Educación femenina : cursillo de conferencias celebrado en el Ateneo barcelonés los dias 31 de enero y 1, 3, 4 y 5 de febrero de 1916
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Educación femenina : cursillo de conferencias celebrado en el Ateneo barcelonés... Biblioteca PixeLEGIS. Universidad de Sevilla. INDICE P ÁoIN A s A guisa de prólogo 5 Antecedentes I I Programa 17 Sesión inaugural 9 LECCIÓN PRIMERA Tema primero: La mujer en la antigüedad y la mujer moderna; sierva o compañera 21 Tema segundo: De la misión social de la mujer en la vida moderna 2 9 LECCIÓN SEGUNDA Tema primero: El trabajo intelectual y el trabajo manual de la mujer moderna 4' Tema segundo: Influencia decisiva que la educación y cultura de la esposa ejercen sobre el carácter y conducta del marido y como consecuencia de los hijoS 67 )1- 2
4 PÁGINAS LECCIÓN TERCERA Tema primero: Verdadero concepto de los deberes sociales de la mujer y estudio sobre la educación que debiera dársele para que pueda cumplir con su misión de esposa y madre. 99 Tema segundo: ¿Llega la mujer a la maternidad con suficiente preparación para dar a la sociedad hijos sanos, fuertes y honrados ? 125 LECCIÓN CUARTA Tema único; El sentimiento religioso en la mujer española 153 Discurso de clausura. 171 Frases de agradecimiento. 187
A GUISA DE PRÓLOGO IDEALES DE MUJER Las serenas y brillantes sesiones del Cursillo de Educación Femenina, celebrado últimamente en nuestro selecto Ateneo, me han producido una impresión de calma y de confianza a un tiempo. Hace próximamente dos años, encontrándome estudiando en Roma, dió la coincidencia de celebrarse allí el segundo Congreso Internacional Femenino. Por esta circunstancia se encontraron en la ciudad eterna mujeres de los lugares más apartados del mundo, y al reunirse en asamblea aprendieron a conocerse, a estimarse y a trabajar por la paz del mundo y la prosperidad de los
6 pueblos. Nada menos que . veintidós países tenían su representación, poderosa o sencilla, en este Congreso: Inglaterra, Australia, Estados Unidos de América, Canadá, Argentina, Finlandia, Rusia, Alemania, Austria, Hungría, Suiza, Francia, Italia, Bulgaria, Suecia, Noruega, Dinamarca, Egipto, Rumania, Neerlandia, Portugal, que se afilió en aquellos mismos días, y la trágica Servia... Todos, todos menos España. Me dolía en el alma que España estuviese huérfana de representación; porque nuestras mujeres, calladamente, van conquistando sus legítimos derechos, cumpliendo al mismo tiempo sus más elementales deberes, que son el trabajo y la adquisición de una cultura. Me dolía en el alma; porque aunque en España la mujer no haya buscado la resonancia de campañas feministas t n la prensa y no haya perdido el tiempo con discursos ampulosos, ha demostrado su capacidad para las obras literarias, y .4 si un tiempo tuvimos santa Teresa que hizo rayar la literatura mística a su mayor altura, hoy algo-
7 nas literatas nuestras han conquistado fama mundial. La mujer catalana no sólo brilla en las letras y en las artes, sino que demuestra su aptitud para dirigir empresas mercantiles e industrias importantes. ¡Cuántos comercios que comenzaron modestísimamente son hoy casas de primer orden y cuántas de ellas deben su empuje al genio y a la labor constante de una mujer! Fijémonos en el gran número de fabricaciones importantes en que por imperiosa necesidad, al perder al jefe de familia, la mujer ha llevado el timón de la empresa y lo ha sabido llevar con una energía y habilidad de que nadie la habría sospechado poseedora. Y esto lo hace la mujer, a pesar de la insignificante cultura que, hasta ahora se le ha proporcionado, sobreponiéndose al medio hostil que le cierra las tuertas para intervenir en la vida pública y multiplicando sus esfuerzos porque dirige, además, toda la vida doméstica. Por eso diría yo que la mujer posee una intuición maravillosa que suple con creces la falta de
8 instrucción y sabe adaptarse, y aun más, mejorar el medio que los azares de la vida le deparan. La mujer de todos los países, especialmente la de raza latina, ignora sus deberes y derechos cívicos; no obstante, hoy todos admiramos su gesto heroico y su caridad inagotable ante la horrible tragedia que destroza la humanidad. La madre se desgarra a sí misma, pero entrega sus hijos y su marido para salvar a su patria y todavía emplea las pocas fuerzas que le restan en fomentar los medios de vida de su país o en restediar las heridas de otros mortales. La mujer española al criar a sus hijos lo ha hecho hasta ahora casi guiada únicamente por el amor materno; pero éste no basta, como nos lo confirman las aterradoras cifras de mortalidad infantil, y por eso las conferencias de estos días tienen una orientación excelente, pidiendo la enseñanza de la puericultura en las escuelas de niñas y la creación de escuelas especiales para la enseñanza secundaria de la mujer. También está sedienta la mujer española de 4
9 que se le facilite su educación cívica Para conocer mejor sus deberes y cumplirlos, para no oponer trabas a la misión social del hombre y para poder hacer de sus hijos buenos ciudadanos. La mujer italiana lleva a la española cívicamente mucha ventaja; porque las damas romanas ya no tratan únicamente de cumplir sus deberes, sino que recogen los frutos de su trabajo bien organizado y pueden realizar algunos de sus derechos. Dos damas romanas forman parte de la Real Comisión encargada de reformar todo lo referente a legislación de menores y han colaborado con eminentes abogados en la formación de nuevas leyes. Por eso decía al comenzar, que este Cursillo de Educación Femenina me había producido una sensación de confianza en el esfuerzo colectivo de la mujer española; porque ha llegado el momento de que su trabajo no se practique en silencio o permanezca desconocido, sino de que se manifieste en toda su trascendencia social, y
16 Artes del Libro, Inspectores, Catedráticos y público numeroso y distinguido. La sesión inaugural se celebró en dicho día y las lecciones que se publican a continua ión por el mismo orden del programa, fueron dadas los días r, 3, 4 y 5 de febrero siguientes. MIGUZI 4 PARERA 2
PROG RAMA SESIÓN INAUGURAL, (Día 31 de enero) LECCIÓN PRIMERA (Día 1. 0 de febrero) 1. 0 La mujer en la antigüedad y la mujer moderna; sierva o compañera; por don Federico Climent Terrer. 2.° De la misión social de la mujer en la vida moderna; por doña Carmen Karr de Lasarte. LECCIÓN SEGUNDA (Día 3 de febrero) 1.0 El trabajo intelectual y el trabajo manual de la mujer moderna; por doña Leonor Serrano y Pablo. 2.° Influencia decisiva que la educación y cultura de la esposa ejercen sobre el carácter y conducta del marido y como consecuencia de los hijos; por doña María Doménech de Cañellas. LECCIÓN TERCERA (Día 4 de febrero) 1. 0 Verdadero concepto de los deberes sociales de la mujer, y estudio sobre la educación que debiera dársele para cumplir con su misión de esposa y madre; por doña Rosa Sensat de Ferrer. 2.° ¿Llega la mujer a la maternidad con suficiente preparación para dar a la sociedad hijos sanos, fuertes y konrados?; por doña María Baldó de Torres. LECCIÓN CUARTA (Día 5 de febrero) 1. 0 El sentimiento religioso en la mujer española; por doña Dolores Monserdá, Vda. de Maciá. 2.° Cultura musical. Audición de canciones populares de carácter místico. 3.t) Discurso resumen; por el ilustre doctor don Valentín Carulla, Rector de la Universidad. Nota.—Las ilustraciones musicales fueron ejecutadas por las señoritas del «Centro de Cultura Musical Popular'>, bajo la entendida dirección de su fundadora doña Narcisa Freixas.
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SESIÓN INAUGURAL, (Día 31 de enero) Esta memorable sesión, más de carácter oficial que educativo, tuvo lugar bajo la presidencia del Ilmo. señor don Vicente Cartilla, Rector de la Universidad, y se desarrolló brillantemente con un elocuente discurso sobre la educación femenina en general, el selecto concierto dedicado a este Cursillo por las encantadoras coristas de Cultura Musical Popular, que bajo la dirección de su fundadora, la notable compositora doña Narcisa Freixas, ilustraron estas sesiones, encargándose de la parte de solista la distinguida soprano señorita Juliá. Finalizó con breves palabras de la Presidencia declarando abierto el Cursillo y haciendo profesión de adhesión ferviente y entusiasta a sus enseñanzas.
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LECCIÓN PRIMERA TEMA PRIMERO La mujer en la antigüedad y la mujer moderna; sierva o compañera por D. Federico Cilment y Terrera IzusTRisimo SEÑOR: SEÑORAS; sEÑoRts: L A explanación de este primer tema será en mis labios un brevísimo preliminar o introito de los que con mayor amenidad de palabra y más viva lucidez de pensamiento desenvolverán en sucesivas lecciones las ilustres cónferenciantes que han de ocupar esta tribuna; y así no será extrah.o descubrir entre mis conceptos y los suyos algunas coincidencias y analogías, pues aparte de que todos los temas que han de tratarse en estas conferencias son modalidades del tema único y capital de la educación femenina, las ideas no tienen dueño exclusivo ni reconocen derechos de propiedad encerrada en patentes ni privilegios. Las ideas flotan en el océano mental que nos rodea y cada cerebro, cada mente humana se Ir 4
22 asimila y expresa las que por su potencia es capaz de recibir. El numeroso concurso reunido en este salón, sin necesidad de premiosas excitaciones, y el interés que han despertado en el nobilísimo elemento femenino las conferencias anunciadas, no como espectáculo de exhibición aparatosa, sino muy al contrario, como estímulo de labor intensa y positiva, demuestran evidentemente los anhelos que la mujer siente de redimirse por su propio esfuerzo de la esclavitud en que todavía la retienen prejuicios hostiles a toda justicia, y que se ve con capacidad sobrada para ocupar dignamente el sitio que por derecho le corresponde en el hogar y en la sociedad. Fuera empeño muy superior a mis aptitudes, ni cabría en los estrechos límites de una conferencia, el estudio detenido de la situación social de la mujer en la antigüedad; pero como todas vosotras conocéis la historia, bastará para el objeto de nuestro tema representaros la innegable verdad de que en la antigüedad la mujer fué socialmente tanto más esclava cuanto más bárbaro e inculto era el pueblo a que pertenecía, porque la esclavitud de la mujer va siempre acompañada y sostenida por la ignorancia y brutalidad del hombre, por el deseonocimiento de la eterna ley de justicia promulgada por Dios en las Escrituras Sagradas de todas las religiones, y más particularmente para
23 nosotros en la Biblia, de donde, a pesar de la ridícula jactancia de los presuntuosos pedantes modernistas, entresacó en toda época la filosofía humana las doctrinas éticas y sociales que por su intrínseca bondad y verdad resisten a las veleidades de la moda científica y a los embates del tiempo. Y precisamente en el Génesis, de cuya sabiduría se mofan los incapaces de comprenderlo, encontramos los fundamentos del verdadero feminismo, del sano feminismo que coloca a la mujer en el lugar donde Dios la puso, para que no fuese superior ni inferior ni siquiera igual al hombre, como proclama el feminismo extraviado, sino para que fuese lo que debe ser: el complemento del hombre, su compañera y no su esclava. Tal es el concepto ortodoxo y sin riesgo alguno aceptable del feminismo, contra el que se levanta el egoísmo del hombre encastillado en los todavía no derruídos baluartes de la antigua barbarie, hoy disimulada bajo el disfraz de una falsa civilización. Este concepto está admirablemente simbolizado en aquel pasaje del Génesis que nos dice que Dios formó a la mujer de la costilla, esto es, del costado del hombre, como dando a entender que no la formó de la cabeza para indicar con ello superioridad, ni de los pies para señalar inferioridad, sino del costado para significar compañía, complemento y correspondencia. Así dice Dios que
24 no es bueno que el hombre esté solo y determina hacer ayuda idónea para él; y cuando Adán ve a la mujer que Dios le había dado para ayuda y no para sierva, exclama: (Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada varona porque del varón fué tomada)). He aquí manifiesta la dignidad de compañía en la honrosa denominación de varona con que Dios, por boca. de Adán, designa a la mujer, en antítesis del denigrante calificativo de hembra que la egoísta ingratitud del hombre le da hoy en las estadísticas demográficas de una sociedad que se llama culta, y sin embargo equipara a la noble mitad del linaje humano con las especies animales. Al apartarse el hombre de la ley de Dios, objetivamente manifestada en las leyes de la naturaleza, cayó arrastrado por la culpa en los sofocantes brazos de la ignorancia, y abusando de su fuerza bruta esclavizó a la mujer y la tuvo en menos estima todavía que a las reses de sus ganados, negándole toda participación en los intereses de la vida social; pero como la mujer es tan hija de Dios como el hombre y también alienta en su cuerpo el alma creada a la divina imagen, no pudo por menos de ejercer su influencia espiritual con avasalladora soberanía en los momentos críticos de la vida del que, no obstante haberse erigido en su dueño, estaba esclavizado a ella por las in-
