Retos y respuestas del municipio de Cartagena de Indias en el siglo XVII
Abstract
El poder municipal se vio disminuido por desastres naturales, por el poder superior de los gobernadores y por unas rentas muy escasas. Cuatro asuntos no podían esperar a mediados de siglo: las casas de cabildo, la cárcel, el matadero y el lazareto para leprosos.
Full text
RETOS Y RESPUESTAS DEL MUNICIPIO DE CARTAGENA DE INDIAS EN EL SIGLO XVII Julián B. Ruiz Rivera Universidad de Sevilla RESUMEN: El poder municipal se vio disminuido por desastres naturales, por el poder superior de los gobernadores y por unas rentas muy escasas. Cuatro asuntos no podían esperar a mediados de siglo: las casas de cabildo, la cárcel, el matadero y el lazareto para leprosos. ABSTRACT: The municipal council had to struggle against natural disasters, the superior government of the province and its meaner income. By mid-century four problems could not wait any longer: the city council lodging, the jail, the slaughter house and a hospital for lepers. Las opiniones de los regidores de Cartagena El gobierno municipal lo ejercieron durante décadas los representantes de los intereses agroganaderos, que lo utilizaron en su exclusivo beneficio, como quedó de manifiesto en 1574 durante la visita de Diego de Narváez.1 Obtenían la mayor ventaja de la utilización abusiva de la mano de obra indígena, que fue muy denunciada por obispos y clérigos. Ya para finales del siglo XVI, tanto la pérdida de población indígena como el desarrollo del comercio plantearon una redistribución de fuerzas a nivel municipal, de forma que los encomenderos de dominar el cabildo casi por completo, pasaron a tener sólo una representación minoritaria. De los doce encomenderos de 1568 se pasó a solo dos, a saber, Alonso de Mendoza Carvajal y Juan de Villoria.2 No aumentó mucho en las décadas siguientes, aunque en algún año esporádico pudieron ser media docena. No solamente se produjo un cambio cuantitativo en la dirección municipal, sino también cualitativo al integrarse individuos de otros sectores productivos y de origen extranjero, caso del portugués Luis Gómez Barreto. Efectivamente, los portugueses destacaron en el comercio esclavista, uno de cuyos principales puertos en Indias fue Cartagena, en el que se establecieron mediante composiciones de residen- 1 Mª Carmen Borrego Pla, Cartagena de Indias en el siglo XVI (Sevilla: EEHA, 1983) p. 368. 2 AGI, Santa Fe, 38, 2, 42, imag. 6 Cabildo a S.M. Cartagena de Indias, 12 nov. 1602. -3
cia.3 Una relación de los 117 vecinos que contribuyeron en 1599 con un donativo a la Corona muestra a las claras su número.4 Los reiterados análisis de la corporación municipal dibujaban una ciudad declinante desde comienzos de siglo: De las quiebras y trabajos, que esta ciudad ha padecido de ocho años a esta parte, ha quedado tan necesitada y despoblada que para volverla en alguna manera a su primero ser nos parece cosa conveniente acariciar [a] los forasteros y viandantes, que a ella vienen, para que ayuden a llevar las obligaciones que tienen y acudan a su defensa.5 A sus ojos distaba mucho esta situación de la anterior: el estado del comercio y contratación que los años antes había esta ciudad, así de mercadurías como de negros esclavos que se navegaban en mucho número y engrosaban la plaza y trato de ella, de forma que en todas las Indias no había otra más florida y esta prosperidad ha venido a dar tan notable decaída y ser menos así el trato de las mercadurías como la navegación de los negros que hoy no es la mitad de lo que solía.6 De igual modo en 1620 volvían a expresar que la ciudad se hallaba "tan acabada, que está en la última miseria".7 El procurador de la ciudad enviado a Madrid, Gaspar de la Esquina, atribuía esa situación a la administración directa de las alcabalas por los oficiales reales, que gravaban a la clase rectora del comercio por encima de sus posibilidades: y porque esto (alcabalas) es con algún rigor y de haberse apretado a los mercaderes y vecinos de