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El diseño arquitectonico como medida de calidad: Postfolio

Maldonado, Tomás

Abstract

Ante la confusión en los criterios de establecer una valoración objetiva de las cosas, Tomás Maldonado introduce un análisis del concepto de calidad en que plantea cuestiones como la posibilidad de una matemática cuantificación generalizada de las cualidades, el debate entre determinismo y relatividad de los valores y el concepto de «cualidad dinámica» como posibilidad de englobar los conceptos de tolerancia y objetividad.

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92 EL DISEÑO ARQUITECTONICO COMO MEDIDA DE CALIDAD Tomás Maldonado Ante la confusión en los criterios de establecer una valoración objetiva de las cosas, Tomás Maldonado introduce un análisis del concepto de calidad en que plantea cuestiones como la posibilidad de una matemática cuantificación generalizada de las cualidades, el debate entre determinismo y relatividad de los valores y el concepto de «cualidad dinámica» como posibilidad de englobar los conceptos de tolerancia y objetividad. Calidad, ¿de qué estamos hablando? Pero la versatilidad de las palabras tiene un En mi opinión, en los últimos tiempos todos -yo incluidohemos utilizado la noción de calidad con demasiada ligereza. Su uso indiscriminado, y porqué no decirlo su abuso, ha contribuido a hacer peligrosamente versátil su significado. Ciertamente, las palabras, como sabemos, están siempre sobre un plano semántico un poco a la deriva. Un hecho que, lingüísticamente hablando, puede ser correcto. La ambigüedad y la poli valencia de las palabras que se pone de manifiesto en los fenómenos de sinonimia, polisemia y homonimia garantizan la dinámica del lenguaje e incluso su creatividad. límite determinado a partir del cual, a un paso, las consecuencias son dignas de tenerse en cuenta. Esto ocurre cuando se le asigmc a una misma palabra el papel de «palabra clave» en un, cada vez mayor, número de diálogos de la naturalezas más variadas. Este planteamiento es válido para el caso específico de la palabra calidad cuando es utilizada como comodín de disertaciones cuyos ámbitos de referencia, de hecho, tienen escaso (o ningún) punto en común. En esta situación se está obligado a aclaraciones artificiales y a verdaderas instrucciones sobre el uso de la palabra calidad. Lo que irremediablemente nos lleva, queriéndolo o no, a -XCII- ASTRAGALO, 04 (1996) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1996.i04.15 Profesor de la Hochschule für Gestaltung de Ulm (RFA), Royal College of Arts de Londres, Princeton (EEUU), Universidad de Bolonia. Ha sido director de la Revista Casabella. una incontrolable proliferación de opiniones sobre la palabra calidad. Creo oportuno, y tal vez útil, ahondar en este, tal vez demasiado confuso, universo de opiniones sobre la calidad. La tentación puede servimos de ayuda para obtener un mayor conocimiento semántico y, eventualmente, un mayor rigor lógico en la manera de afrontar el argumento. Con esta finalidad quisiera documentar a continuación, recurriendo a ejemplos concretos, algunos de los usos más frecuentes de la noción de calidad. Se trata de frases hechas, algunas muy banales, tomadas de libros y de diálogos cotidianos. 1) Una cualidad de la leche es ser nutriente, a condición de que sea leche de calidad. 2) Una de las cualidades del acero de alto tenor de carbono es la dureza. La dureza es 9) Giovanni y Enrica tienen los dos una indudable calidad moral. Enrica tiene mayores cualidades intelectuales. 10) En el drama de Shakespeare, desde el primer momento, son evidentes las cualidades negativas de Polonio. 11) La calidad de las infraestructuras públicas de servicio. 12) El discurso sobre la calidad del ambiente se une con el de la calidad de la vida. 13) Se trata de un producto que está por debajo de los valores estándar de calidad establecidos por la CEE. Difícilmente podrá superar las pruebas de calidad. 14) A las lavadoras AEG les han reconocido la marca de calidad. 