Presentación. Análisis y retos antropológicos en tiempos del coronavirus
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REVISTA ANDALUZA DE ANTROPOLOGÍA NÚMERO 19: DÍAS EXTRAÑOS. CÓMO EL COVID-19 TRANSFORMA NUESTRA COTIDIANIDAD DICIEMBRE DE 2020 ISSN 2174-6796 [pp. 1- 13] https://dx.doi.org/10.12795/RAA.2020.19.01 PRESENTACIÓN. ANÁLISIS Y RETOS ANTROPOLÓGICOS EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS PRESENTATION. ANTHROPOLOGICAL ANALYSIS AND CHALLENGES IN THE AGE OF THE CORONAVIRUS. Alberto del Campo Tejedor Universidad Pablo de Olavide Las dimensiones catastróficas de la pandemia por la covid-19 demanda que cada sector de la sociedad contribuya con lo mejor de sí mismo, para analizar las causas de este brutal acontecimiento, el desarrollo del mismo, los problemas y contradicciones que emergen y aun las posibles soluciones que cabe apuntar, tanto para paliar el sufrimiento como para enderezar el rumbo y evitar situaciones semejantes en el futuro. Si los virólogos tratan de hallar el remedio médico más eficaz, y los economistas debaten sobre las medidas idóneas para amortiguar el impacto en las finanzas públicas y privadas, la antropología social está atenta, singularmente, a cómo la pandemia ha afectado a las parcelas más cotidianas de nuestra existencia, modificando nuestras formas de relacionarnos, de trabajar, de viajar, de sentir la incertidumbre, experimentar la solidaridad, pensar sobre la muerte, en definitiva, nuestras prácticas, ideas, emociones y sentimientos sobre todo lo que nos rodea en el día a día. Para la disciplina antropológica, como para otras ciencias sociales y humanísticas, la pandemia ha resultado una magnífica oportunidad de estudio, dado que muy rara vez se puede analizar el comportamiento de los humanos en situaciones tan anómalas como, por ejemplo, un confinamiento domiciliario a una escala tan grande o una demanda de asistencia sanitaria en condiciones tan críticas. De la misma manera, las normas impuestas en cuanto a la distancia social, las limitaciones de actividades, los toques de queda y las medidas de higiene (incluyendo el uso de mascarillas) constituyen una especie de laboratorio social para comprobar cómo la población asume o no unas directrices impuestas por el Estado. La pandemia no solo ha modificado aspectos esenciales de 1
nuestra cotidianidad, sino que ha alumbrado ciertos hechos sociales que resultan, con motivo de una crisis tan drástica, discutidos o simplemente visibilizados. A veces se nos revela con claridad precisamente aquello que se transforma (las relaciones presenciales), que se agita (el miedo), o que sencillamente echamos de menos (las fiestas). Por otra parte, la crisis pandémica ha situado en primera línea a ciertos grupos: los sanitarios, desde luego, pero también a los políticos, aunque la antropología nos recuerde —tal vez por su acostumbrada tendencia a trabajar en los márgenes— que hay otros muchos colectivos que, no por casualidad, son obviados, ocultados, en el debate público: el de los emigrantes, por ejemplo. La responsabilidad para aportar la mirada antropológica sobre un acontecimiento tan relevante, así como la oportunidad de analizar hechos sociales trasmutados, atípicos, sorprendentes, ha llevado a algunos antropólogos sociales a impulsar estudios, casi invariablemente en ámbitos temáticos y con colectivos que ya conocían de primera mano. Claro que las dificultades no son pocas. Por un lado, durante bastante tiempo fue complicado acceder a presupuestos económicos para financiar proyectos de investigación antropológicos, en parte por la lentitud y la escasa flexibilidad en los programas públicos de financiación, pero también, sin lugar a dudas, porque se priorizaron otras disciplinas como la virología o la epidemiología. Sin embargo, a diferencia de otras ramas del saber, las ciencias sociales no demandan siempre grandes fuentes de financiación y, con voluntad y esfuerzo, pueden al menos realizarse prospecciones o aproximaciones a ciertas preguntas de