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La monumentalización de la memoria

Rodríguez de la Flor, Fernando

Abstract

Construir bibliotecas. En consecuencia, crear todavía nuevos espacios (reductos) de lectura. Erigir, en un esfuerzo último, los lugares definitivos o nichos para el códex, cuya estrella, indudablemente, comienza a declinar. Pero, también, improvisar los nuevos dominios ergonómicos para una pluralidad de consultas multimedia. Tal vez rehabilitar espacios del pasado. Mantener entonces estos espacios bibliotecarios como «lugares de la memoria », para asegurar mejor así un tránsito suave entre ese mismo pasado y futuro. Ello para, lejos de señalar entre ellos una fractura, lograr allí el lugar de una continuidad serena . Emplear en todo momento medios tecnológicos (avanzados).

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LA MONUMENTALIZACIÓN DE LA MEMORIA Fernando R. de la Flor «Quo mihi innumerables libros et bibliothecas?» Séneca, De tranquillitate animi (9, 4-7) Construir bibliotecas. En consecuencia, crear todavía nuevos espacios (reductos) de lectura. Erigir, en un esfuerzo último, los lugares definitivos o nichos para el códex, cuya estrella, indudablemente, comienza a declinar. Pero, también, improvisar los nuevos dominios ergonómicos para una pluralidad de consultas multimedia. Tal vez rehabilitar espacios del pasado. Mantener entonces estos espacios bibliotecarios como «lugares de la memoria», para asegurar mejor así un tránsito suave entre ese mismo pasado y futuro. Ello para, lejos de señalar entre ellos una fractura, lograr allí el lugar de una continuidad serena. Emplear en todo momento medios tecnológicos (avanzados). La monumentalización de las memorias Estos que son los enunciados programáticos de este especial momento nuestro, caracterizado por la desmesura de sus miras, implica el manteniemiento de una lógica de apertura bifronte. Manifiesta un deseo urgente de abrirse a las fluencias comunicativas, tanto si éstas provienen del pasado, como si llaman a un porvenir del que no tenemos todavía exacta referencia. La Biblioteca -espacio transversal; espacio de intersecciónse proyecta como un último locus conciliatorio entre dos temporalidades, de las que sólo sabemos se excluyen y se niegan. Es pues, metáfora ideal de la condición de un presente inestable que negocia y transfiere, tratando siempre de salvar lo trascendental y de desembarazarse del volumen creciente de lo que es accesorio (o será quizás al revés, pues una biblioteca es hoy también el lugar donde el libro o la información valiosa, central, se viene a perder, se extravía y camufla entre la pluralidad de lo banal). La biblioteca es hoy arqueológica, pues, en la misma medida proyectiva y utópica al modo que lo son las iglesias, tanto conceden un espacio de efectuación a las memorias perdidas y a las prácticas en retroceso que albergan también las fórmulas sociales que darán lugar a una refundación, a una mutación, que se está ya produciendo en su interior, hoy convertido, en el caso de las bibilotecas avanzadas, en un laboratorio donde se reelaboran las nuevas posibilidades informativas, comunicativas. - CI- 101 Profesor de Literatura de la Universidad de Salamanca ASTRAGALO, 17 (2001) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2001.i17.09 Tal programa moviliza el léxico del momento democrático-liberal, que tanto mira al futuro como negocia con el pasado, tratando de afirmarse sin rupturas, en una intencional política y retórica de la rentabilidad de la memoria, mientras en realidad se deja arrastrar por el viento fuerte de la historia. Todo ello habla en el lenguaje proyectual del Estado. Supone la constatación de que el programa de ilustración pública avanza todavía bajo los juegos de imágenes constructivas que presidieron la primera época del libro triunfal. La transparencia y general accesibilidad (que nunca fue la condición del arcaico mundo del libro) se generalizan hoy fantásticamente. El espacio bibliotecario se constituye así como un fetiche de la cultura democrática; alcanza en nuestros días un destacado rol civil. Pues el signo de toda democratización efectiva se mide hoy por este criterio esencial: el de la participación y el acceso al archivo, a los depósitos de saber, por la posibilidad, también, de participar en su constitución/construcción, de igual modo que en su interpretación y análisis (en calidad de profesores, de estudiantes, de arquitectos, de públicos y usuarios, en general). La empresa, ciertamente, nos reclama a todos de modo