Full text
UNIVERSIDAD DE SEVILLA FACULTAD DE PSICOLOGÍA Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos TESIS DOCTORAL Actitudes, tenencia y vínculo con animales de compañía: relación con la personalidad, recursos y salud psicológica Ana Belén Poves Plumed 2017
Actitudes, tenencia y vínculo con animales de compañía: relación con la personalidad, recursos y salud psicológica. MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR: Ana Belén Poves Plumed Bajo la dirección de los doctores: D. Luis Rodríguez Franco Dña. Yolanda Mª Moreno Sigüenza D. Alfonso Blanco Picabia Sevilla, 2017
Es posible encontrar en los escritos del racional Kant el siguiente postulado: “Se puede, pues, conocer el corazón humano a partir de su relación con los animales” (citado por Riechmann, 2005, p. 67).
AGRADECIMIENTOS
A mis padres, por enseñarme que ningún camino es fácil ni breve, pero que siempre merece la pena recorrerlo. A mis abuelos, por mostrarme la belleza y la riqueza de la naturaleza, siempre en lo más sencillo. A todas las personas que a lo largo de mi vida, contribuyeron a despertar en mí la curiosidad, al tiempo que el respeto por el entorno circundante, el inconformismo ante lo establecido de manera artificial y la responsabilidad por mejorar. A mis Directores, por su guía continua. A los Dres. Hristova y Wong, por su inestimable apoyo en la traducción de los instrumentos de medida. A mi familia y amigos, por aceptar con asombrosa paciencia tantas y tantas ausencias… y por seguir ahí, en todo momento. A Lola, por su compañía silenciosa durante largas noches en vela. A Linda, Lolo, Chico, Bart, Curro y Drinas, porque como alguien dijo, vuestro único defecto es que os marcháis demasiado pronto.
ÍNDICES
8 Tabla 36. Otras variables sobre los animales de compañía incluidas en el estudio ................................ 188 Tabla 37. Variables psicológicas incluidas en el estudio .......................................................................... 189 Tabla 38. Análisis de regresión múltiple de las actitudes hacia los animales de compañía y el sexo como predictores de los cuidados hacia el animal de compañía ...................................................................... 192 Tabla 39. Análisis de regresión simple del sexo como predictor de las actitudes hacia los animales de compañía ................................................................................................................................................. 192 Tabla 40. Análisis de regresión simple del sexo como predictor de los cuidados hacia el animal de compañía ................................................................................................................................................. 192 Tabla 41. Análisis de regresión múltiple de la empatía, el grado de vínculo con el animal y el sexo como predictores de las actitudes hacia los animales de compañía ................................................................. 193 Tabla 42. Análisis de regresión múltiple de la empatía y el sexo como predictores del grado de vínculo con el animal de compañía ...................................................................................................................... 194 Tabla 43. Análisis de regresión simple del sexo como predictor de la empatía ...................................... 194 Tabla 44. Análisis de regresión simple del sexo como predictor de las actitudes hacia los animales de compañía ................................................................................................................................................. 194 Tabla 45. Análisis de regresión múltiple del grado de vínculo y el sexo como predictores del duelo por la pérdida del animal de compañía ............................................................................................................. 195 Tabla 46. Análisis de regresión simple del sexo como predictor del grado de vínculo con el animal de compañía ................................................................................................................................................. 195 Tabla 47. Análisis de regresión simple del sexo como predictor del duelo por la pérdida del animal de compañía ................................................................................................................................................. 195 Tabla 48. Correlaciones entre las variables de personalidad, la autoestima y la empatía ...................... 196 Tabla 49. Análisis de regresión múltiple de la Responsabilidad, la Extraversión y el Neuroticismo como predictores de la autoestima ................................................................................................................... 197 Tabla 50. Análisis de regresión múltiple de la Apertura, la Responsabilidad, la Extraversión y la Amabilidad como predictores de la empatía .......................................................................................... 197 Tabla 51. Correlaciones entre las variables referidas a los animales de compañía ................................. 198 Tabla 52. Correlaciones entre las variables de salud psicológica ............................................................ 198 Tabla 53. Análisis de regresión múltiple de la soledad y el bienestar psicológico como predictores de la satisfacción con la vida ............................................................................................................................ 199 Tabla 54. Análisis de regresión simple de la soledad como predictora del bienestar psicológico .......... 199 Tabla 55. Análisis de regresión simple de la soledad como predictora de la satisfacción con la vida .... 199 Tabla 56. Correlaciones entre las variables de salud psicológica, la personalidad, la autoestima y la empatía .................................................................................................................................................... 201 Tabla 57. Análisis de regresión múltiple de la Apertura, la Responsabilidad, la Extraversión, la Amabilidad y el Neuroticismo como predictores del bienestar psicológico ............................................................... 202 Tabla 58. Análisis de regresión múltiple de la autoestima y la empatía como predictores del bienestar psicológico ............................................................................................................................................... 202 Tabla 59. Análisis de regresión múltiple de la Responsabilidad, la Extraversión, la Amabilidad y el Neuroticismo como predictores de la satisfacción con la vida ............................................................... 203 Tabla 60. Análisis de regresión múltiple de la autoestima y la empatía como predictores de la satisfacción con la vida ............................................................................................................................ 204
9 Tabla 61. Análisis de regresión múltiple de la Responsabilidad, la Extraversión, la Amabilidad y el Neuroticismo como predictores del sentimiento de soledad ................................................................. 204 Tabla 62. Análisis de regresión múltiple de la autoestima y la empatía como predictores del sentimiento de soledad ............................................................................................................................................... 205 Tabla 63. Correlaciones entre las variables referidas a los animales de compañía, la personalidad, la autoestima y la empatía .......................................................................................................................... 205 Tabla 64. Análisis de regresión múltiple de la Apertura, la Extraversión y la Amabilidad como predictores de las actitudes hacia los animales de compañía .................................................................................... 206 Tabla 65. Análisis de regresión simple de la empatía como predictor de las actitudes hacia los animales de compañía ............................................................................................................................................ 207 Tabla 66. Variables de personalidad relacionadas con la tenencia de animal de compañía ................... 207 Tabla 67. Análisis de regresión logística binaria simple del Neuroticismo como predictor de la tenencia de animal de compañía ........................................................................................................................... 207 Tabla 68. Variables de recursos psicológicos relacionados con la tenencia de animal de compañía ..... 208 Tabla 69. Análisis de regresión logística binaria simple de la autoestima como predictor de la tenencia de animal de compañía ................................................................................................................................ 208 Tabla 70. Análisis de regresión simple de la Responsabilidad como predictor del tiempo de tenencia del animal de compañía ................................................................................................................................ 208 Tabla 71. Análisis de regresión simple de la empatía como predictor del tiempo de tenencia del animal de compañía ............................................................................................................................................ 209 Tabla 72. Variables de personalidad relacionadas con el tipo de animal de compañía elegido ............. 209 Tabla 73. Variables de recursos psicológicos relacionados con el tipo de animal de compañía elegido 210 Tabla 74. Análisis de regresión múltiple de la Apertura, la Responsabilidad, la Amabilidad y el Neuroticismo como predictores del grado de vínculo con el animal de compañía ................................ 210 Tabla 75. Análisis de regresión múltiple de la empatía y la autoestima como predictores del grado de vínculo con el animal de compañía ......................................................................................................... 211 Tabla 76. Análisis de regresión múltiple de la Apertura, la Responsabilidad, la Extraversón y la Amabilidad como predictores del disfrute con el animal de compañía .................................................. 211 Tabla 77. Análisis de regresión simple de la empatía como predictor del disfrute con el animal de compañía ................................................................................................................................................. 212 Tabla 78. Análisis de regresión múltiple de la Responsabilidad y la Amabilidad como predictores de los cuidados hacia el animal de compañía .................................................................................................... 212 Tabla 79. Análisis de regresión simple de la empatía como predictor de los cuidados hacia el animal de compañía ................................................................................................................................................. 213 Tabla 80. Correlaciones entre las variables de salud psicológica, y las variables de relación con los animales de compañía ............................................................................................................................. 213 Tabla 81. Análisis de regresión simple del disfrute con el animal de compañía como predictor del bienestar psicológico ............................................................................................................................... 214 Tabla 82. Análisis de regresión simple de las actitudes hacia los animales de compañía como predictoras del sentimiento de soledad ..................................................................................................................... 215
10 ÍNDICE DE FIGURAS Figura 1. Modelo de la Acción Planificada ................................................................................................. 19 Figura 2. Conceptualización del Bienestar ............................................................................................... 106 Figura 3. Relación propuesta entre las variables de estudio ................................................................... 161 Figura 4. Distribución de la muestra en función del sexo ........................................................................ 166 Figura 5. Distribución de la muestra en función de la edad .................................................................... 166 Figura 6. Distribución de la muestra en función del estatus socioeconómico percibido ........................ 167 Figura 7. Esquema conceptual de la moderación .................................................................................... 177 Figura 8. Esquema conceptual de la mediación ...................................................................................... 178 Figura 9. Gusto por los animales de compañía ........................................................................................ 179 Figura 10. Tenencia de mascota en el pasado ......................................................................................... 179 Figura 11. Tiempo de tenencia de animal de compañía (años) ................................................................ 180 Figura 12. Tenencia de mascota en la actualidad .................................................................................... 180 Figura 13. Tipo de animal en el presente ................................................................................................ 182 Figura 14. Deseos de tener más animales de compañía ......................................................................... 183 Figura 15. Vínculo con el animal de compañía ........................................................................................ 186 Figura 16. Grado de vínculo con el animal de compañía ......................................................................... 186 Figura 17. Modelo de mediación simple entre el sexo, las actitudes hacia los animales de compañía, y los cuidados hacia la propia mascota ........................................................................................................... 191 Figura 18. Modelo de mediación múltiple entre el sexo, la empatía, el vínculo con el animal de compañía, y las actitudes hacia las mascotas .......................................................................................... 193 Figura 19. Modelo de mediación simple entre el sexo, el vínculo con la mascota, y el duelo por su pérdida .................................................................................................................................................... 195 Figura 20. Modelo de mediación simple entre las variables de salud psicológica .................................. 200 Figura 21. Efecto moderador del tipo de animal (perro o gato) sobre la relación entre Neuroticismo y sentimiento de soledad ........................................................................................................................... 216 Figura 22. Efectos principales del vínculo con el animal de compañía y del Neuroticismo sobre el sentimiento de soledad ........................................................................................................................... 217 Figura 23. Efectos principales del disfrute con el animal de compañía y la Responsabilidad sobre el sentimiento de soledad ........................................................................................................................... 218 Figura 24. Efectos principales del disfrute del animal de compañía y la empatía sobre el sentimiento de soledad .................................................................................................................................................... 219 Figura 25. Efectos principales de los cuidados hacia el animal de compañía y la empatía sobre el sentimiento de soledad ........................................................................................................................... 220 Figura 26. Efectos principales del vínculo con el animal de compañía y la empatía sobre el sentimiento de soledad ............................................................................................................................................... 221
11 INTRODUCCIÓN Es abundante la literatura que defiende los beneficios de la interacción entre personas y animales, y más concretamente, con mascotas. A partir de nuestro interés personal por el tema y de nuestra experiencia profesional en materia de intervenciones asistidas con animales, nos planteamos este estudio como un modo de ampliar conocimiento en el campo, profundizando en algunas cuestiones con respecto a los beneficios que también pueden darse en población general de estudiantes universitarios que tienen animal o animales de compañía. Fundamentalmente, pretendemos indagar cuáles son las bondades comunes de la tenencia y vínculo con las mascotas y de ser así, descubrir las de interés más específico. Es decir, qué variables son fundamentales a la hora de conseguir el mayor éxito en la relación humanoanimal, en qué casos o condiciones dicha relación con los animales es adecuada o presenta algún tipo de particularidad, y tenerlo en cuenta a la hora de orientar a un acoplamiento óptimo que pueda, por tanto, predecir con más probabilidad un mayor beneficio de la misma. Iniciamos la exposición teórica analizando, en el capítulo 1, un concepto que nos parece importante como probable precursor del comportamiento, en este caso a la hora de decidir tener o no mascota, de qué tipo y en qué condiciones de cuidado e interacción. Nos referimos a las actitudes, de las que abordamos los modelos teóricos principales y que particularizamos revisando la evolución de las actitudes hacia los animales a lo largo de la historia, hasta situarnos en la visión predominante en la actualidad. A partir de aquí nos preguntamos si los resultados obtenidos en otras investigaciones podrían replicarse en una muestra con población española, dada la práctica inexistencia de estudios al respecto. En este sentido, nos proponemos averiguar aspectos como la relación de variables sociodemográficas con respecto a las actitudes o la de la experiencia previa con mascotas, así como la influencia de las actitudes hacia los propios animales en las conductas de elección de animal, de su atención, interacción y cuidados, así como en sus manifestaciones de afecto. Todo ello evaluando el concepto a través de la escala Pet Attitude Scale (PAS), de Templer, Salter, Dickey, Baldwin y Veleber, (1981), que también validamos en el presente estudio. Una vez acotado dicho término, y ya en el capítulo 2, pasamos a indagar la evolución de la tenencia de animales desde sus orígenes en la prehistoria hasta el momento presente, junto a los cambios sufridos en los motivos de su posesión y por tanto, en la relación mantenida con ellos y en los supuestos beneficios, de mayormente utilitaristas a más emocionales y sociales. Es en este punto donde nos encontramos con hipótesis explicativas, como la de la biofilia o la del soporte social, y donde aparecen beneficios físicos y psicológicos concomitantes a la interacción con los animales, tanto en población general como con alguna patología o necesidad. En nuestro caso, nos centramos en población adulta española cursando algún tipo de estudio universitario, y nos proponemos averiguar si se corroboran los resultados de estudios previos en otras poblaciones similares y en países diferentes. Así, nos preguntamos por la relación entre las variables sociodemográficas y la tenencia de mascotas, además de la relación con variables de salud psicológica, ampliada en capítulo ad hoc, y las diferencias con respecto a las personas que no tienen animal de compañía.
12 Es ahora cuando cobra relevancia la introducción en el capítulo 3 de un nuevo término, el vínculo afectivo hacia las propias mascotas, pues se ha objetivado en numerosos trabajos previos, no sólo su existencia, sino también su importante relación con otras variables, como el aporte de los beneficios bidireccionales que puede conllevar otra relación vincular entre humanos, y el añadido de ventajas específicas cuando se trata de los animales. En este sentido, se ofrecen ejemplos como el aporte de seguridad, fuertes lazos emocionales y de compromiso, o la proximidad y el confort. Además, se incide en que más que la tenencia, es el grado de vínculo establecido con el propio animal el que determina el bienestar psicológico en los dueños, además de moderar la capacidad de las mascotas para proveer seguridad. Es por ello que consideramos igualmente dicha variable como de importancia capital, y la medimos a través de una escala-ítem y de una de las escalas de mayor uso en la literatura actual, la Lexington Attachment to Pets Scale (LAPS), de Johnson, Garrity y Stallones, (1992), también validada en esta investigación. En cuanto a las variables con las que se pretende comparar el grado y tipo de relación de vínculo, volvemos a buscar confirmación de datos previos, como el género entre otros sociodemográficos, actitudes, historia de tenencia o tipo de animal, interacción y cuidados actuales. Por lo que respecta a su relación con variables de salud, igualmente se abordan, previa presentación de dichos indicadores, en los siguientes capítulos. De este modo y en el capítulo 4, presentamos las variables psicológicas de relevancia en la literatura y escogidas para nuestro trabajo con animales de compañía, por su relación con la historia de tenencia de animales, con las actitudes hacia los mismos, y con la generalización de conductas de relación y trato, tanto con las mascotas como con los iguales. En primer lugar, se propone el estudio de la personalidad, a partir del Modelo de los Cinco Factores, medida a través del Inventario de Personalidad NEO Reducido de cinco factores (NEO-FFI) de Costa y McCrae, (1989). Los estudios sobre la misma y animales, se centran más en las relaciones entre la personalidad de los dueños y sus preferencias a la hora de elegir mascota, junto a sus niveles de hostilidad, su complementariedad y reciprocidad afectiva, aunque también existen algunas referencias con respecto a la asociación de la tenencia de animales y rasgos como la estabilidad emocional, la extraversión y la responsabilidad u orientación a la norma. En nuestro caso, nos proponemos la comprobación de estas últimas asociaciones. A continuación se aborda la relación con las actitudes, tenencia y apego con los animales, de dos recursos psicológicos más, la autoestima y la empatía, importantes condiciones y valores personales que ayudan en el establecimiento de vínculos afectivos y en especial esta última, como inhibidora de comportamiento agresivo, que igualmente puede darse hacia las mascotas, por lo que resulta fundamental en el desarrollo social, sobre todo de los niños. Las evaluamos en este trabajo a través de la Escala de Autoestima Global de Rosenberg (1965) la primera, y del Test de Empatía Cognitiva y Afectiva (TECA), de López-Pérez, Fernández-Pinto y Abad, (2008), la segunda. Y nos planteamos revisar si las personas con actitudes positivas hacia las mascotas, dueños, con historia asimismo de tenencia y con mayor vínculo hacia ellas, presentan puntuaciones más elevadas en empatía y autoestima que los que no presentan tales actitudes o no tienen animal. Para finalizar, se incluyen en el estudio dos variables de salud psicológica, el bienestar subjetivo y la satisfacción con la vida, como indicadores que parecen incrementarse cuando se
13 tienen mascotas y se establece un vínculo positivo con las mismas, en nuestro caso evaluadas a través de la Escala de Bienestar Psicológico de Sánchez-Cánovas, (1998) y la Escala de Satisfacción con la Vida de Diener, Emmons, Larsen y Griffin, (1985). Seguidamente, y central en numerosas investigaciones con personas adultas y ancianas, se aborda la soledad para valorar si las personas con animal presentan menos sentimientos de este tipo, evaluada mediante la Escala de Soledad Social y Emocional para Adultos, (SESLA-S) de DiTomasso, Brannen y Best, (2004), en su adaptación española de Yaben (2008). Al ser tan amplio el abanico de estudios que han presentado resultados con respecto a los beneficios de las actitudes y fundamentalmente, interacción, tenencia y vínculo con los animales de compañía, realizamos una recopilación de los más destacados en el capítulo 5 y pasamos al marco empírico con el capítulo 6, planteando nuestros objetivos y metodología de investigación. En él se realiza una somera descripción de la muestra, estudiantes universitarios españoles, con o sin animal de compañía, y se presentan los objetivos de estudio junto a sus hipótesis. Éstos, además de los planteados en los párrafos precedentes, correspondientes a la replicación de estudios sobre las relaciones entre nuestras variables de interés, dos a dos, proponen dar un paso más, analizando las probables influencias entre varias de ellas al tiempo, en una población habitualmente menos estudiada, jóvenes españoles. En el objetivo general se analizan las actitudes hacia las mascotas, la tenencia y variables relacionadas con ella, con la personalidad, recursos psicológicos y variables de salud mencionadas, y en función de distintos parámetros sociodemográficos, para llegar a un modelo que explique la salud psicológica en función de la relación con los animales de compañía y nuestras variables de interés. De manera específica se pretende: Analizar diversas relaciones entre el sexo, la tenencia de animales, su cuidado, el duelo ante su pérdida, las actitudes, la empatía y el vínculo. Y dentro de este objetivo se analiza: La relación entre las actitudes y tenencia de animales a lo largo de la vida. El efecto de la tenencia de perros y gatos, respecto a otros animales de compañía, sobre las actitudes hacia los animales. El efecto de la tenencia de perro versus gato sobre el vínculo. La relación entre el sexo y el cuidado de los animales, así como el efecto mediador de las actitudes. La relación entre el sexo y la actitud hacia los animales, así como el efecto mediador de la empatía y el vínculo sobre dicha relación. La relación entre el sexo y el duelo por la pérdida de un animal, así como el efecto mediador del vínculo sobre dicha relación. En cuanto a la propuesta de un modelo capaz de explicar la salud psicológica en función de la relación con los animales de compañía, la personalidad y distintos recursos psicológicos, se lleva a cabo mediante el estudio del efecto moderador de las variables relacionadas con los animales de compañía (actitudes, tenencia, tipo de animal, cuidados, disfrute, vínculo) en la relación entre la personalidad, los recursos psicológicos (de la autoestima y la empatía) y la salud psicológica (bienestar psicológico, satisfacción con la vida y sentimiento de soledad). Para ello, se analiza la relación entre la personalidad, los recursos psicológicos y las variables referidas a la relación con los animales, así como el poder predictivo de la personalidad y los recursos psicológicos sobre la relación con las mascotas. Asimismo, se analiza la relación entre las variables referidas a los animales y la salud psicológica, junto al poder predictivo de la
14 relación con las mascotas sobre la salud psicológica. Y para terminar, se analiza el efecto moderador de la relación con los animales de compañía en la relación entre la personalidad, los recursos psicológicos y la salud psicológica. Finalmente, en los capítulos 7 y 8, se exponen los resultados y conclusiones, discutiendo nuestros hallazgos a la luz de las investigaciones precedentes en el tema y sugiriendo nuevos caminos de actuación, a modo de propuesta y a partir de dichas reflexiones.
MARCO TEÓRICO
17 CAPÍTULO 1 ACTITUDES HACIA LOS ANIMALES DE COMPAÑÍA “El amor por las criaturas vivientes es el atributo más noble del hombre”. -Charles Darwin. 1.1. DELIMITACIÓN CONCEPTUAL Según Zasloff (1992), entendemos por animal de compañía, un “animal doméstico tenido por divertimento y placer, y no sólo por motivos económicos o de seguridad”. Siguiendo este concepto, en la actualidad, los modelos de consumo hablan por sí solos de la importancia de los animales de compañía para las personas (Cavanaugh, Leonard y Scammon, 2008), hasta el punto de que éstas, en un amplio porcentaje de casos, los consideran miembros de su familia (American Pet Products Manufacturers Association, 2007/2008; Beck y Katcher, 1983; Blouin, 2013; Brockman, Taylor y Brockman, 2008; Cain, 1985; Chumley, Gorsky, Saxton, Granger y New, 1993; Eckstein, 2000; Grimm, 2014; Hirchman, 1994; Pew Research Center, 2006; Zasloff y Kidd, 1994) e incluso compañeros (American Veterinary Medical Association, 2012). Este aspecto ya lo sintetizó Bossard, en 1950, concluyendo ante las reacciones de uno de sus artículos, que “el amor que los humanos sienten por los animales, es uno de los valores universales de la existencia de ambos. Los animales de compañía son una parte integral de la vida familiar”. A la vista de estos resultados, nosotros nos preguntamos cuáles son las actitudes que la población general tiene hacia los animales de compañía y la influencia que ellas tienen en la decisión de tenerlos o no, así como el tipo de relación que establecen con sus animales, desde los cuidados más básicos hasta el desarrollo de vínculos tan estrechos, como dejan entrever los estudios mencionados. 1.1.1. Definición y teorías sobre actitud Son numerosas las definiciones de actitud que podemos encontrar, desde los inicios de su estudio, como “una organización duradera de procesos motivadores, emocionales, perceptivos y cognoscitivos, en relación con el mundo en que se mueve la persona” (Krech y Crutchfield, 1948), “una orientación relativamente duradera en relación con algún objeto de la experiencia” (Schellenberg, 1970), "predisposición aprendida para responder consistentemente de modo favorable o desfavorable hacia el objeto de la actitud" (Fishbein y Ajzen, 1975). Como vemos, todas ellas hacen hincapié en que se trata de una predisposición u orientación de la persona, relativamente estable o duradera, hacia una entidad u objeto, una evaluación sobre algo como bueno o malo. Puede asumirse que las actitudes tienen un carácter preconductual, pues evidencian tendencias de acción. Remmers (1954), ya defendió que las actitudes, lo que individuos y grupos sienten sobre varios aspectos del mundo, son con elevada probabilidad, lo más determinante de la conducta, más incluso que el mero entendimiento cognitivo del mundo. En
24 lo largo de 78 años en The New Yorker magazine, concluyendo un incremento significativo de caricaturas de perros en dicho periódico y con más rasgos antropomórficos, que continuaban en aumento. Ante tales resultados, plantea la hipótesis de que este hecho representa el reflejo de un cambio en el rol de los perros en la sociedad, con respecto a sus valores y actitudes hacia este tipo de mascotas, que asumen un papel más humano en las vidas de sus dueños, como se ha comentado, aportándoles mayor soporte emocional y social que en el pasado. Esto se traduce, no sólo en el mayor gasto actual en servicios para los animales de compañía, sino en el potencial de nuevos nichos de mercado, como por ejemplo, la actitud positiva de la población norteamericana, tal y como señala Geissler (2003), hacia la disponibilidad de veterinario a través de telefonía móvil. Por todo lo expuesto, en nuestro trabajo resulta relevante analizar, entre otras variables, los estudios sobre las actitudes hacia los animales y en concreto, las mascotas, con el fin de entender la relación que se puede establecer entre persona-animal y los efectos de esta interacción, y evaluar si nuestra investigación aporta resultados nuevos o en la línea de los precedentes. 1.2. EVOLUCIÓN Y DIMENSIONES DE LAS ACTITUDES HACIA LOS ANIMALES DE COMPAÑÍA Como hemos visto, el estudio sobre las actitudes en general, tal y como cabría esperar, es más antiguo y amplio que el de las actitudes hacia los animales y éste a su vez, mayor que el de las actitudes hacia las mascotas. En este caso, parece reducirse a investigaciones muy concretas y en las que se han presentado instrumentos ad hoc. A continuación, y a pesar de la escasez y especificidad de la información al respecto, realizamos una breve exposición. La investigación sobre actitudes, es una de las más frecuentes en psicología, con autores clásicos referentes, como Thurstone, Likert, Osgood o Guttman. Una media de diez mil referencias al año, refleja la importancia del término actitudes en psicología social. Sherif y Cantril, (1948), exponen categorías similares a autores como Allport, Murphy y Newcombs para clasificarlas y afirman que hay dos tipos, las actitudes sociales y las individuales. Las primeras emergen como respuestas conformes con los valores y normas de conducta socialmente establecidos, y las segundas son actitudes del ego, establecidas desde la infancia y que califican los valores personales con respecto a los demás, si bien se acepta que están compuestas también por actitudes sociales. Según estos autores, las diferencias individuales deben influir en la intensidad de las actitudes, aunque éstas se enmarcan en un contexto social, en unas normas prescritas con la referencia de los miembros del grupo. También afirman que las actitudes sociales se forman como las individuales, la persona percibe el valor de las expectativas sociales de los grupos a los que pertenece y las incorpora a sus propios valores y con su propia intensidad emocional. Pero además de categorías de actitudes, existe un amplio consenso de que las actitudes son estructuras de organización múltiple pues, según las teorías de la congruencia (Festinger,
25 1962; Heider, 1946), presentan tres componentes, cognitivo, afectivo y conductual (Rosenberg y Hovland, 1960), los cuales deben ser internamente congruentes, con el fin de evitar fenómenos como la disonancia cognoscitiva. En cuanto a las actitudes hacia los animales en general y de compañía en particular, encontramos estudios diversos: Los niños muy pequeños ya muestran interés por los animales y les prestan incluso más atención que a los objetos no vivos (DeLoache, Pickard y LoBue, 2011). Y aunque existan diferencias individuales a lo largo del desarrollo y en la vida adulta, la mayoría de personas continúan mostrando gran interés por la interacción con los animales y la naturaleza, por lo que puede concluirse que los seres humanos somos biofílicos (Kellert y Wilson, 1993; Wilson, 1984). Autores como Quinn (2016), añaden que los niños perciben y por tanto, responden a los animales de manera humanocéntrica, “como si fueran personas”, lo cual puede ser incluso un precursor del establecimiento de un futuro vínculo. Pero además de su papel en la socialización en la infancia, el antropomorfismo, o aparente tendencia universal de atribuir características humanas a las mascotas, también juega un papel importante en los adultos, a la hora de presentar actitudes positivas hacia los animales de compañía y querer adoptarlos (Messent y Serpell, 1981; Serpell, 1986). En este sentido, particularidades como la neotenia o el mantenimiento de atributos juveniles en algunas especies (Beck y Katcher, 1983), también prolonga los impulsos de cuidado de los animales, más allá de su infancia (Serpell, 1986). Así, existe considerable evidencia (Archer, 1992) de que las personas respondemos, a la manera de los padres, a características faciales y corporales que encontramos en los niños, que nos parecen dulces o bonitas. Lorenz (1943, 1971) expuso que dichas características, como grandes ojos y faz, mejillas regordetas, miembros cortos y gruesos, movimientos desmañados… son el equivalente humano de los “liberadores sociales” encontrados en otros animales. Por ello, según Lorenz, la misma configuración en animales formaría la base de la atracción humana hacia los mismos, su trato hacia ellos como si fueran niños y, en definitiva, la tendencia a cuidarlos. El antropomorfismo hacia los animales de compañía también puede manifestarse en hechos como darles un nombre propio, alimentarlos en sus propios cuencos, llevarlos al médico cuando están enfermos o celebrar sus cumpleaños (Katcher, Friedmann, Goodman y Goodman, 1983), permitiendo que duerman en la cama de los dueños (Carmack, 1985; Katcher y cols., 1983), y hasta vistiéndolos como humanos. Voith (1985) encontró, en una muestra de 800 dueños de gatos, que el 59% manifestaba hablarles “como un niño”. Incluso se ha visto que muchos dueños de gatos creen que éstos perciben sus altibajos emocionales y los consideran un miembro de la familia, en relación con la escucha de importantes asuntos emocionales (Zasloff y Kidd, 1994). Sin embargo, Archer (1996) especifica que la idea del antropomorfismo explicaría porqué ciertos tipos de animales tienden a ser elegidos más que otros, pero que la mera presencia de dichas características no garantiza su aceptación como animal de compañía, porque otros animales que no las presentan, también son adoptados como tales. Más bien, las personas necesitan animales que puedan acomodarse a su modo de vida, que sean activos en las mismas horas que ellos (Serpell, 1986), entrenables para no orinarse o defecarse en casa, no
26 destrozar los muebles, no atacar, etc., y ser sociables. En este sentido, gatos y perros se han convertido en los más populares porque cumplen los requisitos de adiestramiento, y podemos comprobarlo a lo largo de la historia (Messent y Serpell, 1981). En estudios con dueños de animales, (ver Hirschman, 1994), también se han objetivado distintas categorías, en función del significado que las mascotas tenían para ellos. Si se dividen en dos grandes grupos, tenemos la visión de los animales de compañía como objetos o productos y la visión como personas (véase Tabla 1). Tabla 1. Actitudes hacia los animales de compañía según Hirchman, (1994) OBJETOS O PRODUCTOS PERSONAS Ornamentos, con valor estético o de placer (Working Party Council for Science and Society, 1988). Amigos y compañeros fieles e incondicionales (Beck y Katcher, 1983; Working Party Council for Science and Society, 1988). Símbolos de estatus, objetos de alta gama (Beck y Katcher, 1983; Working Party Council for Science and Society, 1988). Extensiones del yo (Belk, 1988) o proyecciones de los propios rasgos, comportamiento, apariencia y personalidad (Beck y Katcher, 1983; Belk, 1988). Propiedades para exhibiciones, (Working Party Council for Science and Society, 1988); muestra de ego (Tuan, 1984). Miembros de la familia: práctica para un hijo futuro (Beck y Katcher, 1983; Serpell, 1986), el hijo que nunca se tuvo o el que ya se marchó (Robins, Sanders, y Cahill, 1991; Sanders, 1990; Working Party Council for Science and Society, 1988), hermanos en jóvenes solteros (Hirschman, 1994). Actividades utilitarias y recreativas (Fogle, 1981): Protección de propiedades. Guías y compañeros para personas con discapacidad. Apoyos en enseñanza y terapias (Corson y Corson, 1981; Working Party Council for Science and Society, 1988) Ayudantes en la enseñanza de valores a los hijos, como la responsabilidad y el cuidado, para ser más empáticos y socializarlos (Working Party Council for Science and Society ,1988). Esta postura, como se indica en la Tabla 2, es ampliada por Blouin (2013) con tres categorías, “dominante”, “humanista” y “proteccionista”, las cuales darían luz sobre la variedad de relaciones entre las personas y los animales. Además, el autor argumenta que las características y experiencias individuales influirían en el modo en el que las personas entienden a sus animales, que pueden agruparse en las tres visiones presentadas, fruto de diferentes exposiciones y mensajes culturales.
27 Tabla 2. Actitudes hacia los animales de compañía. Adaptado de Blouin (2013) DOMINANTE HUMANISTA PROTECCIONISTA Identifica a las personas que dan un valor utilitarista a sus animales y que se preocupan menos por sus necesidades Personas cuyos animales forman parte de relaciones humanas subrogadas y que valoran los beneficios afectivos que les aporta su proximidad y apego Personas que ven en los animales, tanto a compañeros valiosos como a criaturas independientes, con sus propias necesidades e intereses 1.3. EVALUACIÓN DE LAS ACTITUDES HACIA LOS ANIMALES DE COMPAÑÍA En lo que respecta a la medida de las actitudes en general, a continuación se exponen de forma breve sus aspectos más generales. Al ser experiencias subjetivas, las actitudes no pueden observarse, por lo que se valoran por medio de cuestionarios o escalas, tipo Thurstone (1928), Likert (1932), o diferencial semántico de Osgood. Remmers (1954), ofrece una panorámica sobre la medida de las actitudes, incidiendo en la división entre método y aplicación, y expone las contribuciones en la propuesta de Thurstone, Likert, Guttman y la técnica de Cornell, como la más factible para la mayor variedad de situaciones posibles. Albarracín y cols. (2005), refieren que la forma más común para medir las actitudes ha sido siempre mediante informaciones verbales. Muchos experimentadores son escépticos con respecto a este tipo de medidas, ya que las informaciones a través de la palabra pueden ser fácilmente distorsionadas, por motivos tácticos de los entrevistados. Las respuestas fisiológicas (p.e. la electrogalvánica de la piel o la pupilar), frecuentemente han sido propuestas con entusiasmo, y abandonadas cuando se ha visto que no eran suficientemente precisas ni sensibles. Otro ejemplo son las mediciones indirectas, como las basadas en los tiempos de reacción, pero diferentes medidas de este tipo no muestran correlaciones fuertes, ni parecen claramente relacionadas con las actitudes informadas verbalmente. Otro formato para evaluar actitudes en general, también se ha usado en estudios sobre animales, así, p.e. Huijding, Muris, Lester, Field y Joosse, (2011), utilizaron Escalas de Analogías Visuales (EAV). En este caso, se trataba de una línea de 10 cm., en la que los niños evaluados debían marcar la posición que mejor reflejase su respuesta sobre lo positivo o negativo que le resultaba un animal en concreto o la comparación entre dos. Centrándonos en los principales instrumentos de evaluación específica para las actitudes hacia los animales y las mascotas, pueden mencionarse según su aparición histórica.
