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Los consejos de al-Harawi sobre estratagemas de guerra: un manual político-militar árabe del siglo XII

Torres Díaz, Olga

Abstract

El manual de al-Harawi constituye un ejemplo singular de los llamados espejos de príncipes, fue redactado en la época de las Cruzadas y destinado a consolidar el emergente Estado ayyubí de Saladino. En su momento, su peculiaridad consistió en la defensa del uso de artimañas y argucias en el ejercicio de un poder militar, y político, cuya sola mención debía causar temor y debilidad. En la actualidad, en los evidentes paralelismos que se encuentran entre algunos de sus postulados y los de Abu Bakr Naji en La gestión del salvajismo.

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Revista de Estudios en Seguridad Internacional Vol. 3, No. 2 (2017) Editada por: Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) Lugar de edición: Granada, España Dirección web: http://www.seguridadinternacional.es/revista/ ISSN: 2444-6157 DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1 Para citar este artículo/To cite this article: Olga Torres, “Los consejos de al-Harawi sobre estratagemas de guerra: un manual político-militar árabe del siglo XII”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 3, No. 2, (2017), pp. 225-239. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.6.12 Si desea publicar en RESI, puede consultar en este enlace las Normas para los autores: http://www.seguridadinternacional.es/revista/?q=content/normaspara-los-autores Revista de Estudios en Seguridad Internacional is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License. Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 3, No. 2 (2017), pp. 225-239. http://www.seguridadinternacional.es/revista/ ISSN: 2444-6157. DOI: http://dx.doi.org/10.18847/1.6.12 Los consejos de al-Harawi sobre estratagemas de guerra: un manual político-militar árabe del siglo XII Al-Harawi´s Admonitions on The Stratagems of War: a 12th-Century Arab Political-Military Handbook OLGA TORRES Universidad de Sevilla, España RESUMEN: El manual de al-Harawi constituye un ejemplo singular de los llamados espejos de príncipes, fue redactado en la época de las Cruzadas y destinado a consolidar el emergente Estado ayyubí de Saladino. En su momento, su peculiaridad consistió en la defensa del uso de artimañas y argucias en el ejercicio de un poder militar, y político, cuya sola mención debía causar temor y debilidad. En la actualidad, en los evidentes paralelismos que se encuentran entre algunos de sus postulados y los de Abu Bakr Naji en La gestión del salvajismo. PALABRAS CLAVE: Manuales militares, Edad Media árabe, Estratagemas, Actualizaciones. ABSTRACT: Al-Harawi’s manual presents a unique example of the so-called mirrors of princes, it was written at the time of the Crusades, and aiming at the consolidation of the emerging Ayyubi state of Saladin. At that time, its singularity lied in the defence of the use of trickery and stratagems in the exercise of a military, and political, power whose only mention ought to cause fearfulness and debility. Nowadays, in the noticeable parallels found between some of its premises and those in Abu Bakr Naji’s The Management of Savagery. KEYWORDS: Military handbooks, Arab Middle Ages, Stratagems, Updates. Revista de Estudios en Seguridad Internacional 226 INTRODUCCIÓN Entre los llamados en Occidente espejos de príncipes, el Kitab al-tadkira al-harawiyya fi l-hiyal al-harbiyya (El libro de los consejos de al-Harawi sobre estratagemas de guerra), de Ali b. Abi Bakr al-Harawi (m. 1215), presenta ciertas singularidades que suponen una ruptura con la línea seguida por sus precedentes hasta la fecha de su redacción. De gran tradición en la literatura y destinados al asesoramiento en cuestiones de Estado y gobierno de los mandatarios que solían encargarlos, experimentaron una paulatina evolución formal y conceptual entre los siglos VIII y XV, con una clara inflexión en el XII que este texto ilustra. De origen indo-persa –y largo recorrido hasta llegar más tardíamente a Europa, - donde El Príncipe de Nicolás Maquiavelo constituye un claro ejemplo–, en su camino hacia el oeste fusionaron las tradiciones culturales