Narrativas biográficas de mediadores interculturales desde una perspectiva sistémica: implicaciones socioeducativas
Full text
Universidad de Sevilla
Departamento de Teoría e Historia de la Educación y Pedagogía Social
Programa de Doctorado: Acción Soci oeducativa y Desa rrollo Local
NARRATIVAS BIO GRÁFICAS DE MEDI ADORES INTERCUL TURAL ES DESDE
UNA PERS PECTIVA SI STÉMICA. IM PLICACION ES SO CIOEDUCATIV AS.
Carmen Ochoa Palomo
Directores:
Dr. José González Monteag udo
Dra. Dolores Limón Domínguez
Sevilla, Octubre de 2015
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
Carmen Ochoa Palomo
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Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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ÍNDICE
INTRODUCCIÓN GENER AL
6
P ARTE I: FUND AMENT OS TEÓRIC OS Y MET ODOL ÓGICOS
CAPITUL O 1.
HACIA EL ENCUENTR O DEL O TRO: L OS CÍRCUL OS DE LA COMPRENSIÓN.
16
INTRODUCCI ÓN.
17
1.1. FENOMENOL OGÍA: LA EXPERIENCIA VIVI DA.
19
1.2. HERMENÉUTICA: LENGU AJES Y HORIZONTES.
25
1.3. LA DANZ A DE LAS RELA CIONES.
32
1.4. IDENTIDAD ES, ES P ACI OS, MOVIMIENT OS:
LA MIRADA SIS TÉMICA E N EDUCACIÓN.
37
CAPITUL O 2.
EL CONOCIMIENT O BIOGRÁFICO: LA INVES TIGA CI ÓN BIOGRÁFIC O - NARR A TIV A .
44
INTRODUCCI ÓN.
45
2.1. EL CONOCIMIENT O BIOGRÁFIC O.
47
2.2. LA INVESTIGA CIÓN BIOGRÁFICO - NARRA TIV A.
64
2.2.1. Los mate riales biogr á fico s.
66
2.2.2. El proceso de in v estig ación.
70
2.2.3. La meto dología biográ fico - narr ativ a e n el c ampo de la educación.
76
2.3. NARRA TIV A , ED UCA CIÓN E INTER CUL TURALIDA D.
78
2.4. EN EL CENTRO: EL DIÁL OGO .
90
PARTE II: LA MEDIACIÓN INTERCULTUR AL.
CAPÍTUL O 3.
MIGRACIONE S E INTERC UL TURALIDAD .
95
INTRODUCCI ÓN
96
3.1. MIGRACI ONES: LA HIS T ORIA DEL MUNDO.
98
3.1.1. El con te xto hist órico.
103
3.1.2. La inmigr ación en España.
10 6
3.1.3. La inmigr ación marr o quí .
109
3.1.4. Mujeres inmigr ant es.
114
3.1.5. La inmigr ación seneg ale sa.
117
3.1.6. Y las perso nas.
119
3.2. RELACI ONES MUL TICUL TUR ALES.
119
3.2.1. Multicultur alida d y multicultur alismo .
120
3.2.2. Multicultur alida d: persp ectiv as.
12 6
3.2.3. Seres mul ticultur ales gr upos y disidencias.
130
3.2.4. La gesti ón de la multicul t ur alidad.
131
3.3. INTERCU L TURALIDAD: EL VIAJE HACI A UNO MISMO .
138
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CAPÍTUL O 4.
MEDIACIÓN INTER CUL TUR AL.
150
INTRODUCCI ÓN.
151
4.1. MEDIACIÓN INTERCU L TURAL.
155
4.1.1. Génesis y conce ptualización.
159
4.1.2. Ámbitos de la mediación in te rcul tur al.
170
4.1.3. El mediador int ercultur al.
194
4.1.4. Modelos de res olución de conflic tos.
204
4.2. DOS ENFOQUE S SIST ÉMICOS P ARA LA MEDIA CIÓN INTERCUL TURALID AD.
213
4.2.1. Modelo multifac torial.
221
4.2.1. Mét odo de los inciden tes crític os.
225
CAPÍTUL O 5.
EL CONFLICT O COMO NARRA CIÓN.
232
INTRODUCCI ÓN
233
5.1. EL CONFLICT O EN UN CONTEXT O INTER CUL TUR AL.
236
5.1. UN ENFOQUE C OM UNICA CIONAL DE LA MEDIACIÓN.
257
5.2. COMUNICA CIÓN INTER CUL TURAL.
278
PARTE III: DISEÑO, METODOLOGÍA Y TRABAJO DE CAMPO.
CAPÍTULO 6.
NARRATIVAS BIOGRÁFICAS. UNA PROPUESTA M ETODOLÓGICA.
292
INTRODUCCI ÓN.
293
6.1. MET O DOL OGÍA. DESCR IPCIÓN DE LA PROPUE ST A.
301
6.2. EL TEMA: LAS PREG UNT AS FENOMENOL ÓGICAS.
314
6.3. L OS O TROS: LA SELE CCIÓN D E LAS PERSONAS A UT ORAS DE LOS RELA T OS.
319
6.4. REC OGID A DE DA T OS
322
6.4.1. Encuentr os
322
6.4.2. La co - c o nstr ucción.
325
6.4.3. La co - aut oría.
337
6.4.4. La escritura.
338
6.5. TÉCNICAS BIOGRÁFIC AS.
340
6.5.1. Entr evist a.
340
6.5.2. Geno g r ama .
347
6.5.3. Biogr ama.
350
6.5.4. Fot obiogr afía.
352
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CAPÍTUL O 7.
ANÁLISIS DE D A T OS: UNA PROPUE S T A FENOME NOL Ó GICO HERMENÉUTICA.
355
INTRODUCCI ÓN
356
7.1. CA T EGO RIZ ACI ÓN Y TIPOLOGÍA. LA PROPUE S T A INTERPRET A TIV A.
358
7.2. INFORME.
HIST ORIA DE SIRIFO
361
Identidad(es): Cons trucciones y r econs trucciones iden titarias e n el espaci o
de la narr ación .
362
Espacialidad: Los lug ar es que nos habit an.
376
R elacion alidad: Las relaci on es que somos.
384
Corporali d ad: El cuerpo v ivido.
419
T empor alidad: El tiempo vivido.
424
Mediación inte rcultur al.
427
HIST ORIA DE NADIA
435
Identidad(es): Cons trucciones y rec on s tru cciones iden titarias en el espacio
de la narr ación .
436
Espacialidad: Los lug ar es que nos habit an.
454
Corporali d ad: El cuerpo vivido.
463
R elacion alidad: Las relaci on es que somos.
469
T empor alidad: El tiempo vivido.
493
Mediación inte rcultur al.
493
7.3. SILENCIOS.
513
PARTE IV: CONCLUSIONES.
514
CAPÍTUL O 8. LAS PUER T AS QUE SE ABREN.
515
INTRODUCCI ÓN
516
8.1. LA EXPERIENCIA DE LA INMIGRACIÓN C OM O EXPERIENCIA E DUCA TIV A.
519
8.2. LA EXPERIENCIA DE LA MEDIACI ÓN INTERCUL TURAL COMO MET AMORF OSIS
521
8.3. LA EDUCACIÓN COMO MEDIACIÓN.
526
8.4. LAS PUERTAS QUE SE ABREN.
530
EPÍLOGO.
533
BIBLIOGRAFÍA
534
ANEXOS
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6
INTRODUCCIÓ N
1. ANTE CEDENTE S.
2. TEMAS Y TRAMAS.
3. HORIZ ONTES.
4. E S TRUCTURA.
5. EL SITIO DEL COR A Z ÓN.
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1. ANTECEDENTES.
el amor es un sitio
& a través de ese sitio del
amor se mueven
(con brillo de sosiego)
todos los sitios
el sí es un mundo
& en este mundo del
sí viven
(cuidadosamente ovillados)
todos los mundos
(E. E. Cummings)
Una palabra con la que iniciar este texto, busco una palabra especial, intensa, exacta.
No la encuentro. Ahora viene a mi mente u na palabra y siento que es demasiado
grande para empezar con ella; sin embargo, es la que surge y doy paso al fluir de la
escritura escribiéndola. Vida. La palabra es vida . Y es q ue siento que lo que da sentido
a las págin as que sigue n es la vida q ue ha ido pa sando por mí en todo el proceso que
va desembocando en esta tesis tantas veces plan teada y ahora, fin alme nte, escrita.
Qué vida es la que ha pasado. Mu c has vidas, no solo la mía; la experiencia vital de las
personas que h an re lat ado su vida para ay udarme a entender, a entenderme d e la
única manera que entenderse es posible, frente a ot ro que nos confronta con su sola
presenci a; la experiencia de unos mediadores qu e me llevan a elabora r l a
conceptualización de la mediación intercultural que prese nto aquí; y, mi propia vida,
mi pro pia trayectoria, c ompartida con las su yas en u n diálo go vibrante qu e nos ha
transformado a todos .
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He llamado “Antecedentes” a este aparta do inicial del trabajo y me pl anteo ahora
dónde empieza esta h istoria. La h istoria comienza antes de ser consciente de su inicio.
Tendríamos así do s p osibles comienzos – o tres, o cuatro-. El primero, quizás sea el d e l
comienzo de mi interés y mi t rabajo dentro de ese amplio camp o que podemos llamar
interculturalidad. Eso fue en el curso académic o 1995 -1996, justamente en 3º de la
Licenciatura de Pedagogía. Rec uerdo que fue a p artir de un trabajo p ara la asignatura
opt ativa “Educación de Personas Ad ultas” donde tuve que realizar una revisió n
bibliográfica sob re educación intercultural. A partir de ese momento, no h e dejado de
trabajar en es te camp o, ya d esde lo aca d émico, desde la formación o desde la
intervención social y educativa. Pero creo que ya estaba interesada o inmersa en la
temática desde m ucho antes. Decía un a profesora
1
de la facultad en la que estudié,
que t odo lo que h acemos y todo lo q ue invest igamos, tiene que ver con nosotros. Años
después, tras un t rabajo p ersonal psicot erapé utico, int entando verme a mí misma y mi
modo de moverme por mis relacion es, he podido const atar en mi propia vida est as
palabras y entender plenamente q ué era lo qu e esc ondían. No es casual que el campo
de trabajo al que he dedic ado más tiempo y energía a lo largo de la mi vida sea el de la
interculturalidad, ef ectiv amente, t enía que ver con migo. Y qu iero, al inicio de estas
páginas, dejar c onstancia de la vida que recoge. N o sé si t ras es t e trab ajo mi camin o
seguirá unido o no al mun do universitario y, sinceramente, tampoco eso es lo
verdaderamente rel evante. Lo realmente importante es q ue esta in vestigación y este
texto sea capaz de recoger toda la vida que ha habido y que hay tras él.
Supongo que no es una exp eriencia desconocida p ara algunos de los posibles lect ores
o lectoras de est e texto , haber exp erimen tado en algún momento de su trayectoria
existencial el no saber cuál es su sitio en el mundo o sentirse perdido en un mundo que
no se vivenciaba como propio. Estas sen saciones fu eron muy abundant es en mi
biografía durante muchos años. Lo extraño, lo distinto, lo extranjero, siemp re me
llamaron la atención, igual que pequeñas lucec itas que brillaban, me querían decir
algo, ah ora lo sé. Y el men saje tenía que ver conmigo, como suele pasar con estas
1
Me ref ier o a Isabel Lóp ez Górriz. Gr acias Isabel por tus enseñan zas, toda vía hoy re suenan en mí.
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cosas, la extranjera era yo. En mi dificultad para en contrar mi sitio en el mundo,
dediqué m u cha energía en mi vida a intentar q ue otros encontraran el suyo o , al
menos, aspirar a que se sint ieran menos ex traños en este extraño mundo donde tal
vez todos seam os un poco ext ranjeros. Y de alguna man era, sigo acompañando a otro s
en el proceso de en contrarse con ellos mismos, encontrando en ellos su lugar, su sitio ,
desde el ámbito de trabajo donde a hora centro mis energías .
Sin embargo, ese pro ceso, ese caminar hacia mí misma, no siempre ha sido en soledad.
Me han acomp añado pe rsonas, personas que he ido encontrando y gracias a las cuales
he podido ir conociendo, po co a poco, algo más de mí. La cuestión es que muchas d e
esas person as han sido pe rsonas inmigrantes, extranjeras, ext rañas, de las que quizás
puede que no recuerde n i sus nomb res. Pero lo q ue no he olvidado es q ue fueron
espejos donde me re flejé y recibí siempre una i magen sorprendente y enriquecedora,
desde el cuestionamiento y e l desconcierto que muchas veces hicieron emerger en mí.
De alg una forma, to da investigación es una historia de vida o, al menos, la mía creo
que lo es. Siento que lo que aquí expon g o t iene qu e ver conmigo plenamente, desde
las temáticas qu e se entrecruzan, h as ta la metodología – la biográfica-, o el enfoque en
el que se ap oya – el f enomenológico-hermenéutico-. Decía Max van Manen q ue la
pregunta f enomenológic a tiene que estar vivida por el investigador (20 03:64), y siento
que así es . He vivido la experie ncia de la mediaci ón intercultural, la de las f ormaciones
que he impartido du rante años en el campo de la intercu l turalidad, la de la terapia, la
de la d ocencia u niversit aria, la de la intervención social c on p ersonas vu lnerables;
todas ellas, todas, desde u n profundo interés por el Otro y por la re l ación que se
establece entre el Yo y el Tú. Me in teresa el acto/proceso (mediador, ed ucativo,
terapéutico) como acto profundamente hu mano, solidario, compasivo, amoroso; com o
una posibilidad d e f usionar horizontes abiertos, que d iría mi admirado Gadamer . Es e
acto d e comunicación, de ser vistos , d e entendimiento profundo, de diálogo entre
seres, que propicia en las p ersonas implicadas, como dice n uevamente Gadamer, el
darnos m utuamente n uevos oídos . Cuando dura nte un tiempo hablas u n idioma, u na
lengua que n o es la t uya, un id ioma que n o tiene na da que ver c on tus raíces, con el
sitio d e dónde vien es, de dond e te nutriste, es como si tu identidad se purificara, com o
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CAPÍTUL O 1.
HACIA EL ENCUENT RO DEL O TR O: L OS CÍRCUL OS DE LA C OMPRENSIÓN.
1.5. FENOMENOL OGÍA: LA EXPERIENCIA VIVID A .
1.6. HERM ENÉUTICA: LENGU A JES Y HORIZ ONTE S.
1.7. LA D ANZA DE LAS RELA CIONES.
1.8. IDENTID ADES, ESP ACIOS, MO VIMIEN T OS: LA MIRAD A SISTÉMI CA EN
EDUCACIÓN.
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INTRODUCCIÓN
(…) el susurro denota un ruido límite, un ruido i mposib le, el ruido de lo
que, por funcionar a la perfección, no produ ce ruido; susurrar es dejar oír
la misma ev aporación d el ruido: lo tenue, lo c onfuso, lo est remecido se
reciben como signos de l a anulació n sonora. Y en cuanto a la lengua ¿es
que puede susu rrar? Co mo palabra parece ser que sigue c ondenada al
farfulleo; como escritura, al silencio y a la distinción de los signos: de
todas maneras, sie mpre queda demasiado sentido para q ue el lenguaje
logre el placer que sería el pro pio de su materia. Pero lo imp osible no es
inconcebible: el susurro de la lengua constituye una uto pía. ¿Qué c lase
de utopía? L a de una mú sica del sentido. La lengua, susurrante, confiada
al significante en un i naudito m ovimiento, des conocido p or nu estros
discursos racionales, no por ello abandonaría un horizonte de sentido: el
sentido, indiviso, impenetrable, innominable, est aría sin emb argo,
colocado a lo lejos, como un espejismo… el punto de fuga del placer. Es
el estremecimiento del sentido lo que interrogo al escuchar el susurro del
lengua je, de ese lengu aje qu e es para mí, hombre moderno, mi
Natura leza.
(Barthes, 2002)
Este cap ítulo t rata de una pasión y una curiosidad que muta casi en inqu ietud
existencial y se traduce en la pregunta acerca de quién sea el Otro y cómo llegar a
encontrarlo, a entenderlo; así como de las herramient as t eóricas en las que me apoy o
para emprender ese camino que quizás me lleve al encuentro del O tro.
En p rimer lugar, la mi rada fenomenológica. La f enomenología m e sitúa en la p regunta
que considero f undamental para las relaciones hu manas, sobre todo para las
relaciones interculturales: el cómo. Las relaci ones humanas est án a menudo filtradas
por el juicio que hacemos d el mundo, d e no sotros mismos y de los Otros como
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habitantes de ese mund o; gracias a la sensibilida d fenomenológica nos situamos en un
espacio libera do d e la lógica de las c ausas, los juicios y los dogmatismos, y nos
ubicamos en el mundo con lo que somos, nuestro cuerpo y la exp eriencia que vivimos.
Como d ice Max van Manen (2003), podemos entender mejo r a l os seres hu manos a
partir de la realidad experiencial d e sus mu ndo vitales. El encuentro con el Otro es un
encuentro que experimento a través de mi corpo ralidad en el mundo en donde ambos
nos relacion amos y d onde ti ene lu gar el diálogo. Me interesa la pregunta
fenomenológica, una pregunta por el c ómo, po r la vivencia y la ex periencia tal y com o
se nos presenta; más allá del por qué, estático, congelado y m onológico, me inclino
hacia el cómo dialógico, experiencial y d inámico q ue me p ermite t omar c onciencia de
mi propia experiencia e intentar acceder, tal vez con torpeza, a la exp erie n cia del Ot ro ,
cómo es para mí y cómo es para t i, a p artir de esto que está sucediendo entre ambos,
en este preciso momento en que t ú y yo nos encontramos. Considero, por tan to, la
fenomenología como una herramienta fundamental para la escucha y la observación.
En segundo l ug ar , no en importancia, sit úo l a h ermenéutic a, esa aspir ación de
compr ensión permanen te d el ser humano y la in t erp re tación q ue hace de tod o aquello
que lo r odea. No pod emos h ablar d e inte rcultur alidad sin consider ar la hermen éuti c a
de lo i nterc ultur al, el h oriz onte de sen tido necesario par a las relaci ones que m e
permite acceder quizás al Otr o y , fundament almen te, a mí mismo.
En tercer lug ar , la mira da sistémic a y la pers pectiv a relacional. Como ir é e xpo niendo a
lo larg o de est as p áginas, mi visión no es una visión aislant e, que saca del sitio al sujet o
(del sitio que supone su ser - en - relación). Somos en relación a con te xtos, experiencias,
inter acciones, tiempos, sujetos; siempr e somos en relación. Y son esas relaciones que
nos i n v aden, dan sentido e incluso limitan, so bre las que v amos c on s truyéndonos,
narrán donos, como per son as ú nicas a lo largo de un con tinuo (tal ve z ilusorio , qu ié n
sabe), qu e denominamos tra y ectoria biográ fica. M ir ar y ver solo a la per s ona creo que
es no ver , no ent ender a la persona, por que nos f alta lo que esa per sona encierra y
pr opicia. La per spectiv a sistémic a es fund amen tal en el diálog o edu c a t ivo y en la
mediación; en la inte rve nción ped ag ógica y en la ter apéutica. Sin lo rela cion al no h a y
interv en ción, n o hay nada. La m ir ad a sis témic a pone el eje e n la relació n , eso que nos
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con vierte en seres humanos.
En el siguient e capítulo me adentr ar é en el ámb i to biogr áfico y cómo est a metodología
responde, desde mi p r opia experiencia inv estig adora, a las exig en cias que es tas tr es
mir adas (f enomenológic a, hermenéutica y sist émic a) d emandan.
1.1. FENOMENOL OGÍA: LA EXPERIENCIA VIVID A .
“Desde el pun to de vis ta f enomenoló gico , in v estigar es siempre
cuestiona r el modo en q ue e xperimen tamos el mu ndo , q uerer conocer el
mundo en el que v ivimos en nuestra calid ad de seres human os. Y pues to
que ‘ conoc er' el mundo es esencialmente 'es tar' en el mundo de un a
det erminada manera, el acto de inves tigar - cuesti onar - teoriz ar es el ac to
in tenciona l d e u nirno s al mundo , de se r parte de él de un mod o má s
pleno o, mejo r aún, de 'con v ertirnos' en el mundo mismo. L a
f enomenología de nomina principio de 'in tencionalidad' a esa cone xi ón
inseparable co n el mundo. ”
M. V AN MA NEN
El encuentro con el Otro es un encuentro en - el -mundo, en el mu ndo de la vida. No voy
a hacer aquí un recorrido por toda la historia de la f enomenología, doy por su puesto al
padre Husserl y me sit úo al amp aro de uno de sus h ijos, el filósofo f ran cés Merleau -
Ponty (1986, 1999, 2003; Celle, 2000). Y por qué Merleau- Ponty. Por múltiple s razones;
básicamente porque me sitú a en el cuerpo, en la corp oralidad de la relación, en el
momento del encuentro, en la du ración bergso niana de la que fu e t ambi én deudor: el
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otro habita el mismo mundo conmigo, de m odo q ue s omos c apaces d e est ar e n
comunicación. Lo que la f enomenología hermenéutica (que d iría van M anen) me
muestra es cómo ese mundo que experimentamos a través del lenguaje, es un a
experiencia corpórea, emocional , relacional, situacional, viva, en cuerpo y en el
mundo.
Tomo de la fenomenología de Merleau -Ponty esa resisten cia incesante a cosificarnos y
a cosificar lo corporal y, p or ende, las sensaciones y emociones que percibimos en la
relación. Estamos e n e l mu ndo con nuestro cuerpo, siendo el cuerpo el que n os
posibilita existir y relacionarnos. En terapia gestalt estaríamos h ablando d e la
conciencia corporal, d e escuch ar lo que el cuerpo escucha y lo que el cuerp o d ice.
Merleau-Ponty se aleja d el dualismo cartesiano, tan occidental, que sit úa a la p erso na
en su cen tro mental, otorgando a este centro la mayor importa ncia y rango en cuant o
a existencia y a esencia. Desde otra perspectiva, lo que planteo con la fenomenología
del cuerpo- suje to de Merleau -Ponty, o con las enseñanzas de psicoterapias
humanistas, como la terapia Gestalt, es la vuelta al cuerpo, el reconocimient o d e otros
centros en n osotros que nos abren a la relación y al mundo de una forma diferente. En
este sentido, h ablo de una conciencia que incluye lo mental, p ero no sólo lo mental,
sino también lo corporal, lo em ocional, lo instintivo ; todo lo que está, siempre h a
estado, au nque haya sido exclui do d e nuestros análisis y d e n uestros registros d e
conciencia. La f enomenología nos en seña a escuchar, a mirar, a sentir; comp lejiza (y
simplifica) nu estro estar- en - el -m undo. Para M erleau-Ponty, la percep ción es fruto de
la relación entre la conciencia y el mund o, no existe una verdad atempor al n i ab soluta;
y es gracias al cuerpo que estamos inmersos en el mundo, gracias al cuerp o y al
lenguaje. El mundo es lo que percibo com o sujeto - en - el -mundo.
En p rimer lug ar , tiene como objet o la expe rien cia vivida, el mundo como lo
e xperiment amos de una maner a pr errefle xiva; e s decir , en un mét odo que n o busc a
e xplic ar o con tr olar el mundo, sino pon ernos en contact o con él. En segundo lug ar , dice
V an Manen (2003) que el mé todo es r etros pectivo , no intr ospectivo , porqu e siempre se
tr at a de u na rememor ación, una r efle xión so br e una e xperiencia viv ida; se tra ta d e un
conocimien to que se pre senta a la conciencia, y que es conocimien to sobr e el mundo
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significa tivo del ser humano.
Convencido de la ut ilida d y la necesidad de manejarnos con el método que denomina
fenomenológico hermenéutico, Van Man en (2003) se pregunta sobre qué es lo que
conseguimos describir c on el lenguaje y r esp onde que sólo a través del lenguaje
podemos acceder a la experiencia. Si como dice, las cien cias humanas tienen que llevar
a cabo la inusual tarea de t eoriza r sob re lo único, la única herramienta de la que
disponemos para tal proeza no es si no el len gu aje, y au n así, siempre est aremos en
una aproximación, en una tarea eternamente inacabada, limitada. Van Manen se
encuentra de frente con esas regiones d e signific ado qu e puede n resultarnos ignotas,
lejanas, radicalmente ajenas. El len guaje no es un esp ejo y, sin emb argo, vivimos en la
ilusión de reflejarnos e n las palabras, de reflejar en él nuestro mundo; pero los
mundos son intersubjetivos, locales, culturalmente diversos, íntimam ente personales.
La comp rensión de esos mund os, de eso s mundos otros nos avocará a u n ab ismo al
que intentaremos dibujar una y ot ra vez, ho riz ontes de sentido o de silencio: “(…)
nunca puede darse un conocimiento direct o de un fenómeno. Conocer no es reproducir
ni representar. L a idea d e que el conocimiento es una representación del mundo o de la
“realidad ” debe ser rec hazad a con el mayor énfasis. Con ocer no es reflejar el mun do
sino c rearlo. Conocer, sea científicamente o no, n o es representa r sin o c onstruir .”
(Mèlich, 1998:17).
La sensibilidad f enomenológic a nos acerc a al mundo, eso es lo que sien t o cuando leo ,
cuando escucho , cuando miro , “(…) no sólo en tendemos las cosas de forma intelectual
o con ceptualmen te, sino que ta mbién las e xperimen tamo s de un mod o corp ó reo ,
relacional, en activo , situacional. (…) T enemos inform ación a través de nuestros
cuerpos, de nu estras rel aciones con los demás y de nuestra in teracción c on los objet os
de nuestro mundo . ” (V an Manen, 2003:13). Debemos mante ner esa f e en el leng uaje y
en su poder p ar a p oder conocer y transmi tir lo que es tá más allá del lenguaje (V an
Manen: 2003). La p reg unta es ahora insoporta blemen te evidente, la duda que su scita
nos h ier e qu iz ás con una levedad intr ansigen te y ter c a: ¿es que hay alg o más allá del
lenguaje? Sobre las posibilidades de ev adir es ta fr onter a, es te v acío , Bajtín (19 89, 1982;
P onzio , 1998) nos pr opondrá la e xperiencia artís tica.
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Van M anen (2003) plantea un uso del lenguaje, un a sensibilidad, un len guaje que
escape d e la racionalidad in sidiosa que nos amordaza y n os engañ a. Lo n arrativo nos
posibilita la evasión. A través de u n uso del lenguaje tal vez sea posible expr esar
experiencias no tanto ment ales como c orporales, emo cionales, sen si tivas. También
creo que es precisamente en la re lación yo-tú do nde podemos intuir algo que va más
allá de la expresión y que es como una c onstitución previa, u na exp eriencia básica
constitutiva d e lo humano, donde quizás las palabras no sean imprescindibles, o no
siempre. La herramienta que nos acerca al Otro es la emoción, la i ntuición, la
resonancia emocional,… todo aquello que aparece en la relación si estam os at entos. La
palabra que lo nombra n os acerca y n os distancia, simultáneamente, y de manera
irreversible. Como d ecía D ilthey, n os explicamos la naturaleza, p ero la v ida h umana la
tenemos qu e entender (1976:22). Yo añ adiría, o no : tal vez sea suf icie nte la aspiración
de entender y la d e aceptar qu e no siempre entendemos, que no siempre será posible
entender y que, sin embargo, siempre es p osible sent ir. Como dice Mélich (19 98:13):
“ Una de las falacias de la s ciencias contemporáneas de la educación ra dica en la ilusión
de pensar que la pedagogía es suficientemente poderosa para dar razón del fenómeno
educativo. Pero el pensamiento pedagógico, c omo la mayor parte de la f ilosof ía
occidental, no puede con la “sombra”, con lo “oscuro” y lo “misterioso”. El
conocimiento no es solamente “diurno” sino también “nocturno”. ¿ Cómo se puede
alcanzar el misterio? No ha blo d e conocer lo misterioso, d ado que todo lo q ue se
conoce se posee, y toda posesión es c larid ad, es desmitificación. Lo misteri oso “no es”.
(…) Pero lo mist erioso exist e , y esc apa a la c onceptualización, pero queda la imagen, el
icono.” Max van Manen (2003:17) insiste e n la necesidad de c ontar para la pedagogí a
no sólo de un repertorio de técnicas especializadas, sino también de un as
competencias creat ivas, int uitivas y con el tacto; como si a través de una met odología
y de un det ermina do u so del lenguaje (fenomenológico, metafórico, sen sitivo,
poético), pudiéramo s ex presarnos más allá o más acá de un horizonte cognitivo,
próximos a un horizonte poético, literario, más capaces, así, de transmitir emociones,
sensaciones, misterios. Es precisamen te en la relación Yo- Tú d onde podemos intuir y
vivenciar una especie d e con stitución previa, una experiencia hu mana básica o
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primitiva, donde tal vez las palabras no sean i mprescindibles, o no sie mpre, al menos;
ya que el lenguaje del encuentro se nutre de otras sutilezas corporales, sensoriales,
emocionales.
Una metodologí a fe nomenológica nos entrena en la adquisición y la experimen tació n
de es te tipo de compe tencias. T al ve z dest ac aría ahora una de ellas por su c omplejidad,
por su riqueza, po r ser –digam os - la más rele va nte desde mi p r op ia exp eriment ación
f enomenológic a; me re fier o a la escucha. Mi formación como t er apeut a ha ido
afinando es ta escucha, de cuy a relev a ncia y a había tomado conciencia c omo
f ormador a y acompañan te en la tarea de la mediación i nt er cultur al. Las per sonas que
tr abajamos con personas est amo s a menudo o bsesionadas con la adqu isición de
herrami entas ajenas a nosotros mismos, olvidando q ue es ju s tament e en noso tr os
mismos donde encon tr amos la mejor h err amienta para llev ar a cabo nuest ro t r abajo.
En est e sen tido, las personas q ue tr abajamos con per sonas somos como un
instrumen to musical c on su caja de r esonancia (resonamos en sensaciones y
emociones). Cuant o más afinamos esté nuestr o instrument o , mejor podremos hacer
nuestr o trabajo. Y la escucha necesita m ucha afinación. En otro apart ad o de est e
documento (capí tulo 4) me re ferir é con ma y or d et alle a la escucha y a su
conceptualiz ación; en este momento , me ciño a dejar clar amen te e xpues ta la
importancia de la sensibilidad f enomenológica, tant o en el f ondo como en la f orma,
par a todas aq uellas pr áctic as d onde la in ter subjetividad te ng a un papel cen t r al.
El método fenomenoló gic o - hermenéutico d e V an Manen, que guiar á el enf oque
inter pre tativ o de es ta t esis, es el est udio de la experiencia vivida; la e xplic ación d e lo s
f enómenos tal como se pr esent an a la c onciencia; la descripción de los significados
e xperiment ales que vivimos, tal como los vivimos; el es tudio de los fen ómenos desde
la perspecti v a de las ciencias humanas; es la pr áctica aten t a del car ácter re f le xivo; la
búsqueda de lo que sign ifica ser humano; y es, po r último, una actividad p oé tica. Un
aspecto que me g us taría aclar ar se refi ere a la c oncepción del sujeto en l a e xperiencia
f enomenológica; como s eñ alé arriba , opto por la c on ce p ción de M erleau - P onty , frent e
a la trasc endent alidad del Yo husserliano o la frialdad deshumaniza da de Dasein
heideg g ariano. El ser - en - el - mundo de Merleau - Pon ty es acaso una suerte de ser
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e xis tencial plenament e vivo y p eg ad o al mundo, al cuerp o , al lenguaj e. Éste es el ser
que me lleg a, que sien to cerc an o y r e f eren te.
Como t erapeu ta Gest alt , la pr áctica fe nomenológic a se c onvier te en una f orma de
ente nder el pr oceso ter apeútic o , en una metodología: “ ¿Qué estás haciend o (o de qué
te das cuen ta ) en este momento , y cómo lo est ás haciendo? (…) el énfasis descriptivo ,
de p roceso y de camp o e n el qué y en el có mo , má s qu e el énfasis especul ativ o en una
cau salidad mecanicista . ” (Y on tef , 2009:7) M e int eresa la ter apia gest áltic a precur sor a
del énf asis d ialog al ta n p resen te en po s teriores ter ap ias de t ercer a g ener ación ,
deudoras de la ter apia Ges tal t y de la post erior apor tación de la Escuela de P alo Alt o , la
teoría para dójica del c ambio. El Dar se Cuenta g est áltic o “ es una forma de v ivenciar . E s
el proceso de esta r en con tacto alerta con la situación más imp ort an te en el campo
ambien te/individuo , con un total apo yo sensorio - motor , emocion al, cognitivo y
energé tico . ” (Y onte f , 2009:171). No es casual la influencia que la Psic o logía de la Gest alt
tuvo en Merleau - P onty . La Psic ología de la Ges tal t supuso en el campo de la Psic ología
de la ép oca una pers p ec tiva comple tamen te nov edosa, con un enf oque ex perimental
f enomenológic o fren te a la denos tada intr ospección o a las demandas de las
incipientes teorías cond uctist as. Su afirmación más ra d ical de que el T odo no es
divisible, siendo algo di f eren te a la mer a suma de sus P artes comp onentes, t uvo y
tiene, fuertes implicacio nes. Se da p aso a un mar c o conce ptual holís t ic o y al concep to
de ca mpo , d onde la relación y el con te xto pas an a tener un pap el no destac ado co n
anteri oridad (Luna, 2011). La ter apia Ges talt toma su nombre de esa configur aci ón o
entidad total (gest alt) “ que hace al todo una unidad sig nificativa diferen t e de la mera
suma de sus part es. La Natura lez a es ordena da, está org aniz ada en un todo
significativo. A partir de est e todo , emergen figuras en relación a un fondo , y est a
relación entre figura y fondo es significativa. ” (Y ont ef , 20 09:169). Lo n uev o , esa
con figur ación tot al y signific ativ a, es posible gr acias al co n tact o con el Darse Cuent a
f enomenológic o , una to t alidad q ue es capaz d e integr ar en sí misma la problemática o
el asunto enf ocado.
Antes de f inaliz ar est e apartado , me gust aría señalar un aspecto que considero
importan te en es te documen to desd e un punt o d e vida ideológic o , teóric o y
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metodol ógico , y es la v o lun tad de escapar del le nguaje ac ad émic o p ar a dejar me llev ar
por un n uev o mo do de e xpresar me tal y c omo la f enomenología me sugier e. T al y
como sostiene Gerg en, “(…) cada te xto objetiva el tema del que trata, privilegiando así
un dominio de lo real sobre lo ret órico . La in v ita c ión a la transforma ción se ex tiende,
pues, a la forma de e xpresión erudita a medida que las ciencias human as exp erimen tan
modos de e xpresión, en la medida en que desafían los estilos t rad icionales de escritura,
difuminan los géneros, añaden visión y sonido al te xto , también t ransf orman la
conc epción del especialist a, de la academia, de la naturale za de la educación y ,
finalmen te, del pot encial de las relacion es humanas. ” . (2010: 86).
1.2. HERM ENÉUTICA: LENGU A JES Y HORIZ ONTE S.
“ Comprender no significa ya un compo rta mient o del pensamien to
humano entre otros que se pueda disciplinar metod ológic amen te y
conf orma r en un método c ien tífico , sino que cons t ituye el m ovimien to
básico de la ex ist encia human a . ”
H. G. GADAMER
La compr en sión, d ice Gadame r (1994), es el movimien to básico de la exis ten cia
humana. Y me surg en mu chos e inqu ie tantes cuestionamien t os. Me pregunt o, desde
dónde compre n do y qué es lo que compr endo del Otro; me pregunt o qué pasa cuando
no puedo compr ender , cuan do no quiero compr end er , cuando no com p r en do. T al vez
est os cuestionamien to s on aú n más t urbador es en l as relaciones i nt ercultur ales: qué
puedo compr ender y has ta dónde; y , si es es to que c o mpr endo suficien te.
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medida en que “ el diálogo si gue y las con struc ciones continú an abierta s, los
significad os locales tal vez se ramifiquen y quiz á las personas lleg uen a compartir o
asimilar lo s modos d e vida de los demás. ” (Gerg en , 2 01 0: 15 0) Puedo am pliar el
horiz on te de mi com pre nsión cuando esta blez co el diálogo y me dejo llev ar
permitiendo que el d i álog o me tr an s forme. En la experiencia d e la con v er sación o en el
diálogo co n la h ist oria de vida, se posibilita el int erc ambio –incluso a vec es la fusión - ,
de horiz ont es de sentido; en cualquier caso , se hace po sible la transgr esión del límite
que por cree r que soy , acabo siendo .
