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El opio y las escritoras del siglo XIX: Elizabeth Barrett Browning, Maria White Lowell y Elizabeth Siddal

Marín Gutiérrez, Isidro; Hinojosa Becerra, Mónica

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VI Congreso Virtual sobre Historia de las Mujeres, 15 al 31-octubre-2014 VI CONGRESO VIRTUAL SOBRE HISTORIA DE LAS MUJERES. (DEL 15 AL 31 DE OCTUBRE DEL 2014) El opio y las escritoras del siglo XIX: Elizabeth Barrett Browning, Maria White Lowell y Elizabeth Siddal. Isidro Marín Gutiérrez Mónica Hinojosa Becerra El opio y las escritoras del siglo XIX: Elizabeth Barrett Browning, Maria White Lowell y Elizabeth Siddal Isidro Marín Gutiérrez Docente investigador de la Universidad Técnica Particular de Loja ([email protected]) Mónica Hinojosa Becerra Productora de contenidos audiovisuales de la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) ([email protected]) El opio en sus múltiples variaciones fue la sustancia estupefaciente que predominó en las sociedades occidentales durante todo el siglo XIX. Los motivos fueron múltiples, pero principalmente fue tanto médicos, como lúdicos o como sociales. La mayor proporción de consumidores de opio en el siglo XIX eran mujeres. En los primeros recetarios escritos durante siglos anteriores ya aparecían los usos terapéuticos del opio para un sinfín de enfermedades varias. El médico y alquimista Paracelso (1493–1541), durante el siglo XVI, consiguió preparar por primera vez láudano, una tintura de opio en alcohol. Los efectos del láudano son diferentes a los del opio fumado. Así el alcohol añadía a las cualidades euforizantes, tranquilizantes y sedantes del opio la alteración y la intensificación de los sentidos y de la imaginación. También el médico inglés Thomas Sydenham (1624-1689), Londres se encargó, a finales del siglo XVII, de hacer popular el consumo de láudano para fines médicos en Reino Unido. Es famosa su célebre frase (1680): "De los remedios que ha dado Dios al Hombre para aliviar su sufrimiento, ninguno es tan universal y eficaz como el opio". Para el año 1700 existían diferentes compañías farmacéuticas que producían variedades de láudano que se prescribían según el peso y el sexo del enfermo. Desde un principio quedó claro los efectos euforizantes y su carácter adictivo que ejercía el opio pero no se les tenían muy en cuenta ya que eran mayores los beneficios de esta sustancia. Alethea Hayter escribió un tratado llamado Opium and the Romantic Imagination (El opio y la imaginación romántica) en donde afirmaba que en el siglo XVIII el adicto al opio era muy común en todas las clases sociales de Inglaterra. Dorothy Stafford, también llamada Lady Stafford (1526-1604), a quien el historiador Horace Walpole la recordaba decir cuando iba a casa de su hermana: “Querida, hoy vengo sin mi agudeza mental”, con lo que quería decir que ese día no había tomado opio. Según Horace Walpole, se veía obligada a tomarlo cuando tenía previsto visitar a alguna persona, para encontrarse en el estado de ánimo apropiado (Walpole, 1904). Durante el periodo victoriano (1837-1901), las enfermedades y las infecciones estaban menos controladas que hoy en día. La mortalidad infantil era muy elevada y la muerte de familiares infantiles estaba a la orden del día, tanto en clases bajas como en clases altas. El sarampión, la rubeola o la tuberculosis eran enfermedades propias de este siglo atacados con opio como medicamento. Nadie se preocupaba si el opio era adictivo o no, eso pasaba a un segundo plano. Les quitaba a sus consumidores del dolor y del estrés, era llamada “la medicina de Dios” y curaba desde achaques, toses, fiebre, diarreas, reúma, neuralgia o el insomnio. El escritor Thomas Penson de Quincey (1785–1859), más conocido por sus Confesiones de un comedor de opio inglés (1821), siempre llevaba una botellita en el bolsillo de su chaleco y afirmaba que la felicidad se podía comprar por un penique. En la obra de De Quincey, “Confesiones de un inglés comedor de opio”, se escriben los poderes visionarios que tiene el