Discursos leidos ante la Academia de Ciencias Morales y Políticas en la recepcion pública del señor doctor Don Juan Antonio Andonaegui : el domingo 23 de mayo de 1869
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DISCURSOS LEIDOS ANTE LA ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS EN LA RECEPCION PÚBLICA DEL SEÑOR DOCTOR DON JUAN ANTONIO ANDONAEGUI, el Domingo Ü!i de Mayo de 1NIW. MADRID: 1869. IMPRENTA Á CARGO DE D. DIONISIO CHAULIÉ, calle del Almirante, núm. 7.
DISCURSO Sr. DOCTOR D. JUAN ANTONIO AN DON AEGUI.
SEÑORES. ^ uestra benevolencia se ha servido señalarme este puesto honorífico, debido solo al talento, á la ilustración y á los conocimientos especiales en los varios ramos de las ciencias, á que con tanto celo os consagráis. Careciendo yo de estas cualidades y teniendo conciencia, de que los méritos no me abren el paso á esta corporación científica, estoy en el deber de manifestaros la gratitud y el reconocimiento por tan señalada honra, sin pasar desaper¬ cibida esta ocasión para tributar mi respeto á la memoria del Ilustre personage, á quien tengo la satisfacción de suceder en esta Academia, señor Marqués de Pidal, digno por mas de un concepto de este sincero homenaje. Contrayéndome ahora á lo que en estos casos solemnes se practica, me ocuparé por breves momentos del criterio de la verdad con relación á cierta clase de objetos, para lo cual se hace preciso fijar ideas preliminares, que ncs con¬ duzcan á nuestro propósito. Considerárnosle criterio no en sentido subjetivo, ni oh-
jetivo, sino como una regla directiva de nuestros juicios, que haciendo ver los obstáculos, con que luchan en su marcha natural y progresiva, nos descubre la verdad, que en la secta pirrónica se traduce en pura negación á causa de la falta de armonía en las opiniones filosóficas. No basta conocer los errores de nuestros juicios y las fuentes, de donde proceden, sino es menester demostrar los medios, por los que debe dirigirse nuestra inteligencia con paso seguro á conseguir su objeto: bueno es, que en muchos casos se comience por dudar aquello mismo que se desea saber-, pero es altamente exagerada la doctrina de Cartesio al asegurar que para llegar al conocimiento de lo verdadero, no hay otro medio que la duda universal. Es gran imprudencia poner en tela de juicio los prinoipios ciertos y evidentes y que siempre se presentan con este carácter ¿qué cosa más temeraria dice Cicerón, y más im¬ propia de la gravedad de la sabiduría, que negar lo verda¬ dero, estimar lo falso ó defender, sin prévia duda, lo que no está bien averiguado ni conocido? El estado anómalo y contradictorio de nuestros juicios se vence solo con el exámen discreto y concienzudo del asunto que se investiga. Mas esta investigación cuidadosa reclama la necesidad de una regla presistente; el criterio de juzgar, que habrá de aplicarse á todos los objetos sobre los que tratamos de formar juicios exactos, clasificándolos, según el orden de la naturaleza. El exámen de esta clasificación dará por resultado, que todos los objetos comprensibles son singulares y que una vez apreciados en sus propiedades y efectos, hay que hacer el esfuerzo de reunirlos, formando las clases que son nece¬ sarias. De este modo el vasto y variado campo de la natu raleza, que es un bello ideal, dividido en distintos grupos,
— 7 — á medida de la semejanza de sus individuos, presentará á nuestra inteligencia un gran método para su estudio. Hecha esta conquista no sin gran esfuerzo, debia com¬ pletarse la obra estableciendo las reglas de la verdad,, que corresponden á cada una de las clases, si es que se han de evitar los errores, que el cambio irreflexivo de los medios de la certeza moral ocasionaría. Supuestas estas indicaciones, mi objeto es demostrar; que en la Religión católica, el criterio de la verdad en los misterios de la fé y en las costumbres, no es la razón natu¬ ral, sino la autoridad de la Iglesia docente. Esta materia de suyo religiosa, ha sido y es discutida con gran empeño por las escuelas filosóficas, como si fuese de su csclusiva competencia, y esta es la doble razón que me asiste, á fin de que, considerándola muy importante me ocupe de ella en este solemne acto de recepción. La Religión está encarnada en la naturaleza humana y en la vida social de los pueblos. Desaparecen, dice Rossuet R>, los imperios, los rei¬ nos, los tronos, las instituciones más autorizadas por la tradición y más arraigadas por las costumbres: todo des¬ aparece en el mundo y solo queda viva la idea religiosa. La Religión de nuestros primeros padres fue revelada y divina, la cual quedó en gran parte obscurecida para el hombre, desde el momento, que infringió el precepto de la obediencia, que le habia impuesto su Criador, el autor de la naturaleza. La caida del primer hombre y la trasmisión del pecado original á todos sus descendientes son dos hechos incues¬ tionables. Los atestiguan con toda evidencia las santas escritu¬ ras, principalmente el Génesis, la doctrina católica, las historias de los pueblos antiguos, las opiniones de los filó-
- 8 - sofos, como Platón, Plinio, Cicerón y otros muchos Je nom¬ bradla, que no es necesario citar. Las creencias de los Hebreos, las fábulas mitológicas de Pandora y Prometéo, la reclusión de las almas en los cuer¬ pos para espiar sus faltas, en sentir de los antiguos Persas: las tres edades de oro, de plata y de hierro, que corres¬ ponden á los tres estados de inocencia, de pecado y de re¬ dención, reconocidos por toda la antigüedad, son otros tan¬ tos comprobantes de la existencia del pecado original. A mayor abundamiento, pues que nunca son demás las indi¬ caciones en asuntos de tal importancia, invocarémos el testimonio de la Persia, de la India, de la China, del mun¬ do antiguo y moderno y sobre todo, la lucha incesante y peligrosa entre las pasiones y la razón humana y tendre¬ mos el resultado unánime, que confirma nuestro aserto (2) . Esta creencia tradicional no es mera casualidad y por otra parte no es posible, que los pueblos distantes entre sí y con condiciones opuestas, convengan en una idea, si esta no estuviese en la conciencia del individuo. Degradada la naturaleza; nuestros primeros padres con¬ servaron no obstante y trasmitieron á sus descendientes las nociones indispensables á conseguir los fines de su destino. La idea dél Criador y de la criatura, el conocimiento de la virtud y del vicio, de la caida del primer hombre, del remedio á esta desgracia y la manera de espiar los pecados hasta tanto que llegara el dia de la redención de la huma¬ nidad, fueron otros tantos dogmas fundamentales de aquella religión, la cual á través de los siglos se manifestó mas os¬ tensible hasta la encarnación del Verbo, según el plan de la Previdencia. Estas verdades, simbolizadas en los sacriíicios del cul¬ to, se comunicaron á todas las gentes á medida que se multiplicaba la especie humana.