ordenado. Somos, en efecto, frecuentemente convocados en estos últimos años por este programa de construcción generalizada. Quiero recordar que eran fundamentalmente filólogos los responsables en el pasado hispano de la construcción de las grandes bibliotecas. Filólogos quienes establecían el deco ro y programas 102 de las bibliotecas. Filólogos los que ejecutaban la arquitectura moral de su catálogo, y, a menudo, también, filólogos -como sucede con los biblistas en el entorno de Felipe II- quienes deciden las condiciones simbólicas de los edificios. Bien, empleamos todavía la arcaica palabra «biblioteca», porque hay en estos espacios desde luego algo físico que custodiar entre muros; algo sobre lo que alentar y promover su conservación, y algo también que exponer y hacer público. Hay, en efecto, una misión patrimonial que estas arquitecturas todavía deberán garantizar y acoger las bibliotecas, como los museos que conocen hoy también su Edad de Oro en España, son ya, de facto, los únicos lugares donde las masas entran en contacto físico con la historia, con la memoria, y esto parece prioritario en ellos, y habrá sin duda que mantenerlas como los monumentos de la era tipográfica aún por largo tiempo. De eso se trata en general, de la gestion de un capital, de una memoria que necesita todavía especializarse; dotarse de un dominio material que funcione con un valor emblemático, probablemente ya de signo exclusivamente simbólico, pues tiene como función un a exaltación monumental que hoy, en España, ya no es más exaltación nacional, sino más bien un conjunto disperso de operaciones restauradoras de memorias locales, regionales, autonómicas, de cuya suma y total se extraería la dimensión misma del valor de una cultura hispana propia y singular, a la que por paradoja de momento no podremos situar en parte alguna, y menos llamarla hoy Biblioteca de España. - en- Tenemos la percepción de que nuestra memoria de lo imperial hispano está, en buena medida, mal ubicada, quizá perdida, desclasificada, opaca inaccesible. Esta «kriptonita» cultural demanda hoy su ostensorio, su locus, digámoslo su «lugar de autoridad» y de representación. Es urgente proceder a su catalogación, al archivo y residencia física de esa logomasa generada por una cultura antaño poderosa. Es la ubicación de este fondo o depósito material el que presta por hoy a las bibliotecas hispánicas, lo que Cassirer ha denominado su «estructura espiritual». Para el caso sobresaliente de los archivos, por todas partes hoy en trance de reconstrucción, su apariencia de caja fuerte o su tecnología directamente dependiente de las construcciones militares defensivas, evidencia también que allí reside un valor-patrón, depositado en una suerte de «Fort Nox», en una reserva física, en la que de un modo intangible y milagroso desde los sótanos se funda y se sostienen el resto de valores culturales, la cultura hispánica como valor singular. Los edificios bibliotecarios son, en buena medida, conjuntos estatigráficos, que desde la profundidad de la tierra, de la materialidad y de la historia, se abren hacia un elemento aéreo, inconsutil, hacia una grajósfera futura, de la que sólo sabemos que no será sin duda contenida por muros o por techos. Es una experiencia altamente simbólica, la que por ejemplo se puede tener en la Biblioteca Central de la Universidad de México, donde los dos tiempos y polaridades de las que venimos hablando se encuentran físicamente separados. De un lado, la biblioteca de la actualidad, de los flujos de presente, abierta al espacio electrónico, telemático, creciendo hacia arriba. De otro, el llamado «fondo antiguo», al que se accede por una rampa en descenso, un túnel del tiempo; en realidad un arco voltaico que tiene su inspiración en el gran poema del sueño del saber, compuesto por sor Juana Inés de la Cruz. De un lado pues, las arquitecturas del presente, de otro, el reducto del pasado, otra vez con el olor a madera, las luces personales, los programas iconográficos con alegorías y los ficheros manuales, reconstrucción mimética y museística ya de un viejo ambiente de trabajo. Mal de archivo Haríamos mal en despreciar el valor simbólico de estas cápsulas temporales del pasado, pues en ellas alienta hoy y se determina el valor secreto que mantiene todo el edificio de la modernidad. Su necesaria existencia responde al proceso general de capitalización, de tesaurización, que posee el siglo: es la muestra de un «mal de archivo», que todo lo domina en la nueva conciencia finisecular. Enfermedad del siglo que