Testimonios religiosos de la presencia fenicia en Andalucía Occidental
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TESTIMONIOS RELIGIOSOS DE LA PRESENCIA FENICIA EN ANDALUCÍA OCCIDENTAL' por MARÍA BELÉN JOSÉ LUIS ESCACENA 2 RESUMEN Las últimas investigaciones sobre la paleodesembocadura del Guadalquivir y enfoques teóricos nuevos permiten dibujar un renovado panorama de la implantación fenicia en la zona. Aquí se analiza este hecho histórico desde la valoración de una serie de elementos religiosos que pueden asignarse a los grupos orientales afincados en la región. ABST1RACT Recent paleogeographical researchs and new methodological approaches offer a renovated panorama of Phoenician colonization in the Lower Guadalquivir. This work takes a view on the valuation of some religious materials that might be attributed to oriental population settled in the region. 1. INTRODUCCIÓN Una serie de trabajos arqueológicos recientes que ahora sería prolijo enumerar, y que afectan a las costas meridionales hispanas desde Alicante al menos hasta la desembocadura del Tajo, están empezando a cambiar poco a poco el panorama que teníamos de la colonización fenicia en la Península Ibérica. Por una parte, los estudios paleogeográficos del denominado "Proyecto Costa", abordado por el Instituto Arqueológico Alemán, vienen dibujando un litoral para el primer milenio a.C. en gran medida distinto al que hoy conocemos, de manera que tierras que en la actualidad se consideran interiores no lo fueron tanto en tiempos protohistóricos (Arteaga y Roos 1995; Arteaga y otros 1995; Schulz 1995) (mapa 1). Por otra, nuevos 1. Este trabajo fue publicado en su primera versión en Actas del Congreso "El Mediterráneo en la Antigüedad: Oriente y Occidente" (Cunchillos y otros, eds.), Sapanu. Publicaciones en Internet 11 (1998) [http://www.labhermfilol.csic.es ]. 2. Los autores son profesores del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla. SPAL 6(1997): 103-131 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
104 MARÍA BELÉN / JOSÉ LUIS ESCACENA planteamientos teóricos y metodológicos acerca del concepto de aculturación (Rivera 1975; Gruzinski y Rouveret 1976; González Wagner 1983 y 1986; Alvar 1990, 1991 y 1993), así como de las huellas arqueológicas que la interacción cultural origina (Belén y Escacena 1995), han producido hipótesis de trabajo que buscan contrastación en los muchos datos que las actividades arqueológicas de campo vienen acumulando en Andalucía, especialmente en las dos últimas décadas. El objetivo de nuestro trabajo es doble. Primero queremos presentar de nuevo —por tratarse de hallazgos recientes poco divulgados— el conjunto arqueológico documentado en una intervención de urgencia en la casa-palacio del Marqués de Saltillo, en Carmona, que constituye uno de los últimos aportes de la arqueología protohistórica bajoandaluza al conocimiento de la religiosidad de las comunidades que habitaban la zona en época tartésica (Belén y otros 1997). De otro lado, ya raíz de algunas investigaciones sobre el intercambio cultural entre fenicios e indígenas que desde hace unos arios llevamos a cabo en el Bajo Guadalquivir, queremos retomar en parte las interpretaciones que hasta ahora se han ofrecido del yacimiento del Carambolo. A la luz de los nuevos enfoques teóricos a los que aludíamos anteriormente, las características singulares de dicho yacimiento y la riqueza de muchos de sus materiales arqueológicos sugieren explicaciones históricas que tienen que ver muy directamente con los intereses de la implantación fenicia en la zona y con el papel que en esta colonización tuvieron algunos santuarios erigidos en sitios clave para el comercio entre Oriente y Occidente. Desde estas líneas introductorias debemos insistir de nuevo, y de forma muy especial, en que nuestras propuestas deben explicarse en un marco paleogeográfico diferente del actual, que hacía de Carmona, por ejemplo, un enclave situado a menos de una jornada de distancia de la costa a través del camino que, desde la desembocadura del río Guadaira en el Golfo tartésico, conducía al reborde de Los Alcores'. Por otra parte, sólo un enfoque metodológico distinto al tradicionalmente empleado para distinguir los asentamientos fenicios de los que no lo fueron, y que tenía como única referencia las pequeñas colonias del litoral mediterráneo andaluz (Pellicer y otros 1977), podría permitirnos empezar a aceptar unos nuevos modelos de la ocupación semita al Oeste del Estrecho de Gibraltar, cambio de posiciones que tiene su ejemplo paradigmático en el sitio gaditano del Castillo de Doña Blanca, que ha pasado en pocos arios de considerarse un enclave autóctono de la población tartésica a una auténtica colonia fenicia que hoy disputa a Cádiz el haber sido solar fundacional del establecimiento legendario de Gadir 4. 