La unidad de idioma antes del diluvio, 1656 años á contar desde la creación; la tradición de la verdad religiosa, conservada en la memoria de los testigos, que alcanzaban casi á mil años de existencia, y la sumisión, en que, por espacio de nueve siglos, vivieron todos, reconociendo á Adam por su padre comen, contribuyeron á que se conser¬ vase pura la religión primitiva; mas la confusión de las lenguas, la variedad de idiomas, la separación de las fami¬ lias, la formación de naciones y la corta duración de la vida de los hombres, fueron otras tantas causas de las alteracio¬ nes, que la religión esperimentó en los siglos posteriores al diluvio; en los dogmas por la ignorancia y curiosidad irreflexiva y en el culto por la superstición, que, creada por el miedo, quiso sensibilizar los objetos de sus adoraciones. Perdida así la memoria de la doctrina primitiva, por cuyo medio sabían la existencia de la causa de todos los séres del Universo y no alcanzando con las luces de la ra¬ zón natural, como Dios crió el mundo, lo organizó y lo di¬ rige por sus leyes, trataron de aclarar estas dudas, valién dose de lo que los sentidos enseñan en casos análogos, sin tomar en cuenta los absurdos y las contradicciones, que este irregular procedimiento había de ocasionar. Los placeres y goces materiales les cautivaron y el de¬ lirio sensual les dispuso á mirar con afecto los instrumen¬ tos y objeíos de sus adoraciones. De este estado á la adoración no hay mas que un paso, que pronto lo dió la naturaleza enferma y estraviada. Los hombres, dice el libro de la Sabiduría & que no conocen á Dios, no son mas que vanidad y olvidados sus favores y desconocidas sus obras, han imaginado, que el fuego, el viento, el aire, las estrellas, el abismo del Occéa • no, el sol y la tierra eran los dioses, que gobernaban el mundo.
- 16 - Esta escuela, nacida del San-Si monismo, desechando el racionalismo, que por medio de sus inducciones y deduc¬ ciones no puede llegar á obtener, mas que verdades na¬ turales, admite, como bases de su fdosofía, la tradición, y el progreso continuo, que son inciertas y deja como intac¬ tas las cuestiones mas importantes, que se liabia propuesto resolver, por la incompetencia de la razón. La verdadera solución de estas dificultades debe bus¬ carse, á no dudarlo, en los Sagrados libros do Moisés, (el Génesis) ( i7 ) los cuales, en vista de la certeza moral de los sucesos en la continuación de los tiempos y de los delirios de la humana inteligencia con respecto á las nociones sobre¬ naturales, precisan á la filosofía á someterse á la revelación. Todas las mudanzas, dice Bossuet i 18 )., acaecidas á la especie humana, están subordinadas á la Divina Providencia y una de estas miras, después del pecado del primer hom¬ bre, es restablecerlo á su primer estado por medio de la Religión revelada. El filósofo Rayle í 49 L á este intento, la razón es un principio destructor, siendo muy buena para suscitar du¬ das y hacerlas eternas, siempre que no se reconozca la ne¬ cesidad de una revelación, esto es, de la escritura; pues que es hasta insensato discurrir contra los hechos y el tri¬ bunal de la Filosofía es recusable en los asuntos de la Re¬ ligión cristiana. Lo hasta aquí espüesto, es una prueba cierta, de que el hombre por sus propias fuerzas no puede constituirse en estado de tener ideas exactas del verdadero Dios y menos de practicar las virtudes de la manera digna á la sublimidad de sus preceptos. De aquí resultan dos consecuencias: 1. a la necesidad de la rehabiliiación del hombre, rompiendo las cadenas de la esclavitud del pecado y 2. a la de la gracia sobrenatural de
— 17 - la revelación, que le dirija á su fin eterno. En cuanto á la 1. a : padecimientos continuos, desgracias incesantes for¬ man la herencia, que de nuestros primeros padres reci¬ bimos, el hombre criado por Dios, se aleja de él por su desobediencia, pierde la justicia original y la gracia santi¬ ficante, su entendimiento se obscurece, su voluntad se corrompe y es vil juguete de sus bastardas pasiones. Necesita el hombre regenerarse, necesita su redención y siendo pecador, no puede ofrecerse á sí propio á recupe¬ rar el infinito bien, que había perdido. Parece, dice Chateaubriand, que el cielo quiso dejar trascurrir cuatro mil años desde la caída del hombre pri¬ mitivo basta su rehabilitación, á fin de que pudiesen los hombres juzgar por sí mismos, cuán insuficientes eran sus degeneradas costumbres. Era opinión generalizada entre todas las naciones la ve¬ nida del Mesías, llamado Crichna por los Indios, Sosiosh por los Persas y designado con otros varios nombres, con¬ forme á las prescripciones del idioma de cada uno de los países. Todos esperaban un personage estraordinario, que reinase sobre el mundo y estableciese en él el imperio de la justicia y de la virtud. Los paganos fundaban su esperanza en sus antiguas tradiciones y los judíos en las profecías, si bien errada¬ mente interpretadas (20 L C implido el tiempo, cual habían anunciado los profetas, vino Jesucristo al mundo y redi¬ mió el género humano con su pasión y muerte en la cruz, cuyos detalles conocemos por los Evangelistas. Verificada su milagrosa resurrección, nos comunicó las verdades so¬ brenaturales, que forman nuestra creencia y constituyen nuestra vida espiritual. Resta saber únicamente de que manera Jesu-Cristo comunica estas verdades á los hombres.
