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Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 65 AUTORREGULACIÓN Y LIBERTAD Teresa Bejarano. Universidad de Sevilla Resumen. Tras reconocer el valor, pero también la insuficiencia, de los estudios sobre autorregulación (centrados en la recompensa demorada, o en el sociómetro o sistema que reacciona a indicios de rechazo real o posible), nos preguntamos cómo es posible la libertad humana. Asumiendo que la libertad tendría que actuar en contra de la motivación que más fuerte haya sido justo en el momento anterior, tenemos que ver, primero, de dónde podrá venir la motivación nueva, y, segundo, cómo esa motivación nueva podrá alcanzar la suficiente fuerza. Nuestra sugerencia es la de enfocar la evocación del futuro y la captación de la interioridad radicalmente ajena, y más en particular la relación que esas capacidades exclusivamente humanas guardan con la línea de contenidos mentales que compartimos con los animales. Abstract. Having admitted the value, but also the insufficiency, of self-regula- tion literature (focused on the delay of gratification, or on the sociometer or psychological system which detects signs of real or potential rejection), we wonder how is human freedom possible. Assuming that freedom would have to act against the motivation which has been strongest in the very previous moment, we would have to see, firstly, where would the new motivation come from, and, secondly, how that new motivation could reach enough power. Our suggestion is to focus on foresight in mental time travel and the grasping of radically alien self, and more in particular the relationship which those exclusively human abilities present in connection with the line of mental contents which we share with animals. Introducción Aunque los datos y experimentos de la Psicología no están en condiciones ni siquiera de abordar el problema de cómo es posible la libertad humana, con todo, creo que es conveniente que atendamos a algunos de ellos. En la Primera Parte, revisamos la autorregulación implicada por la tarea de la recompensa demorada (1. 1), y a continuación, la tesis llamada del sociómetro o sistema psicológico que detecta indicios de rechazo real o posible y motiva a la persona a comportarse de modo que minimice la probabilidad de rechazo (1. 2).
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 66 Tras reconocer el valor, pero también la insuficiencia, de esos estudios (2. 1), pasamos a centrarnos en el problema nuclear (2. 2). Habiendo descrito los dos requisitos añadidos que endurecen mi formulación del problema (a saber, el rechazo de todo dualismo, y el rechazo de la necesidad de constructos intelectuales sofisticados), y asumiendo que la verdadera libertad, para serlo, tendría que actuar en contra de la motivación que más fuerte haya sido en el momento inmediatamente anterior, nos preguntamos, primero, de dónde podrá venir la motivación nueva, y, segundo, cómo esa motivación nueva podrá alcanzar la suficiente fuerza. Respecto al primer punto, yo señalaría (2. 3) como fuentes tanto la evocación del pasado y, sobre todo, del futuro, como igualmente la captación de la interioridad radicalmente ajena (que serían, sugiero, capacidades exclusivamente humanas). En 2. 4, reviso de nuevo la propuesta del sociómetro, sus aciertos y también su definitiva incapacidad para ofrecer una solución. Respecto a la segunda y verdaderamente importante cuestión, voy, como paso previo, a proponer (2. 5, 2. 6 y 2. 7) que (gracias al habla interior) los actos de dirigir la propia atención son en el ser humano muy baratos, o, dicho de otra forma, que la fuerza motivadora que necesitan es excepcionalmente baja. Pero eso no soluciona nuestro problema. En general, la atención a una meta se limita a informar de la fuerza que a esa meta le corresponde. Para vislumbrar aunque sea remotamente una respuesta, nos fijaremos en los contenidos de la segunda línea mental, o sea, los que versan sobre la interioridad ajena o sobre el futuro lejano (2. 8). Por un lado, se nos aparecen como objetivamente iguales a sus homólogos de la primera línea mental: la interioridad ajena es tan real como la mía, y el futuro lejano es tan importante como el momento presente. Por el otro lado, desde el punto de vista emocional, la segunda línea mental es débil, frágil y completamente inferior a la primera línea. Esta contradicción es intrínseca a la mente dotada de las dos líneas. Dicho de otro modo, en el ser humano la relación de fuerza (u ordenamiento jerárquico) entre dos metas puede ser diferente en el plano emocional que en el plano del conocimiento. Así pues, hay dos criterios entre los que el sujeto ha de elegir. No se trata de que el sujeto escoja la meta menos fuerte -eso sería imposible. Se trata de que escoja uno de los dos dictámenes opuestos sobre cuál es la meta más fuerte.