2. UN SANTUARIO URBANO EN CARMONA La comarca de los Alcores, próxima a Sevilla capital, debe su fisonomía y su nombre a una cadena de cerros de formación terciaria, que se levantan hasta por encima de los doscientos metros s.n.m., entre las terrazas del Guadalquivir y las vegas de los ríos Corbones y Guadaira. Su potencial agropecuario y, sobre todo, su situación en relación con las comunicaciones entre la costa y el interior del Guadalquivir, convirtieron esta región natural en uno de los principales focos de la Andalucía tartésica, como ya pusieron de manifiesto a fines del siglo pasado los trabajos de J. Bonsor (1899). Desde sendos enclaves situados sobre las mesetas elevadas de Carmona, al norte, y Mesa de Gandul, al Sur, dotados de sólidas defensas, se controlaba un amplio territorio, muy próximo a la antigua línea de costa como acabamos de señalar, por el que discurrían las principales arterias de comunicación del valle, tanto fluviales como terrestres. 3. Cálculos estimados a partir de Ruiz-Gálvez 1992. 4. El Profesor Ruiz Mata ha expuesto en distintos foros científicos los argumentos que le llevan a defender esta polémica hipótesis. SPAL 6(1997) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
TESTIMONIOS RELIGIOSOS DE LA PRESENCIA FENICIA EN ANDALUCÍA OCCIDENTAL 105 Las intervenciones arqueológicas que desde mediados de la década de los ochenta se vienen sucediendo en el recinto histórico de Carmona, no han hecho más que corroborar la gran influencia que en su desarrollo posterior tuvo la pronta incorporación de la ciudad a los circuitos comerciales de ámbito mediterráneo. Distintos investigadores han señalado la presencia de artesanos, comerciantes o agricultores fenicios en esta población. Nosotros, partidarios también de la cohabitación de orientales y tartesios en Carmona, ofrecemos para su discusión los argumentos que nos han llevado a defender el hallazgo de un complejo cultual vinculado a la comunidad foránea establecida aquí al menos a partir del siglo VII a.C. 2.1. Los hallazgos y su contexto En mayo de 1992 los arqueólogos municipales de Carmona realizaron una intervención de urgencia en un solar situado en lugar céntrico y elevado del actual barrio de San Blas, junto a la iglesia del mismo nombre, que en su tiempo albergaba las cuadras y otros servicios de la residencia palaciega del Marqués del Saltillo, y excavaron un complejo de estructuras pertenecientes a distintas fases de edificación superpuestas. Tres de estos edificios construidos uno sobre otro, siempre con la misma orientación, se fechan entre la segunda mitad del VII, o principios del VI, y mediados del siglo V a.C. Todos ellos acusan una fuerte influencia de las técnicas constructivas de tradición fenicia, claras, sobretodo, en las formas de enlucir paredes y suelos 5. La fase más reciente, anterior a mediados del siglo V, es la que está documentada en mayor extensión. A ella corresponden una serie de dependencias contiguas, que ocupan longitudinalmente de NE a SO toda la zona excavada, pertenecientes a un mismo edificio, que consta, al menos, de un amplio espacio enlosado, que suponemos un patio abierto, y tres habitaciones de 3,40, 5,10 y 6,60 m., en sentido NE-SO. La más pequeña y la mayor tenían un pavimento arcilloso de color rojo fuerte, de 4-5 cms. de espesor, en tanto que la habitación central estaba solada con adobes. Adosados en ambos casos al muro oriental de las respectivas estancias, medianero con las contiguas, se documentó un banco de mampostería en la habitación mayor, y un hogar rectangular, también de adobes, en la central y mediana. A pesar de que el depósito arqueológico correspondiente a esta fase constructiva resultó muy afectado por las obras de nivelación del terreno realizadas con máquinas, se recuperaron abundantes materiales que reseñamos sucintamente. Sobre el pavimento de losas se hallaron numerosos fragmentos de ánforas con los que hemos podido reconstruir, en parte, ocho ejemplares, de formas diferentes. Unas conservan todavía el hombro carenado de los prototipos fenicios más antiguos (R-1 o Trayamar 1), pero tienen ya el borde que caracteriza a las producciones locales a partir de la segunda mitad del siglo VI