scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Discursos leidos ante la Real Academia Española en la recepción pública del Sr. D. Ramón de Campoamor, el día 9 de marzo de 1862

Campoamor, Ramón de (1817-1901); Molins, Mariano Roca de Togores, Marqués de (1812-1889)

Full text

DISCURSOS LEIDOS ANTE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA EN LA RECEPCION PÚBLICA DEL Sr. I). RAMON DE CAMPOAMOR, el (lia 9 de Mano de 18 G 'i. MADRID IMPRENTA Y ESTEREOTIPIA DE M. KIVADENEYRA calle <le la Madera, número 8. 18(52 DISCURSOS - 2 . LEIDOS ANTE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, EN LA RECEPCION PÚBLICA DEL Sr. D. RAMON DE CAMPO A MOR, el dia 9 de Marzo de 1862. MADRID, IMPRENTA Y ESTEREOTIPIA DE M. ■ R I V A D K N K YR A. calle de la Madera baja, Núm^S. i 862 . DISCURSO DE DON fíAMON DE CAMPOAMOB. LA METAFÍSICA LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR AL LENGUAJE. Señores: I. La Academia de la Lengua, encargada principalmen¬ te de discutir todos los problemas ideológicos, es la pri¬ mera corporación llamada á plantear y resolver las más trascendentales cuestiones de Filosofía, e& la única Aca¬ demia esencial y necesariamente metaf ísica. Sentar las leyes de un idioma es hacer el análisis del pensamiento humano, pues no se puede ménos de conocer el pensar cuando se estudia el cómo se piensa. Las formas necesarias del lenguaje son las formas ne¬ cesarias del pensamiento: el cpie estudia el pensamien¬ to conoce al hombre; y el hombre, como dice Protágoras, es la medida de todo. Y una Academia que analiza el pensamiento, no sólo conoce al hombre, sino que, su¬ biendo de escalón en escalón, de la ley gramatical, ó sea de la forma externa al pensamiento, de la legislación al legislador, llega desde la facultad de pensar hasta la razón, esa luz desprendida del cielo, y que, según la frase de Cousin, es un huésped que nos trae nuevas de un mundo desconocido: de tal modo, que el estudio de DISCURSO una lengua es el saber por excelencia, pues teniendo el espíritu creado por base y el espíritu creador por vérti¬ ce , pasa de la Psicología á la Metafísica, sube desde el hombre á Dios. Hago esta indicación sobre el alcance metafísico de la respetable Academia que me ha dispensado la no mere¬ cida honra de admitirme en su seno, para empezar com¬ batiendo la opinión vulgar que cree que la Academia de la lengua no se debe ocupar más que en expedir cartas de naturaleza á las palabras que, en último resultado, no son más que la materia del lenguaje, cuando su prin¬ cipal misión es la de sistematizar el idioma, haciéndolo tan sencillo, que descanse sobre la naturaleza misma del pensamiento; tan fiel, que sólo exprese sus formas nece¬ sarias, y que sea un análisis tan exacto y preciso del entendimiento, que él solo constituya una completa y verdadera filosofía. II. Y al venir yo, por la indulgente votación de la Real Academia Española, áocupar el puesto que dejó vacante el Excmo. Sr. D. José Castillo y Ayensa, sabio helenis¬ ta, escritor castizo, diplomático distinguido, yen cuyo elogio no me extiendo más, porque se ha encargado de hacerlo, tan brillante como se merece, otra pluma mu¬ cho más docta que la mia, creo que sólo ocupándome en una cuestión de Filosofía trascendental aplicada al lenguaje, como es la de probar que los grandes metafí" sicos son los grandes perfeccionad ores de los idiomas, y que el grado de civilización de los pueblos corresponde exactamente á la altura de su lenguaje, podría hacerme DE D. RAMON DE CAMPOAMOR. digno de ser hoy escuchado con benevolencia por esta ilustre Corporación. III. Pero ántes de entrar en materia, ruego á la Acade¬ mia me disimule que al desarrollar el tema de mi dis¬ curso , ensalce tanto á la Metafísica, ciencia de las cau¬ sas; pues yo, como casi todos, participo un poco de la manía de Sofía Carlota, Reina de Prusia, de quien se quejaba Leibnitz, porque siempre quería saber el por qué de el por qué. Ya he indicado que la Metafísica no es más que la ciencia del pensamiento, que el pensamiento es el hom¬ bre , y que, como asegura Mallebranche : «De todas las ciencias humanas la más digna del hombre es la del hom¬ bre mismo». Y siendo la Metafísica la ciencia más dig¬ na de todas, pregunto yo ahora: ¿es posible tener un verdadero conocimiento de nada sin un profundo estu¬ dio de la Metafísica? Yo desde luego respondo que no; porque si en todas las ciencias hay algo de probabilidad, sólo en la Metafísica es todo certeza. Esta ciencia de las ciencias, ampliando sus teoremas desde la Psicología á la Cosmología racional, y de la Cosmología á la Teodi¬ cea, concluye por ser, además de la ciencia del hombre, la ciencia de Dios; y Dios, como ya es sabido, no puede ni engañarse ni engañarnos. Y haciendo una ligerísima exposición de la serie de dudas, que después iré aclarando, vuelvo á pregun¬ tar: en todo lo que tiene carácter científico, la expe¬ riencia ¿sirve para algo? Respetando la resolución ul¬ terior que sobre este punto tome la Academia, yo me discurso tual, en cuyo seno se engendran todos nuestros grandes pensamientos! Tronco de una posteridad eterna, la Me¬ tafísica da á las ideas una vitalidad imperecedera, y to¬ dos los hijos que ella no engendra son engendros. Donde no impera la Filosofía, ¿sabéis lo que reina? El íilosofísmo. La Filosofía es una serie de hechos espiritua¬ les enlazados inmediatamente á la idea de esencia, y el filosofismo no es más que un órden de ideas, que sin es¬ tar enlazadas á un principio superior, juzga de cosas eventuales, de hechos contingentes, y deja arrollar la verdad por la fatalidad de las circunstancias, y obliga á la razón eterna á rendir holocausto al maldecido dioséxito. Desde que los ineptos poderosos de la tierra han sustituido á la Filosofía con el filosofismo, ignorando que la razón de las ideas es la razón de las cosas, y que la verdad del entendimiento es la verdad de todo, la mayoiía de las inteligencias padece de una tisis intelectual, que ha permitido que se introduzca en la literatura el novelismo moderno, esa que no llamaré gran corrup¬ ción , sino esa gran insustancializacion del género hu¬ mano, que ha dejado infiltrar en nuestro modo social de existir un epicureismo fácil, que empieza en el pla¬ cer y acaba en el suicidio: que ha convertido el mundo de las ciencias naturales en un lugar de lugares comu¬ nes . que hace del campo de la política un palco escéni¬ co, que no sirve para otra cosa más que para la exhibi¬ ción de vanidades personales. ¡Maldición en el filosoismo, ó sea en la filosofía de no filosofar, que cuando suministra ideas falsas <5 estrechas á corazones enérgi' eos , produce los realistas inquisitoriales ó los demago¬ gos guillotinadores! ¿Quiénes han inundado el mundo agriuras y sangre más que esos lógicos de ideas in- DE D. RAMON DE CAMPOAMOR. 15 completas, esos fílosofístas de la Enciclopedia, que to¬ mando una quimera ó una paradoja por un sistema, han desterrado la delicadeza de la sociedad, la virtud de la moral y á Dios de la Teodicea, convirtiendo al padre de familia en una autoridad usurpadora, al sacerdote en un mueble inútil y al magistrado en un verdugo!... Sin la Filosofía (ó por mejor decir, sin su expresión más alta, la Metafísica), la política es una lucha de palos de ciego; la Historia una retahila de inepcias sin atractivo y sin moralidad; la Economía política, desti¬ tuida de virtud, una hábil canalización que consiste en derivar hácia la propia heredad las aguas que Dios man¬ daba para fertilizar la ajena; el derecho una ordenanza de municipio; la moral una preocupación de distrito; las artes una manifestación de mentiras tontas ó de ver¬ dades triviales; los poetas unos adoquinadores de pala¬ bras , y los prosistas unos acarreadores de palabras sin adoquinar. VIL De lo que llevamos dicho se deduce que no saber Me¬ tafísica es no saber nada. ¡ Sombras de Plinio, Copérnico , Newton y Cuvier! os pido perdón por mi irre¬ verencia; pero, repito que no saber Metafísica es no saber nada. Sólo conocer el sér en su esencia, es saber; fuera