15) En la filosofía de la calidad máxima, como complemento a su significado generalizado, se puede hablar también -según Aluna de las características del acero de caliberto Galgano-- de un amplio significado de 93 dad. 3) En el restaurante la comida era de primera calidad. Sin embargo, la calidad del vino era escasa. Este hecho nos ha sorprendido en un restaurante de calidad. 4) La alta definición mejora la calidad de la imagen televisiva. 5) El edificio del Banco de Hong Kong de Norman Foster es un ejemplo de la alta calidad tecnológica alcanzada en la edificación. 6) Esta impresora láser es de óptima cualidad, lo que se ve por la calidad de las imágenes que reproduce. 7) En esta sala de conciertos de cámara se escucha sólo música de calidad. 8) Entre todas las historias de Borges, Tlon Uqbar, Orbis Tertius es, tal vez, la de mayor calidad narrativa. calidad: calidad en las prestaciones de la empresa, calidad del trabajo de cada persona dentro de la empresa, calidad de la organización, calidad de la imagen de la empresa en el mercado y en el exterior, calidad del puesto de trabajo, calidad de las relaciones personales. Objetividad y juicio de valor En este listado se documentan algunos de los significados que, en la actualidad, se atribuyen a la palabra cualidad. Como se intuye, pertenecen a ámbitos de referencia muy diversos. Pocos, como veremos, corresponden a la definición de cualidad sistemáticamente tratada por Aristóteles en el Organon. Me parece necesario detenerme un momento a examinar esta definición. A pesar de que en la historia del pensamiento occidental ha habido dife- -XCIII- 94 rentes modos de interpretarla, me aventuro a resumirla, tal vez con alguna limitación, en los siguientes términos: Cualidad es la propiedad, capacidad, condición o forma distintiva de algunas cosas o personas. Es la poiótes de Aristóteles que Cicerón, sobre las notas del filósofo griego, traducirá en latín como qua/itas. Para decirlo de modo resumido, cualidad es, en esta versión, todo lo que responde a la pregunta poi os?, es decir qualis? No cabe duda de que responder a una pregunta que como esta se dirige a individualizar una identidad -¿qué mujer?, ¿qué árbol?, ¿qué libro?- es lo mismo que definir la (o las) cualidades, en sentido aristotélico, de cualquier cosa o persona. La mujer es morena y delgada; el árbol es frondoso; la mesa es blanca. La cualidad es por tanto la fuente de la determinación, es decir, aquello que permite la atribución de una identidad. Aristóteles, en la interpretación sobre la cualidad -una de sus diez categoríasdistingue cuatro niveles diferentes: 1) cualidad como propiedad (posesión inmutable o disposición mutable); 2) cualidad como capacidad (o incapacidad); 3) cualidad como condición, estado o modo (afección); 4) cualidad como forma y figura. Es sobre el tercer apartado donde, desde siempre, se han presentado las mayores dificultades. Y, de este hecho, como sostienen los estudiosos de Aristóteles, es responsable no sólo la palabra afección (del latín adfectio: condición, estado, influencia, impresión), que es una traducción demasiado aproximada de las palabras griegas páthos (aquello que se evidencia) y páthé (estado pasivo), sino también la existencia de una cierta ambigüedad en el texto de Aristóteles. A decir verdad, la crítica de ambigüedad, es más, la falta de rigor conceptual va más allá de esta particular interpretación de la cualidad. En algunos autores la crítica afecta hasta, incluso, todas las diez categorías. Son famosas las irónicas observaciones de Kant, aquellas despreciativas de J.S. Mill y, sobre todo, aquellas, un poco despiadadas, del historiador de la lógica Prandl. En cualquier caso, la idea aristotélica de cualidad es claramente sustancial y deja poco (o ningún) espacio a valoraciones subjetivas. Cualidad es todo aquello que caracteriza realmente las cosas prescindiendo de nuestro juicio sobre ellas. Es así como se explica la resistencia de Aristóteles a reconocer cualidad autónoma, por