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— 15 — CAPÍTULO I ¿ES EL #METOO UN MOVIMIENTO? UNA REVISIÓN SOBRE EL CONCEPTO “MOVIMIENTO SOCIAL” Y SU RELACIÓN CON LAS REDES SOCIALES Laura Manzano Zambruno Universidad de Sevilla, España Resumen El hashtag #MeToo apareció en Twitter el 15 de octubre de 2017 en un tuit de la actriz Alyssa Milano que invitaba a compartir públicamente experiencias de acoso. El detonante estalló diez días antes con la publicación de un reportaje del New York Times que señalaba que Harvey Weinstein, productor de Hollywood, llevaba años acosando y abusando sexualmente de mujeres trabajadoras de la industria. Tras haberse cumplido su primer aniversario, cabe preguntarse si es posible referirse a él como un “movimiento” —denominación que una amplia cantidad de medios le han atribuido— y, en la medida de lo posible, describir su impacto y sus logros; siendo ésta una forma de reflexionar acerca de la relación entre los movimientos sociales —concretamente el feminista— y las redes sociales. Esta investigación se propone una única pregunta: “¿Es el #MeToo un movimiento?” y se marca como objetivos definir los términos “movimientos sociales” y “nuevos movimientos sociales”, para después determinar las características concretas de este fenómeno y confrontar ambas conceptualizaciones. El Análisis del Discurso (AD) es el método empleado para explorar el reportaje que la revista TIME dedicó a las “SilenceBreakers” —las mujeres que alzaron la voz contra el acoso en relación con el #MeToo— con el fin de caracterizar el #MeToo. Palabras clave MeToo, Redes sociales, Movimientos sociales, Feminismo, Feminismo mediático.
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— 17 — 1. Introducción El hashtag #MeToo1, promovido por la actriz Alyssa Milano, nació el 15 de octubre de 2017 para animar a que las mujeres denunciasen públicamente sus experiencias de acoso en el contexto del llamado caso Weinstein, cuyo inicio se sitúa el 5 de octubre con la publicación de un reportaje en el que el New York Times relataba los múltiples casos de acoso sexual en los que Harvey Weinstein, productor de Hollywood, estaba envuelto. Aunque la idea inicial era incluir a todas las mujeres, en la práctica las más visibles han sido, sin duda, las famosas (Zarkov y Davis, 2018, p. 5). Se ha convertido en un recurso común referirse al #MeToo como un movimiento social, de modo que resulta interesante investigar si esta denominación, tan común en los medios de comunicación, es acertada o no. Para ello, este trabajo se propone hacer una revisión teórica de los conceptos “movimientos sociales” y “nuevos movimientos sociales” (NMS), y analizar el reportaje “Person of the Year” 2017 que la revista TIME dedicó a las “Silence Breakers”, aquellas mujeres que en el contexto del #MeToo denunciaron el acoso sexual al que habían estado sometidas, a quienes TIME corona como “the voices that launched a movement”2. A través de un Análisis del Discurso (AD) de este reportaje, se sustraen las características del #MeToo, que se comparan con las de los movimientos sociales y los NMS. 2. Sobre los movimientos sociales y los nuevos movimientos sociales: una revisión conceptual Un movimiento social es “un actor colectivo movilizador que, con cierta continuidad y sobre las bases de una alta integración simbólica y una escasa especificación de su papel, persigue una meta consistente en llevar a cabo, evitar o anular cambios sociales fundamentales”, recurriendo a distintas formas de organización y acción (Raschke, 1994, p. 124). Nace por la ausencia de respuesta institucional a los problemas que se plantean (p. 126), de ahí que se constituya como un contrapoder que huye del control de esas instituciones (Castells, 2015, p.30,31). La acción se emprende contra un adversario concreto, que bien puede ser concreto —un grupo social o una institución— o encarnarse en una noción abstracta (Touraine, 2006, p. 262). Los cambios que persigue cada movimiento social afectan a elementos significativos y relevantes del orden social en el que se sitúa (Raschke, 1994, p. 125), de hecho, buscan modificar “la dirección social de la historicidad en una colectividad concreta” (Touraine, 2006, p. 255), es decir, construir 1El #MeToo original fue impulsado por la activista feminista negra TaranaBurke en 2006, que no ha gozado de la misma cobertura mediática. Pretendía crear cohesión entre las mujeres afroamericanas supervivientes de violencias sexuales (Mendes et al, 2018, p.236). 2Traducción propia: “las voces que iniciaron un movimiento”.