1.3. LA D ANZA DE LAS RELA CIONES.
“Lo que la conciencia nunca podrá apreciar sin ay uda (sin ayuda del arte,
los sueños y cosas semeja n tes) es el ca rácter sis témico de la ment e. ”
G. BA TESON
Doy un paso más para incorporar a este discurso las aportaciones que se me of rece n
cuando el foco lo coloc o en las re laciones, lo sistém ico como el mundo de las
relaciones. Intento elaborar un a explicación del sujeto, del Otro, de mí misma, no
como un Yo-individuo, sino como un Yo- relacional, distribuido como d iría Bruner
(1991). G. Bateson (1998) af irmaba, como humilde p adre fundador de una revolución
en las ciencias humanas y psicológicas, que si p ensamos en las relaciones y
consideramos las cu estiones que n os ocupan como definidas exclusivamente por sus
relaciones, nos asom braríamos. Desde la pe rspectiva que Bates on p lantea, lo que
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evolucionan no son las individualida des, sino los contextos d onde se relacionan, siendo
fundamental la interacción que se produce entre los organismos.
Somos nuestras relaciones, n ada escapa de la relación porque es la relación, lo
intersubjetivo, lo que me of rece la p osibilidad de la inteligibilidad al situarme en un
horizonte de sentido, en un juego -del-lenguaje; y lo sub jetivo al poder ser un Yo frente
a un Tú. D e hech o es l o que sos t iene la interculturalidad frente a otros mo dos de
gestionar las relaciones mu lticulturales: es el hacer h incapié en las relaciones,
poniendo como eje la interacción. D esde la pragmática de la comunicación, a la d es -
ontologización del yo psicológi co propicia do por las psicoterapias narrat ivas y
sistémicas, las relaciones me constituyen en lo que soy aho ra; y es justamente mi
capacidad de situarme e n lo relacional la que me de -construye como ente psicológic o
esencial, mo nológico y frío. Adquiero así la posibilidad d e optar po r una narración u
otra del Yo que soy.
Comienz o por Gerge n y su c onstruccionism o social. D ice Gerg en que “ (…) las
consecuencias de una on tolo gía comunitaria o relacional (…) encuen tran
desasosegador el hecho de que se elimine el acen to en los procesos psicológico s. (…) La
'men te individual' no sólo pierde su funda menta ción on tológ ica sin o todos sus
cons t ituyent es tradicion ales: las emociones, el pensa mien to raciona l, los motivos, los
rasgos de personalidad, las intencion es, la me morias, y similares. T odos est os
cons t ituyent es del yo se con vierten en construc cion es hist órica men te con tingen tes de la
cultura. ” (2010: 95). E f ectiv amente, si lo que enf ocamos son las relacio nes, se abre ant e
nosotros u n mundo asombr oso. Me inte resa el c onstruccionismo de Gerg en cuando
habla de en sanchar la con ver sación, de descentr arnos en el sen t ido en que la
mediación int er cultura l sugiere como ver emo s más adelan te; por q ue nos enseña la
multiplicidad de modos en los que el mund o es, y puede ser cons truido (2010: 104).
En su o br a R ealidad es y relaciones: apro ximaciones a la constru cción social , va
haciendo un rec o rrid o por cómo se han ido configu r ando una serie de
conceptualiz aciones acerc a del Y o desde un punto de vista social, r elacional (2010:
259 - 269). D esde Vy g otsky y su per spectiv a his tóric o - cult ur al d onde las f unciones
ment ales superior es se pr oducen en p rimer lu g ar a n iv el social, en lo int erpsicológico ,
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par a pasar después a lo intr apsicológic o ; p asando por el inter accionismo simbólico y la
antr opología simbólico - cultur al de C. Geertz; hasta la psicología cultur al de Bruner ,
supera do su cognitivism o; y , las ter apias na rr ativ as fundadas por E ps ton y White. Per o
si hay u n autor pi onero , c omo decíamos arriba, sería Ba teson.
Bat eson, con su t eoría d el doble vínculo (do uble - bind), revol u ciona la psicopa tología al
intr o ducir la com unicaci ón c omo piedr a angular e xplica t iv a, c oncret amen te, en el caso
de la esquiz ofr en ia. Co n sus aportacio nes se abr e un n uev o cam p o en la psic o te r ap ias
(f amiliares, sis témic as, narr ativas, relacionales,…), donde lo emocional y lo identitario
adquieren signific ado dentr o de una d et ermina da matriz r elacional, c omo gus tan d ecir
los psic oanalis tas int er subjetivos más cont emp or áneos. D e este mo do , p odemos
revisarlo todo desde el en f oque relacional: em ociones, identi dad, conflict o, p a tología…
“ como acon tecimiento s dentro de pautas relacionales: como acciones sociales que
derivan su significado e importancia de su situación dentro de rituales de relación . ”
(Gerg en 2010: 269) Nue stra r acionalidad occident al, tan acos tumbr ada a la causalidad
mecanicis ta, lineal, se desbor da; nuestro discurso se amplía, c omo diría Geertz ( 1991) ,
ese discurso que tenemos sobre el mundo , sobre nu es t r a realidad, se nos q ueda
pequeño ante un nuev o modo de mira r(nos). Y est a mira da es esencial en
inte rc ultur ali dad, donde a menudo nos encontr amos con Otr os cuy a identidad esc apa
a una racio nalidad psic ológic a individualis ta tan c ultur almen te nuestr a.
Por último, me gustaría al men os hacer referenci a a las apor taciones comunicacionales
que incorporo. Po r una p arte, las de la Escuela de Pa lo Alto: la p ragmática d e la
comunicación humana de Watzlawick, Bavelas y Jackson (2002) ; y, p or otro, las de la
terapia narrativa de White y Epston (19 93). La relación es comun icación, vivimos
continuamente inmersos en procesos comunicativos. Todo es relación y, p or tanto,
comunicación. M i conceptualización de la mediación y de los conflictos es básicamente
comunicacional, narrativa. Este en foque tiene, d esde mi pu nto de vista, enormes
ventajas como intentaré exponer más adelante
7
; pero quiero aqu í señalar u na ventaja
que me parece fundamental: la posibilidad de dejar de estigmatizar y cosif icar los
conflictos interculturales b ajo el epígrafe de conflictos étnicos , enfatizando lo c ultural
7
P arte II, Capítulo 5.
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cuando, en la mayoría de las ocasion es, lo que se produce es un desajuste p ragmático
en el marco de un as relaciones que esconden desigualdades y ju egos d e poder
desequilibradores; relaciones inmersas en universos simbólicos con pautas
comunicativas difer entes, incluso, cont radictoria s: “(…) las personas pu eden decir algo
y significar ot ra c osa – y, como acabamos de v er, hay interrogantes c uyas respuestas
pueden est ar p or c ompleto fuera de nuestra percepción. (Watzlawick, Bavelas y
Jackson, 2002 :37). El papel de la mediación, será el d e la t raducción en el sentido de
traducción met acomunicativa y el de favorecer la apertura a nuevas narraciones más
inclusivas. Se trat ará de int entar traducir los marcos d e refer encia pragmát ico s
(relacionales, sistémicos) desde d onde se produce la comu nicación. Cuando se puede
acceder a la d ecodificación de los marcos d e referencia del Otro, el conf licto como
bloqueo en la comunicación (y en la relación) p uede desap arecer, y lo que queda es ya
la voluntad o no d e “ entrar” en la relación. Por otra parte, h ay un fuerte compon ente
emocional en los aspectos pragmáticos d e la comunicación , entend iendo las
emociones desde un enfoque relacional, cultural: “ (…) no es neces ario rec urrir a
ninguna hipótesis intrapsíquica im posible de v erificar en última i nstancia, y de q ue es
posible limitarse a las relaciones observables ent re ent rad as y salidas, esto es, a la
comunicación ” . (Watzlawick, Bavelas y Jackson , 20 02: 44). Lo relevante en la
pragmática de la comunicación no es el contenido en sí mismo, sino el aspecto
relacional de la comunicación.
La ap ortación d e Watzlawic k, Bavelas y Jac kson (2002) se basa en que l os seres
humanos, en tanto que sistem as vivos, tienen relaciones cruciales con s u entorno y
son, en con secuencia, sist emas abiertos. Y, como sist emas ab iertos, los sistemas
humanos adquieren una serie de características: totalidad, retro alimentación,
equifinalidad. La to talidad hace referencia a la configuración gestáltica que indica que
un sistema no es la sum a de sus partes, sin o un todo compl ejo d onde cada u na d e l as
partes está relacionada con las demás, af ec tando al sistema completo y al resto de las
partes, el cambio que se produce en una de ellas: “ (…) las se cuencias de c omun ica ció n
serían recíprocamente inseparables; en síntesis, que la interacc ión es no -sumativa .”
(2002: 122). La retroalimentación tiene que ver con el cambio conceptual que se
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produce con el advenimiento de la cibernética, desde la materia a la información, “ la
retroalimentación y la c ircularidad (…) c onstituyen el modelo ca usal a decuado par a
una t eoría de los sistemas intera ccionales .” (2002: 123). La equifinalidad imp lica que
idénticos resultados pueden tener orígenes distintos, siendo lo fundamental la
natural eza de la organiz ación: “ en el análisis del mod o en que las personas se afec tan
unas a otras e n su interacción, consideraremos que las c aracterísticas de la génesis o el
producto son mucho me nos importantes que la organización de la inter acción. (2002:
124 ). La conceptualización de los sistemas abiertos dota de complejida d; el estado final
de un sistema cerrado está determ inado por sus circunstancias iniciales, pudiendo
estas circunstancias erigirse en las mejores explicaciones de lo q ue sucede en el
sistema, pero en el caso de los sistemas abiertos, el sistema en sí mismo – su
organización- se erige como su mejor explicación. Si con sideramos los conflictos
culturales como formas de entrada al sistema de destino, tal y como en psicoterap ia se
conciben los sín tomas “ como una de las múltiples f ormas de entrada al sist ema
familiar y no como una e xpresión de conflict os intrapsíquicos.” (20 02: 44-45); podemos
concluir que estos conflictos son funcionales p ara las perso nas que vienen de fu era y
para las personas de d entro: funcionales para su s ident ifica cion es, sus
presuposiciones, sus narraciones. La interculturalidad es lo que ca u sa incomodidad, es
lo que hace que el sistema se desequilibre.
La pragmát ica d e la comunicación nos o frece un mundo de nuevas p osibilida des a la
hora de aproximarnos al an álisis relacional que imp lica la mediación: 1) Priorizar
efectos a causas: “(…) cuando el por qué de un fragmento de c ondu cta permanece
oscuro, la pregunta ¿para qué? puede proporcion ar una respuesta válida . (2002: 46). 2 )
Optar por la circularidad frente a la linealidad, donde se rompe el esquema emisor
receptor: “(…) en las c adena s progresivas lineales, de causalidad tiene sentido ha blar
acerca del comienzo y el fin de una c adena, tales términos carecen de sentido en los
sistemas con circuitos d e retroalimen tación.” (2002: 46). 3) La normalidad frente a la
anormalidad q ue surge de un pre -juicio o un juic io d escontextualizado: “(…) desde un
punto d e vista comunicacional, un fragmento de conducta sólo puede estudiarse en el
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contexto en que tiene lugar, los términos “c ord ura” y “aliena ción” pierd en
prácticamente su significad o como atributos de individuo s.” (2002: 47).
Pasaré aho ra a propuestas sist émicas con cretas qu e tienen mucho que ver con las
propuestas que he estado p re sentando aquí y q ue tienen ya u n re corrid o impo rtante
en el ámbito de lo socioeducativo: la terapia estratégica y la terapia n arrativ a; j unto
con las ap ortaciones de la pedagogía sistémica. Estos t res enfoques p ueden realizar
importantes contribuciones a la conceptualización y a la intervención en el ámbito de
la mediación intercultural.
1.4. IDENTID ADES, ESP ACIOS, MOVIMIENT OS: LA MIRAD A SISTÉMICA EN
EDUCACIÓN.
Los c uentos son el camino real h acia el estudio de las relaciones. Lo que
es importante en u na historia, lo que es v erdad e n ella, no es el
argumento, las cosas o las personas en el cuento, sino las rel aciones
entre ellas.
G. B A TESON
Somos sis temas que participamos en sist emas , sis temas abiertos que no s equilibramos
y desequilibramos conti nuament e a partir de lo q ue sucede en nuestr o entorno , en
esos otros sistemas con los q ue nos vincu lamos: p er sonas, f amilia, comunidad,
grupos,… Si nos mir amos a nosotros mismos como sist emas abiert o s que part icipamos
en sistemas, la visión qu e p r opon g o d e los choq ues cultur ales con los que los
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mediadores inte rcultur ales tr abajan se sitúan en lo que podríamos llam ar u na pérdida
del equilibrio . T ambién a nivel de identidad esta mos a lo larg o de nuestr o proceso vit al
en con tinuas pérdidas de equilibrio y en contín uos inten tos por res tablecerlo: “ cada
uno de nosotros cons t ituye represen tacion es del mundo , de sí mismo y de los demás,
que forman un sistema de seguridad e identidad personales que se resist en al cambio . ”
(Fiorenz a y Nardo ne, 2004: 9). No voy a aden tr arme en prof undidad en lo q ue la T eoría
de Sist emas o la llamada Segunda Cibernética ha n aport ado a las ciencias soc iales y a lo
socioeducativ o
8
; mi inte nción es únicament e mos trar un pequeño esboz o que sirv a de
apr o ximación a la pers pectiv a desde la que me acerc aré a las relaciones int erc u ltur ales
y a los conflic tos que sur g en en es te c on te xto. Me apoy aré en las aplic aci ones que las
aportaciones de Bat eson y la Escuela d e P alo Alt o han tenido en el ámbito educa tivo de
la mano de autor es com o Nardo ne, la ter apia narr ativa de White y de la in clusión de
los presupues tos de la pedagogía sisté mica. Las apo rt aciones de la visión de
comunic acional y sis témi ca de N ar d one c on su t er apia estr at égica, o las es tr ategias de
la ter apia narra t iv a, así como las que nos lleg an de la pedagogía sist émic a, no s van a
pr oporc ionar un a serie de herra mien tas que van a fa vor ecer , sobre todo , la inclusión,
algo tan importan te en inte rcultur alidad; además, nos facilit an un modo de mira r que
sitúa a la persona en su t r ama de vínculos, en sus lealtades visibles e invis ibles, en
función d e su c o n te xto no sólo físico , sino también em ocional e in ter no , si emp r e en la
búsqueda del equilibrio.
La pr opu es ta d e l a ter apia es tr atégic a de Fiore n z a y Na rdone (2 004) parte de una id ea
que rompe con la caus alidad lineal y consider a el cambio n o una co nsta nte. Nos
situamos en una refle xividad disti nta
9
. La idea esencial de este enf o que nos d ice que el
observador est á insert o en lo observado , siendo toda d escripción autorre fer ente; la
8
Rem ito par a ello a Ball es ter y Colom (2012b).
9
Dis tint os tipos de refle xi vidades: 1 ) La refle xi vidad óntica (mecánica ne wtoniana): tien e qu e ver con
una act ividad objetivador a del sujeto en el proces o de medi ción qu e tiene c omo resultado su alter ación.
2) La ref le xividad lógica (me cánic a rela tivis ta): tiene que ve r con la interpr et ación des de fuer a. 3) La
re flexividad epis témica (mecánica cuántica): el sujeto - los sis temas int erpretan el medio que les rodea al
ser con sider ado s or g an izacionalmen te cerr ad os e inf ormacio nalmente abiertos, en e se proceso de
int erpret ació n producen y r eproducen el s entido. 4) Auto - r e flexiv idad (segund a cibernética): s e alc anza
una re fle xividad suma men te compleja al es tablecer relaciones ref le xivas epistémic a s má s p rof undas con
el sujeto, el sist e ma ob jet o re fleja en su totalidad las v irtualid ades d e la subjetividad del sujeto.
(Ballest er y Colom, 2012a : 32 6 - 327) .
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objetividad
10
es un concept o err óneo por que se funda en el presupues to de separ ar
observador y o bservado.
Lo usual es pensar que par a resolv er un problema e s imprescindi ble conocer sus
causas; sin embarg o, la práctic a no s dice que es to no siempre es así, qu e saber no
implica resolv er , que la aplicación de este mod o de interve nción a pro blemas
complejos com o las in ter acciones humanas p uede ser inefic az y dis fun cional. Lo que se
plant ea, desde est a per sp ectiva que propone n Fiorenz a y N ar d one , no es saber las
causas, sino observar cómo funcionan los siste mas e int er venir desd e aquí. Se tra ta
ento nces de “ pensar que los problemas human os (…) pueden ser el produ cto de las
in terac ciones que cada persona cons t ruye con la realidad en la que vive. ” (2004: 17).
Observamos las in teracc iones en los distin tos c on te xtos de las personas portador as d e
las dificultades (la tut o ría c o n los padr es, la clase, la f amilia, el tr abajo , el centr o de
salud, etc.) y se p onen de ma nifiest o las d i námicas comunicaciones patológicas
(par adojas, díadas, form as rígidas de comunicaci ón, bloqueo s, etc.). La c ausalidad no
es lin eal, sino circu lar
11
; y los problemas humanos se rige n sobre una b ase d e
inter acciones comu nica tivas q ue cada persona esta blece con las demás y con su
realidad.
Son muchas las aportaciones que est e tipo de visiones a p ort an a la g estión de l a
mediación inter cultu r al. Dest ac amos, como ejemplo, la forma en que se pueden
ente nder los bloqueos debid os a la rigidez de las posicion es (2004: 98); la necesidad de
hablar el lenguaje del client e, sin ningú n tipo de juicio previ o o prej uicio (deviación,
anormalidad, etc .) (2004: 76); la idea d e que el signific ado d e cualquier suceso
depende d el mar co dentr o del cual lo perci bimos, así como que la rees tru ctur ación,
aplicada a las relaciones inter per sonales, enseña otr o juego –en el sentid o d e
Wittge n s tein - , en sustitución del viejo (2004: 63); la for ma en cómo ente ndemos e
10
“ Asumir un a p osición constructivis ta y cibernética si gnific a s encillamente renunciar a teorías o
modelos ligados rígida mente a conceptos determinís ti cos y a clasificaciones obsoletas, incapaces d e
describir d e maner a funcion al las cons telaciones de la persis tencia de un p r oblema. ” (Fiorenza y
Nardone, 2004: 41).
11
“(…) el proceso interactivo y com unicativo asume una forma c ircular me diante las recíprocas
retroacciones entre las variables. Una vez activado e s te proceso circular , ya no e xist e un principio y un
final, sino únicamente un sistema de influencia recíproca entre las variables. De aquí la exigencia de
estudiar el fenómeno en su glob alidad, teniendo siempre p resente qu e cada variable se expresa siemp re
en funció n de su relación con las demás y con el conte xto situacional . ” (Nardone y W atzlawick, 1990: 40)
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interv en imos ante la resis tencia al cambio, no forz ando el cambio y aument ando la
resis te ncia al mismo (2004: 28 - 29); la idea d e que un p r oblema a tra vés d e su solu ción
(2004: 76): “ lo que import a es crear condicion es en las cuales sean posibl es el cambio y
la solución al problema. Median te adecuadas rees tructuracion es se con stru yen
realidades in vent adas que pro duc en nuevas realidades co ncre tas . ” (2004: 70 ); y , no se
interviene d esde la críti ca o la culpab iliz ación a la conducta del s ujeto , sino desde la
observación del fun cionamient o del sistema donde la conduc ta en cuestión se inscrib e
y a la qu e res ponde. Est os aspectos co ncre tos que recoj o aquí brev ement e, tienen una
gr an fuerz a en la pr opuest a de mediación in te rcul t ur al que pr opongo más adelan te.
P or su parte, la ter ap ia narra tiva, nos aporta también esclarecedor as id eas. Est e
enf oque psic oter apéutic o (Eps ton y White, 1993; Pa yne, 2002; Ramos, 20 01) entiende
que n ues tr a id en tidad personal emer ge en función de lo que creem os saber de
nosotros y d e cómo nos describimos; y lo que sabemos de nosotr os es tá en f unción de
las pr áct ic as cul tural es en las que es tamos in mer sos (Berne, 1986). Las h ist orias que
nos co n st amos a nosotr os mismos y las hist orias que ele gimos cons truir par a con tar nos
a los otr os, está n d et erminadas por l os rela tos que nos han coloniz ado ( etiquet as,
eval uaciones, e x clusiones, clasificaciones,…), en tant o p adr es, madres, hijos, alu mnos ,
parejas, pro f esionales, o cualquier po sició n social q ue ocupemos. Desde es te
presupues to , la tera p ia narra tiv a lo que no s ofrece es la posibilidad de optar a
con tar nos d e otra fo rma, de cons truir nuevas h is torias sobre lo que somos. Es ta
posibilidad es fundament al en una conce ptualiz ación comunicacional y narra t i va d el
con flicto y de la in ter v ención en mediación in terc ultural.
La ter apia n arr a tiva se plantea cómo las perso n as or g an iz an sus vidas alrededor de
ciertos significados y cómo al hacerlo con tribuye n inadve rtidamen te a la sup ervivencia
de sus dif ic ultades. Es lo que Berne (19 86) llamó el guió n de vida , ese esqu ema q ue
nos es t ructur a como sis tema y que puede llegar a pat ologiz ar nues tr as in teracc iones y
la visión que tenemos que no sotr os mismos. Est a idea est á present e en otr as
psicote rapias como la T er apia Gest alt o el Psic oanálisis R elacional (Orang e, 2013, 2012) ,
incluso en la T eoría del Ap ego de Bowl b y (2014; M arr o ne y Diamond, 2001 ), d onde se
coloc an en primer lug ar las int er acciones t empr anas en la socializació n primaria c omo
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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determi nant es en las r elaciones post erior es de las per sonas con sus ent or nos.
La T eoría del Self , la T eoría In ter subjetiv a y el Psic oanálisis R elacional, nos propo nen l a
e xis tencia de tres inconscien t es (Or ange, A twood y Stolor ow , 2012 ): prerre f le xivo ,
dinámico e inv alidado. El inconscien tes prerre fle xivo n os habla de las infe re n cias
emocionales que el niño e xtr ae d e la experiencia inter subjetiva en su f amilia de o rigen
y que se corr esponden con lo qu e el T er ap ia Ges tal t se denominan “intr oy ectos” ,
mandat os inco nscien tes, lea lta des y cat egoriz aciones, q ue nos d efi nen desde un sitio
muy o culto a n ues tr a consciencia (Peñarrubia, 20 08; Pols ter y Pols ter , 20 05) . El
inconscien te dinámico , hab la cómo los ef ectos de esas inf ormaciones tempr anas no
disponibles para la re f le xión , con tinúan h acié ndose presen tes en el modo en cómo nos
relacionamos en nues tr a vid a adulta. P or ú lti mo , el inc onscien te inv alidado hace
re fer encia a aspectos subjetivos que n unc a pudieron ex pr esar se n i tomar for ma
e xperiencial porque no encontr ar on la valida ción e xterna en nuest r o con te xto
emocional. Como sos tenía la intuición sis témic a de Bateson, la p a tología no se sit úa en
el paciente, sino en sus r elaciones y en cómo las int erioriz a, las siente y las actualiz a en
su vida. Es ta idea que ret oman todas las psicoter apias de terc er a gener ación y las
pscioter apias humanis ta s y relacionales, desde el cons truccionismo social de Gerge n
hasta los últ imos desarr ollos, más humanístic os, en las tera p ias cognitivo - conductuales
(Cancrini, 1991; Er skine, Moursund y T ra u tmann, 2012). Desde est a per spectiv a
analizar emos los c onflict os, las n arr aciones de vida y plant earemos una int er vención en
mediación q ue p ong a lo sis témico como per sp ectiv a tr ans v er sal a cualqui er
compr ensión e in terpre t ación p osibles. Lo q ue la te r ap ia narr ativ a enfa tiz a es el hecho
de es tar inmer sos en te xtos, en cons trucciones narr ativas, que nos autorr ef er en cian y
que p odemos optar a resignificar . La met o dologí a b iogr áfico - narr ativ a es un a man er a
de acceder a esas narr aci ones inte rnas que nos c ons truy en c omo lo que cr eemo s ser .
La estr at egia básica que p lan tea n White y Epsto n, se apoy a en l a ex ternaliz ación del
pr oblema, “ un abordaje terapéutic o que ins ta a las personas a cosificar y , a veces, a
personificar , los problemas que las oprimen. En este proceso , el problema se con v ierte
en una en tidad separada, e xterna por tan to a la person a o a la relación a la que se
atribuía. Los problemas considerados inherent es y las c ualid ades relativamente fijas
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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comprensión experiencial subjetiva, no sól o es individual, si no también c olectiva. Ello
lleva a los investigadores y formadores a buscar f órmu las de investigación y f orma ción
basadas en las experiencias de vida de los i ndividuos, de los grupos y de las
instituciones .” ( López Górriz, 2007:12).
La pregunta d e partida podría ser: “¿es la narratología una manera c ualitativamente
diferente de presentar las percepciones persona les y sociales o es, en cambio , el estudio
de una manera c ualitativamente diferente de representar esas percepciones, una
manera diferente de conocimiento? ” (Hub erman, 2005: 185).
El conocimiento biográfico n arrativo emerge, como decíamos, del “giro narrat ivo”; o,
de lo q ue Pineau (20 07: 4) denomina “ el giro reflexivo como cambio p aradigmático ”, y
que él caracteriza del siguiente modo
17
:
CUESTIONES
CONSTITUYEN TES
PARADIGMAS
Ciencia aplicada
Práctico-reflexi vo
¿Sobre qué se reflexiona ?
Objetos de la in vestigaci ó n
El mundo c oncebido, abstr acto:
las teorías, la s leyes, los
modelos.
El mundo vivid o, concret o:
las prácticas, las a ccio nes, l as
experiencias.
¿Quién reflexi o na?
Los investigad ores pr o fesio nales
de la reflexi ó n: conocimi ento
válido, objetiv o.
Los prácticos, l os act ores, l os
sujetos.
¿Cómo reflexi o nar?
- Metodología
- Epistemol ogía
Metodología dic o tó mica de
división social y técnica de
investigación: sujeto /objeto,
práctica/te oría, acción /reflexión.
Disciplinar po sitivista de un
saber analític o, precis o , cierto,
organizador.
Metodologías int eractivas d e
investigación c o n guion es:
investigación-acci ó n,
colaborativa, f o rmativa.
Transdisciplin ar de un sabe r
sistémic o, complej o,
dialéctico.
¿Por qué refle xionar ?
Axiología, éti ca.
Objetivos de e xplicaci ón y de
comprensi ón teórica para
encontrar le yes, model o s,
principios para s er aplicad os.
Objetivos de c omprensi ón
práctica y t eórica, per o
también de e mpodera m ien to
del actor y del a cto.
No me voy a d etener en autores q ue como Morin o Rorty, han in fluido tan
decisivamente en est e gi ro , ju nto a los p ostestru cturalistas, y otras corri entes q ue nos
17
T ab la rec ogida y traducida de Pineau (2007:4)
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llevarían mucho más allá d e las limitaciones de este d ocumento. Básicamente, nos
quedamos con la idea d e que el con ocimiento biográfico -narrativo: “ Es un enfoqu e que
da respuestas a las necesid ades que se es tán presentando en el mun do ac tual (…). Las
personas necesitan autoconocerce desde sus experiencias de v ida, re elaborarla s y
darse un equ ilibrio y una identidad .” (López Górriz, 2007:35).
Para Bruner , la n arración es la f orma más natural y más temprana d e organizar nuestra
experiencia y nuest ro conocimiento (1999:140). Pero, qué tipo de conocimiento es q ue
obtenemos a través de la narración, concretamente, a través de la narración
biográfica. “ ¿Qué se gana, de hecho, y qué se pierde, cuando los seres humanos dan
sentido al mundo contando h istorias sobre el mi smo usa ndo el modo narrativo de
construir la realidad? ” (1999:149 ). Bru ner distingue dos f ormas de con ocimiento
científico en el estudio de la acción h umana (19 97 , 2010): el p aradigm ático (lógico-
científico) y el narrativo (literario, histórico). E n primer lugar, d efine el conocimiento
paradigmático como el est udio “científico” de la conducta humana. Es un
conocimiento pro posicional que se caracteriza por utilizar “argumentos”,
procedimientos y métodos establecidos por la t radición positivista. El discurso de
investigación se const ruye a partir d e enun ci ados objetivos, donde se valora la
neutralidad e imp arcialidad del investigador, q uedando éste sin voz . Es, en def initiv a,
un conocimiento con carácter ab stracto y formal q ue p ersigue elaborar explicaciones
del tipo causas-efectos, p ara encontrar la certidumbre, la predictibilidad y la
replicabilidad, utilizando como formas proposionales categorías, reglas y prin cipios .
Por otra p arte, el conocimiento que Bruner llama n arrativo, es un conocimiento
profundamente vinculado a la literatura y la historia, que se construye de modo
biográfico-narrativo. Más que proposicional, es un conocimiento que se apoya en
saberes, en r elato, que no en arg umentos. No bu sca la certeza ni las causas, sin o la
comprensión, es u n cono cimiento esen cialmen te h ermenéutico, interpretativo; un
discurso de la práctica, más que de lo abstracto o lo formal, que se expresado en
intenciones, deseos, acciones, histo rias particula res. No busca la predictibilidad ni la
replicabilidad, porque es un conocimiento no t ransferible. Su fo rma es narrativa,
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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particular y t emporal, con un lenguaje plagado d e metáforas e imágenes qu e re cog e
las voces de todos los sujetos implicad os, narradores e investigadores.
La validez en la i nvestigación biográfico -narrativa, es una validez que podemos ob tene r
de d is tintas fuentes: 1) La propia credibilidad y coherencia interna de las narraciones o
historias de vida, la implicación d e las personas participantes, narrad ores e
investigadores, honestidad personal y el interés mutuo de llegar a con clusiones
consensuadas. 2) Un proceso d e saturación a partir de la búsq ueda de casos negativos,
de divergencias, etc. 3) La p ertinencia del an álisis a partir de una cuidadosa de
aspectos a observar, la justificación de métodos empleado s; así como que las
interpretaciones y hallazgos sean creíbles y asequibles para los que facilitaro n la
información, co-creación y co- interpretaci ón o seguimiento hermenéutico de lo
hallado por el investigador. 4) La triangulación: a) de perspectivas (cont rastando lo
personal con lo oficial/formal; o lo individual con lo grupal, etc.); b) de métodos de
recogida de d atos (autoinformes, entrevistas en profundidad, biogramas, genogramas,
censos, registros oficiales, f otografías, e tc.); c ) del consenso entre l a s perso nas
participantes, investigadores e informantes, teniendo como eje central el diálo go y la
negociación de los resu lt ados; d ) de la diversificación en el análisis y la interpretación,
a partir de distintas técni cas.
Bolívar h a descrito l o que serían las cinco características b ásicas del c o nocimiento
narrativo (2001): 1) El conocimiento n arrativ o es aquel que se ap oya en una
epistemología constructivis ta e interpr etativa, entendien do que el lenguaje es una
mediación
18
entre la experiencia y la acción. 2 ) El lenguaje no sólo n ombra, sino q ue
también construye el mundo en el vivimos y a nosotros dentro de ese mundo, lo/nos
significa y lo/n os limita
19
. Organizamos nuestra experiencia y nuestro conocimiento
narrándolos: “ La narra tiv a es un esquema de si gnificado p or el que los humanos le
otorgan significado a su experiencia de temporalidad y acciones personales (…) es un
esquema primario de s ignificado por el que los humanos vuelven significativa la
existencia .” (Polkinghorne, 19 88:11). Nu estros pensamientos, acciones y experiencias
están estructurados n arrativamente. 3) La importancia de la trama argumental e n la
18
Lenguaje como mediación en el sentido en el q ue lo entienden Vyg otsky y Bajtín .
19
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, tal com o dice W ittg en st ein.
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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configuración d el relato narra tivo, temporalidad y secuen cialidad de acontecimientos
dotan de un sentido glo bal a la narració n. Cuando la p ersona n arra está config urando
un sentido global a lo que cu enta a partir de u n argumento (trama) que se sitúa en un
tiempo y en un espacio, siguiendo un det erminado orden o sucesión
20
. 4) El tiem po
configura el significado, la temporalidad no s ayud a a ad quirir conciencia de nu estras
experiencias; es un a conciencia que se une in extricablemente a la t em poralidad, en
sentido de Ric oeur (1995). 5) Lo cultural y lo individual se entrecruzan en la narración.
Estamos insertos en tramas civilizatorias, una textualidad, u n juego- de -lenguaje, una
comunidad de se ntido, donde insertamos nuestros relatos a pa rtir de una cod ificación
y un a decod ificación dependientes de la cultura a la qu e p ertenecemos, entend iendo
así – con Geertz (1997)- q ue la cu l tura es n uestro marco de referencia simbólico: “ las
culturas proporcionan tipos específicos de tra mas argumentales que pueden ser
adoptada s por sus miembros en su configuración propia. El contenido de cada vida es
singular de cada personas, pero pue de compartir las grandes líneas c aracterísticas de
un argumento gener al .” (Po lkinghorne, 1988: 26). Lo individual se funde en lo cultural,
siendo lo cultural como una segunda p iel, somos lo que contamos de nosotros dentro
de u na comunidad, de un ju ego - de - lenguaje. Como in tentaré mostrar más adelante, el
diálogo en el que se produce la co -construcción de la h is toria de vida, sobre todo
dentro de un contexto de interculturalidad significativa -- como sucede en las d os
historias que presentamos - no s confronta de una manera más evi dente con la
necesidad y la p osibilidad de cuestion ar/am pliar, la narración que sobre nosotros
mismos h emos ido construyendo. Tal y como sostiene Geertz (1997) al explicar cómo
entiende él la tarea d e la antropología, el diálogo intercultural amplía nu estro discurso
del mundo y de nosotros mismos.
20
“(...) en la a utobiografía. Aquí encontramos realme nt e el intent o de extraer del conjun to de las
vivencias, de su sucesión y de las const elaciones que presidieron la propia vida, en mirada retrospectiva ,
una especia de estructura de sentido: la unidad de un todo histór ico - vital. Pero es innegab le que la
autobiografía sólo refleja eso qu e lla mamos hist o ria en términos pa rticulares. Lo que se comp rende e n la
autobiografía est á siempre en la luz íntima d e la a utoin t erpret ación del cont e mplador . Es el pasado
vivido y la hist oria a utovive nciada lo qu e se encade na a u na unidad comprensible ante la mirada
retrospectiva. Aun dejando de lado t odo el arduo problema del autoconocimient o, n o queda claro cómo
puede derivar d e e s ta continuidad psicológica de las vivencias e sa o tra continuidad de los hechos
hist ó ricos c onsiderados a o tra e scala tot almente di s tint a. ” (Gadamer , 199 4: 134)
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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El método biográfico, por otra parte, puede ser usado de muchas formas: y es en
función del uso que hagamos de la metodología, de la sensibilidad con la que nos
aproximemos a él, que vamos a co nseguir distint as opciones de cono cimiento,
informaciones y experiencias. En p rimer lugar , el uso del método biográfico nos
permite o btener una información relevante sobre ciertos pro blemas teó ricos que
confluyen en el cru ce entre el tiempo biográfico y el tiempo históri co -social, vinculados
a cambios sociales que af ectan a grandes grupos de personas (experiencias
migratorias, por ejemplo), y qu e implican modificaciones en las vidas d e los sujetos
(Balán, 1974:11). La tradición en la sociología y la antropología del de es te uso del
conocimiento biográfico es amplia y reconoci d a (Feixa, 2011), como decían los
pioneros “a efectos de análisis socioló gico, la s uperioridad de los documentos v itales
sobre cualquier otro tipo de material se hac e evidente cuando pasamos de la
caracterización de datos simples a la determinación de hec hos, ya que para encontrar,
entre los innumerables antec edentes de un acontecimient o social, sus causas reales, no
hay forma más segura y eficiente que analizar el pasado de los individuos a través de l a
acción de los cuales ocurrió este hecho ” (Thomas & Znaniecki 1918 -20: 295). Se t rat a
entonces de bu scar algo q ue sería como una especie de “conciencia h istórica” ,
entendida ésta como lo que siente el su jeto cuando describe o percibe su inserción en
la historia, algo como el sentimiento de u n salto ent re la vocación personal y el destino
colectivo. Sie mpre existe u na representación del t iempo histórico po r debajo de cada
narración y un a representación social de la historia, es d ecir, un esquema que p ermit e
la refere ncia al p asado de u na manera o bjetiva dent ro del marco d e la conversación y
que se revela como una serie de puntos d e refer encia que o rdenan el tiempo social en
los territorios p ersonales en los que el sujeto reconoce su temporalidad (Gagno n,
199 3:41- 42). En este sentido , el conocimiento biográfico capta “ c ómo la economía, la
política, lo relig ioso y lo social se viven conjun tamente en un mismo individu o ”, y
“ comprend er cómo todos los niveles de realidad actúan p ara f ormar una única Gest alt
en el nivel del comportamiento v erbal de lo que se está contando .” (Morin, 19 93:97) .