25 visibles cadenas del amor sexual. Y así vemos que, a pesar del imperio social que leyes injustas 9. y costumbres bárbaras dan al hombre sobre la mujer, ejerce ésta sobre él en toda época sigiloso dominio. Así vemos a Sara cautivar la voluntad de Abrahán, determinando con su ascendente el destino de dos pueblos. Así vemos a Rebeca influir decisivamente en el ánimo de su hijo Jacob y alterar con su resolución el porvenir del pueblo escogido. Y sin necesidad de citar los numerosos ejemplos que de la influencia de la mujer en la antigüedad nos da la historia profana, bastarán para nuestro propósito los que la historia sagrada nos presenta en la profetisa Débora, gobernadora de Israel, sin cuya compañía no se atrevió Barac a marchar contra los canarios; en la valerosa Judith; en la prudente Ester, y en tantas otras mujeres bíblicas que, a despecho de su inferioridad social, dominaron como señoras en vez de obedecer como esclavas. Tal vez digáis que estos ejemplos no van más allá de excepciones sin eficacia alguna en la determinación de la valía femenina; pero conviene tener en cuenta que las muchedumbres de hombres han pasado por este mundo como rebaños tan sólo cuidadosos del pasto, sin que entre ellos sobresalieran por su talento o bondad mayor número que el de mujeres cuyos hechos beneficiaron a la raza humana;
32 un conocido sociólogo católico ofrecía una solución, que mueve a las más serias reflexiones, sobre el porvenir de la misión social de la mujer española: el convento. «El convento — dice — quita de en medio, alejándolas de la lucha por el marido, un gran contingente de muchachas jóvenes.» Apóyase en razones muy dignas de ser tenidas en cuenta y añade: «¿Qué puede hacer una joven de la clase media, una huérfana con una dote de cuatro a cinco mil pesetas? Si no tiene vocación religiosa, habrá de entrar en un escritorio, excluyendo de él a un joven de otro sexo o substituirle en el mostrador de una tienda, o consumirse trabajando día y noche en labores de aguja que le darán una ganancia muy mezquina, tanto que ni unida a la renta de su pequeño capital apenas podrá sufragar sus más apremiantes necesidades. Mas permitid a esa joven que se asocie con otras veinte de sus mismas costumbres, que pongan sus dotes en común, que se empleen en vulgares trabajos, absteniéndose de todo gasto superfluo en el vestir, en la habitación y de los mil caprichos de que apenas puede carecer la vida femenina; herédense, además, mutuamente, de suerte que vayan acumulando un patrimonio social y con todo esto gozarán de las ventajas morales de la sociedad doméstica y podrán pasar su vida
33 pobremente, pero libres de las miserias y peligros morales y sociales que asedian a la pobre mujer aislada e indefensa.» Y añade el sociólogo: #...Esto olvida el feminismo aturdido e insensato, el cual, si lograse dar ocupación y sustento a las mujeres jóvenes, nunca podrá llenar el inmenso vacío que se abre en el alma femenina cuando comienza a declinar el día de su existencia, si no acuden a llenarlo las afecciones del hogar natural o los santos afectos de la vida religiosa.» ¿No es profundamente doloroso que en España exista aún quien pueda creer que la solución del problema femenino está únicamente en el convento cuando falla el matrimonio? ¿Qué concepto tienen esos... SOCIÓLOGOS de la misión social de la mujer? Y a propósito de esto, dejadme hablaros brevemente de aquellas mujeres a las que parece incumbir más directamente una misión social en razón de su independencia: me refiero a aquellas a las cuales los azares de la vida, los decretos de la divina Providencia, han dejado solas en el camino donde otras hallaron compañia. Esas Esas mujeres, si han llegado a la hora trágica del otoño femenino sin una preparación que les llene el alma del fervor de un ideal, no 3
34 solamente serán profundamente desgraciadas, sino que, conducidas por la amargura o inconsciencia de una vida fracasada, serán unos seres inútiles, cuando no nocivos a otras iniciativas utilitarias. Por esto, sobre todo, hay que dar a la mujer, desde su despertar a la vida, conciencia de su propio valor, de su poder y de su misión; es indispensable que tenga una noción bien definida de su personalidad, para que los desengaños sean para su corazón fecundos en experiencia generosa, para que piadosamente, fija la mirada en las miserias humanas y el espíritu en la divina esperanza, comprenda la fuerza consoladora del deber y de la dicha de dar a todas las criaturas aquella su alma que no ha podido consagrar a otra alma. * * * La verdadera misión social de la mujer ha de estar, pues, basada en la conciencia de su poder, de sus deberes y de sus derechos. Entre la sufragista violenta, hombruna, revolucionaria, y la beata ignorante, fanática e intransigente, hay la mujer fuerte de que nos hablan los santos Proverbios. Hay la mujer que es reina en su hogar, donde ama los quehaceres domésticos sin ser de ellos la esclava. La que sabe hacer de su casa el lugar donde los •
35 que ama se encuentren mejor que en ninguna parte. La que es creyente por conciencia y piadosa por amor y respeto a los divinos misterios; la que amando la belleza en todas sus manifestaciones hace compartir sus goces a los que la rodean; la que respeta lo que no comprende y no olvida que «si una mujer podrá siempre cooperar en la obra de su marido con lo que sabe bien, en cambio le molestará con lo que ignora o sabe mal». Ella, la mujer dulce y fuerte que tiene ternuras y adorables perdones para el niño que vive eternamente en cada naturaleza masculina; la que es oportuna en llegar y desaparecer, en la alegría, en la tristeza, en la soledad de los que ama; la que siempre busca en torno suyo a qué desamparo dar algo del inagotable tesoro que guarda su alma. Esta es, señores, a mi humilde entender, la mujer que hay que formar para que, desde el lugar donde el destino la haya colocado, su influencia, más allá del cercado de su jardín, sea bienhechora y fecunda. De ella nacerán hijas que sabrán cumplir su misión social (contra los peligros de la vida, mejor defendidas por su fortaleza moral que por los muros de un convento); y sus hijos serán unos hombres que se avergonzarán de ocupar un lugar detrás de un escritorio o de un mostrador, midiendo cintas y encajes, vendiendo agujas o perfumes
36 en tanto la tierra necesita brazos para sus cosechas. La misión social de la mujer en la vida moderna debe empezar, pues, en el hogar, ya que en el hogar radica el gran poder de la mujer, más bien nacida para reinar que para combatir. Ella, con su dulzura, calmará las violencias del hombre que pueden influir en su actuación social, encaminará su justicia y fortalecerá su fortaleza. Cuanto mayor sea su influencia interna, más brillará exteriormente; y como la luz en la casa cerrada, irradiarán por las rendijas su virtud y su fortaleza. La Historia, hablándonos de aquellas nobles damas medievales que con sus blancas y suaves manos abrochaban sobre el pecho de sus caballeros las fuertes armaduras que habían de guardarles del peligro en las batallas, evoca un símbolo de eterna verdad, pues la coraza del alma, para que ésta sea invulnerable, ha de estar ajustada por una amorosa mano de mujer. Y solamente cuando ella no ha sabido cerrar fuertemente la armadura, cae el hombre vencido.
* * * ¿Y qué más podría deciros, señores, de lo que es la misión social de la mujer en la vida moderna, si hoy precisamente se alza sobre el mundo como un himno sagrado, solemne, en su gesto sublime de heroica belleza, de trágica resignación? Contemplemos rendidos de respeto a la mujer de otras tierras, en su misión social, ante la conflagración mundial. Cumpliendo ciegamente lo que ella cree su deber, admirable, la mujer, la reina del jardín familiar ha abandonado su reino saturado del perfume de sus flores preferidas; cubriendo su cuerpo del humilde hábito blanco, de las albas tocas su cabellera, ostentando por única joya el brazalete de rubíes de la Cruz Roja, se ha situado a la cabecera de los heridos, de los moribundos, víctimas propiciatorias de las crueles ambiciones de los poderosos de la tierra. Su misión social en la vida moderna, la mujer hoy también la desempeña, defendiendo el pan de los hijos desde los lugares donde en otros tiempos felices de paz y de prosperidad el hombre lo ganaba cada día. Y ha hecho más todavía la mujer en el cumplimiento de la misión impuesta por la vida moderna. Ha olvidado, ante el peligro de la 37
38 patria, que era madre, y ha dado sus hijos ¡sus hijos! a todos los peligros de la sangrienta e ignominiosa lucha; los ha dado a la ceguera, a la impotencia, a la muerte en plena juventud. ¡Y más aun! Ella, la dulce, la piadosa, la pacífica, se ha vuelto cruel e inhumana, pues de sus manos suaves hechas para tejer exquisitas maravillas, para acariciar a los niños, para ser besadas por el amor o para cruzarse en la oración, la mujer carga de metralla los instrumentos de destrucción y de muerte; y en el cumplimiento de la misión social que la vida moderna parece haberle impuesto, la mujer ha llegado a hacer municiones de guerra. * * * Después de esto ¿quién se atreverá a dudar de la fuerza que adquiere el deber en el alma femenina? En frente de semejante transformación de la feminidad, ¿quién podrá negar a la mujer la virtud de la fortaleza? ¿Quién se atreverá en estos momentos a encomendar al feminismo reivindicaciones, prerrogativas, derechos legales?... Un gran silencio se impone. En tanto, entre las terribles luchas gesta calladamente la hora de la justicia a los derechos de la mujer. Y mientras, esperando el advenimiento glorioso, vamos nosotras, las mujeres de España, las hijas de Cataluña, llevando a cabo nuestra
39 misión de paz y de renacimiento, trabajando por nuestro perfeccionamiento, cada día con más fervor, cada vez con más confianza. Es poco decir, según afirma el poeta, que las pisadas de la mujer no sólo no destruyen las flores, sino que ni las marchitan. Es necesario que las flores nazcan bajo sus pasos, por un milagro de amor y de piedad, como un día, en el regazo glorioso de la santa reina de Hungría, florecieron las rosas.
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4 LECCIÓN SEGUNDA TEMA PRIMERO El trabajo intelectual y el trabajo manual de la mujer moderna por D. a Leonor Serrano de Xandri ILUSTRÍSIMO SEÑOR: SEÑORES; SEÑORAS: J AMÁS como en este instante hemos creído en la necesidad de que un conferenciante suplique benevolencia a su público. Cuando, laborioso y atrevido, desinteresadamente y por actividad espontánea, va a presentar sus convicciones, el trabajo elaboración propia, ante un público desconocido y curioso, a veces hostil, ya necesita y mucho de esa benevolencia. Pero añadid que esos conferenciantes sean damas que por primera vez en un país esbocen el planteamiento de un problema delicado y complejo, y que sea su norma absoluta la sinceridad, plazca o no plazca, y encontraréis ahí la disculpa de que solicitemos no el aplauso, no; algo mejor: la simple y au- •
48 central existen tribus en donde la mujer es más robusta que el hombre, por dedicarse ella a la defensa del territorio; de donde resulta que es ella la que ejerce siempre el mando. En el Afghanistán,, según el mismo autor, una tribu tiene a las mujeres para guerrear y cazar, y a los hombres para el trabajo doméstico. El rey de los achantis en el Africa occidental y el de Dahomey tienen regimientos de guardias femeninas, escogidos por ser más crueles y más feroces que los guerreros varones. También, según Augusto Bebel, citando a Diodoro de Sicilia, fué cierto que en tiempo de Alejandro el Grande existieron las amazonas, pues su reina Talestris visitó en el campamento al conquistador macedon,io para que la hiciese madre de un, héroe. En cambio, cuando adelanta la civilización, el trabajo inteligente adquiere su hegemonía sobre la fuerza. La mujer egipcia dedícase ella sola a la agricultura, al pastoreo, al tejido. Y surge el matriarcado (i), la hegemonía de la madre. Los nombres de los muertos ostentan (x) Con poca seriedad y hasta evidente mala fe, algún articulista ha querido ver en esta nuestra conferencia aspiraciones diametralmente opuestas a nuestro punto de vista. Todos estos son datos históricos para demostrar nuestra tesis; pero' ella parte precisamente de considerar la fuerza bruta y la lucha, lo mismo en el hombre que en la mujer, como retrocesos del espíritu. 5 ; •
49 esta inscripción,: Toth, hijo de la dama Thais. El apellido lo toman de la madre. Y ¡cosa curiosa! A compás del trabajo ordenado, la mujer hasta comienza a readquirir su normalidad física. Las momias antiguas, los ataúdes egipcios que modelan el cuerpo, permiten la hipótesis de un tipo femenino, superior en estatura y proporciones al de otras orientales, celosamente recluidas en el hogar, como la persa, la hebrea, la dulce hebrea dedicada a sencillos quehaceres domésticos, cual Rebeca, o cantando salmos al Señor, cual las hijas de Sión, en la poética cítara cuyas lejanas melodías parten del rincón más apartado de un hogar celoso. En Grecia, la espartana cuida casi tanto como el hombre de su fuerza física y anhelos guerreros; mientras la ateniense, en el apartamiento de su gineceo, refinada y culta, cuidando sin embargo extraordinariamente de su físico, fuerza y belleza, dan un tipo sintético: el griego, con una armonía de formas y una proporcionalidad de líneas que no difiere extraordinariamente del tipo masculino, y en cambio, es cas irreconocible en las bellezas del desnudo ofrecidas por artistas modernos. • Entre Adonis y la Venus de Milo hay menos diferencia de líneas y formas que entre ésta y las tres Gracias de Rubens. Ni en las desnudas bellas del Ticiano, ni en
5o las fragantes de Rubens, ni en las incitantes de Goya, ni siquiera en la neo-clásica Paulina Bonaparte, de Cano-va, volvemos a encontrar las líneas excelsas del divino arte griego. Al compararlas, parecen bellezas de líneas desfiguradas: predominio del bajo tronco; carnes opulentas en exceso en la región glittea, deformación de la cintura demasiado entrante. Son bellas también, pero con otra belleza que re pira humanidad, exceso de sensual humanidad, sobre la espiritualidad, humana también, pero con un humanismo ideal que brota, cual místico efluvio de alma y de arte, de las inmortales Venus de Grecia. Al antropólogo se le ocurriría la hipótesis de una deformación física, traída por la atrofia espiritual: una hipertrofia de bajos órganos por ser a través del tiempo los casi únicamente usados, y, por lo tanto, degeneración de partes más nobles por un uso casi nulo. Comparemos aún hoy la mujer española, italiana o caucásica, de formas redondeadas y opulentas, aunque a veces pequeña, con la francesa, grácil muñeca menuda, o la inglesa, rusa o noruega. Hay diferencia de trabajo, de ejercicio y de físico, por lo tanto. Comparad aún en España la andaluza, recluida en la casa, ama delicada y minuciosa en mil frívolos trabajos manuales, con la menestrala catalana, saliendo sola, defendiéndose