investigación. Por otra parte, hay quien simplemente dio un giro a alguno de sus proyectos de investigación en marcha, y se replanteó los objetivos del mismo: ¿cómo se transforma mi objeto de investigación en el contexto pandémico?, ¿qué nuevas situaciones surgen?, ¿qué hace y dice la gente en ellas?, ¿cómo encara los problemas, qué prácticas desarrolla para paliar el impacto o la incertidumbre? La antropología social tiene, sin duda, instrumentos para analizar las situaciones sociales más cotidianas y llegar al corazón de cómo la gente de a pie afronta esta crisis, pero está acostumbrada a la observación in situ, la relación cercana con los sujetos investigados, incluso la participación en sus situaciones ordinarias. No solo el confinamiento obligó también a los antropólogos a quedarse en casa, sino que, una vez pasó el encierro, muchas limitaciones hicieron casi imposible ciertas maneras de observar. En muchos casos, no se admitía la co-presencia más que de un número muy limitado de personas, con lo que se redujeron los comportamientos colectivos (salvo los microgrupales) que suelen ser el objeto de investigación típico de esta disciplina; por otro lado, resultaban inviables ciertas técnicas de investigación como los foros de discusión, que además se suelen realizar en lugares cerrados. Pero incluso cuando las restricciones se relajaron, nunca desapareció el recelo a conversar, dejarse entrevistar o a permitir el acceso de un investigador a un campo cotidiano: si uno evitaba, por prudencia, ver a ciertos parientes o amigos, no 2
resultaba lógico no seguir las mismas restricciones con un investigador, a menos que ya se le conociera, se hubiera gestado previamente una relación cercana o existiera algún tipo de compromiso previo. A pesar de estos inconvenientes, los antropólogos hemos estado activos durante el primer año de pandemia, no solo en nuestros respectivos proyectos de investigación, sino también tomando el pulso al día a día a través de los periódicos o las redes, aportando nuestra particular mirada en blogs, foros virtuales o medios de comunicación, e impulsando proyectos tanto académicos como solidarios. COVID-ROYALTIES es una de esas iniciativas académico-solidarias surgida en el 2020, y que, impulsada desde la antropología social, unió a diversos académicos, científicos, intelectuales y escritores que donaron sus derechos económicos de autor (royalties) sobre uno o varios de sus libros, con el objeto de recaudar fondos en la lucha contra las consecuencias sociales de la pandemia en ciertos sectores duramente afectados. Pero además, el proyecto intentó arrimar el hombro de la mejor manera que sabemos hacer los profesores universitarios e investigadores: pensando, estudiando, analizando, escribiendo, incluso poniendo en duda los aspectos más obvios o las versiones oficiales sobre lo que acontecía. Fruto de una convocatoria abierta a la comunidad científica para analizar la pandemia desde las ciencias sociales, y de la inesperada cantidad de propuestas recibidas, han surgido dos libros: La vida cotidiana en tiempos de la COVID. Una antropología de la pandemia (Los Libros de la Catarata, 2021) y Pensar la Pandemia. Más allá de la sanidad y la economía (Dykinson, 2021). En ese contexto recibí el encargo de la Revista Andaluza de Antropología para coordinar un monográfico sobre la antropología de la covid-19. La revista da así cabida a análisis antropológicos de hechos sociales acaecidos durante la pandemia, algunos incluso inéditos, pero casi siempre excepcionales, que la antropología social tiene la responsabilidad de analizar. Las mencionadas dificultades para la investigación antropológica en tiempos de pandemia (sobre todo para la etnografía), así como el carácter cambiante y reciente de muchos de los fenómenos asociados a esta crisis, aconsejaba no abrir el monográfico solamente a textos que recogieran conclusiones derivadas de estudios ejecutados durante el 2020, sino también a aquellos otros que pudieran sugerir ideas, conceptos, autores