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Reflexiones ante un “Velasques”. Sobre la transcripción al español de los nombres propios extranjeros

Lerate de Castro, Luis

Abstract

El artículo discurre sobre las numerosas incongruencias con las que, en todas las lenguas y particularmente en español, se transcriben los nombres propios extranjeros, y justifica esta arbitrariedad en razón de la distancia relativa de la lengua –y la escritura– de origen con respecto a la lengua castellana y el sistema alfabético romano.

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292 Sección Addenda Reflexiones ante un “Velasques”. Sobre la transcripción al español de los nombres propios extranjeros. Reflections on a “Velasques”. On foreign names´ transcripts into Spanish. Luis Lerate de Castro (Universidad de Upsala) The paper focuses on the many mismatches in all languages but particularly in Spanish regarding foreign proper names transcription. The article holds that this can be accounted for by how distant other languages are from Spanish writing system and the Roman alphabet behind it. Abstract: Keywords: Transcription / Writing / Languages. Transcripción / Escritura / Lenguas. Palabras-clave: Resumen: El artículo discurre sobre las numerosas incongruencias con las que, en todas las lenguas y particularmente en español, se transcriben los nombres propios extranjeros, y justifica esta arbitrariedad en razón de la distancia relativa de la lengua –y la escritura– de origen con respecto a la lengua castellana y el sistema alfabético romano. Para María José, por mis ojos 293 Reflexiones ante un “Velasques” Cuando un extranjero escribe el apellido español Velázquez como Velasques, hace dos cosas de alcance diferente: 1. sustituye la z por la s. 2. suprime el acento sobre la a. Al hacer lo primero, si ese extranjero es inglés, francés, alemán o italiano, parecería que incurre en una arbitrariedad poco justificada, pues la z también figura en su propio alfabeto, y la usa él sin remilgos cuantas otras veces se le ofrecen. Un español haría algo similar si sustituyese en un nombre extranjero la k por la c o la qu (Cant, Quierquegaard), o la w por la v (Vagner), ya que estas k y w son igualmente letras nuestras, aunque las tengamos algo relegadas. Cuando el extranjero en cuestión hace lo segundo y le escatima el acento a la a, podría merecer alguna mayor disculpa -la misma, en verdad, que si omite la tilde de nuestro Íñigo o la diéresis de nuestra Sigüenza-, pues, aunque eso no nos guste mucho a nosotros, ahora hablamos de un signo que quizá él no tiene en su lengua (en su escritura, claro) y que a lo mejor hasta es la primera vez en su vida que lo ve. También nosotros hacemos cosas parecidas cada vez que escribimos Nastase, Puskas, Ataturk, Prevert, Karadzic, Sinn Fein, Lulea o Portimao, nombres todos que en sus grafías de origen tienen alguna letra o algún signo diacrítico que no trasladamos con precisión. Por todo este mundo, creo yo, deben cometerse estas pequeñas infidelidades al transcribir nombres extranjeros, y supongo también que así será por siempre, porque, aun cuando fuese lo ideal, no cabe esperar razonablemente que todos y cada uno de nosotros lleguemos a escribir un día cuantos nombres propios andan por el mundo justo como se escribe cada uno en su lengua de procedencia. Hanoi creo que se escribe en vietnamita, con su alfabeto latino, Hà Nội. Tolstoi en ruso o Seúl en coreano... pues vaya usted a saber. He puesto arriba en entredicho las hipotéticas grafías Cant, Quierquegaard, Vagner. A nadie conozco que haya propugnado semejantes formas frente a las que escribimos de ordinario, pero en el supuesto de que alguien sí lo hiciese y de que le preguntáramos sus razones, no sé cuáles podría dar que no fuesen pintorescamente personales (porque hay letras que a él no le gustan, porque no quiere escribir como todo el mundo, porque era quizá una broma...), razones que, aunque la lengua sea de todos y cada uno pueda hacer con ella lo que le parezca, se acogen con escepticismo y no invitan a la imitación. Ante las grafías más