scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

¿Cabe todavía hablar de identidad personal?

Sanfélix Vidarte, Vicente

Abstract

Aunque sigue siendo posible hablar de identidad personal, el yo en las sociedades individualistas de capitalismo avanzado ha sufrido una serie de cambios: masificación, anonimato, anemia moral, debilitación del carácter, etc. No obstante, estos cambios no fuerzan el pesimismo cultural.

Full text

THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. Núm. 39, 2007. ¿CABE TODAVÍA HABLAR DE IDENTIDAD PERSONAL? Vicente Sanfélix Vidarte. Universidad de Valencia. Resumen: Aunque sigue siendo posible hablar de identidad personal, el yo en las sociedades individualistas de capitalismo avanzado ha sufrido una serie de cambios: masificación, anonimato, anemia moral, debilitación del carácter, etc. No obstante, estos cambios no fuerzan el pesimismo cultural. Abstract: Even if it’s possible to speak of personal identity yet, the self in the individualist societies of advanced capitalism has suffered a set of changes: overcrowding, anonymity, moral anemia, weakening of the character, and so on. However, theses changes don’t make cultural pessimism compulsory. Que yo sepa, entre las numerosas reformas administrativas auspiciadas por nuestro actual gobierno no consta la de abolir el documento nacional de identidad. Al contrario. Si las iniciativas de algunos presidentes autonómicos llegaran a prosperar no sería descabellado pensar que los documentos nacionales de identidad proliferasen y que todos llegáramos a tener más de uno. Esta posible inflación de documentos identitarios estaría, por lo demás, muy acorde con los tiempos. Mi billetera está cada vez más vacía de dinero y más llena de documentos que me identifican, algunos de ellos de acreditada eficacia antidepresiva (otros al contrario, claro): permisos de conducción, carnés de universidades o de videoclubs, pases de fútbol, tarjetas de crédito y de unos conocidísimos grandes almacenes, y así un larguísimo etcétera. Aun sin hacer epojée ninguna estos fenómenos me parecen tan palmarios que la respuesta a la pregunta que aquí nos convoca se me antoja evidente: ¡pues claro que cabe seguir hablando de identidad personal! Es más, me atrevería a apuntar que después de aquel fatídico 11-S del 2001 la identidad nunca ha sido tan importante, por lo menos para quienes utilizan los aeropuertos pues, justo es reconocerlo, quienes optan por medios de transporte más exóticos que el avión, como las pateras o los cayucos, suelen ir indocumentados, por lo que resultan muy difíciles de identificar (aunque muchos de ellos, ¡qué curioso!, visten prendas con los colores de mi equipo o con los del eterno rival). Lo siento por Derek Parfit ya que, como todos Vds. a buen seguro sabrán, este profesor de Oxford nos recomendaba hace algo más de dos décadas que dejáramos de preocuparnos por nuestra identidad, que renunciáramos al principio del interés propio, y que nos hiciéramos todos budistas. Parece que el personal no le ha hecho demasiado caso. Me alegro por Peter Strawson ya que, como todos Vds. sabrán igualmente, este profesor, también de Oxford, ya nos advertía hace casi medio siglo que el de persona era un concepto básico, necesariamente presente en cualquier posible esquema conceptual. Al menos de momento, el mundo no parece haberle desmentido. Bien, en este punto debiera concluir yo mi intervención. Se me ha invitado a que dé una respuesta a una pregunta y ya lo he hecho. Y además, bien rotunda. Me asalta, sin embargo, cierta incomodidad. Por experiencia sé que en este tipo de actos los ponentes suelen explayarse algo más. Y por experiencia también sé que las cuestiones que se plantean en los congresos de filosofía nunca suelen ser tan sencillas, de modo que al final las respuestas tampoco suelen serlo. ¿No será que no he exprimido adecuadamente la pregunta? Por si acaso, volveré un poco sobre mis pasos. Espero que al final lo que consiga no sea sólo emborronar mi respuesta. Volvamos a considerar, ahora con un poco más de detenimiento, las tesis de Peter Strawson. Antes aludía a ellas con aprobación, pero ahora las voy a reprobar, aunque sea parcialmente. Como dije, la opinión de este distinguido filósofo oxoniense era que el de “perso- 88 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 na” es uno de esos conceptos básicos que, por comunes a todo posible esquema conceptual, constituyen el objeto propio del análisis de una metafísica que tiene por objeto el describir la interconexión entre, precisamente, este tipo de conceptos. No voy a impugnar semejante concepción