— 18 - Debe ser desechada á este efecto la inspiración par¬ ticular, por que, de haberse generalizado de una manera uniforme entre todos los hombres, no hubiera habido tantas sectas, que por falta de acuerdo, han formado tantos sím¬ bolos y tan opuestos entre sí. como eran sus opiniones en la creencia religiosa. Si estas inspiraciones se refieren á personas determina¬ das, será imposible conocerlas, fuera de que, aún en otro caso, ninguna utilidad reportarían aquellos, á quienes no se les hubiese concedido este don; don incompatible con el li¬ bre albedrío, que estaría subordinado por completo á la pretendida inspiración. Ni es el examen de la doctrina, como suponen algunos; condiciones especiales se requieren para hacer este trabajo comparativo y aún en el supuesto inadmisible, de que al¬ gunos las tengan, la multitud de obras religiosas escritas en diverso sentido, les imposibilitarían á hacer el ímprobo sacrificio que esta investigación reclama. Lo cierto es, que los autores del libre exámen en ma¬ teria no libre, se vieron precisados á formar el espíritu de la asociación religiosa, por medio de la confesión de Ausburgo y de otras varias, demostrando así la manera insegu¬ ra, con que procedían en la esposicion de doctrinas de tanta importancia (21) . El partido protestante firmó aquella confesión y se vió luego muy distante de conseguir el objeto, que había motivado la redacción de sus diferentes artículos. Melaneton en su apología se lamenta al considerar, que aquella confesión dejaba indecisos puntos de mucho interés y que convenia buscar el modo de esplicar con sencillez los dogmas, á fin de curar las conciencias agitadas por las du¬ das, á cuyo efecto creyó oportuno provocar otras reuniones. De este modo la reforma religiosa comenzó por la vía de exámen y terminó por la via de la autoridad: ni se concibe
- i9 - la idea de una corporación religiosa, sin el vínculo de una fé colectiva. Desechados por improcedentes y absurdos los medios, que liemos relacionado, queda solo, como el único seguro á nuestro modo de ver, el de la autoridad de la Iglesia do¬ cente, que tiene la misión de conservar el depósito de la fé y de enseñarla. La p labra «Iglesia docente» se refiere solo á los obispos, bien se hallen legítimamente reunidos ó se¬ parados en sus respectivas diócesis bajo la presidencia físi¬ ca ó moral del Romano Pontífice, primado de honor y de jurisdicción de la Iglesia católica por derecho divino y que en ambos casos, la Iglesia, sea congregada ó dispersa, me¬ diante hallarse asistida del Espíritu-Santo, es infalible en sus definiciones dogmáticas y en las reglas, que establezca á cerca de las costumbres. El Divino fundador de ella hizo ostensible su doctrina, no por medio de la inspiración privada, sino de viva voz, por la predicación. Les dijo á los Apóstoles: «Id y enseñad» vuestro distintivo será la caridad, acompañada de la pa¬ ciencia y vigorizada con la persuasión y el convencimiento. Autorizados de esta manera se estendieron por los pue¬ blos, fundaron iglesias, crearon ministros y ejercieron la plenitud de su ministerio y si algunas veces escribieron epístolas, fué solo en ventaja de los que, hallándose en paises remotos, les era necesario esta comunicación, ya para conocer, ya p ra conservar la fé, que descansa en las Sagra¬ das Escrituras y en la tradición independiente de aquellas. Ni se les previno á los pueblos, que leyesen y juzgasen la doctrina del Salvador, sino que aprendiesen lo que acer¬ ca de la misma se les ensenaba y la enseñanza no fué per¬ dida: en prueba de lo cual nos dice San Irineo, que á fines del siglo II había muchos creyentes, que con sola la ense¬ ñanza y la tradición conservaron la fé católica.
