Para conocer el "Porrajmos": el genocidio gitano bajo el nazismo
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DOSIER LA HISTORIA OLVIDADA Para conocer el Porrajmos El genocidio gitano bajo el nazismo Los gitanos han sufrido persecuciones de toda clase. En Andalucía, se conoce bien la gran redada de 1749. Menor rastro histórico ha dejado su sufrimiento en los campos de concentración y exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. En toda Europa, los gitanos fueron sometidos bajo el nazismo a una política de persecución y exterminio muy similar a la practicada contra los judíos. En nombre del nacionalismo y de la pureza racial, miles de romaníes fueron encarcelados, torturados y asesinados entre 1933 y 1945. Una vez derrotado Hitler, los países vencedores reconocieron y repararon la pérdida del pueblo judío. Sin embargo, no hubo una condena ni toma de conciencia similar para el caso gitano, cuyo genocidio fue negado y olvidado. MARÍA SIERRA UNIVERSIDAD DE SEVILLA La historia del genocidio de la población gitana en tiempos del nazismo ha tardado mucho en comenzar a ser contada. Todo el mundo conoce el Holocausto judío, resultado del antisemitismo voraz del régimen nazi. Incluso se sabe que hubo otras comunidades afectadas por similar odio racial y político, que compartieron con los seis millones de judíos asesinados el recorrido por los campos de concentración y exterminio: comunistas, homosexuales, testigos de Jehová… Sin embargo, no suele contarse que la población romaní que vivía en la Europa de entreguerras fue destruida en la misma proporción, si no superior, que la judía. Y, aunque es difícil cuantificar el número de víctimas gitanas del nazismo, pues muchos de los asesinatos no fueron registrados ni había censos previos fiables, no menos de medio millón de personas consideradas Zigeuner perecieron bajo el nazismo (entre el 70 y el 80% de los que vivían en la Alemania del III Reich). Tampoco suele saberse que en Auschwitz, el más conocido campo (en realidad, una red de campos) del sistema de concentración y exterminio nazi, había un Zigeunerlager, un campo gitano, cuyos prisioneros fueron conducidos colectivamente a las cámaras de gas la noche del 2 al 3 de agosto de 1944, como consecuencia de una orden directa de Himmler. La palabra Porrajmos, que en romanés significa “devorador” (y la variante Baro Porrajmos: “el gran devorador”), fue propuesta por algunos intelectuales romaníes décadas después para intentar expresar una destrucción colectiva tan devastadora como la Shoah de los judíos (Hancock, 1997). Esta historia que acaba en las cámaras de gas había comenzado incluso antes del ascenso de Hitler al poder en 1933; pero el nazismo fue el precipitante de la agresión, a la vez violenta y legal, contra los ciudadanos gitanos (sinti y roma) alemanes. Las leyes que se dieron para justificarlo se apoyaron, además, en los estudios que desarrollaron con este objeto los científicos raciales —y racistas— del régimen. Desde el Instituto para la Investigación de la Higiene Racial y otras sedes científicas, el Dr. Ritter coordinó una investigación financiada por el gobierno y determinó que los gitanos eran genéticamente “asociales”, es decir, personas que por su naturaleza racial no podrían en ningún caso incorporarse a la sociedad civilizada, al ser colectivamente dados a la delincuencia y renuentes al trabajo. Debían ser separados de los “buenos ciudadanos” y procurar su reclusión, esterilización y desaparición. RAZAS “INFERIORES”. Se extendían así a los gitanos algunos de los argumentos racistas que el nazismo convirtió en seña de identidad de sus políticas, señaladamente en la campaña antisemita, pero también contra los negros y, en general, las razas llamadas “inferiores”. Lo cierto es que los científicos del régimen recogían ideas que estaban en la cultura popular e intelectual europea desde mucho antes: los estereotipos de ladrones, vagos y amorales, con los que la literatura viene castigando a los gitanos desde su llegada a Europa en el siglo XV, se convirtieron en el siglo XIX en afirmaciones sustentadas por médicos, criminólogos y sociólogos obsesionados con la pureza racial y la seguridad pública (Robert Knox, Cesare Lombroso, etc.). AH ENERO 2017 28