51 y ganándose la vida en la industria y el comercio. ¿Cómo dudar de que si el ambiente y la ocupación influyen de tal modo en, razas contemporáneas y coexistentes hoy, pudiéndose apreciar a simple vista las diferencias, también habrá influido extraordinariamente a través de las edades con una impuesta sumisión y especialización del trabajo? Cabe, pues, suponer una verdadera atrofia, o por lo menos artificiosa formación de tipo femenino, antinatural ya en la parte física. Más aun, en la parte intelectual que vamos a estudiar. Desde luego es indiscutible la íntima relación de ésta con el órgano del pensamiento: el cerebro. En realidad, bastante se ha hablado ya del cerebro femenino y de su inferioridad con respecto al masculino. Pero brillantemente Radenhauser, Büchner, Stuart Mill y Augusto Bebel han respondido a este argumento, cuyas razones, feministas y antifeministas, sintetizaremos en los tres puntos siguientes: 1. 0 Es cierto que los términos medios del peso del cerebro femenino, según Binet, Broca, Denicker y otros, dan para las razas europeas o de origen europeo 15o centímetros cúbicos de menor volumer, equivalente a 126 gramos de menor peso. 2. 0 Es cierto que Lombroso afirma la infe-
52 rioridad intelectual de ,la mujer, considerándola como una atrofia del desarrollo mental infantil, intermedio entre el desarrollo del niño y del hombre. Pero no es menos cierto: 3. 0 Que también todos los autores citados reconocen no existir en las razas primitivas descubiertas por la arqueología casi nunca gran diferencia de tamaño entre los cráneos taxativamente reconocidos como de diferentes sexos. Ni casi ninguna diferencia de cráneos, pesos y volúmenes en las actuales razas incivilizadas no europeas, confirmándose así la hipótesis de la diferencia por el trabajo. 4. 0 Que asimismo reconocen más diferencia de peso y volumen cuanto más diferencia hay en las clases sociales: primero, por el trabajo, y segundo, por la nutrición. Así en esto los intelectuales tienen más peso y volumen cerebral que los obreros; éstos mayor que los campesinos, y, aunque no tanto, los ricos más que los pobres. 5.° Que, en fin, no es el mayor peso y volumen un dato absoluto de mayor capacidad espiritual, sino que es relativo a la estatura; que ha de tenerse en cuenta asimismo el mayor refin g miento y complicación de las masas cerebrales y de sus circunvoluciones, y que precisamente es un hecho el que en menores estaturas, con predominio del sistema nervioso, se dan
53 no sólo mayores cerebros en volumen, relativo a la estatura, sino también sea causa o efecto, predominio de energía y a veces potencia espiritual. En suma, hoy por hoy hay debilidad física y también inferioridad espiritual en la mujer; pero una y otra cosa ¿son ingénitas o adquiridas? Ádemás, ¿son transitorias o permanentes? Ante la duda, como ante la afirmación o la negación, se impone un ambiente nuevo, de completa libertad de trabajo y de selección del mismo, para que las mismas posibilidades de producción de cuerpos y espíritus femeninos no aborten por la coacción de la fuerza con producciones neutras y anodinas de instrumentos de trabajo atrofiados. Porque ante el estado físico y espiritual que a través de la historia hemos analizadó en la mujer ¿cuál ha sido su producción de trabajo en la economía universal? De trabajo físico ya lo vimos: o todo o nada. O bestia de carga, o bestia de lujo; que dice Benavente. Y la civilización hoy mucho más tiende a lo último que a lo primero en las clases alta y media. Ese retroceso de media humanidad, mientras la otra media perfecciona, depura y avanza en el trabajo con el mínimo de esfuerzo y máximo de rendimiento, no solamente ha perjudicado a la humanidad, substrayéndole una respetable cantidad de brazos
54 e inteligencias, sino que ha perjudicado más que nada a la mujer, prolongando su esclavitud y haciendo verdaderamente dolorosos, por no decir casi insuperables, los leves y particularísimos esfuerzos de redención de unas cuantas. El trabajo libre es la manifestación más firme de la personalidad humana. La primera forma de la abolición de la esclavitud no fué la cesación del trabajo, sino la libre elección y retribución del mismo. Sin trabajo no hay dignidad personal, y sin trabajo retribuido no es fácil defenderse en la dignidad social. Luego la primera reivindicación femenina ha de ser el derecho al trabajo libre y retribuido. El problema del feminismo es un problema económico. Pero ¿será la mujer capaz de trabajo? Y de entre éstos ¿cuáles se le asignarán y cuáles no? Aquí también podemos apoyarnos en la historia. A pesar de las desfavorables condiciones en que se ha desarrollado, ha trabajado en todo: hilando, tejiendo, pastoreando, labrando y también luchando, cazando y pescando. El trabajo doméstico, el detalle, la minuciosidad no puede, sin excepciones, atribuírsele como exclusivo: ha sido hijo del ambiente. Cierto que el trabajo ha de especializarse; nadie puede hacerlo bien todo. Pero es una coacción absurda forzar a una clase, a una casta o a un, sexo a un solo y exclusivo trabajo.
55 El único propio y característico de su feminidad es tan sólo el trabajo materno; el parto, la cría, la primera educación, no pueden encomendarse a nadie; serían un contrasentido de la naturaleza lo mismo lo uno que lo otro. Pero ese es un trabajo social. Se trata de un nuevo individuo. Luego la sociedad ha de reconocer ese trabajo como tal y protegerlo y recompensarlo debidamente. En cuanto a trabajo intelectual, poco pudiera decirnos la historia ni tampoco pueden hoy por hoy hacerse muchas afirmaciones. Suele reconocerse en las mujeres alguna aptitud para las artes y las letras. No mucha para las ciencias. Ninguna para el mando o gobierno. Sin embargo, en artes y letras o hay pocos nombres o éstos son bastante inferiores al brillo alcanzado por nombres masculinos, excepción hecha quizás de casos muy contemporáneos en que la mujer, más libre de prejuicios, se ha producido con más intensidad. Pero lo cierto es que en la historia no han llegado a gran altura ni las mujeres artistas ni las literatas. Safo y Corin,a en Grecia distan enormemente de Hornero y Hesiodo; Beatriz Galindo, de Luis Vives; madame de Sévigne está muy lejos de Boileau; madame de Staél, de Víctor Hugo. Las pintoras, escultoras y otras artistas actuales, como no sea en la escena, en, que sus papeles son personales y no pueden
56 ser comparables con los del hombre, lo cierto es que en igualdad de condiciones han resultado inferiores. En cambio, Stuart Mili hace notar cómo las mujeres gobernantes en su casi totalidad han, resultado excelentes. Catalina de Rusia es muy comparable a Pedro el Grande o a Federico. Isabel de Inglaterra no cede ni en, inteligencia ni en energía a Felipe II de España. Isabel la Católica supera a Fernando su esposo y a Carlos I su nieto. Santa Teresa de Jesús es fundadora tanto o más admirable que san Ignacio, y otras cuya enumeración sería interminable. Es que en el primer caso el fatalismo de la servidumbre tradicional pesó en la mujer, señalándole como camino único el agradar al varón, el amar y ser amada, sin ejercicio de energías distintas de ninguna clase. Y cuando, a pesar de todo, algunas poderosas personalidades tuvieron el valor suficiente para luchar y sobreponerse al medio, al propio medio íntimo, representado por la herencia y la sociedad, constituyendo una segunda naturaleza, entonces cultivaron la ciencia y el arte, no como profesiones, como fines supremos de una vida, sino por irresistibles impulsos de su fuerza interna, pero sin preparación, sin ejercicio, sin hábito de continuidad. Y esto es fatal siempre. Debían sentirse siempre en todo esfuerzo contrarrestadas por el estigma de desagrado que
57 el hombre en general pone en toda labor femenina que no tienda a complacerle. Por eso, y porque los patrones o reglas literarias y artísticas, y por lo tanto la crítica de toda obra femenina debía hacerla el hombre, y porque, además, es muy escaso el número de mujeres dedicadas al trabajo intelectual, se explica la falta de originalidad que se advierte en la literatura y el arte femeninas. Porque hasta en la moda, los nuevos modelos suelen lanzarlos los modistos. No creemos que en la moda, como obra de arte, una mujer se atreviera a lanzar un, modelo excesivamente original. Pero, en cambio, ¿qué ha sucedido en el gobierno de los pueblos y las comunidades cuando éste se encomendó incidentalmente a la mujer? Que el éxito fué indiscutible. Porque la mujer, libre de esa tradicional sumisión opresiva, y dedicada a esa misión suya por completo, sin convencionales restricciones de la sociedad que ya como gobernante la aceptaba, desplegó todas sus energías. Y triunfó. Todos éstos no son más que datos históricos para comprobar, en suma, la afirmación de que ni física ni intelectualmente la mujer ha llegado a desplegar todas sus energías, hoy por hoy casi desconocidas, por falta de trabajo en la mayoría de los casos y por rudo exceso en algunos; en. las clases menesterosas, en que la
64 tencia, sino duplicando energías al lado vuestro. Porque defenderse a sí misma es ayu,daros a defender económicamente el hogar común, físicamente la raza común y espiritualmente la civilización común también. Y eso es luchar por el trabajo, contra la pereza; por la educación física, contra la debilidad y la explotación; por la cultura, contra la ignorancia. En esa lucha no os podéis negar a ayudarla. Y entonces vencerá. CONCLUSIONES L a La mujer necesita un cambio radical que mejore su educación física. 2. a La educación intelectual y moral de la mujer debe completarse con la enseñanza de la Puericultura y Pedagogía como cultura general; y, además, el aprendizaje o profesión especial que elija, sin trabas de ningún género, debiéndose crear y ampliar escuelas profesionales de adultos. 3. a En espera de que los Estados todos fijen el salario mínimo, deben aumentarse las asociaciones de trabajo y éstas perseguir como una explotación la inferioridad del sueldo femenino. 4 .a Ante la ley el trabajo doméstico, ocupación exclusiva de la mujer, debe considerarse retribuido por el hombre, y aquél, como todos,
65 considerarse profesión y bienes legales femeninos. 5. a El Estado ha de proteger la maternidad como un trabajo social, impidiendo todo otro a la mujer durante un año: los cuatro últimos meses de gestación y ocho primeros de lactancia, abonando la correspondiente indemnización diaria igual a la reconocida por su trabajo usual. 6. a Estado multiplicará las casas-cunas y escuelas de párvulos con cantina y con personal técnico que hoy desde tan temprana edad de los niños requiere la moderna pedagogía, cuya asistencia será voluntaria para los niños de la clase obrera. 7. a A los fines anteriores, así como al fomento del trabajo, el Estado debería establecer los impuestos progresivos siguientes. a) A todo hombre o mujer sin profesión justificada; b) A todo hombre soltero; c) A todo matrimonio sin hijos (por su doble ingreso y mínimo gasto). 8. a A pesar de todo lo dicho, creemos que el problema del feminismo español es prematuro, por la incultura y pereza actual. Debe comenzarse por una nueva educación física y una nueva cultura femenina encauzada a habituar al trabajo. 5
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TEMA SEGUNDO Influencia decisiva que la educación y cultura de la esposa ejercen sobre el carácter y conducta del marido y como consecuencia de los hijos por D1 a Marfa Doménech de Calsellas ILUSTRÍSIMO SEÑOR: SEÑORES; SEÑORAS: E , tema sobre el cual debo disertar es de índole tan delicada y de tan trascendental importancia, que nadie podrá achacar a exceso de humildad ni a vana fórmula de cortesanía las protestas que, previamente, haga yo de mi pequeñez intelectual. Así, al declararme inepta para la misión que me ha sido confiada, pongo a mi osadía el atenuante de mi franqueza, esperando aminorar el delito de aquélla por la virtud de ésta. Ni por un momento podía yo pensar que un día fuera invitada a colaborar en la interesante labor de divulgación de las ideas de conocimiento y estímulo de la voluntad, facultad que, asesorada por el entendimiento, debe presidir nuestros actos, según nos demuestra la sana y equilibrada doctrina del gran pensador Marden. Considérese, pues, cuál habrá sido mi sor-
68 presa al verme llamada aquí, donde infaliblemente han de quedar defraudadas las esperanzas de quienes en mi escasa valía pudieron confiar. Conociendo mis escasas fuerzas, yo debía declinar el honor. ¿Por qué he aceptado, pues? Por el imperio de otra fuerza: de aquella fuerza que nos mueve a aportar nuestra cooperación a las causas que sintetizan nuestro más íntimo sentir y pensar. Si considerarnos la virtud de esa fuerza que me impulsa a emprender tarea tan noble, hallaremos que, por grande que ella sea, es mayor en mí el amor a la causa que en ella se vincula; porque si un espíritu existe que crea en el imperio de la voluntad, este es el mío; y si un corazón puede haber que sienta el gozo que de ese imperio dimana al presidir nuestros sentimientos, también este es el mío; y si un alma puede hallarse que, creyendo ser la enseñanza del imperio de la voluntad un medio de resurgimiento y de vida para su pueblo, se dé a ella por entero, esta alma es la mía; y, en fin, si puede hallarse una mujer convencida de que la más firme base de un pueblo es el temple de sus mujeres, y dispuesta a dar su vida para educarlo en tal sentido, esta mujer soy yo. liechas estas aclaraciones pasemos al estudio, por partes, del enunciado del tema, empezando por examinar lo que ha sido y es la mujer.
