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Ensimismamiento nostálgico: Un acercamiento a la nostalgia a través del paisaje

Torres Pinelo, Lucía

Abstract

El presente proyecto teórico y artístico surge del profundo sentimiento de nostalgia que me ha acompañado desde mi niñez. Desde que nací, he pasado mis veranos en Llamas de Cabrera, un pequeño pueblo escondido entre las montañas leonesas, en el que nació mi abuela. Allí, la vida es totalmente diferente, el aire fresco y limpio sopla de forma distinta; el agua corre de forma singular, bajando rauda y clara por la montaña, y el tiempo parece transcurrir más despacio, como si quisiera quedarse a vivir entre las casas de piedra, viendo la luz dorada del sol reflejada en los tejados de pizarra.

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Ensimismamiento nostálgico Trabajo de Fin de Grado Grado en Bellas Artes Universidad de Sevilla 2023-2024 - Un acercamiento a la nostalgia a través del paisaje - LUCÍA TORRES PINELO Trabajo de Fin de Grado Grado en Bellas Artes Universidad de Sevilla 2023-2024 ENSIMISMAMIENTO NOSTÁLGICO Un acercamiento a la nostalgia a través del paisaje Autora: Lucía Torres Pinelo Tutor: José Naranjo Ferrari A mi abuela, por ser luz , ejemplo y guía en cada paso del camino. Te quiero. Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria. LOUISE GLÜCK. Nostos. Meadowlands. 1996 Índice 1. INTRODUCCIÓN 13 1.1 Objetivos 13 1.2 Metodología 13 2. LA NOSTALGIA 17 2.1 Definición e historia de la nostalgia 17 2.2 Los falsos recuerdos y la fragilidad de la memoria 19 2.3 El ensimismamiento nostálgico o “estar en babia” 21 3. EL PAISAJE 25 3.1 Definición de paisaje 25 3.2 El paisaje como desencadenante de nostalgia 30 3.2.1 El paisaje como experiencia multisensorial: Nostalgia por remisión sensitiva 30 3.2.2 El paisaje como constructor de identidad: Nostalgia por arraigo 34 3.2.3 El paisaje en peligro de extinción: Nostalgia por pérdida y anemoia 38 4. PAISAJE Y NOSTALGIA EN EL ARTE 41 4.1 Pintura 41 4.2 Fotografía y cine 48 4.3 Literatura 52 5. APORTACIONES ARTÍSTICAS 55 5.1 Ensimismamiento 57 5.2 Sentidos 69 5.3 Identidad 75 5.4 Pérdida 85 6. CONCLUSIONES 95 7. ÍNDICE DE FIGURAS 99 8. BIBLIOGRAFÍA 101 12 13 1. INTRODUCCIÓN El presente proyecto teórico y artístico surge del profundo sentimiento de nostalgia que me ha acompañado desde mi niñez. Desde que nací, he pasado mis veranos en Llamas de Cabrera, un pequeño pueblo escondido entre las montañas leonesas, en el que nació mi abuela. Allí, la vida es totalmente diferente, el aire fresco y limpio sopla de forma distinta; el agua corre de forma singular, bajando rauda y clara por la montaña, y el tiempo parece transcurrir más despacio, como si quisiera quedarse a vivir entre las casas de piedra, viendo la luz dorada del sol reflejada en los tejados de pizarra. Desde que tengo uso de razón, he buscado ese paisaje y sus singularidades en todo lo que contemplaba, entornando los sentidos para intentar volver mentalmente al pueblecito de las casas de piedra. Es esto lo que hoy me empuja a dedicar un proyecto artístico a la nostalgia y su estrecha relación con el paisaje. 1.1 OBJETIVOS De este modo, los objetivos que se pretenden alcanzar en este proyecto teórico y práctico son los siguientes: - Invetigar el sentimiento de la nostalgia y sus efectos en el cerebro y en la creación de imágenes mentales. - Establecer una relación directa entre paisaje y el concepto de “ensimismamiento nostálgico” - Estudiar el concepto de paisaje como experiencia multisensorial, capaz de remitirnos a momentos pasados. - Comprender el impacto de los paisajes que habitamos en la formación de nuestra identidad y, por tanto, de nuestra memoria. - Representar visualmente el ensimismamiento nostálgico. - Explorar las formas de llevar al soporte el sentimiento de la nostalgia generada por el paisaje. - Provocar añoranza en el espectador. 1.2 METODOLOGÍA La metodología seguida para la realización de este estudio se ha basado en la investigación y lectura de una bibliografía compuesta por artículos, tesis y libros sobre el paisaje y la nostalgia. Además, el visionado de documentales y películas relacionados con el tema han formado una buena parte de la investigación llevada a cabo. A lo largo de este estudio, por tanto, haremos un recorrido por el sentimiento universal de la nostalgia desde una visión paisajística, tratando de comprender cómo los paisajes que habitamos son capaces de hacernos sentir nostalgia e incluso generar varios tipos de este sentimiento. Para ello, en primer lugar, haremos un breve repaso a la historia del término nostalgia, su origen y 14 15 efectos a nivel psicológico. Observaremos, entonces, cómo esta se entrelaza con el paisaje, cuando hablemos del fenómeno conocido como ensimismamiento nostálgico, del cual nuestro estudio toma su nombre. Tras esta introducción, pasaremos a profundizar en el concepto de paisaje, investigando acerca de los orígenes del término y sus diferentes definiciones. Investigaremos el carácter multisensorial del paisaje, cómo este va tejiendo la identidad de quienes lo contemplan a lo largo de su vida y por qué la pérdida o modificación de estos paisajes provoca un profundo impacto en sus habitantes. Por último, analizaremos como el arte, en todas sus variantes, ha canalizado el sentimiento de la nostalgia a lo largo de los años, hasta materializarlo en obras paisajísticas. Para finalizar, se presentarán las obras artísticas, la parte tangible de este proyecto. A través de varias disciplinas, siendo la pintura la forma principal de expresión, se representan visualmente la nostalgia y el estado de ensimismamiento nostálgico. Se trata de una obra nacida, principalmente, de recuerdos propios, pero dotada de una ambigüedad que busca la identificación del espectador con los paisajes representados, dejando de lado la nitidez de las formas para poner en valor la importancia del recuerdo y la nostalgia. 