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Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades

González Sánchez, Carlos Alberto

Abstract

Este artículo examina los fundamentos teóricos y metodológicos de la Nueva Historia Cultural, sobre todo los que mayor impacto han causado en la historia de la cultura escrita, del libro y la lectura. Su finalidad consiste en la observación de la evolución que dicha materia ha venido experimentando desde la década de los sesenta del siglo pasado, con la intención de evaluar deficiencias, logros y retos pendientes de este campo historiográfico. A la vez, presta una especial atención a la historiografía española, una de las más prolíficas y solventes en la actualidad, como bien demuestra el nivel de calidad que ha alcanzado la investigación sobre el libro y la lectura en nuestro país, y el elenco de publicaciones que ha puesto a nuestra disposición.

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Erebea Revista de Humanidades y Ciencias Sociales Núm. 2 (2012), pp. 5-27 issn: 0214-0691 Fecha de recepción: 12 de febrero de 2012 Fecha de aceptación: 1 de marzo de 2012 Palabras Clave historiografía; nueva historia cultural; cultura escrita; libro; lectura. Keywords historiography; new cultural history; written culture; book; reading Resumen Este artículo examina los fundamentos teóricos y metodológicos de la Nueva Historia Cultural, sobre todo los que mayor impacto han causado en la historia de la cultura escrita, del libro y la lectura. Su finalidad consiste en la observación de la evolución que dicha materia ha venido experimentando desde la década de los sesenta del siglo pasado, con la intención de evaluar deficiencias, logros y retos pendientes de este campo historiográfico. A la vez, presta una especial atención a la historiografía española, una de las más prolíficas y solventes en la actualidad, como bien demuestra el nivel de calidad que ha alcanzado la investigación sobre el libro y la lectura en nuestro país, y el elenco de publicaciones que ha puesto a nuestra disposición. Abstract This article examines the fundamentals of the New Cultural History, mainly those that have had a greater impact on written cultural history, the book and reading. The article specifically studies the development of this historiographic field since the 1960s, so as to evaluate its deficiencies, achievements and pending challenges. At the same time, the article considers the evolution of Spanish historiography, currently one of the most prolific and solvent in Europe. Spanish investigation of the book and reading has reached a high level of quality, as is evidenced by the number of works it includes. Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades Carlos Alberto González Sánchez Universidad de Sevilla Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 7 Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades La cultura es un dominio de la investigación historiográfica en auge, innovador y pleno de posibilidades, que en las últimas décadas ha venido experimentando una transformación conceptual y metodológica cuyo fin no es otro que ofrecer una explicación complementaria, necesaria y útil, del devenir de las sociedades en el tiempo1. Sin duda es de una importancia crucial en el mejor entendimiento de las conductas humanas en toda su complejidad; la muerte, las creencias religiosas, las fiestas, los símbolos, los rituales, el ceremonial, el amor, el sexo, la locura o los sueños son buenos indicadores de sus objetos de estudio. Más reciente es el interés por la alfabetización, la educación y los medios de comunicación, de ahí el aumento progresivo de iniciativas intelectuales en torno a la cultura escrita e icónico-visual. La historia del libro y la lectura, pues, ha recibido una atención especial, apreciable en la alta cuantía de publicaciones que desde los años setenta del siglo XX ha ido cosechando en Europa. Esta eventualidad requiere que nos detengamos en el examen de su evolución y coyunturas hasta nuestros días, como marco introductorio del dossier que la revista EREBEA me ha encomendado dirigir. La búsqueda de respuestas alternativas a determinados fenómenos económicos y sociales del pasado desembocó en la cultura, las ideas y la mentalidad. En este dilema P. Chaunu, adalid de la historia serial, advirtió que la demografía inevitablemente conduce a la religiosidad, a las actitudes ante la vida y la muerte. Cómo explicar, si no, que en el Antiguo Régimen las tendencias de las concepcionesbautizos son siempre las mismas; o los factores que condicionan los ciclos anuales, la edad nupcial y el control de la natalidad. La historiografía del momento, auxiliada de las ciencias sociales, comenzó a tener en cuenta la importancia de las mediaciones complejas entre la realidad y la percepción que las gentes tenían de ella. Éstas adecuan su conducta en función de la imagen que tienen de ellos mismos, muy por encima de la que vendría dada en los llamados factores objetivos. Pero también justifican sus acciones con arreglo a elementos que escapan a su control, porque no gozan de entera libertad para racionalizar siempre que sea necesario. No en vano el movimiento Annales supuso una renovación metodológica que hizo de la cultura el plano de convergencia de las distintas áreas historiográficas2. 1 Este trabajo se inscribe dentro del Proyecto I+D+I Inquisición, cultura y vida cotidiana en el Mundo Hispánico (siglos XVI-XVIII), Ref. HAR2011-27021, del Ministerio de Economía y Competitividad. 2 P. CHAUNU, “La economía. Superación y prospectiva”, en J. Le Goff y P. Nora (dirs.): Hacer la historia, vol. I. Barcelona: Laia, 1979, vol. II, p. 67. Y M. VOVELLE, Ideologías y mentalidades. 