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Dependencia, independencia, codependencia: las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada

García Gutiérrez, Rosa

Abstract

Desde la Independencia, el debate sobre España ha estado ligado en México al proceso de construcción nacional en lo cultural, ideológico y político. La obra de Genaro Estrada, secretario de Relaciones Exteriores durante el periodo de institucionalización de la Revolución, embajador en España durante la II República y escritor y erudito del México colonial, ejemplifica a la perfección las complejidades y virajes de la relación México-España en el tránsito del siglo XIX al XX, con sus implicaciones en lo estético, lo ideológico y lo político.

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ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 DepenDencia, inDepenDencia, coDepenDencia: las relaciones México-españa a través De la obra De Genaro estraDa Rosa García Gutiérrez Universidad de Huelva Resumen: Desde la Independencia, el debate sobre España ha estado ligado en México al proceso de construcción nacional en lo cultural, ideológico y político. La obra de Genaro Estrada, secretario de Relaciones Exteriores durante el periodo de institucionalización de la Revolución, embajador en España durante la II República y escritor y erudito del México colonial, ejemplifica a la perfección las complejidades y virajes de la relación México-España en el tránsito del siglo XIX al XX, con sus implicaciones en lo estético, lo ideológico y lo político. Palabras clave: Genaro Estrada, Revolución mexicana, hispanismo, hispanoamericanismo, Visionario de la Nueva España, Pero Galín. Abstract: Since Independence, the discussion about Spain has been associated in Mexico to the process of national building in the cultural, ideological and political. The works of Genaro Estrada, Secretary of Foreign Affairs during the period of institutionalization of the Revolution, ambassador to Spain during the Second Republic and writer and scholar of colonial Mexico, perfectly exemplifies the complexities and turns of the relations between Mexico and Spain in the transition from the nineteenth to the twentieth century, with involvement in the aesthetic, ideological and political. Keywords: Genaro Estrada, Mexican Revolution, Hispanism, Latinamericanism, Visionario de la Nueva España, Pero Galín. Para resolver en la experiencia el problema político, es preciso tomar el camino de lo estético Friedrich Schiller, La educación estética del hombre. Para la historia de la literatura mexicana Genaro Estrada es el autor de Pero Galín, el modesto Quijote que con jovial ironía dio la puntilla a la narrativa colonialista. Por ese acto simbólico, la pertenencia del librito al catálogo oficial de títulos irrenunciables, constitutivos de la narratio literaria nacional, se ha hecho 78 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 inopinable. En una primera lectura, sin embargo, apenas llama la atención la difícil catalogación genérica del volumen; la burla, que no llega a ser hiriente, contra la erudición improductiva y la mitomanía del pasado encarnados en un anticuario poseído por la ficción estilizada del México virreinal; y una apuesta por el futuro y la modernidad almibarada con la más tópica iconografía vanguardista: Nueva York, sus coches, su cine, su jazz y sus nuevas ‘Evas’. No ayuda a superar la decepción de ese primer acercamiento la, por lo general, dulcificada bibliografía sobre Estrada, ni la visión naive del colonialismo que parece haberse instituido. Para los estudiosos y panegiristas de Estrada, la literatura fue un adorno, el ingenuo pasatiempo que se permitió de vez en cuando el, eso sí, brillante diplomático y admirable gestor de las relaciones internacionales de México. Y para la convención académica, el colonialismo fue una rareza puntual, el paradisíaco refugio que algunos eruditos se construyeron para no escuchar las balas revolucionarias que amenazaban la paz de sus bibliotecas. Pero ¿hubiese sobrevivido Pero Galín a las purgas y polémicas sobre el canon literario mexicano de haber sido tan pueriles sus armas y tan insignificante el enemigo? Cabe sospechar que no y, en consecuencia, poner en duda la ‘inofensiva’ rareza del colonialismo y sucumbir a la tentación de rascar en el monolito Estrada, “desprenderlo del nicho de los bienaventurados antecesores”1, y poder así replantear su obra. ¿Pudo el colonialismo gestarse al margen de los debates sobre el papel político y simbólico de España en el México postindependentista, porfirista y revolucionario? ¿Pudo Estrada, responsable de la política exterior durante los años veinte y embajador en España durante la II República escribir una novela-ensayo sobre la nostalgia por el virreinato sin que le pesara el posicionamiento ideológico al que le obligó el ejercicio político? Parece sensato, nuevamente, sospechar que no, y desde esa convicción propongo aquí leer la obra literaria de Estrada en su intersección con el proceso de resignificación del papel cultural y político de España en el México de la Revolución y la posrevolución. Estrada intervino muy directamente en el diseño político y cultural de ese proceso, pero además, el asunto no le fue antes ajeno: este hombre de letras de provincia nacido en 1887 vivió la normalización del periodo colonial en la construcción histórica y simbólica de México y lo mexicano durante el porfiriato, se nutrió del hispanismo trasatlántico finisecular, asistió al resurgir hispanófobo de la Revolución, y se dejó subyugar por el hispanoamericanismo vasconcelista antes de asumir su compromiso político. En su gestión de las relaciones exteriores de México, Estrada supo muy bien que debía manejar dos planos: el de la realidad política, social y económica del país y el de la imagen de México como nación. Sin este último —“el camino de lo estético”, retomando al epígrafe de Schiller que encabeza estas páginas—, no habría podido resolver “problemas políticos” que parecían enquistados para siempre. En pleno 1 C. Monsiváis, “En el centenario de Genaro Estrada”, en Genaro Estrada, Visionario de la Nueva España, ed. facsimilar, Sinaloa, U.A. Sinaloa, 1987, 1. Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 79 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 vasconcelismo, con el disfraz de Pero Galín, Estrada abordó el problema político de la inserción de México en la primera línea del mundo tomando “el camino de lo estético”. En ese periplo, que duró años, los encuentros y desencuentros con la España política y con la estética fueron, no sólo inevitables, sino decisivos. 