- 20 - Constantes en este modo de pensar, los fieles no con¬ fundieron nunca la doctrina verdadera con las opiniones de los hombres, convencidos, de que al cuerpo docente de la Iglesia corresponde la enseñanza y la autoridad para fijar las nociones ciertas de la fé y sus inmediatas consecuencias. El conservar la fé, dirimir las dudas sobre ella, y esta¬ blecer la regla infalible para no asentir á una doctrina, opuesta á la católica, es, dice el sabio Gerson (22 >. derecho esclusivo de la Iglesia y á los fieles no les es lícito profesar otra distinta. Jesucristo es la cabeza invisible de su Iglesia y debien¬ do ésta continuar por todos los siglos, no es posible que pueda abandonarla, dando entrada al error ( 25 b La Universidad de París, ocupándose de esta materia, profesa ( 2 b la doctrina, de que no hay mas que una Iglesia universal visible; que en su enseñanza no puede errar en la fé, ni en las costumbres, y que si hubiese dudas ó con¬ troversias con motivo de las Sagradas Escrituras, á ella per¬ tenece definirlas: por lo mismo dijo San Agustín: «yo no «creeria el Evangelio, si á ello no me obligase la autoridad «de la Iglesia.» Si los hechos históricos constituyen la fé filosófica, si los acontecimientos, que entran bajo el dominio de la his¬ toria, ofrecen certeza moral, no faltaré, dice Dupin < 25 ), á mi buena fé en la narración de los hechos, al asegurar que la Iglesia no ha faltado nunca, esponiendo la doctrina de la íé y de las costumbres: así lo acredita la espcriencia y lo justifica el conocimiento histórico. Con efecto, como no podía menos de suceder, por ser el orden natural de las cosas, el derecho se convirtió en hecho y la regla segura en práctica incontroveitibie. Sí, pues, la enseñanza de las verdades, que esceden los límites de la razón, pertenece á la Iglesia, depositaría de las mis-
- 21 - mas, sin duda alguna debe correspondería también su examen. Los anales de la Historia nos advierten, que las cues¬ tiones religiosas fueron siempre llevadas al tribunal de la Iglesia y falladas por el mismo. De esta manera fue terminada en el siglo II por los apóstoles la célebre controversia acerca del dia en que debia celebrarse la Pascua: en el siglo III el error de los sabelianos y la no reiteración del bautismo, contra la opinión de los prelados de Africa: en el IV la herejía de los arrianos: en el V la de los pelagianos: en el VI la de los semipelagianos: en el VII la de los monotelitas: en el VIII la de los iconoclastas: y del mismo modo se contimó en los si¬ glos sucesivos hasta el concilio de Trento < 26) , todo lo cual viene á reasumirse con la debida sanción en la Bula confir¬ matoria y muy especialmente en la relativa á la protesta¬ ción de la fé católica (27 > publicada por mandado del pontí¬ fice Pió IV. La práctica jamás interrumpida desde los tiem¬ pos apostólicos, apoyada en documentos respetables, ga¬ rantizada por consideraciones filosóficas y justificada por pruebas indisputables, reconoce en la Iglesia el derecho esclusivo de juzgar de la doctrina, en virtud de su divina misión, sin que sus juicios hayan sido dejados nunca á las disputas de los creyentes, los cuales mientras sean católi¬ cos, tienen el deber y la obligación, no de censurar, califi¬ car ó provocar cuestiones peligrosas en el terreno de la conciencia, sino de someterse respetuosos á las declaracio¬ nes dogmáticas de la Iglesia ( 28 \ de la propia suerte que deben hacerlo todos sin distinción de clases, ni de perso¬ nas, á la autoridad temporal, aunque por diversa causa, en cuanto al orden de la pública disciplina secular, como dice San Gelasio < 29 > y no solo por el temor de la pena, si¬ no, por el deber de la conciencia ( 3 °).
- 22 - Si las doctrinas sufren modificaciones en el curso de los siglos por el cambio de las circunstancias y por la fuerza de los intereses encontrados, la católica es y será siempre una misma, sin que pueda introducirse en ella la mas mínima alteración. A primera vista sorprende, que diseminados los prela¬ dos por todo el mundo; establecidos en paises distantes y muy remotos; entre gente de distintas creencias, de afeccio¬ nes y preocupaciones diferentes, de costumbres é intereses diversos, se hayan visto siempre unidos con los mismos vínculos de la Fé y Caridad, símbolos característicos del catolicismo. Constituidos en estas situaciones, no és posible, que todos ellos hubiesen conspirado á engañarse mutuamente y á engañar á la posteridad; por el contrario su voz autorizada, no desmentida y confirmada por hechos tradicionales, pre¬ sentan la identidad de doctrina en los depositarios de la verdad. La promesa del Hombre-Dios de asistir continuamente á su Iglesia, es eficaz y no faltará nunca: fué cumplida en el cuerpo. Apostólico y lo será en el Episcopal, sucesor su¬ yo, asi cuando legítimamente se halla congregado, como separado y en sus respectivas Diócesis, en todas las defini¬ ciones dogmáticas y en las reglas de las costumbres, siendo cierto que, á la falta de esta autoridad, los fieles no tendrían criterio seguro para la dirección, espiritual de su conducta naturalmente dispuesta á todo género de estravíos. En la adopción del medio que llevamos espuesto para conocer las verdades, hallamos bien justificada la sabiduría Divina; por que los hombres en medio de tantas y tan va¬ riadas formas, de que se revisten á satisfacer sus necesi¬ dades, sus caprichos é intereses; en medio de tan diversos elementos y en la imposibilidad de ponerse de acuerdo, de-