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 67 Primera parte: la psicología de la autorregulación del afecto La Psicología que estudia la capacidad de regular la propia atención y afectos no está en condiciones de solucionar, ni siquiera de abordar, el problema de cómo es posible la libertad humana. Eso está muy claro. Pero, con todo, creo que es conveniente que quienes nos interesamos por la filosofía atendamos a esos estudios. 1) El paradigma experimental de la recompensa demorada Hay un paradigma experimental que, surgido en el conductismo, lleva medio siglo dando frutos. Se da a los sujetos la opción de escoger entre una recompensa muy valorada, que sólo se podrá obtener tras un tiempo de espera, y otra mucho menos atractiva, pero que se puede conseguir de inmediato. El tiempo de demora era una espera pasiva en los primeros experimentos. Después, hubo una innovación en el paradigma: se les pedía a los sujetos que trabajaran intensamente durante la espera. ¿Cuánto tiempo aguantan los sujetos?: ésta es siempre la cuestión clave. A los cuatro años los niños ya se hacen capaces de soportar alguna demora, y a partir de ahí se observa un incremento que correlaciona con la edad. Pero las diferencias individuales son marcadísimas en todo este tipo de experimentos, y se ha mostrado que predicen de una forma muy exacta muchos hechos de la vida posterior de los sujetos, como los resultados en los estudios, el consumo o no de drogas o el éxito profesional. El resumen de todo esto podemos verlo en Mischell, 2004.1 En Ainslie, 2005, se formula de un modo más preciso el frecuente cambio de preferencias: “La tendencia básica, tanto en humanos como en animales, es la de preferir recompensas menores a las mayores durante un pequeño intervalo de tiempo, concretamente en el momento en que la recompensa pequeña es accesible inmediatamente”. Esta tendencia, que en Ainslie, 2005, se formula en una curva hiperbólica sobre las coordenadas de valor y tiem- 1 Este trabajo está incluido en Baumeister & Vohs (eds.), Handbook of Self-regulation. De ese libro voy a comentar cuatro trabajos y a aludir de pasada a algunos más. Pero tendré que pasar por alto puntos que me resultaron interesantes. Mencionaré tres. Uno, el de que el esfuerzo para ahuyentar un pensamiento es contraproducente (Wegner, 1992) a menos que el sujeto encuentre otro pensamiento sobre el que pueda reenfocar su atención y afecto (Mischell & Ayduk, 2004); otro, el de que los abandonos de una sana conducta largamente mantenida se dan a menudo (Rothman et al., 2004), “ya sea por el arriba mencionado agotamiento del ego, ya sea por la intensificación del deseo”; otro aún, el derrumbamiento de la teoría, tan querida para el psicoanálisis, de la catarsis (o sea, las bondades del desahogo) de sentimientos negativos (Larsen & Prizmic, 2004).
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 68 po, yo la glosaría como la entrada en acción de las affordances (o invitaciones a actuar) suscitadas por el objeto. La influencia de estas affordances viene a sumarse a la intensidad del deseo que se sentía ya antes, cuando el objeto no era todavía inminente. Lo primero que debemos subrayar es que esta ‘fuerza de voluntad’ (como la llaman muchos de los autores que trabajan en esta corriente) no tiene por qué asimilarse a la libertad moral entendida en sentido estricto. La capacidad de persistencia hacia una meta puede ponerse al servicio de un deseo moralmente neutro -pensemos en quien se sacrifica extraordinariamente por comprarse un lujoso coche- o incluso perverso -como el de quien se prepara esforzadamente durante años para masacrar a los que en algún tiempo le llevaron la contraria. Es muy verdad, pues, que hay que mantener bien separados esos dos dominios, el de la fuerza de voluntad y el de la moral. De hecho, los ejemplos de vida real que la mayoría de los estudiosos de la autorregulación escogen se refieren a asuntos como la fidelidad o no a los propósitos de adelgazar y la consecuente tentación de los helados o bombones.2 O sea, las opciones más estrictamente morales son raramente aludidas. Con todo, no es descabellado pensar que algunos procesos o estrategias puedan ser comunes a aquellos dos dominios. Mischell, el autor quizá con más larga trayectoria en este campo, ofrece una formulación atractiva. “Es al enfocar el conocimiento como los sujetos se hacen capaces de aumentar su aguante y de superar, por tanto, el impulso primario hacia la satisfacción inmediata”. Este foco sobre el conocimiento lo contraponen Mischell & Metcalfe,1999 a un sistema caliente, afectivo y pasional.3 Frente a este sistema caliente, que es el único en activo en niños y animales, el ‘sistema cognitivo’ es considerado por estos autores como frío, o, más precisamente, como “un sistema que representa los aspectos informativos, cognitivos y espaciales de los estímulos, y que por eso puede atenuar el sistema caliente y formar un agudo contraste con los efectos de enfrentarse a la tentación”. Este énfasis sobre el conocimiento me parece, repito, acertado. Sin embargo, creo que hay que matizar la cualidad de fría y desapa- 2 Sin embargo, en el Handbook of Self-Regulation, 2004, hay una contribución sobre auto-control y crimen -Hirschi, 2004 (Este artículo, aunque hace méritos para ser calificado de tortuoso -se demora en contar todos los fuertes cambios de teoría del autor a lo largo de su dilatada carrera-, es muy interesante: me referiré a él más tarde). 3 La segunda autora, Janet Metcalfe, se ha especializado después en conciencia autorreflexiva y en metamemoria. No puede haber una señal más evidente de cómo este punto de la ‘recompensa demorada’ ha llegado a conectar con el cognitivismo, a pesar de haberse originado en el conductismo.
