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La lengua literaria en tiempos de Jovellanos

Reyes Cano, Rogelio

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333 Para hablar del estado de la lengua española en el siglo XVIII hemos de partir de una evidencia que nunca conviene olvidar: que una lengua es un organismo vivo en permanente evolución. Y en pocos organismos se refleja con tanta exactitud la vieja idea de Heráclito del mundo como cambio, hasta el punto de que incluso aquellas lenguas que metafóricamente llamamos “muertas” no siempre lo son, en rigor, por su desaparición total sino porque han evolucionado convirtiéndose en otras lenguas diferentes, cristalización última de sus rasgos iniciales, sometidos en el correr de los tiempos a un proceso transformador que alumbra siglo tras siglo, año tras año y día tras día, nuevas opciones comunicativas. “O rinnovarsi o perire”, dice el proverbio italiano. Lo que no cambia, perece, y eso es tal vez lo que ha podido suceder con cientos de lenguas que han desaparecido el mundo porque la eliminación física de sus hablantes o una excesiva endogamia cercenaron sus posibilidades de transformación. El latín, esa lengua de la que deriva nuestro idioma, no está en verdad “muerta” sino realizada en el curso de la historia en las diferentes opciones comunicativas de la Romania. Por eso pudo decir Dámaso Alonso que la lengua de los millones de españoles e hispanoamericanos de hoy no es otra cosa que “el latín del siglo XX”, la expresión actual de lo que en la España romana hablaban nuestros antepasados. Nuestra lengua está viva. Es como una esponja que lo absorbe todo, que lo refleja todo. Y por ello ha de estar siempre la lenGua liteRaRia en tiemPoS de JovellanoS Por ROGELIO REYES CANO 334 sometida al cambio. Lo estamos comprobando día tras día nosotros mismos en nuestro ámbito de convivencia. ¡Cuánto nos cuesta a veces reconocernos en el léxico o en los usos fraseológicos de los jóvenes, o nos resultan chocantes tantas voces nuevas como hoy nos entran por el camino de la informática, la telefonía móvil, el deporte, la política, el periodismo o simplemente el habla de la calle! En un primer momento recibiremos esas novedades con un punto de sorpresa y hasta de escepticismo. Y puede, en efecto, que muchas de ellas sean tan efímeras que no merezcan más atención. Otras, sin embargo, acabarán prosperando, incrustándose en el sistema de la lengua, y terminaremos por aceptarlas. Nuestra lengua está viva. Eso es lo que ha sucedido siempre en el curso del tiempo y lo que sin duda continuará sucediendo mientras el mundo exista. No hay quien le ponga puertas al campo de la lengua ni sea capaz de someterla a leyes rígidas desde ningún poder externo a la lengua misma: ni desde la política ni siquiera desde el poder cultural. A lo más que puede llegarse, como hacen las academias, es a sugerir normas de buen entendimiento, a aconsejar los usos más razonables para propiciar la inteligibilidad entre los hablantes. Pero el español del futuro será, sin duda, el que sus hablantes quieran que sea. En los primeros siglos medievales el castellano terminó imponiéndose en la Península Ibérica no tanto por razones políticas o de prestigio cultural y literario - que tambiénsino sobre todo por su funcionalidad y su utilidad como “lengua franca”, es decir, como instrumento común de comunicación entre los habitantes de los diferentes reinos. Y es lo que seguirá ocurriendo hoy a pesar de todos los esfuerzos en contrario de los nacionalismos. Todo idioma que se cuece en sí mismo acaba por anquilosarse y retroceder, o será burlado por sus propios hablantes como necesidad imperiosa para comunicarse con sus vecinos. El español actual funciona como verdadera “lengua franca” para más de cuatrocientos millones de hablantes, muchos de los cuales hablan a su vez otras lenguas de menor alcance, y hasta a sus más recalcitrantes adversarios les será imposible ignorar esa realidad. Leía yo hace pocos días en la prensa que muchos jóvenes de una región