Ferrarotti nos habla del con cepto d e “horizonte hist órico” para referirse al hecho de
que h ay que entender la investigación biográfica teniendo en cuenta el carácter no
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atemporal d e las biografías y, p or tanto, n o desvinculado d e las determinaciones
materiales objetivas (1991:119). No debe consid erarse el material biográ fico como un
destino absoluto e irreductible (peligro q ue él llama literario), sino que se trat a de
intentar c onectar las biografías i ndividuales co n las características globales de una
situación histórica vivida y fechada (Ferrarotti, 1993:121). Se trata entonces de crea r
un po lo dialéctico con el cual d ebe entrar en relación la experiencia biográfica
individual, ya que las declaraciones p ersonales escapan al subjetivismo en la medida
en q ue se vinculan c on dato s de las condiciones con cretas en las que el narrador vive ;
esta d ialéctica, además, escapa de todo dogmatismo al ser una d ialéctica concret a,
históricament e determinada (1993:139-142). Pero la historia que nos muestra el
método b iográfico es n ecesariamente, como dice Ferra rotti, un a h istoria “no
historicista”: “ elle implique une rupture avec la conception de l’histoire en tant que
succession diachronique vers la prétendu vérit é d’un sens généra l détenu para les élites
qui seraient les dépositaires exclusives de la valeur ”
21
(1983: 30). Como escribe Clot
(1989) en su r esp uesta a la crítica que hace Bourdieu (1989) a lo que él llama “la ilusión
biográfica”: “ El sujeto (...) no es l a resultante de los datos exteriores co mbinados de
modo diferente, ni el producto de l a acción global de las f uerzas del medio o incluso un
nu do de f ormas sociales . (...) el conjunto simple de element os impersonales, sea cual
sea el grado de complejidad al q ue sea llevado, no puede hacer surgir el s ujeto que han
llegado a componer. Si n o ha si do puest o en primer lugar o m ás bien simultáneamente,
el sujeto queda ausente. ” Este aspecto de la metodología biográfica la sitúa fu era del
callejón sin salida al que el historicismo lleva a las ciencias sociales, si n tener, por
tanto, que eliminar la te mporalidad de los fenómenos humanos (Ferrarotti, 1983:31).
El conocimiento biog ráfico, p or tanto, comb ina dos puntos de vista : el est ructural y el
simbólico (Bertaux 1993: 155 -156). Si sólo nos sit uamos en una perspectiva
socioestructural, mi n imizamos el valor de lo subjetivo y, al hacerlo, perdemos d e vista
el significad o d e lo social – o el sentido d el mismo- tal y como es creado por los sujet os
sociales, con su s mitos, sus valores y sus interpretaciones. Lo que da fu er za al métod o,
21
“(...) i mplic a una ru ptur a con la concepción d e la hi s toria en tant o que suc esión diac rónic a h acia la
pret endida ver acidad de un sentido gener a l deten tado por las élite que serían las depositarias ex clusivas
del valor ” .
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justamente, es est a p osibilidad de asistir a ese esfuerzo por d ar sentid o, po r percibir la
subjetividad, la autorreferencialidad, inmer sa en lo social, lo histórico -cultural; en
palabras de Bertaux: “ saber cómo cada uno y ca da una se esfuerza en c ontar la historia
de una serie de c ontingencias como historia de un desa rrollo unitari o. En describir la
línea rota por f uerzas ex teriores como itinerario qu erido y elegido desde el interior. En
comprend er c ómo los se res humanos hacen para construir una unidad de sentido de la
que su vida real h a sid o despro vista. Sabemos qu e h acer el relat o de la propia vida no
es vaciar una crónica d e acontecimientos v ivid os, sino esforzarse p or dar sentido al
pasado, y por ello mismo a l a situación p resente, incluso en lo que c ontiene de
proyectos. ” (1993: 164).
Pero el conocimiento biográf ico es como pr isma de mú ltiples caras, un género
confuso, un conocimiento limítro fe, desconcertante, t ransformador y profund amen te
humano, que se balancea in fatigablemente entre lo micro y lo macro. A pesar d e las
posibilidades que ofrece si lo leemos desde una p erspect iva macrosociológica o
metaindividual dotando al análisis biográfico de p rofundidad sociológica; mi propuesta
se centra en lo que considero su mayor riqueza : el encuentro que se produce en la
construcción de las subjetividades, la est ruct ura d e la vida com o estru ctura de
experiencia y de signific ado (Koh li , 1993:176); y es este esf uerzo su bjetivo de
construcción, en su doble dimensión referencial y evaluat ivo. Desde la p sicología
cultural, Bruner (1991, 1999, 2010), nos plantea un a pregunta turb adora: “ ¿cómo
cosemos los retales de n uestras narraciones para asegurar su co ntinuidad ilimitada? ¿y
cuánta continuidad necesitamos? ” (1999:163 ). El Yo “distribuido” de Bruner, es un Y o
que hay que localizar en una situación h is tórico -cultural y que está en constante
construcción, es un Yo narrat ivo. De este modo, las acciones humanas no pueden ser
explicadas desde el interior del Yo , sino que deben ser situad as en un continuo con el
mundo cultural, ya que las realidades que constru yen las personas so n realidade s
soci ales n egociadas con o tros; no están “en la cabez a” sino en las relac iones. El Yo
debe considerarse como un producto de las situaciones en las que opera, un
“enjambre de part icipaciones”, como dice Bruner, ya que tanto la mente como el Yo
forman p arte del mundo social en el que se su mergen. ¿Cómo pu ede en tonces la
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psicología estud iar ese Yo? Bruner pr opone el m étodo b iográfico, ya que éste pe rmite
percibir en el centro de cada relato un Yo protagonista en proceso de construcció n, un
Yo que “ no es una cosa es tática o una sustancia, sino una configuración de
acontecimientos personales en u na unidad históri ca, que incluye no s ólo lo q ue uno ha
sido sino también p revisiones d e lo que uno va a ser ” (1991:114). En el mismo sentido
que Bruner, Max van M anen sostien e que la (auto)biografía p one de man ifiesto la
unicidad de la exp eriencia personal y la prioridad del Yo: “los estudios n arra tivos han
demostrado el pod er de las historias p ara dar forma a la h istoria personal y colectiva. ”
(2003: 11) Es este uso que t iene como centro las subjetividades en continua
construcción, inmer sa en un universo de sentido, cultural, lin güísti co, don de se
centrará más concretamente nuestro enfoque. La psicología cultural, según Bruner,
plantea que los estudios del Y o “ deben basarse en los significados, en función de los
cuales se define el Yo ta nto por parte del individuo como por parte de la c ultura en la
que participa. Pero est o no es suficiente si queremo s entender cómo se negocia un ‘Yo’,
ya que el Yo no es como un mero resultado de l a reflexión contemplativa. El segundo
requerimiento es, p or consiguiente, prestar at ención a las prácticas en que ‘el
significado del Yo’ se al canza y pone en funcio namiento. Estas nos pro porcionan , de
hecho, una visión más ‘dist ribu ida’ del Yo. ” (1991: 115). La au tobiografía es una de esas
prácticas, ya que no podemos seguir a la ge nte a lo largo de s u vid a preguntándoles a
cada paso que dan; la al ternativa es h acer es to r etrospectivamente p or med io d e una
narración donde la persona n os cuente qué le h a pasado, cómo se ha sentido y p or
qué.
Davis y Harré h an conceptualizado, desd e la psicología social, el concepto de
posiciona miento para enfocar, d esde una orientación lingüística, los aspecto s
dinámicos d e los encuentros, en contraste con la manera en la que el uso de “rol” sirve
para enfatizar los aspectos ritualísticos, estáticos y formales. El sujeto emerge d e la
interacción social a p arti r de las p rácticas discursivas en las cua les participa : “uno es
siempre una pregunta abierta c on una respuest a cambiante que depende de l as
posiciones disponibles entre las prácticas discursivas propias y ajenas; en esas prácticas
se encuentran l as historias a tr avés de las cuales entendemos nuestras vi das y l as de
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otros. Las historias se lo calizan en varios discursos diferentes; de est a forma, varían
notablemente en t érminos del lenguaje us ado, los conceptos, los temas y los juicios
morales relevantes y la posición del sujeto correspondiente. D e esta manera, el
postestructuralismo se con vierte en narratología .” (2007: 244-245).
Para Davis y Harré, en la adq uisición y el desarrollo de n uestro ser están implicados los
siguientes pro cesos: 1) Aprendizaje de las catego rías que incluyen a algunas personas y
excluyen a ot ras, p or ejemplo: masculino/femenino, p adre/hija. 2) Participación en
prácticas discursivas en las que se asignan significados a las categorías anteriores. Es
aquí donde se generan los argumentos para elaborar las difere ntes posiciones de
sujeto. 3) Po sicionamie nto de la identidad en términos de categorías y argu mentos;
esto su pone que uno mismo se posiciona a sí mismo imagin ariamente como si
perteneciera a una categoría y no a otra, por ejemp lo, “soy una buena chica”. 4)
Reconocimiento de uno mismo como portador de las característ icas que lo ubican
como perteneciendo o no a varias su bclases de catego rías dicotómicas, implicando
este proceso u n comp ro miso em ocional con la catego ría de pertenencia y el d esarrollo
de un sistema moral o rganiza do alrededo r de la misma, es decir, “ desa rrollo de un
significado d e un o mismo como perteneciendo al mundo en ciertas formas y viendo el
mundo desde esa p osición .” (2007:2 45). Para estos auto res, estos cuatro momentos se
enmarcan dentro de lo que ellos denominan “la gramática del pronombre”, en la que
la persona se entie nde a sí misma como un continuo unitario si tuado en la h istoria ,
resistiéndose a las posiciones contrad ic torias. Pero las experiencia de las
contradicciones es qu izá s un o elemento ese ncial para entender(nos) como personas:
“ es precisamente el hec ho de experimentarse a sí mismo como contradictorio lo que
provee la dinámica para el entendimiento. ” (20 07: 245). El poder t ransformador y de
autoconocimiento del método biográfico tiene que ver con esa capacidad de
cuestionar nu estro posicionamiento, d e observar nu estro esf uerzo por incluirno s en
una d eterminada p ráctica discursiva o n uestra esclavitud con r especto a ella. D avis y
Harré sostien en que en la teoría del ro l, se separa a la p ersona d e los roles q ue va
adquiriendo a lo largo de su vida; de este modo, u na conversación se en tiende en
términos de las exigen c ias del ro l y así son interpretadas. Por el contrario, con el
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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posicionamiento: “ el enfoque se dirige a la m anera en que las prácticas discursivas
constituyen a los hablantes y a los escuchas; al mismo tiempo, es un rec urso a t ravés
del cual ambos p ueden negociar n uevas posiciones. Una posición de s ujeto es una
posibilidad entre las formas de habla conocidas; la posición es cread a, y a través del
habla, los hablantes y escuchas se consideran a sí mismos como personas.”. (2007:
257) . D esde esta perspectiva del posicionamiento, se pueden exp licar las
discontinuidades que emergen en la prod ucción de la identidad con referencia a las
prácticas discursivas mú ltiples y contradictorias , así como las interp retaciones que esas
prácticas pueden hacer su rgir cuando los part icipan tes se involucran en las
conversaciones. Las aportacion es de est os autores van a ser muy in teresantes en sus
aplicaciones a las narrativas que surgen en contex to de interculturalidad.
P asaré ahor a a un tema muy cuestionado y criti c ado del conocimient o biográ fico : la
ver acidad o no del ma terial en el que se sos tiene, el rela to biogr áfic o - n arr ativo. Cóm o
sabemos si es ver d ad o no eso que la perso na narr a. En función de la per spectiva des de
la q ue nos situamos a la hora de u sar el método , esta pregun ta se har á más o men os
determi nant e p ar a nosotr os. Es decir , si nuestr a inv estig ación tiene un marc ado énf asis
sociológico , por ejemp lo , y nos mov emos en par ámetr o s más con vencionales,
optar emos por alterna tiv as metodológic as (por ejemplo la triangulación), par a int en ta r
alcanz ar ma y ores cuotas d e certe za en cuento a la ver acidad d e los rela tos. En mi caso ,
me inclino c on Bruner ( 1991:118) a n o cen tr ar mi esfuerzo en es te aspect o, valor ando
que no es im portan te preocupar se po r la v er acidad del rela to , y a que lo importan te es
la per cepción que la p ers ona tiene d e sí misma y la f orma en que ha optad o c on tar se
22
.
Elegimos, d e algún modo , la forma en qu e nos c onta mo s y nos rec onoce mos en esas
narracion es, com o dice Ricoeur “ Nuestra propia exis tencia no puede ser separada del
modo como podemos dar cuent a d e nosotros mismos. Es con tan do nuestras propias
hist oria s que nos damos a nosotros mismos una identida d. Nos reconocemos a
22
“ Una narr ativa es más que la c onjunció n de e nunciados, c onstruye – en su luga r – u n mundo. Su
“verdad” es, como no po día ser meno s, resultado de un a p roducc ión textual. Por eso, una autobio grafía
o historia d e vida no es nun ca un registro de lo que suce dió, s ino un a inte rpretación (variable, por lo
demás, e n el tiempo) de n uestra experiencia. Com o sucede en e l relato literario, co n los mismos hechos e l
sujeto puede tram ar int rigas diferentes. Por e so, Bruner hab laba de que el modo narrativo tiene sus
criterios propios de va lidez, algu nos com unes con la inve sti gación cua litativa . ” (Bolívar, 2012: 19)
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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análisis que s e complementa y se sumerge en el enfoque fenomeno l ógico -
hermenéutico de Van Manen
25
.
2.1. LA INVES TIGACIÓN BIOG RÁFI CO - NARRA TIV A .
Siguiendo el es quema que me había pr opuesto al inicio de es te c ap ítulo , a modo de
matriusk as o mamushk as, pas o ahora a describir cómo lo obtenemos el conocimien to
biográ f ic o , es decir , q ué tipo d e inv es t ig ación es la qu e nos puede llevar a obtener un
conocimien to biogr áfic o tal y c omo el qu e hemos consider ado en el a p art ado an t erior .
La inv es tigación que, desde n ues tr o punto de vist a, responde a est e requerimien to es
la in ves t ig ación biográ fico - narra t iv a, ente ndiendo q ue la narr ativ a es tanto el
f enómeno que se inv estig a como el métod o de la in vestig ación: “ Narra tiva es el
nombre de esa cualidad que estructura la exp eriencia que va a ser estud iada, y es
tamb ién el no mbre de los patron es de inves tigación qu e van a ser utiliz ado s para su
estudio . ” (Conn ely y Clandinin, 1995:12)
La investigación biográfico-narrativa es más que un m étodo de re cogi da de datos, se
constituye actu almen te en u na “perspectiva propia”, un forma legítima de construir
conocimiento en la inve st igación educativa y so cial, que al tera algunos supu estos de
investigación (no es una metod ología cualitativa más), y el p ropio lenguaje de la
investigación (Bolívar, 2012; González Monteagudo, 20 09; González Monteagudo,
2008), constituyéndose como “ una metodología de corte ‘hermenéutico’, que permite
conjuntamen te dar significado y comprender las dimensiones cognitivas, afectivas y d e
acción. Contar las propias v ivencias, y ‘leer’ (en el sentido de ‘interpret ar’) dichos
hechos/acciones, a l a luz de las hist orias q ue los agentes n arran, se co nvierte en una
perspectiva peculiar de in vestigación .” (Bolívar, 2001 :10).
25
El enf oque al q ue hago re f erencia se describe a mpliamente en el Cap ítulo 6.
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Connel ly y Clan dinin, ta mbién sostienen q ue “ la narrativa es tan to el “fenómeno” qu e
se investiga como el “mét odo” de l a investigaci ón . “ Narrativa” es el nombre de es a
cualidad que estructura la experiencia que v a a s er estudia da, y es también el nombre
de los p atrones de i nvestigación que van a se r utiliz ados para su es tudio.” (1995 : 12 ).
Estos au tores plantean tres usos básico de la narrativa: 1) narrativa en tanto fenómeno
que se inves tiga, como producto o resultado escrito o h ablado; 2) n arrativa como
método de la investigación: investigación n arrativa como fo rma de con s truir/analizar
los fenómenos narrativos; 3) uso que se p ueda hacer de la narrativa con diferentes
fines, por ejemplo promover por medio de la reflexión biográfico -narrativa, el cambio
en la prá ctica en formaci ón del profesorado. Estos autores p roponen llam ar “historia ”
o “relato” al fenómeno y “narrativa” a la investiga ción .
Para Bolívar (2012: 4), la invest igación biográfico- narrativa es un “género confuso”
26
en
lo qu e sería la definición del C. Geertz (1980), al c onsiderar la an tropología como
escritura, transversal a distintos campos d isciplinares: la t eoría lingüística/literaria,
historia (historia oral e historia de vida), antropología (n arrativa), psicología (ciclos d e
vida, psicologí a moral, psicología n arrativa), la filosof ía hermenéutica, etc. En los
últimos años, el giro hacia la n arrativa h a sido u no de los mayor es cambios en la
historia de la investigación educativa (McEwan y Egan , 2005:9; Bolívar, 2012 ). Pa ra
algunos, el interés creciente por la n arrativa viene a ser expresión, en mu chos casos,
de una p rofunda insatisfacción con los modos habituales de investigación educativa :
“ La prin cipal razón para el uso d e la narr ativa en la investigación edu cativa es qu e los
seres human os somos organismos contadores de historias, organismo que individual y
socialmente, viv imos vidas relatadas. El est udio de la narrativa, por lo tanto, es el
26
“ Se trata d e que las inve stigaciones filosóficas p arecen cr íticas literarias (piénsese en Stanley Cav ell
escribiendo sobre Becktes o Thoreau, e n Sartre escribiendo sobre Flaubert), las discusiones c ientíficas se
asemejan a fragmentos de bellas letras (Lewi s Thomas, Loren Eiseley), fantasías barroc as se presentan
como ob servaciones e mpíricas inexpresivas ( Borges, Ba rthelme), apa recen h istorias que con sisten en
ecuac iones y tablas o en testim onios jurídic os (Fogel y En german, Le Roi La durie), d ocumen tos que
parecen con fesiones verdad eras (Mailer), parábolas que pasan por ser etno grafías (Casta neda), tratados
teóricos exp uestos co mo recuerdos de viaje (Lévi -Strauss), argumento s ideológicos presentados com o
investigacio nes historiográficas (E dward S aid), estudios epistem ológicos c onstruidos como tratados
políticos (Paul Feyeraben d), p olémicas meto dológicas a rre gladas co mo si fueran memorias personales
(James Watson). El fuego pá lido de Naboko v, e se ob jeto imposible hecho de poe sía y ficció n, n otas a l pie
de página e imáge nes de la c línica, se asemeja a los tiemp os qu e co rren; lo único qu e falta es teo ría
cuántic a en verso o bio grafía expresada en á lgebra . ” (Geertz, 1980: 1)
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estudio de la for ma en que los seres humanos ex perimentamos el m undo. (Conn elly y
Clandinin, 1995:11) D e lo que se t rata es de humanizar la investigación educativa
dotándola de complejidad, de matices y d e profundidad, rescatando la dimensión
personal y subjetiva, experien cial y existencial, p resente en t odos los f enómenos
formativos, así como de poner en la valor la dimensión emocional en las
transformaciones y en los cambios educa tivos.
Si en algo coin ci den todos los auto res que han h ablado de la investigaci ón biográfica,
es en que se trata de una investigación que se o c upa de “dar voz ”, de escuchar qué es
lo q ue las personas ( profesores, estudiantes, mediadores, sanitarios, pacien tes,
inmigrantes, etc.) necesitan exp resar. Es una metodología qu e escucha. Y esta
característica la dota de un sentido profund amente ético y p olítico: lo personal es
político. Dar la voz a los que no la tienen por diferentes motivos, implica romper la
hegemonía y favorecer n uevos enfoques que intenten salvar algunos de los escollo
provocados por las distintas crisis de representación postmodernas, ya q ue “ la crítica a
las grandes narrativas da lugar a limitarse a las micro -narrativas individuales y locales
de los sujetos. Las narrat ivas locales sitúan c ada hecho en su c ontexto particular, sin
pretender una verdad universal que lo transcienda. Y , f inalmente, si estos discursos
ori ginarios no deben ser manipulados (re-present ado s) por el investigador, solo cabría
‘evocarlos’ en sus propias y múltiples voces .” (Bolívar, 2001: 70).
No me voy a adentrar en el recorrido q ue ha ten ido la investigación biográfico -
narrativa en distintos c ontextos, para ello remitimos a revisiones q ue han id o recogido
la evolución de la metodología (B olívar, 2001, 2006, 2011, 2012; G onzález
Monteagudo, 2008, 2010g, 2014a, 20 15a; McAdams, 2006 ; etc.). Me cent raré ,
únicamene, e n tres aspectos: los materiales b iográficos, en qué con sis te el p roceso de
investigación biográfico -narrativa y el desarrollo de la metodología biográfico -narrativa
en el campo de la educación.
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Los materiales biográficos.
Los materiales de los que se n utre el conocimiento biográfico -narrativo son los
documentos biográficos, orales y escritos. Quizás sea adecuado decir aquí que durante
mucho tiempo este tipo de d ocumento personales se han con sidera do como forma s
de representación de segundo orden; y que aunque actualmente las investigaciones
narrativas están adquiriendo una mayor valoración, sigue est ando lejos la posib ilid ad
de q ue sean con si derados equip arables, al material que otro s tipos de met odologías,
incluso cualitativas, están más acostu mbrad as. Comenzaremo s por el principio. N o es
una t area fácil, ya que no existe un a terminología u nívoca, definir o clasificar lo que es
un relato de vida, ya que se multiplican las nomenclaturas y sensibilidades a la hora de
intentar nombrar o categorizar las n arraciones de tipo biográfico: h ist orias de vida,
relatos biográficos, enfoque biográfico, autobiografía, perspectiva biográfica, historias
personales, entrevista biográfica, n arración biográfica o entrevista de historia o ral, son
quizás, algunos de los i ntent os más destacados. La definición más citada suele ser la de
Plummer (1989: 17 ), que ent ien de la h istoria de vida como “ el relato detallado de la
vida de una persona con sus propias palabras ”. A part ir de este esbozo de part ida, son
muchos los mat ices y distinciones que se han ido haciendo dentro de la trad ición del
enfoque biográfico (Valles, 19 97; Rubio, 19 99). Práct icamente t odos los in tentos de
definición nos hablan de narraciones, relatos, historias, qu e recogen tanto las
experiencias b iográficas de la vida de u na persona como la visión que la perso na tiene
de su propia trayectoria vital expresada con su propio lenguaje. La id ea que subyace es
que en los materiales biográficos es donde se pu eden encontrar “ las informacion es
más relevantes sobre la ev olución de las personas en un medio social da do y sobre la
valoración subjetiva que es tas personas realizan sobre ese medio social y sobre el
conjunto de las in teracciones que vive cotidianamente .” ( González Mont eagudo, 1996:
232).
En cuanto a algunas de las clasificaciones que se han hecho, citaré las más clásicas,
comenzando por la q ue llevan a cabo Denzin y Bertaux (1993: 151) en tre life st ory /
réçit de vie y life history / h istoire de vie. Po r una parte, la “historia de vida” hace
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referencia al estudio de caso referido a un a persona, incluyen do tanto el relato de vida
como todo tipo d e documentos personales o de documentación adicional que perm it a
reconstruir la biografía d e la forma más exh aus t iva posible. Por otra parte, el “relato
de vida” se refi ere a la historia de una vida tal como la persona que la ha vivido la
cuenta (Pujadas, 1992:13- 14 ). Para una clasificación más comp leta t en dríamos que
incluir: documentos personales (biografías y aut obiografías: memorias, confesiones,
apologías, ep istolarios, d iarios), relatos d e vida, historias d e vida (de relato único, de
relatos cruzados y de relatos paralelos) y b iogramas (Rubio, 1999; González
Monteagudo, 19 96; Valles, 1997). Po r su parte, Bolívar (20 01) distin gue en tre: 1) life
story / réçits de vie / relato de vid a / autobiografía / narra ció n autobiográfica:
narración retrospectiva po r el p ropio protagonista de su vida o de determinados
fragmentos/aspectos d e ella, por in iciativa propia o a requerim ien t o de u no o varios
interlocutores. En este caso la histo ria de vida es t al y como la person a la cuenta; y, 2)
life h istory / histoire de vie / h istoria d e vida / biograf ía: elaboración por biógr afos o
investigadores como estudio de caso de la vida de un a p e rsona/personas o institución,
que pueden presentar d iversas f ormas de elaboración y análisis. Norma lmente ,
además d el pro pio relato de vid a, se emplean o tros documentos, al pretender un
carácter objetivante d e acercarse a la histo ria real por múltiples mat eriales biográficos.
Asimismo, identifica Bolívar h asta diez formas de in ves tigación b iográf ica (diario s,
memorias, perfiles, esbozos, retratos, r epresen taciones grá ficas, biografías,
autobiografías, y prosopografía o biografía de gr upo) (2001:29).
Otra distinción s e centra en la interve nción o n o del investigador en la producción del
material biográfico (Pujadas, 1992:13-14 ). Los “d ocumentos personales” son los
obtenidos sin el concurso de u n in vestigador (aunq ue pu eden ser encargados po r él) y
los “re gistros b iográfico s” en los que la intervención del investigador es crucial. Este
mismo au tor distingue entre historias de vi da “de relato único”, “de relatos paralelos ”
y de “relatos cruzados”.
En su innegable aportación al métod o biográfico y en su intento p or elaborar un marco
para el mismo, Bert aux (1993), añade d os precisiones más. La primera, se re fiere a la
distinción de do s puntos de vista según el o bje to: “socioestructural” (investigaciones
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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biográficas más centradas en forma s particulares d e la vida m at erial) y
“sociosimbólico” (destacan más los valores o las repre sent aciones mentales), aunque
sostiene que ambos enfoques son caras de una misma re alidad social y q ue lo ideal es
reunificar lo estruc tural y lo simbólico. La segunda, se d etie ne en la d ist i n ción entre
relatos de vida “comp l etos” (los qu e cubren todos los aspectos de la vida) o
“incompletos”, que n o def icitarios ya que el autor sostiene que no es n ecesario
intentar desarrollar la totalidad de las existencias, sino que lo que hay que buscar so n
trayectorias, “ relatos de vida que permitan captar las razones de los difer entes tipos de
desplazamientos (g eográficos, profesionales, familiares, cultura les, sociales) ” .
Otra interesante aportación abre un interesante debate que hace referencia a la
escritura y a la o ralidad. En u na parte, estaría n los aut ores que sost iene n que el mejor
relato de vida es la “autobiografía escrita” porque el ejercicio de la escritura exige la
construcción de una conciencia reflexiva, considerando como una aproximación a lo
anterior los “re latos de vida orales” (Bertaux, 1993); generalmente son ésto s ú ltimos
los más nu merosos, ob tenidos a partir de entrevistas en profundidad o en trevistas
biográficas. En otro lado, estarían autores que como Bruner (1991), consideran desde
el constructivismo y desde su concepción “distribuida” del Yo, que éste “ sólo puede
revelarse median te una tran sacción entre alguie n qu e habla y alg uien q ue es cucha ”,
siendo la entrevista biográfica el lugar privilegiad o para esta r evelación.
P or su parte, M . Cat ani (1990) aporta una clasific ación d e los re lat os de vida en función
de l moment o vitad de los narr ad or es, ent endiendo que la h is t oria de vida v a a tene r
una car acterís ticas mu y difer ent es en f unción d e q ue es ta perso na sea jov en (“rela to -
pr oy ecto”), adulta y/ o mad ur a (“rela to - estado”) , o de e dad más av anz ada (“rela to -
balance”). T ambién esta b lece u na dif erenciació n entr e “relat o construi do” y “relat o
estructur ado” . El prime r o , es el rela to q ue desarrolla el narra dor después d e que el
entr evis tador le solicite que le cuente alguna de sus e xperiencias o toda su vida
(entr evist a no directiv a per o temá ticamen te centr ada). En el segundo , el narrad or
eval úa su vida en torno a un sis tema de valor es que describe él mismo y que estruct ur a
todo el r ela to ordenándo lo.
P or último , Bertaux (2005) entiende q ue los relat os de vida tienen tres fun ciones: d e
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e xplor ación, analític a y e xpresiv a
27
.
Con esta ap r oximació n he p re tendido e xponer br ev ement e q ué tipo d e material es el
biográ f ic o y cuáles h an sido algunos d e los inte ntos de clasific ación más relev antes .
P asaré ahora a ex poner en qué consis te el pr oceso d e inv estig ación dentr o de est a
metodol ogía.
El proceso de inv es tig ación.
Explico ahora en qué con siste el pro ceso de in vestigación biográfico -narrativa
siguiendo las aportacio nes de Connely y Clandinin (1995), M cEwan y Egan (1995),
Bolívar ( 2001, 2002a, 2002b , 2012), Bertaux ( 2005), Coffey y Atkinson (2 005) y Eisner
(1998).
La investigación b i ográfico-n arrativa consta de cuatro el ementos básicos: 1) la persona
que n arra; 2) la persona que investiga (escuchador, cuestion ador, intérprete y co -autor
del relato); 3) las narraciones (las distintas narraciones qu e van emergiendo del
proceso de investigación: el relato oral transcrito y e l informe de inves tigación): 4) las
personan que lee rán lo n arrado. Las relacion es que se van a establecer en tre estos
cuatro elementos a lo largo del proceso de investigación serán complejas, desde las
relaciones de co -autoría, h asta las interpret acion es. Son muchas las voces que se van a
ver implicadas en el material narra tivo: “ la v oz del narrador, representa en el text o o
registro; el marco teó rico, que provee los conceptos e instrumentos para la
interpretación; y la reflexión propia del acto de lec tura e interpretació n, propia del
proceso de extraer conclusion es del material .” (Bolívar, 2001: 147)
La invest igación narrativa es u n pro ceso, complejo y reflexivo, d e “ mutación de los
textos del c ampo a los t extos para el lector ” (2001 : 148), en el cual el co -autor ,
27
“ Si aún está a l co mienzo de su investigac ión, en su fase de exploración (…). S i comienza a co nocer bien
el terreno y ha o bservado (o creído o bservar) alguno s fen ómeno s int eresantes del proc eso, tratará de
orientar hacia ellos el testim onio de l suje to: los relatos d e vida se recibe n enton ces con una int ención
analítica. (…) si piensa que ha llegado al punto en que su modelo ya están bien saturado, pero ha
decidido ac eptar el relato de vid a de alguien cuya exp eriencia le parece a priori que contie ne, encarna y
sirve de ejem plo una e xtensa parte de las relaciones y d e los p rocesos sociales estudiad os ( …), en tonces se trata
de algo distintos: de dar a este relato de vida una función expresiva . ” (Bertaux, 2005: 51 - 51)
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investigador, genera u na narración a partir de lo n arrado, para hacer accesible las
narraciones de vida de las perso nas in ves tigadas siguien do las p autas que marca la
comunidad científica.
El proceso, g en eralmente, se desarrolla de la sig uiente forma: se inicia con la elección
de un tema de investigación que se realiza a p artir de la metodología biográfica. S e
buscan los potenciales narradores para llevar a cabo la invest igació n y se contact a y
negocia con ello s las condiciones en las qu e la inve stigación se llevará a cabo. Una vez
que se han llevado a ca bo las negociaciones, se realizan las entrevistas bi ográficas, las
cuales se transcriben literalmente para ser analizadas e interpret adas. Finaliza con la
elaboración de u n informe de investigación . La P arte III d e est e do cume n to recoge el
proceso de investigación que he seguido y las decisiones metodológicas que he
tomado, así como los resultados (informe) de la misma. El diseño de la investigación
bioigráfico-narrativa constaría, básicamente, de: 1) la elección d e los informantes y la
negociación; 2) la n arración o (co)construcción de la historia d e vida; 3) el análisis; 4) la
redacción del informe.
1. Elec ción de los i nformantes y negociación . Se in tenta e legir informantes que tengan
una alta c ompetencia narrativa ya que los buenos narradores facilitan el proceso.
Cuanto mejor sea el narrador, menos tiene que interveni r el investigador en el proceso
y hay meno s riesgo de que existan dos narrativas: la de la persona y la del investigador.
En est a f ase se d ejan claramente establecidos los objet ivos y las condiciones de la
investigación, lo que se denomina “contrato de c onfianza”, “contrato n arrativo” o
“pacto autobiográfico”. En est e contrato el investigador se compromete a cuidar y
respetar el material narrativo, protegiendo o eliminando in cluso, las partes que la
persona no qu iera hacer p úblicas, así como la utilización de p seud ónimos en caso de l a
persona lo prefiera.
2. La c o-construcción de la historia de v ida. La relación entre el narrado r y el
investigador es fundamental: “ la investigación narrativa t ranscurr e d entro de una
relación entre los inves tigado res y los practic antes que est á construida como una
comunidad de atención mutua (caring community) .” (Connely y Clandinin, 1995: 19) .
Aspectos como la horizontalidad, la escucha, la si ntonía emocional, son aspectos clave
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que el investigador debe cuidar; no se trat a de un investigador “en silencio”, sino
“presente”, disponible para la escucha activa y para mostrar(se) en l a relación. El
propio invest iga dor se convierte en una parte del pro ceso de in ves tigación ya que sólo
desde la implicación en la relación es posible crear el espacio d on de surjan las
subjetividades implicadas. Hablamos de co- autoría en tanto que el relato emerge y se
crea en una situación dialéctica, dialógica, donde el significado y el sentido de la
narración también van construyéndose de f orma dialógica: “ La palabra e s una acto de
dos caras. Está tan determinada por quien la emit e como por aquel para quien es
emitida. Es el p rodu cto d e la relación recípro ca entre hablante y oyente, emisor y
receptor. Cada palabra expresa el ‘uno’ en relación con el ‘otro’ .” ( Bajtín, 1989: 108). La
entrevista biográfica en la se apoya la metodología es u na conversación
28
, las
identidades surgirán en ese espacio con ve rsacional, en la t extualidad generada po r la
relación. No se t rata sólo de contar, sino d e cre ar y en contrar sentido: “ No se trata
solo de que los narradores cuenten su vid a, sino que – al ponerla en escena - encuentren
sentido de su trayectoria. Por ello, en la investigación narrativa, se tr ata de v ivir la
historia, donde las d os narrativas (investigador y partic ipan te) confluyen en una
construcción narrativa co mpartida .” (Bolívar, 2001 : 154).
Además de la relación, hay un asp ecto esen cial en la co -con strucción y en el posterior
análisis: la c omprensión y la interpretación. En e ste punto me siento más cerca de los
planteamientos de Connelly y Clandinin que de los de Bolívar. Según Bolív ar, Connell y y
Clandinin llevan demasiado lejo s la prioridad del ‘sen tir compartido’ sob re el
comprender, al exigir una especial conexión entre investigador/narrador que impide
trascender el propio contexto, y su reconstrucción de acuerdo con patrones
convencionales de t rata miento de la información (2001: 154). Desde mi propuesta, la
conexión Tú-Yo se h ace fun damental, u no de los aspectos qu e con si dero esen ciales es
justamente el esp acio conversacional como espacio p ara la interacción int ercult ural
desde la aceptación antes que desde la comprensión.
3. El análisis . Es un mo mento d e la in vestigación qu e se da con simultaneidad al resto
de los momentos del p roceso de investigación. Recoge lo que sería el intento d e
28
La Part e II I recoge c on ma yor det alle algun os d e es tos asp ectos metodológi c os y en los instrument os
de rec ogida de datos de la inves ti g ació n biográfic o - narr ativ a .