sasánida y árabe, asentándose como un género individualizado dentro de la literatura clásica, y componiendo el retrato de lo que posteriormente se erigió como el pensamiento político de la civilización arabomusulmana medieval. La primera filtración árabe del género se identifica en el siglo VIII con el Kalila wa Dimna de Ibn al-Muqaffa, tributario formal y conceptualmente de sus antecedentes persas al igual que cualquier otro ejemplo hasta el siglo X, fuera en Kufa como en Córdoba. El apogeo del género se situaría en el XI con el Siyasat-nama de Nizam al-Mulk, el Qabus-nama de Kay Kaʾus, el Nasihat al-muluk de al-Gazali, todos ellos persas, y el al-Ahkam al-sultaniyya del iraquí al-Mawardi. Durante estos siglos, los espejos de príncipes evolucionaron desde los consejos de tipo moral para fundamentar el ejercicio del poder hacia el establecimiento de teorías políticoadministrativas en cuestiones de Estado, en cualquier caso con una fuerte impregnación religiosa para la justificación de la autoridad constituida. Una siguiente fase, ya en el siglo XII, comenzó a prescindir de esta apelación casi exclusiva a la moralidad y a los preceptos religiosos para empezar a defender la idea de la necesidad de un poderío militar que consolidara y mantuviera al político. En esa nueva línea argumental se insertarían los manuales que el sultán Saladino habría encargado redactar (Hamblin, 1992: 229) como guía para el afianzamiento de un naciente Estado ayyubí. Tres reputados eruditos de la época acometieron la tarea y proporcionaron otros tantos compendios: al-Shayzari (Musa, 1987) el de corte administrativo, al-Tarsusi (Cahen, 1948) otro de técnicas militares y al-Harawi (Torres, 2014) un tercero, más teórico, sobre estrategia política y militar. Este tercer texto – examinado en este trabajo y en adelante la Tadkira– ha sido objeto de escasa atención tanto en el mundo árabe como en el occidental pese a lo revolucionario y transgresor de muchos de sus postulados. La Tadkira está compuesta por veinticuatro capítulos encuadrados en dos secciones bien individualizadas: del primero al decimosegundo es un prontuario político, el decimotercero es de transición y los restantes son un manual militar. En ambas partes se defiende con un provocador desparpajo que el desempeño del poder del Estado, sea político como militar, no debe desdeñar el uso de las estratagemas, las tretas y la manipulación para imponerse. En este sentido, adelantándose y prefigurando las doctrinas realistas posteriores en las que el poder es un fin en sí mismo, la hegemonía esencial y los principios morales no han de condicionar las acciones del Estado. Además, se insiste también en la conveniencia de infundir en las propias tropas y en el enemigo la sensación de que se está ante un impulso guerrero imparable mediante acciones concretas, rápidas e impactantes, aunque estas sean de tipo aparentemente menor. Un acercamiento que han retomado no pocos movimientos terroristas e 227 Los consejos de Al-Harawi… insurgentes de supuesta inspiración islámica en la actualidad, como se verá al comparar este texto con La gestión del salvajismo de Abu Bakr Naji. CONTEXTUALIZACIÓN HISTÓRICA A principios del siglo XI el oriente mediterráneo árabe y musulmán se convirtió en el teatro de operaciones de dos poderosas fuerzas militares que trastocaron el statu quo de un territorio hasta entonces controlado por un ya declinante califato abasí. Por un lado, y provenientes de Europa, las tropas de los reinos cristianos convocadas en 1095 por el papa Urbano II a la Primera Cruzada – que agrupó a las conocidas como de los pobres y de los nobles–, destinada a liberar Tierra Santa del yugo musulmán. Por el otro, y llegadas de las estepas centroasiáticas, las compuestas por los nómadas turcos selyúcidas –una mera confederación de tribus–, que, atravesando los actuales Irán e Irak, ocuparon Bagdad en 1055 y se asentaron luego en Anatolia desplazando al imperio bizantino. Ambos contingentes tenían en común la fortaleza militar ya citada y también una relevante debilidad: el estar constituidos por un conglomerado de diversos orígenes nacionales, tribales o clánicos, de lealtades divididas y difícil gestión conjunta. Esa confluencia de fuerzas