o perspectivas que contribuyeran a la discusión, aun si no estuvieran basados aún en estudios conclusos, científicamente validados. Así, este monográfico incluye cuatro artículos de “investigación” al uso y otros cuatro, más breves, de “debate”, en los que sus autores lanzan diversas propuestas que, a la vez que alumbran ya ciertos aspectos de las temáticas sobre las que ponen su foco, servirán para abordarlos en profundidad en el futuro. Todos los textos ponen de relieve que la pandemia —y muy especialmente el período de confinamiento domiciliario, así como otros momentos de restricciones en la movilidad 3
y las interacciones— ha exigido a los investigadores adaptar sus habituales métodos y técnicas de investigación, y, desde luego, recurrir a su experiencia previa, dado que solo conociendo previamente el ámbito temático objeto de interés puede uno percibir aquello que está cambiando, lo que resulta problemático de encajar o, simplemente, lo que es posible analizar en tan poco tiempo, circunstancia que implica no solo estar familiarizado con una determina esfera de la cotidianidad sino también conocer a las personas que están involucradas en ella, y que resultan, por las relaciones previas en tiempo pre-pandémico, accesibles. El artículo “Teletrabajo y amplificación de la desigualdad en la sociedad post-pandemia española” es un buen ejemplo de cómo los antropólogos hemos estado atentos para analizar algunos de los fenómenos sociales más relevantes ocurridos durante la pandemia. Y lo hemos hecho con un ya proverbial espíritu crítico. Porque el teletrabajo, saludado con euforia por medios, administraciones, algunos empresarios y otros actores sociales, esconde también ciertos problemas. Basándose eminentemente en una encuesta a teletrabajadores y comparando los resultados con informes oficiales y otros estudios llevados a cabo en otros países europeos, Hugo Valenzuela-García se da cuenta de que el teletrabajo se ha impuesto sin mucha planificación, en muchas ocasiones sin permitir al trabajador otra opción. Además, se obvia a menudo que solo unos pocos pueden desempeñar esta modalidad laboral, singularmente la llamada “clase creativa” (Florida, 2010), un colectivo de profesionales altamente cualificados y muchas veces vocacionales (abogados, economistas, arquitectos, diseñadores, profesores, etc.). A menudo estos son entusiastas con su oficio, y el teletrabajo no hace más que aumentar e intensificar el tiempo consagrado al trabajo en menoscabo del que se dedica a otras facetas de la vida. Son los propios teletrabajadores los que se exigen esfuerzos y horarios interminables, con el consiguiente estrés y las dificultades de conciliación familiar. El autocontrol y la autopresión no surgen con el teletrabajo; más bien estos fructifican en un terreno abonado para que solo puedan ser eficaces a distancia quienes tienen un elevado grado de compromiso y responsabilidad con su dedicación. Trabajar desde casa potencia, por lo tanto, el ambiguo carácter de dichos oficios: son, a la vez, un privilegio y un riesgo. El teletrabajo es así eficiencia, libertad, flexibilidad, pero también soledad, autoexplotación, estrés o difuminación de las fronteras entre el trabajo, el ocio y la familia, lo que es especialmente difícil cuando hay hijos. Ante la previsible apuesta por este modo de producir, no se debería olvidar que existen grandes diferencias en cuanto a los sectores, tipos de trabajadores y empresas que pueden implementar esta forma de trabajar. En las tareas que requieren la presencialidad (como la carga y transporte de productos) es inviable. Y son precisamente estos sectores los que aglutinan los trabajadores menos cualificados, con peores salarios y condiciones laborales. El teletrabajo puede ser una opción para las grandes corporaciones, pero resulta más 4
