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Universos yuxtapuestos

Rodríguez Pérez, Carmen

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UNIVERSIDAD DE SEVILLA MÁSTER EN ESCRITURA CREATIVA Trabajo Fin de Máster Convocatoria: 2012/2013 UNIVERSOS YUXTAPUESTOS Carmen Rodríguez Pérez Vº Bº Profesor Supervisor Miguel Nieto Nuño Fdo: UNIVERSOS YUXTAPUESTOS UNIVERSOS YUXTAPUESTOS El novel .......................................... 3 La compañía ....................................... 32 La barba .......................................... 67 El diario ......................................... 84 Memoria Justificada ............................... 105 El novel El novel Jorge gira la llave. El motor deja de rugir. Lleva una camiseta naranja con el logotipo de Ballantines en el pecho, que empieza a sacudir después de quitarse el cinturón de seguridad. Al mismo tiempo, resopla levantando su oscuro flequillo puntiagudo sobre la frente. Un poco agitado, abre la ventanilla. Coge la riñonera del asiento del copiloto y saca un paquete de tabaco. Deja la riñonera sobre el salpicadero. Menea la cajetilla hacia ambos lados y descubre únicamente tres cigarrillos en el interior. Conduce uno hacia la salida y de una esquina sale un cigarro extra, oculto por el papelillo plateado. Lo coge entre la punta de los dedos y lo enciende. En el encendedor, las dos columnas de gas verde están desniveladas. De una exhalación expulsa todo el humo. Se lleva la mano a la frente con el cigarrillo entre los dedos y se limpia el sudor con la palma. El humo se eleva hacia un peluche de punto de color rosa que cuelga del retrovisor. Alguien golpea la ventanilla tres veces y Jorge se sobresalta. El cigarrillo resbala entre sus dedos. Lo aprieta con fuerza y mira hacia su derecha. Marcos le saluda con la mano desde fuera y le señala la parte trasera del coche. Los labios de 3 El novel Marcos se mueven, pero desde el interior del coche apenas se le oye. Jorge sigue la dirección del dedo, se vuelve y mira a Marcos con un frunce entre las cejas. —Que le des al botón y me abras atrás —antes de hablar Marcos abre la puerta. —Tranqui. Sin prisas, eh —Jorge mira por todos lados. Tira el cigarrillo, aún a medio consumir, por la ventanilla y poniendo las manos sobre el volante agacha la cabeza—. No tengo ni idea de dónde está. —Podrías salir y abrirme con la llave. —No voy a salir para que metas sólo una mochila. Déjala ahí detrás. Trae —le quita la mochila de las manos y la arroja a los asientos de atrás. —No hacía falta que la tiraras —Marcos cierra la puerta tras entrar. Se vuelve y alarga el brazo para recuperar la mochila. En los asientos de atrás hay un par de mochilas, una negra, con hilachos en las costuras, y otra roja algo más nueva. Entre las dos mochilas hay también una bolsa transparente que muestra unas sábanas y una colcha—. ¿Qué te ha pasado, novato? —coloca la mochila entre las piernas con una mano y estira el cinturón de seguridad con la otra, aunque no se lo abrocha. —¿De qué hablas, pamplinas? —De que has estado media hora intentado aparcar. Todavía se te ve la cara de sofoco. —No empieces a incordiar. Al menos yo me he sacado el carnet. No como tú, que llevas cinco intentos. —Aún así, seguro que aparco mejor que tú. —Vamos a ver eso —Jorge arranca el coche—. Lo saco y lo metes tú. 4 El novel —¿Qué estás hablando, tío? Déjate de rollos que nos tenemos que ir ya. —Anda, bocazas. Ahora lo aparcas tú en un momento. —Otro día. Ahora tenemos que irnos. —Vaya, te acobardas, ¿eh? —Jorge pisa el embrague y mete la marcha atrás—. Dudo mucho que lo hagas mejor— levanta el pie izquierdo con brusquedad y el coche salta contra el vehículo estacionado detrás. El peluche de punto rosa se columpia con nerviosismo, como si intentara escapar. El impacto desplaza la L de la luna trasera, que se desliza por el maletero. —Pues me lo estás poniendo fácil —Marcos ensaya una carcajada, pero al ver que Jorge levanta la mano amenazante cierra los ojos y aprieta los dientes en defensa. —Cógeme la L, anda —Jorge apaga el motor y quita el contacto de la llave. —Pero para abrir el maletero necesito... —Marcos echa la cabeza hacia atrás al ver las llaves rozándole la nariz. Coge las llaves y se echa la mochila al hombro conforme sale. Jorge puede ver cómo se dirige a la parte trasera del coche. Deja la palanca de cambios en punto muerto. Se echa a la boca otro cigarro, pero no consigue encontrar el mechero en la riñonera. Finalmente aparece en el salpicadero. Apenas pasan unos segundos cuando Marcos aparece por la ventanilla asustado, con una mano a la cabeza. Entra en el coche y cierra enérgicamente. —Tío, vámonos. —¿Qué pasa? —a Jorge se le apaga el mechero al preguntar a Marcos. El cigarrillo que tiene en los labios se mueve de arriba abajo. —Vámonos, ya te cuento. ¡Dale, dale! —Marcos le de la llave. —¿Pero a qué viene tanto misterio? —hace contacto y gira la llave 5 El novel mientras se coloca el cinturón. Mete la marcha atrás y mira por el retrovisor. Con un par de maniobras sale de la plaza de aparcamiento. Jorge vuelve a mirar por el espejo—. ¡Hostias! ¿Eso lo he hecho yo? —Sí, tío. Venga, vamos. —¡Pero si el golpe no ha sido para tanto! Entonces... mi coche — Jorge frena el coche. —¿Ahora te vas a parar? Anda vamos, que seguro que no tiene nada. Ese coche es una chatarra. El tuyo al lado es un tanque. —¡Que no voy a dejar esto así! Mi madre me mata... —se desembaraza del cinturón después de echar el punto muerto y abre la puerta. Tan sólo llega a sacar una pierna, porque Marcos le retiene por el brazo. —¡Tío, tío, tío, que ahí viene alguien! —por la ventanilla izquierda se puede ver a un hombre que se aproxima dando gritos en dirección a los dos jóvenes—. Métete dentro, corre. ¡Arranca! Jorge reanuda la marcha. Se queda en silencio. Marcos también contribuye a la conversación sorda. Sus caras y sus gestos son los únicos que transmiten información. Jorge da profundas caladas al cigarro. Marcos se muerde el labio inferior mientras que sus cejas de hunden dibujando un panorama de arrugas sobre la frente. —No nos estará siguiendo, ¿no? —Marcos no deja de girarse para vigilar la retaguardia— ¿Por qué vas tan lento? —¡Tío, no me agobies! A ese tío ya lo hemos perdido. ¡Que se joda! La conducción es algo torpe, a pesar de que el trayecto es 6 El novel rectilíneo. El citroen xsara plateado va recorriendo las calles con cierto aire de inseguridad. A esa inseguridad contribuye la maniobra de Jorge para intentar abrocharse el cinturón mientras conduce. Lo agarra con la mano izquierda torpemente. Tiene ciertas dificultades para tirar de la cinta y hace un gesto para pasárselo a la otra mano. El volante no lleva ningún control manual. Jorge se lleva el cigarrillo a la boca y sujeta con las dos manos el volante. El cinturón corre hacia su posición inicial, pero se queda enganchado en el brazo izquierdo del conductor. —Ayúdame, ¿no? —¿Qué quieres? —Abróchame el cinturón, que no puedo soltar el volante —Marcos se incorpora, pero su propio cinturón no le permite más movimiento. Se quita el suyo y se abalanza sobre el del asiento del conductor. Jorge mueve la cabeza nervioso —. ¡Así no! ¡Que no veo! Anda, sujeta mejor el volante —la manos de Marcos casi llegan a sujetarlo cuando Jorge se las aparta—. Déjalo, ya me lo pongo en el semáforo —el vehículo se para en el semáforo que señala la detención. El cigarro de Jorge, todavía por la mitad, sale disparado por de la ventanilla. Marcos y Jorge se ponen el cinturón a la vez. El semáforo cambia a verde y Jorge reanuda la marcha. La velocidad aumenta impulsivamente para luego frenar con brusquedad en el próximo paso de peatones. Unos metros después vuelve a ocurrir lo mismo con otro semáforo. La cadena de la que está enganchado el pulpo rosa se enrolla a cada balanceo del pequeño peluche y del mismo modo también se deshace del lío. 7 El novel —Sigo sin tener la L colgada —Jorge rompe los escasos minutos de silencio que han mantenido desde que salieron del aparcamiento—. Y además no sé cómo ha acabado el coche —con el pie en el freno y la mano en la palanca de cambios, gira la cabeza a la derecha en busca de un lugar dónde detenerse. —¿Ahora, en mitad de la avenida? Pasando, ya lo miraremos en la gasolinera. Venga, que ya hemos perdido mucho tiempo. —¡La gasolina! ¡Joder! —Yo te aviso cuando pasemos por la de mis padres. —¿Tus padres tienen una gasolinera? —Es donde repostan —Marcos cierra los ojos y señala con todos los dedos de la mano derecha hacia adelante—. Dale, que está en verde. Jorge inicia la marcha y mete la segunda rápidamente. Sin embargo, no parece ir a más de 20 kilómetros por hora. Marcos, a su lado, se incorpora repetidas veces echando una mirada al panel. Su pierna derecha tiembla en un gesto nervioso. La rodilla le asoma por uno de los numerosos rasgados del vaquero desgastado. A través del parabrisas se ve el siguiente semáforo en verde. La aguja del velocímetro sigue por debajo de 20 cuando la luz del semáforo cambia a amarillo. —Venga, tío. Si le das caña aún puedes pasar. A un escaso metro de la línea de detención el semáforo les prohíbe definitivamente el paso. Jorge suelta el freno olvidando dejar el coche en punto muerto. El xsara da un brinco y el motor se detiene en seco. La inercia empuja a sus ocupantes hacia el cristal delantero. El pulpo se contonea histérico. Marcos suelta 8 El novel —¿No habrá radares con cámaras por aquí? —Jorge gira la cabeza repetidas veces hacia los límites de los carriles. —No... creo. —¡Pues son cosas que deberías saber! —De todas formas, ya mismo salimos de la autovía. Seguramente te encuentres algún semáforo en el pueblo. Cámbiate al carril de la izquierda. —Hombre, por fin haces algo bien y me avisas con tiempo. En la cara de Marcos se observa un gesto de ofensa. Despegando la espalda del respaldo, entreabre los labios inhalando aire y levanta la mano izquierda con todos los dedos de la mano, excepto el índice, recogidos. No aguanta mucho el gesto cuando Jorge lo mira de reojo. Marcos se vuelve a recostar sobre el asiento, encogiéndose de hombros. Por la ventanilla irrumpe un firme flujo de fiero viento. Jorge se rasca el oído. Acto seguido sube la ventanilla en tres tiempos para volver la mano al volante. El xsara sale de la autovía por una curva muy cerrada. El pulpo rosa es el único de los ocupantes que sufre aparentemente el movimiento cinético del coche. Tras este recorrido aparece una rotonda sin circulación que permite al xsara incorporarse sin detener la marcha. —Por aquí, por esta salida, ¿verdad? —¿Eh? Sí, sí. —¿Has visto qué bien lo he hecho? No se me resiste ni una rotonda. —Eres un máquina —Marcos vuelve los ojos y se muerde el labio inferior. 15 El novel —Dame un poco de agua, anda —el primer semáforo del pueblo les prohíbe momentáneamente el paso—. Esta tensión de la autovía me ha dejado la boca seca. —¿Dónde la tienes? —¿Cómo que dónde la tengo? ¿Tú no traes o qué? —Pues no. —Vaya tela... —pone en marcha el coche—. Pues dime dónde nos podemos parar para comprar. —No tengo ni idea. No conozco esto. Sólo sé que la próxima rotonda tenemos que girar a la derecha para salir del pueblo. —Te digo que tengo sed. Así que yo sigo recto, que ahí enfrente hay un bar. —¡No tío...! —conforme el xsara ignora la salida, Marcos gira la cabeza resollando —. ¡Vale! Pero aquí no se puede parar. ¡Es la entrada de una rotonda! —un par de bocinas protestan al pasar por el lado del coche. —Pues yo lo acabo de hacer —gira la llave y apoya el brazo sobre el asiento. La forma curva no aguanta la estabilidad haciendo que se le caiga el brazo. —Baja ya. —Joder... —se deshace del cinturón y coge su mochila de entre sus piernas. Otra bocina se dirige a ellos—. Pon las luces de emergencia al menos —abre y sale cerrando tan suave que la puerta se queda entreabierta. Jorge chasquea la lengua mientras se quita el cinturón. Sin levantar las piernas del asiento, estira el brazo hacia la puerta. Antes de agarrar el picaporte suena otro bocinazo que hace que Jorge vuelva a chasquear la lengua. Se inclina de nuevo para abrir la puerta cuando una ráfaga de bocinas le increpa. 16 El novel Jorge baja la ventanilla. Una serie de protestas le sobreviene del coche que pasa a su lado. La respuesta de Jorge es levantar la cabeza desafiante. La puerta del copiloto se abre y entra Marcos, dejando la mochila y una botella de agua en los asientos de atrás. —No la dejes ahí atrás —se vuelve para buscar el agua. —¿Qué, haciendo amigos? —Ya ves —la garganta de Jorge empuja ansiosamente el agua al esófago. —Que no se nos olvide esta vez abrocharnos los cinturones. —Yo lo había pensado ya antes, listillo —se pone el cinturón limpiamente, sin atascamientos —¿Ah, sí? ¿A que no has echado el freno de mano? —Freno de mano... A ti sí que te voy a dar con la mano. No ha pasado nada, ¿no? Pues ya está. ¡Ay, la L, hostias! Me la podrías haber puesto. —No me has dicho nada... —¿Yo? Tú eres el listillo. —¡Puf!—Marcos se pasa la mano por los ojos pellizcándose el tabique—. No está la circulación para pararse más. A ver ahora cómo hacemos para salir de aquí, porque más adelante no conozco nada. —Fácil, reculamos y cogemos esta rotonda —Jorge inicia la marcha. —¿Estás loco? —Estoy harto —mueve la palanca a la última posición. —No voy a decir nada más. Total, al final vas a hacer lo que te dé la gana. 17 El novel —Hombre, claro —por el retrovisor no se ve ningún coche acercarse, por lo que Jorge inicia la marcha atrás—. Ea, ya estamos dentro —la primera marcha es engranada y, poco después, las sucesivas antes de rodear por completo la rotonda y salir por la salida adecuada—. ¿Ahora qué? —Ahora después de la curva todo recto. Y así casi todo el camino. —Me avisas, ¿no? —Sí. Te has dejado las luces puestas. —¡Joder! —aprieta el botón de las luces de emergencia—. Porque tú me habías dicho que las pusiera. Si no fueras siempre de listillo... Marcos aprieta la botella que tiene entre las piernas. La carretera comienza a empinarse y así el coche. El muñeco del retrovisor mantiene marca la línea de gravedad. El camino tiene una inclinación suficiente como para agotar al xsara. Desde la tercera marcha, Jorge aprieta más el acelerador, pero el auto no responde. Marcos hace sonar la botella con otro apretón. Jorge suelta uno de sus constantes bufidos. Otro crujido más sale de la botella. El coche pierde bastante velocidad y Jorge se agita exaltado. —¡Deja ya la botellita, coño! —Bueno, tranquilo —Marcos se vuelve para dejar la botella entre el equipaje. —Esto se nos va a parar. —Creo que tienes que bajar una marcha. —¿Y por qué no me lo has dicho antes? 18 El novel Marcos cierra los ojos y expulsa lentamente el aire por la nariz. A Jorge le cuesta devolverle la velocidad al coche. Justo entonces el firme pierde la pronunciada pendiente, mostrando un terreno liso. A unos metros se puede ver una rotonda. El citroen xsara recupera la velocidad acumulada y se acerca vertiginosamente a la glorieta. Jorge pisa el freno a fondo. Su cara está encogida y sus labios entreabiertos, mostrando unos dientes torcidos que aprieta durante la maniobra. El coche amenaza con pararse antes de llegar a la rotonda. Jorge pisa el acelerador bruscamente para cruzar, aprovechando que ningún otro vehículo se incorpora. La cabeza de Marcos se menea a la vez que el pulpo rosa. Jorge pierde levemente el control en la curva, que ha tomado en tercera, pero lo recupera al salir de ella. Ya en camino recto engrana la cuarta marcha. Alarga la mano hacia el salpicadero y agarra el paquete de tabaco y el mechero que le acerca a Marcos. —Enciéndeme el cigarro, anda. —¿Qué hablas? Si yo no fumo. —Pero a los porros bien que les das —Jorge le tira el paquete de tabaco y el mechero a las rodillas—. Venga ya, hombre. —Hablando de porros... —Marcos mete el dedo en la cajetilla blanda y hurga en ella. Segundos después encuentra un cigarro que se coloca entre los labios. Con la otra mano arruga el paquete y lo deja sobre el salpicadero.