8 Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 Carlos Alberto González Sánchez Durante mucho tiempo, y hasta la década de los treinta del siglo pasado, los historiadores desecharon las ideas como elementos causales de la dinámica social, sin atender las interesantes y sugerentes indicaciones de los sociólogos E. Durkhein y M. Weber. No obstante, entre 1800 y 1950 transcurre el periodo de la que podríamos llamar historia cultural clásica en la Europa continental, mientras que en Inglaterra y Estados Unidos continuó arraigada la tradicional historia de las ideas. Dos grandes figuras sobresalen en esta etapa, precursoras de no pocas de las novedades venideras: el suizo J. Burckhardt (1818-1897) y el holandés J. Huizinga (1872-1945). Ambos se dieron a la labor de explorar el espíritu y las formas de vida en las épocas que estudiaron, de Italia y los Países Bajos, a través del arte y la literatura -obras maestras sobre todoen sus contextos. Con semejante fin caracterizaron pensamientos, sentimientos, escalas de valores y patrones de conducta3. No menos interés tiene la obra del sociólogo alemán Norbert Elias (1897-1990), un discípulo de Weber involucrado en la historia de los modales y el autocontrol de las emociones en las cortes de europeas de la alta Modernidad4. A. Warburg (18661929), entusiasmado con la idea de una interdisciplinar “ciencia de la cultura”, se dedicó a investigar el desarrollo de la tradición clásica a largo plazo. Este desvelo por las mudanzas de las tradiciones culturales, la latina en particular, también lo compartió el historiador de la literatura E. R. Curtius (1886-1956)5. Si bien, M. Bloch (1886-1944) y L. Febvre (1878-1956) fueron los primeros historiadores que decididamente impulsaron unos planteamientos renovadores en el ámbito de la cultura. Febvre, en concreto, apreció los cambios mentales y psicológicos como factores independientes y de gran trascendencia en las sociedades donde surgen, garantes de un utillaje mental específico, es decir, instrumentos intelectuales unitarios (lenguajes, conceptos, símbolos) que los distintos grupos sociales usan de forma diversa de acuerdo a sus características culturales6. A la par, el marxismo renovado y la historiografía británica también favorecieron la recuperación de los elementos ideológicos y la mentalidad en el análisis histórico7. Estos posicionamientos están en la base de las definiciones, métodos y temáticas que se impusieron en lo sucesivo y posibilitaron que la cultura dejara de ser un Barcelona: Ariel, 1985, p. 109. 3 J. BURCKHARDT, La cultura del Renacimiento en Italia. Barcelona: Iberia, 1964. J. HUIZINGA, El otoño de la Edad Media. Estudios sobre las formas de vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV. Madrid: Alianza, 1982. 4 N. ELIAS, El proceso de la civilización. México: Fondo de Cultura Económica, 1987. 5 A. WARBURG, El renacimiento del paganismo: aportaciones a la historia cultural del Renacimiento europeo. Madrid: Alianza, 2005. E. R. CURTIUS, Literatura europea y Edad Media latina. México: Fondo de Cultura Económica, 1976. 6 L. FEBVRE, Combates por la historia. Barcelona: Ariel, 1975; y El problema de la incredulidad en el siglo XVI. Madrid: Akal, 1993. M. BLOCH, Introducción a la historia. México: Fondo de Cultura Económica, 1980; y Los reyes taumaturgos. México: Fondo de Cultura Económica, 1988. 7 Sobre esta trayectoria, R. CHARTIER, El mundo como representación. Barcelona: Gedisa, 1992. Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 9 Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades complemento para convertirse en uno de los ejes del entramado causal. Aunque la moda de los estudios socio-económicos de los años cuarenta y cincuenta terminó eclipsando las propuestas de los fundadores de Annales8. Por tanto no será sino a partir de los años sesenta cuando se retome su testigo y asistamos al verdadero lanzamiento de la historia cultural en Francia, entonces entusiasmada con el estudio de la mentalidad. Quizás debido a un cierto desengaño de las nuevas generaciones de historiadores de la noción de “progreso económico”; autores de la talla de Ph. Ariés, J. Le Goff, G. Duby, J. Revel, R. Mandrou, P. Nora y un joven R. Chartier9. Resultado de estas inquietudes fueron la utilización de otras fuentes y el empleo de nuevos métodos y técnicas, amparados en los recursos de las ciencias sociales. En principio prevalecieron la documentación notarial y los procedimientos de la historia serial o de la cuantificación, según Chaunu, al tercer nivel. La obra de L. Febvre y H. J. Martin, L´apparition du livre (París, 1957)10, fue el despegue de la actual historia del libro, una disciplina hasta las fechas en manos de bibliotecarios, bibliófilos, eruditos y coleccionistas. Los dos recogen las aspiraciones historiográficas de Annales y muchas de las premisas que van a imperar en la investigación posterior: la producción, la circulación y la posesión. En las décadas de los sesenta y setenta la historiografía francesa seguirá marcando las pautas de este ámbito de la historia cultural, que, de la mano de la sociología y la cuantificación sistemática, son las que presiden los trabajos de F. Furet y los del mismo Martin. El primero, conforme a sus objetivos y en aras de eficacia y precisión, creyó necesaria la adopción de los fundamentos de la historia serial para, desde la cultura escrita, determinar los diferentes ritmos temporales en la evolución de la mentalidad11. En esta fase, en efecto, un análisis cuantitativo permitiría conocer qué libros y quiénes eran sus poseedores en amplios marcos cronológicos. Interrogantes a los que se creía poder dar una respuesta aproximada con el escrutinio masivo de inventarios de bienes, la mayoría post mortem, de particulares, impresores y libreros12. 8 Véase P. BURKE, La revolución historiográfica francesa: la escuela de los “Annales” 1929-1984. Barcelona: Gedisa, 1994; y ¿Qué es la historia cultural? Barcelona: Paidós, 1994. A. BRIGGS y P. BURKE, De Gutenberg a Internet. Una historia social de los medios de comunicación. Madrid, Taurus, 2002. 