16 17 2. LA NOSTALGIA El término nostalgia deriva del griego nóstos, vocablo griego que se traduce como “regreso”, y álgos, que significa “dolor”. Dolor y regreso, álgos y nóstos, vinieron a emparentarse en la nostalgia para devolvernos una palabra plurívoca, como todas, que nos invita aventurar distintas derivas semánticas: el dolor que regresa, el regreso del dolor, un dolor por aquello que regresa… o tal vez el específico dolor por no poder regresar allí donde un día y con quienes, también un día, habitamos o creímos habitar. (GARROCHO, 2019, p. 675) 2.1 Definición e historia de la nostalgia La nostalgia es uno de tantos sentimientos humanos complejos, y como sentimiento humano complejo que es, acotar una definición concreta para este término resulta muy complicado, ya que la percepción de este varía de persona a persona, entre culturas y según la época. Sin embargo, sí que existe un rasgo común entre todas las palabras que denominan esta sensación en los diferentes idiomas. No importa como la llamemos: nostalgia, en español; saudade en portugués; heimweh o homesickness, en alemán e inglés respectivamente. Todos estos términos remiten a lo mismo: el paisaje, la añoranza hacia el mismo por la lejanía y el deseo de salvar la distancia temporal o espacial que nos separa del lugar donde una vez fuimos felices o donde, simplemente, fuimos. Svetlana Boym comienza la introducción de su libro The Future Of Nostalgia haciendo referencia a la etimología de la palabra que nos atañe en este estudio, destacando la importancia del espacio y el entorno con respecto al concepto de nostalgia, en tanto que la autora define este sentimiento como “el anhelo por un hogar que ya no existe – o nunca existió”. (BOYM, 2001, p. 13) Sin embargo, esta es solo una de las innumerables definiciones que, a lo largo de la historia, han tratado de conceptualizar el término nostalgia, durante mucho tiempo de forma imprecisa e inconstante, debido a la complejidad de este sentimiento. Resultado del desconocimiento y falta de delimitación en su definición, la nostalgia llegó a ser considerada una patología en el pasado. Fue el médico suizo Johannes Hofer quien, en primera instancia, acuñó el término nostalgia en su tesis doctoral titulada Disertatio medica de nostalgia oder Heimweh en la facultad de medicina de Basilea, en 1688. En esta, exponía que varios de sus pacientes presentaban una serie de patologías relacionadas con pasar largos periodos de tiempo alejados de la tierra de nacimiento y sus seres queridos. La nostalgia era, en aquel entonces, una enfermedad circunscrita, mayormente, a soldados alejados de su hogar por las circunstancias. (GARROCHO, 2019, p.675) 30 31 3.2 El paisaje como desencadenante de nostalgia A lo largo de los apartados anteriores, hemos investigado los orígenes tanto de la nostalgia como del paisaje. Hemos podido comprobar que existe un profundo vínculo entre ellos y que cada uno puede influir en la experiencia del otro de manera significativa. Por ello, en este apartado, exploraremos en profundidad las diversas formas en que nostalgia y paisaje se influencian mutuamente, y daremos nombre a los tipos de nostalgia derivadas de las diferentes experiencias de paisaje. 3.2.1 El paisaje como experiencia multisensorial: Nostalgia por remisión sensitiva Al investigar el origen y la definición del término paisaje, hemos podido comprobar que este no se trata de algo rígido e inalterable, sino que, por el contrario, es cambiante y depende de las culturas y sociedades que lo habitan y le dan sentido a lo largo del tiempo. Sin embargo, es importante para nuestro estudio dedicar un apartado a investigar el paisaje sensorial y como todos y cada uno de los sentidos juegan un rol fundamental en la contemplación del paisaje y en la formación de recuerdos en torno al mismo. Ya sabemos qué es el paisaje, pero, quizá, es necesario comenzar este punto hablando de lo que no es. El paisaje no es la mera combinación de elementos geográficos, no se trata de la simple apariencia de un territorio. El paisaje es y existe porque lo percibimos a través de los sentidos. Sin embargo, los paisajes no son, únicamente, las imágenes surgidas de las percepciones sensoriales del entorno, sino que en ellos están integradas la memoria, los recuerdos y los sentidos de quien los percibe. (RODRÍGUEZ, 2021) Tomemos el mar como ejemplo. Comprendemos qué es el mar porque en el plano mental somos capaces de experimentar su magnitud al completo. Al imaginarlo, no nos quedamos con la mera vista de las olas azules en el horizonte, y llegamos a imaginar el sonido de las mismas al chocar con la orilla, el suave roce de la brisa que estas olas traen consigo en el rostro, la sal en la piel o su sabor en los labios. Podemos hablar, entonces, del paisaje definido como una experiencia multisensorial. Tendemos a relacionar, de forma totalmente errónea, la contemplación del paisaje o cualquier otro fenómeno con el sentido de la vista exclusivamente, pero todos los sentidos están involucrados, en la misma medida, en la observación y admiración del paisaje. Este está conformado por la tierra, en forma de montañas, valles, praderas; por el agua, como ríos, lagos u océanos, pero también son elementos del paisaje el sonido del viento entre las ramas de los árboles o el olor de la tierra, por ejemplo. En la apreciación del paisaje actúan tres dimensiones para su correcta comprensión: una natural, relacionada con la descripción física del entorno; una estética, la cual atañe a la percepción sensorial y otra cultural, de la que hemos hablado largo y tendido en el apartado anterior. Con respecto a la segunda, es decir, a la percepción del paisaje, sabemos que existen ciertos factores que forjan la vida e identidad de quien observa y es importante saber que estos factores están filtrados y alterados por la memoria de cada individuo, manifestándose en analogías surgidas del recuerdo. (LEJAVITZER, 2020 p. 298) El paisaje es, por lo tanto y como ya hemos mencionado en otras ocasiones, totalmente subjetivo, ya que depende de la mirada del individuo y las relaciones entre lo que este contempla y los recuerdos evocados por la contemplación del mismo. Es a partir de las mencionadas analogías que es posible aprender, comprender e interpretar lo observado, y es por ello que podemos afirmar que “vemos cosas diferentes, cuando miramos las mismas cosas” (FLOCH Y BRU, 2017, p.40) Todos los paisajes poseen el carácter multisensorial y el poder de evocación que mencionábamos en las líneas anteriores, independientemente de que se trate de una plaza escondida o una ciudad entera; un pequeño muelle o un puerto completo. El carácter sensorial del paisaje no solo tiene una función dirigida a la contemplación -como si esto fuera pocosino que, además, hace que los paisajes trasciendan en el tiempo y el espacio. Esto puede ocurrir a nivel individual, en el momento en que un entorno queda marcado para nosotros por experiencias vitales experimentadas allí. Estas se convierten en memorias a las que regresamos por medio de los sentidos, que nos remiten al pasado cada vez que volvemos a ese lugar. Por otra parte, este fenómeno puede ir más allá y ocurrir a un nivel colectivo y de sociedad, pues las marcas sensoriales de ciertos paisajes pueden vincularse con