1. DEPENDENciA: 1915 y EL HisPANisMo DEL VisioNARio 1.1 El imaginario sobre España en la construcción del México independiente Como ha explicado Isidro Sepúlveda, durante la primera mitad del XIX toda Hispanoamérica vivió el debate sobre “el legado ontológico colonial en las repúblicas americanas”2. La postura que se impuso interpretó la emancipación como ruptura con el estado colonial, y esa voluntad política se proyectó a la cultura: el discurso oficial rechazó la herencia hispánica y reivindicó lo propio, un ‘lo propio’ que apenas empezaba a discutirse. En el caso de México, el debate sobre España determinó la construcción de los límites conceptuales, estéticos e ideológicos de la nación, y en el relato de beginnings que esa construcción implicó el imaginario sobre México dependió del imaginario sobre España. Pérez Vejo habla de “dos macrorelatos alternativos sobre el ser nacional, en realidad dos proyectos de nación”3: el liberal, dominante, que estableció el mundo prehispánico como origen, y el conservador, que ubicó el nacimiento de México en el virreinato. Pero lo que importa es subrayar que enfrentarse a la herencia española rompiendo con la colonia o entendiéndose como su continuidad o evolución natural afectó no ya a las relaciones políticas con España sino a la propia definición de México4. El antihispanismo, explicable por la imperiosa necesidad de diferenciación, por el pensamiento romántico y, más tarde, por la situación de la antigua metrópoli en decadencia y descolgándose de la primera línea, marcó el pensamiento liberal en México donde “Hidalgo resumió lapidariamente una visión de la Colonia como una continuada destrucción de las Indias, que venía desde Bartolomé de las Casas”5. El primer representante de España en México no llegó hasta 1838, en medio de rencores por el tardío reconocimiento y en un clima hispanófobo con habituales episodios de violencia. La incipiente historiografía mexicana iniciaba entonces un discurso de impugnación de la conquista y de 2 I. Sepúlveda Muñoz, comunidad cultural e hispanoamericanismo, 1885-1936, Madrid, UNED, 1994, 189. 3 T. Pérez Vejo, “El Centenario de 1910 y las polémicas sobre el pasado de la nación”, XiV Encuentro de Latinoamericanistas españoles. congreso internacional 1810-2010: 200 años de iberoamérica, Universidade de Santiago de Compostela, Servizo de Publicacións e Intercambio científico, 2010, 455. 4 Ibid., 461. 5 M. A. Landavazo, “El imaginario antigachupín de la insurgencia mexicana”, en A. Sánchez Andrés, T. Pérez Vejo y M. A. Landavazo, eds., imágenes e imaginarios sobre España en México. siglos XiX y XX, México, Porrúa/Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana/ CONACYT, 2007, 39. 80 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 menosprecio del valor del legado hispánico en la esencia mexicana, convirtiendo la colonia en sinónimo de fanatismo, intransigencia, despotismo, y desprecio y marginación de lo autóctono, indio o —sobre todo— criollo. Pasado el fuego, a mediados del XIX, algunos historiadores intentaron “recuperar la importancia de la herencia hispana” exaltando los beneficios de la colonia para México6. En las décadas siguientes creció esta visión más conciliadora con el pasado colonial, tal vez porque las heridas cicatrizaban y los países americanos asumían la necesidad de su internacionalización: una integración en el presente del mundo más fácil y más lógica desde la aceptación del vínculo histórico con Europa vía España. Sólo el reconocimiento por parte de España del imperio de Maximiliano en 1862 enturbió esa progresiva aceptación académica de la colonia como nutriente de México, mientras continuaba la hispanofobia en las esferas populares. En 1880, con Porfirio Díaz, se restablecieron las relaciones diplomáticas. En su aspiración a ser la versión americana de la Francia post imperial, el porfiriato cultivó una imagen de México reconocedora de unos orígenes europeos capaces de garantizar su ingreso en la ‘civilización’. A la normalización de la colonia como episodio fundamental en la conformación de la identidad de México y a la integración práctica y simbólica de España en el porfiriato, contribuyó el resurgir del hispanismo y/o hispanoamericanismo de finales del XIX a ambos lados del Atlántico, un hispanismo que, desde su enunciación española, suavizó o diluyó reminiscencias imperialistas o de vasallaje político-cultural, y a cuyo “llamado a restaurar la unidad con la tradición española” las elites intelectuales latinoamericanas “respondieron con entusiasmo”7. La defensa del legado cultural y espiritual español, surgido en el marco del regeneracionismo como “dique de contención”8 contra la presencia estadounidense se intensificó en España a partir de 1898. México respondió a su manera, una manera que obvió la perspectiva continental y se centró en la bilateral España-México. Díaz fue receptivo al ideal hispanista que “afirmaba la existencia de una familia hispánica de naciones”9 con valores, lengua, espíritu y religión compartidos, pero esa redefinición del nexo con España fue además un 6 Sepúlveda, op. cit., 245. 7 B. Urías Horcasitas, “‘Méjico’ visto por el conservadurismo hispanófilo: el debate en torno al indigenismo (1948-1955)”, Historia y Política, nº 24, julio-diciembre 2010, 194. No entraré en la controversia terminológica, resumida por Sepúlveda (op. cit., 25 y ss.). Tal vez lo menos confuso y más descriptivo sea emplear ‘hispanismo’ para denominar este impulso finisecular y reservar ‘hispanoamericanismo’ para una modalidad posterior de la afirmación de la comunidad de países de raíz hispánica, más liberal y descentralizada, que puso el acento no tanto en lo hispánico sino sobre todo en lo americano: me refiero, por ejemplo, al impulso de fe dado al continente por Vasconcelos en la primera mitad de los 20 o a la emblemática “Utopía de América” de Henríquez Ureña. Este hispanoamericanismo tuvo, como veremos, sus defensores y aliados en España, sobre todo a partir de la segunda mitad de los veinte. 8 M. Ojeda Revah, México y la Guerra civil española, Madrid, Turner, 2004, 30. 9 Ibid., 31. Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 81 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 argumento en su aspiración a integrarse en el club de países representativos de su ideal de civilización y progreso, un freno a la presión estadounidense, y un modo de justificar el control jerárquico sobre la población indígena e incluso la mestiza. El porfirismo vio en la civilización occidental un todo ejemplar al que pertenecer, y legitimar ese proyecto de nación y entronizarlo con la Independencia requería una revisión, una dulcificación historiográfica de la colonia. La colonia se incorporaba al relato de beginnings mexicano, pero además Díaz estimulaba la inmigración europea, en particular española, dándole trato de favor. Bajo la Academia y el Poder, la hispanofobia crecía en una población que no entendió los privilegios al español que en su imaginario seguía siendo el comerciante, el financiero, el terrateniente, el privilegiado por el gobierno, el explotador y el usurero. Más que una apuesta de futuro por una comunidad espiritual transcontinental, el hispanismo fue para el porfiriato el marco en el que integrar “las acciones emprendidas en el orden cultural e ideológico, destinadas a reafirmar y dar a conocer la labor civilizadora de España en esta parte del mundo”10. Un sector importante de la intelectualidad porfiriana constituyó la base social de esta actitud que revalorizó el legado cultural y la memoria histórica de la colonia. Se actualizaron los debates sobre la naturaleza de la raza y la cultura mexicana que existieron tras la Independencia, pero con conclusiones y propuestas distintas: entre ellas, la reconciliación definitiva con la huella hispánica y la consolidación de una nacionalidad (Estado y sentimiento nacional) ligada a Europa a través de España. Si la consigna del porfiriato fue “orden y progreso”, se entiende que la mayor parte de su aparato intelectual imaginara “una nación formada y forjada por los valores de la cultura occidental”11, un México culto y civilizado que fingía no ver al indígena, excluido social y culturalmente del país. El México prehispánico, con su catálogo de símbolos y mitos, se mantuvo en su función diferenciadora y en la versión quintaesenciada construida por el discurso independentista, pero Moctezuma nunca fue el indio real. Hubo, como dice Granados, otros planteamientos que “sobre todo en el orden de lo étnico entraron en contradicción con las tesis identitarias porfiristas”12, pero la élite política e intelectual vivió en la ilusión de un proyecto nacional de filiación occidental, y sobre todo, en la ilusión de una comunidad étnica ‘mestiza’ sin conflictos que no tardó en saltar por los aires: se trataba de un ‘mestizaje’ que más que un reconocimiento del componente indígena, implicaba una afirmación de la marca hispánica, una entelequia conceptual más cercana en su sentido al término criollo que a una mezcla real de culturas, lenguas y sangre. 