- 23 - bieron por su propia tranquilidad reconocer un centro común benéfico, no opresor, ni violento que les dirigiera á la obser¬ vancia de la ley de la humanidad. No se niega que haya verdades, que en todos los países, en todas las épocas y circunstancias obran de la misma ma¬ nera sobre el espíritu humano y cuya negación sería igual á proclamar su independencia de toda ley positiva; pero también lo es, que estas nociones son en muy en «orto nú¬ mero, insuficientes á la constante actividad de la inteligen¬ cia, y por último ineficaces á causa de no prestar garantía alguna para practicarlas. El carácter, el trato de sociedad, el clima, los alimentos, las costumbres, la Religión y los intereses mal entendidos nos preocupan en demasía y nos mueven á seguir direccio¬ nes contrarias á las que aconsejan los principios generales de la ley natural que en absoluto los reconocemos. Nuestras cuestiones, sean del orden político ó religioso, no pueden resolverse por las inspiraciones de la ley na¬ tural; para las primeras se necesitan leyes seculares y para las segundas, preceptos revelados, que aclarando los natu¬ rales, sirvan de guía á la conducta del hombre en el cum¬ plimiento de su destino. Nuestro entendimiento descansa en la investigación de las cosas, conforme á nuestras necesidades, sin poder salir del círculo que se le está trazado, fuera del cual todo aparece cubierto con el velo, que no podrá descorrerlo ja¬ más «á este propósito dice el sabio» Dios ha entregado el mundo á las disputas de los hombres y no podrán estos lle¬ gar á conocer las obras, que ha criado y que las conservará basta al fin. Desconocida la autoridad de la Iglesia en las materias de la creencia católica, cada cual se formará las ideas, que le parezca; pero una vez reconocida esta, no tenemos libertad
- 24 - electiva; puesto que la recta razón, de acuerdo con la divi¬ na, nos aconseja, que, separándonos de las vias inseguras, caminemos por las que nos conduzcan de seguro á con¬ seguir nuestras legítimas esperanzas. La infalibilidad de la Iglesia no solo se estiende á las definiciones dogmáticas, sino también á las reglas de las costumbres. Fé, doctrina y costumbres: este es el órden de los he¬ chos, que constituyen la vida sobrenatural: la doctrina su¬ pone la fé y es la regla de nuestras costumbres, que, aun¬ que no siempre sean muy ordenadas, no por eso se ha alterado en lo mas mínimo el carácter esencial de aquellas, que son siempre las mismas. La fé, aun en absoluto, es una nocion, que vive, se anima y desarrolla á espensas de su propio objeto: es el fundamento de los hechos, que for¬ man y caracterizan la vida interior y pública del ser inteli¬ gente en todas sus relaciones. Sin los hechos no se concibe la fé, como tampoco la fé independiente de los hechos. La fé y la doctrina permanecen íntimamente relacionadas, co¬ mo el principio con sus inmediatas consecuencias, y esta es la razón porque la Iglesia en sus definiciones dogmáticas y los autores en sus libros doctrinales, subordinan ambas ma¬ terias á las mismas reglas. Las doctrinas verdaderas, en vez de perder, adquieren más fuerza de razón y de autoridad por las consideraciones que se aducen para combatirlas. En este supuesto, no será inútil, sino conveniente, referir lo mas fuerte, que, en sen¬ tido contrario, á lo que hémos espuesto, se há manifes¬ tado con mas audacia, que acierto. Algunos pensadores, entre los cuales, los que en pri¬ mer término figuran y que de todos son bien conocidos, aseguran en sus escritos «que para ser bueno y virtuoso un hombre de juicio, basta que observe el dictamen de la
razón ó de la ley natural: que debe negarse lo que no se comprende y que la fé degrada la razón humana.» Las virtudes cívicas podrán practicarse por los hombres de buen juicio y mucha instrucción, guiados por el pla¬ cer del egoísmo ó por el temor de provocar las censuras, que les desacreditarían entre sus semejantes: pero la esti¬ mable y verdadera virtud no descansa en meras esterioridades, sino que tiene su templo en el interior del corazón. Las virtudes cívicas no son para calificar á sus autores, los cuales, aun cuando se subordinen á las prescripciones de las leyes públicas, reconocen distintos móviles en la di¬ rección de su conducta. Si este proceder en tales bases fundado fuese suficiente á la conservación de las sociedades ¿para qué serian las le¬ yes, las autoridades, los premios y las penas? y pues que, cada cual tiene su razón particular y su modo de obrar con la estension y en la forma que le parezca, sin ningún re¬ celo, ni responsabilidad, las asociaciones humanas caerían en la confusión, en el desorden, en la licencia y en' tan completa anarquía, que las destruiría por falta de asiento, en que apoyarse. Si somos católicos debemos creer con fé viva las ver¬ dades que están fuera de la esfera de la razón; si, como filósofos, queremos discutir acerca de ellas, nuestras dis¬ cusiones serán interminables y acabaremos por no enten¬ dernos y por no creer en nada. Para llegar al conocimiento de Dios y de los altos mis¬ terios de la Religión basta creer, sin el trabajo inútil de examinarlos. El theista dice, la providencia y la vida futura no están demostradas: el materialista, la distinción entre el espíritu y la materia y la creación son puntos discutibles; y el ateísta, la existencia de Dios está envuelta en la oscuridad.