externas se producía, además, en un área de gran fragmentación política y administrativa en el seno del propio califato, nominalmente aún abasí, pero en realidad en manos de diversos sultanatos con sus propias estructuras y ejércitos en los territorios bajo su control. La división y el fraccionamiento constituían así una característica compartida tanto por los propios como por los ajenos presentes en la zona. La Primera Cruzada, entre 1095 y 1099, culminó con la conquista cristiana de Jerusalén y el establecimiento posterior de cuatro Estados feudales en la región: los condados de Edesa y Trípoli, el principado de Antioquía y el reino de Jerusalén. Reconquistada Edesa por los musulmanes en 1144, el papa Eugenio III llamó a una Segunda Cruzada –liderada por Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania– en 1147 para retomarla. Ambos ejércitos se dirigieron a Tierra Santa atravesando Europa, ambos fueron derrotados por los selyúcidas en Anatolia y, una pequeña fuerza que logró llegar hasta Damasco, por Nur al-Din, gobernador de la provincia siria en nombre de los anteriores. En medio de esa convulsión, provocada por factores internos y externos y que duraba ya cien años, nació en 1138 Salah al-Din al-Malik al-Nasir Abu’l-Muzaffar bin Ayyub, conocido como Saladino y una figura fundamental en el imaginario caballeresco de la tradición cristiana europea y no solo araboislámica. De origen kurdo, suní, proveniente de una familia militar que servía a los regentes selyúcidas, se convertiría en el fundador de la dinastía ayyubí y en el gran unificador del islam, agrupando bajo su dominio el Kurdistán, Siria, Egipto, Yemen y el Hiyaz. En los principios de su carrera militar estuvo a las órdenes de Nur al-Din, el gobernador sirio que se había destacado en su lucha contra los Estados cristianos, y en 1169 ya había alcanzado el rango de segundo comandante de su ejército dirigiendo las campañas contra los fatimíes chiíes de Egipto, a los que desalojó del poder en 1171. Con las ganancias obtenidas en la conquista de Egipto regresó a Siria, donde, a la muerte de Nur al-Din, se hizo con el control de ese territorio uniéndolo al anterior. En el período comprendido entre 1174 y 1187, su concentración en combatir a otros musulmanes e instaurar su propia dinastía hizo necesario el establecimiento de treguas con los caudillos francos de los vecinos Estados cristianos. Entre ellos, y muy especialmente, con Reinaldo de Chatillon, príncipe de Antioquía hasta que fue hecho prisionero por los musulmanes en 1160 –un cautiverio del que fue liberado diecisiete años después tras pagar un rescate–. La tregua con el Revista de Estudios en Seguridad Internacional 228 entonces señor de la fortaleza de Krak –en Siria, cerca de la actual Homs, y sede central de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén durante las Cruzadas– se estableció en 1185 y resultaba fundamental para garantizar los suministros de toda la región. Este castillo estaba estratégicamente situado en el camino de las caravanas que unían Egipto con Damasco y, además, era un punto desde el que acceder al golfo de Aqaba –vía marítima hacia Jeddah, Medina y la Meca–, ambas rutas atacadas con anterioridad por Chatillon en 1179 y 1182 respectivamente. Saladino no ignoraba que las treguas con el señor de Krak no suponían garantía alguna, pues su fama como quebrantador de casi todas ellas era bien conocida tanto por los musulmanes como por los propios cristianos. Balduino IV, rey de Jerusalén y quien le había otorgado el señorío de esta fortaleza al finalizar su cautividad, se lamentaba de no ser capaz de controlar sus continuos saqueos y pendencias (Richard, 2001: 201). En 1186, transcurrido un único año de paz tras la firma de la última, Chatillon volvió a asaltar una caravana en la que, quizás, viajaba una hermana del sultán, que ante esta tercera afrenta –tomada ahora a título personal– dio por rota la tregua y comenzó los preparativos para la serie de victoriosas campañas que concluyeron con la toma de Jerusalén al año siguiente y el abandono del cerco de Tiro en 1188 tras solo dos meses de asedio. Este desistimiento, tras una sucesión de triunfos que parecían imparables, ha sido considerado históricamente un error