho decir con razón á Sydenham que lo que tienen de más constante
CA PITULO Iv 113 es su inconstancia. Ayer estaban alegres, ama- . bles y graciosas; hoy están de mal humor, susceptibles, irascibles, enfadándose por todo, pesadas y gruñonas por capricho, descontentas de su suerte; nada les interesa, todo las fastidia. Sienten una antipatía muy grande hacia una persona que antes amaban y estimaban, ó por el contrario, demuestran una simpatía incom prensible hacia otra: persiguen también con su odio á ciertas personas y con tanto encarnizamiento corno empeño habían puesto antes en rodearlas de afección... »Otras veces su sensibilidad se exalta por los motivos más fátiles, cuando apenas se conmue- ve por las más grandes emociones; quedan casi indiferentes, impasibles, aun al anuncio de una verdadera desgracia, y vierten abundantes lágrimas, se abandonan á la más profunda desesperación por una sencilla palabra mal interpretada, y trasforman en ofensa la más ligera broma. Esta clase de ataxia moral se observa aun para-sus más queridos intereses: una muestra la indiferencia más completa para el desarreglo de su marido, otra queda impasible ante el peligro que amenaza su fortuna. Tan pronto tranquilas corno acaloradas, dice Moreau, (de Tours), bienhechoras y crueles, impresionables con exceso, raramente dueñas de su primer movimiento, incapaces de resistir á impulsos de la más opuesta naturaleza, presentan una falta de
II I ENVERYIEDADES DE LA VOLUNTAD equilibrio entre las facultades morales superio_ res, la voluntad, la conciencia, y las facultades inferiores, instintos, pasiones y deseos. „Esta excesiva movilidad en su estado de espíritu y sus disposiciones afectivas, esta instabilidad de su carácter, esta falta de fijeza, esta ausencia de determinación en sus ideas y en sus voliciones, explican la imposibilidad en ( l ile se encuentran de conservar largo tiempo su atención sobre una lectura, un estudio ó un trabajo cualquiera. »Todos estos cambios se reproducen con la mayor rapidez. En ellas los impulsos no están, camilo en los epilépticos, privados absolutamente de intervención de la inteligencia; pero van r:tpidamente seguidos del acto. Esto es lo que explica esos movimientos súbitos de cólera é indignación, esos entusiasmos irreflexivos, esos enloquecimientos de desesperación, esas explosiones de alegría loca, esos grandes esfuerzos de afección, esos enternecimientos rápidos eso , bruscos arrebatos durante los cuales obran como 'linos mal criados, patalean, rompen los muebles, sienten una necesidad irresistible de pegar. »Las Hist é ricas se agitan gobernadas por las pasiones. Todas las diversas modalidades de su carácter, de su estado mental, pueden casi resumirse en estas palabras: ellas no saben, no pueden, no quieren querer. Por esto es, en efec-
CA P1TU IV 115 io, por lo que su voluntad es siempre oscilante y desmayada; por esto es por lo que se ven siempre , en equilibrio inestable; por esto es por lo que giran al menor viento, corno la veleta sobre nuestros techos; por todas estas razones es por lo que las histéricas tienen esa movilidad, , esa inconstancia y esa mutabilidad en sus deseos, en sus ideas y en sus afecciones (1)». Este retrato tan completo nos permite abreviar los comentarios. Ha puesto ante los ojos del lectoi' ese estado de incoordinación, de ruptura de equilibrio, de anarquía, de «ataxia moral»; pero nos queda por justificar nuestra aserción del principio: que hay aquí una impotencia constitucional de la voluntad; que no puede ésta nacer, porque faltan sus condiciones de existencia. Por razones de claridad, anticiparé algo de lo que he de exponer con más detalles y pruebas en las conclusiones de esta obre. Si observamos una persona adulta, dotada de una regular voluntad, notaremos que su. actividad (es decir, su poder de producir actos), forma en junto como tres pisos; en el más bajo los actos automáticos, reflejos simples ó compuestos, hábitos; encima, los actos produ- - cidos por los sentimientos, las emociones y las pasiones; más alto, los actos razonables. Este (1) Axenfeld y lluchard, Traité des névroses, 2." edición, 1883, página 9:18-971.
