scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Proceso de heroificación

Álvarez Santaló, León Carlos

Full text

Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 181-186 PROCESO DE HEROIFICACIÓN León Carlos Álvarez Santaló1 Fundación de Estudios Taurinos n proceso de heroificación, tirando por el camino de enmedio, es una gruesa alquimia de transformación desde la literatura al imaginario social real. Lo que se transforma, así, es una fantasía consoladora en un ser real; a una persona se la hace entrar en la personalidad literarizada del héroe y parece héroe y, en cierto sentido, es héroe. Quien arriesga como alquimista es, lo acabamos de decir, el imaginario social y el resultado, que en los primeros efectos es un humano social, desemboca de nuevo en un personaje literario-fantástico para volver a empezar el proceso cuando la sociedad (o parte de ella, o los dirigentes o los profesionales de tales alquimias cuando los haya) lo necesite. De este modo y con la mayor probabilidad, heroificar es desestructurar lo fantástico-maravilloso y reestructurarlo en verosímil cotidiano. Tales procesos no se arriesgan por capricho ni frivolidad; son el resultado imprescindible (en modo alguno necesariamente consciente) de las harto duras y exigentes tra- U Nota de Edición: Por imprevistos de última hora, esta Mesa Redonda fue presidida por Antonio García-Baquero, que habló, por eso mismo, en primer lugar. Sin embargo, debido al desarrollo lógico de los contenidos me parece más razonable reordenar los textos. 1 Catedrático y director del Departamento de Historia Moderna de la Universidad de Sevilla. por el colectivo (aunque pudiera serlo para sus individuos de uno en uno). Ponerse en marcha para superar las opciones de fracaso esencial exige reconstruirse en héroe; así pues debe ser hecho y por eso se hace. En realidad, lo que el colectivo percibe en la conducta heroica es, justamente, que el héroe hace; lo que confiere su existencia excepcional es, desde luego, ese hacer frente y contra el cerco de que la sociedad tiene una percepción tan obsesiva y decisiva. Ellos presienten no poder hacer pero constatan que él no sólo puede sino que lo demuestra. La consolación reside en eso: alguien puede y hace, luego algo puede hacerse y se hace. Cuánta ensoñación esperanzada contenga semejante percepción no es lo que se discute; de facto, lo que el héroe demuestra, básicamente, es que cualquier laberinto, ominoso y aparentemente irresoluble, puede ser recorrido y que tal victoria, asume un costo irremisible, acorde con la importancia sustancial de la aporía en cuestión. La sociedad lo sabe: los héroes deben morir porque esa es la justicia distributiva del proceso que han recorrido. Esta muerte es, al mismo tiempo, una redención y un test de verosimilitud. Lo primero lo exige el diseño mismo del proceso de heroificación: la excelencia conlleva la liberación de los tabúes y las rejas opresoras de la conducta social media; si no pagase tales “ventajas” con la muerte, se produciría una desigualdad insoportable para la conciencia-imaginario social. Lo que avala la grandeza es el conocimiento previo de lo que ha de pagarse por ejercerla y poseerla. Pero esa muerte, la del héroe, que no es una muerte cualquiera sino la muerte maqueta de todas las muertes es, también, la garantía última de que el laberinto ha sido vencido de verdad (de no ser así no se habría producido el pago correspondiente de semejante victoria) y que los héroes son socialmente verdaderos. Es lo que llamamos el cumplimiento del test de verosimilitud. Proceso de heroificación 183 mas del conflicto sustancial de los hombres con la naturaleza y sus correspondientes aledaños. Aquél es, con toda evidencia, la muerte; éstos, los múltiples alrededores, cercanías y entresijos que la circundan, simbolizan, organigraman y desenvuelven. Lo que está en juego, me parece, no es la negación social de la muerte (la obviedad de la experiencia arrasa una negación tan ineficaz) sino la posibilidad de enfrentarla con expectativas ocasionales de victoria y la dignidad-supe- rioridad humanas que tal desafío exige; desde luego también trascenderla (fórmula