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comprender el relato, de acercarnos al universo de sen tido del otro, a su Yo n arrativo y
a su mu ndo de vida. Es u n proceso que se lleva a cabo a lo largo de todas las etap as, ya
lo est amos haciendo cuando llevamos a cabo el p roceso de recogida d e in formació n
con cualquiera de los instru mentos que se u tilizan en el método biográfico. No existe
una tipología a aplicar en t odos los casos, la clasificación t iene que ver con el
investigador, con su modo de ver el mundo, con lo que qu i ere comprender, con lo que
le intere sa saber del ot ro. Hay por t anto tantas posib i lidades de cat egorizar y tantas
tipologías como investigadores, pueden ir desde u n análisis formalizado y analít ic o
(etic), cercano a una sensibilidad cuantitativa, hast a u n análisis no formalizado o
descriptivo (emic) , cerca n o i n cluso a la descrip ci ón li t eraria (Bolívar, 2001: 1 92- 193) ; y
entre estos dos extremos, todas las opciones que n uestra propia creatividad esté
dispuesta a explor ar. Es mi caso, opto po r una tipología, como mostraré en la Parte III,
que parte de un interés fen omenológico h ermen éutico y se inspira en las p ropuestas
de M ax van Manen. El proceso de categorización es un tiempo de lecturas y relecturas
del texto, como q uien se sumer ge en un lago del que desconoce la temperatura y la
profundidad y con el que, poco a p oco, intenta familiariz arse. El texto n arrativo va
transformándose en la histo ria de vi d a y, finalmente, d ará paso a l informe de
investigación.
Bolívar (2001: 198 -200), en un inte nto de síntesis, habla de tres po s turas básicas: a )
ilustrativa (en función de h ipótesis y marcos p revios, el material se lee a part ir d e un
sistema de categorías p revias); b ) restitutiva o h iperempirista (lectura lit eral que
reduce al mínimo la intervención del investigador, quedando la tarea de
interpretación, básicamente, en man os d el lector); y, c) analítica o de recon strucción
del sentido (implica largos pro cesos de análisis, comp aración y t ipologi zación a p artir
del texto, que pueden llegar a ser excesivamente formalistas). Los p asos intermedios
entre estas opciones, pueden ser muchos, como d ecía. Recogemos un a propuesta que
sentimos más cercana a nuestro trabajo, la que hace Rosen thal y recoge Bolívar (2001:
204 -206). Este autor parte de una perspectiva hermenéutica y dist ingue d os niveles en
el an álisis: a) el análisis genético de la historia de vida (reconstrucción del significado
biográfico de las experiencias en su curso temporal, según la secuencias cronológica
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este t ipo de investigaciones que toman el en foque biográfico como metodología,
aunque casi siempre desde el campo de la soc iología o de la antropología
34
.
Más re cientemente, la investigación -biográfico-narrativa h a ido irru mpiendo en el
campo de la edu cación en España, como hemos referido en el epígrafe anterior,
aunque son escasos los trabajo s centrados en la interculturalidad con una met odología
biográfico-narrativa
35
; y, prácticamente in existen tes, las que se tienen como objeto la
mediación intercultural
36
. Sin em bargo, quiero p lantear aquí la especial relevancia de
la investigación biográfico -narrativa en el ámbito de la interculturalidad y en el d e la
mediación intercultural.
En primer lu gar, el relato biográfico ofrece la posibilidad de acercar nos a la dialéctica
entre la historia y lo vivi d o, permitiéndonos con ello reconocer la singularidad de las
personas, aspecto éste de c rucial importancia cuando las personas se ven inmersas en
un imagin ario colectivo que se nutre d e estereotipos. En segundo lugar, favorece una
mayor comprensión de fen ómenos tan complejos como la inmigración, así como d e
las imp licaciones sociales, polít icas, emocionales que éste pueda llevar asociad as. En
tercer lu gar, el m ét odo nos perm ite, como profesionales de la educación, part ir de las
vivencias de p ersonas que se han visto realment e enfrentadas a vivir en una socieda d
voitures. Les “me cs” de Jaricourt et l’ auto - école, P aris, Libr ai rie de Méridiens, 19 86.
34
MARTÍNEZ PORTILL A, I., Dej ando atrás Ne ntón: relato de vida d e u na mujer indíge na desplaz ada,
Málaga, Univ . de Málaga, 1994; RAMÍ REZ, E., Inmigrantes en Espa ña: vidas y experiencias , Madrid,
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TORRADO, T. L., Los inmigrantes irregulares en España. L a vida por u n sueño , Bilbao , Universidad de
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2001; NINI, R. Diario d e un ileg al , Guad arrama, Ed. de Oriente y del Mediterráneo, 200 2.
35
Dentro del ámbito de la in terculturalidad: H ENRIQUEZ, R. (2004): “Entre historias y experiencias:
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Musitu, G.: Exc lusión social y d iversidad . Ma drid: Trillas.
36
En noviembr e de 2001 present é mi t esina “ Apro ximación biográfic a a las migr aciones. La experiencia
de vida de un mediad or inte rcultur al. ”
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multicultural en la que los in tercambios no son igualitarios, y no sólo porque los
sistemas de valores entre distintos colectivos culturales no coincidan; sino por lo que
supone la presencia de un det erminado m odelo social y económico en el cual se
desarrollan las relaciones entre las personas y en el que también se in tegran las
relaciones culturales. Finalmente, a partir de los histo rias de vida, se puede obtener
una información privilegiada con vistas a elaborar propuestas de educació n
intercultural y de mediación intercultural, basad as en la práctica y en la ex periencia de
estas p ersonas, y no recetas t eóricas que no facilitan la tarea de i ntentar llevar a cabo
una comprensión profunda de fenómenos t an comp lejos, siendo por ello, al fin y al
cabo, poco útiles en la p ráctica para las person as que tienen que trabajar y enfrentarse
diariamente a situaciones multiculturales.
Como vengo diciendo, el método biográfico perm ite o btener una info rmación
relevante sobre ciertos problemas teóricos que con fluyen en el cruce entre el tiempo
biográfico y el tiempo h istórico-social, si empre vinculado a cambios s ociales como son
las migracion es, q ue afectan a grandes grupos de personas y qu e implican
modificaciones en la vida de los sujetos (Balán, 1974: 11). A partir de estas id eas que
hemos id o esbozando sobre las posibilidades del método b iográfico, consideramos que
es fácil intuir las vías de trabajo que se abren para los estudios y para la pr áctica.
Desde el momento que pod emos con ce bir al narrador del relato de vida como un Yo
en construcción, p odem os in dagar acerca de cómo se define ese Yo, o mejo r aún,
acerca de cómo la persona (culturalmente d ifere nte) ha llegado a negociar ese Yo en
concreto y n o otro, y en fun ción de qué relaciones y cont extos. Es decir, n os perm ite
indagar sobre cuáles han sido o están siendo sus propias estrategias d e reconstrucció n
o d e re-equilibración identitaria; así como llegar a p osibles valoraciones sobre lo
positivo o lo negativo de estas estrategias, t od o ello en función tanto de la propia
evaluación que el narrador hace de su experienci a.
El poder asistir a todo un pro ces o de re -constru cción de la persona como t al, es algo
del sumo interés para la educación/mediación intercultural ya que supone poder
analizar qué tipo de mecanismos pone en p ráctica la persona inmigrante p ara poder
convivir con los aut ócto nos; incluso p oder examinar cuále s son las características de
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esos mecanismos, sobre si son in dividuales o colectivo s, con scientes o in conscientes,
asimiladores o emanci padores. Es importante p oder det enerse en este tipo de
reflexiones ya que la elección d e un tipo u otro de estrategias est ará ín timamente
relacionada con el proceso d e aculturación – y el tipo de aculturación- que la persona
acabe por desarrollar. Por re gla gen eral, el inmigrante percibe – y mayoritariamente
“quiere” percibir - su presencia en el país extranjero como algo pasajero, puntual,
coyuntural, transitorio, como u n pro yecto delimitado en el tiempo q u e tiene un os
objetivos y un final; pero su control sobre la realidad y sobre su propia vida no es ta n
preciso como quisiera. El proyecto migratorio n o es un hecho coyuntural sino
estructural, y n o sólo en términos macro sociológicos sin o in cluso b iográfico s: es un
fenómeno que va a prol ongarse en el tiempo y q ue va a marcar su vid a para siempre.
El proceso de acu ltu ración implica u n incesante proceso de negociación de la persona
consigo misma y con el ent orno. La identida d cultural (en evolución y cambio
co nt inuos, como la propia cultura), va transformándose y re constr uyéndose a partir de
las relacion es que se estab lecen con la socied ad de acogid a, interacciones qu e van
generando conflictos, c hoques y cu estionamientos. Este p roceso va revelando una
amplia zona (periferia cult ural) donde es po s ible la nego ciación, al tiempo que
constata cuáles van a ser los elemento s identitarios q ue no será posible problematizar,
ya que dicha problematización p odría acarrear demasiados riesgos para la in tegridad y
el equilibrio de la persona en cu estión. Estos elemen tos conf orma n lo qu e se
denominan “zonas sensibles” o “núcleo duro” de la identidad cul tural.
La persona inmigrante se ve ob ligada a llevar a cabo u na especie de síntesis cultural
entre los d os u niversos simbólico s entre los que transit a p ara hacer efectiva su vida en
el país extranjero. No será ésta, en ningún momento, una integración totalmente
acabada o estable, sino más b ien una síntesis qu e disfr utará de mayor o meno r
equilibrio en f unción de las circunst anci as, las exigencias del entorno, las relaciones en
las que se inscrib a o las motivaciones personales. Además, es una síntesis q ue se va a
acometer con los ele me n tos de lo que hemo s llamado periferia cultural, q uedando el
ámbito privado (la familia, la comun idad) como espacio p rivilegiado para conservar y
reproducir ese núcleo d uro (los valores familiare s, las costumbres, la gas tronomía, los
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roles sexuales, la ed ucación de los hijos). De esta fo rma se intenta garant iza el
equilibrio de la p ersona: mientr as no se p lan teen exigencias o cuestiona mientos con
respecto a las zonas sensibles, es posib le que los choques o los conflictos no ten g an
graves consecuencias o alcancen un desequilibrio que haga tambalear la i dentidad.
Todas estas precisiones y matices, negoc iaciones y reconstrucciones, conflictos y
síntesis, se pueden ir detectando a través del relato q ue la persona va produciendo. El
esfuerzo por dar unidad a una trayectoria vital nos p uede mostrar la necesidad d e
recuperar espacios de p ertenencia (tanto fís icos como metafísicos), a t ravés d e un
universo simbólico que podríamos quizás desig nar como sincrético ya q ue nace de un
ir y ven ir, de un t ránsi to continuo que acab a por configurar un nuevo mo do de
denominar el mundo y de d enomi narse a sí mismo. La reali zación d el relato no s dará
también p is tas sobre cuáles han sido y son las zonas sensibles de la identi dad, sobre lo
innegociable o sobre el suf rimiento que h a pod ido su poner el t ener que renunciar al
propio reconocimiento. Con esta pequeñ ísima muestra pode mos intuir la riquez a que
supone la narración biográfica para la educación intercu ltural y para la p ráctica de la
mediación en contexto de multiculturalidad signif icativa
Hay un aspecto concreto que me gustaría resaltar en el caso que n os ocupa , los
discursos biogr áficos interculturales, y es la n ecesidad de situar el texto en diferentes
contextos: el micropragmático (la situación donde el discurso se produce), el
intertextual (la dep ende ncia del d iscurso con respecto a o tros discursos); y, el contexto
social (como conjunt o d e referentes sociogrupales que otorgan significaciones al
discurso) (Alonso, 1998); ten iendo siempre en cuenta que el contexto social n o es un
mero telón de fondo sino u n sistema de relaciones de f uerza s y de in tereses concret os
que marcan las p osicion es y da n sentid o a las estrategias d esde las que se reali zan las
prácticas discursivas (Bourdieu, 1988). El análisis social del texto biográfico
intercultural pretende, por tanto, exp licitar esas f uerzas e i ntereses concretos q ue
residen en las prácticas discursivas y q ue son los qu e acaban por d ar sentido al propio
discurso, u n sentido q ue se p roduce h istórica y cult uralmente; y no den tr o del ámbito
formalista d el lenguaje, sin o a través del conflicto social ( Tr ahar, 2010); y, por otra
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parte, asistir a la construcción de la su bjetivi dad q ue emerge en el centro o en la
periferia de esa compleja matriz relacional.
Creo que es justo aquí donde radica una d e su s mayores potencialidades: el
intercambio verbal entre dos personas, convirtiéndose el espacio metodológico es un
espacio intercultural de experimentación existencial: la po sibilida d de co n strucción d e
un Yo, d e todos los posibles, ante el intercambio comunicativo con un determinado
Otro. No quiero decir q ue la persona que narra su h istoria la vaya camb iando
conforme cambia d e interlocutor, ya que esto serí a un tanto absurdo; lo que sí me
gustaría afirmar es que el t ipo de intercambio verbal que se produzca, el ritual
comunicativo que se siga, el tipo de exigen ci as d el oyente (amén de tod as l as
características p ersonales, sociales o culturales del mismo), confluirán en un
determinado relato, y no en o tro. De ahí que suela señ alarse una cierta coautoría en el
relato de vid a que, en parte, es imposible evitar y que, en part e, es la que f ija la
posibilidad del propio relato.
Es decir, la aportación del investigad or no es una ap ortación centrada neurálgicamente
en el final de proceso, en el análisis d e lo escuch ado, sin o que se remonta al inicio del
proceso y transcurre ins ep arable d el mismo a lo largo de toda la narración, ya porque
el an álisis está presente durante el mismo intercambio, ya porque su presencia no es
inerte sino activa, aún en silencio, aún inmóvil
37
. En est e sentido es en el que ent iendo
ese Yo “enjambre de participaciones”, ese Yo “dependiente del diálogo”, ya que es en
ese intercambio donde el Yo constituye su conciencia y su relato, tanto en el ámbito
social como p sicológico. D esde esta p erspectiva, la p ropia situación d e interacción con
la persona d el investigad or es una sit uación intercultural en sí misma que generará una
serie de conflictos, choques y cambios en ambos interlocutores. Por otro lado, como y a
esbo cé más arriba, la idea d el d iálogo como mecanismo de incorporación d e lo social a
la conciencia y al discurso nos ayuda a intu i r las posibilidades pedagógicas del relato
biográfico en tanto recreación de una trayectoria vit al que se ve impelid a a
37
Ya q ue “ en las narrativas ora les, el resultado está, en pa rte, determinad o p or el que escuc ha .”(KOHLI,
M., “Biografía: re lato, texto, método ”, en MARINAS, J. M. y SANTAMARINA, C., La historia o ral: mé todos
y experienc ias . Madrid: Debate, 1993, p . 178.)
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desarrollarse y a integrarse en diferentes contextos socioculturales y con diferentes
universos simbólicos.
Esta idea del diálogo como mecanismo de incorporación de lo social a la conciencia y al
propio text o parte de Bajtí n (1982, 19 89, 1992, 1994) . Para est e autor no existe un
enunciado absolutamente propio, ya que éste deb e ser ubicad o siempre en una
especie de territorio compartido entre el hablante y el o yente. El d iscurso siempre está
impregnado de otros discursos, es más, la experiencia discursiva del hablante se f orma
y se desarrolla gracias a la constante i n teracción con los enun cia dos del oyente. Como
Bruner, Bajtin considera q ue la p ersonali dad, sin posibilidad de rebelarse en el
lenguaje, no existe para sí misma o p ara los demás; la person alida d individual se crea
en las relaciones sociales y se def ine en los materiales semiót icos que seleccion amos
como propios dentro de un amplio discurs o polifónico.
Detrás de la con cepción dialogicista bajtiniana se esconde una crítica al
convencionalismo d el pensamiento o ccidental, a su monologismo , tanto desde la
vertiente más p ositivis t a y nomotética, como d esde la vertiente sub jetiv ista e
individualista. Y, desde nuest ro punto de vista, al men os, es una concepción que está
en perfecta concor dancia con el enf oque biográf ico. El propio investigador puede ser
intérprete porque establece, desde su p osición social, u na pretensión de vali dez y una
representación del mundo; es una in terpret ación comprometida que b usca el
consenso, alejada de la supuesta interpretación neu tral y aséptica qu e el mono logismo
pretende t al vez p ara salvaguardarse de exp licitar los intereses que andan detrás de
todo conocimiento.
Pero h ay ot ro asp ecto del pensamiento de Bajtín en el q ue quiero incidir y bajo el cual
el relat o b iográfico p ue de y debe ser considerado: la ideología. Bajtín sost iene una
concepción del len guaje -desde la f ilosofía del lenguaje hasta la lingüí stica -, como
filosofía del signo ideológico, y, paralelamente, u na concepción sociológica de la
conciencia; es d ecir: la conciencia es un hecho ideológico y social, ya qu e todo signo es
ideológico y todo lo ideológico tiene una significación sígnica. A partir de estas
premisas, po demos considerar q ue el relato d e vida está enmarcad o dentro de un
contexto social, cultural e ideo lógico. Para Bajtin, la realidad ideológica es una
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superestructura que surge sobre una base económica y la conciencia individual está
inmersa en ese “ edificio social de los signos ideológicos ”. En consecue ncia, la
conciencia n ecesita ser explicada y entendida a p artir del med io ideológico social
porqu e es una conciencia repleta de signos: “ La conciencia se construye y se realiza
mediante el material sí gnico, creado en el proc eso de la com unicación social de un
colectivo organizado. L a c onciencia in dividual se alimenta de signos, crece en base a
ellos, refleja en sí su lógica y sus leyes. ” (Bajtín, 1992: 36)
El signo privilegiado para el estudio de las ideologías es la palabra (el len guaje, el
discurso), un sig no ej emplar y puro que se nos presenta como “signo n eutral”, ya que
los ot ros materiales sígnicos se especializan en determinadas áreas de creación
ideológica. Es aq uí donde se sitúa la ideología de la vida cotid iana, “ una enorme zona
de la comunicación ideol ógica q ue no se deja relacionar con esf era ideol ógica a lguna”
que es “ enormemen te rica en contenido ” y que “ por un lado se conect a directamente
con los procesos de producción ” y, por el otro, “ toca las esferas de las diversas
ideologías ya formada s y especializadas .” (1992: 37 -38)
¿Qué papel pueden desempeñar estas conceptualizaciones dentro d el en foqu e
biográfico, especialmente, con relación a la intercultural idad? En primer lugar, el relato
de vid a es f ruto de un a interacción social, y como tal, id eológica y situada. D esde este
punto de vista, el relato d ebe ser analizado como una p roducc ión ideológica, lo que
nos va a permitir interpretarlo a p artir de unos parámetros históricos, sociales y
económicos más amplios, ya q ue según Bajti n la relación entre las b ases y las
superestructuras pueden esclarecerse sob re el propio material verbal. Al en t rar a
formar p arte de un p roceso de comunicación so cial, todo signo i d eológico (también el
verbal), “ está determina do por el horizonte social de una época dada y de un grupo
social d ado ” (1992: 47). Esta de terminación define desde el contenido del signo ha sta
la valor ación que acompaña su contenido , “ las mismas c ond iciones económicas que
unen un ele mento nuevo de la rea lidad c on el hori zonte social y le a djudican una
significación social, lo hacen “int eresante”, así como las mismas fuerz as crean las
formas de la comunicación ideológica (cognoscitiva, artística, religiosa, etc.), las cuales
a su vez determinan las fo rmas de la expresión sígnica. ” (1992: 48 ).
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Pero todavía otro sentido en el que nos es útil y clarificador el análisis bajtiniano: “En
la palabra se ponen en funcionamiento los innumerables hilos id eológicos que
traspasan t odas las zonas de la comunicación s ocial. Por eso es lógico que la palabra
sea el indicador más se nsible de las transformaciones sociales, inclusive de aquellas
que apenas van madur ando, que a ún n o se constituyen plenamente ni encuentran
acceso t oda vía a los sistemas ideoló gicos y a formados y consolidados ” (1992 : 43) . El
proceso d e generación ideológica, tanto a gran como a pequeña escala, puede ser
detectado en el relato, así como pueden ser detectados los conf lic tos sociales. La clase
social n o coincide con el colectivo semió tico en el sentid o d e que diferentes clases
sociales u tilizan los mismos signos d e la comunicación ideo l ógica (por ejemp lo, un
mismo idioma); sin embargo, est o no quiere decir que no exista re alme nte conflicto,
sino que el conflicto queda latente y reflejado en el signo. Es la clase social do minante
(o el colectivo culturalmente mayor itario, podríamos añadir) la que quiere domesticar
al signo presentándolo c omo algo inmóvil y eterno, ajeno al conflicto que existe en su
interior entre las distintas valoraciones sociales. A p esar de este empeño, el signo es
dialéctico y est e carácte r dialéctico es especialmente revelador e n las épocas de crisis
sociales.
Este aspecto del análisis d e Bajtín es especialmente intere sante en u no relatos de vida
marcados por la experiencia de la inmigración, donde los n arradores hacen frente a
una biografía inmersa en una serie de crisis, de conflictos (de clase, de perten encia,
étnicos, históricos, re ligiosos, … ), q ue encuentra n su expresión en la inter acción verbal
que posibilita el texto; donde la propia interacc ión marca u n determinado intercambio
comunicativo a partir de los intereses y los ro les sociales que los interlocutores
asumen como propios; do nde la com prensión y la interpretación de l relato van a
estar, asimismo, insertas en una cadena de creatividad ideol ógica.
El relato de vida es un discurso, un con curso de palabras, de sign os qu e h an sido
interiorizados p or el nar rador y que e ncierran todo un mundo social y cultural repl eto
de conflictos. Un discurso a partir del cual el narrador (la persona perteneciente a una
minoría étnica, el inmigrante, el mediador), va re creando lo que ha sido su vid a a partir
de u n pro ceso autorref lexiv o y dialó gico q ue hace po sible la re co nstrucción de s u
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identidad actual siempre in estable y aproximativa. Esta re - construcción no puede ser
ajena al terr i torio social en el cual se han ido forjando las vivencias y las emociones, ya
que las palabras han sido in teriorizadas en es e determinado contexto, signif icadas a
partir de las relaciones sociales que en él se han d esarrollado sobre la base de unas
valoraciones ideológicas qu e n o p ueden sino at ravesar el discurso situ án dolo en una
dialéctica en la que se ven implicados distintos universos simbólicos, así como diversos
intereses y determinadas relaciones de poder.
La experiencia migratoria es, sin duda, algo personal e intransferible, p er o qu izás todas
las biograf ías de inmigrantes tengan algo en com ún: su imprevisibilida d, la
imposibilidad de encuadrarlas en un esquema d efinitivo de actos orient ado s
linealmente en una su ce sión predecible d e lo qu e será su vida futura. Son biografías
complejas, repletas de encuentros y desencuentros, d e idas y venidas , d e aspiracion es
y fru straciones, d e resignaciones y recompensas. D entro de esta complejidad, el
método biográfico permite u na comprensión que va desde lo individual hasta lo social,
desde lo simbólico a lo estructural ; que n os permite captar el sentido ( o los sentidos)
del d iscurso y, con ello, d e lo social, unos significados que van más allá de las palabras,
ideas como las del “regreso”, algo q ue se conserva indeleble en la mente de casi t odas
las p ersonas inmigrantes y qu e no responde a un proyecto raci onal de vuelta al p aís de
origen sino más bien a un imaginario mítico y necesario para vivir en el país extran jero ,
idea que actúa a modo de puente entre el pasado y el p resente asegurando una
continuidad que garantiza el equilibrio y que permite la integr ación y la adaptación de
una nueva existencia.
El lenguaje, desde este p unto de vista, es u n ins trumento a la vez que un símbolo, un
síntoma de la pro pia vida del n arrador. En él d escubrimos las confusiones y las
rupturas, los conflictos y las negociaciones, los diversos sentidos sociales que se
esconden tras el significado meramente lingüístico de sus palabras. Es un lengu aje que
trata de explicitar la propia hist oria, con la dificultad que supone ir construyendo ese
“uno mismo” que sólo es posible recuperar de un modo retrospectivo, siendo honesto
con el p ropio pasado a la vez que se intenta proyectar una imagen positiva y ad ecuada.
Es u n len guaje que nace t ambién, en muchos casos, de la lucha contra un mundo – el
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occidental, el colonizador- que despierta en el narrador toda una serie de em ociones
contradictorias, d esde la imagen de un a moderni dad ansiada y perse guid a, hasta la de
un cap italismo cruento y egoísta p resente en el p asado colonial y en la actu al
economía globalizada. La modernidad qu e proviene de la imagen europea existe , sin
duda, en la men te d el inmigrante originario de países ex coloniz ados por que ha estado
en contacto co n ella y no es sino la otra cara de un contencioso h istórico que nos
muestra a través del discurso eso s lazo s d e o dio y de amor, de curiosidad e ign orancia
al mismo tiempo, q ue u nen a dist intas civilizaciones a la vez que las sit úan a un as
frente a otras en una dialéctica, a menudo, insuperable.
Me planteo qué papel dese mpeño como investigadora y hasta qué punto soy
depositaria de esa imagen como in terlocutora y cop artícipe del relato. El investigador
está presente en el diálogo que da origen a un determin ado relato desde unas
posiciones, a veces, marcadamente antagónicas (el género, el origen soci al, la cultura,
el idioma,...); y quizás es también – cómo evitarl o-, parte integrante del contencioso
que los sitúa a ambo s ( narrador y oyente) dentro la h istoria, o siendo más p recisa ,
dentro de un texto civilizatorio y totalizador que nos coloniza a ambos. El lengu aje que
utiliza es el nuestro , sus palab ras son las nuestras ; la cuest ión radica en q ue no
debemos simplificar esta circunstancia, p or otra parte obvia . Lo que quier o decir es
que en el uso que el narrador hace de esas palabras no puede encerrarse el mismo
sentido, el mismo contenido ideológico que impone una sociedad dominante que
pretende dist orsionar, precisamente, el conflicto ideológico que se escon de en el
lenguaje. Escuela, paraíso, racismo, in migrante, ilegal, papeles, choque, extranjero,
religión, padre, regreso, dest ino. ¿Estamos segu ros de entender p lena mente lo que
significan estas palabras? Las d esigualdades soci ales o las discre pancias cultu rales son
también propiedades del discurso, d el mismo mo do que están en la b ase de los
problemas de la comunicación o en los dif erente s est atus que adquieren los hablantes
en función de su pertenencia a u na clase social u a otra, a una minoría ét nica o a u n a
cultura dominante. Debemos, por t anto, centrarnos t ambién en un a crítica hacia un
discurso etnocéntrico que pretende present arnos, explicarnos, socializarnos o
convencernos de una realidad aparente, vacía d e con flictos y, definitivamente, falsa. El
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INTRODUCCIÓN
“ T engo una v isión, la v isión de que los T r az os de la Canción se despliegan
a través de los con tinent es y los tiempos; de que los hombres han dejado
un ras tro de can ción allí donde han pisado (canción de la cual podemos
cap tar el eco de cuando en cuando), y de que es tos ras tros han de
remon ta rse, en el tiempo y en el es pacio , hast a un rincó n aislado de la
sabana africana, donde el primer hombre abrió la boca para desafiar los
terrores que lo ro deaban, y gritó la primera estrofa de la Ca nción del
Mundo: ‘¡Y o soy!’ .”
Bruce Chatwin
Est e capí tulo se estruc tura en torno a tres foc os d e int erés: los movimient os
migr a torios, las relacio nes multicultur ales y la inte rc ultur alidad. M i inte nción es que
est as páginas sirvan c omo con te xto que a yude a situar los elementos centr ales par a
est e docu men t o: las e xperiencias biográ ficas de dos perso nas inmigr antes y la
mediación int er cultur al.
Los movimientos migra torios forma n parte de nuestr a histo ria como ser es humanos
desde los oríge nes. Del latín migrare (cambiar de r esidencia, mover se), conserva en
español el mismo signifi cado e n el d iccio nario de la RAE y , si n duda, encierr a mucho
más. Las migracio nes han hech o de todos n osotr os lo que somos, h an config ur ado
nuestr as c ultur as, nuestr as ciudades, nu es t r as h is torias familiar es y nacionales,
nuestr os r ecuer dos r em o tos y recie ntes, nuestr os id iomas, nuestr os miedos y nuestr as
espera n z as. Hablar d e migr aciones es hablar de la vida, del desarroll o d e la vida; del
cambio qu e nos acompaña por exis t ir , po r est ar en el mundo . Hablar d e migr aciones es
rec o rrer t odos los paisajes que nos habitan.
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Ante una palab ra como ésta, se abren cientos de po sibilidades. He decidido acercarme
a ella más desd e lo simbólico que d esde lo sociológico. La migración, las migracion es,
han sido y son objeto de n umerosas d iscip linas y – por su puesto- de la literatura. No
voy a entrar en el discurso de cómo ha evolucionado España como t ierra de
emigrantes a tierra de inmigrantes y, nu evamen te, a tier ra de emigrantes, aunque no
deja d e resultar el caso de Esp aña un buen ejem plo d e lo qu e sería un a h istoria de las
migraciones en p rácticamente todas sus f ases y mod alidades. Mi interés se centra en
la migración como viaje interno, como it inerario vital donde lo social, lo político, lo
económico, lo administrativo se u nen indivisible e inexorablemente a lo humano y a lo
existencial. Me acerco a las migraciones desde mi experiencia subjetiva y desde lo que
en mi mundo, mi tiempo, se entiende por migración. Un t érmino tan repleto de
connotaciones, t an complejo, tan d iverso, que se va tran sformando, ad quiriendo
matices diferentes, se va plegando o exp andien do ante un entorno voluble, cambiante
y extrañamente circular
39
.
Para mí las migracion es rep resentan lo que soy y lo no que no soy, la s lu ces y las
sombras d e mí misma, de la sociedad a l a qu e pert enezco, del tiempo q ue me ha
tocado vivir. Su pongo q ue siempre fue así y que s iemp re será así. Dice Sai d q ue “ Toda
época y toda socie dad recrea sus ‘otros’ . Lejos de ser algo es tático, la identidad de uno
mismo o la del ‘ot ro’ e s un muy elab orado pr oceso histórico, social, intelectual y
político (...).” (2002 :436). Y más allá de esta constatación que los movimiento s
migratorios nos traen de una forma clara y contundente, está otra necesidad
irreversible, la necesidad de vernos a nosotros mismos; y entonces cuando se nos hace
clara una segunda constatación: n ecesitamos a los Otros para vernos, “ para
comprend erse a sí mismo, el homb re necesita q ue otro lo comprenda. Par a que otro lo
comprenda, necesita compren der al otro.” (Wat zlawick, Bavelas y Jackson, 2002: 37).
Desde mi experien cia, el estud io d e los movimientos m igratorios y, sob re todo, e l
39
Y to do ello en este instan te en el qu e tantos es pañoles y españolas se están planteando o se han
planteado ya un éxodo hacia el futuro, hacia una s condicio nes que p uedan mejorar unas expectati vas y
unas realidad es que, en este país y en este momento, se pr esentan como escas as ; o en el q ue la
presencia d e miles de refugiad os desborda, en las fronteras de diverso s países europ eos, cu alquier
discurso que no sea el de la ac ogida y la solidar idad .
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contacto con personas migran tes - esas personas que se nos presentan como
radicalmen te Otros-, me han posibilitado un espacio de conocimiento pero, sobre
todo, han abierto un espacio de profunda experi mentación conmigo.
Decía Lévinas que “ la exp eriencia he terónoma q ue busc amos sería una act itud qu e no
puede con vertirse en c atego ría y en la c ual el movimiento hacia el Otro no se recup era
en la identificación, no regresa a s u punto de partida” (2001 : 53). Par a mí, la
e xperiencia de las relaciones inte rcult ur ales son, en parte, esto mismo. Es una
posibilidad de desarrollo , de cr ecimien to y , fundament almen te, una ex periencia ética.
El viaje in terior es ése movimiento de “ lo Mismo que v a hacia lo Otro sin regresar
jamás a lo mismo” (Lévinas, 2001: 54). Ju s tament e ese c uestionamiento al q ue te
enfre n tas, al que n os enfren tamos ant e el Otro que nos mira, al que mir amos; ese Otr o
que nos cuestio na, nos preg u n ta r adicalmen te acerc a d e nosotr os y de nuestr a pro p ia
visión del mundo, por nuestr o univ erso de sen tido , ése movimien to es el que pr ovoc a
la tr ansf ormación, la conciencia. Como dice Ga d amer “la verdad era re alidad de la
comu nica ción humana consist e en que el diálogo no impone la opinión de uno contra la
de otro ni agrega la opinión de uno a la de otro a modo de suma. El diálogo transform a
una y otra. ” (1994 : 185). Una e xperiencia humana de es ta pro f undidad hace qu e u no
no vuelva a ser nunca el mismo.
3.1. M IGRACIONE S: LA H IST ORIA DEL MUND O.
El sujeto n o pertenec e al mun do , sino que es un límite del mun do.
(Wittg ens tein, T racta tus, 5.632)
La historia de las migraciones es la historia d el mundo y de los seres humanos desde el
inicio de los t iempos. Las migraciones so n movimientos exter nos, son camb ios de
lugar, de paisaje s, de cód igos; p ero tamb ién hay migracion es internas, movimien tos
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que se producen en el int erior, partes que abandona mo s y a las qu e re tornamos,
partes que resignificamos, qu e echamos de menos o que d ejamos atrás p ara siem pre.
De alguna fo rma todos somos viajeros, migr antes, y las relaciones multiculturales y la
experiencia de la interculturalidad no h acen sino mostrarnos este hecho. T ambién los
movimientos migratorios nos sitúan en s ocied ad es c omplejas, donde las exp licaciones
no pueden ser n unca mon ocausales, sino mult ifactoriales, ya q ue los re flexiones
teóricas nos han mostrado que en la raíz de l as migraciones coexisten factores de toma
de decisiones individuales con procesos de interacción social, ambos situados en un
momento social e histórico de una determinada sociedad .
Lo que es incuestionable, es que l as migraciones son un fenómeno global y estructural
desde los orígenes de los t iempos. Para la UNESCO, son d esplazamientos de la
población de una delimitación geográfica a o tra por un espacio de tiempo considera ble
o indefinido. ¿Cuándo p odemos considerar como movimiento migratorio un
desplazamiento? Desde un a perspectiva espa cial, cuando se produce entre d os
delimitaciones geográficas sign ificativas; desde u na perspectiva temporal, se trata de
un desplazamiento duradero, no esporádico; d esde lo social, se trata de u n cambio
significativo del entorno, tanto f ísico como social. En resu men, los movimientos
migratorios son desplazamientos que implican camb ios de entorno p olítico,
administrativo, social y/o cultural, re lativame nte p ermanente en el tiempo; y que,
consecuentemente, implican la interrupción de actividades vitales de la persona en un
determinado lugar geográfico y su reorgani zación en otro (Fernández, 199 1).
El proceso migratorio consta de una sucesión de etapas que implican, cada una de
ellas, una cierta complejidad. Se inicia con la emigración, que es el mome nto en el que
la persona o el grupo a bandona el lugar de origen por un período de tiemp o más o
menos indefinido. Da p aso a la inmigració n, que es el momento de establecimiento de
la persona o del grupo en la soc iedad de destino o receptora. El proc eso migratorio
puede cerrarse con el retorno a la sociedad d e origen o con un nuevo pro ceso de
emigración a otro destino. Es un proceso que implica a persona s, a comunidades y a
sociedades; y tiene múltiples dimensiones y cons ecuencias.
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Son variadas las clasificaciones que se han hecho de los movimientos migratorios
(Castles, 2000): 1) en función del tiempo de duración: diarios, estacionales, definitivos;
2) p or el lugar al que se dirigen: internos y ext ernos o internacion ales; 3) por las causas
que los pro ducen: espontáneos (económicas, estudios, et c.), o f orzosos (guerras,
catástrofes naturales, persecución p olíticas, etc.). En las migraciones def initivas, la s
personas tienen el propósito de asentarse en un lugar de d estino, con u na cier ta
ruptura con el país de origen y los consiguientes p roblemas de desarraigo y
asimilación. En contraste, en las migraciones temporale s, siempre existe la idea del
retorno, siendo el propósito econ ómico o de formación, algo cerrado en el tiempo,
aunque est e proyecto migratorio su ele modificarse, ya que estas migraciones pueden
acabar por ser definitivas; en estos casos d e migraciones tempo rales, la asimilación, en
principio, no suele vivirse como un problema par a la persona
40
.
