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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 817-822. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.37 Edward Gibbon et Lausanne. Le Pays de Vaud à la rencontre des Lumières européennes, sous la direction de Béla Kapossy et Béatrice Lovis, Infolio, Gollion, 2022, 528 pp. Antonio Lastra Lausana no fue seguramente “el epicentro geográfico del universo histórico de Gibbon”, como los editores reconocen con franqueza en la Introducción a esta última entrada de la bibliografía gibboniana, pero Edward Gibbon et Lausanne tiene todo el derecho a ocupar un lugar eminente en el panorama de los lectores de La historia de la declinación y caída del Imperio romano. Se trata de un libro materialmente sólido, de muy hermosa factura, que tienta por igual al anticuario y al filósofo, que conserva la preferencia por la transmisión escrita, combinada sabiamente con la cultura visual, y cuyos autores no ocultan su admiración por el asunto que tienen entre manos –Le Pays de Vaud à la rencontre des Lumières européennes es una variación significativa del encuentro de la ciudad con la filosofía, de las mores con la reflexión– al ejercer la crítica ni al ponderar sus conocimientos en campos de investigación muy distintos. Hace veinte años, Brian Norman ya había puesto de manifiesto la influencia de Suiza en Gibbon, a propósito, fundamentalmente, de la Lettre sur le gouvernement de Berne, un documento sin fecha que lord Sheffield –albacea testamentario del historiador– publicaría póstumamente en 1796 datándolo en la época en la que Gibbon se marchó por primera vez de Lausana (“about the time of his first leaving Lausanne”, i. e. en 1758), tras los cinco años de exilio impuestos por su padre, y que ha obligado desde entonces a procurar un equilibrio entre el cosmopolitismo y el republicanismo (o patriotismo) de Gibbon a la luz, sobre todo, de la llegada de los revolucionarios franceses a las orillas del lago Leman, más de treinta años después, y la reacción burkeana del “luminoso historiador”1. Pero tanto el cosmopolitismo de Gibbon como su republicanismo o patriotismo tienen una conocida raíz común en el mundo del Imperio romano y en la historia que concibió, según contaría famosamente en sus Memorias, la tarde del 15 de octubre de 1764 en las ruinas del Capitolio. El 1 Véanse Brian Norman, The Influence of Switzerland on the Life and Writings of Edward Gibbon, The Voltaire Foundation, Oxford, 2002, y Béla Kapossy y RichaRd WhatmoRe, ‘Gibbon and Republicanism’, en The Cambridge Companion to Edward Gibbon, ed. de K. O’Brien y B. Young, Cambridge University Press, 2018, pp. 128-146. Las contribuciones de Kapossy y Whatmore a Edward Gibbon et Lausanne inciden en estas cuestiones. Véase la Lettre sur le gouvernement de Berne en Miscellaneous Works, ed. de lord Sheffield, John Murray, Londres, 18142, vol. II, pp. 1-32.
818 Antonio Lastra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 817-822. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.37 plan original de Gibbon se circunscribía, de hecho, a la ciudad de Roma (cuya estructura republicana original se proyectaba sobre la oligarquía de Berna en su carta), a la que volvería en el último capítulo de la Declinación y caída y que, llegado el caso, podría reclamar para sí el título legítimo de “epicentro geográfico del universo histórico de Gibbon”. Las bibliotecas familiares (la de su abuelo materno y la de su padre) y la de Stourhead (donde encontraría la continuación de la Historia romana de Erchard y quedaría inmerso en “el paso de los godos por el Danubio”), además de la biblioteca personal de la calle Bentinck (que trasladaría parcialmente a Lausana, como cuenta Silvio Corsini en su contribución), o, en menor medida, la Universidad de Oxford y el París de los salones, así como la campiña inglesa en la que Gibbon conoció personalmente la formación de las milicias (vestigio y aspiración truncada del republicanismo moderno), podrían formar parte también de esa geografía, en la que habría que incluir la imitación romana de Constantinopla que Gibbon imaginaría escrupulosamente en los últimos volúmenes de su obra, así como cada una de las provincias del Imperio y, más allá del limes, la extensión completa del globo sobre la que Europa volcaría una “historia universal” de cuya existencia –como señala David Womersley en la segunda de sus contribuciones a este volumen– el propio Gibbon sería el primero en dudar. Que, entre todos estos lugares, Gibbon escogiera Lausana como retiro en el declive de su vida (entre 1783 y 1793) pudo deberse a diversos factores y probablemente el económico fuera determinante; pero hay algo en el escenario del berceau de