— 18 — “otra sociedad” (p. 258). Es por esto que van más allá de la opinión y de la intención e interpelan a la acción (p. 262), es decir, “los movimientos sociales no son solamente 'de otro pensar', sino más aún ‘de otro actuar’” (Raschke, 1994, p. 126). Cada movimiento actúa sobre su realidad presente, pero no es sólo defensivo, sino que “prepara también el porvenir, porque hace estallar las contradicciones del orden social y destruir las barreras impuestas por el interés particular” (Touraine, 2006, p. 256), conducido por la “utopía con la cual se identifica con la opción de combate a la historicidad de ella misma” (p. 275). Las formas de promover la transformación social rara vez son violentas, pero incluyen la ocupación de espacios públicos y otras estrategias distanciadas de la institucionalidad como método de presión a las autoridades públicas y privadas (Castells, 2015, p. 246), que suponen “conductas socialmente conflictivas” (Touraine, 2006, p. 258). Es precisamente esa voluntad de acción la que vertebra al movimiento social que, al producirse en los márgenes, está sometido a una precariedad que combate permaneciendo continuamente activo para mostrar “que un movimiento aún se mueve” (Raschke, 1994, p. 124). De hecho, la organización no es lo decisivo, pero sí importante para coordinar y garantizar, precisamente, su continuidad (p. 132). El estímulo inicial que invita a conformar un movimiento es siempre emocional, siendo el miedo y el entusiasmo sus principales motores (Castells, 2015, p. 34). El proceso de identificación colectiva que se genera durante este momento en el que se comparten temores e ilusiones hace posible la creación de un “nosotros” que satisface la dimensión simbólica del movimiento social: Esa conciencia de pertenencia común se desarrolla sobre la base de una diferenciación entre aquellos que están ‘a favor’ y los que están ‘en contra’. Se manifiesta, entre otras formas, en la moda (...), los modales, el lenguaje, los hábitos y los símbolos políticos. (Raschke, 1994, p. 124) Precisamente la tensión entre partidarios y opositores “tiene el potencial de consolidar y fortalecer a los primeros al reafirmarles en su propósito y convicción” (Guibernau, 2017, p. 183), de hecho, es común que las personas se identifiquen y refuercen aquella parte de sí mismas que es más atacada (Maalouf, 1999, p. 38). El sentimiento de pertenencia, es decir, la “transición del ‘yo’ al ‘nosotros’” acentúa la dimensión política de la identidad colectiva (Guibernau, 2017, p. 48) y, gracias a ella, es posible pasar a la acción; es más “la acción colectiva es sólo la manifestación o la consecuencia de la construcción de una identidad colectiva previa” (Candón Mena, 2011, p. 59). Todo ello se combina con una ideología guía que contribuye a impulsar la acción y a elaborar un proyecto (Castells, 2015, p. 36). La definición de su
— 19 — meta es una tarea que le acompaña durante toda su existencia, pues se encuentra en búsqueda y aprendizaje constante (Raschke, 1994, p. 125). A pesar de que el sujeto político de cada movimiento es uno determinado, “el conflicto con el adversario no debe estar especificado; éste debe ser un problema social que concierna al conjunto de la sociedad” (Touraine, 2006, p. 262). Así, en el movimiento feminista el sujeto son las mujeres, pero su meta interpela a la totalidad social. A priori, pudiera parecer que la idiosincrasia de los movimientos sociales contemporáneos queda bien recogida en esta caracterización. En realidad, la noción de nuevos movimientos sociales (NMS) incorpora importantes matices, empezando por la ruptura con la concepción marxista, que los considera una manifestación de la lucha de clases, tal y como se evidencia en el movimiento obrero. Los NMS relegan la clase social a un segundo lugar y son más afines a categorías sociales como la edad, el sexo o la etnicidad, centrándose en valores postmateriales tales como la identidad o el estilo de vida (Candón Mena, 2011, pp. 49-51). Esto