El progreso en el mundo clásico
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«FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 MARCELINO RODRÍGUEZ DONÍS EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO 1. La idea de progreso en la tragedia griega. Aunque algunos autores, antiguos y modernos, niegan el valor de las ciencias y de las artes, son muchos más los que ven en ellas el origen del bienestar y de las comodidades de la vida del hombre. La defensa de las ciencias y las artes no es algo nuevo, sino que se remonta a la Antigüedad. Ya Esquilo1 describe cómo los hombres, por la mediación de Prometeo, salen de la vida bestial y alcanzan el goce de la civilización y del conocimiento, que los convierte de brutos irracionales en dioses. Se podría resumir bien su pensamiento en esta sentencia: «todas las artes las tienen los hombres por Prometeo». En Antígona, Sófocles2 enumeran los logros de la técnica: la navegación, la agricultura, la caza, la doma de caballos, el lenguaje, la moral, la medicina, la libertad 1 ESQUILO, Prometeo, 449-505. 2 Vv. 332-371: «Muchas cosas asombrosas existen y, con todo, nada más asombroso que el hombre. El se dirige al otro lado del blanco mar con ayuda del tempestuoso viento, bajo las rugientes olas avanzando, y a la más poderosa de las diosas, a la imperecedera e infatigable Tierra, trabaja sin descanso, haciendo girar los arados año tras año, al ararla con mulos. El hombre que es hábil da caza, envolviéndolos con los lazos de sus redes, a la especie de los aturdidos pájaros, y a los rebaños de agrestes fieras, y a la familia de los seres marinos. Por sus mañas se apodera del animal del campo que va a través de los montes, y unce al yugo que rodea la cerviz el caballo de espesas crines, así como al incansable toro montaraz. Se enseñó a sí mismo el lenguaje y el alado pensamiento, así como las civilizadas maneras de comportarse, y también, fecundo en recursos, aprendió a esquivar los dardos de los desapacibles hielos y los de las lluvias inclementes. Nada de lo por venir le encuentra falto de recursos. Sólo del Hades no tendrá escapatoria. De enfermedades que no tenían remedio ya ha discurrido posibles evasiones. Poseyendo una habilidad superior a lo que uno se puede imaginar, la destreza para ingeniar recursos, la encamina unas veces al mal, otras al bien. Será un alto cargo en la ciudad,
2 EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 política, etc. Eurípides, partidario del progreso técnico, en Palamedes, pone en boca del héroe de ese nombre el origen y el significado de la escritura: «Yo solo hallé recursos contra el olvido, y distinguiendo consonantes y vocales en la sílaba inventé para los hombres el conocimiento de las letras escritas, de modo que quien está ausente, allende el mar, pueda conocer perfectamente las cosas que ocurren en su patria, y el que se muere pueda en su testamento decir a sus hijos cuántos bienes tiene, a fin de que lo sepa su heredero. Y las malas cosas que producen contienda entre los hombres, la tableta las define y no permite decir falsedades». De manera muy diferente se expresa Platón, según veremos al analizar los pasajes finales del Fedro, acerca del papel de la escritura. En las Suplicantes3 de Eurípides, Teseo se opone a quien sostiene que los hombres poseen males en mayor cantidad que bienes: «pero yo mantengo la opinión contraria de que tienen más bienes que males. Si no fuese así no estaríamos vivos. Yo alabo al dios que nos destinó una vida libre de la condición caótica y ferina, al infundirnos en primer lugar la inteligencia y luego el lenguaje, mensajero de los razonamientos, de modo que entendiéramos la palabra; nos entregó el sustento de los frutos y a los frutos las líquidas gotas del cielo para alimentar al que nace de la tierra, para regar su vientre». Para conocer las fuentes de ese pesimismo combatido por Eurípides, posiblemente haya que remontarse a Hesíodo, que, en Trabajos y días4, describe la vida de los héroes que «viven por orden de Zeus lejos de los hombres en los confines de la tierra, sin dolores, en las Islas Afortunadas, junto al Océano de corrientes