Señores Académicos: Muchas veces me he preguntado á mí mismo desde que me vi constituido en el honorífico deber'de dirigiros hoy mi voz, ¿qué es una contestación al discurso acostumbrado en la recepción solemne de un señor Académico.? Y después de haberlo meditado cuanto á mis alcances estu¬ vo, he comprendido, que es como un guardia de honor, que no perdiendo jamás de vista la persona, á quien presta su servicio, debe afanarse por sostener su brillo, pero sin fatigarla con una pesada asistencia. Es como la enredadera que enlazándose de mil modos á un erguido y corpulento cedro, siempre se halla con él, solo por él existe enhiesta y sin embargo, dej^ libre toda la frondosidad y gallardía del árbol procer, á que se encarama. Es en fin como la mariposa, que volando sin cesar en derredor de un rosal hermoso, entra y sale al través de su ramaje para libar de sus flores, y ya se asienta, ya salta sobre sus ramas, sus renuevos y capullos; adornos y accidentes bellos del enga¬ lanado arbusto, pero dejándole ileso sin quebrantar sus tallos, sin marchitar sus matices.
- 34 - Y apasionado de estos símiles, que en mi mente se forjaron, y que como hijos de ella, yo los acariciaba, dije para mí: pues ya tengo el plan de mi breve y sucinta res¬ puesta al grave, importante y doctrinal discurso que aca¬ bamos de oir, y con que se hace paso, para ser dentro de breves inslantes compañero nuestro, y digno individuo de nuestra Academia el señor don Juan Antonio de Andonaegui. Y creo no equivocarme; porque con solo escitar vues¬ tra memoria, señores Académicos, sobre los accidentes y cualidades extrínsecas de tan notable Discurso, y con solo dar distintos giros al mió, y presentar en él nuevos pensa¬ mientos, aunque sean menos interesantes, veo ya lograda no pequeña parte del empeño, con que á nombre de la Academia debo coronar este solemne acto, correspondien¬ do, en cuando pueda, al honroso encargo de nuestro digní¬ simo señor Presidente: y chocara en verdad, que para salir airoso de ello en .un discurso filosóíico-católico haya de bus¬ car mi defensa en un idólatra, en un epicuréo, pero en un gran conocedor del corazón humano, el poeta Quinto Hora¬ cio Flacco. El resto de mi compromiso, harto más delicado y espi¬ noso de suyo, por la trascendental importancia de la mate¬ ria de que tratamos, deberá consistir, porque no puede ser otra cosa, en el pobre y débil apoyo que yo hubiese de dar al tema del señor Andonaegui, apoyo de que en verdad no necesita para el triunfo de su sana, innegable y consolado¬ ra doctrina; y será de notar también, que haya yo ido á encontrarle muy confiadamente en un hombre heterodoxo, pero al mismo tiempo gran filósofo de los siglos XVII y XVIII, en el sábio Godofredo Guillermo Leibnitz, con¬ cluyendo rni tarea con el testimonio irrecusable de los pue • blos más orientales y occidentales del Globo, al paso que ménos conocedores del Catolicismo.
- 35 - Y lo primero que se presenta á mis ojos es el sillón académico vacante otorgado al señor Andonaegui. ¡Ah! Es nada menos que el que ocupó, quien en el acto mismo de su ingreso en este cuerpo, mereció ser su primer Presiden¬ te ; el que estuvo unido á muchos de nosotros por largos años con los más estrechos vínculos de amistad y de dis¬ quisiciones políticas, gubernativas y literarias; el que pode¬ mos calificar, sin ofensa de nadie y como por excelencia, de cultivador laborioso de nuestra antigua y rica literatura, de crítico ilustrador de nuestra Historia, de fomentador de nuevos y Utilísimos estudios hijos del progreso científico del siglo, de batallador incansable en nuestras parlamenta¬ rias lides, de ardiente é irresistible opugnador de cualquie¬ ra innovación peligrosa, que tendiera á destruir irreflexiva¬ mente toda tradición, todo monumento, toda institución, símbolos característicos de nuestra propia y constante na¬ cionalidad. Sí, señores Académicos; elevad vuestros votos al cielo por su alma, y derramar manojos de siemprevivas so¬ bre su tumba; es la tumba del ilustre primer Marqués de Pidal. Pero para consuelo de tan irreparable pérdida, y para que no quede sin cultivar en el estenso campo de las Cien¬ cias Morales y Políticas el terreno filosófico é histórico, el ideológico y revelado, el teórico y práctico del es'udio de las divinas leyes de la Iglesia, que es la ciencia de las cien¬ cia?, aparece hoy á ayudarnos y prestarnos importante au¬ xilio con su reconocida ciencia, con ¿us loables costumbres sociales, con la autoridad respetable de su carácter sagrado el Sr. I). Juan Antonio de Andonaegui; y al meditar yo so¬ bre sus dignas prendas personales y sobre las dotes de su discurso, vínome á la memoria en justificación de las unas y del otro, la sabia máxima é inolvidable precepto que in¬ culcaba en su Carta á los jóvenes Pisones el Príncipe de los