A partir de estos supuestos, el nazismo desarrolló una tarea sistemática de fichaje policial que iba mucho más allá del tradicional hostigamiento ya familiar para los gitanos de toda Europa. Sobre esta base se iniciaron no solo las detenciones, sino también las primeras esterilizaciones forzadas, una práctica que continuaría hasta el final de la Segunda Guerra Mundial con tenaz voluntad de extinción, aplicada incluso a niños y con métodos cada vez más brutales. De la mesa de operaciones de un quirófano en 1933 (en aplicación de la “Ley para la Prevención de las Deficiencias Genéticas”), se pasó a las inyecciones de líquidos corrosivos y otros experimentos para esterilizaciones masivas y baratas en los campos de concentración a partir de 1942-43. Así, desde 1933 los gitanos que vivían en el III Reich conocieron una persecución cada vez más intensa. Y extensa, pues no se salvaron siquiera algunas familias que estaban instaladas desde hacía más de cinco siglos en estos territorios, eran sedentarias, tenían oficio conocido y relaciones con el vecindario. Incluso gitanos que fueron soldados del ejército alemán hasta fechas tan tardías como 1941-42, acabaron en los campos de concentración. Walter Winter fue uno de ellos, que tras servir en la Wehrmacht fue enviado a Auschwitz. Al final, tanto él como su hermano fueron llevados al frente oriental como combatientes forzados contra los soviéticos en los últimos días de la guerra, cuando el ejérci- to alemán ya se batía en retirada. Sobrevivió y pudo contarlo en sus memorias. Si la pequeña clase media romaní que vivía en Alemania y los países europeos conquistados por el ejército nazi conoció una persecución que no reparaba en la integración social y los méritos militares de los afectados, es fácil imaginar que la represión ejercida contra los grupos nómadas, cuya presencia concitaba a la par curiosidad y rechazo, sería aún más fulminante. Desde las mismas Olimpiadas de Berlín de 1936, que Hitler concibió como un pedestal para la raza aria, se procedió a “limpiar” policialmente las calles, creándose el primer campo de encarcelamiento colectivo gitano a las afueras de la ciudad (Marzahn). A estas detenciones y confinamientos iniciales, le siguió una política más Prisioneros gitanos en Dachau, con el triángulo oscuro que marca a los “asociales” Zigeuner sobre sus pantalones. Bundesarchiv, Bild 152-27-11A / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 Un pedazo de pan vale más que mil marcos Q“Un pedazo de pan vale más que un billete de mil marcos, porque el billete no te lo puedes comer pero el pan o una patata sí. En pocas palabras, te aferras a las cosas más absurdas, y lo más increíble es que a veces te juegas el pellejo por conseguirlas. Cuando hay posibilidad de tener algo, es necesario echarle valor y lanzarse. La de golpes que he recibido por esto. Era un riesgo que corría cada vez que iba a la cocina a coger alguna cosa, como mondas de patatas, o los restos que la Wehrmacht tiraba. Recogía todo lo que encontraba, lo escondía en la gorra y salía corriendo. Cuando me pillaban, apuntaban mi número y me zurraban, a veces en el momento, otras veces después. Pero a mí los golpes me daban lo mismo, lo importante era tener algo que llevarme a la boca. (…) Yo he visto los crematorios. Una vez fui con el capo Felix a recoger botes vacíos que antes habían contenido Zyklon B (…). No vi las duchas de gas, pero sí los hornos y los carros en los que amontonaban los cuerpos para llevarlos al crematorio”. Otto Rosenberg. Un gitano en Auschwitz, Madrid, Amaranto, 2003, p. 79. AH ENERO 2017 29
D O S I E R nes, además, quedaría luego la dura prueba de la convivencia con quienes dieron apoyo o miraron hacia otro lado mientras eran desposeídos de sus bienes y deportados a los campos. La derrota del régimen nazi no significó el reconocimiento de todas sus víctimas. La causa gitana estuvo ausente en los juicios de Núremberg y a los gitanos se les denegó la consideración de víctimas del terror nazi, argumentando que su persecución no había tenido lugar por motivos “raciales” sino por su comportamiento “asocial” y criminal, reproduciendo los argumentos del nazismo. Incluso, se mantuvo después de la guerra en la Policía Criminal alemana a las mismas personas que se habían encargado de la campaña de recogida de datos para la llamada lucha contra el “problema gitano”, que abrió el camino a las deportaciones y el genocidio: “Estos funcionarios también actuaban con frecuencia como ‘expertos’ en las solicitudes de indemnización, permitiendo a los ejecutores determinar la validez de las reclamaciones de las víctimas” (Neumann y Zimmermann, 1999). MÁS ALLÁ DE 1945. En consecuencia, es justo decir que la persecución de los gitanos no acabó en 1945 con la derrota del nazismo. Junto a la extensión geográfica del Porrajmos, que alcanzó desde Holanda a Ucrania, habría que destacar su extensión cronológica. Si la estigmatización de los gitanos había comenzado mucho antes de que el nazismo elaborara su “solución final” para ellos, hubo campos de concentración que no se desmantelaron