profundas, héroes felices a los que el campo fértil les produce frutos que germinan tres veces al año, dulces como la miel, lejos de los inmortales entre ellos reina Cronos». Los hombres de la quinta generación (la del hierro), en cambio, «nunca durante el día se verán libres de fatigas y miserias ni dejarán de consumirse durante la noche, y los dioses les procurarán ásperas inquietudes... Zeus destruirá igualmente esta estirpe de hombres de voz articulada, cuando al nacer sean de blancas sienes...la justicia estará en las fuerzas de las manos y no existirá pudor... A los hombres mortales sólo les quedarán amargos sufrimientos y ya no existirá remedio para el mal». En el mito de las edades, Trabajos y días, Hesíodo cuenta cómo al principio «los dioses inmortales que habitan en las mansiones olímpicas, crearon una dorada estirpe de hombres mortales. Eran los tiempos en los que Cronos reinaba en el cielo; vivían como dioses, con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria, y no se cernía sobre ellos la vejez miserable, sino que siempre, con igual vitalidad en piernas respetando las leyes de la tierra y la justicia de los dioses que obliga por juramento. Desterrado sea aquel que, debido a su osadía, se da a lo que no está bien. ¡Que no llegue a sentarse junto a mi hogar ni participe de mis pensamientos el que haga esto!». 3 Vv. 196-228. 4 174 y ss.
EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO 3 «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 y brazos, se recreaban con fiestas, ajenos a todo tipo de males. Morían como sumidos en un sueño; poseían toda clase de alegrías y el campo fértil producía espontáneamente excelentes y abundantes frutos. Contentos y tranquilos alternaban sus faenas con numerosos deleites. Eran ricos en rebaños y entrañables a los dioses bienaventurados». Después, cuando la tierra aplastó esta raza, se convirtieron en divinidades menores (daimones) y vigilaban a los mortales, a los que protegían y les daban riquezas. Entre los autores de comedias, Ferécrates (Agrioi) y Eupolis (Aiges) abogaban, antes que los cínicos, por una vida natural, cercana a la de los animales. Esa desconfianza y pesimismo respecto de la cultura y la civilización se halla también en algunos sofistas, como Antifonte, que repudia la legislación civil y todas las artes, mientras que se manifiesta optimista sobre la naturaleza y la ley natural. La cultura es para éstos mero artificio. No todos los sofistas, sin embargo, rechazan la idea de progreso a pesar de reconocer el valor de la ley natural. Hipias, por ejemplo, valora las artes y presume de ser maestro en muchas de ellas. Esa valoración de las artes se remonta, en realidad, a los tratados médicos, como el De prisca medicina o Sobre la dieta, que parten del supuesto de que el estado primitivo de la humanidad, el ferino, es insostenible. La inteligencia, aplicada a la experiencia, permite dar el paso de la vida bestial a la civilizada. De ese modo, la creatividad humana está abierta al infinito y permite la equiparación del hombre con ciertas formas de divinidad; pues la mayoría de los semidioses y héroes llevan el nombre de algún descubridor técnico: Prometeo, Atenea, Hefesto, Palamedes, Hércules, etc. También Anaxágoras sostenía que el hombre salió del estado natural mediante la experiencia, la memoria, el saber y la techné5. 2. Teoría platónica sobre el progreso. Una de las ideas sostenidas, en De la dieta, es que «los hombres conocen lo que hacen, no lo que imitan»; con lo que parece que se adelanta al verum ipsum factum de Vico: «Los hombres no saben que pueden observar lo invisible por medio de lo visible, pues al usar técnicas semejantes la naturaleza humana no se dan cuenta de ello. La mente de los dioses, en efecto, les enseñó a imitar los procesos de su propia naturaleza, y conocen lo que hacen, pero no conocen lo que imitan». El hacer es, pues, la verdadera fuente del conocimiento. Platón mismo, en las Leyes6, dice que «fueron descubiertas (las técnicas), unas por Dédalo, otras por Orfeo, otras por Palamedes, y las musicales por Marsias y Olimpo, 5 ANAXÁGORAS, B21 b, DK. 6 667D.