69 Para mí, ella es quien marca el nivel moral, el estado intelectual de un pueblo. La manera como es considerada y tratada demuestra el respeto a que se ha hecho acreedora, y a la vez indica el bien que ha sabido infundir en sus hijos. Y digo que ella solamente es quien se hace acreedora al trato que recibe, porque creo que verdaderamente es ella quien modela el alma, inicia las aspiraciones y alienta los sentimientos de su pueblo. Examinando retrospectivamente la vida de la humanidad hasta donde alcanza nuestra mirada investigadora, entre las nebulosidades del pasado más lejano, vemos que aquellos pueblos de la antigüedad más remota que dejaron algún rastro de cultura y de refinamiento, ya habían hecho de la mujer un centro donde convergían sus ideales y sus sentimientos. Por el contrario, los pueblos que menos han dignificado a la mujer, tratándola como a un ser más o menos útil, son los que han vivido en estado de incultura y de salvajismo. La mujer de esos pueblos no supo hallar en sí misma la virtud moralizadora, se resignó a su embrutecimiento, y dejó, en consecuencia, que sus hijos se revolcaran en el mismo lodo. Y hoy, si miramos en torno nuestro, observamos el mismo fenómeno; porque dentro de la humanidad actual los procesos y las evoluciones espirituales se producen idénticamente
70 en los hijos por obra y virtud de la espiritualidad y de la intelectualidad de las madres. Comenzando por la tan admirada civilización helénica, como punto de partida entre las que nos son algo afines, vemos que el culto a la estética, presidiendo todo sentimiento y toda obra, es su característica; culto que por idiosincrasia es inherente a la mujer desde que, casi instintivamente, da sus primeros pasos por caminos de moralización y de cultura. Cantar lo bello y lo bueno, compenetrándose y completándose, era la tónica de aquel pueblo; y desde la robustez de las estrofas épicas a la gracia de los versos bucólicos, desde las augustas lineas de los grandes monumentos al más sencillo pliegue de las túnicas de las beldades perpetuadas en el mármol, todo demuestra ese culto a la belleza y a la perfección. Y era sobre todo en la mujer donde ese culto encarnaba y donde hallaba su más exquisito símbolo. Pasemos de esa civilización netamente griega a la ya más intensa de los romanos, que, teniendo ya de suyo vida y fuerza, se apropiaron de los griegos el culto a la belleza, y veremos también cómo las mujeres inician a sus hijos en semejante culto, demostrándolo claramente el hecho de que la desmoralización femenina y la consiguiente relajación del pensar y del sentir iniciaron la decadencia y causaron la ruina del coloso que, falto de mujeres de alta
espiritualidad, se halló privado de su mejor baluarte de defensa contra la corrupción interna y contra las acometidas del invasor. Luchó el poder romano con la civilización cristiana que, al preconizarse, ya busca adeptos entre las mujeres, por creer y entender que sólo contándolas como apóstoles de su doctrina logrará imponerse. Y así fué en efecto, puesto que la mujer de nuestras tradiciones halló valor en sus creencias y supo infundir a sus hijos todo el ardimiento con que lucharon contra la filosofía de los versículos del Korán, que amenazaba extenderse e imperar por toda la vieja Europa. No es oportuno (aparte mi incompetencia) hacer aquí un estudio de todas las civilizaciones; pero yo creo que en cada acontecimiento característico de las mismas, en cada hecho de valor, en cada movimiento de avance y de retroceso, hallamos el sentimiento que lo impulsara, nacido en el corazón de la mujer, que supo darle vida y forma en el seno de su pueblo. Y descendiendo del conjunto de una civilización y su poderío a la reunión de varios individuos o familias llamada sociedad, vemos que el centro y el eje de los pequeños núcleos es siempre la mujer. Tenemos, pues, que las grandes civilizaciones vienen formadas por las sociedades, las cuales tienen su origen en las familias; y siempre dentro de los núcleos familia-
72 res encontramos a la mujer aconsejando al esposo, y en calidad de madre educando y modelando el alma y el corazón de sus hijos. Desde su sitial del hogar, ha sido y será la mujer, en todas las edades y en todas las civilizaciones, la modeladora del carácter de los pueblos. No vamos a tratar de cómo han apreciado a la mujer las diferentes religiones conocidas; este asunto no es de nuestro tema; pero puede sentarse como verdadero principio que, cuanto más Lógica es una religión, más estima a la humanidad en su natural manera de ser, sin dar ni quitar prerrogativas a ninguna de las dos mitades que la integran. La humanidad es un todo armónico compuesto de dos seres que, compenetrándose, se completan. Son tan dependientes uno de otro, que sin esa compenetración ninguno de ellos existiría. De ello resulta que, siendo dos, son uno, y siendo tan diferentes, son iguales. Digo que siendo dos son uno porque, faltando el concurso de uno de ellos, no puede existir un tercero. Por tanto, uno solo no es suficiente a sí mismo. Y son iguales porque, diferenciándose en las respectivas particularidades, ninguno de ellos puede despreciar la cooperación del otro para existir. Es, por lo tanto, ilógico e irracional el considerarse superior el uno al otro, porque si es más fuerte en tal o cual .erntim.iento, es más débil en otro, y viceversa;
73 naciendo de la dependencia esencial de los dos componentes de la humanidad, la dependencia cualitativa, porque siendo las respectivas facultades hijas de la especial manera de ser de uno de ellos, tampoco puede poseerlas el otro; de lo cual se desprende que deben respetarse y atenderse mutuamente en lo que son y valen. Prosiguiendo en el desarrollo de nuestro tema, si nos compete estudiar el ser mujer en toda su personalidad, debemos más especialmente hacerlo en sus cualidades de esposa y de madre. A eso vamos, pero es algo largo el camino, y no podemos acelerar demasiado la marcha, para llegar tan pronto como quisiéramos al fin propuesto. Empecemos por afirmar que la mujer es acreedora a los mismos derechos y prerrogativas que el hombre; que si bien en el misterio de la procreación le fué reservada por Dios la función más pasiva, en cambio, en la obra de formación subsiguiente ella sola es quien actúa y ella quien con su propia sangre alimenta al hombre al nacer, compensándose así una fuerza por otra. Eso en cuanto al sentido substantivo de la humanidad, puesto que en el de iniciación y educación, creo preeminente el imperio de la mujer, como demostraré más adelante. La mujer, de cuerpo más débil, pero más flexible y más resistente que el hombre, siente disminuir, pero no agotarse, las propias fuer-
8o Y la sociedad en general (puntualizo sobre la sociedad de nuestros tiempos) ha de aceptar de buen grado el ambiente de frivolidad y de hipocresía formado por la manera de ser de sus mujeres. Y tan viciada está la sociedad dentro de este ambiente que, como un enfermo del pulmón a quien el oxígeno puro molesta y agobia, creería ahogarse al primer soplo de verdad que removiese sus pensamientos y permitiese a la mujer educarse en los mismos principios que el hombre. De todo lo cual se deduce que las tan decantadas hipocresía y frivolidad de la mujer vienen impulsadas por el sentimiento de temor de la misma sociedad, la cual no raciocina sobre el principio de que, si una fuerza existe, en una forma u otra se impondrá en la vida. Así, si la voluntad de la mujer imperase franca y razonablemente, ella fuera la base de su sinceridad en el proceder y de su rectitud en el obrar; y cuando la mujer no realizara cumplidamente su misión educadora dentro de los sanos principios de la verdad, podrían hacérsele más cargos y exigirle un mejor cumplimiento de sus deberes, toda vez que en el mundo de los verdaderos conocimientos se le habrían concedido más derechos. Actualmente, las responsabilidades que la sociedad exige a la mujer no siempre son justas, ya que se la mantiene inconsciente, haciéndole
8i pasar entre nieblas el camino de la infancia, pubertad, adolescencia y juventud. Así llega a la plenitud de su existencia, al matrimonio; y si bien al llegar descubre el misterio de la vida del hombre, no por esto logra saber más de lo que ya, sin explicárselo, adivinaba su instinto, y continúa siendo tan indocta como antes en el conocimiento de la vida, del cual habría de ser ella la iniciadora. Del matrimonio, base lógica de la sociedad, nace, imperioso y avasallador, el poder de la mujer; y del matrimonio dimanan, en consecuencia, el bien o el mal que ese poder aporta a la humanidad. Mas si proclamamos las ventajas del matrimonio como medio de formación y de unión de las sociedades y de los pueblos, no por eso desconocemos sus imperfecciones ni las injusticias o inmoralidades que, con harta frecuencia, se le hacen encubrir y amparar. Conste, pues, que sólo del verdadero matrimonio hablamos con simpatía; es decir, de aquella unión a la cual van los contrayentes guiados por el amor y deseosos de tener hijos, única finalidad del matrimonio, según san Agustín. Y claro está que entendiendo el matrimonio así, dejaremos a un lado los contratos, ventas, prostituciones, contubernios y demás arreglos acomodaticios que a menudo podrían tener que ver con el derecho penal y que casi exclusivamente debieran tratarse por leyes mer- 6
82 cantiles. Dejaremos también aparte toda otra unión, dándola por descartada de nuestra cuestión y de los principios morales y sociales en que se apoya. Pero antes de proseguir sobre este particular, queremos hacer una observación. No se crea que, por ser nosotros los preconizadores del matrimonio, queramos imponerlo como único medio de vida, particularmente en la mujer. Nada más lejos de nuestro modo de pensar, puesto que nosotros respetamos toda otra opinión razonada y estamos plenamente convencidos de que una de las grandes corrupciones del matrimonio es la creencia, llevada a la práctica, de que la mujer debe casarse como medio de vida. A eso la induce la sociedad cuando comete el crimen de no concederle personalidad mientras es soltera, y de restringirle los derechos en la viudez. Ninguna de esas ignominias, ninguna de esas aberraciones tiene cabida en nuestro ánimo. Si preconizamos el matrimonio es porque creemos q ue hasta la hora presente es el más perfecto estado de la humanidad, costándonos mucho no ver en el celibato algo de inmoral. Hecha esta observación, repetimos que es necesario que el matrimonio responda a sus altos fines; es necesario que sus componentes, hombre y mujer, al darse potestad sobre sus cuerpos, se hayan compenetrado espiritualmente
83 y que sus corazones vibren conmovidos por un mismo amor; y es necesario, además, que tengan conocimiento de los deberes y de las responsabilidades que respecto a la sociedad contraen, ya que hemos convenido en que el matrimonio es la más firme base social. De la preparación matrimonial de los contrayentes, especialmente de la mujer, se han ocupado o se ocuparán en este ciclo de conferencias otras mentalidades más competentes y claras que la mía; pero ya que de la mujer estoy hablando en la cuestión matrimonial, séame permitido ocuparme brevemente del otro componente del matrimonio: el hombre. Va hemos dicho, al apreciar las cualidades del hombre y la mujer, que se compenetran y se completan uno a otro por la razón de que son diferentes. También hemos afirmado que el uno depende del otro y que, por tanto, en buena lógica no puede existir superioridad ni inferioridad. El hombre es más rico que la mujer en fuerza potencial; más fuerte de cuerpo, más enérgico e impulsivo de voluntad, más activo anímica y físicamente. Pero también es menos analítico, menos reflexivo. De puro fuerte, con frecuencia es quebradizo. Así le vemos más activo, pero no tan insistente, persistente ni perseverante como la mujer. Sus sentimientos suelen mostrarse con tal vehemencia, que fácilmente
84 turban su intelecto y anulan su voluntad: de lo que resulta que el más fuerte es el más débil, y el más sesudo truécase en más irreflexivo. Y como en el matrimonio han de imperar una misma voluntad y uh mismo sentimiento de amor, de la buena dirección de esa voluntad y de ese amor dependerá la armonía matrimonial. Y aquí llegamos a la entraña de nuestro tema, ya que la influenc i a de la educación y de la cultura de la mujer en el carácter y en la conducta del marido, y en consecuencia de los hijos, empieza a manifestarse con ese abundante caudal de voluntad y de amor que ha de poseer la esposa desde el primer día de su matrimonio. Dice un pensador que el hombre va al matrimonio llevado por el deseo de posesión de un tesoro que estima, y que, por lo tanto, no se impone ni dirige, sino que sigue sumiso la luz que le atrae y le guía; y que la mujer, más reflexiva, percatada de su poder, con la presión de su, amor impone su voluntad al hombre, el cual, queriendo poseer, queda poseído. Pero si la mujer no procede amorosamente en esa tarea de imposición de la voluntad, por tenerla mal educada, de seguro que al poco tiempo la compenetración de las almas será nula, puesto que, logrado el tesoro, le falta ya al hombre el gran estímulo de su ilusión, y pronto: :es él .:A
85 quien impera como dueño, apropiándose todos los derechos, mientras la mujer abúlica pasa a ser objeto secundario del esposo; o, en el peor caso, si la mujer impone su voluntad mal educada, es decir, sus caprichos, entonces el esposo no los acepta, y marchan cada uno en sentido opuesto, restando sólo un contrato bilateral cuyos socios no se atienden, aniquilándose así la base donde debía fundamentarse la familia. Pues bien; si es principalmente la voluntad de la mujer y de la madre la que ha de regir dentro del hogar, según lo indica la palabra matri-monio, ¿cómo ha de proceder la mujer para imponer su voluntad, en tanto que el hombre ejerce la suya en los agentes externos y demás relacionados con el patri-monio de la familia? Mi respuesta será una sola palabra, la de siempre: iCon amor y sólo con amor! Amor es vida, amor es fe y es ilusión, y es confianza, y es indulgencia, y es caridad. Si nos amáramos suficientemente los unos a los otros, pocos problemas habría que resolver y pocos conflictos que estudiar. Si los esposos se amaran debidamente, el hogar sería todo paz. Si supiéramos amar a los hijos, ellos nos amarían, y la familia, base de la sociedad, sería feliz. Pero como el hombre lleva en sí el germen del bien y del mal, del mismo modo que sabe