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 69 sionada con la que Mischell & Metcalfe caracterizan la atención a la meta demorada. La meta por la que se aguanta la demora o el trabajo intenso ha de llegar a ser objeto de un deseo fuerte (además, claro está, de ser algo en lo que el sujeto confíe plenamente: cf. Mischell, 2004). Ese deseo ha de llegar al final a ser caliente y apasionado, por decirlo con los términos que reserva Mischell para el otro sistema4. La diferencia no estriba en la presencia o ausencia final de deseos fuertes, sino en que el deseo de la meta demorada apunta a una escena evocada y no a un objeto sobre el que se pueda inmediatamente actuar. Las acciones a las que los objetos reales invitan, o sea, las affordances de esos objetos, serían la clave del sistema primario. En cambio, en el sistema que da lugar al aguante en la demora (o, dicho de otro modo, a la autorregulación), la escena futura simbólicamente evocada es el elemento crucial. Esto encaja con unos ya antiguos datos experimentales que al principio sorprendieron a los estudiosos. Se ponía a la vista de los sujetos durante la espera la recompensa: en algunos casos, la recompensa demorada, en otros la inmediata, y en otros aún, las dos. Pues bien, frente a lo que esperaban los experimentadores, el tiempo de aguante disminuyó incluso cuando era sólo la recompensa demorada la visible. ¿Por qué ello era así? Pues porque el objeto real invita a la acción inmediata, mientras que es sólo el objeto simbólicamente evocado el que la mente puede colocar en la escena futura.5 Pero debo aclarar mejor por qué, a pesar de mis reparos de detalle, el énfasis sobre el conocimiento sería, en mi opinión, una estrategia acertada. ¿Cuál es la clave de que sólo los seres humanos y sólo a partir de una determinada edad sean capaces de la autorregulación implicada por la tarea de la recompensa demorada? A mi parecer, esa clave estriba en que sólo los humanos son capaces de enfocar escenas futuras (versus el mero tener expectaciones o, dicho de otra forma, vacíos bien perfilados que claman por ser rellenados). Cuando hay confianza (la confianza que subrayan todos los estudiosos acerca de la meta demorada6), la escena futura cuenta como una realidad cognoscible por el sujeto (Aquí convendría conectar con la bibliografía acerca del ‘mental time travel’, capacidad que Suddendorf y Corballis, 2007 están defendiendo como exclusi- 4 En realidad, en las páginas finales del trabajo citado, Mischel parece decantarse por la postura que acabo de manifestar. “Para resistir la demora, los sujetos del test han de reforzar su motivación por la meta demorada” (p. 114). “Sería una mala interpretación pensar que la búsqueda adaptativa de meta es potenciada por el derrumbamiento del sistema caliente” (p. 122). 5 De ahí se podría derivar un punto interesante. La capacidad de aguante de la demora se potenciará cuando la meta demorada consista ante todo en un don o regalo. Los dones gratuitos no se pueden alcanzar con las propias fuerzas. 6 Carver, 2005, p. 30: “confidence”; Mischel & Ozlem, 2005, p. 105: “trust”.