116 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD último piso supone los otros dos, descansa sobre ellos y, por consiguiente, de ellos depende, aunque él les da la coordinación y la unidad., Los caracteres caprichosos cuyo tipo es la histérica, no tienen más que las dos formas inferiores; la tercera está como atrofiada. Por naturaleza, salvo raras excepciones, la actividad razonable es siempre la menos fuerte. No predomina sino á condición de que las ideas despierten ciertos sentimientos que son, más bien que las ideas, á propósito para traducirse en actos. Hemos visto que cuanto más abstractas son las ideas, sus tendencias motoras son mas débiles. En las histéricas, las ideas reguladoras no nacen, ó quedan en un estado i nerte. Por quedar ciertas nociones de orden racional (utilidad, conveniencia. deber, etc.). en estado de concepciones simples, es por lo que no son senidas por el individuo, no producen en él ningún eco afectivo, no entran en su sustancia, sino que quedan como un cuerpo extraño; por esto no tienen acción, y, en la práctica, como sino existiesen. El poder de acción del individuo está trancada é incompleto. La tendencia de los sentimientos y de las pasiones á convertirse en actos es doblemente fuerte: por sí misma y porque no hay nada sobre ella que la encauce y haga contrapeso; y como es un carácter de los sentimientos el marchar rectos al objeto, como los reflejos, el hacer su adaptación en un solo sentido,
CAPÍTULO IV 117 unilateral (al contrario de la adaptación racional, que es multilateral), los deseos, nacidos rápidamente, é inmediatamente satisfechos, dejan el sitio libre para otros, análogos ú opuestos, según el grado de las variaciones perpetuas del individuo. No hay más que caprichos, 1 1 1 lo más veleidades, un esbozo informe de volición (1). Este hecho de que el deseo vaya en una sola dirección y tienda á gastarse sin retardo, no explica, sin embargo, la inestabilidad de la histérica ni su ausencia de voluntad. Si un deseo siempre satisfecho renace siempre, hay estabilidad. El predominio de la vida afectiva no excluye necesariamente la voluntad: una pasión intensa, estable, consentida, es la base de todas las voluntades enérgicas. Se la encuentra en los grandes ambiciosos, en el mártir inquebrantable en su fe, en el Piel-Roja, burlándose de sus enemigos en medio de los tormentos. Hace falta buscar más profundamente la causa de esta inestabilidad en la histérica, y esta causa no puede ser más que un estado de la individualidad; es decir, en resumen, de la organización. Tenernos por una voluntad firme aquella cuyo fin, cualquiera que sea su naturaleza, es fijo. Que las circunstancias cambian, los medios cam- (1) Notemos al paso cómo es necesario en psicología atender á la gradación ascendente de los fenómenos. La volición no es un estado neto y lietermin.ado, que existe ó no existe; tiene sus esbozos y ensayos.
1 1 8 1: N I , M DA DES DE LA YOLUNTAD bian, se establecen adaptaciones sucesivas al nuevo medio; pero el centro hacia el cual todo converge no cambia. Su estabilidad traduce la permanencia, del carácter en el individuo. Si el mismo fin sigue preferido, aceptado, es, que en el fondo, el individuo sigue siendo el mismo. Supongamos, por el contrario, un organismo. de funciones inestables, cuya unidad—que. no es mas que un consensus—está sin cesar deshecha y rehecha sobre un nuevo plan, siguiendo. la variación brusca de las funciones que la componen; claro está que en semejante caso la elección apenas puede aparecer, no puede durar, y. no hay más que veleidades y caprichos. Esto es lo que acontece en la histérica. La inestabilidad es un hecho. Su causa más probable está en los desórdenes funcionales. La anestesia de, los sentidos especiales ó de la sensibilidad general, las hiperestesias, los desórdenes de la motilidad,. contracciones, convulsiones, parálisis, las perturbaciones de las funciones orgánicas, vasomotoras, secretoras, etc., que se suceden, 4 coexisten, tienen el organismo en perpetuo estado de equilibrio inestable (1), y el carácter, que no es más que la expresión psíquica del organismo, varía lo mismo. Un carácter estable sobre bases tan variables, sería un_ milagro. Encontramos aquí, pues, la verdadera causa de (1) Para el pormenor de los hechos, véase la obra citada, p. 987-1°13»