9 En ello ahonda Ph. ARIÉS, “Historia de las mentalidades”, en J. Le Goff, R. Chartier y J. Revel (dirs.): La nueva historia. Bilbao: Mensajero, 1988, p. 468. De G. DUBY, “Historia social e ideologías de las sociedades”, J. Le Goff y P. Nora (dirs.): Hacer la historia, vol. I, p. 157. Y R. MANDROU, Civilisation et mentalités, París, 1974. 10 L. FEBVRE y H. J. MARTIN, L. FEBVRE y H. J. MARTIN, L´apparition du livre, París, Albin Michel, 1957. 11 F. FURET, “Lo cuantitativo en historia”, J. Le Goff y P. Nora (dirs.): Hacer la historia, vol. I, p. 72. Del mismo, Livre et société Dans la France du XVIII siécle, 2 vols. París: Mouton, 1965-1970. H. J. MARTIN, Livre, pouvoirs et société à Paris au XVIIe siècle (1598-1701), 2 vols. Ginebra: Droz, 1969; y Histoire et pouvoir de l´écrit. París: Perrin, 1988. 12 R. CHARTIER y D. ROCHE,“L´histoire quantitative du livre”,en Revue d´histoire du livre, nº 16 (1997), p. 477. 10 Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 Carlos Alberto González Sánchez La documentación notarial se convertía así en la reina indiscutible del método; aunque tampoco se obviaron otras fuentes útiles como los permisos de edición en Francia, los catálogos de las ferias de Frankfurt y Leipzig o los registros de la London Stationers´Company13. En estas componendas, los historiadores anglosajones se centraron en los procesos de producción y distribución mediante libros de cuentas y catálogos de impresores y libreros, mientras que los franceses optaron por registros gubernamentales y protocolos notariales. Unos distintos intereses, y complementarios a la vez, que, combinados, empezaron a regir el referente en discusión. Las técnicas de la historia serial, sin duda, nos legaron un conjunto de aportaciones básicas e imprescindibles para el avance de las investigaciones posteriores. Sin embargo, este procedimiento exige una cierta cautela, porque puede resultar automático en exceso e insensible a determinadas variables, más no por ello deja de ser útil. El libro, de estrada, es examinado como un medio de circulación de ideas capaz de ofrecer valiosos testimonios sobre las tendencias culturo-intelectuales y sus ritmos temporales. También acerca del impacto de sus novedades, transformaciones y resistencias en diferentes contextos; manuscrito o impreso, tampoco deja de ser una mercancía, producida con vistas a un consumo, ni un signo sociocultural. Los propósitos de Annales, por ende, se plasmaron en un conjunto de estudios empeñados en la confección de series de producción, redes mercantiles y de distribución en los distintos estratos sociales. Con estos postulados iban más allá de la historia literaria, y la intelectual, tradicional, pretendiendo captar, estructural y coyunturalmente, lo que una sociedad escribía o leía e, incluso, sus jerarquías y actitudes socioculturales; en última instancia, el conocimiento de la mentalidad social a partir de la lectura. Una empresa, en suma, muy ambiciosa y, en todo caso, condicionada por las fuentes disponibles y sus silencios. Desde el final de los setenta asistimos al desarrollo y consolidación de otros objetos de estudio que, con mayor o menor fortuna, intentaban dar una alternativa a los silencios detectados en los inventarios de bienes. Con semejantes pretensiones comenzaba la irrupción de la historia de la lectura, frente a la historia del libro o del nivel de posesión de libros en los distintos estratos socio-profesionales 13 R. ESTIVALS, La statistique bibliographique de la France sous la monarchie au XVIIIe siècle. París-La Haya, 1965. H. J. Martin y R. CHARTIER (dirs.), Histoire de l´edition française. París, 1982. J. GOLDFRIEDRICH, Geschichte des deutschen Buchhandels, 4 vols. Leipzig, 1886-1913. R. JENTZSCH, Der deutsch-leteinische Büchermarkt nach den Leipziger Ostermesskatalogen von 1740, 1770 und 1800 in seinerGliederung und Wandlung. Leipzig,1912. H. S. BENNETT, English Books and Readers 1558 to 1603. Cambridge, 1965, y English Books and Readers 1603 to 1640. Cambridge, 1970. Más reciente es el trabajo de C. S. CLEGG, Press Censorship in Elizabethan England. Cambridge: Cambridge University Press, 1997; y el de A. CHARON y E. PARINET, Les ventes de livres et leurs catalogues, XVIIe-XXe, París: Perrin, 2000. Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 11 Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades de un lugar y tiempo determinados14. Nos internamos así en la era de la denominada “nueva historia cultural”, el paradigma teórico-metodológico que rige en la actualidad. Su deriva antropológica constituye uno de sus principales fundamentos, quizás en busca de una fórmula con la que vincular cultura y sociedad, pero sin hacer de la primera un mero reflejo de la segunda. Eclecticismo en el que también intervienen la sociología, la filosofía y la literatura. Un relieve palmario adquirieron las aportaciones del antropólogo C. Geertz, quien define la cultura como un patrón de significados históricamente transmitido, o sea, un sistema de conceptos heredados y expresados en formas simbólicas mediante las cuales los hombres se comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento de la vida y sus actitudes frente a ella15. Lo que él denomina “descripción densa”, unido a su interés por la hermenéutica, conlleva la observación de las prácticas culturales cual textos que debemos interpretar con el fin aprehender el relato de los pueblos sobre sí mismos; los rituales, en consecuencia, adquieren una importancia crucial en toda esta red16. R. Darnton, al hilo, dirá que la meta del historiador cultural debe ser la captación de la alteridad, dado que se puede leer un ritual como si fuera un cuento popular o un texto filosófico. Según él, el mundo simbólico conforma un lenguaje a través del cual se expresan el poder, las relaciones sociales y la economía17. Este énfasis en la cultura, en mentalidades y sentimientos, exhala la diferencia con la historia social y, sobre todo, la intelectual, de las ideas o de los sistemas de pensamiento; esta última más seria y precisa, y menos imaginativa, que la cultural. Un repaso a los