la dicha ciudad para cumplir la obligación pasada ha sido causa que los más de ellos hayan quebrado y faltado de su crédito y la ciudad desea conservar en ella el poco trato y comercio que ha quedado y que siendo posible fuesen en aumento, lo cual no se haría, si se apretase mucho a los vecinos de la dicha ciudad, que están muy pobres, vejados y molestados con la continua guerra de enemigos, en la cual y en la de los cimarrones han servido a V. alza a su costa y sin premio alguno.8 Quizás las alcabalas fueran un argumento pobre para explicar la decadencia, habiendo como había razones más serias en las que coincidían alrededor de 1620 no sólo los regidores sino los elementos ilustrados de la ciudad, como los miembros de órdenes religiosas. El cabildo lo exponía no sin cierto dramatismo autocalificándose de "miserable república": 3 Borrego Pla, Cartagena, pp. 436-438. 4 A pesar de alguna significativa ausencia la presencia de portugueses es masiva, tales como Pedro Lopes Treviño, rico terrateniente y traficante de esclavos, Francisco Ramires Pinto, Pero Baes de Lemos, etc. AGI, Santa Fe, 38, 1, 21. Gob. Pedro de Acuña a S.M. Cartagena de Indias, 30 jun. 1599. 5 AGI, Santa Fe, 62, 98. Cabildo de Cartagena a S.M., 31 mar. 1609. 6 AGI, Santa Fe, 62, 91, imag. 45. Cabildo de Cartagena a S.M., 8 mayo 1606. 7 AGI, Santa Fe, 63, 24. Cabildo de Cartagena a S.M., 23 jul. 1620. 8 AGI, Santa Fe, 63, 8. Petición del procurador Gaspar de la Esquina al Consejo de Indias, Madrid, 9 jul. 1611. -4
Solía esta ciudad ser de las más lucidas y prósperas de las Indias y hase ido acabando y consumiendo de 25 años a esta parte con las visitas de tantos jueces que han venido a ella, dejando la tierra esquilmada y corta; júntase a esto en la ocasión presente los trabajos que se sirve Dios de enviarle con hambre de cuatro años continuos que ha que anda en su comarca la langosta, que tala y destruye todas las sementeras y frutos de ella sin dejarlas llegar a sazón y con la peste de viruelas y sarampión, que han muerto más de dos mil esclavos, sin muchos muchachos, que ha importado esta pérdida a los vecinos 600.000 pesos; y sobre todo, los corsarios que la molestan, teniendo tomado el paso por donde le vienen los bastimentos necesarios a esta ciudad.9 La ciudad de Cartagena compartía la opinión de sus regidores, expresada por medio del cabildo eclesiástico, los agustinos y los jesuitas. Coincidían en las tres razones básicas -exceso de visitadores, plaga de langosta y abundancia de corsariosagregando alguna otra, como la desaparición de las galeras, que había envalentonado a los corsarios y retraído a los comerciantes. Tanto el cabildo eclesiástico como los agustinos destacaban el despoblamiento que había experimentado la ciudad.10 Los religiosos anotaban que la decadencia se reflejaba en la disminución de limosnas, que años atrás les habían permitido una vida más holgada. En el transcurso del siglo no mejoró la situación, pues a la falta de actividad comercial se agregó en la década de 1640 la expulsión de los portugueses, sobre quienes descansaba el comercio negrero. Por eso el cabildo se lamentaba en 1644 de lo acabada que se halla esta república, que no hay vecino que en ella se pueda sustentar por falta del comercio, que solía haber de todas estas islas de Barlovento y negros de Angola, demás de la falta de la Casa de la Moneda y ser una provincia que en ella no se saca oro ni plata ni tiene frutos de importancia que no hayan de venir de acarreto, y a aquesto se allega los grandes derechos e imposiciones que la afligen con que todos procuran desampararla y los mercaderes se ahuyentan y todo va en disminución.11 La ciudad se vio a mediados de siglo en las mayores dificultades, similares a las que atravesaba la península, pues la recesión y la salida de portugueses había incrementado la presencia de corsarios y la rapiña de las costas, que a su vez creaban más inseguridad y el despoblamiento de la ciudad, lo que dificultaba la defensa en caso de ataque. En 1645 confesaba el cabildo con impotencia: está esta ciudad tan acabada que hoy casi se halla con la tercia parte menos de su vecindad que, cuando para la grandeza de ella no importa para la defensa, lo que Dios no permita, si infestase esta plaza el enemigo, harán muy grande falta.12 9 AGI, Santa Fe, 63, 22. Cabildo de Cartagena a S.M., 26 oct. 1619. 