española con lengua propia que habían sido adoctrinados desde la infancia en la ignorancia – cuando no en el despreciodel español, al llegar a cierta edad – los catorce ROGELIO REYES CANO334 335 o quince añosveían en sus casas no los programas televisivos “políticamente correctos” de la cadena autonómica sino la variedad de ofertas en castellano, para ellos más atractivas, que le suministraban otras cadenas nacionales. Es decir, el “ladrón” – en este caso la lenguahabía sido expulsado por la puerta pero se había colado de nuevo por la ventana. Y es que, como todo en la vida, un idioma “o crece o muere”, y eso es lo que ha pasado también, claro está, con el español del siglo XVIII del que quiero hablarles a continuación. Y para ello quiero partir de lo que escribió el gaditano José Cadalso en una de sus Cartas Marruecas: “el lenguaje – dicese muda al mismo paso que las costumbres, y es que, como las voces [es decir, las palabras] son invenciones para representar las ideas, es preciso que se inventen palabras para explicar la impresión que hacen las costumbres nuevamente [es decir, recientemente] introducidas”. (Cadalso, Cartas Marruecas, XXXV) Cuando Cadalso habla aquí de las costumbres que impulsan la evolución de una lengua se está refiriendo en sentido amplio a todos los que hoy llamaríamos “cambios sociales”, sea en el orden del pensamiento, las creencias, la política, la sociedad, las ciencias o el sistema de valores de una comunidad. Sabe muy bien que el español de su tiempo poco tiene ya que ver con el de los pasados siglos medievales y ni siquiera con el de la época barroca, tan denostada por los mejores autores de la Ilustración. En efecto, en el siglo XVII el modelo lingüístico – hasta entonces acorde con el ideal de equilibrio y armonía del Renacimientosufrirá una importante transformación. El Barroco aporta una obsesiva atención por el estilo que conseguirá excelentes logros en el campo de la imaginería poética – como es el caso de Góngora.- y en el discurso prosístico – como en El Buscón de Quevedo. Pero la lengua literaria se hará cada vez más complicada, difícil y hasta artificiosa. España consigue el nivel más alto de toda su historia literaria, pero a finales del siglo los modelos europeos iban ya por otro camino. la lenGua liteRaRia en tiemPoS de JovellanoS 335 336 Muy diferente era también el estado de la nación española. El país que había ostentado la hegemonía política y militar a lo largo de casi siglo y medio se encontraba ya en franca decadencia, pero seguía siendo aún una potencia importante. Había perdido buena parte de sus dominios en Europa pero conservaba todas las colonias americanas. Carlos II el Hechizado, el último de las Austrias, de naturaleza débil y enfermiza, no fue capaz de dirigir con mano firme el timón del Estado y moriría en el año 1700 sin heredero, La Guerra de Sucesión entre 1701 y 1714 nos traería, como es bien sabido, a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, que reinaría con el nombre de Felipe V. Con él entraba en España la Casa de Borbón y todo el peso político y cultural del país vecino. ¿Pero qué ocurría mientras tanto con la lengua literaria? Que persistían los peores vicios expresivos del Barroco de los epígonos de Quevedo, Calderón o Góngora, carentes del talento de sus maestros. Incluso en el teatro, género que tiene mucho de rito social, el pueblo de Madrid reclamaba encendido los más truculentos dramones de un tal Comella, un pésimo discípulo de Calderón, mientras que los primeros ilustrados se afanaban inútilmente por racionalizar las comedias introduciendo en ellas la prosa y reflejando los conflictos de la cotidianidad. Y hasta llegaron, ya asentados en los puestos de poder durante el reinado de Carlos III, a tomar una iniciativa que hoy nos parecería inconcebible: prohibir por decreto en la Gaceta de Madrid – el Boletín Oficial del Estado de entonces-, la representación de autos sacramentales en el Corpus y otras fiestas religiosas, alegando no sólo razones ideológicas sino también