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Medios de comunicación y conflictos armados

Vázquez Liñán, Miguel

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SECCIÓN V. MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y CONFLICTOS ARMADOS Miguel Vázquez Liñán UNIVERSIDAD DE SEVILLA 1. La retórica bélica, en tiempos de guerra… y de paz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .399 2. La propaganda de guerra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .401 3. Desinformar en la sociedad de la información: guerra, elecciones, comercio de datos y vigilancia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .406 4. Algunas reglas y técnicas recurrentes de propaganda política y de guerra . . . . . . . . . . . .410 5. Referencias bibliográficas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .416 399 1. La retórica bélica, en tiempos de guerra… y de paz En marzo de 2020, con España oficialmente en “estado de alarma” debido a la crisis sanitaria provocada por el “coronavirus”, el vocabulario bélico inundó los medios de comunicación del país. Así, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, afirmaba: “Me sumo, todos debemos sumarnos a ese espíritu que sale espontáneo de una sociedad que no se va a doblegar, que ha decidido simple y llanamente resistir. Porque, aunque nos abrumen las cifras de contagios, que lo hace, resistiremos; aunque nos preocupe el impacto económico, y que sin duda nos preocupa y nos ocupa, resistiremos; aunque nos cueste mantener la moral en pie, resistiremos. Unidos resistiremos los golpes de la pandemia. Jamás nos rendiremos y venceremos” (…) “El enemigo no está a las puertas, penetró hace ya tiempo en la ciudad. Ahora la muralla para contenerlo está en todo aquello que hemos puesto en pie como comunidad: un sistema de salud formidable, unas fuerzas de seguridad intachables, unas instituciones educativas y culturales entregadas, unas comunicaciones y telecomunicaciones robustas. Y sobre todo, por encima de todo, la muralla para contener al virus está en MIGUEL VÁZQUEZ LIÑÁN 400 la comunidad de ciudadanos que nosotros componemos como país, en cada uno de nosotros y nosotras, en nuestra entereza y en nuestra voluntad de resistir y vencerlo. Con esas armas pararemos al virus, resistiremos y lo venceremos y lo haremos unidos”. (Sánchez, 2020, 17 de marzo) Resistir sin rendirse para, unidos, vencer. España no fue una excepción: representantes políticos de todo el mundo declaraban la “guerra” al virus. Los noticieros comenzaban a diario con el parte de guerra de fallecidos y contagiados; además, para que la representación fuese aún menos ambigua, las ruedas de prensa oficiales eran, a menudo, ofrecidas por militares. El Jefe del Estado Mayor de la Defensa en España, general Miguel Ángel Villarosa, afirmó, el 20 de marzo de 2020: “Sí, hoy es viernes en el calendario, pero en estos días de guerra o crisis, todos los días son lunes (…) tengo que felicitar a todos los españoles por la disciplina que están mostrando, todos los ciudadanos comportándose como soldados en este difícil momento”.1 La épica de la guerra, en boca de militares, al servicio de la gestión de las crisis políticas. El uso de la parafernalia y el léxico de la guerra para enfrentar una crisis se ha vuelto cada vez más habitual en contextos no bélicos, pero sí muy polarizados políticamente. ¿Por qué? El uso de la retórica de guerra y de los portavoces uniformados transmite de inmediato la gravedad de la situación. Al mismo tiempo, la emoción que se busca provocar en la ciudadanía, con una amenaza de este tipo es el miedo. Probablemente, un miedo sin el cual nuestros gobernantes estiman que no nos habríamos tomado en serio las medidas necesarias para “derrotar al enemigo”, ni tampoco al enemigo. El miedo, así como la incertidumbre ante lo que está por venir, nos hace vulnerables y más fácilmente manipulables, cambia nuestro comportamiento y, a menudo, matiza o incluso modifica drásticamente (el miedo