CAPÍTULO IV 119 la impotencia de la voluntad, y esta impotencia es, como hemos dicho, constitucional. Hechos en apariencia contradictorios afirman esta tesis. Las histéricas están algunas veces poseídas por una idea fija, invencible. La una se niega á comer, otra á hablar, otra á mirar, porque el trabajo de la digestión, el ejercicio de la voz ó de la visión determinarían, piensan ellas, un dolor. Más frecuentemente aún se encuentra ese género de parálisis, que ha sido llamado «psíquico» ó «ideal». La histérica se queda acostada semanas, meses, y aun años, creyéndose incapaz de permanecer de pie ó de andar. Una sacudida moral ó simplemente la influencia de una persona que adquiere su confianza ó que ejerce gran autoridad, produce la curación. Una empieza á andar con la noticia de un incendio, otra se levanta y va al encuentro de un hermano ausente desde bacía tiempo, otra se decide á, comer por temor al médico. Briquet, en su Tratado del histerismo, presenta muchos casos de mujeres que él ha curado, inspirándoles la fe en su curación. Se podría mencionar gran número de estas curaciones, llamadas milagrosas, que han despertado la curiosidad pública desde la época del diácono Páris hasta nuestros días. Las causas fisiológicas de estas parálisis son muy discutidas. En el orden psicológico, comprobamos la existencia de una idea fija, cuyo
1126 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD tu ,i, t , las cosas del mundo, y estar gozando de Dios. Vo no otros témenos como lo d ecir, ni como lo declarar, ni entonces sabe el alma qué i h wer; porque ni sabe si hable, ni si calle, ni si •ia, ni si llore. Es un glorioso desatino, una ce- 1( ,, ,tial locura adonde se deprende la verdadera ,abidi tría y es deleitosisinia manera de gozar el alma... Estando ansi el alma buscando á Dios, siente con un deleite grandísimo y suave, casi desfallecer toda con una manera de desmayo, que le va faltando el huelgo y todas las fuerzas temporales; de manera que, si no es con mucha pena, no puede aun menear las manos; los ojos se le cierran sin quererlos cerrar; y si los tiene abiertos no ve casi nada; ni si lee acierta á de- ( . ir letra, ni casi atina á conocerla bien; ve que hay letra, mas como el entendimiento no ayuda, no sabe leer, aunque quiera; oye, mas no entiende lo que oye. Ansi que de los sentidos no 'se aprovecha nada... Hablar es por demás que no atina á formar palabra, ni hay fuerza ya que atinase para poderla pronunciar; porque toda la fuerza exterior se pierde, y se aumenta ( , n las del alma, para mejor poder gozar de su gloria... Verdad es que á los principios pasa en tan breve tiempo, (al menos á mi así me acontecía), que en estas señales exteriores, ni en la falta (le los sentidos, no se da tanto á entender... Y nótese esto, que á mi parecer, por largo que sea el espacio de estar el alma en esta suspen-
CAPÍTULO V 1'27 .sion de todas las potencias, es bien breve; cuando estuviese media hora es muy mucho: yo nunca, á mi parecer, estuve tanto. Verdad es, que se puede mal sentir lo que se está, pues no se siente; mas digo que de una vez es muy poco espacio sin tornar alguna potencia en sí. La voluntad es la que mantiene la tela, mas las otras dos potencias presto tornan á importunar; como la voluntad está queda, tórnalas á suspender, y están otro poco y tornan á Vivir. En esto pueden pasar algunas horas de oracion, y se pasan... _Mas este estar perdidas del todo, y sin ninguna imaginación en nada (que á mi entender tambien se pierde del todo), digo que es breve espacio; aunque no tan del todo tornan en sí, que no puedan estar algunas horas como desatinadas, tornando de poco en poco á cogerlas Dios consigo... Quien lo hubiere probado entenderá algo de esto, porque no se puede decir más claro, por ser tan oscuro lo que allí pasa. Solo podré decir que se representa estar junto con Dios, y queda una certidumbre que en ninguna manera se puede dejar de creer. Aquí faltan todas las potencias, y se suspenden de manera que en ninguna manera (como he dicho), se entiende que obran... Ansi que á esta mariposilla importuna de la memoria, aquí se queman las alas; ya no puede más bullir. La voluntad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiende como ama; el entendimiento, si en-