10 AGI, Santa Fe, 63, 25. El cabildo eclesiástico, el convento de San Agustín y el colegio de la Compañía de Jesús a S.M., 22, 20 y 23 jul. 1620. 11 AGI, Santa Fe, 63, 112. Cabildo de Cartagena a S.M., 3 oct. 1644. 12 AGI, Santa Fe, 63, 115. Cabildo de Cartagena a S.M., 4 oct. 1645. -5
No obstante estas confesiones, los cartageneros pensaban que su ciudad tenía potencial para ser una de las más prósperas de América y, sin duda, la plaza fuerte más importante del Caribe, salvando quizá Santo Domingo en la Isla Española: "esta ciudad es el puerto de mar más frecuentado que V.M. tiene en las Indias y la plaza de armas de mayor consecuencia".13 Límites al gobierno municipal La ciudad de Cartagena no puede entenderse sin la provincia, como no puede separarse el gobierno municipal del provincial. Los regidores actuaban en su ámbito con las limitaciones impuestas por la legislación y las que los gobernadores añadían. La autonomía de los municipios, ya se sabe, era una sana aspiración con frecuencia insatisfecha, bien por la venta de cargos, bien por la irrupción de los gobernadores en los asuntos del cabildo. En ciudades estratégicas, como Cartagena de Indias, en que la presencia del gobierno central era más imprescindible, la conducción de los temas municipales por la autoridad gubernativa de la provincia fue un hecho habitual. La autoridad política y militar de la plaza presidía las reuniones del cabildo y encabezaba las firmas de los regidores. En caso de discrepancia de criterios entre ambas autoridades, el cabildo contaba con escasos recursos para hacer llegar al rey su desacuerdo o sus quejas, porque el gobernador censuraba la correspondencia. De ahí que se encuentren frecuentes elogios a los gobernadores en ejercicio y apenas censuras o críticas a su actuación. Así, en el gobernador Jerónimo de Zuazo en 1604 destacaban "su buen celo y cristiandad, la vigilancia y cuidado con que le sirve y aumenta esta república".14 En 1623, más de medio centenar de vecinos ponderaban, el "tan conocido cuidado y vigilancia con que Don García Girón gobierna esta ciudad y provincia" y "a este puerto le fortificó y trincheó".15 Mucho más extensamente manifestaron los méritos del gobernador Diego de Escobar, a quien se halló muerto en su cama el día 26 de julio de 1628 por "el cuidado y desvelo, cansancio y trabajo que el día antes recibió en apaciguar una pendencia que movió gente de la Armada".16 Mayores elogios recibió el general don Luis Fernández de Córdoba, gobernador desde 1642 y antes comandante de la Armada.17 De él hablaban como dotado de "celo cristiano y sana intención" y de "afecto que de muchos años a esta parte confiesa deberle" Cartagena 13 AGI, Santa Fe, 63, 126, imag. 7. Cabildo de Cartagena a S.M., 2 jul. 1655. 14 AGI, Santa Fe, 62, 85. Cabildo de Cartagena a S.M., 25 en. 1604. 15 AGI, Santa Fe, 63, 43. Cabildo de Cartagena a S.M., 27 mar. 1623. 16 AGI, Santa Fe, 63, 74. Cabildo de Cartagena a S.M., 17 ag. 1628. 17 Ernesto Schäfer, El Real y Supremo Consejo de las Indias, 2 vols. (Sevilla, 1935-1947) vol. II, p. 526. -6