difícil para autónomos y PYMES, de la misma manera que se concentra en las áreas más ricas, urbanas y con mayores posibilidades tecnológicas. Así, Hugo Valenzuela-García se pregunta si el teletrabajo no aumentará la desigualdad, pues permitirá el afianzamiento de ciertos grupos, oficios, regiones, en detrimento de otros que son los que precisamente están más precarizados y arrastran problemas estructurales. Una de las cuestiones esenciales en el análisis de la pandemia desde las ciencias sociales es la focalización sobre ciertos colectivos, dado que —más allá de que se repita incesantemente que el virus no distingue de clases sociales ni territorios— lo cierto es que afecta muy desigualmente a según qué sectores y colectivos. En su artículo sobre el impacto de la covid-19 en deportistas de alto nivel, David Moscoso, José Carlos Jaenes y David Alarcón comparten las posibilidades y limitaciones de usar encuestas on line, y más específicamente la herramienta informática de cuestionarios Google Form. Gracias a esa encuesta, sabemos, por ejemplo, que hombres y mujeres no se ocupan en las mismas actividades cuando hay confinamiento estricto: ellos ven más la tele o escuchan la radio, mientras que ellas no solo cocinan más (algo esperado según la división tradicional de roles), sino también pasan más tiempo pintando, aprendiendo idiomas o realizando diversas actividades de relajación o “conocimiento personal”, tales como yoga o mindfulness. En general, los deportistas mantuvieron durante el confinamiento sus horas de entrenamiento, a pesar de las dificultades, especialmente los deportistas olímpicos. Y en un alto porcentaje, no mermó su motivación para seguir progresando, lo que demuestra, a juicio de los autores, una fortaleza de carácter y una responsabilidad que justifica el lugar de élite que ocupan. Ante la suspensión de los Juegos Olímpicos, la práctica totalidad de estos deportistas lo consideró lógico, pese a que muchos de ellos se vieron afectados por dicha medida, lo que demuestra que, más allá de los intereses particulares, se han aceptado ciertas restricciones con resignación, pero con sentido de la responsabilidad. Cómo la covid-19 ha alterado nuestras formas de trabajar es una de las preocupaciones de los científicos sociales, y muy particularmente de la antropología social. En ocasiones, la pandemia, así como las restricciones gubernamentales para frenar los contagios, no han hecho más que agravar la penosa situación de ciertos colectivos. En el artículo “Trabajar en tiempos de covid. Fricciones de lo esencial en la producción alimentaria. El caso de los frutos rojos en la provincia de Huelva”, Soledad Castillero Quesada muestra que, durante los primeros meses de la pandemia, la declaración de “esencialidad” de la producción alimentaria no conllevó, por parte del Estado, medidas especiales de protección para los trabajadores en un sector tan relevante. Es cierto que, durante el confinamiento, hemos percibido algo que tal vez olvidábamos en el día a día: lo irremplazables que son los productores de alimentos, así como todo aquel que trabaja en la cadena alimentaria hasta que los productos llegan a nuestros hogares. El tiempo transcurrido en confinamiento nos 5
permitió experimentar con la cocina, recordar lo importante que es la alimentación sana, variada y hecha en casa. Sin embargo, argumenta Soledad Castillero, es imprescindible tomar en cuenta también las condiciones laborales de esos productores, a menudo precarias, insertas en un sistema productivo global que prioriza las necesidades del mercado y no las de la población. Las entrevistas y el trabajo de campo llevado a cabo por la antropóloga, especialmente en otoño de 2020, le permiten comprender que el campo es un sector al que se vuelve, en última instancia, cuando fallan otros, algo que ocurrió con la crisis del 2008 y ha vuelto a suceder cuando miles de personas han perdido su trabajo por causa de la pandemia. Sin embargo, las duras condiciones de trabajo, incluyendo jornadas interminables y horarios cambiantes, siguen disuadiendo a muchos. A pesar del reconocimiento de su esencialidad, se permiten condiciones laborales que solo admiten los sectores más vulnerables y