de esto, es más ó ménos indiferente conocer el sér en un mayor ó menor grado de sus maneras de ser. Lo único que en vuestras ciencias hay de absoluta¬ mente cierto son las Matemáticas, y las Matemáticas no son más que principios metafísicos deducidos de la idea de cantidad; son axiomas evidentemente intuitivos, 16 DISCURSO son la verdad inteligible aplicada á la verdad mate¬ rial. Perdonadme si una necesidad científica me obliga á ser tan cruel con vuestras ciencias secundarias; pe¬ ro sobre las ciencias de vuestras causas causadas está el conocimiento de la gran causa causante. No me pre¬ sentéis la experiencia como única prueba de vuestra sabiduría : la experiencia es como Anteo, hija de la tierra, y no tiene ninguna idea del cielo. Yo moriría de sed, si me obligarais á beber la ciencia en la fuen¬ te de la experiencia, ese infecundo manantial de don¬ de nunca se derivan las concepciones de lo inmenso, de lo eterno, de la virtud, del alma, de Dios y de la inmortalidad. Reniego de ese experimentalismo exclu¬ sivamente deductivo, que tiene por único objeto el es¬ tudio de lo finito, y que cuando aspira á más altas con¬ cepciones, anade lo finito á sí mismo, y nunca da por re¬ sultado lo infinito, sino lo indefinido. Y es inútil que I a experiencia intente ver más allá de la sombra que pro¬ vecta, porque todas las experiencias del mundo acumu¬ ladas podrán dar por la adición una generalidad muy extensa; pero por mas extensa que la supongáis, así como lo indefinido nunca llegará á ser lo infinito, ja¬ más la generalidad será la universalidad. « L a verdad de mis clasificaciones, dirá Plinio, áun es la pauta de las clasificaciones de los naturalistas modernos.» No lo dudo. «El sol, seguirá Copérnico, es el centro del unieiso.» Es muy posible.—«Todos los cuerpos, añadirá después Newton, se atraen en razón directa de su ma¬ sa, y en razón inversa del cuadrado de las distancias.» , creo - "Existe, concluirá Cuvier, entre todos los ói ganoo de un mismo animal una correspondencia y surcinacion tales, que del conocimiento de un solo dr- DE D. RAMON DE CAMPOAMOR. 17 gano se puede deducir el de los demás.» Todo esto po¬ drá ser cierto. Pero la certeza de estas ciencias humanas es de una verdad posible, contingente, hipotética; y el sabio lo que debe buscar es la ciencia axiomática, las verdades de necesidad absoluta. Las clasificaciones de Plinio, el sistema planetario de Copérnico, la ley de la gravitación universal de Newton, y la regla de la correlación de las formas de Jorge Cuvier, son cosas finitas, leyes contingentes; y ninguna adición de cosas finitas puede dar por total lo infinito, y las acumulaciones de objetos contingentes nunca po¬ drán conducir á la idea de lo necesario. Las leyes de es¬ tos grandes naturalistas serán verdad hoy; pero ¿lo serán mañana? Y si Dios quisiese mañana crear otro universo, basando su régimen en principios diferentes de las leyes del actual orden físico, ¿serian verdad las leyes que hubiesen regido hasta hoy á nuestro universo? No, seguramente; pero siempre serán verdad los prin¬ cipios de la Metafísica, porque estas leyes no son causas causadas , sino que son maneras de ser de la gran causa causante; porque sería inconcebible que Dios pudiese hacer que los rayos de un círculo sean desiguales, ó que haya un efecto sin causa, ó una causa sin sér, ó un fenómeno sin sustancia, ó una cualidad sinsugeto, ó una multiplicidad sin unidad, ó que la justicia sea un mal; porque estas son verdades de un orden supremo, de una necesidad absoluta, verdades que constituyen el fondo mismo de la naturaleza del hombre, legado in¬ mortal , trasunto divino de las verdades absolutas, fun¬ dadas en la sustancia íntima de Dios. 18 DISCURSO VIIL Y concretando el razonamiento al objeto principal ele nuestro discurso, continuaremos probando el tema de fine La Metafísica limpia , fija y da esplendor al guaje . Para esto empezaremos considerando la Metafísica, que es a ciencia del pensamiento en potencia ó en sí, con relación al lenguaje, parte de la Lógica, que es la cien¬ cia del pensamiento en acto ó fuera de sí . a expresión nace de la idea, como la luz del sol. L a expresión y la idea son dos hermanas gemelas; p lieS aunque la expresión haya venido al mundo mil años espues que la idea, cuando se encarnan parece que han nacido al mismo tiempo. De dos q U e se ocupan en una idea, ¿quién tiene más íeri o, el que la descubre ó el que la describe? Day una cosa poco mónos importante que la idea, ye* su expresión metafísica. La expresión metafísica tiene el mismo carácter de universalidad que la idea: describe á un individuo, y comprende á todo el género; define la ad, y abraza la totalidad; así conviene á un solo nu¬ mero, como á todos los números posibles. Y sólo está di' o metafísicamente, ó más claro, sólo está bien dich° q . o que no es posible decirlo mejor; porque la defi' cion metafísica echa su raíz en la sustancia misma de la cosa que describe, se inspira en su fuerza, y la abrafll \ la com P re mle en la unidad de su esencia indivm » y en la totalidad de su extensión genérica. eril . * . ó no es cribir en Metafísica es hablar ó es- 19 DE D. RAMON DE CAMPOAMOR. Cuando los filósofos dicen : «El orden es la variedad sometida á la unidad», esta definición comprende á toda clase de órdenes .—«El hombre es una inteligencia servida por órganos •>; esta descripción del hombre abraza á todos los hombres en toda la plenitud de su carácter físico y moral.—» El bien de una criatura cualquiera es la rea¬ lización de su fin conforme á su organización»; este es el bien de todos los séres sin excepción. —« L a verdad es la perfecta identidad de la idea y de su objeto»; de la perfecta conformidad del pensamiento y de la cosa pen¬ sada tiene que resultar indefectiblemente lo verdadero.— « La Filosofía es la ciencia de nuestros medios de co¬ nocer »; definición que conviene á todas y á cada una de las partes de la ciencia. Estas y otra multitud de definiciones metafísicas, ó lo que es lo mismo, absolutamente propias, que se hallan diseminadas en los libros de Filosofía, son las que hacen que un lenguaje se limpie de términos parásitos, mar¬ che con fijeza sobre un terreno de granito, y brille es¬ plendorosamente en esas regiones del alma, donde Dios se dignó esculpir la razón de las razones, ó sea la cien¬ cia de la razón de las cosas. IX. Las bases de la Gramática general, las leyes del pen¬ samiento, son metafísicas, son de necesidad absoluta;las formas con que se expresan son fisiológicas, sólo son de necesidad contingente. El modo ó la ley de expresarse el pensamiento es invariable, universal, cosmopolita; la forma ó la palabra en que se expresa es contingente, localizada, territorial. *° DISCURSO Considerados en sus idiotismos nacionales, en sus caractéres regnícolas, todos los idiomas toman nn cierto olor del terreno donde nacen. Mostradme el idioma de una nación, y os diré cuál es su carácter. Tantas razas, tantos idiomas; y por eso, sólo creeré en la posibilidad de una lengua universal, cuando me pro¬ béis que existe una identidad fisiológica universal. He leido historiadores muy veraces y muy serios q u0 atribuyen la invención de la escritura alfabética al feni¬ cio Cadmo. Esta es una de las muchas simplezas tradi¬ cionales con que los eruditos atestan la cabeza del vulgo- A los cinco minutos de reunir á un vaquero de las Landas con un pastor de la Alcarria, ya repiten la invención de Cadmo y se entienden perfectamente, ora represen¬ tando los sonidos articulados por medio de un alfabeto convencional, ora pintando las ideas por medio de jero¬ glíficos , de seguro no mucho más insignificantes que l° s de los egipcios. En materia de inventar lenguajes, los amantes en vi sita son más perspicaces que Cadmo. Lo que no saben los historiadores á quienes aludo, y yo, aunque soy tan ignorante, sí lo sé, es el maestro que ensenó la lógica á nuestro padre Adan; pues es e suponer que nuestro padre Adan no habrá hablado en e paraíso sin gramática y sin lógica. A esto me contesta rán que Adan hablaria correctamente por un milag^ Hios; y á esto respondo yo que Adan habló como D 1 0 *’ le dió á entender, sin más que abandonar el entendiun e ri t° á lo que los escolásticos llamaban la lógica r > ia ^ lil 11 ^ porque el pensamiento, al reducir en sus maneras de ^ todas sus ideas á sustancias , cualidades y relaciones , y a DE D. RAMON DE CaMPOAMOR. 