Presentación del libro Los cuadernos perdidos de Antonio Catena
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PRESENTACIÓN DEL LIBRO "LOS CUADERNOS PERDIDOS DE ANTONIO CATENA" Por JUAN VERGILLOS El libro trata de un episodio de la guerra española, de una guerra que duró cuarenta años. Los personajes que pueblan Los cuadernos perdidos de Antonio Catena son héroes cercanos, mediocres como cualquiera, a los que las situaciones extremas a que se ven enfrentados les hacen brotar, en ocasiones en el mismo instante, lo mejor y lo peor de ellos. Los personajes van a<>í del idealismo más ingenuo al escepticismo total, o viceversa, a veces en una sola noche. Son hombres y mujeres humildes, menores, del pueblo. Gente que tiene miedo y gente heroica que ganaron, finalmente, el día a día, durante cuarenta años de resistencia callada. Gente del pueblo, de eso que los políticos y los intelectuales, que lo dan todo por el pueblo, llaman el pueblo. Gente de pueblo que yo conocí. La anécdota se desarrolla, o cuando menos se apunta, en diferentes estilos narrativos : mítico-épico, monólogo interior, lenguaje forense, ... También desciende al realismo y al diálogo, esos enormes aitificios. Se trata de distintos acercamientos fragmentarios. Me parecía el método adecuado para tratar una historia fragmentaria, que nos ha llegado a media voz, entre verdades dudosas y mitos. Una historia que se reconstruye como un puzzle de estos diversos estilos, sin que las piezas lleguen a encajar o completarse del todo. Y ello en una búsqueda de respuesta a la pregunta con que se abre el libro : "¿Cómo fue aquello abuelo?". Una pregunta que pretende ser al mismo tiempo una dedicatoria. Una pregunta que traté de responder acudiendo a
284 JUAN VERGILLOS los libros de historia sin encontrar todo lo que esperaba. De ahí que me viese obligado a recurrir a la fantasía, a la realidad de la ficción. De manera que buena parte de los hechos están sólo apuntados o sugeridos (para que los complete el lector, si lo desea), precisamente por esta falta de datos, o por mi gusto personal por la reticencia. O quién sabe si por pereza. Una historia hecha, pues, más de silencios que de certezas. De medias verdades y de falsos mitos, de uno y otros bandos. Novela fragmentaria, dejada a mitad de redacción si se quiere, abandonada. Acaba allí donde el lector comienza a imaginar o saber los idilios, las traiciones, las imposturas, los asesinatos. Allí donde la novela empieza a ser grande, en todos los sentidos, pero quizá también tediosa, redundante, excesiva. Y también donde, genéricamente, se hace y se engrandece. Os presento una obra abandonada, por convicción, esa es la verdad, donde la novela comienza a ser novela. Donde los personajes pasan de la realidad o retoman de ella. Donde comienzan a ser personajes. Es, por supuesto, una novela psicológica. Desde Kant, desde Newton y Copémico ... desde Platón sabemos que no existe otra cosa sino lo que sucede en la mente. Que no hay realidad, o no debemos fiamos demasiado en ella. Porque también pertenece al ámbito de los artificios humanos. No he desdeñado la anécdota porque no se tachara al libro de mero desahogo. Pero bajo la excusa de los acontecimientos terribles a que se han de enfrentar los personajes, he vertido algunas inquietudes sobre el amor, la fidelidad, la violencia, la traición, la derrota, la muerte ... achacándolas a unos individuos que viven situaciones precarias. Pero, ¿es menos precaria la nuestra ? ¿Nuestra existencia, toda existencia ? Lo cierto es que somos frágiles. Pero convengamos para tranquilizamos esta noche, y por respeto a los que sufrieron y a los que sufren, que no tanto como Antonio Catena y el Pajuelas, no somos tan frágiles como los personajes de esta fantasía, enfrentados a realidades atroces. No he desdeñado la anédota, como digo, pero en ocasiones la he dejado escapar, escabullirse. ¿Por qué una historia (otra) de la guerra ? En primer lugar porque, a la hora de plantearme una obra épica, una novela, me pareció que la única épica que tenía a mi alcan ce era,