— ¿Llevamos suficiente para el todo el puente? —la llama se apaga en un par de ocasiones, así que Marcos vuelve a intentarlo protegiendo el fuego con la otra mano. —Lo llevan las niñas. Y el alcohol lo compramos ya allí —al ver la lucha de Marcos, Jorge cierra la ventanilla. 19 El novel —¿No viene nadie más? —mueve todo el gas restante a un lado del mechero e intenta encenderlo de nuevo. La chispa le da al cigarrillo la llama necesaria para prenderse. Marcos exhala el primer humo de rabioso aroma. —Qué va. La Vane me preguntó que si podía traer a su amiguito. —¿Qué le dijiste? —Marcos prueba otra calada del cigarro. —Que ni soñarlo. ¿Para que nos amargue? Ya sabes cómo es con las tías. Que va de gay, pero lo único que hace es catar tetas y culos. —Pero eso es lo que hacen muchos gays, ¿no? A ellas no les molesta porque no lo hace con intenciones obscenas. —Ese es el problema, que si lo hacen ellos es gracioso, pero como lo hagamos nosotros, la hostia nos la llevamos seguro. —Eso está claro —se lleva nuevamente el cigarrillo a la boca. —Tío, menos mal que no fumabas —le quita el cigarrillo de las manos—. Pues lo que decía —da una calada—, que porque sean maricones no se les tiene que perdonar todo —su voz suena algo arrugada hasta que libera el humo inhalado—. Que vaya tela con la tolerancia, que se nos ha ido tanto de las manos que ya cualquiera sale del armario. No me creo que haya tantos, no es natural. —Quizás sí sea natural. A lo mejor es parte de la evolución, debido a la superpoblación. Como los homosexuales no pueden procrear entre ellos... —No entiendo, tío —le da dos últimas caladas al cigarro y lo aplasta sobre el cenicero del coche, aun por la mitad. —Mientras más gays y lesbianas haya, menos descendencia tendremos. Y si no tienen hijos, la población de la siguiente generación desciende. 20 El novel —¡Pero si pueden adoptar! —Déjalo. —¿Tú ves normal esta oleada de maricones? —¿Por qué no? Es parte de nuestra sociedad. La misma sociedad que se ha centrado en la belleza masculina para aumentar el consumismo mediante productos de belleza y cosmética. Hasta yo me he echado algo alguna vez. Este pelo no se mantiene de punta él solo. —Tío, tú no serás bujarra, ¿no? —¿¡Pero qué dices, tío!? ¡Que a mí me van las tías! —¿Seguro? Mira que te quedas a dormir fuera. Me da igual que sea la casa de tu tía. —Que no tío. ¡Qué intenso eres! —Marcos no puede evitar resoplar. —Es que con esa camisa de cuadros rosas y lilas que traes... Además, estás hablando raro, tío. Tú... te hartas de leer, ¿no? —¿Yo? ¡Qué va! —Marcos gira la cabeza hacia los asientos traseros —. ¡Si eso es una mariconada! —Pues por eso —Jorge sisea y sacude la cabeza. —Vaya día me estás dando. ¡Ya no te hablo más! Enrojecido, aparta la mirada de Jorge y gira la cabeza hacia su ventanilla. Marcos se lleva la mano a la boca y se mordisquea la uña del dedo gordo. El enfurecimiento le provoca un tembleque en la pierna derecha. Su compañero le vigila de soslayo con media sonrisa. Tras un momento de silencio aparta la mano del volante y le golpea en la cabeza. —No te cabrees, hombre —intenta dejar la mano en la cabeza pero 21 El novel Marcos se la aparta con un movimiento de cuello. Al mismo tiempo el volante se desvía milimétricamente y Jorge devuelve la mano al volante—. Si yo sé que a ti te va la Rubia...—Marcos recibe un codazo—. Esta noche te la tiras, fijo. —Sí... es una guarrilla— le lanza una sonrisa de reconciliación. —Ya te digo. Yo no sé cómo al novio no se le ha roto ya el cuello de aguantar tanto cuerno —los dos amigos ríen al unísono. Se hace el silencio. Marcos apoya el brazo sobre el reposabrazos y mira a través de la ventanilla, todavía con la sonrisa dibujada en su rostro. Su dedo gordo comienza a golpear el reposabrazos. Jorge lo imita con los dedos de las dos manos sobre el volante. Marcos desvía la mirada de la ventanilla y observa el redoble de Jorge. Tras agachar levemente la cabeza, pega un respingo. —Oye, ¡estás en reserva! —Desde hace un buen rato. —¿Y cómo estás tan tranquilo? —Porque la reserva de los coches aguanta, que yo sepa. —¿Ah, sí? ¿Cuánto? —No sé. Tú eres el que se ha empollado el libro. —Pero yo no tengo ni idea de motor. Es lo que peor llevaba. Aún nos quedan unos quince kilómetros... ¿Tú crees que aguantará? —¡Que no pasa nada! Otra vez con las paranoias. —No son... —apenas se puede escuchar a Marcos terminar la frase. Su pierna comienza a agitarse—. De todas formas... ahora pasamos por un pueblo. —Claro, hombre. Seguro que allí habrá alguna gasolinera. 22 El novel —Aaaah... sí, sí, sí. Sí que la hay, no me acordaba. —Ya está. Siempre preocupándote —menea la cabeza repetidamente con movimientos cortos. —Hombre, el caminito que llevamos es para preocuparse. —¿Qué hablas ahora? —con un gesto brusco, Jorge mira desafiante a su acompañante. —Tío, para, para, para, para —se agarra fuertemente al salpicadero. El citroen xsara se detiene en seco a un metro del ceda de una glorieta. Por delante pasa un turismo. Su irritado pito indica la impericia del piloto. Jorge agacha la cabeza y permanece así unos segundos, exactamente el mismo tiempo que el pulpo rosa tarda en recuperar su posición. Jorge arranca de nuevo el coche y cruza sin problemas la rotonda. El cuerpo rígido de Marcos se relaja bajando los brazos lentamente cuando el xsara vuelve al camino recto—. Se me va a salir el corazón por la boca. —No ha pasado nada, ¿no? Pues ya está. Ya se puede observar la entrada de un pueblo en la lejanía. No se oye nada más que el motor. Marcos cruza los brazos y estira las piernas. Tiene la cabeza ladeada, la mirada clavada en la riñonera del salpicadero. —¿Ese es el pueblo que decías? —Jorge no obtiene ninguna respuesta —. ¿Eh? ¿Es el pueblo?—sigue sin recibir contestación. Chasquea los dedos en la cara de Marcos—. ¡Oye, tú! —¿Eh? Sí. —¿Ya estás otra vez cabreado o qué? —Sssno. —¿Seguro? —se adentran en el pueblo. 23 El novel —Siiii. —Venga, entonces guíame. —Es todo recto. Te dije que te avisaba. Justo a unos metros comienza una zona de badenes. Debido a esto, el xsara sufre violentos frenazos. Jorge no suelta la palanca de cambios, ya que el constante juego de marchas no se lo permite. —¿A qué altura está la gasolinera? —Al final del pueblo. —Hay que pensar cuánto le vamos a echar. —Lo primero hay que estimar el trayecto que nos queda y después el kilometraje de vuelta. —Otra vez hablando raro... Ya está, le echamos veinte. No sé para qué pregunto. —¿Eso no es mucho? —Veinte y se acabó. —Mira. Allí está la gasolinera. —Ve sacando el dinero. Marcos agarra su mochila del asiento trasero y se la coloca encima de las piernas. Abre el bolsillo pequeño, extrae el móvil que deja en el salpicadero. Manosea un poco el interior pero no encuentra nada más. Prueba abriendo la cremallera superior. Se adentran en la gasolinera. Marcos hunde el antebrazo en la mochila. Al sacarlo con la cartera asida, arrastra una revista que enseña un título: Quo. El coche se para junto a un surtidor. Cuando Jorge se gira para coger la riñonera del salpicadero, 24 El novel salpicadero. ¡Y me lo pienso fumar yo! Marcos le tira la riñonera del salpicadero y coge el cigarrillo y el mechero que quedan al descubierto. Sale y se aleja hacia un carril bici colindante. Allí se enciende el cigarro. Jorge sigue con la boca abierta y la mirada fija a su compañero de viaje. Observa cómo se fuma su último cigarro. Abre el cenicero y coge medio cigarrillo arrugado y ennegrecido por las cenizas. Sobre el salpicadero ya no está el mechero. Pulsa el encendedor del coche. Mientras, sacude un poco el cigarrillo y lo sopla. El encendedor salta. Jorge se enciende el medio cigarro y vuelve la mirada hacia Marcos. Descubre que un hombre con barba, ataviado con una bata y una sola zapatilla, se deja caer sobre Marcos. De la sorpresa se le cae el encendedor y el cigarrillo. Se los quita de encima de un manotazo. Fuera del coche, Marcos pega un respingo dejando caer al hombre de la barba. Tiene en la mano una mochila en forma de oso de peluche, de la cual sale un manojo de billetes. Una brisa se lleva el dinero dejando una línea verde sobre el carril bici. Marcos se acerca corriendo al coche y mete sólo la cabeza. —Ya tienes a dos sitios a los que llamar. 31 La compañía La compañía Nunca había tenido ningún tipo de complicaciones en mi vida. Toda ella estaba casi cubierta por las facilidades que proporciona el dinero. Gracias a él, pude disfrutar de tantas oportunidades que no sentía ningún vacío, ninguna inquietud que no pudiera hacer desaparecer al día siguiente. Mi padre se encargaba de que cada deseo se cumpliera a golpe de talonario. Sin embargo, mi padre también era el causante de muchos de mis anhelos. Si había algún momento en el que no tuviera ninguna necesidad, él se encargaba de meterme algo en la cabeza. Intentaba que mis caprichos estuviesen encuadrados hacia un fin, hacia una meta que pudiera conseguir por mí mismo. Principalmente, solía animarme a querer cosas que requiriesen esfuerzo físico o aprendizaje. De hecho, muchos de mis antojos, digamos inducidos, estaban encaminados a la cultura y al deporte. Siempre conseguía que de algún modo antepusiera el conocimiento a algo material. Lo material sólo era una herramienta para alcanzar otros objetivos. Así, conseguía que no fuera un peculiar niño rico antojadizo, sino un saludable ser ansioso de aprendizaje y de conocer mundo para buscar la magia de cada región. Gracias a 32 La compañía él, he visitado más de treinta países, aprendido tres lenguas y tocado con gran soltura los más finos instrumentos. Pero sobre todo, habiendo ya cumplido cierta edad, logró hacer que me interesara en su empresa. Era su legado, por lo que intentaba conseguir que, cuando llegase el momento, recibiera tal responsabilidad con ambición y optimismo. Mi padre, como tantos otros grandes empresarios, nunca tuvo tiempo para el amor. Pocas mujeres conseguían entrar en casa y quedarse durante mucho tiempo. Solían ser mujeres enamoradas de los detalles compensatorios que recibían. A lo largo de su vida ha tenido múltiples amantes ocasionales y tres esposas. Se podría decir que era el Marlon Brando de nuestro país. Desgraciadamente, los tres matrimonios acabaron en divorcio. Del último hace ya quince años y desde entonces, se planteó las relaciones de otra manera. Incluso diría que dejó de intentar tener alguna más. De lo único que no desistió fue del sexo y para eso se encargaba de que su opulento bolsillo le brindara tal satisfacción. Dadas estas circunstancias, por mi casa han pasado tantas mujeres que, todas juntas, podrían llenar el Congreso. La primera mujer que recuerdo, obviamente, fue mi madre, aunque mi padre nunca me contó si hubo alguien más antes que ella. El problema llegó cuando a mi madre no le servían ya las compensatorias. Sus necesidades apenas se podían aliviar con regalos, de modo que buscó satisfacción en otro hombre. A pesar de la traición de mi madre, él nunca la culpó. Quizás incluso ni le importase que se marchara. Su negocio lo era todo para él, por lo que se veía obligado a eludir algunas responsabilidades. Afortunadamente, la responsabilidad paterna fue la única que quiso mantener. El poco tiempo del que disponía me lo dedicaba a mí. A veces, yo me preguntaba si era algo incondicional, por 33 La compañía llevar su sangre, o si simplemente era el procedimiento adecuado para ganarme de algún modo y que yo pudiera seguir con su imperio. Pronto descarté la frialdad de esta estrategia comercial. La fascinación que tenía por mi padre me hacía verlo todo positivo. Por tanto, interpretaba cada acción suya hacia mí como signo de afecto más que de obligación. Cierto es que llegamos a tener nuestras rencillas por las que pensaba todo lo contrario, sobre todo durante mi adolescencia y sus subsecuentes años de imprudencia. Lo más deslumbrante era la forma que tenía de resolver todas estas disputas. Ahí es donde se notaba su profesionalidad, donde se podía entender la prosperidad de su empresa. Todo en él era insuperable. Su inteligencia, su competencia, su distinción, su conciencia, su perspicacia y, por supuesto, su gallardía. Fue una pena que su ajetreada vida castigase tanto su imagen. A sus cincuenta y cinco años ya parecía que se acercaba a la jubilación. Aunque, por fortuna, seguía manteniendo algo de atractivo. Sinceramente, estoy agradecido no sólo de su genética, sino de la educación que me había proporcionado, que me iba acercando cada vez más a sus cualidades. He de reconocer que siempre quise ser como mi padre. Y sin embargo, por mucho que siguiera sus pasos, nunca supe del todo cómo hacerlo. Para empezar, su niñez no fue tan acomodada como la mía. Tampoco tenía un padre con un negocio que dejarle. Mi abuelo, por cierto, trabajaba en un horno. Mi padre me contó que entraba a trabajar muy temprano elaborando pan para su vecino que tenía una panadería y una cafetería. Cuando llegaba a mediodía se acostaba hasta que mi padre y mis tías llegaban del colegio. Comía con ellos las delicias de mi abuela y después volvía a dormir hasta la noche, que era cuando podía disfrutar de un rato de tranquilidad, hasta entrar de nuevo en el horno. Su vida era 34 La compañía prácticamente nocturna. A mi abuelo, al igual que a mi padre, apenas le quedaba tiempo para sus hijos. Incluso había días en que ni siquiera los veía porque no hacía la pausa del sueño y, para cuando se levantaba, ellos ya dormían. Por suerte, mi abuela siempre estaba pendiente de los niños y nunca les faltó afecto. Mi padre, por el contrario, tuvo que llevar a cabo el papel de mi abuelo, en lo que atañe a la economía doméstica, y el de mi abuela, en lo que a cuidados y afecto se refiere. Aprendió lo mejor de sus padres y lo aplicó en su vida tanto profesional como familiar. Y esa es una de las virtudes que más admiro en él. Cuando terminó los estudios escolares, decidió renunciar a la universidad. No quería que su familia se sacrificara, así que se entregó a la vida laboral. Pasó por varios trabajos hasta que descubrió su habilidad en los negocios como agente inmobiliario. Aunque eso no fue lo único que descubrió. Comenzó con escasa idea sobre el puesto que cubría. Poco a poco fue ganando experiencia gracias al entusiasmo que iba acumulándose día tras día. Muchas veces no se daba cuenta de las horas extras que dedicaba. Rastreaba distintas zonas de la ciudad en busca de compradores y vendedores. No era consciente del esfuerzo que hacía al recorrer durante horas las calles hasta que entraba la noche. Incluso disfrutaba, ya que al menos uno de cada quince intentos de negociación daba su fruto. Aprendió mucho de la compra-venta inmobiliaria. Aunque para él parecía no ser suficiente. En sus ratos libres se aventuraba a conocer más el mundo inmobiliario por su cuenta. Había descubierto su vocación. No le costó mucho conseguir las suficientes comisiones para montar su propia consultoría. Al principio no le fue fácil. A los pocos meses de abrir la consultoría, ya había acumulado tantos clientes que le fue imposible seguir adelante solo. Además, tuvo que enfrentarse a nuevas definiciones que desconocía en su anterior empleo, por 35 La compañía lo que sus exhaustivos estudios sobre fundamentos