conoce niveles) nuestros criterios éticos. De esta forma, lo que ayer nos parecía una barbaridad, hoy podríamos defenderlo como tolerable o, incluso, necesario. Y es cierto que el miedo puede hacer brotar 1. Véase: Eldiario.es (2020, 20 de marzo). https://www.eldiario.es/sociedad/Ultima-hora-coronavirus-mundo- Espana-8-abril_13_1000679924_41649.html SECCIÓN V. MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y CONFLICTOS ARMADOS 401 comportamientos solidarios (nada une más que un buen enemigo, se suele decir); cosa distinta es que nos parezca adecuado construir nuestra solidaridad, a futuro, en el miedo. Así, la retórica bélica nos acompaña en nuestra vida cotidiana, más allá de los contextos de guerra. Merece la pena, por lo tanto, entender cómo funciona. Veámoslo. 2. La propaganda de guerra Entiendo aquí la propaganda de guerra como aquella que pretende justificar, ética y jurídicamente, el conflicto armado, así como mantener alto el ánimo y la unidad de combatientes y la retaguardia mientras, al mismo tiempo, construye (atacando) al enemigo y fomenta la división en bandos enfrentados, aparentemente irreconciliables. Divide, simplifica y confronta, mientras apela a nuestras emociones para conseguirlo; recurre a nuestros miedos para hacernos más vulnerables y manipulables, así como para provocar rabia u odio, siempre con el objetivo de atender las metas que el propagandista se ha fijado. Como hemos adelantado, la presencia mediática de los discursos en los que cristaliza esta propaganda no se reduce, en el tiempo, a los periodos de conflicto armado. De hecho, los precede y trasciende. Sus mensajes nos conducen a la guerra, justificando por qué merece la pena librarla y, una vez los soldados han vuelto a los cuarteles, permanece en nuestra cotidianidad, en nuestras redes sociales, noticieros y videojuegos, en el léxico de las finanzas o el deporte y, de forma muy especial, en los mensajes políticos de los períodos electorales y de crisis. Werner Jaeger (citado en Walzer, 2001) recupera a Tucídides cuando afirma que “el principio de la fuerza constituye una esfera propia, regida por sus propias leyes” (p.34). Y la guerra es un acto de fuerza al que, según Karl von Clausewitz (2005), no se le pueden poner límites. Para el militar y pensador prusiano, la guerra es una herramienta política utilizada para impedir que el adversario pueda ejercer su voluntad. Si el fin es político y la violencia el medio, no podemos separar ambos conceptos sin riesgo de perder la coherencia del análisis. Consecuencia de una situación extrema, la propaganda de guerra también suele serlo. Parafraseando a Clausewitz, Pizarroso (1993) habla de objetivos comunes entre guerra y propaganda. Visto así, si la guerra es un acto de violencia que pretende forzar al adversario a someterse a nuestra voluntad, “podríamos decir que la propaganda MIGUEL VÁZQUEZ LIÑÁN 402 es un acto de violencia mental para forzar a alguien a someterse a nuestra voluntad” (p.34). La propaganda es, en efecto, una potente arma de guerra. R.D. McLaurin (1982), define Psychological Operations (una de las denominaciones más comunes en el mundo anglosajón, junto a Psychological Warfare, para referirse a la propaganda en tiempos de guerra) como “el uso planeado o programado de todo el espectro de acciones humanas para influir en las actitudes de poblaciones aliadas, neutrales y enemigas, importantes para los objetivos nacionales” (p.2). La alusión a los “objetivos nacionales” es coherente con la visión de la guerra entre Estados. En este contexto, la planificación propagandística debe contemplar estrategias diferentes dependiendo del receptor y de su posición respecto al conflicto. Brown (2004) sintetiza las principales metas de la propaganda de guerra, atendiendo precisamente a esta posición: “1) movilizar y dirigir el odio al enemigo y minar su moral; 2) convencer al público de la legitimidad de la causa aliada y aumentar y mantener su espíritu de lucha; 3) conseguir la amistad de los