«Entre nalgas protegido»: Escatología y contracultura del Humanismo al Barroco [Reseña]
Full text
Reseñas bibliográficas 270 «Entre nalgas protegido»: Escatología y contracultura del Humanismo al Barroco Eds. Fernando J. Pancorbo, Gaston Gilabert y Victoria Aranda (Kassel, Edition Reichenberger, 2021) Da sumo gusto leer la introducción escrita a cuatro manos sobre una materia, la escatología en la Edad de Oro, que autoriza unas libertades y alguna que otra audacia respecto a los estándares académicos habituales y a cierto encorsetamiento que aquí hubiera sido poco oportuno. Parecen muy conscientes de ello Victoria Aranda Arribas y Rafael Bonilla Cerezo, los cuales, sin renunciar —huelga decirlo— al rigor que exige una publicación de esta naturaleza, se dejan contaminar felizmente por el tema abordado y dan rienda suelta a una jovialidad bienvenida. Ya por eso merecen nuestro agradecimiento. Al menos tres claves resaltan del recorrido aquí trazado, en el que el lector tiene la grata sorpresa de ver a Madonna convivir con Miguel Delibes y a la drag queen Divine con Francesco Berni: 1) la transversalidad de la expresión literaria de la escatología y su capacidad de permear todos los terrenos; 2) su dimensión equívoca y la complejidad de las interpretaciones que ocasiona «esa atávica dicotomía sobre la mierda» (p. 4), a la vez repulsiva y feraz; 3) la difícil delineación de sus contornos y diferenciación de otras nociones colindantes (la sexualidad, los fluidos, la patología y lo venéreo), su ausencia en las preceptivas clásicas y su marginación exegética aún vigente. En estas tres claves ahondan los nueve artículos de los que consta el volumen. Centrado en la primera traducción al castellano de Las ranas de Aristófanes, el primer trabajo, escrito por Israel Muñoz Gallarte, rebasa con creces los límites cronológicos del volumen y da pie a una reflexión diacrónica que arroja una luz esclarecedora sobre las demás contribuciones. Entre otros rasgos característicos de la producción del poeta ateniense, descuella el decantarse por un lenguaje soez y atinente a la exoneración del vientre, toda «un arma […] para desarrollar la invectiva satírica» (p. 35) que subyace en esta comedia. Un arma de doble filo, causa del arrinconamiento relativo de Aristófanes, de una existencia circunscrita a unos ámbitos eruditos, y esto,
Atalanta . Revista de las Letras Barrocas 271 desde el juicio condenatorio de Platón que tanto influyó en su recepción, hasta en la traducción decimonónica de Baraíbar y Zumárraga —objeto de esta contribución—, que tuvo a bien mitigar la obscenidad de índole escatológica de algunos chistes. En su nueva propuesta de traducción de dos fragmentos del prólogo de esta comedia —pequeña muestra de una complicada labor que podría ampliarse en el futuro—, Muñoz Gallarte rinde justicia a este contenido silenciado por razones extraliterarias y, sin embargo, tan necesario para la buena aprehensión del talante del comediógrafo. Pensara lo que pensara cierta visión crítica pudibunda ya trasnochada —cabe esperarlo—, este contenido —y valga esta observación para el conjunto aquí reseñado— forma parte de la vida, por más trivial que sea, y, por ende, merece ser estudiado sin mayores rubores. Que lo escatológico pueda desconcertar a parte de la crítica y deba ser objeto de una justificación especial, de tanto como parece desentonar con el resto de una obra de altos vuelos, bien lo muestra Fernando Pancorbo en su contribución. Esta se dedica al Abbildung des Papsttums, panfleto acérrimamente antipapal fechado en 1545, en el que las xilografías de Lucas Cranach el Viejo —cuatro de las cuales, de lo más sabrosas, se reproducen y analizan con maestría en este artículo— se acompañan con unos títulos y cuartetas breves de Martín Lutero. Lejos de ceñirse al delirio de un hombre declinante y disminuido, esta materia fecal, cuya vinculación con el demonio consonaba con una tradición bien enraizada, puede verse ya desde los primeros escritos del agustino. Si lo escatológico contribuyó a la relegación de la obra de Aristófanes a unos círculos reducidos de lectores, en este caso constituiría un elemento entre didáctico y divulgativo por ser directamente entendible y potentemente visual, capaz de facilitar la difusión de algunas ideas luteranas claves más allá de cualquier disquisición teológica: «el Papa, hijo del demonio, parido por su trasero en el infierno, había ocupado la cátedra de San Pedro para predicar la palabra excrementa y hedionda del anticristo» (p. 66), así es como podría compendiarse el contenido escatológico de dichas hojas volantes, representativo de cierta faceta de la cultura reformista, y cuya comprensión inmediata (o casi) no debe ocultar el carácter polisémico y el alto valor retórico y discursivo. En esta misma línea de la controversia entre protestantes y católicos, Pedro Conde Parrado vuelve sobre el uso que aquellos que tienen a Martín Lutero como «maestro iniciático y sumo sacerdote de Claocina y Estercucio» (p. 105), según lo describe Serarius, hacen de lo escatológico. Su artículo impresiona por el trabajo minucioso de reconstrucción de una polémica de muchas ramificaciones que se juega entre dos hebraístas, el protestante Drusius y el jesuita Serarius, y sus afiliados respectivos,
