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• 79 • FRACASOS Y DILEMAS EN LA PRODUCCIÓN DEL ESPACIO DE CONVIVENCIA URBANA Pablo Arias Sierra (Universidad de Sevilla) Abstract The urban space is, at least in our actual conception, the natural habitat for modern civilization. Most of the problems suffered nowadays by society are related with it´s urban condition, does not matters whether they are economical, technological or mainly political. The city itself has become nowadays in a natural conflict scenario for the collective imagination, at least in the same way that is considered the most creative environment or the main commercial emporium. But there is a deep reality beyond this symbolic icon; History is very expressive about the issue of the relation between security and safety and the city evolution. But this is not only subject of interest for several scholars, it is also recognised as a huge problem by the United Nations and other international institutions. The general perception about urban safety is not, indeed, like a question of scientific interest, but as a deep root of everyday anxiety. There is a diffuse feeling in contemporary culture that links the future of social sustainability to a matter of asocial behavior control in urban environment. Of course, that feeling in based in fears and can open the door to very dangerous system based in surveillance technologies. Just for this reason, is very necessary a reflexion about the reasons because the cities are failing with the function of providing security or merely a safety sensation to their inhabitants. Trying to make this analysis, we can find at least an obvious influence factor in the urban environment: urban physical structure. Anduli • Nº 9 - 2010 • 79-101 Resumen El espacio urbano es, al menos en nuestra concepción actual, el hábitat natural de la civilización moderna. La mayoría de los problemas sufridos por la sociedad hoy en día están relacionados con su condición urbana, no importa si son económicos, tecnológicos o de naturaleza política. La ciudad se ha convertido hoy en un escenario de conflicto natural para el imaginario colectivo, al menos en la misma forma que se considera el medio más creativo o el emporio comercial principal. Pero hay una realidad profunda más allá de este icono simbólico: la historia es muy expresiva sobre el tema de la relación entre la seguridad, la sensación de seguridad y la evolución de la ciudad. Esto no es sólo asunto de interés para planteamientos académicos ligados a la investigación, es también reconocido como un gran problema por las Naciones Unidas y otras instituciones internacionales. La percepción general sobre la seguridad urbana no es, de hecho, una cuestión de interés científico, sino una raíz profunda de la ansiedad cotidiana. Hay una sensación difusa en la cultura contemporánea que vincula el futuro de la sostenibilidad social a una cuestión de control de la conducta antisocial en el entorno urbano. Por supues- to, esa sensación se fundamenta en el temor y puede abrir la puerta a un sistema muy peligroso basado en las tecnologías de vigilancia. Sólo por esta razón, es muy necesaria una reflexión acerca de las razones de porqué las ciudades no están cumpliendo con la función de
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 9 - 2009 • 80 • 0. INTRODUCCIÓN 0.1. Escenarios de crisis social en el marco del afianzamiento de lo urbano en los últimos 60 años El ámbito general de reflexión de este texto se enmarca en el sistema de relaciones entre los diversos factores que influyen tanto en la producción de ciudad como en sus condiciones ambientales, abordando variables que pueden ir desde las puramente ecológicas hasta las culturales, tratando asimismo de analizar los resultados de la interacción que tales elementos crean, consolidan o contribuyen a sostener. Específicamente, nos centraremos en el examen de aquellos escenarios en los que fracasa el intento de crear entornos urbanos aceptables, al menos desde las expectativas de una determinada sociedad, produciendo como resultado una situación de conflicto manifiesta o latente. Dentro de este marco, será de especial interés tratar de esclarecer en lo posible la aportación de la planificación urbana y el diseño urbano a la creación de aquellos escenarios considerados claramente disfuncionales, pero asimismo la de cualquier recurso de producción de espacios urbanos no regulado allí donde su papel haya resultado trascendente. El objetivo sería realizar una aproximación de los resultados obtenidos por más de medio siglo de pautas de creación de ciudad en la limitación, e incluso a veces en la ausencia, de valores tan indisolublemente unidos a la idea de ciudad como son la convivencia y la seguridad. Tales planteamientos parecen especialmente urgentes en un momento en el que lo urbano en general, tanto en el ámbito del debate conceptual como en cuestiones de orden práctico, parece encontrarse en uno de sus periodos más complejos. Esta difícil situación actual, que es incluso percibida por muchos como progresivamente inestable, tiene como una de sus causas principales la aparentemente incontrovertible ascensión de lo urbano a la condición de hábitat protagonista para la sociedad actual. Si se nos formulase la necesidad de justificar tal protagonismo, podríamos estimar que éste se afirma en tres características claras: la superior capacidad de lo urbano como dispositivo productor de nuevas realidades económicas y culturales (Toynbee, Arnold J. 1973), el enorme crecimiento de la población urbana (espectacular en los últimos 50 años) (Mulligan, Gordon F; Crampton, Jason P, 2005) y el propio And there are a couple of domains related with urban structure: the urban planning and the urban design.The purpose of this paper is to describe some cases of the contribution of these domains to the urban lack of safety, taking examples from the past to understand our present, and perhaps our future. Descriptors: city, urban safety, urban planning, marginal urbanization, squatters. garantizar la seguridad, o simplemente de proporcionar una sensación de seguridad de sus habitantes. Tratando de hacer este análisis, podemos encontrar por lo menos un factor de influencia obvia en el medio ambiente urbano: la estructura física de la ciudad. Y hay un par de disciplinas relacionadas con la estructura urbana: la planificación urbana y el diseño urbano. El propósito de este trabajo es describir algunos casos de la contribución de estas disciplinas a la falta de seguridad urbana, tomando ejemplos del pasado para comprender nuestro presente, y quizá nuestro futuro. Palabras clave: ciudad, seguridad urbana, planificación urbana, okupas.