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 70 vamente humana). Igualmente, la interioridad radicalmente ajena (o, más precisamente, una interioridad con la cual el sujeto pueda interactuar) es un ámbito de la realidad cognoscible por los humanos, y no en cambio por los chimpancés (Bejarano, en prensa). Los seres humanos saben que es verdad que el prójimo está ahí y que las necesidades o intereses de éste son tan reales como los suyos propios. Así pues, es la captación de nuevos niveles de realidad -la ampliación de las capacidades cognitivas, en sumalo que daría lugar al sistema humano que autorregula la atención, y, como consecuencia, también el afecto y la conducta. Relacionada con el paradigma de la recompensa demorada, hay dentro del libro editado por Baumeister & Vohs una contribución que nos puede resultar interesante. Baumeister (ver Schmeichel & Baumeister, 2004) es el especialista en la cuestión llamada del agotamiento del ego (“ego depletion”). Los recursos autorregulatorios se debilitan temporalmente -se gastancuando se ejercen, y por eso a continuación de una tarea costosa desde el punto de vista de la autorregulación le sobreviene normalmente al sujeto un periodo de fatiga o relajación en el que sus resultados autorregulatorios empeoran. A mí este punto me parece enormemente realista y sensato. “La fuerza de voluntad puede muy a menudo erguirse triunfante durante cierto tiempo hasta que al final el sujeto se dice: ‘Ya está bien. Se acabó’.” (Carver, 2004). Recuerdo en relación con esto una línea de la Encíclica Deus caritas est: “El hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo. No podrá dar siempre y continuamente a menos que también reciba. Quien quiere dar amor debe a su vez recibirlo como don”. Schmeichel & Baumeister, 2004 mencionan como medidas de restauración de la fuerza del ego el sueño y las experiencias emocionales positivas. 2) El sociómetro Quiero referirme a la cuestión llamada del “Sociometer”, cuyo principal patrocinador es Leary (2004).7 Quizá sea éste el autor que más controvertido resulte. A pesar de todo, a mí me ha interesado mucho su propuesta. ¿En qué consiste el sociómetro? “A causa de las cruciales ventajas adaptativas de pertenecer a un grupo, los seres humanos han desarrollado un sistema psicológico que detecta indicios de rechazo real o posible, evoca sentimientos que alertan al individuo de la amenaza de 7 Baumeister está muy cercano a estas propuestas. Ver Baumeister & Leary, 1995, y Baumeister, 2005 (pp. 44-45, y todo el capítulo 6).
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 71 rechazo y motiva a la persona a comportarse de modo que minimice la probabilidad de rechazo y favorezca la aceptación (Lo que estamos llamando coloquialmente ‘rechazo’ y ‘aceptación’ son realmente los puntos extremos en un continuum de ‘valor relacional’; por eso, es mejor hablar del grado en el que los otros miran sus relaciones con el individuo como valiosas o importantes).” Leary menciona “el ‘fenómeno de la reunión de cóctel’, por el que una persona, en medio de una mezcla ininteligible de muchas conversaciones es capaz de oír su nombre, lo cual le lleva a preguntarse, o a preguntar abiertamente, qué se está diciendo acerca de él.” Además, “es un hecho -continúa- que la gente gasta bastante tiempo pensando cómo los otros los perciben y evalúan.” Pasa después Leary a comparar el sociómetro humano con los sistemas que otros animales poseen. Ciertamente muchas especies sociales, y entre ellas, la mayoría de las especies de primates han desarrollado sistemas que permiten al individuo regular las interacciones con los demás individuos de su grupo o subgrupo (y reaccionar adecuadamente, en definitiva) respecto a dominancia-subordinación o también inclusión-exclu- sión. Sin embargo, la diferencia estriba en que el sociómetro humano no sólo atiende a expresiones faciales o gestos, sino que depende de la capacidad -exclusivamente humanade imaginar cómo uno mismo está siendo percibido y evaluado por los otros. Esta atención permanente al juicio de los otros sería, según Leary, el verdadero núcleo de la llamada autoestima. Las variadas conductas que han sido atribuidas a los esfuerzos de la gente para mantener su propia autoestima reflejan sus esfuerzos para mantener valor relacional en los ojos de los otros. El ‘valor relacional’ es la verdadera causa y el fundamento explicativo de los sentimientos de sentirse bien o mal respecto a uno mismo. “La autoestima no es sino el indicador interno, subjetivo que calibra el éxito en la tarea de mantener al alza el valor relacional”. Es verdad que hay situaciones -reconoce Leary- en que la gente, tras haber realizado acciones buenas o malas, se siente bien o mal acerca de ellos mismos a pesar de que tales acciones no las ha visto nadie. Pero eso no invalida la propuesta. “El sociómetro es un mecanismo regulador, y por tanto no puede permitirse esperar a que una amenaza sea inminente, sino que ha de advertir de antemano de las posibilidades de un descenso en el valor relacional.” Como se ve, todo esto choca frontalmente con las ideas de autonomía moral. A favor de Leary se pueden alinear indudablemente varios indicios. Los orígenes tanto en la evolución como en el niño resultan convincentemente conectables con su propuesta. Frente a eso, la autónoma autoes-