128 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAT) tiende, no se entiende como entiende, al menos no puede comprender nada de lo que entiende» (1). No seguiré á Santa Teresa en su descripción del «arrobamiento » (cap. XX), «ese águila divina que con una impetuosidad súbita os coge y os arrebata. » Bastan estos trozos, y si se leen con atención no se vacilará en atribuirles todo el valor de una buena observación psicológica (2). Examinando los reldos detallados de otros extáticos (que no puedo trasladar aquí), encuentro que debemos para nuestro estudio, establecer dos categorías. En la primera, la motilidad persiste en cier - to grado. La extática sigue en su evolución, y reproduce con movimientos apropiados, la Pa- (1) La vida de la Santa Madre Teresa de Jesús, escrita por ella misma. Comp. también Plotin, Enneades, VI; Tauler, Institution cliptienne, cap. XII, XXVII, XXXV. (2) Santa Teresa describe así su estado físico durante su «arrobamien- to»: «Digo que muchas veces me parecía me dejaba el cuerpo tan ligero que tod la pesadumbre dél me quitaba, y algunas era tanto que casi 11(} entendía poner los piés en el suelo. Pues cuando está en el arrobamiento el cuerpo queda corno muerto, sin poder nada de sí muchas veces, y como le toma se queda siempre, si sentado, si las manos abiertas, si cerradas._ Porque, aunque pocas veces se pierde el sentido, algunas me ha acaecido á mí perderle del todo, pocas y poco rato; mas lo ordinario es, que se turba, y aunque no puede hacer nada de sí cuanto á lo exterior, no deja de entender y oir como cosa de lejos. No digo que entiende y oye, cuando está en lo subido de él... (La vida de la Santa Madre Teresa de Jesús, escrita por ella misma.—lliblioteca de Autores Españoles, t. 53.—Madrid, Riba.deneyra, 186:1.)
CAPÍTULO Y 1 9 sión, la Natividad ó algún otro drama religioso. Es una serie de imágenes muy intensa, que tiene un punto de partida invariable, y un encadenamiento invariable, que se repite en cada acceso con un perfecto automatismo. De ello son ejemplos bien conocidos María de - Moerl y Luisa Lateau. La otra categoría es la del éxtasis en reposo. La idea sola reina; de ordinario abstracta ó me_ tatísica: Dios para Santa Teresa y Plotin, mejor aún el nirvana de los budistas. Los movimientos quedan suprimidos: no se siente más «que un resto de agitación interior.» Notemos de pasada cómo concuerda esto con lo que se ha dicho anteriormente: que con las ideas abstractas la tendencia al movimiento está en su mínimum; que siendo estas ideas representaciones de representaciones, puros esquemas, el elemento motor se debilita en la misma medida que el elemento representativo. Pero en uno como en otro caso, el estado mental del éxtasis es una infracción completa á las leyes del mecanismo normal de la conciencia. Esta no existe más que á condición de un cambio perpetuo; es esencialmente discontinua. Una conciencia homogénea y continua es un imposible. El éxtasis realiza en lo posible esta continuidad. Pero Santa Teresa nos lo acaba de decir: ó la conciencia desaparece, ó el entendi mipnto y la memoria (es decir, la discontinui- 9
1 30 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD dad) despiertan por momentos y vuelve á apa- •ecer la conciencia. Esta anomalía psicológica se complica con otra. Todo estado de conciencia tiende á gastarse en razOn misma de su intensidad. En el éxtasis más alto, el gasto es nulo del todo ó casi nulo y la intensidad intelectual se mantiene, gracias la ausencia de esta fase motriz. El cerebro, Organo á la vez intelectual y motor en estado normal, cesa de ser motor. Además, en el orden intelectual, los estados de conciencia heterog( 1, neos y múltiples que constituyen la vida ordinaria han desaparecido. Las sensaciones quedan suprimidas, y con ellas las asociaciones que suscitan. Una representación única la absorbe todo. Si se compara la actividad psíquica normal con un capital en circulación, modificado sin cesar por los ingresos y los gastos, se puede decir que aquí el capital está todo en junto; la difusión se convierte en concentración, lo extensivo se transforma en intensivo. No es de extrañar, pues, que, en este estado de eretismo intelectual, la extática parezca transfigurada, por cima de sí misma. Es cierto que las visiones de la grosera campesina de Sanderet, que veía una Virgen toda de oro en un paraíso de plata, no se parecen en nada absolutamente á las de una Santa Teresa ó de un Plotin; pero cada inteligencia en el momento del éxtasis da su máximum.