Artículos • Pablo Arias Sierra • 81 • aumento de la superficie urbanizada o afectada por procesos de urbanización expectante en todo al mundo (con el correlativo aumento de complejidad y diversificación de la morfología del territorio urbanizado) (Font, Antonio ed. 2007). Cada una de estas tres facetas del proceso aporta diversas variables a las actuales condiciones emergentes de incertidumbre urbana. No obstante la pluralidad y la abundancia de matices posibles en las interacciones de los aspectos citados, trataremos de delimitar en sus rasgos generales la naturaleza de esas variables y su contribución a la actual situación de lo urbano en el marco específico de la seguridad como valor. El primer descriptor que vamos a abordar es de fácil medición y su capacidad como vector e indicador de cambio ha sido una constante en la historia: nos referimos al crecimiento demográfico. Las recientes cuantificaciones estadísticas a nivel planetario arrojan el diagnóstico de un indudable crecimiento del número de asentamientos que alcanzan la denominación de urbanos y de su tendencia a hacerse cada vez más grandes. De hecho, las previsiones en este sentido del último de los informes Hábitat de Naciones Unidas anuncian una progresión irremediable, para los años de la próxima década, en la que varias ciudades llegarán a la condición de megalópolis de más de 15 millones de habitantes, superando alguna de ellas los 20 millones. Este cambio es especialmente indicativo si se considera que, en 1950, únicamente Londres y Nueva York superaban los 8 millones de habitantes (Mulligan, Gordon F. Crampton, Jason P. 2005). Como corolario, la tendencia podría resumirse en el enunciado: cada vez más ciudades y cada vez más grandes. Posteriormente analizaremos como esos aumentos de población, en algunos casos exponenciales, están en el centro de muchos de los más relevantes y preocupantes fracasos urbanos. En los casos más extremos se puede incluso asistir a una disociación del crecimiento económico y el aumento demográfico, cualidades que la economía de la industrialización había considerado dogmáticamente unidas en el pasado, produciéndose un estancamiento de medios para hacer frente a un problema que va a haciéndose mas grave. Esto ha producido situaciones límite en ciertos medios urbanos, sobre todo en el África Subsahariana, que han llegado prácticamente a colapsar. También, en un marco de significativa convergencia con ese modelo, nos encontramos con ciudades en Iberoamérica y Asia en graves crisis crónicas, cuyas consecuencias se han naturalizado y asumido como rutinas pese a que su carácter, en otras latitudes, las caracterizaría imposibles de asumir por su elevado coste en calidad de vida e incluso en pérdida directa de vidas humanas(UN Habitat, 2007). Otros aspectos claramente mensurables son el crecimiento y la discontinuidad física de las zonas urbanizadas. Tanto en las sociedades en vías de desarrollo como en aquellas llamadas desarrolladas, se ha producido un claro aumento de la superficie urbanizada. A ello se añade el hecho de que, en las sociedades en que el crecimien- to de la motorización y de las carreteras (cada vez más depuradas técnicamente por las aportaciones de la Ingeniería de Tráfico) han impulsado ciertos cambios de comportamiento respecto al territorio, el crecimiento urbano ha surgido según un patrón cada vez más disperso. Podemos decir que, si bien en el siglo XIX se intentó propiciar una cierta difusión de lo urbano en el territorio, basada en el tranvía y el ferrocarril, la tecnología que definitivamente permitió el salto a la dispersión ha sido la carretera, y desde ese momento el desarrollo de la motorización y el desarrollo inmobiliario irán emparejados (Scott, Allen J; Soja, Edward W. 1997). La primera consecuencia de la fragmentación y discontinuidad física han sido la desestructuración del espacio publico y la segregación social. Este contexto ha supues-
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 9 - 2009 • 82 • to, en muchos casos, el éxodo silencioso de determinados escenarios de fricción, debido al ejercicio de la opción de desplazarse a localizaciones cada vez más periféricas tomada por aquellos segmentos sociales de mayor capacidad económica (Thompson, H A. 1999). No obstante, el significado de la influencia de la dispersión sobre las condiciones de vida no puede interpretarse desde una percepción unidimensional, dado que también está generando, incluso en los mismos contextos culturales, situaciones sumamente conflictivas para los habitantes de aquellos asentamientos residenciales con mayores relaciones tiempo – distancia respecto de los principales zonas de trabajo o de distribución de servicios, y también incluso desde la perspectiva de la seguridad, tal como veremos más adelante. Tratando de aportar un marco en la que puedan encuadrarse todas estas situaciones, podemos decir que de la dispersión ha surgido una nueva ciudad e incluso, al decir de algunos teóricos, algo que podría no responder ya al nombre de ciudad, ni en el presente ni por supuesto en el futuro. Según esta fórmula, aunque los nuevos conjuntos urbanos, conserven dentro de sí fragmentos pertenecientes a diversas fases históricas, ni siquiera los centros tradicionales de las ciudades europeas, por perfecta que haya sido su conservación, pueden quedan al margen de ser entendidos bajo nuevos parámetros. Una muestra de ese vínculo orgánico de recíproca influencia pudieran ser los problemas producidos en algunas de las áreas históricas por la intensa terciarización, y los impactos y condiciones de desgaste generados por esa intensidad de uso. Determinadas áreas del centro de las ciudades se han visto obligadas recientemente a afrontar crisis de inseguridad por razones opuestas a las que habían sido habituales en los años 60 y 70, cuando los centros sufrieron despoblamiento y marginalización, tras la creación de un nuevo contexto en el que los instrumentos de revitalización urbana utilizados han producido contrasentidos. Respecto a la dimensión del dominio ideológico de lo urbano, nos hallamos ante una realidad probablemente enraizada en sus propios orígenes. Incluso algunos fervientes denostadores de lo urbano, como una parte considerable de la intelectualidad norteamericana del siglo XIX (White, M. 1967), hubieron de admitir que ningún estado nacional podía permitirse prescindir de éstas si quería atender a las necesidades industriales y tecnológicas prioritarias para su supervivencia. No obstante, las aportaciones de la ciudad son tan diversas