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 72 tima se nos aparece como una sofisticación tardía. Además, la circunscripción al grupo, que es característica de las etapas históricas tempranas, avanzaría progresivamente hacia una visión más universal; y así, al enfocar sobre ese grupo que es la Humanidad, los dictámenes del sociómetro empiezan a acercarse a la moral avanzada. Además, y sobre todo, la preocupación por el juicio de los demás puede proyectarse a los siglos venideros y convertirse en el esfuerzo en pro de la ‘fama’ (recordemos la descripción de la fama en Jorge Manrique). La idea de Leary, su énfasis en la importancia que para el individuo tiene el ser aceptado y querido, podría incluso encajar con las creencias religiosas. El recibir el amor de Dios, el abrazo del Padre, es el anhelo último, la meta más importante del verdadero creyente. Pero ¿no se reduce todo entonces a un ‘do ut des’, a lo que se viene llamando ‘altruísmo recíproco’? ¿No ha desaparecido así la objetividad de las normas morales? ¿No habremos perdido la idea de la verdadera libertad moral cuando nos hemos dejado seducir por la cercanía que el sociómetro tiene con los orígenes, con la evolución y el niño? Ante todas esas objeciones, habría que aferrarse a la idea de que el sociómetro humano se basa en la capacidad exclusivamente humana de captar la interioridad radicalmente ajena, o sea, la interioridad de quien me mira o se comunica conmigo. Este tener en cuenta las necesidades y los sentimientos ajenos es, después de todo, captar una realidad que es objetiva -tan objetiva como la que más- y suficiente para sostener la moral más elevada. Y, por otro lado, para que alguien llegue a querernos, un medio eficaz es sin duda el que él note que nosotros estamos compartiendo sus deseos y alegrías. Ciertamente el buscar a toda costa la propia integración en el grupo, el esforzarse por no desentonar, puede ser una actitud nada recomendable. Por ese camino se puede acallar la verdad y tolerar la injusticia. Esos peligros son muy reales. Sin embargo, si tomamos el sociómetro, no como una medida del estado de opinión generalizado y anónimo del grupo, sino como una preocupación tendente a que cada persona concreta pueda sentirse cercana a mí, entonces esa propuesta viene a coincidir con la moral más exigente y objetiva que se pueda concebir. Lo que se ha perdido, eso sí, es el prestigio de la autonomía moral, la autosuficiencia adulta que toma como criterio la propia autoestima. Con la nueva propuesta aparecemos más dependientes, más vulnerables y frágiles. ¿Es horrible ese resultado? En mi opinión, no lo es en absoluto. Somos realmente así de débiles y necesitados, necesitamos que los demás nos quieran, nunca acabamos de alejarnos de lo que fuimos de niños, y
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 73 sin embargo, aun a pesar de todo eso, somos capaces de verdadera libertad. El temor de que nos rechacen, y a la inversa, la esperada recompensa de una buena y amorosa acogida, cuentan para conformar nuestra conducta. En eso yo estoy de acuerdo con Leary. Pero ¿bastan esos estímulos para explicar toda la conducta moral? ¿Son lo suficientemente fuertes? De momento dejemos esta interrogación y sigamos. El artículo que en el Handbook se dedica a ‘Autocontrol y crimen’ - Hirschi, 2004- acaba proponiendo algo parecido a Leary. El autocontrol, que correlaciona negativamente con las acciones delictivas, es la tendencia a considerar la entera gama de costes potenciales de un acto particular. Mientras que en otros autores, se pone el acento sólo en las implicaciones a largo plazo, aquí se insiste en que sean las más amplias que sea posible considerar y que a menudo serán contemporáneas al acto. Se recoge así tanto el peso de los vínculos (attachments) con otras personas, como el de los proyectos del individuo para su propio futuro (Ya hemos visto varias veces esas dos dimensiones del autocontrol). En definitiva, como Hirschi subraya, la vertiente más importante del autocontrol se identifica prácticamente con el control social, que en una obra anterior él ya había analizado como compuesto de vínculos, proyectos y creencias. Segunda parte: la cuestión filosófica de la libertad 1) ¿Qué hay acerca de la autodeterminación en los estudios antes revisados? Pero ¿cómo hay que entender el autocontrol? ¿Es realmente el acto de un agente personal? Carver, 2004, reconoce que ha ignorado muchas cuestiones acerca de la conducta humana. “¿Qué hay acerca de la voluntad? ¿Qué acerca de la autodeterminación? Incluso los procesos deliberados y top-down que se han esbozado fueron descritos prácticamente como automáticos y privados de toda autodeterminación. Estas cuestiones, aunque importantes, no se tocan aquí”. Baumeister, 2004. pg. 86, se compromete de un modo un poco más explícito con el carácter activo, consciente e intencional del self y de sus funciones ejecutivas, o lo que sería lo mismo, autorregulatorias. Mischel & Ayduk, 2004, admiten el carácter agéntico de la autorregulación, pero ante el peligro de tener que invocar un homunculus, sugieren que la agencia está en la organización de la red neuronal. Fitzsimons & Bargh, 2004, se contraponen abiertamente a la opinión
