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Girando a Elías Zamora: Conversaciones ficcionales en el patio imaginario

Cantón Delgado, Manuela; España Rigo, Alfonso S. de; Muñoz Villalón, Luis

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149 Girando a Elías Zamora: Conversaciones ficcionales en el patio imaginario Manuela Cantón-Delgado, Alfonso S. de España Rigo y Luis Muñoz Villalón La historia polifónica consiste en urdir una conversación imaginaria (que llamaremos real porque, de algún modo, va a ocurrir de hecho entre los tres autores de este experimento) armada a partir de alguien que orquesta los materiales, devenidos diálogo, situado en un lugar real (el patio de la Facultad, espacio real que para el caso llamaremos imaginario). Ese es el quizás disparatado concepto ideado para esta contribución al libro que se prepara en homenaje al profesor y amigo Elías Zamora Acosta. En la propuesta inicial surgió la noción, tan improbable como inexistente, que denominaremos “intimismo teorizante rizomático”, en homenaje al cine y la ficción en general, a los científicos sociales en particular y al filósofo Deleuze, que probablemente no estaría de acuerdo con el uso de su nombre en vano para una frivolidad experimental de resultados inciertos. En el momento en que escribo estas líneas es verano, es Sevilla, así que no tengo la menor idea de cuál será el resultado cuando convoque a mis dos interlocutores en el patio imaginario, ni de si finalmente el coordinador del volumen tendrá la paciencia suficiente para leer ni, mucho menos, incluir esto en el homenaje… -Alfonso: ¿Qué pienso de Elías, Manuela? A ver… os diría que sus clases fueron un placer incómodo, un placer al que te puedes volver insaciablemente adicto, pues andaba sumergido en sus lecciones cuando experimenté por primera vez el derrumbamiento inevitable, doloroso y glorioso a un tiempo, de convicciones arraigadas en mi. -Manuela: derrumbamiento inevitable, doloroso y glorioso a un tiempo… ¿un ejercicio masoquista? 150 -Alfonso: …la contingencia, la duda, la indeterminación… eran las primeras huellas que el maestro Elías iba a imprimir en todos nosotros. Nuestras certezas comenzaban a oscurecerse al tiempo que adquiríamos los primeros elementos para educar nuestra mirada en una perspectiva antropológica, esa que lo primero que te permite ver es el oscurantismo del etnocentrismo propio. ¿Masoquismo? Seguramente sí. La idea de disciplina ya nos dice mucho sobre nuestra proximidad a ese tipo de ejercicios, más en Antropología, donde ahora puedo constatar que hábitos como la autoflagelación y autoimpugnación pueden dotar de reconocido prestigio a sus practicantes. Padecer… Lo que se dice padecer… Pero al estilo de “la parte maldita” de Bataille, hablamos en realidad de un derroche, de una dilapidación. -Manuela: Alfonso, sal del trance, insisto: ¿viniste a eso? -Alfonso:… su grito de alegría no supuso el final de su paso, físico e intelectual, por la Universidad de Sevilla, porque en sus aulas aun a día de hoy… (Alfonso prolonga el trance a solas, unos minutos, dando vueltas por el patio y fumando, aunque esté prohibido. Yo también lo hago. Luis nos mira, atónito) -Manuela: ni modo, dejémoslo. Luis ¿sufrías tú? -Luis: Pues… sufrir lo que se dice sufrir… aunque en Sevilla suele hacer calor, de las primeras imágenes que tengo de Elías son de pie, dando clases sin estarse quieto, con su chaqueta de ante que tanto me recordó a mi padre. Los primeros días hizo bastante hincapié en lo que íbamos a ver durante el cuatrimestre que nos daría clases: “Este curso trata sobre el pensamiento. Cuenta el pensamiento; ‘piensa el pensamiento’”. -Alfonso: ¡Exacto! Antes de enfrentarnos con los textos clásicos fundamentales, el Prof. Zamora iba a hacer que nos enfrentásemos al pensamiento propio, lo que constituiría desde entonces una precondición para hacer Antropología o, lo que para él era la principal tarea antropológica, pensar el pensamiento de otros. Curiosamente, esos otros, iban a ser, antes que ningún otro, aquellos en quienes se arraigaba nuestra noción de nosotros, los iluminados. -Manuela: O sea, que Bourdieu le contagió su afición al fraseo enrevesado… Me pregunto si eso de pensar el pensamiento de otros se parecerá en algo a la Antropología como “Filosofía con gente dentro”, aque- 151 llo que proclamó Tim Ingold, porque no veo a Elías muy ontological friendly, ¿o sí?... Además, vayamos al asunto crucial: ¿has dicho chaqueta de ante? ¿en esta ciudad de calores despiadados? Un estoico. -Alfonso: No, a ver, se trataba de convertirte en “un lector crítico y reflexivo”, ése era uno de los primeros objetivos de sus clases y reto de sus alumnos. -Manuela: Pero ¿y la chaqueta? ¿qué me dices de la chaqueta de ante? -Coro (Alfonso, Luís): ... -Alfonso: Elías se tomaba la cuestión de los Fundamentos muy en serio, tanto que a pesar de que estábamos en la Universidad, él sabía que aun debíamos aprender a leer. Sí, a leer. Pero no de cualquier manera, sino estratégicamente, sobrevolar el texto –una primera lectura que sólo hacía caso del título, el resumen, las conclusiones y la bibliografía–, aterrizar en él –una segunda lectura completa y detenida–, cercar cada idea –donde comenzábamos a hacer señales y subrayados– y situar su significado en un contexto de pensamiento dialógico propio –una libreta propia acompañaba siempre los textos, en ella anotabas ideas clave o dudas, pero también referencias importantes o a revisar, y estímulos que experimentábamos como viajes a otros textos o, si se daba el caso, reflexiones lúcidas–. Leer, para muchos de sus alumnos, ya no iba a ser una tarea sencilla de recepción pasiva, ahora iba a parecerse más a un deporte de riesgo. -Manuela: Con chaqueta de ante en medio de los rigores sevillanos, sí, se entiende lo del deporte de riesgo. De acuerdo, olvidaos de la chaqueta. Véase hasta dónde alcanzaba el contagio de Bourdieu, porque a Bourdieu se le contrae. El asunto de la reflexividad no lo inventa Bourdieu, pero lo refina hasta volverlo una apisonadora de ingenuos, una máquina filopositivista perfecta para pasar desapercibido como constructivista a medias, una concesión a la voz del otro y el eco en la voz propia, no por todo ello menos elitista… Ya sabemos que los del giro ontológico proponen una radicalización de la interpretación y de la experimentación, pero sobre todo de la reflexividad ¿Qué os parece? ¿giramos a Elías? -Coro (Alfonso, Luis): Ahora cambias de tercio, no te tomas en serio lo que decimos. ¿No eres tú la que nos tiene en un proyecto cuya viveriana máxima reza “tomarse en serio al nativo”? -Manuela: Haya paz, chicos… 152 -Luis: Además te equivocas, a ver… Yo no era ningún ingenuo, no venía del instituto, sino que había derivado –tras un naufragio anunciado después de ocho años a la derivade la arquitectura a la Antropología, Manuel Delgado y sus sociedades movedizas mediante. Aun así, me gustó ese énfasis en algo tan poco práctico hoy día, o quizá tan poco rentable, pero tan necesario: Pensar Esa fue la herramienta principal que trabajamos durante el curso, pensar. Cómo nos recordaba citando a su queridísimo Bourdieu, “preguntar es un acto revolucionario”, indispensable para una disciplina como la Antropología, la cual el concebía de esta manera: “toda Antropología es la Antropología de la Antropología de los otros”. -Manuela: Bourdieu… le Dieu… -Luis: Elías nos embelesaba con sus clases acerca de Bourdieu. Este intento de imbricar el constructivismo con el objetivismo nada tenía que ver con la mediocridad de autores previos, que simplemente se limitaron a sintetizar ambos posicionamientos. Y es que, aunque infumable en su hermético lenguaje, Elías nos acercaba las ideas complejas de Bourdieu a base de metáforas, analogías o ejemplos prácticos de lo cotidiano. Uno de los ejemplos que más me marcó, quizá por lo temprano y cercano que tenía aún el vaso de leche con ColaCao a eso de las 9 de la mañana, fue la diferencia entre conocimiento práctico y conocimiento teórico. Para Elías, esta diferenciación, que Bourdieu plantea entre la doxa y el sauvant se podía hacer cognoscible fijándonos en el proceso de elaboración de un potaje: en el conocimiento teórico se saben las reacciones termodinámicas, mientras que en el conocimiento práctico se conocen las cantidades y tiempos que hay que manejar. -Alfonso: ¿El práctico se hace teórico? ¿Cuándo? ¿Puede asumirse como un continuum? Estoy pensando en el momento en que tu abuela te da la receta de ese potaje que te hacía los domingos, y te dice: “Nene, tienes que echarle un chorrito de aceite, una cebollita bien picada, dos dientes de ajo, cuatro puñados de garbanzos, dos tomates pelados, un chorrito de vinagre, una cucharadita de pimentón y otra de sal, dos hojas de laurel y, al final, un manojo de espinacas en trozos grandes”. ¿No está ya siendo un poco teórica tu abuela? Creo que