periodos históricos completos y convertirse en memoria. Es el caso, como muestra, del sufrimiento que aún se respira en los campos de concentración del nazismo. (RODRÍGUEZ, 2021) A pesar de la importancia del tema que nos encontramos desarrollando, el concepto de paisaje sensorial es de invención reciente, y apareció, precisamente, para arrojar luz sobre la importancia de los sentidos al incidir sobre el medio, ya sea para transformarlo o interpretarlo. Pese a la juventud del concepto, no son pocos los estudios que, desde el siglo XX, tienen como centro la experiencia sensorial, tratando de enriquecer las definiciones teóricas del paisaje. Los acercamientos de numerosos autores sobre este modo de entender el paisaje son muy variados. Por ejemplo, los sentidos tienen una gran importancia para la teoría del paisaje de Alexander von Humboldt, y es que este autor explora en sus escritos las posibilidades del lenguaje escrito como transmisor de las experiencias sensoriales vividas durante sus viajes. Humboldt, además, sostiene en su tratado Cosmos (1845) lo siguiente: La pintura de paisaje […] exige de los sentidos una variedad infinita de observaciones inmediatas, que debe asimilarse al espíritu para fecundizarlas con su poder y darlas a los sentidos a través de una obra de arte. (HUMBOLDT, 1845, p. 183) 32 33 Es decir, la pintura de paisaje requiere de una conexión íntima entre el observador, la obra de arte y el paisaje representado, la cual solo puede alcanzarse por medio de los cinco sentidos. Otro autor que se acerca al tema que tratamos es Raymond Schaffer, quien en su libro Le paysage sonore (1977), realiza un estudio en el que investiga cómo los diferentes sonidos, tanto del mundo natural como del humano, son identificables en el paisaje y cómo estos cambian a medida que el tiempo transforma la vida social, económica y urbana. Por su parte, María Tafalla, filósofa, habla en Paisaje y sensorialidad (2015) de los paisajes olfativos, reivindicando la importancia del olfato, considerado “sentido menor”, en la percepción del paisaje. Se tiende a suponer que el olfato no juega ningún tipo de rol en la apreciación estética del paisaje y, sin embargo, algunas personas que han perdido este sentido describen la sensación diciendo que “el mundo parece estar más lejos” (BARBER, 2012). Otro caso es el del artista Richard Long, que convierte caminatas por el paisaje en obras de arte, marcando la línea de sus pasos a base de caminar entre los dos mismos puntos y sentir la tierra bajo sus zapatos una y otra vez (fig.04). A lo largo de este apartado, tanto la memoria como los recuerdos han aparecido en numerosas ocasiones, por ser estos una parte fundamental e inevitable del paisaje vivido, contemplado y habitado con todos nuestros sentidos dedicados a ello. Así, el paisaje, al ser una experiencia multisensorial que involucra nuestros sentidos de forma holística, despierta una nostalgia que va más allá de lo puramente visual. Es una nostalgia delicada, tejida por los cinco sentidos, que aparece sin avisar dejándose sentir de forma suave e intensa a la vez, como una caricia en lo más profundo del alma. Podríamos denominarla “nostalgia por remisión sensitiva”, pues son los sentidos y la unión de los mismos los que nos remiten y transportan a momentos pasados, arraigados en la tierra y la memoria. Pueden ser conocidos aquellos paisajes en los que experimentamos esa vuelta a ciertos momentos de nuestra vida. Puede que hayamos andado sus caminos anteriormente y que volver a ellos sea lo que nos evoque los recuerdos de lo que allí hemos vivido, pues existen memorias nuestras imprimadas en ese lugar. O, por el contrario, puede ser un paisaje totalmente nuevo y desconocido hasta el momento el que nos remita a nuestras memorias en otros lugares totalmente diferentes. Ese paisaje puede aparecer ante nosotros como una epifanía, como la manifestación de recuerdos que, quizá en un principio, no hubiéramos relacionado con ese entorno. Fig. 04.Walking a Line In Peru. Richard Long. Fotografía. Land Art. 1972 Es ahí donde radica el poder de los sentidos, pues el mundo de la sensibilidad humana es misterioso y lo suficientemente poderoso como para hacer que la mente cree conexiones incluso entre lo aparentemente inconexo. Sin embargo, esto no es más que el stimmung del paisaje en su máximo apogeo. Ya sabemos cómo funciona este fenómeno y cómo la nostalgia es capaz de hacernos relacionar los stimmungs de diferentes paisajes. La nostalgia es, por tanto, una parte natural del paisaje sensorial y una experiencia inevitable derivada del mismo. 34 35 3.2.2 El paisaje como constructor de identidad: Nostalgia por arraigo Al hablar de paisaje e identidad, es necesario distinguir dos aspectos, pues por una parte está la identidad propia del paisaje, la cual moldea las sociedades que lo habitan, y, por otro lado, está la identidad que cada cultura aporta al paisaje en el momento en que lo transforman de acuerdo a sus necesidades y creencias. En la mayoría de las ocasiones, estos dos aspectos se confunden, pues es difícil señalar quién ejerce influencia en primera instancia, si paisaje o cultura. Es una pregunta difícil de contestar, ya que existe una relación bidireccional de doble influencia entre el paisaje y las culturas que lo habitan. El ser humano es, en general, un desprevenido perceptor del paisaje. Es decir, un involuntario receptor de los múltiples y variados estímulos provenientes del lugar que habita. No obstante, es precisamente aquello que penetra al espíritu sin pasar por la razón, tocando las fibras más sensibles de los sentidos, lo que puede lograr ese nexo aparentemente inexplicable entre el individuo y su espacio vital; aquel que llamamos identidad. (APONTE, 2003, p. 154) Podríamos comenzar por decir que la identidad del paisaje, en sí misma, reside en la coherencia de sus elementos, entrelazados por la naturaleza. Sin embargo, hablar de la identidad del paisaje cultural es más complejo, pues esta no está constituida únicamente por los elementos relacionados entre sí, sino con la manera en que los efectos de la acción humana se integran en el medio primitivo. En un principio, no son necesariamente las culturas las que dotan de identidad al paisaje, sino que este tiene un poderoso efecto en quienes lo habitan por sí mismo. Todo paisaje que habitamos tiene efectos en nuestro cerebro, y en esto tiene mucho que ver su carácter sensorial, pues nuestros sentidos envían señales al cerebro y éste las interpreta según su experiencia y el tipo de estímulo. Por ejemplo, de acuerdo a un estudio de ISGlobal (2018), las personas que viven