pobres, como los emigrantes, quienes soportan, incluso en plena pandemia, trabajar sin guantes ni mascarilla, y sin posibilidad de guardar la preceptiva distancia. La pandemia no hace más que aumentar las dificultades de una población emigrante que tiene que contentarse con vivir en chabolas, dado que la población local, con viviendas disponibles, prefieren no arrendarlas a una población estigmatizada. Los testimonios recogidos en este estudio desvelan no solo la indignación de estos temporeros emigrantes, sino también las contradicciones de un sistema que — reconociendo que, si ellos no trabajan, no tenemos alimentos en la mesa— les confina a una vida en condiciones miserables. Claro que los emigrantes no permanecen quietos ante la pasividad de las administraciones y la indiferencia de parte de la sociedad. En el artículo “Politización del habitar en la ciudad de Barcelona: prácticas cotidianas migrantes frente al covid-19”, Ulises Bernardino Márquez Pulido presta atención a la Red de Cuidados Antirracista, una de las múltiples redes solidarias que se pusieron en marcha durante los primeros meses de la pandemia, para apoyar a inmigrantes indocumentados y otras poblaciones vulnerables, con alimentos, medicinas, ropa, incluso asesoramiento jurídico y psicológico. Estas formas de acción colectiva suponen, para el autor, una “politización del habitar” (Cassigoli, 2016). Son prácticas cotidianas a contracorriente, que se oponen a la lógica capitalista del “valor de cambio”, y hacen realidad la noción de “acogida” que los inmigrantes tienen que auto-proporcionarse, con ayuda de sectores sensibles a sus necesidades. Analizando las estadísticas oficiales, la perspectiva que proporcionan los movimientos sociales en escritos y producciones audiovisuales, y un cuestionario dirigido a migrantes de África, Asia y América Latina, residentes en Barcelona, el antropólogo mejicano accede al modo como sus protagonistas han experimentado la crisis pandémica, el papel del Estado y, sobre todo, las acciones de ayuda y apoyo mutuo entre los meses de marzo a junio de 2020. Los inmigrantes “sin papeles” no tienen contratos, ni frecuentemente empleos estables ni acceso completo al sistema de salud público, de ahí que la pandemia les impacte sobremanera. Algunos no pueden quedarse en casa, tienen que salir a la calle para comer 6
y sus hijos quedan en situaciones vulnerables. Otros sucumben ante la depresión, viendo que no pueden salir adelante. Ante la pasividad de las administraciones, los inmigrantes y ciudadanos concienciados se arman de valor, desafían incluso las restricciones y se lanzan a ayudar a los que el grueso de la sociedad parece haber olvidado: trabajadoras sexuales o recogedores de chatarra. Unidos bajo la Red de Cuidados Antirracista, utilizan las redes sociales para solicitar colaboraciones y lanzar su mensaje: la pandemia, dicen, es una oportunidad para activar los “cuidados colectivos” y “fortalecer la interdependencia” frente a los procesos “individualistas y capitalistas”. Se crean “rutas de cuidado alimentario”; algunas personas son detenidas y, según los colectivos, se crean “redadas racistas”. Los movimientos se agrupan para exigir, mediante una Proposición No de Ley, la regularización de las más de 600.000 personas migrantes en situación irregular. La propuesta no sale adelante. Sin embargo, no oscurece el hecho de que durante los primeros meses de la pandemia se desplegaron, por todo el territorio nacional, más de medio millar de redes de apoyo mutuo y solidaridad, evidenciando que una buena parte de la sociedad no está por la labor de dejar a su suerte a los grupos más frágiles y necesitados, los cuales, por otra parte, impulsaron ellos mismos infinidad de prácticas basadas en la reciprocidad. Los inmigrantes actualizan así sus propias costumbres comunitaristas y de solidaridad, lo que el autor considera una ética y una estética que se filtran entre los resquicios de la sociedad. Las instituciones han proclamado a viva voz, y de manera