por los viajes continuados que había realizado.18 Tampoco quiere decir que todos estos elogios fueran falsos o arrancados por la fuerza a los miembros de la corporación, aunque siempre hay que mantener una actitud prudente a la hora de valorarlos. El cabildo manifestó en 1611 con fuerza su posición ante el peligro de que fuera nombrado gobernador de la provincia el que había sido sargento mayor, Francisco de Santander y había recibido una condena a muerte, luego indultada. Los capitulares pidieron que no se realizara tal nombramiento porque tendría efectos muy negativos.19 En el primer lustro de la década de 1630 quedaron registrados algunos de los enfrentamientos más duros entre el cabildo y un gobernador, en este caso el áspero Francisco de Murga. Prácticamente todos los sectores de la sociedad cartagenera se levantaron contra el genio del gobernador quien, no obstante, contaba con argumentos sólidos para su defensa, como la lucha por evitar el fraude, proteger a los pobres y lograr una ciudad más segura. El cabildo no negó los elogios a su competencia militar y a su capacidad para realizar las obras defensivas necesarias.20 Pero le censuraba su "natural ácido, que trata con palabras indignas" tanto a religiosos como a capitulares, "ultrajando así a los regidores y personas de calidad como a religiosos y presbíteros".21 El gobernador en 1631 apresó y mantuvo en un calabozo al castellano Baltasar de la Cruz por temor a que fuera a informar a las autoridades, cuando estaba a punto de hacer viaje a la corte. También pretendió forzar el nombramiento de Diego de Matute como procurador en corte, en lugar del candidato del cabildo, Juan Maldonado de Tejeda.22 Lo difícil era manifestar los desacuerdos, a causa de la sumisión a que se veía sometido el cabildo. En 1643 los capitulares confesaban los "ahogos y fatigas de la ciudad" con los gobernadores Melchor de Aguilera y su sucesor Ortuño de Aldape, a quienes tocó resolver las consecuencias de la sublevación de Portugal, tanto por la presencia de portugueses como por la llegada de fugitivos de Brasil.23 Seguramente no hubo momento de mayor tensión entre las dos autoridades que bajo el gobierno de Pedro de Ulloa Ribadeneira, cuando los regidores sufrieron la conducta arbitraria, abusiva y corrupta del gobernador que anulaba todo gobierno municipal. En varias cartas se quejaron los ediles de que usaba 18 AGI, Santa Fe, 63, 107. Cabildo de Cartagena a S.M., sept. 1643. 19 AGI, Santa Fe, 63, 8, imag. 5. Instrucción de la ciudad a su procurador, Gaspar de la Esquina, 2 feb. 1611. 20 "hoy está asegurado el surgidero con dos castillos efectivos y puesto en defensa el barrio de Getsemaní, de suerte que se juzga por imposible que el enemigo pueda conseguir más que el castigo de cualquier atrevimiento que intente". AGI, Santa Fe, 63, 87. Cabildo de Cartagena a S.M., 30 mayo 1632. 21 AGI, Santa Fe, 63, 93. Cabildo de Cartagena a S.M., 10 ag. 1634. 22 AGI, Santa Fe, 63, 86. Cabildo de Cartagena a S.M., 23 nov. 1631. 23 AGI, Santa Fe, 40, 3, 94. Aguilera a S.M., 13 feb. 1641.- AGI, Santa Fe, 41, 1, 2. Aldape a S.M., 30 oct. 1642. -7
con ellos "términos ásperos y estilo muy feo y extraño de la decencia de un cuerpo de ciudad," prohibiéndoles hasta salir de la ciudad sin una licencia suya escrita, por la que les cobraba derechos, cuando no se la negaba de plano.24 No quedaba todo, sin embargo en palabras, sino que condicionaba el desempeño de su oficio municipal: nos trata en el Cabildo con palabras tan feas como indignas de la reverencia al Cuerpo de una Ciudad, que por indecentes y ajenas a los oídos de V.M. no las referimos, solicitando causas para privarnos [de] los votos, porque queremos obrar con libertad en las utilidades de la república y en las elecciones de alcaldes y oficios.25 El gobernador no se paraba ante nada pues lo mismo apaleaba al capitán de una compañía que encerraba en un castillo a un regidor.26 No se recataba lo más mínimo en declararse enemigo de los regidores y “solicita cualquier leve causa para molestarnos, como lo ha obrado conmigo, teniéndome actualmente preso en una cárcel pública y común con un par de grillos,” manifestaba el regidor Martín de Buitrago.27 Más grave aún que las arbitrariedades que pudiera cometer con personas particulares y aun personas de autoridad, era la denuncia de que “hemos experimentado cuán absolutos quieren ser los gobernadores en las materias públicas de la ciudad y en la distribución de sus propios y rentas.” El afán de controlar les llevaba a querer dirigir los asuntos de la ciudad y para ello Ulloa, según las