sorprendentes o estrambóticas que podamos concebir (cosas como Confhuzjo, Mosqú o Mmiisiisiipii) sacamos pronto una enseñanza de urgencia: es necesario que la avale un motivo suficiente, para que una forma novedosa que alguien postule la aceptemos de buen grado o, al menos, la consideremos razonable. Y no faltan, ciertamente, tales grafías alternativas mucho más defendibles que las que vengo escribiendo con poco pudor. Son frecuentes en los textos que escriben personas cultas, que leen, que conocen idiomas, que saben lo que hacen. Sus «grafías correctoras» - 294 Sección Addenda que así podríamos llamarlas - frente a las que vemos más generalmente en periódicos, novelas y demás publicaciones de amplia difusión, no son fruto de la arbitrariedad o el capricho, sino se mueven, con muy pocos tumbos, por un bien señalado cauce: el que lleva desde la grafía que para ese nombre establezcan nuestras elementales reglas ortográficas y la pura costumbre, hasta aquella que tenga en su lengua de origen o, cuando esto no es posible, la que mejor represente la pronunciación que en ella se le dé. Podemos dar por supuesto que todas las lenguas tienen ciertas rutinas a la hora de transcribir los nombres propios extranjeros (NPE), y cabe también pensar que esas rutinas varíen, mucho o poco, de una lengua a otra. Yo no sé qué podrá decirse con validez general sobre este tan amplio asunto, pero sí intentaré ordenar - ahora que por vía del anecdótico Velasques he puesto el tema sobre el tapete - las cuatro cosas que se me ocurren sobre el modo como transcribimos esos nombres nosotros los españoles. Atendiendo a sus grafías de origen, todos los NPE que transcribimos pertenecen «grosso modo» a uno de estos tres tipos: A) el de aquellos cuyos idiomas usan un sistema de escritura distinto del alfabético. B) El de aquellos que proceden de lenguas con un sistema alfabético diferente del nuestro latino. C) El de aquellos que se valen, aunque con variantes, del mismo alfabeto latino que nosotros tenemos. Los nombres del tipo A (chinos, japoneses, coreanos, mayas, antiguos egipcios, etc.) muestran tales hechuras que por fuerza hemos de transcribirlos integralmente para poder representarlos, cosa que, en principio, hacemos «de oído» (o que hacen otros que se nos anticipan). El aspecto que puedan mostrar sus grafías de procedencia no condicionan en modo alguno las que les apliquemos nosotros, y se podría pensar, dicho a la inversa, que nombres como Beaumarchais, Smith o Vogelweide los transcribiríamos quizá Bomaché, Esmez y Foguelbaide como la cosa más normal del mundo (no bromeo), si nos viniesen de lenguas de este tipo. Con nuestras letras latinas mal podemos, pues, diseñar grafías ni más próximas ni más lejanas respecto a las que ellos tienen de origen, pero sí nos cabe -como siempre que transcribimosconjuntarlas según las reglas más habituales de nuestra ortografía española o, por el contrario, recurriendo a combinaciones silábicas que quizá nos asombren o hasta a letras y signos que casi ninguno conocemos. Lo que con esto se puede pretender, al menos en teoría, es invitarnos a una pronunciación parecida a la que tenga el nombre en su propia lengua. Las grafías de los nombres del tipo B (griegos, árabes, hebreos, rusos, armenios, etc.) nos condicionan a la hora de transcribirlas bastante más que las del tipo A. La tarea la hacemos, o eso podría parecer, letra a letra, y una conveniente tabla de equivalencias, se diría, es todo lo que necesitamos para españolizarlas. En la práctica, la cosa no es tan simple, pues con 295 Reflexiones ante un “Velasques” harta frecuencia se topan en ellas caracteres sin ninguna correspondencia gráfica ni fónica con los nuestros o que se conjuntan en combinaciones que nos son fatalmente extrañas. El relativo automatismo que, de todos modos, supone trasladar nombres de un alfabeto a otro induce inconscien¬temente a primar la coherencia y regularidad en el plano de las grafías, antes que la afinidad fonética entre el nombre fuente y el nombre transcrito. Quiero decir que más fácilmente encon¬traremos en nuestros textos un