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Pilar Paz Pasamar y la Torre de Babel

Duque Jimeno, Aquilino

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307 PILAR PAZ Y LA TORRE DE BABEL Desembarcar en Cádiz por vez primera en el verano de 1951 después de dos semanas de acuartelamiento en San Fernando, fue para mí una bendición del cielo; una entrada al paraíso cuyas puertas me abría la llave maestra de la poesía. No tardé en ponerles cara a los nombres de los poetas con los que me carteaba y cuyos versos leía en revistas mecanografiadas como Alcaraván, El Parnaso y Platero, que desde enero salía impresa gracias al mecenazgo del gobernador civil Carlos Rodríguez de Valcárcel y en cuyo primer número tuve la alegría de ver versos míos en letras de molde. De todo aquel grupo juvenil sólo una persona tenía ya un libro impreso: Pilar Paz Pasamar. El libro se titulaba Mara y había salido en abril de aquel mismo año de 1951 y ya conocía yo algunos de sus poemas aparecidos en los primeros números de la flamante y recién iniciada “segunda época”, ya impresa, de la revista. Al igual que a los demás “plateros” del núcleo fundacional, con excepción de Francisco Pleguezuelo, a quien me presentaron en el patio de Maese Rodrigo de la Universidad, ya era lector de ella antes de llegarla a conocer en persona y esto ocurrió un atardecer en el hotelito familiar del barrio de Puntales, donde pasaba el verano la familia. Puede decirse que todos los poetas jóvenes, y menos jóvenes, de muchas leguas a la Por aquilino duque Gimeno Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 47, 2019, pp. 307–312 308 redonda, estaban enamorados de ella, aunque el que pasaba por su novio o pretendiente oficial era un joven poeta nicaragüense, Mario Cajina Vega, a quien Quiñones, haciendo juegos malabares con la botánica y la geografía, llamaba “el Melón Andino”. Estos escarceos discurrían bajo el ojo vigilante de doña Pilar y el sentido del humor de don Arturo, que llamaba a la pareja, ella tan morena y con una trenza gruesa como una estacha y él, indio lampiño, “el cartel del Domund”. Otro atractivo del chalecito de Puntales era su hermana Mercedes, que vista en traje de baño parecía escapada de la película Escuela de sirenas. Mara no era un libro más y, lo que es más, no era un libro prematuro, por más que fuera primerizo. La autora acababa de cumplir los dieciocho años en febrero, y todos sus versos eran versos de una adolescencia en la que ella, con pulso firme, había trazado las coordenadas estilísticas de lo que serían su vida y su obra. A todos los coetáneos que la rodeábamos nos llevaba rotundamente la delantera. Sin ejercer de maestra, nos podía dar lecciones a todos, empezando por mí, que le llevaba dos años. Mara llevaba un prólogo revelador de Carmen Conde, que captaba al detalle los grandes significados del libro y, dado que Pilar había debido de leerle algunos de sus versos, empezaba por un elogio de su voz “arterial y oscura…corpulenta y heridora” “llegada desde las más remotas edades de la mujer”. Se titulaba el prólogo Pilar Paz, en quien gravita Dios, y en parecidos conceptos se expresaba nada menos que Juan Ramón Jiménez en la tercera tentativa de comunicarse con ella después de leer versos suyos en Platero y en Caracola. Mara era todo menos un “borrador silvestre” y su autora adolescente revelaba, y no sólo en las citas bíblicas, unas lecturas muy bien orientadas. Sus temas eran, por decirlo en dos palabras muy de aquellos tiempos, tan pronto telúricos como siderales. Pilar levantaba sus ojos y su voz a las estrellas, pero tenía los pies muy asentados en la tierra, es decir, buscaba en lo alto respuestas a grandes preguntas y a la vez recibía del suelo materno la fuerza y el fuego con que las hacía. Su religiosidad era profunda y a la vez turbulenta y uno de sus asuntos recurrentes es la maternidad, el instinto maternal. Otro entrañable compañero nuestro, José Luis Tejada, distinguía muy bien la poesía religiosa de la poesía devota, y