Los movimientos migratorios se miden con el sa ldo migratorio, qu e es el número de
inmigrantes menos el número de emigrantes po r 1000, dividido p or la p oblación t ota l
También se pu ede hallar comparando el crecimiento real con el crecimiento
vegetativo; es decir, el crecimiento t otal de una zona me nos el sal do de natali dad y
mortalidad. Otra medida es la presión migratorio o potencial migratorio , sit uación en
la que un país no es capa z de absorber un determinado v olumen de recursos humanos,
tendiendo éstos a en caminarse hacia zonas más aliviad as d emográficam ente. Factores
que caracterizan la p resión migratoria: el exceso d e p oblación act iva, las diferencias de
niveles de vid a entre países y el acortamiento de las distancias. Es u na c ondición
necesaria pero no suficiente para que se p roduz ca el movimiento migratorio. Po r otra
parte, la propensión a emigrar se aplica al comportamiento de l os individuos e intenta
explicar p or qué b ajo unas condiciones las personas emigran y bajo otras no. El
potencial migratorio se c onvertirá en flujo úni camente si existe una propensión a
emigrar. Los f actores que in fluyen son : las diferencias salaria les en tre países, la rent a
per cápita, la probabilid ad d e en contrar empleo fu era, la distancia física y/o cultural
entre p aíses, la existencia o no de redes sociales, las relaciones entre los países
40
Hay un tipo de movimiento migratorio que se conoc e c omo oscilación , tienen u n rit mo repetiti vo,
suelen s er de corta duración , n o provocan desarraigo y se suelen con siderar como migraciones de
trabajo, estacionales y pendulares.
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emisor/receptor (económicas, p olíticas, culturales,…), y el grado d e acep tación social
de la persona inmigrante (Fernández, 1991).
Dos conceptos fundamentales a la h ora de hablar d e los mo vimientos migratorios son:
las redes migratorias y el d enominado proyecto migratorio. So n dos fenómenos
complejos que se engloban en la organizació n social de la migración.
El p roceso migratorio produce un importante impacto en la estructura social, aunque
existan creencias erróneas q ue ven las migraciones como proceso p untual y
coyunt ural, como una especie de “corte” en la vid a normal de las personas, q ue no
ejerce n ingún influjo real sobre la estructura social. Lo cierto es que los movimientos
migratorios tie nen efectos tanto en la socieda d de origen como e n la de d estino ,
efectos que no son ni positivos ni negativos en términos absolu tos.
Los flujos migr a torios no surge n espontá neament e por motivos como la pobrez a o la
superpoblación, és tos pueden ser motivos necesarios, per o n o su ficien tes. En es te
sentido , es con venien te difer enciar entre macroes tructur a ( fact ores q ue suby acen al
pr oceso migra torio como las dif erencias salariales, la presión demogr áfic as, la cerc an ía
geogr áfica, las relacio nes ent re los países emisor es - recept o res –económica s, cu ltur ales,
políticas, etc .) y microes truct ur a. La micr oestructur a hace re f ere n cia a la e xis tencias de
redes migr atorios y a las circ unst ancias c oncre t as q ue inducen a u na pers on a a tomar
la decisión de emigr ar . En la micr oestructur a inciden f actor es c omo la ex periencia
migr a toria previa d e la persona, la presencia d en tr o de la unidad d omés tica de ot r os
miembros d e la familia que y a h an tenido e x periencias migra torias, el r esidir en
comunidades de origen d onde ha y alt as t asas de emigr ación, e tc. La per sona, de alguna
f orma, t iene incorpor ada como posibilidad en su pr oyect o vital, en su biogra fía, el
hecho d e emprender un pro y ecto migr atorio. D e est e modo , en la decisión d e emigra r
no sólo influy en fuerzas de atracc ión económica, la of ert a y la demanda laboral o las
decisiones individuales, sino toda un a tr ama de motivos, d onde las redes migra t orias
ejerce n un importan te papel. Cada colectiv o in migr ante t iene red es y ést a s t ienen unas
car acterístic as específic as e idiosin cr átic as. Est as r edes suelen ser anteri o r es al pr oceso
migr a torio , aunq ue pueden estar en esta d o de la t encia, el pr oceso migr at orio las activ a
y las va t r ansf o rman do. Pu eden ser redes de parent esc o , amista d, o rigen común, que
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suponen una gra n ven taja, sobre todo en los primer o s moment os del p r oceso
migr a torio. De alguna f orma, para que la migr ación se pr oduz ca es necesaria una
mínima b ase de c apital humano y unos recur sos económic o s. Las r edes se c on s t ituy en
como un element o cen tral d el capi tal social necesario para empr en der el pr o ces o
migr a torio. Cada colectiv o va a desarrolla re des con car acterís t ic as p r op ias qu e,
básicament e, tienen dos dimensiones: la in for mativ a (es un f lujo que se esta b lece
entr e perso nas donde lo p rimer o es la inf o rmación, per o la relació n que se activ a a
tr a vés de la inf ormación es fu ndament al, a vece s incluso más que los co nte n idos q ue
se t r ansmiten); y la instrumen tal (son redes q ue sir v en para obtener cosas: tr abajo ,
a yuda, apoy o a fectivo , acogimient o, e tc.).
En cuanto al p royec to migratorio es, como decíamos, un fenóm eno c ompleto y plu ral.
El pro yecto migratorio tiene que ver con los mo tivos para emigrar, los plan es para
establecerse y las expec tativas d e retorno; y es el inicio de un ciclo que se abre y se
cierra constantemente. Los motivos iniciales de la migración van evolu ci onando o se
van transformando, y con ello el propio proyecto migratorio va adaptándose a la
realidad que la p erson a inmigrante encuentra en el país de destino, siendo muy
complicado hablar en términos de éxito o fracaso con resp ec to al proyec to in icial,
como evidenciarán las propias historias de vida q ue presentamos.
Las historias de las migraciones en Europa son la misma historia de Europa. Desde hace
unos años, dos fenómenos están inf luyendo decisivamente en los movimiento s
migratorios
41
: la globalización y la crisis económica (Cebrián, Bodega y Martín -Lou,
2012). Cuando se h abla de movimientos migratorios en España, la mirada se sitúa en
los últimos añ os de la décad a de los setenta y en los o chenta, hasta h oy
42
. Como
mucho, po demos tamb ién incluir a esos españoles migrantes d e los cincuenta y los
sesenta. Pero, es evidente, que hay mucho más. Las idas y venidas, como
41
Nos o frece dato s actualizad os d e sobr e las migracion es en la UE: CEBRIÁN, J. A .; BO DEGA, M.I. y
MARTÍN- LOU, M.A . (2012): “I nmigraciones en E uropa”, E studios Geográficos , LXXIII, 273, 385-419.
42
Para u na revisión de la inmigración es Españ a en los año s och enta y no venta, recomiendo los trabajo s
del sociólogo Antonio Izquierd o Escribano d e los q ue cito s olo dos : La inmigración en Es paña 1980 - 1990 .
Madrid: Ministerio de Tr abaj o y Seguridad Social, 1992. Y, “El p royecto migratorio de los
indocumentado s según g énero”, Papers , 2000, 60, 225 - 240.
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colonizadores y como colonizados, como exiliad os que huyen o como t rab ajadores q ue
buscan una sali d a para su s f amilias; las migra cion es tienen múltiples fo rmas. Y en
España ha sido también así. Actualmente, los expert os dicen que vivimos un moment o
de transición en polít ica s de inmigración y de asilo, laborales y educativas (Arango,
Moya y Oliver, 2014). Quizás sea necesario hacer un poco de historia.
El contexto histórico.
Las corrien tes migratorias en la historia, han obed ecido a d ifere ntes mot ivaciones:
ecológicas (nomadismo, desplazamientos transoceánicos d e la p rehistoria,…);
expansión de imperios y grandes civilizaciones (Grecia, Roma, Egipto, Persia,…);
expansiones religiosas (Islam s.VII-X, Cruzadas s.XI-XIV); expansiones y huidas religiosas
(los hebreros de Egipto, los moriscos y judí os de Esp aña s.XV -XVII, los hugonotes de
Francia s. XV II, los pu ritanos d e In gla terra s. XVII); coloniz aciones (Europa: Amé rica y
Oceanía s.XVI-XIX y Eu ro pa: África, Asia, Sudamér ica s. XVII-XX); t ráfico de esclavos (de
África a América s. XVII-XIX); tráfico d e trabajadores (de Asia a las colonias europeas
s.XIX-XX).
Las migra ciones mod ernas son las que se producen entre 1850 a 1975, relacionadas
con el surgimiento d e un mer cado internacional de mano de obra y la aparición del
drama de los desp lazados. So n migraciones que surgen con la industrialización d el
mundo o ccident al (1850 -1920), que tienen un receso en el período entre guerras
(1914-1945) y qu e se consolidan tras la Segunda Guerra Mundial (1945 -1973). Estas
migraciones modernas t i enen como caract erístic a la diversificación de las tipologías de
los f lujos migratorios: desde Europa hacia las colonias (espontá neas), desde colonias
europeas asiáticas hacia o tras c olonias europeas (trabajadores forzados), desde la
Europa menos desarrollada hacia la Europa en p roceso d e industrializació n
(migraciones dirigidas). Los principales países receptores son Estados Unidos y la
Europa industrializada (Gran Bretaña, Alemania, Francia, Bélgica,…). Tras la Segun da
Guerra Mundial asistimos a la consolidación del mundo occidental, un período
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marcado p or la hegemonía de EEUU en el mundo occidental, la aparición d e “bloque
socialista” (URSS) y los procesos de descolonización y de lib eración nacional. Se puede
hablar de t res corrientes migratorias determinantes: t rabajadores de la Europ a menos
desarrollada hacia la Europa más desarrollada; trabajadores de las excolonias h acia las
ex metróp olis; y, migraciones hacia Norteamérica y Austr alia (primero d esde Europa, y
luego d esde Asía y Sudamérica). También se in co rporación los p aíses del “III Mun do” a
las redes migratorias internacionales, como emisores y como receptores
intracontinentales (Argentina, S udáfrica, Nigeria,..) .
El t ránsito de trabajadores hacia Europa se intensifica enormemente t ras las Segunda
Guerra Mundial; en principio, captados por los propios países europeos que demandan
mano de obra t ransitoria (“t rabajadores in vi tados”). Mu chos colectivos acaban por
asentarse conformad o “minorías étnicas” en p aíses como Holanda (indonesios,
caribeños,…), Gran Bretaña (irlandeses, hindúes, pakistaníes,…), Alemania (turcos,
españoles, italianos,…), o Francia (portugueses, m arroquíes, argelinos,…).
En este período histórico hay q ue señalar t ambién los movimientos de refugiados y
desplazados que surgen en las p rimeras décadas del s. XX por el fraccionamiento de los
imperios colon iales, por el nacion alismo violento, o po r los ef ectos de los regímenes
nazi y fascistas europeos. En Europa se desplazan 40 millones d e personas tras la
Segunda Guerra Mundial. Po r ot ra parte, entre los añ os 40 y 50, las escision es de
Estados como India, Corea o Vietna m, o el d rama palestino tras la guerra árabo -israelí,
también incrementan los f lujos de desplazados, así com o los p rocesos de
descolonización africanos entre los años 60 y 70 en países como Argelia, An gola,
Ruanda o Zaire; y los e fectos d e la “guerra fría” en países como Afganistán, Camboya,
Angola o Mozambique.
Pasamos ahora a lo que serían las migraciones con temporáneas, in disolublement e
unidas al fen ómeno de la globaliz ación. Podríamos marcar como in icio la c risis
económica de 1973, primera crisis del pet ró leo, con el llamado “Consenso de
Washington” y la cons abida re fundación del capit alismo como neoliberalismo. Las
señas de identidad de las actu ales migraciones será su carácter global. Otra cuest i ón
importante es que h asta este momento histórico, las migraciones internacionales no
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se hab ían percibido como un problema q ue afectase a la seguridad nacional. Otras
características importantes son: el in cremento de l volumen de p ersonas migrantes, la
ampliación de las red es migratorias y la diversificación de los t ipos de movimientos
migratorios. Las principales tend encias migratoria s en las migraciones contemporáneas
son: la disminución de las migraciones laborales hacia Europa occidental y el
incremento de la reagr u pación familiar, con la f ormación y el crecimientos de las
minorías étnicas; la conversión de los p aís es del Sur de Europa en r eceptores de
inmigración; la continuación de los flujos hacia Nort eamérica y Australia p ero
modificándose las áreas d e origen y las formas de migración; los nuevos mo vimientos
en el sudeste asiático (internos y transnacionales) ; la s migraciones hacia los países del
Golfo exp ortadores de petróleo; el desarrollo y diversificación d e otros flujos laborales
Sur-Sur; los movimientos masivos de refugiados y solicit antes de asilo en d irecc iones
Sur-Norte y Est e-Oeste; la incorporación d e p aíses de la Eu ropa del Este; los
incrementos de los flujos de personal altamente cualificado de empresas
transnacionales y cooperantes (“f uga de cerebros”); el desarrollo de políticas
migratorias restrictivas; y, los fenómenos d e la inmigración clandestina y d e menores
no acompañados.
Según Naciones U nidas (2014 ) las migraciones int ernacio nales han crecido en
volumen, alcance, comp lejidad e importancia de mo gráfica en los últimos 20 añ os. Los
flujos migratorios se h an vuelto más diversos y mu chos países son simultáneamente
países de origen, dest ino y tránsito. Los dat os dicen qu e en 2013 el número de
migrantes in ternacionales ascen día a 232 millones de personas. La zona del mundo
que mayor número d e migrantes ha recibido ha sido Asia. En la act uali dad, el may o r
corredor migratorio del mu ndo se extiende entre los Estados Unidos y México. Los
Estados Unidos acogiero n a 2,2 millones d e migrantes p rocede ntes de China, India y
Filipinas. En 20 13, las mu jeres eran el 48% del grueso d e los migrantes int ernaciones
(migran generalmente hacia las zonas más desarrolladas).
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ello unimos las graves sequías qu e at raviesa p eriódicamente el campo marroquí,
obtendremos una situación desola dora.
El éxodo rural se hizo inevitable y con él la superpoblación urbana, los problemas de
vivienda y un dese mple o crecient e hasta nuestros días. Si t omamos los dat os del año
1960 vere mos que la tasa de urb anización de Marruecos, un escaso 7.5% en 19 00, es
del 29 .3% en ese año y que esto se traduce en un chab olismo que representa el 24.4%
del total de las viviendas de Rabat en el mismo año, o lo que es lo mismo, el 19 % de s u
población viviendo en b arracas (y no es uno de l os índices más altos: en ciudades como
Kenitra, Casablanca o Moh ammedia, los datos son aú n más alarmantes) (Segura i Mas,
1994).
La pre sencia colonial, telón de f ondo a partir d el cual ent ender al Marruecos de hoy,
también d ejó su impronta en sectores como la industria o el comercio. Una
explotación total, un saq ueo, de las riquezas mineras d el país (fosfatos, zinc, hierro,...)
centrada en obtener beneficios y n o en generar desarrollo económico en el p aís, junto
con u na p olítica comercial dep endiente d e los intereses de las po tenci as europ eas.
Como consecue ncia de este modelo econ ómic o se obtiene una b alan za comercial
desequilibrada y u n creciente d eterioro de la población ante un desar rollo que sólo
beneficiaba a los colonos. D e este momento histórico sólo q uedan, como recuerdo
positivo, las infraestructuras, sobre todo las carreteras y los puertos. En la actualidad,
aunque la etiqueta colonial haya desaparecido y la presencia europea n o se deje
identificar de u n modo tan o bvio, los intere ses económicos siguen siendo los mismos,
el capit alismo sigue marcando el ritmo de una econo mía mundial qu e continua
generando desigualdades flagrantes.
Tras el colonialismo, la situ ación d e Marruecos no fue a mejor. Sin duda, d ebido en
parte a la deuda externa, a la dep endencia creada con las an tiguas colonias y a u nos
movimientos económicos que la empujab an a un a situación sin salida. Pero n o
debemos olvi darnos d e otro factor determinante: un régimen político opresivo,
benefactor de toda clase de corrupciones e injusti cias sociales.
La monarquía marroquí arrastra su legitimación de la etapa colonial. Mohamed V, el
abuelo del actual rey, supo jugar bien sus cartas durante la misma y aprovechar las
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oportunidades qu e se le presentaron para erigirse en adalid del n acionalismo
marroquí. Hassam II, digno hijo de su pa dre, instauró un régimen person alista basado
en el terror y en las manipu laciones, con un falso p arlamento donde los prin cipales
ministros eran puesto s por el monarca y con un sistem a de part idos cada vez más
disperso y enfrentado en tre sí gracias a las maniob ras del rei nante. La monarquía
marroquí ha promovido el enriquecimiento ilimitado y el trato de favor hacia
determinadas familias próximas a la persona del rey así como de la casa real, además
de actuar represivamente, a veces de forma cruenta, con su pueblo. Famosas
protestas que acaban en bañ os de sangre y q ue mu estran el descontento de los
ciudadanos ante la situación insostenible en qu e viven y de las que las “revueltas d el
hambre” de 1981, 1984 y 19 90 s on el ejemplo. S in embargo, la habilidad del monarca
ante situaciones d e política exterior y la imagen que h a conseguido dar al mund o,
junto con la política interna represiva, han co nseguido perpetuarlo en el p oder y lega r
éste a su hijo, figura un tanto ambigua que con el paso de los años ha ido constatando
que, como decía Lampedusa, es necesario que algo cambie p ara que todo siga igual. En
la actualidad, Marruecos es un país que no ofrece a sus habitantes un horizonte de
expectativas demasiado esp eranzador, con u na altísima cifra de p aro, un lento
crecimiento económico y una presión demográfica que no hace sino au mentar el
número de las personas q ue demandan empleo año tras año y con grandes
desigualdades territoriales.
Hay dat os que nos in dican que se est á dando un descenso en la t asa de fecundidad de
los países del Magreb, pero es un d escenso lento, paralelo a los camb ios que está
sufriendo la familia tradicional y el papel de l a mu jer en la sociedad, así como la
paulatina incorporación de ésta a la educación formal y los cambios que se va n
produciendo en el ámbito familiar y laboral (Llorent y Cobano, 2011; Vallejo, 2012;
Terrón y Cárd enas, 2011; Ramírez, 2004; López Enamorado, 2003; Ajaaouan i, 2012;
Martínez, Soriano y Mayoral, 2015).
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Mujeres inmigrantes.
Quiero ahora introducir la perspectiva de género es esta aproximación, ya que la
persona marro quí de la q ue presentamos la histo ria de vida, es una mu jer. En
Andalucía, según datos del Padrón de Habitantes de 2014, hay em padrona das 661.520
personas extranjeras, d e las cuales, 338.728 s on hombres y 322.792 son mujeres.
(OPAM, 2015). General mente se h a caracterizado la inmigración marroquí com o u na
inmigración de h ombres, sien do considera das l as mujeres como inmigración de
arrastre a partir de la reagrupación familiar.
Las mu jeres migran en igual número que los h ombres y mujeres, en 20 10 el p orcentaj e
de mujeres est aba dos punt os p or encima d el porcentaje de h o mbres, pero
prácticamente son equiparables
46
. Las mu jeres representan más de la mitad en los
movimientos migratorios procedentes de Europa, Oceanía y d e la antigu a Unión
Soviética; la mit ad en el caso de Amé rica Lat ina, Caribe y Amé rica d el Norte; y son
mi noría en los desplazamientos de África y Asia (Molpeceres, 2012). Sin embargo, a
pesar de la p resencia de las mu jeres en las migraciones, como en o tros ámbitos, ésta
queda generalmente bastante in visibilizada. Desde el campo de la antropología y la
sociología feministas españolas, se h an realizado estudios en los ú ltimos quince años,
con el objetivo de hacer visible esa presencia introduciendo la transversalidad de
género en el estudio de las migraciones o convirti endo a las mujeres inmig rantes en las
prota g onistas de las in vestigaciones y el pensamiento en antropología, sociolo gía,
filosofía, historia y educación (Gregorio Gil, 2014, 2012, 1020, 2009, 2004a, 2004b,
2002; Guerra, 20 14b, 2013; Juliano, 2012, 2011a, 2011b, 20 10, 2008, 20 05, 2004,
2002, 2000; Maquieira, 2010, 2011, 1997; Parella, 20 13, 2012, 2010, 2009, 20 08, 2007,
2006, 2003; Solé, 2009; Roqu e, 2000; Nash, 2006ª, 2006b, 2001; Nash, Benach y Tello i
Robira, 2005; Soriano, 20 06a, 2006b , 2006c, 20 06d, 2011, 2013, 2015; Camacho,
2010). Inicialmente, se introduce como fo co d e an álisis la familia o los pro cesos de
reagrupación, visibilizando el papel de las mu jer es. Est e momento se cuestiona desde
46
Estadística de Migrac iones 20 08-2013. IN E.
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algunos posicionamientos fem i nistas porque visibiliza a la mujer pero la sigue
relegando, de alguna fo rma, a un lugar su balterno – como madre, esposa o h ija-. Es lo
que la escritora marroquí F. Mernissi (1991) denomina un discurso sonoro (patriarcal)
sobre las mujeres que acalla un discurso propio . Con posterioridad los estudios irán
transformando la mirada h acia otros focos de análisis como el papel de las jefas de
hogar desde un a perspectiva trasnacional; o como el efecto de la globalización
económica en el género y en la feminización de los flujos migratorios, así como en la
feminización de la pobreza. La tran sversali dad de gén ero es la in vestigación sob re
movimientos migratorios en Espa ña es ya un hecho.
En el caso de las mu jeres, el orden social d e género (patriarcado o sistem a sexo -
género)
47
, interactúa con el orden económico globalizado (capitalismo). Existe una
relación desigual entre h ombres y mujeres en la q ue éstas últimas se encuentran en
una posición de discriminación y marginación en el ámb ito económico, político, social y
cultural, tanto en la esfera pública como privada. La iden tificación del sistema sexo -
género permite analizar las relaciones de pod er que existen e ntre hombres y mujeres.
La desigu aldad se intensifica cuando al hecho de ser mujer se le unen otras variables
como pertenecer a un grupo cultural determinado, a u na clase social, la e dad, etc. Los
estudios sobre cómo afecta la globalización a las mujere s inmigrantes (Parella, 2003,
2008, 2013, 20 12), h abl an de una trip le discriminación: 1) como género: resu l tado de
la d ivisión sexual del t rabajo; 2) como clase: miembros de grupos sociales
desfavorecidos; 3) como inmigrantes: otredad y diferencia étnica/cultural. La
feminización d e dete rminados flujos migratorios en Es paña tie ne q ue ver con factores
del contexto de recepción español (características del mercado de t rabajo
48
),
estructura de la demanda de t rabajo y contenidos de las polít icas migrato rios
47
El sist e ma sex o - género o patriar cado, es el c onjunto de pr ácticas, símbolo s, repr e sent aci o nes, normal
y valor es sociales que las sociedades elaboran a partir de la s dif erencias se xuales.
48
Sectores de s ervicio do més tico y d e pro ximidad re lacionad os con la dep endencia, debid o a cambios en
las f a milias (conciliación, in corpor ación de la mujer esp añola al mundo d e tr ab ajo, ev olución de la familia
y nuevos mod elos de f a milia), cambios sociod emográfic o s (env ejecimiento) y rec ortes de las políticas d e
ajust e. Los s ervicios de proximidad represen tan act ividades inte nsivas en fuerza de trabajo, p oc o
ren tables e conómic amente, p oco productivas p ar a el mercado y que, si n o estuvier a n p re cariz ad as,
tendrían cos tes lab or al es m uy elevados. El empleo de mujeres inmigran tes en los s ervicios d e
pro ximidad , permite iden tificar un tr as v ase de desigualdad es de etnia y d e clase en tre las pr opias
mujeres, enmascar ar el mi to del igualitarism o dejand o inalte r ad o el sis tema patriarcal de la mujer
occident al, en este caso, la española.
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(Gregorio Gil y Agrela, 20 02; Maquieira, 1997, 20 10, 2011; Moreno, 2014 ; Pare lla,
2003, 2005, 20 06, 2007; Solé y Parella, 2009) . En la inmigración hay u na fuerte
segregación p or sexo en el mercado laboral, siendo éste además un contexto marcado
por la precarización y la segmentación. Tenemos u na e tnoestratificación del mercado
de t rabajo (discriminación ét nica) y segregació n ho rizontal y vert ical en la d ivisión
sexual del trabajo (discriminación sexual): e l mercado de t rabajo español está
profundamente segmentado étnica y sexualmente.
La inmigración femenina no siempre es d e “arrastre”, es cierto qu e en casos como el
de la comunidad marroquí, con mayor p resencia masculina, las mujeres han venido, e n
muchos casos, por reagr upación familiar pero esto no responde para nada a todos lo s
casos . Lo que sí es evidente es que l a mujer inmigrante es recibida en la sociedad
receptora con una serie de prejuicios claves que le presuponen la capac itación para
tareas relacionadas con la rep roducció n social, i ndep endien temente de s u experiencia
profesional p revia ; un escaso bagaje cultural y un carácter t radicional y pa sivo. Mu chas
mujeres inmigrantes qued an atrapadas en estos estereotipos. Y si hablamos de
estereotipos en la sociedad europea y esp añol a, las mujeres inmigrantes de origen
árabe, son unas depositarias privilegiadas. Tendré ocasión de analizar más adelante,
cuando me sumerja en la his toria de vida de Nadia, cómo la mujer es geopolíticamente
un espacio estratégico p ara el conflicto, y n o sólo de género. El caso de la mujer
marroquí, es una evi dencia d e esto, co nvirtiéndose, de alguna forma, en las
depositarias de un choque irreconciliab le entre lo árabe y lo occidental, recogiendo
todos los estigmas y estereotipos de un imaginario, que especialmente en el caso de
España, se ha alimentado durante siglos de una identidad con struida frente al Otro por
antonomasia: el árabe. La muje r se ve e specialmen te perj udicada en esta asignación
discriminatoria d onde a lo sexista se añade lo étnico, lo cultural y lo religioso de una
manera amplificada (Mijares y Ramírez, 2008).
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La inmigración senegalesa.
Senegal se define como el país de la hospitalidad ( teranga ) ha sido tradicionalmente en
África u n país receptor de migran tes. Su n ombre vien e de Sunnu g al , qu e en la lengua
wolof significa nuestra piragua (Moreno, 2005: 23).
La in migración subsahariana en España es antigu a pero cuantitativam en te muy
limitada. Como ocurrió con otros colectivos, la in migración de o rigen negroafricano en
España est aba muy invis ibilizada en los p rimeros años de la década d e los ochenta. A
partir de los años n oventa, debido a los procesos d e regularización (1991, 1996) se
empieza a ver la realidad de la inmigración subsaharian a en España, siendo h asta es e
momento una inmigraci ón invisible e n las est adísticas d ebido a que l a mayoría se
insertaba en el sector agrícola (agricult ura intensiva) y, oficialmente, los t rab ajadores
agrícolas de origen senegambiano
49
; y, sobre todo, por las condiciones precarias del
trabajo agrícola que mantenía ocultos a los tra bajadores extranjeros. (Jabardo, 2006).
En cuanto a los flujos, los investigadores ha blan d e u no q ue provi ene d e Kol d a y
Belingara, en el su r de Senegal, en la frontera con Gambia, de etnias p eu l, mandin g y
sarahola
50
, q ue tiene como principal objetivo Ca taluña, centrado en la agric ultura. El
otro, con dest ino Mad rid, más vinculado al comercio, d e mayoría wolo f. En And al u cía,
el colect ivo sen egalés se localiza p rioritariamente en Almería, por la agricult ura
intensiva y como sala de espera para alcanzar la re sidencia y salir h acia otros puntos.
También están pre sentes en los asentamientos agrícolas en Huelva. La inmigración
senegalesa más comerciante se localiza en los núcleos urbanos.
Senegal es un país muy vinculad o a los mo vi mientos migratorios, tanto hacia el
exterior y como h acia el interior, recibiendo a inmigrantes africanos. Es u n país con
grupos étnicos nómadas y t rashumantes a lo qu e se suma la influencia de l a
colonización f rancesa. A f inales del siglo XIX c omienzan los movimient os unid os al
sistema de producción masiva del cacahuete, que se ext ienden a t odos los p aíses d el
49
Muchos senegaleses entraban como gambianos por las res triccion es que hacía en ese mom ento e n
Seneg al para emigr ar .
50
A pesar de las front er a s del E s tado - Nació n, es un a z ona don de senegaleses y gambianos se sienten
muy cerc a por vínculo s étnicos, his tóricos e idiomáticos.
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África Occidental (Jabardo, 2006). En los años sesenta, no s en con tramos co n
migraciones que van a tener como primer destino Dakar y que se irán ampliando hacia
Francia, con un nuevo modelo en el patrón migratorio rural -urbano, frente al más
tradicional rural-rural de los años cincuenta. Las migraciones coloniales hacen que se
vaya consolid ando un flujo migratorio h acia Francia a las ciudades donde era
importante la industria del automóvil, de personas que provenían, sobre todo, del valle
del río Senegal en la r egión de T ambacunda, la zona tradicional de emigración. Estos
senegaleses en Francia van a t rabajar en condiciones precarias, en pues tos muy bajos
en la escala social, y son los que más van a verse perjudicados por los avatares de las
recensiones económicas de finales de los sesenta. Francia empieza a controlar la
inmigración de u na manera más firme, a cerrar fro nteras, cambiando los pat rones
migratorios pero n o los flujos. En un p rimer momento , era u na migración q ue s e
demandaba y que est ab a organizada; y pasó a ser u na inmigración que se apoya en las
redes sociales, empezando a ser una estrategia familiar prioritaria para la p oblación
senegalesa del sur, muy vinculada al campo. En los años setenta, los estudios hablan ya
de dos flujos de migrantes se negale ses ante la po lítica francesa de freno a la
inmigración. P or una parte, la migració n interna, hacia Gab ón, Costa de Marf il, Zaire o
Zambia; por otro, la migración hacia Francia como proyecto i ndividual o familiar
51
.
Con el cierre de fronteras en Francia, l a inmigración senegalesa en los ochenta
comienza a mirar a Italia y a España, países q ue en estos año s tenían fronteras más
flexibles y que se em pezaban a p ercibir como n uevos países de d esti no (González
Ferrer y Kraus, 20 12). Será una in migración muy irre gulariz ada, tanto por las
condiciones del mercado labor al y del s ector de inserción (las nuevas agriculturas
intensivas de Italia y España), como por las permisibilidad de las autoridades de los
nuevos países de recepción de inmigración.
51
“ Mientas la migración organizada hacia la industria del autom óvil se reclutó entre los campesino s
soninkes y h aalpulaars de la cuenc ia del río S enegal, las migraciones ind ividuales h acia finales d e los
años sete nta procedían de las zo nas produc toras del cac ahuete, eran migrac iones que se apoyaron en
redes transnacionales d e c arácter religioso y estaban integradas e n su mayoría por w olof. Las primeras
respondía más a un patrón migratorio de carác ter familiar, las seg undas eran fundame ntalmente
masculinas. ” (Jabardo, 2006: 37 -38).
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La emigración a Europa o a Estados Unidos, se va con solidando en Senegal como un
signo de p restigio. Las familias hablan con orgullo del nú mero de familiares que tiene
fuera y d e los beneficios qu e este hecho trae a la familia . Este patrón continúa hasta
nuestros días. Actualmente, las comuni dades au tónomas con may or p oblació n
senegalesa empadronada son: Cataluña, Madrid y Valencia (IN E, 2014).
Y las personas.
Tras este telón de fondo, a menud o excesivamente opaco, se esconden las
experiencias vitales de las personas viajeras. D ice Stake que “l a función de la
investigación no es nec esa riamente la de trazar el mapa y conquistar el mundo, sino la
de ilustrar su contemplac ión (1998: 46 ). Y esa es mi aspiración: ilustrar con lo que he
contemplado este panorama ajeno y cosif icado en que se convierte el discurso sobre
las migraciones. Lo que he buscado es la contemplación de la experiencia de la
migración a partir de la narración de las experiencias vitales de dos p ersonas que la
han experimentado.
3.2. RELACIONE S MUL TICUL T URALE S.
El hombre e n cuanto hombre es un atrevimiento de la vida,
indeterminado y no fijado; por lo tanto, requiere confirmación y
natura lment e sólo p uede recibirla c omo hombre individual en el hecho
de que otro y él mismo lo confirmen en su ser- este-ho mbre.
M. BUBER
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¿Qué es la mu lticultural idad y qué son las relaciones multiculturales? Me inclino a
ofrecer no u na definición, sino d istintas claves de interpretación seg ún se conciba la
multiculturalidad como u n fen ómeno, como un n uevo contexto, como un a serie de
relaciones emergentes, como un co njunto de te n dencias o incluso com o un d esafío.
Seguiré en mi discurso las apo rtaciones que han hech o en este tema Aguado (1997);
Barth (1976); García Canclin i, N . (2001); Et xebe rria (2004); Garzón (1997); Gimén ez
Romero (2014, 2012, 2007a, 2007b, 2005,2003a, 2002, 1997b, 1996, 1994); Habermas
(1997, 1998, 2002); Ka hn (1975); Ki ncheloe (200 0); Kymlicka (1996); NAÏ R Y DE LUCAS
(1998); Requejo y Zapata-Barrero (2002); Taylor (1993); Touraine (1994, 1995); Zapa ta -
Barrero (2012, 2007, 2005, 2004, 2001).
Multiculturalidad y mult iculturalismo.
Hay aspect os en nuestras sociedades actuales q ue in ciden directamente en la
emergencia de la mu lti culturalidad o en el p lu ralismo cultural entendido como “ la
presencia, coexistencia o simultaneidad de poblaciones c on distintas culturas en un
determinado ámbito o e spacio territorial y social, sea un área c ivilizatoria, una entidad
supranacional, u n estado nación, una nación sin estado, una re gión, un municipio, una
comunidad local, una e scuela .” (Giménez , 2012: 53) . Algunos de estos aspectos son las
desigualdades norte -sur, la progresiva marginalización de amplias zonas del mundo, las
transformaciones sociales, las migraciones masivas de inmigrantes y refugiados, o los
conflictos políticos de sociedades plurinacionales. An te el telón de fo ndo de la
globalización en todas sus f ormas, asistimos básicamente a dos pro cesos situad os en
una p olaridad permanentemente tensionada: la uniformización cultural y la
reafirmación identitaria.
En un p rimer mo mento, la mu lticulturalidad comienza a introducirse en Eu ropa para
designar un estado de cosas positivo ligado al pluralismo cultu ral (significa convivencia,
interculturalidad, comu nicación y diálogo e ntre culturas ), que se per cibe como un
modelo de sociedad deseable, fre nte a modelos asimilacionistas o segregacionistas.
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121
Pero e l d ebate era víctima de u n error al confundir la parte con el todo: utiliza el
multiculturalismo como una parte del debate (como propuesta de modelo deseable
frente a otros posibles), en lugar de utilizar el todo, que sería el plu ralismo cultural y la
coexistencia de varias cult uras en un mismo terr it orio, es decir, la multiculturalidad. Se
produce una c onfusión semánt ica: multiculturalismo como parte y como todo. La
multiculturalidad es un proceso y el multiculturalismo es la gestión – o posibles
gestiones- que se hace de ese proceso.
En u n segundo mo men to, empiez an a su rgir asociaciones y partidos polít icos con
discursos anti -inmigrantes que fomentan y refuerz an la idea de la mu lticulturalida d
como amenaza y que van adquirien do o consolidando su presencia en los sist emas de
representación polít ica y en determinados medios de comunicación . Los atentados del
11 -S se convierten en el argu mento privilegiado p ara consolidar la construcción teórica
del “ conflicto de civilizaciones ”. La mu l ticulturalidad aparece com o un conflicto
interterritorial y tamb ié n intraterritorial, y se convierte en la variable explicativa de
casi todos los conflictos sociales.
La mult iculturalidad es un hecho i n contes table, u na realidad social e histórica . La
discusión se deb e centrar, únicamente, en la gestión del proceso, donde el
multiculturalismo es sólo un a d e las posibles opciones
52
. El p roblema con el que n os
encontramos es que la gestión p olítica de la mult iculturalidad suele descansar en unas
premisas m onoculturales: l a ciudadanía es el p rincipal mediador, la m ulticulturalida d
es la nueva realidad que nos rodea y el e stado-nación es el marco dentro del cual
estamos (Zapata-Barrero, 2012, 2007, 2004; Bauman n, 2001; Kymlicla, 1996).
52
“ Con e l tiemp o, se prop ondrá y fundame ntará e l derech o a la dife rencia como un nuevo corpus de
derechos q ue viene a enriquecer la cuarta gen eración de lo s derechos human os. Esa idea del d erecho a la
diferencia conecta y se a limenta a su ve z de las concepcio nes sobre la ciud adanía diferenc iada (I. M.