la idea de doxa refiere a un saber naturalizado, o sea, y valga la complicación, que no se conoce. Algo así como el “conocimiento implícito” del que habló Michael Polanyi. Antes ya salió Ingold en nuestra conversación, él habla de un 153 compromiso sensible que llama “correspondencia”, y éste es el práctico, el que tu abuela no va a poder transmitirte y sólo puedes adquirir haciendo tantos potajes como ella, y mejor si es a su lado. Quiero decir, que el origen primigenio del ingeniero industrial ya estaba en el artesano que quiso librarse del trabajo pringando a un aprendiz. -Manuela: Bourdieu, el ColaCao, el potaje de la abuela y el ingeniero industrial…, perpleja me quedo. La etnografía simétrica, completamente girada ella misma como sabemos, propone invocando a Malinowski que los “datos” (relato de la abuela) no pueden ser tratados como el relleno que ilustra nuestras “teorías” (reacciones termodinámicas del conocimiento experto), porque las nociones de la abuela son teoría nativa, insisto ¿giramos a Elías? Pero cambiemos por un momento de tercio: ¿Qué hay de las clases? Cuenta la leyenda que os sometía a experimentos retorcidos… -Alfonso: Imagino que sería en una de las primeras clases de Fundamentos donde Elías decidió dividir el aula espacialmente en dos mitades. Nos pidió a todos los alumnos que nos situáramos en una de ellas, según la condición cosmológica del hombre que considerábamos más plausible. Debíamos elegir entre el libre albedrío o el determinismo mecanicista. Nada mejor que hacernos escoger por dentro de los límites de una dicotomía, por fundamental que esta sea, para hacernos caer por igual a todos en error, y enseñarnos así, en la performatividad de nuestros cuerpos3 también, una primera imagen de complejidad. Pero lo interesante de aquella lección no residiría tan sólo en la sustancialidad del error dicotómico, lo que sería un pensamiento necesario pero insuficiente, sino en las implicaciones procesuales que iba tomando nuestra posición en el aula según la información que Elías nos iba arrojando y que nos hacía recorrer el aula pendularmente. Primero nos pedía a cada una de las mitades que diéramos argumentos de nuestra posición, argumentos que seguidamente él debatía para acabar lanzando un nuevo cuestionamiento, lo que provocaba aquel vaivén de contradicciones. -Manuela: ¿Y qué aprendisteis de todo aquello? 3. Alfonso: Esta clase que narro esta forjada como una experiencia vivida en mi recuerdo, pero no sé la fidelidad que guarda con los hechos exactos que ocurrieron. Es posible que no se dividiera el aula físicamente y permaneciéramos todos en nuestros pupitres particulares, pero la división ideática de las posiciones, el debate y los consecuentes cambios de posición u opinión de los alumnos han generado esta rememoración que desarrollo ahora. 154 -Alfonso: En aquel ejercicio aprendí que hasta las más férreas convicciones suelen contener contradicción y, por tanto, pueden ser sometidas como proposiciones al escrutinio de la consistencia lógica propia. Aquel escenario dualista, y la amenaza intelectual de los interrogantes de Elías, impedía la posibilidad de mantener la coherencia a largo plazo con tus propias ideas. Yo, que llegué a la Universidad pensando más en cambiar el mundo que formarme en una profesión –digamos que fue el sindicato lo que me condujo hasta allí y no la selectividad–, mantenía una confianza en la Ciencia –en mayúsculas– que me empujaba hacia aquella posición determinista, donde recuerdo posicionarme en primer lugar. Inocente de mí. -Luis: Aprendimos algo esencial… Elías nos explicaba desde el primer día, en relación al conocimiento que nosotros construíamos sobre la realidad, que todas las sociedades “saben” cómo es el mundo. La ciencia, nos decía, es una forma que nuestra sociedad tiene para explicar cómo funcionan las cosas y porqué. La diferencia entre ambas formas de conocimiento, entre ciencia y cosmovisión, era, según Elías, que mientras la ciencia tiene la obligación de realizar un conocimiento público y contrastado, ésta se limitaba a una parte de la cosmovisión occidental. La Antropología es el intento de construir un conocimiento que permite pensar al otro, de acceder a esas formas posibles de conocimiento, diversas inter e intraculturalmente. Lo que podemos aportar desde la antropología son teorías, que cómo nos recordaba constantemente, no son más que modelos, representaciones de la realidad; simplificaciones