meta-filosófica de raigambre, en última instancia, kantiana. Simplemente quiero llamar la atención sobre una consecuencia especialmente importante que la misma tiene para la cuestión que nos traemos entre manos, a saber: que la convierte en poco menos que en una trivialidad. Si el de “persona” es un concepto básico, necesariamente presente en todo posible esquema conceptual, y si un concepto carece de contenido a menos que, de alguna manera, haya criterios que rijan la identidad de –esto es, que permitan discriminar a– los individuos que lo satisfacen, preguntar si todavía cabe hablar de identidad personal es tan vacuo como preguntar si todavía cabe hablar, por ejemplo, del espacio y del tiempo. La respuesta es, y siempre será, evidentemente sí. No quiero negar que haya algo de correcto en la tesis strawsoniana. De hecho, ya advertí que mi reprobación a la misma sería sólo parcial. No sé ya dónde leí (aunque si me forzaran a ello creo que podría hacer memoria) que en todos los lenguajes naturales conocidos hay recursos especiales para la referencia a los seres humanos, el equivalente de nuestros pronombres personales. De manera análoga, desde el campo de la antropología cultural Marcel Maus ya publicó hace mucho tiempo un famoso ensayo en cuyo título se calificaba al concepto de “persona” de categoría universal del espíritu humano. Hay, pues, buenos apoyos tanto filológicos como antropológicos para la tesis de Strawson. Pero la tesis de Strawson no es solamente que haya un concepto de persona, más o menos equivalente al nuestro, en todo posible esquema conceptual que hubiera de resultarnos inteligible. Su tesis es bastante más fuerte y más discutible. Su tesis es que en todo posible esquema conceptual hay un mismo concepto de persona, un concepto que, por ello mismo, carece de historia, lo que constituye una característica común a todos los conceptos que Strawson pretendía convertir en objeto de análisis en su metafísica supuestamente descriptiva. Aunque he dicho que no entraría a criticar las posiciones meta-filosóficas strawsonianas, no puedo evitar apuntar que aquí el autor de Individuals hace gala de la misma fobia a la historicidad que tanto caracterizó a la filosofía analítica, y que tanto sigue caracterizando a sus sucesores y herederos. La universalidad del concepto de persona no exige, en modo alguno, que en todo esquema conceptual tengamos que encontrar exactamente el mismo concepto de persona. Ni siquiera que podamos destilar una especie de abstracto común denominador que constituiría algo así como el núcleo necesario y trascendental que recubren los diversos conceptos, empíricos y contingentes, de persona (nótese, dicho sea de paso, que el candidato strawsoniano a jugar tal papel: el de sujeto apropiado de atribución de predicados psicológicos y físicos, es claramente inadecuado, dado que a menos que se sea un cartesiano de obediencia estricta nos dará como resultado que los animales también son personas). Un requisito menos exigente, y mucho más realista, sería el que postulara que en los distintos esquemas conceptuales encontraremos conceptos que presentarán parecidos más o menos estrechos –en cualquier caso no siempre los mismos– con nuestro concepto de persona. De hecho, quien lea el ensayo de Marcel Maus al que antes hacía alusión para apoyar empíricamente las apriorísticas tesis strawsonianas quizás no pueda evitar cierta sensación de desconcierto, pues los conceptos de “persona” de algunas de las culturas que allí presenta el padre de la contemporánea antropología francesa resultan ciertamente muy diferente del nuestro. Y otro tanto podríamos decir del “Do kamo” melanesio estudiado por otro notable antropólogo francés: Maurice Leenhardt. En realidad, ni siquiera hace falta desplazarse a culturas para nosotros “exóticas”. La extrañeza se puede conseguir más domésticamente con simplemente consultar en un diccionario de latín –ese idioma ancestro del nuestro– el significado del término “persona”. Evidentemente, la “máscara de actor” que allí se recoge como 89 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 primera acepción del término está muy lejos del “individuo de la especie humana” que da, como acepción primera, el diccionario de nuestra Real Academia. Dado que el castellano es una lengua emparentada con el latín y nuestra cultura también lo está con la cultura latina, sería posible reconstruir, al menos a grandes rasgos, el proceso de metaforización que condujo desde aquella primordial significación teatral a esta significación aparentemente cuasi-biológica. Muy probablemente tendríamos entonces que