28 Con respecto a los animales en general: Bowd (1984) desarrolla una Escala de Actitudes sobre el Tratamiento de Animales, a través de 30 ítems en formato Likert y que explora cuatro dominios (Animales de compañía, Animales en la agricultura, Animales en la investigación y Animales salvajes). Y las diferencias entre dos grupos, uno compuesto por miembros de grupos de derechos de los animales y el otro por estudiantes universitarios cazadores activos, mostraron conductas bien diferenciadas hacia los animales y análisis factoriales que apoyaban la validez de constructo de la escala. Herzog, Betchart y Pittman, (1991), desarrollaron la Attitude to Animals Scale (AAS) como una medida cuantitativa de las actitudes hacia el trato de otras especies. Taylor y Signal, (2009), propusieron la escala Pet, Pest, Profit (PPP), para discriminar diferencias en las actitudes hacia tres categorías de animales: las mascotas, los parásitos y los animales “útiles” (para trabajar o para el consumo humano). En este estudio se comparó con la Animal Attitude Scale (AAS— Herzog y cols., 1991), robusta medida de actitudes hacia los animales en general. Los resultados apoyaron una fuerte fiabilidad interna de la PPP y una buena relación con la AAS. Y en cuanto a los animales de compañía en particular: El Censhare Pet Attitude Survey (Holcomb, Williams y Richards, 1985). Es un cuestionario autoinformado que evalúa, mediante 27 ítems tipo Likert, las actitudes hacia los animales de compañía en personas que los tienen o han tenido, incluyendo el grado de apego hacia los mismos. Contiene dos escalas, de relación y de intimidad. Los ítems relacionados con el tiempo empleado con el animal de compañía, la proximidad física con él, o ambos, son los más destacados en el instrumento. Correlaciona significativamente con otros instrumentos psicométricos, incluyendo la Pet Attitude Scale, presentada más adelante. Wilson, Netting y New, (1987), describen medidas de apego humano-animal y su relación con la salud, como el L. Bustad's (1981) Pets and Personal History questionnaire; la Pet Attitude Scale (Templer y cols., 1981); o el Pet Attitude Inventory, PAI (Wilson y cols., 1987). Este último es un cuestionario de 36 ítems sobre las actitudes hacia las mascotas, que aborda cuestiones demográficas, tenencia de animales en la infancia, relación actual con animales de compañía (número, especies, nombre, edad, duración de la tenencia, y modo de adquisición), etc. La Intermediate Attitude Scale (Ascione, 1988), es una escala Likert de 36 ítems, diseñada con el objetivo de medir las actitudes en los niños de tercer a sexto grado, hacia el tratamiento de las personas a los animales de compañía. Contiene cuatro alternativas de respuesta (muy de acuerdo, de acuerdo, en desacuerdo, o muy en desacuerdo), evaluadas de uno a cuatro puntos. Su coeficiente alfa, según el autor, es adecuado y su validez fue demostrada (Ascione y Weber, 1996). Poresky, Hendrix, Mosier y Samuelson, (1988a), presentan el Companion Animal Semantic Differential. Se trata de una adaptación del Diferencial Semántico que obtiene una dimensión afectiva de las actitudes hacia los animales de compañía, en niños y adolescentes. Dicha escala
29 consta de 18 pares de ítems en formato bipolar o diferencial semántico. En cuanto a fiabilidad interna obtuvo un coeficiente de Cronbach elevado para todos los ítems. La validez de constructo fue corroborada a través de las correlaciones significativas con dos instrumentos, la Pet Attitude Scale y el childhood Companion Animal Bonding Scale. El análisis factorial identificó una forma abreviada de 9 ítems, como medida unidimensional sobre las respuestas afectivas hacia la propia mascota. La Pet Attitude Scale (PAS) o Escala de Actitudes hacia las Mascotas, creada por Templer y cols., en 1981, consta de 20 ítems, con siete alternativas de respuesta, en una escala tipo Likert que va desde el “Completo desacuerdo” al “Total acuerdo” con cada afirmación. Obtiene un Factor General en sus enunciados del uno al dieciocho, y un Factor de Efecto Negativo de los Animales con los ítems 19 y 20. Aunque se trata de una prueba construída hace décadas y, como señalan Templer y Arikawa, (2011), basada en la información de la época, ha seguido empleándose en numerosos estudios con posterioridad y sus características psicométricas la mantienen como prueba robusta y apta para ser respondida por población general adulta occidental en la actualidad. Así por ejemplo, obtiene un alfa de Cronbach de 0,91 y una fiabilidad tests retest de 0,92, además de correlacionar positivamente con diversas pruebas de personalidad, tenencia de animales y vínculo hacia los mismos (Al-Fayez, Awadalla, Templer y Arikawa, 2003; Brown, 2000; Poresky, Hendrix, Mosier y Samuelson, 1987). Ha sido aplicada en un amplio número de estudios, para evaluar las actitudes hacia los animales de compañía en relación con diferentes variables, tales como vínculo (Hung, Chen y Peng, 2011; Poresky y cols., 1987), rasgos de personalidad (Hung y cols., 2011; Morovati, Steinberg, Taylor y Lee, 2008; Tangen, 2008), empatía (Ellingsen, Zanella, Bjerkås e Indrebo, 2010), cultura y familia (Al-Fayez y cols., 2003), género y religiosidad (Tangen, 2008), salud psicológica en dueños (Straede y Gates, 1993), pérdida del animal en adolescentes (Brown, Richards, Wilson y Frederick, 1996), indicadores de riesgo vascular en pruebas de estrés (Campo y Uchino, 2013), establecimiento de alianza en las terapias (Goldmann, 2014), o uso de animales en publicidad (Lancendorfer, Atkin y Reece, 2008), entre otros. Incluso se han realizado modificaciones de la misma prueba (CABS o Canine Attitude Scale) para estudios con mascotas específicas como los perros (Wall, 1995). Por su parte, en 2004, Munsell, Canfield, Templer, Tangan y Arikawa, realizaron modificaciones en tres ítems de la prueba, con el fin de adecuar su formato para poder pasarla también a aquellas personas que no tuviesen animales de compañía, sin afectar a la correlación con las puntuaciones de la escala original. Y para finalizar este apartado, sin ser propiamente medidas de actitud hacia los animales, pero sí una particularidad sobre la misma, recordamos el antropomorfismo o asignación de características humanas a entidades no humanas (Epley, Waytz y Cacioppo, 2007; Kwan y Fiske, 2008), tendencia psicológica al parecer, común en las personas (Serpell, 2003), y que puede darse también hacia los animales como actitud. Tam (2014) propone instrumentos para medirlo, como la Belief in Animal Mind Scale (Hills, 1995), el Individual Differences in Anthropomorphism Questionnaire (Waytz, Cacioppo y Epley, 2010), o el Dispositional Anthropomorphism of Nature Scale (Tam, 2014).
30 1.4. RELACIÓN DE LAS ACTITUDES HACIA LOS ANIMALES DE COMPAÑÍA CON OTRAS VARIABLES. RESULTADOS Kellert y Willson, en 1995, afirmaron que “podemos no saber por qué nos atraen los animales, pero podemos tener algún conocimiento evolutivo, aunque esté enterrado en nuestro subconsciente, de los auténticos valores y ventajas de nuestra asociación con otras especies”. Las actitudes hacia los animales han sido estudiadas en relación con otras variables, y tener animales de compañía también se ha relacionado con determinadas actitudes hacia los mismos (Templer y cols., 1981). 1.4.1. Actitudes hacia los animales de compañía y variables sociodemográficas Ya distintos autores pusieron de manifiesto la influencia de este tipo de variables sobre las actitudes hacia los animales, destacando entre las mismas, los aspectos socioculturales, la edad y el sexo. Así, por ejemplo, Kellert (1993) refleja que el alcance de la forma en la que conectamos con los animales a través de la conciencia moral, empatía, dominio o utilidad, varía en función de la cultura; y Fox (1985) y Kellert (1985), expresan esto mismo en función del sexo. O en cuanto a las mascotas, Selby y Roades, (1981) vieron la importancia de la edad y el sexo en las actitudes hacia perros y gatos. Con respecto a la variable sexo: En Tangen (2008), se evaluó la relación entre las actitudes hacia los animales y las actitudes hacia las personas en una muestra de estudiantes, de entre 16 y 60 años. Los totales entre Pet Attitude Scale (PAS) y Animal-Human Continuity Scale (A-HCS) correlacionaron y se obtuvo una asociación entre género y actitudes hacia los animales. Las mujeres presentaban actitudes más favorables hacia las mascotas, tendían más a calificarlas como miembros de la familia, a percibir sus relaciones tan importantes como las establecidas con otras personas y a oponerse al uso de los animales. Por su parte, los hombres aprobaban más la continuidad animalhumano que las mujeres. En Risley-Curtiss, Holley y Wolf, (2006), muchas mujeres consideran a sus mascotas como miembros de la familia, y los hombres también, aunque no siempre de forma equivalente a los otros miembros humanos del clan (Risley-Curtiss, Holley y Kodiene, 2012). Por su parte, Driscoll (1995) encuentra que los animales de compañía, junto a los primates, se encuentran entre los más populares en la población general y que las mujeres se oponían más que los hombres a la investigación con animales. También cuando fallece el propio animal, se encuentran diferencias entre sexos. Así, por ejemplo, Gage y Holcomb, (1991) hallaron que los hombres que habían perdido a su mascota lo percibían de forma tan estresante como la pérdida de un amigo cercano, y las mujeres en un grado mayor, como la pérdida de su propio marido o hijos. Según el tipo de animal, las conclusiones de los estudios pueden variar. De este modo, Budge, Spicer, Jones y St. George, (1996), encontraron, en una muestra de 542 adultos, con perros y gatos o sin ellos, que las mujeres percibían a los perros significativamente más agradables y elegantes, además de interactuar más con ellos que con los gatos; y que los hombres presentaban las mismas actitudes y acciones, pero hacia los gatos más que hacia los perros. Sin
31 embargo, en Knobel, Laurenson, Kazwala y Cleaveland, (2008), se vio, en una muestra de tanzaneses y mediante una escala ad hoc, que los hombres tendían a expresar más actitudes positivas hacia los perros, percibiéndolos más como iguales e interactuando con ellos más que las mujeres. En Almeida, Vasconcelos y Strecht-Ribeiro, (2014), se analizan las actitudes hacia diferentes animales en niños de entre 8 y 10 años, y también se encuentran diferencias de género, ya que los chicos preferían depredadores y otros animales con mala imagen tradicional, como murciélagos y tiburones. Asimismo, se encontró correlación positiva moderada entre preferir animales y salvarlos, aunque inferior en el caso de las niñas, hacia varios animales. Igualmente, Tomažič (2011) halló distintas actitudes hacia los anfibios, destacando menor tendencia al miedo y al desagrado en los chicos que en las chicas, de entre 11 y 12 años, independientemente de sus experiencias previas con estos animales, siendo mayor el disgusto o asco en general, para ambos sexos, que el miedo expresado. Y aunque con diferencias no estadísticamente significativas, en el estudio de Tsai (2008), las actitudes positivas tras la interacción con animales de compañía virtuales, también fueron superiores en las niñas que en los niños. Por último, y en cuanto a un probable origen de las diferencias entre actitudes en función del sexo, también parece que los chicos están más influídos por las actitudes hacia las mascotas que presentan sus padres, y las chicas por las de sus madres, por lo que el modelado parental apoyaría la continuidad intergeneracional hacia los animales de compañía (Raupp, 1999). De especial interés, la evolución de las actitudes hacia los animales según la edad ha aportado conclusiones que pueden orientar el desarrollo de actividades educativas: Según los estudios de Serpell (1981) y de Kidd y Kidd, (1980), las actitudes hacia los animales, parece que se establecen durante la infancia. Si bien, las relaciones con las propias mascotas también cambian con la edad (Morrow, 1998) pues, como los niños se desarrollan cognitivamente, existen cambios evolutivos en las concepciones sobre la biología (Inagaki y Hatano, 2006) y las actitudes sobre los animales y la naturaleza (Myers y Saunders, 2002). Un estudio de Kidd y Kidd, (1987) soporta la hipótesis de que los niños pequeños muestran respuestas iniciales similares hacia las mascotas y hacia los animales de peluche, aunque con la edad aumentan y son más largas e intensas, hacia los animales vivos. También Kidd y Kidd, (1985) encontraron que la mayoría de niños de su encuesta, de entre 3 y 13 años, mostraban actitudes positivas hacia los animales de compañía, siendo el 99% quienes decían desear tener alguno y el 57% preferentemente perro. Almeida y cols. (2014), encontraron que los niños de 8 a 10 años, rechazaban en su mayoría los insectos y los animales considerados peligrosos para los humanos. También se vio que una percepción negativa hacia un animal no siempre significa una actitud negativa hacia el mismo, ya que las razones para querer o preferir un animal expuestas por los niños evaluados, fueron diferentes de las razones para salvarlo. Según Mueller (2014a), existe poca información sobre la interacción animales-personas en adolescentes y su relación con el desarrollo normativo. En su análisis, sugirió que las emociones y cogniciones sobre los animales estaban relacionadas con los índices de desarrollo positivo de la juventud.
32 Tomažič (2011) ya había mostrado el disgusto hacia los anfibios en su muestra de preadolescentes, y propuso, apoyándose en que la experiencia directa con los animales podría afectar las actitudes hacia los mismos, que la educación era de suma importancia para añadir conocimiento sobre los animales y por ende, conseguir un cambio positivo en las actitudes. Según la edad a la que se tuvo contacto con la primera mascota, la influencia en las actitudes hacia ellas parece ser diferente. Así, las actitudes actuales hacia los animales de compañía se correlacionan positivamente con la edad en la que se tuvo el primer animal (mejor antes de los seis años de edad y peor después de los diez) y con los niveles de apego que recuerdan establecieron con las mascotas de su infancia (Poresky, Hendrix, Mosier y Samuelson, 1988b). Pero no sólo durante el desarrollo de la persona, sino también en adultos, se ha visto la influencia positiva de la educación en el bienestar animal, p.e. aumentando la consciencia sobre las implicaciones de determinadas prácticas en la población afrocaribeña o en la de las Indias occidentales (Fielding, 2009). Cuando se ha estudiado la relación con el tipo de animal, también se ha encontrado que las actitudes hacia el mismo se ven influidas por la experiencia previa. De este modo, Hirschman, en 1994, encontró que las personas que se habían socializado cuidando un tipo particular de animal cuando eran niños, tendían a cuidar la misma clase de animal en su vida adulta, luego su actitud seguía siendo positiva y tendían a adoptar el mismo animal. También Daly y Morton (2009), comparando personas que tuvieron mascota en su infancia (gato, perro o ambos) con las que no tuvieron, observaron que aquéllas presentaron actitudes más positivas hacia los animales que las que no tuvieron animales en su niñez. Al investigar las actitudes hacia los animales de compañía, en comparación con los los robots u otros sustitutos, en personas de diferentes edades, los resultados aportan información de interés. Así, por ejemplo, en Pepe, Ellis, Sims y Chin, (2008), los estudiantes atribuyeron más características positivas (cooperativismo, responsabilidad, afecto, obediencia) y usaron un registro de voz más alto cuando pensaban que estaban guiando un perro que un animal de compañía robot, a través de un laberinto. En un estudio de las interacciones de niños y adultos con perros y con robots-perro, Kerepesi, Kubinyi, Jonsson, Magnusson y Miklosi, (2006), hallaron menores relaciones estructuradas con los robots. Bartlett, Estivill-Castro y Seymon (2004), encontraron que los niños veían los robots como una máquina “canina”, sugiriendo que los niños percibían los elementos de ambos animal y máquina, en esta tecnología poco familiar. En un estudio con niños de entre 7 y 15 años, se compararon sus ideas sobre perros vivos y robots, después de cada interacción lúdica con ambos (robot y perro desconocido pero amigable), respondían cuestiones sobre las mismas y se encontraron fuertes efectos del perro de verdad en cada dominio estudiado. Los niños eran mucho más tendentes a afirmar que un perro vivo tenía una entidad más biológica, mental y social. Aunque algunos niños veían ventajas en los robots, como su inmortalidad, no agresividad ni necesidad de visitas para tratamientos veterinarios, o poder llevarlos consigo a todas partes, y los preescolares también expresaron afecto hacia su robot; los niños de entre 7 y 15 años, tendían a verlo como un artefacto y menos como objeto de afecto, expresando hasta cinco veces más querencia hacia el animal verdadero. Datos éstos de importancia, y reforzados por Kerepesi y cols. (2006), quienes encontraron que la tecnología robótica era menos efectiva que los perros vivos para apoyar las interacciones recíprocas. Por tanto, se concluye que los robots son un pobre
33 sustituto de los animales vivos y que, para muchos niños, una mascota robot interactiva, debería ser más adecuada para situaciones en las que no puede tenerse un animal de verdad, mientras que los animales de peluche deben ser más adecuados como compañeros sustitutos para los niños pequeños. Por último y ya en adultos, Kellert (1989) informó de más actitud negativa hacia los animales, en residentes mayores de grandes ciudades y con menor nivel educativo. El abordaje de las actitudes en función de la raza y la cultura, aporta variados datos, de los cuales mencionamos algunos ejemplos a continuación. En ellos se muestran diferencias y su evolución a lo largo del tiempo, aunque todavía con necesidad de mejorar en especificidad, ampliando sobre todo tipos de muestra: Las investigaciones sugieren la existencia de diferencias culturales en las actitudes hacia los animales (Kellert, 1994; Miura, Bradshaw y Tanida, 2002; Passariello, 1999). Así, por ejemplo, Miura y cols. (2002) encontraron que los estudiantes británicos tenían actitudes más positivas hacia los animales que los estudiantes japoneses, y que ello también estaba relacionado con una mayor experiencia con animales en la infancia por parte de los primeros, quienes aceptaban la eutanasia también en mayor grado. En otros estudios (Lakestani, Donaldson, Verga y Waran, 2011), también se vio que tanto niños como estudiantes universitarios de tres ciudades europeas, como Barcelona, Edimburgo y Milán, disfrutaban de la compañía de los perros, pues sus actitudes eran positivas hacia tales animales en los tres casos. Risley-Curtiss (2006), encontró que las personas de raza blanca tendían, más que otras razas, a pensar que los animales de compañía debían ser esterilizados o castrados cuando eran jóvenes y que tener un perro o un gato ayuda a los niños a ser responsables. Faver (2009), vio que latinos dueños de gatos estaban más a favor y practicaban más la esterilización temprana, que los dueños de perros. Igualmente en Poss y Bader, (2007), latinos tejanos apoyaban la esterilización de perros y gatos, pese a que su puesta en práctica era inferior al 28%; y aunque la mayoría consideraba un problema la deambulación de animales libres por las calles, algunos dueños, con mayor frecuencia si su nivel educativo era menor, dejaban que sus perros lo hiciesen. McKay, Farnworth y Waran, (2009), también compartían resultados similares en una muestra de neozelandeses dueños de estos tipos de animales, añadiendo que el nivel educativo mayor y ser mujer, estaban relacionados con mayor aprobación de la esterilización de gatos o perros. Cocia y Rusu, (2010), por el contrario, en una muestra de rumanos, dueños de más de 300 perros y gatos, el rechazo a la esterilización de dichos animales fue elevado, más si eran machos. Como Fielding (2009), quien también encontró baja incidencia de esterilización y ausencia de confinamiento de sus animales, perros o gatos, en cuidadores afrocaribeños. Para Arkow (2013), todavía tenemos muchas lagunas sobre las actitudes de las personas hacia los animales de compañía, sobre todo en población negra, y ello dificulta la exactitud en los datos sobre su impacto y valor para el capital social. Como las actitudes hacia los animales de compañía, varían en función de la raza o etnia, clase social, comunidad geográfica y país de origen (Risley-Curtiss y cols., 2012), también lo hacen en función de factores ambientales, sociales y culturales (Lawrence, 1995; Wolch, Brownlow y Lassiter, 2000). Los residentes en ciudades occidentales dueños de perros, tienden a considerarlos miembros de la familia, amigos o compañeros (Kubinyi, Turcsán y Miklósi, 2009;
40 encontrando diferentes actitudes y comportamientos relacionados con la tenencia de animales, de compañía o no, si bien se apunta el desarrollo de un rechazo generalizado hacia cualquier trato abusivo. En el caso que nos ocupa, las mascotas, las investigaciones también apuntan a una mayor consideración como miembros de pleno derecho, tanto en la sociedad como en los senos familiares, e incluso desde entornos terapéuticos se evidencia un claro avance en su aceptación como agentes de salud. Cuando abordamos el desarrollo de las actitudes hacia los animales, se ha visto que ya existe cierta predisposición desde la infancia para percibirlos de manera positiva y como miembros de la misma especie, o con características humanas. Al antropomorfismo se añade la neotenia, como probable desencadenante de actitudes y conductas de adopción y cuidado de los animales, tanto en niños como en adultos. Para finalizar, llegamos a las propuestas de actitudes generales hacia los animales de compañía que algunos autores (Blouin, 2013; Hirschman, 1994) concluyen dentro de rangos tan dispares como su cosificación o visión como objetos, divisibles en distintas categorías, véase pertenencias símbolo de estatus, para relaciones utilitaristas, etc., versus como personas o seres vivos con derecho propio, igualmente diferenciadas y formando parte, por ejemplo, de relaciones subrogadas, de compañía o de enseñanza. En el apartado de instrumentos, hemos recordado que las actitudes, al ser un elemento subjetivo, suelen medirse por medio de cuestionarios o escalas, y hemos presentado algunas relacionadas con los animales y las mascotas, destacando la escala Animal Attitude Scale (AAS) de Herzog y cols. (1991), o la Pet Attitude Scale (PAS), creada por Templer y cols. (1981), entre las más relevantes y de más amplio uso en la literatura. Por lo que se refiere a los resultados de investigaciones sobre actitudes y animales de compañía: En cuanto a variables sociodemográficas, se ha visto que aunque en la población general existe una tendencia a presentar actitudes positivas hacia los animales de compañía, parece que las mujeres las muestran en mayor medida, considerándolos en más ocasiones miembros de la familia, oponiéndose también de forma más acusada a su uso en actividades para beneficio propio, y presentando reacciones de duelo más intensas cuando los pierden. En lo referente a la edad, la mayoría de los niños manifiestan actitudes positivas hacia los animales de compañía y deseos de tenerlos, especialmente perros, mientras tienden a rechazar los insectos y los considerados peligrosos para las personas, y a apreciar en menor medida sustitutos como los robots; siendo de especial importancia la experiencia previa con los animales reales, incluyendo el vínculo y los aspectos educativos a la hora de perfilar el grado de influencia en el desarrollo de tales actitudes, también en la vida adulta. Y en lo que respecta a raza y cultura, se han constatado actitudes más positivas y de disfrute con los animales de compañía, p.e, en poblaciones europeas y occidentales en general, frente a asiáticas o afrocaribeñas, junto a mayor responsabilidad en la toma de decisiones de cuidado, incluyendo la búsqueda de ayuda en casos de problemas de comportamiento. Y para finalizar, en cuanto a los dueños de mascotas y sus actitudes hacia los mismos, se ha visto que los dueños tenían actitudes más positivas que los no dueños, que éstas se relacionaban positivamente con la tenencia en la infancia, con el número de niños en el núcleo
41 familiar y con las actitudes parentales hacia los animales. Asimismo, los dueños de perros y gatos mostraban actitudes más positivas que los dueños de otros tipos de animales. E igualmente se ha visto en dueños la tendencia a perpetuar las categorías básicas de actitud hacia los animales, como motivos más argumentados para elegir tener su mascota, bien por utilidad o tratamiento como objetos, bien por afecto, tratados con responsabilidad y como seres con valor por sí mismos. En este sentido también se ha visto que los dueños con actitudes más positivas hacia sus animales, tienden a enriquecer sus cuidados habituales y en situaciones especiales, como cuidados veterinarios específicos o llevarlos consigo de viaje. Del mismo modo, se ha comprobado que los dueños tienden a percibir estados afectivos y cognitivos en los animales, que pueden hacerles experimentar sentimientos de duelo tras su pérdida, y que los no dueños tienden a no reconocer.
43 CAPÍTULO 2 TENENCIA DE ANIMALES DE COMPAÑÍA “Los animales no son propiedades o cosas, sino organismos vivientes, sujetos de una vida, que merecen nuestra compasión, respeto, amistad y apoyo”. - Marc Bekoff. 2.1. INTRODUCCIÓN. HISTORIA Tener y cuidar animales de compañía es un fenómeno cultural universal. Brown (2002); Chen, Chou, Deng y Chan, (2007), recuerdan que cuidar animales ha estado presente en todas las épocas y culturas, no sólo con fines utilitarios, sino también como resultado del deseo humano de compañía por parte de otras especies (Messent y Serpell, 1981), lo que pudo conllevar la domesticación y los cambios genéticos en las mascotas. Valorados por su inteligencia, agudeza de sentidos y lealtad, los primeros lobos fueron respetados como guardianes, guías y compañeros en caza y pesca. Los perros como tales, han estado presentes en muchas sociedades humanas, son las mascotas más populares en las sociedades occidentales (Archer, 1997), y de nuevo la evidencia arqueológica sugiere que el primer animal domesticado fue éste (Clutton-Brock, 1995; Morey, 1994; Morey, 2006), por lo que hombre y perro conviven desde hace miles de años (Dayan, 1994; Morey, 2006; Miklosi, 2007; Vellanoweth, Bartelle, Ainis, Cannon y Schwartz, 2008; Vilà y cols., 1997). La evidencia más antigua relacionada con el origen del perro, es la separación de los lobos silvestres de los lobos ancesotros de los perros, hace 100.000 años y los fósiles encontrados hace unos 20.000 años en Siberia oriental, en forma de lobos domésticos o perros poco modificados (Olsen, 1985, Valadez, 1996, 2010). La continua selección humana daría origen a los primeros perros, hace unos 15.000 años (Valadez, 2010). Según otros estudios, el perro se encontró conviviendo con los humanos hace unos 14.000 años en asentamientos humanos (Serpell, 2008) o unos 12.000 en Israel (Serpell, 1986), y la domesticación del gato se sitúa hace unos 4.000 años en Egipto (Anderson, 2008; Savishinsky, 1986; Serpell, 1986), cuando descubrieron su utilidad para el control de roedores (Messent y Serpell, 1981), o hace 10.000 años para otros autores (Pickrell, 2004). A partir de entonces, ambos, perros y gatos asumieron roles cruciales en el desarrollo de comunidades agrícolas; los perros asistieron en caza y granja, mientras que los gatos eliminaron a los roedores que provocaban enfermedades y amenzaban las cosechas de grano. Y así, los animales han permanecido junto al hombre, tanto en sociedades cazadoras como recolectoras, en una amplia variedad especies y a lo largo y ancho del mundo. Los animales de compañía han cumplido diferentes roles según los periodos históricos (Staats, Wallace y Anderson, 2008). Ya en las sociedades primitivas se relacionaban directamente con la supervivencia (Podberscek, Paul y Serpell, 2000; Robinson, 1995), resultando la
44 domesticación de un proceso interactivo de cooperación y coevolución, basado en necesidades compartidas de abrigo, comida y protección. De este modo, los animales contribuían a la cobertura de necesidades como la caza, guarda o pastoreo, mantenimiento del calor corporal, comida o detección del peligro (Robinson, 1995). Pero en los últimos 5.000 años, con el avance de la tecnología y cambios sociales y culturales, muchas personas dejaron de necesitar a los animales para estos menesteres (Staats y cols., 2008), por lo que pasaron a ocupar otras funciones en la vida de las personas. La evidencia parece apoyar la idea de que cuidar animales es atractivo para los humanos, especialmente para los niños (Melson, 2001), y que las personas siguen acogiendo y cuidando animales en sus hogares en todo el mundo (AVMA, 1997; Endenburg, Hart y DeVries, 1990, 1991), en un porcentaje elevado y casi tanto como con niños (Gage y Holcomb, 1991; Marsh, 1994; McKey y Payne, 1992). Así, según la Humane Society of the Unitet States (HSUS, 2011), cerca de 78,2 millones de perros son adoptados como mascotas y el 38% de hogares americanos, tienen al menos uno. Por su parte, en el 46% de hogares Británicos hay al menos un animal de compañía (Pet Food Manufacturers´ Association, 2014) y en la mayoría de hogares de Estados Unidos (en el 68% según American Pet Products Association, 2014; American Veterinary Medicine Association, 2007), en un tercio, según el estudio de Risley- Curtiss (2006) y continúan aumentando los dueños de animales de compañía, tanto en dicho país (Grier, 2006) como en otros. Igualmente, cerca de la mitad de familias americanas, británicas y taiwanesas tienen animales de compañía (Lancendorfer y cols., 2008; Liao, 2004; Pet Food Manufacturers’ Association, 2010). Las recopilaciones más amplias sobre tenencia de animales, provienen de the American Pet Products Association (APPA) y the American Veterinary Medical Association (AVMA), algunos de cuyos datos citamos en Tabla 3, junto a otras fuentes, como la Asociación Americana de Productos Manufacturados para Animales de compañía (APPMA), la Pet Food Manufacturers’ Association (PFMA), la Australian Companion Animal Council (ACAC), o la United States Census Bureau (USCB).