CAPÍTULO V 131 ¿Es acaso necesario, ahora, investigar por qué en este estado no hay ni elección ni actos? ¿Cómo podría haber elección, si ésta supone la existencia de ese todo complejo que se llama el yo, y que ha desaparecido; si, estando reducida la personalidad á lana idea ó á una visión única, no hay estado que pueda ser elegido, es decir, incorporado al todo con exclusión de los demás; si, en una palabra, no hay nadie que pueda elegir, nada que pueda ser elegido? Tan- to valdría suponer una elección sin electores ni candidatos. La acción también queda agotada en su fuente, anulada. No subsisten de ella más que las formas elementales (movimientos respiratorios, etc.), sin los cuales sería imposible la vida orgánica. Encontrarnos aquí un caso curioso de correlación ó de antagonismo psicológico; todo lo que gana una función, lo pierde la otra; todo lo que gana el pensamiento, lo pierde el movimiento. Desde este punto de vista, el éxtasis es lo contrario de los estados en que triunfa la movilidad, tales como la epilepsia, la corea, las convulsiones. En éstos, máximum de movimientos con mínimum de conciencia; en aquél, intensidad de conciencia con mínimum de movimiento. hay, en cada momento, más que un cierto capital nervioso y psíquico disponible; si una función lo acapara, es en detrimen- to de las demás. El acaparamiento, en un sen-
1 32 ENFL11MEDADES DE LA VOLUNTAD tido ó en otro, depende de la naturaleza del individuo. Después de haber estudiado la anulación de la voluntad en su forma más elevada, notemos que en la contemplación, en la reflexión profunda se encuentran formas mitigadas y decrecientes de esta anulación. La ineptitud de los espíritus contemplativos para la acción tiene razones fisiológicas y psicológicas, cuya explicación nos ha dado el éxtasis. II Sería tan interesante para el psicólogo como para el fisiólogo saber lo que produce la abolición de la conciencia en el sonambulismo natural ó provocado y de qué condiciones orgánicas resulta éste. A pesar de los trabajos perse- < q iidos con ardor durante estos últimos años, no existen acerca de este punto más que teorías, y se puede escoger entre muchas hipótesis. Unos, como Schneider y Berger, lo consideran como resultado de la « atención expectante», que produce una contracción unilateral y anormal de la conciencia. Preyer ve en él un caso particular de su teoría del sueño. Otros, como Rumpf, admiten cambios reflejos en la circulación cerebral, fenómenos de hiperemia y de anemia en la superficie de los hemisferios cerebrales. Heidenhain que combate esta última
CAPITULO V 133 teoría, explica el hipnotismo por un acto de suspensión. Se produciría por una suspensión de actividad de las células , nerviosas corticales, quizá por cambio de disposición molecular; de esta manera, el movimiento funcional de la sustancia, gris quedaría interrumpido. Esta última hipótesis es h que parece reunir más partidarios. Como no es, al menos desde el punto de vista psicológico, más que una simple afirmación de hecho, podemos atenernos á ella. Sería inútil describir un estado descrito tantas veces y con tanto cuidado.Notemossolamente que los términos sonambulismo, hipnotismo y sus análogos no designan un estado idéntico en todos y en todas partes (1). Este estado varía en el mismo individuo desde el simple adormecimiento hasta el estupor profundo; y de un individuo á otro según la constitución, el hábito, las condiciones patológicas, etc. Así, pues, sería ilegítimo afirmar que hay siempre anulación del poder voluntario. Vamos á ver que hay casos muy dudosos. Tomemos primero el hipnotismo bajo la forma que muchos autores han llamado letárgica. La inercia mental es absoluta; la conciencia queda abolida; los reflejos son exagerados, exageración que va siempre á la par de la debilitación de la actividad superior. A la voz del (1) V éanse en epeci,d, los artículos de M. C11. Itichet en la Revue philosophique de Octubre y de Noviembre de 1880 y de Marzo de 1883