Young. 1990 y 1995). E sas ideas tom aron cuerpo y se fundam entaron co n las po líticas del
reconoc imiento, desarrollada sobre todo por Taylor (1993) quién sitúa la c ategoría de recon ocimiento
del Otro en e l centro de los v alores y vir tudes de la socied ad democ rática. Ideas q ue se han aplicad o al
conte xto de la reg ulación de la vida soc ial, del eje rcicio de los derech os, de la relac ión entre democ racia y
pluralismo, de la aceptación las minorías a utócton as y alóctona s , llevando a formulaciones como la de
Kymlicka (1996) sobre la c iudadanía multicu ltur al. Más re cienteme nte, el Premio Nobel de Economía
Amartya Se n (1999) se ha referido a la libe rtad cultu ral, otra forma de conc ebir la misma ide a de que
tenemo s derech o a exp resar, vivir, man ifestar, transmitir, n uestra forma de ser, sentir y pe nsar pauta das
por nu estra herenc ia, ide ntidad y pertenenc ia cultural, étnica, religiosa, o lingüística.” (Giménez, 2012:
53 -54).
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128
Desde una p erspectiva de género, la multiculturalidad p lan tea la necesidad de “dar un
giro” a algunos de los t emas centrales d el fe minismo: el sujeto del feminismo, la
cuestión d e la d iferencia, la ident idad femenina, las relacion es p oder / agen cia, la
articulación con otras divisiones sociales, etc. Es fundamental, desde esta perspectiva,
la crisis d e represen tación y la necesidad de incorporar “otros fem inis mo s” y ot ros
modos d e “ser mujer” f rente al sujeto hegemónico de la re ivi ndicación feminista
occidental. Por o tra part e, la persp ectiva feminis ta en el cont ex to multicultural pued e
ayudar a lib rar la batalla contra el etnocentrismo, el relativismo cultural o el pre juici o
culturalista, así como alertar de peligros que acechan a las mujeres en el debate
multicultural como la sobrecarga d e identidad, la utilización d el cuerpo de la mujer
como frontera y como espacio de control social, etc.
El referen te básico para u na gestión aceptab le d e la mul ticulturalidad debe ser la
denuncia y la lucha con tra la discrimi nación en cualq uiera d e s us forma s asícomo el
respeto al pluralismo. Toda discriminación implica cosificar al ot ro diferente. La no -
discriminación impone q ue tratemos a las p ersonas como seres humanos con
independencia de ot ras con creciones o particularidades, centrándonos únicamente en
su cond ición h umana. Pero claro, las p ersonas abstractas al margen d e sus
pertenencias grupales no existen. La tolerancia tiene un sentido de soportar lo que no
podemos evitar o no consideramos como algo bu eno en sí mismo , por lo que d esde el
punto de vista de las relaciones multiculturales , quizás no sea adecuado aplicar una
no-discriminación basada en l a t olerancia, ya que lo q ue se tolera en las personas
puede no depe nder de l a propia voluntad (por e jemplo, el colore de la piel o el sexo) ;
sí podría ap licarse, teóricamente, a alguna característica cultural cuyo mantenimiento
se nos presenta como voluntario. El concepto de respeto supera al de tolerancia desd e
el reconocimiento de la dignidad del Otro: lo que se respeta es la persona y su libe rtad,
no p ropiamente su conducta o convicción, que pued en juzgarse incorrectas respecto a
lo que se considera la verdad.
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129
Otro concepto clave es el de autono mía , que n os con duce direct am en te al viejo
debate entre el re co nocimiento individual y el reconocim iento colectivo
54
, el supues to
ético más ele mental en l as relaciones entre grupos cult urales es que los miembros d e
un grupo no pueden discriminar a los componentes de otro (trabajo, educación,
vivienda, p articipació n política, salud,...) pre cisa mente por s u condición de p ertenenci a
grupal. Además, muchos de los aspectos d e la vida de las person as sólo pued en vivirse
plenamente cuando son vividos como grupo, d esde la expresión socia l y colectiva de lo
identitario. Frente a este hecho, se sit úa el re s peto ine ludible a la libertad individual de
las personas frente pretensiones o reivindicaciones colectivas identitarias que
supongan su n egación, su postergación o su subordinación a las directrices o normas
grupales . El debate plantea la búsqueda de un equilibrio difícil que quizás sólo pu ed e
ser n egociado cada vez que lo dem ande la realidad concreta de la conviven cia.
Ejercitamos nuestra autono mía y nego ciamos nuestra identidad a p artir de nuestr o
entorno cultural (horizonte de sentido) el c ual s e nos p resen ta c omo límite y com o
posibilidad. La autonomía personal es siempre cu lturalmente contextual. Hay q ue
armonizar la autonomía individual con la pertene ncia grupal.
Otro concepto clave es el reconocimiento , ya qu e construimos nuestra id entida d
personal (y colectiva) enraizada, crítica y creativamente, en nuestras t radiciones
culturales. Si a la autonomía del Otro le corres ponde el respeto, a su identidad le
corresponde el adecu ado reconocimiento. Sólo desde la p remisa de un adecuado
reconocimiento se puede entrar en la interrelación como un interlocutor válido . Pe ro
hay que dar un p aso más, d esde la moral o la ética del reconocimiento a la política del
reconocimiento, que es a la vez política de la id entidad y de la d ife rencia . Cada
interlocutor está si tuado en un contexto concreto, integrado por el ementos culturales
54
La postura liberal atribu ye la auton omía a los individuo s con ind ependencia d e sus pertenencia s
grupales, considerando que la p ersona se puede constr uir con total creatividad, al margen d e sus
marcos de r eferencias o p ert enencias sociale s y grupale s, como u n ent e ais lado qu e se h ace a sí mismo.
La postura comunitarista plan tea que lo decisivo inicialm ente es la pert enencia a una comunid ad y a q ue
no existimos ni po demos re cono cernos independ ientemente de n uestros contextos vital es co munitarios
concretos. Exi sten muchos riesgos dentro d e las p ostu ras comun itaristas (reprodu cir tradicione s,
xenofobia con los/as extrañ os/as, etc.), pero en la sensib ilidad comunita rista hay u n momento de
verdad que matiza decisivam ente el modo liberal clá sico d e concebir la au tonomía y q ue va a se r muy
importante par a plantear las relaciones entre culturas .
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130
diferenciados, con los que f orma parte del diálogo social. El diálogo funcionará de
modo ad ec uado si p or ambas partes se da pre sunción de validez al cont exto del Otro
ya que de otro modo sólo t endríamos relaciones de dominación.
S eres mul ticulturales, grupos y dis idencias.
La mult iculturalidad es una expre sión de la con dición humana : el ser humano n o es un
ser nat ural, sino que llegamos a ser h umanos sólo por esquemas culturales en virtud
de los cuales ordenamos y dirigimos nu estra vida. Las estructu ras cu lturales no son un
añadido a la existencia humana, sino que son su condición de po s ib ilidad. Nos
concretamos como seres humanos en múltiples culturas diferenciadas: t oda creación
cultural es una creación particular, esto es, u na entre las posibles. El monoculturalismo
es una ilusión, un proyecto, que consiste en la imposición d e u na cul tura particular, de
un d eterminado modo de ver el mund o ; pero los seres humano s siempre vivire mos en
una pluralidad cultural. D e lo q ue se trat a es de gestionar adecuadamente las
relaciones: regular excesos, d inamizar potencialidades y asumir respetuosamen te la
creatividad y la riqu eza de la que somos capaces, ya qu e es un hecho incuestionable
que los seres humanos n os realiz amos en culturas part iculares y nos constituimo s ,
como tales, en grupos culturales di ferenciados.
Los grupos culturales o identidades colectivas suponen u na orga nización social de la
diferencia cultural (dimensión institucional); y esto implica que l os grup os culturales se
construyen generando y manteniendo fronteras (Barth; García M artínez, 20 08a). Pa ra
definir las fronteras hay qu e s u b rayar o enfati zar d eterminadas características p ropias
(endogrupo), frente a las de otros grupos (exogrupo s). Así surgen las dinámicas de
autoadscripción y las dinámicas de h eterodesignac ión acerca de la pertenencia o no al
grupo. El conocimiento (estereotipado, superficia l, amplificando las diferencias) de los
Otros, es de vital importancia de cara a la construcción de la id entidad colectiva del
endogrupo. La conf igura ción d el grupo cultural es un a emp resa política comp leja que
implica la au toafirmació n c ultural y la genera ción de relaciones y estructuras de poder.
Se f omenta un proceso de pertenencia/inclusión y exclusión : n osotros fre nte a los
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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131
Otros; y se d efinen u na relacion es intragrupales (cohesión e identidad) frente a unas
relaciones extragrupales (q ue tienen que b eneficiar al grupo sin amenazar su
identidad). Se intenta gen erar, tamb i én, un a ju stificación ét ica d e las d inámicas
relacionales endo/exogrupales. Los grupo s culturales, de los qu e las min orías étnicas
que se van generando en los p aíses de acogida, son una expresión, se van
construyendo en b ase a relatos épico, genealogías, metáforas y límit es, que se insertan
en el grupo cultural mayoritario y h egemón ico, mu chas veces ilusorio, que intenta
potenciar y sostener la idea d e patria del estado -n ación. Se dibujan los límites
(fronteras, murallas o puertas, símbo los de unas normas de inclusión/ex clusión) que
no se pueden desb ordar, traspasar, transgredir, bajo el riesgo de qued ar excluído y/o
subrir una sanción punitiva. Son las dinámicas en do y e xogrupales. Estas gen ealogías,
relatos ép icos y metáforas, provocan un componente em ocional que es de vital
importancia a la hora de entender las relaciones mu lticulturales. La importancia de la
genealogía, el compartir los mismos ascendientes, el sup uesto de la solidaridad interna
(los herman os), la pervivencia del grupo antes el peligro que representa la colon iz ación
del relato de los Otros ; serán los ele mentos que manipu lados convenientemente se
podrán convertir en el c aldo de cultivo del racis mo o la xe nofobia. La conciencia de
grupo, la emocionalidad q ue surge de la conciencia colectiva de la identidad cult ural
tiene un componente afectivo, un sentimiento de pertenencia que conecta con los
motivos sociales básicos de los seres humanos. Si n o existe, a l a vez, un a conciencia d e
la complejid ad y la d inamicidad de las din ámicas identit arias a nivel intento y externo,
de la imp ortancia de preservar el derecho a la d isidencia, la identidad se con vierte
como dice Maalouf (2006 ), e n asesina, y nosot ros en víctimas f ác iles para la
manipulación intere sa da, e l dogma tismo y la irracionalid ad, así como c olaboradores
(conscientes o inconscientes) en dinámicas de exc lusión y segregación.
La gestión de la multicul turalidad.
Las relaciones que se generan entre los grupos cult urales pued en ser de naturaleza
muy diferentes. Algunas de ellas están relacionadas d irectamente con la gesti ón q ue
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podemos h acer de la mu lticulturalidad. La med iación intercult ural se deberá
cuestionar estas posible s re laciones a la hora de pla ntearse el h orizo nte al qu e q uiere
aspirar con la gestión que haga de las relaciones en conflicto, por eso considero
importante hacer una revisión de estas conceptu alizaciones.
El racismo y la xenofobia son relaciones de dominio manifiesto con tres variant es:
explotación, marginación o segregación y extermin io. Se apoyan en un conju nto de
creencias y actos antisoc iales f undados en la ilusión/ideología de que las relacion es
discriminatorias entre los gru pos h umanos están justificadas por razones d e orden,
ge neralmente, biológico. Hay mu chos t ipos de racismo
55
, no me voy a detener aquí en
profundizar en el tema, sólo decir que desd e el ra cialismo más básico y clásico hasta el
racismo in directo o las n uevas v ersio nes de ra cismo en cubierto q ue vivimos en la
actualidad, se ha ava nzado desde la id ea de r az a hasta la de cultura: un raci smo
cultural esencialista.
El asimilacionismo s e b asa en generar relaciones a través d e las cuales una cultura
absorbe otra (sobre todo a part i r de las esferas p úblicas). El objetivo es la u nidad
etnonacional y la homogeneización cultural f rente al peligro d e descomposición y de
pérdida de identidad que sup one el contacto con lo diferente; para ello se apo ya en
argumentos paternalistas basado en la p rotecci ón, etnocentristas como legit imación
de lo propio como lo universal y verdadero; o de cohesión social como d efensa del
caos. Hay d istintas versiones, desde un asimilacionismo débil (un asimilacionismo
parcial de prácticas y aspectos concretos) , hasta un asimilacionism o fuerte (un
asimilacionismo total e impositivo que p ersigue aniquilar la cultural del Otr o). También
hay un asimilacionismo impu esto y un asimilacionismo asu mido, n o me atrevo a deci r
si libremente, ya que el est ado- nación en sus múltiples representaciones, p uede forzar
e indu cir de modos muy sutiles. En cualquier caso, se tendría que garant iz ar un
reconocimiento d e todas las id entidades culturales para poder asegurar que los
procesos de toma de decisiones responden a opciones ele gidas en libertad y no desde
la coacción, el miedo o la violencia simbólica.
55
WIEVIORKA , M. (1992); GARCÍA MARTÍNEZ, A. y SÁEZ CARRERAS, J. (1998).
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133
La integración es un concepto muy p róxi mo al de asimilación , aunque se propone
como algo dist into resaltando que en la integración d ebe darse una bidireccionalidad
desde la autonomía de las personas en contacto , intentando aproximar el término al
interculturalismo. Desde mi posicionamiento es u n concepto discutido y discutible, ya
que surge la pregunta inevitable d e quién se tiene que integrar y dónde, así como la
dificultad de asegu rar esa bid irecc ionalidad, en caso de que sea ést a po sible d esd e
planteamientos integracionistas.
El concepto de inclusión se usa para reclamar de t odos (los residentes en un Estado,
pertenecientes a una ins titución, integrantes de u n grupo, etc.) dis fruten de t odos los
derechos plenamente. Es un con cepto complementario a la in tegración y al
multiculturalismo.
El mu lticulturalismo p arte del h echo d e q ue hay grupos cu lturales minorit arios en
contacto con otro mayoritarios (hegemónicos). Las min orías reclaman visi bilidad social
y una determinada presencia pública y se plantea el derecho a la d iferen cia cultural y
las con siguientes políticas de la diferencia o del recon ocimiento. El multiculturalismo
en sentido estricto es cuando la est rategia de la “política d e la diferencia” es la de la
separación (relativa) d e los grupo s, es la conocida metáfora d el mosaico donde cada
grupo tiene su parcela pero no se produce interrelac ión. Si las etnoidentidades debe n
mantenerse en la esfera privada, el multiculturalismo nos p lantea el debate de los
derechos colectivos. Desde posicionamientos neorracistas, el multiculturalismo puede
favorecer la exclusión, ya que la mera coexistencia en el respeto n o potencia la
construcción de identidades complej as. Los gru pos cult uralmente marcados de modo
particular (étnicos, religiosos,...) d eben considerarse a sí mismos como grupos d entro
de la esfera privada.
El in terculturalismo , sin emb argo, propone relaciones significativas de intercambio,
interinfluencias d iversas entre colectivos culturales q ue, manteniendo sus identidades
propias, las hacen evol ucionar positivamente, est imuladas p recisamente p or la mutua
relación. El id eal son relaciones explícitas entre gru pos cult urales, qu e motiven
interacciones en liberta d y en igu aldad de condiciones, desde la convicción d e que
estas relaciones favorecen el mutuo en riquecimiento y el crecimiento de amb as
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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134
culturas/grupos cultural es. El interculturalismo d a un paso más dentro d el proceso de
multiculturalidad: establecidas un as condiciones n ormativas y polít icas que garantice n
la igu aldad y el respeto (que es lo q ue pretende garantiz ar el multiculturalismo), el
siguiente p as o es p rom over la intera cción y la interrelación entre las personas. Más
allá del respeto, es la constat ación de que en otras culturas existen valores e
interpretaciones con las que es positivo entrar en contac to.
El mestizaje cultural pr opone que los grupos cul turales se interrelacio nen para q ue se
vayan f usionando ent re sí, d e t al modo q ue creen una n ueva cultura que realice la
síntesis de lo mejor d e cada una. La idea es fomentar relaciones culturales intensas
encaminadas a disolver las diferencias grupale s desde el h orizonte de una cultura
común sintetizadora. No se refiere a mest izajes “a la fu erza”; t ampoc o , asp ira a un
mestizaje universal y permanente; más b ien se hace extensible a los préstamos entre
culturas que sigu e deseando mant ener su identidad, algo qu e también está presente
en el interculturalismo. Es quizá la misma p alab ra “mest izaje” la que tiene un efecto
liberador, más el contenido, que puede equi pararse al interculturalismo.
El transcultura lismo t iene como objetivo pote nciar identidades personales ricas que no
pueden ser estructuradas únicamente dentro de los límites de una cultura. Plantea una
forma de vida por la cual la id enti dad p ersonal pasa necesariamente por el cru ce y el
mestizaje cultural, ap oyada en una polític a d e mestizaje y de sincretismo amplio, al
favorecer relaciones transversales interactuantes y mutu amente transformadoras,
constituyendo una especie de red en q ue las dif erencias se interpretan c on vistas a la
formación de sí ntesis inéditas. La idea es con figurar una gestión de la mu lt iculturalidad
que permita la construcción de identidades complejas o metaculturales, siemp re
abiertas y en reconstrucción a través de la con frontación dialógica con los Otro s que
conforman el género humano, d e manera qu e sea r elativizada permanentemente toda
identidad colectiva.
La aculturación , en definitiva, es un fe nómeno que se p roduce c uando grupos d e
individuos que pertenecen a distintas culturas p articipan en contactos directos, con los
consiguientes cambios en las paut as culturales originales de ambos grupos. Conlleva
contactos, influencias rec íprocas, aunque sean de u n alcance mu y dist int o en cada u no
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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135
de los grupos e individuos, y cambios en ambos grupos y en sus miembros. (Ariño,
2009: 123). T iene do s dimensiones: el grado en que los individuos p articipan en la vida
cultural de la nueva sociedad (participación) y, el grado en qu e mantienen su identida d
cultural o riginal (fidelidad): “ al c onjug ar estas dos dimensiones (orientación hacia el
prop io grupo y preferen cia por la c ontinu idad cultural, de un lado, y orientación al
contacto con ot ros grupos y participación en sus pautas culturales, de otro), se
obtienen cuatro est rategias para l as relaciones interculturales: integración,
asimilación, sepa ración y marginalización. (Ariño, 2009 : 1 23).
Los flujo s migratorios, que produ cen esta situación de p luralismo constitutivo, es decir,
de multiculturalidad. Este hecho provoca cambios en las preferen cias, las act itudes y
las creencias que guían los con tactos entre los grup os dife renciados: “ El plura lismo
etnocultural constit utivo tiene que ver c on la situación en que se encuentran las
sociedades contemporáneas, en las que una parte significativa de la población
residente es de origen inmigrante y está dispue sta a mantener sus modo s de vida y
valores en los c ontextos de inmigración, rechazan do de manera radical c ualquier forma
de asimilación. ” (Ariño, 2009: 117)
Este autor plantea cuatro modelos teóricos de ac ulturación (2009: 134):
MODELOS TEÓRICOS DE ACULTURACIÓN
MODELOS
AFIRMACIONES
COGNITIVA
PROSPECTIVA
POLÍTICA
ASIMILACIONISTA
Existe la
diversidad…
…pero unas formas son
más valiosas que otras.
El modelo ideal es el
liberal.
Política de
asimilación
individual.
MULTICULTURAL
Hay diferencias
sustantivas…
…pero pueden ser
reconocidas y
armonizadas.
Política de
reconocimiento de
los grupos.
SEGREGADOR
Hay diferencias
sustantivas…
…y no son
armonizables. El
choque es inevitable.
Política de
separación de los
grupos.
PRAGMÁTICO
Hay diversidad y
los conflictos son
inevitables…
…pero también puede
hablar convivencia y
comunicación.
Política de
mediación
intercultural
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Como decía, la posición asimilacionista sostiene que el pluralismo cultural debe
subordinarse a la aceptación de los valores propios del c onsenso libe ral en torno a los
derechos individu ales (2009: 134); la concepción multicultural defiende la viab ili dad
del reconocimiento de los derechos de las diversas identidades colectivas, cad a una de
las cuales vive inmersa en su nicho (“juntos, pero no revu eltos” ) (2009: 135); la
segregación generalizada, parte de que el choque es i n evitable p orque unas culturas y
otras son incompa tibles entre sí. La solución es el aislamiento cultural y el p acto de no
agresión ( apartheid cultu ral). La postura pragmática, defendida p or autores como
Baumann (2001) plantea que las culturas siempre h an estado en contacto y los
conflictos no han conducido necesariamente y de manera regular a cho ques
excluyentes. En est e línea d e pensamiento se sit uaría la m ed iación intercu ltural al
plantear que las dificultades d e comunicación se pueden ab ordar generando mejores
dinámicas comunicacio nales, centrándose en situaciones reales, en la praxis
multicultural de la vida diaria
56
, poniendo en evidencia la existencia de «un a red
elástica entrecruzada de identificaciones circunstanciales» y de identidades mutab les
(Baumann, 2001: 151), o identificaciones en térmi nos de Maalouf (2006).
La síntesis de Giménez (2012: 55) es:
Hacia una tipología de M odelos Sociopolíticos a nte la Diversidad Cultural
EXCLUSIÓN
Racismo
Xenofobia
Antisemitism o
Apartheid
Holocausto
Etc.
Discriminación del
otro
Legal
Leyes
discriminat orias
Social
Prácticas
discriminat orias
Segregación d el Otro
Espacial
Guetos resid enciales
Institucional
Guetización esc o lar
Guetización san itaria
Eliminación del Ot r o
Cultural
Etnocidio
Fundamentalis m o
cultural
Física
Genocidio
Limpieza étnica
Aparente
Homogeneizaci ón
Asimilación
Angliciz ación
Arabización
Latinización
56
Lo que p ropone Baumann es transformar el “choqu e de civilizaciones” en u n “encuentro de vecinos”.
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INCLUSIÓN
Fusión cultural
Melting Pot
Real
Aceptación de la
diversidad cultural
como positiva
Pluralismo cultural
Multiculturalis m o
Interculturalis mo
En definitiva, la cultura n os hu maniza al of recer n os un sistema d e significaciones que
nos aporta una visión d e la realidad con la que nos orientarnos en el mundo;
aportándonos criterios y h orizontes para nuest ra toma de d ecisiones al señalarlo s
valores y fin es (marco de referencia ético -moral); y o torgándonos un referente
identitario al integrarnos en un todo colectivo (nuestro grupo cul tural). Pero tenemos
que ser conscientes de la limitación que nos impone: nuestros referentes van a ser los
de n uestra cultura en particular. Hay, por tanto, d os modos de vivir la cultura: desde
una po sició n esencialista, monocultural, rígid a; o desde una dime nsión procesual y
dinámica, tal y como sostien e el modelo intercultural. Al margen de nuestra
pertenencia cultural y de nuestra inmersión en un determin ado grupo cultural, es muy
importante el modo con creto en q ue vivimos esta in mersión, la cual pu ede ir desde l a
estricta y dura sumisión, hasta un a inserción crítica y creativa. Lo que se pro pone
desde el model o interc ultural es vivir ide ntificaciones (Maalouf, 2006), no identidades,
ya que lo que tiene que primar es nuestra acogida voluntaria, nuestra e lecc ión, nuestra
asunción crí tico-creativa. No se trata d e mantener un a ú nica lealtad hacia u na única
cultura, tal y como d ice Maalouf, si algo nos ha enseñado el siglo XX es qu e ninguna
doctrina, po r sí misma, es necesariamente liberadora, ya q ue todas pu eden caer en
desviaciones (2006: 59 ); se trata d e hacernos conscientes de nuest ra complejidad y de
nuestra capacidad de a la hora de transformar las relaciones en las que n os
insertamos: “ no c ambian los textos, lo que cambia es nuestra mirada. P ero los t ex tos
no actúan sobre las realidades del mu ndo más que a través de n uestra mirada , qu e en
cada época se fija en determina das frases y para por otras sin verlas. ” (2006: 57).
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144
instrumento crítico, como herramienta para desmo ntar los falsos y ten denciosos
discursos q ue po sibilit an la discriminación étnica. Se trat a de t rabajar para ir
generando un nuevo modelo de convivencia basado en la igualdad y el respeto, pero
también implicado socialmente en combatir los factores que inciden en la desigualdad
y la intolerancia.
La edu cación intercultural n o es ob jeto d e estudio en est e documento sino la
mediación en contextos de multiculturalidad, por ello nos vamos a adent rarnos en la
temática. Son numerosas las pu blicaciones en el cont exto español que se h an ido
produciendo desde los primeros años d e la década d e los noventa hasta la actualidad,
desde artículos hasta t esis doctorales. Se ha ido c onfigurando un mo delo de ed ucación
intercultural en torno a p ropuestas d e un currícu lum intercultural, enfoques, modelos,
guías de buenas práct i cas y evaluacion es e programas d e intervención. El camp o
educativo, por su naturaleza de microcosmo s social, ha sido en este caso, vanguardia
de que poco a poco ha ido incorp orándose de f orma t ransversal a otros ámb itos y
campos de estudio e interven ción como la salud, el trabajo social o la intervención
psicológica
58
. La p erspectiva de la t ransversali dad intercultural se traduce en las
competencias interculturales que implican e ntender el m u ndo desd e diversas lecturas
culturales, reflexionar crí ticamente sobre la propia cultu ra y la de los d emás y generar
una act i tud y vivencia positiva, comp rometida, en riquecedora de las relaciones entre
culturas o desarrollar la capacidad de manejar conflictos en sit uaciones intercu lturales
(Buendía, 2004; Escarbajal, 20 15; Leiva, 2015a, 2015b). La mediación intercultural, que
veremos en el capítulo siguiente, tiene mucho q ue aportar en este terreno : el d el
desarrollo de competencias para la com unicación y el diálogo intercultural.
58
Antolínez, 2011 ; Aguado, 199 7; Andalucía Acoge, 2002; B esalú, 2011, 2007, 2006, 2004, 2 002a, 2002b ,
2000, 1 998; Cab ezas, 20 11; Carb onell, 2007, 2002; Cárd enas, 2010; Carrasco, 2014; Díez, 2014, 201 2;
Escarbajal, 2015, 2014, 2013, 2011; García, 200 5; Garc ía, Sáez y Escarbaj al, 1 999; Garc ía Y Sáez, 19 98;
Garro y Carrica, 2013; Goenechea y García, 2 012; Laco mba, 2006; Leiva, 2015A, 20 15B, 2014 A, 2014B,
2013, 2 012, 2 011A, 2011B, 2010A, 2010B; Lluch, 2007; Ló pez, 2013 ; Lozan o, Alcaraz Y Colás, 2013;
Mancilla, 2014 ; Márquez y García-Cano, 2012 ; Merino, 2013; Muñ oz, 1998; Rivas, Leit e Y Cortés, 2010;
Santos, Ce rnadas Y Lorenzo, 2014 ; Shu ali, 2012; Soria no, 2012; Soriano Y Peñalva, 2011; Soriano Y
González, 2010 ; SORIANO, 2007; Vall e y Baelo, 2013; Valle, 2012; V V.AA, 20 12; Vila, 2013 ; etc.
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La tran sversalidad intercultural en su aplicación al género me p arec e importante en
este contexto , ya q ue una de las historias d e vida que p resento es la de una mujer
inmigrante. La cuestión es cómo se entiende y se an aliza la variable género en los
procesos de multiculturalidad. Los d istintos enfoques multiculturalistas han ten i do un
impacto en la teoría feminista (Amorós, 2009, 2008, 2007, 2006a, 2006b, 2005, 2004;
Cobo, 2006; Guerra, 2014a, 2014b, 2013, 2012, 2002, 2000; Posada, 2010, 2006;
Villaba y Álvarez, 2011). Algunos t emas, p or ejem plo, en cuanto al suje to de la
reivindicación “la mujer”, crisis de representaci ón. La mujer o las mujere s, qué mujer,
la b lanca occidental, caer en el esen cialism o. Est o no s lleva a una segunda y a u na
tercera c uestión: la cuestión de la diferencia en el caso de las mujeres y las relaciones
de poder.
En la teoría feminista se h abla, básicamente, de dos tipos de feminismos: el feminismo
de la igualdad y el de la dif erencia. La idea de “difere ncia” y la crítica posmoderna ha n
conducido al pensamiento f eminist a h acia un cuestionamiento del concepto de
“mujeres” como grupo homogéneo. Los feminismos de la diferencia tienen,
básicamente, dos vert ientes: los feminismos de la ética del cuidado y del p ensamiento
maternal (con el riesgo de caer en el esen cialis mo), y los feminismos postmodernos.
Para las corrientes feministas postmodernas, el género no es una categoría aislada, no
adopta las mismas características en todos los contextos socio -culturale s y geográficos,
no es lo mismo “ser mujer” en Dinamarca que en Mal í. El género se con struye, se
define y se modifica en función d e otros elementos (et nia, religión, clase social, origen
nacional, e tc.). Hay en estas c orrientes u na revisión de la conceptualización “mujeres”
que lleva a un feminismo “dialó gico” en donde no existe un sujeto estratégico
“predefinido”, sino q ue el sujet o del f eminism o se def ine en la in teracción y en la
acción comunicativa en un sentido h abermasiano: todas las muj eres tienen capacida d
para transformar sus vidas cotidianas y las desiguald ades p resentes en sus socied ad.
No somos, como occide ntales, salvadora s de mu jeres de las que desconocemos sus
textos civilizatorios
59
y al que, p aradójicamente, acabamos p or negar la agencia
59
“ Las actitudes occiden tales son más peligrosas y t aimadas que las musulmanas, porque el arma
utilizada contr a las m ujeres es el tiempo . El Occidental congela con focos e im ágenes p ublicitarias la
belleza femenina en forma de niñas idealizadas y o bliga a la muje r a p ercibir la edad, es de cir , el paso
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condenándolas a la dependencia. El femin ismo dialógico recoge las ap ortaciones de los
dos feminismos: igualdad (ética comunic ativa, delibera ción, consenso,…) y diferencia
(reconocimiento de la agencia desde el respeto a las di ferencias entre las mu jeres). Se
trataría de un universalismos (el femin ista) más interactivo, donde las vindicaciones de
la igualdad se replantean desde el debate universalismo/diferencias ,
feminismo/particularidades culturales. La tarea es desarrollar un a teoría crítica del
reconocimiento qu e d efi endan las versiones d e la polít ica cultural de la diferencia q ue
sean compatibles con las po líticas sociales de la igualdad; de la un iversalid ad
sustitutoria a la universalidad interactiva en la que pu ede hacerse efectivo el d iálogo
intercultural desde la interpelación (auto)crítica donde se conjuguen coherentemente
dos necesidades: la d e ten er u n referente u niversal (iguald ad ) para una id entidad
construida como lo es la identidad d e género; y la necesidad de un horizonte
regulativo donde puedan in teraccionar las pluralidades y las diferencias.
Cuando se sitúan las cuestiones de género en el centro d e los debates sobre
multiculturalismo hay que tener tres precauciones mu y importantes, desde mi p unto
de vista: no caer en el etnocentrismo, no ca er en el re lativismo cultural y en el
prejuicio culturalista, y, p or último, no h omog en eizar: las culturas son dinámicas y
plurales en su propio sen o, estando siempre presentes las divergencias y las
disidencias
60
.
Antes de finalizar, hay un aspecto en el qu e quiero in cidir y que me parece esencial en
la interculturalidad en su vert iente ética, de comp romiso y de implicaci ón. Si algo he
aprendido gracias a las relaciones en las que me he visto implicada en contextos de
interculturalidad signific ativa es, sob re to do, la necesidad de mirarme: el compromiso
intercultural tiene que ver en primer lugar con u no mismo.
La presencia del Otr o absolutamente aje no ante mí es un cues tionamiento radical a lo
que yo soy, o creo que soy. Como d ice Lévinas: “ el ser es exte rioridad: el ejercicio
natural de los años, como una d evaluación vergonzant e. Es te chador occidental, cort ado segú n el patrón
del tie mpo , resultaba má s disparatado qu e el f ab ricado con el espa cio , el qu e im ponen los ayatolás. ”
(Mernissi, 2006: 24 5)
60
Un ejemplo claro de esto que dig o son las a mplias t r ad iciones fe minist as en países á r ab es: Egipto,
T únez o Marruecos.
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mismo de su ser consiste en la exterioridad, y ningún pe nsamiento po drá obedecer
mejor al ser que dejándose d ominar p or es ta exterioridad. La exterioridad es
verdadera , n o en una v isión lateral que la percibe en su oposición a la in t eriorida d, es
verdadera en el cara a c ara que no es enteramente visión, sino que va más lejos que la
visión.” (2002: 294).
La f ilosofía ética d e Lévinas tiene mucho que ver con la interculturalidad. Lo p rimero,
quizás, por ser una ética y no una ontologí a. Y, además, por ser no ser una ética de la
tolerancia sino del compromiso y la implicación, d e la ho s pitalidad y la compasión
61
.
Lévinas p lantea una filosofía de la diferencia que otorga al Otro un estatus no de
carencia sino de exce pcionalidad, no es u n Otro diferente a mí, sino que el Otro me
muestra un ser de otro mod o q ue ser. Todo intento de describir, clasificar o
sistematizar al Otro es una violencia, un tot alitarismo, ya que el conocimiento se
apodera de su objeto, lo cosifica. Est e planteamiento d e la alteridad me sitúa en u na
manera de entender la interculturalidad donde lo que se cuestiona n o al otro
diferente, sin o donde me cuestion o yo misma. Desd e est a perspectiva, la
interculturalidad me exige salir del centro (descentración), u n ejercicio im p rescindible
de escapar del etnocentrismo donde estoy i nstalada y desde el cual miro el m undo:
“ La relación con el Otro me pone en cues tión, me vacía de mí mismo y no me deja
vaciarme, descubriéndome en tal modo con recurso s siempre nuevos. No me sabía tan
rico , pero no tengo más el derecho de cons ervar nada . ” (Lévinas, 2001: 58). La
descentr ación que la co mpete ncia int er cultur al reclama tiene que v er c on la re ducción
f enomenológic a qu e no es sino “p oner entr e par éntesis” , suspender t odo juicio mor al.
Como soste nía Husserl, sería ac abar con esa “actitud na tur al” que es nuestr a cr eencia
en la r ealidad del mundo, en su ve rda d. P or eso en la in tercultur alidad nos
preg unt amos: ¿es real mi mund o? o ¿es mi mundo el únic o que es re al? V aciarn os,
quedarnos con lo ob v io y tomar conciencia de nuestr a inter pre t ac ión, de la
61
“(…)ningún rostro p odría ser ab ordado con las manos vac í as y la casa c errada: el recog imiento e n un a
casa abierta al Otro -la h ospita lidad- es el hecho concreto e inicial del rec ogimiento hu mano y de la
separación, co incide con el De seo del Otro absoluta mente trascenden te.” (Lévinas, 2002: 190). (el
“rostro” de Lévina s es la idea del Otro en mí).
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inter pre tación que hacemos del mundo.
En el en cuentro intercultural se p roduce un milagro, el d iálogo entre d os seres
humanos que han decidido verse y aspirar a la comprensión, p ero que desde el p rim er
instante de ese encuentro renuncian in cluso al requ erimiento de la compren si ón
porque en caso de que ésta n o pudiera producirse, siemp re quedaría preservada la
presencia y el absoluto respeto al Otr o di ferente. D e alg u na f orma, nunca alcanzamos
al cono cer al Otro , sólo n os aproximamos a él en un des eo infinito. La ed ucación, la
mediación, la p sicotera pia, todas pueden ser caracterizadas “ como una relación de
alteridad, como una relación con el otro, -el rostro -, la palabra que viene de fuera, que
habla en imp erativo y que me demanda una responsabilidad má s allá de todo pacto y
de todo contrato. (…) como una acción hosp italaria, como la a cogida a un recién
llegado, de un extranjero .” (Bárcena y Mélich, 2000: 126). La experiencia de la
interculturalidad es, así, una experiencia ética que implica q ue “ la experiencia del otro
es la rotura del silencio de mi mundo centrado en el ‘yo’ .” (Bárcena y Mélich, 2000:
138). Y es una experiencia transformativa porque t ras ella no se vuelve al punto de
partida, es un movimiento de lo Mismo que va h acia lo Otro son regresar jamás a lo
mismo, que diría Lévinas (2001:54).