socioeconómicos y de mercado retrasaban sus objetivos. No tuvo que pensar mucho en quién sería su auxiliar. En su anterior empleo, sus compañeros eran bastante competentes, pero había alguien que le había llamado especialmente la atención. No había tenido ocasión de conocerlo plenamente, pues lo despidieron a las dos semanas de que empezara mi padre. Todos sospechaban que fuese por la misma razón. Era demasiado viejo y necesitaban a alguien más joven para tener una plantilla fresca y dinámica. Nunca supieron lo que realmente perdían. Mi padre lo contrató y resultó ser un experimentado consejero que constantemente sorprendía con una nueva lección sobre el comercio inmobiliario. Introdujo a mi padre en nuevos ámbitos del sector, como el desarrollo urbanístico o la recalificación del suelo. También le recomendó que, entre sus contactos estratégicos, contaran con un abogado que pudiera ofrecerle asesoramiento jurídico, e insistía en que en unos meses se contratara más personal para que pudiera acelerar el trabajo y así poder complacer a los clientes. Habían desaprovechado a un ejecutivo en potencia. Cada día que pasaba, mi padre no paraba de agradecer a su asistente sus tan valiosas enseñanzas. De la misma manera, él le devolvía los agradecimientos, alegando que gracias a él pudo desarrollar sus competencias, pues toda su vida había estado encasillado en agencias inmobiliarias. El crecimiento de la consultoría se debió tanto a su nuevo socio como al afán de mi padre por seguir aprendiendo. Desde el comienzo de su impulso empresarial, mi padre no se dio ningún respiro. Su incesante interés por el crecimiento personal y profesional enseguida dio sus frutos. La experiencia y su firme formación hicieron que llegara a un punto que pocos 36 La compañía habían logrado. Junto a su socio, habían creado una idea revolucionaria sobre optimización de mercado. Pronto, instituciones de distinto tipo, dentro del campo de la inmobiliaria, se habían puesto en contacto desde diversos puntos del país al oír sobre su innovador método. Inversores, promotores y constructoras habían oído de la eficacia de mi padre y querían también escuchar sus eficientes propuestas y soluciones. Descubrieron con asombro que un gran porcentaje de ellos conseguían aumentar sus inversiones sobre el suelo, por lo que la voz seguía corriendo. Entre sus clientes se encontraba la misma inmobiliaria para la que había trabajado antes. Para ellos era todo un orgullo, porque no habían perdido a un excelente empleado, sino que ganaron un enorme impulso en el mercado. La consultoría se convirtió en una forma de aprender más de sus clientes y un camino a seguir hasta alcanzar su siguiente objetivo: convertir el negocio en una promotora inmobiliaria. Al año siguiente ya tenía en nómina a más de veinte empleados, todos ellos profesionales del sector inmobiliario con años de maestría demostrable. Mi padre podía permitirse las exigencias salariales que demandaban por sus respectivos puestos, ya que estaba seguro de que iban a dar lo mejor de sí mismos para que la compañía siguiese en alza. Además, conseguía la optimización de sus empleados demostrándoles la confianza que tenía en ellos. Era un jefe extraordinario. No le importaba bajar un nivel en el estrato empresarial por un día para ayudar a alguien en su función. La empresa siguió desarrollándose y, además de convertirse en la promotora más importante de la ciudad, fue también una de las mejores constructoras. El resto ya está narrado. Tuvo una vida satisfactoria, basada en la prosperidad de su negocio y la educación de su hijo. Una vida llena de esfuerzo, ejercitamiento, progreso y triunfo. Pero ésta 37 La compañía no es su historia. De ser así me dedicaría a narrar durante el resto de páginas los incalculables éxitos de un personaje tan célebre como fue mi padre. Expondría el respeto que se había ganado a lo largo de su vida. Hablaría también sobre el magnífico recuerdo que ha dejado en cientos de personas. Éste no es un relato póstumo. No mostraré las alabanzas hacia la persona que más he admirado en el mundo, ni los agradecimientos hacia ella. Mucho más lejos de eso. El protagonista de esta historia no tiene nada por lo que ser recordado, ni admirado, ni respetado. Ésta es mi historia. Como ya he contado, tuve una infancia estable y muy dichosa, a pesar del desorden maternal por el que había estado pasando, y aunque en mi adolescencia pasé por la misma agitada fase hormonal que cualquier otro joven, en realidad fue bastante exuberante. Acabé cursando Empresariales por la vía pública. Mi padre tenía cierto recelo hacia la privada. Pensaba que las materias se evaluaban conforme a la retribución de la familia y no al conocimiento propio. No quería arriesgarse a tener un sucesor poco formado. Quería al mejor. Yo entendía su decisión e intenté dar lo máximo de mí mismo durante el primer año de estudios, a pesar de que la idea del libertinaje universitario era muy tentadora. Si quería seguir sus pasos, como siempre me había propuesto, lo primero que tenía que hacer era exprimir la mente y sacarle todo el jugo posible. El inconveniente vino cuando mis esfuerzos no dieron los resultados que esperaba. Si mi padre quería al mejor, yo quería ofrecérselo. Pero no fue así. Creía que iba a ser el primero de la clase, pero mis calificaciones se alejaban bastante de las matrículas de honor. Jamás olvidaré la satisfacción con la que acogió mis primeros resultados. Fue una sorpresa para mí, porque esperaba una completa decepción por su parte. Todo lo contrario, elogió mis esfuerzos y me soltó el 38 La compañía discurso más importante de mi vida. Esas palabras de aliento se quedaron por siempre grabadas. Me habló sobre conocerse a sí mismo y descubrir las propias limitaciones de cada uno para buscar otros métodos de progreso. Me animó a seguir adelante, pues yo pensaba que debía abandonar al no ofrecerle lo que creía que él esperaba de mí. Después de aquello, pasé el resto del semestre menos tenso, pero siempre perseverante. Las palabras de mi padre me ayudaron a tener más astucia. Conseguí formar un pequeño grupo de estudios con un plan que se basaba en pasar cada tarde en la biblioteca y resolver entre nosotros cada una de nuestras dudas. Un tanto simple, pero adecuado para una mente aún tan inexperta. Gracias a este método, mis calificaciones llegaron a rozar casi el sobresaliente. Tuve la suerte de encontrar a las personas adecuadas. El resto del grupo pareció tomárselo tan serio como yo. Podría no haber funcionado, pero de mi padre aprendí que el riesgo es otro de los factores que pueden llevarte al éxito. Nuestro colectivo lo formaban un chico y una chica. Procuraré no revelar sus identidades, pues esto es una simple reflexión en la que los nombres carecen de importancia. Con él gané bastante confianza y se convirtió en lo más cercano a un mejor amigo que he podido tener nunca. Más adelante, se convertiría en una de las personas más importantes de la compañía, que por entonces aún dirigía mi padre. A ella no llegué a conocerla por completo. Aquel primer año de universidad fue un año de experiencias y de nuevas sensaciones. La estima que llegué a tener por mi compañero también la experimenté por ella, solo que de una forma más sensual. Quise frenarme, ya que tenía sospechas sobre un posible romance entre ella y mi camarada. El mismo año, sin que diera ninguna explicación, ella abandonó los estudios. No llegó a cursar segundo. En los siguientes años, ni siquiera se puso en 39 La compañía contacto con nosotros. Me defraudó no saber nada más de ella. Por mucho tiempo viví con una gran desilusión porque ella había desaparecido sin ni tan siquiera despedirse. En el momento en el que ella dejó la universidad me sentí estúpido, pues era la primera vez que empezaba a considerar una amistad entre nosotros, incluyendo la de mi compañero. El día que se alejó puso en duda aquella amistad. Dio a entender que no habíamos significado nada para ella. Al año de diplomarme, mi padre me alentó a seguir mis estudios cursando un máster en dirección de empresas. Tuve que dejarlo todo durante un año para irme a estudiar a la Politécnica y, la verdad, no me resultó tan fácil adaptarme. Era bastante joven y echaba en falta la protección diaria de mi padre. A pesar de haber viajado mucho por mi cuenta sin su tutela, sentía algo de ansiedad al entender que aquél no iba a ser un viaje de una o dos semanas y que tenía que empezar a tomar decisiones adultas si quería sobrevivir en una ciudad extraña y lejos de mi padre. Todas aquellas sensaciones desmesuradas, propias de la juventud, no servían más que para descentrarme. Mi verdadero objetivo era terminar mi formación y entrar lo más pronto posible en la empresa de mi padre. Además, como bien me había aconsejado mi padre, para alcanzar un propósito es posible que previamente tengas que adquirir otros y cumplirlos. Aprender a vivir solo era uno de ellos. Fue en aquel momento cuando comencé a ser el propio administrador de mi vida. Me dejé llevar finalmente por mis impulsos juveniles. Quizás fue la soledad la que me arrojó a los brazos del primer grupo de juerguistas que conocí. No había noche en la que no dejara mi piso para recorrer junto a ellos los bares de la ciudad. La cerveza y el whiskey estaban a la orden del día. No me importaba que mi inexperto hígado me hiciera pasar malos ratos al final de la noche. Beber era divertido. Incluso llegué a 40 La compañía obligado a dejar la compañía a cargo de mi amigo. Hasta entonces, yo estaba atravesando una etapa nefasta. Estaba experimentando terribles emociones que nunca había padecido. Una sola visita o llamada terminaba sacando mi lado más iracundo hacia las personas que las realizaban. Negaba cualquier ayuda que me ofrecieran. Odiaba su condescendencia. Todo me enojaba. El simple hecho de ver algo caerse me exacerbaba. Hasta la luz del sol me irritaba. No entendía qué pasaba y tardé en darme cuenta de que mi psicólogo tendría la respuesta. Necesité seis meses para reponerme física y mentalmente antes de volver trabajar. No me ayudó a superar la muerte de mi padre del todo, pero sí a aceptarla y a desprenderme de la conmoción. Me reveló que mi vida estaba siendo regida por el apego a la aflicción. Me aconsejó que comenzara una fase de despedida que contribuiría a deshacerme del dolor y de su sometimiento. Justo entonces estaría preparado para aprender a valerme por mí mismo, a ser dueño de mis actos. Y así fue, aunque no con la celeridad que yo esperaba. En cuestión de un mes la depresión se fue disipando. No quise dejar que pasara más tiempo, así que volví a la empresa. Todos los empleados decían alegrarse de mi regreso. Acepté su complacencia, aunque sabía que no eran tan sinceros conmigo como lo habían sido con mi padre. Mi compañero, mi gran amigo, volvió al departamento de marketing. Me sorprendió la solvencia con la que llevó la compañía. Mis años de adaptación parecían una vida comparados con la rapidez con la que él se había hecho al cargo. Le expresé mi gratitud y resalté su profesionalidad. Tuve la impresión de que él también quería hablar, así que dejé que lo hiciera. Fue muy breve y franco. Aceptaba que yo fuese heredero directo de la empresa, pero, por otro lado, él se creía merecedor de un puesto así, dado su dedicación y rendimiento. Me dio las gracias por los seis meses que le había dejado disfrutar de la 47 La compañía dirección. Sus palabras me dejaron algo confuso. No sabía si su intención era agradecerme que le confiara mi puesto o anteponer su valía a mis méritos. Noté un gran cambio en él desde entonces. Tuve la sensación de que no se implicaba ni la mitad de lo que lo había hecho cuando mi padre estaba vivo. Pensé que sería porque le había afectado la muerte de mi padre casi tanto como a mí. Aunque, de ser cierto, tampoco podría haber sido capaz de dirigir la empresa durante mi ausencia. Aún así, no deseché la idea de que por aquélla u otra razón se hallaba desalentado, lo que afectaría a su rendimiento, como me había sucedido a mí. Así que lo llamé a mi despacho para decirle personalmente que había notado que quizás no estuviese anímicamente habilitado para trabajar y que se podía tomar los días que necesitase para arreglar cualquier dificultad por la que estuviera pasando. Le di la opción sincerarse conmigo, ya que más que su jefe, en ese momento era su amigo. No respondió nada. Se quedó mirando fijamente, a la espera de que concluyera aquella reunión. La semana que se tomó libre no le sirvió para mejorar. Casi se estaba convirtiendo en un engorro. Envolvió a la empresa en decenas de negocios perjudiciales. Las pérdidas no eran muy cuantiosas, pero sí vitales para futuras negociaciones. Fui dejándolo pasar, hasta que la compañía fue carne de cañón de la prensa local debido a la participación en la subasta ilegal de un solar. El nombre del responsable no fue publicado, tan sólo el de la compañía, manchando así su crédito. Yo sí sabía quién fue el causante y, de nuevo, le hice venir a mi despacho. Le mostré mi disgusto. Dañando la empresa también dañaba la memoria de mi padre. Necesitaba que lo supiera porque él lo respetaba. Por otro lado, en aquel momento, mi compañero amigo había pasado a ser la persona más cercana a mí, así que demostré compasión por él y le 48 La compañía di una oportunidad en un cargo distinto en cuanto enmendase su error con nuevas ganancias. De nuevo, apenas dijo nada. El nuevo puesto que le esperaba era en Recursos Humanos. Pensé que el partir de cero desde un cargo distinto podría motivarle. Conocía su capacidad para crecer. No me estaba equivocando. Se adaptó estupendamente al puesto. Esperaba de él las mejores estrategias en lo que a organización empresarial se refería. Y así fue, o al menos al principio. La compañía gozaba de estabilidad, hasta que se descubrió en el departamento de contabilidad un caso de nóminas falsas. Aquello por suerte no salió a la luz, pues fue rápidamente solucionado. No hizo falta investigar mucho para averiguar quién era el responsable. Ya había acabado con mi paciencia. La situación haría perder la compostura a cualquiera. La empresa estaba siendo saboteada por quien yo creía mi mejor amigo. No podía permitir que hundiera la compañía, por lo que me vi forzado a preparar su carta de despido y a concertar un nuevo encuentro con él. Esta vez, quería que nuestra charla discurriera lejos de la empresa para que dejara de tratarme como su superior. Entre otros motivos, porque dejé de serlo desde su despido. Y no fue sólo eso lo que decidí dejar de ser. Mi amistad hacia él se disolvió justo cuando perdí toda mi confianza en él. A pesar de ello, aún esperaba que se tratase sólo de errores incontrolados, provocados por algún problema personal inconfesable. Él me citó en su casa. Consideré que para él era la mejor opción, pues allí podría sentirse más seguro para hablarme abiertamente. El día acordado llegué a su casa. Allí aprovechó el ambiente de confidencialidad que le confería su hogar y admitió que nos había fallado a mí y a la empresa, pero sobre todo a mi padre, que fue quien le había proporcionado la oportunidad de 49 La compañía formar parte de una compañía tan importante. Consideré que sus palabras eran de arrepentimiento. Había decidido que nuestra amistad acabaría en caso de que todo el desbarajuste que hizo no fuera intencionado. Todavía quedaba una esperanza. Pensé que se disculparía con alguna explicación creíble. No pude estar más equivocado. Me confesó que no le habían venido mal los infortunios empresariales, ya que se habían abierto las puertas de salida. Con