como sus propias razones fundacionales y sus funciones nunca se han limitado a la provisión de tecnología y recursos productivos. Como fórmula para tratar de abarcar esa complejidad nos resulta interesante la visión sobre las “funciones urbanas”, expuesta por el teórico urbano Joel Kotkin (Kotkin, J. 2006); que estima la existencia de tres de ellas: ámbito de lo trascendente, espacio de intercambio y zona de seguridad. La primera define la ciudad como el escenario en el que se desarrollan las narraciones míticas producidas por cada sociedad. Desde las ciudades sagradas de las diversas religiones, hasta la ciudad posmoderna del paraíso consumista y sus rituales de construcción flexible de la identidad, asumir esta responsabilidad habría sido uno de los invariantes urbanos. Pero es la tercera de las “misiones” urbanas por excelencia, según la concepción de Kotkin, la que nos concierne más directamente: la de proporcionar seguridad. Entre ambas dimensiones hay un solape considerable, al menos desde la perspectiva de la cultura de masas. Ello se debe a que, en gran medida, las figuraciones negativas de lo urbano han pasado a formar parte de la propia identidad mítica de la ciudad con la misma validez que los planteamientos arcádicos, convergiendo ambas en un discurso simbólico unitario. Algunos teóricos, como Amendola (Amendola, G. 2000), piensan que muchas de las grandes re-estructuraciones de lo urbano han
Artículos • Pablo Arias Sierra • 83 • encontrado su base ideológica en debates cimentados más en referencias míticas que propiamente reales, también incluso en lo que se refiere a la influencia de la inseguridad en la forma urbana. Nuestro contexto histórico nos aporta ya, desde enfoques de lo más diverso y en ocasiones abiertamente contradictorios, un corpus de visiones de lo urbano desde el campo de la seguridad. Aquí encontramos desde la descripción de las posiciones “duras”, que propician la fortificación y militarización de lo urbano, hasta aquellas cuyo entendimiento de la seguridad se vincula necesariamente a nociones de gestión transparente y equidad. Bajo la premisa de esa pluralidad, en la que se incluyen tanto inercias sociales como discursos más conscientes, sería especialmente necesario incidir en las estrategias generadas desde la planificación y el diseño urbano para la resolución de problemas que, en muchas ocasiones, han tenido su origen tanto en los excesos dogmáticos como en las omisiones cometidas por estas mismas disciplinas. Por otra parte, el marco temporal de análisis elegido mencionado anteriormente (desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días) se justifica en la percepción de este periodo como aquel en el que se han decantado una significativa mayoría de las situaciones de riesgo con las que actualmente convivimos. Bien entendido que esta limitación no significa una prohibición formal de realizar alusiones a realidades incluso bastante remotas en el tiempo, dado que existe un acervo de referencias históricas, nutrido de modelos de ciudad, de fórmulas de planificación edilicia e incluso de ideales utópicos, que nos brinda la oportunidad de poder contrastar las construcciones socio-culturales con los resultados urbanos obtenidos. 0.1. La ciudad como laboratorio del temor; la presencia del “otro” Como es de dominio público, el crecimiento de las ciudades durante los últimos 60 años a nivel planetario ha distado de hacerse bajo unas condiciones ordenadas, constituyendo una historia en la que se entremezclan aleccionadoras experiencias con la constatación de problemas que aún no han logrado resolverse o incluso perfilarse lo suficiente para hacer de ellos un análisis válido. Una de las razones esenciales para esa condición generalmente “tumultuosa” y “desordenada” del crecimiento urbano, reside en que su impulsor protagonista ha sido la afluencia de población venida hasta la ciudad desde los medios exteriores más diversos. En los países desarrollados la inmigración campo ciudad se ha detenido cuando la población urbana ha alcanzado o superado las tres cuartas partes del total, pero en muchos de los países en desarrollo este proceso sigue un aumento creciente e incontrolable. No obstante las ciudades de los países desarrollados reciben asimismo nuevas poblaciones por la vía de la inmigración, cuyo acomodo se puede producir o bien en la ciudad existente o en nuevos crecimientos de diversa naturaleza. Así, en el debate de la ciudad segura, la presencia del “otro” y la capacidad de cada sociedad de aceptar su presencia o de rechazarla, de incorporar o separar al recién llegado o al largamente marginado, adquiere hoy día un carácter esencial. La relación con la realidad urbana de ese “otro”, que ha sido una de las bases esenciales del crecimiento de la ciudad y de su despegue económico, pero que se ve en la necesidad de desenvolverse en todo tipo de espacios periféricos, es un elemento de gran importancia en cualquier aproximación a las patologías urbanas y sociales de la ciudad contemporánea. Hemos asistido, en demasiadas ocasiones, a la utilización de esa figura del “extraño” o “recién llegado” para explicar procesos conflictivos que, en muchas ocasiones, tienen su origen en premisas mucho más complejas y en prin-
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 9 - 2009 • 84 • cipio menos aceptables para el imaginario social dominante. La distribución espacial de las ciudades y la sectorización de los distintos niveles de respuesta urbana, son narraciones casi siempre muy explícitas de la historia de los que Jacob Riis llamaba, con gran intuición, “the other half” (Riis, Jacob A. 2001). Los lugares en los que la ciudad demuestra su fracaso, esa “otra mitad” puede llegar a porcentajes altísimos de población, con escasas o nulas esperanzas de incorporación a una vida que pueda llamarse propiamente urbana. Indudablemente, esa presencia masiva del “recién llegado” que queda residenciado en la periferia social no es una novedad en la historia; tiene fuertes raíces en la memoria de la ciudad. Por ejemplo, la historia de Europa está llena de procesos de aluvión urbano que fueron entendidos como pérdidas de seguridad y de la calidad de la ciudad como hábitat. Incluso la ciudad amurallada, símbolo por antonomasia del reducto seguro y erguida como defensa frente a un entorno notablemente más violento, padeció repentinos procesos de grave desequilibrio de sus condiciones internas debido a las repentinas afluencias de refugiados. Un ejemplo indudable de ello El París de la Guerra de los Cien Años (Cohen, E. 