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José y Juan: reyes sin cortesanos

González Troyano, Alberto

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2525 Revista de Estudios Taurinos N.º 51, Sevilla, 2022, págs. 25-38 JOSÉ Y JUAN: REYES SIN CORTESANOS Alberto González Troyano* obre la figura del diestro, héroe primordial de la corrida, se han volcado todo tipo de miradas e indagaciones. Todos sus pasos han sido escudriñados, desde sus diversos orígenes sociales hasta los variados avatares de su vida profesional, privada y amorosa. Pocos personajes ofrecen más matices dignos de ser observados y estudiados tanto cuando se encuentran en la cúspide de sus triunfos en los ruedos como cuando caen en la mayor decadencia. Su relación con el público, el papel que desempeñan espectadores y aficionados en el funcionamiento de la corrida, también cuenta ya con numerosos trabajos, pero quizás hay un aspecto que se ha sustraído al enfoque crítico, porque pertenece a una esfera de mayor intimidad en la vida del diestro y cuya repercusión en el exterior resulta menos perceptible. Incluso carece de un nombre propio para denominarlo. Está vinculado, en parte, con lo que representa el mundo de los aficionados seguidores de un diestro y también con el círculo de amistades que debido a su proyección profesional lo rodean. Pero si bien existen esas vinculaciones es otra su función. Y estas páginas quieren tratar brevemente de ese grupo de personas muy allegados al maestro, que constituyen lo que podría considerarse su “corte”, * Fundación de Estudios Taurinos. S 26 26 Alberto González Troyano 26 empleando un término que no es en principio adecuado, pero que puede servir de manera aproximativa para centrar la cuestión. La existencia de esta corte no cobra cuerpo inexorablemente en todos los diestros. Hay algunos que no les ha gustado, no han sabido o querido cultivarla y otros que la han reducido irónicamente a un solo participante, o incluso a ninguno. Pero, cabe, de todos modos, pensar que se trata de una invariante que rodea y caracteriza la vida profesional de la mayor parte de los toreros, sobre todo si han logrado obtener un determinado nivel de reconocimiento público. Y el interés que suscita la existencia de esta corte de seguidores desde que surgieron biografías de toreros famosos no cabe atribuirlo a que se trate de un simple adorno social, un escaparate móvil, que el diestro arrastra para distraerse y lucirse. Porque si bien ha podido en algunos casos ser solo eso, adorno y escaparate, también cabe verlo como un medio o una ocasión para comprender otras vicisitudes, pasiones y deseos que complementan la proyección social del diestro. Los rasgos que exhibe esta peculiar compañía no constituyen el observatorio ideal para catalogar a un torero, pero sí ofrece posibilidades únicas, en un clima en que se confunden a la vez formas de convivencias privadas y públicas. Encuentros en los que se hacen alardes de gustos personales e íntimos, junto a actitudes habituales que responden a la imagen tradicional pública de un torero. Pues este personaje se ha visto obligado a desempeñar un llamativo papel social, con unos atributos muy característicos, a lo largo de los más de tres siglos de historia del toreo a pie. Para realizar estas incursiones en aspecto tan concreto de la vida de los diestros el mejor material asequible lo proporciona la literatura en un sentido amplio. Hay que hurgar, pues, en los testimonios que han quedado recogidos en novelas, biografías, memorias, confidencias, entrevistas, apuntes autobiográficos y reportajes. Y debe aceptarse, por tanto, que estos testimonios, José y Juan: Reyes sin cortesanos la sola documentación posible, transmiten también la mirada interesada de su autor De la lectura de estos materiales disponibles cabe deducir los distintos tipos de cortesanos que solían acompañar a los espadas. La vida propiamente taurina de un diestro se desarrolla durante la lidia en las plazas de toros. Ahí es donde debe conquistar el beneplácito y los aplausos del público, es decir, de espectadores y aficionados. Pero al margen de ese