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 80 Por supuesto, además de Vygotsky, muchos otros autores la han enfocado, desde el clásico Jaynes, 1990, al reciente Jones, 2009, y ante todo quizá Clark, 2006. Por supuesto también, en dos trabajos del Handbook se menciona la vinculación entre habla interior y autorregulación (Gollwitzer et al., 2004; y aún más insistentemente en el muy vygotskiano Barkley, 2004). Sin embargo, creo que todavía no se ha explorado suficientemente cómo el habla interior podría intervenir en la cuestión de la autodeterminación. ¿Por qué es barata el habla interior? ¿Por qué requiere poca fuerza motivadora? Primero, no hay despliegue muscular. Segundo, dado que el habla no está destinada sino al mismo hablante, no hay que elaborar los modos de designar ni tampoco la sintaxis. Tercero, en el habla interior desaparecerían los sucesivos pasos de la secuencia articulatoria de la palabra. La clave estriba en que el verdadero modelo de palabra es el modelo fonémico-social, que es por definición imposible de ejecutar. Si alguien ejecuta un fonema, ya no será un fonema, sino un sonido real, con su timbre, su volumen y su opción particular de alguna de las variaciones permitidas. Naturalmente, en el habla externa hay que renunciar a reproducir el verdadero modelo, o sea, el fonémico-social. Sin embargo, dado que en el habla interior es posible trabajar con el modelo fonémicosocial o verdadero modelo, ¿por qué no se iba a hacer así? La gran ventaja es que en ese modelo, la palabra cuenta como una unidad no sólo al nivel semántico (lo cual sucede siempre), sino al nivel de producción (donde normalmente hay que funcionar con la palabra como compleja secuencia articulatoria). Veamos ahora por qué, a pesar de su bajo coste, el habla interior puede tener un gran rendimiento. Una palabra no sólo es capaz de evocar su referente, si lo tiene, sino también de preactivar los enlaces más habituales, o también los más recientes, de la palabra, o sea, aquellas otras palabras junto a las cuales, o bien es frecuente encontrarla, o bien se la acaba de encontrar. Y, naturalmente, esa evocación es mantenible durante el tiempo que se quiera, ya que una y otra vez se la puede suscitar mediante el habla interior. Así, por ejemplo, una meta que vaya difuminando su presencia en la mente, porque esté siendo atacada por interferencias, por ejemplo, puede ser repintada repetidamente de modo que pueda mantener su pleno atractivo durante mucho tiempo.
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 81 2. 7) Meta perdedora, pero capaz de suscitar habla interior: Una posibilidad factible Bajo coste, gran rendimiento.11 Eso es estupendo, sí. Pero ya estamos topando con una primera dificultad. Por mucho que el habla interior requiera muy poca fuerza motivadora, alguna fuerza es claro que requiere. ¿De dónde saldría esa fuerza, si en nuestra formulación del problema hemos asumido que en el punto de partida del proceso hay una meta opuesta con gran fuerza motivadora? La respuesta a esta primera dificultad es relativamente fácil. Se sabe que cuando hay en el cerebro una competencia entre varias metas, cada una de ellas pondrá en activación sus enlaces, aún cuando desde el principio haya una clara ganadora. Cada uno de los enlaces de una meta devuelve siempre algo de fuerza a esa meta, y así habrá momentos, aún cuando sean brevísimos, en que una meta claramente no ganadora cuente con un monto de fuerza suficiente para esa actividad tan de bajo coste que es el habla interior. En definitiva, el que una meta no ganadora logre producir habla interior y así dirigir hacia sí la atención es una posibilidad muy factible y fácil de explicar. Pero con ello no se resuelve nuestro problema. Volvemos a toparnos con el muro de siempre. Si la meta es una que tiene menos fuerza que la dominante en ese momento, entonces el que, gracias al habla interior, reciba una atención focalizada, no la convertirá ipso facto en meta dominante. Si se convierte realmente en meta dominante, ello será sólo porque intervenga en este punto algún otro factor.12 2. 8) El último y decisivo encontronazo con la dificultad ¿Cómo la atención a una meta perdedora puede convertirla en dominante? ¿Por qué los impulsos derivados de la captación de la interioridad ajena o de la evocación del futuro a largo plazo podrían cobrar fuerza una 11 Incluso podemos añadir la posibilidad que el habla interior ofrece de redescripción (Esta redescripción coincidiría con lo que en la bibliografía clásica acerca de la recompensa demorada se viene llamando “cognitive reappraisal”, o “re-construal mechanisms”). 12 La misma objeción alzaríamos contra cualquier intento de entender la ‘reprioritización’ de Simon (1967) como automática. La emoción serviría (ésa sería su función biológica) para llevar al foco de la atención una meta que en ese momento no estaba dentro de tal foco. Veo muy bien, sí, esa afirmación de Simon. Pero pensemos en una emoción compasiva, p. e. Ésta focalizaría la meta a la que apuntan unos intereses ajenos, es verdad. Pero ¿por qué esto iba a alzar esa meta al primer puesto entre las metas que guían nuestra conducta? O, más concretamente, ¿por qué esto iba a ponerla por encima de los intereses propios?