Además, la relación que p lantea Lévinas no es una relación f usional sino asimétrica y
tal vez, justamente por ello, es una relación ét ica. La int ercultural idad busca el espacio
en común don de poder entendernos, dialo ga r; pero, y si n o en co ntramos ese espacio,
desde qué lugar nos si tuamos ante el O tro. Si planteamos esta cuestión en el campo de
la psicoterapia, qué ocurre cuando el paciente sufre, por ejemplo , un t raum a
devastador e irreversible. El psicotera peuta ent onces sólo puede estar pre sente,
acompañar, sentir con él y ju nto a él; y éste estar presente otorga al Otro una
dignidad, un a h umanidad que la relación terapéutica restablece. El Otro extranjero,
ajeno, in compre nsible, lejano, in clasi ficable, se sit úa ante mí y me demanda la acogida,
la h ospitali dad, por encima y más allá de cu alquier grado de comprensión o de la
posibilidad de compartir algún sentido. Y es este requerimiento ético el q ue la
interculturalidad plantea y el que le otorga esa posib ilidad de transformación a las
personas que verdaderamente se implican en la experiencia al entender que: “e l otro
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no nos viene solamente a p artir del contexto sino, sin mediación, él significa por sí
mismo. ” (Lévinas, 2001: 59 ) porque “l a verdad del ser no es la imagen del ser, la idea
de su naturaleza, sino el ser situado en un campo subjetivo que deforma l a visión, pero
que permite precisamente así la exterioridad de nombrarse, enteramente mandato y
autoridad: total superioridad. Est a curvatura del es pacio intersubjetivo desvía la
distancia en elevación, no falsea el ser, sino que hace posible su verd ad.” ( Lévinas,
2002: 295).
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CAPÍTULO 4.
MEDIACIÓN INTERCULTUR AL.
4.1. MEDIACIÓN INTERCULTURAL.
4.2. DOS ENFOQUES SISTÉMICOS PARA LA MEDIACIÓN INTERCUL TURAL.
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INTRODUCCIÓN.
“La tradu cción puede hacer confluir lo ajeno y lo pro pio en una
nue va figura, estab leciendo el pun to de verdad del otro frent e a
uno mismo. ”
GADA MER
La mult iculturalida d es una expresión de la condi ción humana. La diversidad nos rodea
continuamente, sólo tenemos que abrir los ojos y qu erer verla. Cuando hab lo de
diversidad, no sólo hago ref erencia a las dif erenc ias cultu rales, sino a d iferenci as que
tienen que ver con la clase social, con la edad, con la profesión, con el género o con el
origen familiar, sólo por citar algunas. Los seres humanos somos constitutiva y
potencialmente mu lticu lturales; y la diversidad cultural responde a esta realid ad
innegable. Mujeres y hombres no somos seres naturales en el sentido d e tener una
naturaleza humana o u na esencia constantes, in mutables y, en c onsecuencia,
independientes del tiempo y lu gar en el q ue nacemos y n os d esarrollamos; sino q ue
somos, sobre todo, seres culturales. Es decir, llegamos a ser seres humanos sólo p or
esquemas culturales en virt ud de los cu ales ordenamos y dirigimos nuestras vidas.
Todas las p ersonas estamos insert as en mu ndos de vida (paisajes, climas, costumb res,
normas, etc.) que n os van proporcionando l os elementos a partir de los cuales se van
construyendo nuestras id entificaciones o identidad(es). Pero si t odas las personas
somos diferentes, también todas t enemos cosas en común. La interculturalidad es un
modelo que sostiene la n ecesidad de u n nuevo mar co d e relaciones más igualit arias,
democráticas y justas p ara todos los seres huma nos. Su objetivo es la capacitación de
las p ersonas (competencia in tercultural) y la promoción d e unas relaciones
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interculturales de co nvivencia pacífica, de solu ción negociada de l o s conf lictos, d e
respeto y de superación d e las d iferencias existentes entre los grupos humanos. Es un
modelo político, educativo y social con u na f uerte carga de compro miso ético y d e
defensa de los dere c hos humanos que pre tende o frecer alternativas y dar respu estas
positivas a los problemas planteados p or la complejid ad de las relaciones
multiculturales.
Básicamente, la intercult uralidad se mueve entre d os polos: el f omento de la iguald ad
y el re specto a las diferencias. Amb os aspect os son necesarios y comp lementarios. No
podemos defender las diferencias sin asegurar u nas condiciones de igualdad (de
oportunidades, de t rata miento, d e reconocimiento o de participación) para todas las
personas, más allá d e cualquier tipo de di ferencia (clase social, sexo, orig en nacional o
comunidad cultural).
El interculturalismo como modelo de gest ión de la diversidad , se plantea la necesidad
de atender las necesidades culturales, tanto privadas como públicas, afectivas y
cognitivas de los grupos y de los individuos de todos los colectivos presentes en una
sociedad, a la vez que p romover la paridad de logros educacionales entre grupos y
entre individuos, el resp eto y la tolerancia mutuos, lo cual demanda, en su con creción
social, la paridad de derechos y o portunidades educativas y vitales para todos los
miembros de una sociedad. La idea central de la interculturalidad es que todos los
seres hu manos somos multiculturales y t odas las culturas son d inámicas e intera ctúa n
en un proceso de influenc ia mutua. Est a interacción es la que nos h ace avanzar; es la
que hace que las socied ades y las personas crez can y mejoren su visió n de la reali dad
al enriquecerla y comp lejizarla. Desde este punto de vis ta, la interculturalidad n os
enseña a ser conscientes de la propia condición cu ltural, evitando el riesgo d el
etnocentrismo (creer que la propia cultura es la única válida p ara interpretar el
mundo) y la jerarq uización cultural (p ensar que hay cultura mejores o más válidas qu e
otras). En d efinitiva, la inter culturalidad p romueve el resp eto por todas las culturas
coexistentes acep tando los modos de pensar y las f ormas de vida altern ativas,
evitando y rechazando cualquier modalidad asim ilacionista u homogeneiz adora
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La interculturalidad nos habla de una nu eva conciencia mental y afectiva que perm ite a
la p ersona nego ciar nuevas formas de realidad. El estilo intercultural de pen samiento
es tolerante con las diferen cias culturales, las ambigüedades del conocimiento y las
variaciones en la perspectiva humana: ser intercultural es ser consciente y capaz de
incorporar y sintetizar diferent es sistemas de conocimiento cu ltural en uno mismo.
Este planteamiento de partida implica un compromiso intelectual y afectivo con la
unidad fundamental del ser hu mano. Reconocer, legit imar, aceptar y apreciar, las
diferencias entre personas de difere ntes culturas.
El compromiso de la mediación con la intercu l turalidad d ebe ser claro y contundente si
es que queremos evit ar que el mediador acabe p ropiciando, una vez más, una
hegemónica injusticia cultural. Esto nos hace reflexionar sobre el proceso de violencia
que p uede pro piciarse ante negación de d etermi nados aspec tos culturales y f omentar
así un terreno a prio ri desigual en el cual la mediación tiene que intervenir y en el que
pue de verse inmersa si no se postu la, desde el inicio, como u na tarea crítica. La
influencia del imperialismo y el colon ialismo en la genera ción d e d icoto mías d el t ipo
desarrollado/subdesarrollado, moderno/trad icio nal o civilizad o/salvaje, configuran un
territorio adverso en el posible d iálogo entre culturas , (Tomé, 2013: 313; Said , 20 02).
Edward Said en sus obras Cultura e Imperialismo y Orientalismo , mu estra con total
rotundidad cómo la cu l tura europea ha sid o capaz d e manipu lar e incluso dirigir
Oriente desde un punto de vista político, sociológico, militar, ideológico, científico e
imaginario (2002:22), y que para llevar a cabo tal empresa, los mecanismos utilizados
no han sido ún icamente milit ares o coercitivos, sino que para lograr que la empresa
tuviera realmente un car ácter perdurable ha si do necesario ll evar a cabo una creació n
que tuviera visos de realidad, que suplantara a la realidad y fuera capaz de erigirse
como la realid ad misma. Esta empresa h a sido básicamente una em presa cultu ral que
ha tenido como meta la plasmación d e una h egemonía asfixiante y determinista. Esto
ha sido posible por el hecho de que la cu l tura “ funciona en el marco de la sociedad
civil, donde la influencia de las ideas, las instituciones y las personas se ejerce, no a
través de la dominación, sino a t ravés de lo que Gramsci llama consenso” (Said, 2002:
26). La med iación intercultural pued e favor ecer la ru ptura de esa hegemonía, de ese
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Las zonas sensibles son muy d eterminantes en las relaciones multiculturales: el choque
cultural me indica lo q ue n o comprendo d el Otro y es el esp ejo dond e descub rir mis
propias zonas sensibles. Me planteo que “ la idea de que el conflicto parte de unas
condiciones dadas, de que surg e por un desencadenante que afecta a sus fuentes, debe
ser c omplementad a con la idea de la función que cumple el conflicto. Las cosas exist en
porque desempeñan una función; aquello que no cumple una función, o que no lo hace
de forma eficiente , desap arece. Éste es el mensa je que nos tran smite la evolución. (…)
los conflictos pueden desempeñar muchas funciones: promover el cambio, exteriorizar
emociones, poner a l as partes en relación, etc .” (Redorta, 2007: 89). Entonces, ¿qué
función cumples l o s choques o conflictos cultura les? Supongo qu e pued en ser muchas
las respuestas a esta pregunta. En este momento yo voy a plant ea dos. En primer
lugar, como d ice Redorta, pueden cumplir la func ión d e p oner en relación. El conflict o
relaciona a las p artes. Y esto no tiene p or qué ser percib ido como algo negat ivo. El
conflicto es consu stanc ial a la vida, desde la genética h asta las relaciones
interpersonales o grupales. Gracias a los conflic tos crecemos, n os transformamos,
evolucionamos. Y de aquí proviene la segunda respuesta, el con flicto cumple la fun ció n
de hacernos progresar y desarrollarnos. De alguna forma, sin conflicto no h ay
interculturalidad p osible porque no hay interacción. Si la interculturalida d parte de la
relación como premisa impre scindible f re n te a las limitaciones de u na
multiculturalidad que a menudo se queda en lo políticamente correcta o que prefiere
ser ciega a las limitaciones d e la met áfora del mosaico, t iene que contar con la
conflictividad como u n e spacio de crecimien to y de conocimi ento a part ir del cual sea
posible generar la convivencia.
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5.2. UN ENFOQUE COM UNICACIONAL DE LA MEDIACI ÓN.
Hay que reconoc er que toda e xperiencia lingüís t ica es un saber
del mundo y no del lenguaje. ¿No es un encuentro con la realidad
lo que articulamos en la comun icación lingüís tica? (…) El hecho
de qu e nos movamos en un mundo ling üístic o y nos insertemos
en nuestro mund o a tr avés de la e xperiencia ling üístic amen te
preform ada no nos priva en absoluto de la posibilida d de crítica.
Al con trario , se nos abre la posibilidad de superar nues tras
con venciones y todas nuestras experien cias pre - esquematiz adas
al cap tar un nuevo ex amen crítico y unas nue vas ex periencias en
diálogo co n otros, con los disidentes.
Gadamer
La p ragmática de la comu nicación humana de Palo Alto centra en la relación
comunicativa cualquier con flicto ya que “ no es necesario recurrir a ning una hi pótesis
intrapsíquica imp osible de verific ar en ú ltima instancia, y de qu e es posible limitarse a
las relaciones observabl es entre entradas y salidas, es to es, a la comu nicación.”, a
partir de “ considerar l os síntomas como u na de las múltiples f ormas de ent rada al
sistema familiar y no como una exp resión de conflictos intrapsíquicos.” (Watzlawick,
Bavelas y Jackson, 2002:44-45 ) Podemos considerar los conflictos culturales com o
formas de entrada al sis tema de destino o p aís de recepción, sigui endo con la i dea d e
que los conflictos son una forma de entrar en relación. De alguna forma, los conflictos
son funcionales p ara las personas que vienen de fuera y para las personas que estaban
ya dentro
94
.
94
Como dice Si mmel ( 1964), el conflic to es una d e las princip ales fuerzas positivas en la construcción de
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Asumo los axioma s de la pragmática de la comunicación de Watzl awick, Bavelas y
Jackson (2002) como un map a, como una cartografía que me ayuda a sit uarme en el
complejo mundo de los pro cesos comunicativos y, en consecuencia, de las relaciones
humanas. Este mapa me trae una claridad y un orden que comparto aquí.
El primer axioma metaco municacional de la pragmática de la comunicación h umana es
la imp osibilidad de no comunicar : no po de mos dej ar de comunic ar en ningún
momento, ya qu e todo es comunicación y estamos inevitablemente inmersos en un
proceso comunicativo. Tod a conducta es comun icativa aunque n o t engamos la
intención de comu nicar nad a: “ toda cond ucta es comunicación , y a no manejamos una
unidad-mensaje monof ónico, sino más bien con un conjunto f luido y multifacético de
muchos mod os de conducta – verbal, t ona l, postural, contextual, et c.- todos los cuales
limitan el significado de los ot ros. Los diversos ele mentos de esta conjunto
(considerados como un todo) son suscept ibles de permutaciones mu y variada s y
complejas, que v an desde lo congruente hasta lo incongruent e y paradójico .” ,
(2002:50). Y esto es fundamental en la mediación intercultural, atender a t odo lo que
sucede en el proceso, sobre t odo lo que escapa a nuestro entrenado cont rol d e lo
verbal. Lo no verbal, la gestualidad y lo corporal , tienen un f uerte c arácter cultural; y
aprender a descifrar esos códigos es una tarea del mediador. Aun cuando no
consigamos h acernos entender e n lo que queremos comunicar, comunicamos: “ si s e
acepta que toda c onducta en una sit uación e interacción tiene un v alor de mensajes , es
decir, es comunicación, se deduce que por mucho que un o lo intente, no puede dejar de
comunicar. Act ividad o inactividad, palabras o silencio, tienen siempre v alor de
mensaje: influyen sobre los demás, quienes, a su vez , no pueden dejar de responder a
tales comun icaciones y, por e nde, tam bién com unican, (2002: 50). No existe un turno,
existe un continuo, un proceso d onde simultáneamente y a la vez, emisores son
receptores y receptores son emisor es, recibiendo e interpretando señales de forma
incesante. El p roceso de mediación es un mo do de ‘poner en pau sa’ ese proceso,
las re lacion es sociales.
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aunque no lo consiga. Centra la atención en lo que está pasando, en cómo está
pasando, y en qué cosas les suceden a las personas con eso que está pasando.
El segundo axioma hace referen cia a los n iv eles de contenido y a las relaciones de la
comunicación. Entiende qu e “ toda comunicación implica un com promiso y, por ende,
define la relación. Una comunicación no sólo transmite información sino que, al mismo
tiempo, impo ne conductas (…) cualq uier com unicación implica un comp romiso y, po r
ende, define el modo en qu e el emisor concibe su relación con el receptor” (2002:52)
Yo soy u n Yo determinad o (entre los múltiples yo que p otencialmente soy), f rente a un
Tú concreto (entre los múltiples Tú po tenciales que ese Tú puede ser), que al colocarse
frente a mí me sitúa (y y o lo sit úo a él), en una determinada relaci ón. En este sentido
dice el construccionismo social que somos nuestras relacio nes. Lo que el segu ndo
axioma nos en seña es que es posible d iferenciar do s niveles en la comunicación: un
aspecto referencial o de contenido d el mensaje; y, u n aspecto conativo o de relación
entre los c omunicantes: “ el primero transmite l os “datos” d e la com unicación y el
segundo, cómo debe ent enderse d icha comu nica ción .” (20 02: 55). De este mo do, t od a
comunicación “ tiene un aspecto de contenido y u n asp ecto relacional tales que el
segundo clasifica al primero y es , por ende, una met acomun icación .” , ( 2002: 56). Lo
que su cede mu chas veces en los conflicto s culturales , sobre todo cuan do se h an
esencializado y engrandecido los aspectos culturalistas, o se ha ido configurando una
escalada donde el conflicto interpersonal adqu iere una lectura intergrupal, es que “ (…)
las relaciones “enfermas” se caracterizan por una const ante lucha acerca de la
natura leza de la relación, mientra s que el aspecto de la comunicación vinc ulad o con el
contenido se hace cada vez menos importante . ” (2002 :54). Y así, ap arentemente ,
tenemos la sen sación de que todo es conflicto, de que n o hay esp ac io de acuerdo, de
la que ún ica relación posibles es, ju stamente, la conflictiva. Est e es el momento es que
tenemos u n b loqueo y la med iación intercultural se co nvierte en un a h erramienta
imprescindible, c asi com o el terapeuta que tiene como función hacer a las partes más
consciente de lo que está pasando. La mediación es, entonces, metacomun icació n:
“ (…) las instrucciones son de un t ipo lógico s uperior al de los datos; constituyen
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metainformación. (…) La capacidad para met acomun icarse en f orma adecuada
constituye no sólo cond ición sine qua non de la comunicación ef icaz, sino que tamb ién
está íntimamente vinculada con el complejo problema concerniente a la percepción del
self y d el otro.” , ( 2002:55). La hab ilidad metacomunicativa del mediador facilita el
camino de la autocon cie ncia y abre la po sibilida d de ver la relación y de modificar la
relación en función del movimiento que se produce en la p ersona cuando es
conciencia del sit io en el que est á situada y desde el cual mira la relación. Es decir, la
mediación ayuda a la persona a mira r la relación desde un sitio (o sitios) dist intos. Es
aquí donde más adelante centraré la gran aportación q ue los en foque s
comunicacionales que consideran el conflicto como relato, hacen a la mediación
intercultural, a partir de las metodologías de las terapias narrativas.
El t ercer axioma hace referencia a la puntuación de la secuencia d e hechos: “ Para un
observador, una serie de comunicaciones puede entenderse c omo u na secuencia
interrumpida de intercambios. Si n embargo, quiene s participan en la interacción
siempre introducen lo q ue, siguiendo a Wh orf, ha sido llam ado por Bates osn y Jackson
la ‘puntuación de la sec uencia de hechos’.” , (20 02:56). Es decir, las relaciones no se
dan en el vacío sino en el con texto de la int eracc ión . Y este cont exto tiene sus reglas
del juego: “ en una secuencia prolongada de intercambio, lo s organ ismos participantes
– especialmente si se t rata de personas- de hecho puntúan la sec uencia de modo que
uno de ellos o el otro tiene iniciativa, predominio, dependencia, etc . Es decir, establecen
entre ellos patrones de intercambio.” (2002:57). Est os pat rones de intercamb io o
puntuación d e la secuencia d e hecho es fundamental en las relaciones in terétnica s
porque en el con texto de esa relación el mediador tendr á que hacer visible lo invisible
para poder cont ar con ello. Y en lo in visible están: los contenciosos históricos en los
que pu eden est ar inmersas las comunidades culturales de origen de las personas en
relación, lo cual sitúa a las p artes en una posición de colonizador-colonizado, de
civilizado-salvaje, d e dominante -dominado, etc.; o el sistema sexo -género al que
podemos añadir u na transversalid ad cultural que explicaría relaciones de
emancipación-sumisión y de modernidad -tradicionalismo; y, por no seguir p onie ndo
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ejemplos, el clásico b ino mio poderoso -empobrecido o explotador -explotado. Y h ay un
aspecto más qu e nos muestra este axioma y es que “d esde el punto de vista cultural,
compartimos muchas convenciones d e puntuación que, si bien no son ni má s ni me nos
precisas que otras versio nes de los mismos hec hos sirve n para reconocer secuencias de
interacción comunes e i mportan tes .” (2002 : 57); y en las relaciones multiculturales, no
suelen compartirse estas con venciones d e puntuación. Si p ensamos, p or ejemplo, en
relaciones c ulturalmente tipificadas (p rofesor-alu mno, profesor-familia, médico-
paciente, etc.), nos daremos cuenta d e que “ la falta de acuerdo co n respecto a la
manera de pu ntuar la se cuencia de h echos en la cau sa de incon tables co nflictos en las
relaciones .” (2002 :58). La habilidad a desarrollar sería la d e entrenar una capacidad de
metacomunicar acerca de la f orma en que cada persona pauta la interacción. De
hecho, muchos mediadores resuelven malentendidos q ue pueden pasar a ser
conflictos más graves, únicamente haciendo explícitas las pautas de in teracción
diferentes que tienen las personas en una de terminada relación.
El cuarto axioma hace referencia a dos modos básicos de comun icación: la digital y la
analógica. Y est os dos tipos de comunicación, como veremo s, t ienen mucho cultural.
Dicen Watzlawick, Bavelas y Jackson q ue en la comun icación analógic a “ hay algo
particularm ente similar a la cosa en lo que se u tiliza para expresarla. Es más f ácil
referir la comunicación a nalógica a la cosa que represe nta .” (2002: 63 ); y qu e est e tip o
de comunicación “ t i ene sus raíces en períodos mucho más arcaicos de la ev olución y,
por lo tanto, encie rra una validez mucho m ás general que el mod o digital de la
comunicación verba l relativamente reciente y mucho más ab st racto . (2002:63). Es una
comunicación que se relaciona con la comu nicación no verbal: “ la postura, los gestos,
la expresión facial, la inflexión de la voz, la secuencia, el ritmo, la cadencia de las
palabra s misma s y cualquier otra m anifestación n o verbal de qu e el org anismo es
capaz así como l os indi cadores com unicacionales que inevitablemente aparecen en
cualquier contexto en que tiene lugar una interacción.” (20 02:63). Tenemos así una
comunicación que hace referencia al contenido, comunicación d igital; y una
comunicación que hace re ferencia a todo lo relativo a la relación, comunicación
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analógica, “ los seres humanos se comunican t anto digital como analógicamente. El
lengua je digital cuenta con una sintaxis lógica su mamente c ompleta y poderosa pe ro
carece de una semánti ca adecuada en el campo de la rel ación, mi entras que el
lengua je analógico pos ee la semántica pero no una sintaxis adecuada para la
definición de l a naturaleza de la s rela ciones.” (2002 : 68). Como afirman estos aut ores,
las personas tenemos que llevar a cabo continuas t raducciones entre uno nivel y otro
nivel, lo cual es muy complejo y puede inducir a errore s. Por una p arte , la traducción
que h acemos al modo d igital del nivel analógico implica una gran pérd ida de
información y es mu y compleja , h ablar de una re lación es algo que exige mucha
precisión e información para que la traducción sea mínimamente adecuad a: “La
comunicación an alóg ica carece de calificadores para indicar cuál de los d os significados
dispares es tá implícito, y tampoco cuenta con i ndicadores q ue permitan establecer una
distinción entre pasado, presente o futuro. Desde luego, tales calibradores o
indicadores existen en la comunicación digital, pero que falta en ésta es un vocabula rio
adecuado para referirse a la relación. (2002 :67). Por eso es t an importante escuch ar,
escuchar mu cho, atentamente, y no emitir juicios apresu rados, sin o p ermanecer
atentos y preguntar acerca d e lo q ue percibimos antes de dar el siguien te paso. Esta
tarea ralentiza el proceso de comunicación, pero es imprescindible. Po sibles
combinaciones que pueden surgir en el área de los aspectos de conten ido y
relacionales:
1) Los participantes están de acuerdo en el contenido de sus comunicacion es y en la
definición de su relación o est án en desacuerdo en el nivel d e contenido y también
en el de relación.
2) Están en desacuerdo en contenido y est o no perturba la relación. Quizás ést a sea la
forma más madura de man ejar el desacuerdo, se resp etan las d iferen cias y los
participantes acuerdan estar en desacuerdo, por así d ecirlo, y seguir en relación.
3) Están d e acu erdo en co ntenido y no en lo relacional. Lo que sucede aquí es q ue la
estabilidad de la relación se verá amenazada cuando deje de existir acuerdo o
necesidad de acuerdo en el nivel del contenido.
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4) Se produce una conf usión entre los dos aspectos y se intenta resolver un problema
relacional en el n ivel de con tenido (donde n o existe ); o, p or el contrario, resolver
una desavenencia en un desacuerdo ob jetivo de con tenido, con una re ac ción q ue
proviene de lo relacional
95
.
En defini tiva, “e l fenómeno del desacuerdo ofrece un bu en marco de referencia pa ra
estudiar los trastornos d e la comunicación debidos a la confusión entre e l contenido y
la relación. El desacuerdo puede sur gir en cua lquiera de los d os niveles, y ambas
fo rma s dependen una de la otra. ” , (2002:83).
El qu i nto axioma se centra en lo que denomina la interacción simétrica y la int eracc ión
complementaria. Este axioma se d eriva de un concep to que Bateson plantea en su
obra Naven , el concepto de cismogén esis o proceso de diferenciación en las normas de
la con ducta individual resultante d e la int eracc ión acumulativa entre los individ uos:
“ Por ejemplo, si u na de las pautas de la conducta cultura l, considerada adecuada p ara
el individuo A, está culturalmente conceb ida como pauta de autoridad, en tanto que se
espera que B res ponda a ella con lo que cultural mente se c onsidera somentimiento, es
probable que tal somentimiento promueva una nuev a conducta au toritaria y que esta
última exija u n nuevo s ometimiento. Así, enc ont ramos una situación pot encialmente
progresiva (Bateso n, 1990: 176 -177). Lo que cuenta Bat eson sería un ejemp lo de
cismogénesis compleme ntaria: “Una relación comp lementaria puede estar es tablecida
por el contexto social o c ultural (como e n los caso s de m a dre e hijo, médico y paciente,
maestro y alumno), o se r el est ilo idiosincrático de relación de una idea particular. En
cualquiera de los dos casos, es importante destacar el caráct er de mutuo encaje de l a
relación en la que ambas c ondu ctas, disímiles per o interrelacionadas, tien den cada una
a favorecer a la otra. Ninguno de los participantes impone al otro una relació n
complementaria , sino que cada u no de ellos se comporta de una manera que
presupone la conducta del otro, al tiempo que ofrece motivos para ella: su s definiciones
de la relación encajan.” , (2002:70). Tod os los int ercambios comunicativos son
95
(…) todas aquellas situacion es en las que una persona se ve obligada de un modo u otro a dud ar de
sus propias per cepciones en el nivel del contenido , a fin de no poner en peligro u na re lación vital con
otra persona. E sto lleva a pautas de comun icación parad ójicas. (Watzlawick, Ba velas y Jackson, 2002: 82)
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simétricos o compleme ntarios según se basen en la igualdad o en la difere ncia. Cuando
Bateson dice que ninguno d e los p articipantes impone al ot ro una rel ación, hace
referencia a que no es el sujeto el que comunica, sino que el sujeto lo q ue hace es
participar en un p roceso de comunicación ; es decir, “ la comunicación c omo sistema no
debe entenderse sobre la base de un simple modelo de acción y reacción, por compleja
que sea su formulación. Como sistema, debe entenderse a un nivel t ransa ccional.” ,
(2002:71). Se en tiende entonces que las posiciones de los individuos (complementarias
o simétricas) son variables que tienen infinitos v alores y cuyo significado se obtiene
únicamente en función de la relación recíp ro ca. Las imp licaciones q ue tiene este
axioma en las relacion es in terculturales son muc has, nu evamen te, y complejas. Desde
el desconocimiento que puede darse entre las partes acerca de la posición o las
va riables que se están poniendo en juego, lo cual hace que el proceso de comunicación
no se comporte conforme a la transaccionalidad esperada; hasta el comportamiento
condicionado a una determinada comp lementari edad en función de lo que la persona
(autóctona e inmigrante) consid eren que se espera. Hay que tener en cuenta que los
cinco axiomas se producen de forma simu lt ánea y co njunta en la realidad e
interactúan entre ellos. La complejid ad de matices o la con fusión que generan t antos
aspectos en juego, pueden ser percibidos en los relatos q ue h acen las personas sob re
los conflictos.
Mi propuesta es construir una propuesta qu e se b ase fundamentalmente en un
enfoque comunicacional p ero donde converjan las apo rtaciones de modelos como el
multifactorial y d e incidentes críticos, desde una conceptualización transformadora del
conflicto. Este espacio h íbrido puede pr opiciar un territorio d onde la in vestigació n
biográfico-narrativa se convierta en un aliado que puede hacer crecer su po tencia l
transformador. Como de cía al inicio d e este capítulo , parto de un concepto de
comunicación q ue incluye t odos los pro cesos a través de los cuales las personas se
influyen mutuamente. S e entiende q ue la comunicación es la matriz en la q ue se
encajan todas las actividades humanas: la conducta es comunicación; es un proceso
permanente y mul tidimensional, u n todo integrado, in compre nsible sin el con texto en
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el que tiene lugar. D e esta premisa se siguen las siguientes afirmaciones basadas en los
axiomas de la comunicación que acabamos de revisar y que, en síntesis, nos dicen que:
- La esencia de la comunicación reside en procesos de relación e interacción.
- Toda conducta es comunic ación por lo q ue todo comportamiento humano tiene un
valor comunicativo: es imposible no comunicar.
- La comunicación es u n proceso social perm ane nte q ue integra múltiples modos de
comportamiento: la palabra, el gesto, la mirada, el espacio interindividual, etc.
- La comunicación p uede no ser más que la int erpretación sub jetiva q ue cada
persona hace d e las “manif estaciones” de otra persona (vestido, cara, gestos,
movimiento, miradas, etc.).
- No existe un emisor y un receptor, ambos actúan como tales de forma simultánea ,
aunque la interpretación que realiza cada uno p ertenece a un particul ar c ód igo de
valores.
- Cada p ersona realiza una adaptación particula r del código “social” según su
experiencia personal.
- La comunicación tiene dos aspectos: de contenido y de relació n.
- La naturaleza de una relación depende de la puntuación de las secuencias de
comunicación entre los comunicantes.
- Todos los intercambios c omunicacionales son sim étricos o comp lementari os, según
se basen en la igualdad o en la diferencia.
Teniendo estas ideas básicas presentes, vamos a p artir de una defin ición d e con flicto
como “ un acontecimiento comunicacional c on la s reglas de la i nteracción enclavadas
cultural y contextualmente. Estas reglas det ermina rán qué tipos de acontecimientos se
convierten en conflictos, de qué modo l a relación entre los disputantes modifica las
tácticas y estrategias d el c onflicto, y c ómo influyen en la conducta de c onflicto los
factores culturales más amplios .” (Jones y Brinkman , 1997:230). Los mo delos de
mediación que manejamos (transformador, multif actorial, incidentes crítico y circular
narrativo), tien en una perspectiva sistém ica
96
qu e sitúa el foco d e análisis y de
96
Respecto al principio d e tota lidad de los sistemas ab iertos: “ un sis tema es un conjun to de obje tos así
como de relaciones entre los objetos y entre sus atributo s, en el que los objeto s son lo s componentes o
partes del sistema, los atribu tos son las propied ades de los obje tos y las relaciones mantie nen unido a l
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culturales, los textos civil izatorios,… En las n arraciones de los conflictos tienen un peso
específico los guiones de vida que las personas han construido sobre sus p ropias
trayectorias biográficas; algunos autores hablan de fuerza contextual para señ alar la
relación existente entre el sistema narrativo y la historia en construcción. La
posibilidad de q ue la persona pueda contarse a sí misma d e formas d istintas a las
habituales en función de su guión de vid a, tiene, desde luego, fuerte implicaciones
para su i dentidad y, también, pa ra el pr opio p roceso d e medi ación. La mediaci ón
puede a poyar, desde este enfoque , una co-construcción identitaria al t ernativa con
respecto a identificaciones an teriores (en las cuales se enreda su narración del
conflicto) para que ésta p ermane zca prag máticamente ab ierta con respecto a la
relación conflictual. En c uanto al segundo pun t o, la coherencia entre los sistem as
narrativos de las personas implicadas, dice Cobb que los conflictos so n el producto de
la coh erencia internarrativa (1997:91). Es decir, el conflicto como narración s e
construye con juntamente a p artir de la interacción d e los disputantes: “ en la
interacción, los relatos se desarrollan, modific an y cuestionan interactivamente entre
los disputantes, a medida que cada uno de ellos elabora porciones de su prop ia historia
del conflict o y de la que presenta el otro. ” (Cobb , 199 7:91) La internarratividad en los
conflictos culturales se basa, en gran med ida, en la idea d el Otro , en prejuicios,
estereotipos y conte nciosos históricos que actúan como un telón de f ondo n arrativ o
que in ci de en una producción de significados est ática, e nferma, cosificadora. Es
importante se ñalar qu e la coherencia nunca es total en ningun o de los dos casos
mencionados, sino que podemos hablar de grados de coherencia mayores o menores
en función del segundo rasgo veremos a continuación: el cierre narrativo . D esde
nuestro punto d e vista, la int erculturalidad y, en gran med ida, la mediación
intercultural se puede entender como u na intervención en pre ve nción d e conflictos ya
que, como dice Geertz (1997 ) en cua nto a la finalidad de antropología y q ue nos
parece perfectamente a plicable en est e c aso, de lo que se trata es de am pliar e l
discurso humano. La intercultu ralida d es un antídoto contra el etnocentrismo o, lo que
es lo mismo , cont ra una coheren cia (inter)narrativa que nos esclaviza, q ue coloniza
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nuestras narra cio nes
99
y qu e nos convierte, asimismo, en colon iza dores, situ ándono s
en una relaciones desiguales donde el Otro si empre habita en los márgen es de nuestra
comprensión.
2) El cierre n arrativo . Con este concepto se hace referencia a “ los procesos
autopoiéticos y auto generativos a través de los cuales las narraciones se cierran a
interpretaciones alternativ as. ” (Cobb, 1997:92) Desde un a persp ec tiva sistémica, la
idea es q ue las narraciones tienden a mantenerse estables, existe en ellas una
resistencia al camb io. En las narraciones del conflicto esto sucede continuamente, ya
que las p osibles fisuras en los relatos que pudieran dar paso a interpretaciones
alternativas, se van cerrando con nuevos relatos (subtramas) que explican e intentan
sostener, de alguna manera, el edificio narrativo po r sus zonas más inesta bles. Gergen
dice, recogiendo las aportaciones de Bajtín (1981), que existen “ dos tendencias
principa les en las pautas lingüísticas de una cultura: una cent rípeta (que se mueve
hacia una centralización o unificación del significado) y la otra centrífu ga
(descentrando e inquietando la unidad exist ente) .” (2010:327). Y esto es lo que su ced e
en los sis temas, qu e responden a dos f uerzas, una con servadora y otra transformadora
(retroalimentación positiva y n egativa en lenguaje d e Watzlawick). Justamente la tarea
del mediador será la inq uietar la unidad exis tente abriendo los relatos de los
disputantes.
Los textos civilizat orios, las historias nacionales, los relatos familiares, las historias
personales, todos t ienen un cierto grado de estabilidad y de consumación. Por eso dice
Cobb q ue el cierre narrativo v aría en función de d os importantes aspectos: la
completud narrativa y la resonancia cult ural (1997:95). En las relaciones
etnoculturales, las narraciones qu e se insertan en l as tr amas tejid as con los mitos
culturales dominantes tienen más p roba bilidad de c olonizar, de prevalecer, de
99
Un aspecto que nos par ece muy sugerente d e la propuest a del modelo circular narrativo es su id ea de
que en los procesos de m ediación existen relato s q ue colon izan otros relatos: al examinar la
construcción y la tra nsformac ión de las “ posiciones” d el di scurso en la m ediación h an detectado que el
primer di scurso que s e pre senta en el proce so “coloniza ” los siguient es relatos (Cob b, 1997:8 4). E sta
idea es muy p otente a la h ora de analizar los conflictos cu lturales.
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aparecer como más coherentes con textualment e y más “completas”, sien do mucho
mayor su estabilidad como narraciones. En las narraciones d el conflicto, aquéllas
menos coherentes e inestables serán las que ten gan más probabilidades de ser
excluidas o no servir como base a las p osible s negociaciones. Si pensamos en los
conflictos culturales, estas afirmaciones cobran t odo el sentido, pongamos como
ejemplo el discurso de una familia inmigrante en un conflicto escolar frente al d isc urs o
institucional del centro educativo encarnado en el maestro o la maestra. El espacio de
la in terculturalidad y de la n egociación debe ser, por t anto, el espacio de la ap ertura,
de la inquietud, de la ruptura y de las narraciones alternativas.