Reseñas bibliográficas 272 Escalígero y Martín Delrío, a caballo entre finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII. Esta disputa, que se compone de una serie nutrida de réplicas y contraréplicas, dimana de una cuestión histórico-filológica espinosa poco apta para legos, relativa a la identificación problemática de los (h)asideos con los fariseos, y toma un cariz inesperadamente escatológico a partir de la intervención de Escalígero. Este, de carácter gozosamente viperino, tilda a sus adversarios y sus escritos de «lodo macerado en mierda» (p. 93) — con perdón— y otros calificativos de la misma calaña, para gran disgusto de los interesados, que vapulean su fogosidad verbal y su chabacanería, a la par que, al hacerlo, entran, quien más quien menos, en la «escalada escatológica» (p. 119). Continúa profundizando en la veta polémica, panfletaria y escatológica el artículo de Jean-François Lattarico, quien, interesándose por el poema satírico La merdeide (1619) de un tal Niccolò Bobadillo, seudónimo bajo el cual se escondería Tommaso Stigliani, recalca el que los tufos fétidos de esta zafiedad —arma arrojadiza predilecta de la invectiva— no solo toma como diana a los hombres con quienes uno se ha enemistado, sino que, de fuerza expansiva e imparable, mancilla cuanto toca. En estas octavas heroicocómicas, reverso de las laudes urbis de marras, el autor, cuyas aspiraciones a obtener una recompensa por parte de la España austriaca a la que había servido fracasaron, arremete a modo de vendetta hiperbólica contra Madrid o «Merdid», como él la llama. La cabeza de la monarquía, cuya suciedad pronto se volvería proverbial, le inspira a dicho autor vengativo una composición que Lattarico desmenuza linealmente, de rico entramado intertextual, en la que conviven lo alto y lo bajo, y representativa del estilo de las justas literarias del tiempo a las que era asiduo; una composición de la que salen muy malparados los vecinos del lugar, otros tantos mojones (stronzi). El siguiente ensayo incide en que la escatología, aparte de entroncar con el registro de la diatriba, como lo hemos visto y se confirma de nuevo en la producción de Alonso de Castillo Solórzano, aquí examinada —en contra de los poetas culteranos en este caso— , desempeña una función esencialmente humorística. Después de recordar que durante el Siglo de Oro vuelve a valorarse la risa, cuyo origen radica en una mezcla de fealdad y torpeza conforme a una definición de amplia difusión, Matteo Mancinelli retorna a los cauces madrileños con el primer motivo escatológico, manido, que rastrea en el corpus solorzaniano de corte satírico-burlesco: la exigüidad del caudal del río Manzanares que parece acarrear, paradójicamente, torrentes de heces. Otro motivo examinado, que no comparte nada con el primero excepto el gusto por las realidades tópicamente excrementicias consiste en la ridiculización de los medicastros y sus purgas
Atalanta . Revista de las Letras Barrocas 273 equivocadamente laxativas, que hacen que «los entresuelos bajos, / cuando humedades esperan, / llamas estén vomitando» (p. 151). El artículo concluye con un ejemplario de elementos escatológicos extraídos de la obra del vallisoletano. Séverine Delahaye-Grelois patentiza algo que poco se vislumbraba en los ejemplos traídos a colación hasta este momento: el hecho de que la escatología no entraña por fuerza la expresión grosera y la denotación. Prueba de esto son dos sonetos de Góngora en los cuales, burlándose de los ríos pucelanos Esgueva y Pisuerga —metonimias de la ciudad que acogía la capitalidad del Imperio—, el poeta se contenta con sugerir cuanto atañe a las excreciones. Al contrario, Quevedo carga las tintas en la controversia que entabla con el poeta cordobés y llama al pan pan, y a la caca caca. Más aún, la escatología no se limita a ser un procedimiento temático, sino que se transforma en un recurso que se concreta sonoramente: al echar mano de un presunto rasgo métrico gongorino (el acento antirrítmico), en una composición que le es atribuible («pues cantáis culos así»), Quevedo parece decir que los versos de su contrincante constituyen otras tantas ventosidades, y que sus «coplas de mierda» lo son tanto por la materia sobre la que versan como por la materia de la que están hechas (sobresale aquí cierta reminiscencia escaligeriana). Estos intercambios polémicos tan desabridos, por no decir malolientes, acerca de estas menciones fluviales aparentemente baladíes, esconderían idearios antitéticos y rivalidades políticas: al tomarla con Valladolid y la corte, Góngora concita la cólera de Quevedo, que se vale de una escatología sin tapujos como de un instrumento de defensa del orden (áulico) establecido, por muy antiintuitivo que pueda parecer. Que la escatología se ponga alternativamente al servicio de la cultura dominante (Quevedo) o la impugne (desde los protestantes y su péndola coprolálica hasta Góngora y sus toques alusivos), bien se ve en la siguiente contribución, de Gaston