Gorbachof, que más o menos cuadra con su grafía de origen, que un Garbachof, que refleja mejor la pronunciación rusa de este nombre. Los NPE del tipo C (los procedentes de las más de las lenguas europeas occidentales y los de otras que también adoptaron el alfabeto latino) tienen obviamente grafías más familiares para nosotros que las de los dos tipos anteriores. Eso nos facilita, por supuesto, la labor de transcripción, pero, al mismo tiempo, nos limita y coarta poderosamente en muchos casos, ya que, al parecer, hemos convenido de modo implícito que las letras latinas de estos nombres que identificamos como nuestras tienen algo de inviolables. Nunca nos permitimos, por ejemplo, suprimir la e muda de un Sartre o la h final de un van Gogh, sustituir por z la th de un Elisabeth, por ch la c del da Vinci o por ll la gl de un Modigliani ni descargar de consonantes un Messerschmidt alemán. Con algún fastidio quizá, pero aplicadamente, procuramos escribir lo mejor que sabemos Rochefoucault, Wanninkhoff, Massachusetts, Yoknapatawpha. Quiero recalcar, sin embargo, que la inviolabilidad -relativa, claro- a que me referí sólo veo que afecta a «las letras latinas que identificamos como nuestras», no al total de letras y signos diacríticos que puedan presentar estos nombres. Creo que, prácticamente, todas las lenguas actuales que usan el alfabeto latino lo han alterado, cada una a su manera, a fin de ajustarlo mejor a sus particulares necesidades. No sé si habrá dos que empleen exactamente el mismo. Cada cual le ha añadido alguna que otra letra - y también a veces se la ha quitado - o algún que otro signo, que representan variantes de articulación, de prosodia o del tipo que sea, relevantes para ella. No querría yo tener que consignar la completa flora de estos caracteres que entre todos le hemos agregado a nuestro común alfabeto (¡ingente tarea!), pero sólo de las lenguas más próximas a nosotros me vienen a la memoria ejemplos de esas llamadas «extensiones», como ä, ë, ï, ö, ü, å, ø, æ, œ, ç, ð, þ. Estas mismas lenguas -sigo en la Europa occidentaladornan además sus grafías con diacríticos tales como acentos grave, agudo y circunflejo, acentos de cantidad, marcas de nasalización, apóstrofe, guiones, etc. Los alfabetos de las lenguas románicas o germánicas no suelen albergar más de dos, tres o cuatro extensiones, pero ya en los del polaco, checo o húngaro podemos contar hasta catorce o dieciséis. No sé qué alfabeto latino de qué lengua ostente aquí el récord, pero tal profusión de letras no-latinas casi podría darle a un nombre de este tipo C un aspecto tan impenetrable para nosotros como el que tienen los del tipo B. Las letras ộ, ł o þ, que son extensiones de alfabetos 296 Sección Addenda latinos, no por ello nos son más familiares que la c (= s) o la p (= r) del alfabeto ruso o la ω del griego o el álef del hebreo. En cualquier caso, lo mismo que dije respecto al Gorbachof/Garbachof, que nos llegó del ruso, lo vemos también en un Walesa (< Wałęsa) polaco o un Nagy húngaro, que nos vinieron de alfabetos latinos: los transcribimos apoyándonos en sus grafías de origen, y no mediante posibles formas como Wauensen o Noch, que reflejarían mucho mejor la pronunciación que tienen en sus lenguas. Pues bien, todas esas extensiones (letras y diacríticos) que digo, ésas no son nada inviolables cuando transcribimos los nombres que las contienen. Lo más frecuente es que sus letras «raras» las sustituyamos por alguna bien conocida de las nuestras, y sus desconcertantes diacríticos -que tanto aparecen encima como debajo o al lado de las letras-, simplemente, nos los dejemos en el tintero. Creo que no hay duda de que escribimos más frecuentemente Malmo o Malmoe que Malmö, Bela Bartok que Béla Bartók, Puskas que Puskás, Nastase que Năstase, Pitea que Piteå, Kaczynski que Kaczyński.. Hay, sin embargo, diferencias de grado dentro de la infrecuencia: un apóstrofe en O´Donell, un acento en Cézanne, una ä, una ö, una ü se harán lugar en nuestras grafías antes que una ç, una æ o una œ, y, por supuesto, antes que cosas como å, ă, ę, ć, č, ð, ł, ń, š, ť, ž, þ. Es