4 EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 la lira por Anfión, y muchos hallazgos más que otros realizaron hasta llegar a sabios recientes, como Epiménides». En el Politico7, en el Timeo8, en el Critias9 y en las Leyes, III, aborda (Platón) el tema de las catástrofes cósmicas. Según el relato del Político, la divinidad abandona periódicamente el gobierno del cosmos10 y se producen muchas mutaciones; de modo que casi perecen todos los animales y los hombres. En esa nueva situación, muy alejada de la mítica y providencial edad de oro bajo el reino de Cronos11, surgen la miseria y la necesidad extremas. Los animales se vuelven más salvajes y los hombres, desprovistos de las artes, son devorados por ellos y carecen de alimentos suficientes producidos sponte sua por la naturaleza, atraviesan un momento de penuria, sin la protección de las divinidades. Ese es justamente el momento en que, careciendo de medios y sin artes, recibieron, según se cuenta, las diversas técnicas de la mano de los dioses, junto con la instrucción y la enseñanza: «el fuego de Prometeo, las artes de Hefesto y su colaboradora, las simientes y las plantas, en fin, de otras divinidades»12. A partir de este momento, los hombres, como el mundo mismo, empezaron a valerse por sí mismos. Los inventores (eurontes) de las técnicas pusieron cierto remedio a estas calamidades, pero «lo que la tradición considera dones de los dioses nos vinieron, en realidad, por vía del aprendizaje y del necesario ejercicio: el fuego nos fue entregado por Prometeo, las artes por Hefesto y su colaboradora (Atenea), las semillas y las plantas por otros. Y de aquí nació todo lo que contribuye a la vida humana, luego 7 270C-D. 8 22C. 9 100D. 10 PLATÓN, Político, 272 e: «…precisamente en ese momento el piloto del universo, abandonando, por así decirlo, la caña del timón, se retiró a su puesto de observación y dieron marcha atrás al curso del mundo el destino y su inclinación natural». 11 PLATÓN, en el Político, 272 a, después de exponer que, cuando los hombres y los animales eran gobernados por los dioses, no había ninguna criatura salvaje ni los animales se devoraban unos a otros ni existía guerra ni discordia, ni los hombres tenían regímenes políticos ni mujeres ni hijos, afirma que «surgiendo de la tierra, todos recobraban vida, sin guardar recuerdo alguno de su anterior existencia; y, si bien de todo esto carecían, disponían en compensación de una profusión de frutos que les brindaban los árboles y muchas otras plantas que crecían sin necesidad de cultivo y que la tierra proveía con don espontáneo. Desnudos, sin necesidad de abrigos, vivían la mayor parte del tiempo al aire libre, porque, como las estaciones eran templadas, no les ocasionaban penurias y, además, disponían de blandos lechos de un césped abundante que de la tierra brotaba». Así describe el extranjero al joven Sócrates la vida de los hombres de la edad de Cronos. En este tiempo, como disponían de ocio suficiente y de la posibilidad de trabar conversación con las bestias, usaban de todas estas ventajas para la práctica de la filosofía. 12 PLATÓN, Político, 274 c.
EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO 5 «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 que, como se ha dicho, la Providencia divina abandonó a los hombres y les fue necesario conquistarse su propia dirección y el cuidado de su existencia». La cultura, pues, fue el fruto del ejercicio de la humanidad, esto es, una conquista de lograda después de vencer las dificultades con el ingenio de algunos hombres que fueron considerados dioses por ello. El evemerismo está, en consecuencia, en el origen de ciertas formas de religión. Para Pródico, los dioses son la divinización de las cosas útiles, pero «nada han concedido a los hombres sin fatiga y sin esfuerzo»13. Cada nueve mil años se producen, según dice Platón en el Timeo y en el Critias, grandes catástrofes, por fuego y por agua, que hacen retroceder a la humanidad al estado inicial, olvidando todos las artes que los sabios (eurontes) habían descubierto. En los diluvios sólo sobreviven los pastores, carentes de cultura y los pocos instrumentos que aún permanezcan en las ciudades con el tiempo se destruyen. Estos montañeses, según refiere Platón en Las Leyes, se diseminaron en grupos por los llanos y apenas si tuvieron contacto unos con otros. Como había alimento suficiente, las relaciones eran amistosas pero infrecuentes, ya que no existían medios de transporte. No conocían el oro ni los demás metales y se regían por una forma de gobierno patriarcal, basada en la costumbre. Cuando el número de individuos fue muy elevado, crearon centros urbanos y surgieron las legislaciones y las magistraturas, y renacieron las artes como si fueran totalmente nuevas, pues los hombres ignoran su historia pasada y ya no recuerdan el grado de civilización que la humanidad alcanzó miles de años antes. Según Aristóteles, a partir de la eternidad del mundo y de la teoría sobre las naturae vicissitudines, las innovaciones que se producen en el mundo requieren miles de años: «por eso sucede que los idiomas y las escrituras cambian, y se pierden o se corrompen los escritos acerca de esos cambios, o permanecen y ya no hay nadie que sepa leer esa escritura, como las que ahora se encuentran en las ruinas de Egipto».14 El sacerdote egipcio del templo de Sais dice a Solón: los griegos sois como niños, comparados con los egipcios, e ignoráis vuestra historia (Critias), no tenéis memoria de vuestro pasado y desconocéis que hubo una civilización superior (el mito de la Atlántida). Sin embargo, resulta curiosa la afirmación de Platón de que las artes actuales no tienen más de mil o dos mil años. 13 Hércules en la encrucijada. 14 Tr., p. 283-4: «…et quod tales inovationes non apparent nisi multis annorum milibus; et accidit propter hoc quod varientur idiomata et scripturae, et perduntur seu corrumpuntur illa quae de hoc scripta sunt,aut remanent et non invnitur aliquis sciens legere illam scripturam, ut scripturae quae nunc inveniuntur in locis ruinosis Aegipti». El pasaje citado corresponde al manuscrito latino de la segunda mitad del siglo XVII, Theophrastus redivivus.; cfr. MARCELINO RODRÍGUEZ DONÍS, Materialismo y ateímo, la filosofía de un libertino del XVII, Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2008.
6 EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 El desarrollo técnico se construye a partir de la inteligencia humana, aunque en Platón hay una especie de anomalía entre, por un lado, su desprecio del trabajo manual y de quienes lo ejercen y, por otro, la consideración de que desde la carpintería hasta la medicina precisan de la inteligencia y la habilidad manual. Por eso termina, a pesar de su concepción inmovilista de la historia (que le lleva a prohibir en aras de la conservación del Estado cualquier cambio, hasta en los juegos o el vestido, por nimio que parezca), por tolerar la absoluta libertad en la investigación. La tradición no puede frenar o dificultar el progreso técnico. 3. Técnica y ciencia en Dicearco y los estoicos. Ese espíritu de admiración por el progreso técnico y la vida práctica animó a Dicearco a escribir el De destructione hominum y La vida de la Hélade, en donde recoge, además de las catástrofes, la historia de los descubrimientos, comenzando por Tales, al que considera el primer ingeniero hidráulico y autor de inventos en náutica y astronomía. De entre los pitagóricos, destaca a Arquitas, a quien se le atribuye el invento de la polea, del tornillo, así como la construcción de un pichón volador. Otro paso importante en defensa del progreso técnico frente al ideal de la filosofía contemplativa o teorética, propio de la escuela aristotélica, lo da Posidonio, que considera el progreso como testimonio del poder creador del espíritu. En esa misma línea, Zenón rechaza la doctrina aristotélica de la eternidad del mundo y del hombre, bajo el argumento de que las artes son jóvenes: «es preciso que las artes hayan nacido con los hombres». No es posible que se produzca un desarrollo de la naturaleza racional sin el de las artes, que no deben ser consideradas invenciones de los dioses sino creaciones humanas. Asistimos en este momento a la laicización del mito. Hay cierta dificultad a la hora de conciliar el espíritu de sencillez cínico-estoica con la idea del progreso técnico, pero probablemente eso se explique en función de la superioridad moral, no técnica, de los primeros hombres, como afirma Séneca, para quien la necesidad de introducir leyes se produjo a partir de la corrupción moral. En la edad de oro los primeros hombres eran incorruptos, obedecían la ley natural, dejando el gobierno en manos de los meliores o sapientes. Posidonio considera que el homo faber es el verdadero homo sapiens. En ese sentido, Anacarsis, con la invención de la rueda de alfarero, y Demócrito, con la construcción de arcos y bóvedas, son considerados como los verdaderos sabios y benefactores de la humanidad. La filosofía y la técnica son una misma cosa. Para Posidonio, los sapientes son los descubridores de la fundición de los metales y los inventores del martillo y las tenazas. La construcción de la llave, el arte textil, desarrollado y ejercido por los hombres en el origen, la agricultura, la molienda, etc., son la verdadera sabiduría práctica.
EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO 7 «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 Contra esta visión de la técnica protesta Séneca, que considera que la sabiduría tiene un lugar más elevado (sapientia altius sedet) que el saber técnico, que es ejercido por viles esclavos: albañilería, calefacción, taquigrafía, etc. Estos inventos no son obra de los sabios, sino de los operarios que se dedican a colocar vidrios reflectores o tubos calefactores dentro de las paredes, etc. Posidonio, sin embargo, consideraba que el saber técnico no era ningún obstáculo para el saber especulativo, es decir, para la theoría. Séneca15 rechaza la interpretación posidoniana del homo faber como el homo sapiens. El hombre puede vivir sin necesidad de tantas artes según la naturaleza, pero añade: «por egregia y exenta de engaños que fuese la vida de aquellos primitivos, ellos no fueron sabios... no tenían ingenios perfeccionados. La naturaleza no da la virtud y tornarse virtuoso es un arte...Aquellos eran inocentes por ignorancia; pero hay gran diferencia entre el querer y el no saber pecar». («multum interest utrum peccare aliquis nolit an nescit»). Siguiendo el Protréptico de Aristóteles, sostiene Séneca que la naturaleza nos exige la contemplación y la acción: «Natura autem utrumque facere me voluit, et agere et contemplationi vacare»16. El saber debe hacerse realidad en la práctica, y la contemplación va unida a la acción («nec contemplatio quidem sine actione est»). Su aceptación de la fuerza creadora del espíritu y la confianza en el progreso le llevan a sostener, en la Naturales Quaestiones17, que «llegará un tiempo en que estas cosas que ahora permanecen ocultas, saldrán a la luz en el porvenir mediante una búsqueda asidua de más larga duración... Llegará un tiempo en que nuestra posteridad se extrañará de que ignoráramos cosas que para ella serán tan evidentes. Los hombres del futuro descubrirán muchas cosas que hoy ignoramos, pues el tiempo de la investigación es infinito, así como el camino de la verdad, que no se halla íntegramente recorrido, sino que queda aún gran parte de él por transitar»18. Igual que el cuerpo, el espíritu necesita alimentarse y su alimento es la cultura que procede de las generaciones anteriores y del medio social en el que se desarrolla19. Debemos mucho a los inventos de los antiguos, pero ellos no lo acabaron todo20. En este orden de cosas, Luciano21 expone, con su habitual tono burlón, cómo el amor a los efebos es reciente y debe considerarse, por tanto, un progreso respecto del amor a las mujeres. Su teoría sobre el progreso se basa en Demócrito, Epicuro y Lucrecio. La vida de los primitivos era muy dura, hasta el punto de que se 15 Epístola XC. 16 De otio. Cap. 32. 17 VII, cap. 25. 18 Epist. XXXIII. 19 Epist. LXXXVII. 20 Epist. LXIV. 21 Erotes 33-36.