21 expresarlas con estas tres clases de palabras, sustantivos, adjetivos y verbos , obedece á una ley de su naturaleza esencial, porque el sér en potencia, al pasar ásér en ac¬ to, ye copiadas por la Lógica y la Gramática algunas de sus maneras de ser. En toda gramática, por una ley que hayan inventado los hombres, ciento las ha revelado Dios. En su misticismo materialista sostiene Bonald, « que ántes de la invención del lenguaje, el entendimiento es un libro cerrado con siete sellos;—que el espíritu, ántes de haber oido la palabra, está vacío, desnudo;—que los hom¬ bres reciben unos de otros su existencia física por la ge¬ neración , y su existencia moral por la palabra». Bonald, sin duda, creia que se piensa porque se ha¬ bla, cuando la verdad es que se habla porque se piensa. Y el hombre al hablar, ó lo que es igual, el pensamiento al obrar, se corporiza, toma forma bajo una pauta inva¬ riable, típica, universal, que se llaman lógica y gra¬ mática. Si se le preguntára á Bonald « ¿por qué no piensa vuestro perro?» siendo consecuente con su sistema, con¬ testaría: « porque carece de signos»; y si se le volviera á preguntar : «y ¿por qué carece de signos?» siendo infiel entónces á su método . tendría que decir : « Porque no piensa». El pensamiento sin la palabra siempre es una concep¬ ción; pero la palabra sin la idea es un alarido. El signo casi nunca es padre de una idea; miéntras que donde quiera que nace una idea brota un signo. Por eso, aunque algo vaga, no deja de ser cierta la aser¬ ción de Lamennais, de que «aprender á hablar es apren¬ der á pensar»; y más exactamente dice el que fué indivi¬ duo de esta Academia, nuestro malogrado Balmes, «que estudiar el lenguaje es estudiar el pensamiento »*, porque en el artificio interior del lenguaje, considerado, no co mo el arte, sino como la ciencia de la palabra, sino es todo el pensamiento, están la mayor parte de sus maní testaciones; y sino está todo el sér, se hallan sus princi pales maneras; de modo, que sin dejar de ser cierto boj algún punto de vista el principio de la antigua escuela de que «todas las lenguas son dialectos de una sola». que es de certeza metafísica, de verdad absoluta, es qu todas las gramáticas son variantes de una misma. En 0 dos los idiomas, lo que hay de limpio, fijo y esjüen 0 roso son los principios que se llaman de Gramática neral, es la regla universal, es la ley metafísica; las ir 1 gularidades, lo que hay en ellos de oscuro, variable , confuso, es de invención local, es todo antimetafísie X. Todos los grandes pensadores son metafísicos, áun ^ saberlo. Por eso vemos que los buenos poetas no s°n n^ que filósofos que expresan sus concepciones por niedie ^ imágenes. Estos metafísicos por intuición ignoran to ^ pletamente, ó para hablar con más exactitud, á eU°- ^ les importa saber si el latín es el padre, y el grien 0 ^ tio carnal ó el abuelo del español; y prescindiendo j ® ^ ilustre, ó no ilustre, prosapia de las voces, suelen e ^ á las plazuelas, como Quevedo, á las descendientv^^ antiguas casas solariegas, ó colocan, como Cen * ^ en el solio de la elocuencia á términos que aA ei P al ^ .^ vulgares hasta á la misma plebe. Estos grande» ^ cadores, ó santificadores, de las augustas, ó no al1r ^.^ aS( frases tradicionales, mucho mejor que losetimolog 1 DE D. RAMON DE CAMPOAMOR. respetuosos adoradores de la heráldica del vocablo, son los que verdaderamente fijan los idiomas, porque no in¬ movilizan los pensamientos cargándolos con palabras que no suelen significar lo que la autoridad quiere que sig¬ nifiquen, sino que, convirtiendo el mármol en carne, y dando á cada pensamiento una voz, que aunque no sea histórica puede no tener sustitución posible, suben el nombre y lo nombrado á la región inmutable de las ideas, donde lo que existe, existe eternamente. Y cuando una frase ha sido ennoblecida ó acanallada por estos hablis¬ tas inspirados, por estos fotógrafos de ideas, es inútil acu¬ dir al origen de la palabra para rehabilitarla ó excomul¬ garla, pues la ley de la significación de los términos no tiene efecto retroactivo; y por mas que diga Nodier « que la etimología es el pasaporte del vocablo», yo sos¬ tengo que la expresión metafísica, con más verdad que la etimología, no sólo es el pasaporte del vocablo, sino la carta de seguridad de la inmortalidad de las ideas. Voy á esclarecer más mi opinión con un ejemplo. Los etimólogos dicen que la palabra filosofía se deriva de philos , amante, y sophia , sabiduría. Hoy Filosofía sig¬ nifica la ciencia del pensamiento; de modo, que lo que ántes significaba un sentimiento, ahora significa una ciencia Según la etimología, la palabra filosofía no es más que el deseo de saber; y según el uso, la Filosofía es el saber mismo. La palabra sofista se deriva de sophos (sabio); y ahora sofista, en vez de sabio, significa un ar¬ gumentador de mala fe. Véase cómo la etimología, si unas veces da el conocimiento de una palabra, otras ve ¬ ces lo quita. Insisto, pues, en decir que en vez de fijar la significa¬ ción del lenguaje, haciendo exclusivamente historias lar- DISCURSO limpiémelos, y vi que no dormía, sino que redámente estaba despierto. Con todo esto, me tenté la cabeza y l° s pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí es¬ taba, ó alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento , los discursos concertados que en¬ tre mí hacia, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora». — Con este razonamiento psic° lógico, el hidalgo manchego, no solamente prueba ( P l6 existe porque piensa, ó como él dice, porque hace diS " cursos concertados , sino que existe con identidad de con ciencia, habiendo sido allí entonces el mismo que eS aquí ahora. Pero ni el ser el Quijote el desenvolvimiento objetivo del pensamiento metafísico pienso, luego soy* bastó para que Descartes tuviese la lealtad de confesar que la más célebre de sus concepciones había sido c° piada, pero literalmente copiada, de nuestro comparo ta Gómez Pereira. Y si el don de invención es don do fortuna, como dice Quintana, no le bastó á Gómez reira la fortuna de ser el inventor del pienso, luego , pues la posteridad ha declarado á Descartes poseedor de buena fe de su evidentísimo plagio; y si Gómez ? evelí * j tu\o la fortuna de la invención, no tuvo la fortuna que se le hiciese justicia. ^ 1 1 ero, en fin, aparece Descartes en el siglo xvii» } tl rebatándonos el cetro de la Metafísica, como era nato* - decalvó al idioma español poniendo fin á su re¡n ad °’ inauguró al mismo tiempo un destino tan glorioso co inmerecido para la lengua francesa. slJ Y es que en cualquier parte del suelo en que P 011 planta un metafísico nace una civilización. t e \ Respirando en la atmósfera sin límites creada V o * espíritu de Descartes, se vigorizan en Francia los en DE D. RAMON DE CAMFOAMOR. 