persistente, que el virus se combate unido. Sin embargo, hay sectores de la población que han sido olvidados, ignorados, abandonados, padeciendo en soledad o, incluso, obligados a esperar en silencio la muerte. Sin duda, uno de los hechos de mayor consternación es el tremendo número de fallecimientos, especialmente entre personas mayores, lo que ha puesto de relieve no solo la pésima gestión de la crisis sanitaria en relación a los geriátricos, sino también la infradotación de estos. Lo sabíamos, pero la pandemia nos lo recuerda: la sociedad utiliza estos centros como lugares donde gestionar la vejez, la enfermedad y el ocaso de la vida ante los últimos días de existencia. El coronavirus ha puesto contra las cuerdas a un sistema sanitario, cuyas virtudes se exaltaban con anterioridad a la crisis sin ningún tipo de objetividad ni perspectiva crítica, según ha quedado patente ahora. En los momentos más difíciles de la pandemia, no solo se saturaron los servicios médicos, también se colapsaron los servicios funerarios, obligando a las administraciones a recurrir a improvisadas morgues. Pero además, debido a las restricciones para impedir la propagación del virus, no solo muchos moribundos fallecieron solos, sino que muchas familias no pudieron despedir a sus seres queridos según los rituales ordinarios creados para tiempos ordinarios. Para comprender estos hechos excepcionales, y muy particularmente para etnografiar cómo se gestionó la muerte, el duelo y la conmemoración de los difuntos, los artífices del 7
texto “Muerte colectiva y covid-19: apuntes para el debate” proponen utilizar la noción de “muerte colectiva” de Gaëlle Clavandier (2004). Si la posibilidad de la muerte se combate con la medicina, el dolor provocado por esta se amortigua con rituales. De ahí que las instituciones, conscientes del drama vivido, y tal vez también de su responsabilidad en la gestión de la crisis, proporcionaron respuestas que pudieran cerrar en el plano simbólico unos duelos que no pudieron seguir las convenciones ordinarias. Jordi Moreras, Sol Tarrés, David Moral, Pilar Gil Tébar y Ariadna Solé, autores de este artículo de debate, llaman a los actos de conmemoración auspiciados por las instituciones “expresiones performativas del duelo”, porque se realizan en espacios públicos y pretenden tanto decir como hacer (esto es, son expresivos y performativos, a la vez). La apelación al silencio y al recuerdo de las víctimas, así como el homenaje hacia ciertos colectivos como los sanitarios (asemejándoles a héroes de una guerra), constituyen actos “políticos” en que se “rinde cuenta” de lo sucedido, se ofrece una determinada interpretación de los hechos y se lanzan proclamas de esperanza. Sin embargo, queda por ver cómo se gestionará la memoria colectiva, y los antropólogos habremos de poner la lupa sobre cómo los mecanismos del poder intentan apropiarse de la memoria de los que han sufrido, para ocultarla o adaptarla a los intereses de cada cual. Sin duda, en el primer año de la covid-19 hemos asistido a encarnizados debates, en los medios, pero también en las palestras políticas, para propagar tal o cual interpretación sobre la pandemia, su gestión política y el papel de los diferentes actores sociales. Cualquier noticia parecía tener que vincularse necesariamente al coronavirus; abrumados por la situación, cualquier parcela de la realidad se sometía a escrutinio en clave pandémica. Ariet Castillo Fernández nos brinda las primeras pesquisas en su análisis sobre “la representación mediática de las migraciones en la prensa española durante la pandemia”, un estudio aún inconcluso, pero que ya anticipa algunos hallazgos interesantes. Probablemente era esperable que, en un momento de máxima tensión, los inmigrantes indocumentados fueran “problematizados”. Ante la incertidumbre, algunos medios de comunicación buscan culpables o, simplemente, fomentan la idea de riesgo (Mairal, 2013). Pero no resulta tan previsible que los medios —al menos, los que hasta la fecha ha analizado la