ejemplo, a las formas de comportamiento moral. Con variantes y matices diversos, la acepción sustancialista de la cualidad estará presente durante todo el Medioevo. Dante la utilizó en este sentido, poniendo además un particular acento sobre la naturaleza material de las atribuciones y de las propiedades. Igual sucede en Boccaccio y Petrarca. Pero en ambos, como advierte Tommaseo, existe al mismo tiempo una clara tendencia, si bien tímida e incipiente, a atribuir a la palabra cualidad indudables connotaciones subjetivas. Volviendo a los quince ejemplos arriba citados, junto a aquellos que permanecen fieles a la acepción aristotélica existen otros, la enorme mayoría, que están muy lejanos. Existe un modo radicalmente opuesto de entender la palabra cualidad. Aquí, la definición válida podría ser la siguiente: Cualidad es un juicio de valor sobre alguna cosa o persona. -XCIV- ASTRAGALO,04(1996)ISSN 1134-3672 Se trata de un significado bastante reciente, digamos «moderno» . En la etimología italiana, tal designación aparece, creo que por primera vez, en los inicios del siglo XVII, en las expresiones como «primera cualidad» y «de calidad». En este punto, la etimología no ayuda más porque se entra en un campo en el que el uso de la palabra cualidad se distancia fuertemente del tradicional, abriéndose a un vasto abanico de significados de todo tipo. Aludo al campo de los juicios de valor. Aquí, como es fácil intuir, todo resulta más difícil porque el argumento que hace referencia a los juicios de valor -sobre todo a partir de la Crítica del juicio de Kantes uno de los más discutidos entre los filósofos. Hablar de calidad como juicio de valor nos lleva necesariamente a detenemos sobre los aspectos que lo fundamentan, entre ellos, los juicios estéticos, éticos y religiosos. Pero también los juicios funcionales, es decir, aquellos juicios que suponen una vuelta a valores de finalidad (Zweckmiissigkeit) y utilidad (Nützlichkeit). Cuando intentamos establecer lo que existe de absoluto o de relativo en tales juicios nos encontramos súbitamente envueltos en la controversia, todavía actual, sobre las intenciones de Kant de reconciliar la objetividad y subjetividad de nuestros juicios. El tema, obviamente, tiene raíces antiguas. Dejando a un lado su unión directa con la cuestión de la cualidad, el análisis filosófico sobre el valor, conocido modernamente como axiología (del griego áxios: válido, digno de estima) tiene una historia reconocida. Encontramos los nombres de Aristóteles, Platón, los estoicos, los epicúreos, de Tommaso, Hegel, Lotze, Nietzsche y, en nuestro siglo, E. von Hartmann, Brentano, Scheler, N. Hartmann, Simmel, Dewey y tantos otros. Este amplio patrimonio teórico sobre el valor es tenido en debida cuenta para el estudio del paso de una cualidad entendida, prevalentemente como determinación (atributo, característica, peculiaridad, propiedad etc.), a una cualidad que surge de (o que se identifica con) un juicio de valor. A lo largo de este proceso, como ya hemos visto, Kant ha sido el máximo representante. De modo también relevante, Hegel afronta la cuestión. De hecho, enriquece (y adensa) el análisis de la cualidad. Por un lado permanece fiel a la tradición aristotélica: <<La cualidad es más bien una propiedad (vomehmlich Eigenschaft) sólo en cuanto que en una relación externa se muestra como determinación inmanente (inmanente Bestimmung)». Por otra parte hace posible una subjetivación de la valoración cualitativa: «En el jui cio cualitativo, el predicado e s(. . .) aquello que es universal, y es esto lo que constituye la forma del juicio, como una determinada cualidad del sujeto (als eine bestimmte Qualitat des Subjekts), que aparece como contenido ». Relación calidad-cantidad No es menos importante su contribución al problema de la relación calidad-cantidad. Para Hegel, retomando varios temas escolástico-aristotélicos, cantidad y cualidad no son dos realidades a tratar separadamente. Cada proceso de crecimiento cuantitativo, superado un límite