un gozoso alivio el que podamos en muchas ocasiones desentendernos y olvidarnos de las variopintas grafías de origen de todos estos nombres y recurrir a la rica galería de formas que hemos heredado de tiempos atrás, ya oportunamente españolizadas. Disponemos aquí de un buen surtido de nombres de personas -que no siempre tratamos igual que al resto de los nombres propios-, como Magallanes (< Magalhães), Lutero (< Luther), Maquiavelo (< Machiavelli), Clodoveo (< Hlodwig), Brunilda (< Brünnhilde, Brynhild), Canuto (< Knútr), Mambrú (< Marlborough), y otro, no menos extenso, de nombres de países, ciudades, ríos, etc., como Alemania (< Deutschland), Suecia (<Sverige), Francia (<France), Turquía (< Türkiye), Copenhague (< København) , Colonia (< Köln), Londres (< London), Venecia (< Venezia), Bucarest (< Bucureşti), Sena (< Seine), Rin (< Rhein), Bretaña (< Bretagne, Britain), Baviera (< Bayern). Todas estas formas se incorporaron a nuestra lengua, cada una en su momento, a título siempre individual, y nunca constituyeron un modelo para generar otras similares. Quiero decir que ni nuestros tradicionales Lutero o Durero han dado lugar, evidentemente, a un analógico Hitlero ni nuestro Maquiavelo nos sirvió de pauta para arrivar a un Botichelo. No ha de extrañarnos que también algunos nombres españoles los hayan adoptado otras lenguas con las peculiares grafías que en ellas parecieron convenientes. En textos extranjeros topamos a menudo con formas como Andalusie, Andalusië o Andalusien, Katalonien o Catalogne, Kastilien, Seville o Siviglia, Cordova o Cordoue, Grenade, Pampeloune, Saragossa, Teneriffa; también asoman en ellos algún que otro Quichotte o Chiciotte, Kolumbus o Colombo, Hernand Cortes y, ahora que caigo, el mismo Velasques que me dio pie para escribir estas líneas, y que, según esto, figuraría en un 297 Reflexiones ante un “Velasques” contexto inglés, por ejemplo, avalado por la misma buena razón que avala a un Durero o a un Londres en contextos españoles. Recuerdo que nuestros mayores llamaban Tokío a lo que después fue Tokio o Tokyo. Hubo un Pekín o Peking que ahora se llama Beiying o Beijing, igual que hubo un Bombay que ahora es Mumbai. Pero un NPE lo adoptamos muchas veces de varias maneras diferentes también en una y la misma época. Hace años hubo un estrepitoso baile de grafías simultáneas Cruschef, Kruschef, Jruschef, Khruschef y no sé cuántas más, que terminaban unas veces en -of o en -ov y otras en -ef o -ev, y que tanto podían llevar acento en la u como podían no llevarlo. También hoy encontramos a cada paso estas formas paralelas. Basta con cotejar un par de periódicos para dar con un puñado de ellas: Calcuta-Calcutta, Korea-Corea, Gandi-Gandhi, Ben Laden-Bin Laden, Sharon- Sharón, Zurich-Zúrich-Zürich, Tolstoi- Tolstoy, Ibarretxe-Ibarreche, Milan-Milán. Se han publicado diferentes «libros de estilo» que procuran imponer ciertos criterios para homogenizar todas estas grafías, pero su eficacia, me parece, no ha sido asombrosa. Las grafías de los NPE que admitimos en español e integramos en nuestros textos pertenecerán siempre a una de estas tres categorías: La de los nombres totalmente castellanizados, esto es, que constan exclusivamente de caracteres como los nuestros y que los disponen también en combinaciones silábicas usuales y cotidianas en español. Es el caso de Hiro Hito, Confucio, Korea o Corea, Nínive, Bucéfalo, Moctezuma, Tutankamon o Tutankamón, Cicerón, Heráclito, Ramayana, Seúl, Nepal, Bagdad, Abderramán, Atila, Pinocho, Nuremberga, Támesis. Incluiríamos aquí los nombres que ya de origen cumplen con tales requisitos y que, por tanto, no necesitamos ni podemos transcribir, como Roma, Bremen, Oslo, Truman, Berlioz. La de los nombres que conservan intactas sus grafías de origen por la simple razón de que se renunció a transcribirlos. Así los encontraremos casi siempre en textos especializados, como una revista universitaria o una gramática de la lengua de que procedan. Salvo casos muy excepcionales, sólo se hace esto, sin embargo, con los nombres que llamé del tipo C. En estas grafías de origen