45 Tabla 3. Datos sobre tenencia de animales de compañía en distintos países FUENTE Y AÑO HOGARES con algún ANIMAL TIPOS de ANIMAL LUGAR y OTROS DATOS de interés APPA (2003) 10 % Perros EEUU APPMA (2003) --- --- EEUU 31 billones dólares gasto AC > juguetes y dulces APPMA (2007-8) >63% Perros, Gatos, Caballos, Pájaros EEUU, 75% hogares con niños AVMA (2007) y USCB (2009) 68% --- EEUU % hogares con al menos un AC > % hogares con niños ACAC (2010) 36% Perros Australia, 5.99 billones dólares gasto AC y > 44700 empleados PFMA (2011) 22% Perros EEUU HSUS (2011) 38% Perros EEUU AVMA (2012) 56% Gatos, Perros, Pájaros, Caballos EEUU APPA (2012) 62% Peces, Gatos, Perros, Pájaros, Reptiles, Pequeños animales EEUU PFMA (2014) 46% Al menos un animal de compañía Gran Bretaña Según el censo de mascotas de 2013, proporcionado por la Asociación Nacional de Fabricantes de Alimentos para Animales de Compañía (ANFAAC, anfaac.org), en el 49,13% de hogares españoles hay un animal de compañía, dato muy similar al de la PFMA de 2014 para Gran Bretaña, y que confirma un incremento de la tenencia para nuestro país en los diez años precedentes. En un informe de Resultados sobre el sector de los animales de compañía, del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente de España (MAGRAMA, 2015), y a partir de los registros por comunidades autónomas, se aportan datos relativos a nuestro país durante el año mencionado (véase Tabla 4). En dicho informe se hace referencia, igualmente, a que el animal preferido por las familias españolas es el perro (presente en el 21,9% de hogares) seguido del gato (en el 8,2%). Los primeros suelen ser comprados en el 38,6% de los casos y adquiridos de otro modo en el resto (28,6% regalados, 30,2% adoptados o recogidos, y
46 2,6% son hijos de propios perros). En cuanto a los gatos, se compran en el 5,8% de ocasiones, y del resto, en el 22,7% son regalados, en el 67% adoptados o recogidos de la calle, y en el 4,5% son hijos de gatos propios. Asimismo, se comunica que, cuando dicho animal es adquirido en tienda, el porcentaje según tipo de animal oscila entre el 60% (ventas de perros) y el 15% de gatos, correspondiendo el 25% restante al resto de especies ofrecidas en dichos comercios (roedores, peces, pájaros, reptiles…). Tabla 4. Datos sobre tenencia de animales de compañía en Españ. Adaptado de MAGRAMA, (2015) 2015 Nº de hogares con animales Nº medio de animales por hogar Total animales (estimación) Hogares con perro 3.929.755 1,3 5.147.980 Hogares con gato 1.471.415 1,5 2.265.980 2012 Nº de hogares con animales Nº medio de animales por hogar Total animales (estimación) Hogares con perro 3.588.016 1,3 4.664.421 Hogares con gato 1.566.455 1,6 2.490.312 Un dato curioso se añade en estudios como el de Alden (2004), en el que plantea que la mayor frecuencia de aparición de perros en los dibujos animados en América, podría ser un reflejo de su popularidad, como evidencian datos cuantitativos (aumento del 40% de dueños de mascotas en los diez años anteriores y un gasto estimado de 31 billones de dólares por año). En este sentido, apuntar que la industria de las mascotas recauda una media de 4,62 billones de dólares en la economía Australiana y de 43,4 billones de dólares en la economía americana (Australian Companion Animal Council Inc., 2006; American Pet Products Manufacturers Association, 2008). En España, el sector de productos sanitarios y de alimentación para los animales de compañía facturó casi 848 millones de euros en 2014, lo que supuso un incremento del 8% respecto al año anterior (MAGRAMA, 2015). Las personas gastan considerable tiempo, dinero y recursos en sus animales de compañía (Staats y Horner, 1999). Muchos de esos productos son de lujo, es decir, no necesarios para mantener su salud, sino más bien para expresar los sentimientos hacia la mascota, como un miembro valioso de la familia (Holbrook y Woodside, 2008). Por tanto, dicha tenencia y gastos parecen relacionarse ahora más con funciones relacionadas con la compañía, por ejemplo, recibiendo regalos por vacaciones o celebrando sus cumpleaños (Hirschman, 1994). En este caso, resulta significativo que en numerosos estudios, al ser visto el animal en la familia, como uno más entre ellos (Cohen, 2002; Holbrook, 2008; Jalongo, 2004), al que proporcionan cuidados y del que incluso viven un duelo similar al de otras relaciones humanas
47 (Holbrook y cols., 2001), podemos deducir una polarización desde el valor utilitario del animal, hacia el afectivo. En clara relación con esto, Gerwolls y Labott, (1994) encuentran que para muchos dueños de animales, la muerte de su mascota puede sentirse de forma similar a la pérdida de una relación humana. De hecho, los estudios han encontrado reacciones de duelo similares en ambas experiencias de pérdida (Carmack, 1985; Quackenbush, 1985). Así, por ejemplo, Wrobel y Dye, (2003) encontraron que el 86% de los adultos de su muestra, cuyo animal había fallecido recientemente, experimentaron al menos un síntoma de duelo inicialmente, que el 35% continuaba experimentándolo a los seis meses, y el 22% al año. El estudio de los dueños de mascotas, por tanto, forma parte de la literatura sobre los animales de compañía, en la que también existe una rama dedicada a los animales que realizan algún tipo de intervención sobre las personas (Terapias y Actividades Asistidas). En cuanto a los primeros o tenencia de mascotas, y caso que nos ocupa, aunque son menores en número, parece que son más robustos metodológicamente hablando. En sus inicios, la mayoría se centraron en los ancianos, quizá en respuesta a una primera intuición de que las personas mayores presentarían más necesidad de compañía (Siegel, 1993). En cuanto al tipo de animales, la mayoría de investigaciones sobre tenencia y relación con animal de compañía, hacen referencia a perros y/o gatos (p.e. Cusack y Smith, 1984; Downey, 2002; Downey y Ellis, 2008; Douglas, 2005; Hagmann, 1999; Hardison, 2008; Innes, 2000; Johannson, 2000; Kogan y Viney, 1998; Rieger y Turner, 1998; Santarpio-Damerjian, 2002; Woodward y Bauer, 2007) ya que coinciden con los más elegidos por la población en general (Anderson, 2003), por lo que es menor la proporción de investigación que incluye otros animales pequeños, como pájaros (Anderson, 2003; Holcomb, Jendro, Weber y Nahan, 1997; Jessen, Cardiello y Baun, 1996; Katcher, Friedmann, Beck y Lynch, 1983; Mugford y M’Comisky, 1975), peces (Beck y Katcher, 1983), conejos (Davis, 1986), o varios de ellos (Daly y Morton, 2006; Flom, 2005; Triebenbacher, 1998). Bossard, en 1950, ya afirmó que "Los animales de compañía son una parte integral de la vida familiar; deben ser considerados como un factor básico de la higiene mental." En la revisión bibliográfica de Barker, Rogers, Turner, Karpf y Suthers-McCabe, (2003), se concluye que muchos de los estudios dedicados a las interacciones hombre-animal se han interesado particularmente en los beneficios que la tenencia de animales podrían conllevar en la salud (Lewis, Krägeloh y Shepherd, 2009), encontrándose relación entre dicha tenencia y diferentes medidas de salud en un gran número de ellos, con resultados variados o faltos de más investigación en otros, como en salud percibida o calidad de vida. 2.2. ¿POR QUÉ TENEMOS ANIMALES? La tenencia y elección de animal de compañía está influida por factores cognitivos, psicológicos y culturales (Turcsán, Range, Virányi, Miklósi y Kubinyi, 2012). Parece que las personas tenemos una predisposición hacia la afiliación con la vida, o biofilia, hipótesis defendida por varios autores (Kahn, 1999; Kahn, Severson y Ruckert, 2009; Kellert, 1997; Kellert y Wilson, 1993; Van den Born, Lenders, De Groot y Huijsman, 2001; Wilson, 1984). En este sentido, ya en
48 1983, Beck observó que las personas tendían a cuidar animales de compañía en casa, como manifestación del deseo de tener contacto con el entorno natural y los seres vivos, contrarrestando de este modo, los efectos de los ambientes urbanos. Asmismo, DeLoache y cols. (2011), junto a Wilson (1984) inciden en que, como el cerebro humano está instintivamente predispuesto a mostrar curiosidad e interés por la naturaleza y los animales, parece que la biofilia ha provisto al ser humano, desde el inicio de los tiempos, de una valiosa llave para el desarrollo, de acuerdo con la Ley de Haeckel (Haeckel, 1868/1883), en la que se recuerda que la ontogenia tiende a resumir la filogenia. Beck (1983) y Serpell (1986, 1987) recuerdan igualmente, que la domesticación del perro, en concreto, se remonta a los primeros asentamientos humanos en aldeas, junto a abundante evidencia geográfica e histórica, que apoya la existencia de la domesticación de perros, desde hace millones de años (Clutton-Brock, 1977; Messent y Serpell, 1981; Musil, 1970; Savishinsky, 1983), no sólo para comer, trabajar o cazar, sino como animales de compañía, en las diferentes épocas, culturas y clases sociales, (Serpell, 1987). Los animales de compañía juegan importantes roles en la vida de sus dueños, como la provision de amistad, compañía y amor (Hirschman, 1994), pues además de sentir que los hacen más felices, contribuyen a su salud (Netting y cols., 2013). También las familias escogen una amplia variedad de animales dependiendo de las preferencias personales, experiencias, alergias, lugares de residencia o factores ambientales y normas culturales. Los perros y los gatos son los más comunes, incluso éstos más preferidos, según Downey y Ellis (2008), por el incremento de la vida urbanita y del empleo femenino, junto a otros animales también considerados de la familia, como pájaros, para algunos llamados sus ‘‘niños con plumas’’ (Anderson, 2003). Los adultos jóvenes, tanto solteros como emparejados, a menudo eligen animales antes o en lugar de ser padres, adquiriendo habilidades para proveer cuidados, afecto, límites, y conciencia para vivir con otros. En la mitad de la vida, muchos padres que tienen hijos adultos jóvenes, vuelven a tener mascota para llenar su vacío. En la actualidad, y con el fin de rastrear los motivos para cuidar mascotas, existen varios modelos teóricos sobre la tenencia de animales y qué constituye un animal de compañía (Archer, 1996; Hart, 2003; Serpell, 2003). Archer (1996) por su parte, propone la existencia de mecanismos por los cuales, las personas tienden a cuidar animales y a continuar haciéndolo a través del tiempo, como sentir una atracción inicial hacia ellos o como atribuirles procesos mentales similares a los humanos. Dichos mecanismos podrían contribuir, en determinados casos, a suplir una relación incondicional que puede no encontrarse en algunas relaciones humanas. Para Archer (1996), las personas eligen tener animales de compañía por diferentes razones, por ejemplo, familias con niños pequeños para acompañarlos, parejas jóvenes como sustitutos de los hijos, y gente mayor o soltera como sustitutos de las parejas. Serpell, en 1983, entrevistó a dueños de perros y encontró que destacaban de los mismos características que coincidían con su ideal y que constituían el núcleo de la relación con el can, como expresividad, gusto por los paseos, lealtad y afecto, buen comportamiento y atención. Por su parte, Berryman, Howells y Lloyd-Evans, (1985) registraron como características enfatizadas de las mascotas por parte de sus dueños, su dependencia, diversión, juego y relajación, basados en ausencia de demandas. Por ello,
49 puede deducirse (Archer, 1996) que los animales de compañía poseen algunas de las características de las relaciones con otros seres humanos, como los niños. Aún así, es preciso dejar claro que, como sugieren Beck y Katcher, (1996), “las mascotas no son sólo un sustituto de las relaciones humanas, sino que las complementan, añadiendo una única y especial dimensión a la vida humana”. Algunos estudios han investigado la adquisición y abandono de los animales de compañía (Miller, Staats, Partlo y Rada, 1996; Salman y cols., 1998), pero aún hay relativamente pocos datos empíricos sobre las razones por las que las personas tienen mascotas. Esta cuestión intenta resolverse en (Staats, Sears y Pierfelice, 2006), quienes lo preguntaron a una muestra de residentes de la comunidad, obteniendo como resultados, de más a menos frecuentes, entre dueños de perros / gatos / otros las siguientes respuestas: 1. Mi animal de compañía me mantiene activo (21.5%) 2. Me sentiría solo sin mi animal (18.2%) 3. El animal de compañía me sirve para una función instrumental (14.2%) 4. Cuido el animal para otras personas (12.9%) 5. Mi animal me ayuda en los tiempos difíciles (10.6%) 6. Mi animal me ayuda a conocer a otras personas / es un objeto o propiedad (<1%). Con respecto a la primera razón, el ejercicio físico, destacar que se ha convertido en una necesidad importante en la sociedad actual, en la que predominan las actividades sedentarias, tanto en los trabajos como en el ocio. Por ello, los animales de compañía pueden completar diferentes necesidades y roles durante los ciclos de la vida (Albert y Bulcroft, 1988). Por lo que se refiere a la soledad, algunos autores (Serpell, 2003) sugieren que los animales de compañía proveen soporte emocional y social, además de aumentar y reforzar el yo, mediante la internalización de las experiencias psicológicas positivas con ellos. Por ello, podría especularse que en muchos hogares, como las mujeres frecuentemente están más próximas al cuidado de los animales que los hombres, las oportunidades de realizar esta internalización pueden ser mayores para ellas. Este argumento puede ser consistente con los resultados de que más mujeres que hombres afirman que los animales de compañía previenen su soledad y las ayudan en los tiempos de aislamiento (Staats y cols., 2008). En este sentido, también un importante cuerpo de conocimiento ha notado la importancia del soporte social en la salud y supervivencia (Berkman y Syme, 1979; Corson y Corson, 1981; Craig, Lynch y Quartner, 2000; Friedmann, Katcher, Lynch y Thomas, 1980; Friedmann y Thomas, 1995; Friedmann, Thomas y Eddy, 2000). También en otros estudios se han encontrado mecanismos por los cuales el efecto saludable del animal de compañía debe operar a través de mecanismos fisiológicos, implicando respuestas hormonales o regulación autonómica (Uvnäs-Moberg, 1998; Vormbrock y Grossberg, 1988). Hombres y mujeres informan que sus animales les ayudan en los tiempos difíciles, pero esto es especialmente cierto en estudiantes; resultado consistente con Dwyer, Bennett y Coleman, (2006), quienes encontraron que “Mi animal me ayuda en los tiempos difíciles” era el factor de la Monash Dog Owner Relationship Scale con más peso en mujeres y uno de los más altos en hombres. Todo esto indicaría que los animales de compañía proveen
56 psiquiátricas (Banks, Gonser y Banks, 2001; Guay, 2001; Macauley, 2006; Ormerod, Edney, Foster y Whyham, 2005). Un resumen de la amplia variedad de resultados al respecto, se adjunta en la Tabla 5 Tabla 5. Beneficios de la interacción con animales de compañía en condiciones especiales CONDICIÓN BENEFICIOS ESTUDIOS Niños: En riesgo social Promoción de la interacción social, aumento de autoestima Terpin, 2004 Abusados Aumenta la autoestima Johnson, 2001 En tratamiento por disfemia Aumenta la autoestima Davis, 1986 Hospitalizados Facilita la recuperación Kaminsky, Pellino y Wish, 2002 Con discapacidad grave Disminuyen comportamientos desadaptados Montagner, 1986 Personas con discapacidad: Niños y adultos no encamados Aumentan la independencia y calidad de vida Duncan y Allen, 2000 Personas con algún tipo de discapacidad Se promociona la socialización o interacción social, la autoestima y el bienestar Allen y Blascovich, 1996a; Cusack y Smith, 1984; Eddy, Hart y Boltz, 1988; Innes, 2000; Mader, Hart y Bergin, 1989; Sanmartí, 1992 Con discapacidades ambulatorias y perros de servicio Mejora estatus psicológico (p.e. bienestar y autoestima) y funcional (horas de asistencia y atención en la escuela) Allen y Blascovich, 1996a Con lesiones traumáticas espinales o cerebrales Perros de servicio mejoran la autoestima y el locus de control Allen y Blascovich, 1996a Personas institucionalizadas: Pacientes adultos y ancianos Soporte emocional, disminución de los sentimientos de soledad, depresivos, algunos síntomas cognitivos y mejora de la percepción de calidad de vida Banks y Banks, 2002; Corson y Corson, 1981; Dembicki y Anderson, 1996; Folse, Minder, Aycock y Santana, 1994; Garrity y cols., 1989; Holcomb y cols., 1997; Jessen y cols., 1996; Moretti y cols., 2011 Ancianos con demencia, residentes en una institución Disminuye la inatención y conducta pasiva Soprano, 2011 Pacientes esquizofrénicos institucionalizados, con IAA Mejora el funcionamiento socialinterpersonal, el tono hedónico, algunas habilidades de la vida diaria, o sintomatología psicótica Barak, Savoray, Mavashev y Beni, 2001; Kovács, Kis, Rózsa y Rózsa, 2004; Mayol-Pou, 2002; Nathans-Barel, Feldman, Berger, Modai y Silver, 2005 pacientes psiquiátricos hospitalizados, con TAA Reduce los niveles de ansiedad y estrés Barker y Dawson, 1998 Personas hospitalizadas con cuidados paliativos Alivio del sufrimiento y la ansiedad al final de la vida Geisler, 2004 Presos Mejora la paciencia y responsabilidad Cooper, 1992; Schwartz, 2003 Jóvenes delincuentes o institucionalizados Aminora la hostilidad Davis, 1986; Gonski, Peacock y Ruckert, 1986
57 Salud mental: Personas con problemas de salud mental, p.e. esquizofrenia Optimiza funcionamiento, disminuye apatía y aumenta motivación Barker y Dawson, 1998; Beck, 2005 Convalecientes por traumatismo y daño cerebral Disminuye la ansiedad Pence, 2005 Ancianos con demencia Disminuye la inatención y conducta pasiva Baun y McCabe, 2003; Colombo, Buono, Smania, Raviola y De Leo, 2006; Filan y Llewellyn- Jones, 2006 Pacientes con Alzheimer, que interactuaban más con su mascota Menos alucinaciones, deterioro cognitivo, ansiedad, hiperactividad y agresividad verbal, que quien no tenía animal Fritz, Farver, Kass y Hart, 1995 Psicoterapia tradicional Aumenta la sensación de seguridad. Mejora la consecución de objetivos Berget y Braastad, 2008; Fine, 2000; Heiman, 1956 Terapias de familia Disminuyen tensiones y facilita la apertura hacia otros temas Dimitrijevid, 2009 Adictos al trabajo Aumentan las conductas de cercanía e intimidad con sus animales y dicen que les ayudan a llevar vidas más saludables Santarpio-Damerjian, 2002 Mujeres viudas Mejoran síntomas de aflicción Akiyama, Holtzman y Britz, 1987 Personas con estrés agudo y trastorno por estrés postraumático Mejora la sintomatología. La regulación, salud mental y física, y la capacidad de resiliencia de los estresores Eric, 1999; Handlin, Hydbring- Sandberg, Nilsson, Ejdebäck, Jansson y Uvnäs-Moberg, 2011 Estrés y problemas cardiovasculares: Personas con estrés o problemas cardiovasculares Aminoran los efectos cardiovasculares del estrés Allen, Blascovich y Mendes, 2002 Personas propietarias de animales Aumenta el umbral de respuesta a situaciones estresantes Allen y cols., 2002; Allen, Blascovich, Tomaka y Kelsey, 1991 Personas con estrés Reducen presión arterial, pulso y respiración. Aumentan otros indicadores neuroquímicos de relajación. Mejora el funcionamiento del sistema inmunitario Baun, 1984; Charnetsky, Riggers, y Brennan, 2004; Cusack y Smith, 1984; Friedmann y cols., 1979; Odendaal y Meintjes, 2003; Stasi y cols., 2004; Vormbrock y Grossberg, 1988 Personas atendidas en unidades coronarias tras un ataque mayor índice de supervivencia y menores tiempos de convalecencia y de rehabilitación Beck y Katcher, 1983; Friedmann y cols., 1980; Friedmann, 1995; Friedmann y Thomas, 1995; Friedmann y cols., 2000; Friedmann, Thomas, Stein y Kleiger, 2003; Herrald, Tomaka, y Medina, 2002 Personas con problemas coronarios, dueñas de perros Efecto positivo independiente del estatus fisiológico y otros factores psicosociales, incluyendo el soporte social Friedmann y Thomas, 1995; 1998 Pacientes ancianos de Medicare, dueños de mascotas Menos visitas médicas que pacientes sin animales y menor impacto de eventos estresantes Siegel, 1990
58 Dueños de animales en general Menos medicaciones para problemas cardíacos y del sueño Headey, 1999 Otras condiciones: Personas con SIDA, con pocos confidentes y dueñas de mascotas Amortigua el impacto estresante de la enfermedad (menor depresión que las personas con SIDA sin animales) Siegel, 1990; Siegel y cols., 1999 Hombres homosexuales con SIDA Presencia emocional y física, combate soledad y alienación, provee afecto y cuidado, reduce estrés, permite al dueño sentirse valorado y necesitado Carmack, 1991 Mujeres con VIH Ayuda en el afrontamiento de su enfermedad, reducción del estrés relacionado con la autogestión del VIH, y fuente de interacción, soporte y placer Webel y Higgins, 2012 Personas con cáncer Aminora miedos, soledad, desesperación y aislamiento, habilita para adaptarse a las dificultades de su enfermedad Muschel, 1984 2.4.2. Población general: Tenencia de animales de compañía y variables sociodemográficas Por lo que respecta a la variable género: Según Netting y cols., en su estudio de 2013, el típico dueño de animal de compañía que encontramos en la consulta veterinaria, es una mujer de mediana edad blanca, soltera, educada y que vive acompañada. En el estudio de Staats y cols. (2006), hombres y mujeres presentaron diferencias en cuanto a los motivos por los que tenían animales, los primeros fueron más pragmáticos, como la actividad física, funcionalidad del animal, y el servir para otros; las segundas eran más tendentes a adoptarlos como soporte social, para ayudarlas en los tiempos difíciles o porque se encontrarían solas sin ellos. Las diferencias en cuanto a género, también se encuentran en el tipo de animal preferido, así, p.e. Fielding (2009), en una muestra de personas afrocaribeñas, apuntó que las mujeres elegían más el gato y los hombres el perro. Normando y Gelli, (2011) inciden en el sexo del animal, en su estudio, los hombres escogían más mustélidos machos que hembras como mascota, en comparación con las mujeres. Resultados similares encuentran en la elección de género, cuando hombres y mujeres, adoptaban perros de refugios Normando y cols. (2006). En términos de cuidado del animal, según Adamelli, Marinelli, Normando y Bono, (2005) y Ramon, Slater y Ward, (2010), las mujeres son presuntamente más sensibles y atentas a las necesidades de las mascotas, a menudo las cuidadoras primarias (Wise, 2002), y quienes toman las decisiones sobre los cuidados (Slater y cols., 2008). Aunque dichas diferencias no son siempre consistentes, como recogen Marinelli, Adamelli, Normando y Bono, (2007), quienes informan en su estudio que la mejor condición física la presentaban los perros cuidados por hombres, de donde se podrían
59 deducir diferencias en el tipo de cuidado preferente según el sexo del cuidador. Finalmente, Risley-Curtiss y cols. (2006) hallaron que las mujeres identificaron recibir amistad, alegría, amor, confort y constancia para sí mismas, sus hijos o ambos, y protección de sus animales de compañía. Y por su parte, McCutcheon y Fleming, (2001-2002), obtuvieron diferencias entre personas cuya mascota había fallecido, de modo que las mujeres sintieron más experiencias de despersonalización, ansiedad ante la muerte y rumiaciones, en comparación con los hombres. En cuanto a la edad: Igualmente parece fluctuar el porcentaje de personas que tienen animal de compañía, en función de esta variable. Así, Poresky y Daniels, (1998) hallan mayor tenencia de mascotas en las personas de entre 36 y 45 años (71%), seguido del rango entre 18 y 25 y de los mayores de 65. También la mayoría de investigaciones sobre tenencia de animales de compañía y edad, hacen referencia a diferentes grupos, destacando la población anciana y los niños, a quienes relacionan con variables de salud física o emocional y con la educación, como beneficios que puede conllevar el cuidado o la relación con la propia mascota. Así, por ejemplo, Enmarker, Hellzén, Ekker y Berg, (2012), vieron que los dueños de mascota decrecían con la edad, resultado probablemente en relación con factores como la capacidad de cuidado y la soledad, ésta muy común en la población anciana (Luanaigh y Lawlor, 2008), dado que algunos ancianos viven solos, son dependientes de los demás y de los servicios de salud, y no tienen a nadie para hacerse cargo del animal si es necesario (McNicholas y Collis, 1995). Quizá por estos motivos, los ancianos que contaban con apoyo para el cuidado en el núcleo familiar, normalmente quienes vivían acompañados, tenían mascota con mayor probabilidad, como así vieron Enmarker y cols. (2012). Por tanto, y como la hipótesis de la biofilia afirma (Ulrich, 1993), si el contacto con los animales es una necesidad básica humana, la reducción progresiva en la capacidad para hacerse cargo de alguna mascota, debe de conllevar consecuencias en la salud de las personas mayores. Un estudio sobre las diferencias en calidad de vida de los dueños ancianos de perros en comparación con otros adultos (Pitteri, Mongillo, Adamelli, Bonichini y Marinelli, 2014), encontró que los ancianos aportaban a su perro menores cuidados específicos de salud (p.e. tratamientos antiparásitos, cuidado veterinario), sin que variasen el resto de aspectos de la atención más básica, dato que se relacionó con el estatus socioeconómico, ya que muchos ancianos eran pensionistas, por lo que tenían menor capacidad económica para cubrir todas las necesidades de sus perros. Resultados sobre estado civil: En Staats y cols. (2006), estar casado se relacionaba más con la tenencia de animal para otros y para realizar actividad. Las personas solteras y sin hijos tendían a cuidar animales más para aminorar las consecuencias de tiempos duros o la soledad, que las personas casadas o con hijos. Por tanto, y en relación con esto último, los grados de soledad fueron asociados con diferentes razones para tener un animal, siendo las personas relativamente menos acompañadas, las más tendentes a buscar razones de soporte social para tener una mascota. Sin embargo, y como ejemplo opuesto, Zasloff y Kidd, (1994) no encontraron diferencias entre mujeres solteras dueñas y no dueñas de mascotas, en medidas de soledad.
60 En lo que respecta a la raza y cultura: Marx, Stallones, Garrity y Johnson, (1988) encontraron que los adultos blancos tendían a ser dueños de mascotas más que las personas de raza negra. Risley-Curtiss (2006), concluye que también hay diferencias étnicas en los motivos por los que la gente tiene animales de compañía y en el cuidado y actitudes hacia los mismos. En su investigación, un elevado porcentaje de indígenas indicaron que tenían animales de compañía; aquéllos que se identificaron como blancos fueron los más tendentes a la proximidad con sus animales. Además, diferentes dueños preferían la compañía de distintos tipos de animales, según su etnia o raza. Pero en líneas generales, este estudio encontró que la gente siente amor incondicional, soporte emocional y compañía de sus perros y gatos. Y por lo que se refiere a otro tipo de variables sociodemográficas o condiciones especiales: En los últimos años, un pequeño porcentaje de estudios ha prestado atención a un tipo de población específica que se caracteriza por tener animales de compañía en su mayoría y que se beneficia de su cuidado, al tiempo que avisa de la necesidad de darles más apoyo institucional para facilitar una mayor y mejor inclusión en los servicios sociales. Nos referimos a las personas sin hogar. Así, Rhoades y cols. (2015) encuentran en un estudio sobre jóvenes sin techo que, comparados con la población general, de la que suele tener mascota entre el 6 y el 24% (Cronley, Strand, Patterson y Gwaltney, 2009; Irvine, Kahl y Smith, 2012), el 23% de su muestra eran dueños de animal, 53% de los cuales tenían perro y 22% gato, siendo el resto dueños de hámsters, ratas, chinchillas, peces o iguanas. Rhoades y cols. (2015) concluyeron que la mayoría de dueños son mujeres blancas y con menos probabilidad de haber completado la educación secundaria. La mayor parte informaron que sus mascotas les proporcionaban compañía y les hacían sentir queridos, además de comunicar menos síntomas de depresión y soledad que los no dueños. Sin embargo, cerca de la mitad también afirmaban que sus animales les hacían más difícil estar en un albergue, conseguir hogar o recibir servicios médicos, lo que quizá explica que la mayoría (51%) fuesen transeúntes. Relacionado con esto, se ha visto que para los dueños sin casa, sus animales les sirven de protección (Kidd y Kidd, 1994; Rew, 2000; Slatter, Lloyd y King, 2012; Singer, Hart y Zasloff, 1995; Taylor, Williams y Gray, 2004), los motivan y dotan de sentido de responsabilidad (Labrecque y Walsh, 2011). Además, las personas sin hogar con mascota, también decían que los demás los trataban mejor (Kidd y Kidd, 1994) o que eran más tendentes a hablar con ellos porque los animales actuaban como “facilitadores sociales” (Irvine y cols., 2012; Slatter y cols., 2012). Por todo ello, algunos estudios recomiendan que las mascotas se tengan en cuenta en los servicios sociales, ya que muchos dueños sin hogar afirman que sus animales son importantes fuentes de soporte emocional, incluyendo amistad, compañerismo, aceptación inciondicional, confort, reducción de la soledad, del aislamiento social, e incluso en muchos casos, la única fuente de compañía y amor (Irvine y cols., 2012; Kidd y Kidd, 1994; Slattery cols., 2012; Taylor y cols., 2004; Thompson y cols., 2016).
61 La tenencia de animales también está asociada con otras variables sociodemográficas, como el tipo de residencia o, como se ha visto, el momento del ciclo vital (Bryant, 1990; Endenburg, 1995; Endenburg y cols., 1990; Melson, 1988; Salman y cols., 1998), aunque muchas personas en variedad de circunstancias, incluido vivir en condiciones aparentemente menos facilitadoras del cuidado, como ciudades o apartamentos, se hacen cargo y toman importantes decisiones teniendo en cuenta a sus animales (Staats y cols., 2008). Por ello, algunos estudios en los que se tiene en cuenta el estatus socioeconómico, lo señalan como variable influyente en función de aquéllas con las que se asocie. En este sentido, Ory y Goldberg, (1983) encontraron, en dueñas de animales de entre 65 y 75 años, menor satisfacción con la vida cuando su estatus socioeconómico era bajo y mayor si el estatus era alto, con la variable vínculo como mediadora. Y sin embargo, Garrity y cols. (1989), hallaron relación negativa entre tenencia de animales y depresión en personas con estatus socioeconómico bajo, mientras no existía dicha relación en personas con estatus elevado. Patronek (2010) y Murray y Gruffydd- Jones, (2011) también hallaron relación entre el riesgo de mortalidad de los animales de compañía y estatus socioeconómico bajo en ancianos, pues tienen opciones limitadas de cuidado, ya que suelen vivir en familias más pequeñas o en soledad. En este sentido, las descripciones sociodemográficas, ya apuntaban modelos de familia más tendente a adoptar animales. Así, por ejemplo, en 1990, Endenburg y cols., encontraron relación positiva entre la tenencia de mascotas y variables como estar casado, tener un empleo, casa e hijos. O en 1998, Poresky y Daniels hallaban que la presencia de animales de compañía, en una muestra de adultos en US, se asociaba a personas casadas, con grandes familias, residencias rurales y mayor nivel de ingresos. 2.4.3. Población general: Tenencia de animales de compañía y otras variables A continuación, exponemos un análisis sobre los estudios sociales que se han encargado de analizar la influencia de la tenencia y relación con animales de compañía, sobre el bienestar psicológico y social de la población general. Algunos estudios encuentran que entre el 90 y el 93 % de adultos con animal de compañía, lo había tenido en la infancia (Hung, Chen y Peng, 2012) y que tener animales de compañía también es positivo para aminorar la agresividad en niños, adolescentes y adultos (Long, 2010; Nebbe, 1997) junto a la depresión, (Mugford y M’Comisky, 1975; Rieger y Turner, 1998). Mención especial requieren los estudios que han relacionado la tenencia de animales con el desarrollo fisiológico, psicológico y social de los niños (Anderson y Olson, 2006; Bryant y Donnellan, 2007; Esposito, McCune, Griffin y Maholmes, 2011; Kidd y Kidd, 1985), como el lenguaje (Melson, 2001), en la percepción, cogniciones, competencia social (Hain, 2010) y aprendizajes como el emocional (Melson, 2003; Levine y Bohn, 1986; Beck y Katcher, 1996; Myers, 1998), destacando en este caso, el de valores como la empatía, la paciencia y autocontrol, además de la autoestima (Levine y Bohn, 1986). Así, por ejemplo, también Covert, Whiren, Keith y Nelson, (1985) encontraron correlación entre adolescentes dueños de mascotas y autoestima, aunque otro estudio no encontró relación directa entre estas dos variables en escolares (Triebenbacher, 1998). Asimismo, Hyde, Kurdek y Larson, (1983) vieron que existía relación positiva en adolescentes dueños de animales, con la empatía y la confianza
62 interpersonal, aunque no con la autoestima. Otros estudios reafirman la idea de que los animales de compañía pueden asistir a los niños y adultos en sentimientos de seguridad y amor incondicional (Risley-Curtiss y cols., 2006). Poresky, Hendrix, Mosier y Samuelson, (2001) no encontraron diferencias significativas en autoconcepto físico entre niños con animales de compañía o sin ellos. Sin embargo, quienes tuvieron a sus animales antes de los 5 años de edad o en la adolescencia presentaron un autoconcepto mayor (en todas las subescalas: físico, social, total) que quienes los tuvieron en la infancia media (de 6 a 12 años). Por su parte, los hombres lo tuvieron mayor en la subescala de autoconcepto físico y personal que las mujeres. Covert y cols. (1985), estudiaron niños de entre 10 y 14 años, quienes dijeron haber ganado responsabilidad, amistad, amor, divertimento y conocimiento sobre sus mascotas, además de ayudarles a disminuir estrés. En cuanto a las relaciones con iguales, en Angle (1995) no se encontraron diferencias en el caso de chicas preadolescentes con respecto a su tenencia de mascota, aunque en los chicos sí eran menores entre los que no tenían animal. Por su parte, la competencia mostrada por los niños en actividades relacionadas con el cuidado de animales y mascotas, hace que ganen en aceptación y reconocimiento, por lo que Ross (1983) concluye que las oportunidades de pertenencia, participación e interacción, son capaces de cambiar su perspectiva vital. Las mascotas también preparan a los niños para experiencias de la vida como el amor, la lealtad, la responsabilidad, embarazos y nacimientos, crianza, y hasta la enfermedad y muerte de un ser querido (Melson, 2001; Walsh, 2009b), y pueden servir como barómetros y reguladores emocionales, moderando el estrés en las relaciones (Allen y Blascovich, 1996b). Es decir, el animal de compañía, en situaciones de conflicto de relaciones en el hogar, proporciona consistencia emocional, confianza y aceptación incondicional (Bussolari, 2002). Además, Catanzaro (1984) encontró que los animales de compañía eran muy importantes durante los periodos de ausencia de pareja o niños, en la niñez o en la adolescencia, épocas de soledad o depresión, crisis como enfermedades o muerte de otros miembros de la familia, o recolocación y desempleo. Por tanto, los animales de compañía pueden actuar como estabilizadores emocionales en todas esas situaciones porque ofrecen amor, afecto y aceptación incondicional. Para Hecht, McMillin y Silverman, (2001), hombres dueños de mascotas se beneficiaban más de ello, en terminos de bienestar, que las mujeres dueñas. Otros ejemplos de estas diferencias de resultados, según el género, los constituyen investigaciones como la de Crawford, Worsham y Swinehart, (2006), donde mujeres de mediana edad (40 a 59 años) que tenían animales de compañía presentaban significativamente mayor depresión y menor satisfacción con la vida que mujeres de mediana edad que no tenían animales. También Parslow, Jorm, Christensen, Rodgers y Jacomb, (2005), encontraron que las mujeres casadas dueñas de animales, en particular, eran vulnerables a la depresión y tenían peor salud física. En contraste, mujeres de menos de 40 años que tenían mascotas, presentaban significativamente menores puntuaciones sentimientos de carga por el animal. Las investigaciones no encontraron diferencias en medidas psicológicas entre dueños y no dueños, hombres o mujeres ancianos, sugiriendo que quizá las mujeres de mediana edad encontraban un extra de carga en sus animales entre otras tareas cotidianas, mientras que los animales debían de servir como compañía a otras poblaciones. Sin embargo, y en líneas generales, parece establecida la aceptación del beneficio de los animales de compañía a la hora de aumentar las probabilidades
63 de relación social. Así, p.e. McNicholas y Collis, (2000) informaron que los perros actúan como facilitadores de las interacciones humanas, y puede concluirse que deberían presentarse menos síntomas depresivos como resultado de la tenencia de animales, al aumentar la interacción entre personas (Beck y Meyers, 1996; Brown y Rhodes, 2006; McNicholas y cols., 2005; Miller, Staats y Partlo, 1992). Asimismo, un grupo importante de estudios afirma que tener animales puede ser beneficioso tanto para los jóvenes (Poresky y cols., 1987) como para los ancianos (Akiyama y cols., 1987; Bolin, 1987; Lago, Connell y Knight, 1983; Ory y Goldberg, 1983). Aunque las estrategias de afrontamiento, cuando fallece la mascota, parecen ser menores en las personas de menor edad, ya que, como apunta el estudio de McCutcheon y Fleming, (2001-2002), las personas más jóvenes experimentaron mayor hostilidad y desesperación que los dueños más mayores ante dicha pérdida. Las investigaciones aportan conclusiones en la línea de que los dueños de animales, sobre todo ancianos, deben de resultar especialmente beneficiados de tal relación, y sugieren posibles mecanismos para esos beneficios, como aumento del soporte social (Banks y Banks, 2002; Lust, Ryan-Haddad, Coover y Snell, 2007; Wilson y Netting, 1987), locus de control interno, apoyo incondicional y positivo, facilitación social y de ejercicio (Akiyama y cols., 1987; NIH Work Group, 1987; Patronek y Glickman, 1993; Serpell, 1991; Siegel, 1990). Globalmente, se pone de manifiesto una relación positiva entre la tenencia de animales, interacción o incluso su mera observación, y el apoyo psicológico y social en personas mayores (Raina y cols., 1999), su mayor movilidad y bienestar físico, psicológico o emocional (Enders- Slegers, 2000; Raina y cols., 1999) y su relajación (Baun, Bergstrom, Langston y Thoma, 1984; Enders-Slegers, 2000), al igual que con la sensación de bienestar o la calidad de vida en general (Allen, 1995; Barofsky y Rowan, 1998; Baun, Johnson y McCabe, 2006). Otros estudios también asocian los animales de compañía con beneficios físicos y psicológicos en la salud de sus dueños ancianos, como aumentar el ejercicio (Dembicki y Anderson, 1996; Harris, Owen, Victor, Adams y Cook, 2009; Thorpe, Kreisle, Glickman, Simonsick, Newman y Kritchevsky, 2006; Thorpe, Simonsick, Brach, Ayonayon, Satterfield y cols., 2006), incluso más que en población adulta general (Oka y Shibata, 2012; Shibata y cols., 2012). Algunos estudios explican esta mayor actividad de paseo con perros en la población anciana, debido a su mayor disponibilidad de tiempo (Evenson, Rosamond, Cai, Diez-Roux y Brancati, 2002; Mein, Shipley, Hillsdon, Ellison y Marmot, 2005). También se ha visto que en los ancianos, tener animal de compañía mejora la salud general y cardiovascular; al contrario que otros estudios, disminuye el número de caídas, el uso de servicios médicos, y estimula a las actividades de la vida diaria (Brown y Rhodes, 2006; Friedmann y cols., 2000; Motooka, Koike, Yokoyama y Kennedy, 2006; Pachana y cols., 2005; Raina y cols., 1999; Wells, 2007). Asimismo, los animales de compañía son presentados como promotores de un sentido de propósito, seguridad, pertenencia, familia, y auto identidad, como motivadores de sus dueños ancianos y ensalzadores de los valores personales (Bonas, McNicholas y Collis, 2000; Enders-Slegers, 2000; Macauley, 2006; McNicholas y cols., 2005; Pachana y cols., 2005). Erickson (1985) discute los efectos de las mascotas a la hora de ayudar a contrarrestar dificultades comunes en la edad sugiriendo que quizá influyan en la salud porque, mediante su cuidado, ayudan a disminuir la soledad, aumentan el nivel de actividad y ejercicio, son tocados y acariciados, se pueden mirar y jugar
64 con ellos, y hacen sentirse seguro. Finalmente, Siegel (1993) demostró en los ancianos que las circunstancias que promueven el bienestar o alivian el distrés, tienden a reducir la necesidad de visitas al doctor y que una de esas circunstancias es tener animales (un informe detallado lo presentó en Siegel, 1990). De este modo, los animales, en particular perros, parecen amortiguar el impacto de los eventos estresantes de la vida y pueden influir, como mencionábamos, disminuyendo el uso de servicios de salud en esta población. Enmarker y cols. (2012), compararon ancianos dueños y no dueños de mascotas, y también encontraron diferencias significativas en diferentes variables. En líneas generales, los dueños de perros percibían su salud como mejor, y ello se correspondía con los resultados en distintas medidas físicas. En este sentido, hacían ejercicio más frecuentemente, empleaban más tiempo en cada sesión de actividad física y tenían menor presión arterial sistólica que los dueños de gatos o los no dueños, por lo que se deduce que entrenar y pasear al perro promueve la salud física (Herrald y cols., 2002). También fue mayor el número de mujeres no dueñas de animal fumadoras, en comparación con las mujeres dueñas de mascota. En mayores también se ha estudiado la relación de la tenencia de animal de compañía con las emociones, además de con la soledad física, y se ha visto que tener mascotas se relaciona inversamente con los sentimientos de soledad (Black, 2010; Erickson, 1985), ansiedad o estrés (Cusack y Smith, 1984; Enders-Slegers, 2000), pudiendo convertirse en una constante fuente de satisfacción cuando la interacción con otras personas se ve restringida (Fogle, 1981; Lorenz, 1954), y siendo los perros los animales más frecuentemente elegidos por esta población (Bustad, 1980; Fox, 1974). Aunque ello no elimina la posibilidad de tener otros animales de compañía y que éstos también supongan un beneficio demostrado para sus dueños, como pudieron comprobar, por ejemplo, Mugford y M´Comiski, (1975) al observar que la inclusión de pájaros en casas de ancianos que vivían solos, aumentaba la comunicación con otras personas y las actitudes positivas, tanto hacia sí mismos como hacia los demás. Aunque algunos estudios contradicen estos resultados, como Parslow y cols. (2005), quienes encontraron que ancianos dueños de animales de compañía tenían rangos de depresión mayores que los no dueños, (una explicación podría ser que quienes tenían más cambios en sus vidas y depresión, buscaban confort en los animales); estudios longitudinales, controlando variables como el sexo, edad, estatus marital, ingresos, y otras variables asociadas con la salud, encontraron que las personas que habían tenido continuadamente animales de compañía eran el grupo con más salud y que los que no habían tenido nunca o por largos periodos, la tenían peor (Headley y Grabka, 2007). 2.5. CONCLUSIÓN Existen referencias de la interacción animal-humano desde las primeras civilizaciones, con la domesticación de los ancestros de perros y gatos, inicialmente con fines utilitarios y de cooperación, como ayuda en la caza, la guarda, el pastoreo o en el control de roedores, a cambio de cobijo o alimentación, si bien también se plantea la posibilidad de que dicha relación supusiese igualmente y para ambas partes, beneficios de tipo afectivo. A lo largo de la
65 evolución humana y sobre todo con el proceso de industrialización, los menesteres utilitaristas han ido mermando y en cambio, parece documentarse una mayor tendencia a poseer animales con fines emocionales y sociales, como la compañía. A partir de estas evidencias, aumentó el interés por estudiar la tenencia de animales, en relación a su probable influencia en distintas variables físicas y psicológicas, sobre todo de salud, de forma independiente a otra rama de conocimiento relacionada igualmente con las mascotas, pero con orígenes y orientaciones diferentes, las Intervenciones Asistidas por Animales de Compañía. Entre los motivos propuestos como favorecedores de la posesión de animales de compañía, se han mencionado la tendencia humana a la atracción por la vida y el contacto con la naturaleza (Hipótesis de la biofilia, Wilson, 1984), el interés por los animales y su atribución de procesos mentales similares a las personas, que puede llegar a proveerles de la capacidad de sustitución o complemento de otras relaciones humanas (Archer, 1996), reducir sentimientos de soledad a modo de soporte amortiguador o social, darles apoyo emocional o cumplir alguna función instrumental (p.e. Staats y cols., 2006), así como el placer de su compañía, junto a la capacidad para mantener activa a la persona. En un porcentaje mucho menor, pero no menos importante, ya que hablamos de psicopatología, cabe mencionar la tendencia compulsiva a acumular animales o las conductas agresivas hacia los mismos, estas últimas pudiendo formar parte igualmente, de situaciones de abuso o maltrato a las personas. Aunque estos casos no son propiamente objeto de esta investigación, son sucintamente recordados, por formar parte de la realidad de la tenencia de animales y precisar en dichas ocasiones, atención y apoyo profesional. La evaluación de la tenencia de animales de compañía se ha venido realizando mediante encuesta y se han confeccionado algunos instrumentos ad hoc, para identificar variables relacionadas con su interacción y percepciones de cercanía y costos, como la Monash Dog Owner Relationship Scale (MDORS) de Dwyer y cols. (2006). Y en cuanto a su relación con otras variables, es abundante la literatura que apoya los beneficios de la tenencia o interacción con mascotas, sobre todo en poblaciones más vulnerables, como las personas con patologías físicas o psíquicas, con algún tipo de discapacidad, en riesgo de exclusión social, reclusos, ancianos o niños. A este respecto, se han recopilado y mostrado previamente algunos de los resultados más relevantes. Por lo que respecta a nuestro objeto de interés, la población general, igualmente se han presentado, aunque con algún resultado contradictorio, informes que apoyan de forma global los beneficios de ser dueño de animales y diferencias en tenencia de animales con respecto a variables sociodemográficas. Así, por ejemplo, los hombres suelen elegir más mascotas macho y tenerlas en mayor medida, para realizar ejercicio o para algún otro tipo de utilidad, mientras las mujeres las suelen elegir hembras y por más motivos afectivos, por lo que atienden más las necesidades de este tipo en sus animales y manifiestan sintomatología de duelo más acusada cuando pierden a su mascota. Del mismo modo, los motivos por los que se adoptan animales según el estado civil, también parecen ser distintos, actividad y cuidado para personas casadas y con hijos, versus soporte emocional en las solteras y solas. Por otro lado, se ha visto que la posesión de animales decrece con la edad, aunque el pico máximo se sitúa en la franja de la
72 animales y sus mascotas, atendiendo a sus procesos de interacción, como el juego, contemplación mutua y “hablar” al animal. Las teorías sistémicas familiares también proveen un marco de trabajo para entender los variados roles que los animales juegan en la pareja y en el funcionamiento familiar (Walsh, 2009b). Los sistemas familiares son una unidad funcional en la que los miembros están interconectados y los animales son a menudo el “pegamento” que contribuye a su cohesión. Los estudios en este campo sugieren que las mascotas pueden aumentar las interacciones positivas y la resiliencia; como los niños, los animales de compañía son el vértice del triángulo en los conflictos relacionales de dicho núcleo (Cain, 1983, 1985). Psicología del Yo: Heinz Kohut (1913-1981) se orientó al desarrollo de las estructuras de la personalidad en la infancia temprana, a través de la relación con la figura materna, pensó que esta relación prepara el escenario para las futuras, y se focalizó en la empatía como la clave para entender problemas narcisistas o de autoestima. Dos conceptos básicos de la teoría son “yo” y “objeto del yo”, el primero es una estructura psicológica, núcleo de la personalidad, que da sentido de bienestar, autoestima y cohesión general a la persona (Wolf, 1988), y las respuestas del entorno son fundamentales para mantenerlo sano. Dichas respuestas (empatía, afirmación, sostenimiento, calma…) son dadas por objetos, como personas, animales, cosas, experiencias o ideas, por lo que cumplen la función de objeto del yo, al proporcionarle dicha cohesión. Por tanto, la dependencia de un objeto del yo puede ser crucial para su bienestar. Kohut (1971) creyó que, a veces, dicho objeto se experimenta como una parte del propio ser, por lo que la persona puede sentir cierta fragmentación cuando dicho objeto se pierde. También Kohut (1984) creyó que el desarrollo del yo duraba toda la vida y que ello requería relaciones con sus objetos, siendo su deprivación o frustración, origen de desórdenes psicopatológicos. Brown (2004) aplica la psicología del self, en un nuevo conocimiento del vínculo humanoanimal, concluyendo que tanto personas como mascotas pueden ser igualmente importantes como objetos del yo, y que esta psicología aporta un único modelo para entender la profundidad del significado de las relaciones persona-mascota y para entender las diferencias individuales en el apego hacia los animales de compañía. También Brown (2007), en otra investigación en la que aplicó esta perpectiva, encontró que los animales de compañía rivalizaban e incluso superaban a las personas en su habilidad para cubrir importantes necesidades como objetos del yo, tales como cohesión, autoestima, calma, aceptación y crecimiento. Brown (2004) concluye que un animal de compañía debe de servir como objeto del yo porque, al separarse de él su dueño siente vacío, depresión o desintegración, y destaca la importancia de la experiencia interna de la persona a la hora de otorgar significado a dicha relación, que incluso puede ser más intensa que con otros objetos. Por ello, la psicología del yo también puede ayudar a entender los efectos tan negativos de la pérdida de una mascota. Teóricamente, personas y animales pueden tener la misma importancia como objetos del self, por lo que las amenazas a su bienestar, lo son también para la persona vinculada a ellos, para su sentido del yo. Esto explicaría tantos esfuerzos de muchos dueños para cuidar o salvar de enfermedades a sus animales. Para Shelby (1993), la pérdida de un objeto primario del yo puede tener efectos devastadores en una persona, y según este razonamiento, Brown (2004)
73 añade que en él se incluyen los animales de compañía que cumplan dicha función para sus dueños. Dentro de esta teoría, Gilbert (1994) había definido cuatro funciones de los objetos del yo: Nuclear (como una madre, con la cual los niños establecen su yo central), Arcáica (por la que se suplen necesidades del yo nuclear en la vida adulta), Compensatoria (experiencias que pueden hacer sentir mejor a la persona con respecto a sus déficits, como un terapeuta) y Sustentadora (los objetos son usados para el mantenimiento de la vida diaria). Todas son válidas para mantener la estabilidad y vitalidad de uno mismo, y son necesarias a lo largo de la vida. De entre las cuatro, los animales de compañía podrían realizar la función Arcáica o la Sustentadora, pudiendo restaurar o mantener el self, mediante las relaciones con ellos. Por su parte, Collis y McNicholas, (1998) nombraron las dimensiones que los animales de compañía, como objetos del self, podían aportar a sus dueños, éstas eran “soporte emocional y de estima, junto a oportunidades de cuidado y protección”. También indicaron las que probablemente no podrían cubrir, las “prácticas, instrumentales o informativas”, en parte porque los animales no tienen habilidades lingüísticas (Serpell, 2002). Finalmente, Bonas y cols. (2000) encontraron que, mientras los humanos puntuaban alto en provisión de soporte social, había algunos ítems relacionados con la compañía, cuidado y alianza segura, en los que los animales obtenían mayores puntuaciones, además de señalar que los dueños informaban de menos conflicto en sus relaciones con los animales, quizá y según Serpell (2002), porque la falta de lenguaje los hace menos capaces de mentir, criticar o traicionar la confianza. 3.2.2. Componentes del vínculo y su aplicación a la relación con los animales de compañía El apego tiene varios componentes clave (Bowlby, 1982; Hazan y Shaver, 1987; Hazan y Zeifman, 1994): - Incluye fuertes lazos emocionales hacia alguien. - Las relaciones son vistas como seguras o portadoras de la seguridad necesaria para aventurarse en el mundo. - Se busca proximidad y confort, especialmente en tiempos de necesidad. - Su ausencia produce ansiedad de separación. Las búsquedas en el área de las relaciones humano-animal, describen muchas de ellas como apego, pues son experiencias importantes para gran parte de esas personas y contienen, si no todos, muchos de sus componentes clave (Zilcha-Mano, Mikulincer y Shaver, 2011b): - Los dueños de animales se sienten emocionalmente próximos a sus mascotas y buscan y disfrutan de su compañía (Kurdek, 2009). Se los reconoce en la moral familiar (Albert y Anderson, 1997), y se los ve como miembros del hogar (Cain, 1985; Hickrod y Schmitt, 1982). Existe cercanía y compromiso emocional (Staats, Miller, Carnot, Rada y Turnes, 1996), se acepta la responsabilidad, y se comparten actividades con ellos (Poresky y cols., 1987, 1988b). - Los animales de compañía proveen una base de seguridad, a partir de la cual, sus dueños pueden explorar el mundo con mayor confianza (Kurdek, 2008).