a.C.; otras responden a la forma conocida por los especialistas como Mañá/Pascual A-4. Además de las ánforas, se documentaron, sobre todo, cuencos en forma de casquete esférico, algunos con paredes carenadas, decorados con franjas o bandas de tonos rojizos. En los depósitos relacionados con las restantes estructuras del mismo complejo constructivo se recuperaron, junto a cuencos y vasos cerrados con decoración pintada, piezas de profundidad media, boca abierta y cuerpo de perfil en "S", que se han descrito por distintos autores como "vasos para beber", vasos en forma de tulipa o caliciformes. Muchos de estos recipientes tienen el borde recortado intencionadamente. En cuanto al más antiguo de estos tres complejos superpuestos, en el que de forma más directa se apoya la argumentación de nuestra hipótesis, sólo pudo excavarse completa una habitación de 4,40 por 1,80 m., orientada de NE a SO en sentido longitudinal. Tenía paredes de adobes encaladas y pavimento de tierra batida pintado de rojo, y se accedía a ella desde otra estancia contigua por un vano situado en la esquina sur (fig. 1). 5. La descripción pormenorizada de la excavación puede consultarse en Belén y otros 1997. SPAL 6(1997) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
106 MARÍA BELÉN / JOSÉ LUIS ESCACENA En tres de las esquinas de esta dependencia se excavaron sendos huecos de forma irregular en los cuales suponemos que se encajaron de pie otros tantos píthoi con decoración figurada que se recogieron fragmentados y esparcidos sobre el suelo de la habitación, junto con dos copas de cerámica gris a torno y un plato de engobe rojo que pudieron servirles de tapaderas, dos vasos para almacenar hechos a mano y un juego de cuatro cucharas de marfil talladas en forma de patas de cuadrúpedo ungulado, que corresponden a los cuartos delanteros y traseros de un mismo animal. La languidez de las pezuñas sugiere que dichas extremidades se representaron ya muertas, pues no se reproducen en posición de apoyo. Igualmente, parece que las incisiones y rebajes en forma de V que se interponen entre los mangos y las cazoletillas reflejan la separación entre la zona ya desprovista de piel y otra todavía con ella, como correspondería a los cuartos de un animal ya desollado (fig. 2). Los tres píthoi son, sin duda, las piezas más llamativas en este conjunto. Su forma es bien conocida en el repertorio de la producción a torno de época Orientalizante, pero su decoración los convierte en ejemplares poco corrientes. Todos los motivos, tanto geométricos como figurativos, están pintados en tonos rojos y negros, a veces conjugados con el propio de la superficie de la vasija, dando impresión de policromía. En el mayor de los tres (75 cms. de h.), un cortejo de cuatro grifos, ataviados con un faldellín que cuelga del antepecho, desfila ceremoniosamente entre abundante vegetación de lotos. Son seres híbridos, con cabeza, cuello y alas de ave, cuerpo de ungulado corredor y rabo de bóvido o león (figs. 3 y 4). En las cerámicas orientalizantes del poblado de Montemolín, próximo a Carmona, encontramos paralelos para la composición del friso y la forma de tratar detalles como el faldellín o el ala partida longitudinalmente en dos (Chaves y De la Bandera 1986: figs. 1,5 y 20), pero no hemos tenido ninguna fortuna en la búsqueda de modelos iconográficos para la figura completa de estos grifos, tan diferentes de la que parece la imagen canónica (Bisi 1965; Delplace 1980; Vidal de Brandt 1973). La cabeza ornitomorfa de los grifos de Carmona recuerda, sobre todo, la de las aves representadas varios siglos después en la cerámica ibérica del círculo Elche-Archena, que se fecha desde fines del siglo III al I a.C. (Pericot 1979: láms. 47, 57, 58 y 119). Se da la circunstancia de que estas últimas se creían inspiradas en modelos fenicios antiguos, que, sin embargo, hasta ahora eran desconocidos (Elvira 1979: 206). Los otros dos vasos (59 y 56,6 cms. de h.) están pintados con un motivo de flores y capullos de loto entrelazados (figs. 5y 6). Ambos temas son semejantes entre sí salvo en pequeños detalles, pero de ejecución muy diferente. El motivo goza de una larga tradición en Oriente, donde encontramos numerosos paralelos desde el II milenio en las más diversas manufacturas artesanales, sobre todo en metal (Markoe 1985: 232, 242, 243 y 272) y en marfil (Decamps de Mertzenfeld 1954: láms. XIV: 147 (1) y (2), XCVI: 920-922 y CVI: 969, entre otros). En cuanto a la cerámica, existen grandes semejanzas entre la decoración de las