en entornos repletos de vegetación, donde el color verde es el indiscutible protagonista, tienden a padecer, con una frecuencia considerablemente menor, trastornos mentales como ansiedad y depresión. Este efecto del paisaje ha llevado a los japoneses a desarrollar una práctica llamada shirin-yoku o “baño de bosque”, en la que se sumergen en este tipo de entornos y los experimentan con todos sus sentidos, con el fin de recuperarse del estrés y el ritmo frenético de vida, gracias a los efectos que los bosques tienen en nuestro cuerpo. Esta es una clara demostración de la influencia que el paisaje ejerce por sí mismo, cuyos efectos nos llevan a desarrollar rituales y costumbres en torno a él. El paisaje forma al individuo, define su carácter en tanto que este habita sus entornos cotidianamente. Esto ocurre no sólo en relación al paisaje natural, sino también con el construido, ya que, en un primer punto, las personas construyen la ciudad; después la ciudad construye a las personas, definiendo su manera de sentir y actuar. (CORRALIZA, 2002). Está claro, que al experimentar el paisaje, surge en el ser humano un deseo natural por involucrarse en el mismo, dejando su huella y creando en él su lugar propio en el mundo. Cada vez existe un mayor interés por entender cómo los seres humanos crean lugares en el espacio y los llenan de significado. Sentimos la necesidad de explorar la experiencia de encontrarnos situados en el mundo y de ocupar una parte concreta del territorio a la que denominamos lugar. Cuando creamos estos lugares en el espacio geográfico y vivimos en ellos, generamos identidades. Por lo tanto, hablar de lugar es sinónimo de hablar de identidad, pues esta no va únicamente asociada al sexo, la etnia o la lengua, sino también al espacio geográfico. (NOGUÉ, 2007, p. 137) Al crear lugares e insuflarles significado, se crea, inevitablemente, un sentimiento de pertenencia a esos lugares. Comenzamos a sentirlos como algo propio. De esta manera, cada vez más fervientemente, la gente afirma sus raíces históricas, culturales y territoriales. En otras palabras, la gente defiende sus lugares. Con esta reflexión concuerda Gabriel Alomar Garau, doctor en geografía, al afirmar que la identidad de un paisaje surge del reconocimiento en el mismo de ciertas características que lo distinguen de otros paisajes, las cuales han podido ser adquiridas de forma orgánica, gracias a las fuerzas naturales o de forma cultural o por ambas a la vez. Según Alomar, es mediante este reconocimiento que los paisajes despiertan en nosotros sentimientos de pertenencia. Así, en el paisaje se expresa la identidad de quien lo habita, pues volcamos en el territorio nuestras aspiraciones y creencias, ya sean individuales o colectivas. (ALOMAR, 2019) Hemos podido examinar las visiones de varios autores sobre el tema, pero puede que esta cita de Jay Appleton resuma a la perfección el punto al que queremos llegar en nuestro estudio: “El paisaje es lo que la gente hace de su entorno después de que la naturaleza lo ha puesto en sus manos”. (1986, p. 9) Sobre el paisaje natural, que inicialmente modela el carácter de su gente, esta interviene y modifica el entorno materializando en él sus necesidades, aspiraciones, experiencias y memorias, dando lugar a una nueva fisonomía, o, mejor dicho, un nuevo paisaje que moldeará el carácter de las generaciones venideras. “El hombre, por más que se mueva por el mundo, permanece atado a su primer paisaje” (CABEZAS, 1956, p. 349). Esta cita introduce de forma perfecta la reflexión final de este punto, pues habla del sentimiento de arraigo y pertenencia a la tierra que nos vio crecer, en la que echamos raíces y esto nos lleva, sin duda, a nuestro tema central, la nostalgia. En este punto, estaríamos hablando de una “nostalgia por arraigo”, pues esta emoción surgida de la identificación propia con ciertos paisajes nace del sentimiento de pertenencia a los entornos que han forjado nuestra personalidad y nuestros recuerdos a lo largo de nuestra vida. 36 37 Este tipo de nostalgia ha sido profusamente representada en el arte, concretamente en la poesía, mediante la cual diversos autores han cantado a su tierra natal, motivados por la nostalgia. Es el caso de Rafael Alberti, por ejemplo, con su Marinero en tierra (fig. 05), donde expresa su nostalgia por el mar de Cádiz de su niñez. Por supuesto, es posible, también, sentir nostalgia por los paisajes que han tenido un carácter efímero en nuestra vida, aquellos contemplados durante viajes o estancias temporales, pero la “nostalgia por arraigo” es la derivada de añorar los paisajes que tuvieron un papel importante en nuestro desarrollo, ya sea en la niñez, la adolescencia o la edad adulta. Es una nostalgia surgida del amor incondicional por ciertos paisajes que sentimos como nuestros, pues en ellos depositamos alguna vez nuestras aspiraciones y sueños, las esperanzas por el futuro y nuestros recuerdos, los felices y los amargos, y estos pasaron a convertirse en sedimentos del terreno. Así, estos paisajes tienen para nosotros un significado más profundo, pues forman parte de lo que fuimos, lo que somos y lo que queremos llegar a ser. Fig. 05. El mar. La mar. Marinero en Tierra. Rafael Alberti. 1924 38 39 3.2.3 El paisaje en peligro de extinción: Nostalgia por pérdida y anemoia En este último apartado acerca del concepto de paisaje, trataremos el tema de los paisajes en peligro de extinción. Concretamente, hablaremos de aquellos que se transforman radicalmente, en pro de intereses económicos, haciendo que estos pierdan su identidad y, por lo tanto, lo hagan también las sociedades que los habitan. Actualmente, estamos asistiendo a una explotación y una turistificación masiva de ciertos entornos, que se modifican a un ritmo frenético con el fin de adaptarlos al forastero. El geógrafo Eugenio Turri afirma lo siguiente: Las modificaciones del paisaje en el pasado eran lentas, pacientes, al ritmo de la intervención humana, prolongadas en el tiempo y fácilmente absorbidas por la naturaleza de los hombres [...] Pero cuando esta inserción es rápida, como en los últimos años, la absorción se hace más difícil (1979, p. 36). El problema, por tanto, no reside únicamente en la transformación, sino en la intensidad de la misma. Nuestra incompetencia a la hora de actuar sobre el paisaje sin deteriorarlo es una lacra, pues parece que somos incapaces de alterar sin destruir. Y, cuando se destruye un paisaje, se destruye la identidad de ese lugar. (NOGUÉ, 2007, p. 137) José Antonio Corraliza, sociólogo y psicólogo especializado en psicología ambiental, concuerda con la reflexión