86 aspirar el perfume de todo bien, que es el amor, sabe también percibir el hálito de todo mal: orgullo, amor propio con todos sus derivados, envidia, concupiscencia, maledicencia, etc. La ciencia de las ciencias es saber amar. Cuando Dios nos hizo don del Decálogo, compendió toda sabiduría prescribiendo que le amáramos sobre todas las cosas a 'Él, y al prójimo como a nosotros mismos. Con sólo esto nos dió explicada toda la ciencia del bien. Por tanto, la mujer ha de ser manantial de vida y fuente de amor, y en consecuencia, es quien más ha de saber amar. Amorosamente cautivará al esposo, amorosamente educará a los hijos y amorosamente hará la felicidad del hogar y de la familia. El valor moral de una mujer de voluntad firme y de corazón amoroso es incalculable. Para ella no habrá obstáculos que no cedan en las luchas de la vida, ni los habrá tampoco para aquellos a quienes ella cobije con su ternura y con su decisión. La que tales virtudes posea sabrá apreciar el carácter de su esposo dedicándole las mayores solicitudes, haciendo los mayores sacrificios por aquel hombre que ha de labrar su felicidad y la de sus hijos. Y no nos referimos solamente a las pequeñas ocupaciones caseras, que, aun no siendo despreciables, pueden dejarse en segundo lugar, sino al cuidado que ha de poner en la comprensión del temperamento de su
87 marido, induciéndole, por medio del amor, a obrar siempre pensando en el bien de la familia, infundiéndole aliento para las grandes empresas y los grandes pensamientos que le dicte el conocimiento de las cosas, y procurando, en f i n, que su voluntad no desfallezca ante las dificultades ni ante los escollos. Ha de procurar ser también, en todo y para todo, como claro y pulido espejo en donde puedan contemplarse su esposo y sus hijos. ¡Ni el más pequeño hálito de orgullo o de amor propio han de llegar jamás a empañarlo! Y no olvidando que la mejor enseñanza es la del ejemplo, ostentará sin vanagloria todas aquellas virtudes que quisiera adornasen a aquellos a los cuales interesa la manera de ser de ella. Ni la esposa ni la madre deben dejar nunca una pregunta sin la respuesta debida, ni han de escatimar un consejo si pueden darlo con conocimiento de causa. Es conveniente, pues, que la mujer, esposa y madre, esté bien instruida y educada, que no deje nunca de estud , iar, que tenga el posible conocimiento de todo, que sea, en una palabra, un libro abierto para los seres queridos. Que su palabra sea sincera y convincente, llena del sentimiento de la verdád y del odio a lo falso y convencional; que hable como piensa y piense como siente, ya que sus sentimientos obedecerán a su juicio, sostenido
88 por la fuerza de su bien educada voluntad. El solo hecho de cumplir una mujer con su marido, dándole plena posesión de su cuerpo sin faltar poco ni mucho a los deberes que tal potestad impone, no es bastante para considerarla una buena esposa; como tampoco puede decirse que una mujer sea una verdadera madre por haber dado a luz un robusto vástago (fenómeno que obra la propia naturaleza), ni por haberlo criado a sus pechos, pues función es ésta que no creemos pueda dejar de cumplir mujer alguna, ya que, por humilde que sea, no es inferior a la más insignificante oveja. No. La mujer verdaderamente esposa es la que sabe leer en el alma de su compañero, amoldándosele en lo que tenga de superior y corrigiéndola en lo imperfecto y defectuoso, y es verdaderamente madre al ocuparse en la educación del hijo desde el día mismo en que éste viene al mundo. Educarle el alma es un deber sacratísimo que a nadie debe confiar. Explica nuestro Guimerá en su poesía Als cinc anys, glosando su confesión de niño, el pavor que inspiróle la idea que de Dios le sugirieran, hasta que su madre, al acostarlo la noche de aquel día, iluminó su inteligencia y consoló su corazón infundiéndole la idea de Dios amigo de los niños. «Uno era el Dios de su madre y otro el de su preceptor.» Uno solo era Dios, una sola la idea que de él debía tener el niño; pero la madre
89 le quería y sabía infundirle la idea de la divina omnipotencia con palabra amorosa. Conviene educar el intelecto y los sentimientos del niño procurando acomodar nuestra mentalidad y nuestra sentimentalidad a las suyas. Y, ya llegado a la juventud, tratarlo como joven; porque si bien la verdad es siempre una, no hay que olvidar que la humanidad la comprende, la teme o la quiere según el desarrollo de sus facultades y de sus sentimientos. Uno de los secretos de la enseñanza es saberse amoldar a la edad del discípulo, y esta cualidad ha de poseerla la madre en grado superlativo, no dejando en absoluto su misión ni cuando el hijo es ya hombre. Si no son enseñanzas lo que entonces le dé, serán consejos, que en esencia es lo mismo. Y la palabra de la verdadera madre es siempre atendida por el hijo, el cual resultará buen hijo en noventa y nueve casos contra uno, puesto que ella lo habrá formado a su semejanza. Tengan en buen hora los niños profesores que los instruyan en tales o cuales conocimientos, pero todo ello al arrimo maternal y sin dejar de guarecerse bajo el hogar. El profesor cultivará su intelecto, y la madre, en tanto, no descuidará la educación de sus almas. No es lo mismo instruir que educar; para lo primero basta ser buen pedagogo y conocer la ciencia que se enseña, y para lo segundo es
96 consecuencia será inmensa su acción en el campo donde impere, resultando vivificadora y saludable si ha sido bien encaminada, o demoledora y funesta si es inculta o pervertida. ¿Quién sufrirá las consecuencias de la mala educación de las facultades y los sentimientos de la mujer, ya que, a pesar de todo, bien o mal, ella actuará por derecho propio, al igual del hombre, en la humanidad? Nuestra generación y la venidera; nosotros y nuestros hijos. Procuremos, pues, que la mujer esté debidamente educada, como el hombre; dejémosle francas todas las rutas para que llegue a su perfeccionamiento; derribemos, como lo han hecho otros pueblos cultos, los inmensos obstáculos que el egoísmo social ha acumulado a su paso; abramos todos los campos del humano saber a la inteligencia de nuestras esposas y de nuestras madres, que ellas sabrán aprehender y asimilar todo lo que, pasado por el tamiz de su discreta inteligencia y delicada sentimentalidad, sea base de la educación de nuestro pueblo. Y dejemos que la mujer temple su carácter en las enseñanzas de los forjadores de voluntades, a cuya vanguardia marcha serenamente el pensador Marden enseñándonos el más franco camino de la vida, aquel que permite avanzar sin dificultades si nos dejamos llevar por nues-
97 tra voluntad bien orientada y por el optimismo que dimana de la esperanza en el ideal. Sea la mujer la primera en conocer ese bello camino de la vida, para poder mostrarlo a su esposo y conducir por él a sus hijos. Resistámonos a creer, como nos dice el mismo Marden, que Dios pueda mofarse de nosotros infundiéndonos anhelos sin darnos fuerzas para poderlos satisfacer. Si él nos hizo a su imagen, no seamos nosotros quien se oponga a la perfección de su obra. Dios creó a la mujer, y al infundirle el aliento vital, infu,ndió en su alma la esencia de las facultades que posee. ¿Por qué hemos de exigirle que las esconda? ¿Por qué hemos de quererlas atrofiadas o perdidas? Por las deprimentes condiciones en que durante siglos ha vivido, nuestro pueblo, a pesar de tener un tesoro de voluntad oculto, obra como un abúlico. Él es, pues, quien más necesita. de estas doctrinas forjado' as de voluntades, y nadie mejor que la mujer, la esposa, la madre, puede inculcarle la creencia de que en ellas está su salvación. Y si antes me he dirigido a las mujeres exhortándolas a que no dejaran a sus hijos en manos mercenarias, me dirijo ahora a los hombres y les digo: No temáis perversidades de la mujer consciente ni receléis que quiera usurpar vuestro imperio, ya que, cuanto más 7
98 educada, más conocedora será de sus deberes, y, respetándose, os sabrá respetar. Que no impere en vosotros el egoísmo, sino el amor a la verdad, luz que todo lo aclara. Sabed ver en la mujer vuestra hermana, vuestra igual, vuestra compañera, y entonces con el esfuerzo de sus virtudes y el poderoso atractivo de su voluntad, ejercerá amorosamente decisiva influencia sobre vosotros y sobre vuestros hijos, haciendo de ellos un pueblo de fe y de voluntad.
LECCIÓN TERCERA TEMA PRIMERO Verdadero concepto de los deberes sociales de la mujer y estudio sobre la educación que debiera dársele para que pueda cumplir con su misión de esposa y madre. por D. & Rosa Sensat de Ferrer ILUSTRÍSIMO SEÑOR: SEÑORES; SEÑORAS: H AST.A. este momento no me doy cuenta del atrevimiento que representa por mi parte el hablaros desde este sitio, que jamás por propia iniciativa habría venido a ocupar. Cuando el entusiasta organizador de estas conferencias fué a pedir mi concurso para el estudio del problema de la educación femenina, me encontró, aprovechando las vacaciones del verano, ocupada en esta cues'ción; y, naturalmente, lleno el espíritu de las mismas ideas y preocupaciones que él me manifestaba, no vacilé en decirle que contase conmigo, porque creí que, como mujer y como maestra que siente intensamente las 1-4
100 cuestiones de educación, no podía negarme a exponer mi opinión respecto a un problema de tan vital interés, a decir lo que de él me ha enseñado la experiencia y el estudio, en España y en otros países; a contribuir con mi esfuerzo a una propaganda activa y desinteresada en favor de la educación de la mujex. Y a eso vengo, a cumplir con un compromiso contraído, sintiendo únicamente no poseer una más bella y correcta palabra que diese todo el relieve y toda la fuerza del convencimiento a las cuestiones que nos ocupan y que considero de la mayor trascendencia social. Con incorrecciones, pues, que espero tendréis la amabilidad de perdonar y contando con vuestra benevolencia, voy a dar principio a mi trabajo, cuyo tema es: «Verdadero concepto de los deberes sociales de la mujer y estudio sobre la educación que debiera dársele para que pueda cumplir con su misión de esposa y madre>>. Mi tema, señores, como se puede ver, es de soluciones, es de afirmaciones; no es de crítica de la educación actual que todos consideramos equivocada y deficiente, completamente desorientada y desfocada, inadecuada por completo a las necesidades de nuestro tiempo; es de resoluciones y determinaciones, que ya es hora de que concretemos en esta cuestión y nos pongamos de acuerdo sobre la educación que conviene a la mujer de la sociedad actual. Pero
101 si educación quiere decir formación, preparación para una misión determinada, hemos de poner en claro antes cuál sea esta misión, cuál es el verdadero papel de la mujer moderna en el conjunto social. Y aquí entramos de lleno en el problema feminista, que tantos egoísmos pone de manifiesto, que tantas controversias origina, que tantos recelos y suspicacias despierta, seguramente por lo indeterminado del concepto o por no estar bien planteado ni bien comprendido. «Yo soy antifeminista s >, me decía días pasados una señora. Pues yo soy rerainista, le contesté; pero hablando, hablando, nos encontramos perfectamente de acuerdo sobre todos los aspectos de la educación de la mujer. La divergencia, al parecer, venia, pues, de no dar a la palabra feminismo el mismo alcance ni la misma acepción. Hablemos, pues, del feminismo, tal como lo entiendo, y veremos si nos encontramos conformes. Pero ¿qué feminismo debe ser éste, os preguntaréis, que empieza por hablar no de los derechos, sino de los deberes de la mujer? Es que, señores, es muy sencillo y muy llano proclamar un derecho, pero no lo es tanto cumplir con un deber; y yo entiendo que solamente adquiere toda su personalidad, toda su dignidad, aquel ser humano, sea hombre o mujer, que ha sabido, con esfuerzos sucesivos de voluntad, cambiar en hábito, casi inconsciente,
102 la lucha y el esfuerzo que representa, al principio, el cumplimiento de un deber; que ha llegado a aquel estado de perfección en que el deber se cumple con toda calma y serenidad, con toda alegría, como una cosa natural e innata, sin que quede en el ánimo la más ligera sombra de tristeza o de pena por no haber obrado de un modo contrario. Y por este motivo, yo quiero hablar de los deberes de la mujer, porque quiero para ella toda esta personalidad, que hoy se le niega, precisamente por esto, porque no puede o no sabe cumplirlos. El primer deber de la mujer, como el de todo individuo, es el del trabajo. En esto no admito diferencias ni excepciones para nadie. Es condición propia de la naturaleza humana, es el cumplimiento de la ley biológica de la actividad. Pero hasta aquí no sería más que una manifestación natural y espontánea de su vida; cuando adquiere verdaderamente el carácter de un deber es en cuanto forma parte la mujer del conjunto social. Y a este conjunto nadie puede negarse a aportar su fuerza, su producción, su concurso. El elemento que gasta y no produce es un elemento perturbador, es un elemento que se opone a la ley del progreso humano, la ley que hace avanzar las civilizaciones. El progreso sólo ha sido posible por la, asociación, por la división del trabajo, por la
103 contribución de todos los elementos a la acción común. Una sociedad es tanto más rica y más fuerte cuantos más miembros útiles posee, cuantos más brazos, más inteligencias tiene para producir; luego la mujer, que tiene brazos, que tiene un poder mental (aun dando por sentado, de momento, que sea inferior al del hombre), tiene el deber de ponerlos al servicio de la sociedad de que forma parte pata contribuir a su perfeccionamiento (este anhelo superior que nunca debe quedar satisfecho), y pagar, en cierto modo, trabajando por las generaciones venideras, el bienestar, las comodidades y refinamientos de la vida moderna, de que disfrutamos, y que nuestros antepasados nos han conquistado a fuerza de trabajo y de abnegación, muchas veces con el sacrificio de su propia vida. El segundo deber de la mujer es el de su propia educación, en _el más elevado sentido de la palabra, en el sentido de desarrollo de las facultades que posee y del perfeccionamiento de todo su ser. Educarse es continuar, consolidar la obra de Dios. Y este deber, que es individual, que eo muy personal, lo es también social, porque a individualidades más educadas siempre corresponderán sociedades más perfectas. Y así como en la educación del hombre se reconoce que, aparte de aquella preparación especial que le hace apto para el desempeño
104 de una función social determinada, según su vocación, aptitud y condiciones naturales de su vida, ha de haber primordialmente y antes que todo aquella educación general para formar al hombre como a tal hombre en la unidad y armonía de todas sus tuerzas; así también en la educación de la mujer, lo esencial, lo primero, es formar su personalidad, la mujer como a tal mujer, con toda la plenitud, con toda la dignidad que la palabra encierra. El hombre puede ser médico, abogado, agricultor; pero antes que todo es hombre, miembro de la gran familia humana; pues la mujer también, aparte de las actividades y de las ocupaciones a que la lleve su destino, ha de ser mujer, porque en la esfera de la naturaleza, aunque las leyes del dimorfismo sexual establezcan diferencias entre ella y el hombre, el concepto de identidad de especie los hace enteramente equivalentes. La mujer tiene una inteligencia, una voluntad, una riqueza de sentimientos tal vez superior a la del hombre; tiene un ser espiritual que ha de alcanzar, con el conjunto de las demás potencias, una personalidad. El tercer deber de la mujer, como individuo de la especie humana, es dar hijos a la especie; como individuo social es dar a la sociedad hombres educados; a la patria, ciudadanos. Pero el mismo deber tiene el hombre. Nos encontramos aquí con el primer núcleo