denuncias y el resultado del juicio de residencia, actuó arbitrariamente. Hasta quienes no eran siquiera miembros del cabildo, pero portaban apellidos de renombre fueron severamente represaliados, como ocurrió con Andrés Vanquésel de Loaysa, sobrino del que con el mismo nombre había integrado el cabildo entre 1630 y 1645 y nieto del fundador de la saga, capitán Andrés Vanquésel. En 1671 Andrés, hijo de Diego Vanquésel de Loaysa y de Clara Quadrado Cid,28 se atrevió como nieto del capitán Alonso Quadrado Cid a optar al puesto de Alcalde Provincial de la Santa Hermandad, que el abuelo había ocupado tras pagar 12.000 pesos.29 El gobernador Ulloa prefirió a 24 AGI, Santa Fe, 44, r.1, n.20. Representación a la Reina de los regidores D. Juan López de Medina, D. Fausto Fco. de Echarri y Daoiz, D. Diego de Bosque, D. Martín de Buitrago Salazar, D. Diego Matute y D. Francisco de Olivera y Cervantes, Cartagena, 25 oct. 1670. 25.- AGI, Santa Fe, 44, r.1, n.20a. Representación a la Reina de los regidores López de Medina, Echarri, Bosque, Buitrago, Matute, Núñez de León y Olivera y Cervantes, Cartagena, 25 nov. 1670. 26 AGI, Santa Fe, 44, r.1, n.20ag, imag. 197. Juan López de Medina y Fausto Fco. Echarri y Daoiz a la Reina, Cartagena, nov. 1672. En un rebato por amenaza de enemigos, yendo el gobernador de ronda por la ciudad, sin motivo ninguno golpeó repetidamente con su bastón a un capitán que estaba con su compañía en el puesto asignado, le hirió la cabeza y le mandó prender. Al día siguiente no reconoció que él hubiera hecho eso y mandó soltarlo. 27 AGI, Santa Fe, 44, r. 1, n. 20c. Copia de carta de Martín de Buitrago y Salazar a la reina, Cartagena, 30 nov. 1670. 28 AGNCO, Colonia, Testamentarías de Bolívar, XLVI – 1661. Pleito seguido en Cartagena por doña Beatriz Jiménez de Enciso, viuda del capitán Alonso Cid Cuadrado, f. 749v. 29 AGI, Santa Fe, 44, r. 1, n. 20t. Andrés Vanquésel de Loaysa a S.M., Cartagena, 3 mar. 1671. -8
Fernando Álvarez de Burgos, que era menor de 26 años en el momento del remate y sólo ofreció 3.600 pesos, a causa de su relación de hermano político del sargento mayor, José Crispín. Por haber denunciado la adjudicación, le tuvo preso a Andrés Vanquésel en el castillo de San Luis de Bocachica durante once días, en el de San Felipe de Barajas otros catorce y finalmente, a causa de su mala salud, en prisión domiciliaria sin conocer en ningún momento las razones de su prisión ni de su condena a 40 pesos. Otros retos a la autoridad municipal provenían del estamento militar y del eclesiástico, que contaban con su propio fuero. Los soldados, ya de por sí inclinados al exceso, abusaban de su poder para proveerse de carne, bien llevándosela de la carnicería sin pagarla, bien sustrayéndola en vivo de los caminos sin que autoridad alguna pudiera controlarlos, porque dependían sólo de sus comandantes militares. Con ello no sólo ofendían a los alcaldes ordinarios sino que dañaban los negocios.30 Los esclavos despenseros de los jueces inquisidores andaban muy envalentonados porque sus amos habían sacado de la cárcel y retirado el expediente de algún acusado de delito capital.31 Por lo común, no obstante, los intereses del municipio y del gobierno coincidían en la búsqueda de la seguridad terrestre y marítima de la ciudad, y en el sostenimiento de sus gentes. Pero a lo largo del siglo XVII Cartagena se hizo más dependiente del poder central y de su representante, el gobernador, ya que no en vano la fortificación de la ciudad generaba demanda y ocupación. Quien llevaba la iniciativa era él, a medida que se convirtió en la plaza estratégica por excelencia. Junto a esa tendencia se dio la inversa: el sector privado se empobreció con la caída del comercio y la expulsión de los portugueses. En 1627 el gobernador Murga hacía un listado rápido de los extranjeros presentes en la ciudad e incluía tres italianos, un francés y 17 portugueses de algún peso, porque además de estos hay pulperos, marineros, sastres, oficiales y algunos soldados