verosímil de negarla de cierta manera y nueva alquimia que la transforma en pórtico de otra no-muer- te). Los héroes fueron organizados por literaturas primigenias como metáforas emocionantes de cosmogonías ingenuas y salvadoras; constituyen, todavía, depósitos de elementos con que alimentar y mezclar el imaginario social que es la maquinaria-magma al que recurrimos para reconvertir la realidad hostil e invencible en vencible y satisfactoria. A veces se ha definido a los héroes como guías sociales hacia algún tipo de salida en la negociación irremediable de los conflictos naturohumanos; guía, no me parece una figura adecuada a lo que creo sucede: paradigma y autoreconocimiento parecen mejores opciones. En la medida que ella lo precisa, el héroe es de cierto modo la sociedad entera, no el que va en cabeza; la alquimia consiste precisamente en hacer accesible tal opus nigrum: transmutar el plomo de la conciencia social en oro heroico y hacerlo tan verosímil que resulte funcional (hasta donde semejantes transmutaciones lo son). La experiencia individuo-sociedad tiende a poner de relieve no sólo la potencia irreductible de la muerte sino la conflictividad y peligrosidad de sus metáforas, derredores y fronteras; soportar la conciencia inamovible de desventaja y la seguridad de que sólo se es una víctima irreversible de tales laberintos no es asumible León Carlos Álvarez Santaló 182 por el colectivo (aunque pudiera serlo para sus individuos de uno en uno). Ponerse en marcha para superar las opciones de fracaso esencial exige reconstruirse en héroe; así pues debe ser hecho y por eso se hace. En realidad, lo que el colectivo percibe en la conducta heroica es, justamente, que el héroe hace; lo que confiere su existencia excepcional es, desde luego, ese hacer frente y contra el cerco de que la sociedad tiene una percepción tan obsesiva y decisiva. Ellos presienten no poder hacer pero constatan que él no sólo puede sino que lo demuestra. La consolación reside en eso: alguien puede y hace, luego algo puede hacerse y se hace. Cuánta ensoñación esperanzada contenga semejante percepción no es lo que se discute; de facto, lo que el héroe demuestra, básicamente, es que cualquier laberinto, ominoso y aparentemente irresoluble, puede ser recorrido y que tal victoria, asume un costo irremisible, acorde con la importancia sustancial de la aporía en cuestión. La sociedad lo sabe: los héroes deben morir porque esa es la justicia distributiva del proceso que han recorrido. Esta muerte es, al mismo tiempo, una redención y un test de verosimilitud. Lo primero lo exige el diseño mismo del proceso de heroificación: la excelencia conlleva la liberación de los tabúes y las rejas opresoras de la conducta social media; si no pagase tales “ventajas” con la muerte, se produciría una desigualdad insoportable para la conciencia-imaginario social. Lo que avala la grandeza es el conocimiento previo de lo que ha de pagarse por ejercerla y poseerla. Pero esa muerte, la del héroe, que no es una muerte cualquiera sino la muerte maqueta de todas las muertes es, también, la garantía última de que el laberinto ha sido vencido de verdad (de no ser así no se habría producido el pago correspondiente de semejante victoria) y que los héroes son socialmente verdaderos. Es lo que llamamos el cumplimiento del test de verosimilitud. Proceso de heroificación 183 mas del conflicto sustancial de los hombres con la naturaleza y sus correspondientes aledaños. Aquél es, con toda evidencia, la muerte; éstos, los múltiples alrededores, cercanías y entresijos que la circundan, simbolizan, organigraman y desenvuelven. Lo que está en juego, me parece, no es la negación social de la muerte (la obviedad de la experiencia arrasa una negación tan ineficaz) sino la posibilidad de enfrentarla con expectativas ocasionales de victoria y la dignidad-supe- rioridad humanas que tal desafío exige; desde luego también trascenderla (fórmula verosímil de negarla de cierta manera y nueva alquimia que la transforma en pórtico de otra no-muer- te). Los héroes fueron organizados por literaturas primigenias como metáforas emocionantes de cosmogonías ingenuas y