postulados que fundamentan la historia de la lectura de los últimos tiempos, en principio, requiere prestar atención, siquiera apresurada, a algunos de los conceptos asiduos entre sus artífice primigenios. En primer lugar el discurso, cuya concreción se toma de M. Foucault, que lo define como el conjunto de textos que las clases dominantes o las personas autorizadas por la comunidad producen para ordenar las relaciones y prácticas sociales. Un instrumento que constituye y delimita espacios y formas de poder, y, a su vez, la ideología que trata de reglamentar y sistematizar la mecánica de la vida en sociedad. Resultado de unas pautas de funcionamiento que implican sus propias contenciones y exclusiones, lo que se acepta y lo que se rechaza, las personas admitidas y las excluidas en 14 Véase R. CHARTIER y D. ROCHE, “El libro. Un cambio de perspectiva”, J. Le Goff y P. Nora: Hacer la historia, vol. III, pp. 119-140. 15 C. GEERTZ, La interpretación de las culturas. Barcelona: Gedisa, 1992. En concreto la introducción y el primer capítulo. 16 En este ámbito resulta imprescindible V. TURNER, El proceso ritual: estructura y antiestructura. Madrid: Taurus, 1988. 17 P. BOURDIEU, R. CHARTIER y R. DARNTON, “Diálogo a propósito de historia cultural”, en Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, nº 47 (2001), p. 55. 12 Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 Carlos Alberto González Sánchez su producción, aplicación e imposición18. Es por ello que se le conceda prioridad al estudio de las prácticas, que R. Chartier, siguiendo a M. de Certeau, identifica con las “maneras de hacer con” (leer, hablar, comer, vestir). De sumo interés para el historiador son sus testimonios específicos, medios de expresión de sus usos y funciones; aquí, los del texto escrito, el papel del lector, las maneras de leer, sus contextos y condiciones que lo hacen posible. Este enunciado inevitablemente nos conduce al plano de la recepción, en el que se desarrolla la apropiación: las diferentes aprehensiones y visiones que los individuos pueden elaborar a partir de idénticas o similares lecturas, y de las sociedades que las producen y le dan significado. La crítica textual –el análisis de las estructuras, motivos y alcances de los textosahora oferta un atractivo recurso con la llamada “estética de la recepción”, una corriente alemana, liderada por Iser y Jauss, que persigue el estudio de los textos como productos creados para un consumo, función que concede al receptor un protagonismo muy superior al del creador. También al enmarque temporal en el que se desarrolla la obra, su historicidad y, más todavía, a la estética del acto receptivo, donde asume primacía el receptor19. Éste, a medida que pone en marcha los diversos horizontes que el texto despliega, va desarrollando en su interior un significado del mismo que puede ser diferente a las expectativas del autor. Así, el llamado “lector real”, el que mira o lee y elabora su sentido particular, se distingue del “lector implícito”, prefigurado conforme a los fines deseados por el escritor. El tiempo y el espacio de la recepción son otros de los factores esenciales que determinan las diversas maneras de aprehender el objeto y las experiencias previas de los consumidores. La impronta de P. Ricoeur es evidente en este encuentro entre el “mundo del texto” y el “mundo del lector”, un filósofo, y antropólogo, que concibe la lectura como el acto en el que el texto adquiere sentido y eficacia, pues sin el lector no tiene ni existencia real20. P. Burke en cambio, en su estudio sobre El Cortesano de Castiglione, prefiere despejar los elementos de un texto que más atrajeron a los lectores y que lo hicieron durante un tiempo prolongado, particularmente entre aquéllos distantes físicamente del autor. Es decir, unas redes de lectores diversos del mismo libro que, a la par, exhiben la existencia de un sistema de comunicación oral de los textos impresos en circulación; de ahí que diferencie lo que fue “recibido” de lo que fue “dado”. No obstante, dice que los receptores adaptan a sus circunstancias los objetos de su recepción, unas guías para el pensamiento y la acción. Se trata, pues, de explorar quiénes, qué y cómo leían, de identificar los títulos y los géneros que 18 M. FOUCAULT, El orden del discurso. Barcelona: Tusquets, 1999. 19 W. ISER, El acto de leer. Teoría del efecto estético. Madrid: Taurus, 1988. H. R. JAUSS, Experiencia estética y hermenéutica literaria. Madrid: Taurus, 1986. 20 P. RICOEUR, Tiempo y narración, 3 vols. Madrid: Cristiandad, 1987. Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 13 Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades comparten cada grupo social o comunidad de lectores21. Una meta dirimida por R. Chartier, para quien la historia literaria, la crítica textual y la historia cultural deben aspirar al conocimiento del proceso mediante el que lectores, espectadores u oyentes dan sentido a los textos de los que se apropian22. Obvio es, pues, su énfasis en las comunidades con idénticas relaciones con el escrito; porque la circulación de los libros y la identidad de las prácticas, y no de las clases o los grupos, nos ayudan a reconocer la multiplicidad de los principios de diferenciación que pueden explicitar las distancias culturales, las adhesiones religiosas, las solidaridades, las tradiciones educativas o corporativas. La aprehensión del sentido de un libro, supone que el lector deambule por un campo minado de símbolos que orientan y dirigen su respuesta. Sin embargo, el receptor también puede concebir un significado particular del texto acorde con su actitud, experiencia, obligación y formación. Mas como bien advierte O. Rey, el hecho de tener los textos la ventaja de organizar la información y dirigirla hacia una acepción preconcebida, implica que las ideas van de arriba abajo, axioma que obliga al historiador a medir la influencia de los libros en los acontecimientos, o su capacidad de generar