10 A. Granados, Debates sobre España. El hispanoamericanismo en México a fines del siglo XiX, México, El Colegio de México/UAM, 2005, 25. 11 Ibid., 226. 12 Ibid., 283. 82 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 Lógicamente, España vio con buenos ojos al porfiriato, tan condescendiente en el trato con los terratenientes españoles y con la Iglesia. Con Justo Sierra en el Ministerio de Instrucción Pública se concretó esta simpatía mutua en intercambios culturales y actos institucionales, exhibiéndose públicamente en las fastuosas celebraciones del Centenario de 191013. Ya antes, en el Congreso Social y Económico Hispanoamericano celebrado en Madrid en 1900, se había conseguido “patentizar el cambio de opinión americana sobre España”14, sentándose las bases de una paz ‘anímica’ o de las pulsiones y sentimientos, aunque en el caso de México el camino de concreciones políticas, diplomáticas y culturales de esa paz acabó siendo, contra todo presagio, tortuoso y empedrado. Poco duró, en efecto, la concordia exhibida en el Centenario. La Revolución no sólo recuperó los viejos rencores históricos hacia la antigua metrópoli, sino que los avivó con acciones violentas contra los españoles, tan ostentosamente favorecidos por el dictador a abatir: odios nuevos con que insuflar vida, actualidad y sentido a la leyenda negra. Si la hispanofobia fue una de las armas ideológicas de la Revolución, ésta hizo resurgir en España los viejos clichés, estereotipos y prejuicios de la barbarie indócil y el paganismo del México autóctono. 1.2 Estrada y la Generación de 1915: el edén subvertido Nacido en Mazatlán, Estrada se educó para ser miembro de la reducida élite porfiriana. Las vías para ejercer las letras en provincia eran pocas y tomó la que tuvo a mano, el periodismo, en el diario de su tío y en el porfirista El Monitor sinaloense. Apoyó a Bernardo Reyes en su candidatura presidencial, trabajó en el ayuntamiento de Culiacán como militante reyista, y dirigió El Diario del Pacífico, desde el que combatió el maderismo. Solo Monsiváis15 aporta estos datos pudorosamente borrados del impecable retrato oficial de Estrada, y sólo él da el motivo de su exilio de tres meses en Los Ángeles: el temor a represalias tras el triunfo de Madero. Al regresar, Estrada tenía edad para dar el arquetípico salto a la capital. De su primer trabajo como corresponsal de guerra se deduce que, al comienzo, no simpatizó con la Revolución: tuvo que sentir que esta irrupción de violencia, que se cebó con las provincias del norte, truncaba una ruta vocacional que creyó segura, holgada e inexpugnable. La hispanofobia se incrementó y con ella una sensación de aislamiento y ruptura con Europa que tomó por sorpresa a una intelectualidad cosmopolita y afín al ideal civilizador del porfiriato, por mucho que 13 Hubo gestos muy concretos de reconciliación: España regaló a Díaz el uniforme de campaña de José María Morelos y condecoró al dictador con el collar de la Orden de Carlos III (Ojeda, op. cit., 31). Otras demostraciones de ‘reconciliación’ en Granados, op. cit., 12-13, y Pérez Vejo, op. cit., 463-66. 14 Sepúlveda, op. cit., 61. 15 Op. cit., 2-3. Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 83 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 cuestionara sus contenidos positivistas. En pocos años, sin embargo, Estrada asumiría las circunstancias con menos resistencia que la mayoría, actualizando y redefiniendo sus aspiraciones. En 1911 el Ateneo mantenía su vigencia, pero tocado ya por la Revolución. Aunque ha solido interpretarse como el trasunto en el ámbito cultural del impulso revolucionario y su fuerza renovadora, lo cierto es que, como dice Gabriel Wolfson, “se formó y, sobre todo, halló su primer sentido durante el porfiriato”16. El Ateneo fue crítico con el modelo cultural porfirista, pero no rompió con su sistema ni con sus instituciones. La Revolución desestabilizó su estructura interna ramificándolo en afines (Vasconcelos) y reaccionarios (Antonio Caso), y en ese horizonte intelectual en crisis interna, sólo en algunos casos permeable a las luchas políticas que parecían ocurrir en otra esfera, dio Estrada sus primeros pasos: la fundación en 1912 con Enrique González Martínez de Argos, revista nada complaciente con Madero, y el ingreso como profesor en la Escuela Nacional Preparatoria, donde formó su círculo de amistades e intereses literarios compartidos. En 1913 con la Decena trágica, el asesinato de Madero y el inicio de la presidencia de Victoriano Huerta, terminó el tiempo del Ateneo. Estrada se quedó con sus lecturas y su aspiración cosmopolita y con su fe en la educación y la cultura, pero sin dramatismos, grandilocuencias ni divinizaciones, con el pragmatismo optimista que le fue innato. Hasta el emblemático 1915 en que la Revolución alcanzó su condición de punto de no retorno, participó en actividades literarias, educativas y culturales, estrechó su grupo de amistades y creció en protagonismo alcanzando la secretaría de la Preparatoria en 1913. Tras la reacción huertista, Estrada fue de los que se quedó —y fue entre ellos el que antes expió su culpa— y de los que sintió el movimiento armado que siguió después, no como algo propio sino de otros: como estricta rebelión social y política sin dimensión en el plano intelectual, como insurgencia popular contra la oligarquía tradicional dibujando una línea paralela, sin interferencias, a la del devenir de la cultura nacional. Las cosas cambiarían a partir de 1915, pero hasta entonces, y con la excepción de algunos como Julio Torri, carcomido por la culpa y el remordimiento, el huertismo fue para el oasis letrado (Antonio Caso, Manuel Toussaint, Castro Leal, Silva y Aceves, Díaz Dufoo jr., el propio Estrada) la última oportunidad de creer o fingir que era posible continuar un modelo de intelectual y de cultura que con Madero pareció tambalearse. De esos años interesa destacar la relación de Estrada con el historiador Genaro García, director de la Preparatoria, que le abrió las puertas de su fascinante archivo, apabullante en todo tipo de documentación sobre México17. Con él aprendió a manejar las fuentes de la historia del país con curiosidad de miniaturista 16 La melancolía del exiliado. Edición crítica de “Tres libros” de Julio Torri, Universidad de Salamanca, 2003, Tesis Doctoral inédita, 131. 17 El archivo se conserva hoy en la Universidad de Austin. 