134 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTÁD operador, el hipnotizado se levanta, anda , se sienta, ve á ausentes, viaja, describe paisajes, - No tiene otra voluntad que la del operador. fié aquí lo que esto significa, en términos más precisos: En el campo vacío de la c onciencia se suscita un estado, y, como todo estado de conciencia tiende á pasar al acto—inmediatamente ó después de haber despertado asociaciones—el acto se produce. Este no es más que un caso de una ley bien conocida que en el orden psicológico es la análoga del reflejo en el fisiológico: y el paso al acto es aquí tanto más fácil cuanto que no hay nada que lo dificulte, ni poder de suspensión, ni estado antagónico, pues la idea sugerida es la única que reina en_ la conciencia dormida. Hechos en apariencia. más extraños se explican del mismo modo. Sa bido es, que colocando los miembros del hipnot izado en determinadas posturas, se despiertan en él los sentimientos de orgullo, de terror, de humildad, de piedad; que si se le disponen para. trepar, intenta hacerlo; que si se le pone en la. mano algún instrumento de su trabajo usual, trabaja. Claro es que la posición impuesta á los. miembros despierta en los centros cerebrales los estados de conciencia correspondientes, á los. cuales están asociados por numerosas repeticiones. Una vez despertada la idea, está en las mismas condiciones que la nacida de una orden ó sugestión directa del operador. Todos estos
CAPITULO V 135 casos son, pues, reduc tibies á una misma fórmula: el hipnotizado es un autómata al que se hace funcionar según la naturaleza de su organización. Hay anulación absoluta de la voluntad, pues la personalidad consciente queda reducida á un solo y único estado, que no es escogido ni rechazado, sino sufrido, impuesto. En el sonambulismo natural, el automatismo es espontáneo, es decir, que tiene por antecedente algún estado cerebral, que tiene á su vez por antecedente alguna excitación particular en el organismo. Aquí, muchas veces el automatismo es de un orden superior; lit serie de los estados suscitados es larga y cada término de la serie es complejo. Se puede dar corno tipo de ella al cantante, cuya historia ha contado Mesnet: si se le presenta un bastón, lo toma por un fusil, y resucitan sus recuerdos militares; carga el arma, se tumba en el suelo, apunta con cuidado y dispara. Si se le presenta un rollo de papel, los recuerdos de su oficio actual resucitan, lo desarrolla y canta á toda voz (1). Pero la repetición invariable de los mismos actos, en el mismo orden, en cada acceso, da á todos estos hechos un carácter muy claro de automatismo, del cual toda voluntad queda excluída. (1) De l'antoffica?:sme de la nlémoire et de. souvertir (lavs le sonahtbalisrne patliologique. París 1871. Véase también P. Richer, oh. cit., p. 391 y siguientes.
142 E:\FEÍMEDADES DE LA VOLUNTAD _Mencionaré de paso un hecho que apenas entra en la patología de la voluntad, pero que se presta á reflexión. Se puede dar á ciertos sujetos hipnotizados la orden de ejecutar un acto más tarde, en un momento determinado del día, ó aun en fecha más lejana (á los ocho ó diez días). Vueltos en sí ejecutan esta orden á la hora señalada en el día fijado, declarando de ordinario «que no saben por qué». En algunos casos más curiosos, estas personas dan razones fútiles para explicar su conducta, para justificar este acto que no procede de su espontaneidad, sino que se les ha impuesto sin que ellos lo sepan. «Nuestra ilusión del libre albedrío , dice Spinosa, no es más que la ignorancia de los motivos que nos hacen obrar». Este hecho y sus análogos, ¿no vienen en su apoyo?» (1). (1) El estado de la voluntad en los hipnotizados, ha dado lugar en estos últimos i iempos á discusiones muy vivas y de una gran importancia práctica. Acabamos de ver que es fácil durante el hipnotismo mandar á ciertos sujetos actos que deberán cumplir á una fecha dada. Olvido completo del mandato al despertar, y (á lo que parece), hasta el momento del cumplimiento. El hipnotizado, ¿no puede así llegar á ser un instrumento pasivo en manos del operador, por aniquilamiento de la voluntad? Se han sostenido dos opiniones contrarias. Para la Escuela de Nancy (Liébault, Beaunis, Bernheim, Liégeois), la confiscación de la voluntad es completa, y toda resistencia á los mandatos es vencida á la larga en la persona francamente sugestionable que se hace así «perinde ac cadaver». La Escuela de París (Charcot, Brouardel, etc.), rechaza esta tesis absoluta, «que• no se apoya más que sobre crímenes de laboratorio» (es decir, ficticios, simulados, ejecutados por condescendencia). Sostiene que la resis-
CAPITULO V 143 tencia es posible; muy débil cuando el acto mandado es una futilidad, aumentaría en proporción de la gravedad del acto sugerido. Esta resistencia se manifestaría de muchas maneras: resistencia á despertarse si no se revoca la orden, sueño ó crisis en el momento de la ejecución, etc. «El hipnotizado no ejecuta más que lo que quiere ejecutar». Para esta discusión consúltese á Beaunis, Le sonambulisme provoqué; Bernheim, De la suggestion, etc.; Liégeois, De la suggestion et du sonambulisme; Pitres, Des suggestions hypnoti,ques; GilIes de la Tourette, L'hipnotisme et les états analogues.