la indemnización partiría de cero e intentaría formar su propio negocio. En cierto modo, tenía que agradecerme haber tomado la determinación de despedirle. Su sinceridad me petrificó. Sentí pequeños cristalitos desplazándose desde los pies hasta la nuca. No podía entender cómo podía perjudicar la empresa y luego confesármelo tan abiertamente. Me extendió la mano y pude volver a ver su mirada de confraternidad. Su cinismo no tenía límites, estaba alcanzando niveles inconmensurables. Mantuvo la sangre fría para seguir actuando como si no hubiese cambiado nada entre nosotros. Cuando me repuse, entré en cólera. Sentía que tenía lava por sangre. Quería hacerle daño, pero pude contenerme. Mi padre no me había educado para eso. Aparentemente relajado, le estreché la mano deseándole lo mejor en su nueva etapa de emprendedor con la misma doblez con la que él me estaba obsequiando. No se oyó ni una palabra más. Dejé su piso y ni siquiera me acompañó a la puerta. Se quedó mirando desde su sitio cómo me iba con una sonrisa de vencedor. Fuera del ascensor, apenas podía mantenerme erguido. Mis pies me llevaron temblorosos hacia un escalón donde pude sentarme. Había algo que no me permitía respirar, era como una sensación inconsolable. Se había acabado una larga amistad, mi única amistad. Él era la única persona que me quedaba después de la muerte de mi padre. Le había entregado mi total confianza y él la agotó con la más absoluta ingratitud. No le había importado 50 La compañía nunca. Aquella noche pisoteó todo el afecto incondicional que le había dedicado exclusivamente a él. Mi angustia aumentó al verme en el comienzo de una etapa de soledad, una soledad que en aquel momento se iba a llevar hasta el último de mis alientos. Ya me había dejado llevar una vez por esta brecha de sentimientos pesarosos. Esta vez, no podía arrojarme al mismo abismo por alguien que de un sólo golpe me acababa de demostrar que nunca había significado nada para él. No era merecedor de mi aflicción. Ya no. Las fuerzas volvían a mis piernas. Me estaba recuperando de aquella crisis. Aún me quedaba algo. No estaba sólo. Tenía un imperio empresarial a mis espaldas. Levantarme supuso el principio de una nueva etapa que quería afrontar. Justo a unos pasos del portal, una figura familiar hizo que me frenase en seco, intentando hacer memoria de quién era. Ella notó mi mirada dubitativa mientras se acercaba. Observé que no apartaba la vista. Su detención impulsó mi pregunta. Ya sabía quién era, pero quería que ella misma lo confirmara: era mi compañera de la universidad. Fue una buena forma de romper el hielo. Recuerdo la alegría de aquel saludo. Era el saludo que durante algún tiempo estuve esperando. No quería que se marchara. Necesitaba reprocharle el hecho de que se fuera hace años sin darnos ninguna explicación. Estuvimos durante minutos hablando sobre trivialidades, cuando ella miró la hora que era y se disculpó diciendo que iba con el tiempo justo. Añadió que en su trabajo le exigían estricta puntualidad. Me ofrecí a llevarla en coche. Se mostró reticente al principio, pero no tuve que insistir mucho más al ver que tenía pocas alternativas para ser puntual. Apenas hablamos durante el trayecto. Sólo seguí las indicaciones que me iba dando. Conduje lo más rápido que permitía 51 La compañía el tráfico. Necesitaba tiempo para explicarle por qué había sentido uno de los mayores desengaños de mi vida. Ella parecía nerviosa conforme avanzábamos. Cuando llegamos a su destino comprendí entonces por qué. Su destino era un club de alterne. Se disculpó por darme la noticia de aquella manera y abrió la puerta del coche para comenzar su jornada. No podía dejarla marchar así. Le dije que aún tenía mucho que contarme, que no podía irse todavía. Algo inquieta, miró hacia la entrada del club y me respondió que la única forma de aliviar mi duda en aquel momento era entrar, pero que entendía que aquel lugar no fuera de mi agrado. Por supuesto, no sería la primera vez que pisaba un club de alterne, pero eso era algo que ella no tenía por qué saber. Salí del coche y la seguí. Me dijo que no quería forzarme a nada, pero que si quería explicaciones tenía al menos que pedir algunas copas para compensar el tiempo que me dedicaba en el club. Así se aceptaría mi visita y ella disfrutaría de la comisión. No me hizo falta interrogarla para conocer su pasado. Ella mismo decidió comenzar su historia en cuanto el primer whiskey apareció en la barra. Su vida se reducía a la prostitución. Tuvo que dejar la universidad y buscar alguna fuente de ingreso rápida para compensar el despido de su padre. La vergüenza fue la que le impidió declarar el motivo de su repentina ausencia. En aquellos tiempos trabajaba en la calle. Aquello fue el desencadenante de una fuerte disputa con su familia. Lo consideraron una deshonra e instantáneamente la forzaron a abandonar su casa. No me resultó difícil entender que aquellos años fueron muy difíciles para ella. Cada día que pasaba corría el peligro de ser violada o atracada. Estaba expuesta a condiciones meteorológicas muy duras, además de a serias enfermedades de transmisión sexual. Me habló de forma genérica sin entrar en detalles. Imagino que serían 52 La compañía momentos muy turbios para rememorar en aquel momento. La crudeza mermó cuando el dueño de un club la alejó del peligro de la calle. Le dio la seguridad de un local y la protección que no tenía hasta entonces. Todo eran alabanzas hacia él. Quizás tuviera que ver que estábamos en su propiedad y su historia fuera mera propaganda. Dos copas después se disculpó por haber desaparecido tan repentinamente en aquella ocasión. Desistí en mi intento de comunicarle mi rencor. Me sentí miserable al haberla juzgado antes de conocer sus problemas. No acepté sus disculpas, sino que le pedí que fuese ella la que me perdonase por el rencor de su ausencia. Un sincero abrazo me sirvió como despedida. Ella no tuvo ningún reparo en mi propuesta de volver a vernos, de modo que me invitó a pasarme por el club de nuevo. La siguiente visita acabó en otra invitación y así me convertí en un asiduo de aquel club. Ella no volvió a hablarme nunca más de su vida de cortesana. Era como si creyera que me repulsaba su oficio. Una extraña reflexión considerando dónde pasábamos las noches. Pensé entonces que no le había declarado lo que pensaba de esa profesión. Para mí, la prostitución era un oficio realmente bello. Aún sigo pensando que su valor, más que el comercio de la sexualidad femenina, es el de trasmitir deseo. Sus ninfas nos hacen ver que la pasión es la que mueve el mundo. Ellas nos desean a todos y a ninguno. Hacen sentir a un hombre único para ellas, aunque esta revelación no sea exclusiva, pues aún tienen espíritu para deleitar a otros. El mundo de la prostitución es un mundo de ilusión. Obtenemos lo que buscamos tener y nos dicen lo que queremos escuchar. Lo que un hombre puede desear si además añadimos su toque propio de deliciosa sensualidad. Yo había recorrido un largo trayecto en el universo de la prostitución. Las conocía mejor de lo que me conocía a mí mismo. Habían descubierto mi sexualidad y también ciertos 53 La compañía estímulos sexuales de los que no era consciente. Ellas me descubrieron el prodigio de una vida lujuriosa, una vida que me había embaucado. Nunca había llegado a amar a ninguna en particular, pero sí a todas en general. Y ahora, ella estaba recogiendo todo ese amor. A día de hoy todavía me pregunto qué causó aquella adoración enfermiza. Descarté el hecho de que fuese mi antigua compañera, aquélla por la que decidí eliminar ciertas emociones de atracción juvenil. La nueva e inesperada vida que me había descubierto después del reencuentro me hizo verla como otra persona diferente. Sentí que tenía que conocerla de nuevo. Partir de cero fue el causante de aquellas sensaciones apasionadas que no paraba de cuestionarme. Nunca me había encontrado en aquel estado de deseo por nadie y mucho menos por una prostituta. Quizás fuese porque era la única a la que conocí mas allá de su ocupación. Me dediqué a conocerla como persona antes de hacer que se entregara a mí. Hasta entonces, sólo había pagado las bebidas que tomaba mientras charlábamos en la barra del club. Todas mis relaciones con prostitutas concluían en alguna habitación de luces epicúreas. Pero mi relación con ella aún no había concluido en la cama, con lo que se iba prolongando, adquiriendo una nueva naturaleza. Estaba dejando de ser una prostituta más, para convertirse en la razón de mis embeleso. El sexo se había transportado a otro plano. A pesar de todo el dinero que tenía, no pensé en emplearlo para tal fin. Tan sólo quería su compañía. Su fina voz, su tono de afecto, su mirada cautivadora, su sedosa mano sobre mi brazo. Todo alimentaba mi delirio. Ella fue la causa de mi ausencia del mundo real. Me ofreció un universo alternativo que iba modelando con sus palabras. Era la diosa creadora de todo estímulo apasionado y por ello, 54 La compañía merecedora de todas mis ofrendas. Sabía lo que tenía que decir para mantenerme encantado. Todo obsequio me parecía pequeño para ella. Durante aquella fase de ensoñación se convirtió en lo más valioso de mi vida. La empresa iba perdiendo importancia. Me olvidé de lo que realmente había representado para mí. Lo material no tenía cabida en el universo que ella había creado. El amor y los negocios dejaron de ser compatibles. Toda mi atención se la iba ganando ella. No era consciente de la crisis por la que pasaba la compañía. El sector inmobiliario fue uno de los más castigados. Yo estaba tan hechizado que pensaba que se arreglaría solo. Esto me hizo dejarlo todo en manos de mis empleados, confiando en sus excelentes capacidades. Tenía que concentrarme en mi diosa. Era el último sacrificio. Para ello, tenía que valorar si mi entrega valdría la pena y si yo era su adepto predilecto. En caso contrario, sería un error desatender la empresa. Para ello tendría que buscar un lugar apropiado, un templo. Me ofrecí a pagar una especie de multa por tenerla fuera del club por una noche. Después de unos meses, aquélla sólo podía ser mi noche. La recogí en el club y la llevé a mi hogar. El momento de confesión se acercaba. Todo estaba listo. La haría pasar y acomodarse en el sofá mientras yo me sentaría frente al piano, obsequiándola con una apasionada versión de Roxanne. Nos sentaríamos a la mesa a cenar bajo la tenue luz de las velas y a los postres, copa de champán en mano, me declararía. Sería el fin de sus días de sometimiento sexual. Tendría todo lo que necesitara junto a mí y yo tendría todo lo que quería: ella. En la puerta de entrada y pasó su mano por el pecho y acercó sus labios a los míos. La noche estaba empezando mejor de lo que había planeado. Noté cómo todos mis sentidos se encendían al mismo tiempo, aunque me hacían apreciar cosas desconocidas. Una 55 La compañía especie de fiebre me encendía todo el cuerpo y a la vez me estremecía. Me sentía fuerte, pero también débil. Un beso de escasos segundos se convirtió en un eterna emoción. La magia de aquel beso cesó cuando ella empezó a desabrocharme el cinturón. No tenía que ser así. Le pregunté si pensaba que seguía trabajando. Su afirmación fue muy rotunda y añadió que no podía ofrecerme nada más que sexo mientras se viera forzada a volver diariamente al club. Fue el encuentro más rápido que tuve con ella. Su negativa me reveló una verdad que estaba esquivando desde que me reencontré con ella. Aquella no era mi vida. La estaba consagrando al amor prohibido, cuando me prometí que prescindiría de toda relación que no fuese laboral. Sin embargo, ella no lo puso fácil. A pesar de que decidí no pisar más el club, ella hacía tambalear la firmeza de mi determinación con sus constantes llamadas y mensajes. Era difícil centrarme mientras me dedicaba a la resolución del gran problema que azotaba la economía de la compañía. En aquellos tiempos estaba perdiendo clientes de forma vertiginosa. Era un añadido a la gran tormenta de problemas que alimentaba la crisis empresarial. Aquello no era normal. Nuestra relación con los clientes estaba sellada por la fidelidad empresarial y de repente tenía que hacer frente a un abandono en masa. Necesitaba llegar al fondo de todo aquello. Puse todo mi empeño en desatender sus llamadas. Fue una tarea complicada. Mientras tanto, me concentraba en encontrar una explicación a tantas pérdidas. La verdad tardaría poco en salir a flote. Telefoneando a mis antiguos clientes, descubrí que la mayoría de ellos dejó de ponerse en contacto con nosotros por la misma razón. Una nueva promotora estaba ganando terreno en el mercado inmobiliario. Indagando un poco más topé con una verdad escalofriante. La dirección de nuestra competencia corría a manos 56 La compañía en el buzón que no me atreví a escuchar hasta parar. La voz del mensaje dijo que sabía lo que intentábamos y juró que nos encontraría y que pagaríamos por ello. El miedo me hizo seguir el viaje sin parar a descansar. Tenía que alejarla del peligro. Muy adentrada la noche, el cansancio se fue adueñando de mi cuerpo. No había más remedio que volver a alojarnos en un hostal. Mi agotamiento era tan grande que no tuve tiempo de volver a observarla mientras dormía. Al día siguiente, desperté solo. Torpemente la busqué por todo el hostal. La ansiedad me impedía moverme y pensar con claridad. El miedo se hacía presente, estaba perdiendo la conciencia. Necesitaba sentarme y tranquilizarme. De nuevo en la habitación, el teléfono sonó. Sabía quién era. Cuando descolgué apenas dejé que hablara. Le supliqué que no le hiciera daño, que si hiciera falta pusiera un precio a su vida. La voz ronca admitió que precisamente era eso lo que buscaba. Conocía mi posición social y aunque era consciente de las pérdidas por las que estaba pasando, estaba seguro de que aún tendría suficiente para negociar. Violentando mis principios morales, acepté comprarla. Sin embargo, la huida sólo había conseguido enfurecerlo, de modo que la vida de mi apreciada apenas le importaba. Por ello, no tuvo reparo en poner condiciones para el intercambio. Si el dinero no estaba en el sitio acordado, a la hora acordada, no volvería a verla respirar. Si hacía lo necesario, podría reencontrarme con ella en un parque próximo. Tenía que hacer más de ochocientos kilómetros en poco más de siete horas. Se lo hice saber, pero no le importó. Mientras la tuviera bajo su dominio, tendría que atender a sus condiciones. Puse mi vida y la de otros conductores en peligro debido a mi elevado exceso de velocidad. Afortunadamente, pude llegar a 63 La compañía salvo y a tiempo. La ansiedad fue disolviéndose. Estaba haciendo algo honorable. Le estaba salvando la vida a mi amada. Y lo mejor vendría después. La estaba liberando de aquel sucio negocio. A partir de entonces, podría decidir ella misma su destino. Comencé dejando el dinero dentro de una bolsa de basura, a los pies de un contenedor cercano a una plazoleta. Después tendría que desplazarme unos metros para encontrarme con ella. El dueño del club lo había planeado todo para que siguiera sin darse a conocer. Me dirigí al parque con la esperanza de que yo fuera parte del destino que ella elegiría tener. En el punto de encuentro, sin poder sentarme por el nerviosismo de aquel momento, esperé su llegada. Una llegada que se estaba demorando. Esperé sin importar el tiempo que pasaba. Llegaría, teníamos un trato. Pero no llegó. Conforme pasaban las horas, sentía cómo me abatía la desesperación. Quería confiar en que en algún momento llegaría ella y nos fundiríamos en un abrazo eterno. Pero