84 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 pero también con objetividad, y allí, entre legajos y documentos inéditos y olvidados, tuvo conciencia de la importancia que para México, pendiente de legitimación y autorización como tradición independiente y reconocible en hitos, rasgos y nóminas, tendría la ordenación, catalogación y/o edición prestigiadora de los desorganizados materiales de su cultura y su historia, la incorporación a la Academia y el Archivo, y desde ahí, a la memoria colectiva nacional e internacional. Toda su generación, como veremos, volvió los ojos al pasado colonial, pero Estrada moldeó una manera de hacerlo más sosegada y festiva, menos visceral e ideologizada, más buscadamente profesional tal vez, que constituye la huella personal de Visionario de la Nueva España en el magma de apasionamientos y lastimosas resistencias que fue el colonialismo. Sobre todo a partir de 1915, con la hispanofobia popular y el antihispanismo discursivo in crecendo como pulsión y arma ideológica de la Revolución, y a punto de aflorar un virreinalismo conservador y nostálgico fruto del terror ante el cambio étnico, social y político, Estrada fue poniendo las bases para la composición de su visión cotidiana y amable de la colonia, estilizada pero no idealizada, amorosa pero no nostálgica, muchas veces crítica y, sobre todo, sugestiva en la anotación sutil de grandezas y defectos. En definitiva: llamativamente desprejuiciada, como veremos, y buscadamente conciliable con un presente revolucionario que, ya en 1916, había aceptado como nuevo e irreparable escenario político e intelectual de México. España no sólo reconoció al gobierno golpista, sino que dio asilo político a Huerta, avivando la animadversión popular y revolucionaria hacia lo español. 1915 fue, para la generación de Estrada, un año decisivo marcado por la inestabilidad, la incertidumbre y el temor. La mayoría fingió hacer oídos sordos, postergó hasta el límite el momento de tomar postura respecto a la nueva situación, siguió pertrechado en su modelo de educación y cultura, y se apropió la palabra espíritu frente a la metralla, en un aislamiento trabajoso que a veces se disimuló o disculpó, pero que evidenciaba una tensa y tozuda inadaptación quintaesenciada en el único número de La Nave. Si algo demostraron los acontecimientos de 1915 y la definitiva consolidación del gobierno constitucionalista fue que la Revolución había triunfado y que su camino iba a ser, desde entonces, el camino de México. El nuevo presidente Venustiano Carranza rompió relaciones diplomáticas con España en un gesto de reafirmación de independencia e identidad que hay que leer a la luz de la demonización del porfiriato, pero también proporcionó una relativa estabilidad que sosegó a la generación de Estrada, nuevamente instalada en su oasis intelectual. En ese 1916 aparecieron los primeros libros representativos del grupo, sus obras ensayísticas inspiradas en la emblemática genealogía de Lamb, Wilde y Shaw, y se acentuó un cierto acoquinamiento en la poesía como mapa o territorio en el que entrever un México del siglo XX aún no subvertido por “la mutilación de la metralla” que encontró en los Poetas nuevos de México, la antología compilada por Estrada en 1916, su última expresión. Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 85 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 Pronto se dejaría ver, tras la pólvora desde luego, pero también tras las hojas de las palmeras, un fondo urgente de definición nacional, no ya política sino sobre todo cultural e incluso sentimental. Lo abordarían los herederos de la clase intelectual tradicional, pero también los nuevos sectores sociales y étnicos emergidos con voz y voto del proceso revolucionario. En ese contexto hay que interpretar el retorno temático y recurrente al periodo colonial por parte de la Generación de 1915 y por parte de un conjunto de novelistas, historiadores, bibliófilos y anticuarios vinculado a la amenazada oligarquía porfirista. España, o mejor, el legado español en la raíz de México reaparece así como asunto, junto a una ciudad de México resucitada como centro intelectual en el espacio revisitado de la colonia. Cabe decir que de todos los miembros de la Generación de 1915 Estrada fue el menos nostálgico, el más pragmático, el menos torturado, el más expeditivo en romper lazos con el pasado y el menos resistente al cambio. Aceptó sin rémoras sentimentales la inevitabilidad de la Revolución, la imparable instauración de otra clase política distinta y su institucionalización, y reconvirtió y readaptó sus intereses y vocaciones al orden nuevo. Con Carranza ingresó en la burocracia, dando así comienzo su definitivo papel en la función. Será, como dice Monsiváis, “lo que los ingleses llaman civil servant, un hombre al servicio de las instituciones, no de la política de caudillos y facciones”18, aunque la delimitación de ambas esferas no siempre le fue fácil. Su primer empleo fue en la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo, donde inició amistad con el futuro presidente Plutarco Elías Calles, entonces titular de la Secretaría. Por entonces participaba en Pegaso, y seguiría en contacto con la literatura en Revista Nueva y más tarde, México Moderno, al tiempo que elaboraba las prosas de su Visionario, cada vez más adaptado y en su sitio. “¿Por qué diablos no viene usted? Esto está bien, en general”19, escribió en 1917 a Alfonso Reyes, en España desde la muerte de su padre en 1913. Reyes era el cuate en la distancia y la ventana por la que miraba a España y al resto del mundo. A pesar del creciente antihispanismo, Estrada no sólo revisitaba el pasado colonial sino que permanecía atento a una España que, a pesar del asilo a Huerta y la incomunicación diplomática, resurgía y se modernizaba en la obra de un grupo de intelectuales, los reunidos en torno a la Institución Libre de Enseñanza y el Centro de Estudios Históricos, de los que Reyes le enviaba noticias. Una España nueva con la que quiso externar vínculos colaborando en su principal órgano de difusión: la Revista de Filología Española. 1.3 Virreinalismo y Revolución: La España del Visionario Veinticinco años después, la queja de José Emilio Pacheco afirmando del colonialismo que “aún está a la espera ya no digamos del juicio y el balance sino 18 Op. cit., 4. 19 A. Reyes y G. Estrada, con leal franqueza. correspondencia entre Alfonso Reyes y Genaro Estrada, México, El Colegio Nacional, 1992, I, 53. 92 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 del pensamiento y la acción”45. El vasconcelismo incorporó la cultura a la construcción del nuevo México, y Estrada encontró su misión particular en la dignificación y legitimación del país más allá de sus fronteras. Con la relativa consolidación del gobierno de Obregón y el brío insuflado por Vasconcelos a la cultura, los debates sobre la raíz de México y los contornos de su identidad resurgieron inevitablemente. La discusión matriz siguió siendo la que enervó el pensamiento mexicano en el XIX, aunque con alguna variación y mayor extremismo. Pérez Montfort habla de un indigenismo hispanófobo “que identificó el origen nacional con los pobladores aborígenes de nuestro territorio”46 que conquistó la esfera gubernamental al menos en lo discursivo; un hispanismo defensor de la esencia española (lengua y religión) que se vendió como freno antiyanqui; y un latinoamericanismo o hispanoamericanismo que dotó al vasconcelismo de proyección internacional, más centrado en el futuro del continente americano que en el pasado nacional, y en el mestizaje como identidad que en la individual de cada uno de sus componentes. Lo encarnaron la emblemática “raza cósmica” del propio Vasconcelos o la “Utopía de América” de Henríquez Ureña —uno de sus hombres fuertes hasta la ruptura en 1923— con su afirmación de los valores culturales de la América hispánica en el contexto del mundo, y el consiguiente énfasis en la relación de México con el resto de Hispanoamérica, más que en la que pudiera tener con España y/o Europa47. Mientras Ureña pronunciaba sus conferencias sobre la América hispánica como nueva “orientación” frente a una Europa en decadencia, en España empezaba la dictadura de Miguel Primo de Rivera y al hispanismo liberal finisecular se impuso otro conservador que acabó incorporándose al discurso oficial. Si el régimen se propuso “la reconstrucción nacional, devolviéndole a España una posición de fuerza en el concierto de las naciones”, una vía fue la recuperación del “liderazgo de las naciones latinoamericanas”48 o, si se quiere, la actualización del mito de la grandeza imperial. La doctrina de la Hispanidad no renunció al tutelaje moral de España sobre Hispanoamérica; se autojustificó con el supuesto fondo espiritual y de elevación moral contenidos en su propuesta de cultura, raza y religión hispánicas; y creó instituciones y exposiciones —la Unión Iberoamericana o la Exposición Iberoamericana de 1929— para reforzar sus planteamientos. Frente a la ignorancia y desprecio por los países americanos de los hispanistas conservadores (Pemán, Maeztu, Giménez Caballero), los liberales (Onís, Altamira, Díez-Canedo, Azaña, Araquistáin, Valle-Inclán), en mi45 J. Álvarez Fuentes, “Estudio introductorio” a Genaro Estrada. La diplomacia en acción, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1987, 16. 