74 - Los dueños también sienten a menudo que sus animales constituyen soporte, confort y alivio en tiempos de necesidad (Allen y cols., 2002; McConnell y cols., 2011). - Perder una mascota provoca estrés y a menudo inicia procesos de duelo (p.e. Hunt, Al- Awadi, y Johnson, 2008; Kwong y Bartholomew, 2011; Planchon y Templer, 1996). La provisión de seguridad también se ha definido como el objetivo del apego, y las formas en que se logra, cambian a lo largo del desarrollo de la persona (West y Sheldon-Keller, 1994). En relación a esta variable, Ainsworth y cols. (1978); Shaver y Hazan (1988) proponen tres tipos de vínculo que, observados en la infancia, pueden trasladarse a los adultos: - El primero sería el seguro, desarrollado en personas capaces de establecer fácilmente intimidad y de satisfacer sus necesidades emocionales a partir de una variedad de fuentes, incluso de uno mismo; lo que les permitiría explorar el mundo sin necesidad de volver constantemente a la figura de apego. Incluso en relaciones seguras, tendría un componente de miedo a la pérdida, pero entendible como consecuencia natural de la propia inversión en otra persona. - El segundo es el ansioso-ambivalente, en el que las personas pretenden obtener muchas de sus necesidades psicológicas a través de los demás, tienen miedo a la separación y tienden a auto-sacrificarse en un intento compulsivo de asegurar sus apegos, pues requieren constantes reafirmaciones de seguridad, lo que termina paradójicamente, exacerbando su propia inseguridad. - El tercer grupo es el evitativo, compuesto por aquéllos que expresan una autosuficiencia rígida y que mantienen la distancia emocional con los otros, aunque anhelan soporte y amor. - Bartholomew y Horowitz, (1991) añaden un cuarto estilo, el desentendido / despreocupado, propio de personas con visión positiva de sí mismas pero negativa de los demás que, por ejemplo, infravaloran las relaciones cercanas y enfatizan la autosuficiencia. La investigación muestra que las personas con estilos de apego más seguros, presentan mejor autoestima, satisfacción con las relaciones y salud (p.e. Feeney y Ryan, 1994; Griffin y Bartholomew, 1994; Hazan y Shaver, 1987; Jellison y McConnell, 2003; Mikulincer, 1995; Park, Crocker y Mickelson, 2004; Wu, 2009). Los animales de compañía parecen ser alternativas ideales para mujeres con apegos inseguros, pues un vínculo primario con una mascota, ofrece seguridad con menos miedo al abandono que la que puede experimentarse con otros adultos (Margolies, 1999). Investigadores como Beck y Madresh, (2008) aplicaron la teoría del apego en un estudio sobre dueños, y encontraron resultados consistentes con el vínculo basado en la seguridad, donde incluso comparado con las relaciones de pareja, sus apegos con los animales fueron más seguros. Autores como Lagoni y cols. (1994) sugieren tres razones fundamentales por las que las personas tienden a establecer vínculo con sus animales de compañía: - Antropomorfismo (atribuir características humanas a individuos no humanos). - Neotenia (atribuir características infantiles). - Conductas alelo miméticas (conductas humanas que los animales parecen imitar).
75 Asimismo, proponen como motivos de la formación del vínculo humano-animal: - Los animales precisan ser cuidados y alimentados y ello hace que los dueños se sientan necesitados. - El apego se basa en un estatus como miembro familiar y en compartir afecto y compañerismo. - El lazo afectivo entre dueño y animal permanece a través del tiempo. - El apego ocurre por la proximidad con el animal. De manera particular, se destaca el antropomorfismo como factor que puede conducir a las personas a percibir los animales como objetos del yo. Serpell (2002) revela que en una encuesta, el 75% de los dueños de mascotas las consideraba similares a niños, y cerca del 50% de las mujeres de otra, dijeron que confiaban más en sus perros y gatos que en sus maridos o hijos. Serpell (1996) señala que muchos dueños de mascotas creían, a partir de la interpretación de la alegría cuando regresaban a casa, por ejemplo, que tenían sus mismos sentimientos, como amor hacia ellos, admiración o echarlos de menos. Las mascotas entran en la red de relaciones de un sistema familiar (Melson y Fine, 2006; Sussman, 1985; Triebenbacher, 2000) y su rol varía con cada estructura familiar, las fortalezas y debilidades de sus miembros, así como con el medio socioemocional (Levinson, 1962; Levinson y Mallon, 1997). Los animales de compañía se encuentran en sintonía con el clima emocional familiar y son muy sensibles a las cargas afectivas de sus miembros, llegando a reflejar sentimientos y conductas directamente relacionados con las tendencias de la familia (Heiman, 1956; Speck y Attneave, 1973). A partir de observaciones similares, Cain (1983) realizó una encuesta a 60 familias con mascotas y encontró que la mayoría creían que sus animales les entendían y eran sensibles a sus estados de ánimo, a los que llegaban a responder con actitudes de confort, como acurrucarse o lamer. Con respecto a la neotenia y a la proximidad afectiva, Corson y Corson, (1981) recogen las mencionadas cualidades infantiles y el amor incondicional de las mascotas, que nunca juzgan, como elementos fundamentales para contribuir al establecimiento del vínculo con sus dueños. Siegel (1993) apoya igualmente el valor de los animales de compañía como oportunidad para establecer experiencias de apego y destaca la habilidad de los mismos para evocar respuestas positivas en sus dueños, a través del contacto táctil o de los sentimientos agradables que genera el entusiasmo con el que los reciben al llegar a casa, convirtiéndose en una fuente de confort, incluso en periodos de estrés. En cuanto a las posibilidades de cuidado, los animales de compañía sirven a la vez como fuente y objeto del mismo (Rynearson, 1978) y a menudo son símbolos internalizados de maternidad y de filiación (Witchel, 1998). Existen muchas formas por las que los animales funcionan como un hijo simbólico para sus dueños, gatos y perros pequeños parecen niños y son dependientes toda su vida. Pueden obtenerse más fácilmente y se les puede dar amor maternal con menos ansiedad que a un niño, pues sus necesidades son más simples y es mucho más sencillo ser un cuidador competente. Además, un animal de compañía puede ayudar a sentir que se cuida y se es cuidado, simultáneamente, por ejemplo mientras se acaricia (Beck y Katcher, 1983). Como afirmó Cain (1983), las mascotas siempre dependen de su dueño y presentan
76 características simultáneas de animal, niño y de nuestro yo más infantil. Margolies (1999) también describe las similitudes entre la relación vincular madre-hijo y la de dueño-mascota, aspectos que apoyan la hipótesis de que la teoría del apego puede aplicarse igualmente a este tándem. Así, describe a estos animales como devotos, olvidadizos, afectivos, no críticos y disponibles, basados en la comunicación no verbal y proveedores/receptores de amor incondicional. Cuidar a una mascota ofrece experiencias reparadoras de cuidado, por ejemplo, ante fallecimientos tempranos maternos o ante la imposibilidad de tener hijos, y como experiencias de preparación, por ejemplo, antes de emparejarse o de tener descendencia. Finalmente, también en clara relación con estas experiencias de vínculo y como otro componente del mismo, encontramos la ansiedad de separación, en forma de experiencia de duelo cuando fallece la mascota. Keddie (1977) fue el primero en describir sus manifestaciones patológicas, en mujeres que requirieron breve hospitalización psiquiátrica tras el deceso de sus animales. Dichas mujeres no tenían antecedentes psiquiátricos, por lo que Keddie concluyó que sus dificultades de adaptación a la pérdida podrían deberse a una representación inconsciente de la mascota como un objeto subrogado relativo. Pero las manifestaciones de vínculo también suceden a la inversa y las investigaciones muestran capacidad biológica para ello en los animales. Diferentes especies, entre las que se encuentran los animales de compañía, muestran apego emocional y duelo por la pérdida de un compañero, padre o hijo (Masson y McCarthy, 1995). Pájaros y chimpancés pueden comunicarse con los humanos, entender y usar símbolos para expresar conceptos y sentimientos (Pepperberg, 2008). Incluso perros y gatos presentan una rica y variada vida emocional, siendo los perros especialmente agudos en sus percepciones sensoriales interpretando las señales humanas (Barker y Katz, 2003). Según Walsh (2009a), aunque los animales de compañía no comparten nuestro lenguaje, pueden entenderse y comunicarse con nosotros de múltiples formas. 3.3. EVALUACIÓN DEL VÍNCULO CON LOS ANIMALES DE COMPAÑÍA El vínculo ha sido ampliamente estudiado por los investigadores interesados en la interacción humano-animal (Bagley y Gonsman, 2005). Consecuencia de ello es el desarrollo de gran número de herramientas para su medida (Anderson, 2007), en cuya historia vemos que también se han precisado aclaraciones teóricas y concreción de conceptos. Los estudios del vínculo persona-mascota han usado medidas no congruentes con la teoría del apego, aplicadas a las relaciones entre humanos. Crawford y cols. (2006), proponen que el apego en las relaciones entre personas y animales de compañía debe compartir aspectos con la teoría clásica del apego, pero no es exactamente paralelo a la misma, por lo que su evaluación tampoco debe ser idéntica. Bowlby (1982), había definido el vínculo como un comportamiento resultado de una búsqueda individual o del mantenimiento de una proximidad con otro, que funciona como una base segura y que se percibe como el mejor afrontamiento de los estresores de la vida. En contraste, Budge y cols. (1998) definen el apego humano-animal de compañía como “el vinculo emocional sentido y expresado entre una mascota y su dueño”, definición no necesariamente consistente con la tradicional, según
77 Crawford y cols. (2006). Por ello, se han presentado considerables dudas sobre el modo en el que se ha medido el vínculo persona-animal (Dwyer y cols., 2006). Como se indica en el apartado anterior, de manera general, el término apego se ha definido a partir de las bases teóricas de Bowlby, (Crawford y cols., 2006), por lo que dichas medidas no han resultado del todo adecuadas para las características del vínculo humano-animal (Chur-Hansen y Winefield, 2005; Winefield y cols., 2008). Las teorías de orientación psicoanalítica también han sido criticadas por no realizar medidas cuantitativas, y lo mismo puede decirse de la psicología del yo, porque los conceptos yo y objeto del self, son abstractos y por tanto, difíciles de medir. Además, el objeto del yo necesita que una persona pueda ser reconocida a través de la empatía y la introspección en una relación terapéutica (Kohut, 1984). Si las personas no son conscientes de sus necesidades de objetos del yo, es dudoso que puedan ser capaces de evaluarlos y cuantificarlos. Por ello, una herramienta de medida válida debe ser el camino para medir las funciones como objeto del yo del animal de compañía. Estudios posteriores intentaron desarrollar escalas con mayor relevancia psicológica (Fine, 2006), ya que las medidas basadas en teorías psicológicas establecidas tienen el potencial de contribuir a nuestro conocimiento sobre cómo los animales de compañía deben influir en el bienestar humano (Beck y Madresh, 2008; Winefield, y cols., 2008). Cohen (2002) sugiere además, que una sola medida cuantitativa es insuficiente para capturar la naturaleza compleja de las relaciones persona-animal, y concluye que el tiempo pasado con una mascota es el mayor predictor de vínculo. Todo ello sin renunciar a otras medidas cualitativas; así, p.e., cuando se preguntaba a los dueños de mascota, qué harían si su médico les indicase que dicho animal era perjudicial para su salud, el 25% afirmó que no lo abandonaría bajo ninguna circunstancia. Como hemos visto, las investigaciones sobre la teoría del apego valoran la seguridad del mismo de forma cualitativa, categorizando grupos como: Seguro, inseguro-evitativo, inseguroambivalente o preocupado, e inseguro-desorganizado o no resuelto (Colin, 1996). En contraste, muchas investigaciones tienen medidas cuantitativas del grado de apego hacia los animales de compañía (Ory y Goldberg, 1983; Fritz, Farver, Hart, y Kass, 1996; Budge y cols., 1998). Por su parte, Zasloff (1996) descubrió diferencias en las puntuaciones de apego en el Comfort from Companion Animals Scale (CCAS), entre dueños de mascotas, sugiriendo que la relación entre personas y animales de compañía es más complicada de lo que generalmente creemos, y que el grado de apego no debe representar adecuadamente dicha relación. Algunos investigadores han usado medidas de vínculo generalmente aceptadas en el campo, como las escalas Companion Animal Bonding Scale (CABS), Pet Attachment Survey (PAS), o Lexington Attachment to Pets Scale (LAPS). Escalas cuantitativas como éstas, incluyen cuestiones para valorar el grado de apego e indagan con qué frecuencia la persona experimenta sentimientos hacia su mascota. Otros estudios (Ory y Goldberg, 1983; Stallones, Johnson, Garrity y Marx, 1990; Stallones, Marx, Garrity y Johnson, 1990) también han usado valoraciones no relacionadas con las tradicionales de apego. Éstas examinan el vínculo
78 persona-animal focalizándose en los sentimientos informados de cercanía, actitudes y actividades realizadas con el propio animal (Melson, 1990). A continuación, presentamos una selección de las principales medidas, en su mayoría multifactoriales, más usadas para estudiar el vínculo entre personas y animales de compañía (Anderson, 2006): Pet Attachment Survey (PAS; Holcomb y cols., 1985): Encuesta para medir el vínculo con los animales de compañía, obtenida a partir de distintas fuentes y usada frecuentemente en la literatura (Planchon y cols., 2002; Wrobel y Dye, 2003). Está compuesta por 27 preguntas en escala Likert de cuatro alternativas, e incluye 2 subescalas (mantenimiento de relación e intimidad). La primera mide aspectos del apego a través de la interacción física (p.e. “¿Te gusta tocar y acariciar a tu mascota?”). La segunda mide aspectos del apego relacionados con la importancia emocional (p.e. “En tu familia, ¿tu mascota te prefiere a ti?”). Los ítems incluyen cuestiones como “¿Tu animal viene a saludarte cuando llegas?” o “¿Confías en tu mascota?”, y suman también una puntuación total de vínculo. Presenta elevadas fiabilidad y consistencia, y puntuaciones altas indican mayores niveles de apego informado hacia el animal. Companion Animal Bonding Scale, (CABS, Poresky y cols., 1987): Escala de 8 ítems, basada en que la clave en la definición del apego persona-animal está en la relación o interacción social entre ambos. Se diseñó para medir dicha interacción (p.e. con qué frecuencia lo toca, dónde duerme, etc.), y obtener una escala sensible a la conducta autoexpresada indicativa del vínculo entre persona y animal. Cada pregunta se responde en una escala de 5 puntos. Genera una puntuación global y se obtiene a partir de la suma de todos los ítems. Las personas que obtienen 15 o más puntos, se consideran vinculadas a su animal, y las que obtienen menos, no vinculadas. En el estudio original se administró a 121 personas entre 14 y 47 años, y obtuvo elevadas fiabilidad y validez de constructo. En 1999, Triebenbacher reevalúa la escala, utilizando un amplio rango de niveles de desarrollo y etnias, analizando 610 escalas en total. En dicha investigación, obtuvo tres factores relacionados con el apego persona-animal (1. Relación emocional/lazo afectivo. 2. Proximidad física. 3. Cuidados). Pet Attachment Questionnaire (PAQ, Garrity y cols., 1989): Evalúa el vínculo con los animales de compañía a través de seis cuestiones como “¿Consideras a tu mascota un amigo?”, y a las que debe responderse eligiendo entre cuatro alternativas (sí, no, quizás, o no sé). La puntuación total se extrae a partir de un la suma de respuestas, que equivalen a 2 para los síes, y a 1 para cualquier otra. Presenta una consistencia interna de .58, según sus autores. Pet Attachment Questionnaire (PAQ, Stallones y cols., 1990): Cuestionario autoinformado de 8 ítems, usado frecuentemente en la literatura sobre animales de compañía. Se puntúa de 0 a 4 entre cinco alternativas de respuesta, según la frecuencia con la cual el dueño refiere presentar la acción o tener el pensamiento del que se trate. La suma de
79 valores configura una puntuación total, cuyo rango de posibilidades abarca de 0 a 23. Stallones y cols. (1990) y Brown, (2002) hallaron elevada fiabilidad y buenas correlaciones entre ítems. Pett Attachment Questionnaire (PAQ, Zilcha-Mano y cols., 2011b): Escala autoinformada que evalúa diferencias individuales en apego hacia la mascota e incluye dos subescalas de apego inseguro, el evitativo y el ansioso. El primero se refiere al disconfort sentido con respecto a la cercanía física y emocional, y se relaciona inversamente con la extraversión. El segundo hace referencia al deseo de cercanía y la creencia, en forma de pensamientos intrusivos, de que algo malo va a ocurrir a la mascota; a su vez, se relaciona con el estrés psicológico. Lexington Attachment to Pets Scale (LAPS; Johnson y cols., 1992): Medida ampliamente utilizada en estudios de vínculo humano-animal y una de las más citadas, que incorpora a su vez, ítems de varias escalas: the Pet Attitude Scale (PAS), the Companion Animal Bonding Scale (CABS), y the Pet Attitude Inventory (PAI) de Wilson y cols. (1987). Presenta “excelentes propiedades psicométricas” (Johnson y cols., 1992), además de no variar sus resultados en función del género ni de la edad. Se puede usar con dueños de perros y gatos ya que en la muestra se compararon dueños de ambos animales, si bien, los resultados tampoco variaron cuando se les pedía que respondiesen en función de su animal favorito, fuese cual fuese el que tuviesen. Se compone de 23 ítems, en escala Likert de cuatro alternativas, que indican más grado de apego cuanto mayores son, y presenta, además, tres factores: Vínculo general, Sustituto de las personas y Derechos del animal / bienestar animal. Las preguntas fueron confeccionadas a partir de búsqueda bibliográfica y consideraciones teóricas como, por ejemplo, la idea de que la asociación entre soporte social humano y salud sugiere que el lazo emocional es la dimensión de soporte más relacionada con la salud, en House, Kahn, McLeod y Williams, (1985). Algunos estudios sugieren que existe un mecanismo similar en las relaciones entre humanos y animales de compañía (Garrity y cols., 1989; Lago, Kafer, Delaney y Connell, 1988; Ory y Goldberg, 1983); por ello, la asunción teórica de los autores es que, junto a las relaciones humanas, el aspecto de la relación hombre-animal de compañía es el más relacionado con el bienestar. Owner-Pet Relationship (OPR; en Black, Winefield y Chur-Hansen, 2011): Escala de apego persona-animal de compañía adaptada de la escala para vínculo entre humanos, Multi-Dimensional Support Scale (MDSS; Winefield, Winefield y Tiggemann, 1992). La OPR evalúa el sentimiento de apego de los dueños hacia sus mascotas, de acuerdo a las teorías de Bowlby (Winefield y cols., 2008). Está compuesta por 15 ítems orientados a medir el deseo del dueño de mantener cercanía con la mascota y su percepción de que el vínculo es recíproco y proporciona soporte emocional. Las respuestas puntúan de 1 a 4, de menor a mayor apego. En Winefield y cols. (2008) se utiliza combinando nuevos ítems, para reflejar el soporte emocional, la búsqueda de proximidad y la reciprocidad, a partir de otras escalas existentes, como Stallones y cols. (1990) y Staats y cols. (1996), y obtiene buenas propiedades psicométricas.
80 Dog Attachment Questionnaire (DAQ; Archer y Ireland, 2011): Se trata de un cuestionario de 35 ítems, con respuesta tipo Likert de cinco alternativas de respuesta, elaborado a partir de las teorías del apego humano, que mide los aspectos del mismo relacionados con las personas y sus perros. Obtiene una puntuación general y tres factores: grado de cercanía con el animal; cuidado, protección y compañerismo; seguridad de base, confort emocional y bienestar. Otros instrumentos: Katcher y cols. (1983), diseñaron un cuestionario de 10 ítems con frases que indicaban apego positivo hacia los perros, como llevar una fotografía suya, dejarle dormir en la propia cama, hablarle frecuentemente o interactuar con él y considerarlo un miembro de la familia. Lago y cols. (1988), desarrollaron la Pet Relationship Scale, también basada en rasgos indicadores de vínculo y cuyo análisis factorial reveló un factor principal que comprendía ítems sobre elevado afecto hacia el animal de compañía. Endenburg (1995), usó una única medición para que las personas estimasen la fuerza de su apego hacia su animal de compañía y hallar la media de dicho vínculo, obteniendo los mayores coeficientes en los dueños de perros y gatos. Serpell (1996), evaluó mediante una escala-ítem el apego hacia los animales de compañía y encontró que la mayoría de personas de su muestra manifestaron que estaban muy unidas a sus mascotas. Crawford y cols. (2006) proponen que el término apego utilizado para medir las relaciones entre personas y animales, debe compartir atributos de la teoría tradicional de Bowlby (1969), pero falla a la hora de reflejarla por completo. Por ello, algunas escalas combinan preguntas sobre relaciones emocionales entre mascotas y dueños, con cuestiones sobre responsabilidad por el cuidado del animal o compartir actividades y comida (Anderson, 2006). En este sentido, Crawford y cols. (2006) también afirman que medidas como las descritas (PAS, CABS…) no necesariamente abarcan la totalidad de la teoría del apego, del mismo modo en que se ha aplicado para las relaciones humanas. Revisan 41 artículos sobre el tema, encuentran 16 que incluyen medidas de apego y sólo 7 de ellos que usan medidas estandarizadas del mismo. Las medidas habituales de vínculo hacia el propio animal de compañía deben corresponder con ciertos aspectos de la teoría del apego en lo que respecta a los humanos, como vínculo emocional, bondad de ajuste, seguridad de base, búsqueda de proximidad y modelos representacionales (Triebenbacher, 1999), y se describen a continuación como tales, similares pero no idénticas a las humanas: Vínculo emocional: Headey (1999) evalúa la cercanía percibida, frecuencia de caricia o de aseo de la mascota y niveles de ejercicio. Sus resultados sugieren que la cercanía percibida afecta a los informes al veterinario y al uso de medicación en comparación con los dueños menos cercanos. Enders-Slegers (2000) también encuentra, basándose en autoinformes de personas vinculadas emocionalmente a sus animales, amor hacia los mismos, agrado por su cuidado, abrazo y confort derivado de su relación. Bondad de ajuste: En las relaciones humano-humano, esta hipótesis afirma que lo verdaderamente importante son las funciones que cumple dicha relación, más allá de temperamentos o personalidades (Colin, 1996). La bondad de ajuste entre una persona y una
81 mascota, también conlleva beneficios. Las respuestas de cada animal hacia su dueño son diferentes, dada su distinta naturaleza como especie y como individuo, lo cual obviamente influye en las respuestas del dueño. Budge y cols. (1998) evalúan la compatibilidad dueñomascota a través de la Animal-Human Compatibility Scale, con dos subescalas, compatibilidad de la mascota y compatibilidad del dueño, comparando la relación actual y la ideal. Esta medida se aproxima a las medidas de compatibilidad entre humanos, pero no es necesariamente paralela. Seguridad de base: Es una de las funciones de las figuras de apego, un tipo de seguridad emocional y física, desde la cual el individuo puede funcionar en el mundo (Bowlby, 1988), y en los dueños de mascotas, similar en muchos aspectos a los referidos en las teorías del vínculo (Triebenbacher, 1999). En el estudio de Headey (1999), la mayoría de su muestra respondió que sus animales los confortaban cuando las cosas les iban mal, de donde se puede deducir que apoyan el fenómeno de la seguridad de base. Búsqueda de proximidad: Disfrutar del cuidado del propio animal de compañía debe relacionarse con el énfasis de las teorías del apego en la proximidad física. Dicho disfrute es tenido en cuenta y hallado por algunos autores, como Budge y cols. (1998) o Enders-Slegers (2000). Modelos representacionales: Se trata de reglas organizacionales, conscientes o no, para acceder a la información de apego relacionada con los relatos de las experiencias del mismo (Main, Kaplan y Cassidy, 1985). Dichos modelos influyen en la propia capacidad para afrontar acontecimientos vitales estresantes (Bretherton, 1992). Por tanto, el propio modelo representacional de las relaciones de apego con las mascotas también determinará los estilos de afrontamiento personales. Como puede apreciarse, las medidas expuestas se aproximan a ciertos aspectos de las teorías del vínculo tradicionales, y no los abarcan todos porque el vínculo persona-animal tampoco es idéntico al establecido entre personas. Dichas evaluaciones son ampliamente utilizadas en los estudios de este campo, y sirven para el objeto de nuestro estudio. 3.4. RELACIÓN DEL VÍNCULO CON OTRAS VARIABLES. RESULTADOS 3.4.1. Vínculo hacia los animales de compañía y variables sociodemográficas Se ha demostrado que variables como el género, educación, nivel de ingresos, estatus marital, presencia de niños en el hogar, haberse criado con animales de compañía y ser responsable de ellos, están significativamente relacionadas con el vínculo hombre-animal (Kidd y Kidd, 1989, Lago y cols., 1988; Stallones y cols., 1990). La relación emocional con las mascotas, parece ser más elevada en solteros (Stallones y cols., 1990), mujeres y raza negra (Johnson y cols., 1992), en personas responsables, que eligen su animal y que viven con él (Geller, 2005; Taggart, 1997), así como en personas mayores (Johnson y cols., 1992). Desglosando por categorías de variables, detallamos algunos de estos resultados.
88 “Como vemos, en el estudio de la personalidad predominan los contenidos de las dimensiones emocionales y sentimentales del ser humano, y también se incluyen aspectos relacionados con la inteligencia, motivación, pensamiento, actitudes, creencias y valores” (Pelechano, 1993). Dos términos diferenciados integran el concepto: temperamento y carácter. Básicamente, el temperamento se refiere a los aspectos biologicos y constitucionales, y el carácter a los pertenecientes al aprendizaje social o cultural. Según Allport, el temperamento es un fenómeno naturalmente emocional, de origen genético o hereditario. En 1961 afirmó que el temperamento, al igual que la inteligencia y la constitución corporal, constituye una especie de material bruto que acaba por conformar la personalidad, y que se relaciona con el clima bioquímico o tiempo interior en el que se desarrolla una personalidad. Las características del temperamento son primarias y están genéticamente determinadas, aunque es probable que no se estabilicen hasta pasados los primeros años de vida, pues se van modulando por medio del entorno. Es aquí donde entra en juego el carácter, combinación de valores y sentimientos que la persona va adquiriendo a lo largo de su desarrollo a través de la interacción, condiciones y circunstancias externas. Difiere en cada individuo de acuerdo con su forma de interpretar la realidad; como afirma Lluís (2002), controla, modifica, corrige y autorregula la actividad de las personas, para dar respuestas a las exigencias del medio. La palabra carácter también procede del griego, haciendo referencia a la señal o marca que se graba en alguna cosa, y se usa para referirse a las cualidades psíquicas que dan individualidad al ser humano. Por su parte, Malerstein y Ahern, (1982) pretenden demostrar el isomorfismo entre cada tipo de carácter y los estadios del desarrollo cognitivo en Piaget, proponiendo un carácter intuitivo, operacional y simbólico. Así, según estos autores, el periodo sensoriomotor, de cero a dos años, no parece contribuir directamente a la formación del carácter, pero las experiencias de los periodos preoperacional y operacional-concreto sí, mediante la estructura social-cognitiva, cuando el niño comienza a percibirse como ser social. Dolcet (2006), estudia las relaciones empíricas entre las medidas de temperamento y carácter, en relacion a un modelo temperamental y un modelo descriptivo, concluyendo que ambos no son constructos psicológicos completamente diferentes y que el carácter no puede explicarse sin acudir al temperamento. Desde una aproximación histórica, observamos la evolución en el abordaje de la personalidad, a través de distintos paradigmas teóricos. A modo de ejemplo, autores como Pervin (1970), distinguen siete teorías, hasta llegar a la más actual o visión integradora: • Teoría psicodinámica, psicoanalítica o freudiana, focalizada en la interpretación de la conducta como resultado de la interacción, la lucha y los compromisos entre los motivos, impulsos, necesidades y conflictos. • Teoría fenomenológica, centrada en la persona, que enfatiza el mundo fenomenológico del individuo, cómo las personas se perciben y experimentan su mundo y a sí mismos. • Teoría cognitiva, a partir de cuya visión (Izquierdo, 2002), la personalidad se determina por la interacción “característica” de los sistemas psíquicos del individuo, de modo que se entiende por personalidad, no sólo lo relativo a su temperamento, a su estabilidad/inestabilidad
89 emocional u otras características básicas, sino también al conjunto diferenciado de sus propiedades psíquicas, por ejemplo, su estilo de elaboración de la información, o su estilo de autopresentación, autocontrol o autorrealización. • Aproximaciones conductuales, que comparten la teoría de que la conducta de los seres humanos es aprendida y que su meta es identificar y manipular las variables medioambientales que controlan dicho comportamiento. • Teoría del aprendizaje social, orientada a las condiciones que afectan la adquisición, ejecución y mantenimiento de la conducta, con especial interés en el aprendizaje observacional o modelado. • Teoría del procesamiento de la información, la cual compara el comportamiento de las personas y las computadoras en el modo en que reciben, seleccionan, codifican, perciben, almacenan, recuerdan, interpretan y recuperan la información. • Teoría de los rasgos, que pretende identificar las dimensiones básicas de la conducta estableciendo como unidad conceptual el factor, disposición o rasgo, concebido como una tendencia de conducta que da estabilidad y consistencia a las acciones, las reacciones emocionales y los estilos cognitivos de los sujetos (Ortet i Fabregat, Ibáñez Ribes, Moro Ipola y Silva Moreno, 2001). Según autores destacados de la teoría, como Eysenck, los rasgos son “factores disposicionales que determinan nuestra conducta regular y persistentemente en muchos tipos de situaciones diferentes” (Eysenck y Eysenck, 1985). Desde otro punto de vista, podemos reagrupar los modelos en categoriales y dimensionales. Los modelos categoriales definen grupos discontinuos de personalidad: Desde la filosofía se consideró que el hombre es un reflejo de la naturaleza, compuesto por sus mismos elementos y responsables del nivel corporal de cada uno de sus fluidos (sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema), los cuales poseen una característica primordial (cálido y húmedo, frío y seco, cálido y seco, frío y húmedo) y dan lugar a un tipo de temperamento según el humor predominante (Pelechano, 2000). Empédocles (450 a.C.) ya formuló una teoría según la cual todo en la naturaleza se compone de cuatro elementos: aire, tierra, fuego y agua. Hipócrates (400 a.C.) basándose en la teoría de Empédocles formuló su Teoría de Temperamentos (flemático, colérico, sanguíneo y melancólico). Galeno, en la época romana, retomó estas ideas y las sistematizó (Pelechano, 2000). En 1921 Kretschmer introdujo una caracterización biotipológica basándose en el aspecto externo de los individuos y sus conductas: leptosomático, pícnico y atlético. Sheldon, en 1949 también propuso un enfoque tipológico basándose en la estructura corporal. Ambos autores toman como base de su clasificación características físicas (aspectos faciales, estructura corporal o tamaño de partes del cuerpo), y sus teorías se consideran el antecedente histórico de la búsqueda de las bases biológicas de la personalidad. Por su parte, las clasificaciones de la American Psychiatric Association (DSM) y de la OMS (CIE) proponen como trastornos discontinuos las variaciones anormales de la personalidad, aunque se admite la existencia de formas mixtas con características de distintos grupos.
