El final del mundo rural. Ciudad y despoblación al comienzo del milenio
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51 El final del mundo rural. Ciudad y despoblación al comienzo del milenio Rufino Acosta Naranjo Introducción: pasado y presente de las relaciones pueblo-ciudad. Las diferencias y las relaciones dinámicas entre campo y ciudad han sido una constante histórica, y digo histórica porque es convención que el paso de la Prehistoria a la Historia acontezca precisamente con el surgimiento de la ciudad en el Neolítico, y sea a partir de ahí que se hable de civilización. Cosa bien distinta es que a menudo se nos olvide que la mayor parte del tiempo que la humanidad ha habitado el Planeta ha transcurrido por ámbitos preurbanos. Sea como fuere, la aparición del fenómeno urbano dio lugar a la distinción de lo rural que, con evidentes diferencias de escala y significación, perdura hasta los tiempos presentes, pero no sabemos si después de hoy podremos seguir hablando de tal dicotomía habida cuenta del sangrante asunto de la despoblación. Muchas han sido las épocas históricas en que se ha hablado de finales en el mundo rural, y todas ellas han traído como consecuencia paradójica una revitalización y efervescencia de reflexiones e ideas en torno al objeto en desaparición pues, como suelo decir, toda miseria genera sus profesionales. En efecto, a finales del siglo XIX y principios del XX el populismo ruso, los folklorismos y diversos nacionalismos tenían un algo de retorno a raíces o esencias que se decían en declive debido a las dinámicas de industrialización. Ya fueran los populistas rusos, los nacionalistas alemanes o vascos, los folkloristas en toda España y otros países y los antropólogos de diverso pelaje y condición, todos se hicieron visibles en su rescate de un mundo que barruntaba su ocaso. En todo ello podemos discernir perspectivas ideológicas tanto reaccionarias como
52 revolucionarias, fiando la materialización de los proyectos políticos a sujetos sociales que se suponían opuestos a la ciudad, el capitalismo, el comunismo, la modernidad o cualquier otro demonio identificado por los defensores de lo que creían sólidos valores espirituales o comunitaristas. Más allá de lo certero de sus diagnósticos y lo razonable de sus propuestas, hay que señalar dos cosas al menos. Por un lado, se creó un corpus teórico y un inventario de formas de vida que nutrieron, por la parte que nos toca, la Antropología y la Sociología Rural, entre otras cosas a partir de la Antigua Tradición de los Estudios Campesinos. De otra parte, el proceso de urbanización e industrialización y mudanza cultural prosiguió imparable su camino. Desde la modernización, tanto liberal como marxista, el siglo pasado fue avanzando al paso de la idea de la desaparición del campesinado, hasta que en los años cincuenta y sesenta algunas evidencias vinieron a cuestionar la autenticidad de su acta de defunción. En efecto, los campesinos tuvieron un evidente protagonismo en las revoluciones china, vietnamita o cubana, lo que dio que pensar a los intelectuales, conformándose la Nueva Tradición de los Estudios Campesinos, con Palerm, Hobsbawn, Galeski, Shanin, Newby o Sevilla Guzmán como destacados representantes. Se decía que, a pesar de la arrolladora dinámica de subordinación de los campesinos al capitalismo, estos seguían existiendo y manteniendo sus lógicas productivas, sociales, ecológicas y políticas, subsumidos formal pero no realmente al modo de producción dominante. Se acuñaron distintos conceptos de campesinado, como categoría sociohistórica, en ocasiones de manera abierta, hablando de grados de campesinidad, y se clamó por la recuperación de las formas de manejo campesinas como garantía de sustentabilidad en un mundo en que la crisis ecológica era evidencia de otra crisis, la civilizatoria, de la que precisamente la industria, la ciudad y sus metabolismos eran los principales responsables. Más allá de la pérdida de centralidad económica, los servicios de los ecosistemas, y los de los agroecosistemas campesinos muy principalmente, parecían un activo y una moneda fuerte en las relaciones de intercambio entre campo y ciudad. Ante la evidencia de la absorción de la agricultura por la agroindustria, frente a la constatación de la pérdida de la mayor parte de los rasgos de la campesinidad por parte de los productores rurales de los países del Norte, se aducía que en el Sur la mayoría de los agricultores conformaban sociedades campesinas. En la segunda mitad del siglo pasado el campo y el pueblo siguieron existiendo en Europa, a pesar de que los antiguos campesinos devinieran en agricultores, en pequeños propietarios rurales. Eso fue así aun cuando se diera