8 EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 alimentaban con hierbas y raíces...Mientras su vida era tan incivilizada que no se les concedía ni la comodidad más elemental «para ir experimentando con el fin de encontrar lo mejor, debían contentarse con lo mínimo necesario, pues el tiempo los acosaba y no les permitía idear un buen régimen». 4. Progreso social, moral, religioso y lingüístico en Demócrito, Epicuro y Lucrecio. Los hombres salieron de su estado primordial mediante la agricultura y la tejeduría, y dieron en construir casas imitando las pieles y las cuevas que les cubrían en principio. La capacidad de imitar lo natural, modificándolo al reproducirlo y adaptarlo a las propias exigencias y necesidades, era, de acuerdo con los epicúreos, un rasgo que diferenciaba al hombre de los demás animales, incapaces de salir del estado originario. Una vez liberados de la necesidad, la inteligencia de las generaciones sucesivas incorporó alguna mejora y desde entonces se fueron incrementando las ciencias. Ese distanciamiento de la vida ferina ha sido descrito de muy diversos modos, pero casi todos los filósofos, desde los presocráticos en adelante, coinciden en que el progreso técnico ha surgido de la superioridad del hombre sobre los animales, en función de su inteligencia. El progreso significa apertura e innovación, lo que no parece que se halle en las técnicas de ciertos animales que, como la golondrina o las abejas, son constructores. Los nidos y los panales de las abejas siempre son idénticos. Los hombres, en cambio, pasan de vivir a la intemperie a guarecerse en las grutas y a realizar los más variados tipos de casas. No sólo imitan a la naturaleza sino que la modifican y la someten, como podemos comprobar si observamos las canalizaciones de los ríos para regar sus campos. Esa modificación de la naturaleza no se observa, apenas, en los animales y no cabe duda de que contribuye a hacer más agradable la vida de los hombres. No tenemos, sin embargo, un conocimiento exacto de la evolución de la creatividad humana y del progreso mediante la aparición de la técnica y la cultura. Los filósofos han intentado explicar los pasos que ha seguido el hombre en su evolución. Así, Demócrito describe el estado inicial de la humanidad primitiva como desordenado y bestial, presidido por el temor a las fieras y la escasez de alimentos, y muy alejado, por tanto, de lo que sostienen los partidarios de la mítica edad de oro presidida por Saturno. Los hombres se unieron, no como se juntan las ovejas, es decir, no sólo porque se sentían atraídos por sus semejantes, sino porque de ese modo hacían frente a las fieras con mayor eficacia. Al principio no tenían otra fuerza que la de sus manos, pero fueron aprendiendo a construir herramientas y a descubrir y comprender su entorno. Una vez que se asociaron, empezaron a comunicarse entre sí por gestos y después descubrieron los sonidos y finalmente el lenguaje.
EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO 9 «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 Cada una de las hordas tenía un modo propio de expresarse, diferente del de las otras. En un primer momento, su modo de vida era sencillo, se refugiaban en las cuevas y reinaba entre ellos la concordia, sin necesidad de reyes ni amos. Posteriormente, con el descubrimiento del fuego, fueron aprendiendo a fundir los metales y se tornaron más previsores (promethesteroi). De aquí se deriva, posiblemente, el nombre de Prometeo, que en indoeuropeo era pramanta (el que prevé en su mente, el que adivina) y que dará lugar, bajo el ropaje del mito, a la personificación de lo que es un proceso natural a partir del fuego. El descubrimiento de las artes, que dependen de él, no es, según piensan algunos autores como Lucrecio, un don divino, sino que procede de la capacidad humana para observar los procesos de la naturaleza y aprender de ella. En los incendios de los bosques, dirá Lucrecio, los minerales llegaban en ocasiones a derretirse y tomaban la forma del lugar en el que caían y los hombres fueron aprendiendo a hacer ellos mismos lo que veían que se producía en la naturaleza. De modo que la aparición de la técnica exige una capacidad de observación y reflexión, previa a la fabricación de instrumentos. El