31 dimientos cIg Mallebranche, Bossuet y Fenelon en Filo¬ sofía é Historia; y Gn Literatura, de Gorneille y de Racine. En Alemania, después que Klopstock debe su desar¬ rollo a Leibnitz, viene Kant, tan grande como Aristóte¬ les , y acabando de desentecar el aleman, llegan á ha¬ cerle casi rival del griego, en Literatura sus adeptos Schiller y Goethe, y en Filosofía un sinnúmero de discí¬ pulos , que, si bien han galbanizado todas las inteligen¬ cias hasta los límites del delirio, han obligado también ú todos los idiomas á enriquecerse con un gran caudal de esas palabras metafísicas que forman una parte muy considerable del vocabulario de todas las ciencias, ha¬ ciendo que la mayoría de los idiomas toquen ya con la cabeza al cielo, por haberse aumentado tanto en ellos la parte divina del lenguaje humano. XIII. Y concluyendo, para no privar por más tiempo á mi auditorio de oir otra voz más elocuente que la mia, resu¬ miré el objeto de mi discurso, diciendo que yo no quiero que todos los hombres inteligentes se conviertan en ontólogos, que, inclinados hacia la profunda fragua donde se forjan los primeros principios, pasen la vida amasando tinieblas para hacer surgir espectros, no; lo que yo me propongo no es siquiera que la Filosofía se mezcle en nada, sino que se piense en todo desde la región elevada de la Metafísica. Si Esopo, en alguno de sus apólogos, hu¬ biera dado vista y enseñado Metafísica á algún topo, tendría entónces que suponer por necesidad que su héroe no veia como los demás topos las cosas de abajo arriba, DISCURSO 5Í sino que las veia de arriba abajo, mucho mejor que las águilas. Esta ciencia, que busca la esencia de las cosas y los principios de todos los séres, es la palanca de Arquí" medes, con la cual mueve el hombre á placer todos los universos inteligibles. Podéis honrar vuestra inteligencia con todas las máximas de la moral, ilustrarla con el conocimiento de todos los fenómenos físicos, fortificarla en el trato social con el estudio de todos los problemas económico-políticos; pues después de saber todo esto, y mucho más que todo esto, el no saber Metafísica es no saber lo lo que se sabe. ¡Jóvenes, á quienes amo con la ternura paternal && que está en el principio del fin de su existencia! Si fi ue " reis escribir y hablar tan divinamente como los Balmes y los Donosos, arrebatados por la muerte en lo mejor de su edad del seno de esta Academia, y como otros muchos qu e en la actualidad causan su orgullo, y á quienes no nom" bro por no ofender su modestia, ¡ estudiad esa ciencia so. bre la cual los espíritus superficiales disputan, no sólo si existe, sino hasta la verosimilitud de que pueda exis tir; pero que es la única que nos suministra las pi' ue bas más patentes de la espiritualidad de nuestra alma, e la inmutabilidad de las leyes morales, y de la existencia» del poder, de la justicia y de la bondad de Dios! ¡Empm a ded, emprended el estudio de una ciencia compuesta 6 verdades que están fuera de nosotros, y muy por encima de nosotros, y por tanto, más que délos hombres, dig 113, de los ángeles: que nos enseña las leyes divinas en la* 1 ® turaleza humana: que tiene á Dios y al alma por p llíl de partida, por punto de apoyo la lógica, y la moral p° punto de parada! ¡Santificad el sol de esas luces que s “ llaman ciencias: que saca las vidas de los limbo 8; d u 53 DE D. RAMON DE CAMPO AMOR. esclarece todos los presentimientos confusos de lo infi¬ nito: que, adormeciendo las pasiones físicas, sólo exalta un sentimiento moral, que podremos llamar la pasión de la razón, pasión divina que no siempre nos da consuelos, pero que jamás nos hace derramar una lágrima; pasión, en fin, que abismándonos en ese trabajo interior de las ideas, secreto y santo como la oración, y que no tiene más que á Dios y á la conciencia por testigos, estimula en nosotros cada vez más el deseo de saber, esa esperanza sin desengaños, y el estudio de la verdad, el único placer sin remordimientos! Excmo. í DISCURSO «. D. MARIANO ROCA DE TOGORES, Marqués de Molins, EN CONTESTACION AL PRECEDENTE. 3 'lUMOOT . / >011 0/ 1« * ! '! '• ' V Señores : Cuando la imaginación vuela y se cierne en las ele¬ vadas regiones de la Metafísica, llevada ó' sostenida por el impulso de un ingenio prepotente, es cosa desapacible y violenta plegar las alas y descender, por no decir des¬ plomarse , hasta los terrenales albergues en donde nos¬ otros residimos, hablamos, nos movemos. Y, sin embar¬ go , á este rápido descenso, á este seguro golpe me lla¬ ma la amistad, y me fuerza el deber; asísteme al ménos la esperanza de que me recibirá vuestra benevolencia, y de que, los que aplaudisteis álos vuelos del ingenio, no habéis de reir con el descalabro de mi buen deseo. La Academia Española, ántes de elegir por emblema el crisol que limpia, fija y da esplendor al oro purísimo de la lengua castellana, emblema que ha adoptado el nuevo justador como blasón en esta su reciente empresa; la Academia, digo, usó otro timbre más modesto y no ménos significativo: el de una colmena de humildes, laboriosas y útiles abejas. Séame permitido aceptar hoy como existente semejante escudo, y siguiendo su alego¬ ría , decir que el señor Campoamor ha acercado la lia- CONTESTACION ma de su ingenio á la piquera de esta colmena literaria» y que á su calor ha hecho volar el enjambre de las 111 teligencias, y con las nubes de su aroma las ha l evaa tado á alturas, para ellas, si no desconocidas, por lo ^ nos poco frecuentadas. Ahora bien, disipada ya la ^ ra gancia, apagado el fuego, necesario es que volva** 1 uno tras otro hacia nuestro abandonado panal ;p° r( l u # 0 ‘ cabo, en él se labra y custodia el habla, miel dulcís^ con que nos despecharon nuestras madres, y blanca que se consagra en los altares del Dios vivo, y c011 ^ cual se alumbrarán en sus caminos las generaciones nideras. El idioma! ¡Mina beneficiada siempre, y siemp 1 ® 1 1 agotable! ¡Tesoro en que guardamos como joyas preoi° s ^ las expresiones de amor, que casi en la cuna recibid 1 ^ santuario venerando, en donde aprendimos el himn° regrino de infalible esperanza, que entonaremos al de de la tumba! ¿Qué mucho si le amamos con fi^ a ^ nura, y si con fanático respeto le damos culto, profanos? 3 o Pero los que se dedican á los graves estudios Historia y de la Filosofía, áun tienen más poderosa n ^ para estimar el lenguaje puro, fijo y esplendoro^ ^ que vosotros dedicáis vuestras vigilias; porque, c011 ^ x ha dicho el nuevo Académico: el idioma es el tantísimo objeto á cuya perfección se lian dedicad 0 preferencia los grandes filó sofos y metafísicos; y 0 ^ j es más: el grado de civilización de los pueblos coi / & ^ de exactamente á la altura de su lenguaje. jjdo Verdades son estas que, por decirlo así, le tan *• gJl al camino al señor Campoamor, y cuya existenci^^ general y en abstracto, ha demostrado con aqu 1 DEL ExcjMO. Sr. MARQUÉS DE M0L1NS. 39 sofía epigramática, con aquella originalidad peligrosa, que personifican su claro talento, y caracterizan su inimitable estilo. Oportuno sería que os presentase yo ahora algunas ligeras consideraciones sobre semejante hecho histórico, concretándolo á nuestra patria y á nues¬ tro idioma, si un deber de cortesanía y de afecto no me llamase mas bien á dar la bienvenida al nuevo compa¬ ñero y antiguo amigo, recordando con él otros tiempos y otros estudios; en lo cual, pienso yo, que los que me oyen columbrarán el título más auténtico de la nobleza literaria que hoy le confiere la Academia: ésta se afir¬ mará en su fallo, previendo lo muy útil que puede ser¬ le en las venideras empresas campeón tan experimenta¬ do ; y el mismo señor Campoamor verá, no sin grato res¬ peto , el compromiso que le impone el alto puesto á que es llamado, y que primero que él ocuparon varones ilus¬ tres en Filosofía y en Literatura. En una palabra, mis pobres razones no ampliarán las que habéis oido , que á tanto no alcanzan; ménos aún las impugnarán, que esto ni la ocasión, ni el afecto, ni la inteligencia me lo consienten; os demostrarán mera¬ mente dos cosas: 1. a , que el nuevo Académico se elevó por el estudio de la Poesía al amor y culto de la Metafí¬ sica; y 2. a , que este mismo culto debe ser razonable, y no fantástico; como dirigido á llegar por las vias de la ra¬ zón á la contemplación délo absoluto bueno, de lo abso¬ luto justo y de lo absoluto bello: es decir, al conoci¬ miento de la filosofía cristiana, demostrada á la vez pol¬ las maravillas de la naturaleza, por las inducciones déla ciencia y por los sucesos de la historia. Otros tiempos, he dicho; y por cierto que en ellos no miraba el señor Campoamor las ciencias experimentales CONTESTACION harto fuerte, imperio demasiado extenso, para que todo reconozcamos su virilidad, y no lo afeminemos. Pero dolora no significa una sensación, sino un p° eiua ^ ¿por qué? Vamos despacio. En la Poética halla# 10 nombres de diferentes clases: los de unas estrofas se * e fieren sólo á un numeral, como