neutrales y fortalecer la impresión de que no sólo tenían razón los aliados, sino que además iban a alzarse con la victoria, y, siempre que fuese posible, conseguir su apoyo activo y su cooperación; 4) extender y fortalecer la amistad de las naciones aliadas” (pp.101-102). Desde luego, la guerra se puede presentar en formatos que no siempre coinciden con el enfrentamiento militar entre Estados. Es propaganda de guerra la que difunden los bandos de una guerra civil, la de los grupos guerrilleros o terroristas e incluso, como hemos comentado, determinadas prácticas llevadas a cabo en tiempos de relativa paz, como la propaganda anticomunista en EEUU durante la Guerra Fría y su negativo (propaganda anticapitalista) en la Unión Soviética. En tiempos de guerra, la propaganda no cambia necesariamente sus métodos, al menos no de forma radical, pero sí se hace más estridente. Lo habitual es que se extreme la irracionalidad de los mensajes y la simplificación, de lo que suelen ser complejas realidades, lleve al dualismo, al enfrentamiento entre el blanco y el negro, entre el “Bien y el Mal”. Este maniqueismo, que huye de la explicación de las causas estructurales del conflicto, suele conducir a la demonización del enemigo, que es presentado como el único responsable de la guerra. SECCIÓN V. MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y CONFLICTOS ARMADOS 403 Nadie reconoce estar llevando a cabo una campaña propagandística. La propaganda es algo que siempre emplea… “el otro”. Paralelamente, tampoco nadie admite querer o haber provocado la guerra; más aún, como apunta Anne Morelli (2002), la primera máxima de la propaganda de guerra parece ser el axioma: “nosotros no queremos la guerra”2; que frecuentemente va acompañado de algunas matizaciones del tipo “pero nos hemos visto obligados”, “no podemos permitir que nos humillen” o, muy a menudo: “hemos actuado el legítima defensa”. La guerra ha sido y es utilizada también para recuperar o consolidar la unidad nacional: “ahora, más que nunca, debemos permanecer unidos” es una frase repetida hasta la saciedad en los últimos tiempos, por ejemplo, tras cada crisis política o atentado terrorista. La exaltación del patriotismo ante el enemigo común es siempre un método eficaz para que las disensiones y pugnas políticas internas pasen a un segundo plano. Más allá aún, quienes cuestionan la política de los gobiernos en momentos de guerra son tildados, en muchas ocasiones, de traidores. El enemigo es siempre, por tanto, el único culpable de la guerra; las víctimas que ocasiona (que son muchas), son causa de las atrocidades cometidas, mientras que las ocasionadas por nuestro bando (que son pocas), son errores involuntarios. Desde luego, las motivaciones del enemigo son amorales, mientras que las nuestras son nobles e incluso sagradas: “Dios está de nuestro lado”, afirmó George Bush antes de invadir Iraq en 2003. En campaña, como en la guerra, “nuestro” valor, coraje y solidaridad se enfrentan al odio, la mezquindad y la cobardía como cualidades del adversario-enemigo: se trata de dicotomías, simplificaciones extremas destinadas a dividir, a clasificar a las gentes según su nacionalidad, ideología, adscripción a un partido político, religión, a si es “local” o inmigrante, etc. Son mensajes que separan mientras hablan de unidad. En los últimos tiempos asistimos a la transformación de la guerra en un espectáculo mediático. Es cierto que los conflictos armados son una fuente inagotable 2. La historiadora Anne Morelli (2002) ha sintetizado los mecanismos básicos de la propaganda de guerra descritos por Arthur Ponsoby (Falsehood in Wartime, 1928) en el siguiente decálogo: “1. Nosotros no queremos la guerra. 2. El adversario es el único responsable de la guerra. 3. El enemigo tiene el rostro del demonio. 4. Enmascarar los fines reales de la guerra presentándolos como nobles causas. 5. El enemigo provoca atrocidades a propósito, si nosotros cometemos errores es involuntariamente. 