53 un fuerte proceso de emigración rural, de disminución de la población activa agraria, de mecanización e industrialización, y de que ciertas áreas concretas, especialmente de montaña e interior, se encontraran con un grave problema de vaciamiento. Es este precisamente el mal que se generaliza en Europa, y en nuestro caso en España, entrados en el tercer milenio y, al igual que sucedió en los anteriores finales anunciados de lo campesino, resurge un interés por lo rural que había estado mortecino en las Ciencias Sociales, las cuales habían dejado de ocuparse de la agricultura y el pueblo, centrándose si acaso levemente en la dimensión ambiental o paisajística del agro. A mediados de la segunda década del presente siglo, y todavía inmersos en los efectos de la crisis financiera de 2008, empiezan a aparecer títulos que suponen una campanada en el universo de los libros, empezando por aquellos que giran en la órbita de la literatura o la crónica. Es cuando Sergio del Molino acuña el término de la España vacía, que luego se reetiqueta como vaciada, y surge como subgénero una literatura que María Sánchez denomina sepulturera, por cebarse en las parte más tristes, negativas y paralizantes de las comunidades en despoblación. A este respecto, conviene no olvidar que España es, tras Estados Unidos, el segundo país del mundo donde más dinero mueve el negocio funerario. Bromas aparte, esta situación supone un salto, no solo cuantitativo, sino cualitativo demográficamente. Las ciudades no han dejado de crecer en Europa Occidental desde el Neolítico, excepción hecha del final del imperio romano, y ha sido debido tanto a su crecimiento vegetativo interno como a la emigración desde el medio rural. Ahora bien, campos y pueblos, gracias a sus dinámicas de natalidad y mortalidad, mantuvieron, y a veces hasta aumentaron, sus efectivos demográficos durante la Revolución Industrial e incluso durante la Revolución Verde, aunque a partir de esta última comenzó claramente su declive. En el actual siglo se ha acelerado no solo la emigración, sino el envejecimiento de la población y el descenso de la natalidad, con lo cual se ha generado un crecimiento vegetativo negativo que pone en peligro la continuidad física de muchas localidades, mucho más allá del claro proceso migratorio. Hay una metáfora de la percepción del paso tiempo, que se percibe más vertiginoso cuando se es más viejo, según van quedando menos años de vida, y es la del lavabo, cuyo fluir del agua apenas se nota cuando está lleno pero, cuando ya sólo restan unos dedos, sobre el agujero de desagüe aparece un frenético vortex. Algo parecido puede decirse del proceso de pérdida de pobla-
54 ción en los núcleos rurales: ahora, cuando quedan pocos, es cuando vemos lo dramático y quizás irreversible de la dinámica. Sea como fuere, la despoblación ha entrado en el imaginario cotidiano de toda la sociedad y en la agenda política. Los programas electorales hacen todos referencia a ello y se habla de la necesidad de un gran pacto ante lo que se ha definido como un problema de Estado, incluso ha irrumpido en el Parlamento una fuerza política que tiene por una de sus banderas la batalla contra la despoblación. Nadie niega la importancia de la despoblación y todos se lamentan por ello, o al menos aun nadie se ha pronunciado en el sentido de que resulte algo inevitable y que la pérdida del mundo rural no sea de lamentar. Pero, a día de hoy, no existe una estrategia política definida ante el fenómeno, entre otras cosas porque la magnitud y velocidad del proceso no se ha revelado hasta fechas muy recientes. No es extraño por tanto que no existan protocolos de actuación ante la falta de un diagnóstico certero de las causas y, por tanto, de los remedios al padecimiento. No quisiera que esto sonara a justificación de la pasividad de la sociedad y las administraciones, o una invocación del adagio de “a la parálisis por el análisis”. Lo que pretendo decir es que, en este caso concreto, hace falta plantearse seriamente un diagnóstico del fenómeno de la despoblación a escala global y a la vez local, puesto que se toca mucho de oído, siguiendo un supuesto sentido común, unas apreciaciones que se dan por evidentes o lógicas sin que se hayan sometido a la contrastación de los datos, sin saber cabalmente los motivos reales del abandono y las razones y discursos de los que deciden marcharse de los pueblos. A la espera de un conocimiento más solvente de todo ello, me propongo aquí, sencillamente, hacer unas observaciones acerca de ciertos diagnósticos tópicos y a salto de mata, y que tienen que ver con las infraestructuras, los servicios, la educación o el empleo. En primer lugar, es corriente aducir que el problema de la despoblación del medio rural deriva de la falta de infraestructuras y es, por tanto, la dotación de las mismas la solución que lo frenaría. Aunque pueda parecer un poco burdo y demagógico, porque correlación no implica covariación y causalidad, la despoblación ha ido en paralelo precisamente a la mayor dotación de infraestructuras y, en algún caso concreto que expondré más adelante, las infraestructuras son la rampa de despegue o la lanzadera del vaciamiento del agro. La despoblación como fenómeno evidente comenzó en España mucho antes de la dotación de las infraestructuras más relevantes en cuanto a carreteras, por ejemplo, pero el desarrollo de las mismas no ha frenado la tendencia, sino que