estéticas, ya que estimaban que en los autos se concentraban los mayores excesos de la dramaturgia barroca. Todo sea “por el bien del pueblo”, aunque ese pueblo tenga otros gustos diferentes. Puro despotismo ilustrado aplicado en aquella España borbónica a un ámbito tan libre y tan personal como era la estética literaria y a un género – los autos sacramentalesque a la gente sencilla le gustaba ver en las plazas públicas o en los atrios de las iglesias. Pero en el campo de la lengua esas élites del XVIII llevaban razón. Su discrepancia con el amaneramiento postbarroco y su oposición frontal a lo que ellos consideraban degradante ROGELIO REYES CANO336 337 aportaban una nota de lucidez en medio de tanta confusión. La extravagancia había invadido el lenguaje y hasta los mismos títulos de los libros, hinchados y grotescos en un grado que hoy nos parece insólito. Rafael Lapesa nos ofrece dos auténticas perlas en su Historia del español. Veámoslos. El primero, de temática religiosa, reza así: Trompeta evangélica, alfange apostólico y martillo de pecadores. El otro, de divertimento literario, se titulaba nada menos que todo esto: Caxón de sastre literario, o percha de maulero erudito, con muchos retales buenos, mejores y medianos, útiles, graciosos y honestos, para evitar las funestas consecuencias del ocio. No hace falta decir más. Era lógico que los mejores espíritus del momento salieran al paso de tanta aberración. Uno de ellos, el fraile benedictino Fray Benito Feijoo, que desde su convento asturiano observaba con ojos inquisitivos y apertura de ideas lo que estaba sucediendo en su patria, diagnosticó con agudeza el estado del castellano literario de su tiempo. Conviene fijarse atentamente en sus palabras porque suponen una importante propuesta de modernidad. Pertenecen a su Teatro Crítico Universal (1726-1739): “Consiste la propiedad del estilo – diceen usar de las locuciones más naturales y más inmediatamente representativas de los objetos. En esta parte, si se hace el cotejo entre escritores modernos, no puedo negar que por lo común hacen ventaja los franceses a los españoles. En aquéllos se observa más naturalidad; en éstos más afectación. Son sus escritos como jardines donde las flores espontáneamente nacen; no como lienzos donde estudiosamente se pintan. En los españoles picados de cultura dio en reinar de un tiempo a esta parte una afectación pueril de tropos retóricos, por la mayor parte vulgares, una multitud de epítetos sinónimos, una colocación violenta de voces pomposas, que hacen el estilo, no gloriosamente majestuoso, sí asquerosamente entumecido. A que añaden muchos una temeraria introducción de voces ya latinas, ya francesas, que debieran ser decomisadas como contrabando el idioma. El empréstito de voces que se hacen la lenGua liteRaRia en tiemPoS de JovellanoS 337 338 unos idiomas a otros es sin duda útil a todos y ninguno hay que no se haya interesado en este comercio. La lengua latina quedaría en un árido esqueleto si le hiciesen restituir todo lo que debe a la griega; la hebrea, con ser madre de todas, de todas heredó después algunas voces, como afirma San Jerónimo. Pero cuando el idioma nativo tiene voces propias, ¿para qué se han de sustituir por ellas las del ajeno? Ridículo pensamiento el de aquellos que, como notaba Cicerón en un amigo suyo, con voces inusitadas juzgan lograr opinión de discretos. Ponen por medio el no ser entendidos para ser reputados por entendidos... A infinitos españoles oigo usar la voz remarcable diciendo: “Es un suceso remarcable, una cosa remarcable”. Esta voz francesa no significa ni más ni menos que la castellana notable ; así como la voz remarque, de donde viene remarcable, no significa ni más ni menos que la voz castellana nota, de donde viene notable. Teniendo, pues, la voz castellana la misma significación que la francesa, y siendo, por otra parte, más breve y de pronunciación menos áspera, ¿no es extravagancia usar de la extranjera, dejando la propia?” Como ustedes habrán comprobado, más allá de algunas curiosas