90 Los modelos dimensionales, predominantes en la investigación en este campo (John, Robins y Pervin, 2010), suponen que todos tenemos una misma estructura de la personalidad, distinguiéndonos en la combinación de sus rasgos o factores. El rasgo o dimensión, es un patrón de pensamientos, emociones y comportamientos, relativamente estable y perdurable a lo largo del ciclo vital (Costa y McCrae, 1980; Kassin, 2003), genéticamente heredable y presente en las todas las personas en distinto grado. De este modo, las teorías dimensionales proponen la existencia de factores de personalidad como dimensiones continuas sobre las que pueden disponerse cuantitativamente las diferencias individuales (Mayor y Pinillos, 1989). El concepto de dimensionalidad implica que existe un limitado número de dimensiones básicas de personalidad, que se distribuyen de manera normal (Pelechano, 2000). En Europa, a principios del s. XX, Heymans y Webb fueron precursores de los estudios en personalidad, a través de clasificaciones factoriales (Eysenck, 1992). En adelante, la investigación en este sentido comenzó a proliferar con autores como Allport, Cattell o Guilford, importantes antecedentes del modelo de Eysenck (Eysenck y Eysenck, 1985). Eysenck (1967) sostuvo una base material para sus dimensiones de personalidad, el SNC y los genes y planteó un modelo de tres dimensiones no excluyentes, con un fuerte componente biológico: extraversión (expresividad y facilidad para establecer relaciones sociales e interpersonales, dificultades de aprendizaje y memoria); neuroticismo (inestabilidad emocional, preocupaciones, tensión y ansiedad); y psicoticismo (ausencia del principio de realidad o incapacidad para distinguir entre los acontecimientos reales e imaginados). Con posterioridad, otros modelos coinciden en los postulados básicos de Eysenck y, mediante esquemas alternativos, llegan a resultados similares. Incluso Eysenck manifestará que las teorías propuestas por la mayoría de estos autores, representan un progreso en la misma dirección y forman parte del mismo paradigma (Eysenck y Eysenck, 1985). Así, Eysenck (1990, 1991, 1997) pretendió demostrar que su paradigma tridimensional de la personalidad era el que describía, explicaba y predecía con mayor bondad la personalidad de los individuos. Cattell (1990) defendió su estructura de 16 factores; Costa y McCrae (1992a,b), Angleitner (1990), John (1990), Goldberg (1999), y Zuckerman (1992; 1999) se decantaron por el modelo de cinco. Es en este contexto, cuando ya se puede presentar la Teoría Integradora de la Personalidad, que agrupa las definiciones previas en una basada en cinco dimensiones, a partir de las cuales se puede establecer un perfil. Sus objetivos son: a) crear un modelo de personalidad amplio, que integre los principales logros de la investigación empírica, añadiendo la inteligencia; b) definirla a partir de la identificación teórica de los factores o facetas de las grandes dimensiones; c) basarse en un enfoque evolucionista; y d) ofrecer un modelo de rasgos que incorpora los paradigmas actualmente activos, sobrepasando el concepto descriptivo de la estructura y permitiendo involucrarse con los procesos (Lluís, 2002). Siguiendo estos modelos, numerosos autores han intentado acotar las dimensiones que forman la estructura de la personalidad, en su mayoría concluyendo entre 3 y 7 factores (Cloninger, 1987a; Costa y McCrae, 1985; Cloninger, Švrakid y Przybeck, 1993; Eysenck, 1967; Eysenck y Eysenck, 1985; Gray, 1982; Goldberg, 1992; Norman, 1964; Zuckerman, Khulman, Thornquist y Kiers, 1991; Zuckerman, Kuhlman, Teta, Joireman y Kraft, 1993).
91 Entre ellos, el Big Five o Modelo de los Cinco Factores (Costa y McCrae, 1980) destaca entre los más aceptados (Depaula y Azzollini, 2013; Romero, 2002), proviene de la interacción de la investigacion psicoléxica y factorial (John y Srivastava, 1999; McCrae y John, 1992), y ha mostrado consistencia en diferentes culturas (McCrae y Costa, 2012). Postula que la personalidad puede ser explicada con cinco factores o rasgos principales, a su vez compuestos por un conjunto más específico de rasgos; cada factor interactúa con el ambiente para llegar a las características adaptativas o conjunto de actitudes, valores, y creencias que presentan los individuos, además de su autoconcepto y autoestima (McCrae y Costa, 2012). Dichos factores son: Neuroticismo, conjunto de rasgos vinculados a la inestabilidad emocional o a la tendencia a experimentar emociones negativas como miedos, tristeza, sentimientos de culpa o enojo (Widiger, 2009); Extraversión, que agrupa los rasgos que reflejan la tendencia a comunicarse con las demás personas, a ser asertivos, activos y verbalizadores (Wilt y Revelle, 2009); Apertura a la Experiencia, rasgos que remiten a la capacidad de introspección o curiosidad intelectual, a la imaginación activa y sensibilidad estética (McCrae y Sutin, 2009); Amabilidad, referida a los rasgos asociados a la capacidad para establecer vínculos sociales, al altruismo y a la disposición a interesarse por los demás (Graziano y Tobin, 2009); y Responsabilidad, que contiene los rasgos ligados a la capacidad para identificar propósitos o metas, controlar impulsos, actuar, planificar, organizar y llevar a cabo proyectos e ideas (Roberts, Jackson, Fayard, Edmonds y Meints, 2009). Como se ha mencionado, los factores se componen de subfactores o facetas, de nivel jerárquico inferior (véase Tabla 6). Tabla 6. Dimensiones léxicamente derivadas de personalidad: Las cinco grandes dimensiones y sus facetas DIMENSIONES FACETAS I Neuroticismo (Estabilidad Emocional, Inquietud) Ansiedad, hostilidad colérica, depresión, timidez, impulsividad, vulnerabilidad II Extraversión (Surgencia) Afecto, gregarismo, asertividad, actividad, búsqueda de emociones, emociones positivas III Apertura a la Experiencia (Cultura, Intelecto, "Intelectancia") Fantasía, estética, sentimientos, acciones, ideas, valores IV Amabilidad / Cordialidad (Simpatía) Confianza, honradez, altruismo, cumplimiento, modestia, sensibilidad V Responsabilidad / Consciencia (Conformidad, Seguridad) Competencia, orden, obediencia, lucha por el logro, autodisciplina, reflexión
92 4.1.1. Instrumentos de evaluación Entre las pruebas de evaluación de la personalidad, a lo largo de la historia y en función de las teorías predominantes, destacamos las siguientes: Según el enfoque dinámico, la personalidad puede evaluarse mediante técnicas de manchas o tintas, pictóricas o gráficas, verbales, recuerdos autobiográficos y técnicas de ejecución. Entre las primeras se encuentra la prueba proyectiva Rorschach (1921), compuesta por 10 láminas con manchas, que la persona debe interpretar, y que revela percepciones, emociones, pensamientos e impulsos inconscientes sobre el mundo (Davidoff, 1998). Entre las técnicas pictóricas o gráficas, se encuentra el Test de Apercepción Temática (Murray, 1943) compuesta por 19 tarjetas con dibujos poco definidos en blanco y negro, más una tarjeta en blanco, con cada una de las cuales, la persona deberá confeccionar una historia (Anastasi y Urbina, 1998). Las técnicas verbales se basan en la asociación de palabras o en completar frases. Los recuerdos autobiográficos enfatizan el recuerdo de eventos tempranos de la propia vida. Y las técnicas de ejecución utilizan el dibujo, los juguetes y el juego. Desde el modelo fenomenológico, se han planteado pruebas como: Ordenamientos Q, de Stephenson (1949), técnica proyectiva, que aporta la representación de los puntos fuertes y débiles de la personalidad de un individuo. En líneas generales, este enfoque tiende a preferir estudios de casos o entrevistas no estructuradas en lugar de pruebas objetivas (Aiken, 2003). En los modelos conductual y cognitivo se han utilizado herramientas de tipo objetivo, como el EPI, EPQ, presentados más adelante. La teoría de los rasgos, una de las predominantes durante los años 70 y principios de los 80, utilizó instrumentos destacados como los descritos a continuación. El MMPI (Minnesota Multiphasic Personality Inventory de Hathaway y McKinley, (1951) que mide personalidad, pero tiende a resaltar perturbaciones y anormalidades en la misma. Entre los aspectos que evalúa se encuentran: salud general, afectiva, neurológica, actitudes sexuales, políticas, sociales, aspectos educativos, ocupacionales, familiares y maritales, así como algunas manifestaciones de conducta neurótica o psicótica. Ha sido revisado y reformulado en dos versiones: el MMPI-2 y el MMPI para Adolescentes (Anastasi y Urbina, 1998). Otro instrumento es el Inventario Psicológico de California (CPI), de la Universidad de Minnesota; la mayoría de sus ítems derivan del MMPI, pero sólo evalúa adultos normales; consta de 434 reactivos que se contestan como “cierto” o “falso”, y obtiene 20 escalas de: Bienestar, Buena impresión, Comunalidad, Dominancia, Sociabilidad, Autoaceptación, Responsabilidad, Socialización, Autocontrol, Logro mediante la conformidad, Logro mediante la independencia, Empatía e Independencia. El Eysenck Personality Inventory, EPI (Eysenck y Eysenck, 1965), consta de 57 ítems de contestación sí/no y de dos formas A o B, incluye escala de sinceridad y presenta dos factores bipolares: Extraversión versus Introversión (E) y Neuroticismo versus Control (N). El Eysenck Personality Questionaire (EPQ, Eysenck y Eysenck, 1975) añadió una nueva escala para medir la dimensión Psicoticismo (P); su versión final, el Eysenck Personality Questionaire-Revised
93 (EPQ-R, 1985), fue el resultado varias revisiones para superar algunos de los problemas que presentaba esta subescala, como la no normalidad de su distribución (Eysenck, Eysenck y Barrett, 1985). Se han llevado a cabo numerosos estudios transculturales con este instrumento (Barrett y Eysenck, 1984), replicado al menos en 30 culturas, y hallado los factores P, E, N y L (Barrett, Petrides, Eysenck, y Eysenck, 1998). El Sixteen Personality Inventory o 16PF, de Cattell, evalúa la personalidad sana partiendo del supuesto de que todos los seres humanos poseemos en alguna medida cada uno de los 16 rasgos o factores que mide el instrumento, dichos factores se manifiestan en actitudes, preferencias, reacciones sociales, emocionales y hábitos (Cattell, Eber y Tatsouka, 1989), siendo la combinación de los diferentes factores lo que determinaría la personalidad de cada individuo. Cada rasgo o factor se califica en una escala normativa en decatipos. Para Cattell y cols. (1989), el cuestionario ha demostrado comprensibilidad y buena capacidad predictiva en psicología aplicada; investigaciones a través de 25 años apoyan esta consideración, además de que existen estandarizaciones del 16PF en 15 países diferentes, al menos. El Cuestionario Tridimensional de la Personalidad (TPQ; Cloninger, 1987b; Cloninger, Przybeck y Švrakid, 1991), contiene 100 items con respuesta v/f y evalúa Busqueda de Novedad, Evitación del Daño, y Dependencia de la Recompensa, en población clínica. Obtiene coeficientes bajos en la consistencia interna de la última dimensión (Stratta, Daneluzzo, Prosperino, Kalivoka y Rossi, 2000). El Cuestionario del Temperamento y Caracter (TCI; Cloninger y cols., 1993), medía 4 dimensiones de temperamento y 3 de carácter, a través de 240 items verdadero/falso. En 1999, como respuesta a algunos problemas de consistencia interna en el factor Persistencia, se presenta el Inventario de Temperamento y Caracter Revisado (TCI-R), con valores de consistencia interna aceptables para las siete dimensiones. En Dolcet (2005) se comprueba que las escalas se distribuyen normalmente, tienen propiedades psicométricas aceptables y se reproducen para la población española las estructuras factoriales, mostrando resultados similares a los hallados en otros paises. Otros grupos han obtenido datos similares (Gutiérrez- Zotes y cols., 2004). Además, entre los múltiples cuestionarios desarrollados por Millon, mencionamos: MCMI (inventario clínico multiaxial de Millon) o el MIPS (inventario de Millon de estilos de personalidad) para evaluar adultos que buscan ayuda para resolver problemas laborales, familiares o sociales (Millon, 1994). Finalmente, y ya a partir de la segunda mitad de los 80, predomina el enfoque integrador, con los Cinco Grandes como referente, entre cuyos instrumentos de evaluación de la personalidad, se encuentran: HPI (Hogan Personality Inventory; Hogan, 1987), NEO-PI-R (Costa y McCrae, 1992c), Marcadores de Goldberg (1992), BFQ (Caprara, Barbaranelli, Borgogni y Perugini, 1993), ZKPQ (Zuckerman y cols., 1993), Escalas IPIP (Goldberg, 1999), FFPI (De Raad, 2000). En líneas generales, el NEO-PI-R es probablemente el cuestionario más emblemático del Modelo, que posteriormente fue revisado para formar el Inventario de Personalidad Neuroticismo Extraversión Apertura, revisado (NEO-PI-R), y puede ser útil en el diagnóstico de los trastornos de la personalidad (Costa y McCrae, 1995). Las cinco dimensiones evalúan las diferencias entre personas sobre constructos descriptivos y para propósitos predictivos. La mayoría de los investigadores han hallado similitudes y diferencias con otros constructos, han destacado la
94 semejanza de diversas escalas de personalidad con las cinco dimensiones y se unen al creciente consenso de validez convergente de las cinco dimensiones (Laak, 1996). El NEO-PI (Costa y McCrae; 1985), era un cuestionario autoadministrado de 181 ítems, con estudios en muestras españolas que reproducían la estructura factorial de los factores evaluados y mostraban un buen comportamiento del instrumento (Silva y cols., 1994). En la versión revisada, el NEO-PI-R (Costa y McCrae, 1992c) se añaden las facetas de Amabilidad y Responsabilidad, alcanzando un total de 30 facetas, 6 para cada una de las dimensiones: Neuroticismo (Ansiedad, Agresión-Hostilidad, Depresión, Ansiedad social, Impulsividad, Vulnerabilidad al estrés). Extraversión (Cordialidad, Gregarismo, Asertividad, Actividad, Busqueda de emociones, Emociones positivas). Apertura a la Experiencia (Fantasía, Estética, Sentimientos, Acciones, Ideas, Valores). Amabilidad (Confianza, Franqueza, Altruismo, Actitud conciliadora, Modestia, Sensibilidad a los demás). Responsabilidad (Competencia, Orden, Sentimiento del deber, Necesidad de logro, Autodisciplina, Deliberación). Presenta una aceptable consistencia interna para las facetas y los factores (Costa y McCrae, 1992c), la estructura factorial a partir del análisis de componentes principales es consistente con cada dimensión, y respecto a la fiabilidad test-retest, se efectuaron medidas al cabo de dos años y se encontraron valores elevados (McCrae, Yik, Trapnell, Bond y Paulhus, 1998). El cuestionario se ha traducido y validado en muchos países e idiomas, obteniendo resultados similares a los de sus autores (Borkenau y Ostendorf, 1993; Hoekstra, Ormel y de Fruyt, 1996; Rolland, Parker y Stumpf, 1998; Zawadzki, Szczepaniak y Strelau, 1995). En España, otras publicaciones reflejan la validez y consistencia de la versión de Costa y McCrae en TEA (1999). Por su parte, Aluja, García y García (2002; 2004) usan el cuestionario en población española y encuentran también buenas propiedades psicométricas. Costa y McCrae propusieron una versión abreviada de 60 items, 12 por escala, de respuesta tipo Likert con cinco alternativas, el NEO-FFI (Costa y McCrae, 1989), que mostraba adecuada consistencia interna en estudios transculturales (Holden, 1992; Holden y Fekken, 1994), en poblacion alemana (Borkenau y Ostendorf, 1993; Schmitz, Hartkamp, Baldini, Rollnik y Tress; 2001) y en otros países (Egan, Deary y Austin, 2000; Hrebickova y cols., 2002). McCrae y Costa, (2004) proponen una revisión de la forma abreviada del instrumento (NEO-FFI-R), con estudios transculturales también publicados en varias poblaciones (Aluja, García, Rossier y Garcia, 2005). Los estadísticos descriptivos en población española, muestran valores aceptables en distribución normal y en consistencia interna. Esta versión mejora ligeramente las caracteristicas psicométricas del NEO-FFI original, especialmente en estructura factorial. Por tanto, teniendo en cuenta el buen comportamiento de los ítems en la estructura factorial, los valores aceptables de consistencia interna y las altas correlaciones con el NEO-PI-R, el NEO-FFI- R se muestra como un instrumento válido para una rápida evaluacion de los Cinco Grandes en población española (Dolcet, 2006). 4.1.2. Personalidad y animales En cuanto a personalidad y animales, p.e. se ha estudiado la personalidad del dueño con respecto al tipo de animal que elige (Woodward y Bauer, 2007) y los probables beneficios en bienestar, encontrando menor hostilidad y mayor reciprocidad en dueños o amantes de perros que de gatos. Por lo que respecta a la investigación sobre personalidad en general, se reflejan
95 257652 artículos desde 1990, correspondiendo a estudios sobre esta variable y animales, 3924, 155 de compañía. Cuando se revisa el último año, aparecen 9259 investigaciones sobre personalidad, 232 de dicha variable y animales, y 10 considerando los de compañía. 4.2. RECURSOS PSICOLÓGICOS: EMPATÍA Y AUTOESTIMA 4.2.1. Conceptos Empatía: Podemos definir el término empatía como la “capacidad para experimentar de forma vicaria los estados emocionales de otros, siendo crucial en muchas formas de interacción social adaptativa. Tiene dos componentes: uno cognitivo, muy relacionado con la capacidad para abstraer los procesos mentales de otras personas, y otro emocional, que sería la reacción ante el estado emocional de otra persona” (Moya-Albiol, Herrero y Bernal, 2010). Supone una concepción del hombre como ser abierto o permeable, capaz de interaccionar con su entorno y con sus semejantes y de establecer vínculos afectivos con ellos (Nolaso Hernández, 2012). Por tanto, incluye la capacidad para diferenciar entre los estados afectivos de los demás y la habilidad para tomar una perspectiva cognitiva y afectiva respecto a los otros (Garaigordobil, 2009; Garaigordobil y García de Galdeano, 2006). El concepto se acuña a finales del s. XIX (Lipps, 1897) y consigue un mayor consenso, por parte de psicólogos, filósofos y educadores, en la segunda mitad del siglo XX. En la primera década del s. XXI se formaliza su uso técnico (Neumann y cols., 2009; Muncer y Ling, 2006) para realizar numerosos trabajos de tipo naturalístico (Findlay, Girardi y Coplan, 2006) y se profundiza en la investigación de sus bases neurobiológicas (Decety, Michalska y Akitsuki, 2008; Ogino y cols., 2007). A partir de las primeras definiciones sobre empatía, van surgiendo nuevas, con aspectos en común y también divergencias (Bohart, Elliott, Greenberg y Watson, 2002; Fernández-Pinto, López-Pérez y Márquez, 2008; Preston y de Waal, 2002). Y destacan dos posturas principales, la empatía como una respuesta perceptual o cognitiva, versus afectiva (Bohart y cols., 2002; Gibbs, 2003; Preston y de Waal, 2002). Posterioremente, y en busca de la formulación única, se elaboraron propuestas más amplias, que incorporan dimensiones al concepto. Hoffman (1975, 1983), y Davis (1983), definen la empatía desde este enfoque multidimensional, destacando la capacidad para discriminar entre el propio yo y el de los demás, teniendo en cuenta los mencionados aspectos tanto cognitivos como afectivos. Junto a la de Hoffman, se puede considerar la definición de empatía propuesta por Davis (1996) (“conjunto de constructos que incluyen los procesos de ponerse en el lugar del otro y respuestas afectivas y no afectivas”), como una de las más aceptadas actualmente, aunque hasta llegar a este punto, y a lo largo de la historia, han sido numerosos los enfoques y aportaciones a este concepto multidimensional. Filósofos y pensadores del s. XVII y XVIII, como Leibniz y Rousseau (citado en Wispé, 1986) ya apuntaron que para ser un buen ciudadano era necesario ponerse en el lugar del otro. También en el XVIII, Adam Smith señalaba que el ser humano era capaz de sentir “pena o compasión…ante la miseria de otras personas…o dolor ante el dolor de otros… y ponernos en su lugar con ayuda de nuestra imaginación” (citado en Wispé, 1986); o Robert Vischer (citado
96 en Davis, 1994) se refería a la empatía como sinónimo de “sentirse dentro de”. Ya en el s. XX, Lipps en 1903-1906 la define como “Einfühlung” o “tendencia del observador a proyectarse ‘dentro’ de lo que está observando” (Singer y Lamm, 2009; Wispé, 1987). Titchener (1909), describió empatía, a partir del término griego εμπάθεια, como la cualidad profunda de compenetrarse o adentrarse en el otro, como el intento activo de una persona por “entrar” en otra (Fernández-Pinto y cols., 2008; Wispé, 1987). Por su parte, Lipps (1903-1906) afirmó que la empatía es una especie de identificación que sucede por una imitación interior de las acciones de los demás o por la proyección de uno mismo en la otra persona (citado en Wispé, 1986), pues las personas empáticas mostrarían mayor imitación no consciente de posturas y expresiones gestuales (Carr, Iacoboni, Dubeau, Mazziotta y Lenzi, 2003; Chartrand y Bargh, 1999). La visión de la empatía para Stein (1916), (citado en Nolaso Hernández, 2012), es un acto del conocimiento que comprende tres momentos casi simultáneos (la percepción de la situación o vivencia del otro, la interiorización de dicha vivencia y su percepción como propia), siendo la comprensión del otro, el fin de tal proceso. También Köhler (citado en Davis, 1994) o Mead (1934) sugieren que la empatía es la comprensión de los sentimientos de los demás. Para Adler (1927) la empatía surgía de un sentimiento social innato, a partir del cual podemos conocer los sentimientos de los demás. Dymond, en 1949, introdujo el término adopción de perspectiva, y Hogan (1969) se refirió a la empatía como una capacidad metarrepresentativa, como el intento de comprender lo que pasa por la mente de los demás o la construcción que se ha de llevar a cabo sobre los estados mentales de los otros. A partir de la última década de los 60, comenzó a surgir una nueva visión de la empatía como afecto compartido o sentimiento vicario, una perspectiva afectiva frente a la anteriormente destacada, o cognitiva. Entre los primeros autores que la propugnan, se encuentra Stotland (1969) quien habla de ella como “la reacción emocional de un observador que percibe que otra persona está experimentando o va a experimentar una emoción”. Asimismo, Mehrabian y Epstein, (1972) la presentan como respuesta emocional vicaria ante las experiencias emocionales ajenas, o sentir lo que siente el otro. Se trata de un enfoque disposicional según el cual, las personas son más o menos empáticas sin depender de los aspectos situacionales, es decir, del contexto físico o relacional. Al igual que Hoffman (1987), el cual la define como “una reacción afectiva más adecuada para la situación de otros que para la propia” (Gibbs, 2003). En 1978, Wispé propuso que se incluyeran en el concepto los estados emocionales positivos, que Royzman y Rozin (2006) recogieron y estudiaron como symhedonia. En los años 90, una nueva orientación, la situacional, añade matices al concepto afectivo frente a las anteriores (disposicionales), que entendían la empatía como una predisposición individual. Uno de sus autores principales es Batson (1991), quien la describe como emoción vicaria congruente con el estado emocional de la otra persona, como sentimientos de interés y compasión a partir de la conciencia del sufrimiento del otro, o como emoción que surge de estímulos situacionales concretos. Y en la misma orientación se encuentran Igartua y Páez (1998), los cuales estudian la identificación con personajes tomando en cuenta la visión cognitiva y la afectiva al tiempo. Por tanto, es también desde finales de esta década, cuando se comienza a buscar una definición integradora (cognición-emoción) del término. Entre los autores más destacados, a la vez que pioneros a la hora de unir conceptual y
97 metodológicamente ambos enfoques, actualmente considerados complementarios, se encuentra Davis, quien la define como “un conjunto de constructos que incluyen los procesos de ponerse en el lugar del otro y respuestas tanto afectivas como no afectivas, que resultan de esos procesos” (Davis, 1994). El mismo autor, en 1980, describe sus cuatro componentes relacionados: Fantasía o tendencia a la identificación con personajes de ficción; Adopción de perspectivas, como tendencia a acoger los puntos de vista de los demás o la original adopción de perspectiva cognitiva, en la dimensión cognitiva; y Angustia empática o tendencia a sentir compasión y preocupación por los demás, junto a Afflicción personal o ansiedad e incomodidad al presenciar un suceso desagradable, que hace sufrir a otra persona, en cuanto a la dimensión afectiva. También Davis, en 1996, propone el Modelo organizacional para explicar los antecedentes, procesos y consecuentes de la empatía. Esta visión integradora que defiende la existencia de componentes cognitivos y emocionales en la empatía, llevó a investigar si había o no correspondencia entre los dos aspectos, y así, p.e. Fernández-Pinto y cols. (2008) encontraron que al menos tres estudios apoyaban la hipótesis de la independencia entre dichos componentes. Por su parte, Eisenberg (en Eisenberg y Strayer, 1987) realiza una distinción formal entre la adopción de perspectiva perceptual, cognitiva, y afectiva. En ella, la adopción de perspectiva perceptual sería la capacidad de representarse la visión que tiene del otro en función de su localización, la adopción de perspectiva cognitiva sería la capacidad de representarse los pensamientos y motivos del otro, y la adopción de perspectiva afectiva sería la inferencia de los estados emocionales ajenos. Mención aparte requiere el abordaje de la empatía en las teorías de la Inteligencia Emocional, también en los años 90, como reconocimiento de las emociones de los demás o el don de gentes fundamental, basado en el reconocimiento de las propias emociones para reconocer las de otros. Igualmente, destaca como fundamento del altruismo y apropiada en las profesiones de ayuda y servicios, pues se daría en personas que sintonizan mejor con las señales sutiles que indican lo que necesitan o desean los demás. La Inteligencia Emocional fue presentada por Salovey y Mayer (1990), popularizada por Goleman en 1995 y apoyada por otros modelos como el de Inteligencia Socioemocional de Bar-On (1997, 2000). Dichos enfoques favorecen el estudio del término empatía como un componente cognitivo, por lo que no tienen en cuenta su vertiente emocional (Salovey y Mayer, 1990; Zaccagnini, 2004). Ya en el 2000, Eisenberg propuso la importancia de la empatía en el desarrollo moral (Hoffman en Gibbs, 2003; Eisenberg en Gibbs, 2003), entendida como una forma de cognición social o la respuesta emocional desde la comprensión del estado o situación de los demás, “similar” a la de la persona con la que se está empatizando, por lo que podría inhibir la agresividad. Aunque para otros autores, el haber desarrollado habilidades empáticas no supone que el individuo reaccione favoreciendo el bienestar de la persona con la que haya empatizado (Eisemberg y Eggum, 2009; Singer y Lamm, 2009). En lo que se refiere al origen de la empatía, hay autores que la consideran una capacidad innata frente a los que proponen que es un desarrollo cultural. La primera postura, aunque no descarta la influencia de otros factores, busca incluir elementos biológicos en la conceptualización afirmando que la empatía es el resultado de la selección natural (Gibbs,
104 y de que la agresión se relaciona negativamente con la empatía. Del mismo modo, otros estudios, analizando las respuestas a distintos estímulos de contenido emocional, dolorosos y somatosensoriales, han hallado que, entre otras, las cortezas prefrontal y temporal, la amígdala y otras estructuras límbicas desempeñan un papel primordial sobre la empatía, las cuales están relacionadas con las estructuras ligadas a la agresión y la violencia (Moya-Albiol, 2004), por lo que podría asumirse que los circuitos neuronales implicados en empatía y violencia podrían ser similares. Por otro lado, Feshbach y Feshbach, (1969) apreciaron que percibir las señales de dolor en la víctima de una agresión debería provocar malestar de la persona empática, por lo que las consecuencias dañinas de un acto agresivo, a través de esta respuesta afectiva vicaria de la empatía, deberían inhibir la agresión. Miller y Eisenberg, (1988) argumentaron de manera similar, que las señales de malestar de una víctima podrían llevar al agresor a experimentar una respuesta emocional que motivaría el cese de la agresión. De este modo, Feshbach (1988) plantea que “la empatía está fuertemente ligada a la compasión, que funciona como freno y moderadora de la agresión”. Otros estudios identifican como variables predictivas de empatía elevada: alto nivel de conducta prosocial, bajo nivel de conducta agresiva y alto autoconcepto (Garaigordobil y García de Galdeano, 2006), o ser mujer, usar muchas estrategias de resolución cooperativa de conflictos y pocas agresivas (Garaigordobil y Maganto, 2011). Por tanto, las teorías generales sobre violencia han propuesto algunas hipótesis sobre el probable rol inhibidor de la empatía en la agresión (p. e., Feshbach y Feshbach, 1969; Miller y Eisenberg, 1988; Parke y Slaby, 1983; Feshbach, 1964). Dichas hipótesis plantean que desde la perspectiva cognitiva, la agresión sería menos frecuente en las personas con más empatía, ya que tomar la perspectiva de otros conllevaría una mejor comprensión de su posición, reduciendo la ocurrencia de conflicto y desde la orientación emocional, observar el sufrimiento de una víctima inhibiría la agresión cuando se compartiese el malestar de la víctima o se presentase una reacción de preocupación empática. Si bien la autoestima se gesta a lo largo de todo el ciclo vital en el marco de las interacciones sociales, se observa que la infancia, la adolescencia y la juventud son las etapas de mayor relevancia para su formación (Craig y Baucum, 2005). De acuerdo con Rosenberg (1986), las personas con alta autoestima tienden a buscar el crecimiento personal ejercitando sus capacidades al límite, sin dejar de reconocer los propios errores. En contraposición, las personas con baja autoestima resultan más propensas a sentirse torpes, tímidas e incapaces de expresarse con confianza, por lo que se encuentran constantemente preocupadas por cometer un error o exponerse al ridículo (Lee y Hankin, 2009).
105 4.3. INDICADORES DE SALUD: BIENESTAR PSICOLÓGICO SUBJETIVO, SATISFACCIÓN CON LA VIDA Y SOLEDAD 4.3.1. Conceptos El bienestar psicológico subjetivo (BPS) es un indicador de salud, un estado psicológico asociado al funcionamiento positivo y al disfrute de la salud integral de la persona, que aúna la afectividad positiva y la satisfacción con la vida en el presente, junto a la búsqueda del crecimiento personal, el desarrollo del potencial humano y el sentido de la vida. Está formado por variables del autoconcepto como la autoconciencia, la autoeficacia y la autoestima, componentes íntimamente relacionados entre sí y con el sentido que la persona da a su propia vida, otro indicador positivo de salud mental (Oramas, Santana y Vergara, 2007). Sus definiciones presentan como elementos inseparables: un carácter subjetivo, basado en la experiencia de la persona; la satisfacción con la vida, en forma de juicio global; la satisfacción con dominios o áreas vitales; y el afecto positivo, pues su naturaleza es más que la mera ausencia de factores negativos (Diener, 1994; 2000). En este sentido, contrasta con el malestar o bienestar negativo, conceptualizado como afecto negativo, estrés, depresión, sintomatología psicosomática, etc., (Kim, 2008; Smith, 1996). Ballesteros, Medina y Caycedo, (2006) concluyeron que la forma en que las personas definían el bienestar psicológico, concordaba con Cuadra y Florenzano, (2003) en la conceptualización del constructo: implicando una dimensión general subjetiva, en el sentido de conllevar una vivencia personal; incluyendo componentes agrupables en un eje afectivo-emocional, uno cognitivo-valorativo y uno social, llamado por Casullo y Brenlla, (2002) vincular; y en la dimensión contextual, referida a las condiciones estructurales, que constituiría el marco de referencia de las personas al describir sus posibilidades de bienestar. Desde una perspectiva integradora, se concibe como la unión de dos grandes tradiciones (Keyes, Shmotkin y Ryff, 2002; Ryan y Deci, 2001), ver Figura 2: la hedónica, relacionada con la felicidad, que se ha ocupado del estudio del bienestar subjetivo u orientado hacia el placer, y la tradición eudaemónica, referida al bienestar psicológico (Díaz y cols., 2006), ligada al desarrollo del potencial humano o a la vida con significado. En ellas cabe destacar que factores externos, como los relacionales y ambientales, influirán en la evaluación de bienestar que realice la persona. Algunos autores (p.e. Keyes y cols., 2002) han utilizado el constructo bienestar subjetivo (BS) como principal representante de la tradición hedónica, y el constructo bienestar psicológico (BP) como representante de la tradición eudaemónica. Mientras la tradición del BS ha mostrado especial interés en el estudio de los afectos y la satisfacción con la vida, el BP ha centrado su atención en el desarrollo de las capacidades y el crecimiento personal, concebidas ambas como los principales indicadores del funcionamiento positivo.