táctico incomprensible y una equivocación fundamental. Porque la caída de Jerusalén conmocionó y enfervorizó a la vez a los Estados latinos europeos, convocados por el papa Urbano III a una Tercera Cruzada – liderada ahora por Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra, ayudados por Leopoldo de Austria tras la muerte en campaña del emperador alemán Federico I Barbarroja–, que hizo desembarcar el grueso de su contingente precisamente en el puerto de Tiro. Pero más allá de las indudables consecuencias negativas que esta acción puntual tuvo, al facilitar la entrada de las tropas cristianas de la Tercera Cruzada, esta retirada táctica quizás estuviera perfectamente encuadrada en el marco de una estrategia global apoyada en los consejos de uno de los tres manuales antes citados: el redactado por al- Harawi. La Tadkira se constituye como el ejemplo más evidente del giro ideológico y conceptual que en la redacción de los espejos de príncipes se produjo en el siglo XII. Si hasta entonces la legitimidad del poder de los gobernantes árabes califales se había basado en el concepto islámico de la autoridad y sustentado en la continuada imitación de los antecedentes más gloriosos, las influencias turco-mongoles (y al-Harawi era originario de Mosul, en Irak, de familia procedente de Herat, en Afganistán, puerta de entrada de las mismas) del momento hicieron virar el discurso hacia la conveniencia de apoyarse en un poderío militar indiscutible (Bosworth, 2010: 22). Este giro supuso por tanto una, relativa pero evidente, secularización del ejercicio de la política y la introducción de la lógica y la racionalidad en el desempeño de las funciones asociadas a ella, con especial énfasis en las militares. Una racionalidad que no solo se distanciaba de las prácticas guerreras convencionales y tradicionales araboislámicas (Shaw, 2009), sino que hacía hincapié en las hasta entonces consideradas impropias de un gobernante recto por alejadas de la épica o el romanticismo. Además, y formulado de manera sorprendentemente moderna, aparecían también en la Tadkira otros elementos novedosos. De una parte, la trascendencia del factor psicológico tanto en la evaluación del enemigo como en la de las propias acciones y tropas; de otra, y conectada con la anterior, la importancia del efecto expansivo y desmoralizador de pequeñas pero continuadas operaciones victoriosas. 229 Los consejos de Al-Harawi… Como se verá, no resulta imposible trazar la conexión entre el comportamiento y los movimientos de Saladino en el último cuarto del siglo XII y la argumentación que sostiene el pensamiento de al-Harawi. AL–HARAWI Y SALADINO: TEORÍA Y PRÁCTICA MILITAR EN HATTIN Y EN TIRO No existe certeza de que la hermana de Saladino viajara en la caravana atacada por Chatillon que desencadenó lo que culminaría en la conquista de Jerusalén por el sultán. Sin embargo, el propio al-Harawi confirmó en otra de sus obras – el Kitab al-ishara ila ma’rifat al-ziyara, una guía de viajes a los lugares de peregrinación de la época traducida al inglés (Meri, 2005)– haber formado parte de ella. Su presencia, en cualquier caso, no suponía ninguna rareza puesto que su reputada fama de viajero ya fue reconocida por las fuentes árabes. Lo llamaron en su época el “asceta errante” y hay constancia tanto de sus diferentes misiones diplomáticas o de espionaje durante el mandato de Saladino –al igual que de su participación en varias de sus campañas militares– como de la protección que le dispensó su tercer hijo, al-Zahir Gazi, señor de Alepo, al que asesoró posteriormente. Este hecho ha propiciado la discusión sobre si la Tadkira fue encargada por el sultán para sí mismo o para su hijo, aunque el hecho de que conjugue aspectos políticos claramente enfocados al afianzamiento de un nuevo Estado con la necesidad del empleo de una fuerza militar poderosa hace más presumible que fuera para el propio Saladino y sus circunstancias. En la introducción que precede a sus veinticuatro capítulos, al-Harawi explica que su texto se redacta a solicitud de “un bondadoso hermano, estrecho amigo y mentor” (p. 57) 1 , gobernante y guía de sus súbditos, que debía consolidar la perdurabilidad de su gobierno y la pervivencia de sus reinos. Ese prefacio