piezas de Carmona y la de unas grandes ánforas chipriotas con la misma cronología, pues están fechadas entre el 700 y el 600 a.C. (Karageorghis y Des Gagniers 1974: láms VIII. 10 y 11). Por su parte, las manufacturas orientalizantes de la Península Ibérica ofrecen también abundantes ejemplos de la misma decoración, tanto en metal (Carriazo 1973: figs. 20 y 21; Blázquez 1968: fig. 18, lám. 17A) como en marfil (Aubet 1980:42-43, fig. 14, láms. X-XII) o en los huevos de avestruz de Villaricos (VII-VI a.C) (Astruc 1951: láms. LV,9; LVI,271, 458, 817, etc.) y de Ibiza (VI-II! a.C.) (San Nicolás 1985: 98 y tabla IV, lám. IV). De su representación sobre cerámica son buenos ejemplos los vasos fragmentados de Setefilla (Aubet 1982a: fig. 4 y lám. IB) y de Montemolín (Chaves y De la Bandera 1992: fig. 9). A juzgar por los datos conocidos, parece que, al menos en el Alto Guadalquivir, el motivo sufre un proceso de acusada esquematización entre los siglos VII/VI y IV a.C. (Belén y otros 1997: 163 y fig. 37: 6, 8-10). SPAL 6(1997) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
TESTIMONIOS RELIGIOSOS DE LA PRESENCIA FENICIA EN ANDALUCÍA OCCIDENTAL 107 2.2. La interpretación funcional del complejo arquitectónico de Saltillo y la del singular conjunto que rápidamente hemos presentado no es fácil, pero algunos datos nos llevan a considerar que los objetos que examinamos podrían constituir un equipo asociado a prácticas cultuales que se realizaban en un complejo sagrado de naturaleza urbana. Nuestra hipótesis está fundamentada, sobretodo, en el análisis de los materiales, pero ha tenido también en cuenta las características del ámbito en que se hallaron y las de los edificios que se le superponen, así como las del registro que a estos otros se asocia. a).- La simple contemplación de las piezas de Saltillo induce a pensar que no constituyen un ajuar doméstico corriente. Parece claro que son en su mayor parte objetos de lujo, manufacturas valiosas realizadas por artesanos especializados que utilizaban materias primas caras y exóticas, como en el caso de las cucharas de marfil. En cuanto a los grandes vasos pintados, cabría argumentar que se trata de un equipo costoso adquirido por las élites del lugar (Murillo 1989: 160), pero nosotros pensamos que los motivos representados sobre estas cerámicas tienen un valor simbólico y no meramente decorativo (cf. Pachón y otros 1989-90: 252-253; Tortosa 1996: 157y 386, nota 40). Detalles como las diferencias entre animales con y sin "barbas" en la pieza de los grifos, o la forma de rematar con una flor de pétalos caídos, como si estuviera marchita, la cadena de lotos abiertos y cerrados que decora las otras dos vasijas del conjunto, encierran, en nuestra opinión, un lenguaje en clave simbólica cuyos códigos no sabemos descifrar porque no estamos iniciados en ese lenguaje (Olmos 1992: 41). Por otra parte, la flor de loto aparece con frecuencia como atributo de divinidades femeninas en el mundo semita. Por citar algunos ejemplos, flores de loto abiertas y cerradas, entrelazadas, adornan el vestido de la Astarté que figura en la placa de bocado de caballo conocida como "bronce Carriazo" (Carriazo 1973: figs. 20 y 21). Una flor de loto tiene asimismo en las manos la diosa representada en uno de los relieves de Pozo Moro (Blázquez 1995: 111; cf. Bonnet 1996: lám.VI,1); una flor de loto sostiene entre las alas Astarté-Tanit en las terracotas ibicencas (Aubet 1982b: 14). Astarté y Tanit son diosas astrales, dispensadoras de la vida y protectoras en la muerte, y un ciclo vital, de nacimiento, plenitud y muerte, se nos antoja que podría estar representado en los píthoi de las cenefas florales. Seguramente no es ninguna casualidad que los paralelos que hemos mencionado más arriba de vasos, metálicos o cerámicos, decorados con este mismo motivo procedan de contextos religiosos de carácter funerario. Idéntica significación religiosa posee la roseta (Kukahn 1962: 80), símbolo, una vez más, de Astarté y de Tanit (Aubet 1982b: 37; Blázquez 1997: 80 y 85; Rindelaub y Schmidt 1996: 50). En la cerámica de Elche, la roseta unas veces acompaña y otras sustituye a la imagen de la divinidad, una diosa alada, que adopta indistintamente forma vegetal, animal o humana (Olmos 1992: 41). Del contenido de los vasos, un aspecto que podría contribuir a aclarar un poco la cuestión, no sabemos nada seguro. En las vasijas decoradas con flores de loto se aprecian pérdidas del color de la decoración en sentido vertical, desde la boca a la mitad del