anterior, pues, según él, perdemos parte de nuestra identidad cuando echamos de menos los paisajes que hemos vivido, más aún si estos han sufrido una transformación irreversible. Corraliza pone en valor la gran importancia del paisaje para los individuos, a nivel físico y mental, en muchos de sus trabajos. Usemos la ciudad de Sevilla como ejemplo en este punto. Sin bien es cierto que el paisaje cambia y se adapta a las necesidades de quienes lo habitan, en ocasiones estas modificaciones del paisaje se tornan en la destrucción del mismo. Durante las décadas de los 60 y los 70, tuvo lugar en Sevilla uno de estos procesos de destrucción conocido como “La piqueta”, durante el cual desaparecieron una gran cantidad de edificios y monumentos insignes, por intereses económicos. Son ejemplos de edificios desaparecidos el Gran Café de París o el Palacio del Marqués de Palomares, sustituidos hoy por El Corte Inglés y un Burger King respectivamente (fig. 06). Esto no mejoró en los años posteriores, pues en la década de los 90 se asentaron las bases del despegue turístico en Sevilla. Desde entonces, el turismo no ha dejado de crecer. Solo en 2023, Sevilla recibió a más de 34 millones de turistas, según la Encuesta de Coyuntura Turística de Andalucía. La turistificación de una ciudad tiene un fuerte impacto, no solo en el paisaje, sino que, además, remueve la vida de las personas que lo habitan. El comercio tradicional se ve afectado, puesto que este desaparece dando lugar a comercios orientados y adaptados a los turistas. Por si fuera poco, la sustitución de viviendas por apartamentos turísticos y el aumento del número de hoteles, junto con el elevado número de turistas que se hospedan en estos, provocan una pérdida de identidad en la ciudad. (PONCE, 2022, p. 2). El carácter sensorial del paisaje vuelve a cobrar importancia en el tema que estamos tratando, pues las transformaciones sufridas por el paisaje generan cambios visuales, sonoros, olfativos, gustativos y hápticos, que modifican por completo la experiencia de quien lo contempla, generando nuevos y diferentes sentimientos o modificando los que ya existían con respecto a ese paisaje. Para ilustrar esto, imaginemos que cierran una panadería de toda la vida en una calle. Esta calle perdería parte de su identidad, pues desaparecería el olor a pan recién hecho tan característico, el trasiego de gente atraída por el mismo y las interacciones sociales que se dieran en ese lugar. Todo cambio en el paisaje, urbano o rural, por insignificante que parezca, desemboca en la pérdida de parte de la identidad del mismo. Tras la reflexión realizada, podemos afirmar que existe otro tipo de nostalgia desencadenada por la extinción y modificación de ciertos paisajes que han formado una parte fundamental en nuestra vida, la cual, más que nostalgia, es un proceso de duelo por la pérdida de esos paisajes. Podríamos hablar, entonces, de una “nostalgia por pérdida”. En estos casos se origina, también, un curioso sentimiento, y es que, en ocasiones, podemos llegar a sentir nostalgia por algo que no hemos perdido porque nunca hemos llegado a conocerlo. Este fenómeno tiene el nombre de anemoia. Muchos individuos pueden llegar a sentir esa nostalgia por paisajes que no han tenido la oportunidad de habitar, pues el tiempo y la acción humana los han transformado por completo. Esta conexión emocional puede verse amplificada por historias familiares y la propia imaginación, generando un sentimiento de pérdida real. (CHRISTMANN, 2023) El arte juega un papel importante en la anemoia, al capturar la estética, la atmósfera y el espíritu de épocas pasadas, lo que puede desencadenar este sentimiento en el individuo, incluso si este no ha experimentado estas épocas directamente. Por ejemplo, en el arte visual como la pintura o la fotografía se recogen la moda, la arquitectura, las costumbres y los paisajes de épocas anteriores, lo que nos transporta a tiempos que nunca vivimos y nos lleva a sentir nostalgia por ellos. Lo mismo ocurre con la literatura, siendo esta además un complemento perfecto del arte visual, en este caso, pues todo lo que una pintura puede representar estéticamente, la literatura se encarga de describirlo con palabras, ampliando nuestra comprensión acerca de épocas pasadas mediante detalladas descripciones de la vida cotidiana y las costumbres de aquellas épocas. Por lo tanto, el arte, unido al paisaje, y todo lo que ya sabemos que este implica, es capaz de hacernos anhelar y extrañar lo vivido y lo no vivido. Es por este poder, que en los siguientes apartados profundizaremos exclusivamente en el arte y en las representaciones tanto de paisaje como de nostalgia en el mismo. Fig. 06. De arriba a abajo: Gran Café de París y Palacio del Marqués de Palomares. h. 1910 40 41 En apartados anteriores, cuando mencionábamos los “momentos oceánicos”, vimos que Rosa Montero afirmaba que estos momentos se relacionaban con la creación artística, pues el arte es capaz, también, de desencadenar este sentimiento relacionado estrechamente con el paisaje y la nostalgia. No es casualidad, entonces, que el arte sea el medio perfecto para canalizar estas emociones y darles forma. A continuación, estudiaremos como el paisaje y la nostalgia se han representado en diferentes disciplinas artísticas a lo largo del tiempo. 4.1 Pintura En muchos casos, la contemplación del paisaje requiere de una escuela de la mirada, proporcionada en buena medida por la pintura, es por eso que la palabra paisaje surge como un término pictórico, dando lugar a un género que alcanzó su máxima expresión entre los siglos XVIII y XIX con el Romanticismo. (MADERUELO, 2005, p. 38) Hablar de nostalgia y paisaje en el arte es, sin duda, hablar de Romanticismo, por lo que resulta más que conveniente comenzar nuestro estudio en este punto. De acuerdo con Henry-Fréderic Amiel, “el paisaje es un estado del alma”, y esto es algo que los pintores románticos trataron de trasladar a sus cuadros. En este momento, renace el gusto por la naturaleza, pero de un modo subjetivo, poniendo el acento en la representación de emociones humanas. Se origina, entonces, el concepto de sublime. (NOGUÉ, 2007, p. 138) El término sublime surge para definir la sensación humana derivada de la toma de conciencia de su fragilidad ante el universo. Lo sublime es un sentimiento de elevación que lleva al individuo al éxtasis. (DELFÍN, 2014, p. 3) Este concepto resulta especialmente interesante para nuestro trabajo, por la relación estrecha que mantiene, no solo con el paisaje, sino, también, con la nostalgia. De hecho, en Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime, Kant afirma que el melancólico, siendo esta palabra un sinónimo de nostálgico, “tiene perfectamente un sentimiento de lo sublime” (1990, p. 51). Esto no hace más que confirmar la estrecha relación entre la nostalgia y lo sublime. En 1757 Edmund Burke escribe Indagaciones filosóficas sobre el origen de nuestras ideas sobre lo sublime y lo bello, un texto en el que analiza lo sublime conectándolo a cualquier idea que suscite pena, melancolía o peligro y considerando a la naturaleza el objeto más sublime por su capacidad de generar intensas emociones en sus espectadores. 