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 82 vez que la atención se focalizara sobre tales contenidos? En general, la atención a una meta se limita a informar de la fuerza que a esa meta le corresponde. Aquí, en cambio, necesitaríamos que esa fuerza resultara aumentada por obra de la atención. ¿Cómo podría hacerse tal cosa? Los contenidos de la segunda línea (que versan, ya se sabe, sobre la interioridad ajena o sobre el futuro lejano) son débiles y frágiles precisamente porque no se incluyen en la primera línea mental. Pero, aún a pesar de eso, la capacidad exclusivamente humana que nos proporciona esos contenidos los señala como objetivamente iguales a sus homólogos de la primera línea mental. La interioridad ajena es tan real como la mía; el futuro lejano es tan importante como el momento presente. Así pues, aunque la segunda línea mental sea débil y frágil desde el punto de vista emocional, en cambio desde el punto de vista del conocimiento objetivo no se presenta en absoluto como inferior a la primera línea. Ésta es una contradicción que es intrínseca a la mente dotada de las dos líneas. ¿Se atiende a la fuerza emocional inmediata?: entonces siempre saldrá perdiendo la meta ligada a la segunda línea mental. ¿Se atiende, por el contrario, al conocimiento objetivo para que nos guíe en el manejo de nuestras dos líneas mentales?: entonces la meta al principio perdedora podría convertirse en dominante. Ésta sería la opción básica, el punto donde interviene la libertad humana. Ahora podemos recoger una idea que apareció ya en el 1. 1. El conocimiento, la atención a la más completa verdad que sea accesible, sería la verdadera base de la libertad humana. Hay un artículo, Schwartz, 2008, que, en un campo muy reducido, afín al de la meta demorada, apunta ya esta idea. “Supongamos que alguien dice ‘Mi meta de cuidar mi salud mental tolerará sin problemas el que esta noche no me lave los dientes’. En realidad, quien dice eso, tiene razón: por un solo día sin lavarse los dientes no aparecen caries. Sin embargo, tendríamos que buscar alguna forma de socavar tales afirmaciones. Aunque tal debilidad de voluntad no es moral, el razonamiento de tipo moral que envuelve el principio de igualdad podría ser invocado aquí (....) El principio de igualdad puede, lo sabemos, aplicarse al campo estrictamente moral. Así cuando tú te tratas a ti mismo de modo diferente a como tratas a otros, hay una violación del principio de igualdad aplicado a la moral. En el caso del cepillado de dientes, el sujeto no se está tratando ciertamente a sí mismo como una excepción, pero está haciendo una excepción injustificada de su momento presente, como si no fuera similar a otros muchos momentos futuros.” O sea, la motivación dominante lleva a hacer una excepción objetivamente no justificada. Pero el
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 83 conocimiento de la verdad empuja a tratar igual las cosas que son iguales. La posibilidad de la libertad moral derivaría según eso de las capacidades cognitivas humanas. Pero en su raíz estas capacidades no tendrían que ofrecernos necesariamente elaboraciones intelectuales, no conocerían valores o principios morales, sino que consisten primariamente y sobre todo en la captación de la interioridad ajena (y también, como hemos estado repitiendo, en la evocación de escenas futuras). Ciertamente, a partir de ahí, y con el despliegue histórico del lenguaje y la cultura, se podrá llegar a aquellas elaboraciones más abstractas. Sin embargo, en el origen mismo de la libertad es preferible, a mi juicio, poner conocimientos que, aun siendo exclusivamente humanos, sean explicables como una profundización y superación de las capacidades de los primates superiores, sobre todo de aquéllas (propias del chimpancé) que logran atribuir percepciones visuales y estados internos al congénere (salvo -pequeña pero crucial salvedadcuando éste lo está mirando a él o comunicándose con él: Bejarano, en prensa). Pero volvamos a nuestro hilo. El conocimiento de la interioridad ajena es, por definición, el origen de toda superación del subjetivismo. El que esa superación se traspase o no desde el plano cognitivo al emocional, ésa sería la elección libre. Dicho de otro modo, en el ser humano la relación de fuerza, u