acontecimiento taurino primordial que da sentido a su entrega, el torero cuenta con una vida medio pública, medio privada –distinta a otra, la más familiar e íntima– en la que suele rodearse de una serie de allegados, partidarios, seguidores cabales, más difíciles de catalogar y que no constituyen una capa homogénea y que no deben confundirse con el anónimo número de aficionados y espectadores que admiran y siguen al diestro desde la pasividad de los tendidos. Para comprender los rasgos y por qué surge este tipo de cortesano que acompaña al torero, no hay que olvidar que éste si triunfa, arriesgando su vida ante el toro en el ruedo, hereda el papel sagrado de antiguos héroes capaces, gracias al arte, de llevar a cabo una misión sagrada y convertirse en personaje de culto. Para ser ungido como triunfador necesita, primero los bravos y vítores en la plaza, pero después de la corrida también requiere la confirmación y el reconocimiento de su fama a través del juicio, consejos o comparaciones que traigan el recuerdo de hazañas y triunfadores del pasado. Para el matador cuentan mucho los aplausos desde los tendidos, los contratos, los trofeos, pero también necesita el valor de esta opinión próxima, aparentemente desinteresada, con cara y con nombre reconocible, con prestigio taurino o social. Oír esas palabras, pronunciadas con discreción en la intimidad, ayudan y justifican la propia estima. Por otra parte, una vez ungido, el torero dispone de un cierto carisma (si se quiere recurrir a esta palabra poco habitual 27 26 27 Alberto González Troyano 26 empleando un término que no es en principio adecuado, pero que puede servir de manera aproximativa para centrar la cuestión. La existencia de esta corte no cobra cuerpo inexorablemente en todos los diestros. Hay algunos que no les ha gustado, no han sabido o querido cultivarla y otros que la han reducido irónicamente a un solo participante, o incluso a ninguno. Pero, cabe, de todos modos, pensar que se trata de una invariante que rodea y caracteriza la vida profesional de la mayor parte de los toreros, sobre todo si han logrado obtener un determinado nivel de reconocimiento público. Y el interés que suscita la existencia de esta corte de seguidores desde que surgieron biografías de toreros famosos no cabe atribuirlo a que se trate de un simple adorno social, un escaparate móvil, que el diestro arrastra para distraerse y lucirse. Porque si bien ha podido en algunos casos ser solo eso, adorno y escaparate, también cabe verlo como un medio o una ocasión para comprender otras vicisitudes, pasiones y deseos que complementan la proyección social del diestro. Los rasgos que exhibe esta peculiar compañía no constituyen el observatorio ideal para catalogar a un torero, pero sí ofrece posibilidades únicas, en un clima en que se confunden a la vez formas de convivencias privadas y públicas. Encuentros en los que se hacen alardes de gustos personales e íntimos, junto a actitudes habituales que responden a la imagen tradicional pública de un torero. Pues este personaje se ha visto obligado a desempeñar un llamativo papel social, con unos atributos muy característicos, a lo largo de los más de tres siglos de historia del toreo a pie. Para realizar estas incursiones en aspecto tan concreto de la vida de los diestros el mejor material asequible lo proporciona la literatura en un sentido amplio. Hay que hurgar, pues, en los testimonios que han quedado recogidos en novelas, biografías, memorias, confidencias, entrevistas, apuntes autobiográficos y reportajes. Y debe aceptarse, por tanto, que estos testimonios, 27 José y Juan: Reyes sin cortesanos la sola documentación posible, transmiten también la mirada interesada de su autor De la lectura de estos materiales disponibles cabe deducir los distintos tipos de cortesanos que solían acompañar a los espadas. La vida propiamente taurina de un diestro se desarrolla durante la lidia en las plazas de toros. Ahí es donde debe conquistar el beneplácito y los aplausos del público, es decir, de espectadores y aficionados. Pero al margen de ese acontecimiento taurino primordial que da sentido a su