crítico, se interrumpe bruscamente y sucede lo que llama, no por casualidad, un - XCV - 95 96 «salto de cualidad» o un «salto cualitativo» (ein qualitativer Sprung ). Para ilustrarlo elige el ejemplo de la procreación. Después del proceso de gestación, el nacimiento del niño y su primer desarrollo es, para Hegel, un «salto cualitativo». Pero a eso se podría añadir también el último respiro, es decir, la muerte. En esta visión, la idea de cualidad no va ligada a algo inmutable, sino más bien a los momentos (o niveles) de un proceso. De estos momentos cualitativos podemos dar, según nuestro punto de vista, un juicio «positivo» (el nacimiento) o «negativo» (la muerte). No es necesario recordar que la interpretación sobre la cual se sostiene toda la dialéctica hegeliana ha sido intencionadamente retomada por Engels en su acercamiento dialéctico a las ciencias naturales, el llamado materialismo dialéctico. La argumentación relativa a los puntos de unión entre calidad y cantidad tiene también un papel importante en el desarrollo de la ciencia contemporánea. En biología el «salto cualitativo», ya desde hace tiempo, no se define como el resultado de un proceso lineal de causalidad que va de la cantidad a la cualidad y viceversa. El neodarwinismo, por ejemplo, nos ha enseñado a pensar en los saltos cualitativos de la evolución en términos bastante diversos. Conviene también recordar que en el desarrollo más reciente de la neurología existe la tendencia a dar prioridad a los aspectos cualitativos sobre aquellos cuantitativos. De hecho, en el estado actual de los conocimientos, los investigadores se inclinan a pensar que, en las redes neuronales de nuestro cerebro, a diferencia de lo que sucede en las «redes neuronales» de los ordenadores, los procesos deben ser estudiados en términos prevalentemente cualitativos. Calidad perceptiva En el campo de la psicología de la percepción, a partir de las contribuciones precursoras de Chr. von Ehrenfels, se abre el camino para una revisión de los aspectos cualitativos (Gestaltqualitiiten ) en el estudio de los procesos perceptivos. La teoría de la Gestalt desarrolla precisamente estos propósitos en confrontación al acercamiento mecanicista del siglo XIX y al conductismo. Falta ver ahora en qué medida el advenimien- to de las técnicas de producción digital de imágenes ha resquebrajado la idea de la calidad como se ha planteado teóricamente en el ámbito de la percepción por parte del gestaltismo. En la eidomática, la nueva disciplina que estudia las imágenes sintetizadas creadas por los ordenadores, el tema de la calidad es debatido, sino exclusivamente es seguro que de modo prevalente, en función del mayor (o menor) sometimiento a la verdad, es decir, del mayor (o menor) «efecto de verdad» que el producto digital puede proporcionar. No casualmente, en la valoración de los resultados cualitativos de este tipo de imágenes se recurre al concepto de fidelidad (fidelity ) que, en electrónica, es claramente inseparable de los conceptos de resolución y definición. Con tal propósito se puede decir, generalizando, que cuanto más alta es la fidelidad de una imagen digital medida en términos de resolución y definición, mayor es su validez como referencia, y, por otra parte, cuanto mayor sea este -XCVI- ASTRAGALO,04(1996)ISSN 1134-3672 parámetro, mayor será la calidad atribuida a la imagen. Este hecho, en la práctica, significa un notable cambio en el modo de acercarse al tema de la calidad perceptiva. De la idea que tiene la Gestalt de la calidad, entendida como la propiedad de las imágenes, teniendo en cuenta las famosas 8 leyes (o factores) de la Gestaltheorie, de auto-organizarse y auto-regularse, se pasa, ahora, a la de la eidética que favorece una idea de calidad en función, sobre todo, de la «veracidad» de la representación. En definitiva, de la calidad como juicio de la semejanza de la imagen con el objeto representado. En confrontación a este planteamiento, los gestaltistas podrían sacar a relucir la acusación de «realismo ingenuo». Un