4. PAISAJE Y NOSTALGIA EN EL ARTE 42 43 Durante el Romanticismo, la nostalgia pasó a ser concebida como una emoción desencadenada por ciertos objetos. Esto fue debido a la importancia que ganaron las emociones despertadas por la naturaleza a causa de la concepción de, precisamente, lo sublime en el arte. Como consecuencia, se crea una sensibilidad en la que la nostalgia se convirtió en una idea de belleza, cuya esencia se trató de captar en las diferentes artes mediante la representación de lo extraordinario en la naturaleza y aquello capaz de despertar melancolía, como un atardecer brumoso o la luz de la luna bañando el paisaje. (SORO, 2007, p. 102-103) Es conveniente recordar, en este punto, lo que mencionamos en el primer apartado sobre el origen del término “nostalgia”, y es que, a partir del siglo XIX, en el cual se encuadra el Romanticismo, este concepto comienza a engrandecerse gracias al arte. Para comenzar, Caspar David Friedrich es un destacado ejemplo de artista movido por la nostalgia y la melancolía. Este artista romántico alemán consideraba que, únicamente, a través de la naturaleza y su representación, se lograban captar los verdaderos sentimientos del ser humano. Así, traducía aquellas emociones complejas y divinas a paisajes. Es innegable que sus obras destilan una profunda nostalgia. Podemos observar, por ejemplo, su obra El soñador (fig. 07), en la cual, las ruinas generan una sensación de nostalgia y nos transportan al pasado, llevándonos a imaginar lo que un día fueron. El contraste de estas ruinas con la naturaleza, luminosa y vital, generan una disparidad que muestra a la perfección el espíritu melancólico del artista. Fig. 07. El soñador. Caspar David Friedrich. 27 x 21 cm. Óleo sobre lienzo. 1835 Fig. 08. Crepúsculo sobre un lago. Turner. 91,1 x 122,6 cm. Óleo sobre lienzo. 1840 Por otro lado, estaba J.M.W. Turner, también uno de los más prominentes pintores del Romanticismo. Este pintor no poseía, tal vez, un alma tan melancólica como la de Friedrich, no obstante, su notable habilidad para captar la luz y la atmósfera en sus obras evocan una innegable sensación de nostalgia (fig. 08). Por otra parte, el contexto histórico en el que se encuentra inserta la obra de Turner también conecta su creación artística con la nostalgia, pues la documentación en su pintura de los cambios en el paisaje, ocasionados por la Revolución Industrial, hacían de Turner un artista estrechamente conectado con el paso del tiempo y la añoranza hacia la naturaleza y los paisajes del pasado, aquellos donde todo era más simple. 44 45 A pesar de la importancia de la nostalgia durante el Romanticismo, este no fue el único movimiento en el que se representó este sentimiento universal. Para este apartado, se han seleccionado algunos artistas que ejemplifican cómo la forma de representar la nostalgia a través del paisaje ha ido variando a lo largo de los años, adaptándose a los tiempos. De este modo, podremos observar los cambios tanto en las actitudes de los pintores, como en las estrategias de las que se han servido para trasladar este tema al soporte. Comencemos hablando de uno de los principales exponentes del impresionismo: Claude Monet (fig. 09). Este artista era conocido por su habilidad para capturar la atmósfera y la luz de un momento específico en el tiempo. Esta capacidad para congelar momentos efímeros evoca una sensación de nostalgia por la fugacidad de la vida y la belleza. Por otro lado, Monet a menudo pintaba lugares que le eran familiares y que le traían recuerdos personales, como su jardín en Giverny. Además, su paleta de colores suaves aplicada en delicadas pinceladas dota a su obra de una profunda melancolía. Fig. 09. Impresión, sol naciente. Claude Monet. 48 x 63 cm. Óleo sobre lienzo. 1872 Fig. 10. Pape mo’e . Paul Gauguin. 99 x 75 cm. Óleo sobre lienzo. 1893 Por otra parte, la pintura posimpresionista de Paul Gauguin también estuvo movida por la nostalgia hacia el paisaje. Más concretamente, hacia los paisajes cálidos y coloridos de Perú, donde pasó parte de su infancia. Gauguin, aunque aquí trabaje mucho, tiene siempre la nostalgia por los países cálidos. Y de ahí que cuando se vaya a Java por ejemplo, con la preocupación de hacer color, verá una porción de cosas nuevas. (VAN GOGH, 1997, p. 293) Esta nostalgia fue lo que empujaba a Gauguin a buscar paisajes exóticos y representar la vida cotidiana de estos en su pintura, valiéndose de una audaz paleta conformada por tonos ricos y saturados. Sus colores brillantes denotan nostalgia por los paisajes soleados y cálidos y el mundo primitivo que tanto le inspiraban. Podemos observar en la figura 10 una forma de representación de la nostalgia directamente opuesta a lo que veníamos estudiando en el Romanticismo. 46 47 Durante la década de los 50 del siglo pasado, encontramos el expresionismo abstracto de Rothko (fig. 11). Sin bien su obra no se centraba específicamente en la nostalgia, es conveniente estudiarlo, pues el concepto sublime vuelve a tomar protagonismo en sus inmensos campos de color. Esto se debe a que su enfoque en la exploración de la experiencia humana y la espiritualidad invitan, a menudo, a la introspección y la reflexión emocional. Podríamos considerar, además, que la concepción de la pintura de Rothko es muy cercana a la paisajística según la siguiente cita de José Ávila: (MORCILLO, 2021, p. 30-31) Un paisaje entendido de un modo amplio, puede ser cualquier cosa: por ejemplo, […] el trazado de una línea horizontal, dividiendo en dos partes el espacio diáfano del soporte, cuya línea nos sugiere algo muy básico en el sentido paisajístico, la división entre el cielo y la tierra. (ÁVILA, 2014: 46). Fig. 11. Orange and Tan. Mark Rothko. 206,4 x 160,6 cm. Óleo sobre lienzo. 