recientemente ha diagnosticado J. Derrida, para una sociedad que desea ya realizar el inventario completo de sus registros, de sus inscripciones históricas, acumulando y capitalizando la totalidad de su memoria cultural. Construyendo en realidad su mausoleo estanco, su cámara de embalsamamiento -como veremos más adelante-, y asegurán- -CIII - 103 ASTRAGALO,17(2001)ISSN 1134-3672 donas que por fin se ha acabado la era de las grandes destrucciones, pues el pasado ha pasado a ser declarado zona de reserva, «parque» o paisaje artificial que conservar a todo trance, incluso cuando resulta ajeno a toda utilización práctica. Vasto paisaje interesantísimo el de estas organizaciones bibliotecarias del Antiguo Régimen por todas partes hoy conservadas en una función casi vitrificadora. Derroche sacrificial y gasto de representación, éste de almacenar, clasificar las huellas del pasado: tarea de la que los futuristas querían eximir a la humanidad, conectando directamente las cloacas de las grandes ciudades europeas con los almacenes de fondos museísticos y bibliotecarios. Y es que cuando tantas cosas en el terreno del conocimiento empiezan a estar desconectadas de lugares físicos, es entonces cuando sobreviene una nostalgia más fuerte de lugar, una ansiedad de localización y de construcción, que, en, efecto, retenga y ampare todavía un poco más las viejas prácticas y los artefactos culturales que hemos conocido. Nuestro tiempo vive esa aporía, según la cual, mientras se avanza a pasos gigantescos en la construcción de un espacio virtual, que capta los fluidos de información inmateriales y en realidad atópicos, todavía se insiste melancólicamente en la radicación y en la fisicidad de los depósitos, dedicando ingentes sumas a una conservación y en la elevación de contenedores, que en la era de la reproducción técnica y de la digitalización del escrito se hace ya, de facto, innecesaria. A medida que se abren portales web, las puertas y corredores que conducen a los depósitos, se 104 van cerrando casi para siempre, como esa puerta de la cámara acorazada detrás de la cual duerme el manuscrito de Per Abad, del que podemos asegurar ya no será tocado por mano al - guna humana. La posibilidad temible de perder el real contacto con el pasado estimula la producción de lugares donde sujetar, donde contener, y ubicar lo que ya técnicamente se encuentra en trance, en posibilidad real de ubicarse, en realidad, fuera de cualquier lugar, orbitando disponible, en lo que se ha dado en denominar la grafosfera. Resulta una experiencia melancólica de nuestra modernidad, el asomarse hoy como novedad al gran vidrio que separa para siempre al turismo de la gran sala bibliotecaria de la Universidad de Salamanca. Se trata de un mirador sobre el pasado, que al mismo tiempo revela hasta qué punto este pasado comienza a estar alejado de nosotros, convertido en un paisaje fabuloso y arcano, al que le concedemos más que un tratamiento museístico, como se dice, en realidad, los honores de un ritual funerario. Los libros de la gran sala general salmantina construida a comienzos del XVI es, de facto, ya, un Jugar que se ha convertido en ajeno a los modos de estudio y consulta contemporáneos, por lo que ha sido en realidad sellado por una profusión de puertas acorazadas de 200 milímetros. Y finalmente reconvertido a una atmósfera estanca, y peligrosa, donde todo destaca en él las particularidades de un sepulcro. -CIV - Estamos para siempre ya separados por el metracrilato que nos defiende de su atmósfera corrupta y contaminada por los trabajos de la desinfectacion y de los parásitos. Súbitamente, esta biblioteca arqueológica se ha vuelto un entorno peligroso y letal, escenario ideal para las producciones de un Hollywood que desde en La boca del miedo hasta la última película de Polansky: La novena puerta, !o elige como espacio simbólico de alta densidad. El libro y sus depósitos arqueológicos han comenzado ya a girar de signo: la propia conservación de la especie y del mundo heredado comienza ya a señalar en el libro un peligroso emisor antiecológico, un portador de ébolas, un objeto sumamente incorrecto políticamente hablando, por el gasto suntuoso de materia prima que él simboliza. Las viejas bibliotecas silenciosas nos intranquilizan porque el cine las ha convertido en el territorio ideal de la psicosis. Es por ello que la biblioteca lentamente cambiaría de signo, podemos decir de «alma», despidiéndose por fin de su pasado. Nuestros objetivos generales, más todavía en cuanto constructores y edificadores de lugares, no