no significa que las causas que propulsaban al movimiento obrero sean caducas, pues “siguen siendo centrales en los conflictos modernos (…) así como la lectura económica de muchas de las temáticas novedosas” (p. 62). Tampoco quiere decir que lo único relevante sea lo identitario, cultural y postmaterialista; de hecho, decantarse por esta definición supondría caer en la trampa de destacar la novedad más que la realidad general de los movimientos (p. 63). A nivel organizativo, los NMS encajan dentro de las dinámicas de la sociedad red descrita por Castells, constituyéndose como un nodo más, formado a partir de la cooperación resultante de compartir códigos y valores (2009, p. 46). Consecuencia de ello es la dispersión del poder que conlleva una estructura descentralizada, lo que a su vez supone una ventaja porque abre las posibilidades de participación y permite reconfigurarse para evitar la represión, reduciendo su vulnerabilidad (Castells, 2015, p. 242). 3. Sobre los movimientos sociales y las redes sociales La irrupción de las redes sociales ha influido poderosamente en los procesos de transformación social, considerando que la principal tecnología de la sociedad actual es, precisamente, la referente a la comunicación, “que se relaciona con la esencia de la especificidad de la especie humana: la comunicación consciente y significativa” (Castells, 2009, p. 50). Se habla de un “cambio de paradigma en la forma de movilizar” (Cárcar Benito, 2015, p. 135) que ha favorecido la participación de nuevos actores desligados de los grupos de poder (Castells, 2009, p. 48). El espacio urbano parece haberse fusionado con el ciberespacio, generando un lugar de incesante interacción (Castells, 2015, pp. 31- 32) que hace reinterpretar la cotidianidad en clave de hibridación, a mitad de camino entre lo virtual y lo físico (Castells, 2009, p. 105). Se generan nuevas formas de sociabilidad en las que cada individuo
— 20 — puede estructurar su mundo en función de sus preferencias y modificarlo a voluntad (p. 170). Esta “cibersociedad” convierte a su ciudadanía en creadora de la vida social y generadora de canales de información (Cárcar Benito, 2015, p. 132). Se ha reforzado la atemporalidad y la inmediatez, de modo que cada cual puede escoger cuando atiende a la conversación, diluyéndose la linealidad del tiempo y dando lugar a aquello que Castells llama “espacio de flujos” (2009, p. 62-64). Otro rasgo que no debe pasar desapercibido es el alcance masivo de los mensajes que hace posible hablar de una “autocomunicación de masas” en la que el emisor construye el mensaje con autonomía y decide a quién lo dirige a través de lógicas horizontales e interactivas, flujo que resulta difícil vigilar y controlar por parte de los grupos tradicionales de poder (Castells, 2009, p. 108; Castells, 2015, p. 28). Este funcionamiento estimula cierto control sobre los propios contenidos por parte de los movimientos sociales, sin atentar contra su carácter participativo (Cárcar Benito, 2015, p.133-134). Las redes sociales han posibilitado que los movimientos sociales dependan menos de los medios convencionales (Rucht, 2013, p. 256), ya que es a través de ellas donde se produce principalmente la coordinación y la interacción, siendo el entorno por el que a día de hoy se divulgan sus acciones y convocatorias (Castells, 2015, p. 31; Henríquez Ayala, 2011, p. 33). De hecho, Gerbaudo destaca su importancia a la hora de de mantener una relación entre la actividad física y virtual del movimiento (2012, p. 103). Dicho de otro modo, son responsables de la choreography of assembly, es decir, de garantizar la construcción del espacio público en el que se producirá la ocupación física de un grupo a priori disperso (Gerbaudo, 2012, p. 5). Estaría de acuerdo con ello Castells, quien afirma que lo acontecido en Facebook, Twitter, Instagram u otras no puede desligarse de la acción pública, ya que la categoría de “movimiento social” se gana mediante la ocupación de lugares