ese anhelo se iba convirtiendo en terror. Terror de haberla perdido en el sentido más funesto. Aún de pie, la miseria trepaba por el interior de mi pecho para salir en forma de aullido. Sólo así podía descargar parte de mi dolor. Pero el grito no llegó a brotar. Se quedó dentro de mí, acomodándose en mi desolación. Esto último ocurrió hace un mes. Durante una semana estuve desamparado. Había entregado mis únicos ahorros, todo lo que tenía, por la mujer que amaba, por su vida. El dinero, que toda la vida me había acompañado, fue lo que menos me importó. Sufrí una pérdida más grande que esa, la perdí a ella. El dinero se devalúa cuando no te puede devolver a la persona que más te importa. Lo peor es que había sido engañado. Lo entregué todo y mi fe iba con ese todo. Me la arrebataron con el más desgarrador embuste. Había perdido el dinero y a la mujer de mi vida. Tan sólo me quedaba el desánimo. De nuevo, padecía el apego a la 64 La compañía amargura. Ya me había dejado vencer por ello e implicó seis meses de suplicio en mi existencia. Tenía que superarlo yo mismo. Estar en casa no ayudaría. Allí aprisionaba todos mis pesares, tenía que abrir la puerta y dejarlos escapar. Pensé que la velocidad se los llevaría más rápidamente, así que cogí el coche para dispersar los estragos del amor perdido. Antes de salir a la autovía pensé que no había tenido la oportunidad de despedirme de ella. Se me ocurrió que podría pasar por el club para otorgarle el último adiós simbólico desde la ventanilla. Desde mi aparcamiento pude ver cómo abrían el local. Mis palabras de despedida se ahogaban en amargas lágrimas. Justo entonces, el mayor terremoto ocurría bajo mis pies desmoronando todo mi pasado. De un coche salía su curva figura embaucadora de falso interés hacia mí. Al asiento del conductor se sentaba otra peculiar figura de remota deslealtad y fructuoso boicot a mi empresa. De la conmoción, me resultó difícil aceptar la relación de aquellos dos traidores. Me vi a mí mismo apretando el acelerador a fondo y hundiendo con el morro la puerta delantera de aquel coche, clavando la chapa en sus costillas. Lo vislumbraba lleno de sangre mientras ella le lloraba desconsolada. Una vez más, la memoria de mi padre me evitó cometer tal aberración. Me marché de aquel lugar, no quería seguir viendo aquella repugnante alianza. Quería olvidar los últimos años, sin importarme lo que verdaderamente había ocurrido. Pero mientras mi corazón se esforzaba en deshacerse de tantos complicados sentimientos, mi mente se estaba emancipando, otorgándome hirientes cábalas. Ella nunca llegó a amarme. Su verdadero amor le hizo ser una simple marioneta. Dudo mucho que él haya llegado a amarla. De ser así, la hubiese apartado de aquel mundo hace mucho tiempo. Sí, seguramente él se aprovechó de su amor, al igual que ella se aprovechó del mío. Ella actuaría 65 La compañía según sus instrucciones. Aquel primer encuentro no fue fortuito. Mi debilidad me cegó ante algo tan obvio. Aquellas llamadas tampoco lo eran. Él sabía cuándo debían realizarse. Eran tan sólo una distracción mientras la empresa se desmoronaba. El teatro del secuestro fue la mejor carta que jugó, considerando que nunca había visto la cara del dueño del club. El verdadero peligro siempre ha sido él desde que intentó derribar la compañía desde dentro. Lo he perdido todo por una sarta de mentiras. No me importa el futuro que me espera ahora. He aprendido a aceptar mi destino con indiferencia. He sufrido muchos sentimientos negativos en mi vida. El más doloroso es la pérdida de alguien, de eso he tenido bastante. Pero hay uno que ha surgido de todas las mentiras y traiciones y que se encuentra justo después del dolor por la pérdida. Es el arrepentimiento. Vivir en una incesante retrospectiva, pensando que todo sería distinto de no haber tomado ciertas decisiones, es una agonía. Me arrepiento de haber atendido ciertas tentaciones. No puedo culparla a ella. La decisión fue mía, el arrepentimiento es mío. Mi vida es mi responsabilidad. Que otros incidan en ella en realidad sólo puedo decidirlo yo. Si se lo permito, sólo yo puedo responder por las acciones que me afectan. Yo elijo, yo sufro. Estoy condenado a vivir bajo el arrepentimiento, el arrepentimiento de confiar en las personas equivocadas. 66 La barba La barba Isabel no para de repetírselo a la joven histérica que hay al otro lado del teléfono. —Perdone señorita, pero esto no es una barbería —vuelve los ojos cansada por la insistencia. Busca otra razón para no cumplir con lo que se le pide—. Por la barba tan larga y cuidada, se ve que lleva tiempo dejándosela a propósito. ¿No cree que sería buena idea que en la ceremonia de mañana se muestre con ella? —Isabel espera a que la joven suelte tres gritos a los que no presta mucha atención—. Pero, ¿quién sabe? Quizás ni siquiera sus familiares lo reconozcan sin barba. ¿No será mejor dejársela? Siente una incómoda presión en el pecho. Despreocupada por lo que la chica alterada tiene que decir se toca el pecho por encima de la bata, pero no consigue encontrar la molestia. Así que se pasa la mano por el cuello y la intenta meter por la ropa. Lleva un chaleco muy ajustado y al verse en la dificultad de llegar al sujetador se encorva y levanta un poco la pierna. Al fin encuentra el problema. Lleva un buen rato clavándose un aro 67 La barba salido. Intenta volverlo a su sitio, pero para ello necesita utilizar la otra mano que sujeta el auricular. Por ese motivo decide terminar la conversación. —Está bien. Intentaré hacer lo que pueda con la barba de su novio. La espero mañana antes de que vaya usted a la capilla. A esa hora no creo haya clientes. Buenas tardes. Libera la mano del auricular y la pasa por debajo del chaleco para ajustar el aro a la costura. Ya no puede hacer nada más. Acaba de usar todo tipo de argumentos para evitar tener que afeitarle la barba. Piensa que, después de todo, el cliente siempre lleva la razón. No porque ella lo crea, sino porque así es como le hacen pensar en el negocio. Isabel odia esa afirmación. Ha tenido que tragarse su orgullo más de una vez por esto. Y eso que su carrera profesional es corta. A pesar del poco tiempo que lleva trabajando, ya le han pedido la hoja de reclamaciones en una ocasión. Una señora muy exigente que no acabó contenta con los resultados. Menuda pejiguera, la vieja. Isabel está muy segura de su profesionalidad. Incluso en las prácticas solían alabar su destreza. El problema es que no siempre recibía la valoración que esperaba. Todos coinciden en advertir una manía única en Isabel. A pesar de su seguridad, no tiene ni idea de cómo va a hacer lo que le han pedido. Sabe de cortes, de algunos químicos, de arreglos, de maquillaje, pero no de afeitar una barba. No recuerda que enseñaran durante su formación a afeitar barbas, y, por supuesto, nunca ha tenido que hacerlo, puesto que las mujeres no lo necesitan. A excepción de algunas, claro, pero en ella desde luego no se da el caso. Una vez se ha reunido con el hombre de la barba, echa un primer vistazo al carrito. Se pregunta qué tiene que usar. Algo 68 La barba afilado, está claro. Observa que apenas tiene instrumentos afilados con los que afeitar. Pueden cortar, sí, pero no los ve lo suficientemente manejables para esta tarea. Poco ergonómicos. Además necesita espuma de afeitar, con lo que ya son más cosas las que precisa. Decide ir al supermercado a comprar lo necesario. —Vas a tener que esperar un rato. Necesito ir un momento al supermercado. No te vayas a mover de aquí, ¿vale? —Isabel se quita la bata y la cuelga en el perchero, donde hay también colgada una mochila de tela, con una esponjosa cabeza de oso. ¿Para qué querrá este pirao una mochila de niño? Isabel sale por la puerta trasera. Se encuentra en un callejón en el que, por falta de sol, la iluminación es bastante pobre. Isabel cruza el corto callejón que da a una calle. Los edificios son muy altos por aquí y la calle muy estrecha, por lo que también es algo oscura. La falta de sol le hace pensar a Isabel en la playa. Se pregunta cuánto queda para el verano. No mucho. Además, ya se pueden aprovechar los días largos y cálidos para ir a la playa. Este domingo quizás sea muy precipitado. Una vez en la avenida se da cuenta de lo fuerte que da el sol a pesar de estar atardeciendo. Inesperadamente, se para en seco se echa la mano a la frente en forma de visera. Una joven algo regordeta la esquiva por la derecha mientras le lanza una mirada de irritación. Isabel echa en falta sus gafas de sol. Las sacaría de su bolso si no fuese porque se ha olvidado el bolso también con la cartera dentro. Habrá que pagar, ¿no? Pues nada, a hacer el camino de vuelta. Isabel camina a desgana, pero aprieta el paso para recuperar los pocos minutos perdidos. Parece que todo se vuelve en contra para no tener que afeitar la barba. Por mucho que la histérica esa diga, está mucho mejor con la barba. No es 69 La barba que Isabel prefiera a los hombres con barba. Es más, cuando sale por la noche, rara vez encuentra hombres barbudos. Como mucho con perilla. Sin embargo, ella no tiene preferencia por ningún tipo de apariencia. Ha probado de todo. Incluso un pelirrojo. Bueno… casi. No llegó a funcionar del todo. Algún otro pelirrojo quedará soltero por ahí. Por la cabeza de Isabel pasa un esbozo de lo que podría hacer el próximo sábado. Al llegar a la puerta trasera la cruza y ve al hombre de la barba aún allí, tan impasible. —He tenido que volver a por el bolso. Vuelvo enseguida —levanta la bata del perchero y descuelga su bolso. Vuelve a dejar la bata en su sitio. Una vez fuera Isabel cierra la puerta tras de sí mientras se coloca el bolso. Aligera el paso. Intenta recuperar algo de tiempo iniciando una ligera carrera, pero al avanzar unos pocos metros afloja el ritmo. No quiere perder el tiempo pero tampoco quiere cansarse en el camino. Isabel tiene ciertos miramientos con el tiempo. No le gusta que el tiempo pase entre sucesos triviales. Por eso este imprevisto le perturba un poco y camina con nerviosismo. Por fin se encuentra en la avenida. Se para. Busca sus gafas de sol en el bolso y se las coloca. Prosigue la marcha. Sólo tiene que cruzar y ya está en el supermercado. De nuevo esa molesta punzada. De no ser porque está rodeada de gente se lo colocaría. Durante el cruce pellizca el sujetador por encima de la ropa y se lo estira. La molestia sigue ahí. Frente a las puertas del supermercado Isabel hace una corta parada e intenta entrar en él, pero las puertas no se lo permiten. Isabel retrocede un paso e intenta entrar de nuevo. Las puertas siguen sin dejarle entrar. Desde su posición levanta la cabeza y mira hacia el sensor. Levanta la mano y se queda por un momento con el brazo en alto hasta que por su lado pasa una señora con su 70 La barba carrito de la compra. Isabel aprovecha para entrar ahora que la señora ha conseguido que las puertas se abran. Mientras cruza, siente algo más que una incomodidad en el pecho. Al levantar el brazo el aro se ha clavado aún más y nota como un aguijonazo. Una vez dentro, tiene que cruzar una portezuela automática. Se acerca con un poco de indecisión. Para su sorpresa se abre automáticamente. Da unas vueltas precipitadamente por el supermercado, buscando algún artículo con el que cubrirse el busto. No quiere ser muy indiscreta al colocarse bien el aro. Al llegar a la sección mascotas, agarra un saco grande de comida de perros. Se lo pasa al otro brazo y se lo pega al cuerpo apoyándolo sobre la cadera. Mira alrededor para ver si hay alguien cerca. Nadie. Tiene suerte. Se pasa la mano que queda libre por debajo de la ropa e intenta arreglarse el sujetador. Mientras, sigue mirando a izquierda y derecha. Con tanto peso y teniendo sólo una mano libre, no puede ejecutar la maniobra. Se rinde. Tendrá que aguantar el fastidioso pinchazo hasta que llegue a un sitio más discreto. Vuelve a mirar a su alrededor. La misma señora de la puerta pasa tirando de su cesta con ruedas. Isabel sacude la cabeza. Deja el saco en su sitio y sigue sacudiendo la cabeza dando a entender que no puede llevarse el saco. Detrás de la señora pasa un reponedor. Para no perder más tiempo decide preguntarle. —Disculpe, ¿las cuchillas de afeitar, por favor? —Al lado de caja. —Muchas gracias. Antes de ir a su destino, se pierde intencionadamente por la sección de desayunos y meriendas. Lo quiero todo. Agarra un 71 La barba paquete de galletas de limón. Lo vuelve a dejar en su sitio. Su mirada está fija en otro objetivo. Ya ha decidido lo que se va a zampar durante la película de la noche. A por las cuchillas. En la mano lleva un paquete con cuatro pastelitos ovalados rellenos de chocolate. A Isabel le gusta comerse primero los dos extremos, y luego morder el pastel como si fuera una mazorca de maíz. Así, lo último que queda es el chocolate con una fina capa de bizcocho. La mayoría de las veces necesita una servilleta después de chuparse los dedos. Llega a caja y busca entre los estantes. Lo más barato que encuentra es una bolsa de cuchillas desechables y una espuma de marca blanca. La cola para pagar es bastante larga. Otra contrariedad más. Como siga acumulando imprevistos va a llegar la hora de cierre y no podrá ni acabar el afeitado. Isabel cuenta las personas que hay por delante. Con siete personas ya podrían plantearse abrir otra caja. Isabel teme que no pueda hacer su tarea hoy y se alargue hasta mañana por la tarde. Después de este follón se merece al menos una tarde libre. Puede aprovechar los días tan buenos que están haciendo para ir al parque a correr. No. ¿Para qué pegarse la paliza? Lo que quiere es una tarde de descanso, es decir, sin imponerse obligación alguna. Quizás podría tirar de la agenda y llamar a algún chico. Ese ejercicio físico no le importaría. Se abstrae en su fantasía sobre lo que podría hacer si le diesen la tarde libre. Intenta recordar amigos a los que poder recurrir. El último, Pablo, no esta nada mal. Diez minutos. El sexo con Víctor es mucho mejor. Y vive sólo. Quizás no sea la barba lo único que tenga que afeitar. Le echa una mirada a las cuchillas. Llega al fin su turno para pagar. No ha sido tan larga la espera, después de todo. ¡Pero, hola! El cajero es un muchacho de unos veinte años, castaño, con los ojos claros y, aunque muy delgado y endeble, parece prometer en la cama. El momento de espera de Isabel ha disparado su lujuria. Una pena que aquí no se sirvan 72 La barba Menos mal que no se queja. Con mucho cuidado vuelve a acercar las tijeras a la barba. El primer corte ha sido exitoso. Arquea la otra mano para recoger los sobrantes que va cortando. La zona del corte se ha vuelto rasposa. Isabel sigue cortando, ahora con más seguridad. En poco tiempo ya se le ha llenado la mano de vellos. Al darse cuenta dirige la mirada a la papelera que está en la puerta. Se acerca a ella con las manos a la altura de los hombros. En una lleva el mechón de pelillos y en la otra las tijeras abiertas, apuntando hacia el techo. Aprieta el pedal de la papelera y deja caer el mechón. Se aleja de la papelera. Ahora, con mejor soltura, llena aún más rápido la mano. Realiza el mismo camino de ida y vuelta para tirar el sobrante de la barba. Ya sólo queda un trozo por cortar para que quede decente. Una última maniobra ágil acaba con los últimos mechones de barba. Con la mano casi a rebosar se dirige a la papelera. Al cerrarla después de tirar los desperdicios, se queda parada un rato mirando la nueva barba. Lentamente se acerca hacia el hombre de la barba decente mirándole fijamente. No le queda tan mal. Si por ella fuera, lo dejaría así. Desgraciadamente