1980), con su flujo de población flotante compuesta por refugiados y soldadesca licenciada, en expectativa de nuevo reclutamiento o aclimatada ya a diversos tipos de delincuencia (en un proceso que iba siguiendo los vaivenes de las campañas), es un ejemplo de ciudad desbordada debido a las condiciones creadas por un crecimiento demográfico repentino, al que también contribuyeron los refugiados económicos generados por el hundimiento de la industria textil flamenca. Aquí el lugar del extraño era, generalmente, el de alguien radicalmente expulsado de los bienes de la ciudad: la calle, la intemperie. Pero en la dureza de sus condiciones no sólo concurrían los rigores ambientales; la documentación que se conserva de las sentencias emitidas por el Chatelet (tribunal real de la época) recoge una clara estigmatización de los colectivos desplazados, con un cien por cien de condenas draconianas para delitos generalmente menores en los que no era difícil adivinar la subsistencia como telón de fondo. La base de esta actitud era la carencia de recursos de los desplazados, que los abocaba irremediablemente a mendicidad o la pequeña delincuencia. Todo ello sugiere, no obstante, que el verdadero motivo era fundamentalmente político: las clases rectoras de la ciudad, que veían las calles colmatadas de mendigos y prostitutas, tenían miedo de que una agitación popular pudiera revolver a esta población desesperada, como de hecho ya había ocurrido en periodos anteriores. Una de las razones que por la que traemos a colación este temor se debe a la posibilidad de, pese a sus continuos y a veces extraños replanteamientos, rastrear sus constantes apariciones a lo largo de la historia de la ciudad hasta nuestros días. La figura del “refugiado” en la historia urbana de la Colombia reciente (Moser. Caroline O. N. 2004), instalado en “invasiones” y “barrios pirata” en la periferia de las principales ciudades, podría ser un trasunto actualizado aceptable de los rigores padecidos por los desconocidos campesinos borgoñones o manufactureros flamencos del siglo XIV. Por otra parte, la ciudad ha sido entendida generalmente como un crisol del que podían surgir conductas nuevas, también en su vertiente negativa. Manteniendo nuestros ejemplos en el mismo contexto histórico, la ciudad ya se estaba perfilando como creadora de nuevas formas de conflicto, generando sus propias figuras de riesgo en cuanto a actores y situaciones (Becker, Marvin B. 1976). Así, cada avance urbano hacia un marco de mayor pluralidad, propiciaba la aparición de una figura de inseguridad nueva cuya relevancia en el plano simbólico no venía en razón de su importancia cuantitativa, sino en su nivel de ruptura respecto a los arcanos de su época.
Artículos • Pablo Arias Sierra • 85 • Un caso que está bastante bien documentado es el de la mayor presencia de la mujer en el espacio público de las ciudades inglesas medievales. Las anotaciones de los Coroner ingleses recogen, por ejemplo en el Londres contemporáneo de la Guerra de los Cien Años (una ciudad notoriamente inferior a París en población y que no sobrepasaba los 30.000 habitantes), tanto el surgimiento de una aguerrida casta de mujeres que participaban en hechos violentos como su incremento en el cómputo de las víctimas de esos mismos hechos (Hanawalt, Barbara A. 1976). Esta circunstancia había sido cuantitativamente inapreciable en el mundo rural inglés, en el que, en cualquier caso, la historia ha probado que los abundantes actos violentos, no se producían entre desconocidos que afrontasen situaciones inesperadas, sino que eran resultado de una larga familiaridad entre los participantes en los hechos así como de las fricciones que ello había producido. De hecho, una de las razones por las que existía una tasa de criminalidad urbana durante esta época, que parece especialmente alta bajo nuestra perspectiva histórica, reside en que una gran mayoría de los mecanismos de resolución de conflictos se encontraban en aquel momento por perfilar. Esta circunstancia implicaba que, ante situaciones cuya solución no se podía acoger a ningún sistema normativo aceptado, podían llegarse a conatos de soluciones unilaterales y aún violentas. Desde la óptica de una interpretación serena, esa violencia era un peaje ineludible en el proceso de aprendizaje de la vida urbana. Pero no cabe duda de que también era posible aportar interpretaciones alarmistas, que podían ser sinceras o interesadas. Podemos decir en este caso que lo que producía inquietud a la sociedad era la naturaleza diferente de estos procesos de “nueva” delincuencia. El espacio urbano fue adquiriendo, bajo la noción de esta capacidad de síntesis de nuevas condiciones de inseguridad, una ambigüedad que le ha acompañado siempre como símbolo cultural. De hecho, una parte importante de los enfoques maximalistas producidos por esos inicios de la planificación urbana que vienen a ser los utopistas, desde Eiximénides a Fourier (Benevolo, L. 2008)(), viene de la recurrente visión de la ciudad como ente contaminado y que necesita re-estructurarse para liberarse de sus impurezas, visiones espaciales que se armaron conceptualmente desde la perspectiva de fuertes determinismos morales en la visión de la sociedad, nacidos de la consciencia del desafío que representaba lo urbano. En cualquier caso, la tendencia a potenciar formas de miedo difuso ha acompañado permanentemente la evolución de lo urbano. Precisamente, la progresiva complejidad física y funcional de la ciudad ha producido procesos tanto de incremento del temor como de aumento de la capacidad de fabulación que éste representa. Esa inventiva procede del diálogo, casi siempre extraordinariamente creativo y muchas veces deliberadamente sesgado, entre las amenazas objetivas y las construcciones culturales de cada sociedad. Ejemplo de ello puede ser el Londres proto - industrial del siglo XVIII. Una ciudad que había llegado a los 400.000 habitantes, pese a las catástrofes que supusieron el incendio de 1666 y una poderosa epidemia con un margen de tiempo muy escaso. El siglo XVIII consolida un perseverante esfuerzo de urbanización que, sin destacar por ceñirse a una concepción unitaria y compuesto por las aportaciones de iniciativas diversas, sí presenta sin embargo un catálogo de soluciones ofrecidas muy homogéneo en cuanto a espacios urbanos y arquitectura (Morris, A.E.J. 1984). El resultado es una ciudad que se percibe a sí misma como abierta, de perfiles indeterminados; indefinición que se traslada tanto a su morfología como a su escala de valores.