prestar atención a disciplinas tan dispares como la gramática, el derecho o la teología paleo-cristiana. Pero no teman, no voy a entrar en el detalle. Me he permitido estas alusiones sólo para apuntar los límites de la validez de las tesis strawsonianas, que bien podrían ser representativas, en lo relativo al punto de la fobia a la historicidad, del esplendor y de la miseria de lo que se dio en llamar la filosofía analítica. Aun si hay buena parte de verdad –y yo así lo creo– en la tesis strawsoniana según la cual el de persona es un concepto “católico” –en el sentido de universal, aunque también en el otro, en el de aportación de la iglesia católica, sería correcto referido a nuestra particular concepción de la misma– ello no significa que en todas las culturas vayamos a encontrar exactamente el mismo concepto de persona, ni siquiera un mismo núcleo común e inalterable que revestirían los diferentes conceptos empíricos; ni tampoco, por supuesto, que el concepto de persona carezca de historia. Dicho sea de paso, lo mismo pasaría con los conceptos de espacio y de tiempo que antes poníamos a título de ejemplo. Ahora bien, si esto es correcto, si el de persona es un concepto “historiado”, entonces la pregunta que se nos ha planteado puede no ser tan inocente como en principio parece, y la respuesta, contundente y obvia, que al principio dimos, podría exigir matizaciones. En efecto, si el concepto de persona es historiado quizás no haya que tomarse al pie de la letra la pregunta por si todavía cabe hablar de identidad personal –pregunta que, como vimos, habría que responder con un “desde luego que sí”– e interpretar que lo que realmente se nos quiere preguntar es si no se han producido cambios, y cambios muy drásticos, en la manera de entender lo que significa ser uno mismo. Sólo que, ¡ay!, si éste es el sentido de la pregunta yo no sé si han hecho bien en invitarme a formar parte de esta mesa (ni si yo he hecho bien en aceptar esta invitación) pues, me temo, ésta es más una pregunta apropiada para un sociólogo o, en todo caso, para un psicólogo social, que para un puro filósofo como yo. Pido pues su condescendencia –por no pedir lisa y llanamente su perdón– para con las especulaciones que van a venir a continuación. Vamos a suponer, de hecho yo así lo creo, que, en efecto, en los últimos tiempos (dejémoslo así de indeterminado) se ha producido un cambio drástico en la manera de entender lo que significa ser uno mismo. Ahora bien, pregunto yo a mi vez, ¿por qué hay que presuponer, como parece haber presupuesto quien formuló la pregunta que da título a esta mesa redonda, que estos cambios ponen en peligro incluso el que quepa seguir hablando de identidad personal? Al fin y al cabo, como ya apunté, las prácticas de identificación de las personas siguen a la orden del día, si es que no están más vigentes que nunca antes. Quizás la clave de todo este asunto esté en el significado de la expresión “ser uno mismo” que hemos utilizado para referirnos a la identidad personal. Esta expresión, a diferencia de otras aparentemente homólogas, como “ser la misma piedra”, tiene unas connotaciones axiológicas de las que estas últimas carecen. No en vano no ha faltado quien ha hecho del mandato “Sé quien eres”, el principal imperativo ético. Y ahora, al fin, sacamos a la luz algo que puede resultar de la mayor importancia, a saber: que la categoría de persona no es una categoría simplemente ontológica, que la misma tiene connotaciones axiológicas, éticas. De hecho, ya lo dejó escrito Tomás de Aquino: lo que la noción de “persona” añade a la de “hombre” es la connotación de dignidad. Por eso, no en todas las culturas se ha reconocido personalidad a todos los hombres. Sin ir más lejos, era máxima del derecho romano que los esclavos carecían de ella. Si tenemos en cuenta todo esto, la pregunta a la que nos enfrentamos cobra una 90 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 dimensión adicional a la que ya habíamos apuntado. Desde luego no es la pregunta trivial de si en nuestra cultura los seres humanos siguen disponiendo de criterios para identificarse y re-identificarse. Obviamente, la respuesta a esta pregunta es sí. Más bien equivale a la pregunta que ya hemos formulado de si en nuestra cultura se han producido cambios drásticos a la hora de entender lo que significa ser uno mismo. Cambios, añadimos ahora, que erosionan la importancia o el valor de serlo, la dignidad personal. Es como si, después de todo, la recomendación de Parfit se hubiera llevado a la práctica. Sólo que no porque todos hayamos renunciado al principio del propio interés