- 36 - poetas líricos, Horacio, que en bellos versos libres caste¬ llanos nos trasmitió el dulce, el simpático y célebre orador, literato y hombre de Estado, Sr. I). Frailesco Martínez de la llosa, cuando en la versión de aquel Arte Poética nos dice: «Tanto importa observar si habla en la escena Un dios ó un héroe, si maduro anciano, O en la ilor de la edad fogoso jéven, Solícita nodriza ó dama ilustre, Labrador rico ó tago mercadante, El natural de Colehos ó el de Asiria, El que en Tebas vivió, quien vivió en Argos.» Sí, señores; porque es necesario no olvidar que el dis¬ curso á que tan profundamente hemos atendido, sostiene que el criterio de la verdad de los misterios del catolicismo y de la pureza y santidad de las costumbres cristianas ha de buscarse (y se halla ciertamente) fuera de duda, en la autoridad infalible, inalterable, indefectible de la Iglesia Do¬ cente, que no en la personalísima y variable percepción de los sentidos de cada individuo, que no en la caprichosa, dis¬ tinta, contradictoria y siempre falaz autoridad de la pobre, deleznable y caduca razón humana. Y siendo esto así, ¿qué tiene, pues, de estraño ni qué cosa hay, que más natural sea, que de tan preciosa defensa y de tanta valía se haga mantenedor un respetable eclesiástico, de ciencia consuma¬ da y edad provecta, un catedrático dedicado toda su vida al alto magisterio en nuestras Universidades, un canonista es¬ clarecido consagrado largos años á demostrar la divinidad de la institución y del régimen y gobierno de la Iglesia, y por consiguiente del dogma y de las costumbres, y todavía mas claro, de la fé católica y de la moral cristiana? A cada cual conduce en esta vida su peculiar afición. Afición he demostrado yo desde mi juventud á este género de estudios; pero entre la mera afición y el pleno conoci-
- 37 — miento de la verdadera y sólida ciencia, ¿qué distancia tan inmensa no se halla? Por eso me asustaría el internarme en el fondo de tan difícil materia; y con tal motivo, vuélvoos á recordar á Horacio, que nos enseña, que solo el mucho Saber es el principio y la fuente del acertado y recto escri¬ bir, según nos lo dejó consignado en versos no menos bellos castellanos otro célebre literato, escritor y hombre de Estado, el Sr. D. Javier de Burgos, cuando traducía.... «Cuáles cosas convienen, cuáles dañan; Cómo buscarse deben las bellezas; Cómo evitarse, en fin, deben las faltas. Para bien escribir el saber sea (1) La primera y más útil circunstancia.» Con gran mesura, con ajustada crítica y desapasionado juicio nos ha hecho el erudito señor nuevo Académico la his¬ toria de las diferentes escuelas fdosóíicas que se han suce¬ dido desde Xenófanes, fundador de la secta Eleática, el pri¬ mero de los panteistas, esto es, haee dos mil cuatrocientos años, indicándonos los principios en que se fundaban las llamad s Circnáica, Cínica y Pirrónica, Estoica, Neoplatónica, Escolástica y otras, hasta llegar á los sistemas de nues¬ tros casi contemporáneos Ivant, Hegel, Coussin, Krausse y otros todavía más modernos. ¿Y qué ha deducido en verdad y con muy cuerdo cri¬ terio de todo ello? Que Quot Ilumines tot sententice: que son tantas las opiniones como los filósofos opinantes: y por le¬ gítima consecuencia, que no basta la simple razón del hoin- (1) Me atrevo á modificar el cuarto verso sustituyendo la frase el saber sea á la del señor Burgos es el buen seso ; primero porque el rigorismo de la traducción saperc así lo exige; segundo por la exactitud del pensamien¬ to, porque buen seso es juicio recto, cosa bien distinta del saber ; muchos hombres hay que saben y que no tienen buen seso.
bre, por estenso y profundo que sea su saber, para apode¬ rarse y enseñorearse del criterio de 1? verdad, cuando cada cual se le forja á su placer, con el fin de juzgar de los mis¬ terios de nuestra Santa Religión y de sus inmaculadas cos¬ tumbres. Y por el contrario, presentando el principio de autoridad frente á frente del racionalismo, autoridad celes¬ tial, que existe desde la cuna misma de la religión católica, y apoyándose en el sagrado mandato con que su divino Fundador dijo á les Apóstoles: «Marchad y enseñad á todas las gentec» ha venido el señor Andonaegui de siglo en si¬ glo y de una en otra gente, y de escuela en escuela, y de época en época hasta la que nosotros viandantes hoy atra¬ vesamos, á demostrar acertada y satisfactoriamente, que el criterio de la verdad, para comprender la certeza y santidad de los misterios de la Religión y de los fundamentos de la moral cristiana no se encuentra, ni está contenido en el juicio privado y particular de cada hombre. Encuéntrase, sí, en el unánime y constante é inalterable sentir de los Padres, de los Doctores, de los Pastores, de los Inspectores, de los Maestros de toda la cristiandad, los Obispos á quienes colocó el Espíritu-Santo para regir la Iglesia de Dios, y que son los que componen la Iglesia Docente, sumisos, sin em¬ bargo todos, todos respetuosos v obedientes á la voz de Aquel, que por ser sucesor de San Pedro recibió en su he¬ rencia la divina seguridad de que el Redentor del mundo habia rogado por él á su Eterno Padre, para que no le fal¬ tase la fé, así como para que él á su vez confirmase en ella á sus hermanos. En efecto, señores, el criterio de verdad que busquemos, ha de fundarse necesariamente en la Uni¬ dad. Con la variedad, con la divergencia, con h disyunción de pareceres no se compadece la Unidad, ¡oh celeste Uni¬ dad! Pues esa Unidad indispensable se halla solo en la Igle¬ sia, en la Iglesia Docente, representándola, ora cuando