ordenamiento jerárquico, entre dos metas puede ser diferente en el plano emocional y en el plano del conocimiento. Así pues, hay dos criterios entre los que el sujeto ha de elegir. No se trata de que el sujeto escoja la meta menos fuerte -eso sería imposible-. Se trata de que escoja uno de los dos dictámenes opuestos sobre cuál es la meta más fuerte. ¿Cómo se llevaría a cabo esto en el cerebro? No tengo la más mínima idea.13 Creo, sin embargo, que con la reformulación que hemos hecho del problema, algo se ha logrado. Veamos poco a poco qué sería ese pequeñí- 13 Invocar factores como la reestructuración humana de la especialización hemisférica, o como la ampliación de la zona prefrontal y la memoria de trabajo, me parece totalmente prematuro e infundamentado. ¿Cómo no van a ser prematuros esos intentos si aún no contamos realmente con ninguna explicación del punto de vista interno de un animal? Es verdad que desde Descartes al conductismo y a una gran parte del cognitivismo actual muchos autores han optado por negar ese punto de vista interno en los animales. Y es totalmente verdad que de momento no tenemos nada que respalde la existencia de ese punto de vista interno. ¿Cómo lo vamos a tener si los animales no hablan y si los conocimientos de hoy sobre el cerebro son sólo detalles fragmentarios y superficiales? Pero, sin embargo, yo estoy convencida de que es inverosímil el concebir un cerebro animal sin punto de vista interno, o sea, el concebirlo al modo de un termostato. Y en consecuencia, estoy convencida también de que sólo después de que conozcamos en profundidad el cerebro animal, sólo después, repito, se estará en condiciones de empezar a abordar cómo la libertad y el espíritu surgen en el cerebro humano.
Thémata. Revista de Filosofía. Número 43, 2010 84 simo algo. Todo animal, en la conducta hacia sus metas, atiende siempre a sus percepciones, o sea, se deja guiar por el más amplio conocimiento de la realidad del que en cada caso disponga. Esto debería cumplirse, pues, también en el ser humano. Pero aquí ese dejarse guiar por el conocimiento se complica. Las capacidades humanas ofrecen conocimientos sobre la interioridad ajena que, en vez de ser útiles a la consecución de las metas que estén siendo perseguidas en ese momento por el individuo, interfieren con tal consecución. En concreto, el ser humano puede darse cuenta de que unas necesidades ajenas son más urgentes que las suyas. Éste es el lugar donde se insertaría la libertad moral tal como la estamos asumiendo. Pero lo que me importa subrayar es que, en esa encrucijada, es justo la opción a favor de los intereses ajenos, o sea, justo la conducta inasequible para los animales, la que está respaldada por la ley biológica general de atender al mejor y más amplio conocimiento disponible. Ciertamente, la opción de desatender ese conocimiento está disponible para el ser humano. La satisfacción de las necesidades del propio organismo es sin duda una ley biológica aún más general, dado que se cumple también en vegetales o en organismos unicelulares. Sin embargo, tomar esta opción y renunciar, pues, al mejor conocimiento disponible, equivale a dejar de lado la tendencia evolutiva que se inició con la percepción y el cerebro animal. Como se ve, con la reformulación del problema, no se ha logrado mucho. Pero quizá ahora aparezca la libertad moral como un poco menos lejana a la biología y la evolución. Bibliografía Ainslie, G. (2005). Précis of Breakdown of Will. Behavioral and Brain Sciences, 28 (5), 635-650. Barkley, R. A. (2004). Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder and Self-Regula- tion: Taking an Evolutionary Perspective on Executive Functioning. En Baumeister, R. F. & Vohs, K. D. (eds.), Handbook of self-regulation: research, theory, and applications (pp. 301-323). Guilford Press. Baumeister, R. F. & Leary, M. R. (1995). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Psychological Bulletin, 117, 497-529. Baumeister, R. F. (2005). Cultural Animal. Oxford University Press. Bejarano, T. (en prensa). En busca de lo exclusivamente humano. Antonio Machado Eds. Benedicto XVI. (2006). Deus caritas est. San Pablo. Burgess, P. W., Dumontheil, I., Gilbert, S. J. (2007). The gateway hypothesis of
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