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La piel de Roma

Laborda Yneva, José

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LA PIEL DE ROMA José Labo da P od íamos con eni en que la o og a ía es la in e upción a i icial del iempo. Todo se de iene un ins an e en ella pa a consegui cap a ges os y ma ices que segu amen e jamás se án ya los mismos. ¿No lo se án? Sin duda eso ocu e cuando se a a de la in e upción ins an ánea de lo o gánico, lo mudable; pe o no pasa lo mismo cuando lo que se cap a es lo mine al, lo ine e. En Roma, sin emba go, lo mine al y lo o gánico se con unden con ecuencia; los ma ices de su a qui ec u a casi nunca son del odo ine - es, ienen ida, y la o og a ía consigue in e- umpi al mismo iempo la ma e ia y el alien o. Na u almen e hay que ace ca se pa a consegui cap a la ida que queda diluida al ez cuando la ciudad se mi a de lejos. Es el de alle de las cosas lo que demues a su pál- pi o, la ce canía, la piel que mani ies a ex u- as apa en emen e en eposo, aunque impen- sables en su e ec o si en ellas no hubiese in e enido el iempo, la acumulación de la ince idumb e o gánica de la ida. Sin duda ésa es una o ma de cap a la eali- dad, deja de lado po un momen o el escena- io de la a qui ec u a que dibuja el paisaje u bano y de enemos en las ce canías cons an- es y cambian es que p oducen so p esa cuando la a ención se nu e del pasa pausado. Nada hay an sencillo como e la ciudad a pocos cen íme os, desde nues a dis ancia de caminan es. La ciudad nos mues a en onces su en ol o io eal, abs ac o y ní ido al mismo iempo, an di e en e de esas o as imágenes lejanas que pe ciben pe iles y pe spec i as y con ie en la a qui ec u a en un conjun o mine al ine i able. Tal ez no es emos dema- siado acos umb ados a esa o ma de e , p e- cisamen e po ce cana y e iden e; pe o el e ec o puede llega a con e i se en uno de los esul ados más plás icos que podamos soña . Tan sólo hemos de elegi en e semejanzas, cap a el la ido de los mu os y los suelos, en ol o io común y ce cano de la ciudad. Los a qui ec os podemos con amos en e los caminan es que mi amos de ce ca, habi uados al ez al e ec o escénico de la a qui ec u a que puede e se de lejos. Damos po supues o el conjun o y nos de enemos en el de alle, sin que eso sea nada más que una o ma del mi a , una cos umb e. En el caso de Roma, la cos umb e de e se con ie e pa a noso os en una opción mix a en e a qui ec ónica y ác il, semejan e acaso a la de los a qui ec os pensionados españoles que en el Se ecien os mi aban y dibujaban cuan o eían. Nues o iempo cuen a con o as écnicas pa a e ; son ésas las que deben u iliza se, no end ía sen- ido aho a dibuja peo lo que o os ya hicie- on minuciosa y de enidamen e en el pasado. -CXV- 115 ASTRAGALO, 19 (2001) A ibu ion-NonComme cial-Sha eAlike - CC BY-NC-SA A icle.ISSN 1134-3672 h ps://dx.doi.o g/10.12795/as agalo.2001.i19.13 A qui ec o y c í ico de la a qui ec u a 116 Sí podemos, en cambio, cap a el ins an e, el colo , la ex u a, elegi en e cuan o encon a- mos insinuan e y ence a lo en nues a cáma a pa a que luego la luz nos pe mi a con em- pla lo de nue o. Tomé es as o og a ías du an e dos p ima e- as, mis es ancias en la Academia de España en Roma: la úl ima del siglo xx y la p ime a del XXI. Son o og a ías sin e ec os, casi sin p epa a , na u ales y di ec as como co es- ponde a la espon aneidad del modelo. Hubie a sido incohe en e dispone a i icios pa a cap- a lo e iden e; la piel de la ciudad se dis in- gue p ecisamen e po su pálpi o, lejos de esas o as pos u as manipuladas que a eces con- unden la imagen de la a qui ec u a con la de la moda. Compuse ambién algunos ex os, su gidos de las suge encias que la ciudad ebosa y que no necesi an sino se escuchadas pa a se ansc i as. Me pa eció que pod ían semejan e en calidad a esa o a p esencia a qui ec ónica que pe manece inal e ada. Se a a de la iden idad p óxima de Roma, un e lejo inequí oco