— 39 — reunida en concilios confirma sus definiciones; ora cuando diseminados los obispos, cuidando como celosos pastores de sus respectivos rebaños, pero conformes todos en las mis¬ mas creencias, la esplica á todo el orbe católico el Sumo Pontífice Romano. Esa unidad se halle esculpida solamente en la piedra sobre la cual está edificada la Iglesia: he abí porque el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo en la tierra, Centro de la unidad de su doctrina y gobierno, Intérprete verdadero de la fé católica y Supremo Gerarca de toda la Cristiandad es, representando la Iglesia Docente, quien, cuando habla desde la Cátedra que rigió el Príncipe de los Apóstoles, nos da el verdadero criterio para juzgar de los misterios y costumbres de nuestra sacrosanta Religión. Y no be de citaros, para que se ostente triunfante esta verdad ni textos sagrados, ni declaraciones de Concilios, ni sentencias de Santos Padres, ni las otras fuentes de la cien¬ cia teológica, como autoridades impropias de un discurso en su esencia filosófico. Pástame presentaros el testimonio de un eminente filósofo, y por añadidura no católico; es el preclarísimo escritor Leibnitz, de quien antes os hablé; el cual, por solo la fuerza de su clara razón, reconoció la ne¬ cesidad de ese criterio en la unidad de la Iglesia, con¬ viniendo en la previa necesidad de un Primado de honor y de jurisdicción, ejercido por el sucesor de la Cabeza del Apostolado. Hablando Leibnitz de ella á su amigo Fabricio en la 8. a de sus cartas, tomo primero, edición de Leipsick, año de 1754, página 55, (y exprofeso acoto tan minuciosa¬ mente la cita) se esplica en estos consoladores términos. «Siendo Dios un Dios de orden y debiendo el cuerpo de la Iglesia, Una Católica y Apostólica gobernarse por derecho di¬ vino con un solo régimen y por una gerarquía universal, es consiguiente, que también por derecho divino haya en el mismo cuerpo un supremo Magistrado espiritual, adornado
- 40 — de la potestad directora y de todas las necesarias facultades de acción para desempeñar su misión en defensa de la Igle¬ sia.» Así se esplica este Protestante ilustre. ¿Será pues de estrañar que los católicos, en prueba de que en ese su¬ premo Magistrado reside, en el sentido que llevo expuesto, el criterio de verdad que tanto les cuesta ó otros sábios fdósofos bailar, digamos con un esclarecido escritor, con el gran político del siglo XII con el consejero de Príncipes, con el austero Abad de Clairvaux, con el denodado Doctor de la Iglesia San, Bernardo, cuando escribía al Papa Eu¬ genio III, como verdadero centro de esa divina unidad «Tú eres el Gran Sacerdote y Sumo Pontííice, tú eres el Prín¬ cipe de los Obispos, tú el heredero de los Apóstoles, tú eres en el Primado Abel, en la gobernación Noé, en el pa¬ triarcado Abraham, Melquisedech en el orden; Aaron en la dignidad; en la autoridad Moisés, en la judicatura Samuel, Pedro en la potestad, en la unción Cristo?....» Poco me resta por deciros, y por cierto sin la gravedad abrumadora de autoridades sagradas, en demostración de que el criterio verdadero en el asunto en cuestión, no de¬ pende del raciocinio del hombre. Abonan mi aserción las historias de los pueblos que más lejanos vivieron del Cato¬ licismo. Todos ellos retenian con más ó menos absurdos, con más ó ménos ficciones y estravíos, las primeras tradi¬ ciones religiosas consignadas en e! libro más antiguo de 1 mundo, El Génesis. Y ved cuan conformes estaban hombres tan distantes unos de otros sobre las dos bases fundamen¬ tales de la Fé, tan oportunamente indicad s por el señor Andonaegui, la degradación del hombre por una falta suya, y la promesa y la esperanza de un Reparador. Los libros mitológicos de los antiguos pueblos cultos, ¿no os dicen que Prometeo formó el primer hombre de bar¬ ro; que robó Minerva un rayo del fuego celeste para animar
-il¬ la estatua; y que indignado Júpiter envió á Pandora á la tierra con una caja, en que estaban encerrados los males: que abierta la caja por la curiosidad de la muger todos los males se esparcieron por el mundo; y que por pronto que quiso cerrarla ya no halló mas que la Esperanza .? ¿No creían los Medos y Persas que el primer hombre llamado Iíaiomorts, fué criado inocente y feliz; que nacie¬ ron de una flor Meschia y Meschiane, primeros padres de los hombres; que Ahriman su enemigo se apareció en for¬ ma de culebra, que los engañó con unos frutos, y se cor¬ rompieron; y que Ormud, el Dios bueno, eligió por media¬ nero á Mitliras , para que andando el tiempo venciese á Ahriman.? ¿No reconocen los Egipcios á Tifón como genio del mal, dándole la figura de serpiente, que habia de ser vencida por un descendiente de la diosa Isis.? ¿No hablaban los Indios de la encarnación del dios Bralima para reparar los grandes estragos hechos por la serpiente Kali? Y si del Asia os trasladáis á América ¿no recordáis que los Mejicanos consideraban en Cihua-Cohualt la mujer, á quien llamaban Madre de nuestra carne, poniendo siempre á su lado una serpiente? En el Imperio de los Incas, ¿no aterraba á los Peruanos un mal espíritu de nombre Gupai, creyendo que el sol, á quien reputaban padre de los hombres, viéndolos en un es¬ tado casi salvage, se apiadó de ellos y envió del cielo á la tierra un hijo y una hija de los suyos, para que los enseña¬ sen á conocerle, adorándole y teniéndole por su Dios, y para que Ies diesen preceptos y leyes con que viviesen en razón.? Mas ejemplos pudiera ofreceros; pero bástanme los ex¬ puestos para preguntaros: ¿No veis en todos ellos, aunque