hasta 1946 (en Francia, como documenta Filhol, 2007). La existencia de los llamados “carnets antropométricos” especiales para nómadas y gitanos es indicativa de que la obsesión criminológica que les había convertido en objeto de especial hostigamiento policial continuó activa, con completa independencia del calibre del dolor humano causado por la persecución racial durante el nazismo. En Francia, estos carnets, vigentes hasta 1968, trataban como presuntos criminales a sus portadores, incluyendo además de fotos de perfil y de frente, numerosos datos y señas antropométricas. En gran medida, después de 1945 los supervivientes gitanos no pudieron hacer Gitanos deportados en 1941. Bundesarchiv_R_165_Bild-244-48 sistemática de deportaciones a partir de 1939, una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial. El nazismo organizó un amplio sistema concentracionario formado por campos de trabajo forzado y campos de exterminio, que creció a la vez que aumentaba vertiginosamente la presencia de poblaciones de “razas impuras”, según el ejército alemán iba ocupando un territorio tras otro (especialmente en el este de Europa, con altas tasas de habitantes judíos y gitanos, pero también otros como los Países Bajos y Francia). Aunque se extrajo del trabajo esclavo un gran rédito económico para las empresas afines al régimen y el mantenimiento de la maquinaria bélica, el asesinato masivo de los deportados también se multiplicó. La liquidación de los débiles o, sencillamente, de los que no cabían en los campos, se convirtió en un problema muy grave para los jerarcas del terror nazi, que recurrieron a procedimientos de todo tipo antes y después de descubrir en Auschwitz el Zyclon B, el gas que industrializó el exterminio de miles de seres humanos. Los gitanos de toda Europa fueron deportados a campos lejanos: holandeses que amanecían en Polonia, austriacos que acababan sus días en el gueto de Lódz, franceses que después de pasar meses en campos de confinamiento locales eran encerrados en trenes sin destino fijo… Otros fueron directamente acribillados tan pronto como los localizaban los Einsatzgruppen (escuadrones especiales itinerantes de ejecución), que dejaron un denso rastro de familias muertas en los territorios ocupados de la Unión Soviética. Según uno de los primeros historiadores del genocidio romaní, Michael Zimmermann, en Polonia, Serbia, la URSS y regiones bálticas, fueron asesinados por la policía de seguridad de la Wehrmacht o los Einsatzgruppen muchos más gitanos que los que murieron en los campos. El régimen nazi no tuvo una única política racial sino que fue implementando objetivos y medios según evolucionaban las circunstancias, aún más en medio de la guerra. Por ello, junto a los campos de trabajo y exterminio o las razias de los batallones especiales, la destrucción del pueblo romaní tuvo lugar de muchas otras maneras: así por ejemplo, en noviembre de 1941, 5.000 gitanos habitantes de Burgenland (Austria) fueron confinados en el superpoblado gueto de Lódz (Polonia), donde a los pocos meses la mayoría murió de tifus. Familias enteras perecieron. Los supervivientes fueron gaseados en las camionetas que les trasladaban, preparadas para introducir el gas de la combustión en el interior del vehículo. Ninguno sobrevivió, según Saul Friedländer, reconocido historiador del Holocausto, pero apenas queda memoria de ello (El Tercer Reich y los judíos, 1939-1945. Los años del exterminio, 2009, p. 427). Pudo haber incluso peores maneras de morir. Los experimentos médicos del conocido Dr. Mengele, que usó Auschwitz como laboratorio humano para sus investigaciones genéticas, se cebaron especialmente con los gitanos. Sus favoritos eran los niños, más aún si eran gemelos: banco de pruebas para sus estudios, cobayas para testar resistencias, material que enviar a sus mentores en las instituciones científicas alemanas (Guenter Lewy, 2000). Si se leen algunos testimonios de los supervivientes, sobre todo cuando recuerdan a sus familiares muertos o torturados, es fácil entender cómo el dolor de sobrevivir a tan- to horror ha dificultado o impedido hablar de ello. Junto al bloqueo o la vergüenza, especialmente en un tema de gran significado cultural como el de la esterilizaciones, en estos testimonios sobrevuela a veces el sentido de culpa por haber sobrevivido, como si hubiera sido a costa de las muertes de otros. En el caso de los gitanos alema- AH ENERO 2017 30