entrega, el torero cuenta con una vida medio pública, medio privada –distinta a otra, la más familiar e íntima– en la que suele rodearse de una serie de allegados, partidarios, seguidores cabales, más difíciles de catalogar y que no constituyen una capa homogénea y que no deben confundirse con el anónimo número de aficionados y espectadores que admiran y siguen al diestro desde la pasividad de los tendidos. Para comprender los rasgos y por qué surge este tipo de cortesano que acompaña al torero, no hay que olvidar que éste si triunfa, arriesgando su vida ante el toro en el ruedo, hereda el papel sagrado de antiguos héroes capaces, gracias al arte, de llevar a cabo una misión sagrada y convertirse en personaje de culto. Para ser ungido como triunfador necesita, primero los bravos y vítores en la plaza, pero después de la corrida también requiere la confirmación y el reconocimiento de su fama a través del juicio, consejos o comparaciones que traigan el recuerdo de hazañas y triunfadores del pasado. Para el matador cuentan mucho los aplausos desde los tendidos, los contratos, los trofeos, pero también necesita el valor de esta opinión próxima, aparentemente desinteresada, con cara y con nombre reconocible, con prestigio taurino o social. Oír esas palabras, pronunciadas con discreción en la intimidad, ayudan y justifican la propia estima. Por otra parte, una vez ungido, el torero dispone de un cierto carisma (si se quiere recurrir a esta palabra poco habitual 27 27 28 28 Alberto González Troyano en el mundo de los toros, aunque resulta explicativa) y, por tanto, puede ejercer, en términos weberianos, una dominación carismática debido al proceso de entusiasmo emocional que acompaña a su tarea en el ruedo. Dentro de esta nueva relación del diestro con su corte –formada a partir de afinidades electivas– no se establece ninguna dependencia profesional. La selección de las personas que van a integrarla se lleva a cabo de acuerdo con criterios que no figuran en parte alguna de manera explícita. Se inicia, en algún momento, con un llamamiento, una señal cómplice de acercamiento por parte del diestro, provocada por el azar de un encuentro, o por el gesto amistoso surgido al calor de una conversación espontánea. A un torero que triunfa, tras lidiar un día y otro, le crecen en su entorno partidarios y allegados, y como un príncipe de la guerra tiene su séquito y seguidores; con unos, intercambia confidencias, con otros, establece un clima de confianza. Todo ello al margen de los integrantes profesionales de su cuadrilla, mozos de espada y apoderados (ese es otro mundo, con otras vinculaciones). No hay dentro de la corte colocación formal alguna, ni destitución, ni carrera ni ascenso. Aparte de la devoción al matador, no existe ningún otro compromiso aparente. Además de la admiración ritual dirigida al diestro, no se acuerda reglamento alguno, ni se requieren condiciones cuantificables, explicitas, para pertenecer a la corte, y, las que hay, son difíciles de precisar exteriormente, porque es un mundo expuesto al capricho y cambios de gustos e intereses del torero. Así, pues, la fidelidad entre el torero y su corte de allegados puede ser efímera o mantenerse incluso tras la decadencia, caída, o muerte del diestro. De todos modos, lo significativo, desde un punto de vista sociológico, es que esta relación de mutua dependencia se haya transmitido y perdurado, en buen número de matadores, desde la época dieciochesca. De Pepe Illo, Costillares y Pedro Romero hay documentos que lo atesti- 28 José y Juan: Reyes sin cortesanos 29 guan, mas fue con la consagración de la figura romántica del torero, sobre todo con Francisco Montes Paquiro, cuando esta dependencia se hizo más patente y la presencia de cortesanos más frecuente. Debe tenerse en cuenta que, desde entonces, al dominio técnico que exige la lidia del toro, se le añadieron factores como el del arte, que modificará básicamente la recepción de la corrida. La personalidad del diestro necesitó disponer de unas dotes específicas y extraordinarias –y no asequibles para cualquier otro hombre– tal como si fuera el enviado de un dios. El torero dejó de ser solo un agraciado hijo del pueblo para ser también un artista. Al asumir este carisma, el diestro pasó a ser visto dentro de su entorno como rey absoluto, con sus distancias establecidas, el ceremonial de coaptación, el juego de halagos y adulaciones, los ritos y las indispensables diversiones. Por eso el funcionamiento de Fig. n.