salvadoras; constituyen, todavía, depósitos de elementos con que alimentar y mezclar el imaginario social que es la maquinaria-magma al que recurrimos para reconvertir la realidad hostil e invencible en vencible y satisfactoria. A veces se ha definido a los héroes como guías sociales hacia algún tipo de salida en la negociación irremediable de los conflictos naturohumanos; guía, no me parece una figura adecuada a lo que creo sucede: paradigma y autoreconocimiento parecen mejores opciones. En la medida que ella lo precisa, el héroe es de cierto modo la sociedad entera, no el que va en cabeza; la alquimia consiste precisamente en hacer accesible tal opus nigrum: transmutar el plomo de la conciencia social en oro heroico y hacerlo tan verosímil que resulte funcional (hasta donde semejantes transmutaciones lo son). La experiencia individuo-sociedad tiende a poner de relieve no sólo la potencia irreductible de la muerte sino la conflictividad y peligrosidad de sus metáforas, derredores y fronteras; soportar la conciencia inamovible de desventaja y la seguridad de que sólo se es una víctima irreversible de tales laberintos no es asumible León Carlos Álvarez Santaló 182 Proceso de heroificación 185 Lám. n.º 25.– El toro vencido pide la muerte. Ignacio busca cuadrar al toro antes de montar la espada (archivo familiar). El test es imprescindible porque lo heroico ha impregnado al imaginario social desde la invención literaria; de una forma u otra los miembros de la sociedad saben que existe una no-rea- lidad y que ésa (bella, siempre metafórica, escasa, tal vez magnificente y explicadora de misterios) no puede identificarse con la experiencia cotidiana. Hacerlo exige que la fantasía sea testada como real; la muerte es el test experimental. Primero la muerte, luego puede, podría, suele poderse, reajustar con fragmentos de nueva fantasía que la aligeren, la desplacen, la suspendan... pero, primero, la muerte. Todo lo que muere es social por definición, sociorreal para ser más preciso; las ensoñaciones no mueren porque no son sociorreales, tampoco las fantasías. Puede que no permitan verlas “siendo”, pero, desde luego, no mueren. Sólo muere lo real, así que el héroe, que está obligado a ser real para que pueda dar cumplimiento a la catarsis social, tiene que morir. Es un corolario de obligado cumplimiento y una prueba irrefutable de que la existencia del héroe y el hacer del héroe han sido verdaderos y, por ello, eficaces. Lo que debía ser vencido lo ha sido convincentemente y el vencedor ha pagado su precio, que es el precio que debía pagar la sociedad entera; el que, de todas formas, va a pagar aunque en gris y en ineficaz. La muerte vulgar, normalizada, no va a resolver ningún laberinto; se produce fuera y al margen del laberinto porque sólo es naturaleza triunfante. Sólo la muerte en el laberinto y, mejor, después de recorrerlo, da al imaginario social las monedas que precisa para pagar la esperanza, la autoestima y la comprensión del mundo como una oportunidad con probabilidad de ser inteligible y una negociación eficaz; un desorden de conflictos que el héroe organigrama y dilucida no como individuo sino en tanto que social. Es la sociedad toda (o los fragmentos que intervienen en el proceso de heroificación) quien asume tales León Carlos Álvarez Santaló 184 Proceso de heroificación 185 Lám. n.º 25.– El toro vencido pide la muerte. Ignacio busca cuadrar al toro antes de montar la espada (archivo familiar). El test es imprescindible porque lo heroico ha impregnado al imaginario social desde la invención literaria; de una forma u otra los miembros de la sociedad saben que existe una no-rea- lidad y que ésa (bella, siempre metafórica, escasa, tal vez magnificente y explicadora de misterios) no puede identificarse con la experiencia cotidiana. Hacerlo exige que la fantasía sea testada como real; la muerte es el test experimental. Primero la muerte, luego puede, podría, suele poderse, reajustar con fragmentos de nueva fantasía que la aligeren, la desplacen, la suspendan... pero, primero, la muerte. Todo lo que muere es social por definición, sociorreal para ser más preciso; las ensoñaciones no mueren