1954 Más adelante, en las décadas de los 60 y 70, podemos ver la nostalgia tratada desde la pintura de paisaje en la obra de Fernando Zóbel (fig.12). Durante esta época, el artista se encuentra familiarizado con la observación del paisaje, por lo que la naturaleza se convierte en el eje principal de su obra. Esta, sin embargo, es un pretexto, pues en la mayoría de sus obras de esta época, el paisaje se encuentra tamizado, y no es más que algo imaginario, el recuerdo del propio paisaje. Así, se establece un espacio irreal en el que tanto pintor como espectador pueden encontrar una sensación propia, modelada a partir de los recuerdos de cada individuo. (PÉREZ-MADERO, 2003) Durante este apartado hemos revisado tan solo algunos de los pintores que han tratado la nostalgia a lo largo de la historia del arte. No obstante, esta selección es una buena muestra de los cambios culturales y sociales que han ido resultando en las diferentes formas de comprender y representar el paisaje a lo largo del tiempo. Fig. 12. Almanzor II. Fernando Zóbel. 100 x 133 cm. Óleo sobre lienzo. 1964 48 49 4.2 Fotografía y cine En este apartado, dedicaremos unas líneas a las disciplinas de la fotografía y el cine, y la representación del paisaje y la nostalgia en las mismas. Quizás, deberíamos comenzar retrocediendo unos apartados en nuestro estudio para recordar el término veduta, esa ventana que abría el cuadro al exterior sin la cual no podríamos hablar de la pintura de paisaje. Es pertinente mencionarla, pues resulta increíblemente curioso que la primera fotografía tomada en la historia, en 1827, capturara, precisamente, un paisaje a través de una ventana (fig.13) Durante el siglo XIX, el enfoque fotográfico del paisaje era meramente descriptivo. Sin embargo, durante el siglo XX el entorno se convirtió en un espejo de las ideas y las emociones de los fotógrafos. Fue, sobre todo, en la década de 1980 que el paisaje se utilizó como un lienzo sobre el que expresar emociones. (ANG, 2014, p.334) Un claro exponente del uso del paisaje como medio expresivo en la fotografía es Hiroshi Sugimoto, quien, en la década de 1980, se dedicó a realizar una serie de marinas. En cada fotografía de esta serie, situaba el horizonte exactamente en la mitad del encuadre. En algunas fotografías, la línea divisoria se muestra clara, mientras que en otras mar y cielo se funden, dando lugar a una armonía luminosa y realmente evocadora. (fig. 14) Fig. 13. Primera fotografía tomada en la historia. Joseph Nicéphore Niépce Fotografía. 1827. Fig. 14. Ligurian Sea, Saviore. Hiroshi Sugimoto. Fotografía. 1993. 62 Aportación 1 Eco Óleo sobre tabla 90 x 90 cm 2024 6564 Aportación 1 Alba Óleo sobre tabla 50 x 50 cm 2024 6766 Aportación 1 Entorno Óleo sobre tabla 50 x 50 cm 2023 68 69 APORTACIÓN 2: SENTIDOS 5.2 Sentidos Pasamos, a continuación, al segundo bloque de las obras presentadas, dedicada a la representación de cada tipo de nostalgia. En primer lugar, encontramos la obra dedicada a la “nostalgia por remisión sensitiva”, relacionada con la experiencia multisensorial del paisaje. Se trata de un proyecto, que estará compuesto por cuatro obras, en el que se pretende poner en valor la importancia de los sentidos que, además de la vista, componen la contemplación del paisaje: olfato, oído, gusto y tacto. Por el momento, se encuentra materializada la pieza dedicada al olfato, pero el resto de las piezas seguirán la misma estructura. Se trata de un políptico dedicado a los paisajes de los veranos de mi infancia, y en el cual se hace un homenaje a los sentidos mencionados. Este políptico está compuesto de cinco piezas pequeñas, representando el sentido protagonista, y otra imagen principal de un paisaje de mis recuerdos. La composición se completa con una pieza en la que se narra una anécdota relacionada con el sentido representado. En esta obra, se hace alusión a que, en ocasiones, los sentidos no son más que ventanas a la memoria. El soporte utilizado en esta obra es el papel poliéster, por su aparente fragilidad y su cualidad translúcida, características propias de la memoria y los recuerdos. 70 71 Aportación 2 Nostos Conté negro sobre papel poliéster 120 x 112 cm (medida total de la composición) 2024 72 73 BOCETOS DIGITALES DE LOS POLÍPTICOS DEDICADOS AL GUSTO Y AL OÍDO. FOTOMONTAJE. 74 75 APORTACIÓN 3: IDENTIDAD 5.3 Identidad En segundo lugar, en la obra dedicada a la “nostalgia por arraigo”, relacionada con la identidad y el paisaje, me he servido de la fotografía analógica. Este tipo de fotografía dota de un aura especial a la obra de por sí, siendo esto un factor que contribuye a la representación de la nostalgia. Pero, además, la fotografía analógica posee un valor especial para mí, pues ha sido la que me ha permitido ver el paisaje que ha forjado mi forma de ser desde los ojos de mis padres y mi abuela. Esto ha condicionado, sin duda, mi forma de mirar. De este modo, en las fotografías presentadas retrato espacios y entornos que, sin pertenecer a mis recuerdos o mi infancia, he sentido como propios al mirarlos pues me han recordado a aquellos paisajes de mis veranos que forman parte de mi ADN. 76 77 Aportación 3 La entrada Fotografía analógica (Yashica FX3 Super2000 / Kodak Gold) 2024 78 79 Aportación 3 La casa Fotografía analógica (Yashica FX3 Super2000 / Kodak Gold) 2024 80 81 Aportación 3 La ermita Fotografía analógica (Yashica FX3 Super2000 / Kodak Gold) 2024 94 95 Sin lugar a dudas, hay muchos aspectos que han de tenerse en cuenta para poder hablar del paisaje. Sabemos que el primero de ellos es la cultura, pues es en el paisaje dónde esta se vertebra y viceversa. Nuestra mirada sobre el paisaje se encuentra filtrada por la cultura que nos ve crecer, lo que provoca variaciones en la percepción del paisaje a lo largo y ancho del globo y a través de los años. Sin embargo, hay algo que no varía: la nostalgia. Esta se eleva más allá de las fronteras culturales, siendo un sentimiento universal que encuentra sus raíces en la esencia misma del paisaje, sin importar las influencias culturales que lo hayan moldeado. De este modo, la nostalgia otorga un poder inconmensurable al paisaje, que nos sumerge en una profunda introspección, nos envuelve en una red de recuerdos y nos transporta a un estado de ensoñación nostálgica. Esta capacidad deriva del vínculo que el paisaje establece con nuestras raíces, suscitando una conexión inevitable con nuestro pasado. La experiencia de contemplar un paisaje es increíblemente rica, y su potencial para evocar nostalgia es inmenso. Aunque en este trabajo hemos identificado tres tipos de nostalgia, la naturaleza subjetiva e individualizada de la experiencia del paisaje implica que pueden surgir tantos tipos de nostalgia como individuos con sus propios recuerdos. La magia radica, precisamente, en la fusión entre el paisaje y los recuerdos, que transforma los entornos en vivencias tan diversas y que