físicos o de manifestaciones (2015, p. 242). La tecnología es una facilitadora, pero no es suficiente para garantizar la transformación social (Castells, 2009, p. 49). Cabe recordar que las revoluciones sociales se han celebrado a lo largo de la historia sin mediar hashtags ni retuits, sólo a través del boca a boca y de canales precarios como los panfletos, de modo que se demuestra que son posibles sin Internet. (Rucht, 2013, p. 262) “Los movimientos sociales ya existían antes de internet”, asegura Serrano, “el error sería que eso produjera la fascinación tecnológica por la cual equiparemos informarnos e informar con movilizarnos y participar” (2013, p.163). La opresión y la injusticia tienen consecuencias fuera de las pantallas, de modo que es esencial que la vida en Internet trascienda al plano social (Serrano, 2013, p. 164) porque sin esa correspondencia la magia que se le presupone no se hará efectiva (Gerbaudo, 2012, p. 131). Es un error evaluar el éxito de un movimiento social o de una convocatoria concreta por
— 21 — su actividad en las redes sociales, hay que hacer un seguimiento a la respuesta que recibe en el plano de la realidad social (Henríquez Ayala, 2011, p. 38). Aquello que se ha venido llamando clic activismo ha hecho evidente que el entusiasmo que puebla las redes sociales, inundadas de me gustas, es difícil de trasladar de igual manera a las calles (Henríquez Ayala, 2011, p. 39). Añadiría Serrano que propugnar “ese ideario a golpe de teclado” es irrelevante para el sistema si se queda anclado en esa fase (2013, p. 165). A la necesidad de conciliar el plano físico y el virtual, se le añaden otras dificultades referentes al acceso a Internet y a la capacidad de concienciación de las redes sociales. Si bien es cierto que Internet está cada vez más asentado, es igualmente relevante que sigue habiendo millones de personas sin acceso a él, ya sea porque no poseen la infraestructura necesaria (Henríquez Ayala, 2011, p. 37) o porque, por cuestiones de clase social, etnia o edad, no disponen de los conocimientos para manejar las potencialidades digitales (Schuster, 2013, p. 9-11). En términos de concienciación, resulta difícil involucrar a personas sin interés en política o que, sencillamente, no se identifican como activistas (Rucht, 2013, p. 260). 4. Sobre el feminismo como movimiento social Se entiende el feminismo “como teoría crítica de la sociedad”, en el sentido de que “desmonta la visión establecida, patriarcal, de la realidad” (de Miguel, 2015, p. 29). Representa al grupo social de las mujeres, cuyas experiencias, a pesar de diversas por la interacción del género con otras categorías —clase social, etnia, orientación sexual, etc.—, guardan la semejanza de compartir una “historia de opresión” que las persigue por el mero hecho de ser mujeres (de Miguel, 2015, p. 30-31). Su adversario es el patriarcado, “un sistema de organización social en el que los puestos clave de poder (político, económico, religioso y militar) se encuentran, exclusiva o mayoritariamente, en manos de varones” (Puleo, 2006), y su objetivo último es “diseñar y modelar la nueva sociedad de individuos liberada de la carga abrumadora de los géneros” (Amorós, 1991, p. 139- 140), ya que “una sociedad igualitaria no produciría la marca de género” (de Miguel, 2015, p. 231). El feminismo argumenta que sistema sexo-género es “la constitución social de la diferencia sexual entre varones y mujeres”, es decir, la traducción de unas características biológicas —hembra, macho— en unas sociales —mujer, hombre— cuya categorización no es igualitaria, sino que establece una “jerarquización de los géneros” (de Miguel, 2015, p. 232). Resultado de esta jerarquía es el reparto asimétrico del poder, que vincula el dominio de los hombres y la opresión de las mujeres, “plasmados en relaciones y formas sociales, en concepciones del mundo, normas y lenguajes, en instituciones, y en determinadas opciones de vida para los protagonistas” (Lagarde, 2005, p. 91).