º 4.- El patio de cuadra de caballos momentos antes de una corrida de toros, Manuel Castellano, 1852. Los toreros rodeados de gente antes de salir a torear, se observa a Paquiro con tres caballeros enchisterados a su alrededor. Apud. Revista de Estudios Taurinos n.º 21, pág. 133. 28 29 Alberto González Troyano en el mundo de los toros, aunque resulta explicativa) y, por tanto, puede ejercer, en términos weberianos, una dominación carismática debido al proceso de entusiasmo emocional que acompaña a su tarea en el ruedo. Dentro de esta nueva relación del diestro con su corte –formada a partir de afinidades electivas– no se establece ninguna dependencia profesional. La selección de las personas que van a integrarla se lleva a cabo de acuerdo con criterios que no figuran en parte alguna de manera explícita. Se inicia, en algún momento, con un llamamiento, una señal cómplice de acercamiento por parte del diestro, provocada por el azar de un encuentro, o por el gesto amistoso surgido al calor de una conversación espontánea. A un torero que triunfa, tras lidiar un día y otro, le crecen en su entorno partidarios y allegados, y como un príncipe de la guerra tiene su séquito y seguidores; con unos, intercambia confidencias, con otros, establece un clima de confianza. Todo ello al margen de los integrantes profesionales de su cuadrilla, mozos de espada y apoderados (ese es otro mundo, con otras vinculaciones). No hay dentro de la corte colocación formal alguna, ni destitución, ni carrera ni ascenso. Aparte de la devoción al matador, no existe ningún otro compromiso aparente. Además de la admiración ritual dirigida al diestro, no se acuerda reglamento alguno, ni se requieren condiciones cuantificables, explicitas, para pertenecer a la corte, y, las que hay, son difíciles de precisar exteriormente, porque es un mundo expuesto al capricho y cambios de gustos e intereses del torero. Así, pues, la fidelidad entre el torero y su corte de allegados puede ser efímera o mantenerse incluso tras la decadencia, caída, o muerte del diestro. De todos modos, lo significativo, desde un punto de vista sociológico, es que esta relación de mutua dependencia se haya transmitido y perdurado, en buen número de matadores, desde la época dieciochesca. De Pepe Illo, Costillares y Pedro Romero hay documentos que lo atesti- 28 29 José y Juan: Reyes sin cortesanos 29 guan, mas fue con la consagración de la figura romántica del torero, sobre todo con Francisco Montes Paquiro, cuando esta dependencia se hizo más patente y la presencia de cortesanos más frecuente. Debe tenerse en cuenta que, desde entonces, al dominio técnico que exige la lidia del toro, se le añadieron factores como el del arte, que modificará básicamente la recepción de la corrida. La personalidad del diestro necesitó disponer de unas dotes específicas y extraordinarias –y no asequibles para cualquier otro hombre– tal como si fuera el enviado de un dios. El torero dejó de ser solo un agraciado hijo del pueblo para ser también un artista. Al asumir este carisma, el diestro pasó a ser visto dentro de su entorno como rey absoluto, con sus distancias establecidas, el ceremonial de coaptación, el juego de halagos y adulaciones, los ritos y las indispensables diversiones. Por eso el funcionamiento de Fig. n.º 4.- El patio de cuadra de caballos momentos antes de una corrida de toros, Manuel Castellano, 1852. Los toreros rodeados de gente antes de salir a torear, se observa a Paquiro con tres caballeros enchisterados a su alrededor. Apud. Revista de Estudios Taurinos n.º 21, pág. 133. 