que no puede se con un- dido con el de ninguna o a ciudad. La secuencia de las imágenes esul a así an e e- lado a como la de esas o as is as lejanas; no cabe duda en ellas, es Roma. Roma ebosa ex u a, ebosa exp es10n ex e- io , ebosa colo . Además de la o ma, además de la mani es ación plás ica, del espacio cons- uido que odo lo en uel e, Roma exp esa en su epide mis la sabidu ía del uso, la yux aposi- ción de e ec os mine ales que el iempo y el alen o han eunido pa a mos a la apa iencia de las cosas. Es la piel lo que aho a nos in e- esa, no el espacio, ni la capacidad po an e del ma e ial; es el sen ido de la is a, el desa ollo del ac o en el encuen o con el de alle, con las ozadu as que oda a qui ec u a debe con ene se i de susu o ce cano a la luencia abs- pa a se ealmen e a qui ec u a. ac a y ebosan e de la imagen plás ica de la ciudad. Nada semejan e a es e acopio se había hecho an es, imágenes y ex os pa icipan de la so p esa pese a se Roma una ciudad ex en- samen e di undida y is a. Tal ez una mane a di e en e de e la y desc ibi la. Roma ha cambiado poco en es os meses, aun- que sí lo su icien e como pa a que el compo- nen e o gánico de su piel deno e di e encias. Y es que la ex u a cons i uye la exp esión plana más inmedia a de las a es, la que quie- nes o dena on el espacio decidie on se con i - ie a en con ac o, con ac o isual y ác il, aca- bado supe icial de las cosas. Tex u as planas ma izadas po las ugosidades del iempo y el uso, po el colo , po la enue ag esión del medio en que ue on deposi adas. Ya en, Roma, pese a su apa iencia escénica Todo ello hace de Roma un compendio mag- cons an e -e e na, al ez- modi ica con inua- ní ico de posibilidades plás icas. Se ap ecia men e su epide mis con pequeños ac os de el paso del iempo en el desgas e, en los ida que diluyen los colo es, supe ponen depósi os de pa ículas que incluyen su p o- oces, modi ican humedades y eemplazan los pio colo en el colo de ia ex u a; ambién b o es e des de sus pa edes y suelos. Ésa es en la humedad que oscu ece los onos, los la piel de Roma, ce cana, plás ica, abs ac a, o nasola, la humedad qu e p oduce en ellos -CXVI - señales i egula es del p oceso de su camino hacia a ue a, siemp e buscando e apo a se. Las humedades de Roma se mani ies an con- inuamen e en sus mu os, consiguen que la homogénea plani ud del p incipio se con- ie a en una indecible pale a de ma ices, imposible de consegui sin la in e ención del aza . No se puede iguala a mano el p o- ceso na u al de la e osión de los pigmen os de Roma. Roma no se ía la misma sin hume- dad, no cabe pensa siquie a cómo pod ía se una Roma limpia y seca. Tal ez se ía como un niño de pocos meses pe ec o, oda ía sin habe enido la ocasión de i i , sin las a u- gas que el iempo y la cos umb e de e y se is o p oduce en la madu ez. De Roma ap eciamos su madu ez an e odo, la le e caída de sus pá pados, de su piel an es u gen e. Eso es lo que nos gus a de Roma, su enue decadencia, sus huellas de habe i ido, de habe is o y sido is a desde odos los ángulos posibles sin pe de po ello nada de su esencia; al con a io, consiguiendo ma ices imposibles de encon- a en la ju en ud. En Roma hay pied a, hay es uco, hay pin u a, hay labo es mul i o mes en sus mu os. También hay lad illo con oda su capacidad de exp esa su unción cons- uc i a, mos a la pe ección de sus áb i- cas is as, los daños que el iempo ha p odu- cido en los mo e os de aga e, los espacios sin piel que dejan a la is a o as áb icas más oscas que nunca ue on cons uidas pa a e se pe o se en aho a, pugnando po deno a su apa iencia en e los huecos del es uco o el e oco pe dido, piel sob e piel has a encon a el sopo e úl imo. Lo mismo ocu e con la pin u a, esos onos oc es, siemp e los mismos y siemp e dis in- os, que con ibuyen a que Roma -I alia oda- enga un colo incon undible, cálido, pe ec amen e combinado con la gama de e des y ie as que el paisaje con iene. La pin u