Tradición, calidad y naturaleza: los valores de una nueva ruralidad
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“TRADICIÓN, CALIDAD Y NATURALEZA: LOS VALORES DE UNA NUEVA RURALIDAD” 1 Encarnación Aguilar Criado ([email protected]) Carmen Lozano Cabedo ([email protected]) Departamento de Antropología Social. Universidad de Sevilla. C/ Doña María de Padilla, s/n. 41004, Sevilla. Tel. 954 55 69 45. Fax. 954 55 13 84. INTRODUCCIÓN: Este trabajo profundiza en la nueva dinámica en la que está inmerso el mundo rural como consecuencia de la aplicación de las políticas de desarrollo europeo. Es a partir de ellas como hay que entender el proceso de modificación y resignificación de las funciones de estos espacios, lo que explica la evolución actual de estos territorios. Lo paradójico de esta situación es que al mismo tiempo que se han ido diluyendo las diferencias entre el mundo rural y urbano, se ha consolidado la percepción de ambos espacios como realidades heterogéneas, volviendo a reproducir a nivel simbólico, la dicotomía rural-urbano, supuestamente superada. Un fenómeno de recreación e idealización de lo rural, ligado al interés de una sociedad crecientemente urbanizada e industrializada por unos lugares, costumbres y sentimientos que se perciben de forma nostálgica como supervivencias de un modo de vida ya casi perdido. Estos cambios en la concepción y demanda de lo rural aparecen vinculados a las nuevas tendencias del consumo diferencial que generan un renovado interés por los productos y la cultura local, como espacio de expresión de lo singular, lo natural, lo tradicional o lo auténtico. 1 Este trabajo se inscribe en el grupo de investigación “P.E.R.S.E.S.” («Patrimonio Etnológico, Recursos Socioeconómicos y Simbolismo»), Plan Andaluz de Investigación, Junta de Andalucía (SEJ-418). Ha sido subvencionado por los proyectos de investigación: “El Patrimonio como recurso en la era de la globalización. Nuevas perspectivas para su gestión”.I+D (BSO2001-2394). Ministerio de Ciencias y Tecnología y Fondos FEDER y “Cultura Local y mercados globales. Propuestas para la gestión del Patrimonio en las políticas de desarrollo rural”. I+D (SEJO2004-01372/SOCI).Ministerio de Educación y Ciencia y Fondos FEDER.
En este marco, la agricultura ecológica se perfila como una de las prácticas económicas en alza en las agriculturas europeas, ya que permite responder tanto a las nuevas demandas sociales de ambientalización de la agricultura como a la multifuncionalidad de los territorios rurales. La búsqueda de producciones de calidad, respetuosas con el medio y con una trazabilidad garantizada dotan a estos productos de un valor añadido con que competir en los mercados. Especial relevancia adquieren estos procesos cuando se aplican a los Espacios Naturales Protegidos, en los que la agricultura ecológica se presenta como un instrumento fundamental para compatibilizar producción agrícola y conservación de los recursos naturales, así como para dotar de una marca diferencial y un sello de calidad a estos espacios en torno a los valores “ecológicos” y “sostenibles” de sus recursos, actividades y productos. Todas estas cuestiones serán abordadas en profundidad a partir de la experiencia pionera desarrollada en torno a la agricultura ecológica como herramienta de dinamización socieconómica en la comarca andaluza de la Sierra de Segura, integrada en el Parque Natural más extenso de España. LA INTERRELACIÓN ENTRE LOCAL Y GLOBAL. Abordar el análisis de los cambios acaecidos en los últimos años en una comarca andaluza tradicionalmente aislada y marginal como es la Sierra de Segura nos remite a las recientes transformaciones operadas en el mundo rural europeo como fruto de su integración en una serie de procesos globales. Una dinámica que ha propiciado, por un lado, una creciente interdependencia entre regiones y sociedades del planeta, pero que también se ha manifestado en el desigual acceso de los territorios y las poblaciones a los recursos económicos. Desde esta perspectiva, la globalización sería la fase actual de una dinámica de larga duración, cuya característica definitoria radica en la centralidad de la lógica del mercado que se presenta como inevitable e independiente de la acción política y ciudadana, se extiende a todos los ámbitos de la sociedad y ha provocado una acentuación de la