opio. En los trabajos de Santa Louise Anderson, una joven escritora de California, observamos cómo esperaba ser invadida por los “sueños del paraíso” de los que De Quincey escribió también cuando utilizaba la pipa de su criado chino. La poetisa Elizabeth Browning encontró su inspiración en De Quincey en su “constante sucesión de creaciones poéticas alternadas con tragos de morfina”, escribiendo el poema A True Dream (“Un sueño real”), bajo influencia del opio (Hayter, 1968). Muchos escritores de este periodo utilizaron opio y alguno de ellos fueron grandes adictos a esta sustancia. Alethea Hayter, escribió sobre la influencia del opio en la temática de los célebres trabajos de De Quincey, Coleridge, John Keats, Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Wilkie Collins y Francis Thompson. Samuel Taylor Coleridge publicó más tarde su célebre “Kubla Khan”, en 1798, como resultado de un sueño provocado por el opio “en una especie de ensoñación”. A finales de siglo, cuando las enfermedades iban remitiendo y había un mayor control sanitario es cuando se alzaron voces en contra del opio. Apareció un movimiento religioso en contra del opio y el alcohol; en contra de la guerra de Inglaterra contra China, a lo largo del siglo XIX. Pero a pesar de este movimiento por la Templanza no se pudo evitar que el opio formara parte de centenares de remedios farmacéuticos patentados tanto en Europa como América. Así, estos medicamentos elaborados con opio aparecían anunciados en los periódicos, revistas y carteles publicitarios. Por ejemplo estaba Godfrey’s Cordial, del que se llegaban a vender 34 litros semanales en cualquier ciudad británica mediana en los años 50 del siglo XIX. En los Estados Unidos los preparados de opio estaban repartidos por más de 3.000 tiendas de ultramarinos de Iowa que durante el siglo XIX tenía una densidad de población muy baja (López, & Ulises, 2010). La aparición de la morfina A principios del siglo XIX una serie de farmacólogos, entre ellos el alemán Friedrich Wilhelm Adam Sertürner (1783-1841), consiguieron aislar y extraer el alcaloide más activo en el opio, la morfina en 1804. La poetisa Elizabeth Barrett Browning (1806-1861) escribía sobre el consumo de morfina durante su larga enfermedad pulmonar que comenzó a padecer en los años 30 del siglo XIX. Con la invención de la jeringuilla hipodérmica, de Alexander Wood en 1854, se consiguió inyectar en los cuerpos de las personas. Aquello consiguió aumentar los efectos de la sustancia y que el proceso adictivo fuera más corto. Es curioso que la primera mujer adicta a la morfina consumida por vía intravenosa fuera la mujer de Alexander Wood, Rebecca Massey. El consumo por vía intravenosa de morfina se convirtió en una moda en las clases altas. Muchas mujeres de clase alta tenían cajitas de oro y plata bellamente adornadas con piedras preciosas que utilizaban para guardar las jeringuillas (Pérez & Alegre, 1992). Pero el gusto por el opio se dio en todas las clases sociales. La clase trabajadora también consumía láudano. Incluso llegó a sustituir a la cerveza. Los fumaderos de opio se encontraban en las grandes ciudades en los barrios chinos. También era muy común que se les diera opio a los niños para que no llorasen por las noches o para que estuvieran “tranquilos” durante el día y sus madres pudieran ir a trabajar a las fábricas (Carballeda, 2014). Como ya hemos comentado en torno al 60%-70% eran las mujeres las que lo consumían. Sus edades comprendían entre los 25 y los 55 años, ya que el consumo de opiáceos se prescribía para las molestias de la menstruación y la menopausia. También se utilizaba para los dolores del parto. También existían factores psicológicos y la opresión social sobre las mujeres en esta época victoriana que las hicieron más vulnerables al consumo de opio. Cabe recordar que esta sociedad estaba dominada por los hombres y a las mujeres se las consideraba seres inferiores desde un punto de vista físico, psicológico, social e intelectual. Así que las tareas domésticas y la maternidad eran obligaciones de las mujeres dada su