cuartetas, quintillas» ° 6 ^ tavas; bien así como aquellas infelices criaturas eX P° s1 ^ tas, que no son conocidas más que por el número de ^ cuna en que yacen: la número 4, la 5, la 8. Otras c0 ^ posiciones hay más felices y aristocráticas, que perpet 1 # ^ el apellido de su padre; y sin remontarnos á las an ^ creónticas, que inmortalizan al lírico de Teyo, * en6l ^ e en Castilla las espinelas, que debieron el sér a ^ icel Espinel, y poco falta para que el nombre de Jorga rique se convierta en apellido de un linaje de P 0 6 " 1 ^ 1 oemas hay también que convierten en nombre prop 1 apodo metafórico, y así llamamos redondillas y ° vl ^ á cosas que no pasaron ni por el torno ni por I a ^ eva ^ úera. Ni falta ejemplo de referir al lugar de su miento el nombre de alguna familia de poemas, y 0 sabemos de dónde vienen las zarzuelas, y q lliza ° n * semejante tengan los madrigales. t ¿e Poro ¿dónde están los etimologistas, los adorad 016 la heráldica del vocablo, como diría el señor Camp° aI \ s que me puedan explicar por qué se llamaron e llC e0 ^ las endechas, y coplas las coplas, y sonetos los so* 6 Pues bien, por razón igual se llaman las doloras do porque así plugo á quien tuvo la dicha de descubr^ y la constancia de perfeccionarlas, y la gloria de * aceptadas y aplaudidas por el uso, juez y árbitro sup 1 e quien la Academia es, sino servil ejecutora, á nos concienzuda cronista. DEL Excmo. Sr. MARQUÉS DE MOLINS. 47 Lo que importa es averiguar si tal nombre es necesa¬ rio para designar un objeto nuevo, y más aún definir el objeto mismo, para reconocer su novedad y dar carta de naturaleza al vocablo que lo distingue. La dolor a, según su autor, es una composición poéti¬ ca en la cual se debe hallar unida la ligereza con el sentimiento, y la concisión con la importancia filosófica; otro crítico la ha definido como un juguete intencional, género misto de anacreóntica y epigrama; y no falta quien suponga que, como las penas del corazón se lla¬ man dolores , las penas del entendimiento se llaman do~ loras; y otro, en fin, piensa que éstas son unos madri¬ gales del ingenio, cuya agudeza se clava melancólica¬ mente en el corazón. Pues bien, Señores, yo tengo para mí que tales poe¬ sías , sencillas como la anacreóntica, ligeras como el ma¬ drigal, picantes como el epigrama, no están empapadas en el vino de los banquetes como la anacreóntica, ni perfumadas de tomillo y mejorana como el madrigal, ni salpimentadas de mostaza como el epigrama; pero que conmueven como la ovia, describen como el idilio y corrigen como la sátira. Mucho tiempo há que se dice que la sociedad está cor¬ roída por el cáncer de los vicios. Yo no sé si esta figura es limpia, pero ya es antigua: perdóneseme, pues, que la use. Para curar á la pobre enferma, hé aquí que unos emplean el acero de las leyes, otros apelan al cauterio de las revoluciones ; los poetas, doctores no ménos sa¬ bios , aunque más humanos, forman sobre la enfermedad el diagnóstico de sus sátiras y el plan de sus comedias y el triste pronóstico de sus elegías; pero ello es que la enferma sigue y el cáncer no se cura. ^ CONTESTACION Hé aquí un nuevo doctor. Gran fama lia logrado o 11 poco tiempo. Entre sus émulos, unos dicen que sus a ie dicamentos están confeccionados de mortíferos vea e nos; otros, que no tienen más virtud que la seduct° ríl elocuencia de quien los propina; por el contrario, sllS parciales aseguran que contienen tales específicos l° s más portentosos secretos de la naturaleza y los doa eS más opimos de la Providencia, y que es con ellos efi c ‘ l2 el remedio, fácil el plan, infalible la curación. Poro lo que no cabe duda, y salta á los ojos de todos, y c [ fiesan amigos y enemigos es, que tales honre opáfi c ^ medicamentos son apacibles á la vista como granos ^ aljófar, y que así es grato y fácil el apurarlos com° beber en con' En limpio vaso cíe cristal luciente Agua que serenó barro de Andújar. Tales son, Señores, las dolo ras: aceptadlas, os diré ^ que si vuestra dolencia se cura ó se alivia, eso hnb r ^ ganado; y si no mejoráis con la medicina, por lom 1 habréis conocido la sana intención y el admirable lento de quien la administra. , ^ En suma, la composición de que hablamos es b£ ^ en su forma, grave en su esencia; á primera vista a P ' cible y quizá placentera; en el dejo que lleva tras moral, y tal vez melancólica. " Con estos datos, presumo yo que algún erudito, c a ^ ^ do en nuestros antiguos poetas, exhumará dolor asdudo. Algún crítico alegará que nuestro poeta h a cea itar cho y dado á la estampa doloras arlos ántes de ÍJP g el nombre. Es muy posible. Y áun no faltará qm p n * arguya ad hominem con que yo mismo (mal oopl el ° ' : 49 DEL Excito. Sfi. JIARQüfiS DE MOLINS. hecho dolúras sin saberlo-, y las he apellidado madrigales. Y yo lo creo. Pero á estos tales responderé que ántes, mucho ántes, de que Copérnico descubriese la importante verdad de que ha hablado el señor Campoamor, é impusiera su nombre á su sistema, ya era el sol centro luminoso de la máquina celeste, y rodaba alrededor suyo el globo en que tantos filósofos habian girado sin saberlo. Antes que la madura fruta se desprendiese del árbol, á cuya sombra reposaba Newton, y que éste infiriese de aque¬ lla caida la atracción al centro de la tierra , en ella vivia , atraido también, sin conocerlo. ¿Qué más! en el ho¬ gar de cada familia liervia el vapor, y alrededor de ca¬ da hombre oscilaba la electricidad, ántes que el genio contemporáneo enfrenase el uno como dragón flamígero, sobre cuya grupa vuela por las naciones y los mares; y despidiese la otra como fulmínea mensajera, que lleva instantáneamente de una extremidad á otra de Europa la idea humana, servida y materializada por el rayo de Dios. Diré, en fin, que tanto en el orden físico como en el orden moral, todo existe desde que se pronunció el om¬ nipotente Fiat. Nihil novrnn; pero ¡feliz el mortal que, en un momento de inspiración ó de ensueño, tiende la mano, levanta el instrumento que junto á él yacía ig¬ norado ú oculto desde la creación, y mostrándolo á la humanidad agradecida, le enseña su uso y le-impone su nombre! Me he extendido demasiado en la legitimidad del vocablo; comparemos ahora brevemente el objeto, para mejor conocerlo. La dolora no es anacreóntica. ¿Cómo esta hija voluptuosa del paganismo, coronada de rosas, CONTESTACION desceñido el pecho, la copa en la mano, podría recogí los severos consejos de un padre moribundo, que dic e> j Voy á morir : de nuestra vida escasa Pasa en engaños la primer mitad; La otra mitad en desengaños pasa. No, esta no es la voz de la anacreóntica; ¿será acaso * del madrigal? Pero mal podría semejante rapaz de la e ^ aí media, que persigue las mariposas entre las flores, ? ] sorprende las abejas en el labio de las zagalas, seguir & ; alma en su providencial peregrinación desde la nada , ) j viéndola en el mundo víctima de ilusiones y encerrad 1 en los sentidos, asegurar, como pudiera nuestro ascéti c ° j Malón de Chaide, ó Kempis si escribiera en buenos ver j sos castellanos, Que amando el cuerpo á la tierra, Y el alma aspirando al cielo, Siempre están acá en el suelo Cuerpo y espíritu en guerra. Pues ménos todavía se parece la dolora al epigra# 1 ’ i que aunque éste á veces es justo, nunca es caritativo»^. j ni se presta á las verdades dulces del EvangeÜ 0 » ^ 1 puede consolar á un padre en la muerte de su hija, aS ¡ gurándole Que para las almas puras Morir es resucitar. Ni tiene colores con que describir el funeral de una P bre niña, diciendo : Pobre Carolina mia! Nunca te podré olvidar. Ved lo que el mundo decia, Viendo el féretro pasar. Un clérigo: — « Empiece el canto.» El doctor : « Cesó el sufrir.» DEL Excmo. Sr. MARQUÉS DE MOLtNS. §1 El padre: « Me ahoga el llanto! » La madre : «Quiero morir!» Un muchacho: « Qué adornada!» Un joven: « Era muy bella!» Una moza: « Desgraciada!» Una vieja : « Feliz ella!» «Duerme en paz!» Dicen los buenos! —«Adiós! » Dicen los demas. Un filósofo : « Uno ménos! » Un poeta : « Un ángel más!» Hé aquí nuestra tésis moral que ya se trasluce: el poeta es, de todos estos interlocutores, el que tiene más razón : la Poesía es la que ha enseñado al señor Campoamor el camino de la filosofía verdadera. En cuanto á la tésis literaria, si esta composición ó dolora no es anacreóntica, ni madrigal, ni epigrama, ¿qué es? Dolora. ¿Qué os importa, Señores, que yo no la de¬ fina? Los poetas la conocen, los aficionados la cultivan, los curiosos la aplauden, las damas la sienten, y la Academia, no lo dudéis, admitiendo al autor, la dará carta de naturaleza. Por lo que hace á vosotros, que tan benévolamente me escucháis, yo no sé qué os parecerán los pensamientos que he citado, ni á cuál compararéis semejante estilo; pero de mí sé decir, que, cuando hojeo ciertos libros de mi antiguo amigo, pienso que traigo enire manos no sé cuál poeta desconocido del siglo xvi y xix, entre místico y racionalista, genio discutidor como hogaño se usa, y conceptista á la moda de antaño, maligno como un esprit fort , y, sin saberlo, imitador del Querubin de Ávila. Y lo que es más, Señores, presumo que alguno se allegará á mi Opinión si copio aquí sin comentario, y áun sin órden, algunos versos del señor Campoamor en su com- 52 CONTESTACION posición Vivir muriendo, juntos y barajados con de la célebre letrilla antigua : Vivo sin vivir en mí, Y tan alta vida espero. Que muero porque no muero. Dice Campoamor: Si de la vida por suerte El breve término dejo, Conmigo doy sin consejo En el confín de la muerte. Y á veces tan dulces lazos Forman la muerte y la vida. Que una en otra confundida, Van una de otra en los brazos. Y la antigua: Pero la vida de arriba Es la vida verdadera: Hasta que esta vida muera. No se goza estando viva. Muerte, no seas esquiva; Vive muriendo primero; Que muero porque no muero. Y Campoamor: Sácame ya, Dios clemente, De un abismo tan horrendo, O eternamente muriendo, O viviendo eternamente. Y la antigua: Sácame ya de esta muerte. Mi Dios, y dame la vida: No me tengas impedida En este lazo tan fuerte. Mira que muero por verte, Y vivir sin tí no quiero; Que muero porque no muero. otros DEL Excsio. Sr. MARQUÉS DE MOLINS. S3 Ahora bien , Señores , en esta liza en que tanto cente¬ llean las armas de agudeza y sensibilidad, que apénas se pueden distinguir uno de otro los combatientes, no me preguntéis quién es el vencedor. Tengo para mí que el señor Campoamor, nuevo Tancredo, se daría por ser¬ vido , y aún por dichoso, de rendir su corona de poeta á las plantas de su contendiente, que es, no sólo denodada y bella como Clorinda, sino sábia y santa, la más sábia y la más santa de las hijas de España, Teresa de Jesús. Al llegar, Señores, á este lugar, último límite de la carrera del cantor, y, en mi entender, punto de partida del filósofo, linde que naturalmente separa las dos par¬ tes de esta mi respuesta, como distingue y aparta al poeta que habéis coronado y al razonador que habéis oido, dos ideas á la vez me asaltan. Es la primera de admiración al largo camino recorrido por el autor de las Dolor as: desde la patria orilla del Navia, en que jugaba con la flor del valle nativo, hasta los nidos de águila , que sólo conoce bien el que se remonta á las cumbres con la santa escritora de Las Moradas , ¡oh, qué altura! ¡oh, qué dis¬ tancia ! El señor Campoamor la ha pasado, porque la ins¬ piración , madre al principio, le prodigaba en su rega¬ zo ternezas y flores; amante luego, correspondió apa¬ sionadamente á los ay es de su alma’, númen al cabo , le arrebató en sus alas y lo llevó, no sólo por los amenos co¬ llados de la Poesía, sino á las nevadas crestas de la Me¬ tafísica-, y, en fin, á las volcánicas cumbres de la místi¬ ca. La segunda idea que me ocurre es de curiosidad, de no vana curiosidad; porque, en efecto, al ver la pasmosa semejanza que hay, por decirlo así, en la fisonomía del raciocinio y del estilo entre la santa Doctora y el noví¬ simo Académico, me ocurre preguntar á éste por su CONTESTACION filiación filosófica y pedirle el árbol genealógico de sllS doctrinas. No temáis, sin embargo, que en la segunda parte d u0 de mi peroración resta, me pierda yo en semejantes i* 1 vestigaciones: no debo hacerlo, ni por mí, ni por vosotros» ni por el señor Campoamor mismo. No por mí, porq u0, profano á estas ciencias, la erudición pegadiza que ofio gase sería como color postizo, que no podría resistir clara luz que en este sitio se difunde. No por vosotros» porque si, como habéis oido hace poco, los escritores s distinguen por razas, y los filósofos por dinastías, ¿d lU mejor que vosotros conocerá el origen de aquellos y ^ sucesión y descendencia de éstas? Vosotros, que tenia» no liá mucho por compañeros á Donoso Cortés y & mes, últimos vástagos de aquella estirpe de príiocip^ del raciocinio, que gozaron en España el raro prrífi 6 ® de ser escuchados desde el extranjero: gloriosa prog e111 ^ que ascendiendo luego á Suarez, á Vives y á Raiman Lulio, va á esconder su origen, más allá del de la gua castellana, en San Isidoro de Sevilla, y áun la luz evangélica, en Séneca, el de Córdoba. Os o ^ eI1 f i ]0 ria además á vosotros, custodios del patrio idioma> sabéis bien cómo, aún en los tiempos en que para I a señanza se empleaba, ó se pretendia emplear, la de Cicerón, á pesar de ello han ilustrado la nuestra ^ insignes pensadores, ó si se quiere metafísicos, como entre los santos, Juan de la Cruz y Teresa de JeSllS; ^ r tre los ascéticos, los dos Luises; entre los políticos» ^ ^ vedra y Rivadeneira; entre los historiadores, Maii al Solís; y entre los poetas mismos , Calderón y Q ue ^ e Ni tampoco el señor Campoamor me agradecería investigaciones sobre el origen de su sistema; P 01 DEL Excmo. Sr. MARQUÉS DE MOLINS. 55 como al nuevo Académico no le importa saber si el latín es el padre, y el griego el tio carnal ó el abuelo del espa¬ ñol, me doy á entender que tampoco ha de tener en mu¬ cho el abolengo de sus doctrinas; sino que mas bien, des¬ cuidando en esta parte el libro del Personalismo, que es el escudo gentilicio de su sistema, no averiguará si el cuartel en que coloca al hombre con relación á Dios es semejante ó contrario al que estampó Granada en el Sím¬ bolo de la Fe; si el otro en que pinta al hombre en rela¬ ción con el Estado prueba su parentesco con Saavedra en las Empresas, ó con Mariana en su tratado Be Rege; y si, en fin, su grito del libre albedrío es ó no heredado del que ostenta y glosa Calderón en la Vida es sueño. De todos estos entronques y sucesiones, tengo' para mí que el señor Campoamor se cura poco, y que prefiere ser hijo de sus obras. En verdad que no yerra: éstas son muchas en número, ricas en popularidad. De las poéticas principales, ya os he hablado; de las en prosa, podéis juzgar por la bizarra muestra que vosotros mismos habéis oido. De mí sé de¬ cir que, ligado con el autor, no por hermandad de estu¬ dios , sino por sinceridad de afectos, sólo en afectos me declaro juez competente. Y cierto que no se hallará otro más fino y apasionado que el que muestra tener á la Aca¬ demia, cuya jurisdicción quiere extender por el campo de la Metafísica, y el que manifiesta á la misma ciencia, á quien pinta con cualidades y bellezas de otras y retrata con perfecciones casi divinas. Así es que la supone clara como la luz, fácil como la palabra, exacta como las Matemáticas, inflexible como la Lógica, como la Filosofía extensa, y como la Teología omnisciente y sagrada. CONTESTACION tés, caen á la parte de acá de aquella misma santa montaña, si oimos resonar en la lira de Prudencio y d e los demás poetas de la Iglesia el himno profético de sU ' independencia definitiva, secura libertatis , como eH° s decian: si nos convencemos, analizando los Doctores, desde Tertuliano hasta Beda, de la necesidad de un hierno á la vez fuerte y morigerado: si luego, en nn mismo momento histórico, percibimos en las desoladas orillas del Tibre el canto de aquella misma libertad, ele" vado por quien era á la vez sumo sacerdote y poeta, c0 ' mo Adriano I; y vemos en los bosques germánicos aquelia necesidad, certificada en las obras de quien, senie" jante á