de una complejidad inabarcable a través de meros conceptos. Hoy día, y volviendo a la pregunta de sí Elías sería ontological friendly, si podemos o no girarlo, pues diría que no mucho… Vamos, no me veo a Elías poniéndose a pensar otra realidad, pongamos el caso, desde la perspectiva de un toro, por ejemplo. Claro que el perspectivismo amerindio y la teoría de los actantes no agotan toda la Antropología girada, entramos en otro terreno que riza un tanto el rizo de esta conversación… -Manuela: Todas las sociedades “saben” cómo es el mundo, podríamos hablar un rato de pluralismo epistemológico y de esa ontología única que tanto sublevó a Viveiros de Castro, ¿sublevaría a Elías? Me parece que no. Pero, en cualquier caso, para Elías las palabras eran decisivas, el lenguaje adecuado, el sentido preciso ¿no? ¿qué hay de eso? 155 -Luis: Elías hacía mucho hincapié en la importancia de las palabras, las cuales, recordaba constantemente, son muy peligrosas. “Hay que ser muy preciso con las palabras”, nos recordaba una y otra vez, y es que ahí nacen las abstracciones, en los conceptos: “usad los conceptos con propiedad”. De ese punto de idas y venidas entre las prenociones, los vocabularios técnicos, y los conceptos nativos; en un diálogo que se produce en el encuentro etnográfico, tan rico y complejo, tan desconcertante y emergente, pero que dota a la Antropología de esa magia, de esa incertidumbre atractiva y sugerente que tienen aquellas disciplinas que trabajan con realidades vivas, cambiantes, dinámicas, contradictorias, etc. Y se me ocurre que si pensamos un momento en las ideas de Hoolbrad y Pedersen sobre las tecnologías de la descripción etnográfica, y en que para Elías toda Antropología es la Antropología de la Antropología de los otros, quizás Elías estuvo, sin saberlo, poniendo el énfasis en la etnografía como teoría de la descripción. -Manuela: A mi me parece que a Elías la etnografía en sí le importaba más bien poco, y así no hay giro que valga, pero si nos empeñamos en girarlo… hagámoslo. Acabará con una terrible ciática, pero esta conversación-homenaje es de todos modos un ejercicio de ficción, ¿no? Es hermoso lo que dices, Luis, tus palabras sobre la magia de la Antropología ¿Y qué más os decía Elías sobre las palabras, el lenguaje? -Luis: A través de Agustín García Calvo, nos recordaba que solo existe de aquello de lo que se habla. Insistía Elías en esta cuestión, en la importancia de las referencias, que condicionan nuestra mirada, e incluso aquello que podemos ver, percibir. Hoy día me atraen los planteamientos y los debates surgidos a raíz del giro ontológico; en ellos se plantea esta problemática por la cual “solo se habla de aquello que existe”. Lo que se propone es no limitarnos con nuestro propio lenguaje, el cual padece de una anemia ontológica característica del modo euroamericano, para así poder dar existencia a otros mundos, a otros modos de existencia, que diría Latour. Y me resulta curioso porque quizá choque con una de las frases que recuerdo de él: “para encontrar algo tengo que saber lo que es”. Holbraad y Pedersen postulan que no, que es justamente al revés, que aquello que no se sabe bien que es debe poder emerger, dándose así un cambio de dirección del vector de conocimiento, yendo del material etnográfico a la teoría y no al revés… 156 -Manuela: No es aconsejable estar demasiado seguro de que sabemos qué buscamos. Quien no sabe dónde va corre el riesgo de acabar en otra parte, pero quien lo sabe con certeza corre un riesgo bastante más aburrido: el de convertir su viaje de descubrimiento en un paseo a pie por el cuarto de baño. El riesgo, en definitiva, de que sus premisas y sus conclusiones tengan la misma cara… ¿cómo casan la etnografía como ejercicio desestabilizador y la Antropología aplicada? ¿qué pensáis? -Luis: Ya ya… Entiendo que, en un primer curso de Antropología, bastante labor tenía por delante el profesor Elías con desmontar los muros del conocimiento que traíamos, los cuales, en vez de permitirnos mirar a través de ellos, o elevarnos para poder realizar avistamientos desde las alturas de la abstracción, nos impedían tan siquiera mirar hacia fuera y poder observar, ni que decir palpar, la otredad. Esto se debía, y se debe, a una educación con cada vez menor base humanística y científica social. El propio Elías aludía constantemente a la necesidad de construir nuestro pensamiento de manera interdisciplinar, ya que para poder