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 9 - 2009 • 86 • En este marco, la ciudad dinámica resultante, centro indiscutible de Inglaterra y del embrionario Imperio Británico, fue especialmente fecunda en la fabricación de unas figuras de peligrosidad, surgidas de la propia incertidumbre ante un entorno necesariamente abierto a los cambios. Entre esos temores, que tejían una red variopinta de relaciones entre ellos, destacaba por ejemplo el de los motines o disturbios urbanos, generadas casi siempre en el marco de una política que se hacía cada vez más compleja. Aquí podemos detectar en el imaginario colectivo de la época un personaje antiguo con ropajes nuevos que seguía, posiblemente, debiendo una parte de su terrible prestigio precisamente a su condición de ente difuso: el “Mob” (Rudé, George. 1959). Este término podía designar tanto a una multitud encolerizada e incontrolable, como a una subclase compuesta por personajes de dudosas inclinaciones morales y ocupaciones inciertas, o incluso a un grupo de matones o guardaespaldas empleados por gentes principales en el juego político. Pasaba a interpretarse como una cosa, la otra, o todas ellas a la vez en función de los interlocutores y el momento. El “Mob” puede tener precisamente interés como representación de ese enemigo indeterminado, muchas veces moldeado y vuelto a redefinir y de cuyas muchas máscaras, resulta todo un compendio gracias a las curiosas adherencias semánticas que el término ha adquirido en el mundo anglosajón. Su capacidad de invasión ha llegado incluso al campo de las ideas, hablándose incluso de un “Mob thinking” como expresión de un pensamiento atrabiliario y violento, imbuido de estereotipos y actitudes agresivas. Resulta significativo que los estudios históricos más fiables hayan determinado que una gran parte de los participantes en esos motines y desfiles apresurados que asaltaban o destruían viviendas o comercios y que también atacaban a determinados candidatos políticos o a sus partidarios. Eran mayoritariamente vecinos en un radio bastante cercano a la zona en la que se producían los desórdenes. El “Mob” era el espejo de un estado de ánimo colectivo: el populacho asilvestrado al que se temía, y que adquiría una dimensión casi legendaria. Estaba formado en gran medida por artesanos y trabajadores en general cuyos hogares casi siempre se encontraban bastante cercanos al lugar de los hechos. Nos hallamos entonces ante la interacción entre los diversos procesos de transformación cultural, económica y de producción urbana en el seno de una sociedad con la construcción de figuras de peligrosidad social. Estas figuras son herramientas decisivas a la hora de construir la propia percepción en cualquier contexto social, poniéndose al servicio de lo que se consideran paradigmas aceptables de presente y futuro: la amenaza que se reconoce se transforma de esta manera en un asidero contra peligros desconocidos, y también en un recurso rentable en la esfera política. En este marco, podemos afirmar que las construcciones culturales de percepción de riesgo establecen un vínculo con los procesos de producción de ciudad; vínculo que la progresiva complejidad del hecho urbano ha ido reforzando hasta nuestros días. Actualmente, no obstante, tanto los procesos de crecimiento y diversificación urbana, como los propios sistemas simbólicos encargados de representar las figuras de peligro, parecen estar más allá de las posibilidades de los sistemas de encauzamiento de las sociedades urbanas globales. Puede ser porque, como formuló en sus diarios el pensador y literato alemán Ernst Jünger en la primera mitad del siglo, una parte de la historia global desde los albores del siglo XX parece haber sido progresivamente invadida por el reino de lo imprevisible (Jünger, E. 1989). Si hoy nos resultan transparentes en su intencionalidad y procedencia mecanismos de difamación como la invención, por parte de ciertos elementos xenófobos en el París de la Edad Media, de un complot flamenco para contaminar las fuentes de agua, pretexto para generar una reacción agresiva con-
Artículos • Pablo Arias Sierra • 87 • tra los inmigrados por razón económica de esa nacionalidad, nuestra cotidianidad parece perfilar un nuevo estado de la cuestión en la que lo improbable ha salido del reino de la fabulación y se ha presentado en la realidad. Hechos como el 11-S han comparecido en nuestro imaginario colectivo como referencias imprevistas, cuyas consecuencias aún son objeto de análisis (Virilio, P. 2006). Los disturbios en las ciudades francesas y las dificultades de orden público en democracias que destacaron por sus considerables intentos de integración, como es el caso de Suecia, forman parte de esos nuevos escenarios que han contribuido a distorsionar la percepción de futuro en medios urbanos considerados hasta hace poco modelos de estabilidad, integración y seguridad. A esto se agrega que nuestro conocimiento de la realidad se nutre del abastecimien- to en tiempo real de una permanente cadena de acontecimientos por los medios de comunicación, que nos mantienen en contacto con flujo de datos continuo del que es complejo extraer la información. Nuestras actuales ciudades instantáneas, que precisamente organizan sus flujos perceptivos desde esos medios de comunicación, y que presentan asimismo una estructura física que se modifica con gran rapidez, estarían abriendo al máximo los grados de indeterminación (Boyer, M. C. 1996). En otro orden de cosas, podemos decir que una parte esencial de la historia de las sociedades urbanas ha estado en sus estrategias para gestionar el crecimiento de sus ciudades. La respuesta diferencial ha creado asimismo realidades de naturaleza muy distinta, siendo las condiciones de partida que permitían afrontar estos problemas notablemente diferentes (según el escenario histórico, social, político o económico) y a la vez determinantes para su evolución posterior. Dentro del campo enormemente amplio de las posibles influencias, los condicionantes de mayor entidad han tenido que ver precisamente con la capacidad de compromiso de las administraciones; nivel de compromiso que no es sino un reflejo de los valores de la sociedad a la que representan y cuya realidad gestionan. Los procesos de planificación, tanto en las ideas inspiradoras como en la materialización de sus objetivos, forman una parte insoslayable de esta realidad. 