Aristóteles, era á un tiempo filósofo y preceptor* como Alcuino; de seguro que aguardaremos instintiva mente y saludaremos con afecto casi religioso el adve nimiento de Cario Magno. Éste, por su parte, cuando echaba de ménos en su vas tísimo imperio doce hombres del temple de San Jerónii» 0 y de San Agustin, confesaba implícitamente qne teñí* 1 la misión de convertir él en realidad lo que en el ^o habia sido deseo, y teoría en el otro de aquellos Padre*- En efecto, Cario Magno fué el brazo que aquel corazón excitó y qu e dirigió aquella inteligencia; pero brazo que trazó la línea divisoria del mundo antiguo y ^ nuevo; que influyó en el individuo y en la humanidadque fundió las pulverizadas escorias del orbe romano y e acero en bruto de las razas septentrionales, para se orinase, como hoy la vemos, rica y vigorosa, la $ u ropa moderna. Su brazo, además, elevándose á más altas regi° neS ' ívidió y consolidó á la vez y para siempre el imp el ' ° e sacerdocio; es decir, la autoridad civil, libre com° 63 DEL Excmo. Sr. MARQUÉS DE MOL1NS. humano albedrío á quien sirve; y la autoridad moral, soberana como la Divinidad á quien adora. Y pensar ahora que el destino de semejantes colosos no consista más qne en abrumar al género humano con su poder, y asombrarlo con la grandeza de sus con¬ quistas, es vano delirio. Cuesta demasiado (como dice Guizot) el asistir á semejante espectáculo, para que, una vez corrido el telón, nada quede de él subsistente sobre la haz de la tierra. Ni faltarían en nuestra España análogos ejemplos de la triple manifestación de que hablamos. ¿Qué es el descubrimiento, conquista y evangelizacion del nuevo Mundo, ó (como añorase diría) su anexión al antiguo, sino el efecto del corazón poético de Isabel, verdadera¬ mente Católica , que la desea; de la inteligencia perse¬ verante de Colon, que la demuestra, y del predestinado brazo de Cortés que la remata? En nuestros dias, en fin, Napoleón es el complemento necesario, el propagador providencial de aquel gran mo¬ vimiento que vaticinaron en sus poemas los poetas del siglo de Luis XIV, que iniciaron con sus escritos los estadistas y filósofos de Luis XV, y que en páginas de sangre formularon los revolucionarios del 91. Movi¬ miento que quizá no hubiera pasado las fronteras de Francia, si las águilas de Bonaparte no lo hubieran lle¬ vado en su vuelo por toda Europa. ¿Cómo, si no, explicar que los comensales de Richelieu, los palaciegos del Monarca de Versalles, los cortesanos de Trianon, cantasen la independencia del Cid, el viril denuedo de Cinna, la clemencia de Tito, el castigo de Atalía y el patriotismo de Bruto; y persiguiesen con su látigo el egoismo, el libertinaje y la hipocresía? M CONTESTACION ¿Cómo, sin un milagro, comprender que acuñase 11 los golpes de la guillotina esta gentil medalla de tole' rancia, de civilización, de dignidad humana v de i* 1 ' dependencia verdadera, la cual, aunque á veces aduP terada por monederos falsos, corre hoy como moneda de buena ley por todo el mundo? ¿Cómo, en fin, no ver. no sentir, que las legiones francesas llevaban en s Us bayonetas, ménos el yugo para los vencidos reyes, *l ue la libertad civil y política para los asombrados p ue " blos? Ah! muy mal hace quien no vé ó no reconoce en & triunfador de Austerlitz y de Jena más que un hábd jugador de ajedrez. No es ni siquiera un resuelto gi a diador, que lucha meramente para entretenimiento y P aS ^ mo de la humanidad, congregada en torno suyo en e vasto anfiteatro de la tierra , y cuya vida y cuya mueit 0 penden de que la Providencia, como las antiguas "V e S tales, levante ó incline su mano virginal. No; Napol e0 ^' todos los grandes guerreros, son el brazo mismo del di vino poder, como él á veces oculto, pero como él sieI11 pre vigoroso, diestro, irresistible. Caminamos todos en orden ó en tropel al límite sena lado; el polvo que cada cual mueve con su pié, mo que despide la antorcha de su ingenio, levantan 0 0 mo una nube que nos envuelve y nos ciega á todos, y** nos deja \er siquiera, el camino por donde vamos; P eí ^ allá nob guia el canto de los poetas, que van delante c ° mo exploradores; alrededor nuestro regularizan núes r marcha los filósofos con sus sistemas, los legisla^ 01 ^ con sus códigos; y los caudillos, colocados detras P l castigará los perezosos, atraviesan de vez en cua» nuestias filas, corren á colocarse á nuestro frente* DEL Excho. Sr. MARQUÉS DE MOLINS. 65 aviso del menor obstáculo, y abren paso con sn acero á la humanidad infatigable. Así que, en la marcha colectiva del género humano, la Poesía mueve el pié, la Filosofía mide el paso, la guer¬ ra sienta la planta. Al modo que en el particular viaje de cada uno por el sendero de la vida, en su peregri¬ nación á la eternidad, la razón nos indica el camino, la virtud cariñosamente nos acompaña, la fe sola infali¬ blemente nos guia. A esto sin duda alude el señor Campoamor, cuando habla de otros guerreros, que, con más gloria y sin nin¬ guna sangre, conquistan la inmortalidad y vencen al error, á la impostura y á la tiranía. Por mi parte, con¬ fieso que en mi ignorancia he comparado siempre á los filósofos, no tanto con los atletas y guerreros, como con los navegantes y descubridores. Cada filósofo me parece como un nuevo Jason, que se lanza á descubrir el vello¬ cino de oro de una importante verdad; como un arroja¬ dísimo Magallanes, que se abre desconocido paso á tra¬ vés de los mares de la ignorancia; como un perseveran¬ te Colon, que descubre á la ciencia el rumbo de innotos y riquísimos continentes. No por eso niego yo que haya esotras batallas sin sol¬ dados , esotras armas de más alcance , que menciona el señor Campoamor, y que ya el español Prudencio había cantado en su PsychomacMa; luchas invisibles y casi milagrosas, en que uno mismo es á un tiempo vencedor, vencido y campo de batalla; pugnas infinitas é inmensas, porque se riñen y se ganan en la infinita inmensidad del alma. Pero debo decir que, en mi concepto, tales com¬ bates no pertenecen á la Metafísica ni á la Filosofía, sino á región más alta; ni ménos negaré yo que un mismo 66 CONTESTACION hombre pueda ser combatiente en uno y otro género d 0 campaña, y áun afirmo que Napoleón fué en campeón por todo extremo admirable; y si me pregu* 1 tais de cuál especie fué su mayor triunfo, yo por mi P ar lo sujetaré á vuestro concienzudo veredicto. Juzguemos ántes por contraposición, y veamos cU do el más glorioso de los tiranos modernos , como le ma el señor Campoamor, nos inspira mayor comp aS3011 ^ cuando aterido de frió, destituido de todo recurso, se r ^ tira entre nieves de los incendiados palacios de Mo» c °^ y cuando, vendido por sus propios amigos, sucumbe Waterloo; ó cuando, acosado de no sé qué vago P iese ^ timiento, esclavo de criminal rencor, se pliega com° 11 ^ serpiente para apoderarse de un infeliz príncipe. 1° lo envuelve y lo sacrifica. En aquellos desastres, el de hombre no nos inspira lástima, sino admiración • a ^ sucumbe, pero no padece su conciencia; caen junto ' millares de soldados, ejércitos, imperios; pero no se a ten su corazón, su talento, su espíritu: leónpostrad 0 ^ la calentura, caído en el lazo, pero bello y mujestu ^ como rey del desierto. Y aquí ¡cuán diferente! Su * l0 ’ f no sólo es vencida por la pasión, sino que. esd^ a uncida al carro de su propio interes, parece como q u arrastrada en triunfo alrededor de los negros ^ oSOS ^ oS ^ incennes, como el cadáver de Héctor en torno & muros de Troya. Por una contraposición razonable, si alguna vez, » ^ dos por la musa de Manzoni, encontráis al tacitu ^ prisionero de Santa Elena, no os detenga la majeza su desgracia, ni lo sombrío de su continente; P en ^]e en su ánimo : veréis cuál se le pone delante, te J r ^ como un ejército desplegado en batalla, el brilla* 1 e DEL Excmo. Sk. MAHQUÉS DE MOLINS. 