Una estrategia qu e se desarrolla en la p rác tica de la t erapia narrativa y que nos parece
muy útil en su ap licación en la mediación intercultural con un enfoque narrativo es la
externalización del problema. La externalización “ es un abordaje terapéut ico que insta
a las personas a cosificar y, a veces, a personificar, los problemas que las oprimen. En
este proceso, el prob lema se convierte en una en tidad sepa rada, ext erna por ta nto a la
persona o a la relación a la que se atribuía. Los problemas considerados inherentes y
las cualidades relativamente fijas que se atribuyen a personas o relaciones se hacen así
menos constantes y rest rictivos. ” (White y Epston, 1993:53) Se entiende que es la
relación con el p roblema lo que resulta conflicti vo en sí mismo, el pod er llevar a cabo
la externalización por medio de prácticas na rrativas ausp icia das hábi lmen te p or el
mediador, posibilita y favorece q ue puedan co -crearse nuevas narrativas y q ue se co -
genere la atribución de nuevos significados: la mediación que utiliz a la ext ernaliz ació n
facilita, por tanto, la reescritura de las relacio n es y de las identi dades. La t écnica
fundamental para llevar a cabo el proceso de extern alizació n es la pregunta y la
identificación de acontecimientos extra ordinarios . El mediador debe ser un experto e n
hacer las preguntas adecuadas para generar inestabilidad en las n arraciones y
posibilitar las t ransform aciones, así como u n rastreador de situaciones o evento s
dentro los relatos de los disputantes que incumplan las reglas d e la interdependencia
narrativa. Son muchos los tipos d e preguntas que pueden llevarse a cab o en el pro ces o
de mediación (Munera, 20 06:99 -105): circulares, presuposicionale s, centradas en la
excepción, por la escalada, conversacionales, etc. La propuest a que desarrollan White
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y Ep ston nos p arece muy relevante en el caso de l os con flictos culturales tal y como los
hemos d escrito. Sostienen que “c uand o las personas aprenden a sep ararse de sus
prob lemas, pueden llega r a desafiar otras práctic as, de origen cultural, que ‘c osifican ’ y
conv ierten en ‘objetos’ a las personas y a sus cuerpo s. (…) Estas prácticas de
cosificación están muy extendida s en las soc iedad es occidentales .” (1993:78) Es
justamente éste uno s de los ob jetivos que se p ropone la mediación intercultural al
movilizar las identificaciones fijas, los cierres nar rativos y la coherencia de unos relatos
fijos e inmutables que nos prohíben llevar a cabo todo nu estro p otencial como
personas, tanto a nivel interno, como en nuestr as relacion es. Desde esta p erspectiva,
defendemos una pr áctica persuasiva y contra -hegemónica de la mediación
intercultural a partir d e un enfoque narrativo que propicie el reconocimiento de una
multiplicidad de inteligibilidades, ya que, como afirma Gergen: “ lo que se precisa es
una atención creativ a a los med ios a través de los cuales las personas puedan
inexcusablemen te compartir el carácter multirrelacion al de su existencia social .”
(2010:349).
3) La i nterdependencia . Las narracion es del conflicto funcionan como “teorías de la
responsabilidad” donde se cre a un discurso positivo de la persona como víctima y otro
discurso negativo del op onente como culpable, todo ello de ntro de una apariencia de
racionalidad que justifica las relaciones
100
. El análisis d e los relatos del conflic to
muestra qu e se suele en caer en una especie de círculo vicioso dond e al reproche sigue
la excusa y a la acu sación la negación
101
. La int ervención del mediador persigue crear
una n ueva interdependencia es casi como la de u n terapeuta narrativo que intenta
modificar las pautas de la intera cción a partir de las modi ficaciones en las narra cione s
(Cobb, 1997: 97). En los conflictos culturales, esta interdependencia d e los re latos da
100
E n cu ant o a las reglas de re lación en los sis temas: “( …) en tod a comun icación lo s participantes se
ofrecen entre sí d efiniciones d e su relac ión o, para decirlo d e modo más riguroso, cada un o trata de
determinar la n aturaleza de la relac ión. (…) c ada u no de ellos r espon de con su propia definición de la
relación, que pued e c onfirmar, rec hazar o modificar la de l otro.” (Watzlawick, Bavelas y Jackson,
2002:128- 129)
101
En cuanto a la causalidad circular de los sistemas abierto s: “ Desde el ad venimiento de la cibernétic a y
el “d escubrimiento· de la retroalimentación , se ha co mprobado q ue la relación circular altam ente
complej a constituye un fenóm eno muy distinto de las nocion es causales más sim ples y ortodoxas, p ero
no men os c ientífico. La retroalime ntación y la circularida d (…) constituyen el mode lo c ausal adec uado
para una t eoría de los sistemas interacc ionales”. (Watzlawick, Bavela s y Jackson, 2002:12 3)
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lugar a po sicio nes discursivas d el tipo Nosotros/Ellos , o a narraciones d e la persona
inmigrante como delincuente , o relatos del p adre colonizador frente al h ijo/salvaj e
colonizado, etc. “ El hecho de que ‘uno pueda co ntar su historia’ no es ninguna garantía
contra la marginalización o el dominio. (…) la d ominación y la marginalización están en
función de la medida en que las personas puedan autod efinirse en el discurso y (…) en
la medida en que es as autodefiniciones son elaboradas por los otros. ” (Cobb, 1997:98)
La clave es mod ificar la organización de la interacción entre los p articip antes, ya que
según el p rincipio de equifinalidad aplicable a la comun icación humana como sistema
abierto, más que las condiciones iniciales, lo imp ortante es la organización de la
interacción. (Watzlawick, Bavelas y Jack son, 2002:124)
Hay un asp ecto que se ha dejado entrever en todo lo a nterior y que hace referencia al
papel que toma el mediador en el pro ceso de med iación dentro del modelo circula r
narrativo y q ue debemos clarificar. Como dije anteriormente, uno de los aspectos qu e
se suelen exigir al mediador dentro d e u n enfoqu e d e la m ediación más tradicional, es
el de la neutralidad. Sin embargo, el p apel que detenta el mediador en un
planteamiento como el exp uesto es claramente p rotagonista. Si se t rata de p reservar
las con diciones de igual dad a la hora de construir el relato d el acue rdo, el mediador
debe garantizar de alguna manera q ue ambas partes, con independencia de la mayor o
menor coherencia narrativas d e su s relatos, tenga la oportunidad de construir el
acuerdo sin quedar “colonizado” su relato p or el q ue t enga una mayor est abi lidad y
resonancia cultural (es decir, por el relato hegemónico): “ la perspectiva narrativa en la
mediación implica que los mediadores necesitan regular la const rucción de las histori as
con respec to a la c oherencia narrativa; est e mandato desafía l a distin ció n tradicional
entre el proceso de mediación y el contenido de la disputa: para regular el proceso, los
mediadores deben manejar la construcción del c ontenido .” ( Cobb, 1997:100) Es decir,
los med iadores son co-creadores del relato. Se da aquí u na coincid encia con los
posicionamientos de las terap ias postmodernas que t ambién plantean la relación
terapéutica y la co-creación como los elementos c laves en la terapia.
En sínt esis, apoy o un p la nteamien to sistémic o , complejo y t r ansf ormador a la ho r a de
apr o ximarme al conce pto de conflicto . T oda conducta (no sólo la verbal) es
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comunic ación y toda co municación (no sólo la verbal) af ecta la co nducta (W atzlaw ick,
Ba velas y Jack son, 20 02: 24). Desde est a pr emisa básica, ent endemos que el c o nflict o es
“ una realidad crea da so cialment e y manejad a comun icacionalmen te, que surge en un
det erminado con te xto y que afecta al significa do y a la c onducta , siendo a su vez
af ectado por esa realidad (Folger y Jones, 19 97:14). Est a defi nición, también básica, de
con flicto nos tr ae l a idea de la causali dad de tipo circ ular y no lineal pr o pia de los
sist emas ab iertos que hemos desarr ollado en el Cap ítulo 1. La idea básic a es qu e las
conduct as in fluy en en las personas in mer sas en el proceso comunic ativ o porque par a
est as personas esas conductas tiene un significa d o (o varios), siendo est e significad o
creado y r ecr eado c ontinuament e en l a in teracc ión social (Fo lg er y Jones, 19 97:15). Es
decir , n o exis te un significado inheren te a la conducta, sino que és te sie mpre es una
cons trucción fruto de la inter acción, es t r ansaccional. Ocurr e que “ (…) los individuo s de
una comunidad son normaliza dos por su cultu ra; mient ras que las caracterís ticas
predominan tes de una cultura, a quellas que se pueden reconocer una y ot ra vez en sus
más diversos co n te xtos, son una e xpresión de est a no rmaliz ación. Es ta h ipótesis es, en
cierto sen tido , circula r; se supo ne que las c aracterís ti cas predominan tes de la cultura
no solamente ex presan, sino que también promueven, la normaliz a ción de los
individuo s” . (1990:50 - 51).
La visión q ue propon go es sistémica, d inámica y con u na lógica circular. No me planteo
el origen sin o la funcionalidad d el c onflicto (B ateson, 19 76; Watzlawick, B avelas y
Jackson, 2002; Selvin i Palazzoli, 1996; Fiorenza y Nardon e, 2004); más que
preguntarme por las causas, aquello que origina el conf licto (visión lineal, est ática),
opto por una enfoque dinámico que se p regu nt a por la funcionalidad del mismo. Las
preguntas que emergen desd e este enfoque, se cuestionan el cómo, el para qué, el
cuándo y el dónde. Saber el por qué no es garantía de p oder intervenir; es más, t al y
como se sostiene en T erapia Gestalt (P eñarrubia, 20 08; Naranjo, 2009, 20 07, 2004;
Polster y Polster, 2005; Perls, 2008, 2007; Yontef, 2009) , puede hacernos caer en un
círculo interminable donde acabemos agotados en el mismo sitio después d e h abe r
preguntado y contestado un por qué detrás d e otro: “ Al asumir est a perspectiva se
realiza el paso d el estudio del por qué al estudio de cómo funcion a : es decir, de c ómo
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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278
un problema persiste y, por lo ta nto, al cómo puede resolverse rompiendo las
secuencias que lo hacen persistir ” (Fiorenza y Nardone, 20 04:30). Es p asar de una
causalidad lineal a una cau salidad circular: “ Una vez desencadenado est e proceso
circular, no existe ya un comienzo o un fin, sino sólo un sistema de influjo recíproco
entre variables. De aquí brota l a exigencia de es tudiar el fenómeno en s u g lo balidad,
teniendo siempre presen te que toda variable se expresa en función de su relación con
las otras variab les y el con texto de la situación .” ( Nardone y Watzlawick, 1992: 59).
Esta orientación tran sfo rmadora q ue ve el conflicto como un a oportunidad p ara el
crecimiento y el cambio conviert e el proceso de med iación y a la propia f igura d el
mediador en una esp eci e d e t erapeuta que f acil ita la transformación. Las historia de
vida de los mediadores nos mu estran cómo ellos han llevado a cab o un proceso de
crecimiento a n ivel identitario tomando casi siempre como eje los conflictos q ue han
ido encontran do en su camin o de adaptación, desde esta perspectiva su experiencia
vital es un ejemplo, un espejo en el podemos mirarnos a nosotros mismos.
5.3. COMUNICAC IÓN INTER CUL T URAL.
Estamos en c omun icación constante y, sin embargo,
somos casi por c ompleto incapaces de com unicarno s
acerca de la comunicación .
Watzlawick, Bavelas y Jack son
Esta última p arte del capítulo la quiero dedicar a la comunicaci ón intercultural y la
competencia intercultur al. Los espacios de comunicación int ercult ural “son espacios en
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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los que las culturas se encuentran y crean nuevas culturas e identidades. Los est ado s en
los que estos es pacios pueden enco ntrarse p ueden situarse en u n c ontinuo que va
desde un estado de coexistencia cultural ha sta un estado de t ran sculturalidad
hibrid izada.” (Lie, 2009 : 48).
Algunas de las dificultades que se pro ducen en los pro cesos de la comunica ción
intercultural pueden ser las siguientes (Ramos, 2011):
1) Las perso nas proceden de entornos culturales y lingüísticos d iferent es, no tienen un
código común a la hora de interpretar los mensajes (explícito - i mplícito) y esto se
traduce en malentendidos y errores.
2) Los problemas de comunicación no se p roducen exclusivamente p orque no se
conozca un idioma, sino que se pueden pro ducir por la parte no ve rbal que es tá
presente en todo proceso de comunicación .
3) Las dif icultades también pu ede n deb erse a los dif erentes estilos de comu nicación.
Generalmente se d ifere ncia entre un estilo comunicativo directo y otro ind irecto. En
las culturas con un e stilo de com unicación indirecto n o se tratan los temas
directamente, sino que se dan rodeos p ara abordar una cues t ión, incluso se pu ede
utilizar u n len guaje metafórico o lo simbólico; la comunicación ni verbal es muy
importante. Cuando entran en contacto dos h ablantes con est ilos comunicativo s
diferentes, pueden prod ucirse malentendidos que impiden que las partes ve an
cumplida s sus ex pectativas respecto a l con tacto” (Ramos, 2011 : 71); por ejemplo, si la
persona que h abla tiene un estilo indirecto, la persona que escuch a de estilo directo
puede creer que al no hacer referencia al tema, al no hablar de él, es q ue no es tá
interesada, y esto pu ede provocarle un cierto enfado o malestar; por el contrario, si la
que hab la es una persona con un estilo d irecto y sin tapujos, la persona qu e escucha
de estilo indirecto, puede sentirse intimida da, agredida o violentada.
4) Con respecto al contexto donde se desarroll a el proceso de comunicación: hay
culturas con alto conte xto de comunicación (el entorno ofrece gran cantidad d e
información y esto resta importancia al mensaje explícito ), adquiere una importancia
capital todo lo n o verbal (la gesticulación, los silencios y las pausas); y culturas de bajo
contexto de comunicación, sin embargo, l os mensajes deben ser lo m ás preciso y
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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280
detallado posib le. Cuando entran en contacto personas con cont ex tos de
comunicación muy d i ferentes , “ se pueden producir conflictos derivados de errores en la
decodificación de la info rmación incluida en el mensaje y en el ent orno . Es tos errores
tienen el potencial de generar emociones y reacciones a dversas — tales c omo
frustración y ansied ad — en los interlocutores. Est e tipo de reacciones pu ede incidir en
la formación y el ma ntenimiento de prejuicios y estereotipos respec to al individuo de
otra cultura, influyendo de manera directa en l a relación entre las partes.” (Ramos,
2011: 72).
Desde la perspectiva de l a enseñanza de las segundas len guas, se conceptualizan dos
enfoques metodológicos y dos etapas en la adquisición de la compet encia int ercultural
(Níkleva, 2011:8). Por una parte, el enfoque de la s destrezas sociales, que se basa en la
competencia p ragmática y usa técnicas de asimilación cu ltural. Es un enfoqu e que se
centra en la cu ltura meta y da mucha importancia a t odo lo relativo a la comu nicaci ón
no verbal. Po r ot ra p art e, el enfoqu e holístico que sobre todo in cide en los as pectos
afectivos y emocionales, poniendo en énfasis en las dos culturas en contacto. Los dos
enfoque “ coinciden en la importancia que le otorg an a la c ompetencia intercultural y
en distinguir en ella tres dimensiones comunes: afec tiva, cognitiva y comun ica tiv a .”
(Níkleva, 2011 :8). Po r su part e, desde esta misma perspectiva, el Instituto Cervantes
(2009), observa tres etapas en la adquisición de la competen cia intercultural. El primer
nivel es mo nocultural en la que la persona interpreta la otra cultura desd e los patrones
y esquem a de la cultura propia. El segundo n ivel es intercultural, la persona es capaz
de p osicionarse d e forma intermedia y llevar a cabo una comp aración en tre las dos
culturas, propia y ajena- meta. El tercer nivel es t ranscultural, “ el alumno es capaz de
funcionar como medi ador entre ambas culturas gracias a la distancia alcanzada
respecto a las dos culturas en contacto.” (Níkleva , 2011:8-9; 2012: 172).
Lie (2009), por su parte, realiza una revisión del campo de estudios de la comunicación
intercultural, plan teando q ue está estrechamente relacionada con la construcción y el
funcionamiento de la identidad cultural . Distingue tres puntos de vista sobre la
identidad cu ltural desde esta perspectiva: en primer lugar, la perspect iv a
estructuralista/funcionalista/modernista y marxista; en segundo lugar, la perspectiva
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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281
interaccionista/interpretativa; y en tercer lu gar, la p erspectiva d e los est udios
culturales/postmodernista. La primera enfatiza los factores estructurales q ue influyen
en la construcción de las identidades: la identidad cultural es una identidad social y
comunitaria. Aquí est arí an los fun cionalistas (Durkheim, Parsons, Malinowski) y los
marxistas (Marx, Alt husser y Gramsci). La segu nd a sostiene que las identidades se
construyen en u n pro ce so de negociación e interpretación en el c ual interviene n las
personas de una forma activa al con figurar sus propias visiones del mundo (G. H.
Mead, H. Blumer, E. Goffman, C. Geetz ). La terce ra es una perspectiva p ostmoderna y
tiene distintas líneas d e trabajo. 1) los estudios de género, la t eoría queer, la
ciberidentidad, la sociología del cuerpo. 2) los estud i os sobre la fragmentación d e las
identidades entre lo global y lo local, y los efecto s d e la tecnologías de la información y
la comu nicación, y el consumismo. Esta tercera persp ectiva se centra en los p rocesos
de hibridación.
Desde otra perspectiva, V an D ijk, sostiene que existen actu almen te t res corrientes
teóricas en relación al disc urso intercultural (2000: 232):
1) La corrien te de comunicación cultural . D eriva del modelo de etnografía del habla
(EH) de Dell Hymes y t iene su o rigen en la antropología y la lingüística. Destacan la
importancia de estudiar el len guaje cuyas reglas y n ormas son p arte integral d e la
cultura más amp lia. Hymes recomienda la obs ervación participante para comprender
los diferentes “modos de h abla”. Y nos llama la aten ción sobre el carácter ético
(generalizaciones t ransculturales) y émico (esp ecífico de una cul tura) de los
fenómenos discursivos. El mo delo de comunicación cultura (C C) es u n desarro llo
natural del enfo que EH q ue se ut i liza para re ferirse al p apel de las formas del discurs o
(habla, silencio, hechos de h abla, rituales orale s, et c.) en relación con las concepciones
culturales más amplias de la identidad personal/soc ial y la pertenencia a la comunidad.
El objetivo de CC es responder a las siguientes preguntas: de qué modo la
comunicación refleja y crea la identidad del grupo de pertenencia; cómo se refuerza la
pertenencia al grupo p or medio del d iscurso interpersonal; cóm o resu elve la
comunicación las cuestiones relativas a la identidad p ersonal y comunal en situaciones
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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satisfactoriamente cuando existe un a actitud abierta al camb io cultural, el cual se
entiende y se acepta como algo natural, aunque a veces pueda ser incóm odo; pero,
en cualquier caso, el cambio cultural se d ebe percibir algo inevitable y no
necesariamente doloroso.
9) La práctica de la comunicación interc ultura l c omo ejercic io de crecimien to y
desarro llo pers onal. La p ersona int eresada en ten er competencia comunicativa
intercultural se encuentra en una situación de mejorar su calidad humana como
persona, p orque ensancha su ho rizonte cu l tural y la cap acita para relacionarse
satisfactoriamente con d iferentes gru pos cult urales. Tamb ién le ofrece la
posibilidad de ser más creativa y experimentar a part ir de la cultura prop ia,
desarrollando la capacidad de r e-creación.
La interculturalidad es comu nicación in tercultural, ent endiendo qu e la comun icación
intercultural puede considerarse como el grado de vida compartido por agentes de
comunidades culturales distintas. Se p odría decir, por tanto, que la intercultu ralidad se
produce cuando un grupo comienza a conocer, reconocer, comprender, aceptar y
facilitar la expresión de los sentidos que t ienen las cosas para otro grupo cu ltural. El
mero contacto puntua l, anecdótico, quizás no pueda ser considerado como
comunicación i ntercultural o, en to do caso, pued e serlo a un nivel m uy superficial. Se
produce sólo cuando uno d e los grup os, o ambos, comienzan a asumir/compartir los
significados del Otro . Y esta comunicación será más prof unda cuanto más aspectos
significativos se conozcan del Otro , d e allí que digamos que la comunicación
intercultural es el grado de vida compartido. Una actitud comprensiva o de genuino
interés p or comprender la cultura d el Otro debería proporcionar unas p autas de
eficiencia para mejorar las hab ilidades en las sit uaciones interculturales o
multiculturales. En est e sent ido, los objetivos básicos de la comunicación in tercultura l
serían:
1) T ratar de establecer los fundamentos del int ercambio intercultural, u n d iálogo
intercultural para co nocer a los Otros. Generalmente, la rep resen tación que tenemos
de los Otros (med ios de comunicación, imaginario social,...) es de exclusión y
marginación. Es una representación q ue responde a la image n de una mayoría, por l o
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tanto, estará consensuada y acept ada (hegemónica). En función de todo lo expuest o
en el capítulo, debemos ser conscientes de que el d iálogo con los Otros t iene que ser
un diálogo crítico y autocrítico, que comie nce por (auto)cuestionamiento.
2) Int entar elim inar o al men os explicitar y susp en der, los estereotipos negativos q ue
cada cultu ra pro duce de otras; est o significa romper con la prác tica de c rear a la
persona étnicamente dif erente inhumanizada. El objetivo intercultural por excelencia
es la necesidad d e ll evar a c abo un cambio en las mentalidades en el sentido de
reestructurar los esquemas que desde el aut om atismo no s sitúan en las relaciones sin
posibilidad de transformarlas y tran s formarnos. Junto a este objetivo, el de confirmar a
los Otro, humanizando las relaciones.
3) Apostar por prácticas simétricas, a partir d e u na posición de igualdad . No d ebemos
ser ni ignorantes ni ilusos a la hora d e calibrar la realidad de desigualdad de poder que
nos rodea. Partiendo de esta consideración de la política o la economía a nivel
mundial, n o debemos dejarnos llevar por el p aternalismo, el victimismo o el
voluntarismo, po rque ninguna de est as actitudes es aceptable para la consecución de
unas condiciones asumibles para la negociación y la comunicación intercul turales.
4) Relat ivizar la cultura pr opia, comprender valores alternativos e, incluso, llegar a
aceptar estos otros valores. El obje tivo es ir adquiriendo un a identidad intercu l tural
(mente multicultural, identidad compleja,...), que nos permita reconocer q ue los
valores de nuestra cultura no son los únicos, sin o sólo acaso preferibles por nosotros;
sin olvidar que otras culturas tienen también valores y con tenidos válidos, a ceptables y
preferibles por ello s. Todas las cul turas son ig ualmente válidas y todas aspiran a ser
universales.
5) Los contacto s entre culturas han sido du rante mucho tiempo un esp acio de
confrontación. El o bjetiv o es convert ir este espacio es un lugar para la negociación y la
cooperación. La comunicación intercultural es indispensab l e para poder llevar a cabo
la mediación intercultural
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La búsqueda d e la eficacia in tercultural conduce a crear una determinada competencia
comunicativa: poder sentirse competente para comunicarse con los miembros d e otra
cultura .
Si tuviera que resumir al máximo las competencias que considero b ásicas para adquiri r
la competen cia intercultural intercultural, me remitiría a las tres actitudes básica que
C. Rogers plantea ba para la comunicación: autenticidad (ser un o mismo, sin máscaras,
sin roles impuestos. Cuando una comunicación no es p roducto del fin gimi ento,
produce satisfacción en mí y en e l o tro); em patía (saber e ntrar e n el mundo del otro,
ponerse en su lugar, comprenderlo sin evaluarlo y sin etiquetarlo, conectar); y, respeto
(mirar al otro con sin ceridad y sin p rejuicios, desde un a acogi da incondicional q ue se
refleja en gestos y miradas). La intercu lturalidad es ho spitalidad y es con fianza. La
confianza en la p osibilidad del e ncuentro. Como dice Gadamer: “ El no oír y el oír mal
se producen por un motivo que reside en uno mis mo. Sólo no oye, o e n su caso oye mal,
aquel que permanentem ente se escucha a sí mismo , aquel c uyo oído est á, por así decir,
tan lleno de aliento que constantemente se infunde a sí mismo al seguir sus impulsos e
intereses, que no es capaz de oír al otro. Este es, en m ayor o menor grado, y lo subrayo,
el rasgo es encial de to dos nosotros. El hacerse capaz de entrar en diálogo a pesar de
todo es, a mi juicio, la verd adera human idad del hombre.” (19 94: 209)
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PARTE III
DISEÑO, ME TODOLO GÍA Y TRABA JO DE CAMPO.
Capítulo 6
Narrativas biográficas. U na propuesta metodológ ica.
Capítulo 7
Análisis de datos. Una propuesta fenome nológico -hermenéutica.
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CAPÍTULO 6.
NARRATIVAS BIOGRÁFICAS: UNA PROPU ESTA METODOLÓGICA.
6.1. MET ODO L OGÍA: DESCR IPCIÓN DE LA PROP UE S T A .
6.2. EL TEMA: LAS PREG UNT AS FE NOM ENOL ÓGICAS.
6.3. L OS O TROS: LA SELE CCIÓ N DE LAS PER SONAS A UT ORAS DE L OS RELA T OS.
6.4. REC OGID A DE D A T OS.
6.5. TÉCNIC AS BIOGRÁFICAS.
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293
INTRODUCCIÓN
La escalinata entra en el río,
el fuego entra en el río,
el hombre entra en el río,
y el ser del río entra en su ser,
y en plenitud es ya ser con el Ser.
¿Dónde están los pun tos cardinales?
sin peso ni ingra videz,
sin accidente,
sin línea que delimite agua y cielo,
en el todo irradia nte,
la vida pierde los bord es
y esa calma de muerte
indica
gloriosa
metamorfosis.
C . JANÉS
Comienz o la in tr oducció n de este capítulo q ue abre la te rcer a part e, con la concienci a
de que “ la in vestigación cualitativa en ca si todas sus formas (obser vación,
participación , entre vist as, etnog rafía) funciona c omo una met áfo ra del co nocimiento , el
poder y la verdad coloniales . ” (Denz in y Lin colm, 2012: 43 ). La activid ad científica ,
como la liter atur a o la pintur a (Said, 2002, 1996 ) son actividades políticas q ue gener an
repr ese n taciones del Otr o. Y esta conciencia de partida quier o que se sitúe al inicio
como una adverte ncia que i lustr e mi deseo no es con tribuir a que es to se repr oduz ca, y
ser capaz de plantea un uso y u na concepción de la metodología como espacio par a la
con ver sación crítica (Denzin y Lincolm, 20 12: 47); también conscien te d e los riesgos
que asumo
102
.
102
“ La inves tigación cualitativa resulta so spechosa (…) las epist emologías de las teorías críticas de los
racial, de las teorías q ueer , p oscoloniales, feminist as y posmode rnas se vu elven inútiles bajo la
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
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294
P ar a est os autor es, lo “ cualitativ o” implic a “ un énfasis en las c ualid ades de los ent es y
en los procesos y significad os que no pueden e x a minarse o medirse ex perimen talment e
(si es que pueden medirse en absolut o) en función de la can tidad, número, intensida d o
frecuencia. Las in v esti gacion es c ualit ativas subrayan la n atura lez a socialmente
cons t ruid a de la realida d, la relac ión ín tima entre el inves tigador y aquello que estudia,
y las restriccion es cont extua les que dan forma a la i n vestigación. (…) formulan
pregun tas y cons truyen respuest as que permitan desta car el modo en que la
e xperien cia social es creada y dotada de senti do . ” (Denzin y Lincoln, 2012: 62). En este
capítulo tr at aré de mos trar la metodología que ha inspir ado y ha guia do el proceso de
in ves t ig ación, teniendo como telón de f ondo el c arácter cualita tivo
103
de l a
in ves t ig ación. El capí tulo se d ivide en d os gr andes ap art ados. El prime r o tiene como
objetivo e xplicit ar la pr op ues tas met odológica, u na pr opuest a q ue se in s pir a en el
método fe nomenológico - hermenéutic o de M ax v an Man en. Expongo en q ué consist e
su mét odo y cómo ha sido mi rea pr opiación del mismo. D edicar é u n espacio par a
narrar cómo surg e del tema de inv estig ación , es decir , las pregun tas fe nomen ológic as
que se e rigen como las fuent es d e est a inv es t ig ación ; así c omo al p r o ceso d e selecció n
de las perso n as que han p articipado c omo narrad ores y que h an aportad o su rela to de
vida. A p artir de las pr egun tas y el t ema, elaboro un diseño d e inv es t ig ación abiert o. El
segundo apart ado est á d edicado al proceso de recogida de datos. En es te apart ado
mostr aré en qué ha cons is tido este proceso y describiré las técnicas b iogr áfic as qu e h e
utiliza do así como el m odo en que lo he hecho.
perspectiva de la investiga ción d e base científic a, y quedan relega das, en el mejor de los casos, a la
categoría de erudición que no llega a ser cien cia. ” (Denzin y Lincoln, 2012: 59)
103
“ La inves tigación cualitativa es una activid ad situ ada, que ubica a l in ves tigador en el mundo. Consiste
en una serie d e prácticas m ateriales e interpretativas qu e hacen visible el mu ndo y lo transforman, lo
conviert en en una serie de represen taciones que inc luyen las n otas de campo, las entrevis tas, las
conversaciones, las f otograf ías, las grabacion es y las not as para el in vestigador . (…) implica un enf oque
int erpretativo y natu ralis ta del mu ndo , lo cu al sign ifica que los inves tig adores c ualit ativ os e s tudias las
cosas en sus escenarios n aturales, tratando d e entender o int erpretar los fenómeno s en func ión de los
significados que las p ersonas les da n . ” (Denzin y Lincoln , 2012: 48 - 49)
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Desde un plano gen eral, la metod ología se in scri be, como decía, dentro d el en foque
cualitativo, qu e se diferencia en t res áreas clave d e los en foques cuantitativos ( Álvarez
Gayou, 2003: 28): en cuan to a la intención o propósito de la investigación:
comprender/explicar; en cuan to al papel del investigador: personal/impersonal; y, en
cuanto al con ocimiento que produce: con strui do/descubierto. Los marcos teóricos e
interpretativos para la investigación cualitativa, esquemáticamen te, pueden ser
104
:
ENFOQUES TEÓRICOS
Teoría crítica
Temas centrales: estudio de las inst ituciones sociales y de
sus transformaciones; dominación y luchas sociales;
enajenación social; etc. Escuela de Frankfurt.
Constructivismo
Relación mente/mundo. La persona construye
activamente su conocimiento. Piage t.
Construccionismo
Construcción social del signif icado. Importancia de las
relaciones y del significado compartido. Gergen.
Estudios de género
Construcción social d el género. El lenguaje como medio de
producción de significados. Hermenéutica de la sospecha.
Psicología de los
constructos personales
Líneas de conducta. P atrones o p lantilla a trav és d e las
cuales la persona ve el mundo. G. A. Kelly.
MARCOS DE REFERENCIA INTERPRETATIVOS
Interaccionismo
simbólico
Los seres humanos actuamos an te los o bjetos y an te otras
personas sobre la base de significados qu e tienen para
nosotros; éstos se originan de la interacción que tenemos
con ot ras personas. Investigación naturalista. G. H. Mead y
H. Blumer.
104
T ab la adaptada a partir de Álvare z - Gay ou (2003: 4 1 - 99)
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Interaccionismo
interpretativo
Propone que en la interpretación se ten ga n en cuent a en
mayor med ida los factores sociocult urales. Incorpora las
corrientes postestructuralistas y los estud ios d e género.
Más cualitativo que el interaccionsimo simb ólico. Denzin.
Etnometodología
Estudio de las habilidades p rácticas, lingüísticas y de
ineracción q ue las perso n as usan para resolver situaciones
de la vida diaria. Cómo se gen era la vida cotidiana d e una
construcción social. Importancia del contexto. Garfinkel .
Análisis conversacional
Estudia las característ ic as y mod alidades interactivas qu e
se d an en las conversaciones cot idianas. Estructura
colaborativa que emerge en la conversación. Es una
derivación de la etnometodología.
Etnografía
Descripción detallada de un grupo cultural. Los significados
que atribuyen a sus comportamientos.
Hermenéutica
Teoría y p rác tica de la int erpretación de los texto s.
Objetivo: comprender. Círculo hermenéutico.
Fenomenología
El objeto d e estudio es la experiencia de vida tal como la
persona la vivien cia. Los seres h umanos están vinculados a
su mundo de vida (relaciones con objetos, perso nas,
sucesos y situaciones).
Fenomenografía
Se en foca en las f ormas en que experimentamos
diferentes fenómenos y fo rmas d e ver, de conocer y de
tener h abilidades re lacionadas con ellos. El propósit o no
consiste en encontrar la esencia singular o común, sino en
encontrar la variación.
Teoría fundamentada
Propósito: generar o descubrir teoría. La teoría surge a
partir d e los datos obtenidos. Las t eorías son adecuadas a
la situ ación que se investiga y operat ivas cuando se p onen
en práctica. B. Glaser. A. Strauss.
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Denzin y Lincoln proponen (2012: 87):
PARAGIMA
TEORÍA
CRITERIOS
FORMA DE LA
TEORÍA
TIPO DE
NARRATIVA
Positivista
Postpositivista
Validez interna y
externa.
Fundamentada.
Lógico-deductiva.
Informe científico.
Constructivista
Confiabilidad,
credibilidad,
transferibilidad,
confirmabilidad
Sustantiva- Formal.
Estudio
interpretativo,
ficción
etnográfica.
Feminista
Afrocéntrico, experiencia
vital, diálogo, cuidado,
raza, género, clase,
reflexividad, emoción,
praxis.
Crítica basada
en el punto de vista
Ensayos, relatos,
escritura
experimental.
Étnico
Afrocéntrico, experiencia
vital, diálogo, raza,
género, clase,
reflexividad, emoción,
praxis.
Crítica histórica
basada en el
punto de vista
Ensayos, fábulas,
dramas
Marxista
Teoría emancipatoria,
falseabilidad dialógica,
raza, género, clase
Crítica histórica y
económica
Análisis histórico,
económico y
sociocultural
Estudios
culturales
Prácticas culturales,
praxis, textos sociales,
subjetividades
Crítica social
Teoría cultural
como crítica
Teoría queer
Reflexibilidad de
construcción
Crítica social
Análisis histórico
Teoría como
crítica,
autobiografía
El giro narrativo ha hecho posible la experi mentación con nuevos mét odos y
herramientas, o con nuevos mod os de hacer uso d e herramientas ya asentadas en la
investigación en ciencias sociales y edu cativas. Como dice Bolívar, estos modos de
investigar pueden ser “ una potente herramienta, especialmente pertinente para entra r
en el mundo de la identidad, de las gentes “sin voz”, de la c otidian eidad, en los
procesos de interrelación, identific ación y reconstrucción personal y cultural. El enfoque
hermenéutico o interpretativ o en ciencias sociales y, dentro de él, el enfoque
Narrativas biográficas de mediado res intercu lturales de sde un a perspectiva sistémica. Implicaci one s socioed ucativas.
Carmen Ochoa Palomo
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que ha n t enido como o bjeto el reconocimiento por parte de los profesores a alumn os
con dificultades, y la esperanza pedagógica o la esperanza como experien ci a
significativa para los educadores. En la Universidad Internacional de Catalunya también
se ha presentado recientemente una tesis doctoral con este enfoque sobre la
identidad del pedagogo (Ureta , 2014a, 2014b).
En mi caso, segu iré las apo rtaciones y propuestas de Max van Man en. Van Man en se
inicia a partir d e lo qu e en el contexto e u ropeo de la fenom enología her menéutica se
conoce como la “Escuela de Utrecht” (Ayala, 2008). La línea de la escuela parte de la
filosofía de H u sserl y los f enomenólogos p osteriores cercanos al existencialismo. En el
tiempo podemos ubicar la producción de la escuela entre los años 40 y 70, período en
el que se d ieron cita es la escuela p sicólogos, educadores y pedagogos, p ediatras,
criminólogos, juristas y psiquiatras; todo un contexto d e multidiciplinariedad que tenía
en común la defensa de una actitud fenomenológica
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.
El enfoque fenomenológico-hermenéutico de Max van Manen parte de una premis a
que n os lleva a la paradoja. Apoyándose en autores como Gadamer (1975) o Rorty
(1979), van Manen af i rma q ue “ el método de la feno menología y la hermenéutic a
consiste en que no hay mét odo .” (2003: 48 ). Lo que ent iendo de e ste afirmación es q ue
es un modo de entender la investigación que nos “saca” (como dice Larrosa) del
“orden d el discurso pedagógico”, que es el orden de la investigación en las ciencias
sociales al qu e estamos habituados y en el que nos sumergimos como si de en un texto
civilizatorio se tratase. Lo que nos va a perm itir la fen omenología h ermenéutica es
hacer una reapropiación subjetiva de ese texto civilizatorio que es el orden del
discurso pedagógico (parafraseando a Foucault). En este sen tido, van Manen d ice un
poco más adelante, sí hay un método, un modo de investigar fenomenológico -
hermenéutico, y es ése método el que intentará describ ir. Básicamente, las t res
características del método fenomenológico- hermenéutico son (2003: 48-49 ): 1) Es una
investigación que se centra en u n fenómeno que despierta auténticamente nuestro
interés, que nos compromete con el mundo, que dice algo d e nosotros. 2) Es una
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En el contexto no rteamericano , las influencias principale s parten de Patricia Benne r en enfermería ;
de Amedeo Giorg i y Clark Mo ustakas en psicolo gía y de Max Van Man en en educació n, (Ayala, 2008 :
410 -411).
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