porque no son sociorreales, tampoco las fantasías. Puede que no permitan verlas “siendo”, pero, desde luego, no mueren. Sólo muere lo real, así que el héroe, que está obligado a ser real para que pueda dar cumplimiento a la catarsis social, tiene que morir. Es un corolario de obligado cumplimiento y una prueba irrefutable de que la existencia del héroe y el hacer del héroe han sido verdaderos y, por ello, eficaces. Lo que debía ser vencido lo ha sido convincentemente y el vencedor ha pagado su precio, que es el precio que debía pagar la sociedad entera; el que, de todas formas, va a pagar aunque en gris y en ineficaz. La muerte vulgar, normalizada, no va a resolver ningún laberinto; se produce fuera y al margen del laberinto porque sólo es naturaleza triunfante. Sólo la muerte en el laberinto y, mejor, después de recorrerlo, da al imaginario social las monedas que precisa para pagar la esperanza, la autoestima y la comprensión del mundo como una oportunidad con probabilidad de ser inteligible y una negociación eficaz; un desorden de conflictos que el héroe organigrama y dilucida no como individuo sino en tanto que social. Es la sociedad toda (o los fragmentos que intervienen en el proceso de heroificación) quien asume tales León Carlos Álvarez Santaló 184 Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 187-194 LA HEROIFICACIÓN TAURINA. EL CASO DE SÁNCHEZ MEJÍAS Antonio García-Baquero González1 Fundación de Estudios Taurinos uesto que el tema que hoy nos convoca es La heroificación artística de Ignacio Sánchez Mejías, un hombre polifacético pero para el que, como ha señalado J. María Cossío, «el fundamento de su desatado vivir fue el toreo», lo primero que deseo resaltar es que la Tauromaquia constituye un terreno especialmente propicio para la heroificación. Quiero decir que la figura, la personalidad y la actividad del torero y, más en concreto, del torero de a pie, en tanto que profesional del riesgo, del peligro y de la emoción, reúne elementos supuestamente muy favorables para alentar procesos de heroificación. Y he querido enfatizar el término torero de a pie porque, efectivamente, desde su nacimiento (finales del siglo XVII a primeras décadas del XVIII) el toreo a pie constituyó, en cierto modo, una “revolución” frente al toreo caballeresco y aristocrático de épocas precedentes. El origen popular de los profesionales de la nueva tauromaquia constituía, de facto, una metáfora muy sencilla y, por ello, 1Catedrático de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad de Sevilla. organigramas, redes y hallazgos. Deben ser, pues, convincentes y creíbles. Como ayuda funcional se producen, también, tanteos de “entrenamiento” en procesos de heroificación: son los procesos de elaboración de héroes banales, sectoriales, de fragmento y campanario. Pequeños héroes resultan de pequeños procesos; son miniaturas, toscas, mutiladas a veces y a veces esperpénticas, del Héroe que deberá levantarse cuando la sociedad toda lo precise. Estos bibelots, tantos de ellos de la más evidente cultura kitsch, no son visibles ni inútiles; se han procesado igual que los enormes e imprescindibles, pero con técnica naïf y elementalidad analógica. Corresponden a sectores de conflictos de menor entidad (aunque el simbolismo puede engrandecerlos con ocasión y escenario propicio) y siempre en maquetas de agonías particulares y hasta risibles. Como los torneos burlescos entre bufones, de antaño, estos héroes de la banalidad también ejercen y sufren los encontronazos de su quehacer y se insertan en tramas fingidas de astucias, estrategias, conspiraciones y amenazas; también recorren pequeños laberintos de cartón-piedra, también enfrentan el fracaso y la muerte, descafeinados ahora y sin la autenticidad de lo definitivo e irremediable; muertes de estampa y murmuración, mediática y fútil. La sociedad entrena, con ellos, mayores y más decisivos menesteres; los rompe y empieza otros, a la espera angustiosa y acuciante de la exigencia, esta vez última y sentida como última, en que deberá procesar Héroes con mayúscula para itinerarios sin vuelta atrás en laberintos herméticos. León Carlos Álvarez Santaló 186