autora de este estudio— articulen también discursos en torno a los inmigrantes como víctimas y aun como potenciales recursos. Por un lado, algunos periódicos ponen énfasis en cómo ciertos extranjeros resultan insustituibles dado que contribuyen al sostenimiento del sistema, por ejemplo, a la sanidad pública, necesitada de profesionales foráneos. Por otro lado, la gestión de la llamada “inmigración ilegal” en un momento tan crítico como el pandémico revela las insuficiencias de los protocolos y las incongruencias de las normativas: los medios critican que algunos inmigrantes sean confinados en “espacios de encierro”, que se les retenga más de la cuenta o que sean trasladados a lugares para el confinamiento que no cuentan con las condiciones necesarias. Además, se denuncia que ciertos políticos criminalicen a los que son, sobre todo, víctimas 8
de una situación mucho más complicada que la que experimentan los ciudadanos españoles. Los “problemas de la emigración” desvelan, entonces, otros problemas: los de un Estado ineficaz, una normativa ambigua o unos políticos irresponsables, incapaces de cuidar a los seres más necesitados. Acostumbrada a estudiar a los marginales, los dominados, los extraños, las minorías y las culturas populares, la antropología ha ido sedimentando cierta debilidad por los sectores más vulnerables. Es la nuestra una disciplina un tanto quijotesca. Sin embargo, hay quien se ha ocupado en desvelar que las clases acomodadas también sufren las contradicciones de un sistema que, por ejemplo, exige a las mujeres de clase alta que sean eficaces teletrabajadoras, sin descuidar por ello ni la casa, ni los deberes escolares de los hijos, ni la relación personal de pareja (Brigidi et al., 2021). Son superwomen cuyas voces, además, resultan silenciadas, dado que se les presupone autónomas, ricas, capaces, privilegiadas. Sin duda, la pandemia ha afectado más duramente a los más desprotegidos: con la salvedad evidente de los recluidos en residencias de ancianos, se contagian y mueren más aquellos que no pueden permitirse quedarse en casa porque tienen que salir a la calle para ganarse la vida. Sin embargo, no desmerece estudiar lo que ha acontecido a la gran mayoría, incluyendo aquellos comportamientos que no tienen que ver con la supervivencia pero que nos permiten comprender las necesidades humanas para superar el coronavirus en el plano simbólico. Durante la pandemia, la antropóloga argentina María Florencia Blanco Esmoris retoma su trabajo de campo que realiza desde 2015 en las casas de familias de clase media, pero a través de videollamadas y audios. Como recuerda la autora, la antropología tiene una larga tradición en estudiar cómo los grupos humanos afrontan la incertidumbre o el miedo, desde las consultas a los oráculos que fascinaron a Evans-Pritchard (1937), a las prácticas para evitar la contaminación y la impureza que describe Mary Douglas (1966). Dichos antecedentes pueden servirnos para analizar ahora cómo los individuos, familias y colectivos expulsan simbólicamente el peligro y se mantienen a salvo del contagio y el miedo. La vivienda supone tradicionalmente un anclaje de previsibilidad y certidumbre. En épocas de crisis, y más aún durante el confinamiento, la casa es lo poco que podemos moldear. Basándose en la “estética de la emergencia” de Hirikazu Miyazaki (2004: 135-140), María Florencia Blanco Esmoris propone la noción de “estéticas habitacionales de la emergencia” para analizar cómo surgen, en momentos críticos, modificaciones habitacionales y mobiliarias que acaban cambiando un modo de habitar, a la par que construyen “micro-certezas”. Los cambios materiales en la casa (limpiar, arreglar, incluso construir, comprar y vender) permiten, así, organizar lo contingente. La sección de “debate” del monográfico concluye con el texto “Covid-19, entre lo cotidiano y el acontecimiento: una interpretación desde la filosofía de Zizek”, a cargo de Manuel Flores Sánchez y José María Morán Carrillo. Su punto de partida es que en 9