La Grote donde puso punto final a su Declinación y caída que evoca –si no un epicentro, lo que sugiere una violencia del todo ajena al ánimo gibboniano– una especie de ley de la gravitación histórica. Con esta perspectiva, los editores de Edward Gibbon et Lausanne reproducen con acierto la carta que el poeta Percy B. Shelley le envió a Thomas L. Peacock al visitar esa terraza, veintidós años después de la muerte de Gibbon y deshabitada entonces, en la que dice que “Julie y Clarens, Lausana y el Imperio romano me fuerzan a contrastar a Rousseau y Gibbon”. Podríamos preguntarnos si la revolución y el romanticismo –auténticos seísmos históricos– han acabado prevaleciendo sobre lo que podríamos llamar la continuidad gibboniana de impresión2. La melancolía de Gibbon en aquella noche de verano de 1787 ha contagiado casi sin remedio todo el turismo y la industria cultural que hicieron de Lausana, con un nombre más que apropiado, el Hotel Gibbon de las lumières européennes (véanse los espléndidos capítulos de Ariane Devanthéry sobre el Grand Tour y el ‘Voyage in Gibbonie’, pp. 100-105 y 484-95 respectivamente). Sobreponerse a esa melancolía es, sin duda, el verdadero motivo de este volumen: véase al 2 En sus Memorias, Gibbon menciona a Rousseau al recordar el episodio más romántico de su vida: la relación con Suzanne Cuchord, que Léonard Brunand y François Rosset estudian en este volumen (pp. 318-28 y 340-3 respectivamente).
819 Edward Gibbon et Lausanne. Le Pays de Vaud à la rencontre des Lumières européennes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 817-822. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.37 respecto el capítulo de Patrick Vincent sobre la frase de Gibbon “Solo en el paraíso” (pp. 471-481). Edward Gibbon et Lausanne se divide en siete grandes apartados: Religión y educación; Historia y arqueología; Política y revolución; Sociabilidad y diversiones; Artes y literatura; La Grotte, lugar de vida y memoria, y Archivos y reliquias. La primera estancia de Gibbon en Lausana se debió a su conversión libresca al catolicismo mientras se encontraba en la Universidad de Oxford. Lausana debía devolver al joven caballero inglés al seno del protestantismo y, aunque, en efecto, a Gibbon se le administraría el sacramento de retorno en la catedral de la ciudad en la Navidad de 1754, la educación que recibió fue más importante que la religión que perdió o la religión que recuperó. De hecho, la educación que el pastor Daniel Pavillard le ofreció preparó al futuro historiador para educarse a sí mismo: “En la vida de todo hombre de letras –escribiría en sus Memorias– hay una época, a cierto nivel, a partir de la cual se eleva con sus propias alas hasta la altura adecuada y la parte más importante de su educación es la que se da a sí mismo”3. En su contribución a este apartado, Womersley recuerda cómo fue cincelándose con el tiempo “la estatua en el bloque de mármol”. Especialmente relevante es el capítulo dedicado al “escepticismo secreto” de François-Louis Allamand, con quien Gibbon mantuvo una relación intelectualmente más estrecha que con el ambiente general del protestantismo liberal vaudense. El capítulo dedicado a la abadía católica de Einsiedeln, cuya visita evocaría Gibbon en sus Memorias, delimita con claridad cuándo la religión se convierte en superstición. Podríamos pensar si, paradójicamente, el protestantismo liberal acabaría reforzando el tema imperial en Europa de una manera proporcional a como el cristianismo primitivo había debilitado el Imperio romano. La relación entre la historia civil y la historia eclesiástica es una de las mayores complejidades de la obra de Gibbon. Si los teólogos protestantes suizos debían velar por rescatar al joven Gibbon del catolicismo, los historiadores suizos le pusieron ante los ojos el paradigma del republicanismo moderno que Montesquieu ya había dado a conocer al mundo ilustrado. El gran proyecto del joven Gibbon de escribir una historia de la libertad de los suizos fue abandonado por desconocimiento de la lengua alemana, pero dejaría en el futuro historiador del Imperio romano la sospecha de que la historia universal no era el marco adecuado para entender el pasado ni su propio presente. El breve capítulo de Matthieu Clément sobre ‘Gibbon dans l’éducation du futur Alexandre Ier de Russie’ (un capítulo muy poco conocido de la pedagogía europea) abre toda una avenida de la literatura histórica: convertido en personaje tolstóiano, el emperador ruso contemplaría la declinación y caída de su propio imperio y del imperio francés. 3 Véase Edward Gibbon, Memorias de mi vida, ed. de A. Lastra, Cátedra, Madrid, 2022, p. 113 (Memoria B). Lord Sheffield omitió este pasaje en la edición de 1796.