1. CIUDADES DE DISFUNCIONALIDAD CRÓNICA: CRECIMIENTO INFORMAL Y PROCESOS DE DESESTRUCTURACIÓN URBANA 1.1. Asentamientos ilegales: la crisis urbana como fórmula de crecimiento En el momento presente nos hallamos ante una eclosión claramente perceptible de lo urbano con un peso creciente, tanto en el plano demográfico como en el de su extensión territorial, de las grandes urbes. Asimismo, es una realidad que el centro de gravedad demográfico urbano se está desplazando hacia los llamados países en desarrollo. Este fenómeno coexiste con el hecho de que en muchos de esos lugares emergentes se está fracasando en la tarea de dotar de refugio a los aspirantes a “urbanitas” que van confluyendo sobre ciudades cada vez más grandes. Ante esta realidad, un hábitat paralelo e irregularmente generado emerge cada vez con más fuerza y evoluciona en sus dimensiones y también en sus características. Su materialización avanza en una progresión que va desde la choza de materiales precarios hasta el bloque de varias plantas, abarcando asimismo desde el pequeño asentamiento hasta aglomeraciones que alcanzan el medio millón de habitantes. Frente a esta realidad, se pueden discernir dos tipos de actitudes: la de aquellos que pretenden superar el problema mediante la permisividad y la cooperación y aquellos que,
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 9 - 2009 • 94 • ciones de inmigrantes que la expansión económica de los países desarrollados iba demandando. De los inmigrantes nativos que llegaban del medio rural, se fue pasando progresivamente a los de África del Norte, Asia o Latinoamérica. En la mayoría de los casos los residentes europeos de estos edificios llegaron a tener una permanencia relativamente baja, producida por las nuevas condiciones de mayor poder adquisitivo y superior movilidad de las crecientes clases medias. Lo que en principio parecía para determinadas generaciones una considerable adquisición de estatus, al constituir su acceso a una vivienda propia, fue modificando su consideración a la baja al cambiar las necesidades y con el surgimiento de una apertura de la oferta residencial y de nuevos códigos de representación social (Helleman, G; Wassenberg, F. 2004). El resultado final fue que las viviendas en bloque abierto, algunas de las cuales se habían cedido por la administración en regímenes de tenencia especiales, fueron despareciendo de las apetencias de un ciudadano medio cada vez más próspero. Esto las transformó, debido a una determinada transición histórica de hábitos residenciales, más que en un modelo de ciudad verdaderamente alternativa, en un puente para la entrada a otras posibilidades de ciudad. Todavía hoy, el peso en muchas ciudades europeas de este tipo de hábitat urbano es considerable. Prácticamente cada ciudad española o europea conserva un ejemplo de este modelo de estructuración residencial, muchos de ellos transformados en espacios de convivencia, pero con una minoría convertidos en ejemplos de barrios desfavorecidos y algunos en auténticas trampas urbanas, que alcanzaron y en muchos casos todavía ostentan la categoría de problemas muy serios; a veces incluso debatidos a nivel nacional como el sector (o más propiamente ciudad de tamaño medio, en consideración a sus 13.000 viviendas) Bijlmermeer de Amsterdam (Helleman, G; Wassenberg, F. 2004), o muchas barriadas francesas de vivienda social etc.. Su capacidad de transformación los convirerte en entidades aún vivas y en algunos casos con un futuro muy complejo. Las ciudades han abordado el problema de reciclar las zonas de la ciudad construidas bajo la premisa del bloque aislado con opciones que iban desde la pura y simple demolición total, hasta transformaciones parciales, que suelen incorporar planes de diversificación de usos ajenos a lo puramente residencial e implantación de equipamientos. En algunos casos se establecieron planes para el aprovechamiento de las áreas de espacio libre entre los edificios para agregar mayor densidad residencial, achacando los problemas de algunos de estos sectores a un exceso de espacio disponible. También se han implantado experiencias piloto de recursos de vigilancia extraordinarios (muchas de las experiencias europeas de utilización del CCTV han comenzado precisamente en estas localizaciones) con resultados bastante variables (Van den Berg, L. 2006). La herencia española y andaluza en este capítulo no tiene nada que envidiar en peso específico y nivel de complejidad a la escena europea. Actualmente, una parte importante de los llamados “barrios desfavorecidos” andaluces pertenecen al modelo urbanizador del bloque abierto, en un proceso de industrialización de la producción de vivienda que ha dejado ejemplos señeros de zonas postergadas y conflictivas en la ciudad (Fernández Aja, A. 1994). Asimismo, en otro orden diferente, se está manifestando lentamente una transformación de las poblaciones debida a la inmigración, que empieza a ofrecer un cuadro de riesgo en lugares significativamente homogéneos en cuanto a la procedencia de sus habitantes. Ese es, sin duda, uno de los escenarios que pueden resultar más difíciles para el futuro. Muchos arquitectos, sobre todo en Europa´Central y del Norte, han hecho énfasis en la rápida desaparición de estas barriadas, debida a su sustitución, mencionando