D O S I E R Más información Q Sonneman, Toby Shared Sorrows. A Gypsy family remembers the Holocaust. University of Hertfordshire Press, Hatfield, 2002. Q Heuss, Herbert; Sparing, Frank; Fings, Karola y Kenrick, Donald (eds.) The Gypsies during the Second World War University of Herthfordshire Press, Hatfield,1997, 1999 y 2006. Q Lewy, Guenter The Nazi Persecution of the Gypsies Oxford University Press, New York – Oxford, 2000. Q Hancock, Ian “On the interpretation of a word: Porrajmos as Holocaust”, (2006), http://www.radoc.net/ radoc.php?doc=art_e_holocaust_interpretatio n&lang=ry&articles=true La lucha contra el olvido: una obligación cívica QLa lucha contra el olvido no es solo una tarea académica; también es una obligación cívica. Es importante la labor de los historiadores que han afrontado un trabajo muy difícil, por los problemas de documentación y otros motivos. Es aún si cabe más necesaria la recuperación de las voces perdidas de los supervivientes: sus testimonios, en forma de memorias en algunos casos, entrevistas orales o transcritas en otros, son la mejor vacuna contra el racismo. Es imprescindible leer, por ejemplo, el conjunto de entrevistas que Toby Sonneman, hija de un judío alemán que pudo salir de su país con el ascenso de Hitler, hizo a varios miembros de la familia Mettbach, gitanos sintis marcados por el Porrajmos. Entre las historias que recoge destaca la de Rosa Mettbach, quien sobre un álbum de fotos, señala y nombra a hermanas, sobrinos y otros parientes muertos. Ella misma fue deportada nada más ser madre y desposeída de su hijo. Detenido su transporte para recoger más prisioneros en Viena, donde había vivido de niña, recuerda cómo un policía que conocía a su familia le dijo con tristeza: “No puedo hacer ya nada más por ti, no puedo hacer nada —vas a Auschwitz”. Solo añadió, “Y tu madre murió en Litzmannstadt (Lódz)”. Rosa se había separado de ella para escapar del tren que la conducía con sus hermanas y hermanos al gueto polaco. No volvió a ver a ninguno con vida. Por muchos más retazos olvidados de historias como esta, no conocer, reconocer y recordar el genocidio romaní es, de alguna manera, volver a matar a sus muertos. No es cívica la lentitud con la que se ha llevado en Alemania el proceso de su reconocimiento político y legal como víctimas del nazismo o el tardío cuidado simbólico de la memoria. La historia del monumento elevado en Berlín en recuerdo del Porrajmos es bien expresiva de ello: tras negarse que hubiera habido persecución racial contra los gitanos durante muchos años, en 1982 se abrió la posibilidad de que el reconocimiento por parte del gobierno alemán se materializara en un memorial similar a los dedicados a otros colectivos. No fue hasta el año 2012 cuando se inauguró el monumento (en la imagen). Por eso y frente al olvido, las asociaciones gitanas de muchos países reivindican hechos como el que conmemoran todos los años el 16 de mayo. Este día se recuerda internacionalmente la acción de rebeldía y resistencia de las familias gitanas que, prisioneras en el campo de Auschwitz, se enfrentaron a sus carceleros cuando eran conducidas a las cámaras de gas. Y, sin embargo, la historia de la persecución de los gitanos en Europa no se limita ni acaba con el genocidio nazi. Concentrar la culpa en Himmler y Mengele alivia la conciencia sin garantizar la autocrítica. Como este dosier de Andalucía en la Historia muestra, hay otros episodios de nuestro pasado que conviene leer desde esta perspectiva. También, por qué no, de nuestro presente: en la lucha contra el racismo gana toda la sociedad. otra cosa que intentar pasar desapercibidos, puesto que, ya fuera en la Alemania vencida o en el territorio de los países vencedores, las leyes estaban en su contra. Y, aún más, también continuaba estando en su contra la mirada social mayoritaria, que ha mantenido vivos hasta la actualidad estereotipos negativos sobre el carácter y el comportamiento colectivo del pueblo gitano. Esto último fue en España compatible con la instrumentalización de su imagen como seña de identidad nacional durante el franquismo. El tópico ha ocluido una historia plural de participación y compromiso político: no hay estudios aún sobre ello, pero según Ángel del Río, especialista en la memoria de los andaluces que fueron recluidos en los campos nazis, es muy probable que hubiera gitanos entre los rotspaniers, aquellos “españoles rojos” protagonistas de la lucha antifascista. Implicado en esta causa, el artista gitano sevillano Helios Gómez, por ejemplo, dio con sus huesos en el campamento argelino de Bou Saâda deportado desde la Francia de Vichy. El episodio del genocidio nazi no parece habernos enseñado mucho sobre los peligros del racismo en el caso del antigitanismo. Conviene por ello conocer su historia para enfrentar a dónde nos puede llevar. Memorial sobre el genocidio gitano en Berlín. AH ENERO 2017 31