opinión. Una operación que requiere el hallazgo de testimonios o indicios de las respuestas de los lectores dadas a los textos. R. Darnton, al respecto, apunta hacia las autobiografías de lectores, anuncios y propaganda de libros o informes de censores23. Un caso llamativo, y no menos excepcional, fue el trabajo de C. Ginzburg sobre el universo mental de un molinero de Friuli condenado por la Inquisición, el efecto de sus particulares lecturas24. No por casualidad, la definición de rasgos, símbolos y tipos culturales “populares” específicos fue una cuestión que suscitó animados debates, sobre todo en torno a la posibilidad de diferenciar una “cultura popular” de una “cultura de elite”; y, en caso de ser cierto, revelar sus posibles interacciones. Dependiendo de los intereses de cada historiador o escuela, la cultura del las “clases populares” es un esquema impuesto, sin contestación, desde arriba, o una expresión espontánea, original y autónoma independiente de las “clases dominantes”; otros incluso niegan su existencia. La vía intermedia es la que adopta Ginzburg, partidario de apreciar las influencias recíprocas entre ambas25. Hoy, 21 P. BURKE, Los avatares de “El Cortesano”: lecturas e interpretaciones de uno de los libros más influyentes del Renacimiento. Barcelona: Gedisa, 1998. 22 R. CHARTIER, Entre poder y placer. Cultura escrita y literatura en la Edad Moderna. Madrid: Cátedra, 2000. 23 R. DARNTON, Los best Sellers prohibidos en Francia antes de la revolución. México: Fondo de Cultura Económica, 2008. También sus obras: L´aventure de l´Encyclopédie: 1775-1800. París: Perrin, 1979; y Edición y subversión: literatura clandestina en el Antiguo Régimen. Madrid: Turner, 2003. 24 C. GINZBURG, El queso y los gusanos. Barcelona: Muchnik, 1986. 25 Un buen estado de la cuestión en L. DÍAZ G. VIANA, Los guardianes de la tradición. Ensayos sobre la “invención” de la cultura popular. Oiartzun: Sendoa, 1999. Un clásico es D. ROCHE, Le 20 Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 Carlos Alberto González Sánchez to aliciente nos dieron los hispanistas involucrados en la temática a partir de la década de los setenta. Pionera fue la labor de B. Bennassar sobre la imprenta y las bibliotecas privadas vallisoletanas del Siglo de Oro; o la del filólogo M. Chevalier, quien en una obra aún fundamental, con sugerente metodología, nos brinda la relación de determinados géneros literarios (caballeresca, épica, picaresca) con el ambiente lector de los siglos XVI y XVII45. Más tardía es la contribución de Ph. Berger con los inventarios post mortem valencianos del Renacimiento46. Antes ya se habían celebrado dos encuentros de investigadores que sirvieron de revulsivo: el famoso Coloquio de la Casa de Velázquez de1980 y el II Coloquio de Metodología Histórica Aplicada de Santiago de Compostela, ambos centrados en la posibilidades y utilidad historiográficas de los protocolos notariales, con una diversa casuística en torno al libro en localidades españolas concretas47. Desde entonces, junto a un sinfín de publicaciones sobre bibliotecas de arquetipos sociales y librerías, que sería difícil de enumerar, no han dejado de realizarse, al estilo de Berger, aproximaciones sistemáticas a distintas ciudades españolas en el Antiguo Régimen, sobre todo las más importantes de la Corona de Castilla, resultando de las mismas un jugoso elenco de monografías de gran valor48. Un desarrollo semejante experimentaron los estudios sobre el comercio del libro, la imprenta y su producción de las principales plazas tipográficas castellanas, y algunas aragonesas; sedes episcopales y universitarias provistas de la clientela pertinen45 M. CHEVALIER, Lecturas y lectores en la España de los siglos XVI y XVII. Madrid: Turner, 1976. B. BENNASSAR, Valladolid au Siècle d´Or. París-La Haya, 1967. 46 Ph. BERGER, Libro y lectura en la Valencia del Renacimiento, 2 vols. Valencia: Universidad de Valencia, 1987. A la vez, cabe destacar a T. DADSON, Libros, lectores y lecturas. Estudios sobre bibliotecas particulares españolas del Siglo de Oro. Madrid: Arco/Libros, 1998. 47 Livre et lecture en Espagne et en France sous l´Ancien Régime. París: Casa de Velázquez, 1981. Actas del II Coloquio de Metodología Histórica Aplicada. La documentación notarial y la historia, 2 vols. Santiago de Compostela: Universidad de Santiago de Compostela, 1982. 48 Citaré las más relevantes. A. ROJO VEGA, Ciencia y cultura en Valladolid. Estudio de bibliotecas privadas de los siglos XVI y XVII. Valladolid: Universidad de Valladolid, 1985. J. CERDÁ DÍAZ, Libros y lectura en la Lorca del siglo XVII. Murcia: Caja de Ahorros de Murcia, 1986. A. WERUAGA, Libros y lectura en Salamanca. Del Barroco a la Ilustración 1650-1725. Salamanca: Junta de Castilla y León, 1993; y Lectores y bibliotecas en la Salamanca moderna: (1600-1789). Salamanca: Junta de Castilla y León, 2008. G. LAMARCA, La cultura del libro en la Valencia de la Ilustración. Valencia: Universidad de Valencia, 1994. M. 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Como se puede observar en las obras citadas, el grueso de las publicaciones son de la década de los noventa y los primeros años del nuevo siglo, periodo que podemos considerarlo la era dorada de la historia del libro en España. El papel que la Inquisición desempeñó en la política censoria y de control ideológico de la Monarquía Hispánica, como no podía ser de otra manera, es un campo que ha generado un volumen considerable de títulos50. En cambio la historia de la lectura no ha tenido una repercusión similar a las de los flancos anteriores, quizás porque, como veremos, los planteamientos teóricos atrás esbozados tienen una difícil viabilidad investigadora. Sí es digno de elogio el dinámico y 49 K. WAGNER, Martín Montesdoca y su prensa: contribución al estudio de la imprenta y de la bibliografía sevillanas del siglo XVI. Sevilla: Universidad de Sevilla, 1982. C. GRIFFIN, Los Cromberger: la historia de una imprenta del siglo XVI en sevilla y México. Madrid: Cultura Hispánica, 1991. J. 