cuerpo, como si se hubiera derramado un líquido, tal vez vino, que al resbalar sobre la pared hubiera ido degradando el color de la pintura. De hecho, el informe de restauración señala la presencia de restos de pigmentos rojos solubles en agua en el fondo de estos vasos, pero no precisa si se trata de restos orgánicos o inorgánicos. En cualquier caso, y puesto que los tres píthoi están lañados, si contuvieron vino debió ser antes de que se rompieran y fueran reparados para destinarlos a almacenar sólidos, tal vez también relacionados con prácticas cultuales. Algunas pistas en este sentido nos da el vaso de los grifós que contenía nódulos compactos de color rojo granate 6 . En textos del Antiguo Testamento se recogen usos litúrgicos de materias colorantes como sucedáneo de la sangre, en rituales de purificación por ejemplo (Caquot 1979: 169), y aunque hubieran servido como colorante para pintar paredes y suelos —que es una posibilidad que tampoco excluimos—, este mismo hecho no está desprovisto de connotaciones religiosas, como comentaremos más abajo. 6. Hematites con calcita y cuarzo como impurezas: Navarro Gascón, en Belén y otros, 1997: 297. SPAL 6(1997) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
108 MARÍA BELÉN / JOSÉ LUIS ESCACENA En cuanto a las cucharas, el único paralelo que hemos encontrado para las mismas —también en marfil— se halló en una tumba de la necrópolis que Delattre (1906: 30 y fig. 63) llamó "des Rabs" por considerar que era el lugar de enterramiento de los sacerdotes de Cartago, atribuyéndole, en consonancia con la dedicación de los allí sepultados, función de cucharilla para incienso. Este sector del cementerio de Sainte Monique se ha datado entre los siglos IV y II a.C. (Cintas 1976: 361; Tlatli 1978: 223-224). Similar uso se ha asignado a un ejemplar con el mismo diseño, pero de bronce y fechado en el siglo I d.C., que se conserva en el Museo Provincial de Cádiz 7. b).- Otro argumento a favor de la hipótesis que defendemos son las semejanzas que encontramos entre este ambiente más antiguo de Saltillo y otros complejos religiosos prerromanos, aunque ciertamente los ejemplos que nos sirven de contrastación son escasos. Con carácter general podríamos mencionare! uso sistemático en la arquitectura religiosa del color rojo en paredes y suelos. Pavimientos rojos tienen las dependencias que en Cancho Roano (Celestino 1994: 294-296) y en Coria del Río s , albergan altares en forma de piel de toro. El edificio D de Montemolín, en cuyo interior se hallaron también vasos decorados con motivos orientalizantes, entre otros los restos de unpíthos decorado con una procesión de grifos, tenía también los pisos pintados de rojo. Recientemente se ha defendido la hipótesis de que en este Edificio D se realizaran durante el siglo VI a.C. actividades relacionadas con el sacrificio de animales, de acuerdo con rituales de origen oriental (Chaves y De la Bandera 1995: 320). El templo B de la Illeta deis Banyets, en Campello (Alicante), que Llobregat (1993: 426) fecha entre fines del V y fines del IV a.C. y considera de tradición semita, tenía la fachada pintada de rojo. Durante su excavación se encontró, como en Carmona, un montón de terrones arcillosos de color "rojo cinabrio" (Llobregat 1983: 491). c).- La hipótesis acerca de la funcionalidad religiosa del edificio inferior de Saltillo queda reforzada al analizar los restos que se le superponen. El complejo constructivo más reciente, cuyo final situamos a mediados del siglo V a.C., no presenta rasgos arquitectónicos que excluyan otros usos, pero tampoco vemos en él nada que se oponga a esta consideración. En ámbitos sagrados es frecuente encontrar parecida combinación de espacios abiertos y cerrados, bancos adosados a las paredes sobre los que se depositan las ofrendas y hogares (Fantar 1986: 170-173 y 188-189). Tal vez, más que hogar, fuera más apropiado llamar altar a la plataforma de adobes del horizonte constructivo más reciente de Saltillo (cf. De Vaux 1992: 521). En cuanto a los materiales que se asocian a este contexto, más atrás hemos señalado que la mayor parte de la cerámica que se recuperó en los niveles de abandono del edificio, fechado a mediados del siglo V a.C., corresponde a envases —ánforas o vasos cerrados de boca estrecha— y, sobre todo, a vasos abiertos, vasos para beber, muchos de ellos caliciformes como los que portan los oferentes de los santuarios ibéricos, que después de haberlos usado posiblemente en actos de libación, se rompían o se dejaban inservibles. Por otra parte, en relación con testimonios de una posible continuidad en el uso cultual de este lugar durante la etapa romana, si bien los restos documentados en la excavación pueden considerarse poco significativos 9 , no está de más recordar la noticia de que, al hacer desmontes para las obras de la casa del Marqués del Saltillo en el siglo XVII, aparecieron aras y lápidas con inscripciones latinas, votivas y funerarias, que mencionan a personas vinculadas al culto de divinidades del panteón romano (Fernández López 1986: 7. N° de inv° 1985-6427-8888. 