29 30 30 Alberto González Troyano 30 lo que Norbert Elias llamó La sociedad cortesana se percibe con simbólica simetría en el pequeño cenáculo que pulula alrededor de esta figura, entronada gracias solo al prodigio expresivo de su toreo. A veces, sin la colaboración de ningún otro mérito. Son, por tanto, muchos los ejemplos conocidos –documentados en biografías, memorias y reportajes– en los que se recogen las claves que movilizan a estas cortes, en las que se reviven voluntariamente, con sorprendente analogía, anteriores servidumbres nobiliarias. El diestro debió necesitar psicológicamente sentirse acogido, más allá de la corrida, por este tipo de corte y el cortesano debió sentir esa llamada, y se puso a disposición del torero admirado, de manera que pudiera protegerlo, identificarse con él, servirlo y pagarle el favor recibido al verle torear de forma tan plena. Además, estaba la distinción otorgada por el diestro al convertirlo en uno de los suyos, elevándolo de espectador anónimo a partidario–seguidor y finalmente a cortesano elegido. Junto a estas conductas en las que perviven restos de anteriores usos castizos de la aristocracia, habría que señalar otros aspectos presentes en estas vivencias, que mantenían un cierto paralelismo con la vida bohemia que, según los estudios de Jerrold Seigel, empezó a extenderse por Europa alrededor de 1830. Para entonces, España llevaba décadas en las que, en las fiestas de toros, el mecenazgo nobiliario había perdido poder y capacidad de decisión a la hora de organizar las corridas. El nuevo empresariado taurino impuso un ejercicio público de la profesión, en condiciones similares a las de otros espectáculos teatrales o musicales. La ley de la oferta y la demanda a la hora de contratar a un torero obligó a otro tipo de relaciones y a tener muy en cuenta el gusto de los aficionados. En esos años románticos, el matador de toros empezó a ser considerado también un artista, abierto al trato con otro tipo de personalidades y públicos. Y ahí, muchos viajeros extranjeros descubrieron el potencial literario de la tauromaquia y convirtieron al torero en protagonista de sus obras literarias. José y Juan: Reyes sin cortesanos 31 Estas nuevas circunstancias facilitaron un mayor reconocimiento de la figura del diestro fuera del propio ámbito de la corrida. Y se proyectó sobre él un nuevo prestigio equiparable al de otros artistas modernos, como el cantante de ópera, el músico, el pintor o el escultor. Como consecuencia, la anterior tradición de un acompañamiento cortesano alrededor del diestro aún se vio más fortificada. Cada maestro con suficiente fama buscaba una corte que apreciase sus cualidades en un nivel más privado, tal como sucedía con otros artistas contemporáneos. Las propias rivalidades entre diestros con distintas características también ayudó a cohesionar a unos grupos frente a otros, igual que acontecía en los tendidos con los aficionados. Pero la expansión y el ejemplo de la vida bohemia, en el variado mundo artístico, influyó en los comportamientos internos del peculiar clima cortesano que envolvía a la torería. La fama que acompañaba a ésta no podía confundirse con la del artista que conquistaba su celebridad desde la seguridad de su estudio o de un escenario. La admiración hacia el diestro tenía otras causas, venía revalidada tras haber vencido el miedo a la muerte, con unos medios y ritos codificados y estéticamente muy exigentes. Por eso, tras la corrida, la familia tradicional ya no era suficiente ámbito para acoger el reconocimiento, la gloria y deseos del diestro. Era comprensible que, al finalizar una tarde toros, llegase el momento del dispendio, el derroche y la alegría. Por tanto, el despilfarro de los toreros se vio como algo no ya solo normal sino consustancial con su tipo de vida. Un vida pública que tenía mucho de representación teatral, con rasgos muy recurrentes y su ineludible coro de adeptos entusiastas. En ese reparto, sólo los horarios de la corrida imponían una estricta disciplina, en lo demás reinaba, en muchas ocasiones, la mayor improvisación, en unos envidiados escenarios en los que predominaba esa vida disipada, entregada a placeres mundanos, y que fue objeto de tanta pre- 30 31 Alberto González Troyano 30 lo que Norbert Elias llamó La sociedad cortesana se percibe con simbólica simetría