termina con “Respondí yo a su petición con este breve compendio en el que le he mostrado aquello que debe recordar ante los que se le revuelvan y a lo que debe apelar frente a los que se le opongan” (p. 58). Pese a que no resulta posible incluir una traducción completa del manual en razón de los límites de este artículo, se reproduce a continuación el índice de los capítulos que lo componen para una mejor comprensión de su espíritu y conjunto: I – De lo que debe hacer el sultán II – De los atributos de los visires III – De los atributos de los chambelanes IV – De los atributos de los gobernadores V – De la cuestión de los cadíes VI – De la cuestión de los recaudadores y funcionarios de la corte VII – De los que rodean al sultán VIII – Del desvelamiento de la índole de los funcionarios del Estado IX – De la consulta y el consejo X – De los atributos de los emisarios enviados en delegación XI – De los atributos de los recibidos en delegación y de cómo manejarlos 1 Todos los fragmentos y citas textuales que se incluyen, con expresión de su página en el original árabe, son traducción propia del texto en la edición de Murabit que se incluye en las referencias. Revista de Estudios en Seguridad Internacional 230 XII – De la condición de los espías y agentes de información XIII – Del acopio de fondos, reservas e ingenios de guerra y de cómo granjearse el afecto de las tropas XIV – Del encuentro con el enemigo y de las etapas y ardides de guerra XV – De mantener a resguardo los secretos XVI – De la expedición de tropas XVII – De vigilar al enemigo y guardarse de él XVIII – De perseguir la verdad en lo que se emprenda XIX – De espolear a los hombres ante la batalla XX – Del ataque a formaciones de combate y de las tretas de guerra XXI – Del asalto y asedio a fortalezas, con argucias y estratagemas para ello XXII – Del uso de la clemencia tras la fuerza y del sostén del buen nombre XXIII – De la estratagema a emplear ante el asedio enemigo y de su manejo XXIV – Del uso de la firmeza si la victoria es incierta y no bastan las tretas Ya en el primer capítulo, “De lo que ha de saber el sultán”, y recordando a un soberano sasánida del siglo VI y su ministro, se expresa una clara concepción del Estado y la estrecha conexión que el pensamiento del consejero establece entre gobierno, ejército y finanzas: Se cuenta que Kusra Anusharawan dijo una vez a su visir Buzurymihr 2 : “levántame una cúpula y escribe sobre su cenefa aquello que favorece la permanencia del Estado y la continuidad del reino”. El visir la erigió y escribió en ella: “El mundo es un jardín y su valla es el Estado; el Estado es un gobierno que encabeza el rey; el rey es un pastor al que asiste el ejército; el ejército se compone de servidores que el dinero mantiene; el dinero es sustento que se obtiene del pueblo; el pueblo son súbditos sometidos a la justicia; la justicia constituye el sostén del mundo”. (63). Siguiendo a al-Harawi, el tratado y la tregua constituían siempre opciones preferibles a la abierta confrontación y la pérdida de recursos materiales y humanos, tanto civiles como militares. Por tanto, resultaba especialmente conveniente un escenario estable que mantuviera a salvo las transacciones comerciales y, con ellas, unos impuestos equitativos –no puede olvidarse el hecho de que la sociedad araboislámica es desde sus orígenes comerciante y tributaria– que garantizaran el mantenimiento de una milicia feudal mercenaria. La de Saladino, como casi todas las de la época por otra parte, estaba compuesta por un conglomerado de etnias, lenguas y lealtades fraccionadas, en campaña permanente durante años. El sultán era consciente de que un pago puntual y liberal constituía el único elemento de cohesión y continuidad en un ejército de esas características, porque: Los corazones de la gente, como pájaros al vuelo, no se adquieren sino dispensándoles favores y proporcionándoles alegrías; y, aun así, se descontentan con presteza. [...]Protéjase por tanto de ello y, si no es de natural generoso, apréstese a fingirlo en favor de la conservación de su casa y la estabilidad de su reino. (80). 2 Ministro del soberano sasánida Anusharawan (s. VI d. C.), héroe de leyendas populares y al que se atribuyen sabios preceptos y sentencias. 