8. Excavaciones realizadas recientemente en el Cerro de San Juan por un equipo dirigido por J.L. Escacena. 9. De las estructuras constructivas posteriores a los tres complejos que comentamos, sólo se ha podido datar con seguridad en época romana una cisterna que se excavó, precisamente, en el mismo lugar por el que se accedía a la habitación en que se hallaron los píthoi. SPAL 6 (1997) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
TESTIMONIOS RELIGIOSOS DE LA PRESENCIA FENICIA EN ANDALUCÍA OCCIDENTAL 109 11-12, 42 y 311-313). Estos documentos se han considerado falsos 1 °, pero podría ser algo más que una curiosa coincidencia el que vinieran a hallarse en un lugar que parece que fue sagrado desde antiguo y que mantiene este mismo carácter aún hoy. Sobre el solar colindante con la casa-palacio del Marqués de Saltillo, se emplaza la iglesia de San Blas, que se construyó en la segunda mitad del siglo XIV sobre los restos de un conjunto religioso anterior, mezquita o sinagoga según diferentes tradiciones (cf. Hernández Díaz y otros 1943: 176; Lacave 1992: 355). En otras ocasiones la arqueología ha confirmado que la naturaleza sacra de un lugar se ha perpetuado a través de los tiempos (cf. Llobregat 1994: 174; Hachuel y Marí 1988: 58). 3. ASTARTÉ Y EL CARAMBOLO 3.1. Un entorno costero (mapa 1) Para entender El Carambolo en el contexto de la colonización fenicia del bajo Guadalquivir es necesario hacer una recomposición detallada del paisaje antiguo de la comarca, porque, si bien el yacimiento se encuentra hoy a casi setenta kilómetros en línea recta del litoral atlántico más cercano (las playas onubenses de Matalascañas), en los tiempos en que el asentamiento estuvo poblado, es decir, en la primera mitad del primer milenio a.C., se trataba en realidad de un punto costero. De forma poética, Avieno (Ora Mar. 265) recoge ya una descripción de este paleopaisaje, cuando dibuja una zona de humedales en la desembocadura del Guadalquivir próxima al "golfo tartésico". Se trata en realidad del mismo ambiente al que debe de referirse el pasaje de Trogo Pompeyo que conocemos a través de Justino (XLIV, 4-16) (García Moreno 1979), al afirmar que Gerión vivía en unas islas cercanas a la desembocadura del gran río de Tartessos. Dicho contexto paleogeográfico estaba formado por un amplio estuario que, desde las estribaciones más septentrionales del Aljarafe, y con una anchura de cinco o seis kilómetros, precedía al amplio golfo que ocupaba lo que hoy son las inmensas llanuras de la comarca de Las Marismas. A este vasto estero se asomaba toda la cornisa oriental del Aljarafe desde su orilla oeste, mientras que en la de levante emergían con relieve más suave las terrazas de la margen izquierda del Guadalquivir. La meseta aljarafeña caía prácticamente a plomo sobre las aguas del estuario, hasta el punto de que todavía hoy se han conservado en el paisaje comarcal auténticos acantilados fósiles, como los que pueden verse a la altura de San Juan de Aznalfarache, Coria y La Puebla del Río (Ojeda 1989). Hasta tiempos históricos relativamente cercanos, la cartografía ha recogido con mayor o menor lujo de detalles estas profundas ensenadas (Astillero 1995: 216), hoy en gran parte colmatadas por aluviones holocénicos muy recientes. Sobre el otero que forma la cornisa del Aljarafe se alzaba El Carambolo frente a Sevilla, en un punto en que tal vez la navegación quedaba gravemente obstaculizada si no se hacía trasbordo de las mercancías a naves más pequeñas para seguir remontando el río", lo que ya fue advertido en época romana por Estrabón (III, 2, 3) (Chic 1978: 8-9). Las inundaciones de los últimos arios nos han proporcionado una imagen cabal de lo que fue este primitivo paisaje. Gracias a los estudios de Gavala (1959) y a los posteriores de Menanteau (1982), así como a los más recientes sondeos geológicos del Instituto Arqueológico Alemán, conocemos con relativa precisión desde 10. Como tales se recogen en el CIL II sup. n°502. Cándido María Trigueros publicó algunas de estas inscripciones en el vol. I. de las Memorias literarias de la Academia Sevillana de Buenas Letras, en 1773, indicando que las lápidas se habían empleado después en la construcción de las gradas del altar mayor del convento de Agustinas Descalzas de Carmona. La reputación de Trigueros como "inventor de cosas que jamás han sido" (Fernández López 1886: 14, nota 1), restó crédito a la información que, sin embargo, algunos autores dan por verídica (Fernández López 1886: 322; Aguilar Piñal 1987: 43-45), o, al menos, no descartan que lo sea (Mora 1988: 346 y 348). 