y nos hayamos convertido al budismo; no para bien –como pensaba Parfit– sino para mal. Implícita en la pregunta que nos concierne parece venir, en suma, la asunción de un pesimismo cultural (aunque probablemente fuera mejor decir civilizatorio) que, aunque quizás de raigambre germánica, terminó por contagiar a buena parte de los intelectuales del siglo XX. En cualquier caso, para decidir si este pesimismo es o no justificado deberíamos empezar por tener siquiera sea un bosquejo de algunas de las líneas maestras de estos cambios. Casi al principio de mi intervención hablaba de la proliferación de documentos de identificación en las sociedades de capitalismo avanzado –por empezar ya a utilizar categorías socio-económicas–. Pues bien, sospecho que en esta proliferación el pesimista civilizatorio que nos interroga lejos de ver un realce de la importancia de la identidad personal verá un síntoma claro de su decadencia. Al fin y al cabo, si uno necesita tanto documento que lo identifique es porque… ¡personalmente no le conoce casi ni Dios! Para entrar en el cielo, o para ir al infierno, es de esperar que no se necesite pasaporte. Pero para comprar en unos grandes almacenes, si no queremos pagar al contado, necesitaremos presentar un documento que nos identifique, porque hay altísimas probabilidades de que quien nos atienda no nos conozca. Dicho de otra manera, esta proliferación de documentos identificatorios es la prueba más palpable de que vivimos en una fría sociedad de masas, compuesta de individuos anónimos los unos para los otros, y no en ninguna cálida comunidad fraternal. Y ya que hemos llegado a este punto, no estaría de más que tomásemos nota de la inconsistencia que hay entre sacar en procesión el fantasma de la comunidad étnica y reivindicar, a la vez, la necesidad de un nuevo documento de identificación. Si de hecho esa comunidad existiera, y no fuera puramente imaginaria, desde luego no requeriría ningún documento que acreditase la pertenencia a la misma. Volviendo a nuestro asunto, ya tenemos, pues, un motivo para el pesimismo. No es preciso insistir en la mala prensa que las masas han tenido siempre entre los intelectuales. Posiblemente con razón. Pues en la sociedad masificada las relaciones parecen deshumanizarse sometidas a protocolos regidos cada vez más por una racionalidad puramente instrumental, y el denostado principio del interés propio parece más vigente que nunca. De hecho, varios han sido los sociólogos – Ch. Lasch, por ejemplo– que hace ya tiempo calificaron a nuestra cultura de narcisista. No fue pues en vano, podrá recordarnos el pesimista, que cuando Homero hubo de imaginarse el Hades lo pobló de seres en tránsito hacia el anonimato. Por otra parte, el anonimato, si no conduce lisa y llanamente a la impunidad, al menos favorece el debilitamiento de los imperativos morales. Nada más usual que la experiencia de permitirnos pequeñas (o grandes) transgresiones que jamás nos permitiríamos en un contexto familiar cuando nos hayamos en uno que nos resulta ajeno. Sospecho que la mayoría no elegiría la sala X que tienen justo debajo de su casa para entrar a ver una película porno. Ahora bien, dado que en esta sociedad de masas en la que vivimos parecemos estar de oficio, por así decirlo, instalados en el anonimato, ¿no será otra consecuencia colateral de la misma cierta anemia de los ideales morales que debieran servir de ideal regulativo de la personalidad? Más de una amarga queja en este sentido he leído en las páginas escritas por los defensores de una moral de la autenticidad. El caso de Charles Taylor, por ejemplo. He aquí, pues, una segunda razón para el pesimismo. Las sociedades de capitalismo avanzado, sociedades de masas, pobladas de individuos anónimos, tienden a generar personalidades moralmente anémicas. 91 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 Por otra parte, si los horizontes morales –por servirnos, ya que acabamos de mencionarlo, de la expresión del propio Taylor– que orientan la personalidad dejan de ejercer una fuerte atracción, otra consecuencia que parece inevitable será la fragilidad, cuando no la inconstancia, del carácter. Pero sin carácter, ya lo sabía Wittgenstein, ni siquiera el mayor de los talentos alumbrará la genialidad. Esta volubilidad del carácter propia de los individuos de las sociedades de capitalismo, correlacionaría por lo demás bastante bien con ciertos fenómenos sociológicos como podrían ser, a título de ejemplo, la crisis de las vocaciones o la erosión de instituciones hasta hace poco consideradas eternas. En efecto, sospecho que la mayor parte de los individuos