no puede ser. La novia del hombre de la barba decente se enfadaría, a pesar de que a él no parezca importarle llevar una barba tan decente. De hecho, tampoco parece que le importe desprenderse de ella. Por tanto, tan sólo queda su opinión contra la de la novia. Aunque algo reacia, Isabel tiene que someterse a la decisión de la chica. Lo último que necesita la empresa es otra hoja de reclamaciones. Además, el hombre de barba decente había aparecido en las noticias unos días antes. Podría tener a las cámaras detrás, e incluso a la joven alterada se le ocurriría hacer mala publicidad. Lo mejor será aceptar la orden y evitar posibles aprietos mediáticos. Isabel cierra los ojos y suspira con resignación. Decide pasar rápidamente a la acción. No le gusta 79 La barba estar parada sin hacer nada. De modo que vuelve a aplicar la espuma sobre la barba y a coger la cuchilla. —Espero no cortarte. Como lo haga, la puedo liar bien. El hombre de la barba decente no muestra alteración alguna. Isabel se aclara la garganta. Acerca la cuchilla a la cara con el mango apuntando primero hacia los ojos, luego hacia el cuello. Aleja la cuchilla y se pasa la otra mano por la barbilla. No sabe cómo empezar ni hacia dónde afeitar. Se concentra y con mucho cuidado pasa la cuchilla desde la mejilla izquierda hasta la barbilla haciendo pequeños movimientos, como si estuviese rascando la cara. Todavía quedan bastantes restos por donde acaba de afeitar. ¡Claro! A contrapelo debe ser al revés. Es un momento muy delicado. Un corte supondría un contratiempo. Por suerte Isabel tiene muy buen pulso. Cuando se dispone a intentarlo de nuevo correctamente, siente una punzada. La molestia hace que Isabel se menee. El aro se ha vuelto a salir. La mano que sujeta la hoja se agita, se ha quedado a escasos milímetros de la cara. Aliviada, deja la cuchilla en el cuenco. Se coloca detrás del hombre de barba decente y se ajusta el aro. Justo después, Isabel vuelve a la acción. La siguiente pasada la hace con movimientos desconfiados. Realiza otra y enjuaga la cuchilla en el cuenco. Ya le va cogiendo el truco. También se ha dado cuenta de que si pasa la mano, sabrá en qué dirección crece el vello. En muy poco tiempo ya le ha afeitado casi media cara. —¡Madre de dios! Sí que llevabas tiempo sin afeitarte. ¡Pero qué blanco estás por aquí! —vuelve a aclarar la cuchilla en el cuenco. Al hombre de media barba no parece importarle el comentario de Isabel—. Acabo de recordar a una chica, la más blanca que jamás he visto. En ninguna otra persona gasté 80 La barba tantísimo maquillaje. El hombre de media barba sigue sin interesarse lo más mínimo por lo que dice Isabel. A pesar de ello, Isabel sigue hablando. Nunca le ha importado que no le presten atención. Le gusta hablar. Podría hablar de miles de cosas. Recuerda sus descansos con su compañera, Carlota, donde lo comentaban todo sin ningún reparo. Isabel disfrutaba de su compañía. Cuando se reunían las dos no había silencio en ningún momento. Había encontrado a la compañera perfecta, ya que ella también parecía incomodarse durante las pausas silenciosas. Es por ello por lo que trataban de ocupar los huecos con cualquier conversación, ya fuese verídica o mal recordada. No les daba miedo abordar cualquier tema, porque sabían que si se equivocaban, la otra cambiaría de conversación pronto. Porque sí, ese era lo que los demás considerarían el verdadero problema: no se prestaban mutuamente mucha atención. Sin embargo, nunca se ofendían. Se conformaban con el simple hecho de poder hablar y soltar todo lo que se les pasaba por la cabeza. Como era mutuo, sentían que se devolvían el favor entre sí. Más que en el simple hecho de ser escuchadas, la bondad de aquella costumbre era que podían liberar la lengua tanto como quisieran. Ahí residía la verdadera naturaleza de su comunicación. Si se le puede llamar comunicación. Una sonrisa aparece en la cara de Isabel. Tiene la cuchilla a unos centímetros del hombre de media barba. No se ha dado cuenta de que está atrapada en ese memorable recuerdo. —Perdón. Me he quedado embobada. No te preocupes que sigo y te dejo la cara tersa. Puede que no esté bien que yo lo diga, pero me manejo muy bien en mi campo. Si hay algo en lo que destaque, es en que no me tiembla el pulso. Además, aprendo rápido. Y me considero un tanto resolutiva. Aquí me ves, afeitándote la barba, 81 La barba cuando no lo había hecho en mi vida. ¿No crees que me merezco al menos la tarde de mañana libre? El hombre de media barba no intenta siquiera devolverle unas palabras de agradecimiento por su profesionalidad. Pero Isabel no se molesta. Acaba de entrar en una fase de evocación. Tiene la sensación de que su compañera está a su lado y comienza un discurso que sabe que no va a captar la atención de nadie. Este es el momento, puede hablar de cientos de cosas, puesto que el hombre de media barba no se ha quejado por ahora de su locuacidad. Sin embargo, ahora sólo le apetece hablar de una cosa. Habla de pedir la tarde del día siguiente libre y de lo que ha planeado en el caso en el que se la den. Porque puede hablar mientras afeita, se da cuenta de que no necesita tanta concentración. —¡Se acabó! ¡Te dije que no volvieras a hacerlo! —desde la puerta su jefe tiene la cara encendida y en el labio inferior le brilla un esputo producto de los gritos—. ¡Qué peste por dios! —Si usted no hubiese entrado gritando esto no pasaría. Me ha asustado y he acabado cortándole —se coloca el tapabocas que llevaba todo el rato en el cuello desde que descolgó el teléfono —. Ya sabe que los cortes en la mejilla suelen desprender muchos gases. —Te lo avisé, ¿recuerdas? ¡Te dije que no volvieras a hablar con los cadáveres! —con la mano recubre la boca y la nariz mientras busca una mascarilla. —¡Qué más da! Como si le importase —agacha la cabeza hacia el hombre de media barba—. ¿Verdad que no te importa? —¡Es una falta de respeto! Una funeraria es un negocio muy serio. 82 La barba ¡No voy a tolerar esto más! Mañana por la mañana vuelves, terminas de prepararlo y me echas unas firmitas. No hace falta que vuelvas por la tarde. ¡Estás despedida! Después de todo, Isabel piensa que al menos tendrá la tarde libre. 83 El diario El diario 30 de enero Ayer fue mi cumple y mamá me regaló un cuadernito muy bonito, donde estoy escribiendo, con un oso de peluche muy suave en la tapa. También me regaló una mochila a juego, con su cabeza y sus patitas muy blanditas. Me gustan mucho los peluches, pero los niños del cole no pueden saberlo porque se reirían de mí. Cuando estaba en infantil no pasaba nada, pero ahora me dicen que soy muy mayor para los peluches. Qué tontos, sólo tengo siete años, ¿cómo voy a ser mayor? Además, las niñas de mi clase pueden tener peluches y no se ríen de ellas. ¿Es que ellas no son mayores y yo sí? Si tenemos la misma edad. Me da igual que los niños me digan que no puedo tener peluches. Me gusta mucho este regalo. Es el primero de este año porque los reyes magos se perdieron y no encontraron mi casa. Todos los niños de mi clase tenían sus juguetes de reyes, menos yo. Teresa un estuche, Kevin un patinete, Mayra un cuaderno de Monster High... Los niños me dijeron que los reyes tienen magia y que lo saben todo. También dijeron que si no me trajeron nada es porque no me había portado 84 El diario bien. Entonces, ¿por qué Álvaro sí tuvo regalos? Quizás los reyes no sean tan magos y nos cuentan eso porque somos niños. Sigo pensando que no tuve regalos porque los reyes no pudieron. Al menos pude jugar con los de mi primo Rafa. Mamá me regaló este cuaderno ya que dice que de mayor voy a ser escritor porque mis redacciones del cole son muy buenas. Aprendí a escribir el año pasado, en primero. También sé escribir en inglés: red, grandpa, nose, my name is Raúl, school y muchas más palabras, pero no significan lo que quiero decir, así que escribiré en español (Spanish). Y como fue mi cumple (birthday) hace poco me parece adecuado hablar de eso. A la celebración fueron mis titos con mi primo y mis abuelitos. Quería invitar también a mis amigos del cole (school) pero mamá me dijo que la casa (house) era muy pequeña y no había asientos para todos. De todas formas nos divertimos y nos reímos mucho, todos menos mi papá que miraba la tele (TV). Para merendar había bocadillos de pan de molde con queso y jamón york. Sólo puedo comerme uno al día, pero como era mi cumple me comí cinco. Los de foie gras se lo comieron los mayores. No me gusta cuando se ponen oscuros. Lo mejor fue la tarta que era de chocolate (chocolate) y estaba riquísima. Hacía mucho tiempo que no comía chocolate. 7 de febrero Hoy Álvaro se ha metido conmigo porque se salió la suela de mi zapato y como mamá estaba trabajando muy lejos no podía venir con otros zapatos. He estado todo el día con un pie más alto que el otro. Casi tocaba el suelo con los dedos. Álvaro se ha reído de cómo andaba. Ya casi no me quedan zapatos. Todos los que tenía, además de ser algo pequeños ya, estaban un poquito rotos 85 El diario por atrás. Tenía tres pares de zapatos. Mamá me decía que todavía no me podía comprar otros porque no conseguía encontrarlos de mi número, así que tendría que cuidarlos más. Mi madre siempre me reñía cuando les pasaba algo. Yo no tenía culpa, se rompían cuando montaba en bici. El freno estaba estropeado y tenía que frenar con los pies. Era una bici estupenda, la mejor. Nadie tenía una tan buena como la mía. Ya no tengo bici porque se perdió cuando mi papá se la llevó para arreglarla hace unos meses. Lloré mucho cuando se perdió. Era mi juguete favorito. Me lo pasaba muy bien dando vueltas por la plaza y tirándome desde la rampa del garaje. Está claro que tengo un padre muy torpe. Un tiempo después de perderme la bici, tiró a la basura mi Nintendo DS y mi tele pequeña de Rayo McQueen porque decía que no funcionaban. No me dio tiempo ni de ver si tenían arreglo. A lo mejor dejó de trabajar por eso. Sus jefes se enfadarían con él por su torpeza y lo echaron. Yo también estoy un poco enfadado con él, no entiendo por qué no ha venido él a traerme los zapatos. Si sólo tiene que cruzar un semáforo. Lo único que hace todo el día es sentarse en el sofá a ver la tele. Ni siquiera se pone el mismo los pinchazos. Lo que yo he dicho, un torpe. Lo tiene que hacer mamá y a ella no le gusta. Lo entiendo, poner un pinchazo es horrible, aunque parece que a papá no le duele. No salta, no grita, nada. Es muy valiente, pero muy torpe. Cuando mamá me ha recogido del cole, ha gritado al ver mi zapato. Me ha preguntado si habíamos llamado a papá para traerme otros y le he contestado que nadie cogía el teléfono. Al llegar a casa, papá estaba sentado y mamá le ha empezado a gritar. A él no le ha importado porque ha seguido viendo la tele. Mi madre se ha cansado de dar gritos y se ha ido al baño. Cuando salió le he 86 El diario preguntado si me iba a comprar unos zapatos nuevos, ya que sólo me quedaba un par a lo que me ha contestado que por ahora me las podría arreglar con los azules. No creo que aguanten mucho porque se ven muy gastados. Una pena que mi primo no pueda darme un par. Todo mi armario está lleno de ropa de mi primo (y alguna ropa también es del cole), que , aunque tiene un año menos que yo es mucho más alto. El problema es que yo tengo el pie más grande que él, así que los zapatos tenemos que comprarlos. Tengo ganas de tener unos zapatos nuevos. Me gusta la sensación de estrenar algo nuevo. Hace ya tiempo que no tengo esa sensación. 14 de febrero Hoy me he enfadado mucho con Tamara. Le ha dicho a los otros que cuando seamos mayores nos íbamos a casar. Cree que por ser mi compañera de mesa ya es mi novia. No me gusta nada que los demás se inventen cosas. Álvaro lo ha escuchado y se ha burlado de mí. Nos ha dicho que nos vamos a dar muchos besos porque somos novios. No me gusta gastar los besos en otros que no sean papá y mamá. Yo le he dicho muchas veces, no sé cuántas, que es mentira y también que casarse no sirve para nada. Tamara ha dicho que sí, que para tener un hijo hay que casarse. Qué poco sabe. Mis papás no están casados y me tienen a mí. Si alguna vez se casan seguro que comeremos muchas cosas ricas. Papá le daba muchos besos a mamá, aunque el año pasado dejó de hacerlo. A lo mejor si se casan empiezan otra vez a besarse. Aunque, la verdad, a mí me da un poco de asco. 25 de febrero 87 El diario Hoy en el recreo estaban los niños de cuarto jugando al pila-pilla mientras yo abría mi bolsita de galletas. Están tan ricas que sólo me como la mitad del paquete para que me dure todo el mes. Pero hoy estaba a punto de comerme una cuando uno de los niños se ha chocado conmigo y me ha tirado el paquete. Como el plástico estaba mal abierto, todas las galletas se han desparramado por el suelo. Mañana tendré que empezar otro paquete. Me ha dado mucha pena porque tenía mucha hambre desde que terminamos la gimnasia. La comida parece igual cuando está en el suelo, pero sólo porque está sucia ya no se puede comer. He tenido muchas ganas de recoger las galletas y comérmelas, pero entonces ha venido mi primo y me ha dado un pedacito de su bocadillo. Estaba buenísimo, era de salchichón y manteca. Tenía ganas de otro cachito, pero no me gusta pedir a los demás, así que me he aguantado el hambre hasta la hora de comer. En el comedor teníamos lechuga y chícharos. Como estaba muy hambriento, me he comido dos platos de lechuga y aunque los chícharos no me gustan mucho hoy me han sabido muy ricos con todo el pan que me han dado. Hoy no se podía repetir postre. Cuando hay yogur, toca uno para cada niño. Me lo he tomado a cucharadas muy pequeñitas para que durase más. Todavía iba por la mitad cuando Álvaro, que todavía no se había acabado el segundo plato, me tiró una cuchara llena de chícharos al vasito. La seño le ha gritado y lo ha puesto a comer de pie en la mesa de los castigados. Me he alegrado porque se lo merecía, pero ya no había manera de recuperar mi postre y me puse algo triste. Ya no lo estoy, porque cuando he abierto la maleta en casa para hacer los deberes había un yogur de plátano (¡mi favorito!). Mi seño del comedor es la mejor. 88 El diario muy rápido. Le he dicho a mamá que si podía ver un ratito la tele con papá porque no tenía nada de sueño. No me ha dejado. Como cada noche, me ha acompañado a la cama y se ha despedido de mí con un beso. Normalmente me duermo enseguida, pero hoy no ha habido manera. Es más, de repente me han entrado muchas ganas de hacer pipí. Al abrir la puerta he escuchado gritos de mi madre. Después de ir al baño, he abierto despacito la puerta del pasillo para que no supiera que estaba despierto. La he pillado riñéndole a mi padre, pero no como me riñe a mí, esta vez parecía que iba a llorar. Le ha dicho a papá que está casi enferma de trabajar, mientras él está todo el día en el sofá sin hacer nada. Le ha preguntado, también gritando, que cómo puede seguir así sabiendo que nos iban a echar de casa. No entiendo qué quiere decir conque nos van a echar de casa. ¿Cómo van a hacer eso, si es nuestra? Mañana le preguntaré a mamá. No he seguido espiando por si me pillaba, así que me he venido a escribir. Ahora, por fin, me está entrando sueño. Supongo que la escritura también ayuda a dormir. 