231 Los consejos de Al-Harawi… Si el pago de estos haberes no venía garantizado por el cobro de impuestos antes aludido, la alternativa no era otra que el estímulo del reparto del botín que proporcionaran campañas exitosas y sucesivas. Es por ello que, como se verá en el sitio de Tiro, resultaba más provechoso no detenerse ante asedios onerosos de incierto resultado sino continuar hacia objetivos más factibles que generaran ingresos y fama. La importancia del avituallamiento de las tropas y de una provisión suficiente de agua es otro de los aspectos en los que al-Harawi pone especial cuidado en varios capítulos, recomendando tanto la acumulación propia como la privación al enemigo de la suya. Y eso fue exactamente lo que puso en práctica Saladino en la famosa batalla de Hattin en 1187, que abrió luego paso a la serie de victorias que culminaron en la conquista de Jerusalén. En el verano de ese año sitió Tiberíades, en Palestina, –una fortaleza menor, pero en la que se encontraba la esposa de Raymond de Trípoli, regente de ese condado latino– y acampó sus tropas en los llamados Cuernos de Hattin. Allí, en uno de los dos pequeños montes que dan nombre al lugar, se encontraba la única fuente de agua de la zona y, además, desde su altura se dominaba toda la planicie y paso obligado que había de tomar el contingente enemigo cuando viniera de Acre en auxilio de los sitiados. La humillante derrota que sufrieron las tropas cristianas en un mes de julio que se mostró especialmente abrasador, no se debió a la asimetría numérica –se estima que ambos ejércitos estaban compuestos por alrededor de 20.000 soldados– sino a la carencia de reserva de agua suficiente de los Cruzados. La sed no solo martirizó y enloqueció a los hombres –entre los que se contaban varios cientos de las órdenes templaria y hospitalaria– sino que obligó a la caballería a luchar a pie como infantes tras la pérdida de sus monturas, una ventaja que resultó decisiva para la victoria musulmana. Acampar y cómo hacerlo estaba también perfectamente establecido en el capítulo XIV del manual y así se tuvo en cuenta en esta ocasión: ... no vacile ni acampe al azar, porque entonces lo hará quizás en sitios de escasa agua o pastos, donde lo cercará el enemigo y perecerá. Acérquese al agua dulce y acampe en posiciones elevadas o llanos despejados y poco pantanosos, orientados al norte si fuera posible, y no lo haga en barrancos por temor a inundaciones y riadas nocturnas. No disemine las tiendas dejando mucho espacio entre ellas porque el enemigo podría así asaltar una parte de sus tropas y reducirla, cundiendo la inquietud en el resto de ellas e invadiéndolas el pavor. Tampoco acerque las tiendas unas a otras hasta apiñarlas de forma que se impida el reposo o se propague el fuego entre ellas sembrando el temor y el abatimiento. Antes mejor que el campamento ocupe dos tercios del círculo de un compás, con la guardia alrededor y la avanzadilla cerca del enemigo junto a un destacamento de ataque y los espías. (87). Esta batalla, una victoria indiscutible y trascendental en la trayectoria militar de Saladino, constituye quizás un primer ejemplo de seguimiento de los consejos de al- Harawi en más de un aspecto. No solo en cuanto a la ubicación del campamento o la monopolización del agua sino también en lo relativo al diferente trato que se dispensó después a los vencidos. El sultán ofreció de inmediato a Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, una copa de agua fría y lo llevó posteriormente prisionero hasta Damasco; mató él mismo a Chatillon; dejó en libertad a la mujer de Raymond de Trípoli, junto a su familia y séquito; e hizo ajusticiar a todos los supervivientes de las órdenes templarias y hospitalarias. Y para todo ello se encuentra respaldo y motivo en el manual. Mostrarse magnánimo y benevolente tras el uso de la fuerza, al permitir la salida de la esposa del conde, por ejemplo, se recomienda vivamente en varios pasajes y el capítulo XXII está dedicado expresamente a ello. También el hacerse con prisioneros de Revista de Estudios en Seguridad Internacional 232 renombre y fama como el rey, cargarlos de cadenas y servirse de este hecho para conquistar fortalezas o regiones que resistieran