no desean ser esto o aquello, sino que presos del ideal de una felicidad que algunos, despectivamente, han calificado como canalla (Gustavo Bueno), sólo aspiran a tener un trabajo lo más cómodo y mejor remunerado posible. Creo que esto, y no una llamada vocacional, es lo que explica que la odontología o la fisioterapia sean algunas de las titulaciones universitarias que gozan de mayor demanda. En cuanto a la erosión de las instituciones hasta hace poco consideradas inamovibles sólo recordar aquí que en nuestro país el porcentaje de divorcios en los primeros diez años de matrimonio ya supera el cincuenta por ciento, lo que, aunque todavía no nos sitúa en la media de los países de nuestro entorno (como suele decirse) no está nada mal si tenemos en cuenta que, al menos sobre el papel, somos un país abrumadoramente católico. Si alguien, alguna vez, identificó la pureza de corazón con querer una sola cosa, desde luego hay que concluir que la mayor parte de los individuos de las sociedades de capitalismo avanzado son de corazón bastante impuro. Parecen desear tantas cosas, que bien se puede decir que no desean seriamente ninguna. Y por ello tampoco es de extrañar que la apatía haya sido considerada (por ejemplo, por Lipovetsky) como otra característica propia del individualismo de las sociedades de masas. Quizás podríamos seguir enumerando características del yo típico de nuestra época, pero el tiempo empieza a apremiar y por lo demás pienso que ya disponemos de material suficiente para articular una respuesta a la pregunta que se nos planteaba. ¿Cabe seguir hablando de identidad personal? Si con esta pregunta se inquiere si los seres humanos seguimos disponiendo de criterios y recursos para identificarnos y re-identificarnos, la respuesta es obviamente sí. Si la pregunta se interpreta en un sentido más profundo, como interrogando por si se han producido cambios significativos y profundos en la manera de entender lo que es ser uno mismo, cambios en la estructura de la subjetividad, en la personalidad típica de los miembros de nuestras sociedades, la respuesta estoy convencido de que sigue siendo igualmente afirmativa. Sospecho que el yo de las sociedades de capitalismo avanzado tenderá a estar más masificado, a ser más anónimo, narcisista, moralmente anémico, débil de carácter y apático que el yo de otras sociedades. Sin embargo, y no quiero dejar duda alguna sobre esta cuestión, no creo compartir el pesimismo civilizatorio tan típico de tantos intelectuales del pasado siglo (lo que no quiere decir que sea un optimista; en este caso optimismo y pesimismo son posiciones más bien contrarias que contradictorias, ambas pueden estar igualmente fuera de lugar). Por eso, quiero acabar mi intervención planteando algunas dudas acerca de la justificación de este pesimismo. Lo primero que quizás debiera preguntarse el pesimista es si podrían extirparse los supuestos males de la subjetividad que él deplora sin renunciar igualmente a ciertos valores que muchas veces se asumen, implícita o explícitamente, como indiscutidos. Porque, por ejemplo, la masificación de nuestras sociedades no es una característica gratuita de las mismas; más bien parece una consecuencia directa de la erosión del status y de las consecuentes tendencias igualitaristas que ya Gellner vió como una de las características típicas de las sociedades modernas (industriales, las llamaba él). Quizás la única alternativa seria y coherente a la sociedad de masas fuera la reinstauración de una sociedad aristocrática, pero no debiéramos olvidar, como ciertamente no olvidaba Nietzsche, que la contrapartida de la misma es la institución de la esclavitud. De manera análoga, podemos quejarnos de la frialdad que las relaciones huma- 92 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 nas adquieren en una sociedad de masas y de que las mismas parecen sujetas a los imperativos de una racionalidad puramente burocrática e instrumental. Pero hay que tener en cuenta, cuando esto deploramos, que otro rasgo básico de nuestras sociedades, igualmente subrayado por Gellner, es su movilidad, una movilidad que no cae, de nuevo, caída del cielo sino que tiene mucho que ver con esa extraordinaria división del trabajo que está en la base de ese incremento de la producción que permite que las nuestras sean sociedades de la opulencia y del consumo. Pues bien, en una sociedad móvil una buena parte de los encuentros entre sus miembros tendrán, por necesidad, un carácter esporádico y fortuito lo que no parece dejar otra opción que el protocolo estandarizado o el caos. Por lo demás, la tan denostada