55 en muchos casos la ha acelerado. Hoy en día, el medio rural, al menos en el sur de España, que es la realidad que más conozco y he estudiado, dispone de las mejores dotaciones de infraestructuras para el transporte, redes eléctricas, telefonía, agua corriente, saneamiento, pavimentación, instalaciones deportivas y de otro tipo de toda su historia. Por las necesidades de densidad de población es evidente que nunca el medio rural podrá tener las mismas que la ciudad, con lo cual, la competencia con la urbe en este sentido es absurda. En cuanto a los servicios, podemos decir algo parecido, ya que se ha dotado al medio rural de algunos de ellos de suma importancia, como podemos ver en el caso de la educación, sanidad o servicios sociales. El Estado de Bienestar se fue implantando en España sobre todo a partir de los años ochenta y ha seguido avanzando, aunque los recortes de la crisis financiera de 2008 han dejado su huella y siguen afectando a un buen número de personas. En el sur de España, los tan criticados subsidios de desempleo y las obras del PER/AEPSA y sus sustitutos garantizaron lo que ahora se puede llamar una renta básica a quienes sufrían los efectos tanto del sistema latifundista meridional como del proceso de modernización de la agricultura. Algo parecido podemos decir de las subvenciones de la Política Agraria Común respecto de los propietarios. Unos y otros lograron mejorar las rentas de la población rural, a la vez que facilitar infraestructuras al medio y ralentizar el declive demográfico. A nadie se le escapan tampoco los efectos perversos que todo ello ha tenido. Por una parte, los subsidios y el sistema que daba acceso a ellos generaron cierta corrupción, clientelismo y dependencia del Estado, que en mi opinión ha devenido relativamente escasa habida cuenta de la transversalidad de las prácticas, de la generalización de las dinámicas independientemente de la fuerza política que gestionara el sistema. Hablar de voto cautivo es una exageración, y los resultados electorales así lo prueban. Votar de acuerdo a las opciones que favorezcan los intereses personales y económicos propios es una práctica universal, tanto en trabajadores como en empresarios, o en cualquier otro colectivo. Sin embargo, lo más lesivo del sistema de subsidios tal como se ha desarrollado es, desde mi punto de vista, la acomodación y la inhibición del emprendimiento, por un lado, y del espíritu crítico, por otro. En efecto, la sociedad volvió acomodaticia, falta de alicientes para innovar en el propio territorio y la actitud de cuestionamiento y denuncia decae si se está inserto en alguna modalidad de componenda. En cuanto a las subvenciones de la PAC, han terminado en muchos casos favoreciendo a los propietarios con más tierras y recursos, y en buena parte a
56 no residentes en el medio rural, drenándose en gran medida hacia el consumo suntuario en las ciudades. Finalmente, no son pocos los lugares del sur donde se ha invertido mucho dinero en infraestructuras ociosas, subutilizadas, que se hacían porque, si no, se perdía el dinero disponible para ellas, pero sin que hubiera necesidad real. Pienso en muchas instalaciones deportivas, casas de la cultura, mercados, centros de interpretación, museos y edificaciones de toda laya, en algunos casos semiabandonados o generando gastos de mantenimiento inasumibles. En el sur, las condiciones de vida y los ingresos de los que se quedaron en los pueblos mejoraron notablemente en el último tercio del pasado siglo y el inicio del actual. La juventud tuvo acceso a los estudios, de tal manera que el nivel de instrucción mejoró notablemente, y fue un mecanismo de movilidad social sin precedentes. Eso sí, a escala nacional, las zonas rurales fueron incrementando en negativo su diferencial de rentas con las áreas urbanas. En cuanto a la tercera razón que se aduce para explicar la emigración, la del empleo, sí que es innegable un retroceso como resultado de la modernización agraria, ya sea como consecuencia de la sustitución de mano de obra por tecnología, por abandono de actividades productivas en zonas con pocas aptitudes o por extensificación, como sucede con