la de Pilar tenía desde luego más de lo primero que de lo segundo. Ya en su primer poema siente el peso de Dios entre los brazos y sobre 308 PILAR PAZ Y LA TORRE DE BABEL 309 su cuerpo, y ese peso es el de una inmensidad celeste que se refleja en la inmensidad del mar, de ese mar en el que se baña y del que ella saca tanta fuerza expresiva y vital como saca de la tierra que pisa. Otro rasgo importante es su buen oído, esencial en una buena versificación, y que yo vincularía a una niñez jerezana no muy distinta de la que en su día tuvieron Lorca y Alberti… o Villalón y Juan Ramón Jiménez, ese Juan Ramón que decía que él escribía como hablaba su madre. Quiero decir que las coplas populares, el flamenco o el romancero, explican que aquella niña tan precoz midiera tan bien los versos y expresara con tanta precisión sus pensamientos. Yo estaría una vida hablando de este primer libro, de este punto de partida sobre cuyos laureles Pilar no se echó ciertamente a dormir. Pero el que no se echara a dormir no quiere decir que dejara de soñar y lo más admirable fue la inteligencia con que esos sueños encauzarían su destino de mujer. Nada expresa mejor el entusiasmo que suscitaba en la poetambre masculina que la rodeaba que las cartas que recibe del más grande de todos, de Juan Ramón Jiménez, quien, después de cerciorarse a través de Pemán de que Pilar Paz Pasamar no se trata de otra Georgina Hübner, le escribe a Málaga, a Cádiz, a Madrid y le dice cosas como ésta: Este es mi tercer recado, ¿tan lejos está el reino de mi rebeldita? Y cuando a la tercera va la vencida, le replica: Le perdono su burla de llamarme ¡Dios! y le rozo con las yemas de los dedos, Luzbel enemiga, sus sienes rebeldes, palpitantes de misterio, de encanto y de intensidad. Porque usted habla por las sienes, lo más sentido del cuerpo y lo más duro del alma. Y ya pasando al tuteo: Estoy esperando que lleguen tus dos libros, Pilar. Sí, he leído «El reclinatorio» que me reveló una poesía plena, rica, y delicadamente fuerte. Nada más fuerte que la delicadeza exacta. Pilar de 20 años, un beso desde mis 71, un beso de mis 70 y más primaveras. Juan Ramón 309AQUILINO DUQUE GIMENO 310 Zenobia te agradece tus recuerdos. Es la mujer ideal y sigue enferma todavía. Tiene que ir por 3 días al hospital. ¡Muy triste! En las fechas más o menos de tenerse noticia de la concesión del Nobel, hubo una especie de peregrinación de poetas a Moguer con una visita a Fuentepiña a lomos de borricos y lectura en la casa natal del poeta, cuartel entonces de la Guardia Civil, en las que Pilar recitó una de las más estremecedoras “Baladas para niños sin corazón”, La carbonerilla quemada. Yo estaba en situación de arresto en el cuartel de Infantería de Marina de San Carlos y supe del acontecimiento por mi fiel corresponsal Fernando Quiñones. A Juan Ramón en cambio quien lo informó fue la propia Pilar, a la que contestaba lo siguiente: Gracias, querida Pilar de 20 años por tanto regalo como me mandas en tu preciosa carta. Gracias por la encantadora canción para Antonia por todo lo que el artículo de la excursión a Moguer supone. Si yo no escribí a Platero de Cádiz en tanto tiempo no fue por desidia ni olvido. Desgraciadamente para mi mujer y para mí, nuestras enfermedades simultáneas fueron muy duras y muy penosas. Yo me quedé sin fuerzas, y no podía ni coger el lápiz (con el que escribo siempre). Ahora estaré ya siempre al lado de ustedes, y a tu lado, porque tú estás sola de tu grupo, en Madrid. Hoy mismo he echado una carta para los amigos de Cádiz, con la presentación que me pidieron para Rafael Alberti y anunciándoles el envío de trabajos nuevos para la revista. El primero, un prólogo que escribí para la edición española de París, y ya no les dejaré mientras viva, repito. Otra menos inteligente que Pilar habría perdido la cabeza, pues nunca le faltaron en su entorno inmediato los admiradores jóvenes, fuera en reuniones poéticas o en aulas universitarias o en escenarios teatrales, ya que en Madrid se metió en