condición natural. Y la educación universitaria, las profesiones liberales eran exclusivas de los hombres. Las mujeres estaban sometidas a sus padres y, posteriormente, a sus maridos. Esta situación se interiorizaba gracias al código social y a los valores morales del siglo XIX de madres a hijas (Monlau & Salarich, 1984). A las mujeres no les estaba permitido un comportamiento fuera de lo normal. Y pocas eran las formas de evasión de la realidad que les estaba permitido. Consumir alcohol era considerado un vicio para los hombres; era inapropiado para las mujeres. Lo mismo pasaba con el tabaco, lo cual explica el escándalo ocasionado por George Sand, seudónimo de la escritora francesa Amandine Aurore Lucile Dupin (1804-1876), baronesa Dudevant, cuando fumó en público a finales de los años 50 del siglo XIX. El opio como instrumento literario aparece en la segunda novela de George Sand, Valentina, donde la mujer se abandona a la seducción bajo la influencia del opio. En Middlemarch, de George Eliot, cuyo nombre verdadero era Mary Anne Evans (1819-1880) uno de los personajes principales es asesinado con una sobredosis de opio. Así que los medicamentos a base de opio fueron los mejores amigos de las mujeres. Las intoxicaciones de láudano quedaban siempre ocultas en sus casas. Muchas comenzaron a consumir láudano o morfina prescrito por sus médicos particulares debido a enfermedades crónicas. Y la adicción no se hizo patente cuando pasó la enfermedad y las mujeres no querían dejar el hábito. Este fue el caso de Elizabeth Barrett; su prometido Robert Browning le fue reduciendo su consumo poco a poco hasta eliminarlo. Existe una crítica contra la práctica de prescribir opio sin dar una advertencia de su poder adictivo. En A Voice in the Wilderness (“Una voz en el desierto”), de María Weed (1895) se describe una joven viuda de clase alta. Sobre su escritorio se encontraba su jeringa hipodérmica y el frasco con la solución e morfina. Al lado se encontraba el retrato de su último marido. Su doctor intentaba curarla mediantes técnicas psicológicas y la reducción paulatina de su dosis. La actriz de teatro Sarah Bernhardt (1844-1923) tenía dolores en su pierna y haciendo caso omiso a sus doctores hizo su debut tras tomar una gran dosis de opio para disimular su dolor. Caroline Riddell afirmaba que nunca salía sin su botellita de láudano, ya que le ayudaba en sus dolores. Tenemos a otras mujeres que tomaron opio con fines medicinales como Elizabeth Barrett Browning o Louisa May Alcott. A lo largo del siglo XIX y principios del XX el consumo de opio o láudano pasará al hidrato de cloral, la heroína o los barbitúricos. Muchas mujeres serán inconscientes en su consumo y aumentarán sus dosis sin tener conciencia de las consecuencias que ello reporta. Elizabeth Barrett Browning Elizabeth Barrett Browning (1806-1861) fue una de las poetas inglesas más destacadas de la época victoriana. Su poesía fue muy popular durante su vida en Gran Bretaña y Estados Unidos. También fue una gran consumidora de opiáceos por prescripción médica. Como la de sus contemporáneas Margaret Fuller y George Sand, la educación de Elizabeth Barrett fue mucho más allá de la habitual para las mujeres en aquella época (Leighton, 1986). La familia de Barrett había vivido en Jamaica desde 1655. La principal riqueza familiar eran sus tierras, unos 10.000 acres (unos 40 km²) en Cinnamon Hill, Cornwall, Cambridge, Oxford y fincas en el norte de Jamaica. El abuelo materno de Elizabeth tenía plantaciones de azúcar, molinos, ingenios, fábricas de vidrio y barcos que comerciaban entre Jamaica y Newcastle. Algunos biógrafos de Elizabeth afirman que la poeta tenía sangre africana a través de su abuelo Charles Moulton. El padre de Elizabeth decidió criar a su familia en Inglaterra, mientras que su fortuna seguía creciendo en Jamaica. La fortuna de la madre de Elizabeth, la familia Graham Clarke, derivaba de la rentable y legal trata de negros. Elizabeth Barrett Moulton-Barrett nació en 1806, en el condado de Durham, Inglaterra. Sus padres eran Edward Barrett Moulton