scieee Open visual document viewer

Presentación del libro Los cuadernos perdidos de Antonio Catena

Vergillos, Juan

Full text

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "LOS CUADERNOS PERDIDOS DE ANTONIO CATENA" Po JUAN VERGILLOS El lib o a a de un episodio de la gue a española, de una gue a que du ó cua en a años. Los pe sonajes que pueblan Los cuade nos pe didos de An onio Ca ena son hé oes ce canos, medioc es como cualquie a, a los que las si uaciones ex emas a que se en en en ados les hacen b o a , en ocasiones en el mismo ins an e, lo mejo y lo peo de ellos. Los pe so- najes an a<>í del idealismo más ingenuo al escep icismo o al, o ice e sa, a eces en una sola noche. Son homb es y muje es humildes, meno es, del pueblo. Gen e que iene miedo y gen e he oica que gana on, inal- men e, el día a día, du an e cua en a años de esis encia callada. Gen e del pueblo, de eso que los polí icos y los in elec uales, que lo dan odo po el pueblo, llaman el pueblo. Gen e de pueblo que yo conocí. La anécdo a se desa olla, o cuando menos se apun a, en di e- en es es ilos na a i os : mí ico-épico, monólogo in e io , lenguaje o ense, ... También desciende al ealismo y al diálogo, esos eno mes ai i icios. Se a a de dis in os ace camien os agmen a ios. Me pa e- cía el mé odo adecuado pa a a a una his o ia agmen a ia, que nos ha llegado a media oz, en e e dades dudosas y mi os. Una his o ia que se econs uye como un puzzle de es os di e sos es ilos, sin que las piezas lleguen a encaja o comple a se del odo. Y ello en una búsqueda de espues a a la p egun a con que se ab e el lib o : "¿Cómo ue aquello abuelo?". Una p egun a que p e ende se al mismo iem- po una dedica o ia. Una p egun a que a é de esponde acudiendo a 284 JUAN VERGILLOS los lib os de his o ia sin encon a odo lo que espe aba. De ahí que me iese obligado a ecu i a la an asía, a la ealidad de la icción. De mane a que buena pa e de los hechos es án sólo apun ados o suge idos (pa a que los comple e el lec o , si lo desea), p ecisamen- e po es a al a de da os, o po mi gus o pe sonal po la e icencia. O quién sabe si po pe eza. Una his o ia hecha, pues, más de silencios que de ce ezas. De medias e dades y de alsos mi os, de uno y o os bandos. No ela agmen a ia, dejada a mi ad de edacción si se quie e, abandonada. Acaba allí donde el lec o comienza a imagina o sabe los idilios, las aiciones, las impos u as, los asesina os. Allí donde la no ela empieza a se g ande, en odos los sen idos, pe o quizá am- bién ediosa, edundan e, excesi a. Y ambién donde, gené icamen e, se hace y se eng andece. Os p esen o una ob a abandonada, po con- icción, esa es la e dad, donde la no ela comienza a se no ela. Donde los pe sonajes pasan de la ealidad o e oman de ella. Donde comienzan a se pe sonajes. Es, po supues o, una no ela psicológica. Desde Kan , desde New on y Copémico ... desde Pla ón sabemos que no exis e o a cosa sino lo que sucede en la men e. Que no hay ealidad, o no debemos iamos demasiado en ella. Po que ambién pe enece al ámbi o de los a i icios humanos. No he desdeñado la anécdo a po que no se acha a al lib o de me o desahogo. Pe o bajo la excusa de los acon ecimien os e ibles a que se han de en en a los pe sonajes, he e ido algunas inquie udes sob e el amo , la idelidad, la iolencia, la aición, la de o a, la mue e ... achacándolas a unos indi iduos que i en si uaciones p e- ca ias. Pe o, ¿es menos p eca ia la nues a ? ¿Nues a exis encia, oda exis encia ? Lo cie o es que somos ágiles. Pe o con engamos pa a anquilizamos es a noche, y po espe o a los que su ie on y a los que su en, que no an o como An onio Ca ena y el Pajuelas, no somos an ágiles como los pe sonajes de es a an asía, en en ados a ealidades a oces. No he desdeñado la anédo a, como digo, pe o en ocasiones la he dejado escapa , escabulli se. ¿Po qué una his o ia (o a) de la gue a ? En p ime luga po que, a la ho a de plan ea me una ob a épica, una no ela, me pa eció que la única épica que enía a mi alcan ce e a, PRESE N TACIÓN DEL LIBRO ' LOS CUADERNOS PERDIDOS DE ANTONIO CA TENA ' 285 -- - po o una, és a de mi memo ia amilia . No me ape ecía esc ibi una de es as no elas cos umb is as al uso, gene acionales, en que el con lic- o gi a en omo al consumo de es upe acien es o al adul e io. Algunas de las cuales, po supues o, es án muy bien esc i as. En segundo luga po que, a