1os social: la familia. Es tan grande, tan extenso en la familia el campo de su actividad, es tan trascendental en el conjunto de la sociedad la misión de la mujer como madre, que se ha considerado esta misión como exclusiva, como su única, propia y esencial misión. Pero detengámonos aquí, por un momento, y veamos las condiciones de la sociedad actual, tal como la realidad nos la presenta. ¿Puede la mujer, en este punto, elegir su destino? Es que se ha dicho y se ha repetido mucho: «La misión de la mujer no es otra ' que la de esposa y madre»; pero, señores, es necesario reconocer que para que ella llegue a esposa y madre es preciso que haya hombres que quieran ser padres y esposos. La mujer se encuentra, pues, muchas veces en la imposibilidad de poder cumplir el deber que la especie le impone, porque la sociedad de hoy hace la vida muy dura para todos, y la concurrencia en el trabajo, el encarecimiento de las subsistencias y otras causas retraen al hombre del matrimonio. Esto, y el exceso de población femenina sobre la masculina nos da un tanto por ciento crecido de mujeres que no se casan, y de consigueinte, no pueden cumplir con esta misión que se les concede como única y exclusiva. Todos conocemos, porque son por desgracia numerosos, estos casos de padres que no se han preocupado del porvenir de las hijas, y no teniendo bienes de fortuna, no les han
112 los conocimientos indispensables para ser una buena educadora de sus hijos, para llevar a cabo la grandiosa obra de la educación del hombre, sano de cuerpo y de espíritu, del individuo equilibrado que, como unidad social, contribuya al mejoramiento de las sociedades futuras. Pero dejemos la crítica, que se viene a los labios, pues ya conocemos los defectos de la educación actual, y mantengámonos en nuestro primer propósito. A medida que el niño crece, los problemas se complican. Hay que vigilar su salud, su desarrollo físico, las manifestaciones de sus instintos, hay que buscarle escuela, ponerse en relación con el maestro para marchar de acuerdo en los procedimientos educativos; hay que tener suficiente ilustración para saber contestar a las preguntas del niño, sobre los seres y las cosas, sobre los fenómenos del mundo q ue le rodea, satisfaciendo su curiosidad en el momento mismo en que el interés se presenta, pues nunca entrarán en su mente las ideas con tanta claridad como en estos momentos, ni nunca serán acogidas con tanta confianza como cuando salen de labios de una madre. Ha de estudiar ésta sus 40 aptitudes y adivinar su vocación. Ha de saber inspirarle amor al trabajo. Ha de enseñarle a amar la Naturaleza y despertarle el gusto por las manifestaciones del Arte. Esto le apartará de diversiones groseras y malsanas. Hay un momento en la vida del hijo en que la adqui-
"3 sición del gusto por el ejercicio físico en plena naturaleza, la fruición de las bellezas naturales, puede preservarle de una caída o de una indignidad. Cuando hayamos hecho sentir al niño todo el encanto de aspirar la frescura exquisita del aire matinal, el espectáculo de juventud, de frescura, de luz, de confianza y de trabajo que el campo presenta; cuando le hayamos hecho comprender la belleza de las cosas que se borran y difuminan en aquel momento exquisito de una puesta de sol, al declinar del día, habremos conquistado para él una fuente inagotable de felicidad, un medio de hacerse la vida más amable, honesta y bella. Y hay una multitud de problemas a resolver por la mujer en la educación de los hijos: la educación del sentimiento religioso; la educación de la pureza, asunto que sólo ella puede tratar con tacto exquisito; la educación del valor; la del sentimiento patrio. La mujer, hasta hoy, ha vivido demasiado retirada y recluida en su hogar y se ha hecho egoísta y conservadora. No viviendo más que para sí y los suyos, en el estrecho círculo de la familia, ha pensado sólo en ésta, en su robustecimiento y en su bienestar, desentendiéndose por completo de la acción social. Ha dicho y repetido al esposo y a los hijos: «La política no os dará pan». «Vuestro único deber es traer pan a casa», sin sospechar, por incomprensión e ignorancia, nuestra 8
"4 solidaridad con todos los miembros de la sociedad en que vivimos, sin vislumbrar siquiera nuestros deberes de ciudadanía. Por esto España es uno de los países menos patriotas, porque la mujer, encerrada en su mezquino círculo, ha inspirado a los suyos este individualismo y falta de espíritu público y colectivo que mata a nuestro pueblo y es causa de nuestra inferioridad nacional. Podríamos seguir examinando el campo de acción de la mujer. ¡Cuán extenso y vasto se nos presenta, al considerarla como esposa, como madre, como ama de casa y directora de todas las actividades del hogar! Libros se necesitarían para concretarlo y detallarlo. Pero volviendo a nuestro análisis de las condiciones actuales en que la mujer vive y se desenvuelve, nos encontramos con las siguientes realidades: mujeres que no se casan y que imprescindiblemente han de ganarse la vida; mujeres que se casan y han de trabajar para ayudar a sostener las cargas domésticas; mujeres que tienen por única ocupación el cuidado del hogar y de sus hijos; mujeres, por fin, que considerando como mezquino concepto del trabajo el acudir a él sólo por necesidad, lo emprenden para ennoblecer su vida, para ser algo en el mundo y pagar en cierto modo la deuda que con la sociedad tenemos contraída. Dentro de estos términos hay que concretar, 1
"5 pues, cuál es la educación que conviene a la mujer. Y entramos de lleno en el problema pedagógico. No hay otro país en Europa, fuera de Turquía, que no tenga más centros de enseñanza oficial para la mujer que la escuela primaria. La escuela llamada secundaria, media o superior está establecida en todos los países, y tan extendida como la primaria en algunos. Aquí no la tenemos y la necesidad la impone, No hay más que abrir los ojos y mirar. El «Instituto de Cultura para la mujer)>, nunca bastante alabado, es una prueba patente del sinnúmero de mujeres que buscan el pan de la inteligencia. Nuestro Instituto de segunda enseñanza se llena de mujeres en busca de serios estudios, de una instrucción sólida. La «Escuela del hogar y profesional de la mujer ' ), en Madrid, reciente esfuerzo del Estado, es lo único que tenemos. Por boca de un ex ministro, el señor Bergamín, en su discurso pronunciado en el Instituto de Cultura, dicho centro no llena bien su finalidad. Sin embargo, su creación tiene una gran importancia, porque revela el reconocimiento del problema de la educación de la mujer por parte del Estado. Escuela del hogar, por un lado, es decir, la mujer se ha de educar para madre de familia; escuela profesional por otro, es decir, la mujer se ha de preparar para ganarse la vida: dos necesidades sentidas por do quiera
116 en el mundo. Pero venimos nosotros y añadimos: la mujer se ha de educar, antes que todo, pata ser mujer, para alcanzar su personalidad, sea cual fuere ulteriormente su destino. Esto modifica los términos del problema, porque este aspecto de la cuestión le da mayor amplitud y universalidad, ya que comprende absolutamente a todas las mujeres. Cada día se acentúa más en el campo de la Pedagogía la tendencia a considerar solamente dos esferas en. la educación del hombre: la educación general para formar al hombre, comprendiendo integramente el desarrollo de todas sus energías psicofísicas sin excepción; la educación especial o profesional que le prepara para el desempeño de una función social determinada, según su aptitud y vocación. En cada una de estas esferas, que son cualitativas, hay una serie ilimitada de grados cuantitativamente. La escuela primaria representa el grado primero de la primera esfera. Es tal vez, con todos sus defectos, la primera que ha comprendido su verdadera misión, orientándose cada día más en el sentido de esta cultura general que necesita el hombre. Como a segundo grado hay el instituto. La mujer que ha sentido la necesidad de una superior cultura al salir de la escuela primaria, en nuestro país, no hallando un centro adecuado, ha acudido al instituto; pero no es esto lo que le conviene. Y la pri-
mera razón es porque, tal como está organizado, tampoco conviene al hombre, pues no realiza aquella misión educadora, fortalecedora de todas las energías, que tanto el hombre como la mujer necesitan para cumplir sus deberes sociales. No le conviene, además, por otras causas. El problema de la coeducación está por resolver, y no creo que sea el instituto el campo más adecuado para hacer los primeros experimentos, ni la edad de los alumnos la más apropósito para unirlos cuando antes han vivido separados. No le conviene, tampoco, porque para la mujer, que tiene la misión especialísima de madre, aunque no sea la única, son conocimientos de cultura general y no especial aquellos que la preparen para aquella misión, que muchas se pueden encontrar en el caso de tener que cumplir, y en el instituto de segunda enseñanza no tienen cabida estos estudios. La mujer, pues, necesita centros de cultura general donde pueda encontrar una sana, moral y equilibrada educación; una cultura integral sólidamente fundamentada, una satisfacción a sus ideales de amor a la verdad y a la ciencia, una preparación. para ulteriores direcciones; centros, en fin, donde pueda encontrar el aprendizaje, apoyado en principios científicos, de su primera ocupación: la de madre, la de buena ama de casa. Yo no soy partidaria, señores, de que se haga
de la llamada escuela menagére una escuela especial. Entiendo que son conocimientos propios de todas las mujeres los que las habilitan -P para el buen manejo de la casa y la crianza de los hijos y que, sea cual fuere la dirección que luego hayan de seguir, no pueden desentenderse del todo de los quehaceres domésticos, que resultan más ingratos y pesados de lo que en realidad serán cuando se enseñen bien y se apoyen en bases científicas. En las escuelas menagéres de los Estados Unidos la cocina es un verdadero laboratorio y las operaciones culinarias van precedidas de experimentos químicos que explican el cómo y el por qué de lo que se hace, que acostumbran a la precisión y a la pulcritud, lo cual en nada perjudica, sino muy al contrario, al sabor delicado de los manjares. Creo que no debiera haber centro de cultura general de la mujer sin la enseñanza doméstica, sin la enseñanza de la Puericultura, de la Higiene, de la Economía y de la Pedagogía o principios de educación. Y al decir centros de cultura general, no excluyo la escuela primaria, que creo debería formar, con las de segunda enseñanza, un período continuo de cultura, una serie cíclica con programas más y más ampliados. Así serían dos grados de una misma dirección de la cultura de la mujer; el uno asequible a todas, el otro para las mujeres ricas y de la clase media cuyas necesidades de ganarse la
ng subsistencia no fuesen tan apremiantes. Claro que es de lamentar que haya mujeres que tengan que dejar la escuela a los doce años; pero la realidad lo impone así. Para éstas, también, es preciso que la cultura general sea completa, aunque, naturalmente, más restringida. Las clases de noche para adultas vienen a llenar esta necesidad de afirmar conocimientos y de tratar cuestiones que no pueden ser comprendidas a los doce años. En cuanto a la enseñanza de los quehaceres domésticos de un modo práctico para las niñas que frecuentan la Escuela primaria, creo que no se puede prescindir de ella, y en la imposibilidad de tener una instalación de cocina, lavado, plancha, etc., en cada escuela, podría adoptarse la solución de Bruselas, consistente en montar unas escuelas del hogar populares, sencillas, modestas, económicas, con poco personal, sirviéndose casi del mismo de la Escuela primaria, donde pudieran practicar por turnos semanales las niñas del último grado de las escuelas de un mismo barrio. Y vamos a la segunda esfera de la educación de la mujer: la educación especial. Para esto hacen falta centros de enseñanza profesional donde pueda aprender la mujer un oficio determinado, con todo el buen tecnicismo que se apoya en el dibujo, en el arte, en las reglas del buen gusto. Podrían comprender: corte, som-
120 breros, lencería, bordados en blanco y artísticos, decoración de porcelanas, enseñanza com-rcíal (mecanografía, taquigrafía, idiomas, teneduría de libros, geografía comercial, etc.) y tantos otros campos de actividad de la mujer, que le permitan adquirir un medio de ganarse la vida decorosamente. Tendríamos, pues, al salir de la Escuela prim .Lria dos direcciones para la mujer; una, en.señ.auza general; otra, enseñanza especializada. La primera para aquellas mujeres que no tuviesen la imprescindible necesidad de ganarse la vida o fueran a ella en busca de preparación para una carrera. El cuadro de enseñanzas, que no es posible ahora detallar, de esta Escuela, que pudiéramos llamar secundaria, debería comprender estudios serios, sólidos, extensos de lo que constituye la cultura general; pero no proporcionados a dosis de tres cuartos de hora lección por profesores que saliesen de la Escuela y no se preocupasen más de las alumnas, sino por maestros o maestras que ejercieran una acción constante sobre éstas, una influencia espiritual encaminada a la formación de caracteres bien templados en la virtud y de una elevada tonalidad ética. Ni taller ni universi-- dad es lo que pedimos; queremos simplemente una escuela, con toda la elevada significación que la palabra encierra. Esto quiere decir que todo su plan, todos sus métodos de enseñanza,
ti 121 toda la vida de la escuela debería tener una finalidad: la educación; y toda su organización, todo su espíritu habría de ir encaminado a la formación de mujeres integralmente cultas, socialmente utilizables, madres y esposas perfectas. Estos estudios servirían, además, de preparáción para las carreras y profesiones a las que se ha de pedir libre acceso para la mujer. En. cuanto a los centros de enseñanza especializada, a los que podrían acudir las mujeres que tuvieran que ganarse la vida más pronto, habrían de tener también ciertas clases de ampliación de la enseñanza primaria, para no dejar de mano ni olvidar nunca, cualquiera que sea la dirección que emprenda la mujer, esta cultura general que la ha de hacer apta para cumplir su misión de madre. Ahora, señores, resumamos y concretemos. La mujer se ha de educar para dos cosas principalmente: para bastarse a sí misma y para ser esposa y madre; pero la una no excluye a la otra. La joven cuando se educa, no conoce su destino. Ha de bastarse a sí misma para conquistar su independencia, pues sólo así podrá llevar al matrimonio una idealidad y afectos del corazón y no la mira egoísta de una solución al problema de la vida; sólo así podrán constituirse los matrimonios bajo la única base moral que pueden tener, que es el amor. La