Barrett y Mary Graham Clarke; Elizabeth era la mayor de sus doce hijos (ocho hombres y cuatro mujeres). Todos los niños vivían a la edad adulta a excepción de una chica, que murió a la edad de tres años cuando Isabel tenía ocho años. Los niños en su familia todos tenían apodos: Elizabeth fue "Ba" para su familia (Forster, 2012). Primeras publicaciones Elizabeth escribía a corta edad, aún quedan manuscritos suyos de aquella época. Fue educada en su propio hogar, como era costumbre. Ella era una niña muy estudiosa y precoz. Estudió a los clásicos, admiró a los poetas románticos y demostró su talento a una temprana edad. Escribía poemas a la edad de seis años y estaba, a la edad de ocho años, fascinada por Homero, que estudiaba en griego. A la edad de diez años escribió su propia epopeya homérica de la batalla de Maratón. Su padre la animaba a escribir. A la edad de 14 años su padre le regaló 50 copias impresas de su obra. Ella leía desde Virgilio, a Shakespeare o Milton. Hacia 1821 había leído la obra de Mary Wollstonecraft sobre los Derechos de la Mujer (1792) y se convirtió en una defensora acérrima de sus ideas. Mientras que sus hermanos varones podían ir a la escuela y luego a la Universidad ella tenía que quedarse en casa. Además de leer literatura clásica leía metafísica y obras religiosas. A pesar de todo Elizabeth quería a sus hermanos y tenía un profundo respeto por su padre (Browning, 1902). Comenzó a publicar en revistas mensuales en 1821. En 1826 sus poemas reflejaban su pasión por Lord Byron y la antigua Grecia. Tradujo del griego obras de Homero, Píndaro o Aristófanes. Desde los 15 años de edad Elizabeth tuvo fuertes dolores de cabeza y dolores en la espalda con pérdida de movilidad. Sus tres hermanas también tuvieron ese problema. Luego en 1837 contrajo una enfermedad pulmonar. Su constitución siempre fue frágil y débil. María Russell Mitford describía a la joven Barrett Browning como “una figura menuda, con una lluvia de rizos oscuros cayendo a cada lado de su cara expresiva; los ojos grandes y tiernos, pestañas oscuras y una sonrisa como un rayo de sol”. Elisabeth tomaba opiáceos para el dolor, concretamente láudano (un brebaje a base de opio) y posteriormente morfina, prescrito por sus médicos. Los opiáceos fueron sus compañeros durante toda su vida. La biógrafa Alethea Hayter ha sugerido que su consumo de opiáceos pudo haber contribuido a la intensidad de su salvaje imaginación y a la poesía que produjo. Adolescencia La madre de Elizabeth murió en 1828. Su tía se hizo cargo de ella y tuvo serios enfrentamientos. La familia se mudó tres veces entre 1832 y 1837, primero a Devonshire, donde permanecieron durante tres años. Más tarde se trasladaron a Gloucester Place en Londres. Elizabeth se opuso a la esclavitud y publicó dos poemas que destacaban la barbarie de los esclavistas y su apoyo a la causa abolicionista. En "Runaway" describía a una mujer esclava que es azotada, violada y embarazada mientras maldice a los esclavistas. Elizabeth declaró que los esclavos eran "prácticamente libres" cuando se aprobó la Ley de Emancipación en las colonias británicas en 1833, a pesar del hecho de que su padre creía que el abolicionismo arruinaría su negocio. Estas ideas produjeron un distanciamiento entre Elizabeth y su padre. Después de la rebelión de esclavos de Jamaica de 1831 las cuentas familiares comenzaron a declinar (Barrett Browning, 1996). Durante 1838 Elisabeth tuvo tuberculosis y se trasladó de Londres a Torquay, en la costa de Devonshire. En febrero de 1840 su hermano Samuel murió de una fiebre en Jamaica y su hermano Edward se ahogó en un accidente de navegación. Entre 1841 y 1844 Elisabeth fue muy prolífica en la poesía, traducción y prosa. El poema "The Cry of the Children", publicado en 1842 condenaba el trabajo infantil. En 1844 publicó dos volúmenes de poemas, que incluyó "un drama del exilio", "Una Visión de los Poetas" y "El cortejo de Lady Geraldine". Podemos pensar que esa forma de escribir tuvo en parte, la ayuda morfínica: Elizabeth Barrett Browning escribió a uno de sus hermanos: “¡Estoy escribiendo tales poemas - alegóricos - filosóficos - poéticos - éticossintéticamente arreglados! Me encuentro en un buen momento para escribir - podría escribir día y noche - y con ganas de vivir por mí misma durante tres meses, en un bosque de castaños y cedros, en una sucesión continua de párrafos poéticos y dosis de morfina” (Hodgson, 2001). En la década de 1830 su primo, John Kenyon, le presentó a figuras literarias prominentes de la época como William Wordsworth, María Russell Mitford, Samuel Taylor Coleridge, Lord Tennyson o Thomas Carlyle. Su amor a Robert Browning y su viaje a Italia Fue una de las escritoras más populares en el país en ese momento y el escritor Robert Browning se puso en contacto con ella diciéndole lo mucho que amaba su trabajo. Él había admirado su poesía durante mucho tiempo y así comenzó una de los noviazgos más famosos de la literatura. Sus médicos le recomendaron ir a Italia para evitar otro invierno en Inglaterra pero su padre se oponía. El noviazgo y matrimonio entre Robert Browning y Elizabeth se llevó a cabo en secreto ya que ella y sus hermanos estaban convencidos de que su padre no lo aprobaría. Elisabeth era seis años mayor que él y estaba enferma. La familia no podía creer que Robert Browning estuviera realmente enamorado de Elisabeth. Más bien pensaban que era un cazafortunas de clase baja. Al enterarse de la noticia su padre lo primero que hizo fue desheredarla. Como Elizabeth tenía algo de dinero ahorrado en su cuenta, la pareja vivió razonablemente cómoda en Italia, y su relación fue armoniosa. La pareja fue muy respetada en Italia, e incluso se hicieron famosos. Elizabeth a la edad de 43 años, dio a luz un hijo, Robert Wiedeman Barrett Browning, a quien llamaban Pen. La pareja llegó a conocer a un amplio círculo de artistas y escritores en Italia (David, 1987). Su muerte y legado A la muerte de su padre, su salud fue decayendo, cada vez tenía más problemas pulmonares. Ella se trasladó de Florencia a Siena. Profundamente absorta en la política italiana, ella emitió un pequeño volumen de poemas políticos titulado Poemas antes del Congreso (1860) la mayoría de los cuales fueron escritos para expresar su solidaridad con la causa de la unidad italiana después del estallido de las hostilidades en 1859. Esto causó un furor en Inglaterra, y las revistas conservadoras Blackwood y el Saturday Review la privados y los publicó en una edición póstuma, Los Poemas de María Lowell, en 1855. James Lowell consideró el suicidio, estuvo a punto de cometerlo por la pérdida de su amada. Escribió a un amigo que pensaba acerca "de sus navajas y mi garganta y soy un tonto y un cobarde por no terminar con todo esto de una vez". Está enterrada junto a su marido en el cementerio de Mount Auburn. Su legado continuó por un tiempo y en 1870, Emily Dickinson conoció a Thomas Wentworth Higginson, mencionó la poesía de María White. Dickinson pidió saber más sobre María y se inspiró en su trabajo (Walker, 1993). “Una fantasía de opio” (an opium fantasy) Leamos uno de sus poemas sobre el opio descrito como aliviador de los dolores. Lleno de posibilidades para soñar y fantasear. Aunque conociendo la forma de ser de María creo que lo utilizaría con fines medicinales para tratar su tuberculosis. Aunque tras leer el poema estoy segura que disfrutó de la experiencia: “El opiáceo cuelga dulcemente en el cerebro, y calma con alivio el límite del dolor, hasta que un sonido violento, lejano o próximo, canta flotando en su dulce esfera ¿Qué me levanta de mi pesado sueño? ¿O estoy todavía durmiendo? Esas vibraciones largas y suaves parecen un cálido sueño en el que permanecer. El juego divertido, un momento de parada, la distancia de nuevo se desenrolla como bolas plateadas que, suavemente caídas, se convirtieran en cuencos dorados. Me cuestiono el rojo de las amapolas, la ostentosa raya mágica, mientras escarbo, con la cabeza colgando, entre su posición de falange. “Alguna bien aireada, con su cápsula escarlata, el nombre me fue revelado de su nuevo juglar, ¿quién puede deslizar el sueño en su