afirmaciones que denotan en exceso su filiación clerical ( como la idea de la lengua hebrea como origen de todas según la autoridad de San Jerónimo) e incluso de algún que otro desliz retórico de tufo barroco (por ejemplo, ese paralelismo antitético de la frase “no gloriosamente majestuoso, sí asquerosamente entumecido”), lo que Feijoo está reflejando en este texto es su desprecio a las exageraciones del español literario de finales del XVII y comienzos del XVIII – sobre todo en su orientación culteranay un ideal de naturalidad expresiva cuyo modelo estaba, como más adelante veremos, en la lengua francesa de su tiempo. Cuando habla de “una multitud de epítetos sinónimos “ y de “una colocación violenta de voces sinónimas” se está refiriendo a la práctica de la adjetivación puramente decorativa y al abuso del hipérbaton de los gongorinos. Y cuando denuncia la “multitud de tropos retóricos”, al abuso de la imaginería ROGELIO REYES CANO338 339 culterana. Feijoo se desliga de toda ampulosidad y reclama, dicho sea en términos coloquiales, una auténtica economía lingüística: que cada palabra designe con propiedad y concisión el objeto que representa. Y sin ser un purista ni negarse a la introducción de préstamos extranjeros, los reservará sólo, con muy buen sentido, a aquellos casos estrictamente indispensables. En esa misma línea de sensata oposición a los modelos lingüísticos del Barroco que inaugura Feijoo en los albores del XVIII se situarán, ya en la segunda mitad del siglo, los ingenios más notables de la Ilustración española. Un ejemplo muy claro es el de Cadalso, que en el curso de sus Cartas Marruecas expresará una y otra vez su preocupación por el estado de la lengua española. Recordemos que Nuño, el español amigo del moro Gazel, está escribiendo un diccionario en el que las palabras no falseen la realidad y sirvan para nombrar con propiedad las nociones y los objetos que realmente designan, no el sentido eufemístico que la apariencia social les otorga. Para ello es obligado escribir con propiedad, precisión y claridad, acercándose a la naturalidad del siglo XVI y soslayando el artificio del XVII, un siglo literariamente maldito: “¿Quién creyera que la lengua tenida universalmente por la más hermosa de todas las vivas dos siglos ha, sea hoy una de las menos apreciables? Tal es la prisa que se han dado a echarla a perder los españoles. El abuso de su flexibilidad, digámoslo así, la poca economía en figuras y frases de muchos autores del siglo pasado, y la esclavitud de los traductores del presente a sus originales, han despojado este idioma de sus naturales hermosuras, cuales eran laconismo, abundancia y energía. Los franceses han hermoseado el suyo al paso que los españoles lo han desfigurado. Un párrafo de Voltaire, Montesquieu y otros coetáneos tiene tal abundancia de las tres hermosuras referidas, que no parecía caber en el idioma francés; y siendo anteriores con un siglo y algo más los autores que han escrito en buen castellano, los españoles del día parecen haber hecho asunto formal de humillar el lenguaje de sus padres. Los traductores e imitadores de los extranjeros son los que más han lucido en esta empresa. Como no saben su propia lengua, porque no se sirven tomar el trabajo la lenGua liteRaRia en tiemPoS de JovellanoS 339 340 de estudiarla, cuando se hallan con alguna hermosura en algún original francés, italiano o inglés, amontonan galicismos, italianismos y anglicismos [...] Creyendo la transmigración de las artes tan firmemente como cree la de las almas cualquiera buen pitagorista, he creído ver en el castellano y latín de Luis Vives, Alonso Matamoros, Pedro Ciruelo, Francisco Sánchez llamado el Brocense, Hurtado de Mendoza, Ercilla, Fray Luis de Granada, Fray Luis de León, Garcilaso, Argensola, Herrera, Álava, Cervantes y otros , las semillas que tan felizmente han cultivado los franceses de la mitad última del siglo pasado, de que tanto fruto han sacado los del actual. (Cadalso, Cartas Marruecas, XLIX, 1789, póstumas) Lo que dice Cadalso en