46 R. Pérez Montfort, Hispanismo y Falange. Los sueños imperiales de la derecha española, México, FCE, 1992, 20. 47 R. García Gutiérrez, “Pedro Henríquez Ureña en la encrucijada revolucionaria: la seducción del socialismo”, en E. Guerrero, ed., Pedro Henríquez Ureña y los estudios latinoamericanos, Pittsburg, Universidad de Pittsburg/IILI, 2010, 225 y ss. 48 Pérez Monfort, op. cit., 21. Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 93 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 noría, insistieron en una aproximación desjerarquizada a las antiguas colonias exhortando a “un mayor conocimiento de los procesos americanos por parte de los peninsulares”49. En la paulatina bifurcación del hispanismo conservador y el liberal el caso de México fue paradigmático. En la prensa conservadora la Revolución sirvió para crear el monstruo de una nación bárbara enfrentada a la civilizadora casta hispana a la que no debió renunciar. Primero fue otra victoria más del influjo masón y protestante de los Estados Unidos y después la versión americana del laicismo bolchevique, pero en cualquier caso México se convirtió en la hija díscola que dejaba a la despreciada madre patria en evidencia. A comienzos de los 20, pocos levantaron con Valle-Inclán la espada pro-México, alabando sus reformas sociales y su propuesta cultural. La Revolución se cebaba con los propietarios españoles que veían cómo Obregón confiscaba sus latifundios, fricción irresoluble a la que se unió la hispanofobia resultante del nacionalismo cultural. Aunque con los años, como veremos, otros intelectuales se fueron sumando a la visión positiva de México y su modernidad social y laica estableciendo vínculos y simpatías que culminaron en la II República, en la primera mitad de los 20 México era barbarie anticlerical, violencia hispanófoba y bolchevismo, y España, “una fuerza esencialmente hostil a la revolución nacional”50. Así las cosas se entiende que Estrada se sintiera en 1923 en un México que avanzaba frente a una España en retroceso. De ahí nace Pero Galín, apuesta por el futuro y por la superación del obcecado y paralizante mirar atrás: México es, y así lo nota, más independiente que nunca y su identidad no está en ninguno de sus pasados sino en un futuro prometedor que los supere y naturalice. Ya el 19 de enero de 1923 anunció a Reyes estar “terminando un libro: Pero Galín”51, al que aún le quedaría recorrido hasta publicarse en 1926. La principal modificación del texto matriz la motivó el viaje de Estrada a Nueva York y Los Ángeles a finales de 1925, y el aprovechamiento de la carga simbólica de Nueva York en el imaginario de la vanguardia. “Ya sabe Ud. cuánto me interesa N.Y. La conozco muy bien. Esta es la quinta vez que me llego por aquí. Además, aquí golpean las novedades del mundo”, escribió a Reyes, para luego anunciarle: “pasé por Los Ángeles para renovar la visión de ese lugar, porque voy a meterlo en el Pero Galín. Se me ha desarrollado mucho el argumento de este libro y eso me agrada. Ya verá usted cuan bien le encaja la acción en Los Ángeles”52. En Los Ángeles el anticuario Pero Galín acepta por fin su verdadero nombre, Pedro Galíndez, en los brazos de la moderna Lota, ahítos de cine y jazz. En el último capítulo, significativamente llamado “Aurora”, la pareja regresa a México para digerir el banquete de modernidad. “Amanece. (…). La tierra —recién llovida— 49 Ibid., 24. 50 Ojeda, op. cit., 40. 51 Reyes/Estrada, op. cit., I, 235. 52 Ibid., 350. 94 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 exhala un vaho de energía. (…). La tierra mexicana, fecunda y buena, va descubriendo su profundo paisaje. Un niño ha gritado ‘¡Mámá!’ desde la alcoba. Va saliendo el sol”53. Últimas palabras de un libro que anuncian, paradójicamente, un comienzo. 2.2 Las razones de Pedro Galidez Sin descuidar sus responsabilidades de hombre público, a mediados de los veinte Estrada siguió teniendo en la literatura una de sus prioridades. En sintonía con su fe en el futuro contribuyó al impulso de formas nuevas, con Pero Galín como contribución personal, pero sobre todo con el apoyo institucional a los Contemporáneos y su entorno54. De hecho, fue el único de su generación que abandonó su tiempo para instalarse en el nuevo, recibiendo como suyas las novedades de la vanguardia. El nuevo Estrada transgeneracional lleno de esperanzas sobre México y su papel en el concierto del mundo, crítico con la extemporaneidad del colonialismo, quedó públicamente inaugurado en 1926 al publicarse Pero Galín, recibida con regocijo por los jóvenes como aportación a la prosa vanguardista. Moderadamente experimental con el género narrativo e imbuido de fervor americanista frente al devastado ideal de Europa, el libro es toda una declaración de intereses a la que hay que añadir uno más: la convicción de que “los intelectuales que se guardan inteligencia y hacienda para su íntimo egoísmo, ni se sirven a sí mismos como pretenden, ni mucho menos sirven a la humanidad. La inteligencia de gafas ahumadas y de manos cerradas, es la más estéril de las contradicciones”55. Pero Galín fue la puntilla del colonialismo con el dardo infalible de la ridiculización paródica, pero sobre todo, un ejercicio autocrítico por parte de Estrada —constructivo, sin saña, con sentido del humor— y, como dice Fernández MacGregor, “catársis de su propia inclinación”56: contra el cúmulo de erudición improductiva y contra un México introvertido retroalimentándose de pasado y de sí mismo hasta la extenuación. “Sano de modernidad, arrepentido de anacronismo”57, Estrada cambió contemplación por acción, localismo por internacionalismo, arrobamiento en el pasado por proyectos de futuro. En el momento cultural que vivía México, el colonialismo no tenía cabida: hasta el 53 Estrada, op. cit., 265. 54 Estrada sostuvo económicamente casi en exclusividad la revista contemporáneos desde febrero de 1929, financiada hasta entonces por Bernardo J. Gastélum y el departamento de Salubridad. 55 Cit. en J. M. Quintana, “Genaro Estrada al rescate de la bibliografía y de la historia de México”, en AA. VV., Homenaje a Genaro Estrada, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1986, 34. Las palabras pertenecen al prólogo de Estrada a su edición de las cartas de Joaquín García icazbalceta. 56 G. Fernández MacGregor, “Genaro Estrada”, en G. Estrada, obras. Poesía/Narrativa/crítica, México, FCE, 1983, 27. 57 X. Villaurrutia, “Genaro Estrada. Pero Galín”, en G. Estrada, ibid., 47. Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 95 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 indigenismo se teñía de modernidad configurando una iconografía en la que el indígena compartía machete con el obrero, sumándose pero diferenciándose como colectivo y realidad del mítico Moctezuma. Era, sin duda, el momento para que Los de abajo saliese a la palestra como seña de identidad convirtiendo el presente en raíz, y para que se abrieran las vías de recepción de ese presente en el resto del mundo. Es por eso Pero Galín “propagandista de los viajes y devoto de la juventud” y “una invitación a la universalidad para acercarse sin trabas, a lo propio”58 con la que Estrada delineaba su plan de acción en la SRE, pero también el tipo de literatura que esperaba como respuesta. ¿Y España? Lo hispánico desaparece en Pero Galín ante la promesa de un nuevo México con autonomía identitaria y aspiración a un paisaje internacional en el que otras naciones, no España, marcaban el rumbo. Con esa convicción asumió Estrada en 1927 el mando de la SRE. Voluntad de sincronización y protagonismo, y ejercicio real de ese protagonismo en el horizonte americano y en el occidental, claves para entender la famosa “Doctrina Estrada” de 1930 con la que quiso frenar jurídicamente el intervencionismo yanqui y al paternalismo europeo que regían las relaciones internacionales promocionando una norma de regulación que eliminara las jerarquías interiorizadas pero también explícitas habituales en política exterior. Valedor de los Contemporáneos y hombre fuerte del callismo: cómo logró Estrada conciliar en la segunda mitad de los 20 su identificación política con el proyecto del presidente Calles y la sintonía artística con unos escritores atacados por su aparato cultural es un enigma, porque el de Estrada fue, en el México de esos años, un caso único de militante y milagrosa conciliación de contrarios. Como dice Pacheco, dirigió la política internacional del callismo pero también su vida cultural59, ésta última extraoficialmente y a contracorriente de algunos manierismos que el nacionalismo había adquirido. Ese difícil equilibro se vio derribado unos años después por un modelo cultural de confrontación que condenó a los Contemporáneos al ostracismo y a él mismo a resistir privadamente aferrado al suyo hasta su prematura muerte, pero el tiempo que existió fue la prueba de que no siempre lo imposible es imposible. 2.3 Estrada en la secretaría de Relaciones Exteriores: España en el punto de mira Al poco de asumir la presidencia, Calles tuvo que afrontar la creciente presión de los Estados Unidos. Obsesionado con el reconocimiento internacional y con una imagen de autonomía y solidez que borrara el fantasma de la subalternidad, volvió estratégicamente los ojos a España. Cuando en 1926 estalló el conflicto cristero la prensa española conservadora clamó al cielo, pero la postura oficial fue menos airada: el México ‘bolchevique’ no despertaba simpatías 58 Millán, op. cit., 49. 59 Op. cit., 49. 96 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 pero su postura dura contra USA atrajo a España, esperanzada en restituirse en el imaginario simbólico del antisajonismo. Ya entonces se hablaba en España de secularización de la educación y de reforma social y agraria, y México era en esos círculos intelectuales una inspiración y un aliado. Otro hispanoamericanismo se forjaba, con atención especial a países como México o Argentina, distinto de la oficial Hispanidad. En mayo de 1927 Estrada asumió la subsecretaría de Relaciones exteriores dando inicio a “una de las épocas de mayor lucidez y atingencia en la diplomacia mexicana”60. Fueron años de estrecha relación con Calles. Para impulsar la política exterior empezó por fortalecer los consulados estableciendo un riguroso programa de formación y evaluación del personal. Sabía que el nuevo lugar de México en el mundo requería una imagen nacional convincente de madurez, civilización y progreso, y con esa intención formó y promocionó a escritores para que accediesen a la burocracia. Antes suavizó las conflictivas relaciones con el vecino del norte, árbitro indiscutible en el escenario internacional, sin sucumbir a sus endémicos chantajes y exhibiendo una firmeza que redundó en la imagen de autoridad que buscó transmitir. Aunque a finales de los veinte España no era un país líder, seguía siendo el único en tener presente a México y su puente indiscutible con Europa. Fue el país al que Estrada se propuso convencer. Con la guerra cristera la presencia de México en la prensa española había crecido, casi siempre como arquetipo de barbarie y anticlericalismo. Sin embargo, la Revolución llevaba ya un largo trecho recorrido, un número considerable de intelectuales españoles había visitado México atraído por sus reformas sociales y bajo el amparo de intercambios culturales e institucionales, y sobre todo, en España se consolidaba el círculo liberal, laico y reformista que cristalizaría en la II República. Aunque la doctrina de la Hispanidad seguía marcando la política hacia Hispanoamérica, muchos apostaban ya por un hispanoamericanismo progresista que veía en el natural hermanamiento cultural de los países de habla hispana, sin liderazgos, un motor de modernización ante la decadencia de Europa decretada por Spengler y frente a la amenaza del imperialismo militar e ideológico de los Estados Unidos. Este hispanoamericanismo sumó al México bárbaro otro México, el del reformismo social cercano al ideal socialista y el de un arte y una cultura provechosamente distintos, y a él dirigió Estrada los esfuerzos y esperanzas de su campaña propagandística61. 60 A. Rosenzweig-Díaz, “Presentación” a Genaro Estrada. La diplomacia en acción, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1987, 8. 61 La campaña culminó en 1930 con la fundación de la Agencia Trens, ideada para “contrarrestar las informaciones tendenciosas que sobre México difundían las norteamericanas United Press y Associated Press, así como también algunas europeas” (Montero Caldera, “La acción diplomática de la Segunda República Española en México (1931-1939)”, Espacio, Tiempo y Forma, serie V, Historia contemporánea, 14, 2001, 269). Los boletines partían de México a dos estaciones receptoras en Bilbao y Valparaíso, y de ahí se difundían a las legaciones europeas. Sepúlveda (op. cit., 109) confirma que los canales de transmisión de información entre España y América Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 97 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 El 1 de septiembre de 1928, al despedirse como presidente, Calles valoró lo conseguido por Estrada: “Por primera vez, en tan largo periodo, nuestro país se encuentra en amistosas y normales relaciones exteriores, sin dificultades ni controversias amenazantes y manteniendo, simultáneamente, intactos el decoro y la dignidad de la nación, y firmes y seguros los principios de reforma social que la Revolución mexicana inició y ha venido desarrollando”62. Un año después el presidente interino Emilio Portes Gil ofrecía un balance similar: “desaparecidos ya del horizonte de nuestro consorcio con las naciones, aquellos malos entendimientos, agresiones, suspicacias e injusticias que tan duros esfuerzos costaron para su eliminación, la República vive ahora tranquila su vida internacional y cuidando con apegada atención, de que la defensa de sus intereses y la explicación de sus peculiares problemas, sean comprendidos y aceptados con espíritu liberal y sereno por las demás potencias”63. Era lógico el ascenso del subsecretario, artífice de los logros. Estrada fue nombrado ministro en febrero de 1930. Ese mismo año terminó, exultante, la escueta y contundente Doctrina Estrada que quedó fijada, con