Artículos • Pablo Arias Sierra • 95 • cómo “... la obra de años va despareciendo ante nuestros ojos”. Sin embargo, tal escenario está aún muy distante de realidades como la española. 3.2. El espacio público y sus actuales condiciones de fragilidad En el ámbito cultural norteamericano, se ha asistido a un proceso que se encamina, según el juicio de muchos teóricos del urbanismo, los estudios sociológicos e incluso los propios profesionales o críticos de arquitectura, hacia lo que se ha venido en llamar “el fin del Espacio Público” (Sorkin, M. 2004). Bajo esta concepción de la realidad actual, el espacio público sería apenas un proyecto permanentemente inconcluso, apenas bosquejado, que habría desplegado su seductora utopía en el arco temporal que va del espacio de los monarcas absolutos como punto de partida hasta el espacio de Las Corporaciones. El balance final establecería un escenario en el que la irradiación de ciertos aspectos de la cultura norteamericana, devenida en modelo global, unido a la deriva irremediable de las tecnologías y los miedos contemporáneos, habrían expandido un patrón de comportamiento que implica el fin del experimento de la producción de espacio urbano a nivel planetario. En este marco, una gran cantidad de discursos han popularizado y aún vulgarizado, la creación de lo que podemos llamar una “post-ciudad”, que se representa según modelos muy diferentes y aún contradictorios; quedando por ello su valoración abierta a interpretaciones tan esperanzadas como aterradoras. No obstante, parece que en muchas de estas visiones, los espacios de relación claramente reconocibles sufren una decisiva merma de su importancia, cuando no su desaparición. Es lógico que, en el seno de un marco cultural como el europeo que supuestamente pretende dar importancia a los valores de lo colectivo y a la revitalización de una herencia considerada valiosa, las expectativas de evolución del espacio público se hayan transformado en uno de los debates medulares de la urbanística, ante la constatación de que su condición se ha ido volviendo cada vez más conflictiva (Ash, A. 2008). En este escenario de dificultades, existen una serie de tendencias que expresan los principales frentes de conflicto y evolución del espacio público. En primer lugar, podemos destacar el hecho de que, en una sociedad cuyos cambios se han sucedido en ciclos cada vez más cortos, la estructura física de las ciudades no siempre ha conseguido aportar las fórmulas necesarias para generar lugares de encuentro según nuevas exigencias o paradigmas. Esto produce la excesiva utilización de un número determinado de espacios representativos que adolecen la sobrecarga. En segundo lugar, cada vez más, lugares que se encuentran fuera de la esfera de lo público van asumiendo la condición de espacios de sociabilidad, en muchos casos inducida y mantenida en pautas muy estudiadas y fijas. Un ejemplo característico de ello podrían ser los grandes “mall”, cuyas cualidades emergentes como lugares de encuentro cívico, tras una transformación conceptual a finales de los años 50, fue abiertamente ensalzada por analistas urbanos como Jane Jacobs, pero que no son las únicos dispositivos de esta naturaleza en un medio urbano que se muestra cada vez más pródigo en dispositivos para contener fórmulas de comercio o de prestación masiva de servicios (Wall, A. 2005). En tercer lugar y desde la perspectiva de creación de escisiones sociales, están surgiendo espacios ambiguos, algunos de gran representatividad, en los que el contenido del lugar se articula en función de las necesidades de representatividad de grupos muy concretos. Ejemplo llamativo de este principio serían los nuevos guetos de
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 9 - 2009 • 96 • espacios basados en los códigos de identificación más variopintos (franja de edad, preferencias de consumo, orientación sexual, etc) (Sibalis, M. 2004). El cuarto lugar lo ocupa la manifiesta desigualdad en la habilitación y mantenimiento del espacio en la diversas áreas de la ciudad. Existe, lo que puede llamarse una desigualdad desde la perspectiva de utilización del espacio libre, tanto en Europa como en Estados Unidos, en determinados momentos sólo en razón de la cantidad. A ello se añade que determinados vecindarios presentan importantes problemas de convivencia debidos a la confrontación de concepciones de utilización del espacio público muy distintas, producidas por la irrupción de grupos heterogéneos culturalmente (Madanipour, Ali. 2004). Algunas áreas de la ciudad europea han visto como se consolidaban este tipo de problemas que concluyeron por propiciar acontecimientos violentos, en algunos casos con las fuerzas del orden, en otros con la población autóctona y en muchos casos entre diversas comunidades de inmigrantes que presentan diferentes sensibilidades en el uso del espacio. En determinadas condiciones, la limitación total o parcial del espacio público no tiene por qué estar vinculada a desarrollos urbanos recientes, ni a una destrucción física de los antiguos. Ejemplo muy válido de la sutileza que puede llegar a alcanzar el proceso podrían ser algunos casos de revitalización en las ciudades históricas europeas, que las han hecho objeto de operaciones continuas de mantenimiento y enriquecimiento, pero que las han distanciado irremediablemente de su condición de espacios de convivencia fraguados a lo largo del tiempo. Esta constatación debemos hacerla sin “demonizar” la situación actual, pero sin que tampoco podamos albergar dudas de los cambios de gran entidad operados en unas localizaciones que compiten en atraer la atención de los turistas globales y que por ello son objeto de iniciativas que tienden a erosionar la heterogeneidad social. Los habitantes de estas zonas empiezan a volverse cada vez más escasos ante una pujante presión del sector servicios en el área y el consiguiente aumento del precio del suelo (Helms, G. 2006). A la disminución del número se añaden otros factores que articulan unas condiciones de vida asimismo diferentes: una muestra de ello es que algunas veces, esos mismos habitantes de los centros históricos alegan sentirse como extras de un dispositivo turístico que les ha incorporado más allá de toda posible protesta. Por otra parte, la concentración de intereses resultante considera una progresiva influencia de una fuerte dinámica de la seguridad en las cuestiones de diseño urbano. Ello hace que las pautas de utilización del espacio cambien también, eliminándose o haciendo muy selectiva, la posibilidad de ubicarse sobre el tejido urbano en una dialéctica distinta a la caracterizada por el consumo de productos o servicios. El espacio público se transforma en un elemento de formalización de la ciudad como dispositivo predominantemente empresarial (Van Melik, Rianne; Van Aalst, Irina; Van Weesep, Jan. 2007). 