amplias zonas de sierra o de dehesa en Extremadura y Andalucía. Ahora bien, la realidad del campo es muy diversa, con espacios agrarios que ofrecen ventajas comparativas desde el punto de vista de la productividad y el clima en los que se ha desarrollado una agricultura intensiva y/o mecanizada y muy demandante de mano de obra, como las tierras de invernaderos o cultivos bajo plástico de Almería, Huelva o las Vegas del Guadiana. A la hora de comparar los procesos que tienen lugar en pueblos y campos de Europa, por ejemplo, es preciso tener en cuenta que España es por lo general un país relativamente pobre desde el punto de vista de la productividad del agro, excepción hecha del Valle del Guadalquivir o Ebro. Las tierras de nuestras montañas y mesetas tienen un potencial muy limitado, comparado con el mundo de la agricultura centroeuropea por ejemplo, tanto por suelo como por clima, lo que repercute finalmente en la capacidad de producir y dar empleo. Sin embargo, y junto a todo ello, hay que tener en cuenta que ha habido también un proceso de diversificación productiva en el medio rural, que se ha terciarizado en parte, aunque muy lejos del desarrollo de este sector en las ciudades. Encontramos ahora empleos en la Administración, el turismo rural, la hostelería y otros servicios que antes no existían en esa medida, si bien es
57 cierto que en las poblaciones de menor tamaño se ha dado una desaparición de actividades de pequeños talleres o artesanías, compensada en ocasiones con la creación de pequeñas industrias en polígonos industriales de pueblos, especialmente en los de mayor tamaño. He desglosado estos rubros relativos a infraestructuras, servicios y empleo para intentar hacer ver que, aun siendo ciertas las carencias relativas, la razón por la que retrocede la población hasta umbrales preocupantes no son estas, o no son solo estas que se aducen de falta de dotación de recursos y de posibilidades vitales. El desarrollo de infraestructuras, servicios, educación y la oferta de algunos tipos de puestos de trabajo que ha tenido lugar en los pueblos del sur de España ha traído como consecuencia la emigración a las ciudades o a las cabeceras comarcales. Esto lo podemos ver ejemplificado en la cantidad de enseñantes, sanitarios, veterinarios, personal administrativo, trabajadores sociales, empleados de la banca, etc., de personas en definitiva que han adquirido una formación gracias al desarrollo del sistema educativo y a la mejora del nivel de renta en nuestro país y que cada día se desplazan al medio rural, a través de la importante infraestructura de autovías y carreteras que se ha creado, para ocupar puestos de trabajo en el campo o el pueblo. Si bien puede ser cierta la correlación que establece Camarero de que donde hay más despoblación es donde hay menos infraestructuras, que las carreteras actúan como una suerte de pegamento, en el sur de España y para estos perfiles profesionales, las carreteras no son un factor de retención de población, sino más bien una pista de despegue. En lugar de permitir a la gente de los pueblos ocupar empleos en las ciudades, ha ocurrido lo inverso, gente que reside en la ciudad, mucha de ella nacida en pueblos, realiza su trabajo allá y vuelve cada día a la urbe. Eso mismo sucede con trabajadores del campo que viven en cabeceras comarcales o incluso en ciudades pequeñas. A este respecto es significativo lo que se puede comprobar lejos del sur, por ejemplo en capitales de provincia castellanas, donde residen propietarios o arrendatarios de fincas que las trabajan aun viviendo en la ciudad. También resulta paradójica la situación de algunas provincias en las que, a pesar de existir una bolsa de paro crónica en los pueblos, quienes se desempeñan en tareas agrícolas en zonas de agricultura intensiva son trabajadores inmigrantes. Las generalizaciones son odiosas e injustas, pero todo ello nos pone de relieve una realidad: la mayoría de la población no quiere vivir en el medio rural. Muchos jóvenes prefieren engrosar las listas del paro o del precariado urbano en lugar de trabajar en el campo o el pueblo. Aunque no sea una gene-