— 22 — Históricamente, el feminismo ha funcionado al margen de la institucionalidad, ocupando el espacio público a través de manifestaciones y concentraciones, y ha sabido mantener su continuidad. Según Valcárcel (2001), se pueden distinguir tres “olas” o momentos históricos del feminismo: la primera durante la Revolución Francesa; la segunda a finales del siglo XIX, con las reivindicaciones del derecho al voto y a la educación para las mujeres; y la tercera en los años 70, centrada en pulir las discriminaciones jurídicas a las mujeres. El feminismo es un movimiento social con más de tres siglos de recorrido. A lo largo de ese periodo, ha generado diverso contenido simbólico que ha afianzado el sentimiento de pertenencia por tener la capacidad de expresar vivencias compartidas por el común de las mujeres. Un ejemplo de ello es este lema: lo personal es político (…) quiere expresar que las decisiones que toman las mujeres sobre sus vidas personales, como cargar con las responsabilidades domésticas, no son fruto de su libre elección y de sus negociaciones como pareja sino de un sistema de poder, es decir, político, que no les deja más opción porque ellos ‘no van a cambiar’. (de Miguel, 2015, p. 31). Ciertamente, a día de hoy el movimiento feminista se enfrenta a una importante fragmentación debido a la multiplicidad de experiencias que suceden en el grupo social, experiencias a las que no se responde de la misma forma con el resultado de que se privilegian unas sobre otras: “It soon became apparentt hattreating women as a group united in its victimization by patriarchy was biased by too narrow a focus on the experiences and perspectives of women from more privileged social groups”3 (Baca Zinn et al, 2016, p. 172). Baca Zinn, Hondagneu-Sotelo y Messner insisten en lo absurdo que era para las mujeres negras que vivieron la ola feminista de los años 70 tratar el trabajo asalariado como liberación, cuando ellas llevaban teniéndolo desde hace ya más de una generación (2016, p. 172). Esta apreciación sobre la existencia de un feminismo hegemónico no es baladí, pues a la hora de analizar su relación con las redes sociales es necesario diferenciar entre la parte del movimiento que goza de una mayor visibilidad y la que, por el contrario, se ve obligada a enfrentar obstáculos adicionales al género “mujer” como son la etnia, la clase social o la orientación sexual cuando no coinciden con la blanca, la media-alta o la heterosexualidad. La finalidad es asentar una base teórica que permita cuestionar el #MeToo no sólo como movimiento social, sino como espacio de representación de estos “otros” feminismos, incluyendo esta intención en el objetivo de caracterizar el #MeToo. 3Traducción propia: “Pronto se hizo visible que tratar a las mujeres como un grupo unido en su victimización por el patriarcado estaba sesgado por un enfoque demasiado reducido de las experiencias y las perspectivas de mujeres de los grupos sociales más privilegiados”.
— 23 — 5. Sobre el feminismo y las redes sociales Las redes sociales han demostrado ser un canal útil para el feminismo en lo referente a aumentar la conciencia de sus usuarias y usuarios (Sill et al, 2016, p. 943). De hecho, Keller, Mendes y Ringrose concluyen, gracias a una serie de entrevistas, que éstas son un buen entorno para familiarizarse con la terminología feminista (Keller et al, 2018, p. 24). Otro dato interesante de este mismo estudio es que las mujeres que entrevistaron reconocieron haber empezado a identificarse como feministas gracias a sus experiencias con las redes sociales (Keller et al, 2018, p. 29). Vitis y Gilmour refuerzan la percepción de las redes como aliadas del feminismo al relatar cómo las mujeres están utilizándolas como forma de responder al acoso (2017, p. 339). El análisis que Khoja-Moolji hizo del hashtag #BringBackOurGirls4 apunta a que una campaña como ésta, producida tras el secuestro en 2014 de trescientas estudiantes en Chibok (Nigeria), sirvió para presionar al gobierno nigeriano y estadounidense para que tomase cartas en el asunto (2015, p. 1). Se atribuye a los hashtags no sólo la posibilidad de crear bloques políticos de presión, sino de conformar redes de apoyo y solidaridad para arropar a las supervivientes de violencias sexuales que comparten sus experiencias (Mendes et al, 2018, p. 238). La importancia de los hashtags ha tomado cuerpo a través del hashtag feminism, que se refiere a estas manifestaciones del movimiento social en las redes digitales. Baer asegura que el hashtag feminism “highlights the interplay of the individual and the collective”5 (2016, p. 29). Esta expresión del feminismo no es tanto una nueva ola como una forma de seguir problematizando ciertos supuestos, tales como la dimensión hegemónica del movimiento (Rodino-Colocino, 2014, p. 1113). Parece que el espacio digital genera mayor sensación de seguridad que el físico para conversar sobre feminismo (Mendes et al, 2018, p. 243). No obstante, el digital no es un entorno exento de desigualdad y violencia. “La agresión online en contra de la mujer parece aumentar considerablemente cuando esta se encuentra involucrada o defiende públicamente proyectos feministas”, explican Crosas Remón y Medina-Bravo (2019, p. 54). En su investigación sobre “ciberviolencia antifeminista” en comentarios de YouTube, estas autoras concluyeron que el humor y el sarcasmo se convierten herramientas para desacreditar a la mujer que habla sobre feminismo, y que existe un alto porcentaje de ignorancia sobre el objetivo del movimiento, al que se considera una búsqueda de la supremacía femenina (p.67). 4Traducción propia: “Traigan de vuelta a nuestras chicas”. 5Traducción propia: “destaca la interacción de lo individual y lo colectivo”.