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Sirvan de ejemplo las jornadas sobre El libro antiguo español que vienen dirigiendo M. L. López-Vidriero y P. Cátedra. Las tendencias avistadas continúan en la actualidad, aunque, cierto es, sin tanto vigor y entusiasmo como en las décadas doradas. No pocos historiadores han abandonado el escenario, aunque otros se han sumado a la brecha y muchos son los que siguen trabajando como lo venían haciendo, o sea, desvinculados de modelos teóricos preconcebidos. Sus desvelos son similares a los mencionados: bibliotecas privadas e institucionales, usos de lecturas, interdicciones, funciones, políticas de edición, prácticas lectoras, imaginarios de la lectura y la escritura, la recepción y otros argumentos que exhalan sentido común y buen hacer. Si bien, parece despuntar el interés por la cultura aristocrática y el coleccionismo, un eje que nos está deparando muy buenas obras52. 51 Entre otros historiadores de la literatura: F. RICO, Problemas del “Lazarillo”. Madrid: Cátedra, 1988. A. BLECUA, Manual de crítica textual, Madrid: Castalia, 1983. B. IFE, Lectura y ficción en el Siglo de Oro. Barcelona: Crítica, 1992. J. MOLL, De la imprenta al lector. Estudios sobre el libro español de los siglos XVI al XVIII. Madrid: Arco/Libros, 1994. M. FRENK, Entre la voz y el silencio (la lectura en tiempos de Cervantes). Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1997. E. BAKER, La biblioteca de don Quijote. Madrid: Marcial Pons, 1997. P. RUIZ, Libros y lecturas de un poeta humanista: Fernando de Herrera (1534-1597). Córdoba: Universidad de Córdoba, 1997. F. RICO (dir.), Imprenta y crítica textual en el Siglo de Oro. Valladolid: Universidad de Valladolid, 2000. J. M. LUCÍA, Imprenta y libros de caballerías. Madrid: Ollero & Ramos, 2000. P. CÁTEDRA, Invención, difusión y recepción de la literatura popular impresa (siglo XVI). Mérida: Editora Regional de Extremadura, 2002. P. CÁTEDRA y A. ROJO, Bibliotecas y lecturas de mujeres. Siglo XVI. Salamanca: Instituto de Historia del libro y la lectura, 2004. A. CAYUELA, Alonso Pérez de Montalbán: un librero en el Madrid de los Austrias. Madrid: Calambur, 2005. V. INFANTES, Del libro áureo. Madrid: Calambur, 2006. 52 Sin duda F. BOUZA es un buen ejemplo de pericia al respecto, con obras de referencia como: Comunicación, conocimiento y memoria en la España de los siglos XVI y XVII. Salamanca: Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas, 2000; Corre manuscrito. Madrid: Marcial Pons, 2001; Palabra e imagen en la Corte. Madrid: Abada, 2003; El libro y el cetro: la biblioteca de Felipe IV en la Torre Alta del Alcázar de Madrid. Salamanca: Seminario de Historia del Libro, 2005; Papeles y opinión. Políticas de publicación en el Siglo de Oro. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008; y Hétérographies. Formes de l´écrit au Siècle d´Or espagnol. Madrid: Casa de Velázquez, 2010. P. CÁTEDRA, Nobleza y lectura en tiempos de Felipe II: la biblioteca de don Alonso Osorio, Marqués de Astorga. Salamanca: Junta de Castilla y León, 2002. M. L. LÓPEZ-VIDRIERO, Los libros de Francisco de Bruna en el Palacio del Rey. Sevilla: Fundación El Monte, 1999; y Speculum Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 23 Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades Hoy día, pese a lo dicho, percibimos una cierta sensación de agotamiento en la nueva historia cultural, el molde conceptual y metodológico que con denodado entusiasmo no pocos acogimos cuando empezábamos nuestras investigaciones en este campo historiográfico. Siquiera, según acabamos de ver, la disminución de las publicaciones en torno al libro y la lectura es palpable, aunque es pronto para dictaminar el declive de unas tramas de moda en los noventa del siglo pasado y los inicios del actual. ¿Estamos pagando el precio menos grato de las modas? Quizás sea prematuro afirmarlo del todo, pero, una vez consumida una etapa de eficaz y prolífica efervescencia parece llegar la calma. Esperemos que no llegue a caer casi en el olvido, porque la boga es caprichosa, va y viene, lo que un día es mañana no parece. Hasta no hace mucho la historia cultural gozaba de una prestante celebridad y reivindicación entre los historiadores, una orgullosa etiqueta no solo de los que indagaban el escrito. Estaba en todas partes y se optó por adornar con el término “cultura” a la economía, la política y demás áreas historiográficas. Incluso J. Pocock recrimina a aquéllos para los que “todo lo que no sea “historia cultural” (la palabra de moda) es “historia tradicional” que no debería fomentarse”53. Unas cuitas semejantes ya habíamos presenciado en la historia de las “mentalidades” que tanto éxito cosechó en los ochenta. ¿Quién se acuerda ya de ella? Tal vez a la cultural le espere la misma suerte; al menos apreciamos que en el presente sus adalides no son tan ubicuos y fecundos como antes. No obstante, estimo que la historia del libro y la lectura como tal, y sin otros apelativos ni rótulos, pervive y sigue cosechando ricos frutos, y continuará haciéndolo mientras haya fuentes y vestigios gráficos del pasado que examinar, con mejores o peores métodos y referentes. Al final todo depende de la pericia, amor al libro y gusto por el quehacer del historiador, lo sea de la cultura o de lo que quiera. En cambio, la “nueva historia de la lectura” atrás diseccionada, y cual vamos notando en los ambientes acaprincipum: nuevas lecturas curriculares, nuevos usos de la Librería del Príncipe en el Setecientos. Madrid: Biblioteca Nueva, 2002. M. PEÑA, “La censure inquisitoriale en Espagne aux XVI et XVII siècles”, en La Lettre Clandestine, nº 9 (2001), pp. 143-156; “El “donoso y grande escrutinio” o las caras de la censura”, en Hispania, nº 221 (2005), pp. 939-956; y “Censuras: viejas representaciones y prácticas actuales”, en Cultura Escrita & Sociedad, nº 7 (2008), pp. 142-156. R. M. PÉREZ GARCÍA, Sociología y lectura espiritual en la Castilla del Renacimiento, 1470-1560. Madrid: Fundación Universitaria Española, 2005. L. C. ÁLVAREZ SANTALÓ, Dechado barroco del imaginario moderno. Sevilla: Universidad de Sevilla, 2010; y Así en la letra como en el cielo. Madrid: Abada, 2012. E. SERRANO, A. L. CORTÉS y J. l. BETRÁN (coords.), Discurso religioso y Contrarreforma. Zaragoza: Diputación de Zaragoza, 2005. O. NOBLE, J. ROE y J. LAWRANCE (dirs.), Poder y saber. Bibliotecas y bibliofilia en el época del Conde-Duque de Olivares. Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 2011. 53 J. G. A. POCOCK, Pensamiento político e historia. Ensayos sobre teoría y método. Madrid: Akal, 211, p. 242. 24 Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 Carlos Alberto González Sánchez démicos, quizás haya entrado en un callejón sin salida en el que se concitan las quimeras de sus ingeniosas especulaciones y metas paradigmáticas; más el acopio de desengaños y frustraciones que haya podido causar en jóvenes y mayores devorados por la moda. La lección recibida, por tanto, puede ser útil para que no volvamos a dejarnos deslumbrar apresuradamente por disquisiciones teóricas de muy compleja aplicación práctica; menos sin haberlas pasado por el filtro del sentido común, la certeza, el juicio crítico, la ponderación y la libre especulación. El pecado lo cometimos muy jóvenes e inexpertos, deslumbrados por la carismática inteligencia, probada, de nuestros mayores admirados, los que creíamos daban soporte epistemológico de calidad y sustancia a nuestro incipiente trabajo, deseosos de introducirlo en los debates de altura vigentes en los egregios centros académicos internacionales. Compruébese, si no, en los títulos e introducciones de una alta cuantía de nuestras investigaciones, al arrimo del paradigma neocultural, sobre el libro y la lectura; todo un dechado reivindicativo del mismo, de sus bondades, validez y provecho frente a una tradición historiográfica al margen de la próvida novedad. Así, con bienintencionado alborozo, nos dábamos al reclamo de conceptos como discurso, prácticas, representaciones, apropiación o recepción; a parafrasear a nuestros, sinceramente admirados y queridos, Chartier y Darnton, y sus guías: Bourdieu, Elias, de Certeau, Geertz, Habermas, McKenzie54. Denostamos las series, criticamos en exceso los protocolos notariales y la técnica cuantitativa a favor de un perfil más cualitativo, principios que no son antitéticos. Una cuantificación indiscriminada, en efecto, no es muy aconsejable, en concreto, y razón tiene Chartier, la que se creía capaz de aportar las respuestas a las únicas preguntas que los historiadores debían hacer. Pero tampoco prescindir al completo de la medida de los fenómenos, menos si son cuantificables; porque no podemos conformarnos con decir “más”, “menos”, “decreciente”, “en alza”, “muy popular”, “best seller”, si queremos demostrar que las variables no son meras excepciones a la regla. A la postre, y a pesar de nuestra entusiasta adhesión al referente conceptual y metodológico, muy poco de él, y de las intenciones de partida, perviven en el desarrollo de los capítulos que componen las obras que escribimos. La realidad se impone en unos trabajos que, con mayor o menor ingenio y fortuna, son deudores de las fuentes manejadas y la información que contienen. En cualquier caso, y sin demérito alguno, seguimos ahondando en la senda de qué libros, quién los tenía y demandaba, quién los producía y quién los negociaba en determinados momentos del pasado. Además de otros entresijos antes escasamente explorados: dónde y cómo los tenían, quién era capaz de escribir y leer, qué escribían y copiaban, los usos y funciones del escrito. Es por ello que la documentación notarial 54 J. SERNA, “¿Perjudica Bourdieu a los historiadores?”, en Historiar, nº 3 (1998), pp. 120154. Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 25 Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades continuara liderando el proceso investigador, con la precaución necesaria ante sus evidentes límites y silencios y la excesiva crítica de la que ha sido objeto. Como fuere, hace gala de unas muy buenas posibilidades investigadoras y de un valioso piélago de testimonios sumamente provechosos, no solo para la historia serial sino también para la diversidad de los interesantes fines que presiden la historiografía española aludida en las páginas precedentes. Siquiera nos han mostrado cómo las grandes obras, portadoras de novedades estéticas e intelectuales, impactaron a través de sus niveles de posesión y circulación; aunque fueran otros libros de “menor calidad” los que acaparaban la demanda mayor, caso de las tratados piadosos o los profesionales. Al igual, y junto a la respuesta oportuna, la escasa presencia de la literatura de ficción, contradiciendo su elevado volumen en los surtidos de librerías y tiradas de imprentas. También, la dejadez de los escribanos en cuanto a los productos tipográficos en rama, baratos y efímeros (papeles sueltos, folletos, pliegos y similares), menudencias que no solían inventariar o, a lo sumo, lo hacían a bulto sin más: tantos “libros de diferentes historias”; pero que pudieron ser objeto de una asidua lectura y alta popularidad. V. Infantes no vacila al afirmar que los inventarios post mortem, probablemente, contienen y especifican lo que no se leía (textos profesionales)55. Las ausencias, pues, antes que impedimentos, son unos fructíferos indicios por auscultar y resolver. La renovada historia del libro ha tratado de combatir un tipo de análisis basado en la medida de la desigual presencia del libro en estratos sociales subjetivamente predefinidos por el historiador. Ahora bien, la solución teóricamente adoptada, y todavía a la espera de modelos de investigación eficaces, no es menos aleatoria; según O. Rey debido a un rígido estructuralismo sociográfico consecuencia de unas divisiones culturales organizadas conforme a un esquema