58 ralidad, hay empleos en fincas de dehesa que cuesta trabajo ocuparlos, a pesar de no estar mal retribuidos, al contrario de lo puede suceder con repartidores de Globo o Deliveroo en las urbes. Hace meses escuché a un político septentrional decir que, si en su región hubiera buenas carreteras, un médico, por ejemplo, viviría en el pueblo y trabajaría en el hospital de la ciudad, porque la calidad de vida era mucho mayor. La realidad demuestra lo contrario: cuando las carreteras eran malas y llegar a la ciudad era un suplicio, los médicos vivían en los pueblos. Por cierto, que en el siguiente programa de televisión en que lo vi departir, el dirigente decía que a pesar de que todos los pueblos de su región estaban a menos de 45 minutos de la capital, la gente no quería vivir en ellos, y había que revalorizar la imagen de la vida rural. Traigo esto a colación no con ánimo de zaherir por la celeridad del cambio opinático, sino como evidencia de que aún no se tiene un diagnóstico del problema y las apreciaciones son más cambiantes que en otros asuntos, a medida que el debate se ensancha e intensifica. Como en tantos otros, en todos diría, los asuntos en que la humanidad se debate, en este también hay que tener en cuenta las dimensiones tanto materiales como las ideáticas. Existe una base económica que pueda dar cuenta del despoblamiento, pero no es necesariamente la única con virtualidad causal, puesto que los imaginarios de los diferentes universos son igualmente potentes y explicativos, y se retroalimentan con los procesos materiales. Para nuestro caso, tiendo a pensar que la dinámica de concentración por razones económicas es la fuerza motriz y, así, una vez expandida la realidad del imperio urbano, tiende a desarrollar, por activa o por pasiva, un relato de esa superioridad moral sobre los espacios no urbanos que se enseñorea en las mentes de manera ubicua y conforma el urbanismo como ideal de buena vida y timbre de prestigio. La expansión del fenómeno urbano y la hiperconcentración Como ya dijeran hace mucho Harvey y Castells, lo rural y lo urbano son formas espaciales resultado de procesos de concentración que favorecen y se ven favorecidos por las lógicas del capitalismo avanzado. Apuntaban ellos las necesidades de consumo colectivo, de bienes y servicios, como una de las razones de estas formas. La crítica a estos planteamientos marxistas tenía que ver con el olvido de otras dimensiones, especialmente del papel de los agentes institucionales y grupos sociales en el favorecimiento de estas dinámicas. Lo cierto y
59 verdad es que el desarrollo de la sociedad industrial y de la ciudad han ido de la mano, y que en la sociedad posindustrial la urbanización no ha hecho más que aumentar exponencialmente. Una economía de servicios requiere de mayor concentración para la prestación de los mismos y la sociedad de la información acentúa el fenómeno. Si bien pudiera pensarse que los mundos digitales y virtuales, la abolición del tiempo temporal y del espacio de los lugares, podría suponer la ruptura de las brechas entre la ciudad y el pueblo o el campo, lo cierto es que la tendencia es inversa. En esta economía, posfordista, globalizada y financiarizada, las metrópolis favorecen y son favorecidas por la referida densidad y las sinergias que esta conlleva. La fotografía de un puerto colmado de contenedor recortándose contra el perfil de enormes rascacielos corporeiza un mundo de mercados globales y flujos tensos en que la población se concentra en megaciudades y en zonas costeras. La desregulación y flexibilización posfordista requiere de cambios continuos en los productos y servicios, lo que exige una absoluta disponibilidad de mano de obra, cualificada o no, y permanentemente a tiempo, y una vez más, la concentración urbana hace más posible esa destrucción creativa como fundante de la Sociedad de la información. Los procesos de concentración y periferización podemos observarlos como lógicas fractales sobremodernas, que se plasman en formas espaciales y dinámicas económicas y demográficas que van de lo micro a lo macro. Como paradigma de cuanto decimos, frente a la mosaicidad que caracterizaba al territorio anterior a la modernización agraria, podemos ver hoy en día en cualquier espacio de Sierra Morena cómo la dehesa se ha simplificado, cómo la inmensa mayoría de las infraestructuras, equipamientos y maquinaria de una finca se concentra en uno o dos puntos del predio, así como en muchos casos también lo hace el ganado. En las zonas llanas y centrales constatamos una concentración de animales, y pastoreo o cebo intensivo, y algún laboreo si es el caso. La dehesa aquí se fosiliza y la falta de renuevo de la arboleda es una gran amenaza. Por el contrario, en las zonas con pendiente y/o más alejadas, la intensidad es mucho menor, y se matorralizan o asilvestran, se pierden los pastos, apenas hay manejo. Pero lo mismo que sucede al interior de las fincas podemos decir entre fincas de un municipio, dependiendo de la calidad de sus suelos y de la pendiente y, así, áreas llanas y con mejores suelos se convierten en zonas de cultivo intensivo y las más montañosas devienen marginales, a veces semiabandonadas. Y algo parecido se aprecia asimismo a escala comarcal, por ejemplo en Tentudía, en que hay municipios que intensifican la actividad agraria en la penillanura
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