106 Figura 2. Conceptualización del Bienestar Ryff y Keyes, (1995) plantearon esta distinción entre bienestar psicológico y bienestar subjetivo y establecieron que la satisfacción con la vida puede ser un indicador de bienestar psicológico. Otros autores, como Victoria y González, (2000), tratan como sinónimos el BP y el BS, y coinciden con Ryff (1995) en la importancia de la relación entre las expectativas de los individuos y los logros en su obtención. Como vemos, el bienestar psicológico subjetivo se aproxima a conceptos de larga tradición en psicología como el de satisfacción con la vida (SV), constructo utilizado desde los años cincuenta y que hace referencia a la experiencia subjetiva de felicidad, fruto de un balance global entre las situaciones de placer y displacer. Se define como una valoración global que la persona hace sobre su vida, comparando lo que ha conseguido, sus logros, con lo que esperaba obtener, sus expectativas (Diener y cols., 1985; Pavot, Diener, Colvin y Sandvik, 1991). Es una evaluación o juicio global de la persona (Cuadra y Florenzano, 2003; Diener, Syuh, Lucas y Smith, 1999; Keyes y cols., 2002) teniendo en cuenta sus recursos, experiencias y circunstancias. Incluye por tanto, los juicios cognitivos sobre satisfacción vital y las evaluaciones afectivas positivas y negativas (Diener, 1994; Diener y Lucas, 1999). La principal característica del bienestar es su estabilidad, pues se mantiene en el tiempo e impregna la vida global de los sujetos. Ya Veenhoven (1991) lo definió como el grado en que la persona juzga su vida “como un todo” en términos positivos, es decir, en qué medida se encuentra a gusto con la vida que lleva, cuyo componente cognitivo, la SV, representa la discrepancia percibida entre sus aspiraciones y sus logros, y abarca un rango de sensaciones desde la realización personal hasta la experiencia vital de fracaso. Estos componentes están relacionados, ya que quien tenga experiencias emocionales placenteras es más probable que perciba su vida como deseable y positiva. La SV y el componente afectivo del BS tienden a correlacionar porque ambos elementos se hallan influidos por la valoración que realiza la persona acerca de los sucesos, actividades y circunstancias en las que se desarrolla su vida. Sin embargo, el componente afectivo obedece más a las reacciones puntuales a eventos concretos de la vida del sujeto, y la SV, al ser el resultado de un juicio cognitivo, forma un constructo más estable a lo largo del tiempo (Solano, 2011). BIENESTAR Bienestar Subjetivo Bienestar Psicológico Aspectos afectivos y emocionales Aspectos cognitivos Funcionamiento positivo Afecto positivo Afecto negativo Evaluación de satisfacción
107 La orientación del bienestar psicológico es situada por autores como Ryan y Deci, (2001) en el proceso y consecución de los valores que nos hacen sentir vivos y auténticos, que nos hacen crecer como personas, más que en las actividades que nos dan placer o nos alejan del dolor (Bilbao, 2008). Carol Ryff, una de las autoras más representativas del concepto, revisó la investigación previa y construyó un modelo incluyendo los diferentes aspectos del funcionamiento humano óptimo (Ryff, 1989a, 1995; Ryff y Singer, 1998). Define el bienestar psicológico como el resultado de una valoración por parte del sujeto con respecto a cómo ha vivido, a partir de elementos no hedónicos, es decir, sin considerar las emociones positivas o de placer como un predictor del funcionamiento psicológico óptimo, sino más bien como una consecuencia, y lo presenta como un concepto multidimensional (Ryff y Keyes, 1995). Esta mirada da mayor énfasis al funcionamiento positivo, mediado por el desarrollo de las capacidades y el crecimiento de la persona (Díaz y cols., 2006). Dichas dimensiones o índices de bienestar, son seis (ver Tabla 7). Tabla 7. Dimensiones del Modelo Multidimensional de Bienestar Psicológico. Adaptado de Ryff y Keyes, (1995) Dimensiones Modelo de BP (Ryff y Keyes, 1995): Definiciones Autoaceptación Evaluación positiva de sí mismo, tanto en el presente como en el pasado. Sentirse bien consigo mismo, aún siendo consciente de las propias limitaciones. Es una característica fundamental del funcionamiento psicológico positivo. Relaciones positivas con otros Poseer relaciones sociales significativas, estables y de calidad. Este enfoque considera que el aislamiento social, la soledad y la pérdida del apoyo de otras personas afectan negativamente la salud. La capacidad para amar y una afectividad madura son prioritarias en el bienestar y la salud mental. Autonomía Sentido de autodeterminación, que permite a la persona sostener su individualidad en diferentes contextos, resistir la presión social y auto-regular su comportamiento, basándose en sus propias convicciones. Dominio del entorno Capacidad de manejarse eficientemente en el ambiente. Habilidad personal para elegir o crear entornos favorables y satisfacer los propios deseos y necesidades. Las personas con un alto dominio del entorno poseen una mayor sensación de control e influencia sobre el mismo. Crecimiento personal Sentimientos positivos dirigidos hacia el crecimiento y la madurez. Interés por desplegar potencialidades, crecer como persona y fortalecer al máximo las propias capacidades. Propósito en la vida Creer en el sentido y propósito de la propia vida, en función de objetivos claros y metas realistas que doten de significado a las experiencias vividas y por vivir. Junto a esta perspectiva, Keyes (1998) añade el bienestar social en su propuesta, como la valoración de las circunstancias y el propio funcionamiento dentro de la sociedad. Partiendo del modelo de Ryff, lo amplía para cubrir los aspectos hedónicos y dicho bienestar social (Keyes y Waterman, 2003). En él distingue tres ámbitos para operativizar la salud mental
108 positiva: Bienestar emocional (alto afecto positivo, bajo afecto negativo y elevada satisfacción vital), Bienestar subjetivo (que incorpora las seis dimensiones del modelo de Ryff) y Bienestar social. Para Keyes el bienestar social es un elemento que, aun medido desde una perspectiva psicológica subjetiva, supone incluir criterios más relacionados con el funcionamiento social y comunitario. Expresaría en qué medida el contexto en que uno vive es percibido como un entorno nutriente y satisfactorio. Este componente parece muy importante como elemento complementario del bienestar humano y para expandir el concepto más allá de la esfera individual. Además, los datos de otras investigaciones apoyan la validez de distinción entre estos tres tipos de bienestar (Keyes, 2005). Según la autora, el bienestar social comprende 5 dimensiones (Tabla 8): Tabla 8. Dimensiones del Modelo Multidimensional de Bienestar Psicológico Subjetivo. Adaptado de Blanco y Díaz, (2005); Keyes, (1998) Dimensiones Modelo de BS (Keyes, 1998): Definiciones Integración social Evaluación de la calidad de las relaciones que mantenemos con la sociedad y con la comunidad. Sentirse parte de la sociedad, apoyado y con elementos a compartir en familia, con amigos, vecinos, etc. Aceptación social Estar y sentirse perteneciente a un grupo, a una comunidad, con confianza, aceptación y actitudes positivas hacia los otros, como atribución de honestidad, bondad, amabilidad, capacidad… y aceptación de los aspectos positivos y negativos de nuestra propia vida. Creer que el mundo no es hostil. Contribución social Sentimiento de utilidad, de que se es un miembro vital de la sociedad, que se tiene algo que ofrecer al mundo, y que lo que se aporta es valorado. Es sinónimo de utilidad, provecho, eficacia y aportación al bien común. Actualización social Confiar en que la sociedad y sus instituciones progresan, crecen y se desarrollan hacia metas y objetivos de los que podemos beneficiarnos, permitiendo además el crecimiento y la actualización personal. Creer en su capacidad para producir bienestar. Coherencia social Sensación de capacidad para entender la dinámica de la sociedad, su lógica. Preocupación por enterarse de lo que ocurre en el mundo y percepción de su cualidad, organización y funcionamiento. Como vemos, entre las dimensiones del BP y con clara importancia también en el BS, se encuentran las relaciones sociales satisfactorias. Por tanto, en oposición al bienestar se encuentra la soledad, entendida como el deseo no conseguido de mantener relaciones interpersonales estrechas o la percepción subjetiva de discrepancia entre los contactos sociales deseados y los realmente obtenidos, y es un importante factor de riesgo asociado con morbimortalidad (Cacioppo, Hawkley y Berntson, 2003; Lauder, Sharkey y Mummery, 2004). Aunque la soledad puede ser definida de manera objetiva, al ser una experiencia subjetiva, resumen abstracto de sentimientos, pensamientos y comportamientos (Heinrich y Gullone, 2006), no puede ser directamente observada. En función de la perspectiva desde la que cada autor se coloque, encontramos varias definiciones del concepto, aunque manteniendo sus
109 aspectos clave. En términos generales, ha sido concebida como un estado subjetivo en oposición al aislamiento físico (Larson, Csikszentmihalyi y Graef, 1982); que aparece como respuesta ante la carencia de una relación particular (Weiss, 1973), implica un desequilibrio cualitativo o cuantitativo, entre el nivel deseado y el logrado de interacción socioafectiva (Peplau y Perlman, 1981, 1982; Sermat, 1978), y cuyas consecuencias pueden afrontarse positiva o negativamente, en función del control que la persona ejerce sobre dicho déficit de relaciones (Jong-Gierveld, 1978). La soledad también tiene un sentido positivo cuando parte de un deseo o elección personal (Rokach, 1990), que supone una experiencia agradable, facilitadora de tiempo y espacio para el descanso (Nilsson, Lindstrom y Naden, 2006), y que a su vez proporciona energía, recursos y promueve la creatividad (Adler, 1993). Pero cuando se vivencia de forma negativa, puede asociarse a sentimientos dolorosos de ansiedad, depresión, insatisfacción e infelicidad (Cutrona, 1982), que pueden llegar incluso al suicidio o la muerte (Cardona, Villamil, Henao, y Quintero, 2011). Igualmente, se ha relacionado con la hostilidad, el alcoholismo, la baja autoestima, y enfermedades psicosomáticas (McNeil, Stewart y Kaufman, 2000) y depende de las circunstancias por las que atraviesa el individuo ligadas asimismo, a su personalidad e historia (Cardona y Villamil, 2006). También puede ser objetiva, si se refiere a la vivencia real de encontrarse solo, o subjetiva, si se orienta al sentimiento, constituyendo esta última acepción, para Killeen (1998) o Rubio y Aleixandre, (2001) la verdadera soledad. Montero y Sánchez, (2001) refieren que, probablemente, la definición más antigua sea la de Sullivan (1953), como experiencia displacentera asociada a la carencia de intimidad interpersonal. Por su parte, Weiss (1973) plantea que los sentimientos de soledad pueden considerarse como una deficiencia en los sistemas de interacción interpersonal, pues la soledad responde a la falta de una relación particular. Distinguiendo entre relaciones de apego y de afiliación, define dos tipos de soledad: Social, o ausencia de relaciones de afiliación y red de apoyo, como amigos o vecinos con los que compartir intereses y preocupaciones, lo cual genera sentimientos de no aceptación, de marginación o aislamiento. Y emocional o carencia de relaciones significativas, intensas o relativamente perdurables, de intimidad o de apego que conformen una base de afecto y seguridad, como las que aportan las personas cercanas (padres, pareja, hijos…). La falta de este tipo de relaciones puede asociarse a sensaciones de vacío y al deseo de encontrar a alguien especial para compartir la vida (Bowlby, 1982, en Yaben, 2008). La soledad de tipo social puede llevar a la soledad emocional, pero la carencia de uno de estos tipos de relación no puede ser sustituida por otro, porque implican diferentes necesidades de contacto (De Minzi y Sacchi, 2004). Para Young (1982) la soledad sería la ausencia real o percibida de relaciones sociales satisfactorias, que puede acompañarse de manifestaciones de distrés psicológico. En función de su duración, diferencia tres tipos de soledad: Crónica, que dura años o varias etapas de la vida y en la que la persona se siente incapaz de establecer relaciones satisfactorias. Situacional, ligada generalmente a eventos estresantes, como la pérdida de personas significativas. Y transitoria o temporal, la más habitual y asociada con un estado de ánimo breve y ocasional de dicho sentimiento.
110 Jong-Gierveld y Raadschelders, (1982) identifican tres dimensiones ligadas al estudio de la soledad: La evaluación subjetiva de la persona sobre su situación social, el tipo de déficit que experimenta y la perspectiva temporal asociada. Aunque la perspectiva negativa de la soledad ha sido más atendida e investigada, ambos autores apoyan el aspecto positivo de la misma cuando se entiende como una oportunidad para reflexionar o como un medio para fortalecer el carácter individual, mediante el uso de cierto tiempo para aislarse. Kraus, Bazzini, Davis, Church y Kirchman, (1993) la asocian con la percepción desagradable y penosa de ser desconectado de las relaciones sociales significativas. Younger (1995) por su parte, enfatiza su carácter de subjetividad, definiéndola como el sentimiento de sentirse solo a pesar de estar con otros. Roy y Andrews, (1999) afirman que la soledad es una respuesta no adaptativa en el modo de interdependencia. La adaptativa sucede cuando se establecen relaciones mutuamente efectivas o se escoge libremente estar solo; las inefectivas pueden incluir soledad, separación o enajenación (Roy y Pollock, 1999). Para Roy y Andrews, (1999) la persona que no alcanza un buen apego emocional y que no tiene o son muy pocas sus relaciones satisfactorias, no se siente necesario, valorado o apreciado por los demás, por lo que sufre gran dolor emocional. Asher y Paquette, (2003) también se reafirman en que la soledad está más influida por características subjetivas, como la satisfacción con las relaciones sociales y la aceptación social percibida, aunque también pueda intervenir algún factor objetivo, como la frecuencia del contacto con los demás o el número de amigos. Brown (2005) la presenta como un espacio con pérdida de los puntos de referencia, crisis de identidad y sufrimiento con respecto al propio destino; y señala dos tipos de soledad, secundaria causada por pérdida de un objeto o propósito, y primaria o soledad en sí misma, definida por sentimientos de encontrarse solo y sin ayuda en el mundo. Heinrich y Gullone, (2006) la definen como experiencia estresante y negativa, apoyada en una necesidad de seguridad psicológica, y resultado de la diferencia entre una relación social deseada y la actual. Ambos autores refieren, asimismo, que aunque la soledad tiene el mencionado elemento afectivo, también tiene uno cognitivo, la percepción de que las relaciones sociales han mermado o son inadecuadas. Para Carvajal-Carrascal y Caro-Castillo, (2009) es un sentimiento único e individual, que afecta la esfera emocional, social o ambas y que se basa, más que en el número de relaciones, en su calidad. Por tanto, la ligan con una ausencia, real o percibida, de relaciones sociales satisfactorias o con relaciones interpersonales adversas (de aislamiento o dependencia) y finalmente, con timidez, tristeza, pérdida de autoestima y desinterés por la vida. En Fernández, Muratori y Zubieta, (2013) se destaca su carácter subjetivo, al ser la persona quien decide si su nivel de contacto social es o no satisfactorio (p.e. me siento solo aunque mi red de relaciones sea muy rica, o vivo aislado en la montaña pero no me siento solo); y el ser un déficit cuantitativo vs cualitativo, en las relaciones percibidas por la persona (p.e., no tengo amigos o no los que quisiera, vs siento mis relaciones como superficiales o no todo lo satisfactorias que me gustaría). Montero y Sánchez, (2001) sintetizan que el término ha sido descrito como un mecanismo de retroalimentación adaptativo que informa a la persona sobre el nivel de estimulación social que recibe, y que puede ir desde su ausencia (soledad) hasta el exceso (hacinamiento). Por
111 tanto, es un fenómeno universal con tres características fundamentales: Es multidimensional, pues involucra aspectos de la personalidad (evaluaciones cognoscitivas, antecedentes de desarrollo de la afectividad y autoestima), de interacción social y de habilidades comportamentales; es subjetivo y potencialmente estresante (depende de la interpretación individual de la situación); es secuencial, pues puede abordarse como un proceso que varía en intensidad y duración en función de factores de tipo físico-situacional, socio-cultural y de personalidad, que resulta de carencias afectivas, sociales y/o físicas, reales o percibidas, y tiene un impacto diferencial sobre el funcionamiento de la salud física y psicológica de la persona. A continuación, en la Tabla 9, podemos ver los aspectos más destacados en diferentes definiciones de soledad, y algunos de los autores que los refieren: Tabla 9. Aspectos clave en las definiciones de soledad ASPECTOS CLAVE AUTORES Mecanismo adaptativo de retroalimentación Montero y Sánchez, 2001 Carencia de intimidad personal o relaciones significativas Kraus y cols., 1993; Roy y Andrews, 1999; Sullivan, 1953; Weiss, 1973; Bowlby, 1982 Subjetiva, opuesta al aislamiento objetivo Asher y Paquette, 2003; Carvajal-Carrascal y Caro- Castillo, 2009; Fernández y cols., 2013; Heinrich y Gullone, 2006; Larson y cols., 1982; Younger, 1995; Montero y Sánchez, 2001 Desequilibrio, cuantitativo o cualitativo, entre deseo y realidad en las relaciones Fernández y cols., 2013; Heinrich y Gullone, 2006; Peplau y Perlman, 1981, 1982; Sermat, 1978 Proceso en función de factores de tipo físicosituacional, socio-cultural y de personalidad Cardona y Villamil, 2006; Jong-Gierveld, 1978; Montero y Sánchez, 2001 Si es buscada, tiene efectos positivos, más acorde con término aislamiento Adler, 1993; Jong-Gierveld y Raadschelders, 1982; Nilsson y cols., 2006; Rokach, 1990 No deseada, definición más realista, sentimiento displacentero Heinrich y Gullone, 2006; Killeen, 1998; Kraus y cols., 1993; Roy y Andrews, 1999; Rubio y Aleixandre, 2001; Sullivan, 1953; Younger, 1995 Riesgo de salud física y psicológica Carvajal-Carrascal y Caro-Castillo, 2009; Brown, 2005; Cacioppo y cols., 2003; Heinrich y Gullone, 2006; Cardona y cols., 2011; Cutrona, 1982; Lauder y cols., 2004; McNeil y cols., 2000; Young, 1982; Montero y Sánchez, 2001 Acentuado en la adolescencia Killeen, 1998; McWhirter, 1990 Afectación Social y/o Emocional Carvajal-Carrascal y Caro-Castillo, 2009; Weiss, 1973 Aspectos afectivo y cognitivo Heinrich y Gullone, 2006 Crónica, Situacional o Transitoria Young, 1982 Primaria o Secundaria Brown, 2005
112 4.3.2. Instrumentos de evaluación En la actualidad, el BPS puede ser evaluado mediante variados métodos, técnicas e instrumentos, tanto cuantitativos como cualitativos, cuya elección dependerá del marco de referencia y de los objetivos de cada investigación. A modo de ejemplo, Veenhoven (1988) ya recopiló los resultados de más de seis mil estudios científicos de treinta y dos países diferentes. En Vielma y Alonso, (2010) se recuerda que desde entonces, se han usado biografías, historias de vida, auto-descripciones, entrevistas en diferentes modalidades, encuestas, cuestionarios y otros instrumentos para evaluar uno o varios componentes del bienestar psicológico, como la Escala de Bienestar Psicológico (EBP; Sánchez-Cánovas, 1994), Satisfaction with Life Scale (SWLS; Diener, 1984), la Escala para evaluar el Nivel de Bienestar Psicológico en Adultos (BIEPS-A; Casullo, 2002), la Escala para evaluar el Nivel de Bienestar Psicológico en Adolescentes (BIEPS-J; Casullo, 2002), o las Escalas de Bienestar Psicológico y de Factores Multidimensionales del Bienestar Subjetivo (SPWB; Ryff, 1989b), la versión adaptada de esta escala elaborada por van Dierendonck (2004) y la reducida y adaptada al castellano de Díaz y cols. (2006). Keyes y cols. (2002) encontraron correlaciones positivas entre las medidas de Bienestar Psicológico y las de Bienestar Subjetivo. El análisis de factores confirmatorio llevó a la conclusión de que el modelo que mejor describe el concepto de bienestar desde una perspectiva de funcionamiento global, es el que incluye el factor de bienestar psicológico con seis dimensiones y un factor de bienestar subjetivo con tres dimensiones (afecto positivo, afecto negativo y satisfacción con la vida). Entre las escalas más utilizadas para evaluar este concepto, se encuentran: Escala de Bienestar psicológico de Ryff (Díaz y cols., 2006): Con un coeficiente de fiabilidad muy satisfactorio, expone criterios privados de evaluación de un buen funcionamiento psicológico, a través de 39 ítems con continuo de respuesta de 1 (totalmente en desacuerdo) a 6 (totalmente de acuerdo), y explora las seis dimensiones o atributos positivos del bienestar psicológico, según Ryff. Escala de Bienestar social de Keyes (Blanco y Díaz, 2005): Expone criterios públicos e interpersonales de evaluación de un buen funcionamiento psicológico, através de 33 ítems con respuestas desde 1 (totalmente en desacuerdo) hasta 5 (totalmente de acuerdo), y evalúa la percepción que las personas tienen sobre los cinco aspectos del entorno social que facilitan su bienestar psicológico, según Keyes. Con respecto a la evaluación de la Satisfacción con la vida, destacan: Escala de Satisfacción con la vida (Diener y cols., 1985; Bilbao, 2008): Basándose en su definición teórica y puesto que los instrumentos desarrollados hasta el momento constaban de un único ítem, sólo eran apropiados para tercera edad o incluían otros factores además de la satisfacción con la vida, Diener y cols. (1985) crearon esta escala multi-ítem para medirla. El instrumento resultante mostró buenas propiedades psicométricas (Blanco y Díaz, 2005) y se
113 extrajo un único factor. Se compone de 5 ítems y además, solicita indicar el nivel de satisfacción (de 1 = muy insatisfactoria a 10 = muy satisfactoria) con siete aspectos de la vida. Los estudios llevados a cabo en el ámbito de la psicología, con el ánimo de dilucidar cuestiones conceptuales, han relacionado la satisfacción vital con variables psicológicas como la extraversión, la introversión, el neuroticismo, la autoestima, la euforia, la disforia, la sociabilidad y los sentimientos de soledad y felicidad, entre otros (Arrindell, Heesink y Feij, 1999; Atienza, Pons, Balaguer y García-Merita, 2000; Diener y cols., 1985; Harrington y Loffredo, 2001; Lucas, Diener y Suh, 1996; Pavot y Diener, 1993). Los resultados de Martínez y cols. (2004) indican que la satisfacción vital es un concepto más cercano al de calidad de vida que al de salud percibida, ejerciendo mayor peso el funcionamiento psicológico, seguido por el funcionamiento social y en menor grado por el físico. Índice de Satisfacción Vital (LSI-A) de Neugarten, Havighurst y Tobin, (1961; 1996), contiene 20 afirmaciones con valores teóricos de 0 a 20 puntos, que aumentan según el grado de satisfacción con la vida. Aunque el interés por el estudio psicológico de la soledad, se remonta a la década de los cincuenta, es en los ochenta cuando se crean escalas de medida válidas del concepto. Entre ellas, podemos destacar: Escala de Soledad UCLA, creada por Russell, Peplau y Cutrona, en 1980: La definición usada en la escala, enfatiza componentes cognitivos y emotivos; el aspecto cognitivo es la conclusión personal de que se tienen menos relaciones interpersonales o menos recientes de lo deseado y el componente emocional es el tono negativo asociado a esta conclusión, en distinto grado (Solano, Batten y Parish, 1982). Para realizar una medición objetiva de la soledad se ha utilizado ampliamente la Revised UCLA Loneliness Scale (UCLA-R) desarrollada por Russell y cols. (1980). Consiste en una medición autoinformada con validez ampliamente demostrada, se compone de 20 ítems que evalúan sentimientos subjetivos de soledad o aislamiento social y reflejan el grado de satisfacción o insatisfacción con las relaciones sociales. La versión inicial fue desarrollada por Russell, Peplau y Fergusson, (1978), que en estudios con estudiantes informaron una buena consistencia interna y confiabilidad test-retest. La validez concurrente también indicó relación de las puntuaciones de las escalas con otros indicadores de soledad, relaciones sociales y estados afectivos. Adicionalmente, y con respecto a validez de criterio, se ha demostrado que la escala es adecuada para probar diferencias en la experiencia subjetiva de soledad emocional y social (Russell, Cutrona, Rose y Yurko, 1984). Posteriormente, Russell (1996) obtuvo los datos de validez, confiabilidad y dimensionalidad de la escala para la versión 3, desarrollada para tratar de corregir algunas limitaciones de la versión anterior. Se compone de 9 ítems expresados en positivo y 11 en negativo; presenta un amplio uso en muestras de adolescentes y adultos, y buenas cualidades psicométricas. Expósito y Moya, adaptaron el UCLA a nuestro país, y vieron que las personas que tenían puntuaciones altas en su escala, también tenían baja autoestima, ansiedad, depresión, o sentimientos de hostilidad. Escala de Soledad Social y Emocional para Adultos (SESLA-S) de DiTomasso y cols., (2004): Evalúa en adultos la experiencia subjetiva de soledad en tres aspectos, Soledad Social, Soledad Familiar y Soledad Romántica o de pareja. Fue adaptada al castellano por Yaben en 2008,
120 De manera específica, parece especialmente común la identificación del propio yo con sus animales, en varones con “grandes y agresivos perros machos” (Beck y Katcher, 1983). Es importante destacar que los animales de compañía también son víctimas de la crueldad humana, pues se ha evidenciado una relación entre la crueldad hacia los animales, el maltrato a los niños, la violencia doméstica y el aumento de la criminalidad (Ascione, 2005). Un cuerpo sustancial de estudios sugiere que existe correlación entre la crueldad hacia los animales y las conductas antisociales (Heide y Pérez, 2004; Nelson, 2002; Sussman, 1985), incluyendo abuso infantil y violencia doméstica (DeGue y DiLillo, 2009), u otras formas de conducta desviada (Gullone, 2011), como opresión y persecución de subgrupos marginales (Wolf, 2000). En una encuesta realizada por Nelson (2002), el 94% de los psicólogos opinaban que el abuso a los animales estaba relacionado con otros trastornos del comportamento y más de la mitad (55%) se declaraban a favor de su comunicación como derecho animal, siendo las mujeres quienes más apoyaban esta medida. Carlisle-Frank, Frank y Nielsen, (2004), en personas que cometieron violencia doméstica, observaron un patrón también de abuso hacia los animales. En este sentido, tendían a mostrar mucho menos afecto hacia sus mascotas, a verlas como una propiedad, a tener expectativas irreales hacia las mismas, a comunicarse con ellas a través de órdenes y amenazas, a castigarlas a menudo y a mostrarse más sensibles a los estresores de la vida, particularmente si percibían que el animal había sido la causa, e incluso a utilizarlo como “chivo expiatorio”. Asimismo, Nelson (2002) concluyó que la mayoría de los casos de su estudio comprendían violencia física directa hacia las especies más comunes en los hogares (perros y gatos), identificadas como propia mascota por el perpetrador y que además coexistía con otras formas de violencia doméstica (hacia los niños o hacia las mujeres y los niños). Heide y Pérez, (2004) o Gullone (2011), proponen que la crueldad hacia las mascotas y otros animales debe ser un indicador de personas que están en grave riesgo de ejercer violencia hacia sí mismos o hacia los demás, pues la gente violenta hacia los animales también lo es con otras personas (DeViney, Dickert y Lockwood, 1983; Hutton, 1998). A este respecto, el hecho de que la mayoría de abusadores de animales (en Nelson, 2002) fuesen niños o adolescentes varones, también se ha relacionado con los diagnósticos DSM de la infancia y la adolescencia, así como con los trastornos del estado de ánimo. Además, Nelson (2002) recuerda que el abuso animal se ha reconocido como síntoma del Trastorno de Conducta o Disocial, por el DSM, desde 1987 y se ha relacionado con conductas criminales posteriores (Adams, 1994; Kellert y Felthous, 1985; Lockwood y Hodge, 1986). También el estudio de Moulton (1987), informa de que la crueldad hacia los animales en la infancia se había dado en un grado significativo de población de criminales agresivos. El hecho de que los niños que han sufrido abusos, especialmente físicos o sexuales, tengan mayores probabilidades de ejercer violencia o abusar también de los animales (Ascione, 2005; Becker y French, 2004), puede estar relacionado con que los modelos de abuso animal se transmiten a los niños y aumentan la probabilidad de crearlos en nuevas generaciones, al fallar su desarrollo de la empatía (Ascione, 1992, 1993; Flynn, 1999). En este sentido, Ascione, Weber y Wood, (1997) encontraron que los niños que habían presenciado malos tratos hacia sus madres, tenían más probabilidad de maltratar animales de compañía (DeViney y cols.,
121 1983). Raupp (1999) añade información al respecto pues, en una muestra de estudiantes universitarios, observó que la mayoría de actitudes hacia los animales eran positivas, con una alta actitud moral y baja tendencia al dominio y al utilitarismo; sin embargo, también hubo un pequeño porcentaje de personas que vieron maltrato animal en su familia y durante su infancia, incluso como forma de castigo a través de la separación temporal de su mascota, su abandono o daño, lo cual coincidía con las familias con peor atmósfera. Los ítems de potencial abuso a los animales correlacionaban con abuso real posterior y, más que un deseo de agredir, indicaban un tipo de personalidad inflexible y con alta necesidad de control. En definitiva, aunque en algunos estudios no se obtiene significación estadística o la correlación entre actitudes hacia los animales con las medidas de confianza/responsabilidad, cinismo y autoritarismo, resulta muy baja (Tangen, 2008), los hechos llevan a concluir que en casos extremos, como la crueldad hacia los animales, ésta debe ser un diagnóstico precoz de problemas emocionales en la infancia, y debe tener valor predictivo para determinar la probabilidad de conducta agresiva en la vida adulta (Mead, 1964). Cambiar esta tendencia a través de la educación y la revisión de esos fuertes modelos educativos en la infancia es de suma importancia (Sussman, 1985), pues se ha visto que las relaciones animal-humano positivas pueden ser factores protectores para los niños y adultos que han experimentado violencia u otro tipo de aislamiento (Castelli, Hart y Zasloff, 2001). 5.1.2. Tenencia de animales de compañía y personalidad Algunos estudios sugieren la existencia de una relación entre los perfiles de personalidad de los individuos y sus mascotas, basándose en el hecho de que, si el principio de la atracción de lo similar afecta a las preferencias sociales humanas en general (attraction-similarity hypothesis, p.e. Morry, 2005), es probable que también lo haga en las preferencias de animales, por lo que las personas tenderán a elegir aquellas mascotas que le resulten más atractivas de acuerdo a sus rasgos de personalidad. En este sentido, y según Coren (1998), la mejor combinación dueño-perro también se da cuando la personalidad del dueño encaja con las características conductuales del animal. Connell y Brown, (2011) por su parte, encontraron que los dueños de mascotas más tendentes a antropomorfizarlas, tenían personalidades más agradables; y Zeigler-Hill y Highfill, (2010) también hallaron que si los dueños percibían el nivel de calidez similar a la propia en sus mascotas, estaban más satisfechos con ellas. Asimismo, estudios como el de Turcsán y cols. (2012) encuentran relaciones significativas entre dueños y perros en las cinco dimensiones de personalidad, según el modelo Big Five, de modo que los dueños percibían a sus mascotas de forma similar en dichas dimensiones. En ellas destacaban la máxima correlación cuando sólo se tenía un perro, el neuroticismo cuando el perro era el único o el primero que se tenía, y la extraversión cuando el animal era también el único o el segundo. Con respecto al lugar de residencia, se relacionó con el factor responsabilidad en una de las dos muestras del estudio, aunque el tiempo de tenencia no afectó en ninguno de los casos. Por otro lado, Podberscek y Serpell, (1997) mostraron que los dueños de perros con fuerte agresividad, eran menos estables emocionalmente, menos disciplinados y más tímidos y tendentes a la tensión que los dueños de perros menos agresivos.
122 Por otra parte, también se han realizado estudios para comparar las personalidades de dueños de diferentes especies de animal, sobre todo perros y gatos. Algunos de estos estudios, aunque no todos (p. e. Gosling, Sandy y Potter, 2010; Johnson y Rule, 1991; Martínez y Kidd, 1980; Podberscek y Gosling, 2000) encuentran diferencias entre personas que prefieren perros o gatos, al menos en algunos rasgos, como extraversión (Edelson y Lester, 1983; Gosling y cols., 2010), neuroticismo (Gosling y Bonnenburg, 1998; Gosling y cols. 2010), amabilidad, responsabilidad o apertura (Gosling y cols. 2010), masculinidad o independencia (Perrine y Osbourne, 1998). Comparando dueños de animales menos comunes o más exóticos, Hergovich, Mauerer y Riemer, (2011) hallaron diferencias en los rasgos de personalidad de dueños de mascotas tradicionales (perros y gatos) en comparación con los dueños de animales menos comunes, de sangre fría o exóticos (peces, reptiles, arañas o insectos), aunque en la misma línea que en estudios precedentes y como otros del área (Kidd, Kelley y Kidd, 1983), quienes vieron que los dueños de caballos eran menos cálidos y cuidadores, los de tortugas más trabajadores y confiables, mientras que los dueños de serpientes eran poco convencionales y propensos a buscar la novedad. Estos autores también encontraron efectos en cuanto al género, pues las mujeres dueñas de perros y gatos puntuaron significativamente menos en apertura a la experiencia, que mujeres dueñas de animales exóticos u hombres dueños de perros o gatos. Otras investigaciones han encontrado diferencias en la personalidad de los dueños de mascotas en comparación con los no dueños. Algunos asocian la tenencia de animales de compañía con menor independencia Guttmann (1981), otros como Parslow y cols. (2005), con mayores niveles de psicoticismo. Ragatz, Fremouw, Thomas y McCoy, (2009) encuentran, más concretamente, que los dueños de perros agresivos tendían a presentar mayor psicopatología primaria, puntuando más alto en rasgos asociados con psicopatía, que los dueños de otras razas o los no dueños. Estos autores también hallaron que los dueños de perros peligrosos presentaban más impulsividad y búsqueda de sensaciones, que los no dueños, un rasgo asociado con la extraversión de Eysenck. También Egan y MacKenzie, (2012) informaron que las personas con baja amabilidad y altos neuroticismo y conciencia, preferían perros de razas más agresivas. Igualmente, Wells y Hepper, (2012) encontraron una relación significativa entre los dueños de perros de razas agresivas y las puntuaciones en psicoticismo. Barnes y cols. (2006) y Ragatz y cols. (2009), ya habían afirmado que los dueños de perros peligrosos eran más tendentes que los dueños de otros perros o los no dueños, a tener comportamientos violentos. Por ello, a la luz de los resultados que relacionan personalidad agresiva y elección de perros agresivos, se explica la mayor preocupación de los últimos años por la adquisición de los llamados “canes de estatus” (Rottweilers, Akitas…), temiendo que esas razas se usen para aumentar reputación o para realizar actividades ilegales, como las peleas de perros (Maher y Pierpoint, 2011). Por tanto, estos estudios sugieren, aún con necesidad de mayor investigación, que la elección de raza depende en cierto grado de las características psíquicas del dueño, si bien Wells y Hepper, (2012), apostillan que se desconoce si los cuidadores con psicoticismo tienen realmente más éxito que otros, cuando eligen a su animal de acuerdo a este tipo de rasgos.
