Enfoques contemporáneos en Ciencias Políticas
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REs EÑA S Enfoqu es contempor án eos en Ciencias Políti ca s Ramón Máiz* Universidad de Santiago de Co mp ostela, España REVJSTA CONMEMORATIVA DEL COLEGIO. 2S ANIVERSARlO (1974-1999) Coordinadores: Víctor Alarcón Olguín y Héctor Zamítiz Gamboa Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública, México, 1999 El libro que comentamos -pues, aun cuando formalmente se trate de una revista, posee la sustantividad y enjundia de una obra de mayor alcanceconstituye un inmejorable indicador de la buena salud de la que goza la disciplina de la Ciencia Política en México. La acertadísima selección de los textos traducidos, que ahora comentaremos, no alcanza a superar sin embargo lo que, a nuestro juicio, constituye lo más interesante de la obra, a saber: los testimonios y autobiografías intelectuales de otros tantos politólogos mexicanos que integran la segunda y capitalísima parte del texto. Los ensayos que configuran la primera parte de este volumen conmemorativo del 2S aniversario del Colegio Nacional de Ciencia Política -compañero de otros dos, dedicados respectivamente al estado del arte de la Administración Pública y a una selección de Textos clásicos comentadossuministran una muy equilibrada perspectiva de los itinerarios internacionales recientes de la disciplina. Resalta, ante todo, la sensibilidad neoinstitucionalista de los compiladores, al incluir una traducción del conocido artículo de los "tres nuevos institucionalismos" de Peter Hall y Rosemary Taylor (Political Studies, 1996) y un artículo de Juan Miguel Ramírez Zozaya sobre este nuevo paradigma analítico. y es que lo peligroso de las modas intelectuales reside, si no en la banalización de los argumentos, al menos en un, en exceso frecuente, solapamiento bajo la misma etiqueta de modelos y teorías ciertamente diversos en origen, pretensiones y resultados. No otra cosa ha sucedido con el neoinstitucionalismo, donde han convivido, según Hall y Taylor, al menos tres corrientes autónomas: el institucionalismo histórico, el institucionalismo de la elección racional y el insti- *[email protected]
160 Araucaria Nro. 5 tucionalismo sociológico. A ellos Guy Peters añadiría, en un muy reciente y recomendable trabajo (lnstitutional theory in Politi c al Science) un cuarto eje: el institucionalismo empírico, vinculador de teorías y datos al estilo de las debatidas Analytical Narratives de Bates, Weingast y Levi. En cualquier caso, una constatación se impone: una vez más, en ciencia política han funcionado las separated tables; los diferentes paradigmas han discurrido en paralelo, ensimismados, que diría Fernández del Castillo, sin diálogo ni intercambio. La sugerencia de los autores es que tal intercambio no sólo es posible sino que deviene crecientemente necesario. Y a estos efec tos, los modelos de la elección racional de última generación, en palabras de Scharpf, "un institucionalismo atento a los actores" (Games Actors Really Play), estaría llamado a jugar un papel capital. Pues, como señala Ramírez Zozaya en su colaboración al volumen que nos ocupa, una de las aportaciones clave del neoinstitucionalismo a la ciencia política radica en su saludable aporte de antirreduccionismo, ante la unilateralidad de enfoques como el conductismo clásico, el marxismo preestructuralista y, no debe olvidarse, una cierta vulgata en extremo dogmática de rational choice. La alusión a Alford y Friedland deviene en este contexto sumamente acertada pues, efectivamente, las instituciones constituyen una dimensión puente que no cierra, sino por el contrario abre, la investigación a ulteriores elementos de acción, movilización y discurso. Dimensiones todas ellas necesarias para una cabal respuesta a las oportunidades y riesgos que entraña la globalización. y en el seno de estas respuestas mención especial merece la necesaria crítica del discurso del "eclipse del Estado" que constituye el núcleo del artículo de Peter Evans (World Politics, 1997). Este último, recobrando los acentos del inolvidable Bringing the State Ba ck In, coeditado con Skocpol y Rueschemeyer, sondea por debajo de la retórica de la globalización la carga de profundidad que reside tras el persuasivo, por más que en exceso autoevidente, discurso antiestado tan a la page en el mundo angloamericano. De hecho, el propio debate de la crisis del Estado constituye una estrategia inane que impide dar cuenta del fundamental proceso que se escapa, a saber: los continuos cambios adaptativos de la estatalidad, así como la necesaria construcción de un Estado democrático en países donde el Estado aún no ha llegado por completo, con sus garantías, derechos y procesos democráticos, a todos los territorios. Y en última instancia las apuestas por su reformulación desde la sinergia Estado-sociedad que reclama una ciudadanía más activa, participativa e informada como conditio sine qua non de una democracia digna de tal nombre. De ahí la pertinencia de la inclusión del artículo de Dahl sobre las condiciones socioeconómicas de la poliarquía. Pues ejes vertebradores de la entera trayectoria de este politólogo han sido, por una parte, proponer una interesantí-