128 dones adopta una posición falsa a todas luces, muy cómoda también para nosotros, puesto que con este procedimiento resulta muy fácil preparar a los hijos para la vida. Ved los frutos que de ello obtenemos: hogares sin fidelidad, hijos enfermizos, pueblos de escasa virilidad... algo así como la demolición de la raza. Antecede a la maternidad el matrimonio. Etnográficamente se ha probado que las generaciones primitivas organizaron la familia a base del varón, que con su fuerza protege a la mujer y a los hijos que de su unión obtiene; aun en los pueblos salvajes es una ley el deber del hombre de alimentar a la familia, y tanto es así, que entre las razas poligámicas el hombre no tiene derecho a más mujeres que las que puede mantener. La raíz del matrimonio está, pues, en la familia, y así se explica que en muchos pueblos no es válido el matrimonio hasta después que nazca un hijo. Para la constitución de la familia es preciso un momento decisivo en la vida del hombre, en el que el yo sienta fuerte y decisivamente la necesidad de completarse con el tú, y entonces surge la cuestión de la elección sexual. El varón elige casi siempre e instintivamente a la mujer joven, sana y bien formada; ésta prefiere a los héroes, a los audaces, a los fuertes; siente así más protegida su debilidad. En
129 el orden intelectual, un hombre de inteligencia cultivada se casa con una mujer poco instruida; en cambio, las muchachas ilustradas pocas veces llegan a unirse con hombres zafios. Para llevan a cabo la elección sexual en el orden fisiológico, la humanidad lleva en sí la noción de la belleza, noción muy relativa y diferente según los pueblos; así, mientras las aplastadas narices de los australianos excitan nuestra hilaridad, sienten ellos la comezón de la risa al considerar la, para ellos, longitud de la nuestra. Sin embargo y como regla general diremos, aparte del ideal de la raza, de las costumbres de la misma y de los gustos individuales, que para la elección sexual se busca en la mujer la plenitud de formas y la gracia; en el hombre, la destreza y la fuerza muscular. Digámoslo con manos palabras: la salud. Otros sentimientos influyen en la elección sexual: el respeto, la ternura, a veces la compasión, la admiración, el deseo de constituir familia... Históricamente podríamos probar, narrando el desarrollo de la civilización humana, que en las primitivas etapas es mucho más intenso el cariño a los hijos que el amor de los esposos. La delicadeza en el trato y el amor en el matrimonio actual no eran conocidos en las antiguas civilizaciones, a pesar de haber pueblos, como los tonganeses, que al morir la mujer se suicidaba el marido. 9
13o A medida que avanzamos en la marcha progresiva de la humanidad, los espíritus se afinan, y aparte de la ley fisiológica, influyen en la elección sexual, como una precondición para excitar la simpatía y el afecto, la comunidad de opiniones, de sentimientos, de cultura; ya el varón va comprendiendo la igualdad de los dos sexos y se acostumbra a considerar a su mujer como una compañera. A pesar de todo ese resurgir espiritual, hay casos, por desgracia muy frecuentes, en que quizás por exceso de refinamiento, y valga la paradoja, como si quisiera renacer entre nosotros el matrimonio por compra de otras épocas y aun ahora de pueblos salvajes, el cálculo, con su descarnada garra, deshace el ideal de belleza, salud, inteligencia, firmeza de carácter, capacidad para el trabajo, para izar sobre estas ruinas la bandera del dinero... Y cuando esto ocurre, hay en el matrimonio un pecado de origen que rara vez se borra. Para desasirse de esa garra o para no dejarse coger por ella, la mujer no tiene más recurso que una educación sexual seria, razonada, lógica que la ponga en condiciones de saber lo que va a hacer, a lo que se expone y qué responsabilidad adquiere al poder ostentar el título de madre; bien pertrechada, no es difícil que la raigambre del cálculo y del interés mengüe vitalidad y lozanía a sus ideales hondamente sentidos y razonadamente cimentados.
131 Llevado a cabo el matrimonio, al que van la inmensa mayoría de las españolas unas veces empujadas ciegamente por la simpatía, otras por la puerilidad de no ser solteronas, en ocasiones por encontrar quien las mantenga, se presenta el problema de los hijos; problema que aquí resolvemos con la ingenua despreocupación de la ignorancia. Dimana esta ignorancia de la escasa o nula cultura que de estas cuestiones aporta la mujer al matrimonio. No conocemos al casarnos ni nuestros deberes ni nuestros derechos; deberíamos, pues, ser irresponsables, irresponsabilidad muy denigrante en nosotros que queremos ceñir la diadema de la racionalidad. Hemos indicado ya que los hijos constituyen el vínculo filogénico y aun psicológico del matrimonio; son lazo que une y ata a los individuos de una familia. Cuando dos individuos han procreado hay o debe haber entre ellos una tal comunidad de deberes, una responsabilidad tan grande, que aun cuando otra cosa no les juntara, eso debiera unirles. Tienen los padres para con los hijos deberes ineludibles que cumplir que, aparte de que se sienten y se cumplen relativamente, el Código los marca, como es sabido. Sería muy discutible si el hombre, jefe supremo de la familia, conoce sus deberes paternales y los lleva a cabo; los negocios, los quebraderos de cabeza, dicen ellos; y yo
132 añado, las tertulias en casinos, los foyers de los music-halls, la comodidad de quitarse de encima un deber, les impiden ocuparse de los hijos. Spencer, con una ironía finísima, dice: <‹Nuestros hombres se preocupan de obtener un caballo de raza, un perro que gane el primer premio en cualquier exposición; en cambio, les tiene sin cuidado que sus hijos se críen enclenques y delgaduchos*. Qué gran verdad y como todas ellas ¡cómo nos deja el paladar amargo! No es esta ocasión de hablar de los hombres, puesto que el Cursillo es de educación femenina y a ésta debemos referirnos. Los feministas fanáticos son partidarios del matriarcado en el sentido de que la madre, que es la que más unida está a los hijos, les dé su nombre en justa compensación a lo olvidada que quedaésta en todo lo que a vida exterior y social se refiere, ya que la madre sufre dolores por los hijos, desgasta sus energías vitales por ellos, les prodiga sus cuidados y los educa, aun cuando por falta de preparación lo haga deficientemente. Hoy sabemos que la denominación por línea materna queda sólo para aquellos que fueron engendrados sin haber cumplido sus padres las formalidades religiosas y civiles. ¡Otra crueldad de nuestra civilización, o mejor, de nuestros hombres, que no sienten en su conciencia la necesidad de afrontar lo hecho con denuedo y con valor!
133 Con respecto al matriarcado yo no restringiría tanto su campo de acción. En cuanto a los apellidos soy partidaria de que se ostenten los de ambos padres; ambos nos engendraron, de ambos debemos perpetuar el nombre. En mi opinión, el matriarcado sería una especie de institución que marcara a la madre todo lo que debe hacer por sus hijos, que no son suyos sólo, sino que pertenecen de hecho y de derecho a la sociedad en que viven, a la nación que los cobija bajo su bandera, y a ella ha de dar cuenta de los hombres que le prepara. - En este sentido aceptaría yo el matriarcado, porque dignifica a la mujer, dándole la norma de sus deberes maternales. Una de dos: o atiende el hombre a sus deberes de padre, o capacita a la mujer para que sea la fuerza motora que imprima movimiento y vida a la minúscula sociedad conyugal. En este sentido debieran aunar sus esfuerzos los que están en actitud hostil al feminismo y los que son favorables a él, porque en este campo nada tendrían que temer los primeros y mucho adelantarían los últimos. Si la mujer ha de ser sólo mujer en el sentido de quedar relegada a las ocupaciones domésticas, lo menos que podemos pedir es que éstas las hagan con conocimiento de causa. Entre la mujer educada y la que no lo está, establezco yo un simil, vulgar, pero real, a mi entender. Va la misma dife-
134 rencia entre la mujer preparada para sus deberes y la que no lo está, que entre el ama de casa y su criada. Ésta barre, quita el polvo, pero por encima, en lo que se ve; aquélla busca los rincones, arregla sus armarios, ordena los más nimios pormenores... La madre instintivamente lava a su hijo cuando está sucio o no lo lava nunca; la madre consciente lo lava como medida preventiva, sin esperar a que se ensucie; aquélla da el pecho a su hijo cada vez que llora; ésta, con más cariño, reglamenta al niño las tetadas para evitar al tierno estómago de su bebé un trabajo perjudicial por lo excesivo. Y así iríamos encontrando diferencias siempre favorables a la mujer asesorada por una razonable educación doméstica. Por esto, ya que no por otra causa, convendría dar a la mujer una educación maternal concienzuda. Si se me preguntara por dónde debía empezar dicha preparación, diría sin vacilación alguna que por nociones de eugenesia y aun de patología y psicopatología sexual, puesto que el dar hijos sanos a la sociedad no depende sólo de que la mujer los cuide bien después de nacidos. Es la eugenesia, señores, una, seria tentativa de regeneración de raza; entraña una sana moral, puesto que anhela conducir al joven a un vencimiento de sus pasiones, sobreponiéndose
135 a ellas y aun a sus sentimientos cuando la objetividad de éstos no se dirijan a un bien común; tiende la eugenesia a que el hombre confíe en él mismo por su potencia física, por su capacidad intelectual, por el dominio de su voluntad; es también su fin hacer de la mujer un ser enérgico, con fuerza volitiva, de elevados sentimientos, de gráciles formas y de robustez orgánica que permitan esperar de ella hijos vigorosos. Cuestiones son tan importantes y tan necesitados estamos de atender a ellas, que yo no vacilo, aun en época en que todavía no tenemos las mujeres beligerancia, en proclamarme defensora de una ciencia que hombres y mujeres deberíamos conocer antes de unirnos en matrimonio, para no ofrecer al mundo generaciones de seres depauperados. ¿Por qué no hablar a la mujer de patología y psicopatología sexual? ¿Por qué no imponerla de esos a la vez degradantes y dolorosos estados anormales fisiológicos? Si de no decírselo dependiera que en sus ojos de adolescente continuara siempre la venda de la ignorancia, yo sería la primera en demandar silencio; pero si después la vida, imponiéndose, le ha de mostrar todos sus horrores y a veces lacerar su alma al hacer presa en sus hijos, ¿por qué advertirla cuando no hay remedio? Y por otra parte, si no las conoce, ¿cómo podrá dirigir a sus hijos cuando llegados a la
136 edad crítica necesiten de sus advertencias, de sus consejos, de su solicitud maternal? Tal vez al oir esto alguien sentirá la alarma propia de toda innovación, y sin embargo no hay para ello motivo. Tengo la absoluta seguridad de que si se llevara a la mujer hasta la naturaleza y supiera verla con el prisma del sentimiento atravesado por la luz de la ciencia, nos encantarían después los matices de verdadero pudor, casta dignidad y naturalidad sublime en que quedaría envuelta y esfumada el alma femenina. Tal como obramos, podéis creerlo, esas cabecitas adorables de juveniles mujercitas tienen un cendal blanco de ignocencia; pero levantadlo y veréis por dentro los molestos reflejos de la malicia. Suponiendo ya a la mujer casada, suponiendo que ha de ser madre de un hijo, es menester prepararla para saber cómo ha de conducirse mientras lleva a su hijo en las entrañas y qué cuidados deben dársele cuando llegue al mundo; a ese hijo es preciso vestirle, hay que alimentarle, primero con leche, después haciendo las comidas comunes; ese niño echará los dientes, a ese hijo hay que destetarlo; crecerá y en su crecimiento pueden haber crisis; a ese hijo hay que formarle el alma, hay que hacerle hombre, en una palabra. Cada uno de los puntos iniciados daría margen no a una lección, sino a un Cursillo para
137 detallarlo. Hoy hemos de concretarnos a sembrar la semilla de nuestras ideas en vosotros, campo abonado porque de no serlo no vendríais a oirnos —, para que germinen ahora y. fructifiquen más tarde si algo de lo dicho ponéis en práctica. Respecto a los vestidos nos limitaremos a decir que lo esencial en tan vital asunto es que no impida la libertad de movimientos de las extremidades y del tronco del niño, a fin de que se desarrollen normal y convenientemente sus sistemas óseo y muscular. Ya sé que al sistema caduco y malo de la faja y los pañales ha substituido el moderno vestido a la inglesa; pero sé también, y creo que estaréis conformes conmigo, que ello no ha sido más que una imposición en nuestras costumbres de la moda, y que, por lo tanto, no es que la mujer en general se haya dado cuenta de que era preciso ser más humanos con los niños y no torturarlos mientras indefensos todo lo esperan de nosotros, vistiéndoles, a pretexto de cubrir sus encantadoras y rosadas carnes, con una funda atada con vendajes a manera de momias egipcias. Me fundo, al decir que se viste a los niños a la inglesa por imposición de la moda, en un hecho real. La mujer del pueblo, la que da más contingente de población, viste a su hijo todavía con
144 hado, aun cuando fuera sólo bosquejándolo, que no llega la mujer al matrimonio en condiciones de dar a la sociedad hijos sanos. Y no sólo carece de condiciones por la educación que ella pueda dar, sino por la que recibe, puesto que su misma preparación física para la maternidad es deficientísima, o mejor, nula. No parece sino que los músculos y los huesos de la mujer hayan de estar eternamente en reposo según la educamos en pleno sedentarismo. Dice también el tema: buenos y honrados. ¡Cualquiera se atreve a dar su opinión sobre este asunto!: pero es este un cursillo de educación en el que se me ha pedido mi criterio y voy a exponerlo noblemente. En cuanto a buenos, podríamos ser mucho mejores de lo que somos; en cuanto a honrados... depende de la acepción que se le dé a la palabra. Yo entiendo que no sólo pierde su honor el que roba en despoblado, el que asesina..., y opino que deja de ser honrado el que se aprovecha de una idea noble para encumbrarse y medrar, el que hace de su profesión un medio de lucro, el que se arrastra vilmente mendigando lo que pudiera alcanzar con más energía de su parte, el que halla el medio de vivir a costa de otro, el que no sabe guardarse a sí mismo respeto, el hipócrita, el calumniador de oficio, el mogigato; todo ello constituyen en el cristal de la honradez facetas sin reflejos.