hecho que desde una cierta óptica (es decir, desde la óptica gestaltística) es acertado. Para los informáticos que trabajan en el campo de las imágenes sintetizadas, el problema tiene una importancia secundaria. A pesar de que hagan negocio, tal vez sin ser conscientes de las refinadas herramientas descriptivas de la Gestalt, éstos no comparten la obsesión de los defensores de las teorías de la Gestalt (y de otros) de demostrar, siempre y de cualqui er modo, la naturaleza engañosa de cada experiencia perceptiva. Es más, no esconden su despreocupación al respecto. Se intuye el porqué: Su deber no es estudiar la naturaleza de los fenómenos perceptivos, sino producir imágenes sintéticas. Imágenes -atención al hechocada vez más «realistas». No hay que sorprenderse, por tanto, de que la actitud suya no sea de preocupación por la presunta (o real) falta de garantía de los fenómenos de la percepción, sino una pragmática (tal vez demasiado incondicional) aceptación de una total credibilidad en ellos. La calidad como juicio de veracidad Considerando todo esto, el deber de estos expertos consiste en implantar técnicamente un proceso encaminado a alcanzar la máxima semejanza entre el mundo a representar y el mundo representado. En el desarrollo de este objetivo, por otra parte, de naturaleza típicamente instrumental y matemática, no existe mucho espacio para dudas (o incertidumbres) sobre la relación que transcurre entre representante y representado. Y menos todavía sobre la disposición ontológica de todo aquello que se representa. Es aquí donde aflora un aspecto nada despreciable. Me refiero al tema de la calidad en el campo de la representación de las artes figurativas. También en este campo a partir del Renacimiento se abre camino, al menos de modo implícito, a la idea de la calidad como juicio de veracidad. Me adelanto a aclarar que con ello no pretendo apoyar la tesis, a decir verdad bastante sensata, de que la verosimilitud se haya convertido, a partir del Renacimiento, en el «único» criterio para valorar la calidad de una obra de arte. Me limito a poner de manifiesto el hecho, a mi parecer indiscutible -al menos según el sentido común - , de que la llegada de la perspectiva natural es un paso revolucionario en el camino hacia una cada vez mayor verosimilitud en la representación del mundo. Sobre este particular, como se sabe, algunos prestigiosos historiadores del arte han erigi- -XCVII - 97 98 do considerables objeciones. Sin embargo, su análisis se detiene, en primer lugar, sobre la perspectiva como momento crucial en la evolución de las artes figurativas. Una aproximación muy acertada. Sin embargo, olvidan (o infravaloran) que la perspectiva, más allá de su significado «artístico», tiene otro significado que sobrepasa el ámbito interpretativo específico de la historia del arte. Un significado que en cinco siglos ha alcanzado cada vez una mayor autonomía. Me refiero a la perspectiva entendida como un estadio muy innovador en la historia de las técnicas de recreación visual de la realidad. No existe ninguna duda de que, con la perspectiva, se inicia una fase cuanto menos dinámica y fecunda en el desarrollo de estas técnicas. Desde entonces, la influencia de la perspectiva se ha prolongado con el tiempo hasta llegar a nuestros días. De hecho todavía hoy, y tal vez más que nunca, el sistema perspectivo, en todas sus posibles variantes, está en la base de cada recreación visual hasta el punto de que las imágenes generadas por el ordenador, con su notable valor cognoscitivo, aparecen como la meta del desarrollo iniciado con la perspectiva del Renacimiento. Los mismos expertos en diseño gráfico por ordenador reconocen esta deuda. Forzando un poco las cosas, se puede incluso afirmar que el orden geométrico, como fundamento de la perspectiva del Renacimiento, es una especie de antecedente del algoritmo, el orden matemático y lógico que dirige hoy la producción de imágenes sintetizadas. Y es también el antecedente de su calidad. Ciertamente la circunstancia