en el pequeño cenáculo que pulula alrededor de esta figura, entronada gracias solo al prodigio expresivo de su toreo. A veces, sin la colaboración de ningún otro mérito. Son, por tanto, muchos los ejemplos conocidos –documentados en biografías, memorias y reportajes– en los que se recogen las claves que movilizan a estas cortes, en las que se reviven voluntariamente, con sorprendente analogía, anteriores servidumbres nobiliarias. El diestro debió necesitar psicológicamente sentirse acogido, más allá de la corrida, por este tipo de corte y el cortesano debió sentir esa llamada, y se puso a disposición del torero admirado, de manera que pudiera protegerlo, identificarse con él, servirlo y pagarle el favor recibido al verle torear de forma tan plena. Además, estaba la distinción otorgada por el diestro al convertirlo en uno de los suyos, elevándolo de espectador anónimo a partidario–seguidor y finalmente a cortesano elegido. Junto a estas conductas en las que perviven restos de anteriores usos castizos de la aristocracia, habría que señalar otros aspectos presentes en estas vivencias, que mantenían un cierto paralelismo con la vida bohemia que, según los estudios de Jerrold Seigel, empezó a extenderse por Europa alrededor de 1830. Para entonces, España llevaba décadas en las que, en las fiestas de toros, el mecenazgo nobiliario había perdido poder y capacidad de decisión a la hora de organizar las corridas. El nuevo empresariado taurino impuso un ejercicio público de la profesión, en condiciones similares a las de otros espectáculos teatrales o musicales. La ley de la oferta y la demanda a la hora de contratar a un torero obligó a otro tipo de relaciones y a tener muy en cuenta el gusto de los aficionados. En esos años románticos, el matador de toros empezó a ser considerado también un artista, abierto al trato con otro tipo de personalidades y públicos. Y ahí, muchos viajeros extranjeros descubrieron el potencial literario de la tauromaquia y convirtieron al torero en protagonista de sus obras literarias. 31 José y Juan: Reyes sin cortesanos 31 Estas nuevas circunstancias facilitaron un mayor reconocimiento de la figura del diestro fuera del propio ámbito de la corrida. Y se proyectó sobre él un nuevo prestigio equiparable al de otros artistas modernos, como el cantante de ópera, el músico, el pintor o el escultor. Como consecuencia, la anterior tradición de un acompañamiento cortesano alrededor del diestro aún se vio más fortificada. Cada maestro con suficiente fama buscaba una corte que apreciase sus cualidades en un nivel más privado, tal como sucedía con otros artistas contemporáneos. Las propias rivalidades entre diestros con distintas características también ayudó a cohesionar a unos grupos frente a otros, igual que acontecía en los tendidos con los aficionados. Pero la expansión y el ejemplo de la vida bohemia, en el variado mundo artístico, influyó en los comportamientos internos del peculiar clima cortesano que envolvía a la torería. La fama que acompañaba a ésta no podía confundirse con la del artista que conquistaba su celebridad desde la seguridad de su estudio o de un escenario. La admiración hacia el diestro tenía otras causas, venía revalidada tras haber vencido el miedo a la muerte, con unos medios y ritos codificados y estéticamente muy exigentes. Por eso, tras la corrida, la familia tradicional ya no era suficiente ámbito para acoger el reconocimiento, la gloria y deseos del diestro. Era comprensible que, al finalizar una tarde toros, llegase el momento del dispendio, el derroche y la alegría. Por tanto, el despilfarro de los toreros se vio como algo no ya solo normal sino consustancial con su tipo de vida. Un vida pública que tenía mucho de representación teatral, con rasgos muy recurrentes y su ineludible coro de adeptos entusiastas. En ese reparto, sólo los horarios de la corrida imponían una estricta disciplina, en lo demás reinaba, en muchas ocasiones, la mayor improvisación, en unos envidiados escenarios en los que predominaba esa vida disipada, entregada a placeres mundanos, y que fue objeto de tanta pre- 31 32 32 Alberto González