PRESE N TACIÓN DEL LIBRO ' LOS CUADERNOS PERDIDOS DE ANTONIO CA TENA ' 285 -- - por fortuna, ésta de mi memoria familiar. No me apetecía escribir una de estas novelas costumbristas al uso, generacionales, en que el conflic- to gira en tomo al consumo de estupefacientes o al adulterio. Algunas de las cuales, por supuesto, están muy bien escritas. En segundo lugar porque, a pesar de las muchas historias que existen sobre la guen-a, o sobre la posguen-a como en este caso, no son tantas las localizadas en un marco rural, en el pueblo, en la sierra, donde más lejos llegaron los rencores y miserias del cainismo, donde no existió el anonimato de la ciudad que propiciara un olvido rápido. También, imagino, que conté esta historia de la guerra por una necesidad de explicarme mi propia memoria, fragmentaria, personal y familiar. Hay muchos libros, muchas novelas sobre la guen-a civil. No en vano es el episodio más importante de nuestra historia reciente. De esa amplia literatura yo he tomado como modelos, esencialmente, a dos autores que vivieron el conflicto muy de ce rca, y, sobre todo, sus consecuencias. Que llevaron a cabo lo mejor de su obra en el exilio, y tratando de asimilar y explicarse lo sucedido : Francisco Ayala y Max Aub. Y de hecho, una lectura atenta de mi libro revelaría al lector familiarizado con la obra de Ayala y de Aub, algún homenaje más o menos subrepticio. Para finalizar mi intervención leeré un pasaje de la novela : "Era yo un niño, y las ramas de los árboles colgaban lejos, inaccesibles. Era yo un niño y ninguno lo fuimos. Era yo un niño y me levantaba antes que el sol. No tuvimos infancia ni adolescencia, ni hemos sido hombres siquiera. Sí , lo sé. No es cierto. Era yo un niño y tenía miedo de los cerdos. Grandes, rosados, hediondos. Mi tío Juan los tomaba uno a uno, cuando eran pequeños y chillones, les hacía una incisión en el escroto y les sacaba los testículos. ¿Por qué ofrecer este espectáculo a un niño de siete u ocho años ? Desde aquel día, secretamente, lo odié. Secretamente, porque no tenía derecho a odiar. Era yo un niño y nos obligaban a levantarnos antes que el sol, y a caminar sonámbulos por las veredas oscuras de l frío, y a recoger, uno a uno, con nuestras manos, los negros y helados frutos del olivo que habían caído al suelo durante la noche. Mi padre era un hombre triste y enfermo. Vivía solo, con su miedo. Tenía el pelo gris, aunque no era viejo, y los hombros derrota-
286 JUAN VERGILLOS dos. Era delgado, escuchimizao, poca cosa. Tenía una vocecita, que apenas se oía. Mi padre trabajaba en la Casa Grande y era un fantasma. Al menos en mi recuerdo. Un día dejó de respirar y las mujeres empezaron a llorar y nadie dijo que había muerto de agotamiento. Demasiado trabajo para sus pobres hombros derrotados y su corazón enfermo. Entonces mi tío Juan entró a trabajar en la Casa Grande. Para entonces ya se habían marchado a Madrid los señores. Y o no tenía padre y un día se escaparon los cerdos. Mi tío me hizo coger un saco de papel y me ordenó que lo agitara para impedir que huyeran. Eran cuatro o cinco cochinos chicos pero me asustaron. Yo no tenía padre y el recuerdo que tenía era un hombre, que era mi padre, débil y casi sin voz, acaso más próximo a los muertos que a los vivos. Desde el día de los cerdos no tuve padre, porque yo no sabía asustarlos a gritos y a veces me asaltaba en sueños la imagen de mi tío Juan con su navaja ganchuda y afilada entre mis piernas. Entonces llovía. La lluvia no ha vuelto a suceder nunca. Porque lo de después han sido charcos y barro, trabajo, palos y guerra, lucha, miedo, hambre, frío. Nada más que cuando yo era chico he visto el agua caer sin cesar (parecía que nunca iba a cesar) del cielo. Luego se me olvidó eso. Se me olvidó hasta ahora. Ahora puedo mirar a la lluvia pero veo a mi mujer muerta, veo a un hombre desangrado bramando por la garganta abie1ta. Veo a esa criatura muerta antes de empezar a vivir. Veo a mi mujer pasando hambre. Pero cuando yo era chico era cuando llovía y cuando existía el miedo de verdad. A los cerdos. Ahora sé que sólo pueden torturarme, matarme. Aunque mi padre estaba muerto y tenía fría la cara rasurada cuando me acercaron los labios (me cogieron en brazos, sobre el lecho mortuorio, para que lo besara), no existía la muerte, el cese. Ni siquiera cuando disparé a los fascistas, a los soldados, a los guardias civiles, al de la sierra (a sangre fría), existía la muerte. Y sin embargo ahora sí. Ahora sólo eso existe. Y la lluvia. No la muerte, no el hecho físico de morir, de fallecer, que no conozco, que nadie conoce, el miedo al sufrimiento físico, que no puede ser mayor al de otras ocasiones, sino el hecho insoportable, impensable, del cese. Pero no tan insoportable que no pueda decirlo. Sólo el cese, es sólo el cese de todo. Nada comparable a los chillidos de los cerdos."