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CAPITULO VI CONCLUSIÓN Después de haber examinado los diversos tipos morbosos, 'veamos si se puede descubrir una ley que resuma la patología de la voluntad y arroje alguna luz sobre su estado normal. La volición solo existe á título de hecho, es decir, es una elección seguida de actos. Para que se produzca son necesarias ciertas condiciones. Una falta de impulso ó de suspensión, una exageración de la actividad automática, de una tendencia, de un deseo, de una idea fija, la anulan durante un instante, una hora, un día, un período de la vida. La reunión de estas - condiciones, necesarias y suficientes, puede llamarse voluntad. Por lo que toca á, las voliciones, es una causa, aunque ella misma sea
í6 ENFERMEDADES DE LA VOLUNTAD una suma de efectos, una resultante que varía con sus elementos; la patología nos lo ha demostrado. Estos elementos, que indico brevemente, son: 1. 0 Las tendencias á la acción (ó á la suspensión) que resultan de las circunstancias, del medio, de los consejos, de la educación; en una palabra, todas las que son efectos de causas exteriores. 2.° El carácter, elemento principal, efecto (le causas interiores, y que no es una entidad, sino la resultante de esa miríada de estados y de tendencias infinitamente pequeños, de todos los elementos anatómicos que constituyen un cierto organismo; en términos más breves, el carácter es para nosotros la expresión psicológica de un cierto cuerpo organizado, que saca de sí mismo su propio color, su tono particular y su permanencia relativa. Esta es la base última sobre que descansa la posibilidad del querer, lo que le hace enérgico, blando, intermitente, trivial, extraordinario. Ahora, si consideramos la voluntad no ya en sus elementos constituyentes, sino en los momentos que recorre para constituirse, vemos que la volición es el último términd de una evolución progresiva, cuyo reflejo simple es el primer escalón: es la forma más alta de la actividad, entendida siempre en el sentido preciso de poder de producir actos, de poder de reacción.
CAPÍTULO VI 1 17 Tiene por base un legado de generaciones sin número, registrado en el organismo: es la actividad automática primitiva de coordinación simple, casi invariable, inconsciente, aunque haya debido, en lo lejano de los siglos, ser acompañada de un rudimento de conciencia que se ha separado de ella á medida que la coordinación, haciéndose más perfecta, se ha organizado en la especie. Sobre esta base se apoya la actividad consciente ó individual de los apetitos, deseos, sentimientos, pasiones, de coordinación más compleja y mucho menos estable. Más arriba, la actividad ideo-motriz, que, en sus manifestaciones extremas alcanza una coordinación á la vez firme y muy complicada, es la volición completa. Se puede, pues, decir que tiene por condición fundamental una coordinación jerárquica, es decir, que no basta que los reflejos sean coordinados con los reflejos, los deseos con los deseos, las tendencias racionales con las tendenicias racionales; sino que es necesaria una coordinación entre estos diferentes grupos, una coordinación con subordinación tal, que todo converja hacia un punto único; el fin que hay que alcanzar. Que el lector recuerde los casos morbosos estudiados anteriormente, en particular los impulsos irresistibles, que por sí solos representan la patología de la voluntad casi comple-
148 ENFERMEDADES DE L4, VOLUNTAD ta, y reconocerá que todos se reducen á esta fórmla: ausencia de coordinación jerárquica, acción independiente, irregular, aislada, anárquica. Si consideramos, pues, la voluntad, sea en sus elementos constituyentes, sea en las fases sucesivas de su génesis (y los dos aspectos son inseparables), vemos que la volición, su último resultado, no es un acontecimiento que no se sabe de dónde proviene, sino que echa sus raíces en lo más profundo del individuo, y más allá del individuo en la especie y las especies. No viene de arriba, sino de abajo; es una sublimación de los elementos inferiores. Yo compararía la volición, una vez afirmada, á lo que se llama en arquitectura una clave de bóveda. A esta piedra la bóveda debe, más que su solidez, su existencia; pero esta piedra no saca su potencia más que de las otras que la sostienen, y la aprietan, como á su vez ella las empuja y las afirma. Estos preliminares, muy abreviados, eran indispensables para comprender la ley que rige' la disolución de la voluntad; porque si las consideraciones que preceden son justas, como la. disolución sigue siempre el orden inverso de la evolución, se sigue que las manifestaciones voluntarias más complicadas deben desaparecer antes que las más sencillas, las más sencillas antes que el automatismo. Para dar al enuncia-