123 Aunque algunos estudios no han encontrado diferencias significativas entre dueños y no dueños en algunas variables como extraversión (Cameron y Mattson, 1972; Johnson y Rule, 1991), dominancia (Perrine y Osbourne, 1998) y autoaceptación (Martínez y Kidd, 1980), son numerosos los que encuentran más características positivas en la personalidad de los dueños de animales de compañía en general, que en los no dueños (Joubert, 1987; Kidd y Feldman, 1981; Paden-Levy, 1985). Así, por ejemplo, se ha encontrado relación negativa entre la tenencia de animales y la personalidad neurótica (Blender, 2010; Paden-Levy, 1985) y antisocial (Brown, 2000). También se ha visto mayor sociabilidad en los dueños de mascotas (Joubert, 1987), además de autosuficiencia (Kidd y Feldman, 1981), y sensibilidad (Hyde y cols., 1983). Además, Perrine y Osbourne, (1998) encontraron diferencias en grado de autoaceptación, autoestima, sociabilidad, extraversión y neuroticismo. Por su parte, Connell y Brown, (2011) vieron que los dueños de mascota presentaban más responsabilidad y extraversión, junto a estilos de afrontamiento menos preocupados y temerosos. Finalmente, los mismos autores encontraron que la gente con personalidades más sanas, tendían a extender sus competencias sociales generales también a sus animales, sin menoscabo de sus relaciones con otras personas significativas sino, más bien al contrario, como un complemento. 5.1.3. Vínculo con los animales de compañía y personalidad Otro aspecto en el que se ha indagado con respecto al vínculo hombre-animal, ha sido su relación con distintas variables de personalidad (Cavanaugh y cols., 2008; Eaves, 2006) como apertura y responsabilidad en el cuidado de la mascota. En el estudio de Hung y cols. (2011), buscando los motivos de los dueños de animales para llevárselos de viaje, se encuentra que el vínculo cercano entre dueño y animal, así como un cierto tipo de personalidad con mayor auto-consciencia, extraversión y habilidades de comunicación positivas, aumentan las probabilidades de viajar juntos. A este respecto, ya Poresky y cols. (1987) afirmaron que viajar con la mascota muestra un importante grado de vínculo o intimidad entre ambos, aunque sea más complicado que viajar con personas (Miller y Howell, 2008). También se ha visto que personas que han podido elegir su animal de acuerdo a sus preferencias personales, establecen mejor vínculo que si otra persona lo eligió por él (Kogan y Viney, 1998). Y de manera específica, quienes tienen o eligen el perro como su animal favorito forman mayor apego que quienes prefieren el gato (Johnson y cols., 1992). Aunque exista la creencia de que las personas que desarrollan un fuerte vínculo hacia sus animales de compañía, poseen características de inmadurez o debilidad emocional (Serpell, 1986, 1987), Archer (1997) argumenta que el apego hacia los animales de compañía está demasiado extendido en la población y se viene desarrollando desde hace tantos siglos, que no puede corresponderse únicamente, con una respuesta anormal en algunas personas. En poblaciones especiales, Brown (2000) pudo ver que los modelos internos sobre las mascotas de los delincuentes juveniles fueron influidos por la calidad de sus apegos hacia sus animales en la infancia, pero no se relacionaron significativamente con sus rasgos de personalidad (social o antisocial), por lo que este estudio no pudo apoyar la idea de que los apegos hacia los animales de compañía en la infancia lleven al desarrollo social saludable y provean seguridad ante los estresores. Para explicar la falta de hallazgos significativos, Brown afirma que son
124 varias las influencias biopsicosociales que conducen a los rasgos de personalidad antisocial y que es probable que sustituyan el impacto positivo del vínculo con una mascota en la infancia. Sin embargo, en población general sí se ha encontrado que la personalidad del dueño juega un papel significativo en el desarrollo del vínculo humano-animal (Bagley y Gonsman, 2005), aunque la calidad del mismo parece ser independiente del estilo de apego del dueño (Endenburg, 1995) o del tipo de mascota (Stallones y cols., 1990). Lo que sí parece evidente, es que existe una relación recíproca entre las necesidades del dueño y las características del animal. Cavanaugh y cols. (2008) analizan cómo ambas personalidades (dueño y perro) influyen en la satisfacción con su relación, además de cómo la cercanía entre ambos influye en el bienestar del dueño; por lo que corroboran algunos resultados de la literatura sobre las relaciones y la personalidad humana en general, y destacan aspectos únicos del apego humano-animal. Existen varios factores que influyen en la fortaleza del apego humano-animal, entre los cuales se incluyen las características conductuales de la mascota (Houpt, Honig y Reisner, 1996; New y cols., 2000), los estilos de vida (Arkow y Dow, 1984), y las diferencias individuales del dueño (Brown y Katcher, 2001; Kidd, Kidd y George, 1992a, 1992b). Algunos estudios sobre adopciones fallidas, han encontrado como razones más frecuentes los problemas de comportamiento del animal o expectativas irreales acerca del mismo (Arkow y Dow, 1984; Houpt y cols., 1996; Kidd y cols., 1992a, 1992b; New y cols., 2000). Por ello, estudios como Hart y Hart, (1984) afirman que la búsqueda de rasgos comportamentales en las mascotas adaptados a la personalidad de los dueños, si bien no son la única variable, ayudan a optimizar el proceso de adopción y predecir un vínculo mayor. Lo mismo se sugiere a la hora de seleccionar animales para aumentar los beneficios en terapias (Bustad y Hines, 1984). Brown (1984), estudiando las influencias de la personalidad en las interacciones con perros y caballos, vio que la calidad de las relaciones afectivas dependía de las necesidades de dominio de los dueños pues, quienes presentaban mayor dominancia tenían relaciones más punitivas con sus mascotas y quienes requerían menor dominio mostraban mayor afecto. Podberscek y Gosling, (2000) aplicaron el modelo de los cinco factores de la personalidad humana al estudio de varias especies, en el que aparecieron factores (atrevido/tranquilo y cálido/cruel) consistentes con las dimensiones que se superponían en el eje de control y afiliación. Gosling, Kwan y John, (2003) informaron que las diferencias de personalidad en perros fueron detectadas y juzgadas como las humanas. Por tanto, los atributos de personalidad deben de provenir de diferencias en el comportamiento social de las mascotas, especialmente en las conductas interactivas en gatos y perros. Eaves (2006), a través de inventarios de personalidad, escala de comportamiento canino, nivel de apego y compromiso con el perro, conducta del nuevo perro en casa, y cuestiones sobre la experiencia cuidando mascotas, encontró una relación positiva entre gregarismo-sociabilidad en las personas y agresión en los perros, relación negativa para la confianza en las personas y ansiedad de separación en los perros, así como entre calidez y agresión. Los análisis discriminantes no pudieron predecir éxito en los acoplamientos entre personalidad humana y
125 temperamento canino, pero sí se encontró relación positiva entre apertura y responsabilidad y el nivel de apego hacia la nueva mascota, así como entre apego y tenencia de perro, lo cual implica que dicho rasgo debe ser importante a la hora de mantener el vínculo dueño-animal. Del mismo modo, Woodward y Bauer, (2007) confirman la relación positiva entre complementariedad interpersonal y apego con el animal de compañía, examinando dicho vínculo a través del modelo circunflejo de personalidad. Es decir, que el ajuste entre las necesidades del dueño y la personalidad de la mascota (más que el tipo) es el mejor predictor de apego entre ambos. Así, por ejemplo, los gatos fueron vistos por sus dueños como más hostiles que los perros, y los perros como más amigables y sumisos, siendo también la autoidentificación de los dueños de perros de menor hostilidad y mayor sumisión que la de los dueños de gatos. Estos hallazgos fueron consistentes con la publicación de Gosling y Bonnenburg, (1998) y Gosling y cols. (2010), en la que los dueños de gatos presentaban mayor neuroticismo (rasgo asociado con la hostilidad) que los dueños de perros. La confirmación de la teoría circunfleja sugiere que los dueños buscan complementariedad con sus animales en los ejes de control y afiliación. Es decir, la “gente gato” buscaría animales hostiles o distantes (correspondencia) que sean también bajos en sumisión (reciprocidad), y la “gente perro” animales con baja hostilidad (correspondencia) y elevada sumisión (reciprocidad). Por tanto, los resultados del estudio demostraron que la complementariedad entre el estilo interpersonal del dueño y la mascota fue un predictor significativo del apego. Hardison (2008), también exploró si el ajuste entre las expectativas del dueño y los atributos del perro afectaban al vínculo. Las discrepancias entre el animal ideal y el actual fueron relacionadas negativamente con las medidas de apego para cuatro categorías convencionales de compatibilidad entre dueño y perro (características físicas, estilo de vida, habilidades y personalidad) y para seis categorías o metas sociales adicionales (desarrollo de amistad, protección, apariencia agradable, provisión de beneficio para los niños, niños subrogados y gestión emocional), en los participantes que consideraron dichas metas como importantes. Por otro lado, la complementariedad puede mejorar, y ello se aprecia en el hecho de que aumenta el número de dueños que entrenan a sus mascotas en centros especializados para evitar conductas indeseables (Rooney y Cowan, 2011; Yin, Fernandez, Pagan, Richardson y Snyder, 2007), ya que existe evidencia de que el entrenamiento influye en el vínculo, modulando la expresión de comportamientos de apego en los perros hacia sus dueños, (Fallani, Previde y Valsecchi, 2006, 2007; Valsecchi, Previde, Accorsi y Fallani, 2010). En conclusión, como señala Walsh (2009a), los estudios sobre el vínculo con los animales de compañía suelen comparar dueños y no dueños sin abordar las dinámicas interacciones con otras variables, al tiempo que difieren en sus enfoques, muestras, características sociodemográficas, etapas vitales, tipos de animales, duración de las relaciones, etc. Por ello, es necesaria mayor investigación para entender mejor el significado del apego hacia los animales de compañía y sus interacciones con otras variables clave. Por ejemplo, es preciso incluir medidas cualitativas sobre el significado subjetivo del apego con diferentes tipos de animales, preferencias personales o situaciones vitales. Y como Daly y Morton, (2003)
126 proponen, en el futuro sería interesante estudiar la naturaleza del vínculo humano-animal, su relación con la personalidad y otros constructos como comportamiento prosocial, compasión, autoestima, autocontrol, autonomía, afecto, estrés, responsabilidad y quizá inteligencia emocional, trayectoria profesional y servicios a la comunidad. 5.2. ACTITUDES, TENENCIA Y VÍNCULO CON LOS ANIMALES DE COMPAÑÍA Y RECURSOS PSICOLÓGICOS 5.2.1. Actitudes hacia los animales de compañía y empatía Con respecto a la empatía, los estudios muestran correlaciones entre actitud positiva hacia las mascotas y esta variable, como en Ellingsen y cols. (2010), en Morovati y cols., (2008) o en Taylor y Signal, (2005), quienes obtuvieron relaciones positivas entre las actitudes hacia los animales de compañía y los niveles de empatía en estudiantes de psicología y sociología. También Ascione (1992, 2005) y Daly y Morton, (2003, 2006) concluyen que los niños que muestran actitudes positivas hacia los animales de compañía, son más empáticos que los que muestran actitudes negativas o menos actitudes positivas; o Poresky quien en 1990, vio que el nivel de empatía de preescolares hacia otros niños correlacionaba con su empatía hacia las mascotas. Asimismo, Al-Fayez y cols. (2003) vieron que los adolescentes con actitudes positivas hacia las mascotas presentaban mayor empatía y sensibilidad. En esta línea, igualmente encontramos investigaciones en contextos evolutivos y de formación, que confirman las relaciones entre las actitudes positivas hacia los animales de compañía, su cuidado y el desarrollo de la empatía, ampliando el campo de las posibilidades educativas. Así, en 1884, Angell (en Ascione, 1992, 1997), ya propuso que si se enseñaba a los niños a ser bondadosos con los animales, esta actitud positiva se generalizaría e influiría en el desarrollo de la amabilidad hacia las personas. Con posterioridad, diversos estudios sugieren que los animales pueden mejorar las actitudes humanas y propiciar el desarrollo de la empatía o habilidades relacionadas (Ascione, 1992, 2005; Ascione y Weber, 1996; Levinson, 1978; Thompson y Gullone, 2003). En este sentido, Ascione y Weber (1996) observaron en un grupo de niños de un programa educativo sobre el respeto a los animales, que mantenían una actitud mucho más respetuosa hacia los mismos que el grupo de control, incluso un año después. Además, vieron que generalizaban un sentimiento de empatía también hacia las personas. George (1999) por su parte, afirmó que el contacto directo con mascotas y con animales de granja podía ayudar a los niños a desarrollar actitudes de cuidado hacia los animales, extensibles al desarrollo de la empatía en general. Un ejemplo lo constituye Nicoll, Trifone y Samuels, (2008), en el que alumnos de primaria mostraron un aumento significativo de actitudes positivas hacia los animales, tras su participación en clases de educación en las que se incorporaban visitas regulares de animales de terapia, en comparación con los alumnos que no participaron en dicho programa. Investigaciones más recientes siguen hallando resultados en la misma línea, como Bexell, Jarrett y Ping, (2013), en la cual se comprobó que la participación en un campo de educación
127 para la conservación, cambiaba positivamente el conocimiento de los niños sobre cómo proteger animales, cuidarlos, orientarse al gobierno ambiental y de la fauna, así como la conducta compasiva hacia los animales y la naturaleza. Los resultados revelaron aumentos significativos en conocimiento, cuidado, propensión a la acción y empatía. La misma tendencia hacia el aumento de la empatía y actitudes positivas, se halla en otros contextos, como en el campo de las Actividades Asistidas por Animales de Compañía (AAC) o en intervenciones con mascotas virtuales. Por ejemplo, jóvenes que participaron en un proyecto para entrenar a sus animales de compañía y realizar AAC en ancianos dependientes, revelaron actitudes más positivas hacia sus animales, un vínculo más fuerte hacia ellos y mayor empatía hacia la gente (Miller, 2010). En cuanto al juego con mascotas virtuales, en Tsai (2008) se vio que después de tres semanas de juego interactivo, las puntuaciones en el Bryant Empathy Index y en el Intermediate Attitude Scale aumentaron significativamente entre los niños participantes, permaneciendo estables semanas después. También correlacionaron sus tiempos de juego con la mascota virtual y los tiempos dedicados a actividades de cuidado con la actitud positiva. Por tanto, además de la interacción, la actitud positiva hacia un animal de compañía virtual se confirmó relacionada con los niveles de empatía y con su incremento posterior. Para finalizar, y en lo que respecta a la salud de los propios animales, algunos estudios se preguntan por las actitudes o creencias en la capacidad de los animales de sufrir algún tipo de duelo. Considerándolo como una respuesta biológica de separación en forma de protestadesesperación, McGrath, Walker, Nilsson, y Phillips, (2013) afirman que es razonable asumir que los animales con apegos sociales complejos pueden desarrollarlo, que algunos animales de granja y de laboratorio experimentan estrés como resultado de la separación de su madre y de la soledad social, y abogan por la educación para sensibilizar en las prácticas de separación de los animales, mejorando su bienestar. También confirman que el conocimiento de la población general apoya o incluso va más allá de estos datos científicos, pues la mayoría de las personas piensan que algunos o incluso todos los animales pueden experimentar duelo, atribuyendo más capacidad y habilidades cognitivas, a los animales de compañía. 5.2.2. Tenencia de animales de compañía, empatía y autoestima La literatura parece sugerir que el contacto directo y el cuidado de animales, influye positivamente en las actitudes de los niños hacia los mismos y en el desarrollo de la empatía hacia otras personas (Paul y Serpell, 1992). Levinson (1978) ya concluyó que la cercanía con los animales puede reducir la alienación, basándose en el argumento de que la gente y los animales de compañía han convivido desde hace miles de años y que en los niños, cuidar a los animales puede promover la autoestima, el autocontrol, la autonomía y la empatía. En este sentido, Poresky y Hendrix, (1990) concluyeron que la tenencia de animales domésticos por parte de niños estaba muy asociada a un buen desarrollo social que afectaba a su competencia en esta área, a su empatía y cooperación. Asimismo, Melson (2003) vio que los niños con animales de compañía son más empáticos que los niños sin mascota, y menos ansiosos y retraídos cuando se mudan a un nuevo barrio o escuela. Por tanto, en muchas ocasiones las
128 interacciones con los animales sirven como elementos de construcción del desarrollo del yo y de las relaciones sociales (Walsh, 2009a). Otras investigaciones también sugieren que tener animales de compañía puede ser un medio efectivo para aumentar las conductas de cuidado en niños y niñas (Melson, 2003; Melson y Fogel, 1996, 1989), pues dicho cuidado ofrece la oportunidad de experimentar diferentes emociones y sentimientos (Covert y cols., 1985; Rost y Hartmann, 1994; Melson, 2003; Myers, 1998; Nielsen y Delude, 1989), además de aprender importantes herramientas sociales, emocionales y del lenguaje, como la adopción de roles y de otras perspectivas (Levinson, 1978; Myers, 1998), por lo que se favorece el desarrollo de la empatía y la responsabilidad hacia el cuidado de los demás (Ascione, 1992, 2005; Ascione y Weber, 1996; Levinson, 1972, 1978, Myers, 1998). Por su parte, Myers (1998) destaca, entre esos roles que los animales favorecen practicar y que se desarrollarán en la vida adulta, el de cuidador. Cuando se trata del tipo de animal, parece que también hay diferencias, así, por ejemplo, Daly y Morton, (2003) mostraron mayor relación entre la tenencia de perro, en comparación con gato, y empatía, si bien estos mismos autores en 2006 no encontraron tales diferencias, aunque sí entre dueños y no dueños de mascota. Tsai (2008) añadió que aunque los niños que se habían encargado de cuidar un animal mostraban mayores niveles de empatía, eran las niñas las que la presentaban más alta; sin embargo, cuando la intervención y cuidados se enfocaban hacia una mascota virtual (perro), se promovía el desarrollo de la empatía por igual, tanto en niñas como en niños. De este modo, los participantes informaron de que las actividades con su mascota virtual les sirvieron como práctica de herramientas conducentes a la empatía, destacando las conductas de cuidado, experimentación de emociones, así como adopción de otras perspectivas y roles. En cuanto a la población adulta, si bien los estudios son menores, también parece que los dueños de animales muestran mayor sensibilidad social y confianza interpersonal que los no dueños, con diferencias significativas en cuanto al sexo (Hyde y cols., 1983). Daly y Morton, en 2009, se proponen aumentar los estudios sobre este tema, investigando las respuestas de empatía en los adultos que vivieron con gatos y/o perros en su infancia y en la actualidad, obteniendo varias conclusiones: Las personas que tuvieron perro, o perro y gato en la infancia, obtuvieron menos reactividad interpersonal y más empatía que las personas que no tuvieron mascota en su niñez. Y los que poseían perro en la actualidad, presentaron menores niveles de estrés y mayores herramientas sociales que los que no tenían mascota o tenían sólo gato. Taylor y Signal, (2005) por su parte, también obtuvieron correlaciones significativas entre la tenencia de animales de compañía, actitudes positivas hacia las mascotas, género y empatía. Ellingsen y cols. (2010), encontraron relaciones positivas entre ser dueño de perro y la capacidad de detectar el dolor en los mismos. Finalmente y como dato anecdótico, Connell y Brown, (2011) también hallaron que los dueños de mascotas que eran más tendentes a antropomorfizarlas, las dotaban de más emociones empáticas.
129 5.2.3. Vínculo con los animales de compañía, empatía y autoestima Algunos de los pioneros que mostraron el valor de la relación humano-animal, reconocieron que los animales proveían caminos para construir empatía, entendimiento mutuo, sentimientos de aceptación, socialización o habilidades de cuidado (Brooks, 2006). Autores como Kwan y Bain, (2013) también observaron que los dueños más apegados a sus mascotas tendían a abandonarlas menos cuando existía algún tipo de problema de conducta, frente a los dueños con menor vínculo. Alguna investigación puntual no obtuvo conclusiones en la línea, como Daly y Morton, (2003), quienes encontraron mayor empatía en dueños de perros que de gatos, pero no hallaron relación entre la empatía en general y el vínculo con sus animales en niños dueños de mascota. Sin embargo, la gran mayoría de estudios corroboran la importancia de tal variable. Incluso los mismos autores posteriormente (Daly y Morton, 2006), vieron que quienes estaban más fuertemente vinculados con sus animales de compañía también presentaban actitudes positivas hacia los mismos, conclusión que podríamos equiparar con cierta sensibilidad o empatía. Como ya apuntó Melson (2003), las mascotas aumentan la empatía de los niños; muchos pueden aprender a leer su lenguaje corporal y las ven como sus pares. Este apego contribuye a mejorar el ánimo, aumentar la confianza y la empatía también con humanos (Melson, 2003; Serpell, 2008). Autores como Soares (1985) han visto asimismo, que beneficios de la relación con el animal de compañía, como empatía en el caso de los niños, aumentan cuando su mascota es considerada un “miembro de la familia”. Levine y Bohn, (1986) informaron que en familias con mascota percibida de tal modo, es decir, con mayor apego, ésta ayudaba a aprender herramientas importantes en los niños, como paciencia y autocontrol, quienes también mostraban más sentimientos de competencia, autoestima y empatía hacia otros adultos (Bryant, 1986, 1990; Malcarne, 1986). Poresky y Hendrix ya habían transmitido la idea de que la influencia positiva de las mascotas en el desarrollo de la empatía en los niños no dependía tanto de su presencia en el hogar como de la cercanía o el apego entre ellos. Así, Poresky, en 1990, encontró que la empatía hacia otros niños correlacionaba con la empatía hacia las mascotas, y que quienes presentaban apego elevado hacia su animal también mostraron más empatía que quienes no tenían mascota. Dicha afirmación fue igualmente apoyada por otros autores, como Vidovid, Štetid y Bratko, (1999), quienes vieron que los niños que obtenían puntuaciones por encima de la media en apego hacia sus animales, presentaban puntuaciones significativamente superiores en empatía y orientación prosocial, cuando se comparaban niños sin mascota o con menores puntuaciones en vínculo. También Bierer (2001) encontró que los niños que tenían un fuerte apego con sus perros obtenían mayores puntuaciones en empatía, en comparación con niños sin perro. Asimismo, Paul (2000) halló correlaciones significativas entre la intensidad de las relaciones de los niños con sus mascotas, su conciencia hacia el bienestar de los animales y la empatía con los humanos. Las investigaciones sobre el desarrollo de la empatía y el vínculo con los animales de compañía también han encontrado diferencias de género, relacionando los mayores niveles de vínculo con sus mascotas y de empatía, en las chicas que en los chicos (p.e. Vidovid y cols., 1999), incluso si la mascota era virtual (Tsai, 2008). Igualmente, Rost y Hartmann, (1994) hallaron que
136 Pero los beneficios en salud psicológica o mental, como bienestar emocional, ansiedad o depresión, no quedan como apunte anecdótico, sino que también son numerosos los estudios que parecen concluir la existencia de cierta relación entre la tenencia de animales de compañía y alguno o varios de estos estados, tal como exponemos a continuación. En este sentido, Siegel (1990) ya propuso que los animales de compañía influyen en varios procesos psicológicos, que a su vez pueden interaccionar con la salud física, como menos visitas médicas en épocas de eventos vitales negativos que las personas sin mascota. Straede y Gates, (1993) vieron que los dueños de gatos de su estudio expresaban tener mejor salud psicológica general que los participantes sin animal de compañía. Barba (1995) expuso que la interacción con el animal de compañía se asociaba con beneficios psicológicos como la sensación de mayor felicidad, relajación, seguridad y afecto. Para Cutt y cols. (2008a,b,c) o McNicholas y cols. (2005) poseer una mascota también aumenta el bienestar físico y psicológico. Kellert y Wilson, (1993) destacan el efecto de calma de los animales en las personas, al igual que Allen y cols. (1991); Fritz y cols. (1995, 1996); Kidd y Kidd, (1999); Soares (1985); Sussman (1985) o Siegel (1990), para quienes tener animales de compañía ayuda a reducir la ansiedad o el estrés, además de la sintomatología psicosomática que suele asociarse al mismo (Bergler, 1992). También se informó de contribución a la reducción de ansiedad y estrés en animales concretos, como perros, en el estudio de Hardison (2008), o en Kidd y Kidd, (1999) donde los dueños de peces identificaron menor estrés y mayor relajación, como beneficios de tener un acuario. Adicionalmente se ha encontrado que los animales de compañía promueven pequeñas elevaciones del ánimo diario, aumentando la felicidad (Miller y cols., 1992; Schaefer y cols., 1981; Horn y Meer, 1984). Este tipo de beneficio también se ha visto en épocas de estrés, en las que los animales son una ayuda para toda la familia (Bryant, 1990; Hall y cols., 2004). De tal forma que muchas personas refieren que sus animales son muy importantes para ellos, pero los estiman aún más si cabe, en periodos de crisis o cambios vitales (Allen, 1995), incluso parece que una mayoría han adquirido animales de compañía tras experiencias de este tipo, como traslados, separaciones, divorcios o muertes (85% en Cain, 1985). Por ello, las mascotas pueden proporcionar seguridad (Sable, 1995), confort y estabilidad, además de protección, amor y aceptación o apoyo incondicional (Lagoni y cols., 1994; Peretti, 1990; Sharkin y Bahrick, 1990; Soares, 1985; Zasloff y Kidd, 1994), dando soporte emocional (Chur-Hansen y cols., 2010; McConnell y cols., 2011), correlacionando con actitud positiva hacia uno mismo y hacia los demás (Cusack y Smith, 1984), y aumentando los sentimientos de autovalía y autoestima (Connell y Brown, 2011; Triebenbacher, 1998; Sable, 1995; Siegel, 1990; Vormbrock y Grossberg 1998; Wells, 2007), además de reducir sentimientos de depresión (Garrity y cols., 1989; Jessen y cols., 1996; Triebenbacher, 1998; Siegel, 1990; Vormbrock y Grossberg 1998; Zasloff y Kidd, 1994). Por otro lado y en situaciones diferentes, Fritz y cols. (1996) descubrieron que en mujeres de mediana edad cuidadoras de mujeres con Alzheimer, aquéllas cuyas pacientes fueron
137 expuestas a animales de compañía, tuvieron significativamente menos puntuaciones de sobrecarga que las cuidadoras cuyas pacientes no tuvieron contacto con dichos animales. De manera similar, hombres cuidadores de mujeres con Alzheimer que estuvieron en contacto con animales de compañía, tuvieron mayores puntuaciones en satisfacción con la vida que aquéllos cuyas pacientes no tuvieron contacto con ningún animal. Estos resultados sugieren que los efectos de una mascota en pacientes con esta enfermedad pueden influir asimismo en quienes los cuidan, recordándonos la idea de que los animales de compañía parecen tener influencia positiva, también en personas que se encuentran en situaciones especiales. La salud entendida como calidad de vida ha sido igualmente estudiada por distintos autores. Lewis y cols. (2009) lo hicieron mediante la escala WHOQOL-BREF, que incluye cuatro dominios (físico, psicológico, social e instrumental), y encontraron que los dueños de perros informaban significativamente de mayores puntuaciones en calidad de vida física, y que tener un animal distinto a perro o gato estaba ligado con mayores puntuaciones en el dominio social. En otros estudios, ser dueño de perro también estaba relacionado con efectos beneficiosos en calidad de vida física, consistentes con investigaciones previas en las que los dueños de estos animales eran más activos y tenían mejor salud de este tipo que los no dueños (Bauman y cols., 2001; Cutt y cols., 2008a,b,c; Siegel, 1990; Serpell, 1991). El estudio de Lewis y cols. (2009) concluyó que los efectos de la tenencia de animales de compañía eran independientes de estar a cargo de su cuidado, ya que tener un animal en casa era suficiente. Dichos autores tampoco hallaron ningún efecto en los dueños de mascotas en salud psicológica, y esto difiere de los resultados de estudios previos en los que sí se objetivó mejora en este sentido (Straede y Gates, 1993), así como en bienestar (Cavanaugh y cols., 2008), en este caso relacionado con el tiempo de tenencia de perro. Del mismo modo, en McNicholas y cols. (2005) y Podberscek (2006) los dueños de animales de compañía informan de beneficios en su bienestar, como afecto continuo y recíproco, y sentido de protección. Arkow (2011) por su parte, añade que ofrecen afecto incondicional, calidez, oportunidades para divertirse entre los problemas diarios y sentimientos de que alguien los necesita. Otros estudios por el contrario, han sugerido que existe poca o ninguna relación entre los animales de compañía y el bienestar psicológico (Wells y Rodi, 2000), midiendo puntuaciones de satisfacción en varios aspectos de las vidas de sus dueños, en la vida en general y en felicidad total (Raina y cols., 1999). De este modo, Siegel (1993) concluyó que mientras hay una tendencia para los más cuidadosos estudios en mostrar ventajas de la tenencia de animales (p.e. Friedmann y cols., 1980; Garrity y cols., 1989; Siegel, 1990), al menos una investigación (Ory y Goldberg, 1983) no encontró influencia de la tenencia de animales en la salud, y otros trabajos informan de resultados negativos de salud mental asociados con la tenencia de animales de compañía, p.e. Müllersdorf y cols. (2010). Éstos incluyen la exacerbación de síntomas psicológicos (Wisdom, Saedi y Green, 2009), como mayores informes de depresión (Antonacopoulos y Pychyl, 2010; Fritz y cols., 1996) o aumento de los niveles de estrés emocional (Stallones y cols., 1990). Otros estudios han sugerido que es la responsabilidad del cuidado de un animal la que está relacionada con los resultados negativos de salud mental, como mayor aburrimiento (McNicholas y cols., 2005). Parslow y cols. (2005) asimismo, hallaron que los animales de compañía no diferenciaban bienestar físico o
138 psicológico en ancianos en duelo; de hecho, cuidar un animal de compañía se asoció con síntomas de depresión y peor salud física, particularmente en mujeres casadas. Cuando se trata de pasar el duelo por un animal, McCutcheon y Fleming, (2001-2002) encontraron que los dueños cuyas mascotas habían fallecido por muerte natural, experimentaban más duelo global, soledad social y sensación de pérdida de control que los dueños cuyos animales de compañía habían sido eutanasiados. Sin embargo, y por todo lo dicho, es posible que los animales de compañía sí constituyan un apoyo en situaciones de soporte social deficitario, por lo que de nuevo, y como se comentó en el apartado de los modelos teóricos y en los estudios con poblaciones clínicas, antes de concluir rápidamente que los datos de los dueños de animales y la salud son demasiado confusos para desenredar, merece la pena observar un paralelismo entre éstos y los del apoyo social humano. 5.3.3. Vínculo con los animales de compañía y variables de salud Los vínculos emocionales entre humanos y sus animales de compañía afectan a los estilos de vida de consumo, dietas, ocio y decisiones de cuidados de salud (Holak, 2008) y aunque existe una asunción, más o menos implícita, de que el vínculo humano-animal es una forma de apego emocional que presenta los mismos beneficios que los apegos entre humanos (Bonas y cols., 2000; McNicholas y Collis, 2006), históricamente, los vínculos con las mascotas han sido poco valorados e incluso patologizados en el campo de la salud mental. Por tanto, y como hemos visto en los datos introductorios, el potencial valor terapéutico de un animal de compañía ha recibido escasa atención en esta área y se ha encontrado raramente en las referencias de búsqueda. Serpell (2006), ve este hecho como un legado del antropocentrismo que ha dominado el pensamiento occidental y los paradigmas de salud mental. La aseveración “es sólo un animal” ha blindado el significado de ese apego. A partir de la década de los 60, tras la aparición del artículo de Boris Levinson (1962), The Dog as a ‘Co-Therapist’ en Mental Hygiene, y aunque en la misma revista artículos previos ya mencionaban los beneficios de los animales en el entorno familiar (Bossard, 1944, 1950), se ha ampliado la documentación clínica sobre los beneficios psicológicos de la tenencia y vínculo con mascotas. Asimismo, la idea de que fomentar las relaciones con los animales podía ser beneficiosa ya se había puesto en práctica en instituciones durante el siglo XIX (p.e. Tuke, 1811). En 1977 se fundó la “Delta Society” para promover la investigación de las interacciones entre personas y animales así como el uso de mascotas en el cuidado de la salud, marcando pautas para su introducción en tratamientos (McDowell, 2005). En los años 80, la comunidad científica se interesa por estudiar con mayor rigor los beneficios que el vínculo hombre-animal puede suponerles en su bienestar físico y psicológico (Culliton, 1987; Thorpe, Serpell y Suomi, 2011). Así, por ejemplo, Netting y cols. (1987) describen dicho vínculo en términos de la teoría del cambio (las personas continúan sus relaciones sólo mientras los beneficios de las mismas superan los costos) y proponen que la relación con mascotas aporta compañerismo, estimulación sensorial, seguridad y soporte emocional que no juzga, por lo que serían beneficios especialmente importantes en las personas con oportunidades de relación
139 limitadas. En los últimos años ha crecido el interés por saber cuál es el beneficio físico y emocional que los animales de compañía nos aportan (Manchon y Tomé, 1997) y se ha observado que es considerable. El interés por ampliar los estudios en el campo sigue aumentando, fruto de ello es la creciente recopilación de bibliografía sobre dichos beneficios, tanto en el ámbito clínico como no clínico (Barker y cols., 2003; Chur-Hansen y cols., 2010; Crawford y cols., 2006; Dizon, Butler y Koopman, 2007; Nestmann, 2010; Hart, 2000), y la sugerencia de continuar los estudios en dicha línea (Utz, 2014), basándose en la propuesta de que la fuerza del vínculo persona-animal es un importante mecanismo que relaciona la tenencia de mascota con la salud humana (Hines, 2003) y su pérdida con el empeoramiento de resultados de salud (Headey y Grabka, 2007). En general, los dueños de animales de compañía informan de elevados niveles de apego hacia sus mascotas (Albert y Bulcroft, 1988; Kurdek, 2008; Mitchell, 2001). Y aunque existe gran variación en el grado en el que las personas se vinculan a sus animales (Podberscek, 2009; Garrity y cols., 1989), cuando éste es positivo también se encuentran relaciones positivas con otras variables, como preocupación por las necesidades de la mascota, incidiendo en su salud (Catanzaro, 2003) o en el enriquecimiento del cuidado básico (Douglas, 2006), que tiende a ser mayor (junto a más interacciones positivas) en las mujeres (Herzog, 2007; Geller, 2005; Taggart, 1997). Igualmente se ha visto que las mujeres que establecen un vínculo positivo con su animal, experimentan más satisfacción con la vida y menos depresión (Taggart, 1997). Parece que los beneficios psicológicos de los animales de compañía son más intensos cuando la persona siente un gran afecto por el animal (Garrity y cols., 1989; McNicholas y Collis, 2006). Sin embargo, para conseguir los mejores beneficios de dicha relación en la salud, se ha visto que es necesario un nivel óptimo de apego (Chur-Hansen y cols., 2009), pues algunos estudios apuntan que si es elevado, constituye un predictor de estrés psicológico (Antonacopoulos y Pychyl, 2010; Fritz y cols., 1996; Parslow y cols., 2005; Wisdom y cols., 2009), manifestado en forma de depresión, ansiedad o síntomas somatomorfos, mayor incluso que variables como la edad, género, estatus marital o número de personas en la casa (Peacock y cols., 2012). También la muerte de un animal de compañía se percibe como un aspecto negativo del vínculo porque mucha gente desarrolla un fuerte duelo tras el deceso de su mascota (Fogle, 1981) y tiene consecuencias en su bienestar (Bryant, 1990). Algunos estudios señalan que cuanto más fuerte es el vínculo con el animal, existe mayor probabilidad de padecer duelo si fallece (Field y cols., 2009; Meyers, 2000; Thomas, 1996), el cual puede llegar a ser complicado (McCutcheon, 2006) y conllevar pérdida de motivación y estrés (Brown, 2006), depresión (Planchon y cols., 2002; Sharkin y Knox, 2003) o discapacidad social (Walsh, 2009a). Dicho duelo tendrá más probabilidad de presentarse en jóvenes, mujeres o personas que viven solas (McCutcheon y Fleming, 2001-2002). En este sentido, mencionar también que el vínculo con los animales puede ser igualmente elevado en personas adictas al trabajo (Santarpio-Damerjian, 2002). Sin embargo y al igual que la tenencia, cuando el apego con el animal de compañía es óptimo, ha mostrado relaciones positivas con beneficios físicos y psicológicos en diversas poblaciones (Rogers, Hart y Boltz, 1993; Serpell, 1991; Siegel, 1990; Netting y cols., 1987). Algunos estudios han examinado el vínculo con las mascotas como mecanismo que beneficia la salud física