en cantidad de más de ciento cincuenta, que han venido por vía de Angola, todos portugueses, que por la brevedad de los galeones no envío aquí los nombres y minuta de ellos.32 Cartagena, plaza fuerte Al cabildo le preocuparon sobre todo dos temas: la defensa -fortificaciones, artillería, munición, armas, guarnición y compañías de milicias- y el comercio -alcabalas, fraude y extranjeros. El problema de la defensa era un asunto inacabable porque o no había suficiente dinero para las obras a emprender, o surgían nuevas urgencias a las que dar respuesta. El gobierno municipal poca autoridad tenía en las 30 AGI, Santa Fe, 63, 110. Instancia del procurador Nicolás Heras Pantoja al Consejo. Madrid, 8 oct. 1643. 31 AGI, Santa Fe, 63, 34. Peticiones del procurador Diego Fernández Calvo al Consejo. Madrid, 15 feb. 1622. 32 AGI, Santa Fe, 39, 2, 19. Gob. Murga a S.M. Cartagena de Indias, 5 ag. 1627. -9
fortificaciones o en la guarnición de la plaza, aunque apoyó la construcción de los fuertes de San Matías, la plataforma de Santángel y la Punta del Judío, que se hallaban construidos o en proyecto en la primera década.33 A partir de esa fecha, sin embargo, se concentraron los esfuerzos en completar las murallas y parapetos de la ciudad, tanto frente al mar como por tierra, "pues de cercarse pende su conservación y aumento",34 resultando muy elogiada la labor de los gobernadores García Girón (1619-24), Diego de Escobar (1625-28) y Francisco de Murga (1630-36). En el primer lustro de la década de 1620 existió psicosis de miedo a un ataque de holandeses después que se apoderaron del noreste brasileño. En 1623 corrió la noticia de que una gran armada se dirigía hacia ese puerto, por lo que el gobernador tuvo que tomar medidas, que valoraba así el cabildo: particularmente en la que se ofreció de la nueva de las 40 velas que se entendió vinieran a este puerto, le fortificó y trincheó la ciudad tan sin ruido y trabajo de los vecinos, y nos puso a todos tan alentados y bien disciplinados que a mayor número pudiéramos resistir; y junto con esto, sustentarnos en justicia y acudir a nuestras necesidades como padre de la república.35 En el segundo lustro de la década se reforzó la plaza con "200 hombres, 16 piezas de artillería, 50 quintales de pólvora y municiones" dándose prisa el gobernador Escobar en acabar la muralla: ha hecho un gran pedazo de cerca y muralla que estaba abierto, con tanta brevedad que ha causado admiración, a cuya obra y facción han acudido esta ciudad y vecinos con peones, carretas y materiales a su costa para más breve efecto, mostrando así en esto como en el uso de las armas, que ha más tiempo de ocho meses no dejan de las manos.36 Apaciguados esos temores, no se abandonaron las obras sino que para 1632, año y medio después de la llegada de Murga, veían los ediles así los logros conseguidos: el estado que esta plaza tenía y el consuelo con que esta república quedaba viendo por sus ojos el lucido y adelantado trabajo con que se iba disponiendo su fortificación y cuán ajena se hallaba de los temores con que de ordinario vivía.37 Del mismo modo que se varió la defensa fija de consistir al principio en la construcción de fuertes a la entrada de la bahía a lograr el amurallamiento de la ciudad, también en la defensa móvil hubo modificaciones y corrección de errores. Uno de los elementos más efectivos con que había contado 33 La importancia de estos fuertes debió ser muy pasajera, porque no vienen en la obra de las fortificaciones, si bien en la historia de la ciudad sí quedan recogidas. Juan Manuel Zapatero, Historia de las fortificaciones de Cartagena de Indias, Madrid, 1979, pp. 33-49.- Enrique Marco Dorta, Cartagena de Indias. La ciudad y sus monumentos (Madrid, 1952) pp. 35-49. 34 AGI, Santa Fe, 62, 99. Cabildo de Cartagena a S.M., 6 ab. 1609. 35 AGI, Santa Fe, 63, 43. Cabildo de Cartagena a S.M., 27 mar. 1623. 36 AGI, Santa Fe, 63, 59. Cabildo de Cartagena a S.M., jul. 1626. 37 AGI, Santa Fe, 63, 87. Cabildo de Cartagena a S.M., 30 mayo 1632. -10