dependencia y posición subalterna de unos países y regiones respecto a otros. Constituye, por tanto, un nuevo referente conceptual desde el que abordar los procesos sociales y, como tal, su análisis no puede ser reducido al ámbito económico, sino que hay que entenderlo como un proceso multidimensional (Castell, 1997, Beck, 1998), cuyos valores se dejan sentir en las diferentes esferas de la vida social. “La globalización nos muestra un mundo interconectado en múltiples dimensiones, ambivalentes, discontinuas y heterogéneas, que no sólo abarca los intereses hegemónicos del capital, sino que trasciende lo político, demográfico, ideológico y cultural” (Bueno, C. 2000: 7). Sin embargo, para que estos macro-procesos puedan operar en un ámbito concreto, necesitan ser asumidos y ello implica un proceso de resignificación que los dota de características diferenciales. Estos referentes son adaptados al contexto local que es el que, en último término los adopta, rechaza o reelabora dando lugar a una multiplicidad y heterogeneidad de respuestas. Global y local constituyen, por tanto, dos caras de un mismo fenómeno, dos dinámicas interrelacionadas que no pueden ser entendidas, ni analizadas de forma independiente (Friedman, 1990; Robertson, 1996; Bueno, C. y Aguilar, E., 2003). En este nuevo escenario, crecientemente globalizado, la desigualdad y asimetría inherentes a dicho proceso se reflejan, en gran medida, en la creciente competitividad de los territorios y las regiones para captar inversiones, recursos y empleos y, es evidente, que no todos cuentan con la misma capacidad para competir. Estamos además en un momento en el que esta aptitud ya no se define tanto por los costes o precios como por el despliegue de un conjunto de estrategias empresariales que tengan en cuenta factores como la investigación, el diseño, la imagen, la publicidad, etc. Esta desigualdad de posiciones de partida y de capacidad de competir constituye para Da Silva, J. G. (2000) un ejemplo claro de que la globalización de los mercados no conduce a la homogeneización, sino a la creciente diferenciación territorial.
LA RESIGNIFICACIÓN DE LO RURAL. Desde luego, es obvio que la reestructuración del sistema económico mundial ha tenido su eco en los espacios y sociedades rurales, pero esta tendencia siempre presente se ha manifestado con especial persistencia desde mediados de los ochenta. Esta nueva realidad ha hecho necesaria la redefinición de los viejos postulados que asociaban ruralidad con agricultura y la definían como contrapuesta a lo urbano-moderno- industrializado. Definitivamente, la intensificación y aceleración de los procesos globales se han erigidos como los más recientes y sólidos argumentos con que oponerse a las viejas y, ya manidas, dicotomías que enfrentaban lo rural y lo urbano. En el caso europeo la aplicación de la Política Agraria Común (PAC) ha sido la que ha ultimado este proceso que, en síntesis, persigue la intensificación capitalista de la agricultura y el diseño de un nuevo modelo de mundo rural no centrado exclusivamente en la producción agraria, sino basado en la diversificación de actividades económicas. Así, se incentiva la especialización agrícola en determinadas zonas consideradas de alta rentabilidad, al tiempo que se desalienta en otras áreas la continuidad de una agricultura tradicional y poco competitiva en los mercados. Son a estas zona a la que van destinados los Programas de Desarrollo Rural que, como medidas de acompañamiento de la PAC, tratan de incentivar la potencialidad económica de recursos locales, tanto naturales como culturales, hasta ahora infrautilizados. Elementos como el paisaje, la arquitectura popular, las fiestas y rituales, las artesanías, la gastronomía, se erigen ahora como los pilares que sustentan la nueva arquitectura del desarrollo rural en Europa y constituyen la materia prima sobre la que se está elaborando un nuevo modelo de ruralidad que ha terminado por acuñar una nueva marca: la de producto rural, (Aguilar et al., 2004) cuyo valor añadido reside precisamente en el poder que le confieren elementos como la tradición, la historia o la naturaleza. Es a partir de ese anclaje y vinculación con un territorio específico y con una trayectoria histórica y cultural concreta como esos productos adquieren valor y pueden competir en los mercados globales.