11. Esta necesidad ha sido al menos el argumento de más peso para explicar el origen del puerto sevillano, situado a la misma latitud que El Carambolo (Collantes de Terán 1977: 41; Blanco 1979: 88). SPAL 6 (1997) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
1 10 MARÍA BELÉN / JOSÉ LUIS ESCACENA Coria del Río, punto donde el estuario se estrechaba (Arteaga y otros 1995: 116), hacia el sur la antigua línea de costa; en dirección norte sabemos al menos que la comarca constituyó una zona de humedales parecidos a los que hoy conforman Doñana (Menanteau y Clemente 1977). En este ambiente palustre nacieron al unísono Sevilla y El Carambolo (Pellicer 1997). Y como hasta época romana al menos el vado más meridional se encontraba aguas arriba (Corzo 1991: 98), las comunicaciones directas entre la Sevilla protohistórica y El Carambolo debieron llevarse a cabo necesariamente por vía acuática. A la vista de estos datos, las explicaciones que tengan que ver con las razones que originaron el nacimiento de ambos enclaves deberán tener presente dicho ambiente costero. Así pues, cuando nos planteemos hipótesis sobre el papel de la colonización fenicia en la zona deberemos dejar al margen de momento aquellas propuestas que hablan de una presencia semita con fines agrícolas en el interior del territorio tartésico (González Wagner y Alvar 1989), simplemente porque en este caso no estamos sino en pleno litoral atlántico. Por consiguiente, tanto Spal (Sevilla) como El Carambolo, además de otros asentamientos más o menos cercanos (Osset, Orippo, Caura, etc.), deben estudiarse para esta época como lugares costeros, y por tanto afectados por los mismos intereses que llevaron a la colonización fenicia de carácter comercial a tomar un papel relevante en el área gaditana. 3.2. Algunos datos arqueológicos a examen Carriazo (1973) llamó Carambolo Alto y Bajo, respectivamente, a los lugares en que apareció el tesoro que ha dado celebridad al yacimiento y al poblado situado en la ladera. Sea por esta razón, o porque los resultados de las excavaciones fueron diferentes en una y otra, se suele olvidar que las dos zonas integran un mismo yacimiento, y que, en consecuencia, no deben considerarse de forma aislada. Se ha prestado mucha atención a los hallazgos del Carambolo Alto al haberse considerado que suponen una buena muestra de la cultura autóctona del Bronce Final; también se ha atendido extensamente a la interpretación del contexto en que se hallaron (cf. Aubet 1992 y 1992-93). Carriazo receló de que lo que él mismo había llamado "fondo de cabaña" fuera realmente una modesta estructura de habitación. Las exclusivas cerámicas a mano con ricas decoraciones geométricas pintadas que contenía, anteriores a que sirviera de escondrijo al tesoro, desdecían de la pobreza del sistema constructivo de la supuesta vivienda (Carriazo 1973: 233-234). Arios más tarde, Blanco (1979: 95-96) identificó el "fondo de cabaña" como un lugar de culto semejante a los que en el mundo egeo caracterizan las etapas Geométrica y Orientalizante, templos que "sólo por la singularidad de los ajuares se distinguían de las casas". Recientemente, Blázquez (1995: 115) ha sugerido que en esta choza-santuario del Carambolo debió recibir culto Astarté, la diosa representada sobre un trono en un exvoto de bronce hallado, al parecer, en el mismo cerro antes que el tesoro (Blanco 1979: nota 106 bis). La inscripción fenicia grabada en el escabel sobre el que la diosa apoya los pies se ha fechado entre mediados del siglo VIII y principios del VII a.C. (Bonnet 1996: 127-131). Las alhajas que componen el tesoro, aunque de datación posterior, se interpretan también como elementos de uso cultual (Blázquez 1995: 115; Caballos y Escacena 1992: 66). La relación de este hipotético lugar sagrado con el poblado está por explicar. No es un problema que vayamos a resolver en esta comunicación, pero sí queremos presentar unos datos entresacados de la memoria de excavaciones del Carambolo Bajo que, en nuestra opinión, permiten sugerir una nueva valoración de la naturaleza del yacimiento. SPAL 6(1997) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