parecen estar ya apenas relacionados con el pasado. Muy poco en la biblioteca queda referido hoy a la conservación del mayor número, o del número más coherente posible de superficies vegetales escritas, de rodearla de sus ambientes, tanto da si naturales, arqueológicos o sofisticadamente preservativos y liofilizados en el sentido de construir el depósito bajo las determinaciones de quien construyera una cámara fuerte de valores. No. Algo todavía más poderoso (el viento fuerte que sopla benjaminianamente sobre la historia) en las bibliotecas actuales nos avisa de que estamos en el territorio afianzado del presente y, en 105 ocasiones, ellas se proyectan como los lugares idóneos donde establecer una conexión con los nuevos ámbitos de información del futuro. Las bibliotecas se van conformando como lugares ideales, no sólo para la consulta del material sedimentado, sino, cada vez más, como observatorios o torres de comunicaciones para la captación de la producción presente, instantánea y actual que viaja por la electricidad. Focos de exploración y captación del espacio telemático, y punto nodal en un tejido de relaciones y reenvíos, donde una nueva corporalidad lectora está sometida, por cierto, a una dictadura también nueva enteramente, a una disciplina de sujeción de sus sentidos y de unas determinaciones fisiológicas que acercarán el sillón de lectura al asiento eyectable del astronauta. Pudiendo advirtirse ya que en el lenguaje se han unido las series metafóricas que hoy designan de igual manera al lector que al viajero del espacio exterior. Biblioteca: el lugar absoluto La biblioteca es hoy por hoy lugar de cruce y de frontera para estas determinaciones. Un lugar de mestizaje de memorias (incluidas las que vienen del futuro, al que en cierto modo estamos regresando) pero también un lugar donde acuden convocados cuerpos diversos, según éstos hayan sido modelados por el espacio de la tipografía o pertenezcan ya enteramente a esa categoría - cv- ASTRAGALO,17(2001)ISSN 1134-3672 106 mixta y precipitada a una condición casi supracorporal que determina en el hombre su interfaz con la máquina. Nunca antes como hoy, la biblioteca pública estuvo investida de un ideal tan absoluto, ni reunió dentro de sí determinaciones tan dispares, pues esa idea de explorar y contener un espacio de producción presente, y presentemente actualizada, en verdad, nunca estuvo en el diseño arcaico de la biblioteca a la antigua, más bien caracterizada entonces como un «espacio sereno», hacia el que para ingresar en él, y por decirlo de alguna manera, «se retrocedía». Éste era antaño el lugar, estabilizado, sin evolución, ni progreso sustancial en su marco generador; lugar donde se conversa con los antiguos, y tan antiguo el mismo que Montaigne decía de él que cuando penetraba en su pequeña biblioteca lo hacía vestido elegantemente a la antigua, pues le parecía que entraba en el salón de la historia pasada y en el tribunal de los antiguos. En definitiva, el Jugar del pasado por excelencia, el dominio de consulta con el tiempo muerto, o de los muertos. En propiedad, las bibliotecas del pasado eran antes, y sobre todo, bibiliotafios, por lo demás cerca siempre de un sepulcro (el de los Tolomeos, en el caso de la mítica Alejandría). No por nada infundado, en castellano antiguo se decía de Jos libros en los anaqueles que ellos eran «Cuerpos» en depósitos. De estos «cuerpos de códex» hasta los nuevos cuerpos digitalizados, he ahí la tensión dialéctica hoy establecida. Tensión que curva y somete a una presión difícil el hecho propio de una arquitectura bibliotecaria. Hoy, la empresa de la nueva biblioteca une audazmente estas determinaciones antes inexistentes, lo que fuerza a la vez la construcción necesaria de un espacio con muros y, al mismo también, sin ellos (en un homenaje explícito, entonces no sólo a lo que representa Gutenberg, sino también a lo que bajo el nombre de Mac Luhan queda comprometido para el futuro). Ningún sueño savante y enciclopedista de ningún príncipe mecenas del Renacimiento o barroco pudo nunca expresar Jo que proponen las palabras de Miterrand diseñando su nueva Biblioteca de Francia: «Esta gran biblioteca de tipo enteramente nuevo deberá cubrir físicamente con su s depósitos todos los campos del conocimiento, deberá estar a la disposición de todos, utilizar renovadamente las tecnologías más modernas de comunicación, podrá ser consultada, a distancia, y desde ella misma se podrá entrar en comunicación con todas las bibiliotecas del mundo.