Tal y como venimos afirmando, este tendencia hacia la revalorización de lo rural viene marcado por el proceso de reorientación de la PAC, iniciado a partir de la década de los ochenta, que cuestionaba las medidas modernizadoras impuestas desde los sesenta. Unas directrices que se habían diseñado para la instauración de un modelo intensivo de agricultura fundamentado en la introducción de innovaciones químicas y genéticas, y en una masiva mecanización de las labores agrícolas, que ha generado, entre otras, dos consecuencias relevantes para nuestro trabajo: por un lado, la difusión de técnicas y sistemas productivos fuertemente estandarizados y, por otro lado, una creciente marginación de las producciones tradicionales, ligadas a especies y variedades autóctonas, y a técnicas artesanales, asociado a un proceso de progresivo abandono de las agriculturas de áreas menos productivas, con los consiguientes problemas medioambientales, paisajísticos y territoriales. En resumen, entre los años ochenta y noventa 2 del siglo veinte, este modelo de PAC dejó clara sus contradicciones con las nuevas dinámicas de mercado, se mostró incoherente e insostenible con respecto al presupuesto comunitario; al cambiante escenario y negociaciones internacionales en el seno del GATTOMC; y con la dinámica social moderna, que exige de la agricultura no sólo la función productiva, sino una papel de tutela de la salud, salvaguardia del medio ambiente, del paisaje y del territorio, así como de conservación y valorización de las culturas y de las tradiciones. Se perfilaba, por tanto, una necesaria reforma de la PAC, que la acompasara a las emergentes dinámicas mundiales pues, era evidente que la filosofía productivista, que profundiza la intensificación capitalista en la agricultura, había consumado el divorcio entre la agricultura y la naturaleza y estaba teniendo importantes efectos negativos medioambientales y paisajísticos (Gómez Mendoza, 2001). Por tanto, se trataba de armonizar la oferta y la demanda mediante la reducción de la producción, generando, además, dos nuevas preocupaciones fundamentales para nuestro tema: las medidas de protección medioambiental y el desarrollo rural. 2 En estos años es cuando se concretan las reformas globales de la PAC, aunque no debemos olvidar que los antecedentes y necesidad de la misma se advierten desde finales de los sesenta, con el Plan Masholt, y en los setenta se toman las primeras medidas con el objetivo de contener la producción.