61 cuerdo de sus pasadas grandezas, y cómo él le opone la formidable masa de sus experimentados desengaños; de qué manera aquí y allí le inquietan y distraen los tiros certeros de arteras humillaciones; y cómo todos ellos no perturban el soberano desden de su alma; y cómo lue¬ go caen sobre él en escuadrón cerrado sus émulos dis¬ parando calumnias, sus favorecidos al grito de sendos perjurios; y cómo él les sale al encuentro con la memo¬ ria de su magnanimidad no desmentida, de su genero¬ sidad no interesada; y cómo, en fin, le da supremo asal¬ to el remordimiento, por la no bien reparada trinchera de su conciencia; y entonces él se encastilla en el Gólgota, nella deserta coltrice , que dice Manzoni; y allí vence, no á los demas, sino á sí propio : no con su bra¬ zo, sino con su corazón: no con las propias ya fatigadas águilas, sino con el lábaro de aquel Che aterra e suscita , Che affauna e che consola. Entonces sí, que triunfa con más gloria que en Austerlitz y en Marengo, y brilla con mejor corona que en Pa¬ rís y en Milán; entónces sí que podréis decirle : Victoria quce vincit mundum fides nostra. Tales glorias, además, no pertenecen exclusivamente á los que ciñen espada ó empuñan cetro; ántes, por el contrario, á veces se consiguen muy por bajo del trono, y muy léjos del campamento. Otro grande hombre ha nombrado el nuevo Académico, el cual, simple soldado en la guerra material, fué gran caudillo y maestro en esotra ciencia de interiores batallas: Cervantes. CONTESTACION fei pudiéramos penetrar en el oscuro calabozo de Ai" gamasilla, en la infecta mazmorra de Argel, en el p°" bie aposento de Sevilla ó de Madrid; si viésemos cuánta tuvo el desdichado manco', el infeliz Miguel, el insig 116 príncipe de todos nuestros ingenios, que lucliar conh a los desprecios de una sociedad que le desconocía, contri las sugestiones del natural orgullo que le asaltaban, co11 tra la postración de la pobreza que le envilecía, contri las calumnias de sus émulos, los desaires de los g raD " des, las invectivas de los pequeños; entonces sí q ue 1103 pasmaríamos de su victoria, más que de la lectura sus inmortales escritos. Y ya en este camino, permítame el señor Campea # 101 que dé un paso más; discúlpeme si me atrevo á caread" le con el autor del Quijote, y perdóneme que sospec^ que si, conforme con su discurso, saludando á Cervantesle dijera : « M etafísico estáis ; — Es que no cómo», le ^ por respuesta el olvidado morador de la calle de Francas 1 ent °d° caso, lo cierto es que, no en la Metafísica , 1 11 s1 ' quiera en la Filosofía estoica, muy de moda entonces- •sino en las verdades consoladoras del Evangelio, supe h a ar armas para vencer el orgullo y la pobreza aq u ° que en su propio ingenio las encontró para triunfar c sus émulos, y pasmar á sus descendientes. , s ervantes y Napoleón: no es mucho que suenen es tos nombies en el discurso del nuevo Académico; ca uno de ellos por sí solo llena el mundo todo; y si# >arg 0 , han de aparecer juntos en la historia de Bsp al ^ como especiales agentes de su gloria. El uno por cntos , el otro por sus desastres; aquél por su poco T mpensado mérito, éste por su falta, terriblemente e a a ’ llno no fué conocido, el otro nos desco#° c DEL Exímo. Sr. MARQUÉS DE MOLINS. 69 por eso aquél no tuvo corona, y éste perdió la que tenía. La Providencia misma lia dispuesto que una propia cor¬ dillera española vea en sus vertientes las prodigiosas es¬ cenas, de que ambos fueron autores: Cervantes, el cam¬ peón de nuestro idioma; Napoleón, el testigo de nuestro heroísmo: símbolos uno y otro de nuestra independiente y gloriosa nacionalidad. Parece que un mismo laurel, echando sus raíces en las cumbres de Sierra Morena, puede cubrir con su sombra, al septentrión, las batallas que ideó el triunfador manco de Lepanto, y al mediodía los abrasados y para siempre memorables campos de Bailén. Si yo fuese capaz, Señores, de atar la inocente ver¬ dad al disparado carro del ingenio (dado que lo tuvie¬ se) , ó mejor dicho, de la paradoja, quizá os entretuviera rebuscando entre aquellos dos colosos más número de semejanzas. Diría que Cervantes y Napoleón concibieron á porfía una individualidad bien intencionada y bizar¬ rísima, capaz de arrostrar, sola y ensimismada en la pro¬ secución de su intento, el ímpetu de los reyes y de las muchedumbres, de los elementos y de los siglos; que el uno realizó tal concepción en su libro y el otro en su persona. Individualidad poética y magnánima, puesta desde el principio de su carrera en pugna con mercaderes, y en discusión eterna con la positiva realidad y la villana co¬ dicia. Individualidad resuelta á pelear con antiguos co¬ ronados gigantes, cuyos cien brazos, movidos por el viento de la nacionalidad, lanzan de sí maltrecho á su enemigo. Individualidad que desafía el enjaulado león de la democracia, el cual, ó pasmado ó desdeñoso, la mira y aguarda otra mejor coyuntura. Individualidad 70 i CiOiAtilUil f ^ e ama ^ s i r ve una realeza gloriosa, soberana, únú# perfecta, incomparable, como la que se usaba en 1<> S lempos de Cario Magno; y, sin embargo, en los suno vista por nadie ni gozada. Individualidad q ue c a libertad en su-camino á esa raza de galeotes forzados , que, ingratos, la denuestan y apedrean. Indi'i" ( ualidad que hace merced de estados y de gobiernos á sus familiares. Que padece ensueños, dicta sabios p' e ' ceptos, remata increibles proezas; y, más aún que P° r magnitud inaudita de los hechos, se perpetúa en I a memoria de los hombres por las obras que deja tras sí su inteligencia. Ni cosa más fácil, como veis, Señores, que hacer de 11 ^ la P ai ^ e he Córcega un prodigioso libro de caba enas ni más sencilla que extractar de los apotegmas ( e ide fíamete Benengeli un sabio tratado de moral y de filosofía. histoiia de Napoleón no es, en verdad, el pl aI1 sus batallas ni el mapa de sus conquistas, sino el itm e ' iano de sus ideas. Sus códigos alcanzaron más que ri ^? lles ’ y su civilización durará más que su imp e r *° ^1 libro de Cervantes, en cambio, no es la locura de un u O o ni la novela de un caballero andante, sino 1°" es el sentido común; sus sentencias valen más qu e aventuras, y su forma, su forma que todo lo safí‘ 1, SU forma que es la más digna armadura con que revis 6 ei nombre la inspiración dada por Dios; su forma duraráü ?. 6 Napoleón, más que la época que c ° líl piran 3 11, ^ * ant ° COm ° * a llumana razón de quien se in s racimé ’ ^ tíl * ores » habrá algunos que al oir estas comp^ es sientan escándalo, ó álo rnénos disgusto; P ues DEL Excmo. Sr. MARQUÉS DE MOLINS 71 l)ien, yo recordaré á los escrupulosos que en este mismo sitio se lia comparado el drama de Sófocles con la trage¬ dia del Calvario; y, en verdad, que quien lo hizo, si con¬ taba con tan aventajado ingenio que á cualquiera aco¬ barda, procedia con tal pureza la intención, que puede alentar áun al más timorato. A los que se disgusten, contestaré que el soldado de D. Juan de Austria bien puede ir camino de la inmortalidad en compañía de Na¬ poleón el Grande; y el que era amigo de Taima, bien puede partir nuestra admiración con el gran Cervantes. Ambos son soberanos: si el uno ciñó el laurel de César y la corona de Cario Magno, el otro ejerce su imperio en el idioma, que, resonando á la vez en las no avasalla¬ das cumbres del Moncayo, en las calientes playas de Cebú y en las nevadas cimas de los Andes, es á la luz de la razón y de la historia el signo más veraz de nues¬ tro poder, el monumento más durable de nuestra fama; y, como el señor Campoamor ha dicho, el vehículo de todas nuestras glorias. Por lo que á mí toca, señores Académicos, no empe¬ ñándome en la fácil empresa de deducir de las poesías de nuestro compañero su sistema metafísico, ni de sus libros filosóficos una bella colección de pensamientos poéticos, creo haber dicho cuanto me había propuesto. Os he presentado á vuestro nuevo colega, si bien liumiide por la gratitud á vuestro reciente llamamiento, festivo y apacible como en los primeros años de su car¬ rera, adornado con su más bella vestidura, que es la originalidad, y ufano con sus más preciosas joyas, que son las Doloras. Seguro estoy de que habréis descubierto en sus facciones algunos rasgos de vuestros hermanos y sus ilustres predecesores: su poesía es dulce y tierna como