pensar a los otros, para poder pensar el pensamiento de los otros, necesitamos comprender no solo desde nuestra posición, sino desde la del otro. Y es que, aunque pareciera que con esa frase contradecía los presupuestos del giro holbraadiano, estaba en el fondo manejando las mismas premisas que por ejemplo se apuntalan en la Antropología postsocial, simétrica, reversa, etc. -Alfonso: Sí, esa definición que antes apuntaste ya indicaba ese lado wagneriano, reverso, esa Antropología de la Antropología de los otros de la que hablaba Elías. Roy Wagner encuentra en los cultos cargo, por ejemplo, una Antropología otra de las relaciones sociales y la cultura material en occidente, de los vínculos entre las personas y las cosas, más que entre las personas a través de las cosas como Mauss había señalado para el caso de los intercambios en el kula o el potlatch. Pero yo en sus clases no pude advertir una crítica cultural operada desde el otro, como sí una crítica cultural propia, aunque habilitada por la oportunidad que abría la existencia de la otredad. No hacía falta un otro concreto, bastaba con tomar conciencia de nuestra limitada conciencia de la realidad; los otros eran su confirmación. Lo trataron de diversas maneras Edgar Morin, Richard Rorty, y después otros tantos… Claro que la clase de Elías consistía en presentarnos las ideas ilustradas que iluminaron el 157 surgimiento de la disciplina, pero a ese tipo de crítica cultural es muy proclive también el giro. -Manuela: Claro que lo es, imaginad que Goldman hizo su trabajo de tesis sobre Levy-Bruhl, reivindicándolo, ojo. Y abundó en las obras menos conocidas de Malinowski, como Coral Gardens, en las que se postulaba una teoría etnográfica de la magia o del lenguaje. Pero volvamos al lenguaje, no en balde la actividad comunicativa está en el corazón del debate de la racionalidad y éste, a su vez, ha renacido inevitablemente con la apertura ontológica: ¿Sólo se habla de aquello que existe o sólo existe aquello de lo que se habla? La diferencia es abismal. -Alfonso: Sí, eso, a propósito de aquella frase –“solo se habla de aquello que existe”–, por los comentarios de Luis, parece que Elías volvió planas las asimetrías entre actividades como la lectura, el pensamiento o la interrogación; éstas dejaban de ser actividades distintas para ser concebidas como aspectos de una misma actividad. Entonces, esa frase también puede llevarse más allá y situar, en un mismo plano habla y existencia. Sé que os estaré sonando un poco latouriano, pero permitidme conectarlo con esa otra frase, tan conflictiva metodológicamente en la actualidad –“para encontrar algo tengo que saber lo que es”–. Volvamos planas las acciones de encontrar y saber, Latour lo llama “rastrear” o “ensamblar” –y con él, distintos promotores de la Action Network Theory–, así, saber lo que es una “cosa” toma la forma y sustancia de lo que es un proceso de búsqueda. Encontrar y saber, concepto y objeto, quedan abiertos a la apropiación del uno por el otro. Creo que no es tan difícil girar a Elías. -Luis: Rastrear… Se me ocurre una similitud entre el etnógrafo y un sabueso, el cual per-sigue las huellas, los efectos, de todo tipo de entidades, tanto de aquellas que se pueden palpar como las intangibles. Y Latour de nuevo, con su insistencia en el pluralismo de los modos de existencia, nos invita a reflexionar sobre esa afirmación de Elías, “solo se habla de aquello que existe”. Podríamos entonces ponerla en diálogo con el autor francés, animándonos a transformar el lenguaje para poder abordar y absorber dicho pluralismo ontológico, dando cabida a objetos epistemológicamente desafiantes. -Alfonso: A propósito de autores franceses, y de las posibilidades de la conceptualización, ahí va un giro más acerca de lo que hablamos: Bourdieu ya nos había advertido aquello de que si no manteníamos una 164 a sus investigaciones; abordar su magisterio, cuando ni estudié en sus aulas ni me dirigió la tesis ni publicamos nunca nada juntos… Un despropósito. Pese a que sí, a los dos nos emociona la teorización y, sobre todas las cosas, hemos sido muy buenos amigos durante... treinta años. Seguimos siéndolo. Y ya llevamos demasiado rato en este patio, estamos cansados. Y puede que hasta sean ya suficientes las páginas de esta entre modesta e histriónica y, lo parezca o no, emocionada, contribución al homenaje. Apenas resta escribir un par de palabras más, leves y definitivas: gracias Elías.