LOS VALORES DE UNA NUEVA RURALIDAD. La nueva PAC, aprobada en 1999, y más conocida como la Agenda 2000 consagró un nuevo modelo de espacio rural, estableciendo una serie de iniciativas tendentes a consolidar un sector agrícola moderno y competitivo, potenciando además una agricultura al servicio de los territorios rurales, cuya misión no era sólo producir, sino también mantener un mundo rural activo, que velara por la conservación del paisaje y por la producción de alimentos de calidad 3 . Ello significaba que, en primer lugar, estábamos asistiendo a un proceso de ambientalización de la agricultura (Moyano y Paniagua, 1998) consistente en la introducción en la opinión pública y en la agendas políticas la preocupación medioambiental, como discurso fundamental dentro de los estándares de calidad de vida de los países desarrollados. Lo que a su vez nos situaba, en segundo lugar, ante un cambio de orientación de la PAC, desde principios exclusivamente productivistas hacia una apuesta clara y definitiva por el desarrollo integral de los territorios rurales, basados en el criterio de multifuncionalidad y de diversificación económica, cuestión que resulta fundamental para entender el contexto de revalorización de los productos locales y la puesta en valor del patrimonio, tanto cultural como natural. La nueva política de desarrollo rural aporta, como valor innovador, el enfoque territorial (Esparcia y Noguera, 1999) que propicia el paso desde una concepción de territorio-soporte a la de territorio-recurso, identificándose cada vez más con la cultura local y cuidando los aspectos de imagen e identidad. A partir tales directrices se diseñaron los programas concretos de intervención, como la Iniciativa Leader (1991), concebidos como paquetes de medidas específicas tendentes a paliar los efectos de la aplicación de la PAC en las áreas dotadas de un 3 En este sentido, la nueva PAC parece intentar hacer convivir una agricultura competitiva orientada a los mercados internacionales, con una agricultura extensiva, respetuosa con el medio ambiente, una dualidad productiva que implica una contradicción interna, siendo la correlación de fuerzas claramente favorable a la primera. Si bien, hay que considerar positivo el hecho de que se encuentre plasmado ya en documentos oficiales, aunque el camino a andar sea lento y no lleno de contradicciones e incertidumbres.
menor crecimiento económico, potenciando la protección y mejora del patrimonio y del medio ambiente, desarrollo y valorización de los productos endógenos del medio rural, el fomento de las artesanías y el turismo rural. Lo que resulta especialmente significativo para entender el proceso que analizamos es que esta nueva dirección de los proyectos de desarrollo entronca directamente con el cambio en las pautas de consumo de la sociedad postindustrial, con un discurso donde se entrecruzan inquietudes ecológicas, con preocupaciones por la seguridad alimentaria y por la salud (Espeitx, 1996), valores, en suma, que aparecen indisolublemente unidos a los productos locales, bajo una diversa gama que los etiqueta como: tradicionales, artesanales, de la tierra, ecológicos, con denominación de origen, etc. (Berard y Marchenay,1996). El criterio de la calidad se convierte ahora en definitivo a la hora de colocar tales productos dentro de determinados nichos distintivos del mercado internacional. Una calidad, no lo olvidemos, que aparece ligada a la utilización de tecnología y saberes tradicionales y/o a ecosistemas singulares. El fomento de estas producciones se ha convertido en una de las preocupaciones fundamentales de la PAC (Sylvander, 1992), lo que ha multiplicado la normativa de seguridad y el mayor control que se ejerce sobre la industria agroalimentaria. El mismo objetivo se persigue desde los programas de desarrollo rural, potenciando, revitalizando e, incluso, reinventando muchas de las actividades tradicionales de estos territorios. Ya hemos destacado como, junto a la toma de conciencia de los externalidades ambientales negativas generadas por el modelo agrícola intensivo, apunta una tendencia hacia el fomento de la calidad, a la promoción de los productos locales como medio para reducir los excedentes, dinamizar socioeconómicamente las regiones menos competitivas y marginales y dotar a las pequeñas explotaciones y empresas de una herramienta con la que poder diferenciarse y competir. Calidad, diferenciación y territorio (Caldentey, P. y Gómez, A. C. 1997) constituyen así, las tres premisas básicas que permiten dotar a los espacios rurales de nuevas y renovadas funciones. Partiendo de este contexto, es como podemos entender que la agricultura ecológica constituya una de las prácticas en alza dentro de este nuevo modelo de ruralidad que