intención simbólica, el 27 de septiembre de 1930, fecha conmemorativa de la independencia. Durante sus años al frente de la SRE, no dejó de amparar las actividades literarias de los Contemporáneos ni su defensa de un arte y una literatura contrarias al nacionalismo antieuropeísta fomentado por el callismo. La disidencia artística fue, por tanto, su entorno al margen de la política, un entorno que, como se dijo, no experimentó como incongruencia respecto a sus convicciones políticas, que se le permitió tal vez en pago a su irreprochable compromiso con el gobierno revolucionario, y con cuya reivindicación de autonomía, libertad y apertura universal en el campo del arte se identificó siempre. No intervino en las aguerridas y flamígeras polémicas periodísticas que acabaron por consumir la beligerancia y la acción pública de algunos Contemporáneos, pero estuvo al tanto de todas ellas y llegó a posicionarse en la más cruenta y vehemente, la de 1932, aunque fuera en privado64. Entonces consideró prudente morderse la lengua pública, pero la espina de la disputa quedó dentro. En 1936, ya enfermo y políticamente desheredado, Estrada publicó su “Carta a un escritor de México”, fechada el 20 de enero de 1933 como un acto de conciencia y, tal vez, liberación personal. El “escritor” era Abreu Gómez, el más sañudo enemigo de los Contemporáneos en la polémica aludida. “Este testamento de Estrada”, dice José Emilio Pacheco, “no ha eran sobre todo agencias estadounidenses que en el caso de México ofrecían visiones sesgadas y negativas. 62 Cit. en J. Flores, “Genaro Estrada y su labor diplomática”, en Genaro Estrada: diplomático y escritor, Tlatelolco/México DF, SRE, 1978, 27. 63 Cit. en Flores, ibid., 30. 64 Cuando estalló la polémica, Estrada estaba ya en España. Sus opiniones pueden leerse en la correspondencia que mantuvo con Reyes, que se vio involucrado explícitamente y participó con el prudente A vuelta de correo. Estrada precisamente recomendó a Reyes la publicación de ese folleto que finalmente circuló en privado. Véase Reyes/Estrada, op. cit., III, 226-242. 98 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 perdido vigencia medio siglo después de su muerte”65. Siempre conciliador, buscando el encuentro entre las partes, su alegato es a favor de un México “trabajador, serio, orientado, con programa”, capaz de superar la tiranía de “las pequeñas pasiones”66. Pasiones que, finalmente, acabaron imponiéndose67. 3. coDEPENDENciA: MéXico, EsTRADA y LA ii REPúbLicA EsPAñoLA Durante la dictadura de Primo de Rivera, González Martínez representó a México en España. Con mano izquierda y discreción avivó el fervor por México creando vínculos con la intelectualidad progresista y allanando el terreno a Estrada. Su amistad con Azaña empezó en 1923 con España, en cuyos editoriales se apoyó a Obregón y Vasconcelos68. Para Azaña y los intelectuales relacionados con el socialismo México era un país de progreso y el contacto con sus representantes diplomáticos un impulso para sus expectativas de futuro que merecía la pena cultivar. Por su parte, la mayoría de funcionarios mexicanos asentados en España mantuvo relación con la Junta Revolucionaria y siguió de cerca la política española. Cuando en 1930 se produjo la detención de algunos republicanos, Azaña se refugió en casa de Martín Luis Guzmán, que luego sería su secretario personal y trabajaría sin cartera en su gobierno, ofreciéndosele asilo en la legación mexicana. Y no debe pasarse por alto que el primer diplomático en transmitir a Alcalá Zamora “el beneplácito de su país por la constitución del nuevo gobierno”69 fue precisamente González Martínez. Como cabía presagiar, la proclamación de la República logró entre España y México una sintonía sin precedentes. Nada más asumir la Presidencia, Alcalá Zamora declaró su intención de lanzar una nueva “política americana” orientada a una “confraternidad (hispánica) entre iguales”70 capaz de dar “a los pueblos del otro lado del Atlántico la sensación, no de una supremacía que pretendiera sujetarlos con el yugo de una institución que ellos habían sacudido, y sí la semejanza del ideario, de fórmulas políticas y de estructura social que permitiera en una confraternidad igual convivir…”71. Álvarez del Vayo, primer embajador de España en México, hizo un discurso similar: “… quiero esperar que el diálogo que hoy se inició, sea permanente entre dos naciones decididas hoy como nunca a estimarse y comprenderse”72. México también celebró públicamente 65 Op. cit., 51. 66 Estrada, op. cit., 362. 67 La “Carta a un escritor de México” se publicó finalmente en Universidad, nº 2, marzo de 1936, 7-8. 68 H. Perea, La rueda del tiempo, México, Cal y arena, 1996, 250. 69 Ibid., 52. 70 Cit. en Ojeda, op. cit., 76. 71 Cit. en Perea, op. cit., 430-1. Son palabras de Alcalá Zamora en su discurso de bienvenida a Pani. 72 Cit. en H. Perea, “Genaro Estrada. Revelación de un carácter”, Los respectivos alientos, México, UNAM, 2006, 91. Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 99 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 la comunidad de metas de ambos gobiernos. Se elevaron a categoría de embajada las hasta entonces legaciones mexicana y española. Y un último hecho logró que México sintiera reconocida su Revolución: el ingreso en la Sociedad de Naciones con el patrocinio del gobierno español, empecinadamente gestionado por Estrada, que creía que el organismo sería clave en la construcción de un orden político y jurídico internacional del que México debía ser parte. Tras el desplante de Pero Galín, Estrada recuperaba y remozaba su hispanofilia reencontrándose con España: una España culta, moderna, abierta y nueva, que entendió fraguada en la mentalidad y el trabajo de los hombres que conoció en torno a la ILE y de la que se sentía, en cierto modo, hijo. El 21 de enero de 1932 Estrada fue nombrado, ante su sorpresa, embajador en España. Era el comienzo del fin de su carrera política, aunque el entonces presidente Ortiz Rubio presentara el nombramiento como un regalo. España era un destino ideal para Estrada, pero también un destierro y un descenso en el escalafón. El PNR vivía sus primeras turbulencias internas y el cuestionamiento de Calles como Jefe Máximo se notaba en sus enfrentamientos con el presidente y en el descabezamiento, todavía sutil, de los grandes hombres del callismo. Estrada fue de los primeros. Sobraba en la nueva burocracia en gestación que poco después ampararía a Cárdenas, y Calles empezaba a exigir fidelidades excesivas. Pero prescindir de Estrada hubiera sido un despilfarro, y se sabía desde ambos lados de la batalla por el poder. La II República marcaba un giro a mejor en la relación de España con México, y debía aprovecharse para la ansiada internacionalización institucional. Ese horizonte prometedor exigía un hombre a la altura de la nueva España, aureolada de progreso social pero también de excelencia intelectual, y ninguno mejor que el culto Estrada, conocedor excepcional de España y su legado en América. Sabiéndose cuesta abajo, Estrada asumió la embajada dispuesto a cumplir con su responsabilidad pública pero también a abrir espacio para sus arrinconadas pasiones: la literatura y la investigación y documentación histórica. Por algo más de dos años, los del embajador Estrada, México y España vivieron una verdadera “luna de miel”73. Duró lo que la coalición republicanosocialista coordinada por Azaña porque fueron los socialistas los que más se identificaron con el modelo reformista mexicano. Al binomio Rusia-México la prensa unió España, “el Triángulo rojo” según Pío XII, estigmatizándolo como anticlerical y bolchevique. Los conservadores lo atacaron con furibundez apocalíptica y los socialistas aplaudieron la promesa de futuro del triunvirato. Solo ampliando la lente y viendo que el hermanamiento diplomático se inscribía en dos ejes que acabarían por converger —el conflicto hispanoamericanismo/panamericanismo y en Europa, comunismo/fascismo74—, se entiende tanta pasión en las adhesiones y los rechazos. 