TESTIMONIOS RELIGIOSOS DE LA PRESENCIA FENICIA EN ANDALUCÍA OCCIDENTAL 111 En verdad, no siempre nos ha resultado fácil seguir el discurso del profesor Carriazo e identificar sobre los planos 12 "laberínticos" de las excavaciones las estructuras que va describiendo (cf. Carriazo 1973: 235) (fig. 7). Por otra parte, el relato que nos ha dejado de sus trabajos, omite, en general, detalles que hoy nos parecen esenciales, como el contexto preciso en que se hallaron los diferentes conjuntos de materiales, con indicación, al menos, del nivel a que corresponden. De las cuatro fases de construcción que distinguió, la más antigua, el nivel IV, es la que parece mejor delimitada, sea porque los escasos restos que la representan se diferenciaban bien de los que se le superponían (Carriazo 1973: 256), o porque al ser los que más se aproximaban a la arquitectura que se había imaginado para Tartessos, se documentaron con mayor atención 13 . A este nivel correspondía una dependencia que Carriazo (1973: 277-278) describe en los siguientes términos: "Fue casi a la mitad del lado corto y más septentrional de la zona de excavación, al Norte de la primera habitación excavada y del muro suelto contiguo, donde descubrimos, el día 12 de enero de 1961, un andén o repisa de ocho sillares perfectamente labrados y escuadrados, de unos 20 x 40 cms. y unos 8 de altura, semejantes a robustos ladrillos, puestos horizontales, adosados a un muro, como un banco seguido. Eran los primeros y siguen siendo los únicos testimonios de una arquitectura noble empleados en el poblado de un modo sistemático". Precisa el autor que los sillarejos asentaban sobre un macizo de albañilería y que en la misma habitación, a medio metro de la repisa, localizó un pilar, "el más claro de todo el poblado", de "hasta doce o catorce pisos de adobes rosados", de unos 8 cms. de grosor (Carriazo 1973: 261 y 278). Los materiales que encontró en este espacio, que no se excavó completo porque continuaba fuera del área acotada para la intervención arqueológica, constituyen el conjunto más rico de todo el poblado, según se desprende de los comentarios de Carriazo (1973: 278): "Encima de los sillares no había nada que pudiera orientar sobre su destino; ni siquiera parecía más denso el depósito de fragmentos de cerámica, que en este departamento y nivel ha sido abundantísima, de las especies más selectas, como los soportes de vasos, acampanados, que han salido aquí de modo casi exclusivo". Con relación a esta misma estancia, indica (Carriazo 1973: 294) que al limpiar las tierras desplomadas de los perfiles tras las lluvias del invierno 1961-1962, encontró "en el departamento de las losas, precisamente debajo del pilar reservado, con varios niveles de adobes rojos, que acabó por derrumbarse", dos fragmentos de una pila o gamella labrada en piedra caliza, de 47 x 27 cm y 9 cm. de altura. Aún hay otros hallazgos que llaman también nuestra atención en El Carambolo Bajo. Se menciona en la memoria de los trabajos, sin hacer referencia a su posición estratigráfica, una habitación "recortada por muretes de planta irregular" situada en el ángulo sur de la excavación (Carriazo 1973: 273): "(...) En el borde delantero de esa habitación, cubierta casi por completo con un tosquísimo murete, apareció una piedra horizontal, cuya superficie visible parecía labrada casi como una media columna. La limpiamos y levantamos con sumo respeto, pensando que habíamos encontrado el primer elemento de arquitectura noble de todo el poblado. Pero entonces se vio que era una piedra natural, y que en todo caso no estaba labrada en verdadera semicolumna; por lo que la restituimos a su sitio. Encima tiene un gran bloque de sílex negro que casi parece obsidiana: Diríamos que el constructor o inquilino de este departamento sentía curiosidad por las piedras raras". 12. Los dos planos que facilita Carriazo (1973), el situado entre las págs. 272-273 y el que se reproduce en la fig. 206, difieren en muchos detalles. 13. Aunque coincidimos en general con Aubet (1992: 34), somos algo más optimistas a la hora de valorar la fiabilidad de parte de la documentación del Carambolo. SPAL 6(1997) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.1997.i6.07
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