30 de abril Esta mañana, mientras esperábamos en la puerta del cole, le he contado a mamá lo que escuché anoche. Ella me ha dicho que está muy feo escuchar a escondidas y que no volviera a hacerlo. Le he pedido perdón y luego le he preguntado que quién nos iba a quitar la casa. No me ha echado cuenta y se ha puesto a hablar con la mamá de Joaquín. No me gusta jugar con él porque siempre hay que hacer lo que él dice. Le he preguntado si quería jugar a pares o nones pero me ha gritado que no. Es muy caprichoso y yo me aburro mucho con él. Menos mal que abrieron las puertas 95 El diario enseguida. Me he acercado a darle un beso a mamá y le he dicho que aún no hemos acabado de hablar. La mamá de Joaquín se ha reído. Qué risa más falsa. Cuando ha acabado el comedor, mamá no me ha recogido sólo a mí, también a mi primo. De allí nos hemos ido a casa de los titos. Tampoco he podido hablar con mi madre en ese momento porque ha estado toda la tarde con mi tita. Qué tramposa. A mí me ha tocado jugar con Rafa. Nos encanta jugar siempre a juegos en los que uno de los dos muere: la guerra, indios y vaqueros, naves espaciales, robots asesinos... Hoy me tocaba a mí morir, aunque estaba muy preocupado por lo que dijo mamá. Mi primo lo ha hecho realmente bien, pero le he tenido que decir que si no le importaba que hoy fuese inmortal, porque tenía mucho que pensar. En la merienda, hemos comido galletas Oreo y batido de vainilla. Rafa se las ha comido con cuchara. Ha abierto todas las galletas para vaciarlas y cuando ha tenido la cuchara llena se la ha llevado a la boca. Me ha parecido muy buena idea, pero con el hambre que tenía no podía perder el tiempo en eso. Durante la merienda, mamá y la tita Nayara hablaban muy bajito en la cocina. Cuando he entrado con el vaso vacío para limpiarlo se han callado. Mi tita me ha preguntado que si quería quedarme esta noche a dormir con el primo. Me he alegrado un montón. Nos lo pasamos muy bien por las noches. Pero me he tenido que negar porque no tenía mis cosas para el cole. Mamá ha dicho que no había problema que ella las traería. Le he tenido que recordar que trajese mi mochila de oso con el cuaderno dentro. No ha tardado mucho porque vivimos muy cerca. Se ha ido antes de la cena. Qué emoción. Me encanta dormir con mi primo. Y lo mejor es que mañana me comeré un bocadillo. Creo que será de chorizo y queso. 96 El diario 19 de mayo Hoy mi madre me ha echado una bronca muy grande. Hace dos días que no tengo nada para merendar. Mamá me ha dicho que mañana cuando abran los supermercados haría una compra grande y ya no volvería a ocurrir. Por la mañana, hemos ido a la panadería a comprar huevos y salchichas para el almuerzo. Había muchos dulces y yo he cogido una caña para que me la comprase mi madre para la merienda. Ella se ha negado y ha vuelto a repetir que mañana compraría la merienda. Yo la he dejado en su sitio, pero se veía tan rica que no podía parar de pensar en llevármela. Además tenía mucha hambre; no desayunaba, ni merendaba y las comidas eran muy poquita cosa. Quería hacerlo, aunque sabía que estaba mal. Aprovechando que nadie miraba he abierto la cremallera de la sudadera, pero antes de meter la caña, mi madre lo ha visto y me ha gritado. María ha dicho que no pasaba nada, que por una vez me lo podía llevar. Mamá le ha dicho que no, que tenía que enseñarme lo que estaba bien y lo que estaba mal. Me he quedado sin merienda y además me he llevado una bronca. Sé que he hecho mal. Espero no volver a hacerlo. Espero no volver a tener tanta hambre. 29 de mayo Hoy, cuando he llegado del cole, papá ha bajado la basura. Cuando ha subido llevaba en la mano otra bolsa de basura distinta (era negra). Mi mamá le ha preguntado qué hacía con eso y entonces él ha sacado un taquito de billetes verdes de la bolsa. Mamá se ha asustado mucho. No ha parado de gritarle que de dónde 97 El diario había sacado eso, pero él no ha contestado nada hasta que no se ha callado. Le ha dicho a mamá que eso podría solucionarles la vida cuando nos desahucien. No he entendido lo que quería decir, porque no sé qué palabra es esa, pero había mucho dinero en esa bolsa. ¿Cuántas cosas podríamos comprar con eso? Mamá me ha mandado a la habitación, pero yo no quería irme porque papá estaba diciendo cosas, como que no importaba que nos quitaran la casa, que con ese dinero tendríamos para una más grande. Mamá no ha parado de gritarle para que se callara y me ha dicho de nuevo que me fuera a mi cuarto. Le ha dicho que no podíamos hacer nada con ese dinero, que seguro que era robado y que teníamos que avisar a la policía. Papá se ha negado y le ha dicho que mañana verá lo que hace con el dinero. Mamá, enfadada, ha terminado la discusión con un "Haz lo que quieras" y se ha ido a la cocina y no ha hablado más. 2 de junio Llevo durmiendo en casa de mi primo tres días ya. Mamá ha decidido que me quedaría una semana aquí. Me dijo que tenía que hacer cambios en la casa después de que se fuera mi padre. Todavía no sé muy bien por qué se ha ido. Entendí que hace casi una semana llamaron por teléfono a papá para trabajar a otra ciudad, eso es lo que me explicó mamá. Pero, ¿por qué se ha ido a trabajar fuera si había encontrado un montón de dinero? De todas formas mamá me dijo que ni se me ocurriera hablar sobre lo del dinero y tampoco sobre papá. No sé por qué no se ha despedido de mí. Cuando me desperté al día siguiente de encontrar la bolsa ya se había ido. Mamá me dijo que tenía mucha prisa y que si no llegaba pronto perdería el trabajo. ¿Se habrá quitado la barba para trabajar? Sería una pena, porque se la dejé muy bonita. Mamá 98 El diario también prometió que llamaría algún día. Espero que sea pronto. Ya lo echo mucho de menos. Mi mamá dice que lo que siento es normal y que algún día dejaré de llorar. Los días en casa de los titos están bien. Pero ésta no es mi casa. Me lo paso bien, sí, juego con Rafa y como muchos dulces, aunque hay algunas cosas que no puedo hacer. Es la primera vez que me prohíben ver la tele y eso que la he visto montones de veces aquí antes. Tampoco me dejan salir a la plaza ni a ningún otro lado y mi primo, que es muy bueno y me quiere mucho, siempre prefiere quedarse conmigo en vez de bajar. En el cole, de repente, todos los profes se preocupan por mí. Me hacen preguntas en plan de si estoy bien y cómo me encuentro. Yo les digo que me gustaría que mi papá volviera, pero que se ha ido por nuestro bien. En realidad, no estoy tan tranquilo. Siempre que me preguntan por él tengo ganas de llorar, pero no quiero que me vean así. Los niños no saben nada sobre eso. Menos mal porque seguro que Álvaro se burlaría de mí. Siempre espera que pase algo malo para reírse de los demás. 6 de junio Por fin he encontrado mi libreta. La perdí en casa de mis titos cuando me quedé a dormir tantos días. Ha estado todo este tiempo en el cajón donde dejé mi ropa. No tengo muchas cosas que contar. He estado muy triste con la ida de mi papá. Mamá dijo que ya lo superaré, pero es muy difícil. Estoy tan mal que no me importa haber perdido mi mochila de osito. Sé que no está en casa de los titos porque no me la llevé. De todas formas qué más da. Lo que ahora me preocupa es que no sé cuándo veré a mi padre. Yo le he preguntado a mamá si volvería papá alguna vez. Me ha 99 El diario contestado que no piense más en eso porque podría ponerme más triste. También le he preguntado si quería a papá. Los padres de Francisco, de Jose, viven separados porque ya no se quieren. Ha tardado mucho en decir que sí y ahora no sé si es verdad o no. 7 de junio Todavía no me creo lo que ha pasado hoy. Estaba buscando mi mochila por los lugares más raros cuando he pensado en buscar debajo de la cama. Allí había un folio doblado y dentro había un billete verde. Después me he dado cuenta de que en el folio había algo escrito: "Para que te compres la bici más bonita. Te quiero. Papá." Me he puesto a gritar y a saltar de alegría por toda la habitación. Es increíble cómo un papel pueda traer tantas buenas noticias. Mamá no ha tardado en aparecer por la puerta asustada por mis gritos. Al ver lo que tenia en la mano me ha preguntado. No sabía si enseñárselo, porque ella dijo que ese dinero había que entregarlo a la policía. Pero mamá sabe cómo sacarme los secretos y al final se lo he enseñado. Al leer la nota, se ha tapado la boca y ha intentado no llorar. A mí no me lo puede ocultar porque ya la conozco. Le he preguntado si íbamos a perder el dinero y ella me ha contestado que era todo mío. Le he dicho que entonces lo cogiera para comprar comida. Mamá se ha negado porque decía que lo más correcto era cumplir el deseo de papá. ¡Qué emoción! Resulta que mi padre sí que se había despedido de mí y además me había dejado un regalo. Ahora estoy un poco menos triste. ¡Voy a tener una bici! Y cada vez que monte me voy a acordar de mi papá y de su nota. Creía que ya no me quería tanto porque se había ido sin decir nada. He estado toda la tarde preguntándole a mamá cuándo íbamos a ir por la bici. ¡No puedo 100 El diario esperar! Estoy muy nervioso. Mamá ha dicho que iremos mañana y que sea paciente. ¡No puedo! Quiero que llegue ya mañana. 8 de junio ¡Hoy ha sido el mejor día de los últimos tiempos! Por la mañana hemos ido a comprar la bici, pero todas eran muy caras y no me alcanzaba con lo que tenía. Así que nos hemos llevado una de segunda mano. Mucho mejor, porque las bicis usadas tenían el timbre y las luces ya puestas y a las nuevas había que comprarle todo eso. Quería probarla nada más salir de la tienda. Mamá no me ha dejado, me ha vuelto a decir que sea paciente. He tenido que esperar a después de comer para bajar a la plaza con la bici. La verdad es que ha sido muy difícil meterla en el ascensor con mamá y conmigo dentro. Menos mal que sólo son dos pisos, porque estaba muy incómodo. Cuando he terminado el almuerzo me he ido volando a coger la bici. De nuevo he dado miles de vuelta por la plaza y me he tirado por la rampa del garaje (con mucho cuidado de que no vinieran coches). Por costumbre, he seguido frenando con el pie, hasta que mamá me ha gritado por la ventana que cuidara los zapatos. He repetido lo mismo una y otra vez sin cansarme. También he llamado a mi primo para que bajara y viera mi bici nueva. Él ha aplaudido cuando la ha visto. Le he enseñado un poco a montar porque él no tiene bici. Se le ha dado fatal, él prefiere los patines. Cuando se ha cansado ha subido a por los patines y después hemos hecho carreras. Por supuesto he ganado yo, pero es normal ya que soy mayor que Rafa. Cuando ya era de noche he tenido que subir. La ducha me ha sentado de maravilla. Tengo clarísimo que la voy a volver a coger mañana. 101 El diario 13 de junio He estado toda la semana montando en bici por la tarde. ¡No puedo parar! Me divierto muchísimo en ella. Es como si estuviera andando muy rápido pero sin dar pasos. Es genial sentir el aire de la velocidad. Mamá ha acabado riñéndome porque se me había olvidado hacer los deberes todos estos días. Lo ha descubierto al ver las notas de la seño en el cuaderno. Es que no puedo pensar en otra cosa. Me ha dicho que como no haga los deberes atrasados, que me vaya olvidando de salir en bici este fin de semana. No puedo dejar que eso pase, así que me he pasado toda la tarde de hoy haciéndolos. No quiero arriesgarme a quedarme mañana sin montar. 18 de junio Ha venido mucha gente que no conozco, aunque también están los vecinos y mi tita Nayara. Mamá me ha dicho que me fuera con ella, que mi primo quería jugar conmigo. A lo mejor es una fiesta de mayores. Luego seguiré escribiendo en casa de los titos. 22 de junio El otro día fue el más triste de mi vida. Todavía no sé muy bien qué ha pasado. Estaba jugando con mi primo al cazador y la liebre cuando se escucharon muchos gritos en la plaza. Rafa y yo nos asomamos a la terraza del salón. Vi cómo mis vecinos y otras personas salían del portal y algunos policías les estaban 102 El diario golpeando con la porra. ¿Por qué se portaban así? Mis vecinos son todos muy buenos. Muchos eran abuelitos, los abuelitos no son malos. Busqué a mamá entre la gente. No la encontraba y me asusté mucho. Entonces apareció por el portal. Ella se agarraba a la puerta y un policía tiraba de ella. Intenté salir de casa de los titos, quería ayudar a mi mamá. La tita no me dejaba. Me paró y yo empujaba, pero ella tenía mucha fuerza. Me dijo que me tranquilizara, pero yo no podía. La policía iba a hacerle daño. Le dije llorando que quería ir con mi mamá. La tita me dijo que pronto volvería, que no le iba a pasar nada. Sólo tenía que esperar. Mamá tardó mucho en venir. Entró a casa de los titos llorando y yo fui rápidamente a darle un abrazo. No me podía separar de ella. No quería. Estuvimos mucho tiempo llorando. Al final le pregunté qué estaba pasando. Se lo repetí muchas veces y ella no me contestaba. Mi tita dijo que tenía que contármelo, que ya todo era evidente. Entonces mi mamá me dijo que el banco nos quitaba la casa. No pudo seguir hablando. No quería saber más. Le pregunté si al menos podíamos recoger nuestras cosas. Me respondió que era imposible, que la policía no nos deja llevarnos nada después de cerrar la casa. Todo se había quedado allí. Mi bici se había quedado allí. Todo lo demás no me importaba, tan sólo mi bici, el último recuerdo de papá. Todavía hay muchas cosas que no entiendo. ¿Por qué el banco nos ha quitado la casa si tiene más dinero para prestar? ¿Y por qué la policía no nos ha ayudado a nosotros si nos estaban quitando la casa? Ahora estamos viviendo en casa de los titos. Mamá duerme en otro cuarto y yo con mi primo. No para de decir que no tenemos dónde ir y llora a todas horas. Cuando la veo llorar yo también lo hago. Menos mal que ya han empezado las 103 El diario vacaciones. No quiero ver a nadie. Tengo garabatos en el estómago. No tengo ganas de nada y no quiero volver a escribir. Sólo pasan cosas malas y no me gusta contar cosas malas. Se acabó. 104 Memoria justificada del lenguaje; 2) la temporalidad inherente a un discurso que se encarga de narrar -el famoso tiempo del discurso-, y 3) el tiempo representado que informa cronológicamente a la mayoría de los relatos -tiempo de la historia. (Pimentel, 2001:7) En otras palabras, nos encontramos con el tiempo de escritura, el tiempo de lectura y el tiempo narrado. La narración en presente permite que el tiempo de lectura y el tiempo narrado (sin la inclusión de elipsis) sean similares, por lo que el lector ve la acción en tiempo real. La idea de El novel y La barba es hacer coincidir el tiempo de historia con el tiempo de lectura (que no llegarían a la hora) y es por ello por lo que se ha elegido una narración en presente. Por supuesto, esto no es del todo posible siempre, ya que hay lectores más rápidos o más lentos, además de contar con que el lector pueda fraccionar la lectura, con lo que la temporalidad en la lectura deja de coincidir con la de la historia. 