es muy compleja y no es posible afrontarla en este momento. (Para una interpretación más profunda sobre el argumento, recomiendo la lectura de mi libro Real y virtual.) Reduccionismo mecánico-determinista En matemática, la idea de una cualidad independiente de la cantidad la encontramos en la topología. De hecho, en esta rama de la geometría, a diferencia de la geometría fundamentada en el concepto de distancia (geometría métrica), la cantidad no tiene un papel determinante. Aunque, como se ha dicho y ha destacado Hilbert, la topología algebraica elimina de este asunto parte de su pretensión de absoluto. La idea de cualidad es también importante en las modernas teorías matemáticas que estudian los procesos morfogenéticos (teoría de las catástrofes, teoría de los segmentos, teoría de las estructuras disipadoras, teoría del caos, etc.). Naturalmente, en la base del tema que estamos tratando encontramos también la controversia sobre la posibilidad o no de un matematismo generalizado de las cualidades, o, lo que es lo mismo, de su representación cuantitativa. El objeto de la disputa no es, en este caso, la diferencia entre calidad y cantidad. Entre una cualidad que, por su naturaleza, se escapa del cálculo o la medida y una cantidad que, como indica su propio nombre, es todo cálculo y medida. Tampoco se trata de saber, como en el pensamiento de Hegel, de qué manera de una dinámica cuantitativa brote una «nueva» cualidad, es decir, en qué modo se verifica el notorio «salto cualitativo». Aquí se trata, más que nada, de valorar si son plausibles (y aceptables) - XCVIII - ASTRAGALO,04(1996)ISSN 1134-3672 los modelos de matematismo que tienden a reducir al máximo (e incluso a hacer desaparecer) el ámbito de los objetos no cuantificables, el ámbito precisamente de una cualidad que se resiste a cualquier acercamiento cuantitativo. Recientemente, escoltado por Holder, M. Mondadori ha trazado los límites de esta pretensión. Ha definido los casos en los que esto es aceptable. Se trata de casos en los que estamos en grado de dar una «demostración de que las cualidades aportadas por la experiencia admiten una representación numérica». Y añade: «Un matematismo satisfactorio implica mucho más: que se encuentren las cualidades justas para un matematismo». Es decir: cualidades capaces de responder, de acuerdo con Rescher, a preguntas no «inefables», sino «apropiadas» y «legítimas». Por otra parte, ambos reflexionan en relación con los exponentes de la «reacción romántica contra el lenguaje cuantitativo». Estos olvidan que «la creación -a partir del siglo XVII- de un lenguaje cuantitativo, no en sustitución, sino como añadido al lenguaje corriente, contribuye fuertemente a acrecentar nuestras oportunidades, hasta incluso el comportamiento de los acontecimientos corrientes de la vida». El problema de las cualidades válidas (o menos válidas) para la cuantificación introduce de lleno algunas grandes cuestiones de la filosofía de la ciencia, particularmente de las surgidas a comienzos del siglo XIX, como es el caso del hiper-reducionismo mecánico-deter- minista de Laplace. De modo destacado, Laplace, como Leibniz un siglo antes, había propuesto la determinación de una inteligencia sobrehumana --el famoso démone ' al que alude Laplacecapaz de conocer, explicar y preveer todo, absolutamente todo. «Rien ne serait incertain pour elle», dice Laplace. Es impensable, por tanto, que una cualidad, no importa cuál, pueda sustraerse de su omnisciencia y su circuito de revelaciones minuciosas sobre el estado del mundo. En el pasado, en el presente, en el futuro. Pero detrás de la ficción de una inteligencia absoluta --en la práctica una especie de ojo de Dios-existe la hipótesis de un dominio absoluto del determinismo. En nuestro siglo, muchos de los fundadores de la mecánica cuántica en física, con su teoría de la indeterminación, de la complementariedad y de lo completivo, contribuyen a poner en duda la legitimidad de este dominio. La cuestión del indeterminismo La cuestión del