Enfoques contemporáneos en Ciencias Polfticas 161 sima articulación de la teoría política normativa con la teoría de orientación empírica, sin renunciar, ya desde su clásico Modern Political Análisis (1963), ni a la una ni a la otra; por otra parte, elaborar, sobre el par conceptual "Poliarquía" y "Democracia", la tensión necesaria para una consideración sistemática del proceso democratizador que, partiendo de la realidad poliárquica de las democracias realmente existentes, no se conforme, empero, con el horizonte de lo dado y aventure reformas estructurales que, de la mano de la igualdad y la acomodación territorial de la pluriculturalidad, mantengan intactas todas las aspiraciones críticas del ideal democrático. Tema central de una de las obras maestras de la ciencia política de nuestro tiempo La democracia y sus criticos, cuya lectura nunca se recomendará lo suficiente. Juan Carlos León deslinda con acierto la evolución que conduce del pluralismo clásico al neopluralismo o postpluralismo. Pues el idílico paisaje de la no acumulación y dispersión del poder, del pluralismo competitivo de pequeños grupos, en un inverosímil entorno de consenso no sólo en torno a las reglas de juego, sino a las políticas públicas posibles, etc. devino tiempo ha insostenible ante el proceso de concentración de poderes del complejo militar-industrial de Galbraith, de la interlocución pri vilegiada de las grandes corporaciones y del aumento de la desigualdad generada por el mercado ... como Dahl y Lindblom denunciaban en su olvidado, pero decisivo, prefacio a Economics, Politics and Markets de 1976. Quizás debiera insistirse en mayor medida, como hace el último Dahl al comienzo de su Toward Democracy: A Journey (imprescindible compilación de sus más interesantes artículos), que lo que a él, a Lindblom, Polsby o Eckstein se les escapaba en los sesenta era el "poder estructural", esto es, en qué medida las estructuras e instituciones sociales, económicas y políticas restringían los cursos de acción posibles para los actores. Hoy añadiríamos, al modo neoinstitucionalista, que también generan los propios intereses, preferencias e identidades de esos actores. Esta última dimensión, la de los actores en presencia, está resuelta brillantemente con dos artículos: el de Víctor Alarcón sobre los partidos políticos y los sistemas de partidos, y un muy completo repaso de André Blais de los efectos de los sistemas electorales. Víctor Alarcón, procede a una revisión critica y aguda d'e los clásicos en el ramo, de Duverger a Panebianco pasando por Sartori, subrayando no sólo sus aciertos, que configuran el horizonte aún hoy de la materia, sino alguno de sus puntos débiles, a saber: la desatención a la gubernamentalización de los partidos como intermediarios entre la administración y los ciudadanos, la "cartelización", que dirían Katz y Mair (cartel-party), la evolución ideológica de los partidos en conexión con la dimensión identitaria (abordada por Pizzorno y
162 Araucaria Nro. 5 Offe); o la relación entre programa y organización puesta de relieve recientemente por Kitschelt. Lo que más destaca de la contribución de Alarcón es, sin embargo, el hincapié que se realiza en una dimensión clave y no siempre bien atendida en la bibliografía sobre partidos, la dinámica organizativa, las estructuras de movilización, red y liderazgo que hasta la obra de Panebianco, y la posterior de Katz y Mair o Kitschelt, remitían acríticamente a los teóricos elitistas y a la ley de bronce de la oligarquía. Pero lo más interesante del volumen, decíamos, es la sección de testimonios en la que una serie de maestros en activo exponen su visión personal de la disciplina Ciencia Politica al hilo de los avatares de la propia autobiografía intelectual, construida mediante entrevistas realizadas por los editores. Pues bien, en las páginas que recogen estos testimonios podemos leer el plural relato del nacimiento e institucionalización de la Ciencia Política mexicana, en sus desarrollos, instituciones, investigaciones y, lo que es más importante, sus nombres propios. Así, Soledad Loaeza, pone de manifiesto cómo sobre las bases de la ciencia política francesa, procede a un distanciamiento crítico que reclama menor asepsia y un mayor rigor frente al "tourenismo" y la necesaria atención al estudio de la historia. Germán Pérez Fernández del Castillo, por su parte, reclama desde su formación alemana la imprescindible conexión entre la teoría de orientación empírica y positiva con la teoría normativa, la atención a los clásicos, la valorización del rico panorama del pluralismo de escuelas, pero también la imperiosa necesidad de diálogo e intercambio científico entre aquéllas. Rafael Segovia, postula, desde sus años parisinos, un análisis electoral complejo, no reductivo a lo meramente estadístico, atento a la historia y las dimensiones institucionales y de acción política. Fernández Santillán, de formación italiana reclama, a su vez, de pleno derecho, la presencia de la Teoría política en el seno de una ciencia política que al hilo de un unilateral positivismo ha visto empobrecerse demasiadas veces su densidad intelectual y crítica. Los testimonios, en fin, de Carlos Sirvent y Lorenzo Meyer vuelven a insistir, desde la autenticidad de su propia experiencia investigadora y docente, en la necesaria recuperación de los clásicos, la dimensión inesquivable de la historia, la necesidad de asumir críticamente y contextualizar las enseñanzas de la ciencia política europea y americana. En definitiva, un extraordinariamente rico panorama de problemas, métodos, también de pluralismo intelectual y político, un gigantesco esfuerzo al que difícilmente podrán hacer justicia estas páginas, que configuran un paisaje de fructíferos 25 años de trabajo y dedicación profesional a lo largo de una trayectoria que habla con elocuencia por su misma y, desde luego, ni improvisa ni se importa del extranjero.