2.3. Análisis actancial Para analizar los relatos se pondrá en práctica el modelo actancial de Greimas. Un actante, según Greimas, es una unidad autónoma e independiente que posee la capacidad de acción, es decir, que realiza un acto. Las acciones, también predicados, están subordinadas a los actantes y dependen de los mismos para existir. Como resultado de esta dependencia obtenemos el enunciado narrativo. Dado que en los relatos la narración está presente, los actantes son fundamentales. Greimas construye su modelo mediante seis actantes: sujeto, objeto, destinatario, destinador, ayudante y oponente. En el primer relato, El novel los protagonistas parten con 111 Memoria justificada el único deseo de llegar a su destino. La incompetencia de Jorge ante el volante se vuelve una complicación para alcanzar su objetivo. En este caso el rol del sujeto estaría desempeñado por los dos, pues comparten el mismo deseo (objeto), aunque Jorge se vuelve inconscientemente su propio oponente al ser el causante, directo o indirecto, de la explosión del neumático. El destinador vuelve a ser Jorge, ya que la propuesta de pasar el fin de semana fue suya. Esta propuesta recae sobre sí mismo y sobre Marcos, por lo que los dos se convierten en destinatario. En La barba, el objeto de Isabel (sujeto) pronto se ve frustrado, ya que se ve obligada a tener que afeitar la barba, contrario a lo que deseaba. Ante esta situación disfórica, se presenta otra cuyo objeto es hacer uso de su día de asuntos propios. En las dos situaciones, tanto el destinador como el destinatario los empeña la protagonista. El relato concluye con su despido, con lo que el rol de su jefe es ambiguo. Por un lado, puede ser el ayudante, puesto que al despedirla consigue un día libre. Sin embargo, ya que para conseguir un día de asuntos propios es necesario tener trabajo, su jefe podría ser el oponente al privar a Isabel de tal derecho. El sujeto claro de La compañía es el protagonista y su objeto el de hacer prosperar la empresa de su padre. Por tanto, él es el destinador y la empresa (o la memoria de su padre) es el destinatario. El oponente, sin duda, es su compañero, que se dedica a boicotear la empresa con el fin de provocar su cierre. Mientras esto ocurre, aparece como nuevo objeto el salvar a su amada. Aquí el protagonista sigue siendo el destinador, aunque el destinatario pasa a ser la prostituta, ya que es ella a quien quiere salvar. Tiene la opción de poder hacerlo entregando una suma de dinero, que podría ser considerado como el ayudante. El 112 Memoria justificada oponente sería el falso secuestrador, ideado por el compañero del protagonista. Una vez más, el oponente es encarnado por el mismo personaje. Puesto que el protagonista de El diario es sólo un niño su madre se esfuerza en ocultarle la precariedad por la que está pasando la familia, lo que la convierte en el oponente. El deseo de Raúl no se despierta hasta que una noche descubre a su madre reprochándole a su padre la situación por la que están pasando. A partir de entonces, el deseo de Raúl es saber qué ocurre. Esa curiosidad se convierte en el objeto del análisis. Paralelamente, el deseo de Raúl por tener una bicicleta se convierte en otro objeto en la historia, presente desde el principio. Aquí el oponente sería la pobreza, pues es lo que obstaculiza el logro del deseo. Finalmente logra su objetivo gracias a su padre, lo que haría de él el ayudante. 3. Técnicas y estilos ensayados 3.1. La voz narrativa Para la TFM ha sido elaborada una colección de relatos con distintos tipos de narradores con la finalidad de poner en práctica más de uno, aprovechando el cambio de historia de los relatos. Además, está el hecho de conseguir heterogeneidad entre los distintos narradores para ofrecer una visión distinta de los personajes. “Si empleas siempre el mismo narrador para escribir distintos relatos, tus personajes serán siempre el mismo, aunque los concibas diferentes.” (Kohan, 2004) Estamos, pues, ante dos narraciones heterodiegéticas (El novel y La barba), en las que el narrador no forma parte de la 113 Memoria justificada historia y dos narraciones homodiegéticas, más concretamente autodiegéticas (La compañía y El diario), ya que el narrador, además de ser personaje, es el protagonista. Estas dos últimas tienen un narrador muy similar debido al uso de la primera persona. El narrador personaje (NP) de ambos relatos se refieren a sí mismos, favoreciendo que las historias puedan ser tomadas como testimonios reales. La diferencia entre NE y un NP, un narrador que cuenta de otros, y un narrador que habla sobre sí mismo, podría relacionarse con una diferencia en la intención narrativa. Un NP suele mantener que cuenta hechos verídicos sobre sí mismo. Puede fingir que está escribiendo su autobiografía. (...) La intención de un narrador interno puede ser también la de presentar como verídica una historia sobre otros. (Bal, 1985:128) Tanto La compañía como El diario poco difieren entre sí, a menos que se tenga en cuenta la visión adulta de La compañía frente a la infantil de El diario. A pesar de que los dos relatos manejen el tema de la pérdida, el objetivo es conseguir dos voces narradoras diferentes, a través de dos roles opuestos por la edad. De ese modo en El diario se consigue un punto más dramático al ser un narrador infantil, mientras que en La compañía se ofrece una visión más reflexiva. El ocultamiento de un secreto, por ejemplo, no constituirá el mismo relato contado por un detective que por un encubridor del secreto a través de una carta dirigida a su novia. (Kohan, 2004) En cuanto a las narraciones heterodiegéticas, se pueden aún distinguir a tres tipos de narradores. Descartando el narrador omnisciente, pues no se hace uso de él, nos queda el narrador equisciente y el deficiente. Un ejemplo claro del primer narrador 114 Memoria justificada es el que usa Patricia Highsmith en su colección de novelas de Ripley. En ellas, el narrador equisciente es capaz de mostrar al lector el pensamiento del protagonista, Tom Ripley, mientras que el resto de personajes queda reducido a la objetividad. En la tercera entrega, El juego de Ripley, la autora complica aún más este narrador, pues ya no se limita a un único personaje, sino que incluye los pensamientos e intenciones de un segundo protagonista. La barba cuenta con un narrador equisciente, pues sólo está en la mente de un personaje, Isabel, sin conocer las intenciones del resto de personajes. Aunque en este relato bien podría confundirse con un narrador omnisciente, debido a la escasez de personajes en la historia. Aquí, todo se vuelve más complicado, pues hasta el final de la historia no sabemos que el hombre de la barba es en realidad un cadáver, por lo que sería imposible mostrar sus pensamientos. La fugacidad del resto de los personajes tampoco ayuda. La base para considerar que estamos ante un narrador equisciente es el lenguaje que utiliza, muy parecido al de la protagonista, además de las inclusiones de flujo de consciencia que nos hace ver que lo que se narra es lo que está en ese momento en la mente de Isabel. Por otro lado, tenemos el narrador deficiente. Raymond Carver es un representante ejemplar de este tipo. Usa el narrador objetivo deficiente para restringir el propio conocimiento del narrador, ofreciéndole al lector la capacidad de observar únicamente lo que detalla el narrador. Es el caso de No son tu marido, un breve relato en el que, sin interiorizar en ninguno de los personajes, Carver usa las estrategias del narrador objetivo para hablar del orgullo del protagonista, Earl, sobre la apariencia de su mujer. Carver muestra a su personaje preocupado 115 Memoria justificada por el qué dirán, sin la necesidad de narrar sus pensamientos. Tratando de seguir este estilo, El novel cuenta con una visión alejada de los personajes. Estamos ante un narrador objetivo deficiente, un narrador que no conoce más que lo que tiene delante, es un mero informador de la historia. Tan sólo puede ofrecer al lector una descripción de lo que hacen y dicen los personajes. Al no tener contenidos extras sobre el pasado, los pensamientos o las intenciones de ellos, el lector sólo podrá recurrir a lo que se encuentra presente en el momento y el lugar en que acontece la narración para conocer a los personajes, por lo que las descripciones y los diálogos deben ser extrictamente objetivos. 3.2. Focalización De la elección de distintos tipos de narradores extraemos que cada relato cuenta con su propia perspectiva. Así, el protagonista de El diario nos muestra un mundo inocente y lleno de cuestiones, mientras que en La compañía, todo son decepciones propias de los adultos. La focalización es, sin duda, una característica importante para que se dé la narración. Además, este tópico (el narrador) se relaciona profundamente con el concepto de focalización, con el que se ha identificado tradicionalmente. Juntos, el narrador y la focalización determinan lo que se ha dado en llamar “narración”. (Bal, 1985:126) Según Bal la focalización tiene que ver con “las relaciones entre los elementos presentados y la concepción a través de la cual se presentan” (Bal, 1985:108). Siguiendo su definición, la focalización juega un papel muy importante en La barba, pues lo que se percibe no es precisamente lo que el personaje ve. El 116 Memoria justificada narrador tiene un pacto con el protagonista para mostrar una realidad distinta a la que es realmente. La intención es focalizar la narración a la peluquería, con palabras generales como “formación” o “trabajo”, para alejar el relato de una visión fúnebre. La focalización aquí es doble: la que se da al comienzo del relato y la que aparece una vez concluido. 3.3. El discurso Una vez más, los relatos se separan por pares atendiendo esta vez al uso del discurso. Por un lado, tenemos La compañía y El diario, que utilizan únicamente el estilo indirecto. Por otro, El novel y La barba, que hacen más uso del diálogo mediante el estilo directo. Estos dos últimos, al tener un narrador externo, tienen la posibilidad de ser más fieles en el discurso mediante el estilo directo. Los dos primeros, por el contrario, al ser relatos testimoniales, cuentan con lo que el narrador recuerda, con lo que es más apropiado un uso indirecto del discurso para hacer de éste más verosímil. En cualquiera de los dos casos, el diálogo es necesario para que la acción no transcurra únicamente mediante acciones. Es más, el diálogo es esencial en una historia para dar vida y realismo a los personajes. No obstante, el diálogo no puede permitirse no aportar nada a la historia. El diálogo escrito, que imita la conversación, debe producir efecto de libertad pero evitar el desorden: cuando se elige un tema o tópico, señala Wynne, éste debe perseguirse de acuerdo a algún plan preconcebido (Mignolo, 1987:17) En el caso de El novel el diálogo es necesario para aportar 117 Memoria justificada la información de la que carece el narrador sobre los personajes. Nada es casual en el relato, pues todo lo que dicen los personajes, la forma en que hablan y el momento que eligen para hacerlo revelan parte de su personalidad y de la acción. La elección del estilo directo se debe a que, como el narrador no conoce a los personajes, no se puede permitir una libre interpretación de lo que dicen mediante el estilo indirecto. En La barba ocurre del mismo modo. El narrador no es consciente de que la compañera de Isabel está molesta por todo lo que habla ella, pero a través de sus gestos y parlamentos es capaz de hacer entender al lector que, efectivamente, sí lo está. José Ángel García Landa afirma que “el elemento interpretativo es mayor en el discurso indirecto que en el directo.” (García Landa, 1998:342). Tanto el protagonista de La compañía como El diario interpretan el discurso del resto de personajes. Para este fin, usan sus propias palabras intentando reconstruir el diálogo y por ello, los personajes citados utilizan un argumento discursivo similar al del narrador. Con el estilo indirecto, el narrador consigue de algún modo hacer suyo el discurso, empleando su estilo locutivo. Es por este motivo por lo que los personajes de El diario parecen más infantiles mientras que los de La compañía son más elocuentes. En La barba, se lee en ocasiones la voz de Isabel fuera del diálogo, sin ningún tipo de introducción del narrador. Nos hallamos ante un último tipo de discurso, el estilo indirecto libre, que se basa en representar directamente el contenido de la mente de un personaje. No es un discurso oral, sino que es un proceso de consciencia. Este es un estilo muy presente en Ulises, de James Joyce. A lo largo de su lectura, podemos ver destellos de lo que hay en la mente de Bloom o Stephen. El estilo indirecto 118 Memoria justificada libre puede resultar confuso. Aunque algunas veces pase inadvertido debido a la falta de marcadores, se puede apreciar que es la mente del personaje, ya que el narrador se adapta a la voz de éste. 3.4. Elipsis La elipsis es un proceso de selección consistente en suprimir ciertas escenas mediante un salto en la narración. En la mayoría de las ocasiones es necesario un salto temporal para evitar narrar menudencias que no aportan nada al lector. La secuencia de escenas que sufren elipsis es mayor en La compañía o El diario, ya que el volumen de lo que intentan narrar (meses o años) es mayor a la extensión de la que disponen para ello. Por tanto, los narradores se ven en la libertad de elegir los acontecimientos que relatan y los que no. En el caso de El novel o La barba, no hay elipsis aparente, pues lo narrado parece encajar en una continua temporalidad. Sin embargo, la elipsis abarca una definición más compleja que el simple salto temporal. Cualquier acción narrada puede implicar un salto sin ser previamente avisado. La acción que transcurre de un minuto a otro puede ser reducida a segundos en la narración. El ritmo de la narración también puede implicar una elipsis, aunque el lector no advierta ese salto temporal. La elipsis de verdad no se pude ver realmente. Según la definición, después de todo, nada se indica en la historia sobre la cantidad de tiempo de la fábula que implica. Si no indica nada, no podemos saber tampoco lo que se debería indicar. Todo lo que nos queda a veces es deducir lógicamente sobre la base de cierta información que se ha omitido algo.(Bal, 1985: 79) 3.5. Realismo minimalista en El novel 119 Memoria justificada El realismo minimalista se basa en la concisión y la superficialidad de los elementos de una narración. La descripciones de objetos o personajes quedan reducidas a lo mínimo. Debido a esto, contexto toma relevancia. Piedad Fernández Toledo nos explica con precisión a lo que se reduce este tipo de narración. En la literatura esto se observa claramente en la escasa elaboración de los personajes, las frases cortas, la preferencia por el relato breve y, normalmente -aunque ésta no es necesariamente una característica exclusiva del minimalismo-, en la apertura narrativa. (Fernández Toledo, 2009:144) No hay nada más cierto en el realismo minimalista que “Los objetos están conectados con las vidas que los rodean” (Fernández Toledo, 2009:156). Entre los personajes y los objetos de su entorno existen ciertas relaciones. En una narración, la elección de los objetos no es fortuita. Han de ser previamente ideados para que ejerzan algún influjo sobre los personajes, al igual que ocurre en la narración de Carver. En Carver los objetos no son una suerte de metáfora, pero el escritor sí realiza una radiografía precisa de la vida de los objetos y su relación con la vida de las personas que los utilizan. Nunca en la obra de Raymond Carver un objeto es presentado de manera desnunda. Siempre, a pesar de la brevedad de los relatos, se muestra un detalle al que hay que prestar atención. (Fernández Toledo, 2001:155-56) En El novel, los objetos interactúan con el estado de los personajes y de la acción. Dentro del coche hay numerosos objetos que influyen en ciertas acciones de los protagonistas. El ejemplo más apropiado es el del muñeco que cuelga del retrovisor. Éste 120 Memoria justificada HIGHSMITH, Patricia (2002). El talento de Mr. Ripley. Barcelona: Anagrama. JACKSON, Shirley (2009). The Lottery an Other Stories. Nueva York: Penguin Classics. JOYCE, James (2004). Ulises. Madrid: Ediciones Cátedra. KOHAN, Silvia Adela (2004). Las estrategias del narrador. Barcelona: Alba Editorial. MIGNOLO, Walter D. (1987) Diálogo y conversación. Ámsterdam: Rodopi B.V. MONTERO, Fernando (1987). Retorno a la fenomenología. Barcelona: Anthropos. 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