Troyano dilección literaria y pictórica en los escritos y cuadros costumbristas. En este mundo, entre bohemio y cortesano, entró a formar parte significativa el señorito y el gitano, incidiendo en que se mezclaran en ese mismo ámbito –como han mostrado las obras taurinas de López Pinillos– perspectivas sociales y morales muy dispares. Una, la representaba el lujo y la riqueza, herencia de una cierta aristocracia decadente, otra, la burguesía más adinerada y, a veces, el mundo del flamenquismo, colindante, en ocasiones, con representantes de la mala vida. Pero el elemento fundamental que se introduce a partir de los años treinta y cuarenta del siglo XIX lo constituye la figura del escritor que con su presencia ya adelanta el papel que, en el siglo XX, desempeñará, en las cortes de muchos diestros, el intelectual. Gracias a aquellos escritores decimonónicos que ejercieron de testigos y cronistas se puede conocer hoy cómo funcionaban aquellas primeros ambientes taurinos. A la hora de poner por escrito sus primeras cartillas y reglas de torear tanto Daza como Pepe Illo y, más tarde, Paquiro, recurrieron a literatos y hombres de letras que ya se habían sentido atraídos por el calor que los rodeaba. Tras estas colaboraciones, primero más técnicas, llegaron las biografías, los artículos y reseñas en revistas especializadas y periódicos. Poco a poco, la curiosidad despertada en la calle por cuánto ocurría en los aledaños de la corrida atrajo a los escritores y pintores costumbristas que, en sus cuadros y escenas pintorescas, abordaron todo lo relacionado con el toreo, creando un gran tesoro bibliográfico y documental que supone el mejor soporte para conocer la historia del toreo. La tauromaquia cobró un nuevo relieve gracias a la complicidad establecida con estos escritores que situaron el espectáculo en otro estatuto. Este barniz cultural propiciado por prensa y libros, junto a los efectos producidos por las primeras novelas de Mérimée y Gautier que convirtieron al torero en protagonis- 32 José y Juan: Reyes sin cortesanos tas de sus argumentos, junto a tantos otros libros de viajeros extranjeros, no solo elevó la fiesta de toros, sacándola de su apariencia de reducto primitivo y castizo, también convirtió al literato y al periodista en personajes influyentes en el entorno social de la fiesta. Su opinión había que cultivarla y escucharla. Se inició entonces una tradición que vinculó a escritores de toros y a toreros. Al principio esta familiaridad funcionaba sobre todo con aquellos que escribían específicamente de toros; más tarde, al adentrarse el siglo XX, aparece la figura del intelectual cuyo interés por el toreo, muchas veces, no lo provocó la necesidad de emprender una labor concreta, escrita, sobre toros. Este nuevo interés surgió –y comenzó a ser cultivado por los intelectuales– porque el fenómeno del toreo pasó a ser un objeto de reflexión, apropiado para entender mejor cuestiones éticas, estéticas o sociológicas relacionadas con la historia de España. Se había elevado así de peldaño la consideración cultural de la tauromaquia. Pero, fuese el que fuera el origen y el motivo de esta conjunción de escritores y toreros, es evidente que entre los componentes de la corte objetivo de estas páginas, el hombre de letras desempeñó un papel muy significativo. Sin su presencia no habría memoria para evocar los acontecimientos sociales vividos en el entorno del toreo. Porque se puede hablar de la existencia de esta especie de corte a causa de los testimonios depositados en el extenso corpus literario citado antes. En ellos están los únicos datos concretos que permiten deducir que una parte muy notable de los matadores que triunfaban, necesitaron que una variada gama de cortesanos les prestara calor y compañía. Y, entre los componentes de esa corte, el escritor y el intelectual participaron con frecuencia, a veces, por iniciativa propia, en otras, sintieron que el diestro los necesitaba. Incluso, para algunos matadores este tipo de relaciones fue, en ocasiones, uno de sus atributos identificativos. No hay novela de argumento taurino que no dedique 33 32 33 Alberto