140 (Krause-Parello, 2008; Nagasawa, Mogi y Kikusui, 2009; Winefield y cols., 2008). Por ejemplo, en Budge y cols. (1998) los dueños más compatibles con sus animales de compañía exhibieron menos síntomas físicos. O en Baun y cols. (1984) la presión arterial al acariciar un perro disminuía más cuando existía un vínculo que si el can era desconocido, del mismo modo que frente a una actividad relajante como la lectura. Otros estudios han mostrado que el comportamiento de apego, como la interacción con la mirada o la alta satisfacción con el compañero animal, se asocia con aumento de los niveles de oxitocina, en comparación con dueños que no presentan similares asociaciones con su mascota (Nagasawa y cols., 2009). También en condiciones experimentales, se ha visto que perros y gatos servían como figuras de apego para sus dueños, al facilitar la reducción del estrés en la realización de tareas y la mejor consecución de metas de exploración, frente a las condiciones en las que la mascota estaba ausente (Zilcha-Mano y cols., 2012). Otras variables relacionadas positivamente con el apego hacia los animales de compañía, han sido la salud mental (Budge y cols., 1998) y autopercepción de salud global (Santarpio- Damerjian, 2002). Así, por ejemplo, madres solteras vinculadas a su animal de compañía percibían mayor apoyo social y concertaban menos citas médicas, aunque no se percibiesen con mejor salud ni con menos estrés que las que no tenían animales (Koontz, 2009). También Headey (1999) encontró que los dueños solteros que informaban de sentimientos de cercanía hacia su perro, visitaban significativamente menos al médico y tomaban menos medicación que solteros no dueños o con menor apego hacia sus perros. En cuanto a la calidad de vida, Barajas (2003) encontró relación positiva entre el nivel de apego con el animal de compañía y percepción de soporte social por parte del mismo. El apego con la mascota también se ha visto relacionado con otras variables de salud psicológica, como menores niveles de depresión y ansiedad y mayores de felicidad y de autoestima (Crawford y cols., 2006; Nebbe, 1997; Triebenbacher, 1998). En este sentido, Budge y cols. (1998) hallaron que los dueños más vinculados a su animal puntuaron más en afecto positivo. Por otro lado, Headey y cols. (2008) informan de efectos positivos en la salud de los dueños de perros en China, aunque hacen hincapié en la necesidad de explorar de manera específica, la influencia del vínculo y el rol del cuidador principal en dichos efectos. Lewis y cols. (2009), indagaron en ello y encontraron que, tanto cuidadores principales de mascota como secundarios, presentaron niveles similares de apego, y ambos grupos puntuaron alto en calidad de vida, aunque sin diferencias estadísticamente significativas con los no dueños. Algunos estudios igualmente concluyen que el vínculo establecido con las mascotas en personas ancianas, puede ser beneficioso para su salud (Garrity y cols., 1989; Stallones y cols., 1990). Por ejemplo, Ory y Goldberg, (1983) estudiaron el bienestar subjetivo en mujeres ancianas no institucionalizadas, observando los mayores niveles de felicidad en las que informaban estar muy vinculadas con su animal, mientras que los bajos índices de felicidad se daban en las menos apegadas a su mascota o en las que no tenían. En Siegel (1990) los animales de compañía también amortiguaron el efecto de los estresores vitales en ancianos, resultando en menor contacto con los médicos durante dichos periodos, y siendo el efecto
141 más evidente en los dueños de perros que informaron de mayor nivel de apego. Por otro lado, en Garrity y cols. (1989), la combinación de vínculo con la mascota y disponibilidad de soporte humano, en dueños mayores de 65 años, se relacionaba positivamente con la salud, de manera especial, el fuerte apego hacia el animal se asoció con mayor salud física en los casos en los que el soporte humano no estaba disponible; además, entre las personas en duelo y quienes no disponían de confidentes, tanto la tenencia de animal como el fuerte vínculo con él, se asociaron con menores informes de síntomas depresivos. Para Green (2014), el propio concepto de vínculo humano-animal ya indica que existe una asociación entre el bienestar emocional y la presencia de los animales en la vida de las personas. Sin embargo, la relación es compleja y en algunos estudios así se corrobora, como Wells y Rodi, (2000), quienes encuentran inconsistencias entre diferentes grupos de edad, Watson y Weinstein, (1993), que no hallaron relación entre apego hacia el animal de compañía y ansiedad estado o rasgo, o Stallones y cols. (1990) los cuales, en una muestra de entre 21 y 64 años, vieron que la relación entre vínculo y síntomas depresivos existía sólo entre los 35 y 44 años, reduciéndose hasta no ser significativa cuando se controlaban otros síntomas. También en Fritz y cols. (1996) las mujeres menores de 60 años dueñas de animales, que referían encontrarse muy vinculadas los mismos, presentaban menos puntuaciones en satisfacción con la vida y más depresión, comparadas con mujeres que no se consideraban tan vinculadas a sus mascotas. O en Winefield y cols. (2008) donde, sin negar resultados previos a favor del beneficio de la tenencia de mascotas en algunas personas ancianas, se vio que hábitos como el ejercicio y las relaciones satisfactorias con soporte social, estaban relacionadas con la buena salud y el bienestar, pero no la tenencia de animal de compañía o el vínculo establecido con él, por lo que no añadirían significación en la explicación de la varianza sobre salud y bienestar. Finalmente, en el estudio de Seligson (2004), la relación encontrada entre satisfacción con la vida y soporte percibido por parte de las mascotas en una muestra infantil, también fue débil en comparación con el apoyo humano. Cierta explicación a dichas inconsistencias la podemos encontrar en algunos autores, como Beck y Katcher, (2003); Miller y cols. (1992); o Pachana y cols. (2005), quienes afirman que gran parte de la investigación es anecdótica o metodológicamente débil, por lo que debe ser revisada con precaución. El nivel de apego hacia la mascota puede ser, más bien, una variable mediadora, y el fallo en su medida explica algunas de las discrepancias en los distintos estudios (Crawford y cols., 2006; McNicholas y cols., 2005; Miller y cols., 1992; Parslow y cols., 2005; Staats y cols., 1996). Por todo lo mencionado, las investigaciones han descubierto que los animales de compañía pueden beneficiar a sus dueños, física y psicológicamente, y algunas añaden que el vínculo contribuye a dichos beneficios, aunque todavía hay pocos estudios sistemáticos sobre los factores que influyen en dicho apego. Los beneficios de los animales de compañía en la salud de las personas han atraído el interés de muchos científicos, pero se carece de conceptualizaciones teóricas de por qué el vínculo humano-animal es bueno y en ocasiones tan fuerte que puede no entenderse cómo la gente prioriza sus relaciones con sus animales antes que su propio bienestar (Chur-Hansen, 2010). Así, por ejemplo, el miedo a la separación
142 de una mascota se ha mostrado que lleva al no cumplimiento de los consejos de salud (McNicholas y cols., 2005). Si bien y por lo general, algunos estudios (Garrity y cols., 1989; Robb y Stegman, 1983) han identificado el apego con los animales de compañía como una variable mediadora de salud y enriquecedora de la calidad de vida y bienestar (ver Chur- Hansen, 2010; Chur-Hansen y Winefield, 2005; Crawford y cols., 2006; Lago, Delaney, Miller y Grill, 1989; McNicholas y cols., 2005; Ory y Goldberg, 1983; Netting y cols., 1987; Sable, 1995). Dichas relaciones son complejas y varían en función de la investigación y de las características de las poblaciones estudiadas (Wilson y Netting, 1987), siendo los resultados todavía no concluyentes (Ory y Goldberg, 1983; Staats y cols., 1996; Garrity y cols., 1989; Watson y Weinstein, 1993). Los estudios sobre la conexión potencial entre el fuerte vínculo personaanimal y la salud mental presentan limitaciones (Kaufman y Kaufman, 2006; Margolies, 1999; Rynearson, 1978), aunque el conocimiento sobre el campo está creciendo y se afianza la evidencia del poder del vínculo entre personas y animales, tanto positivo como negativo (Faver y Strand, 2003a; Netting y cols., 1987; Sable, 1995). Por ello, tal y como hacen ver Chur-Hansen y Winefield, (2005); Winefield y cols. (2008); Peacock y cols. (2012), sigue siendo necesario ampliar investigación sobre estas relaciones, con el fin de aumentar los servicios que promuevan la salud mental y física, conviviendo en armonía con las mascotas. 5.3.4. Tenencia y vínculo con los animales de compañía y soledad De forma especial señalamos un beneficio psicológico de la tenencia de mascotas en apartado ad hoc, como el aminorar los sentimientos de soledad, por la importancia que le han otorgado estudios precedentes y, sobre todo, por la mención explícita de los dueños como uno de los motivos fundamentales por los que suelen escoger tener animales de compañía en sus vidas. Diversos autores concluyen que las mascotas proveen compañía, por lo que se asocian con beneficios psicológicos como menor soledad (Barba, 1995; Lagoni y cols., 1994; McNicholas y cols., 2005; Podberscek, 2006; Soares, 1985), además de actuar como catalizadores sociales, ayudando a establecer contactos de este tipo (Lagoni y cols., 1994; Peretti, 1990; Zasloff y Kidd, 1994), por lo que dan sentido de integración con los demás y mejoran el sentimiento de aislamiento (Connell y Brown, 2011; Garrity y cols., 1989; McNicholas y cols., 2005; Sable, 1995; Sussman, 1985; Zasloff y Kidd, 1994), incluso en varios contextos (Triebenbacher 1998; Siegel, 1990; Vormbrock y Grossberg, 1998) o comparando dueños con no dueños de mascotas (Akiyama y cols., 1987; Allen y cols., 1991; Anderson y cols., 1992; Connel y Lago, 1984), especialmente de perros (Headey, 1999). De manera específica, las mujeres que no viven con nadie parece que se sienten más solas que las que viven con otras personas o las que tienen animales, compensando éstos una aparente falta de compromisos sociales (Zasloff y Kidd, 1994). Ya Goldmeier (1986) había entrevistado a ancianas de raza blanca que vivían con animal de compañía o sin él, y junto a otras personas o sin ellas, y encontró que los animales marcaban una diferencia significativa cuando las mujeres vivían solas, contribuyendo a que éstas manifestasen menos sentimientos de soledad. Woodman (2012), en entrevistas a mujeres solteras sin hijos, de entre 30 y 50 años, que adoptaron un perro como animal de compañía, halló experiencias de pérdida previas a la
143 adquisición del animal, junto a soledad y cierto sentimiento de baja autoestima, como temas comunes. Por otro lado, McCutcheon y Fleming, (2001-2002), en dueños cuya mascota había fallecido, encontraron mayor somatización cuando vivían solos que cuando vivían acompañados por otras personas. La pérdida de una mascota puede ser un estresor significativo, incluyendo síntomas de depresión (Hunt y Padilla, 2006; Stallones, 1994), duelo (Gerwolls y Labott, 1994), y disrupción de la rutina diaria (Quackenbush y Glickman, 1984). La persona que prototípicamente parece más propensa a desarrollar un duelo complicado tras el fallecimiento de un animal, es una mujer blanca de mediana edad y con redes sociales limitadas (Hunt y Padilla, 2006), por lo que podemos deducir que el animal podría cumplir cierto papel amortiguador ante dicha falta de redes. Las dinámicas sociales entre la gente y sus animales contienen muchas cualidades similares a las establecidas en las relaciones sociales entre humanos, incluidos los conceptos de apoyo social y cuidado (Bonas y cols., 2000). En este sentido, la denominación del animal de compañía como “lubricante social” (Messent, 1983), hace referencia al hecho de que facilita la obtención de soporte social y la comunicación interpersonal (Garrity y Stallones, 1998). Para Cusack y Smith, (1984) los animales de compañía promueven el aumento de la socialización, aspecto que, entre otros beneficios psicológicos, Hardison (2008) también encuentra en dueños de perros. Así, las personas que pasean perros informan de menos sentimientos de soledad y aislamiento (Sable, 1995), ya que pasear perros se ha relacionado con el contacto con otras personas (McNicholas y Collis, 2000); por ejemplo, en Cutt y cols. (2008a) los dueños de perros se sentían motivados por la actividad y en ella decían ganar interacción y soporte social. Wood, Giles-Corti y Bulsara, (2005) asimismo, informan que tener animal de compañía puede asociarse positivamente con capital social, compromiso cívico, percepciones de amistad entre vecinos y sentido de comunidad. También Wood (2009) ejemplifica contribuciones sociales de las personas con mascota, desde las interacciones en parques, celebraciones con las mascotas, los animales de servicio y otras actividades con ellos, como facilitadoras de interacciones, rompedoras de barreras sociales, creadoras de lazos en la comunidad y ayuda para los residentes aislados. Es decir, los animales de compañía suponen una fuente de apoyo social (Mugford y M'Comisky, 1975; Peretti, 1990; Serpell, 1991), además de mejorar el disponible en el entorno inmediato (Chur-Hansen y cols., 2010; McConnell y cols., 2011). En particular, Hirschman (1994) y Mallon (1994) hacen ver que las mascotas aportan una gran ayuda a personas emocionalmente solas o con problemas, aportándoles amor incondicional, aceptación y actitudes de no juicio. Kidd y Kidd, (1994) analizando los beneficios de la tenencia de animales de compañía por parte de personas sin hogar, llegaron a la conclusión de que los animales eran la única relación que tenían con otro ser vivo, aunque no se utilizaron medidas que permitieran concluir si este hecho les aventajaba sobre las personas sin hogar y sin animal de compañía. En un estudio experimental, Epley, Akalis, Waytz y Cacioppo, (2008) encontraron que cuando la gente era inducida a sentirse sola, era más tendente a antropomorfizar a sus mascotas, por ejemplo, adscribiéndoles emociones humanas relacionadas con la conexión social, como la consideración y la simpatía, presumiblemente para calmar su sentido de desconexión. Autores como Connell y Brown, (2011) también corroboran que los animales de compañía son un complemento de las relaciones sociales en la población general, y
144 demuestran experimentalmente que las mascotas cubren las necesidades sociales de las personas en experiencias de rechazo social inducido, protegiéndolas de la negatividad causada por el mismo. Por tanto, se concluye que los animales de compañía sirven como importantes fuentes de apoyo social para sus dueños. Las diferencias que aportan los animales de compañía reales, se encuentran igualmente en experimentos que los comparan con elementos artificiales como sustitutos de relaciones, tal es el caso de Melson y cols. (2009), en el que se observó a niños interactuando con un perro robot, siendo tratado más como un artefacto y menos como un compañero social, en comparación con un perro real. Incluso los niños más comprometidos con las tecnologías, presumiblemente motivados con el robot, lo encontraron deficiente cuando lo comparaban con un perro. Mientras algunos estudios argumentan las ventajas de estos compañeros robots, los escépticos (Sparrow, 2002) alertan de que los sustitutos de este tipo pueden privar a los individuos solos o vulnerables de los beneficios de vivir con un animal. Por tanto, parece que un animal de compañía robot es un sustituto mediocre, ya que cuando lo comparamos con un amigable pero no familiar perro, el robot se percibe falto de cuatro dominios básicos (biológico, mental, social y moral) (Melson y cols., 2009). En conclusión, los animales de compañía pueden adoptar importantes roles para las personas y familias. Entre ellos el de amigo, confidente, proveedor de afecto y soporte (Triebenbacher, 2000). De este modo, al servir como parte de una red de amigos, refuerzan el sentido de competencia y, con su peculiar cuidado y amor, dan la oportunidad de compartir confort, estima, apoyo, ocio y relación (Jennings, 1997; McNicholas y Collis, 2001; Wilson, Fuller y Cruess, 2001). Además, se ha documentado ampliamente que las mascotas suelen aumentar la interacción social y por tanto, aportan efectos positivos, no sólo en la salud física de sus dueños, sino también en la mental (Friedmann y cols., 1980; Garrity y Stallones, 1998; Siegel, 1993). Pero lo más importante, según Goldmann (2014), es que todavía quedan aspectos importantes que dilucidar, como examinar qué tipo de interacciones benefician más a las personas, bajo qué condiciones y qué características humanas o animales se asocian con las mismas. Vínculo con los animales de compañía y soledad: Como estamos viendo, las dinámicas sociales entre la gente y sus mascotas contienen muchas cualidades similares a las de las relaciones humanas, incluidos los conceptos de soporte social y cuidados (Bonas y cols., 2000). Para Hirschman (1994) las personas y sus animales de compañía son capaces de desarrollar vínculos de intimidad tan próximos como los que se establecen entre humanos. Así, por ejemplo, Chen, Hung y Peng, (2011) vieron que los dueños de mascotas que presentaban apego emocional con las mismas, como tenerlos por miembros de la familia, eran más tendentes a incluirlos en sus propias actividades de ocio. De este modo, el vínculo con un animal de compañía promueve la intimidad y facilita la interacción social, disminuyendo la soledad (Gammonley y Yates, 1991).
145 Las investigaciones sugieren que las personas que viven solas, sin niños, presentan más tendencia a adquirir y valorar a los animales de compañía (Walsh, 2009b), apego especialmente fuerte en quienes viven solos de forma habitual (Zasloff y Kidd, 1994), personas que suelen tener menos relaciones humanas próximas, como solteros o divorciados, en comparación con familias con niños (Albert y Bulcroft, 1987). Por tanto, es probable que las circunstancias propias de las sociedades occidentales modernas, como las familias con pocos o un solo miembro, acentúen el apego hacia los animales de compañía. Zasloff y Kidd, (1994) señalaron que la relación con mascotas compensaba sentimientos de soledad, si bien las mujeres parecían tener una especial conexión con sus animales de compañía, quizá porque les evocan sus instintos maternales de cuidado y afecto. Woodman (2012) registró experiencias positivas de apego en mujeres solteras, sin niños y con sentimientos de soledad, que adquirieron perros como mascotas. Taggart (1997) también encontró que las mujeres que establecen un vínculo positivo con su animal experimentan menos sentimientos de soledad. Stallones y cols. (1990) observaron que las personas de entre 21 y 34 años, vinculadas fuertemente a su animal, presentaban menor soporte social que las que tenían menor grado de apego, al igual que en Netting y cols. (2013), donde los dueños más jóvenes y con percepción de menor apoyo social, presentaban apegos mayores con sus perros. Johnson y cols. (1992) por su parte, también concluyeron que sentir pocas personas cercanas u organizaciones a las que se pertenecía, correlacionaba significativamente con mayor vínculo con la mascota. De manera similar, Keil (1998) vio que el apego hacia sus animales era mayor en los ancianos que no tenían personas confidentes y que se sentían solos. En los niños sin hermanos, Walsh (2009b) también encontró mayor vinculación afectiva con sus mascotas. En cuanto al tipo de animal, Zasloff y Kidd, (1994) no hallaron diferencias en sentimientos de soledad entre dueños de perros o gatos, si bien, los dueños de perros que vivían solos con sus mascotas sentían más apego hacia las mismas que los dueños de perros que vivían además con otras personas, mientras que los dueños de gatos que vivían sólo con ellos, presentaban menos niveles de apego que los dueños de gatos que vivían asimismo con otros humanos. Aunque también se ha observado que los solteros con gatos jugaban más con ellos y se encontraban más unidos a los mismos, que los dueños de gatos con relaciones humanas más próximas (Bergler y Loewy, 1992). Relacionado con el enriquecimiento del cuidado o la mayor preocupación cuando existe más vínculo, Blouin (2008) encuentra confirmación en los estudios de que las personas que viven solas tienden a acudir más al veterinario que las familias. Además, cuando se perdía al animal, el estrés era mayor en las personas que vivían solas (Archer y Winchester, 1994; Carmack, 1985), y ello está inversamente relacionado con el número de miembros en la familia (Gerwolls y Labott, 1994). Por tanto, las investigaciones parecen corroborar también una asociación positiva entre soledad y apego hacia el animal de compañía. Pero no es necesario estar solo físicamente para establecer un fuerte vínculo con un animal de compañía, pues el sentimiento o soledad emocional, también puede propiciarlo. Ya hemos visto que muchos dueños informan que tienen mascota por razones sociales o de compañía (Endenburg y cols., 1994), y la cualidad de facilitar dicho acompañamiento es un predictor
248 Becker, M. (2002). The Healing Power of Pets: harnessing the amazing ability of pets to make and keep people happy and healthy. New York: Hyperion. 134-144. Becker, F., y French, L. (2004). Making the links: Child abuse, animal cruelty and domestic violence. Child Abuse Review, 13(6), 399-414. Beirne, P. (2002). Criminology and animal studies: A sociological view. Society and Animals, 10(4), 381-386. Belk, R. W. (1988). Possessions and the extended self. Journal of Consumer Research, 15(2), 139-168. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/617544914?accountid=14777 Belk, R. W. (1996). Metaphoric relationships with pets. Society & Animals: Journal of Human- Animal Studies, 4(2), 121-145. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/619435220?accountid=14777 Bennett, P. C., Cooper, N., Rohlf, V. I., y Mornement, K. (2007). Factors influencing owner satisfaction with companion-dog-training facilities. Journal of Applied Animal Welfare Science, 10(3), 217-241. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/621805250?accountid=14777 Bentler, P. M. (1990). Comparative fit indices in structural equation models. Psychological Bulletin, 107, 238-246. http://dx.doi.org/10.1037/0033-2909.107.2.238 Bentler, P. M., y Speckart, G. (1979). Models of attitude–behavior relations. Psychological review, 86(5), 452. Bentler, P. M., y Speckart, G. (1981). Attitudes "cause" behaviors: A structural equation analysis. Journal of Personality and Social Psychology, 40(2), 226-238. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/614276233?accountid=14777 Berget, B., y Braastad, B. O. (2008). Theoretical framework for animal-assisted interventions— Implications for practice. Therapeutic Communities, 29(3), 323-337. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/621768052?accountid=14777 Bergler, R. (1992). The contribution of dogs to avoiding and overcoming everyday stress factors. En 6th International Conference on Human Animal Interactions, ANIMALS & US, Montreal. Bergler, R., y Loewy, D. (1992). Singles and their cats. En 6th International Conference on Human Animal Interactions, ANIMALS & US, Montreal. Berkman, L. F., y Syme, S. L. (1979). Social networks, host resistance, and mortality: A nine-year follow-up study of Almeda County residents. American Journal of Epidemiology, 109(2), 186-204. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/1032896183?accountid=14777 Bernstein, M. H. (2004). Without a tear: Our tragic relationship with animals. University of Illinois Press. Berryman, J.C., Howells, K., y Lloyd-Evans, M. (1985). Pet owner attitudes to pets and people: A psychological study. The Veterinary Record 117, 659-661. Beverland, M. B., Farrelly, F., y Lim, E. A. C. (2008). Exploring the dark side of pet ownership: Status-and control-based pet consumption. Journal of Business Research, 61 (5), 490- 496. DOI: http://dx.doi.org/10.1016/j.jbusres.2006.08.009 Bexell, S. M., Jarrett, O. S., y Ping, X. (2013). The effects of a summer camp program in china on children's knowledge, attitudes, and behaviors toward animals: A model for conservation education. Visitor Studies, 16 (1), 59-81. doi:http://dx.doi.org/10.1080/10645578.2013.768072 Bierer, R. E. (2001). The relationship between pet bonding, self-esteem, and empathy in preadolescents. Disponible en PsycINFO. (619718061; 2001-95010-044). Recuperado de http://search.proquest.com/docview/619718061?accountid=14777
249 Bikales, G. (1975). The Dog as "Significant Other". Social Work, 150-152. Bilbao, M. (2008). Creencias Sociales y Bienestar: valores, creencias básicas, impacto de los hechos vitales y crecimiento psicológico. Tesis Doctoral. Facultad de Psicología, Departamento de Psicología Social y Metodología de las Ciencias del Comportamiento, Universidad del País Vasco. Black, K. (2010). Exploring adolescent loneliness and companion animal attachment. (Tesis doctoral). Disponible en PsycINFO. (622201924; 2010-99060-540). Recuperado de http://search.proquest.com/docview/622201924?accountid=14777 Black, A. F., Winefield, H. R., y Chur-Hansen, A. (2011). Occupational stress in veterinary nurses: Roles of the work environment and own companion animal. Anthrozoös, 24(2), 191-202. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/887940889?accountid=14777 Blanco, A. y Díaz, D. (2005). El bienestar social: su concepto y medición. Psicothema, 17(4), 582-589. Blanco, C. y Moreno, P. (2006). Revisión del concepto de personalidad y del modelo de personalidad (P) de Millon (M). Psiquiatría.com, 10 (4). Blender, J. A. (2010). A multimodal investigation of the use of animal assisted therapy in a clinical interview. (Tesis doctoral). Disponible en PsycINFO. (742977234; 2010-99080- 314). Recuperado de http://search.proquest.com/docview/742977234?accountid=14777 Blouin, D. D. (2008). All in the family? Understanding the meaning of dogs and cats in the lives of American pet owners. (Tesis doctoral). Universidad de Indiana. Blouin, D. D. (2013) Are dogs children, companions, or just animals? Understanding variations in people's orientations toward animals. Anthrozoös, 26(2), 279-294. doi: http://dx.doi.org/10.2752/175303713X13636846944402 Bodsworth, W., y Coleman, G. J. (2001). Child–companion animal attachment bonds in single and two-parent families. Anthrozoös, 14(4), 216-223. Bohart, A. C., Elliott, R., Greenberg, L. S., y Watson, J. C. (2002). Empathy. En Norcross J.C. (Ed.), Psychotherapy Relationships That Work: Therapist Contributions and Responsiveness to Patients. New York: Oxford University Press. Boldt, M. A., y Dellmann-Jenkins, M. (1992). The impact of companion animals in later life and considerations for practice. Journal of Applied Gerontology, 11(2), 228-239. DOI: http://dx.doi.org/10.1177/073346489201100208 Bolin, S. E. (1987). The effects of companion animals during conjugal bereavement. Anthrozoös, 1(1), 26-35. doi:http://dx.doi.org/10.2752/089279388787058759 Bonas, S., McNicholas, J., y Collis, G. M. (2000). Pets in the network of family relationships: An empirical study. En A. L. Podberscek, E. S. Paul, y J. A. Serpell (eds.), Companion animals and us: Exploring the relationships between people and pets (pp. 209–236). Cambridge: Cambridge University Press. Borkenau, P., y Ostendorf, F. (1993). NEO-Fünf-Faktoren-Inventar (NEOFFI) nach Costa und McCrae [NEO-Five-Factor Inventory according to Costa and McCrae]. Goettingen (Germany): Hogrefe. Bossard, J. H. S. (1944). The mental hygiene of owning a dog. Mental Hygiene.New York, 28, 408-413. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/615145106?accountid=14777 Bossard, J. H. S. (1950). I wrote about dogs; a mental-hygiene note. Mental Hygiene.New York, 34, 385-390. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/615208960?accountid=14777
250 Bowd, A. (1984). Development and validation of a scale of attitudes toward the treatment of animals. Educational and Psychological Measurement, 44 (2), 513-515. DOI: http://dx.doi.org/10.1177/0013164484442035 Bowlby, J. (1969). Attachment and Loss, Volume 1. Attachment, London: The Hogarth Press and Institute of Psychoanalysis, (Penguin edition, 1971). Bowlby, J. (1973) Attachment and Loss, Volume 2. Separation: Anxiety and Anger, London: The Hogarth Press and Institute of Psychoanalysis, (Penguin edition, 1975). Bowlby, J. (1982). Attachment and loss: Retrospect and prospect. American Journal of Orthopsychiatry, 52(4), 664-678. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/1470516978?accountid=14777 Bowlby, J. (1988). A secure base: Clinical applications of attachment theory. London: Routledge. Brandem, N. (1993). El respeto hacia uno mismo. Paidós, Barcelona. Bretherton, I. (1992). The origins of attachment theory: John Bowlby and Mary Ainsworth. Developmental Psychology, 28(5), 759-775. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/618242337?accountid=14777 Brockman, B. K., Taylor, V. A., y Brockman, C. M. (2008). The price of unconditional love: Consumer decision making for high-dollar veterinary care. Journal of Business Research, 61 (5), 397-405. DOI: http://dx.doi.org/10.1016/j.jbusres.2006.09.033 Brooks, S. M. (2006). Animal-Assisted Psychotherapy and Equine-Facilitated Psychotherapy. Working with traumatized youth in child welfare. (pp. 196-218) Guilford Press, New York, NY. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/621110349?accountid=14777 Brown, D. (1984). Personality and gender influences on human relationships with horses and dogs. Pet connection: its influence on our health and quality of live/editors, Robert K. Andreson, Benjamin L. Hart, Lynette A. Hart. Brown R. (2005). An analysis of loneliness as a concept of important for dying persons. En: Cutcliffe J, Mc-Kenna H. The essential concepts of nursing. First Edition. Elsevier: p. 232. Brown, B. H., Richards, H. C., Wilson, C. A. y Frederick, M. D. (1996). Pet bonding and pet bereavement among adolescents. Journal of Counseling & Development, 74 (5), 505- 509. DOI: http://dx.doi.org/10.1002/j.1556-6676.1996.tb01901.x Brown, J. M. (2000). Childhood attachment to a companion animal and social development of incarcerated male juvenile delinquents. (Tesis doctoral). Disponible en PsycINFO. (619568854; 2000-95010-291). Recuperado de http://search.proquest.com/docview/619568854?accountid=14777 Brown, K. (2006). Pastoral concern in relation to the psychological stress caused by the death of an animal companion. Mental Health, Religion & Culture, 9(5), 411–422. Brown, S. (2002). Ethnic variations in pet attachment among students at an American school of veterinary medicine. Society & Animals: Journal of Human-Animal Studies, 10(4), 455- 456. DOI: 10.1163/156853002320936935 Recuperado de http://search.proquest.com/docview/619857091?accountid=14777 Brown, S. (2004). The Human-Animal Bond and Self Psychology: Toward a New Understanding. Society & Animals 12(1), 67-86. Brown, S. E. (2007). Companion animals as selfobjects. Anthrozoös, 20(4), 329-343. Brown, S. E. y Katcher, A. H. (2001). Pet attachment and dissociation. Society & Animals, 9(1), 25-41. Brown, S. G., y Rhodes, R. E. (2006). Relationships among dog ownership and leisure-time walking in Western Canadian adults. American Journal of Preventive Medicine, 30(2),
251 121-136. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/621128770?accountid=14777 Bryant, B. K. (1982). An index of empathy for children and adolescents. Child Development, 53(2), 413-425. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/616637695?accountid=14777 Bryant, B. K. (1986). The relevance of family and neighbourhood animals to socialemotional development in middle childhood. Trabajo presentado en Delta Society International Conference Living Together: People, Animals and the Environment. August 1986, Boston, Massachusetts. Bryant, B. K. (1990). The richness of the child-pet relationship: A consideration of both benefits and costs of pets to children. Anthrozoös, 3(4), 253-261. Bryant, B. K. y Donnellan, M. B. (2007). The relation between socio-economic status concerns and angry peer conflict resolution is moderated by pet provisions of support. Anthrozoös, 20(3), 213-223. Budge, R. C., Spicer, J., Jones, B.R., y St. George, R. (1996). The influence of companion animals on owner perception: Gender and species effects. Anthrozoös, 9(1): 10-24. DOI: http://dx.doi.org/10.2752/089279396787001581 Budge, R. C., Spicer, J., Jones, B., y St. George, R. (1998). Health correlates of compatibility and attachment in human-companion animal relationships. Society & Animals: Journal of Human-Animal Studies, 6(3), 219-234. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/619434350?accountid=14777 Bussolari, C. J. (2002). The relationship among interparental conflict, animal bonding, intimate relationship satisfaction and attachment dimensions in adulthood. Dissertation Abstracts International: Section B: The Sciences and Engineering, 62(11-B), 5427. Bustad, L. K. (1980). Animals, aging and the aged. Minneapolis: University of Minnesota Press. Bustad, L. K. (1981). Animals, aging, and the aged (Vol. 5). University of Minnesota Press. Bustad, L. K. y Hines, L. (1984). Our professional responsibilities relative to human-animal interactions. The Canadian Veterinary Journal, 25(10), 369. Butcher, J. N., Nezami, E., y Exner, J. (1998). Psychological assessment of people in diverse cultures. En S.S. Kazarian y D.R. Evans (eds.), Cultural clinical psychology: Theory, research, and practice (pp. 61-105). New York, NY: Oxford University Press. Byrne, B. M. (1996). Measuring self-concept across the life span: Issues and instrumentation. American Psychological Association, Washington, DC. doi:http://dx.doi.org/10.1037/10197-000 Cacioppo, J. T., Hawkley, L. C., Berntson, G. G. (2003). The anatomy of loneliness. Current Directions in Psychological Science, 12(3), 71-74. Cain, A. (1983). A study of pets in the family system. New perspectives on our lives with companion animals, 72-81. Cain, A. (1985). Pets as Family Members. En M. Sussman (ed.). Pets and the Family. Calvo, A. J., González, R., y Martorell, M. C. (2001). Variables relacionadas con la conducta prosocial en la infancia y adolescencia: Personalidad, autoconcepto y género. Infancia y Aprendizaje / Journal for the Study of Education and Development, 24(1), 95-111. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/619615201?accountid=14777 Cameron, P., y Mattson, M. (1972). Psychological correlates of pet ownership. Psychological Reports, 30(1), 286. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/615823255?accountid=14777 Campo, R. A. (2013). Human´s Bonding with Their Companion Dogs: Cardiovascular Benefits during and after Stress. Journal of Sociology & Social Welfare, 50(4), 237-259.
252 Campo, R. A. y Uchino, B. N. (2013) Humans' bonding with their companion dogs: Cardiovascular benefits during and after stress. Journal of Sociology and Social Welfare, 40(4), 237-249. Caprara, G. V., Barbanelli, C., Borgogni, L., y Perugini, M. (1993). The Big Five Questionnaire: A new questionnaire for assess the Five Factor Model. Personality and Individual Differences, 15(3), 268-288. Cardona, J. L., y Villamil, M. M. (2006) El sentimiento de soledad en el adulto mayor. Rev Asoc Colomb Gerontol Geriatr., 20(2), 930-938. Cardona, J. L., Villamil, M. M., Henao, E., y Quintero, A. (2011).El afrontamiento de la soledad en la población adulta. Medicina, UPB, 30(2), 150-162. Carlisle-Frank, P., Frank, J. M., y Nielsen, L. (2004). Selective battering of the family pet. Anthrozoös, 17(1), 26-42. DOI: http://dx.doi.org/10.2752/089279304786991864 Carmack, B. J. (1985). The effects on family members and functioning after the death of a pet. Marriage & Family Review, 8(3-4), 149-161. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/617118478?accountid=14777 Carmack, B. J. (1991). The role of companion animals for persons with AIDS/HIV. Holistic Nurse Practitioner, 5, 24-31. Carpenter, J. S., Brockopp, D. Y., Andrykowski, M. (1999). Self-transfromation as a factor in the self-esteem and well-being of breast cancer survivors. Journal of Advanced Nursing, 29, 1402-1411. Carr, L., Iacoboni, M., Dubeau, M. C., Mazziotta, J. C., y Lenzi. G. L. (2003). Neural mechanisms of empathy in humans: a relay from neural systems for imitation to limbic areas. Proc Natl Acad Sci U S A, 100, 5497-502. Carusa, S. S. (1998). Therapeutic effects of companion animal placement in a residential care facility. (Tesis doctoral). Disponible en PsycINFO. (619374616; 1998-95004-461). Recuperado de http://search.proquest.com/docview/619374616?accountid=14777 Caruso, D. R., y Mayer, J. D. (1998). A measure of emotional empathy for adolescents and adults. Unpublished manuscript, 713-726. Carvajal-Carrascal, G., Caro-Castillo, C. V., (2009). Soledad en la adolescencia: Análisis del concepto. Aquichan, 9(3), 281-296. Castelli, P., Hart, L. A., y Zasloff, R. L. (2001). Companion cats and the social support systems of men with AIDS. Psychological reports, 89(1), 177-187. Casullo, M. M. (2002). Evaluación del bienestar psicológico en Iberoamérica. Psicothema, 14(2), 363- 368. Casullo, M. M. y Brenlla, M. E. (2002). Evaluación del bienestar psicológico en Iberoamérica. Buenos Aires: Paidós. Catanzaro, T. E. (1984). The human-animal bond in military communities. En R. K. Anderson, B. L. Hart, y L. A. Hart (eds.), The pet connection (pp. 341-347). Philadelphia: University of Pennsylvania Press. Catanzaro, T. E. (2003). Human-Animal Bond and Secondary Prevention. American Behavioral Scientist, 47(1), Special issue: Human-Animal Interaction & Wellness, 40-41. Cattell, R. B. (1950). Personality: A Systematic Theoretical and Factual Study, New York: McGraw Hill. Cattell, R. B. (1990). Advances in catellian personality theory. En L. A. Pervin (ed.). Handbook of personality. Theory and research. New York: The Guilford Press. Cattell, R. B. (1993). Lo profundo de la personalidad. Aplicación del 16FP. México, El Manual Moderno. Cattell, R. B., Eber, H. W., y Tatsuoka, M. M. (1989), Cuestionario de 16 factores de personalidad. México, El Manual Moderno.
253 Cavanaugh, L. A., Leonard, H. A., y Scammon, D. L. (2008). A tail of two personalities: How canine companions shape relationships and well-being. Journal of Business Research, 61(5), Special issue: Romancing alpacas: A commentary, 469-479. Charnetsky, C. J., Riggers, S., y Brennan, F. (2004). Effect of petting a dog on immune system functioning. Psychological Reports, 3(2), 1087–1091. Chartrand, T. L., y Bargh, J. A. (1999). The chameleon effect: The perception–behavior link and social interaction. Journal of Personality and Social Psychology, 76(6), 893-910. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/619407281?accountid=14777 Chen, A. H., Hung, K., y Peng, N. (2011). Planned leisure behaviour and pet attachment. Annals of Tourism Research, 38(4), 1657-1662. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/941015168?accountid=14777 Chen, D.C., Kirshenbaum, D.S., Yan, J., Kirshenbaum, E., y Aseltine, R.H. (2012). Characterizing changes in student empathy throughout medical school. Med Teach, 34, 305-311. Chen, Z-H., Chou, C-Y., Deng, Y-C., y Chan, T-W. (2007). Active Open Learner Models as Animal Companions: Motivating Children to Learn through Interacting with My-Pet and Our- Pet. International Journal of Artificial Intelligence in Education 17(2), 145-167. Chlopan, B. E., McCain, M. L., Carbonell, J. L. y Hagen, R. L. (1985) Empathy: review of available measures. Journal of personality and social psychology, 48(3), 635-653. Chumley, P. R., Gorski, J. D., Saxton, A. M., Granger, B. P., y New Jr, J. C. (1993). Companion animal attachment and military transfer. Anthrozoös, 6(4), 258-273. Chur-Hansen, A. (2010). Grief and bereavement issues and the loss of a companion animal: People living with a companion animal, owners of livestock, and animal support workers. Clinical Psychologist, 14(1), 14-21. Chur-Hansen, A., Stern, C., y Winefield, H. (2010). Gaps in the evidence about companion animals and human health: Some suggestions for progress. International Journal of Evidence-Based Healthcare, 8(3), 140-146. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/756307435?accountid=14777 Chur-Hansen, A., Winefield, H. R. y Beckwith, M. (2009). Companion animals for elderly women: The importance of attachment. Qualitative Research in Psychology, 6(4), 281- 293. Chur-Hansen, A., y Winefield, H. R. (2005). The relationship between pet ownership and physical and psychological health: Unanswered questions. Australian Journal of Psychology, 57, 194–194. Clements, P. T., Benasutti, K. M. y Carmone, A. (2003). Support for bereaved owners of pets. Perspectives in Psychiatric Care, 39(2), 49-54. Cloninger, C. R. (1987a). A systematic method for clinical description and classification of personality variants: A proposal. Archives of General Psychiatry, 44(6), 573-588. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/617362272?accountid=14777 Cloninger, C. R. (1987b). The Tridimensional Personality Questionnaire, version IV. St Louis, MO: Washinton University School of Medicine. Cloninger, C. R., Przybeck, T. R., y Švrakid, D. M. (1991). The tridimensional personality questionnaire: U.S. normative data. Psychological Reports, 69(3), 1047-1057. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/618118088?accountid=14777 Cloninger, C. R., Švrakid, D. M., y Przybeck, T. R. (1993). A psychobiological model of temperament and character. Archives of General Psychiatry, 50(12), 975-990. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/618440562?accountid=14777 Clutton-Brock, J. (1977). Man-made dogs. Science, 197(4311), 1340-1342. Recuperado de http://search.proquest.com/docview/616293583?accountid=14777
[Document text truncated for crawler view.]