racionalidad burocrática vuelve a estar en sintonía profunda con los valores igualitaristas estandarte de las sociedades democráticas. Si el vigilante del parking de la universidad dejara a su sobrino aparcar el coche sin la preceptiva tarjeta, aunque su sobrino fuera trabajador de la universidad no dejaríamos de considerarlo un caso de nepotismo. Yendo ahora más al fondo de la cuestión podríamos incluso preguntarnos si los valores que el pesimista parece lamentar son, comparativamente al menos, realmente tan lamentables. Se deplora la anemia moral de la personalidad típica en nuestras sociedades. Igualmente, como una letanía, oímos la quejumbre por la falta de carácter, por la apatía, por el narcisismo que parece aquejar a nuestra personalidad. Bien, ya Marx y Engels señalaron en ese texto magistral que sigue siendo El manifiesto comunista cómo el capitalismo actúa de eficaz corrosivo de la moralidad, pero a diferencia de lo que un moralista haría Marx y Engels no veían precisamente en esto un aspecto negativo del capitalismo. Antes al contrario. Y es que lo que no se suele señalar por quienes añoran una moral fuerte es el papel represor que las morales de este tipo suelen tener. La obsesión por el carácter y la genialidad ya sabemos a lo que conduce, en la mayor parte de los casos al coqueteo con el suicidio o con la locura –quien tenga dudas, puede leer con provecho los diarios personales de Wittgenstein, ya que antes hablábamos de él; o reparar en la biografía, breve, de su maestro Weininger–. Y en cuanto al matrimonio, una vez despojado de su hálito sagrado, es muy posible que nos parezca que no queda, una vez más, sino el frío cálculo de las ventajas que la convivencia con otra persona nos puede reportar. Pero haríamos bien en no olvidar que el modelo patriarcal ha sido el que el Dios judeocristiano ha venido santificando en nuestra cultura. Un modelo que impone un régimen de marginación brutal y sistemático de la mujer del que es pieza clave la domesticación de su deseo –pues los varones siempre tuvieron más fácil la trasgresión de un orden que en definitiva les reservaba el papel de padres patrones– . Quien se escandaliza de la violencia doméstica que ejercen, mayormente, los hombres contra las mujeres, en una gran cantidad de casos mientras se hayan en proceso de separación o divorcio, y quieren utilizar este dato como arma arrojadiza contra la sociedad en la que vivimos, que no olviden que los asesinos matan justamente porque antes las asesinadas fueron suyas, pero cada vez lo son menos. Concluyo. No hace falta ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que si las sociedades capitalistas alientan la vigencia del principio del interés propio –piedra de toque de buena parte de las formulaciones del tan denostado utilitarismo–, las sociedades de capitalismo avanzado no hacen sino avanzar en este aliento. Como humeano que soy, no dudo de que en los seres humanos no todo es egoísmo, de que también forman parte de nuestra naturaleza ciertos instintos altruistas –la simpatía, de la que hablaba aquel gran y buen escocés– . Pero, aparte de que la mayor parte de las propuestas aparentemente altruistas que otras sociedades, o la nuestra propia durante muchos siglos, han adoptado han sido en beneficio no de cualquier otro sino de un otro muy particular y siempre el mismo, aparte de esto, decía, por si acaso creo que sería mejor no someter nuestro altruismo a la dura prueba de los juegos de ganancia cero. Pues sospecho que cuando el dilema sea que alguien gane a costa de que otro pierda, serán muy excepcionales los casos en los que elegiremos ser nosotros mismos los que perdamos. Por eso, y para terminar diciendo algo a propósito de aquellos indocumentados cuya suerte, a pesar de haberme expresado 93 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 antes bastante cínicamente a propósito de ellos, me preocupa moralmente bastante más que la de la de los débiles yos que nuestras sociedades de consumo destilan, no creo que el simple humanitarismo y las buenas intenciones basten para solucionar el problema. Mucho me temo que no podrán ganar este yo masificado, moralmente débil, falto de carácter, narcisista e inconstante al que, no sé si consciente o inconscientemente, parecen aspirar, mientras no queden plenamente integrados en este cambalache en el que, como dijo aquel gran sociólogo que fue Enrique Santos Discépolo, parece haberse convertido nuestro mundo desde mediados del siglo XX. Gracias. Vicente Sanfélix Vidarte Dpto. de Metafísica y Teoría del Conocimiento Facultad de Filosofía Universidad de Valencia [email protected]