Cartagena había sido el de las galeras. Para distancias cortas, en la vigilancia de costas cercanas y en la persecución de naves enemigas tenían una gran efectividad. Pero las galeras obligaban a mantener cuadrillas de remeros sacados de la población reclusa o seleccionados entre los esclavos negros, que planteaban graves problemas de indisciplina bien por ser penados o por esclavos, cuya vida en galeras estaba lejos de ser placentera. Seguramente por evitar ese problema y el costo de mantenerlos pese al escaso uso que de ellos se hacía, las galeras se eliminaron en el gobierno de Diego de Acuña, pues en 1615 informaba que había desmantelado la galera que quedaba.38 En su lugar se habían botado carabelones, que podían embarcar infantes de marina, y tuvieron cierta efectividad bajo el gobernador Girón. No obstante, con el aumento de la presencia extranjera en las costas desde la década de 1620 se dio orden de reinstalar las dos galeras, "en cuyos buenos sucesos y reputación tiene esta provincia librado su último remedio",39 aunque no había carpintero de ribera que supiera construirlas.40 Puede que ese exceso de confianza en las galeras no fuera más que un espejismo para enmascarar las dificultades de adaptarse a las nuevas exigencias del momento. La defensa fija demandaba algo más que la construcción de fuertes o murallas, pues había que dotarlos de una guarnición, de piezas de artillería y de munición. Todo ese esfuerzo, que tenía la finalidad militar y política de impedir ataques, se hallaba íntimamente relacionado con la vida económica de la ciudad, dado que la seguridad del puerto generaba actividad comercial, presencia de mercaderes y capitales y, por consiguiente, trabajo para más gente. Por tales motivos, aunque la responsabilidad de conseguir los recursos para tales obras defensivas descansaba sobre los hombros del gobierno, el cabildo no se sentía ajeno a ello ni mucho menos, por lo que propuso financiar parte del costo, si se proporcionaban a la ciudad ingresos más altos a través de las alcabalas y del incremento de los derechos tradicionales que cobraba, consistentes en el 2 % a las importaciones para el proyecto de llevar agua a la ciudad desde Turbaco y del peso por cada esclavo que era comprado en la ciudad.41 La contribución de los cartageneros a la defensa no fue sólo pecuniaria, sino también directa, por medio de un servicio de armas, que en definitiva también costaba dinero. Con la nueva política de botar carabelones para la persecución de los corsarios, parte de la guarnición de la ciudad se embarcaba en los mismos, con lo que las compañías de milicias tenían que realizar las guardias y patrullas del perímetro de las murallas. Las consecuencias se dejaban sentir en los llamados a ese servicio y en sus familias, pues los 38 AGI, Santa Fe, 38, 5, 133. Gob. Acuña a S.M., 12 jul. 1615. 39 AGI, Santa Fe, 63, 26. Cabildo de Cartagena a S.M., 25 en. 1621. 40 AGI, Santa Fe, 38, 6, 168. Gob. Girón a S.M., 30 en. 1621. 41 AGI, Santa Fe, 62, 93. Cabildo de Cartagena a S.M., 12 jul. 1607. -11
pequeño y estrecho, caluroso y húmedo que viven con mucha molestia los presos, sin que haya distinción de nobles a plebeyos, estando revueltos negros, indios, mulatos y españoles, y todo tan abajado y oscuro que es causa de muchas enfermedades.71 El matadero estaba ubicado al lado del convento de San Francisco en el barrio de Getsemaní, en el camino de salida de la ciudad, por lo que no sólo los franciscanos que lo soportaban permanentemente, sino mucha más gente era incomodada por los malos olores que despedía.72 Pedían que se ubicara en lugar menos expuesto. Mayor preocupación originaba la construcción del Hospital de San Lázaro, tema tan sensible que ni siquiera permitía mencionar el nombre de la enfermedad -"los tocados de este mal"- de lepra, que eran apestados a los que había que mantener alejados del contacto con la gente sana. Según afirmaban, el mal se había extendido mucho por no haber tomado las precauciones