previo de estratificación social, ideado en función de los objetos culturales y no de las clases sociales56. En esta tesitura, M. Peña, sin acudir a supuestos de altura, concibe una alternativa sólida y novedosa, consistente en apreciar distintas categorías de obras, a partir de su género o lengua, y compararlas sistemáticamente con su frecuencia y distribución en inventarios de bienes, en el surtido de libreros y el número y las fechas de sus ediciones. De esta guisa pudo aproximarse a la jerarquía de los géneros, textuales y editoriales, que conforman la actividad de impresores y mercaderes y la posesión del libro57. Mas del mismo modo intentamos inquirir los recónditos y resbaladizos universos de las maneras de leer, a través del estudio, perspicaz y sensato, de los 55 V. INFANTES, “Las ausencias en los inventarios de libros y bibliotecas”, en Bulletin Hispanique, nº 99 (1997), pp. 281-292. En el mismo número F. LÓPEZ, “Libros y papeles”, pp. 293-307. 56 O. REY, Libros y lectura en Galicia, p. 80. 57 M. PEÑA, El laberinto de los libros. 26 Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 Carlos Alberto González Sánchez textos, manuscritos o impresos, encontrados en los inventarios de bienes, que no pocas veces nos ofertan un suculento imaginario de los libros, bibliotecas, interdicciones, fórmulas lectoras, didácticas moralizantes y explícitos paratextos al respecto. Sin embargo, nula fue la fortuna que tuvimos a la hora de apreciar cómo los lectores u oyentes se apropiaban o daban sentido a sus lecturas, a no ser que el azar y la suerte nos premiaran con el hallazgo de los testimonios necesarios, siempre raros y excepcionales; sean autobiografías, memorias personales, autos inquisitoriales y otros documentos igual de huidizos. La teoría neocultural, en fin, es muy esquiva a una aplicación empírica de sus postulados; tampoco sus artífices han logrado darnos un arquetípico y eficiente patrón capaz de dirigir nuestros pasos en esta selva de símbolos. Porque es presa de la carencia de fuentes asequibles y resolutivas, y, ante todo, de un análisis excesivamente conceptual. Los que tenemos con frecuencia giran en torno a lo obvio; otras veces no dejan de ser análisis meramente descriptivos y formales, sea el caso de los empeñados en la bibliografía material. Demasiado protagonismo se le ha concedido a los usos del lenguaje y, en cualquier caso, al concepto “representación”, unas premisas derivadas de un acentuado subjetivismo interpretativo, la causa, tal vez, de la actual reacción objetivista. Ginzburg, en esta línea crítica, arremete contra las digresiones que decididamente niegan la interpretación de los textos, una posibilidad, dice él, que conlleva su reducción a una “razón” ajena, un “irracionalismo esterilizante”. Las fuentes historiográficas tienden a ser examinadas solo como fuentes de sí mismas y de aquellos de los que habla; y apostilla: “inferir de ello la incognoscibilidad de la realidad significa caer en una forma de escepticismo perezosamente radical… insostenible desde el punto de vista existencial y contradictorio desde el punto de vista lógico”58. R. García Cárcel, se une a la disyuntiva estimando que la “representación” ha generado demasiado miedo al texto, llevando al historiador a la problemática lógica del pretexto y a las secretas intenciones en la construcción del texto59. Los fundamentos de la historia cultural de lo social resultan, en consecuencia, deterministas y reduccionistas, en tanto que han centrado la atención en objetivos carentes de los testigos documentales fehacientes para su consecución. Tal vez se deba a su inspiración en planteamientos filosóficos, antropológicos y sociológicos pensados para contextos totalmente diferentes, en mayor medida del presente y que nada tienen que ver con el pasado. Las ciencias sociales, sin negar el valioso 58 C. GINZBURG, El juez y el historiador, Madrid: Mucnick, 1993, p. 22. También profundiza en estas visiones E. HERNÁNDEZ SANDOICA, Los caminos de la historia. Cuestiones de historiografía y método, Madrid: Akal, 1995. 59 R. GARCÍA CÁRCEL, “¿Son creíbles las fuentes inquisitoriales”, en C. A. González y E. Vila (comps.): Grafías del imaginario. Representaciones culturales en España y América (siglos XVIXVIII). México: Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 96-111. Erebea, 2 (2012) pp. 5-27 issn: 0214-0691 27 Cultura escrita y nueva historia cultural: paradigmas y realidades auxilio y enseñanza que prestan a la historiografía, examinan sociedades que el observador tiene delante, de las que forma parte e interroga directamente. El historiador, en cambio, trabaja a una distancia insalvable y siempre dependiente de vestigios mediadores rodeados de enigmas que en extremo dificultan su labor. La producción historiográfica es verdad que ha llegado a un nivel que hace muy compleja la normalización de fuentes, métodos, fines y resultados; pese a haberlo intentado un sinfín de cometidos revisionistas y estados de la cuestión, que D. Roche considera dispersos, mal planteados y, a menudo, escolásticos. Aunque aquí nos hemos limitado a la coyuntura del caso español, reflejo del resto de Europa, una tendencia similar se vislumbra, a raíz del impacto de la obra de Chartier y Darnton, en países como Argentina, Brasil, Estados Unidos y México60. No estaría mal, por tanto, huir de las etiquetas y considerarnos historiadores a secas; con eso basta, independientemente del fenómeno que abordemos. Sumarse a las modas conlleva el funesto riesgo de pasar de moda. Hemos de tener por meta hacer buena historia, la que siempre sobrevive y en gran medida depende de las buenas fuentes y una adecuada, crítica, imaginativa e independiente especulación. Los artículos que componen el dossier que viene a continuación son un sugerente indicador de las derrotas por las que actualmente transita, la historia del libro y la lectura. 60 Es interesante H. T. MASON, The Darnton Debate. Oxford: Oxford University Press, 1998.