820 Antonio Lastra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 817-822. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.37 La Revolución francesa es el epicentro del tercer apartado con dos réplicas: el papel de Berna como república ante la República francesa, una vez abolida la monarquía en septiembre de 1792, y la “última visión política de Gibbon”. Gibbon, a diferencia de muchos de sus primeros lectores, no viviría lo suficiente para ver la transformación de la República francesa en imperio. Su salida definitiva de Lausana coincidió con el inicio del Terror y la edición póstuma de los Miscellaneous Works en 1796 (que incluían la autobiografía editada por Sheffield y una selección de cartas y escritos menores) puede haber obliterado, por extraño que parezca, el texto mismo de la Declinación y caída, en el que hay que buscar la verdadera expresión del “historiador filósofo” que fue Gibbon4. Por comparación, los apartados siguientes son inequívocamente ligeros: la ley de la gravedad histórica parece haber quedado en suspenso ante los sutiles mundos de las sociedades literarias (incluida la francmasonería), el juego, el teatro, el idilio, el vestido, la música o el genius loci que, según François Rosset, habría inspirado el delicioso Essai sur l’étude de la littérature. El lector se convierte en espectador agradecido de una cultura visual que incluye el paisaje y el retrato, pero también la reproducción en imágenes de los innumerables objetos de la vida cotidiana de Gibbon en el Pays de Vaud, desde la vajilla a las llaves de su jardín. Sin embargo, en las páginas 445 y 446, el lector vuelve a sentir de manera imprevista el peso de la historia. En la primera página citada se reproduce una serie de bustos de basalto negro de la fábrica de Wedgwood, datados hacia las décadas de 1770 y 1780, que pertenecieron a Gibbon y representan a Aristóteles, Homero, Cicerón, Platón, Shakespeare, Pope, Newton y Milton; en la segunda, los bustos, de menor tamaño, representan a Voltaire y Rousseau. Roland Blaettler explica en el capítulo las circunstancias de la adquisición de los bustos y la posibilidad de que falte alguno. Al mencionarlos, Blaettler no sigue el orden en el que están dispuestos en la imagen –los bustos se conservan en el Museo de Historia de Lausana–, aunque respeta la división entre les anciens et les modernes que Gibbon quiso mantener. Es significativo que, al menos para el lector/espectador, Platón y Shakespeare ocupen el lugar central y que la simetría sea perfecta entre Aristóteles y Milton, Homero y Newton y Cicerón y Pope; Cicerón está junto a Platón (Platonis aemulus) y Pope junto a Shakespeare. El Homero de Pope fue, junto a Las mil y una noches de Antoine Galland, la primera lectura de Gibbon. Al volver a Lausana, publicada por completo la Declinación y caída, Gibbon se metió “en el laberinto filosófico de los escritos de Platón, en los que tal vez –como escribió 4 “Hay pocos observadores que tengan una perspectiva clara y comprehensiva de las revoluciones de la sociedad”, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, ed. de D. Womersley, Allen Lane, The Penguin Press, Londres, 1994, vol. 2, p. 69, cap. XXVII; en el capítulo siguiente, Gibbon analiza la “destrucción final del paganismo”. Nada en los Miscellaneous Works en lo que se refiere a la destrucción del Ancien Régime está a la altura de ese análisis.
821 Edward Gibbon et Lausanne. Le Pays de Vaud à la rencontre des Lumières européennes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 817-822. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.37 en las Memorias– la parte dramática sea más interesante que la argumentativa” (Memoria E). El platonismo de Gibbon, apenas estudiado, podría ofrecer una pauta adecuada para la relación –dramática– entre la ciudad, cualquiera que sea –de Roma a Lausana–, y la filosofía, que siempre es la misma. Edward Gibbon et Lausanne es un libro de consulta y resulta casi imposible cerrarlo y colocarlo en un estante. Mark Whittow se preguntó poco antes de morir en 2017 si los Byzantine Historians –él mismo era uno de los mejores– seguían leyendo a Gibbon. Su respuesta fue que solo los que lo leen –como saben bien les historiens lausannois– se dan cuenta de hasta qué punto “las ideas de Gibbon expresadas en las palabras de otras personas serán cada vez más comunes”5. 5 Mark Whittow, ‘Do Byzantine Historians Read Gibbon?’, en The Cambridge Companion to Edward Gibbon, p. 90. Véase Béla Kapossy, ‘Gibbon et les historiens lausannois’, en Edward Gibbon et Lausanne, pp. 107-115.