convenientes.73 De ahí que sin esperar respuesta a la petición de ayuda el cabildo compró un sitio para hospital fuera de la ciudad, que por falta de medios no tenía ni cerca ni alojamiento suficiente, porque el número de los infectados había pasado en ocho años de 10 ó 12 a 62 entre blancos y negros, más otros 25 que estaban "heridos en el lugar". Calculaban los capitulares que la obra costaría 8.000 pesos, sin contar la manutención diaria, para lo cual solicitaban ayuda y la concesión de los privilegios de los lazaretos de España.74 Por ejemplo, una ayuda grande para el sustento podía ser el cobro de alguna tasa por la venta de tierras, de manera que se recogieran al año 500 pesos, tomando ejemplo del Hospital de San Lázaro de Sevilla.75 Pasada la mitad del siglo se seguían buscando medios de subsistencia para San Lázaro, pidiendo la prórroga de los dos tercios de penas de cámara que se les aplicaban.76 Un episodio llamativo que queda silenciado en la documentación tanto del cabildo como de la gobernación es la sublevación de Portugal y sus consecuencias en Cartagena, que estaba tan llena de portugueses. Posiblemente ese sea uno de los motivos para tal silencio. En qué medida se vio afectada la ciudad y su gobierno lo desconocemos. De forma indirecta, en una carta de alabanza a la buena labor del general Francisco Díaz Pimienta en expulsar a los corsarios de la isla de Santa Catalina y en ayudar al visitador Beltrán de Guevara, el cabildo ponderaba 71 AGI, Santa Fe, 63, 34. Peticiones del procurador Diego Fernández Calvo, Madrid, 25 feb. 1622. 72 AGI, Santa Fe, 63, 40. Gob. Girón a S.M., 30 jul. 1622. 73 AGI, Santa Fe, 63, 14. Cabildo de Cartagena a S.M., 17 dic. 1614. 74 AGI, Santa Fe, 63, 67. Cabildo de Cartagena a S.M., 30 jul. 1627.- Mª del Carmen Borrego Pla, "El Hospital de San Lázaro de Sevilla y su proyección indiana", VII Jornadas de Andalucía y América (Sevilla, 1990) pp. 163-200. 75 AGI, Santa Fe, 63, 103. Cabildo de Cartagena a S.M., 13 ag. 1642. 76 AGI, Santa Fe, 63, 125. Cabildo de Cartagena a S.M., 17 oct. 1653. -18
la singular prudencia con que se hubo con los portugueses, desde que llegó la nueva de la rebelión de Portugal, y del desvelo con que dio cobro a tan desmantelada armada, como la que a este puerto arribó del Brasil.77 Demasiado escueto comentario a un hecho tan trascendente para un sector vital de la ciudad. ¿Tuvieron que salir los portugueses de Cartagena? ¿Cómo les afectó en sus negocios? El cabildo experimentó una pérdida de poder real ante la intervención creciente del gobierno metropolitano, en parte por la experiencia ya mencionada del asalto de Drake y la falta de recursos para acometer la fortificación de la bahía y de la ciudad y, en parte también, por la nueva mentalidad de los dirigentes locales. El cabildo, además de dejar de representar a los terratenientes, se vinculó a los genuinos representantes de una ciudad portuaria, muy dependiente de la protección estatal, tanto en el negocio comercial, como por la desconfianza hacia quienes eran forasteros. Cartagena, frente a la tendencia del siglo XVII de afianzamiento del poder local, se apoyó en Madrid para lograr sobrevivir dentro de la atonía del siglo. En este contexto, pues, los temas municipales en poco se diferenciaron de los provinciales. Tampoco es sencillo separar aquello que interesaba al gobierno metropolitano de lo que interesaba a la ciudad, porque los intereses podían coincidir. Pero en cualquier caso lo que transmite la correspondencia no deja lugar a dudas sobre la autoridad del gobernador en el cabildo. Y lógicamente, los temas planteados de forma recurrente y con destacado énfasis tuvieron que ver con la fortificación de la ciudad y de la bahía, con la adquisición de armamento y con el sostenimiento de galeras o carabelones para eliminar enemigos en la costa. Todos los demás aspectos de la vida urbana y municipal se vieron matizados por esta relación. 77 AGI, Santa Fe, 63, 108. Cabildo de Cartagena a S.M., 12 sept. 1643. -19