melodía?” Brillantes crecían sus cabezas envueltas en pañuelos escarlatas, cuando habían soplado refrescantes vientos, y desde sus graciosas camas ondulantes cantaban en voz baja: “Oh, no es sino un pobre mochuelo, el más pequeño de su clase, que se sienta bajo la capucha nocturna y origina ese estruendo etéreo”. “Lenguas mentirosas, de tintes ardientes, sabéis más que todo esto - que él es vuestro príncipe encantado, condenado a ser un mochuelo para seguir”; “Ni su juego afectuoso durante años ha cesado, pero por la noche desenrolla sus bolas plateadas que, suavemente caídas, se convierten en cuencos dorados”. Elizabeth Siddal Elizabeth Eleanor Siddal Rossetti (1829-1862) fue una modelo británica muy utilizada por los artistas de la Hermandad Prerrafaelita. Ella también fue poeta y artista. Siddal, cuyo aspecto sensual y espiritual y cabellera suelta y dorada fueron inmortalizados por su marido, el pintor Dante Gabriel Rossetti, era una de las modelos más famosas de la historia. Posó como modelo para una notable serie de óleos, los más memorables como Madonna y como la Beatriz de Dante (Marsh, 1992). Lizzie era capaz de leer y escribir a muy temprana edad y le encantaba la poesía. Se cuenta la anécdota que descubrió un poema de Alfred Tennyson (1809-1892) en un trozo de papel de periódico que había sido utilizado para envolver una porción de mantequilla y que ese descubrimiento la inspiró para comenzar a escribir. La modelo preferida de los prerrafaelitas Siddal fue descubierta por el pintor Walter Howell Deverell en 1849 mientras trabajaba como modista de sombreros en Londres. Fue modelo de Deverell y a través de él fue presentada a los artistas del movimiento artístico de la Hermandad Prerrafaelita. Su apariencia física resumía el patrón medieval de belleza de moda en aquella época. Tenía 20 años, era alta, delgada y con el pelo rojizo la encumbraron a que fuera la modelo ideal de los prerrafaelitas. William Michael Rossetti, su cuñado, describió a Siddal como "una de las criaturas más bellas, con un aire entre dignidad y dulzura con algo que excedía la modestia y la autoestima y poseía una desdeñosa reserva; alta, finamente formada con un cuello suave y regular, con algunas características poco comunes, ojos verde-azulados y poco brillantes, grandes y perfectos párpados, una tez brillante y un espléndido, grueso y abundante cabello oro-cobrizo" (Marsh & Nunn, 1989). El inicio de Elizabeth Siddal como modelo de pintores fue un comienzo tranquilo. Se le permitía seguir trabajando en la sombrerería de la señora Tozer's a tiempo parcial, asegurándose así un salario regular y constante. Esta era una oportunidad bastante inusual para una mujer del siglo XIX. En una de las ocasiones que posaba como modelo para el cuadro Ophelia de John Everett Millais (1852), Siddal se encontraba flotando en una bañera cubierta de agua para representar el ahogamiento de Ofelia. Millais la pintaba diariamente durante el invierno. Ponía velas debajo de la bañera para que el agua no estuviera fría. Pero las velas se apagaron y el agua se volvió completamente helada. Millais estaba tan concentrado en su pintura que no se dio cuenta y Siddal como una auténtica modelo no dijo nada. Después la sesión Siddal enfermó de neumonía. El padre de Siddal acusó a Millais y lo forzó a pagarle una indemnización para costear la factura del doctor (Armstrong, Bristow & Sharrock, 1998). Elizabeth Siddal fue la principal musa de Dante Gabriel Rossetti en la mayor parte de su juventud. Se conocieron en 1850 cuando Rossetti la encontró trabajando como asistenta en la sombrerería Tozer’s. Después de conocerla, él la pintaba constantemente, excluyendo a casi todas las otras modelos y evitando que ella fuera modelo para los otros prerrafaelitas. Rossetti finalmente se enamoró y se casó con ella en 1860. Aunque Siddal era una artista y poeta muy buena, fue ensombrecida por el genio de su marido y otros hombres de la hermandad prerrafaelita. Su falta de refinamiento social la hacía insegura, su salud era débil, ella y Dante Gabriel no eran compatibles sexualmente, y