— 30 — si se profundiza se encuentran no sólo referencias directas a la creencia en una mayor credibilidad de las actrices, sino un reparto desigual del protagonismo dentro del propio texto. Por lo tanto, se genera una división dentro de la identidad “mujer” en la que hay un “nosotras” encarnado por las celebrities, relevante y creíble, y que se nos presenta como próximo y propio; y un “ellas” encarnado por ese mayor número de mujeres que, por su anonimato, resultan menos importantes. 9. Conclusiones Quizá el #MeToo pretendiera, en teoría, representar a todas las mujeres que hubiesen sufrido acoso sexual, aunque en la práctica, el discurso lo ha orientado a la defensa de una parte muy concreta del grupo social de las mujeres, el de las más privilegiadas. El hecho de que se marque como adversario a hombres concretos, que además son también muy poderosos y reconocidos, dificulta generar reflexiones que ayuden a desvelar la naturaleza estructural de las violencias contra las mujeres, que funcionan contra ellas por su condición de género. Al enemistarse con hombres en calidad de individuos y no como parte de un grupo social, se pone en peligro la continuidad del movimiento, pues se paraliza cada vez que se derriba a uno de los victimarios que se denuncia. Esto supone, a su vez, un obstáculo para formular objetivos concretos y un proyecto de futuro, los cuales quedan empobrecidos al nivel de destronar a los violadores y acosadores de turno, sin ahondar en propósitos más ambiciosos como desmantelar el sistema que hace posible que haya hombres que actúen de ese modo. Esta fluidez y falta de consistencia se traduce además es una falta contenido simbólico y, por lo tanto, en un sentimiento de pertenencia líquido que mengua a medida que los perpetradores de los delitos van siendo señalados y abucheados por la opinión pública. La identidad es un valor postmaterialista presente pero no elaborado, puesto que unifica al grupo social de las mujeres a pesar de que su diversidad de experiencias no pueda agruparse bajo un solo supuesto. Todo ello dificulta la organización de manifestaciones propia que introducirían al #MeToo en la ocupación del espacio público. Es por esto que la respuesta a la pregunta de investigación “¿Es el #MeToo un movimiento?” es negativa: el #MeToo no es un movimiento. Se puede considerar, sin embargo, una rama del movimiento feminista, puesto que las demandas que ha hecho el #MeToo son propias del éste, aunque la revista TIME insista en distanciarlos: “They're part of a movement that has no formal name. But now they have a voice”13. Esta circunstancia invita a reflexionar sobre cuál ha sido el tratamiento que los medios de comunicación han hecho del #MeToo y profundizar sobre las implicaciones 13Traducción propia: “Ellas son parte de un movimiento que no tiene nombre formal. Pero ahora ellas tienen una voz”.
— 31 — ideológicas que éste pudiera tener. No se puede eludir que el discurso de TIME producido en torno al #MeToo carece de un análisis que supere el ámbito de lo laboral, pues se limita a recopilar experiencias de acoso sexual producidas en el entorno de trabajo. Su configuración transmite la impresión de que tiene aspiraciones inclusivas, no sólo en lo referente al análisis de clase, sino también de etnia y otras categorías. Sólo hay que fijarse en la portada, en la que figuran mujeres de distintas características, de etnias, rangos de edad y grados de reconocimientos diferentes. No obstante, esta declaración de intenciones no permea su contenido, en el que se aplanan las experiencias de acoso e incluso se muestra un esfuerzo por presentar a las mujeres más oprimidas como conformes con su distancia con las más privilegiadas. A lo largo de este trabajo se ha reconocido el interés de estudiar la relación entre los medios de comunicación y las redes sociales que, vista desde la perspectiva de la Economía Política de la Comunicación (EPC), podría llevar hacia interesantes reflexiones sobre la dominación tecnológica que, en este momento de onmipresencia de lo digital, resultan bastante pertinentes.
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