73 J. Fuentes Mares, Historia de dos orgullos, México, Océano, 1984, 118. 74 Montero Caldera, op. cit., 252. 100 Rosa García Gutiérrez ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 Estrada fue embajador hasta el 23 de octubre de 1934, convirtiéndose en “testigo excepcional de una parte del transcurrir de la Segunda República española”75y dejando constancia en sus perspicaces e intuitivos informes oficiales76. Fueron años de actividad frenética: viajó por el país, escribió varios poemarios, coordinó empresas editoriales y de difusión cultural y se implicó con hondura y sentimiento en los entresijos políticos de la República. Uno de sus propósitos fue difundir la cultura mexicana en España pero el más significativo fue, tal vez, el de explorar y recopilar el material inédito que de y sobre historia y arte mexicanos se conservaba en archivos españoles: ya no las huellas de España en México sino, en un definitivo cerrar el círculo de las jerarquías y dependencias, los restos de México en la España imperial, posibles hilos de conexión y transfusión estética, ideológica o espiritual que tal vez alguna vez existieron y cuyo testimonio dormía bajo el polvo a la espera de una sensibilidad y una curiosidad como la de Estrada. Realizó y coordinó con ese espíritu numerosas investigaciones que hay que entender también en el contexto del impulso recibido por la cultura en el bienio azañista, y se familiarizó con las legislaciones en patrimonio artístico, mejoras en las redes de archivos nacionales, y reestructuraciones de museos que tanto le inspiraron al volver a su país77. Una parte de los resultados se publicaron en los Cuadernos de la Embajada, sello editorial que él creó y que sacó 12 volúmenes sobre cultura, arte, literatura y economía comercial de México. Otros, como el monumental El arte mexicano en España, lo publicó Porrúa poco antes de su muerte. De Las tablas de la conquista de México adelantó partes en contemporáneos y como investigador del Centro de Estudios Históricos consiguió inversión para la edición de la Historia verdadera de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, que no llegó a culminarse78. Editó y prologó el indice de documentos de Nueva España existentes en el Archivo de indias de sevilla y los Manuscritos sobre México en la biblioteca Nacional de Madrid, todo como parte de su labor política y como continuación del trabajo archivístico y documental iniciado años antes en pro de la consolidación y dignificación nacional. Inspirado por el ambiente poético del Madrid de entonces, también se animó con la poesía. Según Moreno Villa, “sostenía que en España había un florecimiento poético más interesante que en cualquier otro país”79 y se sintió involucrado hasta el punto de intentar impulsar y financiar una revista literaria que finalmente no cuajó80. Trató a García Lorca, Salinas, Dámaso Alonso o Antonio de Marichalar, se dejo impregnar por los tonos, modos y ritmos de los más 75 Ibid., 268. 76 Los informes se publicaron en Genaro Estrada. La diplomacia en acción, México, SRE, 1987. 77 Por ejemplo, en su proyecto de creación de un Instituto de Investigaciones Históricas y una Ley de Defensa del Patrimonio Cultural y Artístico de la Nación (Zavala, op. cit., 16). 78 Zavala, ibid., 27. 79 J. Moreno Villa, “El amigo Genaro”, en G. Estrada, obras. Poesía. Narrativa. crítica, op. cit., 61. 80 S. Zaïtzeff, “Genaro Estrada en España”, Literatura Mexicana, vol. III, nº 1, 1992, 128. Las relaciones México-España a través de la obra de Genaro Estrada 101 ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 25 (2011) 77-105 moderados poetas del 27, y escribió Paso a nivel (1933) dedicado a “A mis amigos poetas de España”, Ascensión de la poesía (1934) y senderillos a ras (1934), poemario sobre sus viajes por España tal vez demasiado en deuda con Lorca. Pero más que en la poesía, Estrada se integró en la política llegando a ser íntimo de Azaña, el “hombre político ideal” de sus cartas, informes y artículos81. Azaña es el protagonista de sus informes como embajador, apareciendo como encarnación de todo un proyecto político y de nación. De él admiró su apuesta valiente al contar con los socialistas para formar gobierno y su prioridad de resolver la fractura social contando con la clase obrera, las medidas para la secularización y la separación Iglesia/Estado, y la inversión mayúscula en educación y cultura. Le preocupó por contra su poca dureza con los enemigos, una permisividad entre beatífica y suicida que lo dignificaba como humanista en su espiritualizada concepción política, pero que —vaticinó Estrada— acabó poniendo en peligro la República82. La profunda inmersión en lo español no separó a Estrada de México y su enlace fue Reyes, entonces en la tierra natal de ambos. A él consultó sobre contemporáneos; a él remitió sus impresiones sobre la literatura y el pensamiento español de entonces; y a él espoleó con determinación para que publicase el mencionado A vuelta de correo. Pero toda esa energía languideció con la subida al poder de Lerroux y los consiguientes gobiernos conservadores, un “paso atrás”83 que desde mediados de 1933 concentró gran parte de sus preocupaciones. La caída de Azaña en junio de 1933 marcó un viraje hacia la derecha católica con incremento del protagonismo de la CEDA y el intento de rectificación del rumbo socialista, situación que Estrada analizó en sus informes con preocupación y minuciosidad. En cualquier caso, con el cambio no sólo terminó la luna de miel España-México, si no que incluso puede hablarse de caída en picado de las relaciones diplomáticas, constituyendo 1934 y 1935 un paréntesis de 81 Lo fue para casi todos los políticos mexicanos de la época. México fue el país que defendió con más vehemencia la legitimidad del gobierno republicano hasta el levantamiento fascista y el que más se volcó en la guerra civil y, más tarde, en la ayuda a los republicanos en el exilio. Azaña fue en México el símbolo de esa República de los primeros años con la que se hermanó, y a Azaña protegió el gobierno mexicano con particular ahínco hasta su muerte. “De julio de 1936 a febrero de 1939, los embajadores de México en España acompañaron a Azaña en su peregrinaje por su propia patria y, poco tiempo después, en su exilio, en Francia”, donde pasó 20 meses acompañado de diplomáticos mexicanos” (Enríquez Perea, “Bajo la leal bandera de México”, Archivo Digital México-España, Centro de Estudios Literarios de la UNAM, CNCA, FONCA, http://www.geocities.com/perea28/pres/biblio.html?200914). Murió en dependencias de la legación mexicana y fue enterrado con la bandera de México. Luis Rodríguez, embajador de México ante la Francia de Vichy, dignificó el entierro de Azaña cuando se opuso a que se acompañara el féretro con la bandera franquista, al prohibirse la republicana. Se enterró con bandera mexicana (Soler, Los rojos de ultramar, México, Alfaguara, 2004, 164). 82 Según Ojeda (op. cit., 79), al sublevarse el general Sanjurjo en 1932, y a tenor de los informes de Estrada, Calles apartó el protocolo y aconsejó a Azaña fusilarlo. Azaña lo desoyó. Luego Sanjurjo sería figura importante en el levantamiento franquista. 83 Estrada, op. cit., 195.