a, lo sob epues o al e oco, cons i uye la apa iencia más abundan e de Roma, eple a de a ian es c omá icos. Es el colo de la a cilla licuada, ex endido sob e esa o a a cilla endu ecida que o ma los mu os. Siemp e lo mismo, siemp e el ma e ial al alcance de la mano combinado de al mane a que la a monía lo pene e odo, que la a qui- ec u a pa icipe del paisaje p imigenio en su unción de cobija y en su colo , pa a se is a po ojos acos umb ados a mi a el pai- saje sin sob esal os. Colo es yux apues os una gene ación as o a con la misma in en- ción de o ma paisaje. ¿Po qué hab ía de a ia se el ono? La c ea i- idad no eside en la up u a, en expe imen a aho a lo desechado an es po la sabidu ía de la cos umb e. La c ea i idad es iba en que lo ecien e mejo e o al menos iguale lo que ya es u o bien hecho; lo con a io se ía pe ulan- cia, deseo de p o agoniza el p esen e median e ges os imp opios sob e un pasado que no nos pe enece. Po eso la pin u a de Rom a, el colo de Roma man iene su cadencia cálida, oc e, a cillosa, combinada sabiamen e con los colo- es del lad illo, esal ada cuando con iene median e los onos ma es del blanco po oso del a e ino. Combina muy bien eso, ambién el a e ino o ma pa e del colo de Roma, el a e ino como exp esión ma e ial de la sol- encia, del pode , del deseo de pe du a . - CXVII- 117 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672 Hay en Roma mucho deseo de pe du a , que ine i ablemen e se mani ies a en la a qui ec- u a. La a qui ec u a -como ya sabemos- ha ayudado siemp e a man ene la memo ia de quienes desea on pe du a . Y lo ha hecho cons uyendo espacios inú iles, inú iles pa a casi odos, pa a las gen es que aho a los con- emplan ex asiados. ¿Qué ha quedado de los espacios des inados al cobijo de las docenas de gene aciones que p ecedie on a esas gen- es? Nada, o casi nada. Tan sólo pe du a la a qui ec u a del pode , no la de la gen e. En ello es iba la inu ilidad de la a qui ec u a, pe o eso nos apa a de nues a in ención de e alua la ex u a, no es és e el momen o de a a sob e la inmanencia de la a qui ec u a, an sólo nos ocupamos de su plani ud, de los ma ices con enidos en esos e azos en dos dimensiones que cons i uyen la ex u a. O a cosa son los má moles, los má moles son el ceni de lo supe icial, el más acabado inge- nio pa a manipula la na u aleza en p o echo de la pe pe uidad. Los má moles pulimen a- dos casi nunca se encuen an expues os al ex e io , pe de ían su capacidad lisa de suge- i g andeza a a és de su exp esión c omá- ica na u al. En los má moles casi no hay ex- u a, ni impe ecciones, ni apenas de e io o. Los má moles se conse an den o de los espacios o denados po la a qui ec u a. Sin emba go, ambién Roma se iden i ica a a és de sus má moles. Los hay de odos los colo- es, con odas las combinaciones químicas posibles, los encon amos en si ios donde ue- on colocados pa a se is os y ocados po quienes ya pene a on en la a qui ec u a. Po - que una cosa es la ex u a ex e io , la que cualquie a puede e y oca , la ex u a des i- 118 nada a sob e i i al clima, a en emezcla se Re ocos, pin u a, a e ino, lad illo. También con él has a hace suyos sus ma ices y o a hay made a en la ex u a de Roma, y hie o, muy di e en e es la ex u a in e io , la ese - aunque eso esul e un poco menos pe cep ible; ada a los elegidos que poseye on, desea on hay que busca lo con mayo a ención pe o se mos a y pe mi ie on a o os pa icipa de la encuen a y pa icipa ambién del mismo a oma a qui ec u a que desea on pe du able pa a sí. embebido en el paisaje: la ex u a de la made a en los oncos de los á boles, en las pue as, en las esbel as pe sianas de láminas ho izon ales, en algunos pa imen os. El hie o es á en las planchas enmohecidas, y el b once en las lápi- das, odo ello o ma pa e ambién del colo , de la piel de Roma; son como oques oscu os inse ados en el ambien e de los colo es cálidos de la a cilla y en los e des na u ales de la p i- ma