aprendizaje de algunas artes también pudo el hombre alcanzarlo imitando, según Demócrito y los epicúreos, el mundo animal: de la golondrina, el arte de construir adobes, del ruiseñor, el canto, etc. No sólo lo necesario para la vida, sino la diversión y los placeres se vieron fortalecidos como consecuencia del trabajo técnico basado en la imitación reflexiva de los procesos de la naturaleza. Posteriormente, según se dice, los hombres introdujeron las leyes, la religión y el amor al saber, esto es, la filosofía, que comenzó con la curiosidad que sienten ante lo que llama su sorpresiva atención (thauma) y el consiguiente placer de descubrir las causas ocultas de los fenómenos. Eso les llevó a suponer que en lo que no podían observar reinaban las mismas leyes que en lo observado. En realidad, todo se explicaba, según los partidarios del atomismo de Demócrito, suponiendo que hay unas partículas invisibles (átomos) que dan razón de lo que observamos. Como nuestra vida depende de que haya luz, lluvia, calor, etc., concluyeron que los astros eran los productores de esas cosas, pero al mismo tiempo observaron que también dependían de ellos cosas temibles como el rayo y los diluvios, por lo que algunos supusieron que eran seres animados y providentes y les dieron el nombre de dioses (theoi), que, como dice Platón, en el Timeo, significa los que corren (theonta), porque suponían que giraban en torno a la tierra, que permanecía inmóvil. La religión surgió a la par que el pensamiento, aunque éste revistiese la forma del mito. Según algunos estudiosos, la primera forma de religión fue la astrolatría, aunque el estudio del movimiento de los astros fue una de las principales ocupaciones de los filósofos griegos, que heredaron sus conocimientos de astronomía de los egipcios y de los babilonios. A la hora de explicar la naturaleza de los astros idearon diversas teorías. Frente a la opinión de aquellos que los creían dioses, Anaxágoras decía que eran piedras. Platón y Aristóteles los consideraron de una naturaleza diferente a la terrestre, ya que eran eternos y no sometidos a la generación ni a la
16 EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 la razón, a pesar de que ésta en ellos no funciona bien. Los animales piensan igual que los hombres y algunos están dotados de sentidos más perfectos que éstos e incluso poseen sentimientos, según se deduce de los múltiples testimonios transmitidos por Plinio y Plutarco. Plinio34, en efecto, quiere humillar a quienes, como Panecio y Cicerón35, sostienen que el mundo fue creado para el hombre y destaca todas aquellas cosas en las que éste es inferior a los animales: «Quorum igitur causa quis dixerit effectum esse mundum? Eorum scilicet animantium quae ratione utuntur. Hi sunt dii et homines, quibus profecto nihil est melius». («¿Para quién, pues, se dirá que ha sido creado el mundo? Sin duda para los seres con capacidad de razonamiento, los dioses y los hombres, mayores que los cuales no hay nada»). Plutarco, por su parte, equipara los hombres y los animales, y sostiene, basándose en el testimonio de Juba, que el elefante es inteligente, sociable, religioso, pues rinde culto a los astros, quizá los primeros dioses36. Ovidio37, por su parte, destaca el nacimiento del hombre como el animal más sabio y de mayor capacidad mental, capaz de dominar la naturaleza, aunque 34 Nat. Hist. VII. 35 De nat. deor. II, 54, 61 ss. 36 PLUTARCO, De sollertia animalium, 972 B, 17: «Juba afirma que los elefantes dan muestras de sociabilidad combinada con inteligencia. Y es que los cazadores les preparan hoyos que luego cubren con ramas finas y hojarasca ligera; pues bien, cuando un grupo numeroso de elefantes va de camino y uno de ellos cae en un hoyo, los demás acarrean maderas y piedras y las lanzan al interior hasta llenar la cavidad de la zanja, de forma que aquél pueda salir con facilidad. Cuenta también Juba que los elefantes ruegan de forma espontánea a los dioses, purificándose en el mar y reverenciando al sol naciente con su trompa, que levantan a modo de manos suplicantes. De ahí que sea el animal más caro a la humanidad, como atestigua Tolomeo Filopátor; y es que tras vencer a Antíoco quiso honrar de forma espléndida a la divinidad, así que entre otras muchas ofrendas para conmemorar la batalla, sacrificó a cuatro elefantes. Pero como más tarde le acometieron de noche sueños en los que el dios le amenazaba encolerizado por aquel sacrificio aberrante, no escatimó medios de apaciguarlo, entre ellos la erección de cuatro elefantes de bronce a modo de compensación por los que había mandado matar». (Traducción de Vicente Ramón Pallerm y Jorge Bergua Cavero, Gredos, Moralia, IX , Sobre la inteligencia de los animales, 2002, pp. 297-8). 