las infidelidades de su marido le causaban mucho dolor y depresiones. Dante Gabriel siguió buscando nuevas modelos a las que seducir y pintar. Elizabeth Siddal, loca de celos, llegó a arrojar al Támesis los dibujos que Rossetti hacía de otras mujeres. Así que su matrimonio se convirtió poco a poco en un infierno. Pasó de un consumo de opio a consumir láudano, tintura alcohólica de opio, para mantener una relación falsa con su pareja Dante Gabriel. Después de que su primera hija naciera muerta, se pasaba las horas meciendo la cuna vacía, cayó en la invalidez y la adicción al Láudano. Otros investigadores opinan que Siddal podría ser anoréxica, mientras otros atribuyen su pobre salud a una adicción al láudano (Marsh, 1988). Algunos de los hechos que rodearon la muerte de Siddal fueron encubiertos durante años para proteger ciertas reputaciones. Elizabeth Siddal murió a los 28 años, en 1862, de una sobredosis de láudano que se había administrado antes de dormir, tras una cena con su marido y el poeta Algernon Swinburne. Después de la investigación, su muerte fue catalogada como accidental pero la verdad es que Siddal había escrito una carta de despedida y recriminación a su marido prendida en su camisón. Estaba de nuevo embarazada. Rossetti siguió dibujando a su esposa. Estos dibujos y pinturas culminaron con Beata Beatrix (1863) un año después de la muerte de Siddal. Fue la modelo de este cuadro que muestra a la Beatriz de Dante Alighieri orando. Beatriz presenta una expresión de éxtasis, más sexual que religioso, llevando entre sus manos un pájaro con una aureola que porta en su pico una amapola, flor que simboliza la pasión y la muerte, así como el ingrediente del láudano, la sustancia que utilizó Siddal para su suicidio. Rossetti cayó en la depresión y enterró la mayor parte de sus poemas inéditos en la tumba de su esposa, en el cementerio de Highgate. Rossetti cayó en un estado mórbido, consumía diversas sustancias y tenía una gran inestabilidad mental. Pasó sus últimos años retirado, como un recluso. Murió de una sobredosis de hidrato de cloral (Harris, 2007). Un poema bajo la influencia del láudano El poema que se incluye aquí, supuestamente está escrito bajo los efectos del láudano pocos días antes de la muerte de Siddal, fue publicado finalmente por su cuñado, el crítico William Michael Rossetti. En ella hay un anhelo y una esperanza de volver al más allá. Siddal ya no quiere permanecer viva en la tierra, en donde se ha convertido en un valle de lágrimas: “La vida y la noche se me caen, la muerte y el día se me abren. Allá donde mis pisadas me llevan y traen la vida es un camino empedrado de dolor. Señor, ¿tardaré mucho en irme? Siempre tengo cerca corazones huecos, Los ojos desalmados han dejado de aplaudirme: Señor, ¿puedo acudir a Ti? La vida y la juventud y el tiempo veraniego ya no pueden alegrar mi corazón: Señor, recógeme del empedrado camino de la vida. Ojos amorosos, mucho tiempo cerrados mortalmente, miradme - La Santa Muerte me espera - Señor, ¿puedo acudir hoy? Mi vida exterior me entristece y aquieta, como azucenas en un arroyo helado. Alzo mis ojos al sol, Señor, Señor, recordando lo perdido. ¡Oh, Señor, acuérdate de mí! ¿Cómo se está en la tierra desconocida? ¿Vaga la muerte de mano en mano? ¿Apretamos manos muertas, y temblamos con una alegría infinita y eterna? ¿Está lleno el aire del sonido de los espíritus girando y girando? ¿Hay lagos, de canción infinita, en los cuales descansar nuestra mirada fatigada? ¿Hay altos ángeles blancos observando y encaminándose a las riberas donde se tienden las azucenas? Señor, no sabemos cómo puede ser; Buen Señor, depositamos nuestra fe en Ti - Oh, Señor, acuérdate de mí.” Esta ha sido la historia de grandes artistas que murieron a temprana edad y que escribieron sobre el opio. Bibliografía Armstrong, I., Bristow, J., & Sharrock, C. (Eds.). (1998). Nineteenth-century women poets: an Oxford anthology. Clarendon Pr. Barrett Browning, E. (1996). Aurora Leigh. Barret Browning, Works, 3, 1-317. 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