aparecerán, pues, a menudo letras y signos diacríticos, o combinaciones de unos y otros, que no tenemos en español. Valgan de ejemplo Nürnberg, João, Nordström, Västerås, Sjælland, Jørgen, Þuríður, Karadžić, Wałęsa, Cézanne, Cambridge, Heathrow, Arantxa, Barça. La de de todos los demás NPE, que ni aparecen plenamente españolizados ni mantienen intocadas sus grafías de origen, sino se castellanizaron en parte o hasta cierto punto, pero sin llegar a ajustarlos por completo a lo que dictan nuestras más comunes reglas de ortografía. Entre Nürnberg y Nuremberga se encuentran Nüremberg, Nuremberg y Núremberg, por ejemplo. 1. 2. 3. 298 Sección Addenda Recordemos aquí que todos los nombres de los tipos A y B los castellanizamos ya de principio en buena medida por el solo hecho de escribirlos con nuestras letras latinas. Dado que de origen tienen grafías tan apartadas de la nuestra que no pueden coartarnos, nos dejan un buen campo abierto a nuestra inventiva para cubrirlo como mejor nos parezca. El antiguo Pekín o Peking lo vemos transcrito ahora Beijing, pero un español que oiga pronunciar esta palabra directamente de un chino podría imponer un día entre nosotros la forma Beiching. Los nombres del tipo C, en cambio, nos dejan poco o ningún margen para la españolización relativa: puedo escribir Venecia, Estocolmo, Puskas o Nastase (formas plenamente españolizadas) o puedo escribir Venezia, Stockholm, Puskás, Năstase (formas de origen no transcritas), pero nada hay entre estos dos extremos. Un Messerschmidt alemán o un Shakespeare inglés podríamos castellanizarlos un poco quitándoles o cambiándoles algunas letras (?), pero eso, como dije, no lo hacemos. El Peter inglés quedaría también más «a la española» escrito Péter o Píter, aunque a broma suena, porque nunca tal se vio. Cabría recordar, sin embargo, que Zúrich o Spórting sí los hemos visto más de una vez transfigurados precisamente de ese mismo modo. Las grafías de origen de los nombres de personas las respetamos más, me parece, que las de nombres de lugares y otros. Son, pues los nombres de los tipos A y B los que mejor podemos españolizar en mayor o menor grado. Yo no me atrevería a señalar el preciso límite entre lo que es una grafía puramente castellana y lo que no lo es, y tampoco veo - lo diré de paso - que haya razón para censurar por principio cuantas grafías podamos encontrar algo «descolocadas» a este respecto. Después de todo, hablamos de nombres, que nos vienen de los lugares y épocas más lejanos para nosotros, y alguna nota peculiar en su apariencia hasta puede prestarles un simpático y oportuno toque de exotismo. Sin necesidad, sin embargo, de hacer un juicio de valor, bien podemos tomar nota de que hay transcripciones que se ajustan mejor o peor que otras a las convenciones nuestras de escritura. Las -ss- de Hussein no se dan así geminadas en español; tampoco las -tt- de Calcutta ni las -ov finales de Kasparov o Kaspárov ni las Shiniciales de Sharon. Ninguna de estas palabras está, pues, plenamente castellanizada en sentido estricto, pero, porque estemos más acostumbrados a estas pequeñas transgresiones o por el motivo que sea, creo que en cualquier texto que las veamos nos pasan bastante inadvertidas. Más nos importunan probablemente -pienso ahora en textos de divulgaciónotras formas como Tutankhamon, Ali Bhutto, Buddha, Ghana, Sri Lanka, Qatar o Al-Qur’an, cuyas rarezas graficas parecen empeñadas en hacer ostentación de extranjeridad. Son a menudo el reflejo de los intentos que alguien hizo de adecuarlas al uso de otra lengua (la inglesa, supongo) que no era la nuestra. Y, a propósito del Sharon que ahora he dicho. No es el mismo el del ex-ministro israelí Ariel Sharon, que el de la actriz americana Sharon Tate. El primero transcribe un nombre del tipo B, que, de haberlo querido, también podríamos haber adoptado como Saron, Sarón, Charon, Charón o de cualquier 299 Reflexiones ante un “Velasques” otro modo que nos sonase mejor; el segundo es una grafía de origen de un nombre del tipo C, de aquellas que nunca queremos alterar. Con dos fines escribimos los NPE con grafías