>> Esta tensión equipolente y este programa contemporizador con temporalidades divergentes, que el edifico bibliotecario debe contener, está siempre a punto de desequilibrarse. Es fácil hoy dejarse dominar por esta ansiedad de futuro, por esta utopía pancomunicacional que nos hace sus promesas. Todo contribuye a erosionar el pasado, a disolver las formaciones del Antiguo Régimen en el que hasta hoy mismo hemos vivido, y de cuya vida el hecho simbólico del libro depende. -CVI - Pero sucede que, sin embargo, por encima de la empiria y de las realizaciones, el pasado tercamente mantiene también su imaginario. Por mucho que se penetre en el espacio de la novedad, por mucho que se avance en la construcción telemática de la biblitoeca, tenemos la impresión que tal imaginario vive detenido en el tiempo, procede en buena medida de otro tiempo. Pese a estos rituales de alejamiento, y de activo rechazo, palpable ya en las generaciones nuevas de lectores sin soporte físico, y pese a que ello marcará la nueva era, y que será definitivo cuando la totalidad de los fondos antiguos hayan logrado ser digitalizados, es precisamente ahora, cuando estas antiguas factorías del trabajo intelectual, se disuelven en su inefectividad, y falta de vida, cuando más esta figura de la biblioteca alZa antica más emerge en nuestro imaginario como un lugar articulatorio central. Y lo es, sin duda, por cuanto se muestra como pocos capaz de anclar y hundir en el pasado los cimientos de sociedades que se dirigen rápidamente hacia su futuro. Todo lo que hoy se hace en el presente depende al cabo de una dimensión imaginaria, casi onírica y esto no nos lleva ciertamente al futuro, sino que antes bien nos conecta directamente con el pasado. Problemático pasado éste, que además no ha dejado huellas físicas (es casi total la destrucción de los espacios bibliotecarios españoles del Antiguo Régimen), pero que nos grava pesadamente nuestros sueños e ideales acerca de lo que en realidad compromete la construcción de una «casa del saber». En estas condiciones, la resonancia y el eco que ha logrado en nuestros días la percepción borgiana de lo que en verdad compromete un espacio libresco, es un emblema de nuestra orfandad poética, de la dependencia que experimentamos respecto a antiguos modelos y figuraciones, precisamente en el momento de mayor pujanza y poderío tecnológico, lo que señala hoy el lugar de un retroceso, de una inmoviliación en el, por otra parte, vertiginoso campo de mutaciones. Muy lejos de toda funcionalidad, el bibliotecario ciego proyecta en nuestros días sus especulaciones metafísicas que se superponen a las realizaciones prácticas, y hasta diríamos de ellas, que nos amparan en la actual orfandad conceptual. La poética de la arquitectura bibliotecaria actual ha encontrado así en el maestro argentino una fuente en exclusiva hacia la que siempre volverse para la inventio de sus lugares argumentales. El imaginario borgiano, con su referencia a Babel, con su insistencia en que la biblioteca es el espacio del delirio y de la transferencia de las cargas reales y de los mundos reales hacia los espacios imaginarios que tendrán en adelante más peso, obsede nuestros sueños y paraliza un poco la dimensión constructiva pedagógica de la razón o lógica bibliotecaria al uso. O, al menos, entra en contradicción con ello, cosa que no sé si es siempre advertida, hecha consciente. ¿Acaso no se ve claramente que Borges nos hace ingresar en la biblioteca para a continuación venir a cerrar la puertas tras de nosotros y hacer imposible la vuelta al mundo y a la rea- -CVII - 107 ASTRAGALO,17(2001)ISSN 1134-3672 lidad, proclamando, por así decirlo, la realidad de la biblioteca y la inexistencia del mundo? Disolviendo por lo tanto, el proyecto pedagógico que en ella alienta toda Ilustración. De texto en texto, cada vez más perdido, la biblioteca se consagra así, como un mundo fuera del mundo, sin conexión con él. Célula altiva, mónada, en sentido leibniziano, pero sobre todo, cárcel metafísica, imagen de lo que significa la falta de sentido en la elaboración de lo humano, aquello que justamente invierte el sentido del proyecto y promesa que en ella se contenía. Babel, pues, la biblioteca supone, en este sentido preciso, la creación de un mundo artificial, de un circuito cerrado de intercambios de textos en la que el hombre se enajena por fin de su vinculación al mundo natural, mientras expresa su independencia respecto a él. En tal caso, el relato del gran mitógrafo de nuestro tiempo, no contribuye, como así se cree, a forjar la idea de la biblioteca