tercamente, porque “las noticias alarmantes y las imágenes desalentadoras alteran el coraje, desbaratan los planes y debilitan los corazones” (111). Sin olvidar el trato a dispensar a unas órdenes monásticas hacia las que al-Harawi sentía una especial inquina, que se hace patente en el capítulo XXI, donde puede leerse: Guárdese de religiosos y monjes, pues no han de permitirle conseguir sus fines ni alcanzar su destino porque su apego a la religión, su empecinamiento y su distanciamiento de las cuestiones terrenales hacen que no les atraigan los asuntos mundanos ni sus complejidades. Yo mismo he tenido ocasión de comprobarlo por propia experiencia, sin asomo de duda ni hecho posterior que lo desmintiera. (104). Hattin fue el punto de partida de una corta y exitosa campaña en toda Palestina que llevó a Saladino a las puertas de Jerusalén el 20 de septiembre de ese mismo año. La joya de la corona cristiana capitulaba tan solo doce días más tarde, cuando el 2 de octubre Balian de Ibelin entregaba las llaves de la Torre de David al sultán tras negociar los términos de la rendición (Lane-Poole, 1898: 229). La convulsión que en los Estados cristianos causó la caída de Jerusalén facilitó el que Saladino se hiciera con el control de toda la zona a excepción de cuatro pequeñas fortificaciones y el fundamental puerto de Tiro. Esas fortalezas menores fueron sitiadas, en espera de su rendición por hambre y sin mediar desgaste, mientras el grueso de las tropas se dirigió hacia Tiro, donde confluyó en noviembre con una flota de diez barcos venidos del ya conquistado Acre. El puerto fue sitiado en la confianza de un rápido desenlace, pues si Jerusalén no había sido capaz de resistir el asedio nada hacía pensar que Tiro lo hiciera. Sin embargo, los cristianos no solo no rindieron la plaza, sino que infligieron terribles pérdidas tanto a la armada como a las tropas en tierra. El levantamiento del cerco el 1 de enero de 1188 – tras dos meses de asaltos infructuosos– interrumpió la serie de victorias que enardecía al ejército de Saladino y lo proveía de botines de guerra. Además, supuso también una pausa en el devastador efecto psicológico que esas mismas victorias tenían sobre el enemigo, estremecido ante un avance que parecía imparable. Pero este desistimiento, que luego se confirmaría como un error de graves consecuencias, pudo haber estado de nuevo sustentado en las teorías de la Tadkira. El ya citado capítulo XXI –dedicado al asalto y asedio de fortalezas y no la única muestra de que a la poliorcética otorgaba al-Harawi una especial atención– comienza así: Cuídese el príncipe de detenerse ante una fortaleza de importancia y poderosa tropa que no pueda vencer, porque tener que abandonar una plaza tras haber acampado bajo sus muros y haberla asediado es derrota vergonzosa. Que tampoco ataque ni castillo sólido ni plaza bien fortificada [...] sin haber sabido antes, a través de sus espías y enviados encubiertos, que en tal fortaleza escasean las reservas, los hombres, las municiones o el agua. (152). Tiro había constituido un tropiezo indudable y ponía en peligro la continuidad de la campaña, porque “Una tropa desmoralizada, que se ha visto frenada en su fulgurante sucesión de victorias y que ha perdido el incentivo del botín, se convierte en un avispero de difícil gobierno y Saladino era consciente de su ejército carecía de la cohesión necesaria para soportar el trance” (Torres, 2016: 61). Era quizás más prudente retomar el patrón táctico y estrategia global que se habían probado efectivos hasta llegar a ese enclave: atacar con ímpetu, aunque fuera objetivos menores, vencer en el menor plazo posible y continuar hacia el siguiente destino sin apenas detenerse. Para al-Harawi esto tenía un doble e innegable efecto psicológico: enardecía a la propia tropa, afianzada en 239 Los consejos de Al-Harawi… Shaw, Scott A. (2009), Technology, Concepts, and Tactics and the Islamic Way of War, Trabajo de Fin de Máster. U.S. Army Command and General Staff College. Torres, Olga (2014), Al-taḏkira al-harawiyya: un espejo de príncipes singular, Trabajo de Fin de Grado. Universidad de Sevilla. - (2016), Mirar con otros ojos. Genios, figuras, ficciones y creaciones árabes, Sevilla: Benilde editorial.