e a omana. Son ambién a qui ec u a esen- cial, a qui ec u a que e y desea se is a, com- plemen o ineludible del es ue zo del homb e po domina los ma e iales a su alcance. También los má moles o man pa e de Roma, acompañan al es imonio na u al de la ex u a. Nos in e esan menos los má moles, con se sin duda mani es aciones supe iciales excelsas. Pa ece como si la ida no hubiese anscu ido sob e ellos po no pode o po no que e . Es án siemp e como es u ie on, como si los niños de meses que an es decía, sanos y pe ec os, hubiesen decidido no en ejece ; no ienen a u- gas, ni expe iencia. No se al e an lo más mínimo cuando alguien los oca, ni se es eme- cen como ocu e en cambio con los es ucos, -CXVIII ---'- apenas ansmi en o a cosa que ialdad. Tam- poco la humedad los a ec a, ni apa ecen en ellos las ine i ables y espléndidas señales del de e io o, no son po osos y su al a de pe mea- bilidad los aleja de con ene ida. Pe o la ida, como saben, es pe meable, como los mu os de a cilla empapados en agua que pe mi en ap e- cia su se in e io . ¿Cuál es el in e io de los má moles? Sin duda es lo mismo que su apa- iencia supe icial, lo mismo unos milíme os den o, lo mismo palmos después, no hay en ellos sino du eza y colo , pe o no hay ida, an sólo capacidad mine al c omá ica. Así son los má moles e icales, inú iles, como la a qui ec u a del pode , aunque inme ecida- men e he mosos. O a cosa son los má moles ho izon ales, esos sí que son ex u a, es án colocados donde deben, pa a se pisados, pa a supe icie ho izon al del suelo sabían eso. Fue on pode osos, pe o ambién p uden es y pensa on que lo mejo pa a ellos e a que las gen es pisa an sob e sus umbas has a hace i econocibles sus nomb es, su memo ia. Desea on que sus má moles sin ida uesen desgas ados po el le e paso de la ida sob e ellos. Esas son las ex u as que nos in e esan, las que deno an ida. Tal ez es e b e e compendio de las ex u as de Roma nos econcilie con la a qui ec u a sob eabundan e de la ciudad, con su inmode- ado deseo de consegui pos e idad. Se a a de la Roma pequeña, sin g andiosidad apa- en e, la Roma de las supe icies ma izadas. Pe o, ¿se ía Roma la misma sin esos ma ices que la ida p opo ciona? Segu amen e no, encon a íamos una g andeza sob ecogedo a, que su du eza esul e ú il, pa a acep a ozadu- sin esquicios humanos, sin mo i o, un pai- as, e osiones, o u as, pa a mani es a su des- saje es é il donde lo impe ec o no end ía gas e. Hay magní icas ex u as en la Roma ho izon al, esa Roma le emen e ondulan e que no encuen a necesa ia la plani ud pa a se he - mosa. Son los má moles ex e io es lo que in e- esa aho a, los má moles ho izon ales sob e los que llue e y la gen e pasa y las cosas se depo- si an, ésa es la u ilidad de los má moles y en ella eside su belleza añadida. cabida. Pe o la belleza, como saben, es á sob e odo en la p opo ción de las cosas, no en la pe ección. Hay an a belleza al menos en esos e azos inconexos que componen la g andeza como en la p opia exp esión de esa g andeza. Una belleza dis in a, humana, ab icada po el homb e y pa a el homb e, una belleza en la que el aza in e iene y pene a po sus po os pa a que el acue do con No odos los má moles si en pa a eso, an el en o no con ibuya al econocimien o de la sólo los más ue es, los que desempeñan un iden idad ágil y pe du able de la gen e. Es se icio semejan e al de los mu os aunque no la Roma pe du able la que se mani ies a en deban esis i como ellos las ca gas de la su piel, la Roma humana, la que consigue a qui ec u a, sino las de la gen e. Es una he - con e i lo mine al en o gánico a ue za de mosa unción la esis i el peso de la gen e; al desea i i . ez quienes decidie on que sus umbas den o • JOSÉ LABORDA, La piel de Roma, Fundación Samca, de las iglesias es u ie an deposi adas en la Za agoza, 2001. • -CXIX - 119 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672 E ic Owen Moss. P & D Gues House, Cali o nia. - CXX -