6. El enemigo utiliza armas no autorizadas. 7. Nosotros sufrimos muy pocas pérdidas, las del enemigo son enormes. 8. Los artistas e intelectuales apoyan nuestra causa. 9. Nuestra causa tiene un carácter sagrado. 10. Los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores”. MIGUEL VÁZQUEZ LIÑÁN 404 de posibles historias, trágicas y heroicas, de sentimientos como el miedo y la angustia, pero también la euforia de la victoria y el patriotismo. La guerra “mediada” nos lleva a casa, principalmente a través de contenidos audiovisuales, una dramatización de los acontecimientos que pretende, además de convertirla en objeto de consumo rentable, dar la sensación de realidad. Pero difícilmente será más que eso... apariencia de realidad, ya que si algo caracteriza la relación guerra-medios de comunicación esto es la dificultad que tiene el periodista para llevar a cabo su trabajo. No hay gobierno, ejército o grupo insurgente que no intente controlar la información que del conflicto se desprende. La censura es intrínseca a la guerra, y las noticias que recibimos son el resultado de una información tamizada por múltiples filtros que van desde la censura militar a las modas y la corrección política del momento. No significa esto la imposibilidad de escribir la historia de la guerra, pero debe alertarnos de las diferencias entre el periodismo y la labor del historiador. Martin Bell (citado en Taylor, 1995b), ilustra esta difícil relación: “Hay momentos en los que el periodismo parece casi privilegiado, como si tuviera un asiento de primera fila en la escritura de la Historia”. Pero el propio Bell reconoce que lo mejor es dejar a los historiadores que hagan su trabajo. Phil Taylor (1995b), comenta al respecto: “El problema es que los historiadores compiten en desventaja con respecto al periodismo, en su papel de proveer ‘el primer borrador de la historia’; dicho de otra forma, en el momento en que los historiadores se implican, el primer borrador ha sido tan ampliamente difundido por los medios masivos, que resulta extremadamente difícil extraer los contaminantes que ya han infectado la corriente dominante del conocimiento popular”. En efecto, el periodismo en tiempos de guerra será fundamental a la hora de definir cómo vemos el conflicto en el presente, pero también cómo lo recordaremos en el futuro. Taylor diferencia entre la cobertura mediática que se da a lo que él llama “nuestras guerras”, es decir, aquellas en las que participan “nuestras tropas”, a veces junto a “nuestros aliados”, y las “guerras de los otros”. Entre otras distinciones, llama la atención la alusión de Taylor a la dificultad de mantener una cierta distancia a la hora de cubrir aquellos conflictos en los que participa nuestro ejército. La intención de objetividad del periodista puede llegar a ser incompatible “con el subjetivo deseo de su audiencia de ver el apoyo general SECCIÓN V. MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y CONFLICTOS ARMADOS 405 al esfuerzo militar de la nación. La malas noticias sobre el progreso de ‘nuestro bando’ provocan, invariablemente, las demandas de disparar al mensajero” (Taylor, 1995). La invasión rusa de Ucrania que comenzase el 24 de febrero de 2022 nos da abundantes y recientes ejemplos de esto último: el gobierno de Vladímir Putin hizo imposible el ejercicio del periodismo dentro de su país a través del endurecimiento radical de las medidas de censura: la ley de “agentes extranjeros” endureció su aplicación, se modificó el código penal para incluir graves sanciones por “el descrédito de las Fuerzas armadas” y buena parte de los periodistas díscolos tuvieron que emigrar, fueron silenciados o dieron con sus huesos en la cárcel. No es, así, fácil posicionarse contra el sentimiento de unidad nacional y defensa del propio ejército, que suele ser el mensaje propagandístico nacional en todas las guerras entre Estados. El fenómeno propagandístico, en sus diferentes formas, ha acompañado al ser humano a lo largo de toda su andadura histórica y no hay