4. El espacio urbano discontinuo como marco de los desafíos futuros La pregunta que podemos formular es: ¿cómo caracterizar los problemas de seguridad urbana en una ciudad que ya no puede designarse propiamente como tal? Ya hemos señalado que, tanto las naciones económicamente desarrolladas como en aquellas llamadas “en desarrollo”, se han urbanizado territorios muy extensos, haciendo que la densidad de las ciudades en habitantes por kilómetro cuadrado no haya dejado de bajar a lo largo del siglo anterior (Angel, S.2008). En este contexto,
Artículos • Pablo Arias Sierra • 97 • tanto la motorización como la naturalización de nuevos hábitos sociales han tenido un papel protagonista en un fenómeno estudiado hasta la saciedad desde las perspectivas más variadas (como las necesidades de transporte generadas, el impacto sobre el territorio o los nuevos paradigmas de paisaje que genera) pero muy poco analizado desde su posible impacto en el ámbito de la seguridad urbana. Por aportar un ejemplo cercano, se puede citar que Andalucía ha consumido una cantidad considerable de su territorio con un modelo de vivienda unifamiliar de baja densidad, no pocas veces implantada desde la ilegalidad, aumentando en más de un 350% su superficie urbanizada desde el año 1956. No obstante, de la misma manera que en la motorización de la sociedad. los Estados Unidos fueron los que primero avanzaron conscientemente en este modelo de creación de suelo urbano; esto ha hecho que también sus contrasentidos aparezcan con mayor rapidez. Pese a ser inicialmente el escenario urbano de normalización social por excelencia, el crecimiento del “suburb” en Estados Unidos ha creado situaciones en las que en ciertos emplazamientos se daban escenarios difíciles, de conflicto y fracaso. Uno de los estudios de este escenario más estimulante y lleno de matices lo realiza Mike Davis en su frecuentemente citada “Ciudades de Cuarzo” (Davis, M. 2003), en un capítulo dedicado al suburbio de Fontana, en la Aglomeración de Los Ángeles. Más allá de escenarios definibles como “conflictivos”, la degradación de las condiciones de vida en estas zonas ha generado, en emplazamientos singulares, graves aumentos de la inseguridad, fundamentalmente a causa de los procesos de desarticulación social, des-industrialización y “white flight” combinados (Thompson, H A. 1999). El abandono de viviendas en estos vecindarios, producido cuando la situación de destrucción alcanza su cenit, crea un medio especialmente desolado en que muchas de ellas se incendian (o más bien son incendiadas) y quedan como expresiones claras del estado de la convivencia en el entorno, junto con los vehículos en diversas fases de desguace y la presencia de basuras por recoger. Determinados suburbios pierden población y viviendas hasta el punto que su densidad de habitantes por hectárea desciende hasta niveles propios de un medio rural. Debido a que ha sido el medio anglosajón el que primero ha debido enfrentarse a la desestructuración de sus tejidos de baja densidad, ha sido necesario reconsiderar determinados aspectos del discurso sobre la seguridad urbana. Este replanteamiento era irremediable, al ser especialmente importante la aportación de la cultura anglosajona en los llamados estudios de “Safe Design” (Steventon, G. 1998), que prácticamente tienen su origen en este contexto estadounidense. En ese marco, se da la paradoja de que el “suburb” se consideraba en primera instancia una solución aceptable como premisa de partida para fomentar determinadas condiciones de privacidad y una distribución inductora de seguridad del espacio urbano. El “suburb” de baja densidad fracasa, no obstante, en conseguir que el ciudadano haga acto de presencia en la calle, cuyas condiciones la hacen más a propósito para la utilización del automóvil; esto se ha convertido en uno de los problemas más claramente identificables de este tipo de reductos (Doeksen, H. 1997). Una gran parte de la preceptiva del New Urbanism se ha enfocado desde esta perspectiva de la “restauración” del suburbio y su asimilación a un estado más propiamente inteligible desde lo “urbano” convencional. Pero, mientras se materializan estos intentos en Estados Unidos, Europa ha asistido a procesos casi análogos en algunos espacios de la inmensa red urbanizada en torno a las principales redes de distribución urbana. La extensión de territorio urba-
Anduli • Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 9 - 2009 • 98 • nizado, la intrincada red de accesos, la coexistencia de zonas habitadas con baldíos urbanos o la mezcla inesperada de funciones, hacen realmente complejo para las fuerzas del orden abordar un espacio en el que aún no parece haber mucha experiencia a la hora de perfilar protocolos de acción, al menos desde la iniciativa pública. Este contexto, no obstante, es excelente para el sector emergente de la seguridad privada, cuyo beneficio expectante en estos espacios es de gran significación. El problema de la difícil legibilidad y organización de esta nueva ciudad emergente se hace extensivo a la prestación de otros servicios, pero tal vez sea la carencia de seguridad la indicación más clara de que la ciudad no puede resumirse a una mera ecuación de accesibilidad más infraestructuras.
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