37 Metamorph. I, 76 y ss.: «Un ser más sagrado que éstos y más capaz de una mente profunda faltaba todavía y que pudiera dominar sobre los demás: nació el hombre, al que o lo creó de semen divino el Hacedor del mundo, origen de un mundo mejor, o la tierra reciente y separada hacía poco del elevado éter retenía el semen de su pariente el cielo...La primera edad que se creó fue la de oro, la que cultivaba la lealtad y el bien, sin autoridad, por propia iniciativa, sin ley. No existían el castigo y el miedo, ni se leían amenazas en tablas de bronce ni suplicante la gente temía el rostro del juez, sino que sin autoridad vivían seguros...sin la práctica militar la gente vivía sin problemas en medio de una paz agradable. Incluso la tierra misma, libremente, sin que el azadón la tocase ni el arado la hiriera, lo daba todo por sí misma, y, contentos con el alimento, producirlo sin exigirlo nadie, recogían los frutos del
EL PROGRESO EN EL MUNDO CLÁSICO 17 «FRAGMENTOS DE FILOSOFÍA», NÚM. 8, 2010, pp. 1-18. ISSN: 1132-3329 considera feliz sólo la edad áurea, cuando el hombre no había aún descubierto los metales, ni inventado las armas, ni la navegación, ni el arado, ni las fortificaciones. Las técnicas son, según el poeta, un perjuicio para sus inventores. Virgilio, a pesar de inspirarse en Lucrecio, sueña con el retorno del reino de Saturno (redeunt Saturnia regna), pero, a diferencia de Ovidio, considera que el trabajo y el desarrollo de las artes son una bendición y despiertan la inteligencia y la actividad creadora del hombre. También sigue a Lucrecio el poeta Horacio38, al afirmar que los primeros hombres forman un rebaño torpe y mudo (mutum et torpe pecus). Sólo cuando crean el lenguaje –dice– dejan de hacer la guerra, edifican ciudades y se dan leyes para castigar los crímenes. En Juvenal aparece también una crítica a la edad de oro. Vitrubio, en su De architectura, valora las artes plásticas y sobre todo la arquitectura. El lenguaje – dice– fue engendrado por la convivencia social y las artes imitan y transforman la naturaleza. En ellas el conocer se identifica con el saber hacer. En el origen de la civilización, según Vitrubio, la curiosidad humana estuvo en el centro de la actividad especulativa. El fuego debió causar una profunda impresión en los hombres primitivos, que primero se asustarían y huirían, pero después probablemente retornaran al lugar e intentaran conservarlo y hacer uso de él para calentarse, cocinar los alimentos, fundir los metales o charlar en torno a él. Eso posibilitó la convivencia a la par que el lenguaje y las artes. Lo que resulta verdaderamente curioso es su pretensión de universalizar su suposición, ya que cree que en los pueblos primitivos de su época, como los galaicos, por ejemplo, los hombres aún se comportan de acuerdo con su descripción. La competencia (certatio) –añade Vitrubio– genera en los hombres el deseo de mejorar lo que otros han descubierto y perfeccionarlo, dando paso al ejercicio del ingenio y a los más variados tipos de construcción. Los artífices (fabri) profesionales hicieron progresar las técnicas de construcción a causa de que tenían buenas manos y un talento sagaz. El desarrollo de la arquitectura dio lugar al descubrimiento y desarrollo de nuevas artes y ciencias, como el dibujo y la geometría, pero todas las disciplinas se interrelacionan, de modo que el arquitecto debe conocer la literatura, la historia, la música, etc. Como consecuencia del dominio de las artes los hombres salen del estado de vida ferino y agreste, y alcanzan un reinado de paz («e fera agrestique vita ad mansuetam perduxerunt humanitatem»). madroño, las fresas salvajes, y las bellotas, las que caían del copudo árbol de Jove». (Traducción de Antonio Ramírez de Verger, Alianza, 1995, p. 70). 38 Sátiras, I, 3, 98ss.