pesa de las muchas his o ias que exis en sob e la guen-a, o sob e la posguen-a como en es e caso, no son an as las localizadas en un ma co u al, en el pueblo, en la sie a, donde más lejos llega on los enco es y mise ias del cainismo, donde no exis ió el anonima o de la ciudad que p opicia a un ol ido ápido. También, imagino, que con é es a his o ia de la gue a po una necesidad de explica me mi p opia memo ia, agmen a ia, pe sonal y amilia . Hay muchos lib os, muchas no elas sob e la guen-a ci il. No en ano es el episodio más impo an e de nues a his o ia ecien e. De esa amplia li e a u a yo he omado como modelos, esencialmen e, a dos au o es que i ie on el con lic o muy de ce ca, y, sob e odo, sus consecuencias. Que lle a on a cabo lo mejo de su ob a en el exilio, y a ando de asimila y explica se lo sucedido : F ancisco Ayala y Max Aub. Y de hecho, una lec u a a en a de mi lib o e ela ía al lec o amilia izado con la ob a de Ayala y de Aub, algún homenaje más o menos sub ep icio. Pa a inaliza mi in e ención lee é un pasaje de la no ela : "E a yo un niño, y las amas de los á boles colgaban lejos, inaccesibles. E a yo un niño y ninguno lo uimos. E a yo un niño y me le an aba an es que el sol. No u imos in ancia ni adolescencia, ni hemos sido homb es siquie a. Sí , lo sé. No es cie o. E a yo un niño y enía miedo de los ce dos. G andes, osados, hediondos. Mi ío Juan los omaba uno a uno, cuando e an pequeños y chillones, les hacía una incisión en el esc o o y les sacaba los es ículos. ¿Po qué o ece es e espec áculo a un niño de sie e u ocho años ? Desde aquel día, sec e amen e, lo odié. Sec e amen e, po que no enía de echo a odia . E a yo un niño y nos obligaban a le an a nos an es que el sol, y a camina sonámbulos po las e edas oscu as de l ío, y a ecoge , uno a uno, con nues as manos, los neg os y helados u os del oli o que habían caído al suelo du an e la noche. Mi pad e e a un homb e is e y en e mo. Vi ía solo, con su miedo. Tenía el pelo g is, aunque no e a iejo, y los homb os de o a- 286 JUAN VERGILLOS dos. E a delgado, escuchimizao, poca cosa. Tenía una oceci a, que apenas se oía. Mi pad e abajaba en la Casa G ande y e a un an as- ma. Al menos en mi ecue do. Un día dejó de espi a y las muje es empeza on a llo a y nadie dijo que había mue o de ago amien o. Demasiado abajo pa a sus pob es homb os de o ados y su co azón en e mo. En onces mi ío Juan en ó a abaja en la Casa G ande. Pa a en onces ya se habían ma chado a Mad id los seño es. Y o no enía pad e y un día se escapa on los ce dos. Mi ío me hizo coge un saco de papel y me o denó que lo agi a a pa a impedi que huye an. E an cua o o cinco cochinos chicos pe o me asus a on. Yo no enía pad e y el ecue do que enía e a un homb e, que e a mi pad e, débil y casi sin oz, acaso más p óximo a los mue os que a los i os. Desde el día de los ce dos no u e pad e, po que yo no sabía asus a los a g i os y a eces me asal aba en sueños la imagen de mi ío Juan con su na aja ganchuda y a ilada en e mis pie nas. En onces llo ía. La llu ia no ha uel o a sucede nunca. Po - que lo de después han sido cha cos y ba o, abajo, palos y gue a, lucha, miedo, hamb e, ío. Nada más que cuando yo e a chico he is o el agua cae sin cesa (pa ecía que nunca iba a cesa ) del cielo. Luego se me ol idó eso. Se me ol idó has a aho a. Aho a puedo mi a a la llu ia pe o eo a mi muje mue a, eo a un homb e desang ado b amando po la ga gan a abie1 a. Veo a esa c ia u a mue a an es de empeza a i i . Veo a mi muje pasando hamb e. Pe o cuando yo e a chico e a cuando llo ía y cuando exis ía el miedo de e dad. A los ce dos. Aho a sé que sólo pueden o u a me, ma a me. Aunque mi pad e es aba mue o y enía ía la ca a asu ada cuando me ace ca on los labios (me cogie on en b azos, sob e el lecho mo - uo io, pa a que lo besa a), no exis ía la mue e, el cese. Ni siquie a cuando dispa é a los ascis as, a los soldados, a los gua dias ci iles, al de la sie a (a sang e ía), exis ía la mue e. Y sin emba go aho a sí. Aho a sólo eso exis e. Y la llu ia. No la mue e, no el hecho ísico de mo i , de allece , que no conozco, que nadie conoce, el miedo al su imien o ísico, que no puede se mayo al de o as ocasiones, sino el hecho insopo able, impensable, del cese. Pe o no an insopo able que no pueda deci lo. Sólo el cese, es sólo el cese de odo. Nada compa able a los chillidos de los ce dos."