novedosas, esto es, que se apartan de lo que es más familiar y cotidiano en español: para respetar, por completo o en parte, las suyas de origen (en nombres del tipo C) o para invitar a una pronunciación más cercana a la que tienen en sus propias lenguas (generalmente en los nombres de los tipos A y B). Ambos son fines razonables, y siempre darán buen amparo a quien quiera que transcriba en procura de ellos. Sólo un peligro comportan, caso de que se empleen sin mesura: si llaman demasiado la atención del lector, por sus hechuras o por su mucha frecuencia, el efecto, creo yo, puede ser contraproducente. Como broma lo digo, pero serían en verdad incómodas frases como: «Kieślowski, Wałęsa y Karadžić estaban en Hà Năi; Þuríður y João en Västerås». Las grafías artificiosas que pretenden inducirnos a «pronunciar bien», están plenamente justificadas en la gramática o el diccionario de una lengua extranjera. Se recurre para eso a signos convencionales más o menos cercanos a los de las transcripciones fonéticas. En otros contextos menos didácticos, las grafías con esta pretensión, aunque bien intencionadas, no sé si alguna vez logran su objetivo. Nadie oigo que alargue esas -ss- de Hassán ni la -tt- de Calcutta, que ya antes reseñé, ni la -dd- de Saddán, si así se lo escriben, ni nadie dice otra cosa que -ca- en Tutankhamon. Pronunciamos llanamente Gana, Katar, Buto, Buda o Korán, por más que los leamos Ghana, Qatar, Bhutto, Buddha, Qur’an, como cualquiera que tenga oídos puede atestiguar. Un asunto distinto es el de la pronunciación que damos a los nombres del tipo C, cuyas grafías de origen, si no me equivoco, hemos convenido en no alterar o en alterar sólo levemente. Los nombres que proceden de lenguas algo conocidas entre nosotros, como Taylor, Heathrow, Voltaire, Guggenheim, sí los pronunciamos a veces «a la extranjera», cuando sabemos hacerlo. Pero digo «a la extranjera» con cierta reticencia, porque, incluso en esos casos, lo habitual es que lo hagamos con los castizos sonidos de nuestra fonética española. Téilor, Hizro o Hizru, Volter decimos quizá, pero bien limpios de todo acento extranjero. Hay curiosas inconsistencias en esto. El nombre Guggenheim, por ejemplo, lo oigo muy a menudo como Gúguenjeim, esto es, imitando la pronunciación alemana, pero con el inconsistente diptongo -ei- en vez de -ai-. Por supuesto que no faltan tampoco quienes, con naturalidad o por ostentación, pronuncian estos nombres con su excelente fonética de origen. Yo concluyo que, a fin de cuentas, es poco relevante cómo escribamos o pronunciemos los nombres propios extranjeros. Lo que sí deben hacer inapelablemente -los extranjeros como los españoleses cumplir bien la función que tienen de suyo en la lengua: la de referir con comodidad y sin ambigüedades a la persona o cosa que nombran. Confirmamos esto a diario escribiendo y pronunciando un Londres, que con la misma facilidad podríamos escribir y pronunciar London, con garantía de origen, pero sin ninguna otra ventaja. 300 Sección Addenda Admitamos que, hoy por hoy, y aunque bien podría ser de otra manera, nos son más útiles Gales, Jutlandia, Atenas o Japón, que sus correspondientes Wales (o Cymru), Jylland, Acina o Nijón, que remiten a las grafías o pronunciaciones que tienen en sus propias lenguas. A veces, incluso nos permitimos traducir los nombres extranjeros, apartándolos aún más de sus formas de origen, sin que eso nos reporte inconveniente alguno. Somos, por cierto, algo arbitrarios en esto (aunque quizá no tanto): lo hacemos a menudo al referirnos a reyes, príncipes y papas (Isabel, Carlos de Inglaterra, Leopoldo de Bélgica, Catalina de Rusia, Luis de Francia, Juan Pablo, Benedicto), y también a otros como Miguel Ángel, Beatriz Portinari, Carlos Marx, Juan Sebastián Bach, Federico Chopin, Guillermo Tell, Alejandro Dumas, León Tolstoi; decimos Países Bajos y también, con cierto descuido, Tomás Moro (!) y Cabo de Hornos (!), pero no escribimos ni decimos nunca con la misma soltura Jorge Bush, Francisco Mitterand, Juan Pablo Sartre, Alberto Einstein, Isabel Taylor, Juan Wayne, o Miguel Jackson.