estamos analizando. Un tipo de agricultura que ha sido fomentada y apoyada desde instancias europea, por cuanto responde, tanto a la tendencia de “ambientalización” y multifuncionalidad de la agricultura y a la constatación de los graves problemas ambientales generados por la agricultura, como a la aparición de una nueva dinámica del consumo que reclama productos alimenticios con una calidad garantizada y una trazabilidad 4 asegurada y que, frente a la estandarización y homogeneización de las grandes marcas internacionales, busca productos diferenciales y distintivos acordes con los nuevos valores sociales de naturaleza, salud, nutrición y autenticidad. Un sistema productivo que ha pasado, en unos años, de tener un carácter testimonial, a ser objeto de creciente interés por todo un conjunto de instituciones que ven en él una nueva estrategia (Lozano, C. 2005) para determinados espacios rurales al abarcar multitud de dimensiones: sociales, culturales, económicas y medioambientales, y permitir la satisfacción de las expectativas de todos los agentes involucrados: es una actividad rentable para productores y distribuidores, un producto cada vez más demando por un segmento creciente de consumidores y un sistema productivo que genera una serie de funciones medioambientales y de dinamización socioeconómica en el mundo rural, lo que interesa por igual a las Administraciones públicas y a la sociedad en general. Esta tendencia se acentúa para aquellos territorios insertos en Espacios Naturales Protegidos, en los que la necesidad de articular la producción agrícola y la dinamización socioeconómica de la población que habita dentro de sus límites, con la conservación de los recursos naturales, es más acusada. “En esta línea parece válida la hipótesis que da como buena la combinación de parques naturales andaluces (capital natural) con producción ecológica y complejo agro-alimentario (capital social y saber-hacer), para mejorar la puesta en valor del potencial endógeno de estos espacios protegidos, trasladándolo al mercado con rentabilidad socioeconómica, a la vez que se contribuye a conservar el patrimonio natural” (Carrasco, A., 2001: 443). 4 Según el Reglamento (CE) nº 178/2002 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 28 de enero de 2002, la trazabilidad es la “posibilidad de encontrar y seguir el rastro, a través de todas las etapas de producción, transformación y distribución, de un alimento, un pienso, un animal destinado a la producción de alimentos o una sustancia destinados a ser incorporados en alimentos o piensos o con probabilidad de serlo”.
Resulta significativo analizar cómo se concretan todas estas directrices en un ámbito territorial concreto y ver qué estrategias se desarrollan para dar respuestas a todas estas cuestiones. En este sentido, hemos optado por una comarca andaluza inserta en el Parque Natural más extenso de España que, desde hace veinte años, viene realizando una experiencia pionera de dinamización socioeconómica en torno a la agricultura ecológica. APROXIMACIÓN AL TERRITORIO: LA COMARCA DE LA SIERRA DE SEGURA. La Sierra de Segura se encuentra situada en el ámbito nororiental de la provincia de Jaén, limitando con Albacete al este, Granada al sur y Ciudad Real al norte. Constituye uno de los espacios más destacados de la cordillera Bética. Está compuesta por trece términos municipales (Arroyo del Ojanco 5 , Beas de Segura, Benatae, Génave, Hornos, Orcera, Puente de Génave, la Puerta de Segura, Santiago-Pontones 6 , Segura de la Sierra, Siles, Torres de Albánchez y Villarrodrigo) El conjunto de estos municipios tiene una extensión de 193.412 Has., que suponen un 14,22% de la superficie provincial y el 2,6% de la superficie andaluza. Estamos ante una zona que ha sido, tradicionalmente, uno de los espacios marginales de la geografía andaluza y española, presentando una situación de aislamiento debido al hecho geográfico de situarse en el extremo nororiental de la provincia de Jaén, agravado por su desigual orografía y elevada altitud media (el 70,2% de la superficie se encuentra a más de 800 metros de altitud). Estas características obligan, por tanto, a contar con una red de carreteras comarcales con un trazado sinuoso que dificulta enormemente los desplazamientos y la conexión con las principales infraestructuras viarias, lo que se traduce en una considerable distancia a los núcleos de población importantes. Esta comarca presenta unas pautas demográficas características 5 Arroyo del Ojanco se segregó de Beas de Segura constituyéndose en municipio independiente el 7 de julio de 2001. 6 El municipio de Santiago de la Espada y el de Pontones se fusionaron en 1975 dando lugar al municipio conocido como Santiago-Pontones.
