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Ilia Galán, El Castillo: Teresa de Jesús ante Kafka. La genial inculta y alegre frente al culto genio amargado. Dykinson, Madrid, 2015 [Reseña]

Lecanda Jiménez-Alfaro, Pedro

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La más cruenta condena reservada a los hombres, digna de figurar entre las reprimendas del Génesis, es la de tener que fiar a la intuición, precisamente, las cuestiones más apremiantes. Así, uno de los debates que la Filosofía, en su incesante búsqueda de univocidad, se plantea desde siempre, es la del intelectualismo moral. Surge en oriente, de la mano de Confucio y, en occidente, pensamos en una tradición que, alumbrada por Sócrates se extendería, haciendo peajes en autores como Rousseau, hasta los recientes promotores del anarquismo. Permea todas las épocas, y a ella se enfrentan también los hombres corrientes, aunque la despojen de nombres eruditos. Va apegada al corazón humano, y sus resoluciones compondrían páginas inevitables de la Filosofía perenne, si es que se admite tal categoría. En nuestro tiempo, la cuestión deriva en una interrogación secundaria: la relación entre la razón y la vida, entre el conocimiento y la felicidad. Cómo no, en una era en que el racionalismo ensimismado de corte cartesiano se asemeja a una figura polvorienta en un museo de Historia de las Ideas, tras un siglo veinte en que una razón técnica, en maridaje con un falaz concepto de progreso, se ha encargado de profanar la dignidad inherente a la persona, causando desastres en medio mundo. La reflexión arranca, sin embargo, ya en el siglo XIX, y las artes, hasta nuestros días, dan buena muestra de ello. Valga pensar, por no extenderse demasiado en ejemplos, en los desvaríos románticos enaltecedores de la locura, en la índole de las vanguardias, que se perpetúan en una inagotable tradición de la revolución o, en nuestro país, en el San Manuel Bueno Mártir, y el inquietante sentimiento trágico de la vida que definiera el carácter de su autor. Las artes han sabido ser para muchos, como profetizaba genialmente Nietzsche, las últimas dadoras de sentido, ante el desmoronamiento de las visiones religiosas y aun científicas de la realidad que pretendían una comprensión total y coherente del mundo y de los hombres. El mundo que heredamos en este siglo naciente no parece haber hallado aún una respuesta positiva: si bien la Ciencia, con “ce” mayúscula, retoma la hegemonía, y la técnica extiende sus dominios gracias a impensables avances tecnológicos, la sociedad de consumo prefiere orillar teorizaciones mayores, imponiendo un consenso de pensamiento débil, frágil, desilusionado de cualquier pretensión de explicación sistematizada de la realidad; se escamotean las grandes cuestiones (los “metarrelatos”, en lenguaje de Lyotard), en favor del devenir individual en el disfrute de placeres y excitaciones vanas, vagos placeres y opiniones que no admiten jerarquización. El mismo panorama parece reinar en las artes: la ausencia de tendencias estéticas reinantes más allá de las recicladas de otros siglos, unida a una concepción meramente mercantil que pretende tan sólo la provocación renegando de la trascendencia, tienta con el pesimismo y el desánimo. Para profundizar en estos y otros muchos problemas, Ilia Galán, profesor de Estética y Teoría de las artes en la Universidad Carlos III de Madrid, asalta en esta obra (El Castillo: Teresa de Jesús ante Kafka, editorial Dykinson) dos castillos simbólicos de murallas, al menos aparentemente, enfrentadas. De un lado, Las moradas del castillo interior de Santa Teresa de Jesús, custodiadas por un rey amante que aguarda en el centro de la conciencia a los que lo siguen, premiándoles con su plenitud. Del otro, El castillo de Kafka, claustral y amenazante, habitado por una crueldad que se presenta de forma aleatoria o absurda y que quiere retratar un tiempo o, tal vez, una forma de comprender lo real. La obra se divide en dos grandes partes: una primera, que presenta un estudio de la vida y obra de la santa abulense y la siguiente y más extensa, en la que desarrolla el autor una minuciosa comparación entre ambos libros. Es común a todo el texto la transcripción de fragmentos originales lo que, de la mano de las reflexiones del autor, supone una relectura de estos clásicos desde perspectivas por primera vez consideradas. En esta primera parte, Ilia Galán se encarga de despojar a la mística de todos los tópicos y mitos que, casi inevitablemente, han fabricado los siglos en torno a su figura: damos con una mujer briosa, comprometida con su tiempo y las reformas religiosas que se le exigían, con los pies firmes sobre el suelo, en detrimento de la idea de la santa como mera contemplativa, débil y celestial. Desde este punto de vista, el autor se interesa por el origen de esa hondura y sensibilidad en una mujer de escasa cultura, que ha logrado para sí un lugar en el canon occidental –con justicia, universalde las letras y la espiritualidad sin apenas buscarlo, narrando su búsqueda interior de Dios, con brillantez en sus labores de poeta y cronista de sus moradas. En este hemisferio del libro, se encuentran algunas de las más valiosas digresiones estéticas, desde la necesidad o no de la perfección en la obra de