ningún indicador que nos invite a pensar que esto dejará de ser así. Por lo tanto, estamos ante una discusión necesaria y siempre de actualidad: volveremos a repetir nuestros errores, a ser convencidos por los mismos mensajes que persuadieron a nuestros abuelos; pero la resistencia posible al mensaje bélico está también en el conocimiento del quehacer propagandístico y, en este sentido, nos parece muy pertinente seguir la discusión sobre la comunicación propagandística tanto en la guerra como en la paz. No obstante, sí se ha producido un cambio de escenarios. La superabundancia de información, especialmente en la parte del mundo que toma las decisiones, ha hecho que se recrudezca la batalla “por los corazones y las mentes” y que la organización de la propaganda evolucione, adaptándose a las nuevas redes de información. En ocasiones, la red ha sustituido a la organización piramidal de la propaganda tradicional. Paralelamente, se ha dado una evidente evolución en los aspectos tecnológico y militar del conflicto armado: “El éxito de las operaciones militares dependerá, cada vez más, de la capacidad de alcanzar la superioridad en materia de adquisición de información sobre un adversario en los niveles estratégicos y operacional” (Francisco Marín, en Contreras, F. y Sierra, F., 2004: p. 337). Esta perspectiva convierte en aún más importante el componente informacional de la guerra, especialmente en unas sociedades, como las nuestras, MIGUEL VÁZQUEZ LIÑÁN 412 emocional (“comunista”, durante la Guerra Fría, por ejemplo). De esta forma, el propagandista pretende que se rechace a esa persona o idea, basándose en el símbolo, en vez de atender a evidencias. • Glittering generalities: sería el positivo del recurso anterior. Con él se busca la aprobación del receptor de una determinada idea a través de la creación de imágenes emocionales positivas. Es frecuente el uso de términos que tienen diferentes significados para distintos colectivos y, por lo tanto, pueden usarse en diversos contextos (por ejemplo, “democracia”, “ciencia”, “salud”, “Bien”, etc.). El receptor debe asumir que el emisor piensa, como él, en la importancia de dichos conceptos. • Transfer: consiste en el intento de transferir el prestigio, la autoridad o el respeto que algo nos merece a la idea, proyecto, etc. que el propagandista defiende. Se trata de que los sentimientos favorables que despierta un símbolo, se asocien con lo que se desea promover (por ejemplo, en determinados contextos, con el uso de la cruz, el propagandista transfiere el prestigio o la “santidad” del cristianismo a su programa político). • Testimonial: habitualmente, consiste en que una persona admirada u odiada diga que una determinada idea (o programa, producto, persona) es buena o mala. En su forma positiva, se pretendería aumentar la credibilidad del mensaje mediante una fuente “autorizada” para el público al que se dirige (un ejemplo sería la cada vez más habitual presencia de famosos en los mítines políticos). • Plain Folks: muy usado en las campañas electorales, se utiliza para mostrar al candidato como “un hombre sencillo”. La devoción que repentinamente sienten dichos candidatos por los niños durante la campaña tiene que ver con este recurso. En la campaña presidencial de 2004 en EEUU, Kerry apareció antes las cámaras comiendo en restaurantes de comida rápida... “como hace todo el mundo”. • Card Stacking: se trata de “preparar el terreno” para que el mensaje propagado cale en un determinado público. Organizar argumentos y evidencias de modo que sirvan a los objetivos propios tomando en consideración, por ejemplo, una parte de la “historia” y obviando el resto. • Band Wagon: Se apela al temor de ser diferente a los demás y quedar marginado de algo valioso. Podría resumirse en la máxima: “haz como los demás; si todos lo están haciendo, deberías sumarte”. SECCIÓN V. MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y CONFLICTOS ARMADOS 413 Resulta evidente que el esfuerzo de síntesis realizado