decir, todos aquellos elementos que doten a la zona de una imagen de “naturalidad” y “sostenibilidad” (Lozano, C. 2005) en consonancia con el contexto en el que se halla inserto: el Parque Natural más grande de España, y que doten a sus productos y servicios de un sello propio que les permita diferenciarse y competir en los mercados. REFLEXIONES FINALES Con este trabajo hemos intentado mostrar que la tendencia actual hacia la potenciación de una agricultura más respetuosa con el entorno y de aquellos productos con una calidad y trazabilidad garantizados, forma parte de una serie de dinámicas más amplias en las que convergen tanto la remodelación y especialización productiva del mundo rural resultado de la aplicación de las políticas de desarrollo rural, como de los nuevos discursos sobre el medio ambiente y el consumo. Unas directrices que han tenido enorme incidencia en las zonas marginales y de montaña y que en el ámbito de estudio elegido, la Sierra de Segura, se han concretado en toda una serie de estrategias orientadas al fomento de una imagen del territorio basado en la “calidad”, la “tradición” y la “sostenibilidad” tanto de sus prácticas como de sus productos, en consonancia con los valores que le proporciona su inserción en un Parque Natural. Lo interesante es que estamos ante una dinámica que, como hemos apuntado anteriormente, conecta con las nuevas demandas en el consumo de las sociedades postindustriales, deseosas de encontrar en la naturaleza sensaciones perdidas por el avance de la modernización (Aguilar, E., et al 2005). Frente a lo imprevisible de la tecnología y a las consecuencias que su aplicación está teniendo sobre la salud humana y sobre el medio ambiente se tiende a considerar a la naturaleza como inmutable y, por tanto, como el lugar en el que reside la tradición y los productos de la tierra, ecológicos, o con denominación de origen, suponen el modo más idóneo de apropiarse de un paisaje, una forma de vida, etc. considerados como “vírgenes” e incontaminados. (Espeitx, E. 1996) En este sentido, vemos como a pesar de la diversidad de intereses y objetivos de cada una de las políticas sectoriales que actúan sobre este territorio, todas ellas han
resaltado los beneficios que podrían derivarse de la generalización en el mismo, tanto de prácticas de agricultura ecológica, como de los productos naturales asociados a la misma. Un sistema que permite establecer vínculos entre la producción y la conservación de los recursos, frenar los procesos erosivos y de contaminación de la zona, crear empleo y dinamizar el tejido socioeconómico, al mismo tiempo que fomenta una imagen “sostenible” del territorio como ejemplo de un modelo de intervención humana integrada en un entorno privilegiado, aunque sumamente frágil, que le permite adquirir una posición ventajosa en un contexto cada vez más competitivo. BIBLIOGRAFÍA. AGUILAR, E., MERINO, D., MIGENS, M. (2004), “Productos locales y mercados globales: nuevas dinámicas en el medio rural” en VII Congreso Español de Sociología, Alicante, septiembre de 2004. AGUILAR, E., MERINO, D., MIGENS, M. (2005), “Patrimonio y mercado: la nueva apuesta por la cultura” en X Congreso Antropología, Sevilla, septiembre de 2005. BECK, U. (1998), ¿Qué es la globalización? Falacias del Globalismo, respuestas a la globalización. Madrid: Paidós. BÉRARD L. y MARCHENAY, P. (1996), “La construcción social de los productos de la tierra”, en Agricultura y Sociedad, nº 80-81. BUENO CASTELLANOS, C. (2000), “Introducción. Diversidad en lo global” en Bueno Castellanos, Carmen (coord.) Globalización: una cuestión antropológica. México: CIESAS-Miguel Ángel Porrúa, pp. 7-27. BUENO, C. y AGUILAR, E. (2003), Las expresiones locales de la globalización. México y España. México: Ed. CIESAS, Universidad Iberoamericana y Ed. Porrúa,
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