esta carta es de sumo interés. Por una parte, coincide con Feijoo en su apreciación del buen francés de su tiempo y en sus críticas a los que imitan en demasía el lenguaje barroco. Cuando habla del “abuso de flexibilidad” se está refiriendo sin duda al hipérbaton, y cundo denuncia la “poca economía de figuras y frases de muchos autores del siglo anterior” está aludiendo al exceso de imaginería retórica: figuras y tropos en demasía. Pero por otra introduce una reflexión nueva, a saber: que esos valores del francés (“laconismo, abundancia y energía”) ya estaban presentes en el español del siglo XVI. Había, pues, que saltar por encima del Barroco y buscar la excelencia del español en los modelos renacentistas, en el canon del “escribo como hablo” de Juan de Valdés. Conviene recordar que fueron los ilustrados quienes formularon la noción de “Siglo de Oro” para designar un tiempo de esplendor de la literatura española. Pero lo que entendían ellos por tal no era el siglo XVII (con las grandes figuras de Lope, Calderón o Quevedo, que ellos no estimaban en mucho) sino el XVI, con Garcilaso y Fray Luis como modelos excelsos. De ahí que las “autoridades” del buen castellano esgrimidas por Cadalso pertenezcan casi todascomo ustedes acaban de vera ese siglo, quizá con la excepción de Cervantes, cuya llaneza en el modo de escribir lo libraba del infierno en que penaban figuras como Góngora, Quevedo, Lope, Calderón, Mateo Alemán..., que el autor gaditano ni siquiera se digna mencionar. Para emular ROGELIO REYES CANO340 341 al buen francés de su tiempo había que mirar, por lo tanto, hacia atrás, hacia el auténtico Siglo de Oro, al buen español del siglo XVI, preciso, lacónico, límpido y enérgico. Cadalso, pues, como antes había hecho Feijoo, mantiene una posición sumamente equilibrada respecto al galicismo en un momento en que la influencia francesa comienza a inundar los usos y costumbres de los españoles, sobre todo en las clases más elevadas y en los círculos más snobistas. Se bailaba el minuet, se usaban las empolvadas pelucas venidas de allende los Pirineos; se pusieron de moda los salones, la gastronomía francesa... y hasta una tipología específica: el abate pícaro y verderón siempre al acecho tras las cortinas de las estancias nobiliarias; el ridículo petimetre, antiguo lechugino o pisaverde de nuestras comedias del Siglo de Oro, también a la page, al último grito de la moda en punto a vestimenta y a la práctica del cortejo amoroso o chichisbeo; la aristocrática madama, señora de la casa, impulsora del más puro ritual francés sobre la clásica gravedad española de los Austrias. Y naturalmente, el prurito de hablar en francés o, lo que era aún peor, salpicar de términos franceses el sistema sintáctico del castellano. Algo parecido había ocurrido a comienzos del XVI con el italiano entre los españoles cultos. Y aunque en aquella ocasión España dominaba en la política, era sin embargo Italia, culturalmente superior, la que se imponía en los ambientes literarios, y resultaba de buen tono manejar su lengua. Hoy, como bien sabemos, vivimos bajo el imperio del anglicismo, que inunda muchas parcelas de la vida social. En la España del XVIII asistiremos, pues, al fenómeno conocido con el nombre de galicismo, opuesto en su formulación a otro fenómeno reactivo paralelo :el casticismo. Galicismo y casticismo constituyen los dos extremos del uso literario del español que los mejores escritores del XVIII (Feijoo, Cadalso, Jovellanos, Moratín...) se esfuerzan con toda razón por evitar. El galicismo, como veremos luego, era sobre todo un producto del esnobismo juvenil y cortesano, el deseo de alardear de la lengua de moda. Se veía entonces como un signo de progreso y de modernidad, de sintonía con la superioridad política y cultural de Francia. También como un cauce legítimo de penetración de la terminología de la llamada ciencia nueva, es decir, del pensamiento científico de racionalistas franceses y empiristas ingleses. Y eran por lo genela lenGua liteRaRia en tiemPoS de JovellanoS 341