por el IAP estaba destinado a la difusión masiva y, por lo tanto, conllevaba un importante esfuerzo de simplificación (ya en sí una forma de propaganda, como veremos más adelante) El propio Leonard Doob, que fuera miembro del IAP, ponía de manifiesto las limitaciones del análisis: “Este propósito laudable requería que el análisis fuera sencillo y fácilmente comprendido por estudiantes de preparatoria o, como algunos miembros de la dirección del Instituto decían entre sí, por los chóferes de taxi. El análisis tenía que basarse en un número limitado de ‘herramientas’ que pudieran ser entendidas y memorizadas sin gran dificultad” (Doob, citado en Combs y Nimmo, 1998: 245). 4.2. Reglas fundamentales de la propaganda, según Domenach No es el IAP la única institución que ha pretendido sintetizar en un puñado de técnicas o reglas fundamentales las principales formas en las que se presenta la propaganda; de hecho, son muchos los autores4 que han dedicado su investigación a esta labor de síntesis. El intelectual francés Jean Marie Domenach, que fuera director de la revista Esprit, publica en 1950 La propaganda política, donde enumera y describe lo que para el autor son las reglas fundamentales del funcionamiento de la propaganda: • Regla de simplificación y del enemigo único: la propaganda se esfuerza siempre en lograr la mayor simplicidad posible, dividiendo, si es viable, la doctrina a propagar en puntos clave y bien definidos. Esta simplificación puede tomar forma textual (el Credo para los católicos, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, para los revolucionarios franceses), o bien convertirse en un slogan o símbolo (banderas, himnos, saludos,...). La simplificación debe atender también a los objetivos: “una buena propaganda no se asigna más que un objetivo principal por vez” (Domenach, 1986: 54). En ocasiones es muy útil concentrar las esperanzas o el odio en una sola persona, simplificando lo que podría ser una compleja oposición de ideas en el duelo entre dos individuos. Es bastante habitual, sobre todo 4. Véanse, entre otros: Brown (2004), Mitchell (1970), Chase (1956) o Lasswell (1971). MIGUEL VÁZQUEZ LIÑÁN 414 en tiempos de guerra, que esa concentración simbólica del enemigo lleve a la demonización de la persona en cuestión, como ocurriese con la figura de Sadam Hussein durante las dos guerras del Golfo. • Regla de exageración y desfiguración: resaltar las informaciones (o determinados aspectos de una información) que son favorables al propagandista, exagerando su importancia y, por lo tanto, obviando otros acontecimientos o puntos de vista, es lugar común en el quehacer propagandístico. La descontextualización de comentarios o citas para su interpretación arbitraria opera en la misma dirección. En cualquier caso, la propaganda deberá presentar la idea “en términos generales y de la manera más contundente, tratando de matizar y detallar lo menos posible” (Domenach, 1986: 59). Se trata de optar por la descripción de un panorama en blanco y negro, descartando la gama de grises. • Regla de orquestación: la repetición constante de una o un pequeño número de ideas está en la base de cualquier campaña propagandística. La insistencia en el tema central, no obstante, no debe llevar al cansancio del receptor, por lo que se presentará bajo diversas apariencias y a través de diferentes medios de comunicación. Pero hay que insistir: los cambios serán formales, nunca deberán afectar al fondo. La orquestación se refiere a esa coordinación de diferentes medios que repiten un mismo mensaje con cambios de matiz que lo adapten a los distintos públicos. Toda campaña es un proceso que debe ser cuidado, alimentado, e incluso reorientado si los primeros resultados no son favorables. Domenach se refiere también al tempo: “una campaña tiene su duración y su ritmo propios; debe ‘prenderse’, al principio, de un acontecimiento especialmente importante, desarrollarse de forma tan progresiva como sea posible y terminar en apoteosis, generalmente