arte hasta la relación entre la mística y la estética o las referidas al estilo de la santa y su comparación con otros autores que juzgamos próximos a ella. En cuanto a la comparación de los dos castillos que protagonizan el ensayo, cabe una observación previa al contenido: el estilo que encontramos es vibrante, en ocasiones poético, como un río que amenaza con zafarse de su cauce, trata aquí numerosos temas, exigiendo al lector mayor atención para empaparse de las tesis que afloran a cada página; interés, digo, que se verá finalmente satisfecho, especialmente en lo lindante a la obra teresiana, a la que trata con riguroso análisis y preferencia evidente. Las discordancias entre los dos protagonistas parecen más claras a priori: Santa Teresa de Jesús observa con jovialidad el mundo, partiendo de una mirada interior, invitando a la confianza en la majestad divina, a la humildad y al perfeccionamiento de la sensibilidad, pese a los tropiezos y temores que depara el camino hacia lo santo, lo que convierte su castillo en uno luminoso, habitado por una presencia bondadosa que nunca se hartará de proveer oportunidad y consuelo; mientras, el castillo Kafkiano es la representación de la conciencia de un autor que interioriza, como síntoma enfermizo, la realidad que primero identifica fuera de sí, la torpeza burocrática y la crudeza del mal, que asalta aun inmerecidamente, aconsejando desconfiar ante todo pues, en sus entrañas, la perversidad es el principio reinante, y ante ella no cabe imaginar una última redención. Por no hablar, por supuesto, del abismo estilístico (mucho más refinado en el caso del autor de La metamorfosis), temporal y cultural que separa a los dos geniales escritores. Sin embargo, las diferencias van más allá de lo obvio, y la comparación se torna especialmente pertinente cuando nos fijamos en sus concomitancias: aunque difícilmente podemos asegurar, en este caso, que sean idénticos el camino que asciende y el que desciende, sí advertimos semejanzas de incuestionable trascendencia. No se trata, en este punto, de desvelar el contenido esencial del ensayo; no obstante, se pueden apuntar algunos de estos rasgos comunes sin desmerecer la lectura: nos encontramos ante dos escritores que proyectaron una visión de su tiempo hacia lo universal y cuyo valor es, eminentemente, esta agudeza como retratistas, la mirada certera volcada a lo particular de un sujeto y al general estado del mundo, más allá de lo constatable a vistazos. Son, además, y como ya sugería previamente, dos artistas encargados de lidiar, a lo largo de sus biografías, con asfixiantes burocracias y centros de poder. Revelan con distintos ánimos la capacidad de sometimiento del ideal y el individuo a una maquinaria torpe y ciega, que insensiblemente avanza, sólo preocupada de sí, remota del interés político o espiritual que reclaman los autores, lo cual es central en la obra de Kafka. Además del contenido, y haciendo empleo de la naturaleza abierta que brinda todo símbolo (en este caso, el del castillo), encontraremos mayor significado considerando elementos periféricos al texto: la propia construcción de la obra, y su raíz en la producción global de Ilia Galán nos dan algunas pistas. La idea que anima a la obra es la inmersión en un problema del pensamiento, delineado sucintamente al inicio de la reseña, empleando para ello dos obras de arte de carácter antagónico. En esta fusión entre arte y pensamiento, razón y emoción, texto original y exégesis, el ensayo estético aúna dos mitades escindidas al inicio de la modernidad: este maridaje beneficia a la razón, ensanchándola y adaptándola a terrenos donde de nada sirven el cálculo y la medición, y a la emoción, que queda atemperada y domeñada, para que su profunda significación nos sea visible. Se conquista el ideal que propagó María Zambrano en Filosofía y Poesía o, seguramente con mayor elocuencia, T.S. Eliot, que veía en Dante un modelo de una “sensibilidad unificada” que algún día habría de retornan para equilibrar la profusión de conceptos con que nos manejamos desde las revoluciones inaugurales de nuestra era. Funciona en este ensayo un acicate clásico del pensamiento: la paradoja, la oposición, que se demuestra, en algunos puntos, tan solo aparente, incitando a la curiosidad y al pensamiento. De esta necesidad nos hablaba ya el autor en las páginas de una de sus primeras obras, El Dios de los dioses, en las que defendía, precisamente, una revisión del principio de no contradicción. La mística también parece una constante en los escritos de Ilia Galán. Sirve de ejemplo uno de los poemas de su Ars Sacra: “Con la pluma volaba/ sobre mis versos, / y alcanzaba al sol con aleteo de palabras, /caídas las letras en los valles del sentido, / más allá de las cumbres nevadas/ donde las arquitecturas sintácticas no alcanzan, / y hallé el silencio (…)”. En suma, hay en El Castillo: Teresa de Jesús ante Kafka un ejemplo del arte como conocimiento, de lo que defendieron filósofos (con el ejemplo recurrente de Gadamer) y artistas de la altura de Holderlin o Rilke, y una oportunidad de cercanía con el espíritu de dos autores imprescindibles para la literatura y pensamiento, cuyo análisis se abre a una indagación multidisciplinar que abre paso hasta lo más puramente esencial.