Gilabert, referida a su uso ambivalente en los corrales áureos. El reconocimiento de lo que podríamos llamar su carácter contracultural —en relación con el título del volumen— no cae, pues, por su propio peso, a fortiori cuando la poca visibilidad del componente escatológico en las obras del panteón literario patrio se debe antes que nada a la pacatería de la crítica de los siglos XIX y XX. Si en la comedia nueva la escatología, de surgir inopinado, resulta indisociable de quien es el contrapunto del galán, el gracioso, cuyos atributos principales (el miedo, la glotonería y el apetito sexual) lo anclan en la corporalidad y, a mayor abundamiento, en su manifestación más radical e inferior, en algunas ocasiones, tanto más significativas cuanto que escasean, no se salvan de ella los personajes que encarnan una autoridad. Despunta una subversión de tintes catárticos, una comicidad atentatoria
Reseñas bibliográficas 274 contra el orden establecido, político, académico, literario…, y, en un episodio excepcional de una comedia de Rojas Zorrilla, enfatizado por Gilabert, contra la autoridad eclesiástica misma a través de la figura de Tobías el viejo, a quien las deyecciones de unas golondrinas enceguecieron. ¿Hasta dónde puede llegar esta rehabilitación de la vertiente escatológica si de eso se trata? Hasta elevarla a la categoría de arte, a lo mejor, un arte burlesco, tan del gusto de Francisco de Quevedo y Pierre Thomas Nicolas Hurtaud, dos escritores separados por más de un siglo, cuyas obras —Gracias y desgracias del ojo del culo y L’art de péter— Sara Toro Ballesteros paragona en el penúltimo artículo. Para sustentar este elogio paradójico y dignificar una materia flatulenta carente de prestigio (por no decir más), ambos acuden a autoridades grecolatinas comunes (Aristófanes, Luciano de Samósata, Marcial y Catulo), que todas destacan lo natural y lo lúdico de la misma. Va esbozándose en las páginas de estos dos opúsculos una hilarante taxonomía de los flatos y su tonalidad propia, desde los «pedos vocales» (p. 224), los «pedos diptongos» (p. 225), hasta los atronadores y su contrario, las ventosidades silenciosas, y un cotejo minucioso de los ojos del culo y de la cara, en el que aquel sale ganando. Y esta victoria de lo turpe sobre lo honestus, o, mejor dicho, la conversión de lo uno en lo otro, origina una reflexión sobre los límites y la relatividad de las categorías culturales que manejamos, así como el resquebrajamiento de algunas ideas preconcebidas, una de las cuales precisamente pone en entredicho la contribución final. En ella, Javier Blasco se centra en la alianza de dos contrarios (o eso parece). La escatología y el erotismo, dos órbitas que acostumbramos a contraponer, se asocian gustosamente en una corriente poética que se afianza en España a partir de la segunda mitad del siglo XVI, en las antípodas de las elevaciones etéreas del hasta entonces imperante petrarquismo y del ascetismo católico que amordaza la libre expresión anatómica. Bajo el impulso conjunto del prestigio concedido a lo clásico y el aristotelismo, esta propensión escatología que Blasco va ejemplificando con un muestrario de textos sacados de la base de datos en línea que coordina, Eros&logos, se aleja de la imagen del cuerpo putrefacto y repugnante tal como se manifestaba, por ejemplo, en las danzas macabras del tardomedievo, y rezuma un vitalismo alegre y naturalista que lo aproxima al espíritu carnavalesco. Es el tratamiento jocoso desdramatizador lo que permite el aparejamiento de lo erótico y lo escatológico, dos caras de una misma celebración del cuerpo, según modalidades variopintas que se desgranan aquí desde el brotar de una aparatosa «lengua latrina» (p. 240), evocadora de unas
Atalanta . Revista de las Letras Barrocas 275 acciones palmariamente obscenas, hasta los múltiples procedimientos verbales de la connotación y elusión que hacen que los dos ámbitos se alimenten, se neutralicen, cuando simplemente no se confundan. En definitiva, la lectura de este libro es altamente recomendable para quienes no necesitan ser convencidos de lo procedente de la empresa y, con mayor razón, para aquellos que acaso se muestren un tanto escépticos de cara a la temática explorada. Este volumen coadyuva a colocarla en el lugar que le corresponde, que no es ni el recóndito infierno de las bibliotecas ni el esterquilinio al que la abocan algunos observadores mojigatos. Nos persuade de que la escatología es una realidad amalgamadora y polifacética cuyas implicaciones trascienden de lo ramplón y lo terrenal de su hábitat natural, y da para mucho más. Esperamos, pues, que este primer hito sirva de pábulo a futuras consideraciones críticas referentes a ciertos aspectos aún poco atendidos, tales como las redes léxicas que se tejen en torno al acto de defecar, los procedimientos literarios capaces de expresar la materialidad de esta... materia prima pestilente, o el interrogarse sobre la posible correlación entre la presencia del componente escatológico en las letras clásicas y el proceso de higienización e hiperestesia en ciernes en la sociedad de aquel entonces. François-Xavier Guerry