con una manifestación masiva” (Domenach, 1986: 62). • Regla de transfusión: no se puede inculcar a las masas cualquier idea en cualquier momento. Lo hemos comentado: ya Aristóteles insistía en la necesidad de conocer al receptor. El propagandista debe actuar sobre un sustrato preexistente (fobias, estereotipos, filias, mitologías, prejuicios, etc.) y, partiendo de él, reorientar a la masa hacia su terreno, utilizando, normalmente, la apelación a los sentimientos. Esta conexión es imprescindible para el éxito de la propaganda. SECCIÓN V. MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y CONFLICTOS ARMADOS 415 • Regla de la unanimidad y del contagio: Domenach llama la atención sobre los estudios de opinión pública desarrollados en la primera mitad del siglo XX en EEUU, para demostrar la importancia que la presión del grupo tiene en la opinión individual. El hombre, según esta versión, tiende al conformismo dentro del colectivo, y es difícil que exprese una opinión contraria a la que considera aceptada por la generalidad. Este “contagio” da la impresión de unanimidad, y la labor del propagandista ha de ser reforzarla o, en su caso, crearla artificialmente. Para conseguirlo, puede valerse de diferentes métodos; Domenach habla de la manifestación de masas como un macro espectáculo para lograr el contagio a través del asentimiento de las muchedumbres, y en el que se unen muchos de estos medios: banderas, emblemas, uniformes, música, saludos, etc. Las figuras carismáticas (héroes, apóstoles,…) o de prestigio (intelectuales, personajes famosos de diferente índole) encajan en este esquema, pues funcionan como ejemplo prestigioso de la conducta u opinión a seguir. Las órdenes religiosas o los cuadros de determinados partidos funcionan también como agentes de proselitismo ejemplarizantes: “no hay mejor agente de propaganda que una comunidad de hombres que vivan según los mismos criterios en una atmósfera de fraternidad” (Domenach, 1986: 72). • La Contrapropaganda: se trata de aquella propaganda dirigida a combatir las tesis del adversario. Domenach enumera una serie de “subreglas” usadas con este fin y que, a grandes rasgos, están destinadas a localizar y atacar los puntos débiles de la propaganda contraria. Así, el propagandista debe utilizar la habitual fragilidad del contenido lógico del mensaje propagandístico, descomponiendo en sus elementos la propaganda del adversario y atacando los más débiles. Este ataque se puede plantear a un doble nivel: por una parte, en caso de una coalición de adversarios, el esfuerzo deberá ir orientado a atacar al menos sólido de ellos; por otra, esta misma estrategia será utilizada con los elementos del mensaje de un hipotético propagandista único. No atacar de frente, sino combatir una opinión partiendo de ella misma y utilizando, en lo posible, el argumento personal (por ejemplo, buscando “trapos sucios” en el pasado del principal representante de las tesis contrarias). También es útil demostrar los vaivenes del adversario y poner de manifiesto que su propaganda entra en abierta contradicción con los hechos demostrables, para lo que se suelen emplear las diferentes formas existentes de ridiculización del “enemigo”. MIGUEL VÁZQUEZ LIÑÁN 416 Por desgracia, no faltan ejemplos recientes de ninguna de estas técnicas. La guerra, y la propaganda que la acompaña, parecen haber venido para quedarse. Referencias bibliográficas Aristóteles (2002). Retórica. Madrid: Alianza Editorial. Brown, J. (2004). Técnicas de persuasión. Madrid: Alianza Editorial. Chase, S. (1956). Guides to Straight Thinking. Nueva York: Harper y Row. Clausewitz, K. (2005). De la guerra. Madrid: La Esfera de los libros. Combs, J. y Nimmo, D. (1998). La nueva propaganda. La dictadura de la palabrería política contemporánea. México D.F.: Editorial Diana. Domenach, J. (1986) La propaganda política. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires. Hottois, G. (1999). 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