CAPÍTULO VI I S 9 do de la ley su forma exacta, tratando la volición, no como un acontecimiento singular, sino como la más alta manifestación de la actividad, diremos: La disolución sigue una marcha regresiva de lo más voluntario y de lo más complejo á lo menos voluntario y á lo más sencillo, es decir, al automatismo. Se trata ahora de ver que esta ley está comprobada por los hechos. No tenemos más que elegirlos. En 1868, Hughlings Jackson, estudiando .ciertos desórdenes del sistema nervioso, hizo notar, creo que el primero, «que los movimientos y las facultades más voluntarias y más especiales se resienten las primeras y más que las otras (1)». Este «principio de disolución ó de reducción á un estado más automático», fue establecido por él, como correlativo de las doctrinas de Herbert Spencer sobre la evolución del sistema nervioso. Toma un caso de los más sencillos, la hemiplegia común por lesión del cuerpo estriado. Un coágulo sanguíneo nos sir- ve para hacer la experiencia. Vemos que el paciente, cuya cara, lengua, brazo y pierna están paralizados, ha perdido los movimientos más automáticos. «El estudio de los casos de hemiplegia nos muestra, que las partes externas que sufren más son las que, hablando psi- (1) Cl¿nieal and physiological Researches 071 the nervous S1/8— ,P M. Londres, en 8. n , 1875.
1 50 ENFEHMEDADES DE LA VOLUNTAD cológicamente, dependen más directamente de la voluntad; y, fisiológicamente hablando implican el mayor número de movimientos di: ferentes, producidos con el mayor número de intervalos diferentes», en lugar de ser simultáneos como los movimientos automáticos. Si la lesión es más grave, y si alcanza, no sólo las. partes más voluntarias del cuerpo (cara, brazos, piernas), sino las que son menos voluntarias (pérdida de ciertos movimientos de los ojos,. y de la cabeza y de un lado del pecho', se encuentra que las partes más voluntarias están mucho más paralizadas que las otras. Ferrier, de igual modo, hace notar (1) que la destrucción general de la región motora, en la corteza del cerebro, como la del cuerpo estriado, produce «las mismas perturbaciones relativas de los diferentes movimientos, siendo los más afectados y paralizidPs los que están más bajo la influencia de la voluntad, por lo menos después que ha pasado el primer choque. La parálisis facial reside, sobre todo, en la región facial inferior, acentuándose sobre los movimientos más independientes, no siendo más que ligeramente afectados el frontal y los músculos orbiculares. Los movimientos de la pierna se afectan menos que los del brazo, los (lel brazo menos que los de la mano.» et ) F errier, De la localisation des maladies cérébrales, trad_ nane., p. 14 2.
CAPÍTULO vr 151 El mismo autor, estableciendo una distinción entre las diferentes clases de movimientos y sus. centros respectivos, «los que implican la conciencia y que llamaremos voluntarios en el sentido estricto de, la palabra,» (loscentros corticales superiores) y los «que son descritos como automáticos, instintivos, incluyendo las adaptaciones motoras del equilibrio y de la coordinación motora, la expresión, instintiva de las emociones, y que están organizados de un modo más ó menos completo en los centros subyacentes de la conciencia», afirma que estos últimos tienen una independencia relativa que llega al máximum en los vertebrados inferiores (rana, paloma), al mínimum, en -el mono y el hombre. «Me atreví á predecir, añade, que en los animales cuyas facultades motoras no parecían sufrir mucho de una lesión destructiva de los centros nerviosos, debían estar paralizados los movimientos que implican la conciencia (movimientos voluntarios) y que no estaban automáticamente organizados. Esto es lo que han confirmado ampliamente las investigaciones de Goltz. Ha demostrado que aunque la pata del perro no esté definitivamente paralítica, en tanto que es órgano de locomoción, por una lesión de la corteza, lo está, en tanto que sirve de mano y está empleada corno tal (1). Esta últi- (1) Ferrier, p. 36 y 37. En el experimento de Goltz, si la lesión está ea el cerebro izquierdo, en todo movimiento en que el perro tiene costunt-