el TEU y yo llegué a verla actuar en el Teatro San Fernando de Sevilla en El gran cardenal, adaptación de una obra de autor holandés por José María Pemán, que se reservó el papel del purpurado, junto con un plantel de gaditanos ilustres como Carmen Martel Viniegra, 310 PILAR PAZ Y LA TORRE DE BABEL 311 Benito Cuesta o el marqués de Arellano. Y es que aquel primer libro tan sólido le imprimió carácter, por decirlo con palabras sacramentales, y con una serena regularidad siguió el camino emprendido hasta el punto de conseguir un accesit del premio Adonais con un segundo libro en la misma convocatoria en que el premio fue nada menos que para su compañero de curso Claudio Rodríguez. En este libro, titulado Los buenos días, no dejó Pilar de responder a los retos de los tiempos, que eran los de la “poesía social”, pero lo hizo a su manera, sin perder los papeles, en poemas como El juez, más que alegato, alusión por elevación contra la pena capital, o sonetos impecables como El reclinatorio, reproche severo de la devoción comodona. El gran afán poético y vital de Pilar Paz es la busca de lo divino en su vida y en su obra. Su tercer libro, Del abreviado mar, coincide con su casamiento, un casamiento que entraña una doble decisión, la de dejar la Corte por el cortijo y elegir un marido que le sirviera de contrapeso y complemento. El cambio de estado no supuso en ella un cambio de ruta, sino que la reforzó con uno de aquellos “firmes especiales” con que su paisano don Miguel Primo de Rivera trazó la primera red de carreteras de España. Este “firme especial” se llamaba Carlos Redondo y era, dicho con palabras del otro don Miguel, Unamuno, “nada menos que todo un hombre”. “Eres hombre cabal hasta en el sueño”, dice ella de él en un gran poema, y los que lo conocimos podemos dar fe de que no exageraba. El y el mar fueron las dos fuerzas que la decidieron a asentar en Cádiz su centro de gravedad. La última vez que coincidimos fue cuando paramos para almorzar en Utrera al regreso de un congreso poético en Córdoba. Ellos volvían a Jerez y yo a Sevilla. Eran tiempos revueltos, por no decir revolucionarios, y ella no estaba muy conforme conmigo cuando apliqué a aquellos tres días cordobeses el remoquete, inspirado en el marqués de Sade, de “las tres jornadas de Sodoma”. En esas jornadas me llamó la atención el contraste entre el feminismo agresivo de las jóvenes poetisas, mejor dicho, poetas del género femenino, y el buen estilo y la elegancia señorial de dos autoras de mi época, a saber, la malagueña María Victoria Atencia y la jerezana Pilar Paz. No quiero decir con esto que Pilar se cerrara o se evadiera a las tendencias de su tiempo. En cierta 311AQUILINO DUQUE GIMENO 312 ocasión en que tenía yo que leer versos en Cádiz, le pedí que me presentara ella y me contestó que esa misma fecha la tenía ya comprometida para un encuentro con feministas. Lo que quiero decir es que su estilo de vida, su condición de esposa, de madre, de ama de casa, lo telúrico de sus raíces, lo angélico de sus alas, su unamunesca “sed de eternidad”, no dejaron nunca de dignificar sus concesiones, sus aperturas, a los afanes y los desmanes de una realidad con trazas de Torre de Babel. Precisamente se llama La Torre de Babel y otros asuntos un libro aparecido en 1982 en el que incluye un soneto, titulado En defensa propia, donde con claridad meridiana explica su postura y que dedica A una amiga que me reprocha no dedicarme por entero a escribir versos. Tú creces, mientras yo me multiplico. tú hacia arriba, señera, alta, importante, contemplativa, tan de mí distante que a pequeños quehaceres me dedico. Tú, de versos sublimes mil, y rico tu mundo, yo los hijos por delante. Tú luna en plenitud, y yo menguante ala inclinada sobre mucho pico. Ciprés engalanado y solitario, llama inflamada en el fervor diario… ¡Nadie estorbe tu lámpara encendida! Mientras, acompañada me disperso: el hijo, el hombre, el hombro, el verso… ¡Mas no cambio tu vida por mi vida! 312 PILAR PAZ Y LA TORRE DE BABEL