intentar clasificarlas en su totalidad resulta imposible. Al referirnos a la representación artística de la nostalgia en torno al paisaje, pueden extraerse algunas conclusiones relevantes. A pesar de que la forma de representar el paisaje ha variado a lo largo del tiempo, resulta interesante el hecho de que artistas de diferentes movimientos y disciplinas artísticas se han servido de aspectos formales y estrategias similares a la hora de representar la nostalgia a través del paisaje. A partir del análisis y la observación directa de diferentes obras, pueden señalarse varias características comunes tanto en la pintura como en la fotografía. En primer lugar, el tratamiento de la luz resulta increíblemente importante en la representación de este tema. Suele ser una luz suave, que dota a los ambientes de atmósferas brumosas y evocadoras. Por otra parte, los entornos están tratados con una calidad etérea y efímera que sugiere la nostalgia por aquellos paisajes pasados y los instantes fugaces. En cuanto a la paleta de colores, esta, salvo excepciones, tiende a ser suave, evitando contrastes marcados. Los artistas valoran enormemente la subjetividad y la expresión emocional, aspectos fundamentales en la comprensión del paisaje. 6. CONCLUSIONES 96 97 Curiosamente, estos rasgos comunes que señalamos en las artes visuales se abren paso en la literatura, donde los mismos aspectos formales se emplean para evocar imágenes, cambiando las pinceladas por palabras. Rescatemos lo que comentábamos sobre la obra de Machado. Leer su poesía es como ver un paisaje con los ojos entornados, desde la lejanía. Recordemos las colinas violetas y los caminos blancos. En la literatura nostálgica centrada en el paisaje, las palabras terminan generando los mismos espacios etéreos y evocadores de colores suaves y luz crepuscular. Finalmente, resulta evidente que nuestra manera de ver, entender y representar el paisaje ha cambiado a lo largo de los años, adaptándose a los paradigmas sociales de cada época y cultura. No obstante, el sentimiento de la nostalgia siempre ha permanecido inamovible. Pueden pasar los siglos, y cambiar los tiempos, pero la nostalgia permanece pétrea, inmutable en el corazón y la mente de aquellos que habitaron, habitan y habitarán la tierra. Me gustaría terminar haciendo un breve recorrido por mi etapa de formación. A lo largo de estos cuatro años, la carrera me ha empujado a explorar diversos temas y disciplinas artísticas, hasta encontrar aquellos que reflejan mi visión y preocupaciones personales. Sin embargo, esta amplia exploración también ha sido un desafío, ya que me ha dificultado centrarme en aquellas áreas donde me siento más cómoda y libre para crear. La falta de libertad creativa durante este período ha afectado mi motivación para crear y explorar, aunque reconozco que ha sido una oportunidad para aprender y definir mis propios caminos artísticos. Aún soy muy joven, y me quedan muchos años y muchos paisajes por caminar para continuar explorando quien soy como artista y persona, pero considero que este no es mal comienzo. 98 99 7. ÍNDICE DE FIGURAS Fig. 01: DEKORNFELD, O. (2019). Recuerdos. En La mente, en pocas palabras [Captura de pantalla]. (00:18:27) Fig. 02: El homenaje de un hombre sencillo. Giotto. 270 x 230 cm. Fresco. h. 1300 https://es.aleteia.org/2016/03/12/persiguiendo-a-giotto-segunda-entrega/ Fig. 03: La Virgen del Canciller Rolin. Giotto. 66 x 62 cm. Óleo sobre tabla. 1433 https://historia-arte.com/obras/la-virgen-del-canciller-rolin Fig. 04: Walking a Line In Peru. Richard Long. Fotografía. Land Art. 1972 http://www.richardlong.org/Sculptures/2011sculptures/linewalking.html Fig. 05: El mar. La mar. Marinero en Tierra. Rafael Alberti. 1924 https://www.pinterest.es/pin/80713018296302973/ Fig. 06: Gran Café de París y Palacio del Marqués de Palomares. h. 1910 La Sevilla que se fue (en postales). Diario 16 Andalucía. 1992. Fig. 07: El soñador. Caspar David Friedrich. 27 x 21 cm. Óleo sobre lienzo. 1835 https://historia-arte.com/obras/el-sonador-las-ruinas-de-oybin Fig. 08: Fig. 08. Crepúsculo sobre un lago. Turner. 91,1 x 122,6 cm. Óleo sobre lienzo. 1840 https://historia-arte.com/obras/crepusculo-sobre-un-lago Fig. 09: Impresión, sol naciente. Claude Monet. 48 x 63 cm. Óleo sobre lienzo. 1872 https://www.marmottan.fr/en/collections/claude-monet/ Fig. 10: Mujeres de Tahití . Paul Gauguin. 69 x 91,5 cm. Óleo sobre lienzo. 1891 https://historia-arte.com/obras/mujeres-de-tahiti Fig. 11: Orange and Tan. Mark Rothko. 206,4 x 160,6 cm. Óleo sobre lienzo. 1954 https://www.nga.gov/features/mark-rothko.html 100 101 Fig. 12: Almanzor II. Fernando Zóbel. 100 x 133 cm. Óleo sobre lienzo. 1964 https://fernandozobel.es/pintura.html Fig.13: Primera fotografía tomada en la historia. Joseph Nicéphore Niépce. Fotografía. 1827. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/historia-fotografia-arte-dibujar-luz_20128 Fig. 14: Ligurian Sea, Saviore. Hiroshi Sugimoto. Fotografía. 1993. https://www.sugimotohiroshi.com/seascapes-1 Fig. 15: Tarkovsky, A, (1983). Nostalghia [Captura de pantalla]. (00:47:10) Fig. 16: Tarkovsky, A, (1983). Nostalghia [Captura de pantalla]. (02:03:20) Aportaciones Fig. 17: Lucía Torres Pinelo. Ensimismamiento. Óleo sobre tabla. 90 x 90 cm. 2024 Fig. 18: Lucía Torres Pinelo. La hora azul. Óleo sobre tabla. 90 x 90 cm. 2024 Fig. 19: Lucía Torres Pinelo. Eco. Óleo sobre tabla. 90 x 90 cm. 2024 Fig. 20: Lucía Torres Pinelo. Alba. Óleo sobre tabla. 50 x 50 cm. 2024 Fig. 21: Lucía Torres Pinelo. Entorno. Óleo sobre tabla. 50 x 50 cm. 2024 Fig. 22: Lucía Torres Pinelo. Nostos. Conté negro sobre papel poliéster. 120 x 112 cm. 2024 Fig. 23: Lucía Torres Pinelo. La entrada. Fotografía analógica. 2024 Fig. 24: Lucía Torres Pinelo. La casa. Fotografía analógica. 2024 Fig. 25: Lucía Torres Pinelo. La ermita. Fotografía analógica. 2024 Fig. 26: Lucía Torres Pinelo. El camino. Fotografía analógica. 2024 Fig. 27: Lucía Torres Pinelo. Nostalgia. Fotomontaje. 30 x 30 cm. 2023 Fig. 28: Lucía Torres Pinelo. Extinción. Fotomontaje. 30 x 30 cm. 2023 Fig. 29: Lucía Torres Pinelo. Solera. Collage digital. 30 x 30 cm. 2023 Fig. 30: Lucía Torres Pinelo. Fantasma. Collage digital. 30 x 30 cm. 2023 8. BIBLIOGRAFÍA ÁLVAREZ, C. (2005). Estar en Babia. Homenaje a Joaquín González Vecín / Departamento de Geografía, Universidad de León, 459-461. http://hdl.handle.net/10612/836 ANG, T. (2015). Fotografía: La historia visual definitiva (N. Aparicio & J. L. López Angón, Trans.). DK. APONTE, G. (2003). Paisaje e identidad cultural. Tabula Rasa, (1), 153-164. 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