como paraíso, sino antes bien allí se configura la imagen de un infierno. Y en efecto, así se han revelado a ciertos espíritus después de Séneca, las orgullosas y autosuficientes construcciones bibliotecarias. ¿Qué me importa a mí la existencia de innumerables libros y de vastísimas bibliotecas?, había dicho el viejo clásico. Aquí se insinúa una tradición cultural de negar la pretensión totalitaria y el proyecto global que ocupa una biblioteca a lo Boullé y de lo que da ejemplo ese Cassirer, que deseando durante años penetrar en la perfecta biblioteca del Warburg, cuando por fin puede visitarla, cuando comprueba que, en efecto, ¡ 08 en su maravillosa disposición los saberes adquieren un modelo rizomático que le llevará del estudio de la filosofía al de la astrología, y de ella a la medicina, a la religión, a la magia, al folclore, y que ascendiendo por los pisos durante los años venideros deambulará por los cubículos que almacenan los tesoros del saber de la literatura y el arte, entonces ante esta visión, enmudecido y conmocionado, sale a South Kensington y se pierde por la calle murmurando: «nunca volveré aquí, porque si cediera a la tentación de volver, me perdería para siempre en este laberinto de palabras». Frente a este ejemplo y apólogo moral, es evidente que quien hoy nos guía con sus visiones es aquel ciego argentino. Borges se ha convertido en el proveedor oficial de un imaginario posmoderno del espacio bibliotecario. Para muchos arquitectos y comitentes, hoy, el trabajo de la transparencia y de la accesibilidad democrática se hace paradójicamente bajo la figura de las sombras, del secreto y de la metafísica. Este imaginario borgiano circular, está, sin embargo, más del lado de la pérdida, de la suspensión del tiempo y del escepticismo radical y aún del nihilismo, y mientras opera la decepción sobre el saber y su sentido, abusa y desarrolla todas las metáforas universales que han ido construyendo la biblioteca como aquello que ya llamaron los Tolomeos en exclusiva «espacio del cuidado (narcisista) del alma», lo que disuelve el contrato de ésta con el ser físico y social del individuo. -CVIII - Es un imaginario este perverso, en su exclusividad cerebral, como ha sido visto, y notoriamente advertido. Otros poetas con una nueva conciencia del peligro de la totalización de un espacio público mientras se empequeñecen nuestros limitados e individuales, sentidos y potencialidades, cortarán de golpe este nudo borgiano que se nos propone en la biblioteca laberinto. Pues se tratará siempre de encontrar la salida que de la biblioteca conduce al mundo, retomando ahí las viejas figuraciones de las primeras bibliotecas históricas que, como es sabido, constituían en realidad un armarium colocado en el claustro abierto, cerca, en cualquier caso, del cielo real, del mundo. Es preciso oír ahora a uno de estos poetas, Juan Antonio González Iglesias, en este caso, para que se entienda bien que bibliotecas y gimnasios deben en cualquier caso estar próximos, tanto como en la etimología, la cual determina sabiamente que allí donde están los cuidados y atenciones del alma se sitúe también con urgencia la reparación provisoria del cuerpo. El poeta ha visitado la Fnac parisina, de súbito una urgencia le acomete a escapar de la biblioteca y entonces, << Yo salí -dice- a la ruede Rennes vi los coches, el prisma de las torres sus proporciones áureas. Penetré en el gimnasio (en su etimología, porque, dicen, también la ropa es texto) Mientras me desnudaba, recobré gradualmente, igual que en un tratado breve y antiguo, la serenidad. Era otra vez mi piel, límite único y simple con el mundo, mi memoria de animal que camina, mi pureza. Era otra vez un hombre, este proyecto verdadero que nunca estará escrito. El vestuario bullía de cuerpos poderosos.>> Y, sin embargo, pese a este corte brusco que dictamina el abandono de la biblioteca, nuestro imaginario arcaico sobre ella se encuentra detenido, sin progreso, todavía borgiano, gira en realidad fascinado aún por un hálito dramático de la biblioteca, que hace de ésta, ¿por cuánto tiempo?, el lugar todavía de la madera, del incendio posible, del veneno en las hojas, de la oscuridad, del tacto y de la miel derramada por las lámparas individuales, que sumen el resto de las vastas estancias en la penumbra. El lugar de la polilla -del ácaro del libro-, el lugar fáustico del ratón, quien roe y acaba los depósitos, urgiendo las tareas de la lectura antes de la desaparición final del texto en su soporte efímero. - CIX- 109 ASTRAGALO,17(2001)ISSN 1134-3672