González Troyano dilección literaria y pictórica en los escritos y cuadros costumbristas. En este mundo, entre bohemio y cortesano, entró a formar parte significativa el señorito y el gitano, incidiendo en que se mezclaran en ese mismo ámbito –como han mostrado las obras taurinas de López Pinillos– perspectivas sociales y morales muy dispares. Una, la representaba el lujo y la riqueza, herencia de una cierta aristocracia decadente, otra, la burguesía más adinerada y, a veces, el mundo del flamenquismo, colindante, en ocasiones, con representantes de la mala vida. Pero el elemento fundamental que se introduce a partir de los años treinta y cuarenta del siglo XIX lo constituye la figura del escritor que con su presencia ya adelanta el papel que, en el siglo XX, desempeñará, en las cortes de muchos diestros, el intelectual. Gracias a aquellos escritores decimonónicos que ejercieron de testigos y cronistas se puede conocer hoy cómo funcionaban aquellas primeros ambientes taurinos. A la hora de poner por escrito sus primeras cartillas y reglas de torear tanto Daza como Pepe Illo y, más tarde, Paquiro, recurrieron a literatos y hombres de letras que ya se habían sentido atraídos por el calor que los rodeaba. Tras estas colaboraciones, primero más técnicas, llegaron las biografías, los artículos y reseñas en revistas especializadas y periódicos. Poco a poco, la curiosidad despertada en la calle por cuánto ocurría en los aledaños de la corrida atrajo a los escritores y pintores costumbristas que, en sus cuadros y escenas pintorescas, abordaron todo lo relacionado con el toreo, creando un gran tesoro bibliográfico y documental que supone el mejor soporte para conocer la historia del toreo. La tauromaquia cobró un nuevo relieve gracias a la complicidad establecida con estos escritores que situaron el espectáculo en otro estatuto. Este barniz cultural propiciado por prensa y libros, junto a los efectos producidos por las primeras novelas de Mérimée y Gautier que convirtieron al torero en protagonis- 32 33 José y Juan: Reyes sin cortesanos tas de sus argumentos, junto a tantos otros libros de viajeros extranjeros, no solo elevó la fiesta de toros, sacándola de su apariencia de reducto primitivo y castizo, también convirtió al literato y al periodista en personajes influyentes en el entorno social de la fiesta. Su opinión había que cultivarla y escucharla. Se inició entonces una tradición que vinculó a escritores de toros y a toreros. Al principio esta familiaridad funcionaba sobre todo con aquellos que escribían específicamente de toros; más tarde, al adentrarse el siglo XX, aparece la figura del intelectual cuyo interés por el toreo, muchas veces, no lo provocó la necesidad de emprender una labor concreta, escrita, sobre toros. Este nuevo interés surgió –y comenzó a ser cultivado por los intelectuales– porque el fenómeno del toreo pasó a ser un objeto de reflexión, apropiado para entender mejor cuestiones éticas, estéticas o sociológicas relacionadas con la historia de España. Se había elevado así de peldaño la consideración cultural de la tauromaquia. Pero, fuese el que fuera el origen y el motivo de esta conjunción de escritores y toreros, es evidente que entre los componentes de la corte objetivo de estas páginas, el hombre de letras desempeñó un papel muy significativo. Sin su presencia no habría memoria para evocar los acontecimientos sociales vividos en el entorno del toreo. Porque se puede hablar de la existencia de esta especie de corte a causa de los testimonios depositados en el extenso corpus literario citado antes. En ellos están los únicos datos concretos que permiten deducir que una parte muy notable de los matadores que triunfaban, necesitaron que una variada gama de cortesanos les prestara calor y compañía. Y, entre los componentes de esa corte, el escritor y el intelectual participaron con frecuencia, a veces, por iniciativa propia, en otras, sintieron que el diestro los necesitaba. Incluso, para algunos matadores este tipo de relaciones fue, en ocasiones, uno de sus atributos identificativos. No hay novela de argumento taurino que no dedique 33 33