indeterminismo o, al menos, de los límites del determinismo, está presente en la metáfora de Popper, citada tantas veces, sobre las nubes y los relojes ( clouds and clocks). Según el sentido común, las nubes serían un ejemplo de indeterminismo y de imprevisión. Los relojes, en cambio, de determinismo y de previsión. Las nubes pertenecen a la esfera de la cualidad, los relojes, no por casualidad instrumentos de medida del tiempo, a la esfera de la cantidad. Muchos físicos, en una interpretación bastante mitigadora de la teoría newtoniana, han mantenido en el pasado que «todas las nubes son relojes, incluso la más irregular de las nubes». Popper, dirigiéndose explícitamente al Peirce de Scientific Metaphysics, afirma que, hasta - XCIX - 99 lOO un cierto grado, «todos los relojes son nubes», o, mejor, que «existen solamente nubes, si bien éstas nubes tienen un grado de nubosidad muy diverso». Naturalmente, otras metáforas, similares a la de Popper, se han utilizado con el fin de hacer inútil (o debilitar) una contraposición absoluta entre la calidad (indeterminable) y la cantidad (determinable). Los biólogos, para los que este tema es particularmente cercano, han acuñado otras metáforas. Por ejemplo: «lo fortuito y lo necesario» (Monod), «el humo y el cristal» (Atlan). En un ámbito de reflexión sobre la calidad bastante lejano del de la filosofía de la ciencia, pero no por este motivo sin interés, se coloca Lila, un libro de narrativa filosófica (o si se prefiere de filosofía narrativa), una mezcla de ficción-no ficción. Su autor, el norteamericano R.M. Pirsig, desarrolla, en boca de uno de los personajes (Fedro), aquello que llama una metafísica de la calidad. Según sus explícitas declaraciones, una teoría de la «calidad centrada sobre el valor y desvinculada de la sustancia» (a value-centered Methaphysics of Quality is not tied to substance). Pero, como todos aquellos que afrontan los problemas relacionados a la calidad como valor, ha debido enfrentarse ---como ha sido siempre una obligación, sobre todo a partir de Kantcon el problema de la relatividad de los valores. A la búsqueda de una solución, el novelista introduce el concepto de «cualidad dinámica», que contrapone a el de «cualidad estática». Le cuesta un poco afirmar, en un texto de este tipo, la coherencia interna de los argumentos expuestos. La exigencia (y los vínculos) de la trama narrativa no facilitan este deber. De hecho, muy a menudo, la corriente lógica del contenido teórico resulta alterado por valores ajenos al mismo. Esta ha sido siempre la debilidad (¿o la fuerza?) del Bildungsroman. En La montaña mágica de Thomas Mann, por ejemplo, los personajes Settembrini y Naphta se extienden en arduas meditaciones sobre la vida y sobre el mundo, pero son demasiado huidizos e indefinidos para permitir un razonado juicio sobre su valor de la verdad. Algo parecido ocurre con Lila. A pesar de que en la novela de Pirsig, a diferencia de la de Mann, los planteamientos teóricos de los personajes se configuran casi como verdaderos y propios ensayos intercalados en un cuerpo narrativo, no son suficientemente independientes a la influencia, que a veces permite equívocos, del contexto en el que forman parte. No se sabe, en pocas palabras, con qué categorías juzgarlos. Si nos acercamos a ellos examinándolos sólo como aseveraciones filosóficas, se arriesga a no tener debidamente en cuenta que tales aseveraciones tienen un papel, y no precisamente casual, en el interior del cuerpo narrativo que desarrollan. En definitiva, una función prevalentemente literaria. La prueba de ello es que no podrían ser separados sin comprometer la unidad (y el sentido) de la obra. Pero se puede tender al sentido opuesto: considerarlos sólo desde la visión literaria, descuidando el interés que pudieran tener como aseveraciones filosóficas. Esto hace particularmente arduo, por nuestra parte, un eventual juicio sobre la metafísica de la cualidad teorizada por Pirsig (¿o de su personaje Fedro?). -C- ASTRAGALO,04(1996)ISSN 1134-3672