145 no 1:1 sos re. lán de r te- Y en este sentido todavía queda mucho que hacer para que podamos llamarnos honrados. También aquí la influencia de la madre es interesante y decisiva, pero no única. Cuando el hijo actúa libremente en la familia, de lo que pueda ser tiene tanta responsabilidad él como la madre y quizás más aquél, puesto que representa la jefatura, el orden, la disciplina; es decir, el cerebro y la voluntad, mientras la madre es el amor, la ternura, el afecto, en una palabra, la sensibilidad. Por lo que afecta a la mujer, tampoco se la pone en condiciones de educar moralmente a sus hijos, entre otros motivos, porque el primordial fin de esta educación consiste en preparar a los hijos para que vivan su propia vida, pata que actúen con libertad y con independencia, y ¿cómo podrá la mujer hacer nacer esos anhelos si ella vive sin una y otra? Convengamos en que a la mujer no se le concede independencia ninguna y en esa limitación de su vida espiritual hay que buscar precisamente la causa de sus puerilidades. También es verdad que respetando su derecho a la libertad, tal como hoy la educamos, es un peligro, porque sin conciencia propia bien definida pasaría muy pronto de la frontera de la libertad al libre albedrío, y cuando el ser humano conoce sus derechos e ignora sus deberes se convierte en un obstáculo para el desenvolvimiento de la huma- 1 0
146 nidad. Antes de darle libertad a la mujer habría que prepararla para tal refinamiento; de lo contrarío, no sabría usar bien de esa excelente prerrogativa. Educada en la idea de la responsabilidad de sus actos, sería más moral (la bondad sin libertad para hacer el mal no es tal bondad) y ofrecería a los suyos ejemplos sublimes que imitar. Si la madre fuese la constante compañera de su hijo, si juntándose a sus alegrías fuese partícipe de ellas, si supiese entrever entre sus juegos sus aptitudes y las favoreciese y encauzase hasta alcanzar la finalidad buscada, si en las decepciones de la amistad encontrase el apoyo del cariño inmutable maternal, si le enseñase a soportar con valor las dificultades de la vida, en el corazón del niño irían cayendo semillas de bondad y de honradez que se transformarían luego en tierno amor a su madre, en sincero afecto a bu hogar, en gran respeto a su patria, en amor y transigencia a los hombres; hasta su sentimiento religioso sería más depurado, porque lo avaloraría una conciencia recta. Si la mujer-madre supiese hacer de sus hijos seres vigorosos y sanos, tendríamos mucho alcanzado para llegar a una educación moral completa, porque los fuertes, por lo regular, son buenos; los enfermizos son seres pusilánimes, muy capaces, porque les falta la fuerza, de acudir a todas las debilidades humanas para llegar
147 a donde se proponen; y es que al tener débil el organismo se debilita también la voluntad y se esfuman los sentimientos. Los sanos son enérgicos, alegres, justos en sus conceptos; los débiles son egoístas, tristes, de carácter acomodaticio. No tienen culpa; su alma recibe impresiones pobres por mediación de su cuerpo depauperado. Por el contrario, la salud corporal viene a ser sinónimo de bondad de alma; por eso tendría gran valor social que la madre, cuando no otra cosa, supiese dar hijos sanos y fuertes a la sociedad. Ahora bien; ¿dónde adquirirá la mujer su educación maternal? La opinión de muchos es que en la escuela; no soy contraria a esa opinión, y tal es así que en la de mi dirección tengo establecida la enseñanza de la puericultura desde hace mucho tiempo; entiendo, desde luego, que en la escuela, como centro educativo, es donde han de iniciarse los problemas de la vida; pero sé también que la maestra ha de repartir el tiempo en la enseñanza de aritmética, gramática, geografía, geometría, historia, religión, ciencias físicas y naturales, lectura, escritura, higiene, fisiología, música, trabajos manuales, dibujo y labores, esas labores, único encanto de los padres, que roban a la mujer horas y horas en la época de su preparación anímica. Inútil es decir que la escuela educativa sabe
148 encontrar relaciones en las diversas enseñanzas, agrupándolas según su mayor afinidad, y con esto abrevia tiempo; la escuela educativa deja las fórmulas y vive lo que enseña, con lo que las repeticiones no se imponen; pero a pesar de esto, si bien acepto que en la escuela primaria se den nociones de educación maternal, entiendo que debieran haber escuelas donde esas nociones se ampliasen y se perfeccionaran. Eso es lo que se hace en cualquier profesión; cuando sale de la escuela, la muchacha busca el taller, la fábrica, el almacén, el escritorio, etc., donde hace el aprendizaje perfeccionando lo aprendido en la escuela. ¿Por qué no seguir un camino semejante en la, llamémosla profesión de madre, si es la más augusta para los pueblos y la que mejor ejercita la mujer, porque en ella pone toda su alma? La escuela primaria educativa descubre aptitudes, pero no las especializa; he ahí la razón del por qué, como una finalidad práctica de este Cursillo, propondría la creación en Barcelona de una escuela donde la mujer se instruyera en todo cuanto a economía doméstica se refiere y de un modo especial a la puericultura y maternología. El Estado debiera preocuparse de la creación de esas escuelas especiales donde la niña hiciese su aprendizaje de futura madre, y a él debiera acudirse en demanda de escuelas del hogar
149 donde preparar a la mujer para su cargo de ama de casa; pero si no lo ha hecho ¿por qué esperar? Todos tenemos el deber de coadyuvar al engrandecimiento moral y material de nuestro pueblo, y si el hacer madres conscientes hubiese de ser en beneficio del mayor nivel moral y del mejoramiento de la raza, e g innegable que a ello debiéramos dirigir nuestros esfuerzos, sin esperar a que nos dieran la cuestión resuelta. Si ahora me obligarais a decir cómo se llevaría a cabo la creación de esas escuelas, no os podría contestar concretamente; es en mí un ideal que os transmito por si queréis soñar en él; pero si ese ideal nos propusiéramos realizarlo, pronto seria un hecho; estamos en tierra catalana, en tierra donde toda cultura arraiga; hay aquí excelentes ps ; quiatras, estudiosos pedagogos, maestras meritísimas. Hay también centros educativos femeninos (i) donde se trabaja con entusiasmo plausible y con resultados positivos; ellos quizás nos cobijarían hasta tanto que el Estado los estableciese por su cuenta. Ya veis como tenemos elementos; tal vez nos faltara ambiente, porque sabed que también hay mujeres de pasividad tal que cuando se les enseña a abrirse paso prefieren quedarse (i) Instituto de segunda enseñanza para la mujer e ,Institut i Biblioteca per a la dóna›, dirigido por la señora Bonnemaison de Verdaguer.
150 quietas, por que, desde luego, es más cómoda la paz que la lucha. Si ese ambiente se hiciera, el proyecto es cosa, muy factible; una vez puesto el ideal en el crisol que habría de convertirlo en realidad, la organización surgiría por sí sola; es cuestión, pues, de voluntad. No se crea que con esto cristalizarían mis aspiraciones con respecto a la educación femenina; ha habido épocas en mi vida en que he sabido lo que era tenerse que valer por si propio y por eso sé también lo necesario que es capacitarla para la lucha; en este sentido, brillantísim.amente han expuesto las distinguidas damas que me han precedido en el uso de la palabra su valiosa opinión, opinión que yo hago mía; porque entiendo que no es sólo la finalidad de ser madre la que debe inspirar a la mujer, ya que no todas se casan. Mi deber en este Cursillo era probar la deficiente educación del hogar que la mujer lleva al matrimonio y a ello me he limitado; muchas de las damas que han actuado ya, abundan en la idea de que toda deficiencia en la cultura femenina emana de la primacía del hombre que, con el derecho del más fuerte, le marca una orientación limitada y ahoga sus aspiraciones y su libertad entre estrechos moldes. Llevan razón; pero yo no creo que deba insistir en hablar de este asunto. Si valemos más o si valemos menos, si nuestra capacidad es menor o mayor... son cues-
151 tiones bizantinas poco interesantes ya. Adelante, adelante siempre, poco a poco, abriéndonos paso en nombre de nuestra libertad de seres humanos, y si la labor es provechosa, triunfaremos. Para que las deficiencias de la cultura femenina se transformen o acaben es preciso colabotar todos en su educación, empezando por que el hombre mismo se dé cuenta de ello y colabore en obra tan trascendental, con la seguridad de que formando espiritualmente a la mujer ha de encontrar una auxiliar y no una competidora. Si todos trabajamos con fe, alcanzará la vida de familia todo su valor. El matrimonio se hará entre gentes instruidas en las relaciones sexuales y los eventuales peligros que de ellas pueden dimanar; sabrán que el trabajo es condición precisa para la existencia de todos; hombres y mujeres se darán cuenta de la diferencia de su misión indicada por el sexo y la individualidad. Se inclinará a los hijos a ganarse los goces y a merecer su sustento, porque se les criará fuertes y honrados; habrá alegría en la familia, porque habrá salud. Limpieza extremada, estética y arte reinarán en el hogar y el amor será más fuerte por cuanto no atarán a la familia lazos de interés material. Todo ese milagro podría efectuarlo una mujer
152 educada dirigiendo un hogar bien constituido. ¡Que no pese sobre nuestra conciencia el aplazamiento de esa obra de amor y _de bien social! y para que así no sea levantemos bandera de educación femenina que ostente el lema: maternidad, aureolado por los irisados matices de la ciencia y nimbado por las filigranas del sentimiento.
LECCIÓN CUARTA TEMA ÚNICO El sentimiento religioso en la mujer española por D. Dolores Monserdá, Vda. de Maciá. ILusTRISIMO SEÑOR: SEÑORES; SEÑORAS: E L benemérito editor y entusiasta propagandista de cultura cívica y moral D. Miguel Parera, tuvo la atención de solicitar mi concurso para este ciclo de conferencias o lecciones encaminadas a la ilustración y enaltecimiento de la mujer; y a pesar del intenso atractivo que para mí tiene la idea, como es un tema que desde el año 1869 en continuados artículos y últimamente en mi libro Estudi feminista he venido tratando con algunas de las mismas orientaciones expuestas estos días (lo que me obliga a repetir conceptos y manifestarlos después de haber saboreado el público los competentes trabajos de las notables escritoras que me han precedido), resulta de todo ello una tan gran desventaja para mi, que únicamente la elevada significación que a mis ojos tiene el tema que se me ha